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    <title>Blogs El Espectador</title>
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    <description>Blogs gratis y diarios en El Espectador</description>
    <lastBuildDate>Sun, 05 Apr 2026 16:43:54 +0000</lastBuildDate>
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	<title>Blogs de Reencuadres | Blogs El Espectador</title>
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        <title>Entre el resentimiento y el odio</title>
        <link>https://blogs.elespectador.com/actualidad/reencuadres/entre-el-resentimiento-y-el-odio/</link>
        <description><![CDATA[<p>Entre el resentimiento y el odio En esta turbulencia de emociones encontradas que estamos atravesando urge plantearnos una pregunta sensata: ¿con qué tipo de emoción estamos escogiendo candidatos a las próximas elecciones? O quizás es más útil formulárnosla en otra forma: ¿con qué tipo de emoción estamos siendo conducidos a las urnas en las próximas [&hellip;]</p>
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        <content:encoded><![CDATA[
<p><strong>Entre el resentimiento y el odio</strong></p>



<p>En esta turbulencia de emociones encontradas que estamos atravesando urge plantearnos una pregunta sensata: ¿con qué tipo de emoción estamos escogiendo candidatos a las próximas elecciones? O quizás es más útil formulárnosla en otra forma: ¿con qué tipo de emoción estamos siendo conducidos a las urnas en las próximas elecciones? Y más vale que seamos francos con la respuesta porque las consecuencias son serias.&nbsp;</p>



<p>Hacer la pregunta de la segunda forma es más pertinente, pero no con la intención de mostrarnos como víctimas de una conspiración oligárquica o progresista. No. Simplemente porque hay algo que las ciencias de la cognición han desarrollado. Que en el origen de las emociones hay tres tipos de razones: las biológicas (genéticas, hereditarias); las psicológicas (las reacciones aprendidas ante los estímulos externos, los quiebres de la vida); y, por último, las que nos interesan en esta reflexión, las sociales y culturales producto del contexto en el que nos desenvolvemos.&nbsp;</p>



<p>En efecto, las culturas predominantes de las sociedades son una de las causas del clima emocional. Parte de nuestra vida sentimental es una construcción social, producto del medio y no de desarreglos personales.&nbsp;</p>



<p>En el libro «La geopolítica de las emociones» (2009) el pensador geoestratégico Dominique Moïsi, identificaba países caracterizados por una cultura de la esperanza, una cultura de la humillación y una cultura del miedo. A partir de allí podían explicarse muchas de las actitudes y conductas de sus ciudadanos, y las políticas públicas por las cuales optaban. Y recientemente la socióloga Eva Illouz publicó un ensayo en el cual plantea cómo las estructuras políticas, económicas y culturales dan lugar a los sentimientos que nos atraviesan.</p>



<p>Las emociones, lejos de ser una expresión del lado salvaje y animal de las personas, de su lado irracional, son producto de juicios de valor y hacen parte de nuestros procesos de cognición, de la manera como percibimos y damos sentido a la realidad. Sentimos con la razón y razonamos con la emoción. Para bien o para mal. Entre la razón y la emoción hay una simbiosis que se nos dificulta reconocer.&nbsp;</p>



<p>Basados en estas premisas vale la pena formularse más preguntas. ¿Cómo se conforman las emociones? ¿Qué tipo de emociones experimentan los colombianos?</p>



<p>Como se dijo antes, las emociones son juicios de valor, interpretaciones de situaciones personales o sociales que se elaboran a partir de muchos elementos: los medios de comunicación que sintonizamos, las redes sociales a las que permanecemos pegados, los discursos de los dirigentes que seguimos, la educación que recibimos, las normas y costumbres que orientan nuestra vida social, los círculos familiares y de amistades en los cuales nos desenvolvemos, las tribus con las que nos identificamos, el lenguaje que utilizamos.&nbsp;</p>



<p>En fin, el contexto que nos rodea en todas sus manifestaciones contribuye intensa y a veces inconscientemente a formar nuestro cuerpo de opiniones, juicios e interpretaciones de la realidad, que amalgamados configuran las emociones, que a su vez se constituyen en filtros a través de los cuales interpretamos los hechos. De esta manera hay sociedades (o legiones de personas o eras de la historia) que se distinguen, en general, por su optimismo, su ira, su desconfianza, su esperanza. Somos más el resultado de nuestro medio social de lo que estamos dispuestos a aceptar.&nbsp;</p>



<p>Algo así como dime con quien hablas, qué medios consultas, cuál es tu líder preferido, y te diré cómo te sientes frente algunas situaciones.</p>



<p>En Colombia hay dos poderosas fuentes de emociones colectivas. La que representa el expresidente Uribe y su combo, y la que representa el presidente Petro y su combo. Con combo me refiero a sus simpatizantes intensivos, equipos de trabajo, los medios y redes sociales que amplifican sus tesis, sus organizaciones políticas, su modo de ver el mundo. El primero ha sido exitoso en la propagación del odio (con fuertes dosis de rabia y miedo) por aquellos que considera enemigos de la patria, amigos del castrochavismo y del neocomunismo, entre los cuales incluye a simples contradictores de sus ideas.&nbsp;</p>



<p>El segundo es un manantial cósmico de resentimiento (con fuertes dosis de rabia y odio) por aquellos que considera esclavistas, oligarcas, nazis, negros conservadores, empresarios codiciosos y enemigos de la humanidad, culpables de todo, entre los cuales incluye a simples contradictores de sus ideas.&nbsp;</p>



<p>Estos son los agentes promotores del clima emocional que respiramos.&nbsp;</p>



<p>De ser cierta esta hipótesis, cabe concluir que es urgente hacer algo al respecto. No es sano lo que pasa. Las emociones tristes de este par de líderes históricos y lo que simbolizan han inoculado un veneno en las venas de la sociedad,&nbsp; afectado nuestras almas y procesos cognitivos para examinar la realidad, y sesgado nuestras decisiones políticas.&nbsp;</p>



<p>Y con el resentimiento y el odio cómodamente instalados en nuestras mentes y corazones nada bueno puede pasar. Son pasiones que quitan energías para la acción, obnubilan el buen juicio para encontrar puntos de encuentro que saquen adelante un proyecto de sociedad, e impiden una conversación pública decente. Por el contrario: incitan acciones ruines y malos pensamientos: extirpar al adversario, recuperar un pasado glorioso o refundar todo, buscar venganza, ir tras una utopía regresiva, derrocar las élites, ajusticiar a los vándalos. Porque las emociones se concentran en el presente y se desentienden del futuro.</p>



<p>Por lo discutido hasta aquí, son requeridos candidatos que estén a favor de algo y no en contra de todo. Que en vez de emociones tristes como las nombradas, infundan esperanza. De tal forma que sea posible imaginar un mejor futuro y confiar en que se puede avanzar y mejorar gradualmente. Que despierten afecto por las formas democráticas y sus instituciones, aunque sean imperfectas y no garanticen la solución final de nada.&nbsp;</p>



<p>Significa que a la esperanza es necesario agregarle grandes dosis de cordura, paciencia, afabilidad por ideas nuevas y personas, tolerancia, disposición para sostener conversaciones difíciles, y pragmatismo. Atributos escasos en estos tiempos emponzoñados. Estamos obligados, por consiguiente, a recelar de nuestro entorno social y cultural, y hacernos cargo de la reconfiguración de nuestro perfil anímico, de tal forma que cultivemos emociones propias de una sociedad democrática, que no son precisamente el resentimiento y el odio.</p>



<p>Insisto. ¿Con qué emociones preferimos participar en las próximas elecciones?</p>



<p>____</p>



<p><strong>Para seguir la pista.&nbsp;</strong></p>



<p>La teoría de la emoción construida, por supuesto, es más compleja de lo que he esbozado arbitrariamente en esta nota. Por esta razón sugiero las siguientes lecturas para aquellas personas interesadas en estudiar sus fundamentos.</p>



<ul class="wp-block-list">
<li>Feldman Barret, Lisa. <em>La vida secreta del cerebro: cómo se construyen las emociones.</em> Editorial Planeta, 2014</li>



<li>Illouz, Eva. <em>Modernidad explosiva. </em>Katz Editores, 2025</li>



<li>Moïsi, Dominique. <em>La geopolítica de las emociones.</em> Grupo editorial Norma, 2009.</li>



<li>Nussbaum, Martha. <em>Paisajes del pensamiento: la inteligencia de las emociones. </em>Paidós, 2001</li>



<li>García, Mauricio. <em>El país de las emociones tristes.</em> Ariel, 2021</li>
</ul>
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        <author>Manuel J Bolívar</author>
                    <category>Reencuadres</category>
                <guid isPermaLink="false">https://blogs.elespectador.com/?p=122749</guid>
        <pubDate>Sun, 23 Nov 2025 11:35:41 +0000</pubDate>
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                <media:description type="plain"><![CDATA[Entre el resentimiento y el odio]]></media:description>
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        <item>
        <title>La ruta del pragmatismo</title>
        <link>https://blogs.elespectador.com/actualidad/reencuadres/la-ruta-del-pragmatismo/</link>
        <description><![CDATA[<p>Acaba de salir al mercado el libro «La ruta del pragmatismo» del filósofo y analista Andrés Mejía. Su lectura ilumina, en general, algunas facetas de la cultura política colombiana y, en particular, el origen de algunos atolladeros del actual gobierno. Al recorrer, de la mano del autor, algunas claves del pensamiento pragmático, se concluye que [&hellip;]</p>
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        <content:encoded><![CDATA[
<p>Acaba de salir al mercado el libro <em>«La ruta del pragmatismo»</em> del filósofo y analista Andrés Mejía. Su lectura ilumina, en general, algunas facetas de la cultura política colombiana y, en particular, el origen de algunos atolladeros del actual gobierno. Al recorrer, de la mano del autor, algunas claves del pensamiento pragmático, se concluye que ser prácticos no es una de nuestras virtudes predominantes. Y quizás eso explique en cierta medida nuestras dificultades. </p>



<p>El pragmatismo es la tendencia a resolver problemas dentro de un marco ético. Es la preferencia por lo funcional más que por lo perfecto. Es una mentalidad no centrada en la búsqueda de las causas últimas ni en el esfuerzo por el hallazgo de salidas definitivas. Por el contrario, privilegia la consecución de propósitos concretos, graduales, alcanzables, en vez de proponerse metas inviables. Se trata en otras palabras de alcanzar pequeñas victorias reales, y no grandes victorias morales. Valora el triunfo de carne y hueso por sobre las victorias ideológicas. Busca premiar el resultado, no el esfuerzo ni la intención; y eso es algo cuestionador del proverbio nacional de que lo importante es la intención. Y cuando se trata del bienestar de una sociedad o de un individuo, las ideas prácticas son las que cuentan.</p>



<p>Con la guía de varios pensadores y de sus experiencias personales,  el autor presenta conceptos que le dan forma a una manera pragmática de pensar, decidir y actuar. Son ellos:<em> trade-off,</em> <em>compromise</em> y <em>negociación</em>, los cuales permiten establecer los <em>equilibrios</em> requeridos para materializar logros específicos y efectivos. No entraré en detalles acerca de estas ideas. Solo quiero resaltar algunas de sus orientaciones generales para desarrollar un pensamiento pragmático.</p>



<p><em>«Los resultados concretos son preferibles al ideal excelente que nunca fue ni será»</em>. Tomar este camino implica asumir costos (económicos, políticos, personales). Se renuncia a algo para poder obtener otra cosa también estimable, se avanza y progresa. Para ello hay que establecer un difícil equilibrio entre propósitos, recursos y posibilidades. Exige abandonar el Jardín de las Delicias, «donde todo era armónico, gratuito e ilimitado y donde todo era posible», y pasar al Jardín de la Realidad, «el mundo de la escasez, de la contradicción, de la angustia y de los dilemas». En Colombia son frecuentes los estatutos, leyes y planes impecables que no pueden llevarse a la realidad. Todo por desdeñar los costos, subestimar las competencias institucionales y humanas necesarias, sin contar con la impajaritable falta de voluntad política de aplicarlas. Al final solo queda un registro simbólico que poco le sirve a los ciudadanos. El Acuerdo de Paz firmado con las Farc ejemplifica de alguna manera esta mentalidad de abarcar mucho y apretar poco: pese a haber sido alabado en el mundo entero, su aplicación cabal se ha visto neutralizada por la exigencia de enormes recursos económicos para implementarlo, la necesidad de crear un sinnúmero de nuevas instituciones, y la falta de un consenso nacional poderoso que impida que otros gobiernos lo vuelvan trizas en el camino. Y ahí estamos: con avances lentos e insatisfactorios, y una paz siempre elusiva.&nbsp;</p>



<p><em>«No siempre nuestras pretensiones van a ser armónicas con las de los demás».</em> A veces, incluso, en nuestra mente coexisten propósitos valiosos, a veces contradictorios o al menos imposibles de materializar simultáneamente. Esta pluralidad de aspiraciones obliga a la transacción con otros o con uno mismo, al establecimiento de acuerdos que equilibren aunque sea precariamente estas colisiones. Esa es la vida real. Nadie, ningún dirigente o partido, en una sociedad democrática, puede arrogarse la facultad de ignorar esta diversidad de aspiraciones e intereses. Nadie es el pueblo entero. Aceptar esta realidad exige, si se quieren enfrentar los desafíos, si se desea que las cosas ocurran, entrar al campo de la negociación y los equilibrios. Lo que implica escuchar a los otros para permitir la emergencia de nuevos arreglos. Arreglos inspirados en un afán común: construir alternativas funcionales. Gobernar es un asunto difícil, dice el autor, toca contentarse con resultados insatisfactorios.</p>



<p><em>«Las sociedades (y dirigentes) que se concentran en hacer juicios morales pueden ir perdiendo su capacidad de encontrar soluciones prácticas a los problemas»</em>. A veces preferimos las declaraciones grandilocuentes de principios morales abstractos que la solución práctica de un problema. Nos enfocamos en la búsqueda de a quién echarle la culpa, antes que en una salida hacia las posibilidades de acción y alcance de los propósitos. El autor trae un ejemplo muy dramático. Se trata del ex senador Jorge Robledo, llamado el Dr No, porque siempre votaba en contra de cualquier propuesta presentada en el Congreso; lo hacía con discursos conmovedores, repletos de invocaciones moralistas, sin que jamás propusiera algo útil. Como premio a su incansable y estéril «verticalidad moral», lo elegimos repetidamente como el mejor senador. De este tamaño es nuestro sesgo cultural. Ahora está en coalición con un precandidato con el mismo tono. Son protagonistas tristes de un tipo de exhibicionismo moral. El presidente no se queda atrás. En general, prefiere la búsqueda de abstractos logros de alcance cósmico al diseño de soluciones efectivas. Su reforma de la salud es el ejemplo más doloroso. Su método consiste en quebrar huevos por doquier sin que por ninguna parte sea posible ver la tortilla.</p>



<p>Este es apenas un comentario superfluo a un libro de gran riqueza en contribuciones al desarrollo de una cultura de lo posible, lo concreto y lo funcional, en un país abrumado de urgencias, donde sobran los discursos, las victorias morales y las demostraciones de coherencia ideológica, y apremia el arreglo de las cosas. Recomiendo su lectura, en especial a los setenta y pico precandidatos (a esta hora y día). A ver si acogen la idea. Es una ruta al pragmatismo.</p>



<p></p>



<p></p>



<p>Para saber más</p>



<ul class="wp-block-list">
<li>Mejía V, Andrés, <em>La ruta del pragmatismo</em>, Debate, 2025</li>



<li>Berlin, Isaiah, <em>La búsqueda del ideal</em>, <a href="https://www.marcialpons.es/media/pdf/100856667.pdf">https://www.marcialpons.es/media/pdf/100856667.pdf</a>  </li>
</ul>



<p></p>
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        <author>Manuel J Bolívar</author>
                    <category>Reencuadres</category>
                <guid isPermaLink="false">https://blogs.elespectador.com/?p=118815</guid>
        <pubDate>Sun, 03 Aug 2025 05:04:10 +0000</pubDate>
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        <item>
        <title>Habitar el poder</title>
        <link>https://blogs.elespectador.com/actualidad/reencuadres/habitar-el-poder/</link>
        <description><![CDATA[<p>Entre las renuncias al gabinete la más provocativa fue la del exministro de Culturas Juan David Correa. Con su reconocida inteligencia y delicadeza dijo que se retira porque no comparte la forma de «habitar el poder» del presidente Petro.&nbsp; Creo que pocos podrían afirmar que los agarró de sorpresa lo visto en el reciente consejo [&hellip;]</p>
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        <content:encoded><![CDATA[
<p>Entre las renuncias al gabinete la más provocativa fue la del exministro de Culturas Juan David Correa. Con su reconocida inteligencia y delicadeza dijo que se retira porque no comparte la forma de «habitar el poder» del presidente Petro.&nbsp;</p>



<p>Creo que pocos podrían afirmar que los agarró de sorpresa lo visto en el reciente consejo de ministros televisado. Porque de la forma de administrar del presidente se conocen muchas cosas: no se reúne frecuentemente con su equipo; no hace seguimiento y acompañamiento a la implementación de sus políticas públicas; los ministros se enteran de sus propósitos o por las redes sociales o en sus habituales e interminables discursos; toma decisiones sin analizar con sus asesores; llega tarde a todas las reuniones de trabajo. Todo eso ya lo padecían sus colaboradores cercanos.&nbsp;</p>



<p>En otras palabras, lo que asoma del consejo de ministros reciente no fue un hecho inusitado. Solamente aconteció que todos pudimos presenciar en vivo y en directo la forma como se está manejando el país. De alguna manera enrevesada debe agradecerse al presidente este gesto de transparencia: «…el pueblo tiene el derecho a saber qué hace su gobierno y cómo es su gobierno directamente…», afirma él. Quedamos advertidos.</p>



<p>Aun así, la pregunta clave es: ¿cuáles eran los objetivos reales del presidente al tomar la decisión de transmitir este consejo por todos los medios públicos y privados? Porque cualesquiera que fuesen, eso no salió bien a ojos de la mayoría de observadores, con excepción de algunos devotos seguidores que no bajan de catalogar esta decisión como jugada política maestra. Sostienen ellos que promovió una explosión controlada de la rebelión de un sindicato de funcionarios; desarmó a quienes casi acaban con su gobierno; puso a pensar al país sobre asuntos políticos; capturó una audiencia millonaria; hizo una demostración de erudición literaria, filosófica e histórica; dejó en claro quién es el más revolucionario e inteligente del gobierno.</p>



<p>Los ministros fueron citados para abordar la crisis de orden público en el   Catatumbo (60 muertos, 54.000 desplazados y algo más de 32.000 personas confinadas). Seguramente cada uno llevaba en sus manos un informe de su trabajo allí. Pero no. La agenda cambió premeditadamente cuando el presidente decidió pedirles cuentas a sus ministros de los 195 compromisos asumidos con el país, de los cuales no han cumplido 146. Y para eso los puso en la picota pública. De esta forma mataba dos pájaros de un tiro: neutralizaba la inconformidad de parte del gabinete y le echaba la culpa por los incumplimientos. Los exponía públicamente para debilitarlos, y de paso él sacaba el cuerpo. </p>



<p>Sin embargo, después de más de tres horas de un monólogo deshilvanado y airado, la cosa se salió de cauce y salieron a flote las grietas del gobierno. Empezando por el rompimiento de una premisa elemental de dirección decente: los resultados buenos son del grupo y los malos revelan fallas en el liderazgo. Y nada tan lamentable y trágico como escuchar a un jefe —Jefe de Estado, por si fuera poco— quejándose de que nadie le hace caso.</p>



<p>Retomemos, entonces, aquello de la incapacidad de «habitar el poder» anotado por el exministro de Culturas. Habitar está relacionado con <em>el ser </em>y <em>el hacer</em>. Un buen líder debe saber qué <em>hacer</em> para que ciertas cosas ocurran. Esto implica  tomar decisiones, ejecutarlas, tener un plan y una estrategia, hacer seguimiento, supervisar y corregir a tiempo. Tiene la responsabilidad de asegurarse de que sus promesas y políticas públicas se conviertan en acciones concretas y logren los resultados esperados. Empero, este consejo de ministros dejó un amargo sabor al respecto: 15 % de cumplimiento de compromisos, desarticulación completa y enemistades profundas. El exministro de Defensa alcanzó a balbucear que «…en El Plateado (Cauca) no ha habido una decisión articulada de gobierno para entrar». Como se recuerda, en este sitio se produjo hace dos meses la penúltima gran crisis de orden público. Mientras tanto, sigue sin solución. ¡Por ausencia de articulación de acciones efectivas para llevar paz! Cabe preguntarse: ¿y quién se supone sea el gran coordinador de acciones del aparato estatal? En conclusión, el <em>«hacer»</em> no está entre las virtudes de quien dirige el Estado.</p>



<p>Y en cuanto al <em>«ser»</em>, el líder es alguien que aprecia y respalda a su equipo, que se pone de primero en los fracasos y se ubica de último en los éxitos. Los líderes comen al final, dice Simon Sinek. Dan retroalimentación en privado y felicitan en público para proteger la integridad de su gente. Un líder prodiga una gran empatía por los integrantes de su equipo. En el caso que nos ocupa, algunos observan un acto deliberado y autoritario de violencia y humillación ejercido por el presidente sobre sus funcionarios más cercanos. Un despliegue desaforado de engreimiento (silencio, habla el presidente, el último Aureliano) y paranoia (No me voy a dejar encerrar. Esto no es un sindicato», «…sus críticas son un ataque de canibalismo…», vociferaba el presidente). Por su mente no pasa la idea de que un verdadero líder se pone al servicio de su gente para que haga lo que tiene que hacer y no alguien a quien otros sirven.</p>



<p>Es difícil decidir cuál de los diagnósticos sobre Petro es más alarmante:&nbsp; si está enfermo de <em>hubris</em>; si es un caso psiquiátrico; si es extremadamente narciso y paranoico; si es un genio para hacer jugadas políticas maestras como reportan sus áulicos. O si simple y llanamente es un político exitoso que en el ámbito del liderazgo no pasa de ser un inepto a cargo del Estado y del bienestar de 50 millones de personas.&nbsp;</p>



<p>Sea cual sea la prescripción, se valida la sentencia aquella de que el poder no transforma a las personas sino que revela su verdadero ser.</p>
]]></content:encoded>
        <author>Manuel J Bolívar</author>
                    <category>Reencuadres</category>
                <guid isPermaLink="false">https://blogs.elespectador.com/?p=111696</guid>
        <pubDate>Sun, 16 Feb 2025 05:51:06 +0000</pubDate>
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        <item>
        <title>De víctimas a protagonistas</title>
        <link>https://blogs.elespectador.com/actualidad/reencuadres/de-victimas-a-protagonistas/</link>
        <description><![CDATA[<p>Se han lanzado diversas hipótesis para explicar el triunfo de Trump. En cada país los políticos intentan extraer lecciones aprovechables, bien sea para tomarlas en serio o para mejorar sus estrategias electorales. Todo porque muchos conjeturan que ganaron tendencias culturales que pueden estar gestándose en otras partes. A mi juicio, hay al menos una enseñanza [&hellip;]</p>
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        <content:encoded><![CDATA[
<p>Se han lanzado diversas hipótesis para explicar el triunfo de Trump. En cada país los políticos intentan extraer lecciones aprovechables, bien sea para tomarlas en serio o para mejorar sus estrategias electorales. Todo porque muchos conjeturan que ganaron tendencias culturales que pueden estar gestándose en otras partes.</p>



<p>A mi juicio, hay al menos una enseñanza insoslayable para Colombia —aunque no estoy seguro si pienso con el deseo o en realidad puede estar ocurriendo—.</p>



<p>Pero dejésmola para más adelante. &nbsp;</p>



<p>Hay tesis explicativas liberales y conservadoras. En las primeras, se percibe cierto desprecio por los votantes de Trump. Ven allí una rebelión de los no-educados, aquel 65 % de los estadounidenses sin estudios universitarios. Son, según esta perspectiva, personas ignorantes, víctimas de la manipulación de las falsas noticias, homofóbicos, racistas, nacionalistas, patriarcales, amantes de las armas, con bajos estándares morales y éticos, fascistas, antiabortistas, granjeros y extrabajadores industriales, ansiosos de volver al pasado glorioso de su país. Gente deplorable, como dijo Hillary Clinton; o basura, como dio a entender Biden. En fin, todos hechos a imagen y semejanza de su líder.&nbsp;</p>



<p>Estas versiones son irrespetuosas y arrogantes. Si alguien no vota como yo, entonces es un estúpido. Menosprecian que desde 2016, los votos por Trump y sus políticos, con pocas excepciones, no han hecho sino aumentar hasta alcanzar una cifra superior a los 76 millones. El partido republicano se ha apoderado de la presidencia, tiene mayorías en el senado y la cámara, y su poder en las Cortes es cada vez mayor. Lo de Estados Unidos no es una anomalía ni una desviación, es una tendencia. Es rebatible, pues, ver a esta nación como presa de una epidemia de estupidez, ya detectada en otras partes. Sin dejar de reconocer algunos de estos elementos culturales en sectores del trumpismo, debe haber mejores explicaciones para estas preferencias electorales tan contundentes.</p>



<p>La versión acerca de que se trata de una reacción conservadora agrega elementos más inquietantes. Hace referencia a la recuperación de temas olvidados de gran valor para la gente. Tales como sentirse parte de una comunidad de ciudadanos y no solo de un grupo particular (población LGTBI+, minorías étnicas, inmigrantes, mujeres, jóvenes, proabortistas, ambientalistas), o sea, una idea universalista y no tribalista de la sociedad. Los excesos perfomáticos, la exigencia sinfín de privilegios o de discriminaciones positivas por parte de estas comunidades, su intolerancia y dogmatismo, han producido una reacción adversa a sus causas. En pocas palabras, se trata de un rechazo a las ideas de la izquierda woke. Aquella que cambió las reinvindicaciones de bienestar general por las demandas de reconocimiento de segmentos específicos de la sociedad. La gente, sostiene esta interpretación, votó contra el énfasis otorgado a lo identitario en las políticas públicas y en el discurso propuesto por los demócratas.</p>



<p>La razón de esta orientación del partido demócrata puede encontrarse en el predominio ideológico ganado en su interior por parte de sectores de clases medias altas. Su conciencia posmoderna parece limitarse a la defensa de grupos minoritarios o víctimas de injusticias crónicas. Han dejado de mirar a la población pobre desechada por la globalización desenfrenada y a los sectores medios, temerosos de perder lo que han logrado con su esfuerzo. Desdeñan el bienestar material de la gente de a pie: el empleo, sus ingresos, la seguridad, sus afugias diarias. Eso explicaría la erosión paulatina de sus bases electorales.</p>



<p>Sin embargo, a mi parecer, una tesis más perspicaz para explicar el comportamiento electoral de los norteamericanos es que Trump y su partido lograron ensamblar un discurso cínicamente inspirador. Le hablaron a la gente, no como víctimas de alguna injusticia, sino como personas con aspiraciones en la vida. En vez de expresar conmiseración por sus dificultades, alentaron sus sueños de progreso (y quizás de venganza). Sectores sociales que no quieren ser salvados sino reconocidos como integrantes de la sociedad. Eso, quizás, explica el crecimiento del apoyo a Trump en los grupos de latinos, negros, mujeres, jóvenes. Mujeres y hombres deseosos de ser tratados como ciudadanos plenos de una sociedad y no como criaturas menores necesitadas de ayudas sociales y protección especial. Individuos deseosos de salir adelante, que, en vez de muletas estatales para caminar, solo demandan «el pequeño empujón» para volar por cuenta propia. (Es evidente que este planteamiento emancipador es un vil engaño en boca de Trump).</p>



<p>Aún así, de confirmarse esta hipótesis, sería un paso en la dirección correcta en el camino hacia la contención de esta «perversa espiral de victimización» en la que está enredado el progresismo, en particular, y el pensamiento liberal, en general. Que ha cogido una fuerza inusitada en nuestro país. Aquí, con un poco de paciencia e imaginación, todos nos descubrimos víctimas de alguna cosa. El estatus de víctima, otrora establecido para buscar reparación para los realmente afectados, se ha transformado en un rótulo que todos quieren fijarse en el pecho para aumentar derechos y mermar deberes. Hasta la extraordinaria y valiente periodista Maria Jimena Duzán, lleva 34 años subrayando su condición de víctima por el asesinato de su hermana Silvia a manos de paramilitares. Pareciera un regodeo en el trauma.&nbsp;</p>



<p>Y esa es, en mi opinión, la mejor lección para la dirigencia política colombiana de la experiencia norteamericana: la urgencia de tratar a la gente como protagonistas de su vida y no como víctimas. Porque quizás en vez de dádivas oficiales, esperan una educación de calidad e igualdad de oportunidades. Dejar de imitar a los funcionarios públicos actuales, a quienes se les iluminan los ojos cuando anuncian la gratuidad o el subsidio de algo —como si eso fuera un indicador de éxito de su gestión— porque les sirve para alimentar su delirio de redentores. Y el presidente, el artífice de este encantamiento, se presenta en su doble condición de víctima y mesías.</p>



<p>Quizás llegó el momento de cambiar el chip. Que la acción política desarrolle protagonistas y ciudadanía, y no víctimas y filantropía. Personas a cargo de su vida y no en espera de que el Estado lo haga. Visto así el asunto, hasta del impresentable Trump es posible extraer algo positivo.&nbsp;</p>
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        <author>Manuel J Bolívar</author>
                    <category>Reencuadres</category>
                <guid isPermaLink="false">https://blogs.elespectador.com/?p=109100</guid>
        <pubDate>Sun, 08 Dec 2024 05:19:14 +0000</pubDate>
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                <media:description type="plain"><![CDATA[De víctimas a protagonistas]]></media:description>
                <media:credit role="author" scheme="urn:ebu">Manuel J Bolívar</media:credit>
            </media:content>
                            </item>
        <item>
        <title>Reaccionarios, progresistas y viceversa</title>
        <link>https://blogs.elespectador.com/actualidad/reencuadres/reaccionarios-progresistas-y-viceversa/</link>
        <description><![CDATA[<p>El centrismo colombiano haría bien en coger oficio recogiendo las mismas banderas. Practicando el cambio del tono de las conversaciones políticas, cultivando una atmósfera de reconciliación y diálogo</p>
]]></description>
        <content:encoded><![CDATA[
<p class="has-text-align-right"><em>Los «reaccionarios» no tienen el monopolio </em></p>



<p class="has-text-align-right"><em>de la retórica simplista, perentoria e intransigente.</em></p>



<p class="has-text-align-right">A. HIRSCHMAN</p>



<p class="has-text-align-left">En su libro «Retóricas de la intransigencia», el economista y ensayista Albert Hirschman propuso categorías de análisis útiles para entender el momento político. &nbsp; Se percibe en Colombia un ambiente de crispación y enceguecimiento, en el que la deliberación está proscrita desde el poder («…los que gritan fuera Petro son asesinos», vocifera el presidente) y la oposición juega brusco y con desacierto. Han preferido tratarse como enemigos a destruir que como adversarios a derrotar en la próxima contienda electoral.</p>



<p>Corriendo el riesgo de no hacer justicia a sus planteamientos, esbozaré algunas de sus ideas. Hirschman partió de una revisión histórica del desarrollo pleno de la ciudadanía en las dimensiones civil, política y social, promovidas por sectores autoproclamados progresistas. Civil, se refiere a las libertades individuales (expresión, pensamiento, religión); política, al desarrollo de la participación en el ejercicio del poder; y social, al reconocimiento de condiciones mínimas de educación, salud, bienestar material y seguridad, las cuales se materializaron en el Estado de Bienestar. En su recorrido encontró tres tesis comunes y repetidas en las posiciones <em>reaccionarias</em> para oponerse y criticar estos impulsos progresistas. Las denominó tesis de la intransigencia.</p>



<p>(Antes de continuar es pertinente anotar que este pensador se esfuerza por evitar asignarle una connotación negativa al término <em>reaccionarios.</em> Recuerda, siguiendo a Newton, que reacción sencillamente es algo que sigue a la acción. Siendo así, es un acto que puede provenir de cualquier lado del espectro político. Los progresistas se convierten en reaccionarios ante un gobierno conservador; los conservadores son los reaccionarios durante un gobierno progresista).</p>



<p>Las tres tesis de la intransigencia que han practicado en la historia tanto progresistas como reaccionarios son: la Tesis de <em>la perversidad</em>; <em>la de la futilidad</em>; y la del<em> riesgo</em>.&nbsp;</p>



<p>La primera tesis, la de la <em>perversidad</em>, se ocupa de los resultados de los cambios. Los reaccionarios sostienen que toda acción de cambio del régimen político, social y económico traerá consecuencias desastrosas. Solo sirve para empeorar la situación. Los progresistas, por el contrario, aplicando la misma lógica radical,&nbsp; solo ven los efectos positivos. Se desentienden de las consecuencias involuntarias y fuera de control, perversas, de los cambios. Subestiman los daños de la improvisación, el mal diseño y la deficiente gestión porque nada puede salir mal cuando hay buenas intenciones. Caso concreto, la reforma laboral en curso que, buscando desarrollar los derechos individuales y colectivos del trabajo, puede incrementar el desempleo y la informalidad.</p>



<p>La siguiente tesis, la de la <em>futilidad</em>, se refiere al poder de las leyes sociales.</p>



<p>Los que se oponen sostienen que los cambios propuestos alteran leyes de hierro forjadas por la historia. Los que los proponen, en tanto, hacen acopio de otras leyes en vía contraria: que las leyes de la sociedad conducen irrevocablemente al progreso. La historia, prosiguen, pasa por una serie finita e idéntica de etapas y no hay poder humano que las detenga. Afirman tener «la historia de su lado». Un ejemplo a la mano de este tipo de reacción es la reforma agraria. Para unos, es una violación al sagrado derecho a la propiedad privada en el campo para poner en manos incompetentes el campo colombiano. Para otros, la reforma agraria es una etapa indispensable en el proceso de progreso de la sociedad. En ambos extremos se desestima la capacidad de la acción humana para modelar la sociedad.</p>



<p>La tesis del <em>riesgo</em> se centra en la incertidumbre de los cambios<em>. </em>Los reaccionarios afirman que su costo es tan elevado y su complejidad es de tal magnitud que ponen en riesgo los logros previos. En otras palabras, que es más lo que puede perderse que lo que podría ganarse. Del otro extremo, los progresistas subestiman las amenazas, simplifican la realidad, subvaloran los efectos imprevistos de las acciones sociales y políticas. El ejemplo más patético es el de la reforma a la salud. Para los primeros, el sistema funciona bastante bien de acuerdo con estándares internacionales y no hay motivo para someterla a cambios sustanciales. Echaremos por la borda los avances en cobertura y calidad. Para los segundos, todo está bajo control … en el discurso.</p>



<p>A grandes rasgos, así argumentan los opositores y defensores de las reformas. Llevando sus puntos de vista, a veces válidos, hasta los escenarios más apocalípticos o más utópicos, que tienen en común que penetran con facilidad en las mentes desesperadas. Ambos bandos utilizan, en los términos de Hirschman, discursos intransigentes. Tienden a parecerse más de lo que están dispuestos a reconocer.&nbsp;</p>



<p>Lo fundamental es, sin embargo, resaltar el objetivo que se proponía Hirschman al identificar estas retóricas. Que no era otro que recuperar los diálogos «amistosos con la democracia»; restablecer una deliberación civilizada que contribuya a la formación de una opinión informada y al mejoramiento del diseño y desarrollo de reformas.</p>



<p>El centrismo colombiano haría bien en coger oficio recogiendo las mismas banderas. Practicando el cambio del tono de las conversaciones políticas, cultivando una atmósfera de reconciliación y diálogo, y buscando puntos intermedios en torno a las reformas. Poniendo de relieve algo que es natural a la política real: nada es blanco o negro, ni es todo o nada. La justicia social no es un tema escriturado a la izquierda ni el de la seguridad a la derecha. Así quitaría espacios y seguidores a los extremos y menguaría la polarización. Todo para formular un rumbo, inyectar pragmatismo a los cambios y despertar la esperanza de que es posible y necesario un país mejor.</p>
]]></content:encoded>
        <author>Manuel J Bolívar</author>
                    <category>Reencuadres</category>
                <guid isPermaLink="false">https://blogs.elespectador.com/?p=105133</guid>
        <pubDate>Sun, 08 Sep 2024 11:17:53 +0000</pubDate>
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                <media:description type="plain"><![CDATA[Reaccionarios, progresistas y viceversa]]></media:description>
                <media:credit role="author" scheme="urn:ebu">Manuel J Bolívar</media:credit>
            </media:content>
                            </item>
        <item>
        <title>Oportunidad, necesidad, justificación</title>
        <link>https://blogs.elespectador.com/actualidad/reencuadres/oportunidad-necesidad-justificacion/</link>
        <description><![CDATA[<p>Hemos perdido por goleada la pelea contra la cultura del vivo. JULIAN DE ZUBIRÍA SAMPER En el modesto restaurante Sabor colombiano, en el centro de Los Angeles, se produjo en simultánea y en pequeña escala lo mismo que sucedió en el Hard Rock Stadium de Miami. Cuando estaba lleno y no podían ingresar más hinchas [&hellip;]</p>
]]></description>
        <content:encoded><![CDATA[
<p></p>



<p class="has-text-align-right"><em>Hemos perdido por goleada la pelea contra la cultura del vivo.</em></p>



<p class="has-text-align-right">JULIAN DE ZUBIRÍA SAMPER</p>



<p></p>



<p class="has-text-align-left">En el modesto restaurante <em>Sabor colombiano</em>, en el centro de Los Angeles, se produjo en simultánea y en pequeña escala lo mismo que sucedió en el Hard Rock Stadium de Miami. Cuando estaba lleno y no podían ingresar más hinchas a ver el partido, los que estaban afuera entraron en asonada, terminó en apuñalamientos, heridos y detenidos entre los propios colombianos. Lo de Miami no es, pues, un hecho aislado. Hay comunes denominadores en los dos acontecimientos: mismos protagonistas y mismos comportamientos.&nbsp;</p>



<p>Se han formulado muchas hipótesis para explicar lo ocurrido en aquella final histórica entre Colombia y Argentina. ¿Cuál más ingeniosa?</p>



<p>Una de las mejores, con sello conspiranoico, formulada por un youtuber petrista, sostiene que fue una acción coordinada por el uribismo para sabotear el partido. Que la avioneta que sobrevoló el estadio con la pancarta «Fuera Petro» alebrestó a las hordas uribistas. Buen intento, aunque menosprecia nuestra inteligencia. Significaría asignarle al uribismo un enorme poder de convocatoria que todos sabemos está en vías de extinción.</p>



<p>Otra hipótesis es la de origen genético. Los instintos paternales que obnubilaron al presidente de la Federación Colombiana de Fútbol, cuando agredió a guardias civiles para entrar a la fuerza y defender a su hijo, es lo que explica este tipo de comportamientos. La sangre que corre por las venas colombianas determina este tipo de conductas. Saltamos sin pensar todos los obstáculos. No es nuestra culpa. Dios o la Naturaleza nos dotaron así. Otro pobre intento. Causas sobrehumanas.</p>



<p>También ha surgido la teoría del «colombiano de Miami». La cual, según su autora, es un espécimen muy particular. Devoto de la vida americana, gafas de sol y seguidor de la cultura traqueta de la ostentación, la fuerza bruta, el mal gusto. Hipótesis desabrida. El caso citado del restaurante en California la desmiente.</p>



<p>Hay teorías más sofisticadas que merecen ser analizadas. El comportamiento individual es diferente al comportamiento en masa. Como individuos tendemos a ser refinados y calculadores, todos unos caballeros y damas; en multitud, somos unos chabacanes. Este fenómeno de masas se produce por <em>la identidad grupal</em>. Es una entrañable sensación de hacer parte de algo, de un colectivo que tiene un mismo propósito y lo mueve un sentimiento común. Es el espíritu gregario en carne viva. En masa no se delibera, ni se repara en reglas y valores. No hay razonamiento moral, todo es instinto desatado. No se sopesan los pros y contras de una acción agresiva, de simples faltas a la urbanidad. El anonimato protege. Una especie de poder constituyente en los estadios. La turba derriba vallas de seguridad, se apropia de puestos numerados, se cuela por los ductos de ventilación, ocupa las escaleras de evacuación, agrede agentes de seguridad. Basta con que un pequeño número de exaltados salte un muro de contención para que muchos otros lo imiten. Sobra advertir que estas reacciones son universales, no son producto de haber nacido en un país. España, Inglaterra, Holanda, las padecen con cierta frecuencia. El fútbol tiene el mérito de despertar pasiones desenfrenadas, que ahora se han tomado la política. No pasa desapercibida su consanguinidad con el vandalismo desaforado y la destrucción de bienes públicos asociados a un estallido social.</p>



<p>El sociólogo norteamericano Donal R. Cressey propuso un práctico modelo&nbsp; que facilita la comprensión de la conducta fraudulenta, que puede ser útil para observar el caso que nos ocupa. Se denomina <em>El triángulo del fraude</em>. Está compuesto por la Oportunidad, la Necesidad y la Justificación. La persona con intenciones transgresoras visualiza una oportunidad, tiene un incentivo o necesidad de hacer algo, crea una explicación.</p>



<p>|<em>La Oportunidad</em> es la valoración que se hace de la probabilidad de una sanción, de ser visto o castigado, al actuar de cierta manera. Percatarse de que no había anillos de seguridad ni fuerzas de seguridad suficientes. Que el hueco era enorme. Vislumbrar una posibilidad de hacer algo indebido sin que lo cogieran.</p>



<p>|<em>La Necesidad</em> se refiere a la imposibilidad económica de pagar el precio&nbsp; de algo. De no poder satisfacer el deseo ni reclamar el derecho de ver el partido. Boletas impagables. No se tenía otra alternativa para ingresar al estadio distinta al motín.&nbsp;</p>



<p><em>La Justificación</em> es el conjunto de razones que se invocan para explicar un comportamiento de tal forma que despierten comprensión y compasión; que legitimicen el acto. Es que en Estados Unidos no entienden la pasión de un hincha. Era un partido en el que parecía estar jugándose la unidad nacional alrededor de un balón.</p>



<p>En el partido confluyeron los tres elementos que permiten entender las acciones violentas. Aunque son aplicables a ciudadanos de cualquier nacionalidad que hacen lo mismo, por el momento nos interesan este tipo de colombianos. Y surge una pregunta. ¿Son conductas a las que muchos son excesivamente proclives?&nbsp;</p>



<p>Creo que sí. Se ha ido forjando una cultura ciudadana complaciente y anómica. Y como se sabe por la neurociencia, las culturas crían emociones y desarrollan en el cerebro formas de percibir y modos de pensar. Quizás eso explique que destaquemos por el ventajismo ante las oportunidades y grietas; por la viveza para convertir los deseos en derechos inalienables; y por el ingenio para&nbsp; idear argumentos que justifiquen el rompimiento colectivo de reglas y normas. Aquí se rinde culto al avispado. Basta mirar la manera desenfrenada como no pocos se manejan en los espacios públicos (parques, conciertos, calles) y la retorcida gestión pública.&nbsp;</p>



<p>Sean las que fueren las explicaciones de lo sucedido, lo cierto es que Colombia es uno de los países del mundo donde más hinchas mueren cada año. Cerca de 10. Lo de Miami es todo menos casualidad.</p>



<p><strong>Para seguir la pista</strong></p>



<ul class="wp-block-list">
<li><em>El culto al avispado</em>. Juan Luis Mejía. <a href="https://www.universocentro.com/NUMERO9/Elcultoalavispado.aspx">https://www.universocentro.com/NUMERO9/Elcultoalavispado.aspx</a></li>



<li><em>El colombiano de Miami</em>. Catalina Uribe. <a href="https://www.elespectador.com/opinion/columnistas/catalina-uribe-rincon/el-colombiano-de-miami/">https://www.elespectador.com/opinion/columnistas/catalina-uribe-rincon/el-colombiano-de-miami/</a></li>



<li><em>Cultura ciudadana: el partido que venimos perdiendo desde hace décadas</em>. Julián de Zubiría Samper. <a href="https://www.elespectador.com/opinion/columnistas/julian-de-zubiria-samper/">https://www.elespectador.com/opinion/columnistas/julian-de-zubiria-samper/</a></li>



<li><em>Copa América: “Un hincha será hincha desde su afiliación hasta su muerte”</em>. Entrevista de Cecilia Orozco. <a href="https://www.elespectador.com/colombia/copa-america-un-hincha-sera-hincha-desde-su-afiliacion-hasta-su-muert">https://www.elespectador.com/colombia/copa-america-un-hincha-sera-hincha-desde-su-afiliacion-hasta-su-muert</a>e/</li>
</ul>
]]></content:encoded>
        <author>Manuel J Bolívar</author>
                    <category>Reencuadres</category>
                <guid isPermaLink="false">https://blogs.elespectador.com/?p=103728</guid>
        <pubDate>Sun, 28 Jul 2024 14:14:19 +0000</pubDate>
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                <media:description type="plain"><![CDATA[Oportunidad, necesidad, justificación]]></media:description>
                <media:credit role="author" scheme="urn:ebu">Manuel J Bolívar</media:credit>
            </media:content>
                            </item>
        <item>
        <title>De la meritocracia a la hipermeritocracia</title>
        <link>https://blogs.elespectador.com/actualidad/reencuadres/de-la-meritocracia-a-la-hipermeritocracia/</link>
        <description><![CDATA[<p>De la calidad de la educación depende en parte la movilidad social</p>
]]></description>
        <content:encoded><![CDATA[
<p class="has-text-align-right"><em>Si cree usted que la educación es cara,&nbsp;</em></p>



<p class="has-text-align-right"><em>pruebe con la ignorancia</em></p>



<p class="has-text-align-right">DEREK CURTIS BOK</p>



<p class="has-text-align-right">&nbsp;Presidente Universidad de Harvard (1971-1991)</p>



<p></p>



<p>La educación cumple muchos propósitos. Enumerarlos es correr el riesgo de omitir alguno fundamental. Pero hay uno que, creo, está fuera de discusión. La educación debe promover la movilidad social. Que no es otra cosa que el desarrollo de las competencias de la gente para obtener y desempeñar un trabajo a la altura de su potencial y de sus gustos, por el cual pueda recibir ingresos suficientes para mejorar su situación material y cultural. En palabras más simples: que los hijos de los pobres no estén condenados a la pobreza.</p>



<p>En este sentido es que son desalentadores los más recientes resultados de las pruebas Pisa que elabora la OCDE (Organización para la cooperación y el desarrollo económico). Colombia ocupa el último lugar en <em>pensamiento creativo</em>, que define como «…la capacidad para participar en la generación, evaluación y mejora de las ideas»; que en últimas examina «…qué tan bien están preparando los sistemas educativos a los estudiantes para pensar de manera innovadora en diferentes contextos de tareas». Nada menos y nada más: una de las destrezas clave del progreso de un país y de las personas.</p>



<p>Ante tal resultado, el Jefe de Estado emitió una respuesta que lo deja a uno perplejo. Que la culpa es de los expresidentes Pastrana (1998-2002) y Uribe (2002-2010). (Esta reacción primaria evoca de inmediato aquella vieja historia de «la culpa es de la vaca», como explicación de las dificultades para promover las exportaciones de manufacturas de cuero). Si Colombia fuera una empresa y Petro su gerente, es probable que ya lo hubieran llamado a rendir cuentas. Le dirían que fue contratado para solucionar el problema, no para buscar responsables en la historia de la empresa. Es fácil conjeturar, pues, que no tiene en mente un plan para hacerse cargo del asunto.&nbsp;</p>



<p>El hundimiento de la reforma educativa parece confirmar que el interés no era llevar un poco de alivio a esta problemática. El asunto no está en las prioridades del gobierno. Estaba a punto de ser aprobada porque contaba con un acuerdo político que así lo hacía pensar. Sin embargo, Fecode convocó un paro exigiendo el retiro de la reforma. Como se sabe, es un poderoso sindicato de profesores, que ha sido una efectiva organización para mejorar el nivel de vida y las condiciones de trabajo de sus asociados, y simultáneamente, a juicio de muchos, uno de los factores regresivos del sistema educativo público. Son tres los motivos de la movilización sindical: rechazo al reconocimiento del rol de la educación privada, cuestionamiento al fortalecimiento de la educación terciaria (educación para el trabajo y el desarrollo humano; como si la educación formal fuera suficiente) y resistencia a la evaluación de los docentes en concordancia con los resultados de los alumnos en las pruebas académicas.&nbsp;</p>



<p>Después de ver este panorama no tiene sentido sorprendernos por la baja generación de valor agregado del trabajador colombiano, y por ende, de su baja remuneración. La economía y la educación están estrechamente relacionadas. Curiosamente el presidente ha impelido a los empresarios a que no extraigan sus ganancias de los bajos salarios sino de la alta productividad. Pero está difícil aceptarle el reto. Una parte de la fuerza laboral escasamente lee y entiende lo que lee, y a duras penas resuelve problemas de aritmética elemental. Solo pueden ejecutar tareas simples y alcanzar un rendimiento mediano.</p>



<p>A este paso, el país continuará dependiendo de la exportación de recursos naturales; y en el futuro, parece, del turismo. Lejos estamos de pensar en producir servicios y artículos con valor agregado sofisticado, fruto de la aplicación del conocimiento y las nuevas tecnologías. Simplemente porque el sistema educativo, sobre todo el público, no desarrolla a plenitud y de acuerdo con las exigencias del mundo moderno, las facultades de los niños y jóvenes. Tan apremiante es el problema que las empresas no logran cubrir sus vacantes por falta de disponibilidad de talento calificado. Entre otras razones porque se considera, en el universo ideológico en el Poder y en Fecode, que la educación para el trabajo es una concesión a los empresarios.&nbsp;</p>



<p>Estamos, entonces, en un remolino fatal para el futuro de las generaciones. Mala educación, bajo nivel de desarrollo de competencias, malos empleos, mínima remuneración, poco progreso. Olvidémonos de la movilidad social. Descartemos por ahora la consolidación de una cultura meritocrática. Aquella que premia el esfuerzo, el talento y la disciplina. Hay unos pocos jóvenes con acceso a una educación privada de alto nivel que los prepara para los mejores trabajos en Colombia o en el exterior, y muchos otros casi predestinados para la informalidad laboral gracias a la educación pública. De configurarse la igualdad de oportunidades en nuestro país, no todos partirían del mismo sitio. Profundizaría la desigualdad.</p>



<p>Conmueve constatar que el mundo no se detiene. Las zonas más prósperas están pasando de etapas donde se impuso la meritocracia a otras donde se está instalando a velocidades siderales la hipermeritocracia. Lo que de alguna forma explica esa prosperidad. En ese universo los mercados laborales se están dividiendo entre las personas que logran trabajar con máquinas inteligentes y las que no. Entre aquellas cuyos conocimientos se están complementado con los de estos aparatos y otras que están peleando contra ellos. A este fenómeno lo denominan <em>polarización laboral</em>. En concordancia con estas tendencias, las nuevas generaciones se preparan en áreas tales como ciencia, tecnología, ingeniería y matemáticas; no tanto en derecho y administración, como acontece aquí. Si alguien es de las primeras categorías lo esperan mejores condiciones en sus ingresos y en el mundo laboral. Si pertenece a las segundas, es urgente que haga algo al respecto.</p>



<p>En nuestro medio, en tanto, amplios sectores de la población joven no pueden leer de corrido un texto y menos comprenderlo. Eso significa para ellos que los niveles de ingresos y de posiciones en el mundo del trabajo que les esperan no son muy halagüeñas. Pareciera señalados para los trabajos de baja productividad, poco exigentes en conocimientos, y con escasas posibilidades de adquisición de nuevas habilidades. En otras palabras, sus esperanzas de lograr un ascenso social a partir de la educación chocan contra un muro impenetrable. Ese es el costo de una mala formación. </p>



<p>Meterle el diente a esta calamidad social y económica debería ser una misión público-privada.</p>



<p><strong>Para seguir la pista</strong></p>



<ul class="wp-block-list">
<li><em>Se acabó la clase media. Cómo prosperar en un mundo digital</em>. Tyler Cowen. 2014. Antonio Bosch editor.</li>



<li><em>La tiranía del mérito. Qué ha sido del bien común</em>. Michael J Sandel. 2021. Debate.</li>



<li><em>La tiranía de la mediocridad. Por qué debemos salvar el mérito.</em> Sophie Coignard. 2024. Deusto.</li>



<li><em>La culpa es de la vaca</em>. <a href="https://www.eltiempo.com/archivo/documento/MAM-1233520">https://www.eltiempo.com/archivo/documento/MAM-1233520</a></li>
</ul>
]]></content:encoded>
        <author>Manuel J Bolívar</author>
                    <category>Reencuadres</category>
                <guid isPermaLink="false">https://blogs.elespectador.com/?p=102261</guid>
        <pubDate>Sun, 23 Jun 2024 05:32:42 +0000</pubDate>
                                <media:content url="https://blogs.elespectador.com/wp-content/uploads/2024/04/DefaultPostImage-1-1.jpg" type="image/jpeg">
                <media:description type="plain"><![CDATA[De la meritocracia a la hipermeritocracia]]></media:description>
                <media:credit role="author" scheme="urn:ebu">Manuel J Bolívar</media:credit>
            </media:content>
                            </item>
        <item>
        <title>Cultura de corrupción</title>
        <link>https://blogs.elespectador.com/actualidad/reencuadres/cultura-de-corrupcion/</link>
        <description><![CDATA[<p>Las preguntas sobre los valores (…)&nbsp; son realmente preguntas sobre el bienestar … SAM HARRIS (neurocientífico y filósofo) Cada día aparece un nuevo escándalo de corrupción en este gobierno. Los carrostanques para llevar agua a la Guajira, las ollas comunitarias, los contratos irregulares otorgados en la Unidad Nacional para la Gestión del Riesgo de Desastres [&hellip;]</p>
]]></description>
        <content:encoded><![CDATA[
<p></p>



<p></p>



<p class="has-text-align-right"><em>Las preguntas sobre los valores (…)&nbsp;</em></p>



<p class="has-text-align-right"><em>son realmente preguntas sobre el bienestar …</em></p>



<p class="has-text-align-right">SAM HARRIS (neurocientífico y filósofo)</p>



<p class="has-text-align-left">Cada día aparece un nuevo escándalo de corrupción en este gobierno. Los carrostanques para llevar agua a la Guajira, las ollas comunitarias, los contratos irregulares otorgados en la Unidad Nacional para la Gestión del Riesgo de Desastres (UNGRD), los supuestos sobornos entregados por la consejera para las Regiones a los presidentes del Senado y Cámara para que movieran las reformas del gobierno; y la lista sigue.</p>



<p>El presidente ha sacado el cuerpo hasta donde la cintura le da: que se trata de una conspiración para expulsarlo del poder; que son esquemas de corrupción heredados de periodos anteriores; que lo han traicionado. Pero no pudo más: por fin aceptó su responsabilidad política y administrativa, porque los funcionarios involucrados fueron nombrados por él mismo.&nbsp;</p>



<p>Aún así, es necesario un sinceramiento porque de lo contrario jamás se pondrá remedio a esta epidemia de corrupción que carcome el país. Hay que sobreponerse al odio a Petro y al temor a la izquierda. Debe reconocerse que la corrupción ni se la inventó este gobierno ni se incrementó en su periodo</p>



<p>Colombia ocupa desde hace varios años una posición muy abajo en el escalafón internacional que mide el <em>Índice de percepción de corrupción,</em> según la ONG Transparencia Internacional. De 100 posibles puntos que la miden, escasamente llegamos a 40. O sea, seamos realistas y razonables. La corrupción en Colombia se ha convertido en un modo de vida para muchas personas; en un propósito casi general de quienes se dedican al ejercicio profesional de la política. &nbsp;</p>



<p>Es un fenómeno tan extendido que sus autores carecen de mínimos estándares de consideración. No ven problema en robarse los dineros destinados a alimentar niños desnutridos; ni en hacer puentes y diques defectuosos —sin importar si eso pone en peligro la vida de millones de personas— con tal de quedarse con parte de los recursos destinados para esas obras. Donde hay dinero público caen como aves de rapiña ante un cadáver. Y en la esfera privada el descaro es igual. Hace pocos años se descubrió en Barranquilla que muchachos de un colegio de élite pagaban a otros jóvenes para que los suplantaran en los exámenes del ICFES. Pretendían asegurar su ingreso a universidades y convertirse en los futuros médicos, abogados e ingenieros que necesita el país.&nbsp;</p>



<p>Hay macro corrupción: tipo Odebrecht y Centros Poblados, que conforman verdaderas conspiraciones de muy alto tumerqué; hay micro corrupción: la del agente de tránsito que cada noche llega a su casa con dinero extra en sus bolsillos, producto de las coimas que recogió entre infractores.&nbsp;</p>



<p>Cabe, entonces, hacerse la pregunta del millón. ¿Qué explica esta predisposición tan poderosa del colombiano hacia la mala conducta? Porque no es un fenómeno aislado, ni se trata de ovejas descarriadas. Hay corruptos de todos los estratos, todas las universidades, todos los partidos, todas las etnias y géneros; todos los días cae uno más.&nbsp;</p>



<p>Por desgracia no hay investigaciones empíricas que permitan estudiar la mentalidad del individuo corrupto. ¿Por qué lo hace? ¿Qué lo indujo a hacerlo? ¿Qué le dice a sus padres, hijos y amigos sobre el dinero adicional que gasta? ¿Qué se dice a sí mismo cuando piensa en el origen de su riqueza? ¿Cuál es la tipología del corrupto?</p>



<p>Por esta ausencia de investigaciones, los análisis y las soluciones se quedan cortas. Solo cabe especular sobre el problema.&nbsp;</p>



<p>Hay una fractura moral. El mundo ofrece muchas oportunidades de comportarse mal, de violar normas, de desear los bienes ajenos. Los muros éticos que protegen a los individuos de faltar a las reglas son bajos y débiles, mal construidos Los estamos saltando en masa. Producto sin duda de la deficiente educación recibida en la casa (dígase padres) y en la escuela (dígase maestros), de los malos ejemplos que modelan el comportamiento social (dígase dirigentes e ídolos).&nbsp;</p>



<p>Tampoco los muros éticos de las instituciones (públicas y privadas) son altos y bien levantados. Procesos administrativos tan engorrosos que promueven los atajos irregulares. Ausencia de códigos de conducta para los funcionarios que incentiven el buen comportamiento. Y liderazgos débiles, ejercidos sin un lineamiento claro para sus subordinados acerca del imperativo de lograr resultados con buenas prácticas. </p>



<p>La codicia propia de esta era del enriquecimiento rápido y el consumo desaforado exige de la gente y las organizaciones vigorosas murallas éticas. Aquí no las tenemos. La idea de Mockus de que los dineros públicos son sagrados no pegó en el país.&nbsp;</p>



<p>Pero hay más. Dudo mucho que en Finlandia, Nueva Zelandia y Suecia —los países que ocupan los primeros lugares en la percepción de corrupción— todos los ciudadanos sean un dechado de virtudes. Allá también debe haber codiciosos y personas moralmente despreciables. Pero se abstienen de cometer actos que vayan contra las reglas porque es alta la probabilidad de ser capturados y sancionados, y es seguro el repudio social. Por eso el mal ciudadano colombiano apenas pone un pie en Miami se transforma en una persona ejemplar. Ocurre el milagro de la conversión. ¿Por qué? Porque sabe que sería denunciado por otros ciudadanos, apresado por las autoridades y sancionado por los jueces sin dilación. No ocurre lo mismo aquí. Ni cultura ciudadana de la legalidad, ni Policía efectiva ni una justicia presta.&nbsp;</p>



<p>El presidente tiene razón cuando habla de la herencia que recibió. No obstante, como jefe del Estado no le queda más remedio que ponerse al frente del problema. De víctima a protagonista. Posesionarse como líder del equipo. Con juicio y disciplina. Asistir a las reuniones de sus colaboradores, observar cómo trabajan, hacer seguimiento a la ejecución de las políticas públicas cuyos presupuestos puedan correr el riesgo de desaguarse por las grietas de las coimas. Ser más profesional en el nombramiento de colaboradores.&nbsp;</p>



<p>El andamiaje de corrupción que se ha tomado muchas entidades deslegitima al Estado ante los ojos de la gente y estimula el incumplimiento de normas. El mal ejemplo de un padre y de un maestro, la desidia de las autoridades, ídolos populares indignos, la insuficiente gestión de los líderes son la génesis de una cultura de corrupción.</p>



<p class="has-text-align-right"><em>R</em></p>



<p></p>
]]></content:encoded>
        <author>Manuel J Bolívar</author>
                    <category>Reencuadres</category>
                <guid isPermaLink="false">https://blogs.elespectador.com/?p=101285</guid>
        <pubDate>Sun, 26 May 2024 05:33:48 +0000</pubDate>
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                <media:description type="plain"><![CDATA[Cultura de corrupción]]></media:description>
                <media:credit role="author" scheme="urn:ebu">Manuel J Bolívar</media:credit>
            </media:content>
                            </item>
        <item>
        <title>Incertidumbre</title>
        <link>https://blogs.elespectador.com/actualidad/reencuadres/incertidumbre/</link>
        <description><![CDATA[<p>Conjeturas sobre el sentido de las recientes marchas en Colombia</p>
]]></description>
        <content:encoded><![CDATA[
<p></p>



<p></p>



<p class="has-text-align-right has-small-font-size"><em>Tenemos que decirle basta a la división que nos enfrenta como pueblo.&nbsp;</em></p>



<p class="has-text-align-right has-small-font-size">GUSTAVO PETRO, Discurso de posesión</p>



<p></p>



<p></p>



<p>Las masivas manifestaciones del 21 de abril y del 1 de mayo han sacado a relucir un nuevo talento colombiano: la interpretación de marchas ciudadanas. Ahora todos tenemos la propia. Esta es la mía.</p>



<p>Cada bando considera a la suya como la verdadera marcha, la movilización del «pueblo» genuino por la defensa de la democracia; y a la otra, una expresión de personas obligadas y manipuladas por  políticos, empresarios y redes sociales. </p>



<p>Para el presidente, la del 21 fue «la marcha de la muerte», la de los «nostálgicos de la esclavitud». Concentró su mirada solo en dos grupos: el que cargaba un ataúd con el anuncio del entierro de las reformas del gobierno, y el que voceaba su destitución. Eso vio y resaltó el presidente en la tarima.&nbsp;</p>



<p>Por otro lado, la oposición consideró a la de mayo una concentración de empleados públicos obligados a marchar, sindicalistas anacrónicos y maestros aleccionados por Fecode. Y al presidente, un oportunista por haberse montado en la celebración histórica del Día del Trabajo para mostrar músculos ante la oposición.&nbsp;</p>



<p>Como en toda interpretación interesada, hay algo de verdad y algo de mentira. No obstante, las marchas son cosa seria.&nbsp;</p>



<p>Las manifestaciones públicas tienen un impacto político simbólico relevante: van creando una cultura política, una manera de ejercer la ciudadanía. Son una forma de participación política no decisoria y menos deliberativa —a ritmo de vivas y abajos nadie discute, contrario a lo sostenido por los caudillos—, pero sí mandan un mensaje a la sociedad. Crean hechos políticos. Ponen en evidencia inconformidades.</p>



<p>Acierta el presidente en algunos comentarios. Hay una oposición radical con dos consignas: obstaculizarlo o tumbarlo. O las dos cosas. Y esto no tiene mucho sentido. Es una apuesta a «pierda Petro aunque todos perdamos». Cómo desconocer la urgencia de una transformación social dirigida a acelerar el logro del bienestar de sectores históricamente marginados. Cómo negar que una destitución amañada generaría una confrontación social fuera de control.</p>



<p>Yerra al considerar que la mayoría de estos ciudadanos del 21 de abril están empeñados en lo mismo, y responden mansamente a los llamados de la extrema derecha. Por el contrario, a mi juicio, son personas identificadas con un centro moderado (que no trata de inventar el mundo desde cero para alcanzar la justicia social) y quiere soluciones para sus agobiantes problemas (esperan más pragmatismo y menos ideología y carreta).</p>



<p>Estos sectores del centro, ante la ausencia en la cancha de organizaciones y dirigentes propios —¿actúan en la clandestinidad?—, están apareciendo muy a su pesar en la foto de la extrema derecha, y sus líderes se han apoderado de la vocería de aquellos que perdieron la confianza en que se cumpla la promesa presidencial de que gobernaría para todos.&nbsp;</p>



<p>Y el presidente está haciendo su mejor esfuerzo para animar este desplazamiento. Invita a un acuerdo nacional a quienes, en su opinión, no quieren ver a un viejo pobre con pensión ni a un médico y una enfermera atendiendo a alguien en un lejano territorio. Venenosa la invitación. Qué insensatez. Agraviando a la gente está haciéndole un favor a la derecha. Porque menosprecia a los cientos de personas que simplemente expresan su inconformidad por lo que evalúan como mala gestión, rechazan la estrategia de convertir en públicos los servicios que prestan o pueden prestar los particulares, y están preocupados por el insatisfactorio diseño de algunas reformas.&nbsp;</p>



<p>Petro no perdió la calle como declaran sus contradictores. Las marchas de apoyo fueron multitudinarias, sinceras, joviales y pacíficas. Lo mismo no puede decirse de su discurso. Ni jovial ni pacífico. Divisivo y hostil, exaltador de un resentimiento social que fractura la sociedad, y en vez de sembrar esperanza en todos los ciudadanos sin exclusiones, genera miedo en algunos y rabia en otros.&nbsp;</p>



<p>Seguramente es producto de su sobrediagnosticado ánimo agitador, su paranoia política, su vocación de víctima profesional —rasgos muy comunes entre sus activistas—. Cuando Antonio Caballero escribe que el mayor problema de Petro no son sus ideas sino él mismo, estamos tentados a darle alguna razón.</p>



<p>Podría sumar a su haber logros para mostrar al final de su periodo. La dura reforma tributaria, el plan nacional de desarrollo <em>Colombia potencia mundial de la vida</em>, producto de 51 diálogos regionales y cuyo solo título emociona. Reconocer&nbsp; que, con una que otra concesión y honrando la palabra empeñada, saldrían adelante las reformas pensional y educativa. Esmerarse en la ejecución de la reforma agraria. Pero no lo está haciendo. Le puede la desidia administrativa. Prefiere ser un botafuego verbal. (Ahora no estoy tan seguro del futuro de sus reformas con el escándalo de corrupción en la UNGRD. Le puede restar&nbsp; aún más su credibilidad y gobernabilidad).</p>



<p>Por esas razones cunde la incertidumbre. Una sensación que llevada al extremo es ruidosa y ruinosa. Paraliza las decisiones de crear o ampliar empresas. Quita las ganas de adquirir casa, carro y beca, de emprender un proyecto de vida. Aumenta el desempleo. Polariza extremadamente a los ciudadanos, borrando de un manotazo la moderación y la conciliación en sus comportamientos.</p>



<p>Aún así, no hay que perder la ilusión de que es posible reducir esa incertidumbre. Calmando los ánimos, promoviendo una controversia pública decente y creando confianza. Por el momento, el debate público está siendo monopolizado por las voces más extremistas de la oposición y del gobierno, expertos «manufacturadores de la crispación».</p>



<p><strong>Para seguir la pista</strong></p>



<ul class="wp-block-list">
<li><em>Las marchas de la oposición</em>. Pedro Santana. Revista Sur. <a href="https://www.sur.org.co/las-marchas-de-la-oposicion/">https://www.sur.org.co/las-marchas-de-la-oposicion/</a></li>



<li><em>El pueblo</em>. Mauricio GarcÍa. El Espectador. <a href="https://www.elespectador.com/opinion/columnistas/mauricio-garcia-villegas/el-pueblo/">https://www.elespectador.com/opinion/columnistas/mauricio-garcia-villegas/el-pueblo/</a></li>



<li><em>La manufactura de la crispación</em>. Juan Gabriel Vásquez. El País. <a href="https://elpais.com/opinion/2024-04-28/la-manufactura-de-la-crispacion.html">https://elpais.com/opinion/2024-04-28/la-manufactura-de-la-crispacion.html</a></li>



<li><em>País partido</em>. Alberto Valencia. El País. <a href="https://www.elpais.com.co/opinion/columnistas/pais-partido-0705.htm">https://www.elpais.com.co/opinion/columnistas/pais-partido-0705.htm</a></li>



<li><em>¿Del pacto histórico al bloqueo y el colapso histórico?</em> Hernando Llano Angel. El Espectador. <a href="https://blogs.elespectador.com/actualidad/calicanto/del-pacto-historico-al-bloqueo-y-el-colapso-historico/">https://blogs.elespectador.com/actualidad/calicanto/del-pacto-historico-al-bloqueo-y-el-colapso-historico/</a></li>
</ul>
]]></content:encoded>
        <author>Manuel J Bolívar</author>
                    <category>Reencuadres</category>
                <guid isPermaLink="false">https://blogs.elespectador.com/?p=100696</guid>
        <pubDate>Sun, 12 May 2024 05:17:11 +0000</pubDate>
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                <media:description type="plain"><![CDATA[Incertidumbre]]></media:description>
                <media:credit role="author" scheme="urn:ebu">Manuel J Bolívar</media:credit>
            </media:content>
                            </item>
        <item>
        <title>No sabemos que no sabemos</title>
        <link>https://blogs.elespectador.com/actualidad/reencuadres/no-sabemos-no-sabemos/</link>
        <description><![CDATA[<p>«…es más fácil reconocer los errores de otros  que los nuestros». DANIEL KAHNEMAN Acaba de morir Daniel Kanheman, el psicólogo que ganó el premio Nobel 2002 de Economía. Sus investigaciones estremecieron el planeta de los economistas. Demostró que en asuntos de esa materia pocas veces se actúa con racionalidad: no siempre rigen la búsqueda del [&hellip;]</p>
]]></description>
        <content:encoded><![CDATA[<p style="text-align: right"><i>«…es más fácil reconocer los errores de otros<span class="Apple-converted-space"> </span></i></p>
<p style="text-align: right"><i>que los nuestros».</i></p>
<p style="text-align: right">DANIEL KAHNEMAN</p>
<p style="text-align: left">Acaba de morir Daniel Kanheman, el psicólogo que ganó el premio Nobel 2002 de Economía. Sus investigaciones estremecieron el planeta de los economistas. Demostró que en asuntos de esa materia pocas veces se actúa con racionalidad: no siempre rigen la búsqueda del beneficio y el ahorros de costos. Sentó así las bases de lo que se denomina Economía del Comportamiento. Propuso nuevas distinciones para identificar errores de juicio y toma de decisiones. En general, sus estudios ayudaron a descifrar algunas falencias de nuestros procesos mentales.</p>
<p>Desarrolló una vieja idea de los psicólogos acerca de que en nuestro cerebro actúan dos sistemas, el 1 y el 2. El 1 (el automático) es el intuitivo, el de respuestas rápidas, el que no exige una gran inversión de tiempo y energía. Es más emotivo. No requiere reflexión ni pensamiento ni validación. Nos permite movernos por el mundo con agilidad y sin necesidad de gastar mucha tiza en asuntos que no<span class="Apple-converted-space">  </span>ameritan.<span class="Apple-converted-space"> </span></p>
<p>El 2 (el esforzado) es el reflexivo, el de respuestas pensadas y emitidas después de cierto tiempo de ser procesadas. Es cerebral y frío. Consume tiempo y energía, poco eficiente para desenvolvernos en la vida cotidiana.<span class="Apple-converted-space"> </span></p>
<p>No se trata de bueno o malo, mejor o peor. Simplemente son dos formas de procesar las percepciones, que se articulan y actúan según la necesidad. Es mala cosa tomar decisiones de fondo (profesión, invertir, emigrar) con el Sistema 1. De la misma forma sería insufrible aplicar el Sistema 2 para cosas cotidianas (comer, vestirse, chismear). Los problemas surgen cuando dejamos que el Sistema 1 actúe sin control del Sistema 2, y dirija asuntos de gran calado: elegir pareja, votar por alguien. (¡Escoger un modelo de sistema de salud!). Y poco nos detenemos sobre cuál de los dos ha tomado las riendas de nuestro comportamiento.</p>
<p>Aunque no lo desarrolló, en algún momento Kanheman se planteó si había culturas nacionales con predominancia del Sistema 1 o del Sistema 2. Si hubiera tomado el caso colombiano, sospecho que habría concluido que la nuestra favorece la reacción inmediata frente al razonamiento sopesado. Por nuestras venas corre sangre de tigre, como alguna vez dijo un embajador japonés. Quizás eso en alguna medida explique nuestros odios y fracasos —y éxitos, por supuesto—.<span class="Apple-converted-space"> </span></p>
<p>Cabe señalar que las personas necesitan crear cuentos para darle coherencia a sus existencias; imaginan causas y consecuencias de cuanto les sucede. En ese proceso buscan utilizar atajos simplificadores que les permitan entender la complejidad y el papel del azar en sus vidas, y caminan sobre las arenas movedizas de los sesgos y ruidos, en las ilusiones cognitivas. Como pensar es fatigoso y desagradable, aplican la ley del «mínimo esfuerzo», que rige la actividad física y mental. La pereza está profundamente arraigada en nuestra naturaleza. Se exponen así a cometer errores sistemáticos.</p>
<p>Posiblemente uno de los más populares hallazgos de este pensador es el <i>sesgo de la confirmación</i>. Significa que preferimos versiones de los hechos que reafirmen lo que ya pensamos. Solo leemos, conversamos o nos juntamos con aquellos que confirman nuestras ideas. La duda consciente y la revisión de otras alternativas no hacen parte del repertorio del Sistema 1. Similar a lo que otros denominan <i>el instinto de la perspectiva única</i>, lamentablemente común entre expertos y activistas.</p>
<p>Por todo lo anterior, considero intranquilizador un mandatario repentista y adversario de quienes piensan dos veces las cosas. Y trágica la vulnerabilidad de los ciudadanos cándidos, consumidores de ideas reduccionistas que tratan de explicar el mundo con dualidades absolutas (pueblo-oligarquía, gente de bien-vándalos). Son las primeras presas de las teorías conspirativas, y las audiencias predilectas de los líderes mesiánicos.<span class="Apple-converted-space"> </span></p>
<p>Kanheman nos puso a dudar de nuestras certezas; a descreer de las ideas gestadas en grupos que están de acuerdo en todo (es un mito aquello de la sabiduría colectiva de las asambleas populares y de los equipos de trabajo conformados por adeptos. «Un camello es un caballo diseñado por un comité»).</p>
<p>Es tan vasto el universo de los sesgos y ruidos en la elaboración de explicaciones, defensa de creencias, emisión de juicios y toma de decisiones, que es mejor para nuestra salud mental y emocional aprovisionarnos de una buena dosis de humildad y de una sana incredulidad. No es cierto todo lo que creemos ni todo lo que nos dicen (sobre todo por las redes sociales, medios de comunicación, y oficinas de prensa gubernamentales). Un poco de escepticismo racional en la vida puede marcar la diferencia entre la felicidad y la desdicha, entre el progreso y el atraso.</p>
<p>Se entiende por qué Kanheman advertía que el problema es que no sabemos que no sabemos.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p><b>Para seguir la pista</b></p>
<ul>
<li>Pensar rápido, pensar despacio. Daniel Kanheman. 2013. Debate.</li>
<li>El arte de pensar. 52 errores de lógica que es mejor dejar que cometan otros. Rolf Dobelli. 2013. Grupo Zeta.</li>
<li>Factfulness. Diez razones por las que estamos equivocados sobre el mundo. Y por qué las cosas están mejor de lo que piensas. Hans Rosling. 2018. Deusto.</li>
<li>Daniel Kanheman. Mauricio García. 2024. El Espectador. https://www.elespectador.com/opinion/columnistas/mauricio-garcia-villegas/daniel-kahneman</li>
</ul>
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        <author>Manuel J Bolívar</author>
                    <category>Reencuadres</category>
                <guid isPermaLink="false">https://blogs.elespectador.com/?p=99037</guid>
        <pubDate>Sun, 14 Apr 2024 10:02:42 +0000</pubDate>
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                <media:description type="plain"><![CDATA[No sabemos que no sabemos]]></media:description>
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