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    <title>Blogs El Espectador</title>
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    <description>Blogs gratis y diarios en El Espectador</description>
    <lastBuildDate>Thu, 16 Apr 2026 23:15:47 +0000</lastBuildDate>
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	<title>Blogs de Plétora | Blogs El Espectador</title>
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        <title>El Silencio de Luis Antonio Calvo</title>
        <link>https://blogs.elespectador.com/actualidad/pletora/el-silencio-de-luis-antonio-calvo/</link>
        <description><![CDATA[<p>El silencio. Curioso nombre para una serie sobre un compositor. Sobre uno de los más grandes compositores de la música clásica en Colombia: Luis Antonio Calvo. El silencio. ¿Por qué el silencio? No lo sé todavía. O sí. O medio. Creo que uno empieza a entenderlo… apenas la serie comienza a moverse. Esta columna, de [&hellip;]</p>
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        <content:encoded><![CDATA[<p>El silencio.</p>
<p>Curioso nombre para una serie sobre un compositor. Sobre uno de los más grandes compositores de la música clásica en Colombia: Luis Antonio Calvo.</p>
<p>El silencio.</p>
<p>¿Por qué el silencio?</p>
<p>No lo sé todavía. O sí. O medio.<br />
Creo que uno empieza a entenderlo… apenas la serie comienza a moverse.</p>
<p>Esta columna, de hecho, la escribí antes de ayer. Y no la publiqué.<br />
Algo me frenó.<br />
Quise verla primero. El primer capítulo.<br />
Quería entender —o intuir— por qué ese nombre.</p>
<p>Y empieza raro. O bonito. O impactante.</p>
<p>No empieza donde uno cree.</p>
<p>Empieza con Calvo.<br />
Frente al piano.<br />
Con esa manera de tocar que no pide permiso. En un auditorio que se siente contenido, casi suspendido.</p>
<p>Esa primera escena —la del auditorio— donde Juan Carlos Vargas, interpretando a Calvo en su edad madura, se sienta frente al piano…</p>
<p>y empieza.</p>
<p>Magistralmente, sí.</p>
<p>Silencio.</p>
<p>Y luego… un nacimiento.<br />
Un niño que no llora.</p>
<p>Silencio.</p>
<p>Desde ahí, el título empieza a insinuarse.</p>
<p>Pero no quiero quedarme ahí.<br />
No quiero hablar solo de la serie.</p>
<p>Quiero hablar de lo que suena.</p>
<p>De lo que sostiene todo eso sin que uno siempre lo vea.</p>
<p>La banda sonora.</p>
<p>La escena inicial, esa ejecución impecable al piano, no es solo un recurso dramático. Es parte de la banda sonora de la serie.</p>
<p>Y esa banda sonora viene de un proceso mucho más largo.</p>
<p>Eso que suena… tiene historia.</p>
<p>Tiene manos.</p>
<p>Tiene obsesión.</p>
<p>De años.</p>
<p>De archivo.</p>
<p>Esa música fue interpretada por uno de los pianistas más rigurosos y, sí, más virtuosos que tiene este país. Lezlye Berrío.<br />
Pero decir virtuoso se queda corto.</p>
<p>Pianista. Investigador.<br />
Creador de un trabajo que, con un nombre casi sencillo —<em>Historias del Piano Colombiano</em>—, ha venido haciendo algo que este país no hace con facilidad: escuchar su propia memoria.</p>
<p>La labor de Lezlye Berrío trasciende el escenario. Su trabajo no se limita a la interpretación: ha dedicado años a investigar, recuperar y grabar obras de compositores colombianos cuyos nombres y partituras habían quedado relegados al olvido.</p>
<p>Siglos XIX y XX.<br />
Decenas de compositores y compositoras.<br />
Un archivo disperso, silencioso, prácticamente inexistente para el público.</p>
<p>Ese trabajo —paciente, meticuloso— ha permitido que esa música vuelva a sonar. No como pieza de museo, sino como repertorio vivo, disponible, escuchable.</p>
<p>En el trabajo de Berrío hay años metido entre partituras olvidadas, papeles viejos, nombres que ya nadie pronunciaba. Hace 10 años comenzó Calvo a sonar para las nuevas generaciones. A sonar en las manos del maestro Berrío.</p>
<p>Alguien que decidió no dejar que esa música se muriera en silencio.</p>
<p>Que la buscó.<br />
Que la reconstruyó.<br />
Que la tocó.<br />
Que la grabó.<br />
Que la subió al mundo.</p>
<p>Para que existiera otra vez.</p>
<p>Décadas de música colombiana —siglos XIX y XX— que estaban ahí, quietas, esperando a alguien.</p>
<p>Compositoras.<br />
Compositores.<br />
Hombres.<br />
Mujeres.</p>
<p>Nombres que dejaron de circular.<br />
Todos empujados hacia un borde raro del olvido.</p>
<p>Berrío decidió hacer lo contrario: traerlos de vuelta.</p>
<p>Y todo… empezó con Calvo.</p>
<p>(Qué ironía, ¿no?)</p>
<p>Desde allí comenzó un proyecto más amplio de rescate del piano colombiano, que hoy constituye uno de los archivos más importantes del país en este campo.</p>
<p>Que una serie que se llama <em>El silencio</em> empiece justamente por alguien que se ha dedicado a que la música deje de estar en silencio.</p>
<p>Entonces tal vez la pregunta no es por qué el silencio.</p>
<p>Tal vez la pregunta es otra.</p>
<p>Qué cosas —en este país— solo existen cuando alguien decide escucharlas.</p>
<p>Y qué pasa cuando nadie lo hace.</p>
<p>Por eso hay una tensión interesante en el título de la serie.</p>
<p>Porque mientras <em>El silencio</em> intenta narrar una vida atravesada por ausencias, enfermedad, aislamiento y contexto histórico, la música que la acompaña proviene de un proceso que ha hecho exactamente lo contrario: romper el silencio.</p>
<p>Tal vez ahí está la clave.</p>
<p>En entender que el silencio no siempre es ausencia de sonido.<br />
A veces es ausencia de escucha.</p>
<p>Y en Colombia, muchas veces, lo que no se escucha… desaparece.</p>
<p>Hace tiempo dejé de ver producciones colombianas.<br />
No por desinterés. Por cansancio.</p>
<p>Me cansé de las historias que giran siempre alrededor de lo mismo.<br />
Droga. Violencia.<br />
Ese país reducido a sus peores versiones.</p>
<p>Como si la ficción necesitara insistir, una y otra vez, en la misma herida.</p>
<p>Y uno termina sabiendo qué va a pasar antes de que pase.<br />
No por intuición… por costumbre.</p>
<p>Me cansé también de esos personajes que parecen diseñados, no vividos.<br />
Cuerpos perfectos. Vidas irreales.<br />
Como si la ficción necesitara olvidar que aquí la gente respira distinto.</p>
<p>También por eso dejé de verlas.<br />
Porque dejé de reconocerme ahí.</p>
<p>Hace poco vi —o intenté ver— una de esas series nuevas.<br />
Empieza con una mujer masturbándose en un yate.<br />
Y luego lo de siempre: desapariciones, policías, tensión prefabricada… Ya sabe uno el tono, el ritmo, hasta el tipo de personaje.</p>
<p>Y uno siente que ya vio esa trama.<br />
Aunque nunca la haya terminado.</p>
<p>Y de pronto aparece una historia que se queda en otra parte: <em>El Silencio.</em></p>
<p>Por eso <em>El silencio</em> se siente distinto.</p>
<p>(No sé si “distinto” alcanza… pero bueno.)</p>
<p>Hay algo ahí que no está intentando impresionar todo el tiempo.<br />
Que no necesita gritar para existir.</p>
<p>Una historia difícil.<br />
En una vida.</p>
<p>Que no está construido desde el escándalo ni desde la caricatura.<br />
Que está lleno de matices, de dolor, de belleza, de silencios, de decisiones que no se explican en una línea de esta columna.</p>
<p>Luis Antonio Calvo.</p>
<p>Y ahí pasa algo extraordinario.</p>
<p>Porque uno no está viendo simplemente a “un personaje importante”. Está viendo una vida que respiró distinto.</p>
<p>Una vida con todos sus bordes.</p>
<p>Con lo que duele.<br />
Con lo que persiste.</p>
<p>Con un corazón que sana con música, aunque el cuerpo siga enfermo.</p>
<p>Y entonces la pregunta cambia.</p>
<p>¿Qué historia están contando?</p>
<p>Por qué estas vidas aparecen tan poco en las pantallas colombianas.<br />
Por qué no circulan.<br />
Por qué no las tenemos más cerca.</p>
<p>Por qué no se nombran en la pantalla.</p>
<p>Qué lugar ocupan —si es que ocupan alguno— en lo que decidimos recordar como país.</p>
<p>Qué decide este país poner en primer plano<br />
y qué deja quieto, como si no importara.</p>
<p>Tal vez por eso esta serie se siente distinta.</p>
<p>No hace ruido para sostenerse.<br />
Se queda.</p>
<p>Y en ese quedarse… algo empieza a moverse.</p>
<p>(Paradójico ¿No? Quedarse para hacer que todo alrededor se mueva)</p>
<p>La televisión en Colombia ha contado muchas veces la música.<br />
Ha construido historias alrededor de cantantes, de géneros, de figuras que ya hacen parte de la memoria colectiva.</p>
<p>Vallenato.<br />
Salsa.<br />
Música popular.</p>
<p>Hemos visto esas vidas narradas una y otra vez.<br />
Hemos aprendido a reconocerlas.</p>
<p>Pero esta historia se detiene en otro lugar.</p>
<p>En una tradición que también existe.<br />
Que fue escrita aquí. Que forma parte de lo que somos.</p>
<p>La música clásica hecha en Colombia.</p>
<p>Compositores que trabajaron desde el rigor, desde la escritura y una relación profunda con el sonido.<br />
Y, sin embargo, esa parte ha tenido nula presencia en lo que vemos.</p>
<p>Hay algo importante en que esa historia aparezca. En que alguien pueda verse ahí.</p>
<p>Un niño que estudia piano.<br />
Una niña que se sienta horas frente a un instrumento.<br />
Alguien que escucha, que insiste, que duda.</p>
<p>Y que, de pronto, encuentra una vida que dialoga con la suya.<br />
No lejana.<br />
No importada.</p>
<p>De aquí.</p>
<p>El Silencio cambia la idea de lo que entendemos por música colombiana.</p>
<p>Porque durante mucho tiempo esa idea ha venido con formas muy precisas.<br />
Con ritmos que reconocemos de inmediato.<br />
Con territorios claros.</p>
<p>Durante años, cuando se habla de música clásica, la referencia viaja lejos.<br />
Europa.<br />
Nombres que todos reconocen.<br />
Beethoven, por ejemplo.<br />
Ese tipo de grandeza que parece tener un lugar fijo en la memoria. Pero muy lejos de este territorio tricolor.</p>
<p>Aquí también se escribió música con esa misma vocación de permanencia.<br />
También hubo quienes pensaron el sonido con disciplina, profundidad y una relación íntima con el tiempo.</p>
<p>Compositores que no necesitan comparación para sostenerse.<br />
Que construyeron obra. Dejaron lenguaje.</p>
<p>Colombia suena de muchas formas.</p>
<p>Suena a tambor, a viento, a fiesta abierta.<br />
Suena a calle, a Caribe, a montaña.</p>
<p>Y también suena a piano.</p>
<p>A vals.<br />
A pasillo.<br />
A formas que fueron escritas, trabajadas, pensadas desde el instrumento.</p>
<p>Todo eso también es Colombia.</p>
<p>Esperando, quizá, a que alguien vuelva a escucharlo. Y a escribirlo para televisión.</p>
<p>Ver una serie que se detiene en esa historia —y que la deja sonar— mueve algo.</p>
<p>Amplía el mapa.</p>
<p>Hace visible una zona que siempre estuvo ahí, pero que no siempre tuvo lugar.</p>
<p>También está el territorio. Santander y Cundinamarca.</p>
<p>Una sensibilidad que nace en un lugar específico, que recoge una manera de estar en el mundo.<br />
Que lleva consigo una historia, una cultura, una forma de habitar el tiempo.</p>
<p>Y en medio de todo eso, hay una continuidad que no empezó ahora.</p>
<p>Durante años, Lezlye Berrío ha estado haciendo ese trabajo silencioso:<br />
volver a tocar, grabar y poner a circular la obra de Luis Antonio Calvo.</p>
<p>Llevarla a las plataformas.<br />
Dejarla disponible.<br />
Abrirla.</p>
<p>Un archivo que existía… pero en silencio.</p>
<p>Y alguien decidió que no.</p>
<p>Que eso tenía que volver a sonar.</p>
<p>Que esa música no podía quedarse ahí, como si nunca hubiera importado. Ese alguien fue el maestro Berrío.</p>
<p>Y ahora, esa misma música entra en otro espacio.</p>
<p>La imagen.<br />
La narración.<br />
La serie.</p>
<p>Y algo se conecta.</p>
<p>Como si lo que llevaba tiempo sonando por un lado…<br />
encontrara otra forma de existir, ahora en televisión.</p>
<p>Posdata:</p>
<p>Todos a verla: sábados y domingos a las 8:30 de la noche por CanalTRO.</p>
<p>Ahhh… Por ahí en redes sociales ya circulan los comentarios de los musicólogos y los investigadores musicales eruditos… que no sonaba Beethoven en esa época, que Calvo no usaba bastón… Vayan al Museo Calvo, salgan de los libros, que su erudición no se vuelva en una toxica criticadera para destruir. Por cierto, ahí les dejo la fótico… Calvo si usó bastón.</p>
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        <author>Diana Patricia Pinto</author>
                    <category>Plétora</category>
                <guid isPermaLink="false">https://blogs.elespectador.com/?p=127857</guid>
        <pubDate>Sun, 12 Apr 2026 23:42:10 +0000</pubDate>
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                <media:description type="plain"><![CDATA[El Silencio de Luis Antonio Calvo]]></media:description>
                <media:credit role="author" scheme="urn:ebu">Diana Patricia Pinto</media:credit>
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                            </item>
        <item>
        <title>BTS, la histeria por esos coreanos maquillados cantando… y Franz Liszt</title>
        <link>https://blogs.elespectador.com/actualidad/pletora/bts-la-histeria-por-esos-coreanos-maquillados-cantando-y-franz-liszt/</link>
        <description><![CDATA[<p>BTS. Un montón de coreanos cantando. (Me gusta su música. A veces me suena igual. No siempre. Pero a veces sí. Hay bailes que disfruto. Otros… siento que ya los vi. Otra vez. Igualito. No me matan. Tampoco me disgustan.) Hasta ahí, todo normal. Pero hay algo… algo que me tiene pensando más de la [&hellip;]</p>
]]></description>
        <content:encoded><![CDATA[<p>BTS.<br />
Un montón de coreanos cantando.</p>
<p>(Me gusta su música. A veces me suena igual. No siempre. Pero a veces sí.<br />
Hay bailes que disfruto. Otros… siento que ya los vi. Otra vez. Igualito.<br />
No me matan. Tampoco me disgustan.)</p>
<p>Hasta ahí, todo normal.</p>
<p>Pero hay algo…<br />
algo que me tiene pensando más de la cuenta. Y no son ellos.</p>
<p>Son ellas.</p>
<p>Las Armys. A-R-M-Y. Como ejército. Y sí… lo son.</p>
<p>Porque ahí hay un abismo. Literal.</p>
<p>Están las niñas. Preadolescentes. Adolescentes. Diecisiete, dieciocho…<br />
Y después aparecen mujeres de treinta y cinco para arriba, de cuarenta, de cincuenta, hasta de sesenta y hasta setenta años. Amigas mías. Madres de mis amigas. Mujeres ya grandotas, grandotas, tragadas, pero tragadas, de esos coreanos, con una intensidad que ni mis años más devotos de Ricky Martin.</p>
<p>Y no hablo de un caso aislado. Ojalá fuera una.<br />
Son muchas. Demasiadas para ser casualidad.</p>
<p>Las conozco… por WhatsApp.</p>
<p>(Ya sé. Qué lugar tan raro para descubrir un fenómeno cultural mundial.<br />
Pero así funciona ahora la vida: uno se entera de todo por los estados de la gente.)</p>
<p>Entro a chismosear —porque sí, es perder el tiempo, pero uno entra—<br />
y ahí están:</p>
<p>uno, dos, tres, cuatro, cinco, seis, siete estados…<br />
BTS. BTS. BTS.</p>
<p>Y gracias a esos estados los he ido conociendo.<br />
No a ellos. A BTS como fenómeno.</p>
<p>Hay un dicho horrible, cargado de estereotipo cultural: “todos los chinos son iguales”. Ya sé, ya sé: BTS es coreano. COREANO. Que después no vengan las Armys y me cuelguen. O me hagan brujería por WhatsApp, que en estos tiempos uno nunca sabe. Pero tengo que admitir algo: a mí varios de ellos se me confunden. Me enredo. Entre el mismo tono de pelo de algunos, la producción tan calculada y esa perfección tan cuidadosamente fabricada, me cuesta distinguirlos.</p>
<p>Y eso es lo más fuerte.</p>
<p>Ellos están… demasiado producidos.</p>
<p>Y cuando digo producidos, es producidos de verdad.<br />
Maquillados. Pero maquillados con precisión quirúrgica.<br />
Gloss. Delineado. Pestañas. Base. Corrector. Piel perfecta.</p>
<p>Cabello en su sitio exacto. Ni un pelo rebelde.<br />
Nada se mueve donde no debe.</p>
<p>Todo… impecable.</p>
<p>Demasiado impecable.</p>
<p>Y esa perfección… me asusta un poco.</p>
<p>Porque no existe.</p>
<p>Me puse a pensar —y sí, esto ya es obsesión mía—:<br />
¿Cómo se ven cuando se levantan un lunes cualquiera?<br />
En bóxer. Descalzos. Sin luces. Sin filtros. Sin ese ejército de manos que los construye.</p>
<p>Los busqué.</p>
<p>Quería verlos humanos. De carne y hueso.</p>
<p>No los encontré.</p>
<p>Todo lo que pretende ser “natural” sigue estando editado.<br />
Retocado. Iluminado. Cuidado.</p>
<p>Entonces…</p>
<p>vivimos en un mundo que critica a las mujeres por usar filtros,<br />
por maquillarse demasiado,<br />
por construir una imagen…</p>
<p>y al mismo tiempo idolatra —con la misma intensidad— a hombres que encarnan un nivel de perfección aún más intervenido.</p>
<p>Y ahí algo… no cuadra.</p>
<p>Porque aquí no solo hay música.</p>
<p>Aquí hay deseo.<br />
Hay construcción.<br />
Hay personajes.</p>
<p>Cada uno tiene su rol:<br />
el romántico, el serio, el divertido, el “loquito”, el sensible.</p>
<p>Todo está diseñado para que alguien —en algún lugar del mundo— diga:<br />
“ese es el mío”.</p>
<p>Y funciona.</p>
<p>Claro que funciona.</p>
<p>(Lo sé. Yo fui —soy— fan de Ricky Martin desde niña.<br />
Entiendo perfectamente esa emoción loca.)</p>
<p>No hay juicio ahí.</p>
<p>Pero sí hay una pregunta.</p>
<p>¿Quiénes son ellos cuando no están actuando?</p>
<p>¿Ese romanticismo es de verdad?<br />
¿Ese gesto, esa mirada, esa forma de moverse?</p>
<p>¿O estamos viendo una coreografía emocional tan ensayada como sus pasos de baile?</p>
<p>Y entonces la inquietud crece.</p>
<p>No por las adolescentes —aunque sí, son más manipulables—<br />
ni por las mujeres adultas, que ya han vivido suficiente como para saber dónde están paradas.</p>
<p>La inquietud va por otro lado.</p>
<p>Más silenciosa.</p>
<p>Más incómoda.</p>
<p>Un mundo que cada vez consume más figuras construidas.<br />
Más perfectas. Más pulidas. Más diseñadas.</p>
<p>Y poco a poco…<br />
esa construcción empieza a sentirse real.</p>
<p>Y cuando lo irreal se siente real,<br />
algo se desajusta.</p>
<p>No en ellos.</p>
<p>En nosotros.</p>
<p>Porque BTS no inventó nada.<br />
Ellos son el resultado.</p>
<p>El resultado de un sistema que entendió algo antes que todos:<br />
que la perfección vende.<br />
aunque no exista.</p>
<p>Y ahí estamos.<br />
mirando, compartiendo, guardando, defendiendo…</p>
<p>creyendo, un poquito, que sí.</p>
<p>Y aquí, mientras pienso si esas últimas frases de arriba me sirven de final para esta columna, toc, toc, toc: un grupo de preguntas empezó a golpearme la cabeza. ¿De dónde diablos salieron las fans? Es decir, ¿eso quién se lo inventó? ¿Cuándo sucedió por primera vez?</p>
<p>Una cree que las Armys y todo eso nació con internet. Con el pop. Con la radio. Con los discos. Con la televisión. Fabricadas por TikTok. Que se riegan por WhatsApp. Hijas de la histeria digital. Mentira. Bueno, no mentira completa, pero esa vaina viene desde antes de Cristo.</p>
<p>Y aquí me fui a mi obsesión de siempre: Mesopotamia. Que me encanta. Ahí siento que comenzaron demasiadas cosas que todavía seguimos repitiendo, aunque ahora las repitamos con boletería digital y videos en estados de WhatsApp, pero sigue siendo muy similar.</p>
<p>En la Mesopotamia del quinto milenio antes de Cristo ya había instrumentos musicales. Obviamente. Instrumentos de viento hechos de hueso. Y en Uruk, siglos antes de que existieran los pósteres ochenteros, ya había músicos dibujados en pictogramas. Esos pictogramas son los ancestros de los afiches.</p>
<p>La música en Mesopotamia dominaba la política, la espiritualidad y la ceremonia.</p>
<p>Y eso me fascina.</p>
<p>En cambio hoy, la música es muchas veces eso que está sonando detrás, mientras ocurren las cosas importantes. La música actual queda reducida a entretenimiento, acompañamiento y distracción.</p>
<p>En Mesopotamia la música no era ambiente. No era una cosita linda de fondo. Era una fuerza colectiva. Ordenaba ceremonias y levantaba fervores. En el Akitu, la celebración de Año Nuevo más antigua del mundo (en una columna pasada les hablé sobre ella) los músicos tenían un lugar central dentro del rito.</p>
<p>A tal nivel loco de que algunos instrumentos eran considerados casi sagrados. No era solo la atracción por el músico. En el cuarto milenio antes de Cristo ya existía una fetichización del objeto musical. Instrumentos con nombre propio. Instrumentos considerados entidades divinas menores, como Ningizibara, un instrumento de cuerda mesopotámico. Y a mí eso me parece brutal, porque de ahí viene algo que seguimos haciendo hoy: la reverencia al objeto. La guitarra del rockero. El piano del virtuoso. El micrófono, el vestuario, el mechón de pelo, la reliquia pop.</p>
<p>Después aparecen las tablillas. Y ahí la cosa se pone superinteresante. Las canciones hurritas de Ugarit —no sé cómo suenan; ¿estarán en YouTube?—, conservadas en arcilla desde el siglo XIV antes de Cristo, muestran que la música ya podía fijarse, guardarse, volver a tocarse. Esas tablillas son las tatarabuelas salvajes de las partituras. Ya había repertorio. Ya había repetición. Ya había memoria musical. Ya existía el gusto por una obra específica y esa obsesión tan humana por volver a oír lo mismo, una y otra vez.</p>
<p>Y aquí es donde la cabeza se me fue lejísimos. Porque yo estaba pensando en unas señoras de WhatsApp, tragadas de BTS, y terminé en Mesopotamia. Así funciona a veces esta cabeza. O al menos la mía.</p>
<p>Y sigo… ¿Siguen conmigo?</p>
<p>Cuando una empieza a escarbar en la historia siempre aparece Grecia. Y ahí me encontré con los Juegos Píticos, celebrados en Delfos en honor a Apolo.</p>
<p>Eso me fascinó.</p>
<p>Porque mientras los Olímpicos premiaban músculos, velocidad y cuerpos entrenados, los Píticos ponían a competir otra cosa: la música y la poesía.</p>
<p>Y esta vaina es lo máximo.</p>
<p>Porque ahí ya no estamos solo frente al rito, como en Mesopotamia. Ahí estamos frente a algo muchísimo más cercano a nuestro hoy: la competencia artística como evento masivo. Como multitud pendiente de quién gana, de quién emociona más, de a quién le dan más aplausos.</p>
<p>Y los Píticos son el ancestro respetable de todos los realities musicales de hoy.</p>
<p>Sí.<br />
Factor X en sandalias.<br />
La Voz con túnicas ¿Usaban túnicas?<br />
El teatro repleto. El público esperando al solista o poeta favorito. Conteniendo la respiración. Gritando hasta quedarse sin voz. Estallando en aplausos. Viajando desde distintas ciudades para verlo, para escucharlo, para decir: ese, ese es el mío.</p>
<p>Y a mí esto me parece tremendo porque ahí ya aparece claramente el público musical como fanaticada. La admiración convertida en pasión. La identificación con un artista. El deseo de escoger a alguien. De seguir a alguien.</p>
<p>Y aquí una descubre otra cosa: las fanáticas musicales tampoco son invento de Occidente. Ni de TikTok. Ni de los fandoms con nombre oficial y logo.</p>
<p>En Asia también estaban. Y con una fuerza política y cultural inmensa.</p>
<p>Hay algo de China que a mí me parece todavía más hermoso, que Mesopotamia y Grecia.</p>
<p>Allá, durante siglos, la figura que más se acercó a una estrella de rock no fue el músico.</p>
<p>Fue el poeta.</p>
<p>Y eso me encanta. Me conmueve, incluso. Porque recuerda la importancia civilizatoria de la poesía, su capacidad para desordenar una época, para hechizar a una sociedad, para producir culto, imitación, fervor.</p>
<p>Una capacidad que hoy la poesía perdió. Las desplazaron las frases motivacionales. Pero eso es tema para otra columna.</p>
<p>Li Bai el poeta. Li Bai tenía sus Armys. Desparramadas por China, sin TikTok, pero las tenía (el ancestro de Li Bai inventó TikTok – nooo, mentiras estoy especulando, aunque quién sabe…). A Li Bai lo seguían realeza, funcionarios, eruditos, gente del común. Le perdonaban sus excesos. Le festejaban sus borracheras. Le aplaudían sus desplantes. Al artista se le aguantan cosas que a los demás no.</p>
<p>Y eso también es fandom.<br />
Solo que con poemas.</p>
<p>Siglos más tarde, en Europa aparece Franz Liszt. Y ahí ya la historia se vuelve deliciosamente loca. El equivalente a los BTS pero sin coreografía, con música clásica y piano de cola.</p>
<p>Lo de Liszt en la década de 1840 fue una locura. Literalmente así la describieron. Heinrich Heine bautizó el fenómeno como Lisztomanía. Cuando Franz Liszt daba un concierto y tocaba (obviamente) sucedía la locura: mujeres desmayándose, llorando, arrebatándose objetos que él tocaba o rozaba, peleándose por un mechón de pelo, guardando cuerdas rotas de piano como reliquias, mandándolas a convertir en pulseras, recogiendo los restos de sus cigarros y los posos de su café como si hubieran pertenecido a un santo pagano del teclado.</p>
<p>Liszt es el BTS de la música clásica. Él coinvertía la interpretación musical en espectáculo físico: su presencia seductora y arrebatadora, su erotismo escénico, él en personaje. Ya no era suficiente tocar bien. Había que aparecer. Mover el cabello seductoramente. Balancearse sobre el piano. Coquetear con la multitud. Volver la música una escena de deseo.</p>
<p>Ahí ya estamos peligrosamente cerquita del presente.</p>
<p>Muy cerca de BTS, además.</p>
<p>Porque con Liszt aparece algo tremendo que seguimos viendo hoy: el talento importa, sí, pero el cuerpo también; la ejecución importa, sí, pero la puesta en escena también; la obra importa, sí, pero la fabricación del ídolo pesa muchísimo. Y alrededor de esa mezcla estalla la locura de las fans. Antes era las Lisztomaníacas hoy son las Armys.</p>
<p>Cambian los siglos. Cambian los peinados. La locura fanática no.  O sea: las Armys no aparecieron de la nada. Tienen antepasados. Poéticos en China. Frenéticos con Liszt. Devotos en templos y teatros mucho antes de que existieran los estados de WhatsApp.</p>
<p>El problema no son las fans. Ni siquiera BTS. El problema es otro. Un mundo cada vez más hábil para fabricar figuras irresistibles y venderlas como si fueran espontáneas.</p>
<p>Antes bastaban el genio, el rito, el poema, el virtuosismo. Hoy hace falta además una piel sin poros, un mechón perfectamente en su lugar, una personalidad diseñada al detalle, una ternura calculada, una seducción milimétrica.  Por eso esas mujeres —las adolescentes, las de cuarenta, las de sesenta, las grandotas, las tragadas— no están siguiendo solamente a siete hombres coreanos que cantan y bailan. Están siguiendo una fantasía fabricada con una precisión feroz. Y ahí, justamente ahí, está el espejo raro donde nos estamos mirando.</p>
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        <author>Diana Patricia Pinto</author>
                    <category>Plétora</category>
                <guid isPermaLink="false">https://blogs.elespectador.com/?p=127332</guid>
        <pubDate>Mon, 23 Mar 2026 19:00:01 +0000</pubDate>
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                <media:description type="plain"><![CDATA[BTS, la histeria por esos coreanos maquillados cantando… y Franz Liszt]]></media:description>
                <media:credit role="author" scheme="urn:ebu">Diana Patricia Pinto</media:credit>
            </media:content>
                            </item>
        <item>
        <title>La engatusada de Oviedo</title>
        <link>https://blogs.elespectador.com/actualidad/pletora/la-engatusada-de-oviedo/</link>
        <description><![CDATA[<p>Oviedo. Yo voté por Oviedo. Y ahora, cuando trato de explicarme por qué, me viene a la cabeza una imagen vieja, muy de Antioquia, muy de plaza, muy del pueblo de mis abuelos: la del culebrero. Ese personaje que se paraba en la mitad de una plaza a vender productos fantásticos, engatusando con su lengua [&hellip;]</p>
]]></description>
        <content:encoded><![CDATA[<p>Oviedo. Yo voté por Oviedo.</p>
<p>Y ahora, cuando trato de explicarme por qué, me viene a la cabeza una imagen vieja, muy de Antioquia, muy de plaza, muy del pueblo de mis abuelos: la del culebrero. Ese personaje que se paraba en la mitad de una plaza a vender productos fantásticos, engatusando con su lengua a los espectadores, que se&#8230; se colocaban, se arrumaban&#8230; no, esa no es la palabra&#8230; se arremolinaban alrededor de él, en círculo, a escucharlo vender cosas mágicas que hacían maravillas imposibles. Una crema que rejuvenecía. Un brebaje que curaba quién sabe qué. Un producto prodigioso para males inventados y males reales.</p>
<p>Oviedo fue como un culebrero moderno.</p>
<p>Y sí, me duele decirlo: yo fui engatusada.</p>
<p>Voté por Oviedo en la consulta de la derecha porque no había consulta del progresismo y porque en redes yo seguía a Oviedo y decía cosas con las que estaba de acuerdo. Creí en su sinceridad al felicitar&#8230; o bueno, ni siquiera era que felicitara: reconocía méritos, reconocía triunfos, reconocía buenos procederes del gobierno actual de Gustavo Petro. Y eso, en alguien de ese lado, encandiló. A mí me encandiló.</p>
<p>Y aunque yo no habría votado por él como presidente, eso sí lo tenía claro, porque yo ya sé por quién voy a votar, en la consulta dije: voy a votar por este man. Este tipo es correcto. Parece sincero. Este habla lo que debe hablar. Este no está polarizando. Este no está atacando a nadie.</p>
<p>Y de repente a mí se me olvidó quién era.</p>
<p>Se me olvidó que era uribista.</p>
<p>Uribista de pura cepa.</p>
<p>Votó por Uribe, votó por Pastrana, votó por Iván Duque, votó por Santos, votó por todo ese mundo político, por toda esa línea, por toda esa tradición. Siempre ha estado de ese lado y siempre ha apoyado esas ideas. Pero por un momento, por unos meses&#8230; bueno, no, ni siquiera. Por un mes. La verdad es que yo quedé engatusada por Oviedo como un mes y medio. Y por ese mes y medio me dio amnesia política.</p>
<p>Y tanto que critico la amnesia política.</p>
<p>Yo he escrito varias columnas criticando que el colombiano sufre de amnesia política. Y yo, yo, que tanto bla, bla, bla he dado sobre eso, terminé con amnesia política también.</p>
<p>Porque me esperancé.</p>
<p>Me esperancé en que existiera otro político dentro de esa podredumbre, de ese nido de ratas&#8230; No, esa frase suena demasiado cliché. Y además tampoco quiero compararlos con ratas ni con aves rapaces, porque los animales, por más depredadores que sean, tienen ética para sobrevivir, tienen una lógica, tienen una necesidad. Incluso llegan a ser mejores que los seres humanos. No merecen que una los use para intentar rebajar a esa gente. Así que no. No los voy a comparar ni con ratas ni con aves rapaces.</p>
<p>No encuentro ahora mismo la frase exacta mientras escribo esto, pero sí sé que son políticos venenosos. Eso sí. Gente dañina. Gente mañosa. Gente que vive de embarrar al otro porque no sabe vivir de otra cosa.</p>
<p>Políticos que atacan, que no proponen, que lo único que hacen en campaña es atacar al oponente con groserías, con insultos, denigrándolo, inventando cosas, embarrando al otro, revolcándose en la porquería verbal porque creen que de ahí salen fortalecidos.</p>
<p>Y de pronto Oviedo fue como una lucecita. Bueno, una lucecita no sé, porque suena hasta bonita la palabra. Fue como una rendija, una ilusión de que, dentro de toda esta campaña tan absurda y tan violenta, violenta verbalmente y también en sus acciones políticas, aunque no sea violencia de golpes ni de puños, sí de destrucción del otro, sí de odio, sí de degradación, había alguien distinto.</p>
<p>Oviedo no parecía así.</p>
<p>No se mostraba así.</p>
<p>Pero una cosa es lo que muestras y otra lo que eres. Y eso en política aplica muchísimo.</p>
<p>Entonces yo vi en Oviedo a alguien diferente. Y era eso: una ilusión. Él dijo y se vendió como lo que mucha gente quería y necesitaba ver en ese momento: alguien distinto, alguien aparentemente transparente, alguien que no se revolcaba en el mismo barro discursivo de los otros.</p>
<p>Y yo compré esa imagen.</p>
<p>Mi engatusada fue tan brava que, un día antes de las elecciones, publiqué en mi Facebook un mensaje invitando a mis amigos a votar por Juan Daniel Oviedo para darle una lección a Vicky Dávila. Y hoy, hoy siento tanta vergüenza que borré esa publicación. ¡Ay, ombe, Diana Patricia!</p>
<p>Y la engatusada nacional fue peor, que cuando puse su nombre en Google para buscar una foto, me apareció esa pregunta que muchos buscaron: Juan Daniel Oviedo es de derecha o de izquierda. O sea: la gente ni siquiera sabía bien dónde ubicarlo. Y eso no habla de una virtud política. Habla de una operación de imagen muy bien hecha. Así de eficaz fue la culebreada. Así de bien vendió esa ambigüedad. Muchos seguramente lo confundieron con alguien cercano al progresismo. Y ahí caímos varios. Bueno, varios no. Digámoslo bien: ahí caímos los amnésicos. Los que le comimos el cuento.</p>
<p>Después de haber sacado el millón y pico de votos que obtuvo, unos días después se hizo el difícil. Después ¡pum! se quitó la máscara y el uribismo se le salió por los poros. La ultraderecha le salió a flote. Ahí estaba. Ahí apareció. Ahí se vio completico.</p>
<p>Está muy creído y muy alzado porque sacó un millón y pico de votos. Pero se equivocan. Esos votos no son suyos. O no del todo. O no como ellos creen.</p>
<p>Muchos de esos votos, me atrevo a afirmar, fueron del progresismo. Fueron de nosotros. De los que vamos a votar por Iván Cepeda. Como no había consulta progresista, muchos decidimos votar por él para darle una lección a personajes venenosos como Vicky Dávila, a ese reencauche que se vende como generación nueva, a los galanes de apellido, a toda esa lista de siempre, a todos esos apellidos que creen que el país les pertenece por herencia, por linaje o por costumbre.</p>
<p>Quisimos votar por alguien diferente dentro de esa misma consulta, alguien que además, al menos en apariencia, se comportaba distinto.</p>
<p>Y sí, Oviedo no es una persona común&#8230; no, mejor quito eso. Esa frase no me gusta. Supo venderse como alguien razonable en medio de tanta locura. Eso fue. Supo venderse.</p>
<p>Quisimos votar por él para darle una lección al resto de esa consulta tan corrupta, tan llena de lo mismo, tan llena de políticos que heredan glorias ajenas, dinosaurios que todavía creen que pueden aspirar a la Presidencia de la República como si el país siguiera detenido en el siglo pasado, figuras en extinción que se resisten a enterarse de que ya nadie los soporta.</p>
<p>Entonces, muchos del progresismo, muchos, muchísimos, un montón, por ejemplo todos los que yo conozco, votaron en esa consulta por Oviedo.</p>
<p>Sí, ya sé. Ahí estoy especulando. Pero tampoco tanto. Lo digo porque todas las personas progresistas cercanas a mí que conozco votaron por Oviedo en esa consulta. Y no votarían por Oviedo hoy. Y no votarían por él aunque no se hubiera ido con Paloma Valencia. Y si existiera una posibilidad entre Oviedo e Iván Cepeda, votarían por Iván Cepeda.</p>
<p>Entonces él no tiene un millón y pico de votos.</p>
<p>Eso no es verdad.</p>
<p>Esos votos se le acaban de ir volando.</p>
<p>Esos votos se le esfumaron.</p>
<p>Porque eran votos prestados. Eran votos coyunturales. Eran votos de gente que quiso intervenir una consulta ajena porque la propia no existía. Eran votos del progresismo que ya no cree en él y que ya no va a votar por él.</p>
<p>Así que si Paloma Valencia, el señor Uribe y todo su combo piensan que ese millón y pico de votos (mejor digo la cifra exacta: 1.255.510) están endosados a Paloma Valencia, se equivocaron.</p>
<p>Y yo reconozco, con vergüenza y con asombro, que me dio amnesia política.</p>
<p>A mí.</p>
<p>A mí, que tanto he escrito sobre eso.</p>
<p>A mí, que tanto he criticado eso.</p>
<p>A mí me pasó.</p>
<p>Porque me pudo la esperanza. O el cansancio. O la necesidad infantil, casi ridícula, de creer que todavía podía aparecer alguien decente en medio de tanto veneno.</p>
<p>Y no.</p>
<p>Era un culebrero. Y yo le compré el menjurje.</p>
]]></content:encoded>
        <author>Diana Patricia Pinto</author>
                    <category>Plétora</category>
                <guid isPermaLink="false">https://blogs.elespectador.com/?p=126917</guid>
        <pubDate>Sat, 14 Mar 2026 23:29:43 +0000</pubDate>
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                <media:description type="plain"><![CDATA[La engatusada de Oviedo]]></media:description>
                <media:credit role="author" scheme="urn:ebu">Diana Patricia Pinto</media:credit>
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                            </item>
        <item>
        <title>Las consecuencias (que no conoces) del aumento a la bonificación de los soldados</title>
        <link>https://blogs.elespectador.com/actualidad/pletora/las-consecuencias-que-no-conoces-del-aumento-a-la-bonificacion-de-los-soldados/</link>
        <description><![CDATA[<p>¿Puede el aumento a un SMLV de bonificación que reciben soldados y auxiliares de policía disminuir el crimen y el narcotráfico? La respuesta es sí. Y la explicación no es filosófica ni basada en suposiciones: se encuentra en la ciencia económica. Cuando abrí mi Facebook a finales de enero, en mi feed estaba la avalancha [&hellip;]</p>
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        <content:encoded><![CDATA[
<p>¿Puede el aumento a un SMLV de bonificación que reciben soldados y auxiliares de policía disminuir el crimen y el narcotráfico? La respuesta es sí. Y la explicación no es filosófica ni basada en suposiciones: se encuentra en la ciencia económica.</p>



<p>Cuando abrí mi Facebook a finales de enero, en mi feed estaba la avalancha de videos de soldados regulares festejando porque su bonificación mensual les llegó por un salario mínimo. Estaban emocionados. ¡Felices! Celebrando el valor de su bonificación. Antes nadie les había pagado de forma digna. En los videos bailan, tienen sonrisas que parecen soles. Verlos me provocó una pequeña inundación lagrimal.</p>



<p>Uno de ellos soltó con una sonrisa iluminadora: “<em>Te amo, Petro</em>”, de manera espontánea, sin ironía, sin malicia ni cálculo político. En ese “<em>Te amo, Petro</em>” solo había gratitud auténtica por lo que significa que su trabajo no sea invisible.</p>



<p>Por primera vez en la historia colombiana, recibían un salario mínimo legal vigente por prestar su servicio militar. En un video un soldado pregunta: <em>¿Cuánto es?</em> Otro responde, con una sonrisa de oreja a oreja, los ojos aguados y tono de asombro: <em>“1.750.905 pesos”</em>.</p>



<p>Esta cifra significa para ellos mucho más, es:</p>



<p>Dignidad monetizada.</p>



<p>Dignidad reconocida.</p>



<p>Eso se llama dignidad social.</p>



<p>Los soldados regulares del Ejército y la Fuerza Aérea, infantes de marina de la Armada y auxiliares de la Policía Nacional, a partir de este año no recibirán como bonificación una limosna institucional, sino el valor de un salario digno y decente.</p>



<p>¿Por qué esto es histórico? La bonificación que recibían los solados, antes de 2026, era una fracción miserable del salario mínimo legal vigente —30 % hasta antes de 2024, luego 50 % en 2024 y 70 % en 2025— lejos de lo que un trabajador normal recibe. Y hoy esa barrera se rompió: con ese SMLV ($1.750.905) se reconfigura la relación entre ciudadano y Estado para miles de jóvenes (esto lo explicaré más a fondo en próximos párrafos).</p>



<p>Pero esto va más allá de la dignidad, toca otras esferas ciudadanas. Genera una transformación estructural en la manera como el Estado reconoce el trabajo de los jóvenes que salen del colegio sin saber qué hacer con sus vidas.</p>



<p>Hoy podemos afirmar que se abrió para muchos jóvenes un horizonte distinto, principalmente en zonas rurales y poblaciones con altos niveles de pobreza. Los jóvenes salen del colegio para dar un salto al vacío. Surge la pregunta aterradora: “¿y ahora qué?”, sin posibilidad de un empleo formal, con pocas oportunidades de educación superior. Muchos se quedan en el limbo de la informalidad o, peor, en el círculo de la violencia.</p>



<p>Esta bonificación con el valor de un salario mínimo es realmente una política pública con consecuencias profundas sobre el reclutamiento de jóvenes por organizaciones criminales.</p>



<p>El economista Gary S. Becker en 1968 publicó en el <em>Journal of Political Economy</em> el artículo académico <em>Crime and Punishment: An Economic Approach</em>, del que nació la moderna economía del crimen. Durante gran parte del siglo XX el crimen se explicaba desde la sociología y la psicología. El comportamiento criminal se debía a una desviación patológica, una enfermedad mental; también era producto de la alienación social o de deficiencias mentales individuales. Entonces, desde ese ángulo, el crimen es un destino escrito o una reacción irracional, no una elección.</p>



<p>Pero Becker plantea una idea incomoda y definitivamente revolucionaria pero útil para la política pública y para entender la génesis del crimen: que la lógica del llamado “costo de oportunidad” también funciona cuando alguien decide delinquir.</p>



<p>Muchas decisiones —incluidas las criminales— se toman dependiendo de qué tan grande sea el beneficio. Las personas, consciente o inconscientemente, comparan lo que pueden ganar con lo que pueden perder al cometer un delito.</p>



<p>Para que el crimen resulte atractivo, lo que se consiga ilegalmente debe ser más y mejor que lo que se puede obtener por la vía legal.</p>



<p>Entonces, el delito se convierte en una elección económica: las personas eligen delinquir cuando sienten que es la salida más rápida y sencilla para obtener eso que necesitan. Son más propensas a delinquir cuando creen que cometer el delito le dará una “ganancia” mayor que usar su tiempo y esfuerzo en actividades legales.</p>



<p>¿Cómo funciona eso en la ciencia económica?</p>



<p>La matemática del modelo de Becker está basada en la teoría de la utilidad esperada de los señores Von Neumann y Morgenstern. Ya sabemos que la teoría de Becker dice que las personas toman decisiones pensando —la mayoría de las veces de manera inconsciente e intuitiva— en lo que pueden ganar y en lo que pueden perder.</p>



<p>Pero esta elección delictiva se hace en medio de la incertidumbre, porque nadie sabe con seguridad si le va a salir bien la vuelta o si va a terminar descubierto y capturado.</p>



<p>Von Neumann y Morgenstern resumen esto en una fórmula que, aunque parece difícil y compleja, representa algo muy cotidiano:</p>



<p>E(Uⱼ) = pⱼ Uⱼ(Yⱼ &#8211; fⱼ) + (1 &#8211; pⱼ) Uⱼ(Yⱼ)</p>



<p>Se las traduzco:</p>



<p>E(Uⱼ) es lo que la persona espera “ganar” o sentir al final de su decisión.</p>



<p>pⱼ es qué tanta probabilidad cree que tiene de ser capturado y condenado.</p>



<p>Yⱼ es lo que gana con el delito: “el botín” y, a su vez, esa sensación de poder o de salida rápida de la pobreza.</p>



<p>fⱼ es lo que perdería si lo atrapan: multas, cárcel (su libertad), que se reduce a tiempo de vida perdido, vergüenza social…</p>



<p>Y Uⱼ representa cómo cada quien enfrenta el riesgo —hay quienes se lanzan sin paracaídas y sin miedo y quienes no—.</p>



<p>Esta fórmula matemática es la comparación (consciente o inconsciente) que las personas hacen: lo que quieren ganar con el delito frente a lo que ganarían quedándose en lo legal —para el caso de los jóvenes: un horizonte nublado—.</p>



<p>Becker no ve el crimen como una enfermedad mental o un arrebato irracional, sino como alguien que decide meterse en un negocio peligroso. Si el premio parece grande y el riesgo pequeño, la gente se arriesga. Si el castigo es alto o la probabilidad de caer es grande, la idea deja de ser atractiva.</p>



<p>Por eso, cuando aumenta la presencia policial (sube p) o cuando endurecen las penas (sube f), en teoría el delito se vuelve menos atractivo. Pero esto no es suficiente y debe ir acompañado de políticas públicas sociales.</p>



<p>Aquí entra el economista Isaac Ehrlich, que amplió y profundizó la teoría de Becker. En 1973 publicó, también en el <em>Journal of Political Economy</em>, el artículo investigativo <em>Participation in Illegitimate Activities: A Theoretical and Empirical Investigation</em>. Allí nos dice que cada persona reparte su tiempo como puede, inconscientemente arma un pequeño plan de vida con lo poco que tiene a mano.</p>



<p>Según su Ehrlich, cada persona divide su tiempo (t) entre tres cosas:</p>



<p>• El tiempo en actividades legales (tₗ): trabajo honrado, buscar empleo, estudiar, trabajo informal para sobrevivir —todo lo que da ingresos seguros o medio seguros (Wₗ).</p>



<p>• El tiempo en actividades ilegales (tᵢ): delincuencia, meterse en vueltas raras, narcotráfico, bandas criminales, guerrillas, paras —que pueden dejar plata rápida (Wᵢ), pero también cárcel y problemas (Fᵢ).</p>



<p>• Y el tiempo de ocio (t𝚌): en el que están sin hacer nada o sin hacer mucho, esperando que el futuro les cambie con oportunidades que surjan.</p>



<p>Ehrlich lo explica como si cada joven intenta “invertir” su tiempo donde cree que le va a rendir más.</p>



<p>Ahora traduzcamos esto a la actual realidad colombiana:</p>



<p>Un joven se gradúa de bachiller: no consigue trabajo, no puede ingresar a la universidad, su familia tiene necesidades, pasan hambre, pasa días enteros sin hacer nada productivo, nadie lo contrata o, cuando lo hacen, es con un pago miserable. Su ingreso legal (Wₗ) es casi cero. En ese escenario, para el joven dedicar tiempo a lo legal no parece el camino que muestre un horizonte para salir adelante.</p>



<p>Ahí es cuando aparecen los grupos ilegales, las bandas criminales, el narcotráfico, ofreciendo plata rápida, pertenencia a un grupo, una salida —así sea peligrosa— frente a una vida sin horizonte, sin oportunidades.</p>



<p>Para muchos jóvenes, no es que el crimen sea bueno. Simplemente es mejor que no tener nada.</p>



<p>Y por eso Ehrlich demuestra que cuando el ingreso legal es muy bajo, el costo de meterse en lo ilegal desaparece. Coloquialmente: cuando trabajar honradamente no da para vivir, delinquir empieza a verse como una alternativa.</p>



<p>Ahora viene lo interesante que está pasando con la bonificación de los soldados bachilleres y auxiliares de policía:</p>



<p>Cuando el Gobierno sube el ingreso legal —cuando convierte el valor de bonificación miserable en un SMLV para quienes prestan servicio militar— cambia completamente ese cálculo del costo de oportunidad.</p>



<p>Aparece entonces una opción concreta para miles de jóvenes que hoy están sin estudiar ni trabajar, sin rumbo claro: entrar al Ejército como soldado regular o bachiller o a la Policía como auxiliar.</p>



<p>Ya no van a arriesgar su vida, ni van a pasar trabajos por una miseria, sino para recibir un salario mínimo digno durante su tiempo de servicio; con ese ingreso van a progresar ellos y ayudar a sus familias.</p>



<p>Eso, en términos de Ehrlich, significa que el Wₗ —el ingreso legal— deja de ser casi cero y se vuelve una alternativa real de vida.</p>



<p>Y cuando eso ocurre, pasan dos cosas:</p>



<p>Primero: el tiempo que a los jóvenes antes se les iba a la nada o a la delincuencia empieza a moverse hacia lo legal. Trabajar para el Estado ya no parece perder el tiempo, sino un horizonte claro y una oportunidad.</p>



<p>Segundo: disminuye la necesidad de buscar plata rápida y peligrosa.</p>



<p>Ser soldado o auxiliar de policía ahora sí paga. Entonces, muchos jóvenes que hoy están sin futuro van a preferir ponerse el uniforme de nuestro Ejército y nuestra Policía antes que meterse en una banda criminal o en el narcotráfico.</p>



<p>Esto no solo beneficia a los jóvenes y a sus familias. Hace algo que Colombia necesita: le quita al crimen una de sus principales fuentes de reclutamiento.</p>



<p>El reclutamiento y uso de niños y jóvenes por grupos armados, narcotráfico y bandas criminales es un fenómeno que persiste gracias la desigualdad. Y que permite control territorial de las bandas criminales, paramilitares, narcos&#8230; además de coerción, vulnerabilidad social y ausencia estatal.</p>



<p>Y genera algo más: estos jóvenes que entran a prestar su servicio en el Ejército y la Policía por necesidad económica terminan encontrando un horizonte, un proyecto de vida, quedándose en las Fuerzas Públicas, que, por cierto, desde 2024 el ingreso es gratuito. Así se profesionalizan, construyendo una estabilidad y un futuro.</p>



<p>Becker y Ehrlich, por supuesto, no hablaban de Colombia. No hicieron estas teorías pensando en un país suramericano. Pero la teoría de cada uno explica perfectamente por qué políticas como esta —pagar dignamente el servicio militar— pueden tener efectos enormes a mediano plazo en un país como el nuestro, con la violencia y el reclutamiento juvenil tan arraigados.</p>



<p>Decisiones gubernamentales como esta no atacan el crimen solo con más castigo.</p>



<p>Lo atacan donde más duele: en la falta de oportunidades.</p>



<p>¿La transformación es inmediata? No. ¿Es determinista? No. ¿Funciona como una varita mágica? Tampoco. Pero produce cambios sociales positivos a mediano y largo plazo. El Estado acaba de abrir una opción legal, inmediata y pagada dignamente para jóvenes que salen del colegio sin alternativas. Es la transformación del horizonte vital de cada joven que elige servir en nuestra Fuerza Pública: dejan de deambular sin rumbo ni expectativas.</p>



<p>Son 18 meses con ingreso equivalente al mínimo, permitiendo que construyen un proyecto de vida y aprendiendo disciplina. Eso que llamamos “decisiones políticas” son, muchas veces, rutas disponibles. Y el gobierno de Petro acaba de abrir una ruta legal y con futuro para progresar a miles de jóvenes.</p>



<p>Y si tú estás leyendo esto y aún te preguntas: “¿y eso qué tiene que ver con la seguridad?” te respondo:</p>



<p>Primero: menos jóvenes disponibles para las economías ilegales y el reclutamiento forzoso, porque una parte de ellos verá en el Ejército y la Policía una fuente de progreso, una manera de construir su vida. Y eso, a mediano plazo, reduce el reclutamiento en los lugares de mayor pobreza.</p>



<p>Segundo: esta bonificación equivalente al SMLV hace más atractivo entrar y permanecer en el Ejército y la Policía. Si más jóvenes entran como bachilleres, algunos intentarán quedarse, pasar a profesionalizarse y construir carrera. Esto va a aumentar el número de miembros de las Fuerzas Públicas, lo que mejora las capacidades y aumenta la presencia en los territorios.</p>



<p>Y era inaceptable que se les diera una miseria de bonificación por servicio a jóvenes —casi todos pobres— sin pagarles como a cualquier persona que trabaja. La dignidad no es un discurso. También es una cifra en la cuenta bancaria.</p>



<p>El bienestar y la moral de nuestras Fuerzas Públicas no se suben con elogios en redes sociales, ni con eslóganes acompañados de saludos militares. Que los soldados regulares y auxiliares de policía ganen dignamente es estar verdaderamente firmes con y por la patria. Los otros usos que le dan a la expresión actualmente hacen parte del guion cómico y cínico que usa, histriónicamente, alguien que codicia la presidencia de este país.</p>



<p>¿Falta medir impactos? Sí. Las estadísticas juiciosas y reales no nacen en un mes. Pero lo que si puedo afirmar —con convicción— es que cuando la política está orientada a la dignidad y no al castigo, quedan positivas herencias silenciosas: un país donde algunos jóvenes no entrarán a la violencia porque, por primera vez, el Estado les ofreció una alternativa pagada y concreta. Eso es realmente construir un país sin desigualdad.</p>



<p>Les cuento la historia real de este aumento para que no sigan como zombis a las momias politiqueras actuales que se atribuyen logros ajenos:</p>



<p>&nbsp;La ley 1861 de 2017 decía que todo joven que prestara el servicio militar tenía derecho a una bonificación mensual del 30% del salario mínimo.</p>



<p>Pero —porque en Colombia siempre hay un “pero”— el Congreso dejó una puertica medio abierta, por supuesto con su trampa: esa bonificación podía subir hasta el 50%, siempre y cuando hubiera plata.</p>



<p>En versión colombiana:</p>



<p>“Te vamos a pagar más… si sobra presupuesto”. ¿Y qué creen? Nunca hubo plata… hasta que llegó Petro.</p>



<p>El 30 % era un derecho automático. El 50 % era una ilusión bonita, pero falsa, amarrada a una sentencia de muerte: “sujeto a disponibilidad presupuestal”, es decir: “algún día, tal vez”.</p>



<p>¿Y qué pasó durante años? Entre 2017 y 2022 la bonificación nunca pasó de ese 30 %. Para 2022, un soldado y un auxiliar de policía recibían alrededor de 300 mil pesos mensuales.</p>



<p>Con eso debían cubrir la comunicación con su familia, el transporte en los permisos, sus cosas de aseo y todos los gastos personales necesarios… y, la gran mayoría de veces, eran las familias (casi siempre de bajos ingresos) las que terminaban mandando plata, con un esfuerzo increíble, para sostener al hijo que estaba “sirviendo a la patria”.</p>



<p>Ni Juan Manuel Santos ni Iván Duque quisieron invertir en mejorar la calidad de vida de estos jóvenes subiendo al 50 % la bonificación.</p>



<p>Hasta que llegó Gustavo Petro y cambió esto.</p>



<p>Llevó al Congreso una adición al Presupuesto General de la Nación —la Ley 2299 de 2023— donde, entre muchas cosas, aumentó el presupuesto para dignificar a la base de la Fuerza Pública, los soldados regulares, los auxiliares de policía… El Ministerio de Defensa expidió el Decreto 1557 de 2023 y, aplicando la ley 1861 de 2017— que ningún presidente ni ministro quiso aplicar— subió la bonificación al 50% del salario mínimo.</p>



<p>Petro no estaba inventando nada nuevo. No era populismo. Estaba pensando en el bienestar de las tropas. Pensó en el futuro de todos esos jóvenes y, para ello, usó el máximo que la ley permitía… por primera vez.</p>



<p>Pero el 50 % no es suficiente. Si de verdad se quiere dignificar a la Fuerza Pública, esos jóvenes que trabajan para Colombia prestando su servicio militar merecen que se les pague, como bonificación, el valor de un SMLV, como a cualquier ciudadano colombiano. Pero la Ley 1861 de 2017 no lo permitía: había que cambiar la ley.</p>



<p>Así que en 2024 se presentó y aprobó la Ley 2384, y el aumento de la bonificación fue paulatino hasta llegar al 100 % del salario mínimo.</p>



<p>Gustavo Petro entró como presidente con la firme intención de mejorar la vida de todos esos jóvenes soldados y auxiliares de policía. Y no en discurso, sino en hechos.</p>



<p>Lo primero: hizo efectivo el aumento del 50 % que permitía la ley vigente desde 2017.</p>



<p>Lo segundo: presentó una nueva ley. Aprobada, subió al 70 % en 2025. Y este 2026 inició con el salario mínimo completo. Cada sonrisa, cada baile, cada festejo de nuestros jóvenes soldados y policías alegra el alma de todos aquellos que entendemos lo que esto significa para cada joven, para las familias y para la sociedad. Y como dijo un soldado: “Te amo, Petro”. Sí: yo también digo “Te amo, Petro” cuando logra cosas como estas.</p>



<p>El significado de esos $1.750.905 pesos es el inicio de una transformación social… es lo más lejano a una medida populista o a querer “comprar a los soldados”. Es darles el valor, la dignidad y los derechos que merecen, que les pertenecen, y que todos esos politiqueros les negaron por años.</p>



<p>Es importante entender la dimensión del cambio:</p>



<p>En 2022: unos $300.000.</p>



<p>En 2026: $1.750.905.</p>



<p>El aumento real es de más del 400%. Logrado por Gustavo Petro.</p>



<p>El servicio militar dejó de ser una carga económica para las familias pobres y pasó a ser, por primera vez, una fuente real de ingresos para los soldados y sus familias.</p>



<p>Aquí no hay un detalle menor: más del 80 % de los jóvenes que prestan servicio vienen de los estratos 1, 2 y 3. Es decir: de los hogares más vulnerables del país. Los estratos altos prácticamente no aparecen en las cifras.</p>



<p>Cada vez que se negaba el aumento, no se estaba “cuidando el presupuesto”: se le estaba quitando recursos directos a las familias más pobres cuyos hijos ponen el cuerpo en cuarteles, selvas y calles.</p>



<p>Paradójicamente —o no, en realidad no tiene nada de paradójico— es lo que podemos esperar de los políticos actuales: el principal opositor en 2017 y 2018 a cualquier aumento automático fue, adivinen, el Ministerio de Hacienda y Crédito Público y, ¡oh sorpresa!, fue Mauricio Cárdenas Santamaría. Hoy precandidato presidencial, seguramente está muy preocupado por la justicia social, aunque, cuando pudo hacerlo, nunca le interesó el bienestar de los soldados regulares y auxiliares de policía.</p>



<p>Para Cárdenas, dignificar a jóvenes pobres que prestaban servicio al Estado no era una urgencia nacional. Era, más bien, un gasto incómodo.</p>



<p>Y ese “gasto incómodo” no solo lo evito Cárdenas.</p>



<p>Durante el gobierno de Iván Duque, sus “gloriosos” sucesores en Hacienda —Alberto Carrasquilla y José Manuel Restrepo— tampoco movieron un dedo para activar el aumento del 30% al 50% que la misma ley permitía.</p>



<p>Ni hablar de los ministros de Defensa de turno —Guillermo Botero, Carlos Holmes Trujillo y Diego Molano—, ni del entonces comandante del Ejército, el general Eduardo Enrique Zapateiro, que se la pasa dando discursos vacíos sobre la dignidad, la moral y el honor de la tropa… Curiosamente, nunca dijo ni hizo nada cuando se trataba de mejorarle el ingreso real a esa misma tropa que tuvo bajo su mando.</p>



<p>Defender la dignidad en micrófonos era fácil.</p>



<p>Defenderla en el presupuesto no era difícil: simplemente no fue importante para ellos.</p>



<p>Subir la bonificación al 50 % era un atrevimiento. Para cada uno de ellos —presidentes de turno, ministros y comandantes— esos muchachos no lo merecían.</p>



<p>Pensar en pagarles un salario mínimo completo era, sencillamente, ciencia ficción, comedia o terror.</p>



<p>Según los cálculos hipócritas de ellos, subir la bonificación al 50 % para unos 80.000 o 100.000 jóvenes representaba “cientos de miles de millones de pesos” al año, que no eran necesarios y no encajaban con el Marco Fiscal de Mediano Plazo.</p>



<p>Traducido:</p>



<p>Había dinero para muchas cosas, menos para los soldados y policías pobres.</p>



<p>A esto se sumó el coro político que nunca falta.</p>



<p>Desde Centro Democrático, Paloma Valencia, María Fernanda Cabal, que sueñan con dirigir este país, y otros congresistas se dedicaron (en su momento) a deslegitimar cualquier intento de mejora salarial, tildándolo de “populismo”. &nbsp;</p>



<p>No porque el dinero fuera innecesario — no lo decían de esa manera (es impopular y quita votos)—, sino porque, según ellos, que ocurrieran esos aumentos en esta época era una estrategia para “comprar la lealtad” de una Fuerza Pública inconforme. Omitiendo, posiblemente de manera intencional (démosles el beneficio de la duda), que ese aumento que hoy se materializó se logró desde 2024 con un incremento paulatino, para no afectar de golpe el presupuesto nacional.</p>



<p>Curiosa preocupación, ¿no creen? Durante años no les inquietó en lo más mínimo que esos jóvenes vivieran con una bonificación miserable; lo que sí les preocupó fue que el gobierno les pagara dignamente porque eso aumenta la popularidad del opositor. Comprobado: solo les importa el poder y la política, nunca el bienestar del pueblo.</p>



<p>Muchos discursos de honor. Puro bla bla bla. Les duele que el pueblo gane más para vivir mejor.</p>
]]></content:encoded>
        <author>Diana Patricia Pinto</author>
                    <category>Plétora</category>
                <guid isPermaLink="false">https://blogs.elespectador.com/?p=126045</guid>
        <pubDate>Sun, 22 Feb 2026 02:32:57 +0000</pubDate>
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                <media:description type="plain"><![CDATA[Las consecuencias (que no conoces) del aumento a la bonificación de los soldados]]></media:description>
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        <title>Crónica de un balance de año en Coach-landia.</title>
        <link>https://blogs.elespectador.com/actualidad/pletora/cronica-de-un-balance-de-ano-en-coach-landia/</link>
        <description><![CDATA[<p>A finales de diciembre y comienzos de enero, la gente está borracha de alegría y con el entusiasmo elevado a su máxima expresión. Comienza la temporada de los balances y las listas de metas y deseos. Aunque en Coach-landia todo eso ya tiene otros nombres, yo no suelo estar a la moda en temas de [&hellip;]</p>
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        <content:encoded><![CDATA[<p>A finales de diciembre y comienzos de enero, la gente está borracha de alegría y con el entusiasmo elevado a su máxima expresión. Comienza la temporada de los balances y las listas de metas y deseos. Aunque en <em>Coach-landia</em> todo eso ya tiene otros nombres, yo no suelo estar a la moda en temas de marketing de crecimiento espiritual. Pero… es inevitable ver publicaciones donde te dicen que “hay que visualizar y manifestar desde ya un 2026 genial”. Y es ahí cuando hacemos (me incluyo en la torta) el famoso balance de lo que fue el 2025, para que de ahí salga la lista de metas de este nuevo año.</p>
<p>Pero creo que debería reescribir este párrafo, ponerlo en &#8220;vibraciones altas&#8221; y lenguaje de coach de TikTok. Comencemos de nuevo:</p>
<p>Ya no es suficiente con desear un 2026 decente. No, no (después las cosas no salen bien): hay que visualizarlo, manifestarlo y, si se puede, subirle la vibración antes de que el año arranque. A final de año ahí estuve yo, incluida, con varita de incienso en una mano (hay unos con olor a chocolate, ¡deliciosos!) y un Excel emocional en la otra (ante todo ordenada), lista para hacer el ritual obligatorio: cerrar ciclos, integrar aprendizajes, agradecer lo vivido y mirar al 2025 con cara de “todo pasó por algo”.</p>
<p>¡Nah! Tal vez en alguna dimensión paralela. Aunque sí hice mi reflexión sobre ese especial 2025 que viví.</p>
<p>El asunto es que de ese proceso —que debe ser &#8220;profundamente espiritual&#8221;— nace entonces la declaración de intenciones, el manifiesto del año, la ruta alineada del yo futuro… en inglés suena mejor, más estilo coach: la gente hace su <em>Vision Board 2026</em> o su <em>Manifestation List 2026</em> (lo que antes llamábamos metas del año) y, para que se manifieste mejor, lo comparte en redes (es parte del ritual). Se hace con dulzura y cara de santo en trance… para que el universo no se estrese.</p>
<p>Todos esos deseos para el 2026 parecen redactados por un departamento de marketing espiritual: &#8220;Ir al gimnasio&#8221;, &#8220;viajar más&#8221;, &#8220;ahorrar&#8221;&#8230; Qué sé yo. Aquí especulo, pues mi lista es bastante peculiar y no se parece a esas. El papel aguanta todo —o más bien, los <em>reels</em> aguantan todo—, pero al alma no se engaña fácilmente. Si sientes vacío tu balance de vida, es porque le falta el ingrediente que los babilonios consideraban sagrado: la capacidad de ser humillado por la verdad.</p>
<p>Para entender algo, me gusta ir al inicio. La palabra que lo nombra. Conocer el término que define “eso” de lo que hablamos permite una verdadera comprensión, por lo menos para mí. Saber de dónde viene, por qué y cómo se ha ido transformando con el tiempo. Cómo suena en otros idiomas. Cómo su connotación cambia en otras culturas. Eso realmente me abre la puerta a investigar y comprender el ADN de “eso” de lo que hablo. Y hoy son varias palabras. Una es balance.</p>
<p>Balance. Suena bonito: <em>ba-lan-ce</em>. Es dulce y sonora, pero ya lleva mucho tiempo siendo maltratada por la frivolidad (hay hasta un desodorante que la lleva por nombre). La palabra balance viene del francés balance, que a su vez nos llega del latín vulgar bilanx.</p>
<p>Bi-: Significa &#8220;dos&#8221;.</p>
<p>Lanx: Significa &#8220;plato&#8221; o &#8220;platillo&#8221;.</p>
<p>Físicamente, el balance es el acto de poner peso en un lado y la mercancía en el otro hasta que la aguja se queda quieta en el centro. ¿En busca de qué? ¿Equilibrio? ¿Equidad? ¿Determinar una medida para el cobro? ¿Para que nadie engañe a nadie?</p>
<p>¿Por qué lo aplicamos a la vida? Porque la mente humana busca equilibrio. Cuando decimos &#8220;hacer balance&#8221;, estamos poniendo en un platillo lo que logramos (ganancias) y en el otro lo que perdimos, lo que no fuimos capaces de lograr, el karma que nos cayó o lo que nos faltó (pérdidas). Si la balanza se inclina demasiado hacia las pérdidas, sentimos una tensión interna que necesitamos resolver. Ansiedad, entre otras.</p>
<p>En nuestro hermoso español hay una palabra derivada de “balance” que usamos para definir el movimiento de un barco o una cuna: <em>balanceo</em>. Y, curiosamente, imaginarla en acción es un recordatorio de que la vida no es estática. Se mueve al ritmo de las olas de un océano impredecible. Y viéndolo así, hacer balance de nuestra vida o año es aprender a mantenernos en equilibrio en medio del movimiento constante.</p>
<p>La humanidad no experimenta el tiempo como una aburrida línea infinita y plana, sino como una serie de capítulos. Los balances ocurren en lo que la psicología del comportamiento llama &#8220;Hitos Temporales&#8221;. Son momentos en los que social, grupal o personalmente se rompe el flujo rutinario del tiempo y se genera un “Efecto de Nuevo Comienzo”. De menor a mayor: los lunes y los viernes (hitos temporales de trabajo y descanso), luego vienen cumpleaños, aniversarios, cambio de año…</p>
<p>Y como simios pensantes en esos hitos temporales decidimos hacer balances que crean una discontinuidad mental. Qué por cierto es muy útil y sana. Nos permite separar nuestro &#8220;yo del pasado&#8221; (que cometió errores en 2025) de nuestro &#8220;yo del futuro&#8221; (que tiene una página en blanco en 2026 y un universo de posibilidades).</p>
<p>Cuando en masa, al mismo tiempo, hacemos individualmente el famoso balance, validamos que pertenecemos a este mundo occidental (nuestra comunidad). Es como si gritáramos en coro: &#8220;Todos sobrevivimos a este ciclo y todos estamos de acuerdo en que hoy algo termina y mañana algo empieza&#8221;.</p>
<p>Este balance tiene otra utilidad interesante: crea la ilusión de orden. La vida, en general, es caótica, pero cuando hacemos balances en los hitos temporales logramos empaquetar los 365 días que ya pasaron en conclusiones lógicas y explicaciones.</p>
<p>También hacemos eso que los psicólogos llaman cierre cognitivo. Nuestro cerebro detesta las historias abiertas. Nada más observen los finales de películas y series que quedan abiertos: cómo reciben puntajes terribles y funas en redes. Como ejemplo reciente tenemos a Stranger Things.</p>
<p>Nuestro cerebro no es fan de las historias abiertas, ni en películas, ni en libros, ni en nuestra propia vida ¿Por qué? Porque las historias abiertas nos dejan más incertidumbres que certezas. Y la incertidumbre es el “coco” de media humanidad. A fin de año, el ser humano necesita “cerrar el libro” que en este instante temporal se llama 2025 para poder abrir el siguiente (2026) sin todo el ruido mental y las páginas tachadas del anterior.</p>
<p>Los humanos somos los únicos animales que se cuentan historias a sí mismos. Eso dijo el filósofo Alasdair MacIntyre en su libro &#8220;Tras la virtud&#8221;. Aunque yo no creo que eso sea cierto, que somos &#8220;los únicos&#8221;. Pero siguiendo lo expuesto por MacIntyre, una persona dentro de su balance 2025/2026 no podría responder la pregunta &#8220;¿qué voy a hacer?&#8221; sin responder antes otra pregunta: &#8220;¿de qué historia o historias me encuentro formando parte?&#8221;. Y ambas, preguntas y respuestas, no se formulan ni responden en el balance, es un proceso mental interior, poco consciente que hacemos para poder decidir qué quiero y qué no para ese nuevo año. Y por supuesto para definir metas. Por ejemplo: Sebastiana se quiere casar en 2026, es su meta, porque quiere formar una historia de vida con Albertino.</p>
<p>Entonces, el balance de fin de año es el momento en que revisamos si el capítulo que acabamos de vivir tiene sentido dentro de nuestra “biografía”. En esta revisión no solo contamos cuántos viajes hicimos o si logramos comprar ese carro; lo que realmente hacemos es evaluar si nuestra vida coincide con la persona que queremos ser —y para algunos, con la que pretenden o aparentan ser—.</p>
<p>En el fondo, ese balance es una búsqueda de sentido. En realidad, no se trata de los hechos, sino de la narrativa propia que construimos con ellos. De las historias que queremos crear para nuestra autobiografía. Una narrativa para nosotros (autoconvencimiento) y otra para los demás (el cuento que vendemos de nosotros mismos), pero no hacemos este proceso con la consciencia de que decidimos nuestra propia narrativa.</p>
<p>Por eso duele cuando el balance es “negativo” (hojas mal escritas de nuestra vida) y por eso nos sentimos renovados cuando el balance nos muestra que, a pesar de las tempestades, seguimos de pie. Todos queremos ser héroes, y más aún dentro de nuestra propia historia.</p>
<p>Hay otro psicólogo que plantea algo interesante al respecto. Jerome Bruner sostiene que tenemos dos formas de pensamiento: el paradigmático, que es lógico y científico, y el narrativo. Con este último entendemos nuestra vida. Escribimos nuestra autobiografía mental. Y sosteniendo la teoría de Bruner, en el balance de fin de año hacemos una construcción narrativa donde ordenamos nuestros eventos aleatorios para darles una relación de causa y efecto. Para darles sentido.</p>
<p>Por ejemplo: Juanito, en marzo, hizo una estafa piramidal y se robó 500 millones de pesos. Y a Juanito, un conductor borracho lo atropelló en octubre y casi se muere. En diciembre Juanito hace su balance: &#8220;seguramente me atropellaron como castigo divino por estafar a la gente. Me cayó el karma&#8221;. Meta de 2026 de Juanito: &#8220;cuando salga de la silla de ruedas voy a devolver el dinero robado sin que me metan preso y pedir disculpas&#8221;.</p>
<p>Este balance o “revisión de vida” lo hacemos desde hace más de 4.000 años. Viajemos a la Babilonia del 2000 a. C. Allí celebraban el festival de Akitu, considerado un proceso de reordenamiento del caos. Se celebraba durante 12 días en el mes de <em>Nisannu</em> (marzo/abril), en el equinoccio de primavera.</p>
<p>Durante el Akitu, los babilonios hacían un balance social: devolvían objetos prestados y hacían balance contable. Para los babilonios, el año nuevo no podía comenzar si el &#8220;balance contable&#8221; social no estaba en cero. Si debías algo, material o afectivo, el orden cósmico estaba roto.</p>
<p>También hacían un balance político y moral. El rey se arrodillaba ante el dios Marduk. El sumo sacerdote le quitaba la corona y el cetro y lo cacheteaba. Debía confesar que no había descuidado sus deberes de rey. Si lloraba, significaba que Marduk estaba satisfecho y que el balance del reino era positivo para el año siguiente.</p>
<p>(Creo que el nuevo reyezuelo global necesita una &#8220;bofetada de Marduk&#8221;. Un apunte político innecesario).</p>
<p>Y aplicando un poco la experiencia babilónica, para que un balance tenga peso real necesitamos una “bofetada de Marduk”. Esa bofetada corresponde al peso de la verdad. Desmontar la narrativa y vernos desnudos. Sin centro. Sin corona. Sin adornos. Dejar de contarnos nuestro propio cuento. Dejar de acomodar los hechos a la historia autobiográfica que llevamos años escribiendo. Y observarnos con ojos de extraño. Cachetearnos con nuestra propia verdad. Ese sería el balance ideal y honesto con nosotros mismos. Lo demás es farándula, autoengaño, moda, teatro, baile de máscaras…</p>
<p>Un romano devoto nos diría que cuando hacemos un balance de nuestra vida invocamos al dios Jano. El que mira atrás y adelante.</p>
<p>Jano o Janus, es el dios romano de las puertas, los comienzos y los finales. Es un dios interesante. Gobierna complejidades. Jano es representado con dos rostros: uno mira hacia el pasado y el otro hacia el futuro. Por eso el mes de enero lo honra. Enero en latín es <em>Ianuarius</em>, que proviene de Jano. Lo que significa que es el &#8220;umbral&#8221; del año. En enero estamos parados en una línea en la que miramos para atrás y para adelante.</p>
<p>Los romanos creían que para cruzar una puerta —un nuevo año— con el pie derecho, primero debías honrar lo que dejabas atrás. Y este es uno de los antepasados directos de nuestro balance de fin de año: la pausa necesaria en el umbral —la puerta de la vida— para entender de dónde venimos antes de decidir a dónde vamos.</p>
<p>Un balance anual que me gusta es el chino. Lo hacen en su Año Nuevo, durante el festival de primavera. Es un balance físico y espacial. Revisan su casa y hacen una limpieza profunda llamada <em>Dahao</em>. Barren a fondo su hogar, para “barrer la mala suerte” del año anterior. Se deshacen, botan lo que no sirve y limpian lo que va a quedar.</p>
<p>Después de ese balance del año anterior, muchos imaginan que el 2026 es como una página en blanco. En coach-landia nos venden esa idea. Un inicio de cero para construir lo que queramos. Pero no. Lamento informarles que la página en blanco no existe cuando se refiere a cambio de año. Es mentira. Escribimos sobre lo que ya está escrito. El balance no sirve para borrar el pasado, sino para entender con qué bolígrafos y colores vamos a escribir y dibujar el siguiente capítulo.</p>
<p>Los seres humanos somos un palimpsesto. Textos escritos sobre otros textos.</p>
<p>Aunque soy irónica y desconfiada con el tema del balance anual, reconozco que necesitamos el 31 de diciembre para hacer ese clic mental de una etapa nueva. El balance es el umbral de Jano: una cara mira hacia atrás para aprender, y la otra mira hacia adelante para imaginar.</p>
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        <author>Diana Patricia Pinto</author>
                    <category>Actualidad</category>
                    <category>Plétora</category>
                <guid isPermaLink="false">https://blogs.elespectador.com/?p=124588</guid>
        <pubDate>Mon, 12 Jan 2026 03:37:48 +0000</pubDate>
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        <title>El Odeón Escondido: un santuario musical en el corazón del Oriente antioqueño</title>
        <link>https://blogs.elespectador.com/actualidad/pletora/el-odeon-escondido-un-santuario-musical-en-el-corazon-del-oriente-antioqueno/</link>
        <description><![CDATA[<p>No apareció de la nada. Aunque pareciera. Como si el silencio —ese que precede a todo lo sublime— hubiera decidido parir arquitectura. Ahí, en medio de una hondonada callada de Llanogrande, Rionegro. De repente: una joya. Discreta. Majestuosa. Viva. El Odeón Escondido. Qué nombre, ¿no? Parece inventado por un poeta extraviado en el siglo XXI. [&hellip;]</p>
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        <content:encoded><![CDATA[<p>No apareció de la nada. Aunque pareciera. Como si el silencio —ese que precede a todo lo sublime— hubiera decidido parir arquitectura. Ahí, en medio de una hondonada callada de Llanogrande, Rionegro. De repente: una joya. Discreta. Majestuosa. Viva. El Odeón Escondido. Qué nombre, ¿no? Parece inventado por un poeta extraviado en el siglo XXI.</p>
<p>No es un auditorio. Tampoco un teatro. Mucho menos una sala de conciertos de esas con paredes grises y sillas de tortura lumbar. No. Esto es otra cosa. Un cuerpo acústico. Un templo. Un capricho casi divino levantado para que la música —la poética, la profunda, la que conmueve— tenga casa propia. En una región donde eso, sencillamente, no existía.</p>
<p>¿Y el diseño? Una locura contenida. O una plegaria en madera. Adentro, al fondo del escenario —el lugar del altar, si esto fuera una iglesia— brilla una roseta de Penrose. Geometría casi sagrada. Simetría sin repetición. Un infinito contenido en un dibujo. Y encima, el techo: Miura Ori. Parece japonés porque lo es. Un origami pensado por el astrofísico Kōryō Miura y replicado aquí en madera, como si alguien quisiera que el universo se plegara al sonido. Y se pliega. Lo juro. Cada panel, cada ángulo, cada poro de esa madera… canta. O calla. Según la obra.</p>
<p>Todo adentro es madera. Y no por capricho estético. Por amor. Porque la madera escucha. Respira. Resuena. Abraza. La acústica es tan precisa que hasta el silencio suena afinado. A veces uno quiere quedarse así: callado. Para no romper lo que suena sin sonar.</p>
<p>Simón Uribe —el arquitecto— no construyó: orquestó. Nada impone. Todo revela. Cada trazo esconde una intención. Cada forma, un gesto. Pocas veces la arquitectura se convierte en partitura. Esta vez, sí.</p>
<p>Pero este lugar no nace solo. Tiene madre. Marta Lucía Ramírez. Cardióloga. Melómana furiosa. Cultivadora de oídos. Durante años hizo tertulias musicales en Medellín que fueron escuela, liturgia, resistencia. Soñó con un espacio donde la música pudiera estar sin pedir permiso. Un lugar donde la belleza no fuera lujo sino necesidad. Y soñó tanto que un día ese sueño se volvió techo. Y acústica. Y butaca.</p>
<p>Y no es solo forma. Ya hay fondo. Ya han tocado aquí voces y dedos de los que estremecen. Manuel López un violinista sublime y virtuoso que pre inauguró El Odeón Escondido, su violín despertó el recinto dándole vida musical. Natalia Tobón, soprano luminosa. Diego Salazar, pianista que borda el teclado con la calma de quien respira música. Juan Felipe Restrepo, guitarra de fuego. El Proyecto Modular, una constelación de músicos de la Filarmónica de Medellín: Elizabeth Osorio (flauta traversa), Jhon M. Trujillo (violín), David Merchán (viola), Karen Londoño (violonchelo). Interpretaron el Cuarteto para flauta y cuerdas de Mozart. Sonó como si el mismo Mozart hubiera estado espiando desde alguna rendija, sonriendo.</p>
<p>Y no están solos. Hay padrinos. Gigantes. La maestra Blanca Uribe, símbolo del piano en América Latina. El maestro Lezlye Berrío, pianista de país, que tiene un virtuosismo íntimo y feroz. El maestro Pablo Villegas, violinista consagrado con una sensibilidad mágica. Todos han dicho presente. Y no como adorno. Como fe. Como quien sabe que ahí hay algo distinto. Y necesario.</p>
<p>El nombre <em>Odeón</em> viene del griego. ōideion: lugar para cantar. En la Grecia antigua eran espacios íntimos donde se oía, no solo se escuchaba. Donde se cantaba, sí, pero también se decía lo que no cabía en la calle. En lo cotidiano. Este Odeón recupera eso: no es un lugar para sonar. Es un lugar para escuchar. Con todo el cuerpo. Con las costillas. Con los ojos. Con el corazón si todavía late.</p>
<p>El Oriente antioqueño es una tierra de paradojas. Naturaleza brutal. Historia dolorosa. Riqueza mal repartida. Cultura a medias. Este lugar —El Odeón— parece un acto de reparación simbólica. Un intento de devolverle al tiempo su ritmo. A la tierra, su pausa. Aquí no hay conciertos. Hay rituales. Y los rituales, cuando son verdaderos, no se aplauden: se agradecen.</p>
<p>Todavía es joven. Recién nacido. Pero su alma viene de lejos. Como las catedrales góticas. Cada línea está ahí por algo. Cada decisión estética fue pensada como quien talla un rezo. No hay exceso. No hay sobra. Todo importa. Todo dice.</p>
<p>Falta una cosa. Y es urgente. Un piano. Uno digno. No prestado. No alquilado. Propio. Uno que haga cuerpo con el espacio. Que lo complete. Por eso están invitando a “donar una tecla”. Porque no se trata de plata. Se trata de fe. En la música. En el arte. En la posibilidad de que algo —por fin— suene donde antes solo hubo ruido.</p>
<p>Wagner decía que “la música empieza donde terminan las palabras”. Y este Odeón empieza justo ahí. En el umbral donde el lenguaje ya no alcanza. Donde hay que decir sin decir. Donde solo la música puede.</p>
<p>Y sí. En estos tiempos llenos de todo. Saturados de voces, de opiniones, de sonidos estridentes y verdades gritadas&#8230; necesitamos más silencios como este. Silencios que vibran. Que acunan. Que afinan.</p>
<p>Necesitamos más Odeones.</p>
<p>Aquí puedes donar para el piano.</p>
<p>https://vaki.co/es/vaki/un-piano-para-el-odeon-escondido-en-rionegro</p>
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        <author>Diana Patricia Pinto</author>
                    <category>Actualidad</category>
                    <category>Plétora</category>
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        <pubDate>Sun, 29 Jun 2025 20:45:29 +0000</pubDate>
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                <media:description type="plain"><![CDATA[El Odeón Escondido: un santuario musical en el corazón del Oriente antioqueño]]></media:description>
                <media:credit role="author" scheme="urn:ebu">Diana Patricia Pinto</media:credit>
            </media:content>
                            </item>
        <item>
        <title>¿Qué significa que nunca te hayas roto un hueso? ¿Eres un ser especial?</title>
        <link>https://blogs.elespectador.com/actualidad/pletora/que-significa-que-nunca-te-hayas-roto-un-hueso-eres-un-ser-especial/</link>
        <description><![CDATA[<p>Llevo días viendo unas publicaciones con una pregunta ridícula que encontré en redes: —¿Nunca te has fracturado un hueso? Entonces podrías ser una semilla estelar. Ciencia, mística y algoritmo, todos en la misma frase. Jajaja. Y la frase: “Si nunca te has roto un hueso, eres un ser especial. Una semilla estelar. Una entidad cósmica [&hellip;]</p>
]]></description>
        <content:encoded><![CDATA[<p>Llevo días viendo unas publicaciones con una pregunta ridícula que encontré en redes:</p>
<p>—¿Nunca te has fracturado un hueso? Entonces podrías ser una semilla estelar.</p>
<p>Ciencia, mística y algoritmo, todos en la misma frase. Jajaja.</p>
<p>Y la frase:</p>
<p><em>“Si nunca te has roto un hueso, eres un ser especial. Una semilla estelar. Una entidad cósmica enviada a sanar al mundo”.</em></p>
<p>Okey&#8230;</p>
<p>Hace rato vi una publicidad en Instagram. Una app te dice, si nunca te has roto un hueso en tu vida, de qué parte del espacio proviene tu alma. Así como lo lees: una app que te revela si eres una semilla sideral, un ser de luz cósmica, un elegido, enviado especial del universo. La señal de eso, aparentemente, es tener el esqueleto intacto. Como si las fracturas fueran una señal de humanidad defectuosa.</p>
<p>¿El algoritmo? Uno que mide tu número de fracturas óseas. Y si no tienes ninguna, <em>voilà</em>: misión estelar desbloqueada.</p>
<p>La app es paga —por supuesto— y según la información de Google Play, tiene más de 40 mil descargas. Es decir: más de 40 mil personas han pagado para que un grupo de pendejos les diga de qué constelación salió disparada su alma luminosa. Y lo peor no es eso. Lo peor es que hay gente que realmente lo cree. Que paga por leer un montón de inventos galácticos fabricados por hábiles mercaderes del misticismo, expertos en la industria del consuelo espiritual.</p>
<p>Gente que entendió que la necesidad humana de sentirse diferente&#8230; es un negocio redondo.</p>
<p>Porque eso es: un negocio. Una industria. Y bastante lucrativa.</p>
<p>Pero eso era solo el principio. Cuando empecé a investigar más, encontré un universo paralelo en TikTok. Gente que va más allá. Videos donde gente explica que esta “teoría” también tiene raíces bíblicas. Afirman que los no fracturados son mencionados en la Biblia. Que hay profecías. Dicen que hay pasajes en la Biblia —los citan, los leen con solemnidad— que prueban que quienes nunca se han roto un hueso son seres espirituales especiales. Enviados divinos. Una especie de elite esquelética celestial. Que si no te rompiste nunca nada, es porque eres parte de un ejército espiritual en la Tierra. Citaban a Zacarías. A Isaías. Juan. Aseguran que hay un plan.</p>
<p>Entonces tenemos dos bandos:</p>
<ol>
<li>Las semillas estelares que vienen de galaxias lejanas con una misión intergaláctica.</li>
<li>Los seres de luz bíblicos, también en misión, pero enviados directamente por el Altísimo.</li>
</ol>
<p>Ambos con huesos vírgenes de trauma, eso sí.</p>
<p>¿Y cuáles son esas misiones tan urgentes que tienen estos elegidos?</p>
<p>¿Salvar el mundo?<br />
¿Evitar el apocalipsis?<br />
¿Rescatar a la humanidad del colapso espiritual?<br />
¿Detener el calentamiento global con un mandala?<br />
¿Reorganizar la ONU?<br />
¿Subir reels con frases de Osho, Mercurio retrógrado y autoayuda?<br />
¿Compartir frases motivacionales en stories y energías de abundancia en formato carrusel?<br />
¿Bailar en TikTok para elevar la vibración del planeta?</p>
<p>Ambos con esqueletos impecables. Cristalinos. Cero fracturas.</p>
<p>¿Perdón? Así o más tonta va esta humanidad. Mi rehabilitadora cardíaca reemplazaría &#8220;tonta&#8221; por &#8220;maca&#8221;. Suena genial: <em>Así o más maca va esta humanidad</em>. Y lamento informar que el nivel de macadería está en subienda.</p>
<p>Semilla estelar. Es decir, alguien que viene de otro planeta, otra dimensión. Un alma pura. Elevada. Una que vino a salvarnos o a enseñarnos algo. Todo esto porque nunca te rompiste un dedo. Porque tus huesos no han hecho &#8216;crack&#8217;. Porque no fuiste a urgencias y saliste de allí con una radiografía en la mano y un yeso.</p>
<p>Una oleada de misticismo Instagram bautiza a los huesos intactos como una especie salvadora intergaláctica.</p>
<p>Hay cosas que uno no debería leer ni ver, podrían atrofiar las conexiones sinápticas del cerebro…</p>
<p>—Si nunca te has roto un hueso: eres un ser de luz. Especial. Has venido a sanar el mundo.</p>
<p>Realmente suena ridículo. Lo peor, lo que no deja de asombrarme&#8230; es que hay miles que lo creen. O quieren creerlo. Gente que nunca se ha roto un dedo y piensa que eso significa algo. Que son distintos. Que hay un mensaje cósmico en su integridad ósea.</p>
<p>Es solo suerte. Genética. Destreza motriz. Qué sé yo.</p>
<p>Cualquier cosa. Pero puedes estar seguro de que no tiene nada que ver con dimensiones ni energías ni ADN pleyadiano.</p>
<p>Me meto a revisar estadísticas, porque la duda ya es existencial. ¿Hay más team fracturados que team huesos vírgenes?</p>
<p>Estudio <em>Global Burden of Disease</em> (2019). Pum. 178 millones de nuevas fracturas óseas en el mundo. 455 millones de personas con síntomas agudos o secuelas.</p>
<p>Y la población mundial ese año era de 7.7 mil millones.<br />
Así que, haciendo la resta con cuidado (porque una nunca sabe si las matemáticas también son señales galácticas):<br />
≈ 7.245 millones de personas sin síntomas de fractura actuales.</p>
<p>¡Ta-tán! ¡Sorpresa!</p>
<p>Los no fracturados no son la excepción.</p>
<p>No son pocos.</p>
<p>No son selectos.</p>
<p>Son la mayoría de la población.</p>
<p>Pero eso no lo dice ni la app ni los videos de TikTok.</p>
<p>Si mencionaran que las estadísticas confirman que casi el 93 % de la población del planeta nunca se ha fracturado un hueso, la teoría de las semillas estelares se desbarata.</p>
<p>Por completo.</p>
<p>Los de la App dejan de facturar.</p>
<p>La filosofía podría ayudar. No lo sé. Nietzsche dijo que el hombre es algo que debe ser superado: el <em>Übermensch</em>. Y tal vez la nueva versión de ese “superhombre” es alguien que nunca se ha roto un hueso. ¿Qué diría Nietzsche? Creo que le da su yeyo.</p>
<p>Pero el mundo está roto. Lo puedo afirmar en cuanto a los huesos. Algunos lo dicen con relación al alma o al corazón, pero de eso no hay estadísticas.</p>
<p>En 2019 habían 7.7 mil millones de humanos de los cuales unos 7.2 mil millones tienen su estructura ósea intacta.</p>
<p>¿Y por qué, entonces, el mundo no es un lugar mejor, con tanto supuesto iluminado caminando sobre huesos intactos?</p>
<p>Casi todo el planeta no se ha roto un hueso. ¿Un grupo selecto? Paja.<br />
¿Eso los hace especiales? No. Se inventan cualquier estupidez y se la creen sin buscar una estadística.</p>
<p>La lógica detrás de la afirmación es más delgada que una hebra de cabello, pero no importa. Porque TikTok no exige lógica. Exige impacto. Y nada impacta más que decirle a una generación ansiosa que quizás… solo quizás… son especiales. Divinos. Intactos.</p>
<p>Solo hay que decirles: “<em>No te has roto un hueso porque eres diferente</em>”.<br />
Y en la mente de ellos surge un iluminado: “<em>Claro, ahora todo tiene sentido</em>”.</p>
<p>No se debe a que te tropiezas poco. La explicación es: porque eres cósmico.<br />
Casi todo el planeta es cósmico y está lleno de elegidos. Pero ellos no saben que los no fracturados son la mayoría. Ellos no buscan estadísticas, van a TikTok y lo confirman con unos cinco videítos donde influencers expertos lo explican.</p>
<p>A veces pienso que el algoritmo lo sabe todo. Más que uno. Detecta tus vacíos. Tus heridas. Tus ganas de ser distinto. Y te da lo justo. Ni más ni menos.<br />
Una voz seductora en tu pantalla te susurra: “<em>Tú, sí tú&#8230; viniste a sanar el mundo</em>”. No importa que no sepas qué sanar. Ni cómo.</p>
<p>Zygmunt Bauman lo llamó <em>modernidad líquida</em>. La identidad ya no es sólida. Se nos resbala. Se disuelve. Hay que volverla a crear cada mañana. ¿Y qué mejor que una app que diga “<em>eres del cosmos</em>”? ¡Maravilloso!</p>
<p>En estas sociedades líquidas o hipermodernas, ya el consumo no es solo comprar cosas. Ahora compramos narrativas personales. Se resume en el famoso “sí soy”.<br />
Yo soy este tipo de persona. Lo dice mi playlist. Mi app de meditación. Un tiktokero con una explicación espiritual&#8230; mis huesos sin fracturas.<br />
Y cada uno compite por su propia pequeña parcela de mito personal de sí mismo que construye en su mente, del que se quiere vanagloriar delante de otros.</p>
<p>¿A través de&#8230;? Redes sociales. Es obvio, no sé ni por qué escribí la pregunta.</p>
<p>Es un círculo que devora morales. Parece de conspiracionistas, pero no. Es capitalismo.<br />
Una app que te da una “misión cósmica” no es ingenua. Es puro y duro marketing espiritual: te venden un <em>yo</em> transformado a cambio de unos pesos.<br />
Funciona cada vez mejor porque la gente no siente que gasta, sino que invierte en entender su vida. En crear su narrativa personal. Una fantástica. Que lo hace sentir especial. Perteneciente a un grupo selecto. El que sea&#8230; pero selecto.</p>
<p>Probablemente estamos buscando son pretextos para no cambiar nada en nosotros y seguir siendo los mismos pendejos de siempre.</p>
<p>Creyéndonos los elegidos. Los <em>Neo</em> sin fracturas. La Matrix ósea.</p>
<p>Como si no haber tenido un yeso fuera una credencial espiritual.</p>
<p>¿Quién lo explica mejor? La sociología.</p>
<p>En un mundo sin grandes relatos, Lipovetsky dice que la identidad se vuelve fragmento. Parche. <em>Collage</em>.<br />
Queremos pertenecer a algo. Pero no demasiado. A algo especial. Queremos ser parte del grupo. Pero raros. Distintos.</p>
<p>Y puffs. Aparecen las tribus. Los sin fractura. Los que vibran alto. Los que no toman café porque los desancla de la quinta dimensión.<br />
Los que comen solo cosas verdes. Los que bailan para limpiar karmas ancestrales.<br />
Los que creen que sus huesos ilesos son una declaración metafísica.</p>
<p>Tenemos una necesidad (de muchas). Una necesidad profunda de sentirnos distintos.<br />
Porque si no somos distintos, somos reemplazables.</p>
<p>Y eso da miedo.</p>
<p>Si Michel Foucault viviera en este tiempo, diría: <em>epimeleia heautou</em>.<br />
En vez de querer sentirnos los elegidos, deberíamos cuidar de uno mismo como práctica activa. No para buscar likes.</p>
<p>Foucault diría:</p>
<p>“Transformarse. Esculpir el propio yo con honestidad”.</p>
<p>Lo llama una <em>poética del sí</em>: una forma de resistencia a los dispositivos de poder que nos disciplinan desde adentro.</p>
<p>Pero en lugar de eso, descargamos una app y ya.<br />
¿<em>Epimeleia</em>? No.<br />
Es el algoritmo diciendo: “<em>Tú, misión estelar confirmada</em>”.</p>
<p>El verdadero cuidado de sí mismo implica reflexión, trabajo interior. No una simple validación digital.<br />
Entender eso es una vaina complicada.</p>
<p>En mi caso… hace tiempo dejé de ser de huesos inmaculados.<br />
Fue un accidente leve. Tonto, incluso.<br />
De esos que parecen no tener consecuencias, pero terminan con un hueso roto y una historia cliché para contar.</p>
<p>Iba de pasajera en un carro. De pronto, el frenazo. La nariz contra la silla delantera. No tenía colocado el cinturón de seguridad&#8230; Crack.<br />
Se rompió mi nariz. Torpeza. Descuido. Me operaron.</p>
<p>¿Por qué no tenemos una categoría para los que se han roto huesos?<br />
De hecho, somos menos. Somos la excepción.<br />
Estadísticamente, casi todo el planeta no se ha roto un hueso.</p>
<p><em>&#8220;Los huesos frágiles. Almas delicadas con la misión de curar el mundo&#8221;.</em><br />
Debido a mi fractura de nariz, pertenezco a este grupo.<br />
Podría tener una pulsera. Un carné. Un podcast.<br />
¿De qué galaxia viene mi alma?</p>
<p>De 7.7 mil millones de terrícolas, unos 7.2 mil millones no se han fracturado un hueso.<br />
El planeta está lleno de sabios iluminados.</p>
<p>¿No deberíamos haber salvado ya al mundo con tanto iluminado, estelar, vibrante y crísticamente alineado caminando por ahí?</p>
<p>¿Por qué el mundo sigue siendo el mismo desastre?<br />
¿Dónde están sus misiones?<br />
¿Por qué no hemos alcanzado la paz mundial?<br />
¿Por qué no hemos logrado la empatía universal?<br />
¿Por qué no hemos puesto fin al capitalismo salvaje?</p>
<p>Y no será por falta de energía cósmica. Medio planeta vibra alto.</p>
<p>Más de siete mil millones de personas que no estaban rotas. ¿Semillas estelares todas?<br />
Si eso fuera cierto, con semejante ejército intacto, el mundo ya sería un paraíso.<br />
Un Edén de iluminados. Pero no. Mira a tu alrededor.</p>
<p>Mientras nos creemos semillas siderales, una parte del mundo está ardiendo.<br />
El genocidio de Gaza, sin que nadie lo detenga.<br />
Irán defendiéndose del ataque de Israel. Amenazado por EE. UU.<br />
Los gringos malinterpretando su delirio de policía planetario.<br />
Israel sembrando muerte con el aplauso de Europa.</p>
<p>Ríos de sangre en África. Siempre lejos de los noticieros.<br />
Sudán: más de 150.000 personas asesinadas.<br />
Doce millones desplazados por un conflicto que no parece tener fin.<br />
Congo oriental: masacres silenciadas. Milicias matando civiles. Miles de desplazados.</p>
<p>Y mientras tanto —una app le dice a algún pendejo no fracturado:</p>
<p><em>“Tú, sí tú&#8230; viniste a sanar el mundo”.</em></p>
<p>Ese mismo maco, “semilla sideral de Orión”, con la misión de sembrar paz, sale unas horas después a una marcha apoyando a Israel.<br />
Espiritualidad descargada desde Google Play.</p>
<p>Otra tonta se ve un video en Instagram y dice:</p>
<p><em>“Yo nunca me he fracturado. Soy una emisaria cósmica”.</em></p>
<p>Treinta minutos después de sentirse emisaria cósmica de amor, insulta a las personas diciéndoles <em>&#8220;indiamenta&#8221;</em> para menospreciarlas.<br />
Para esa semilla sideral, los indígenas no son personas.<br />
O por lo menos, de tan baja categoría, que no tienen derechos.</p>
<p>En otra latitud, hay otro humano viendo un video en TikTok que, con versículos bíblicos, dice que la teoría de los no fracturados sale en la Biblia.<br />
Y con eso ya se cree dentro del grupo de los elegidos bíblicos.<br />
Al día siguiente acosa a una empleada de la empresa, siendo él su jefe.<br />
Ella es madre soltera y necesita el trabajo.</p>
<p>Ya no es la hegemónica pureza de raza.<br />
Ahora es la fantasía de pureza ósea.<br />
Que si no me han enyesado nunca, es porque vine al mundo con una misión celestial.<br />
Budas en crocs<em>.</em></p>
<p>Historia cargada del cinismo de la complicidad: silencio, desinformación, indiferencia.</p>
<p>Creo que los que se rompen —sea un hueso o el corazón (metafóricamente, por supuesto)— tienen una pregunta interesante que plantearse:<br />
¿Qué hiciste después de romperte?<br />
¿Te cuidaste? ¿Te reconstruiste? ¿Aprendiste a colocarte el cinturón de seguridad?</p>
<p>Eso es lo más humano que existe.</p>
<p>Y mientras todos nos creemos únicos, destinados, enviados&#8230;<br />
El mundo sigue lleno de odio, violencia, desigualdad.</p>
<p>De pronto, un bombazo atómico.<br />
Y solo quedemos los que nos rompimos un hueso.<br />
Tremenda ironía. Una malísima broma sideral.</p>
<p>En cualquier momento surge otra teoría para crear el nuevo club de los especiales.<br />
Las nuevas semillas estelares:</p>
<p>“<em>Si se te caen mucho las cosas de las manos, es porque tus células están mutando a la quinta dimensión”.</em></p>
<p>No es broma. Lo vi. En TikTok.<br />
Con música de flautas andinas y voz de alien.</p>
<p>Posdata:<br />
Colombia, para 2024, tiene una población estimada de 52.700.000 habitantes.<br />
La información de los fracturados está dispersa, pero a partir de estos datos fragmentados, se puede establecer que aproximadamente el 90 % de la población colombiana no se ha roto un hueso.</p>
<p>Me costó mucho cruzar esos datos y llegar a una cifra promedio. Es un texto muy largo, así que no lo incluí.</p>
<p>Esto significa que el 90 % de los colombianos son semillas siderales. Estamos llenos de seres de luz. De elegidos bíblicamente.</p>
<p>Por eso será que Colombia es un paraíso de paz y amor.</p>
]]></content:encoded>
        <author>Diana Patricia Pinto</author>
                    <category>Actualidad</category>
                    <category>Plétora</category>
                <guid isPermaLink="false">https://blogs.elespectador.com/?p=117201</guid>
        <pubDate>Fri, 20 Jun 2025 16:12:43 +0000</pubDate>
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                <media:credit role="author" scheme="urn:ebu">Diana Patricia Pinto</media:credit>
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                            </item>
        <item>
        <title>Miguel Uribe, Laureano Gómez y la vieja ley del plomo</title>
        <link>https://blogs.elespectador.com/actualidad/pletora/miguel-uribe-laureano-gomez-y-la-vieja-ley-del-plomo/</link>
        <description><![CDATA[<p>7 de junio de 2025. A Colombia la sacuden los disparos. ¿Cuáles? ¿Cuántas personas fueron asesinadas en ese mismo instante, en la misma hora en que Miguel Uribe Turbay recibía varios balazos? Uno en la cabeza, que, según comunicado de la clínica, lo mantiene en estado delicado. ¿Por qué son esos disparos, los recibidos por [&hellip;]</p>
]]></description>
        <content:encoded><![CDATA[<p>7 de junio de 2025. A Colombia la sacuden los disparos.</p>
<p>¿Cuáles?</p>
<p>¿Cuántas personas fueron asesinadas en ese mismo instante, en la misma hora en que Miguel Uribe Turbay recibía varios balazos? Uno en la cabeza, que, según comunicado de la clínica, lo mantiene en estado delicado.</p>
<p>¿Por qué son esos disparos, los recibidos por Miguel Uribe, los que sacuden al país y no los que, a esa misma hora, impactan a un ciudadano de a pie, en cualquier rincón de Colombia?</p>
<p>Porque la violencia política ha sido el detonante de los periodos más violentos en nuestra historia. Pero hoy hay una diferencia: por primera vez, el atentado es contra un político de derecha.</p>
<p>En Colombia siempre han herido —y asesinado— a líderes, políticos y candidatos de izquierda o del espectro ultraliberal.</p>
<p>Miguel Uribe Turbay.</p>
<p>Otro nombre en la lista de atentados. ¿Cuántos van? Desde que Galán cayó en Bogotá aquel agosto del 89. No. Antes. Mucho antes.</p>
<p>1914. En la plaza de una Bogotá polarizada (estamos igual ¿no?) un hombre murió martirizado. El general Rafael Uribe Uribe. Un gigante liberal. Fecha: 16 de octubre de 1914 ¿El primero? De la historia de este territorio no. Del siglo XX, sí.</p>
<p>¿Cuándo empezó esto?</p>
<p>¿Quizás 1828?</p>
<p>Creo que mucho antes. Pero empecemos por aquí: Bolívar sobrevivió a puñaladas en Bogotá. Fecha: 25 de septiembre de 1828.</p>
<p>Antonio José de Sucre, el Mariscal. Asesinado en Berruecos. 1830. Uno de los generales más leales de Bolívar. Considerado un héroe de la independencia latinoamericana.</p>
<p>7 de junio de 1929. La Policía Nacional de Colombia asesina a Gonzalo Bravo Pérez. Estudiante de derecho de la Universidad Nacional.</p>
<p>Junto con otros estudiantes protestaba en Bogotá. Repudiaban la Masacre de las Bananeras. También el nombramiento del general Cortés Vargas, como jefe de policía de Bogotá. Responsable de dicha masacre.</p>
<p>Hoy, 8 de junio, se conmemora en el país el Día del Estudiante Caído.</p>
<p>¿Curioso?</p>
<p>¿La historia o la vida haciéndonos ironías?</p>
<p>Hace 96 años Colombia también fue sacudida por disparos. Pero estos balazos no le dolieron al país entero. “Los vándalos” que protestan solo le duelen a un sector del país.</p>
<p>Colombia gira sin parar dentro de un mismo circulo.</p>
<p>Amnesia histórica. En algunos, voluntaria y fingida. En otros, por física ignorancia.</p>
<p>Repetimos los acontecimientos una y otra vez.</p>
<p>Diferentes nombres y caras.</p>
<p>Gonzalo Bravo Pérez. No era político, ni senador, ni candidato. Solo un joven al que le dolía la injusticia y la muerte. Así que, creo, no va en este recuento de violencia política.</p>
<p>Pero había que mencionarlo. Recordarlo es una obligación en esta coincidencia de fechas.</p>
<p>Colombia no es un país de sensatos.</p>
<p>Desde siempre dividida. Polarizada entre dos corrientes ideológicas.</p>
<p>Antes, conservadores y liberales.</p>
<p>Hoy, derecha e izquierda.</p>
<p>Los primeros siempre matando y acorralando a los segundos.</p>
<p>No lo digo yo. Lo dice la historia.</p>
<p>Tolerancia y respeto. Dos palabras usadas a diestra y siniestra en este país tricolor. Ambas palabras vulgarizadas. Ninguna de esas dos palabras tiene significado en la psique de la élite colombiana. Y, para ser justa, tampoco en la del colombiano promedio.</p>
<p>Walter Benjamin lo explicó dolorosamente en sus escritos: en cada época se reescribe la historia con violencia. Una síntesis de sus palabras.</p>
<p>1930 y 1934. Liberales y conservadores se enfrentaban en zonas rurales y urbanas. No cabían en Colombia dos vertientes políticas. Y solo una quería conservar el poder, aniquilando a la nueva que surgía (liberalismo).</p>
<ol start="1940">
<li>Inolvidables las amenazas de Laureano Gómez en el Senado:</li>
</ol>
<p>&#8220;¡Llegaremos hasta la acción intrépida y el atentado personal… y haremos invivible la República!&#8221;</p>
<p>Ahí lo dijo todo:</p>
<p>Eres un político que piensa diferente a mí: bala.</p>
<p>Eres un político que quiere quitarnos el poder: bala.</p>
<p>Tu ideología me molesta: bala.</p>
<p>La bala como argumento político. Tan vieja como la república colombiana misma.</p>
<p>El pensamiento de Laureano Gómez ha estado —y sigue estando— presente en la mente de la élite colombiana. Y en una parte del pueblo… esa que se cree élite.</p>
<p>1948. Nueve de abril. El asesinato de Jorge Eliécer Gaitán. Candidato liberal a la presidencia. Un punto de inflexión en la historia de la (violenta) política colombiana. El &#8220;Bogotazo&#8221;. Ardió Colombia en una serie de protestas violentas: 3.000 muertes.</p>
<p>Paradoja: Matan para silenciar. Pero el muerto habla más fuerte.</p>
<p>Inició una década de conflicto. 1948 a 1958. Conservadores mataban a liberales. Estos últimos se defendían. Del país se apoderó una violencia generalizada. Surgieron grupos armados y guerrilleros. Fue una &#8220;guerra civil no declarada&#8221;.</p>
<p>1958: crearon el Frente Nacional. Parecía una solución “pacífica y armónica” al conflicto. Mentiras. Un acuerdo entre los partidos liberal y conservador para compartir el poder. Este año tú, el que viene yo. Este periodo la presidencia es roja, el próximo es azul… se repartieron el poder.</p>
<p>El corrupto acuerdo bipartidista no erradicó la violencia política: solo la dirigió a otro lado.</p>
<p>El poder político en Colombia solo puede caer en manos de dos colores: azul y rojo. Y aunque nuestra bandera es tricolor, dentro de ese acuerdo de repartición de poder no cabe el amarillo. Ni ningún otro color.</p>
<p>Y tampoco todos los rojos. Esos rojos más liberales de lo normal… ya no eran rojos, eso es como magenta… todo lo que tuviera otro color recibía la lección de Laureano Gómez: bala.</p>
<p>Asesinaban a todo político que desafiaba el orden establecido.</p>
<p>Los políticos colombianos no quieren la paz. Ni hoy ni hace 70 años.</p>
<p>1957. Asesinaron a los líderes liberales amnistiados. Entre ellos: Guadalupe Salcedo. Emblemático líder guerrillero liberal de los Llanos Orientales. Se desmovilizó. Se acogió a la amnistía ofrecida por el gobierno de Rojas Pinilla. Pero fue asesinado poco después de su desmovilización. Así asesinaron a otros líderes desmovilizados. Los políticos que nos han gobernado incumpliendo y rechazando procesos de paz desde hace 70 años.</p>
<p>Entran nuevos participantes a la violencia colombiana: la droga y sus carteles.</p>
<p>Las décadas de 1980 y 1990. Las épocas de sangre que recuerdan las generaciones que estamos aquí. Pero a algunos se les olvidó quiénes apoyaron tanto dolor.</p>
<p>1986. Pedro Nel Jiménez Obando. Asesinado. Fue senador de la UP.</p>
<p>1987. Jaime Pardo Leal. Unión Patriótica (UP). Candidato presidencial, víctima del exterminio de la UP.</p>
<p>1988. Gildardo Castaño Orozco. Asesinado. Fue concejal de Pereira por la UP.</p>
<p>1989 y 1990. Tres candidatos a la presidencia asesinados en ocho meses durante el ciclo electoral: Luis Carlos Galán, Bernardo Jaramillo Ossa y Carlos Pizarro Leongómez. Nivel extremo de violencia política.</p>
<p>1989. También: Gabriel Jaime Santamaría. Asesinado. Perteneciente a la UP. Fue vicepresidente de la Asamblea de Antioquia.</p>
<p>Aniquilaron a todos los lideres de la UP. En 2014 la Fiscalía General de la Nación declaró estos crímenes como de lesa humanidad. Reconoció que todo fue planeado por sectores políticos tradicionales, en alianza con las fuerzas militares del estado colombiano, narcos y paramilitares.</p>
<p>El objetivo: impedir el ascenso de movimientos de izquierda en la política colombiana.</p>
<p>2023: la Corte Interamericana de Derechos Humanos declaró al Estado colombiano responsable de este exterminio político. Fue descrita como &#8220;genocidio político&#8221;. Una eliminación sistemática de un proyecto político completo.</p>
<p>Aquí es donde resuenan, otra vez, las amenazas de Laureano Gómez en el Senado en 1940:</p>
<p>&#8220;¡<em>Llegaremos hasta la acción intrépida y el atentado personal… y haremos invivible la República</em>!&#8221;.  </p>
<p>Y eso fue lo que hicieron ¿No? Asesinaron a todo el que tenía posibilidad de llegar. Que no hacia parte del acuerdo bipartidista. O que sus ideas fueran tan liberales y limpias que serian capaces de transforma este país. Les aplicaron la ley de la bala.</p>
<p>Hannah Arendt lo dijo claro: &#8220;La violencia es muda por naturaleza&#8221;.</p>
<p>Pero aquí, en Colombia, grita. Siempre grita.</p>
<p>Los cadáveres son banderas. Los ataques: editoriales de sangre seca ¿Escritos por quién? Generalmente por los de siempre. Diestros y bien portados.</p>
<p>¿Miguel Uribe Turbay? No hace parte de ese grupo.</p>
<p>¿Entonces por qué?</p>
<p>¿Quién?</p>
<p>¿Para qué?</p>
<p>Dudo que esas preguntas sean respondidas con verdades.</p>
<p>Uribe Turbay. Centro Democrático.</p>
<p>¿Importa el color?</p>
<p>La sangre sale igual de roja.</p>
<p>Miguel está vivo. Todos queremos que siga respirando. Que siga diciendo inmensas estupideces en sus redes sociales.</p>
<p>Podemos no coincidir jamás con su pensamiento de derecha. Pero lo queremos vivo.</p>
<p>El discurso de Laureano Gómez no hace eco del lado izquierdo del río.</p>
<p>Aquí no se aplica la ley de la bala para silenciar.</p>
<p>Lo sufrieron en carne viva por décadas.</p>
<p>Creo que lo que todos queremos es un puente. Uno que una ambas orillas.</p>
<p>Por el que se pueda transitar sin miedo.</p>
<p>Pero Colombia no ha sido nunca un país de unión.</p>
<p>Ni de puentes.</p>
<p>Colombia: violencia circular.</p>
<p>Círculo vicioso con olor a pólvora barata.</p>
<p> </p>
<p>¿Por qué seguimos así?</p>
<p> </p>
<p>Hegel hablaba de la dialéctica.</p>
<p>Tesis: poder.</p>
<p>Antítesis: resistencia.</p>
<p>¿Síntesis? Un féretro.</p>
<p>Aquí la historia no avanza. Da vueltas. Como un perro que se muerde la cola.</p>
<p> </p>
<p>Filosofía práctica:</p>
<p>Maquiavelo: &#8220;El fin justifica los medios&#8221;.</p>
<p>Gandhi: &#8220;Ojo por ojo y el mundo acabará ciego&#8221;.</p>
<p>Colombia eligió a Maquiavelo. Pero sin el Príncipe. Hoy solo mercenarios con smartphones. Y no son sólo los que disparan.</p>
<p>Lo peor: la normalización. Desayunar y cenar con noticias de balas. ¿Cuándo dejamos de temblar?  Una cita apócrifa Galeano: &#8220;La costumbre de matar se ha vuelto costumbre de morir&#8221;.</p>
<p>¿Existe salida?</p>
<p>¿Y si la única resistencia es no acostumbrarse?</p>
<p>¿Aunque duela?</p>
<p>¿Aunque no cambie nada?</p>
<p>Mientras la lista de nombres siga creciendo, las preguntas serán las mismas. A la espera de respuesta.</p>


<p></p>




]]></content:encoded>
        <author>Diana Patricia Pinto</author>
                    <category>Actualidad</category>
                    <category>Plétora</category>
                <guid isPermaLink="false">https://blogs.elespectador.com/?p=116754</guid>
        <pubDate>Mon, 09 Jun 2025 04:40:11 +0000</pubDate>
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                <media:description type="plain"><![CDATA[Miguel Uribe, Laureano Gómez y la vieja ley del plomo]]></media:description>
                <media:credit role="author" scheme="urn:ebu">Diana Patricia Pinto</media:credit>
            </media:content>
                            </item>
        <item>
        <title>Es Kalamarí no Cartagena de Indias</title>
        <link>https://blogs.elespectador.com/actualidad/pletora/es-kalamari-no-cartagena-de-indias/</link>
        <description><![CDATA[<p>Kalamarí: tierra de cangrejos (I) Ya los cangrejos no son los reyes de estas tierras. Ya no abundan por las playas como fue hace más de 492 años. ¿Ustedes se imaginan cómo era de grande la población de cangrejos que los habitantes autóctonos de este lugar —sí, los verdaderos dueños del manglar— consideraron que esta [&hellip;]</p>
]]></description>
        <content:encoded><![CDATA[<h5><strong>Kalamarí: tierra de cangrejos (I)</strong></h5>
<p>Ya los cangrejos no son los reyes de estas tierras. Ya no abundan por las playas como fue hace más de 492 años.</p>
<p>¿Ustedes se imaginan cómo era de grande la población de cangrejos que los habitantes autóctonos de este lugar —sí, los verdaderos dueños del manglar— consideraron que esta era tierra de cangrejos?</p>
<p>La diversidad de cangrejos debió ser enorme. Un territorio libre y salvaje donde las pinzas reinaban.</p>
<p>¿Quedará un cangrejo tataranieto de algunos de esos que gobernaron este territorio?</p>
<p>Kalamarí: ese es el verdadero nombre de Cartagena de Indias. Y debo decir que Kalamarí es mil veces más hermoso, sonoro y auténtico. No había, en esa época, más ciudades llamadas Kalamarí, y hoy no hay en todo el mundo una ciudad llamada Kalamarí&#8230; pero Cartagena, hay varias Cartagenas.</p>
<p>1533. Un año que partió en dos el futuro de una civilización, la historia de un pueblo, el destino (¿existe?) de los habitantes originales de una tierra que era suya desde hacía 6.000 años a. C., en la que nacieron generación tras generación hasta que vinieron unos en barco y decidieron que ahora esa tierra de cangrejos era de ellos.</p>
<p>Lo primero que encontraron los españoles cuando tocaron la arena de Kalamarí fue cangrejos.</p>
<p>Cientos, miles. Los otros habitantes autóctonos y legendarios propietarios de ese territorio.</p>
<p>Luego, humanos. Habitantes también. Dueños también.</p>
<p>Eran tantos cangrejos que, como población dominante, debían ser colonizados… o <em>genocidiados</em> (no existe esa palabra, lo sé), en caso de que fueran <em>incolonizables</em> (otro neologismo).</p>
<p>Eran muchos cangrejos. Una buena fuente de esclavos para labores pequeñas y, si morían los esclavos con tenazas, se convertían en comida… pensó un español colonizador.</p>
<p>Entonces, los españoles también decidieron que los cangrejos, salvajes y rebeldes ellos, eran una molestia. También había que “civilizarlos”, dijeron los españoles. Pero no pudieron imponerles creencias ni obligarlos a una religión.</p>
<p>No pudieron imponerles la cruz, ni el padrenuestro, ni la culpa.</p>
<p>La “religión” de los cangrejos es el mar y la arena, y la llevan en el ADN.</p>
<p>Los españoles se dieron cuenta de que no podían civilizar a los cangrejos. No tenían intérpretes de su idioma de pinzas y cantos marinos. Así que no les podían cambiar su idioma hasta que su lengua desapareciera.</p>
<p>Creo que ese es el paso uno dentro del manual de un colonizador: extinguir la lengua autóctona para que no cuenten su historia en su idioma. Sin su lengua viva se borra la memoria de su pueblo. Obligándolos a hablar la lengua del colonizador evitan revoluciones secretas.</p>
<p>No olvidar jamás: sin lengua no hay memoria. Sin memoria no hay resistencia.</p>
<p>Pero los españoles, con los cangrejos, no podían hacer eso.</p>
<p>Paso dos del manual del colonizador: dominar el cuerpo.</p>
<p>Los cangrejos caminan hacia atrás y de lado, aunque los españoles querían que caminaran rectos y de frente, como marchando. Era imposible. Los cangrejos caminan como caminan.</p>
<p>Si el cuerpo deja de ser tuyo, la mente también.</p>
<p>Si las decisiones sobre su cuerpo las toma alguien poderoso. Si el cuerpo lo pueden marcar y herir a su antojo, le quitan las alas a las mentes y las encadenan a la tierra, con la vista al suelo para que no miren el cielo y piensen en libertad.</p>
<p>Si esos cuerpos no se pueden vestir como desean, con eso rompen voluntades.</p>
<p>Y si ya sus cuerpos no pueden ser pintados y adornados como lo hacían por su cultura, entonces allí muere la rebeldía…</p>
<p>Eso es un punto básico en el manual colonizador: controlar los cuerpos de los colonizados.</p>
<p>Pero los españoles no pudieron hacer eso con los cangrejos.</p>
<p>¿Cómo vas a domesticar unas pinzas salvajes?</p>
<p>¿Unos ojos compuestos que lo ven todo desde ángulos imposibles?</p>
<p>Ojos de pedúnculo móvil, formados por omatidios hexagonales.</p>
<p>Cada uno con su córnea y su cristalino.</p>
<p>Una visión panorámica que el colonizador no podía comprender ni controlar.</p>
<p>Unos ojos así no pueden ser controlados por los colonizadores. Es que ni siquiera los entienden.</p>
<p>Todo colonizador que zarpara en un barco hacia las Indias debía comprar en el puerto el <em>Manual del Colonizador</em> y aprendérselo. Eso era un requisito obligatorio. Sin ese manual no te podías subir a un barco para invadir territorios ajenos. Y ese manual estaba en varios idiomas. Existía hacía siglos.</p>
<p>La versión en inglés era la más vendida. Fueron los ingleses quienes hicieron su mayor actualización. Esos eran expertos en colonizar y arrasar con pueblos.</p>
<p>El otro paso dentro del manual colonizador es asesinar creencias e imponer las suyas como únicas verdades.</p>
<p>¿Cambiarles la religión a los cangrejos?</p>
<p>¿Cómo se hace eso?</p>
<p>¿En qué cree un cangrejo?</p>
<p>Creo que esa es la primera pregunta.</p>
<p>Y yo no se las puedo responder. Habría que preguntárselo a un cangrejo.<br />Pero ellos ya no hablan con humanos.</p>
<p>Después del exterminio que hicieron con su pueblo los españoles en 1533, los cangrejos no hablan con humanos.</p>
<p>Fingen demencia marina y huyen de nosotros.</p>
<p>Si tenemos suerte, nos ignoran.</p>
<p>Supongo que los españoles entraron en esa encrucijada: ¿En qué creen los cangrejos? ¿Cuál es su dios?</p>
<p>O no, mentiras, no creo que les interesara saberlo y menos comprenderlo. Lo único que les interesaba era que murieran las creencias de los cangrejos, y que los habitantes con pinzas creyeran en la religión de España.</p>
<p>Pero fue imposible enseñarles la Biblia a los cangrejos.</p>
<p>No se puede evangelizar una pinza.</p>
<p>¿Cómo puedes obligar a un cangrejo a que no crea que el mar es su vida y su salvación?</p>
<p>Los cangrejos son <em>incolonizables</em>. A esa conclusión llegaron los españoles.</p>
<p>Y entonces siguieron el siguiente capítulo del manual: aniquilar lo que no se puede o no se quiere colonizar.</p>
<p>Genocidio se llama, cuando se trata de humanos.</p>
<p>Entonces un grupo de españoles se dedicó a cazar cangrejos para hacer sopas con ellos.</p>
<p>Miles de cangrejos murieron. Pinzas destrozadas por las playas.</p>
<p>Los sobrevivientes huyeron o se escondieron.</p>
<p>Entonces esta tierra dejó de ser Kalamarí para convertirse en Cartagena de Indias.</p>
<p>Pero los habitantes de Kalamarí no eran solo cangrejos. Había milenios de ocupación humana. Allí vivían civilizaciones desde alrededor del 6000 a. C.</p>
<p>Civilizaciones enteras.</p>
<p>Alfareros expertos.</p>
<p>Agricultores de maíz y yuca.</p>
<p>Los arqueólogos —que son los que cuentan la historia de ese pueblo porque ya no sobreviven para contarla— dicen que por estas tierras se hallaron los objetos de cerámica más antiguos de América.</p>
<h5><strong>La historia que no nos enseñan de esta tierra (II)</strong></h5>
<p>Kalamarí. Antes del estandarte. Antes del santo. Antes del nombre que no era suyo.</p>
<p>Antes de 1533, esta tierra ya tenía nombre, casa, historia, belleza. No era un “descubrimiento” esperando bautizo. Era un cuerpo vivo, respirando en lenguas que hoy no escuchamos.</p>
<p>Era civilización. Aunque eso no les guste. Aunque no lo acepten. Aunque lo nieguen.</p>
<p>Varias culturas convivían aquí, entre agua e islas. Los pueblos de la bahía de Cartagena —sí, de <em>nuestra</em> bahía— eran parte de la subfamilia Mocanae, de la familia Karib. Karib, como el mar que luego llevaría el nombre en su idioma. No estaban aislados, ni eran silvestres. Tenían arquitectura, sistemas defensivos, alianzas. ¿Sabías que sus casas eran circulares, con techos altos? Rodeadas de empalizadas. ¿Para protegerse de qué? ¿De quién? Tal vez sabían que algo venía.</p>
<p>Kalamarí estaba en el centro. Justo donde hoy está Cartagena de Indias. Fueron ellos quienes le dieron el nombre. No los conquistadores.</p>
<p>Tenían un cacique, como los reyes de allá. Y tenía pactos con los otros pueblos que rodeaban la bahía. Los Carex en Tierrabomba. Los Bahaire en Barú —cuando aún era una península—. Los Cospique por la costa oriental. Y los Yurbaco, allá arriba en Turbaco, valientes, inquietos, indomables… eso dicen las crónicas.</p>
<p>¿Indomables? Qué palabra más española para algo tan profundamente humano.</p>
<p>Y estaban también los Zenú. Más allá. Entre ríos y ciénagas. Gente de oro, de canales, de ciencia hidráulica. En San Jacinto, Calamar&#8230; No estaban lejos. Estaban dentro. Se tocaban entre sí, pueblos que hablaban entre lenguas distintas.</p>
<p>Los Kalamarí, tenían un sistema social, económico y político.</p>
<p>Un cacique. Pero no mandaba solo. Estaba el Tarpanaxy, el consejo de los escogidos. Pensaban juntos.</p>
<p>¿¿Primitiva la sociedad de Kalamarí??</p>
<p>Mmm, ¡ni de vaina!</p>
<p>Su estructura política era muy parecida a la española —por supuesto, más pequeña y menos compleja, por el tamaño de territorio y con una diferencia importantísima: no invadían continentes.</p>
<p>Así que los “primitivos” de Kalamarí compartían rasgos estructurales de las sociedades premodernas no democráticas con los españoles. Sin olvidar: eran sistemas distintos, adaptados a sus propias cultura, territorios, tiempos y realidades.</p>
<p>¿Primitivos?<br />Nunca.</p>
<p>Y las alianzas. No eran de papel. Diplomacia pura. Cada doce lunas se reunían. Caciques de pueblos como Carex, Matarapa, Cocon, Bahaire. Asambleas presididas por Kalamarí.</p>
<p>Doce lunas. Como relojes sin manecillas.</p>
<p>Los habitantes de Kalamarí pagaban impuestos, así como lo lees: un tributo al cacique, una vez cada doce lunas. Los más pudientes lo hacían en metales; los demás, con trabajo proporcional al valor correspondiente.</p>
<p>Este sistema revela una organización económica estructurada y una clara forma de estratificación social.</p>
<p>¿Te suena?</p>
<p>¿No es eso lo que también hacían los españoles? Sí.</p>
<p>Solo que allá le llamaban diezmo, feudo, vasallaje. Aquí era luna, oro y trabajo.</p>
<p>No eran un puñado de familias nómadas. No. Eran estructuras. Caciques, consejos, tributos. Diplomacias. Como en Castilla, pero sin castillos. Y sin necesidad de ellos.</p>
<p>La arqueología lo susurra. Lo grita en susurros si uno escucha con atención. Más de 6.000 años de presencia humana aquí. Puerto Hormiga. La alfarería más antigua de América. DE TODA AMÉRICA. Ese pedazo de cerámica que nunca aparece en los textos escolares, ese que debería hacernos saltar de orgullo.</p>
<p>Y luego eso. La frase:</p>
<p><em>“Un precario emplazamiento español sobre un asentamiento indígena perfecto”.</em></p>
<p>Lo dijeron los cronistas. Los propios conquistadores: ¡PERFECTO!</p>
<p>¿Te das cuenta de lo que significa?</p>
<p>No fundaron nada. Usurparon algo que ya estaba bien hecho. No construyeron sobre un pantano de manglar, sino sobre una ciudad viva.</p>
<p>La perfección indígena les sirvió de cimiento. Cartagena fue, desde el primer día, una copia encima de algo superior a lo que los españoles supieron entender.</p>
<p>¿Y la espiritualidad? ¿Qué pasó con eso?</p>
<p>Los españoles tenían santos. Ellos, soles. Tenían vírgenes. Ellos, lunas. Tenían infiernos. Ellos, jaguares, serpientes, ranas.</p>
<p>Los Kalamarí celebraban la luna nueva. No era oscuridad. Era comienzo.</p>
<p>Eran politeístas, sí. Pero no salvajes. Cada quien puede creer en lo que le de la gana.</p>
<p>Tenían Mohanes Capahíes, adivinos. Jadcadhíes, sacerdotes. Ayunaban, se maceraban, vivían en sacrificio.</p>
<p>Y los templos… los <em>caneis</em>, dicen que guardaban estatuas de Genios buenos y malos. Me recuerda a los ángeles y demonios de la biblia. ¿Pero quién copia a quién cuando nadie mira?</p>
<p>Los cronistas decían que eran pacíficos… hasta que los tocaban. Entonces se volvían guerreros. ¿Acaso no harías tú lo mismo si te quieren quitar tu tierra? ¿Si te quieren asesinar por ello?</p>
<p>Kalamarí no era una &#8220;aldea&#8221;. Era una red compleja. Política. Económica. Ritual.<br />No era Europa, pero sí era mundo.</p>
<p>Y tenían lengua. Mokaná. Un idioma de agua y tierra. Que los cangrejos, dicen, entendían. Que los humanos sabían hablar con las pinzas. Hoy quedan unas 500 palabras. Nada. Todo ¿Catastrófico? ¿no?</p>
<p>Una lengua no es solo cómo dices las cosas. Es cómo las ves. Cómo entiendes el tiempo, el dolor, el amor, el miedo. Es un universo. El universo de quien la habla. Es memoria colectiva. Es la identidad de un pueblo. ¿Recuerdan? Es un paso del manual del conquistador. Ese que no pudieron aplicar en los cangrejos.</p>
<p>El Mokaná se perdió. O más bien, la hicieron desaparecer. Porque eso también fue conquista: silenciar.</p>
<p>Rodrigo de Bastidas llegó en 1502. Nombró la bahía &#8220;Golfo de Barú&#8221;. Quiso conquistar, pero los Kalamarí lo recibieron con flechas envenenadas. Se fue.</p>
<p>Y un año después, en 1503, la Reina Isabel —la “católica”— autorizó su captura y esclavización. Porque resistían. Los Kalamarí debían ser esclavos: por rebeldes y primitivos.</p>
<p>Eso fue la primera justificación: se rebelan, por tanto esclavízalos. Así empieza la historia que nos negaron.</p>
<p>Y luego Pedro de Heredia. Ningún “don” como le dicen. 1533. Llegó el Cacique Corinche lo engaña. Le dice que hay agua donde no la hay. Luego lo ataca. Lo intenta. Pero falla. A pesar de la emboscada, Heredia sobrevivió.</p>
<p>Y comenzó el desastre: Heredia regresó a Kalamarí, destruyó la &#8220;choza&#8221; del cacique y sobre ella clavó un letrero que decía &#8220;San Sebastián de Calamarí&#8221;. Entonces, empezó a agonizar Kalamarí hasta que falleció y hoy nadie la recuerda.</p>
<p>Cartagena de Indias se funda encima.</p>
<p>En esta ciudad se olvidaron de los primeros.</p>
<p>Los que estaban aquí mucho antes de las piedras, antes de las murallas, antes del nombre.</p>
<p>Los que hablaban una lengua que hoy apenas sobrevive en unas 500 palabras, dispersas, incompletas, como si el viento las hubiese ido arrancando de la boca del tiempo.</p>
<p>Nadie habla de ellos.</p>
<p>A mí ni siquiera me los enseñaron en el colegio.</p>
<p>¿Y a los niños de la actual Cartagena?</p>
<p>¿Les cuentan quiénes vivieron aquí seis mil años antes de Cristo?</p>
<p>¿Saben, al menos, que esta tierra no siempre se llamó Cartagena?</p>
<p>¿Que por milenios se llamó Kalamarí?</p>
<p>Durante aproximadamente 7.533 años —sí, léelo bien— vivieron aquí civilizaciones enteras. Tenían dioses, calendarios, oficios, rituales, saberes.</p>
<p>Y un día, hace 492 años, llegaron en grandes barcos unos hombres extranjeros.</p>
<p>Vinieron con cruces, espadas y pólvora.</p>
<p>Y decidieron que esta tierra era suya.</p>
<p>Que podían arrebatarla.</p>
<p>Que podían esclavizar a quienes la habitaban.</p>
<p>Que podían borrarlos.</p>
<p>Borrarlos del mapa, de la historia, del habla. De la memoria.</p>
<p>¿Eso es lo que hay que conmemorar?</p>
<p>¿Eso es lo que se celebra cada año con desfiles, parrandas y discursos?</p>
<p>Yo ya tengo mi respuesta. Ya se las escribí. Solo te invito a pensar la tuya.</p>
<p>Cuestiónatela.<br />Porque a veces celebrar sin memoria también es una forma de violencia.<br />Silenciosa.<br />Cómplice.<br />Letal.</p>


<p></p>
]]></content:encoded>
        <author>Diana Patricia Pinto</author>
                    <category>Actualidad</category>
                    <category>Plétora</category>
                <guid isPermaLink="false">https://blogs.elespectador.com/?p=116412</guid>
        <pubDate>Sun, 01 Jun 2025 21:12:06 +0000</pubDate>
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                <media:credit role="author" scheme="urn:ebu">Diana Patricia Pinto</media:credit>
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                            </item>
        <item>
        <title>El día que un elefante se sentó en mi pecho</title>
        <link>https://blogs.elespectador.com/actualidad/pletora/el-dia-que-un-elefante-se-sento-en-mi-pecho/</link>
        <description><![CDATA[<p>Hay palabras que no saben cargar tanto peso. Como “gracias”, por ejemplo. “Gracias” suena tan corta. Eduardo Galeano tiene un cuento en el que las palabras están guardadas en frascos. “Gracias”, tan corta y tan simple, como si cupiera en un mini frasquito. Un simple gracias no alcanza para agradecer un corazón reparado. Ni para [&hellip;]</p>
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        <content:encoded><![CDATA[<p>Hay palabras que no saben cargar tanto peso. Como “gracias”, por ejemplo. “Gracias” suena tan corta. Eduardo Galeano tiene un cuento en el que las palabras están guardadas en frascos. “<em>Gracias</em>”, tan corta y tan simple, como si cupiera en un mini frasquito. Un simple gracias no alcanza para agradecer un corazón reparado. Ni para agradecer el tiempo extra que me regalaron para seguir existiendo. Por eso existe este escrito, se necesitan más palabras que un gracias, así repita ese “gracias” muchas veces. No es suficiente. Y tampoco sé si este escrito logre ese cometido, de expresar el agradecimiento que siento en este corazón recién reparado.</p>
<p>Un infarto no suena a lo que es. “Infarto” parece palabra de noticiero. Lejana. Fría. Algo que les pasa a otros. A cuerpos ajenos. Uno no piensa “<em>me va a pasar</em>”. Hasta que. Hasta que pasa. Y sí, a mí.</p>
<p><em>“El corazón se cansa de tanto cargar lo que callamos”</em>. Eso lo leí una vez. Tal vez fue Galeano. O Benedetti. O una cadena de WhatsApp. ¿Importa? ¿Callo demasiado? ¿No lo creo? Al mío le pasó otra cosa.</p>
<p>25 de marzo. Estaba en mi casa viendo una serie. Y de pronto sentí… algo. Un algo tan enorme que no cabe en esta frase. No era dolor, al principio. Era una opresión. Un bloque de cemento sobre el pecho. Un elefante recostado entre el cuello y los senos. Un gigante invisible enfadado pisándome el centro del cuerpo.</p>
<p>Y atrás, en la espalda, algo nuevo. Un dolor que no era dolor. Algo que no había sentido jamás y que aún hoy no puedo traducir a palabras. Le dije a mi mamá:<br />
<em>“Algo me está pasando. No sé qué es. Pero es algo malo”.</em></p>
<p>Y lloré. No por tristeza. No por consciencia. Mi cuerpo lloró solo. Sabia antes que yo lo que estaba pasando. Se desbordaba por instinto. Como si llorar fuera una forma de evitar la muerte: “<em>de pronto la sacamos por los ojos</em>”.</p>
<p>Esa sensación duró&#8230; ¿diez minutos? No sé. No conté el tiempo porque el tiempo se rompió. Solo recuerdo que después bajó. No se fue, pero aflojó. Y pude hablar bien. Llamar. Pedir ayuda. Y entonces, gracias a mis seres queridos, fui al hospital.  Correr a la vida. Correr para no déjame alcanzar por nubes oscuras.</p>
<p>Y entré a ese hospital Serena del Mar, a urgencias, caminando. Porque uno camina. Incluso con el corazón en huelga. Coherente. Y también hablando. Pero, sobre todo: viva.</p>
<p>Abro paréntesis (porque esto no tiene orden): Epicteto decía que <em>“no nos afecta lo que nos sucede, sino lo que nos decimos sobre lo que nos sucede”</em>. Mentira. Sí nos afecta lo que nos sucede. Y también lo que decimos sobre ello ¿Qué me dije mientras un elefante aplastaba mi pecho?</p>
<p>No sé qué tipo exacto de infarto me dio. No he preguntado con exactitud. Me dio miedo, me da miedo. Tampoco acudí a Google, no es médico. Solo sé que no me mató al instante, como pasa tantas veces.</p>
<p>Dos médicos salvaron mi corazón. El doctor José Fernando García Núñez, mi cardiólogo. Y el doctor Hernán Darío Fernández Cuartas, mi cirujano cardiovascular.</p>
<p>Primero, el doctor José Fernando García lo supo. Lo detectó. Con pruebas que examinaron mi sangre. Me lo dijo sin rodeos pero con dulzura: <em>Tuviste un infarto.</em> Y su voz, aunque era la confirmación de lo temido, no sonó como sentencia. Sonó como compañía. Tiene esa sonrisa él, esa que abriga, esa que calma. No todos los médicos la tienen.</p>
<p>El doctor García me hablaba como si mi mundo no estuviera por colapsar. Como si todo pudiera ordenarse con una frase simple: “<em>tranquila, todo va a salir bien</em>”. ¿Cómo hace alguien para decir eso sin que suene a frase vacía? No sé, pero él tiene ese don. Me lo dijo. Y me lo creí. Y resultó verdad.</p>
<p>Cuando el doctor García la pronunció: infarto —<em>una palabra que no es para mí</em>— pensé. Yo soy joven. Tengo planes. Tengo amor. Tengo mucho por escribir. Mosquitos por gobernar mundos (mi próximo libro). No me toca. ¿O sí?</p>
<p>La vida se quiebra en dos. Como una rama seca. Antes: yo me imaginaba el tiempo como una espiral en crecimiento. Después: entendí que el tiempo se encoge. Ya lo sabía. La física lo explica. El tiempo se deforma. A veces, se detiene. Pero, cuando te pasa realmente lo comprendes.</p>
<p>Y luego, el doctor Hernán Fernández Cuartas. Cirujano cardiovascular. Un guardián del corazón. El de las manos que no dudan. El que abrió mi pecho y conectó otra arteria, una nueva vía, una manguerita mágica para que la sangre siga cantando. Nunca me habían tocado el corazón así. Con bisturí. Con ciencia. Con decisión.</p>
<p>Agradecer es algo que necesito hacer. Escribir sobre estos dos hombres increíbles. Ponerlos en mis palabras como guardianes de mi corazón, como parte de mi biografía más íntima. Porque gracias a ellos, mi corazón sigue escribiendo.</p>
<p>Hay algo muy hermoso en eso. En que el corazón haya tenido guardianes desde el principio. Los míos ahora: José García y Hernán Fernández. Pero en tiempo antiguos, no solo doctores con manos firmes, sino grupos enteros de sabios que lo consideraban el trono del alma. Y no estaban tan equivocados.</p>
<p>No me morí el 25 de marzo. Y tampoco el 1 de abril, cuando me abrieron el pecho. Corazón abierto. No poéticamente. De verdad. Anestesia. Frío. Luz blanca. Cuerpos moviéndose alrededor mío con una calma que no entendía. Porque yo temblaba de susto, ¿y ellos tan serenos? Y luego… nada. Negro. Silencio. Ni un solo sueño.</p>
<p>Pero el día antes si hubo un sueño.  Soñé que el doctor Fernández cosía mi corazón con hilo rojo. No sé si era seda o sangre. Pero el nudo final lo hizo con un gesto de artista, un poema hecho cirugía. Cuando el corazón hace huelga: Los médicos son poetas que cuidan y operan.</p>
<p>Cuando mis dos doctores venían a la habitación a verme, me nacía la curiosidad. Quería preguntarles cosas simples y profundas. Entender por qué eligieron este camino. ¿Cuándo lo supieron? ¿En qué momento supieron que querían sanar corazones?  ¿Qué los llevó a querer curar corazones ajenos? ¿Qué los llevó a dedicar su vida a intervenir ese órgano, que cuando se enferma da miedo hasta nombrar? ¿Quién les enseñó a no temblar ante un procedimiento y un corazón abierto?</p>
<p>Pero no lo hice. Nunca me atreví. Me pareció un robo quitarles minutos que podrían ser vida para alguien más. Sentí que mis preguntas no valían más que su tiempo sagrado.</p>
<p>Pero, esas preguntas siguen ahí ¿Por qué decidieron ser médicos? Entre tantas cosas… médicos. “<em>Por vocación”,</em> responderán algunos. Pero pienso que es más complejo, más profundo.</p>
<p>Ser médico. Antes de ser ciencia, fue otra cosa. Fue rito. Canto. Fue tambor que llama a los espíritus del bosque. Danza alrededor del fuego con una hoja de sauce en la mano. Fue saber antiguo.</p>
<p>Antes de ser “doctor”, el sanador fue puente. Entre este mundo y el otro. Entre lo que duele y lo que cura. Entre lo que no entendemos y lo que podemos soportar.</p>
<p>La palabra “doctor” no siempre olía a hospital.  Antes, olía a libro. A conocimiento. Luego, fue título. Después, especialidad. Y ahora, para mí, es el nombre de quienes me tocaron el pecho sin miedo. Y dijeron: vamos a sanarlo. José y Hernán.</p>
<p>Pero, ¿Por qué, entre la colección de órganos humanos por sanar, ellos escogieron el corazón?</p>
<p>El corazón, por encima del cerebro, ha sido desde siempre el símbolo de todo. Del alma, del amor, del miedo, de la vida. Ese lugar donde, dicen, vive el alma. Desde el primer ser humano que lo escuchó latir y entendió que eso era estar vivo. Algunos dicen que suena como un tambor místico, que toca la música de Dios. Un tambor de musculo para ser exacta. Desde que lo sentimos acelerarse, romperse, apagarse, explotar, morir. Desde ahí sabemos que allí reside la vida.</p>
<p>No siempre lo vieron, como ahora, como una bomba. Durante siglos fue otra cosa. Un nido. Una brújula. Una habitación sagrada. Un lugar que sangra cuando ama. El corazón, esa bomba misteriosa, ese tambor ancestral que lleva siglos sonando en millones de cuerpos —el mío incluido—.</p>
<p>Los antiguos lo sabían. No necesitaban ecógrafos ni escáneres. Lo sentían. Los egipcios lo pesaban. Los mesopotámicos lo leían como un presagio. En China, lo cruzaban con meridianos invisibles y agujas finísimas. En la India, lo trataban como una flor sagrada. Un punto de encuentro entre lo que somos y lo que creemos ser.</p>
<p>El corazón ya se estudiaba sin estetoscopios. Con dedos. Con ojos cerrados. Con intuiciones que olían a incienso.</p>
<p>Por eso tomaban el pulso como quien lee poesía. Por eso usaban plantas como hechizos. Por eso no separaban nunca el cuerpo del resto de la vida. Porque el cuerpo es solo un pedazo del mapa del alma.</p>
<p>¿Cómo escribir sobre el corazón sin escribir también sobre el alma? No se puede. Escribir sobre el corazón es, inevitablemente, escribir sobre lo que somos.</p>
<p>No es casual que, en casi todas las mitologías, el corazón sea el órgano sagrado. La mitología egipcia dice: cuando mueras, tu corazón será pesado contra la pluma de Ma’at, para saber si es digno del más allá. Un corazón ligero era un alma justa. Un corazón pesado: condenado. La justicia, para ellos, no es abstracta, es concreta: pesa. Si tu corazón pesaba más que la pluma, serías devorado por una bestia con cara de cocodrilo.</p>
<p>¿Cuánto pesaba el mío esa mañana de abril que el doctor Fernández lo operó? ¿Cuánta culpa? ¿Cuánto miedo? ¿Cuánta alegría’ ¿Cuánto amor? ¿Y cuánta esperanza? Los antiguos egipcios enterraban escarabajos en el corazón como amuletos para proteger la memoria del alma. Para que el corazón no hablara más de la cuenta. Para que no confesara nada. Sin confesiones quizás era más ligero que una pluma.</p>
<p>No necesité escarabajos, el doctor Fernández se encargó de que siguiera latiendo. Ma’at no lo pudo poner en su balanza.</p>
<p>Dicen que alrededor del 3000 a. C. los egipcios dejaron de hablar de memoria y empezaron a escribir. A escribir lo que cura y lo que duele. El Papiro de Ebers, encontrado en Luxor en 1873, data del 1550 a. C., pero contiene textos más antiguos. Veinte metros de hechizos, remedios, observaciones, con 700 fórmulas y conjuros (otros dicen que son 900). Entre ellos, un tratado sobre el corazón. Este dice que del corazón salen vasos hacia todo el cuerpo. Dice que la medicina funcionaba junto a la magia, y la magia junto a la medicina.</p>
<p>“<em>El corazón es el centro de la sangre</em>”, dice ese papiro. Y aunque no tenían ecocardiogramas ni cateterismos, ya sabían que algo en ese músculo tenía poder. Lo intuían. Lo escribían. Lo cantaban. Primero el hechizo. Después la hierba. Nunca al revés.</p>
<p>Y si el corazón dolía, era porque un dios se había enfadado y había bloqueado el canal. Entonces había que desbloquear. Con oraciones. Con plantas. Con manos. Con fe ¿Qué dios se enfadó conmigo? No existen hoy médicos egipcios que puedan responderlo.</p>
<p>Pero yo sentí eso. Yo tuve un canal bloqueado. Tapado por el miedo, por el colesterol, por el destino. Y me desbloquearon. No con una poción egipcia, pero sí con una mezcla de manos, máquinas y misterios. Por el cirujano mágico: Hernán Fernández Cuartas.</p>
<p>Los egipcios no separaban cuerpo y alma. Ni ciencia y rito. Los sacerdotes eran también médicos. Rezaban a Imhotep, el arquitecto de la Pirámide Escalonada, quien también diagnosticó apendicitis, tuberculosis, gota. Imhotep, el sabio. El sanador. El primer médico divinizado.</p>
<p>¿Y si el infarto me hubiera dado en tiempos de Imhotep? Tal vez me habría tratado con palabras rituales. Me habría tocado el pecho con aceites sagrados. Quizás habría pedido silencio, para escuchar lo que el corazón tenía que decir antes de intentar repararlo ¿Hay algo de Imhotep en José Fernando y Hernán? Claro que sí, mucho y sobre todo eso último que escribí, son capaces de escuchar lo que los corazones dicen y conociéndolos los pueden reparar.</p>
<p>¿Y si la medicina siempre fue eso? Un intento de escuchar. Una forma de interpretar lo invisible. La medicina y la magia, juntas. Como bisturí y oración.</p>
<p>En la India, en la tradición védica, el corazón es el asiento del prana, la energía vital. Cuando el prana se interrumpe, el cuerpo enferma. El prana, esa energía que no aparece en los electrocardiogramas pero que, cuando se va, todo se acaba.</p>
<p>Sushruta, un médico hindú del siglo VI a. C., escribió el Samhita, uno de los textos quirúrgicos más antiguos. Describe el corazón como un capullo de loto carnoso. Un loto que late, anticipando lo que hoy vemos en las imágenes clínicas.</p>
<p>Considerado el primer cirujano. Hay algo de él en todo aquel que se dedica a operar, hay algo de él en el doctor Fernández.  Él dijo: <em>el cuerpo no es sagrado si no se conoce.</em> Y habló de arterias, válvulas y bisturís. Escribía en sánscrito cosas como: injertos de piel, cesáreas, hasta operaciones del corazón. ¿Era posible? Tal vez no. Pero lo pensó. Y pensarlo ya es un tipo de incisión.</p>
<p>Pero no es de Sushruta de quien quiero hablar. Este escrito es para los dos guardianes de mi corazón: los doctores José Fernando García y Hernán Fernández Cuartas.</p>
<p>Hace unos días vi al doctor García en urgencias, y nuevamente lo vi sonreír, y más allá de pensar “<em>que linda sonrisa tiene</em>”, vi a un hombre brillante con años de estudios. Vi a un heredero de Imhotep. A alguien que no solo estudió anatomía, sino también cómo mirar con amor.</p>
<p>Ser cardiólogo. Qué palabra más seria. Cardio: corazón. Logo: estudio. Pero no es solo eso. Es comprender en el misterio más antiguo. El tambor. El templo. La bomba sagrada.</p>
<p>Cardiólogo, podría ser:</p>
<p>El que se atreve a escuchar una música secreta de tambores internos.</p>
<p>El que se aprende de memoria el sonido de la vida.</p>
<p>El que detecta silencios sospechosos.</p>
<p>El que con catéteres camina por arterias como si fueran pasillos. Y encuentra ahí, en la curva más angosta, el secreto de lo que aún late.</p>
<p>Cardiólogo: Es el que se para frente al abismo del pecho ajeno y decide intervenir. Con exámenes, procedimientos y con palabras.</p>
<p>El cirujano, el cardiovascular. Ese es otro tipo de valiente. Uno que es como un héroe.  Hernán Fernández Cuartas, el que cortó y pegó. El que entró con su equipo a esa caverna de carne. No fue solo un técnico. Fue mago. Fue sacerdote. Fue ejecutor de un milagro muy antiguo. Con sus manos, conectó una arteria nueva. Puso un puente. Hizo posible lo imposible. Me dio continuidad</p>
<p>La palabra cirujano viene de “kheirourgos”: el que trabaja con la mano. Pero es mucho más. Es el que toca lo intocable. El que se mete donde nadie se atreve. El que, con un equipo, como tuviera en sus dedos el mapa del cuerpo, atraviesa la selva del pecho sin perderse.</p>
<p>Antes, operar el corazón era una herejía. Demasiado sagrado. Demasiado peligroso. Demasiado humano. Pero llegaron locos hermosos. Axel, en 1895, que abrió un pecho y dijo: <em>vamos a ver</em>. Y después, uno tras otro, cirujanos con nombres de planeta o de dios. Y hoy a todos esos sabios que reparan corazones los representa el doctor Hernán Fernández.</p>
<p>Un primero de abril, Hernán. Mi Hernán, porque ya hace parte de mi historia. Con sus guantes y sus ojos alegres (tiene unos ojos que iluminan vidas). Con la precisión de siglos de conocimientos encima. Con el pulso heredado de Sushruta. Con la determinación de quien sabe que lo que tiene en las manos no es solo músculo, sino vida. Con sus manos que abrió mi pecho como quien lee un libro urgente, buscando la palabra exacta para no perder la historia.</p>
<p>Mi corazón siguió latiendo gracias a ambos. Y cada vez que lo hace, es una invocación. Es una historia larguísima latiendo en presente. Es la historia de todos los que curan y de todos los que quieren seguir vivos.</p>
<p>Y mi corazón… ese corazón que narra y susurra… fue uno más en esa narrativa de la vida. Pesado. Operado. Resucitado.</p>
<p>¿Me salvaron por ciencia o por magia? ¿Por bisturí o por fe? Seguramente por todas, porque eso invisible, divino, está ahí en cada diagnóstico, en cada medicina, en cada procedimiento, en cada operación</p>
<p>¿Quién me curó? José Fernando y Hernán, sin duda. Con ellos Dios, el que marca un antes y un después en el conteo del tiempo. Pero. También, quizás fue Imhotep desde el otro lado de la historia. Quizás fue un canto que se activó en mi sangre cuando alguien repitió un hechizo antiguo sin saber que lo decía.</p>
<p>¿Y si el Papiro de Ebers tenía razón? ¿Y si la medicina sola no alcanza? ¿Y si la magia sola tampoco? ¿Y si hay que unir? Como hicieron los antiguos. Como hacen los sabios. Como hacen los que no se ríen de lo invisible.</p>
<p>Mi corazón no late solamente porque está reparado. Late porque alguien creyó en su posibilidad de volver. Late porque hay siglos detrás de esta cicatriz. Late porque el cuerpo no olvida, y el alma tampoco.</p>
<p>Pero hubo alguien —hubo muchos— que hace siglos decidieron abrir, reparar, cerrar. Desafiar lo prohibido con bisturí. Yo fui uno de esos cuerpos donde eso sucedió. Fui experimento milenario. La continuación del riesgo.</p>
<p>El infarto me sacó de la ilusión. De la fantasía de continuidad. Del “<em>siempre hay tiempo</em>”. Del “<em>no pasa nada</em>”. Rompió nuevamente la burbuja del “<em>a mí no</em>”. Sí pasa. Todo pasa.</p>
<p>La muerte no es algo que ocurre al final. Está aquí. Ahora. Al lado. Mirando. Silenciosa. Sin apuro. Sin violencia. Solo presente.</p>
<p>Y sin embargo —o quizás por eso— quiero vivir más. Más intensamente. Más torpemente. Más tiernamente. Más como si cada día no fuera solo uno más. Tengo una sola certeza: esto se termina. Así que vivamos. No quiero solo sobrevivir. Quiero arder.</p>
<p>¡Qué obsesión mía por el fuego! Nada de pirómana, no, no. Es que el fuego es renovación, el fuego es movimiento y el fuego es vida ¿Qué es el sol? Fuego inclemente y vida incesante.</p>
<p>Tengo miedo de que todo lo que escriba suene a lección. No quiero moralejas. Ni frases motivacionales de autoayuda.</p>
<p>Hay escritos que ves como cliché hasta que te pasan. Hay cosas que suenan cursis hasta que te ocurren. Y terminas escribiéndolo. Cliché y cursi. Pero escribiéndolo. Eso también es latir. De otra forma. Con otros músculos.</p>
<p>Así que no sé cómo se agradece esto. Cómo se abraza con palabras a quienes me dieron tiempo extra. No sé. Pero lo intento. Así. Torpemente. Con esta columna rota. Con este corazón que volvió a latir.</p>
<p>No hay moraleja —aún no— por lo menos no una para lanzarle al mundo. No hay “lección aprendida” que pueda postear en Instagram con fondo beige y letras caligráficas. Solo esto: Sigo aquí. Respirando. Con mi alma mirando a mis médicos con gratitud.</p>
<p>Esa que te hace llorar en silencio cuando los ves en la cita de control. Esa gratitud que no sabes cómo devolver ¿Cómo se le agradece a alguien que te salvó la vida? ¿Con palabras? ¿Con flores? ¿Con un abrazo torpe que no alcanza? No hay forma. Hay intención.</p>
<p>A veces los héroes como ellos pasan tan cerca, que una solo puede mirar en silencio. Agradecer bajito para no molestar. Susurrando constantemente un tímido gracias que ellos no alcanzan a escuchar.</p>
<p>A todos, a los que me cuidaron en la UCI, en ese territorio extraterrestre. Allí hay pitidos que se convierten en banda sonora. Y allí los médicos te rescatan de los sonidos que asustan: Antonio Oyola, Rafael de Ávila, Julián Arrieta, Harold España y Andrés Fernández —espero que no me falte ninguno—. Y a los dos guardianes de mi corazón. A José por su cuidado. A Hernán por su precisión. A los dos por estar cuando todo el resto de mi mundo parecía congelado. Porque un infarto es eso: una pausa forzada. Un &#8220;<em>espera, tú no mandas</em>&#8220;.</p>
<p>Gracias. No un gracias de protocolo. No un gracias polite de quien agradece una consulta. Gracias de esas que se sienten en el estómago. Gracias por darme tiempo.</p>
<p>Alguien me dijo hace poco, ganaste tiempo, ellos te dieron tiempo ¿Qué vas a hacer con él? Esa pregunta retumba en mi ¿Qué voy a hacer con el tiempo extra que el doctor García y el doctor Fernández me regalaron? Eso no se puede contestar en este párrafo. Ni en este escrito. Porque aún no tengo esa respuesta. No es una sola. Y porque necesito más conversaciones conmigo misma para poderla responder. Seguramente la escribiré. No sé si la publicaré.</p>
<p>A lo mejor escribir. A lo mejor callar más. O mirar los árboles más rato. No sé. Lo que sí sé es que no quiero dejar pasar este susto como si fuera anécdota. No quiero convertirlo en chiste rápido ni en moraleja barata. Fue real. Fue íntimo. Y ahora&#8230; me toca vivir del otro lado. Del lado donde ya no se da nada por hecho. Ni la vida. Ni el aire. Ni el corazón.</p>
<p>José. Hernán. Gracias por la precisión, la calma, la humanidad. Por no tratarme como un número. Por salvarme el alma sin saberlo.</p>
<p>Gracias, José. Gracias, Hernán. De verdad.</p>
<p>Gracias a ellos sigo aquí. Y ellos hacen parte de mi historia. Mientras tanto mi corazón late, siento que distinto. Como si cada <em>pum</em> dijera: &#8220;<em>Estás&#8221; ¿Y si mañana no?</em> No importa. Hoy escribo. Hoy agradezco. Hoy respiro. Y sí. Aún me duele el cuerpo. Pero el dolor también es una forma de saber que sigo viva.</p>
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        <author>Diana Patricia Pinto</author>
                    <category>Actualidad</category>
                    <category>Plétora</category>
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        <pubDate>Wed, 07 May 2025 13:45:23 +0000</pubDate>
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