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    <title>Blogs El Espectador</title>
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    <description>Blogs gratis y diarios en El Espectador</description>
    <lastBuildDate>Sat, 04 Apr 2026 14:00:00 +0000</lastBuildDate>
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	<title>Blogs de Tareas no hechas | Blogs El Espectador</title>
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        <title>Esto no es muerte (Un cuento zombi)</title>
        <link>https://blogs.elespectador.com/actualidad/tareas-no-hechas/no-muerte-cuento-zombi/</link>
        <description><![CDATA[<p>No acostumbro a utilizar palabras, pero hoy me veo obligado a hacerlo para recordarle a las nuevas generaciones de zombis el valor de la preciosa muerte que nos fue otorgada y alertarles sobre cuán fácil se puede perder nuestra condición inerte para ser sometidos al castigo que hoy padezco: el de estar vivo. Todo marchaba [&hellip;]</p>
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        <content:encoded><![CDATA[<p>No acostumbro a utilizar palabras, pero hoy me veo obligado a hacerlo para recordarle a las nuevas generaciones de zombis el valor de la preciosa muerte que nos fue otorgada y alertarles sobre cuán fácil se puede perder nuestra condición inerte para ser sometidos al castigo que hoy padezco: el de estar vivo.</p>
<p>Todo marchaba bien para mí en ese mundo nuestro, oscuro y putrefacto, carente de colores o vibraciones, ajeno a grandes pasiones, esperanzas y anhelos, que hoy evoco con nostalgia – y este sentimiento extraño es una prueba de que me están inoculando el veneno de la vida-, hasta la aparición de esa criatura. </p>
<p>Desde siglos atrás –cuando se agotaron las últimas reservas de humanos vivos en nuestro mundo y los últimos supervivientes huyeron por la grieta de la montaña-  perdimos la costumbre de comer carne de gente aún no muerta y nuestra dieta se basaba en distintas variaciones de tierra húmeda, yerbajos descompuestos y fragmentos de extremidades de nuestros congéneres más viejos. Yo había olvidado – o eso creía- lo que era la textura de una piel irrigada por sangre y el sabor de unos músculos insuflados por la palpitación vital. Pero bastó la aparición de la criatura para que el recuerdo de un hambre eterna e infinita se actualizara con la fuerza de un mandato universal y diera este patético giro a mi muerte.</p>
<p>Caminaba por el bosque de las afueras del pueblo en busca de un tronco que tenía dejando pudrir para un momento especial, cuando entre los arbustos lo vi moverse.  Era un humano cachorro. Me costó dificultad reconocerlo después de siglos de no ver una criatura viva, pero la piel rosada, el abullonado suculento de brazos y muslos, la fluidez de los movimientos, no dejaban duda. Además, su sola presencia despertó esa avidez incontrolable que solo un ser palpitante puede producir en un zombi y que, creo, es lo más parecido a la vida que podemos experimentar. Así que sin pensarlo fui tras él.</p>
<p>La apetitosa criatura lo notó y huyó aterrorizada al principio; pero al notar la torpeza de mis músculos momificados se tranquilizó. Disminuyó la velocidad y siguió su rumbo deteniéndose cada tanto para mirar atrás, y cuando me veía a aparecer reemprendía el camino. Así llegó hasta la cima de la montaña en el centro del bosque y se detuvo junto a la grieta gigante. Entró y fui tras él. El olor a carne fresca que en el exterior era dispersado por el viento se concentró entre las paredes rocosas aumentando con cada paso mi avidez. Cruzó por varias galerías y en cada una la oscuridad, mi oscuridad, se difuminaba poco a poco sin que me diera cuenta. Estaba tan entregado a la tiranía de mi apetito que no alcancé a percibir la pequeña luz que titilaba al fondo, cada vez más amplia. Aceleré el paso recortando la distancia y luego de un trecho de estalactitas, en un desnivel roñoso y húmedo, me lancé sobre la criatura. Gritó y dio un salto, pero alcancé a agarrarme de su piececito rechoncho. En ese momento sentí que una fuerza brutal lo halaba y a mí con él. De súbito, sobre mi cabeza, apareció un insoportable Sol que me encandiló, clavado en mitad de un inmenso cielo azul. El hueco por el que habíamos salido estaba rodeado por una multitud de hombres vivos que miraban expectantes y angustiados. Uno de ellos tenía a la criatura agarrada por el brazo y lo haló hasta la superficie mientras en medio de una barahúnda de gritos: ¡lo rescataron, lo rescataron! Luego escuché alaridos de terror: ¡¿Qué es eso, Dios mío?! Entonces caí en cuenta de que seguía aferrado al piececito y lo solté. Di vuelta y volví a la cueva, buscando mi oscuridad con la reverberación de las voces en mis espaldas: ¡Agarren al monstruo! ¡No lo dejen ir! ¡Mátenlo! Entre los alaridos percibí el gemido de la criatura asustada e imaginé ese sonido saliendo del cuerpo apetitoso. Casi sin darme cuenta me detuve y di vuelta para mirarlo por última vez y retener la imagen de lo que pudo haber sido el mejor manjar de mi muerte.  Entonces sentí la ganzúa que se clavó en mi pecho y me haló hacia arriba. Una voz gruesa tronó: No lo maten; luego una red de toscos lazos cayó sobre mí; me levantaron en vilo y con un movimiento brusco y fui lanzado dentro de un cajón.</p>
<p>No sé cuánto llevo en esta gran casona habitada por seres vestidos con delantales blancos al mando de la voz gruesa que se robó mi muerte. Observan mis movimientos, palpan mi cuerpo varias veces a día y anotan todo en libretas. No me tratan mal, pero me obligan a estar aquí. Me sirven platos que ellos consideran exquisitos y que a mí me producen nauseas. Tratan de comunicarse conmigo, creen que soy uno de ellos – y creo que tal vez lo fui pero hace tantos eones que en realidad nunca ocurrió- solo que en mal estado; me rosan a veces la piel con caricias que me molestan. Me importunan con la esperanza de involucrarme en su mundo iluminado y colorido, movido por pasiones, esperanzas y anhelos.  No le deseo esto a ninguno de mis congéneres. Por eso he escrito estas palabras, para advertir a las nuevas generaciones de zombis: No se busquen un destino como el mío, porque esto no es muerte.  </p>
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        <author>tareasnohechas</author>
                    <category>Tareas no hechas</category>
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        <pubDate>Wed, 12 Apr 2023 00:12:49 +0000</pubDate>
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                <media:description type="plain"><![CDATA[Esto no es muerte (Un cuento zombi)]]></media:description>
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        <title>Cumpleaños de ausencia</title>
        <link>https://blogs.elespectador.com/actualidad/tareas-no-hechas/cumpleanos-de-ausencia/</link>
        <description><![CDATA[<p>Hace tres años fue la última vez que publiqué algo aquí. No pienso mucho en este blog. Pero sí pienso en él. Puedo no publicar nada y de hecho no lo he hecho. Olímpicamente digo que es una manera de ser consecuente con el nombre del blog. Pero no es tan así (parece que cada [&hellip;]</p>
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        <content:encoded><![CDATA[<p>Hace tres años fue la última vez que publiqué algo aquí. No pienso mucho en este blog. Pero sí pienso en él. Puedo no publicar nada y de hecho no lo he hecho. Olímpicamente digo que es una manera de ser consecuente con el nombre del blog. Pero no es tan así (parece que cada afirmación que hago, cada acto que realizo, cada idea que se me ocurre, surgen en este mundo con la única función de darle existencia al &#8220;pero&#8221; que las sigue), aunque (y parece que cada &#8220;pero&#8221; existe en función del &#8220;aunque&#8221; que le sigue) también lo sea de cierto. Más bien diría que la realización de ese propósito que me he propuesto de no materializar a cabalidad los propósitos no me deja completamente satisfecho. No quiero tener la obligación de terminar la cosas y en efecto no las termino, pero no específicamente para que la cosa se quede así sino para manterner la sensación de inconclusión y por lo tanto poder torturarme un poco o mucho y obligarme a intentar hacer más cosas que no termine. Esas inconclusiones permanecen en el aire y me acompañan, generalmente a modo de atmósfera insonora y en algunas ocasiones en forma de frases vagas de tono recriminatorio (aunque puedo decir que desde que saben que escribo sobre ellas y estoy en capacidad de develarlarlas en público han optado por modos más sutiles como la insinuación y la indirecta), derivando en la paradoja o la traición de que siempre, de todas maneras, estoy haciendo algo. La aplicación radical y verdadera del espíritu de las &#8220;tareas no hechas&#8221; sería ni siquiera empezarlas y mucho menos nombrarlas. Pero no tengo la suficiente realización espiritual ni la consistencia de carácter para no hacer nada del todo. Y por eso me dí a una tarea larga y enredada de recuperar la contraseña y después de tres años entrar aquí (me dio alegría cuando abrió la página) para escribir esto y dejarlo en punta.</p>
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        <author>tareasnohechas</author>
                    <category>Tareas no hechas</category>
                <guid isPermaLink="false">https://blogs.elespectador.com/?p=93930</guid>
        <pubDate>Sun, 19 Mar 2023 00:19:24 +0000</pubDate>
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                <media:description type="plain"><![CDATA[Cumpleaños de ausencia]]></media:description>
                <media:credit role="author" scheme="urn:ebu">tareasnohechas</media:credit>
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        <item>
        <title>Humilde invitación a los jóvenes para que maten a su padre (Un ensayo inédito de Leonardo Tangarife Urquijo)</title>
        <link>https://blogs.elespectador.com/actualidad/tareas-no-hechas/humilde-invitacion-los-jovenes-maten-padre-ensayo-inedito-leonardo-tangarife-urquijo/</link>
        <description><![CDATA[<p>Nota “El rebelde obediente” fue uno de los numerosos seudónimos que utilizó en su extensa y polifacética obra el poeta Leonardo Tangarife Urquijo, y con el que firmó algunos de sus textos de temática anarquista. Es para mí un orgullo, como biógrafo y recopilador de la obra de tan excepcional bardo, presentar al público el [&hellip;]</p>
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        <content:encoded><![CDATA[<p>Nota</p>
<p><em>“El rebelde obediente” fue uno de los numerosos seudónimos que utilizó en su extensa y polifacética obra el poeta Leonardo Tangarife Urquijo, y con el que firmó algunos de sus textos de temática anarquista. Es para mí un orgullo, como biógrafo y recopilador de la obra de tan excepcional bardo, presentar al público el presente texto inédito, hallado entre sus papeles personales y que corresponde a una conferencia que Leonardo preparó para el  Octavo Congreso Nacional de Juventudes Católicas, evento al que nuestro escritor fue inicialmente invitado y del que, una vez conocido el contenido de la ponencia por parte del Consejo Académico, fue desinvitado.</em></p>
<p><em>Luis Miguel Rivas</em></p>
<p><strong> </strong></p>
<p><strong>Humilde invitación a los jóvenes para que maten a su padre</strong></p>
<p>Por: El rebelde obediente</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Ya en un texto anterior había discurrido acerca de las circunstancias en las cuales maté a mi madre. A raíz de dicho texto muchas personas me han preguntado si (acorde con esa lógica y siguiendo las palabras de Cristo en el evangelio de Tomás: “Quien no odie a su padre y a su madre no podrá ser mi discípulo” y las de Buda: “Hay que matar al padre y a la madre, e incluso al Buda”),  había dado yo el siguiente paso en el proceso de  mi liberación con el consecuente asesinato de mi papá. Tengo que contestar que desafortunadamente no tuve padre, en el sentido familiar de la palabra, y que por tanto no me fue dada esa oportunidad. Pero debido a la presencia de tíos, vecinos mayores, profesores y jefes (todos antioqueños), no estuve desprovisto de tal figura, y la falta de padre no fue obstáculo para surgiera en mí la necesidad de matarlo, y estimular hoy a los jóvenes para que hagan lo mismo con el que les correspondió.</p>
<p>Debo aclarar que mi madre, luego de su muerte, quedó muy agradecida, porque liberándome de ella la liberé de mí y de sí misma. Solo cuando logré matar a esa madre paisa que se había implantado en mi mente a manera de culpa, manipulación, dependencia, sumisión celebrada (¡que muchacho tan juicioso, tan calladito, tan obediente!) y fe ciega en un Dios represivo, todo eso amalgamado en una sustancia de comodidad y amor, pude ser yo mismo y encontrarme con la otra, con la verdadera madre, con la persona que había debajo de todo ese sedimento cenagoso: Luz Marina Urquijo, un ser sensible, complejo, lleno de sueños y anhelos secretos, una mujer que nunca pudo realizar sus potencialidades por dedicarse a vivir en función de la prole y que,  en el fondo y sin saberlo, anhelaba una rebelión de su hijo que a su vez le permitiera liberarse de sí misma.  Como recordaran quienes leyeron el texto al que hago referencia, la maté casi sin darme cuenta, inconscientemente, sin permitirme aceptarlo, porque no hubiera sido capaz de cometer semejante sacrilegio dando la cara. Lo hice solapadamente, como me había acostumbrado a hacer casi todas las cosas importantes y auténticas en mi vida. Pero lo hice.</p>
<p>Por tal razón y debido a los excelentes resultados que para su vida y para la mía ha traído su muerte, recomiendo hacer lo mismo con el padre. Me refiero al padre paisa, ese tirano doméstico y bien intencionado, que se somete a brutales sacrificios para traer a nuestro hogar la comida y el sustento, adobados con el acre sabor del  sacrificio y la brutalidad con los que fueron conseguidos; ese déspota que considera al cariño una mariconería, al sentido crítico un irrespeto, al ocio una sinvergüencería,  a la obediencia un valor, a la imposición una virtud, a la marrullería inteligencia, a los pobres unos vagos, a los ricos unos prohombres, a la autodeterminación una altanería,  a la duda una debilidad y al acto de expresarse una habladera de mierda.  Ese padre: tendero, taxista, vendedor, supervisor, obrero, oficinista, comerciante; sumiso con los poderosos y arrogante con los débiles, que cumple con su mandato de formar hijos igualmente sumisos y arrogantes, verracos, echados pa’delate; ese bienintencionado motor de una sociedad que es un mal ejemplo para los niños; ese tirano, implantado en nuestro espíritu como un brete hecho de dinero y verraquera, que ejerce su poder desde una oficina, una fábrica o una tienda con la misma tosquedad con que su ancestro arriero empujaba mulas por caminos agrestes. A ese padre es al que muy humildemente vengo a invitarles que matemos.</p>
<p>Pero un momento: ¡guardad el puñal y enfundad de nuevo la pistola! Ese es un camino vulgar, fácil y, sobre todo, poco práctico. Conozco gente que ha optado por la vía de la supresión física sin que el padre deje de tiranizar desde el centro mismo de la personalidad del asesino. Además, un método tan vil lo puede ejecutar cualquiera. De hecho, nuestro gran patrón (del latín patro,  patronis, un derivado tardío de pater, padre), el vil y  celebrado Pablo Escobar, después de usar hasta el cansancio la supresión física como instrumento para solucionar problemas, no solucionó nada sino que nos dejó a quienes le sobrevivimos un berenjenal de sufrimientos y maldad que aún no superamos. Ese Pater asesino, que a su vez fue asesinado, es la prueba de que la muerte física es una solución ilusoria, porque veinte años después de su deceso lo podemos ver todavía vivo y coleando en los gestos y actitudes de miles de nuestros vecinos y compatriotas, que reproducen su visión del mundo con orgullo y suficiencia, y que incluso llevan las riendas de la sociedad.</p>
<p>El asesinato que vengo a proponerles es mucho más eficaz, y por tanto más dificultoso. Implica matarnos un poco a nosotros mismos, dado que el tirano que habita en nuestro interior es quien permite que el que vive en el mundo externo ejerza su poder. “A uno nunca lo humillan, uno se humilla”, le oí decir a un viejo campesino; en efecto: cuando alguien acepta un juicio o una orden que lo degrada como persona es porque algo en él se identifica con esa escala de valores (en la cual ocupa un escalón bajo) que le impone el déspota. Y ese tirano que acepta en su adentro seguirá ejerciendo su poder incluso cuando el de carne y hueso haya desaparecido. Aunque superemos la debilidad o adquiramos poder (sobre todo cuando adquiramos poder), el déspota seguirá dirigiéndonos, a tal punto que lo repetiremos, ejerciendo sobre quienes nos rodean el mismo despotismo que permitimos ejercer sobre nosotros. Nadie más humillador que un humillado. O, como decía el escritor Ernesto Sábato, nadie desprecia tanto a un pobre diablo sin uniforme como un pobre diablo con uniforme.</p>
<p>Para ejecutar nuestro operativo debemos tener claro que las órdenes del tirano no provienen de un mandato divino sino de un punto de vista que se hace pasar por verdad absoluta en virtud de la fuerza y las circunstancias.  Comprendido esto debemos decidir si aceptamos esa verdad que se nos ordena o la rechazamos para buscar la propia. Si la aceptamos, no queda más que asumir la tiranía sin quejarnos y disfrutar de sus pírricos placeres ejerciéndola con los débiles que tengamos a nuestro alrededor, como se acostumbra en los ejércitos y las empresas. Pero si no estamos de acuerdo con esa escala de valores y queremos afirmar una diferente, fundada en otros criterios, no queda otro camino que ejecutar al tirano. Eso requiere una disposición de energía extra y un valor moral al que no estamos acostumbrados si hemos vivido toda la vida en la servidumbre. Tenemos, entonces,  que desarticular, desarticulándonos, los mecanismos de miedo, placer y comodidad con los que ese padre-dictador está instaurado en nosotros.</p>
<p>El miedo al castigo por la desobediencia (a manera de maltrato físico, anulación moral o señalamiento social) se puede enfrentar si comprendemos que es mucho mejor padecer un dolor liberador que soportar eternamente la talladura de las cadenas. Nos ayudará mucho, para el incumplimiento del mandato y el eficaz asesinato del padre, despojarnos del sentimiento de culpa, que convierte en insoportable sufrimiento lo que objetivamente es el dolor normal de cualquier ruptura, de todo nacimiento, de toda decisión.</p>
<p>A la costumbre del sometimiento se refería, en el siglo XVI, el antigüo joven Étienne de La Boétie, en su <em>Discurso sobre la servidumbre voluntaria</em>: “Se dice que ciertos hombres han estado siempre sometidos y que sus padres ya vivieron así. Pues bien, éstos piensan que les corresponde soportar el mal, se dejan embaucar y, con el tiempo, crean ellos mismos las bases de quienes los tiranizan”.  Para derrumbar esta tradición es preciso crear nuestra propia historia, contar con una visión del mundo con la cual reemplazarla, no importa que no se tenga muy clara; lo fundamental es que sea propia, ya que este es el verdadero sentido del asesinato que vamos a ejecutar, y el piso que nos permitirá enfrentar con firmeza los coletazos de opresión del tirano en su desespero ante una rebeldía que amenaza con suprimir su poder y su razón de ser.</p>
<p>Pero ni  la tradición ni el miedo al tirano serían suficientes para que la gente acepte la indignidad del sometimiento, si la servidumbre no tuviera su componente de placer y no estuviera adobada por profundo afectos distorsionados. Si, por ejemplo, no participáramos en los sutiles y eficaces juegos de la manipulación sicológica y la ambigüedad afectiva (casos tipo: jefe déspota y arbitrario que humilla los subordinados y luego los sorprende con inusitados gestos de generosidad y humanidad, manteniéndolos enredados en una confusa red de vejación y cariño). Para renunciar a esos juegos es preciso recuperar la propia dignidad (del latin <em>dignitas</em>: valioso, con honor, merecedor); reconocer el inerradicable valor que poseemos por el mero hecho de ser humanos; cultivar un sano y sólido amor propio que no nos permita canjear nuestra dignidad por migajas de afecto o aprobación.</p>
<p>Se trata en últimas de renunciar a la seguridad que nos da el estar atados. No necesitar al tirano: “Si un país no consintiera dejarse caer en la servidumbre, el tirano se desmoronaría por sí solo, sin que haya que luchar contra él, ni defenderse de él. La cuestión no reside en quitarle nada, sino tan sólo en no darle nada”, dice Étienne de la Boétie.</p>
<p>Dirán que todo esto suena muy fácil y hermoso pero que “una cosa es llamar al diablo y otra es verlo llegar”. Tienen razón, este asesinato requiere de una alta dosis de audacia y valor moral, razón por la cual la mayoría de la gente prefiere seguir soportando la nimia comodidad del sometimiento a la incómoda expansión de la libertad. Implica una desgarradura. La exigencia de disponer de nuestra propia fuerza interior para enfrentar el mundo sin muletas ni opresivas caparazones ajenas. La terrorífica incertidumbre que nos genera el espacio infinito. (Sabemos que los santos y los iluminados pasan por una etapa de dolor inconmensurable antes del momento de la liberación total, un período tan desgarrador que hace creer que se está siendo castigado o se ha equivocado el camino). Pero ¡quien dijo que uno mataba al padre y pasaba impune! Hay que pagar un precio. Qué le vamos a hacer, si la libertad es inversamente proporcional a la comodidad.</p>
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        <author>tareasnohechas</author>
                    <category>Tareas no hechas</category>
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        <pubDate>Sun, 01 Apr 2018 14:54:55 +0000</pubDate>
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        <title>ANOCHE ME ACECHABA UN OBJETIVO</title>
        <link>https://blogs.elespectador.com/actualidad/tareas-no-hechas/anoche-me-acechaba-un-objetivo/</link>
        <description><![CDATA[<p>Desde que ingresé a la nómina de la COCOCOCO (Corporación para la Coordinación de Comités de trabajo Comunitario en las Comunas) mi vida ha sido una constante entrega, generalmente a costa de mi propio tiempo, que lo diga mi mujer, a la causa de los más pobres. El espíritu filantrópico que palpitaba en mí desde [&hellip;]</p>
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        <content:encoded><![CDATA[<p>Desde que ingresé a la nómina de la COCOCOCO (Corporación para la Coordinación de Comités de trabajo Comunitario en las Comunas) mi vida ha sido una constante entrega, generalmente a costa de mi propio tiempo, que lo diga mi mujer, a la causa de los más pobres. El espíritu filantrópico que palpitaba en mí desde niño encontró la posibilidad de realizarse cuando fui nombrado funcionario de la COCO, como abreviadamente y con cariño nos referimos mis compañeros y yo a nuestra entidad.<span id="more-8945"></span></p>
<p>Mi escritorio está lleno de documentos. Algunos los ha escrito gente muy inteligente que escribe sobre los pobres y que yo leo muy admirado. Otros los he escrito yo después de haber leído los que son escritos por esas personas inteligentes que tanto admiro. Me pagan muy bien para que todos los días escriba muchas hojas que después separo por montoncitos. Al completar cada montoncito le escribo una portada y le pongo un clip. Cada uno de esos montoncitos así organizados se llama Un Proyecto.</p>
<p>Todas las mañanas llego a mi oficina a las ocho en punto, sirvo un tinto y me clavo en el escritorio a machacar objetivos generales y específicos. Para que el lector lego en estos asuntos se haga una idea de lo que es un objetivo pasaré a dar un ejemplo:</p>
<p>OBJETIVO GENERAL<br />
Elaborar un diagnóstico que dé cuenta de los ítems que configuran el contexto social dentro del cual se inscribe la problemática específica de las comunidades involucradas en las dinámicas transaccionales de la cultura popular.</p>
<p>Pues bien, eso es lo que yo escribo todos los días desde las ocho de la mañana hasta las seis, siete, ocho, nueve o diez de la noche. Pero no sólo eso escribo. También redacto Justificaciones, que son cosas parecidas a un objetivo, pero mucho más largas, con un estilo más coloquial y un toque más publicitario. Y Marcos Teóricos, que son parecidos a las Justificaciones pero mucho más largos y con frases encerradas entre comillas que yo saco de los documentos escritos por esas personas inteligentes que admiro tanto. Pero de todos modos los más absorbentes son los Objetivos. Me he pasado un día completo buscando la palabra precisa para empezar a darle vida a uno de ellos. Empiezo escribiendo “fomentar” y luego lo cambio por “promover”, tacho y anoto “motivar”, aplico el corrector del frasquito blanco y pongo encima “estimular” y después borro y pongo otra y otra y otra palabra terminada en “ar”, “er” o “ir”, hasta que me recorro todo el Pequeño Larousse y termino llorando recostado sobre el escritorio y compruebo lo doloroso que es trabajar por la construcción de un país mejor.</p>
<p>Anoche, después de abandonar la oficina a las diez de la noche, llegué a mi casa con una gran preocupación porque a esas alturas debía tener listos cinco montoncitos con su portada y su clip, y sólo había podido terminar tres. Mi mujer, que a veces se cansa de no verme en casa, me dijo, poniéndose un poco roja y tirando al suelo las boletas que tenía reservadas para el concierto de la Orquesta Sinfónica, que estaba bien que llegara tarde, pero que encima de eso llegara haciendo malacara y sin hablarle ni a los hijos, ya era el colmo.</p>
<p>&#8211; En el contexto &#8211; le contesté &#8211; de nuestra relación, querida, habíamos preestablecido desde el principio unos espacios de autonomía relativa.<br />
Fue una decisión producto del consenso, socializamos nuestros<br />
respectivos puntos de vista y definimos, dejando de lado presupuestos<br />
machistas,  feministas o de cualquier tipo de dominación, que cada uno<br />
contaría con su segmento de libertad.</p>
<p>Además -seguí diciéndole mientras la miraba con ternura- tu reacción beligerante, intolerante, ante el conflicto, cierra las posibilidades del diálogo y la negociación.</p>
<p>Luego rematé diciendo: “Por eso este país está como está” y con la mirada al frente me dirigí directamente a nuestra cama matrimonial, donde caí como una piedra. Soñé que andaba por una calle oscura en una noche lluviosa. Caminaba preocupado, tenso, pero no sabía por qué. De pronto al voltear una esquina apareció una figura pesada y oscura, con las manos puestas en jarra y mirándome fijamente con gesto de reproche. No tuve que hacer esfuerzos para reconocerlo: Era un Objetivo General. El pánico se apoderó de mi y antes de emprender carrera alcancé a oír que me decía: ”Me planteaste mal”. Tenía piernas largas y mucho más agilidad que yo. Cruce calles y avenidas con toda la velocidad de mis piernas enclenques y el Objetivo General cada vez estaba más cerca de mi espalda.</p>
<p>De pronto, al entrar en un callejón estrecho vi un nicho en la pared y allí me refugié. El Objetivo General pasó de largo y cuando lo vi perderse al final de la calle respiré profundo y salí del escondite. Pero, ¡destino cruel!, una vez afuera el Objetivo General volvió a aparecer, esta vez acompañado por una horda de seres enjutos y con voces chillonas. Era un batallón de Objetivos Específicos. La jauría me persiguió por toda la ciudad. Recuerdo que pasé por mi oficina, por mi apartamento, por el club, por la casa de mi mamá y en todos los lugares los Objetivos Generales y Específicos me acosaban y me obligaban a seguir corriendo. Al final de la noche decidí rendirme y caí exhausto en una acera de la Avenida Oriental. Los Objetivos General y Específicos formaron a mi alrededor un círculo que se iba estrechando cada segundo.</p>
<p>Cuando empezaba a ahogarme mi mujer me despertó. Desayuné sin decir una sola palabra. Estaba cansado y temeroso por el complot de los Objetivos. Afortunadamente mi mujer y mis hijos respetaron mi espacio de autonomía relativa y no me preguntaron nada. Como todos los días, después de desayunar bajé al garaje y me dispuse a encender el carro para calentar motores mientras mi hija Clemencia se cepillaba los dientes. Al darle switche el carro no encendió. Tuve que hacer por lo menos cinco intentos hasta que el motor por fin se puso en marcha. Esto nunca me había sucedido y el sueño de la noche anterior volvió a mi cabeza. Dejé a Clemencia en el colegio y continué mi ruta cotidiana hasta la oficina.</p>
<p>Más adelante en el semáforo de la Oriental con La Playa, le subí volumen a la música. Estaban tocando una canción alegre y con ritmo juguetón. Recosté la cabeza en el espaldar, tamborileé con los dedos sobre la cabrilla y me puse a mirar a los peatones que cruzaban la calle frente a mí. Muchos de ellos eran pobres que se dirigían a sus quehaceres diarios. Mientras oía la música y veía pasar frente al parabrisas esos rostros de mi tierra tuve un acceso de ternura. Estaba contemplando esas caras sufridas que eran la razón de mi vida, cuando lo vi. Era él. Caminaba entre un grupo de personas apresuradas. Volteó la cabeza y me miró de frente. Me estremecí. Pensé que podría ser una alucinación mía, pero en una segunda mirada comprobé que no podía haber duda: Era un Objetivo General. Tenía ese mismo aspecto rígido y prepotente que tienen los Objetivos Generales, la misma mirada de ambición insensata, el mismo optimismo dictatorial.</p>
<p>Cuando el semáforo cambió empujé la palanca bruscamente produciendo un desagradable traquido en la caja de cambios. Arranqué a toda velocidad y llegué a mi oficina. No saludé a nadie y fui directamente a mi escritorio. Antes de empezar mi labor del día y acabar con los montoncitos que tenía retrasados di una última mirada por la ventana. Abajo, de un bus recién estacionado vi bajar varios, muchos seres pequeños sin identidad, que solo parecían existir como parte del grupo. Me volví a estremecer. Corrí el vidrio y saque la cabeza para ver mejor. Tampoco había duda: todos tenían el mismo caminado tímido, la actitud apocada y el aspecto de vieja cositera de los Objetivos Específicos. Se dirigían a la entrada de mi edificio con sus pasitos cortos y constantes. Entonces cerré la ventana y corrí a mi escritorio. Era evidente: el mundo empezaba a ser invadido por los Objetivos Generales y Específicos. Decidí resistir acabando por lo menos con los que estaban a mi alcance. Rompí todos los montoncitos con clip y portada archivados en mis cajones y los que reposaban sobre mi escritorio. Rasgué todas las hojas con información de la COCOCOCO. Al terminar la operación pensé que una invasión de tal magnitud no incluiría solamente a lo Objetivos. Sabía que si volvía a mirar por la ventana, seguramente me encontraría con la presencia de un paquidérmico Marco Teórico y que tras las montañas, en pocas horas, empezarían a aparecer batallones de Presupuestos, Cronogramas, Justificaciones&#8230; Sabía que la cosa era seria y que hoy en la tarde o mañana en la mañana podría aparecer sobrevolando el cielo de nuestra ciudad un Diagnóstico Comunitario y luego otro y otro más hasta conformar un escuadrón dispuesto a bombardearnos.</p>
<p>Entonces dejé mi escritorio y me dirigí al ascensor pasando frente a mis compañeros que permanecían sentados sobre sus escritorios ignorantes del peligro que corríamos los trabajadores comunitarios y también ignorantes de la heroica acción que iba yo a ejecutar, ya no en pro de los pobres directamente sino a favor, cosa todavía más importante, de quienes trabajaban para que los pobres dejaran de ser pobres. Tomé el ascensor y subí seis pisos pensando que quizá por el otro ascensor en ese mismo momento estaban subiendo los Objetivos Específicos. Me bajé en el piso dieciocho y fui directamente a la base de sistemas de nuestra Corporación. Borré palabra por palabra cada Objetivo, cada Justificación, cada Cronograma, cada Marco Teórico que aparecía registrado en la memoria y para cerciorarme borré todos y cada uno de los verbos que aparecían registrados con sus terminaciones “ar”, “er” o “ir”. Terminada mi misión, supuse que a esas alturas los Objetivos ya se habrían tomado la oficina. Entonces decidí quedarme aquí en el piso dieciocho. Me senté frente a una pantalla y empecé a digitar rápidamente estas palabras, para que quede constancia de que una vez más un hombre ha sucumbido como mártir, luego de entregar su vida completa a la lucha por los más necesitados.</p>
<p>(Del libro: &#8220;Los amigos míos se viven muriendo y otros relatos&#8221;. Luis Miguel Rivas. Editorial Universidad EAFIT. Colección: Letra x Letra. Abril de 2007)</p>
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        <author>tareasnohechas</author>
                    <category>Tareas no hechas</category>
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        <pubDate>Fri, 19 Mar 2010 14:34:06 +0000</pubDate>
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