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    <title>Blogs El Espectador</title>
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    <description>Blogs gratis y diarios en El Espectador</description>
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	<title>Las palabras y las cosas Archives | Blogs El Espectador</title>
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        <title>Un logro del CNMH y la FLIP</title>
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        <description><![CDATA[<p>Los periodistas pasamos buena parte de la vida escuchando historias ajenas. Preguntamos, tomamos notas, viajamos, entrevistamos, revisamos archivos y tratamos de reconstruir acontecimientos que consideramos más importantes que nosotros mismos. Tal vez por eso pocas veces nos detenemos a pensar qué ocurre cuando quienes terminan convertidos en noticia son los propios periodistas. En Colombia esa [&hellip;]</p>
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<p class="wp-block-paragraph">Los periodistas pasamos buena parte de la vida escuchando historias ajenas. Preguntamos, tomamos notas, viajamos, entrevistamos, revisamos archivos y tratamos de reconstruir acontecimientos que consideramos más importantes que nosotros mismos. Tal vez por eso pocas veces nos detenemos a pensar qué ocurre cuando quienes terminan convertidos en noticia son los propios periodistas. En Colombia esa pregunta no es retórica. Durante décadas, informar significó asumir riesgos que en muchas democracias resultarían difíciles de imaginar y que dejaron una huella profunda en el oficio. Algunos colegas fueron amenazados, otros tuvieron que abandonar las regiones donde habían construido su vida profesional y muchos fueron asesinados por intentar contar aquello que distintos actores armados, políticos o criminales preferían mantener en silencio. Con ellos desaparecieron investigaciones, fuentes, archivos y preguntas que probablemente nadie volvió a formular, una pérdida que no afecta únicamente al periodismo sino a la capacidad de toda la sociedad para comprenderse a sí misma.</p>



<p class="wp-block-paragraph">El periodismo ocupa un lugar peculiar dentro de la historia. A diferencia de los políticos, los empresarios, los generales o los dirigentes sociales, los periodistas rara vez buscan convertirse en protagonistas de los acontecimientos. Su tarea consiste precisamente en observar, registrar y transmitir. Son intermediarios entre los hechos y la ciudadanía. Sin embargo, en países atravesados por conflictos prolongados, esa posición aparentemente secundaria puede transformarse en una actividad extraordinariamente peligrosa. Contar lo que ocurre, preguntar quién ejerce el poder, seguir el rastro de la corrupción, documentar violaciones de derechos humanos o simplemente describir la vida cotidiana de una comunidad puede convertir a un reportero en objetivo de quienes prefieren el silencio a la transparencia.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Por esa razón la historia del conflicto colombiano no puede entenderse únicamente a través de las experiencias de las víctimas directas, de los actores armados o de las instituciones que participaron en él. También debe incluir a quienes dedicaron años de su vida a documentarlo. Los periodistas fueron testigos de masacres, secuestros, desplazamientos, asesinatos selectivos, tomas guerrilleras, operaciones militares, negociaciones de paz y transformaciones sociales profundas. Gracias a ellos existen archivos, fotografías, grabaciones, investigaciones y crónicas que hoy permiten reconstruir una parte importante de la memoria nacional. Muchas de las cosas que sabemos sobre nuestro pasado reciente llegaron a la esfera pública porque alguien estuvo dispuesto a asumir el riesgo de contarlas.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Por eso resulta especialmente significativa la reciente reunión entre el Centro Nacional de Memoria Histórica y la Fundación para la Libertad de Prensa, un encuentro dedicado a reflexionar sobre la violencia ejercida contra periodistas en Colombia y sobre la necesidad de preservar la memoria de quienes fueron perseguidos, amenazados o asesinados por ejercer su oficio. Más allá de la agenda institucional, la conversación plantea una pregunta de enorme importancia para el país: ¿qué sucede con una democracia cuando quienes se encargan de informar son silenciados? La respuesta trasciende el ámbito periodístico y toca el corazón mismo de la vida pública, porque una sociedad incapaz de proteger a quienes investigan y cuentan su realidad termina debilitando sus propios mecanismos de conocimiento y deliberación.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Las cifras permiten aproximarse a la magnitud del problema. De acuerdo con los registros construidos a partir del informe <em>La palabra y el silencio. La violencia contra periodistas en Colombia (1977-2015)</em>, elaborado por el Centro Nacional de Memoria Histórica y complementado posteriormente por la FLIP, al menos 172 periodistas han sido asesinados en Colombia desde 1977 por razones asociadas a su trabajo. Sin embargo, incluso esa cifra podría ser insuficiente para reflejar la dimensión real de la tragedia, pues la propia organización advierte que existen enormes subregistros que dificultan establecer con precisión cuántos casos ocurrieron realmente y cuántos permanecen aún en la penumbra estadística.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Detrás de esos números aparecen historias individuales que rara vez ocupan un lugar destacado en los grandes relatos nacionales. Están los reporteros de radio que recorrían carreteras secundarias para recoger testimonios en municipios apartados. Están los periodistas de periódicos regionales que conocían de memoria las dinámicas de sus comunidades. Están quienes trabajaban prácticamente solos, sin grandes redacciones detrás, enfrentando presiones económicas, amenazas constantes y enormes dificultades logísticas. También están aquellos que comprendieron antes que muchos otros los cambios que se estaban produciendo en determinadas regiones del país y que intentaron explicarlos cuando todavía resultaban invisibles para la opinión pública nacional.</p>



<p class="wp-block-paragraph">La violencia contra periodistas posee una característica particularmente devastadora: sus efectos no terminan con la muerte o el desplazamiento de la víctima. Cuando asesinan a un periodista regional suele desaparecer también una red de conocimiento acumulada durante años. Las fuentes dejan de hablar, los colegas sienten miedo, las investigaciones se interrumpen y determinados temas dejan de ser cubiertos. En algunos casos, regiones enteras experimentan una especie de apagón informativo que puede prolongarse durante mucho tiempo. Durante la reunión, representantes de la FLIP insistieron precisamente en esta realidad, señalando que cuando un periodista es asesinado muchas veces nadie retoma su labor y las comunidades terminan enfrentando un vacío informativo que contribuye a perpetuar la impunidad.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Ese fenómeno ayuda a comprender por qué la libertad de prensa no puede reducirse a una reivindicación gremial. Durante años se ha repetido, con razón, que la libertad de prensa es un pilar de la democracia, pero con frecuencia esa afirmación se formula de manera abstracta. En realidad, la cuestión es mucho más concreta. La libertad de prensa significa que los ciudadanos puedan conocer lo que ocurre en los lugares donde viven, que tengan acceso a información relevante para tomar decisiones y que existan mecanismos para examinar críticamente el ejercicio del poder. Cuando esas condiciones desaparecen, quienes pierden no son únicamente los periodistas, sino todos aquellos que dependen de la circulación de información para participar plenamente en la vida democrática.</p>



<p class="wp-block-paragraph">En el caso colombiano, además, la violencia contra la prensa adquiere una dimensión adicional porque está estrechamente vinculada con la construcción de memoria. Las guerras no solo producen muertos, heridos y desplazados. También generan disputas por la interpretación de los hechos. Todos los actores buscan imponer sus versiones de la realidad, legitimar sus acciones y minimizar sus responsabilidades. En ese contexto, los periodistas desempeñan un papel fundamental porque documentan acontecimientos en tiempo real y crean registros que posteriormente permiten contrastar relatos, verificar versiones y reconstruir procesos históricos complejos.</p>



<p class="wp-block-paragraph">No es casual que numerosos periodistas hayan sido perseguidos precisamente por investigar asuntos incómodos. La información constituye una forma de poder y quienes intentan ocultar determinadas realidades suelen comprender muy bien la amenaza que representa una investigación rigurosa. De ahí que la violencia contra periodistas pueda entenderse también como un ataque contra la memoria futura. Cuando una historia deja de contarse, cuando una investigación queda inconclusa o cuando una comunidad pierde a quien registraba sus transformaciones, se produce una fractura que afecta la manera en que las generaciones posteriores comprenderán lo ocurrido.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Durante el encuentro, el director general del Centro Nacional de Memoria Histórica, D’Mar Córdoba Salamanca, recordó precisamente la importancia de preservar el trabajo que muchos periodistas dejaron inconcluso y destacó la necesidad de seguir documentando las experiencias de periodistas víctimas del conflicto armado. La observación resulta particularmente relevante porque invita a pensar la memoria más allá del homenaje. Recordar no consiste únicamente en pronunciar nombres o conmemorar fechas. También implica rescatar archivos, investigaciones, testimonios y preguntas que la violencia intentó borrar. En el caso del periodismo, significa reconocer que detrás de cada reportaje existe un esfuerzo por ampliar el conocimiento colectivo sobre la realidad.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Quizás por eso la conversación entre el CNMH y la FLIP tiene una importancia que va más allá de las organizaciones que la protagonizaron. Lo que allí se discutió forma parte de una reflexión más amplia sobre el tipo de sociedad que Colombia quiere construir después de décadas de violencia. Una democracia sólida necesita ciudadanos informados, instituciones transparentes y periodistas capaces de investigar sin miedo. También necesita memoria. Necesita comprender que las agresiones contra la prensa no constituyen episodios aislados, sino fenómenos que afectan la calidad misma del debate público y la capacidad de una comunidad para comprender su pasado y orientar su futuro.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Los periodistas solemos pasar la mayor parte de nuestra vida profesional contando las historias de otros. Es una condición inherente al oficio y probablemente una de sus mayores virtudes. Sin embargo, existen momentos en los que resulta necesario volver la mirada hacia quienes asumieron riesgos extraordinarios para que esas historias pudieran conocerse. No para situarlos en el centro del relato nacional ni para convertirlos en héroes, sino para reconocer que la memoria de Colombia también está escrita en sus cuadernos de notas, en sus grabadoras, en sus fotografías y en sus investigaciones.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Porque cuando un periodista es asesinado no desaparece únicamente una persona ni se interrumpe solamente una trayectoria profesional. También se pierde una mirada construida durante años sobre una región, una comunidad o un problema específico; se rompe una cadena de transmisión de conocimiento sobre el país y se extinguen preguntas que quizás nadie volverá a formular. Por eso recordar a quienes fueron asesinados por cumplir con el deber de informar no constituye únicamente un acto de reconocimiento hacia las víctimas y sus familias, sino también una defensa de la memoria colectiva y de la posibilidad misma de que una sociedad conozca su propia historia.</p>



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        <author>Diego Aretz</author>
                    <category>Las palabras y las cosas</category>
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        <pubDate>Fri, 02 Oct 2026 21:49:27 +0000</pubDate>
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        <title>¿Qué hace un inglés durante seis décadas intentando entender a Colombia?</title>
        <link>https://blogs.elespectador.com/actualidad/las-palabras-y-las-cosas/que-hace-un-ingles-durante-seis-decadas-intentando-entender-a-colombia/</link>
        <description><![CDATA[<p>Hay personajes que estudian un país y otros que, casi sin proponérselo, terminan formando parte de su historia. Malcolm Deas pertenece a una categoría más extraña. Llegó desde Oxford a Colombia cuando todavía era posible que un historiador extranjero se acercara a un país sin la ansiedad de explicarlo todo de inmediato y comenzó a [&hellip;]</p>
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<p class="wp-block-paragraph">Hay personajes que estudian un país y otros que, casi sin proponérselo, terminan formando parte de su historia. Malcolm Deas pertenece a una categoría más extraña. Llegó desde Oxford a Colombia cuando todavía era posible que un historiador extranjero se acercara a un país sin la ansiedad de explicarlo todo de inmediato y comenzó a estudiar sus guerras, sus partidos, sus presidentes, sus instituciones, sus élites y sus contradicciones. Lo que iba a ser, quizá, una estación intelectual terminó convirtiéndose en una relación de seis décadas con un país que nunca dejó de intentar comprender.</p>



<p class="wp-block-paragraph">¿Qué vio Malcolm Deas en Colombia? ¿Qué encontró aquí para quedarse durante tanto tiempo? ¿Y qué puede revelar la vida de un historiador inglés sobre la historia de los colombianos?</p>



<p class="wp-block-paragraph">Son preguntas que atraviesan <em>Malcolm Deas: retrato del inglés que hizo de Colombia su historia</em>, el libro que he escrito a partir de conversaciones con Deas, testimonios de familiares, amigos, colegas y discípulos, y una revisión de sus principales trabajos. El libro, publicado por Ediciones Uniandes, reconstruye una relación poco común entre un hombre y un país, pero también intenta hacer algo más ambicioso: utilizar la vida de un historiador como una forma de volver a recorrer la historia intelectual y política de Colombia.</p>



<p class="wp-block-paragraph">La historia de Deas tiene algo difícil de clasificar. No es exactamente la historia de un extranjero fascinado por un país exótico, ni la de un académico que encontró en Colombia un objeto de estudio conveniente. Tampoco es simplemente la biografía de un historiador. A medida que uno sigue sus pasos aparecen las guerras civiles, los partidos políticos, los presidentes, las universidades, los archivos, los periódicos, las conversaciones privadas, los debates intelectuales y varias generaciones de colombianos que terminaron cruzándose con él.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Ahí está quizá la particularidad de su historia: para entender a Malcolm Deas hay que terminar hablando de Colombia, y para entender algunas cosas de Colombia resulta inevitable encontrarse con Malcolm Deas.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Cuatro expresidentes de Colombia hacen parte del libro, junto con intelectuales, investigadores, escritores, profesores y discípulos que permiten reconstruir no solamente la trayectoria de un hombre, sino también una parte de la vida intelectual del país durante las últimas seis décadas. Deas aparece entonces como una especie de hilo secreto que conecta momentos y generaciones que normalmente estudiamos por separado.</p>



<figure class="wp-block-image size-full"><img fetchpriority="high" decoding="async" width="700" height="957" src="https://blogs.elespectador.com/wp-content/uploads/sites/2/2026/10/unnamed-5.jpg" alt="" class="wp-image-133703" srcset="https://blogs.elespectador.com/wp-content/uploads/sites/2/2026/10/unnamed-5.jpg 700w, https://blogs.elespectador.com/wp-content/uploads/sites/2/2026/10/unnamed-5.jpg?resize=219,300 219w" sizes="(max-width: 700px) 100vw, 700px" /></figure>



<p class="wp-block-paragraph">Su mirada sobre Colombia tuvo, además, una característica poco frecuente. Deas nunca pareció interesado en fabricar una teoría total sobre el país. Su trabajo se detuvo muchas veces en aquello que otros consideraban demasiado particular: una elección, un presidente, una guerra, una estadística, una institución, una disputa entre partidos, una frase pronunciada en el momento preciso. Había en esa manera de mirar una desconfianza saludable frente a las grandes explicaciones que pretenden resolver un país entero con una sola idea.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Tal vez por eso su lectura de Colombia sigue siendo tan fértil. En un país acostumbrado a explicarse mediante grandes palabras —violencia, desigualdad, polarización, narcotráfico, conflicto— Deas obligaba a volver a los documentos, a los nombres propios, a las fechas, a los hechos y a las particularidades. Antes de explicar Colombia había que leerla.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Hay también algo casi novelesco en el punto de partida. Un joven historiador formado en Oxford llega a un país que, en principio, podría haber sido apenas un capítulo de su carrera y termina permaneciendo en él, intelectual y afectivamente, durante décadas. Conoce a presidentes, historiadores, políticos, escritores y profesores; atraviesa cambios profundos de la sociedad colombiana; forma nuevas generaciones de investigadores y construye, con paciencia, una biblioteca mental sobre el país que difícilmente otro extranjero haya levantado de la misma manera.</p>



<p class="wp-block-paragraph">El detalle importa porque la historia de Colombia también puede contarse desde quienes llegaron a ella sin pertenecer originalmente a sus disputas. Un extranjero puede tener una distancia que los colombianos perdemos precisamente porque vivimos dentro de nuestras propias explicaciones. Pero esa distancia, en el caso de Deas, nunca significó indiferencia. Con el paso de los años, el observador terminó convertido en una suerte de testigo íntimo.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Quizá esa sea una de las paradojas más interesantes de su trayectoria: cuanto más estudiaba Colombia, menos podía ser considerado simplemente un extranjero que estudiaba a Colombia.</p>



<p class="wp-block-paragraph">El prefacio del libro está escrito por James A. Robinson, premio Nobel de Economía, cuya obra sobre las instituciones y el desarrollo de las sociedades ha dialogado, desde otra perspectiva, con algunas de las preguntas que Deas formuló durante décadas sobre Colombia. Hay en ese encuentro intelectual una coincidencia interesante: tanto desde la historia como desde la economía institucional aparece la necesidad de mirar más allá de las explicaciones inmediatas y preguntarse por las instituciones, las decisiones, las circunstancias históricas y las personas que terminan moldeando el destino de una sociedad.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Pero el libro no pretende convertir a Deas en una estatua académica. Me interesaba más el hombre detrás del historiador, sus conversaciones, sus obsesiones, sus amistades, sus recuerdos, sus silencios y también las personas que fueron construyendo con él esa relación particular con Colombia. Por eso el libro se mueve entre el perfil periodístico, la investigación histórica y el ensayo, entre la memoria y los documentos, entre lo que Deas recuerda y lo que otros recuerdan de él.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Al final, la pregunta cambia. Ya no se trata solamente de quién fue Malcolm Deas. Se trata de qué Colombia aparece cuando uno decide mirar el país a través de los ojos de un inglés que pasó seis décadas intentando entenderlo.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Aparece una Colombia menos cómoda que la de nuestras explicaciones habituales: una Colombia hecha de instituciones frágiles y persistentes, de guerras que dejaron marcas profundas, de élites, partidos y universidades, pero también de individuos concretos que intentaron, a veces con éxito y otras sin él, comprender el lugar en el que estaban viviendo. Una Colombia que no cabe del todo en las categorías con las que solemos describirla.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Tal vez por eso la vida de Malcolm Deas termina siendo una manera inesperada de contar nuestra propia historia. El extranjero llegó buscando entender Colombia y, con el paso del tiempo, Colombia terminó formando parte de su propia biografía. La pregunta que queda para nosotros es quizá la inversa: después de seis décadas en las que Deas intentó descifrarnos, ¿qué hemos aprendido nosotros al mirarnos a través de sus ojos?</p>



<p class="wp-block-paragraph">El próximo 27 de octubre, a las 5:30 de la tarde, esa conversación llegará al Gimnasio Moderno, en Bogotá. El lanzamiento tendrá lugar en la Biblioteca del Gimnasio Moderno, en la carrera 9 #74-99, y contará con un panel que permite ampliar la conversación más allá de la figura de Deas. Participarán <strong>Paca Zuleta</strong>, profesional distinguida de la Escuela de Gobierno de la Universidad de los Andes; <strong>Gustavo Bell</strong>, historiador, periodista, abogado y exvicepresidente de Colombia; y yo, como autor del libro. La conversación será moderada por <strong>Alejandro Gaviria</strong>, exministro y exrector de la Universidad de los Andes.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Es una mesa particularmente apropiada para un libro que cruza historia, instituciones, política, academia y memoria. Paca Zuleta aporta una mirada desde la reflexión sobre el gobierno y las instituciones; Gustavo Bell, desde la historia y su propia experiencia en la vida pública; Alejandro Gaviria, desde una trayectoria que también ha unido la academia, las políticas públicas y el debate intelectual. Y en el centro de la conversación estará Malcolm Deas, un historiador que llegó desde Oxford y terminó haciendo de Colombia una parte fundamental de su propia historia.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Quizá no haya mejor manera de presentar este libro que volver a la pregunta que lo atraviesa: <strong>¿qué hace un inglés durante seis décadas intentando entender a Colombia?</strong> La respuesta, después de todo, puede decir tanto sobre Malcolm Deas como sobre nosotros.</p>



<p class="wp-block-paragraph"></p>
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        <author>Diego Aretz</author>
                    <category>Las palabras y las cosas</category>
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        <pubDate>Thu, 01 Oct 2026 16:25:25 +0000</pubDate>
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        <title>La colección Pérez, la ciudad y el espejo latinoamericano</title>
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        <description><![CDATA[<p>Una noche de septiembre, en medio de ArtBO, recibí una invitación para sostener una conversación con algunos de los responsables de una de las colecciones privadas de arte contemporáneo más importantes vinculadas a América Latina. Acepté por varias razones. La primera, porque mirar el arte latinoamericano sigue siendo una de las maneras más precisas de [&hellip;]</p>
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<p class="wp-block-paragraph">Una noche de septiembre, en medio de ArtBO, recibí una invitación para sostener una conversación con algunos de los responsables de una de las colecciones privadas de arte contemporáneo más importantes vinculadas a América Latina. Acepté por varias razones. La primera, porque mirar el arte latinoamericano sigue siendo una de las maneras más precisas de entender el estado de nuestras sociedades, sus tensiones, sus conflictos, sus transformaciones y sus contradicciones. La segunda, porque detrás de esa colección existe una historia que trasciende ampliamente el mundo del arte. Es una historia de migración, de construcción institucional, de movilidad social, de filantropía y de una región que todavía busca entenderse a sí misma. Y la tercera, porque la conversación ocurría en Bogotá, una ciudad clave para América Latina, un punto de encuentro donde convergen universidades, centros culturales, galerías, editoriales, artistas e investigadores. Pocas ciudades de la región reúnen hoy una infraestructura cultural de esta escala y una capacidad similar para conectar distintas conversaciones latinoamericanas.</p>



<p class="wp-block-paragraph">También me interesaba la conversación por una razón menos evidente: pocas veces hablamos en América Latina del papel que han desempeñado los privados en la construcción de cultura. Buena parte de las grandes instituciones culturales del mundo no existirían sin coleccionistas, empresarios, fundaciones, universidades, mecenas y ciudadanos que decidieron convertir parte de su patrimonio en patrimonio colectivo. Museos, bibliotecas, teatros, universidades, centros de investigación y colecciones que hoy consideramos parte natural de la historia cultural de una sociedad fueron, en muchos casos, el resultado de decisiones privadas que terminaron produciendo consecuencias públicas. La cultura no ha sido construida únicamente desde los Estados. También ha sido levantada durante siglos por personas y familias que entendieron que acumular capital podía tener una segunda consecuencia: crear instituciones capaces de sobrevivir a sus propios fundadores.</p>



<p class="wp-block-paragraph">La noche transcurría en Casa Riegner, en el corazón de Chapinero, un barrio que durante los últimos años ha aparecido recurrentemente en distintos listados internacionales como uno de los sectores urbanos más interesantes del mundo. Puede sonar exagerado para quien todavía conserva la imagen de una Bogotá gris y caótica, pero basta caminar unas pocas cuadras para entender por qué. Allí conviven casas republicanas recicladas, galerías de arte contemporáneo, estudios creativos, librerías independientes, restaurantes, cafés y una generación de emprendedores culturales que ha ido transformando el paisaje urbano de una ciudad históricamente más preocupada por sobrevivir que por proyectarse. Chapinero es hoy una especie de laboratorio donde se mezclan las virtudes y las contradicciones de la nueva Bogotá: creatividad y desigualdad, sofisticación y precariedad, cosmopolitismo y tensiones sociales. No deja de ser simbólico que una conversación sobre América Latina, migración, arte, arquitectura y cultura ocurra precisamente allí.</p>



<p class="wp-block-paragraph">En el preámbulo de ArtBO, Related Group —la firma fundada por el empresario y coleccionista colombo-argentino Jorge Pérez— ofrecía una mirada particularmente interesante sobre esa relación entre capital, ciudad y cultura. Pérez, reconocido por figurar en la lista Fortune 500, es el desarrollador inmobiliario más prolífico de Florida después de haber entregado más de 120.000 unidades de vivienda, pero su trayectoria también permite entender cómo una historia empresarial puede terminar convirtiéndose en una historia cultural.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Quizás por eso resultaba tan interesante escuchar sobre el sentido mismo de coleccionar. Cuando pensamos en una colección solemos imaginar una acumulación de objetos valiosos. Sin embargo, durante la conversación apareció otra definición. Una colección puede ser un organismo vivo, una búsqueda permanente, una manera de estudiar el mundo a través del arte y de mantener una curiosidad constante frente a nuevas voces y nuevas miradas. Lo interesante es que esa colección suele ser identificada como latinoamericana cuando en realidad funciona de una manera mucho más compleja. El objetivo no consiste únicamente en reunir artistas latinoamericanos sino en generar conversaciones entre experiencias humanas diversas, estableciendo vínculos entre artistas de América Latina, África, Estados Unidos y otras regiones del mundo.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Hay algo profundamente revelador en esa idea porque refleja una transformación más amplia de nuestra época. Durante décadas América Latina fue observada como una categoría relativamente homogénea, una región definida por ciertas experiencias históricas compartidas. Hoy esa mirada resulta insuficiente. Las migraciones, la globalización, las nuevas tecnologías y la circulación de personas e ideas han producido identidades mucho más complejas. Las experiencias de un artista afrobrasileño pueden dialogar con las de un creador caribeño o con las de un artista africano sin necesidad de pasar por los marcos tradicionales de interpretación nacional.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Quizás esa visión también tiene que ver con la propia historia de la familia Pérez. Cuba, Colombia y Estados Unidos aparecen como estaciones de una misma trayectoria. La familia abandonó Cuba después de la revolución, pasó por Colombia y terminó construyendo en Florida una de las historias empresariales y culturales más notables de las últimas décadas. En tiempos donde la migración suele aparecer asociada exclusivamente a crisis, conflictos o problemas fronterizos, conviene recordar que la historia latinoamericana está llena de procesos migratorios que han producido innovación, riqueza, instituciones y cultura.</p>



<p class="wp-block-paragraph">No deja de resultar llamativo que una familia marcada por la experiencia migrante haya terminado construyendo una de las plataformas culturales más influyentes vinculadas a América Latina en Estados Unidos. Hay una dimensión simbólica evidente en ello. Los latinos constituyen hoy una de las comunidades más numerosas e influyentes de Estados Unidos y, sin embargo, durante mucho tiempo su presencia cultural institucional fue menor de lo que sugería su peso demográfico. El Pérez Art Museum Miami constituye una excepción significativa dentro de ese panorama.</p>



<figure class="wp-block-image size-large"><img decoding="async" height="614" width="1024" src="https://blogs.elespectador.com/wp-content/uploads/sites/2/2026/09/PAMM-Arquitectonica-GEO-Photo-by-Robin-Hill-5.jpg?quality=60&amp;w=650" alt="" class="wp-image-133697" srcset="https://blogs.elespectador.com/wp-content/uploads/sites/2/2026/09/PAMM-Arquitectonica-GEO-Photo-by-Robin-Hill-5.jpg 2362w, https://blogs.elespectador.com/wp-content/uploads/sites/2/2026/09/PAMM-Arquitectonica-GEO-Photo-by-Robin-Hill-5.jpg?resize=300,180 300w, https://blogs.elespectador.com/wp-content/uploads/sites/2/2026/09/PAMM-Arquitectonica-GEO-Photo-by-Robin-Hill-5.jpg?resize=768,461 768w, https://blogs.elespectador.com/wp-content/uploads/sites/2/2026/09/PAMM-Arquitectonica-GEO-Photo-by-Robin-Hill-5.jpg?resize=1024,614 1024w, https://blogs.elespectador.com/wp-content/uploads/sites/2/2026/09/PAMM-Arquitectonica-GEO-Photo-by-Robin-Hill-5.jpg?resize=1536,921 1536w, https://blogs.elespectador.com/wp-content/uploads/sites/2/2026/09/PAMM-Arquitectonica-GEO-Photo-by-Robin-Hill-5.jpg?resize=2048,1229 2048w" sizes="(max-width: 1024px) 100vw, 1024px" /></figure>



<p class="wp-block-paragraph">Pero más allá de los símbolos existe una cuestión de fondo. América Latina es una región de cerca de 660 millones de habitantes. Más de 500 millones comparten el español como lengua materna, convirtiendo al idioma en una de las grandes comunidades lingüísticas del planeta. Si se suman Brasil, España y las comunidades latinoamericanas distribuidas por Estados Unidos y Europa, las cifras son aún más impresionantes. Sin embargo, pocas veces pensamos en nosotros mismos como una conversación cultural integrada. Un colombiano suele saber más sobre Nueva York que sobre Montevideo. Un argentino puede estar más familiarizado con los debates franceses que con los colombianos. Un mexicano consume con frecuencia más información estadounidense que sudamericana. Compartimos idiomas, procesos históricos, desafíos económicos y experiencias sociales, pero seguimos mirándonos menos de lo que probablemente deberíamos.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Por eso una colección como esta adquiere una dimensión que trasciende lo artístico. Funciona como una excusa para mirarnos. Para reconocer que existen artistas extraordinarios produciendo obra en distintos rincones del continente y que muchas veces desconocemos esas conversaciones porque seguimos observando la región desde fragmentos nacionales demasiado estrechos. La propia curadora señalaba una realidad incómoda: América Latina posee una enorme calidad artística, pero gran parte de sus creadores carece todavía de suficiente visibilidad internacional. La observación podría extenderse mucho más allá del arte. La región produce escritores, investigadores, científicos, empresarios, cineastas y músicos de enorme nivel, pero con frecuencia carece de las instituciones necesarias para proyectarlos globalmente. Esa es una de las grandes diferencias entre las regiones que generan talento y aquellas que además construyen sistemas capaces de amplificarlo.</p>



<p class="wp-block-paragraph">En ese punto la conversación inevitablemente conduce hacia Miami. Durante décadas la ciudad fue considerada una periferia cultural de Estados Unidos, un lugar asociado principalmente con turismo, bienes raíces y entretenimiento. Hoy esa imagen resulta insuficiente. Miami se ha convertido en una de las capitales culturales de América Latina precisamente porque ha logrado reunir aquello que muchas veces permanece disperso en el resto de la región: capital, instituciones, artistas, coleccionistas y redes internacionales. La ciudad funciona como una plataforma donde distintas historias latinoamericanas se encuentran y dialogan.</p>



<p class="wp-block-paragraph">La segunda conversación de la noche permitió observar otra dimensión de esa transformación. Nick Pérez, hijo de Jorge Pérez y responsable de algunos de los desarrollos inmobiliarios más importantes de Related Group, hablaba desde el mundo de la construcción, el urbanismo y los negocios. Sin embargo, las preguntas terminaron conduciendo hacia asuntos mucho más amplios. ¿Qué significa el lujo hoy? ¿Cómo cambia una ciudad? ¿Qué papel juegan la tecnología, la salud y el tiempo en las nuevas aspiraciones de las élites urbanas?</p>



<p class="wp-block-paragraph">Su respuesta resultó particularmente interesante porque se alejaba de la imagen tradicional del lujo asociada exclusivamente al consumo. Durante años el lujo estuvo vinculado a materiales costosos, ubicaciones privilegiadas y servicios exclusivos. Después de la pandemia, explicaba, comenzó a producirse una transformación. El espacio, el bienestar, la salud y la calidad de vida adquirieron una importancia creciente.</p>



<p class="wp-block-paragraph">En un momento de la conversación apareció una pregunta aparentemente sencilla: ¿cuál es el lujo supremo? La respuesta fue inmediata. Tiempo.</p>



<p class="wp-block-paragraph">La frase puede parecer obvia, pero contiene una observación profunda sobre nuestra época. Nunca habíamos contado con tantas tecnologías destinadas a ahorrar tiempo y, sin embargo, pocas generaciones han sentido una escasez tan intensa de él. La nueva obsesión de muchas élites globales ya no parece ser la acumulación de objetos sino la búsqueda de bienestar, longevidad y calidad de vida. Salud, tiempo y atención se han convertido en recursos tan escasos como valiosos.</p>



<figure class="wp-block-image size-large is-resized"><img decoding="async" height="1024" width="668" src="https://blogs.elespectador.com/wp-content/uploads/sites/2/2026/09/unnamed-4.jpg?quality=60&amp;w=650" alt="" class="wp-image-133698" style="width:632px;height:auto" srcset="https://blogs.elespectador.com/wp-content/uploads/sites/2/2026/09/unnamed-4.jpg 835w, https://blogs.elespectador.com/wp-content/uploads/sites/2/2026/09/unnamed-4.jpg?resize=196,300 196w, https://blogs.elespectador.com/wp-content/uploads/sites/2/2026/09/unnamed-4.jpg?resize=768,1177 768w, https://blogs.elespectador.com/wp-content/uploads/sites/2/2026/09/unnamed-4.jpg?resize=668,1024 668w" sizes="(max-width: 668px) 100vw, 668px" /></figure>



<p class="wp-block-paragraph">Lo curioso es que el arte comparte algo de esa lógica. Una gran obra exige tiempo. Una exposición exige tiempo. Una colección exige décadas. Tal vez por eso las grandes colecciones funcionan también como una forma de resistencia frente a la aceleración permanente del presente. Coleccionar arte implica apostar por conversaciones largas, por procesos que exceden los ciclos políticos, las modas económicas o las tendencias tecnológicas.</p>



<p class="wp-block-paragraph">La inteligencia artificial apareció inevitablemente en la entrevista. Nick Pérez explicaba cómo las nuevas herramientas están transformando procesos de coordinación, diseño y eficiencia dentro de la industria de la construcción. Sin embargo, más allá de la tecnología, lo que resultaba interesante era una idea recurrente: la innovación no consiste necesariamente en inventar algo completamente nuevo sino en encontrar mejores maneras de hacer las cosas. Una definición menos espectacular, quizás, pero probablemente más útil.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Al abandonar la galería y regresar a las calles de Chapinero pensé que, en realidad, las dos conversaciones habían girado alrededor de una misma pregunta. ¿Cómo se construye un legado? La curadora respondía a través del arte. Nick Pérez respondía a través de la ciudad. Jorge Pérez parece haber intentado hacerlo a través de ambos caminos.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Y tal vez esa sea la enseñanza más interesante de la noche. América Latina suele producir individuos extraordinarios, pero con demasiada frecuencia fracasa en la construcción de instituciones duraderas. Nos fascinan las biografías exitosas, pero prestamos menos atención a los museos, universidades, fundaciones, centros culturales y espacios de encuentro que permiten que aparezcan nuevas generaciones de artistas, investigadores y creadores.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Una colección de arte no resolverá los problemas estructurales de la región. Tampoco un museo. Ni una galería. Pero pueden contribuir a algo igualmente importante: ayudarnos a reconocernos. A entender que compartimos una conversación mucho más amplia de lo que solemos imaginar. A descubrir que detrás de nuestras diferencias nacionales existe una experiencia histórica común que todavía estamos aprendiendo a narrar.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Quizás por eso, más que una colección de arte, la colección Pérez termina funcionando como una colección de historias latinoamericanas. Historias de migración, de reconstrucción, de éxito, de memoria, de curiosidad intelectual y de construcción institucional. Y también una historia sobre una idea que convendría discutir mucho más en nuestra región: la cultura no es un adorno de la prosperidad, sino una de las formas más sofisticadas de construirla. El aporte de los privados, cuando se traduce en instituciones, colecciones, museos, fundaciones, espacios de encuentro y circulación de ideas, puede terminar formando parte de aquello que una sociedad considera su patrimonio común. En una región acostumbrada a observarse a través de los ojos de otros, todavía queda mucho por ganar cuando aprendemos a mirarnos, conocernos y valorarnos un poco más entre nosotros mismos.</p>



<p class="wp-block-paragraph"></p>
]]></content:encoded>
        <author>Diego Aretz</author>
                    <category>Las palabras y las cosas</category>
                <guid isPermaLink="false">https://blogs.elespectador.com/?p=133695</guid>
        <pubDate>Wed, 30 Sep 2026 17:09:39 +0000</pubDate>
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                <media:description type="plain"><![CDATA[La colección Pérez, la ciudad y el espejo latinoamericano]]></media:description>
                <media:credit role="author" scheme="urn:ebu">Diego Aretz</media:credit>
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        <item>
        <title>Los archivos que guardan la memoria de Colombia</title>
        <link>https://blogs.elespectador.com/actualidad/las-palabras-y-las-cosas/los-archivos-que-guardan-la-memoria-de-colombia/</link>
        <description><![CDATA[<p>Una carpeta puede contener una historia que tardó décadas en ser escuchada. Un registro, una denuncia, una fotografía, el documento producido por una organización campesina o el testimonio de una comunidad pueden terminar siendo, con el paso del tiempo, mucho más que papeles: pueden convertirse en la evidencia de lo que ocurrió cuando el país [&hellip;]</p>
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        <content:encoded><![CDATA[
<p class="wp-block-paragraph">Una carpeta puede contener una historia que tardó décadas en ser escuchada. Un registro, una denuncia, una fotografía, el documento producido por una organización campesina o el testimonio de una comunidad pueden terminar siendo, con el paso del tiempo, mucho más que papeles: pueden convertirse en la evidencia de lo que ocurrió cuando el país todavía no estaba preparado para mirar de frente su propia violencia.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Esa es la dimensión que tienen los archivos de derechos humanos que custodia el Centro Nacional de Memoria Histórica (CNMH), una colección documental construida durante décadas por víctimas, comunidades, organizaciones sociales y campesinas, entidades judiciales y académicas. El 29 de septiembre, el CNMH completó la entrega a la Jurisdicción Especial para la Paz (JEP) de una copia de respaldo de estos archivos, en cumplimiento de una orden judicial.</p>



<p class="wp-block-paragraph">La decisión está contenida en el Auto AT611 del 3 de agosto de 2026, proferido por la Sección de Primera Instancia para Casos de Ausencia de Reconocimiento de Verdad y Responsabilidad de la JEP, dentro de la Medida de Protección de Información MPI 001-18, vigente desde 2018. La orden dispuso que el CNMH remitiera una copia con el propósito de asegurar la conservación y preservación de la información. El cumplimiento de la decisión judicial era obligatorio para la entidad.</p>



<p class="wp-block-paragraph">La entrega se hizo en dos momentos. El primero ocurrió el 6 de agosto, con cuatro discos duros externos y sus respectivos inventarios documentales. El segundo, este 29 de septiembre, con otros dos discos duros, una vez terminado el procesamiento técnico de la información requerida. En total fueron remitidos 33 fondos documentales: 28 en la primera entrega y cinco en la segunda. Entre ellos se encuentran archivos de organizaciones sociales, campesinas y de derechos humanos, además de documentos de entidades judiciales y académicas.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Pero existe una diferencia fundamental que conviene subrayar: <strong>la JEP recibió una copia de respaldo, no los archivos originales</strong>. Los documentos permanecen bajo custodia del CNMH, que conserva su administración y la responsabilidad legal sobre su conservación, protección, organización y acceso.</p>



<p class="wp-block-paragraph">La magnitud de ese archivo permite entender mejor lo que está en juego. El Archivo y la Colección Bibliográfica de Derechos Humanos del CNMH hacen parte del Registro Memoria del Mundo para América Latina y el Caribe de la UNESCO. Actualmente reúnen 148 fondos documentales y más de 573.000 registros, con información que va de 1946 a 2024. Su protección está regulada por la Ley 1448 de 2011 y por el Protocolo de Gestión Documental expedido por el CNMH y el Archivo General de la Nación.</p>



<p class="wp-block-paragraph">La cifra impresiona, pero quizá no explica por sí sola lo que significa conservar estos documentos. Un archivo de derechos humanos es también la huella que dejaron quienes decidieron documentar lo ocurrido cuando hacerlo podía implicar riesgos; es el registro de comunidades que quisieron dejar constancia de una desaparición, un desplazamiento, una persecución o una forma de resistencia; es el trabajo de organizaciones que durante años recopilaron información mientras Colombia intentaba comprender una violencia que muchas veces parecía destinada a quedar sin testigos.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Por eso la protección de un archivo no consiste solamente en conservar unos documentos en condiciones adecuadas. Consiste en mantener abierta la posibilidad de que una sociedad pueda volver sobre su pasado. Un expediente puede servir para una investigación judicial, pero también para un historiador, un periodista, una víctima que intenta reconstruir su propia historia o una comunidad que necesita preservar la memoria de lo ocurrido en su territorio.</p>



<p class="wp-block-paragraph">La entrega a la JEP introduce justamente esa doble dimensión. Por un lado, está el cumplimiento de una decisión judicial orientada a garantizar la conservación y preservación de información relevante. Por otro, permanece el deber del CNMH de custodiar los originales y garantizar que esos documentos continúen protegidos y disponibles. La operación no significa, por tanto, que los archivos originales salgan del CNMH, sino que una copia de respaldo queda también en el marco de las medidas de protección de información ordenadas por la jurisdicción de paz.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Colombia ha pasado buena parte de su historia intentando reconstruir aquello que la violencia quiso borrar. Durante décadas fueron las víctimas, las comunidades, las organizaciones sociales, los investigadores y los periodistas quienes conservaron testimonios que podían haberse perdido para siempre. Hoy el país enfrenta otro desafío: proteger esa memoria acumulada y convertirla en un patrimonio que pueda ser consultado por las generaciones que todavía no han nacido.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Con la entrega de esta copia, el CNMH cumple la orden de la JEP sin renunciar a su responsabilidad sobre los archivos originales que le han sido confiados. Es una distinción jurídica, pero también una distinción histórica. Porque detrás de los 148 fondos, de los más de 573.000 registros y de las miles de cajas, páginas y documentos no existe solamente información: existe una parte de la historia de Colombia que alguien decidió conservar para que el tiempo, esta vez, no pudiera borrarla.</p>



<p class="wp-block-paragraph"></p>
]]></content:encoded>
        <author>Diego Aretz</author>
                    <category>Las palabras y las cosas</category>
                <guid isPermaLink="false">https://blogs.elespectador.com/?p=133683</guid>
        <pubDate>Wed, 30 Sep 2026 03:52:16 +0000</pubDate>
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        <item>
        <title>SOS Santa Marta</title>
        <link>https://blogs.elespectador.com/actualidad/las-palabras-y-las-cosas/sos-santa-marta/</link>
        <description><![CDATA[<p>Algunas batallas se libran por el control de un territorio y hay otras que, en realidad, se libran por algo mucho más importante: por quién tiene derecho a mandar sobre ese territorio. Lo que está ocurriendo en Santa Marta pertenece a esta segunda categoría. Durante años, las Autodefensas Conquistadoras de la Sierra Nevada, conocidas como [&hellip;]</p>
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        <content:encoded><![CDATA[
<p class="wp-block-paragraph">Algunas batallas se libran por el control de un territorio y hay otras que, en realidad, se libran por algo mucho más importante: por quién tiene derecho a mandar sobre ese territorio. Lo que está ocurriendo en Santa Marta pertenece a esta segunda categoría.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Durante años, las Autodefensas Conquistadoras de la Sierra Nevada, conocidas como Los Pachenca, han construido un sistema de control que combina armas, extorsión, economías ilegales y regulación de la vida cotidiana. No estamos hablando simplemente de una banda que cobra extorsiones de manera ocasional. Estamos hablando de una organización armada que, según investigaciones recientes, ha conseguido imponer mecanismos de control sobre una parte importante de la economía y del territorio de Santa Marta y de su corredor turístico.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Un informe de la Fundación Ideas para la Paz estimó que cerca del 95 % de los prestadores de servicios del corredor turístico entre Santa Marta y Palomino estarían sometidos a extorsiones y calculó esas rentas entre 6.000 y 7.000 millones de pesos mensuales. El dato debería obligarnos a mirar el problema de otra manera: cuando una organización armada obtiene miles de millones de pesos de una economía legal mediante amenazas, ya no estamos únicamente frente a un problema de seguridad. Estamos frente a una disputa por el control económico de una región.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Y hay una contradicción particularmente dolorosa.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Santa Marta es uno de los lugares más extraordinarios de Colombia. Pocas ciudades tienen una geografía semejante: el Caribe frente a la ciudad, la Sierra Nevada elevándose detrás de ella y, en esa Sierra, una de las mayores riquezas culturales del país, representada por los pueblos indígenas que han habitado ese territorio durante siglos y que han construido alrededor de él una relación espiritual y cultural profundamente distinta de nuestra concepción convencional del territorio.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Los pueblos indígenas de la Sierra la llaman el corazón del mundo.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Resulta difícil pensar en una contradicción mayor: uno de los lugares más bellos y culturalmente ricos de Colombia sometido a una realidad en la que organizaciones armadas pretenden imponer reglas, cobrar tributos y disputar al Estado el control efectivo del territorio.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Los Pachenca no son una autoridad. Las Autodefensas Conquistadoras de la Sierra no son una autoridad. No son los dueños de la Sierra Nevada ni de Santa Marta. El nombre que una organización armada se dé a sí misma no transforma su naturaleza ni le concede legitimidad.</p>



<p class="wp-block-paragraph">No hay conquista legítima cuando el control se sostiene mediante armas, amenazas y extorsiones.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Por eso lo que está ocurriendo en Santa Marta puede convertirse en la batalla más importante que está dando en este momento el Gobierno de Abelardo de la Espriella.</p>



<p class="wp-block-paragraph">No necesariamente por el tamaño de la ciudad ni por el número de habitantes. La importancia está en otra parte. Santa Marta representa una prueba concreta de la capacidad del Estado para recuperar una función elemental de cualquier República: que ninguna organización armada pueda convertirse en autoridad paralela y decidir quién trabaja, quién paga, quién circula y quién puede desarrollar una actividad económica.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Ese es el verdadero problema político.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Un comerciante que paga una extorsión no está haciendo una transacción comercial. Está reconociendo, bajo amenaza, una autoridad distinta a la del Estado. Un empresario turístico que tiene que pagar para poder operar no está simplemente asumiendo un costo ilegal. Está siendo sometido a un sistema de poder que pretende reemplazar la autoridad pública.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Y allí está la dimensión más importante de esta crisis.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Santa Marta es hoy una batalla por la legitimidad del Estado.</p>



<p class="wp-block-paragraph">La respuesta, por eso, no puede consistir únicamente en enviar más uniformados durante una coyuntura de violencia. El Estado tiene que recuperar el control territorial, pero también debe desmontar el poder económico que permite a estas organizaciones sobrevivir. Tiene que perseguir las estructuras de extorsión, seguir las rutas del dinero, proteger a los comerciantes que denuncien, intervenir las redes asociadas al narcotráfico y evitar que las cárceles se conviertan en centros de coordinación criminal.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Tiene que conseguir algo mucho más sencillo de decir que de lograr: que un ciudadano pueda abrir un negocio sin pedirle permiso a un grupo armado.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Y aquí aparece el turismo.</p>



<p class="wp-block-paragraph">El turista llega a Santa Marta para conocer una ciudad, descansar, comer, contratar una excursión, visitar la Sierra o recorrer el Caribe. No llega pensando que una parte de la economía en la que está participando puede encontrarse sometida a una estructura de extorsión.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Por eso resulta inaceptable que el turismo, que debería ser una de las grandes fuentes de empleo, inversión y desarrollo de Santa Marta, pueda convertirse en una de las fuentes de financiación de quienes pretenden controlar la ciudad.</p>



<p class="wp-block-paragraph">El turista no puede terminar financiando, aunque sea indirectamente y sin saberlo, el poder de quienes amenazan a los comerciantes que hacen posible su experiencia.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Esto convierte el problema en un asunto nacional.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Santa Marta no es únicamente de los samarios. Es una de las principales puertas turísticas de Colombia y uno de los lugares mediante los cuales el país se presenta ante el mundo. Su bahía, su patrimonio histórico, sus playas, el Tayrona y la Sierra Nevada hacen parte de un patrimonio que trasciende a la ciudad.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Por eso este es un momento en el que el Estado debe ejercer toda la legitimidad que le corresponde.</p>



<p class="wp-block-paragraph">No se trata solamente de recuperar una carretera después de un paro armado. No se trata solamente de impedir que una organización cierre los comercios durante unos días. Se trata de demostrar que en Colombia la autoridad no se negocia con grupos armados.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Que la extorsión no es un impuesto.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Que el narcotráfico no es una economía legítima.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Que una organización armada no puede convertirse en gobierno local.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Que una montaña no puede tener dueños armados.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Y que los ciudadanos no tienen por qué escoger entre pagar o arriesgar su vida.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Por eso Santa Marta merece la atención de todo el país. De los empresarios, de los trabajadores del turismo, de los comerciantes, de los samarios y, especialmente, del Gobierno nacional.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Esta puede ser una oportunidad para demostrar que la recuperación de la seguridad no consiste solamente en responder a cada episodio de violencia, sino en desmontar las estructuras que producen esa violencia y recuperar las condiciones para que la economía legal vuelva a funcionar sin intermediarios armados.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Lo que está en juego en Santa Marta es mucho más que la temporada turística.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Está en juego quién manda.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Y esa pregunta, en una República, solamente puede tener una respuesta.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Santa Marta no necesita otro dueño. Necesita que vuelva a mandar la República.</p>



<p class="wp-block-paragraph"></p>
]]></content:encoded>
        <author>Diego Aretz</author>
                    <category>Las palabras y las cosas</category>
                <guid isPermaLink="false">https://blogs.elespectador.com/?p=133492</guid>
        <pubDate>Wed, 23 Sep 2026 21:52:16 +0000</pubDate>
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        <title>El viaje de Suleimán</title>
        <link>https://blogs.elespectador.com/actualidad/las-palabras-y-las-cosas/el-viaje-de-suleiman/</link>
        <description><![CDATA[<p>La primera pregunta que provoca la historia de Suleimán no tiene que ver con Europa, ni con las fronteras, ni siquiera con la migración. Tiene que ver con el momento exacto en que una persona empieza a considerar que quedarse en el lugar donde nació puede ser más incierto, más difícil o más doloroso que [&hellip;]</p>
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<p class="wp-block-paragraph">La primera pregunta que provoca la historia de Suleimán no tiene que ver con Europa, ni con las fronteras, ni siquiera con la migración. Tiene que ver con el momento exacto en que una persona empieza a considerar que quedarse en el lugar donde nació puede ser más incierto, más difícil o más doloroso que emprender un viaje cuyo final desconoce. Suleimán es un niño de Malí que decide marcharse con su amigo Musa hacia una Europa que, desde la distancia, aparece como el lugar donde podrían trabajar, ganar dinero, regresar algún día y ayudar a sus familias. La idea parece sencilla hasta que uno mira el camino que deben recorrer para hacerla posible: el desierto, los camiones atestados, las fronteras, los intentos fallidos de entrar a España y, finalmente, el mar. <em>Me llamo Suleimán</em>, la obra de Antonio Lozano dirigida por Mario Vega, cuenta precisamente ese viaje, pero su mayor interés está quizá en algo que ocurre antes de que empiece la travesía: en obligarnos a mirar la decisión desde el lugar de quien se marcha y no solamente desde el lugar de quienes lo esperan al otro lado.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Estamos acostumbrados a hablar de la migración desde la perspectiva de quienes reciben al migrante. Las discusiones públicas suelen comenzar en las fronteras y terminar en ellas: cuántas personas llegan, cómo atraviesan los controles, qué hacen los gobiernos, qué capacidad tienen las ciudades para recibirlas, cuáles son los temores de las sociedades que las reciben. En ese recorrido, la persona concreta tiende a desaparecer. El migrante se convierte en una categoría, una cifra, una noticia o una discusión política, y detrás de cada una de esas palabras queda escondida una historia que empezó mucho antes de que apareciera en nuestra pantalla. Antonio Lozano plantea justamente la necesidad de invertir esa mirada y acercarnos a quien emprende el viaje, comprender las razones que lo llevaron a tomar una decisión que, vista desde fuera, puede parecer incomprensible, pero que adquiere otra dimensión cuando se conocen las circunstancias desde las cuales fue tomada.</p>



<p class="wp-block-paragraph">La historia de Suleimán ocurre, además, dentro de un fenómeno mucho más grande que las fronteras de Europa. Según la Organización Internacional para las Migraciones, a mediados de 2024 había alrededor de 304 millones de migrantes internacionales en el mundo. Pero el mismo informe recuerda algo que suele perderse cuando las imágenes de las fronteras ocupan nuestra atención: cruzar un país para vivir en otro sigue siendo menos frecuente que desplazarse dentro del propio país. La migración interna es mucho más común que la internacional. A finales de 2024, además, más de 83 millones de personas vivían en situación de desplazamiento interno en el mundo. La movilidad humana, entonces, no empieza necesariamente en un aeropuerto, en una frontera o en un barco. Muchas veces comienza mucho más cerca: en la decisión de abandonar una vereda para ir al pueblo, un municipio para llegar a una ciudad, una región para buscar trabajo o una casa para escapar de la violencia.</p>



<figure class="wp-block-image size-large"><img loading="lazy" decoding="async" height="576" width="1024" src="https://blogs.elespectador.com/wp-content/uploads/sites/2/2026/09/Me-llamo-Suleima╠un-06-1.jpg?quality=60&amp;w=650" alt="" class="wp-image-133413" srcset="https://blogs.elespectador.com/wp-content/uploads/sites/2/2026/09/Me-llamo-Suleima╠un-06-1.jpg 1920w, https://blogs.elespectador.com/wp-content/uploads/sites/2/2026/09/Me-llamo-Suleima╠un-06-1.jpg?resize=300,169 300w, https://blogs.elespectador.com/wp-content/uploads/sites/2/2026/09/Me-llamo-Suleima╠un-06-1.jpg?resize=768,432 768w, https://blogs.elespectador.com/wp-content/uploads/sites/2/2026/09/Me-llamo-Suleima╠un-06-1.jpg?resize=1024,576 1024w, https://blogs.elespectador.com/wp-content/uploads/sites/2/2026/09/Me-llamo-Suleima╠un-06-1.jpg?resize=1536,864 1536w" sizes="auto, (max-width: 1024px) 100vw, 1024px" /></figure>



<p class="wp-block-paragraph">Migrar puede significar cosas muy distintas. Puede ser una decisión planeada durante años, una oportunidad laboral, la búsqueda de una universidad, el deseo de reunirse con la familia o la necesidad de huir. Puede implicar atravesar un continente o simplemente recorrer unos cuantos cientos de kilómetros. Puede ser voluntario, forzado o encontrarse en esa zona gris en la que una persona decide marcharse porque las posibilidades que tiene delante parecen haberse reducido hasta hacer del movimiento una forma de supervivencia. Por eso resulta tan difícil hablar de los migrantes como si fueran un grupo homogéneo. Las razones para partir son tan diversas como las personas que parten.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Suleimán no parte de Malí persiguiendo una idea abstracta de Europa. Su deseo es mucho más elemental y, precisamente por eso, mucho más difícil de juzgar desde lejos: quiere trabajar, conseguir suficiente dinero para volver y montar un negocio que le permita ayudar a su familia. El viaje, sin embargo, empieza a deformar rápidamente esa expectativa. Él y Musa atraviesan el desierto en camiones incómodos y llenos de personas que, como ellos, buscan una vida distinta; llegan hasta la frontera con Melilla y descubren que llegar hasta allí no significa haber llegado a ninguna parte. El primer intento fracasa y Suleimán decide volver a intentarlo, esta vez por mar. La distancia entre el sueño inicial y la realidad del camino es precisamente aquello que la obra consigue poner delante del espectador: detrás de la palabra migración existe un trayecto físico, pero también una sucesión de decisiones, renuncias, miedos y esperanzas que resulta mucho más difícil de resumir en una estadística.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Quizá por eso <em>Me llamo Suleimán</em> funciona mejor cuando uno deja de pensar en ella como una obra sobre la migración y empieza a verla como una historia sobre el futuro. Suleimán quiere algo que, en principio, no parece extraordinario: quiere que su vida sea diferente, quiere tener la posibilidad de regresar con algo que ofrecer a los suyos y quiere escapar de una pobreza que ha dejado de aceptar como destino. El dossier de la obra insiste en que no se trata de un tratado sobre inmigración ni de un estudio exhaustivo del fenómeno, sino de la historia de un joven que emprende un viaje para alcanzar sus sueños. Esa decisión narrativa es importante porque devuelve al personaje algo que las grandes discusiones sobre migración suelen quitarle: individualidad. Suleimán no representa a todos los africanos, ni a todos los migrantes, ni siquiera pretende explicar las razones de todos quienes emprenden una travesía semejante. Es un muchacho con un nombre, un amigo, una familia y una idea particular de aquello que podría ser una vida mejor.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Colombia conoce bien esa pregunta. También nosotros hemos sido un país de migrantes, aunque durante mucho tiempo hayamos hablado menos de esa experiencia porque solemos asociar la palabra con quien cruza una frontera internacional. Hoy más de 5,5 millones de colombianos viven fuera del país, según la Cancillería. Es una diáspora que se extiende por Estados Unidos, España, Venezuela y muchos otros lugares del mundo. Son millones de historias distintas: quienes se fueron buscando trabajo, quienes llegaron para estudiar, quienes se reunieron con sus familias, quienes salieron por razones económicas y quienes tuvieron que abandonar el país por la violencia.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Pero hay otra historia migratoria colombiana, quizá todavía más profunda, que ocurre sin necesidad de cruzar una frontera internacional. Durante décadas, millones de colombianos se han desplazado de un municipio a otro, del campo a las ciudades, de una región a otra. El DANE ha estudiado esta migración interna como una de las grandes fuerzas que han transformado la geografía del país. El Censo de 2018, por ejemplo, permitió caracterizar los movimientos entre municipios y departamentos y distinguir entre migración de toda la vida y migración reciente.</p>



<p class="wp-block-paragraph">El dato histórico ayuda a dimensionar esa transformación. En el Censo General de 2005, el DANE encontró que cerca del 36 por ciento de las personas censadas había nacido en un municipio diferente de aquel en el que residía. Eso significa que, entre los 41,5 millones de personas consideradas en ese cálculo censal, alrededor de 15 millones vivían en un municipio distinto al de su nacimiento. No eran necesariamente refugiados ni desplazados por la violencia: eran colombianos que, por distintas razones, habían cambiado de lugar de residencia dentro del país.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Y junto a esa migración existe una experiencia todavía más dolorosa: la de quienes no decidieron marcharse. Colombia continúa teniendo una de las mayores poblaciones de desplazados internos del mundo. Al cierre de 2025 había más de siete millones de personas desplazadas internamente por el conflicto y la violencia, según ACNUR. Es una cifra que obliga a recordar que para millones de colombianos la palabra migración no describe una aventura, una oportunidad ni la búsqueda deliberada de un futuro distinto, sino la interrupción brutal de una vida que estaba ocurriendo en otro lugar.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Hay, entonces, una línea invisible que conecta la historia de Suleimán con muchas historias colombianas, aunque las circunstancias sean radicalmente diferentes. Un campesino que abandona su vereda para llegar a Bogotá, una familia que deja una región por amenazas, un joven que viaja a España para trabajar, una mujer que se muda de un municipio a otro para estudiar, un hombre que cruza una frontera buscando una oportunidad: todos participan, de maneras distintas, de una misma condición humana, la de comprender que el lugar en el que se nació no necesariamente será el lugar en el que se vivirá para siempre.</p>



<p class="wp-block-paragraph">No se trata de establecer equivalencias fáciles. La experiencia de un joven de Malí que atraviesa el Sahara no es la misma que la de un colombiano que llega a Bogotá desde el campo, ni la de quien emigra a Madrid, ni la de una familia desplazada por la guerra. Las causas, los riesgos y las circunstancias son diferentes. Pero hay algo que sí puede reconocerse entre todas esas historias: el acto de imaginar que la vida puede continuar —o comenzar de nuevo— en otro lugar.</p>



<figure class="wp-block-image size-large"><img loading="lazy" decoding="async" height="576" width="1024" src="https://blogs.elespectador.com/wp-content/uploads/sites/2/2026/09/Me-llamo-Suleima╠un-01-1.jpg?quality=60&amp;w=650" alt="" class="wp-image-133414" srcset="https://blogs.elespectador.com/wp-content/uploads/sites/2/2026/09/Me-llamo-Suleima╠un-01-1.jpg 1575w, https://blogs.elespectador.com/wp-content/uploads/sites/2/2026/09/Me-llamo-Suleima╠un-01-1.jpg?resize=300,169 300w, https://blogs.elespectador.com/wp-content/uploads/sites/2/2026/09/Me-llamo-Suleima╠un-01-1.jpg?resize=768,432 768w, https://blogs.elespectador.com/wp-content/uploads/sites/2/2026/09/Me-llamo-Suleima╠un-01-1.jpg?resize=1024,576 1024w, https://blogs.elespectador.com/wp-content/uploads/sites/2/2026/09/Me-llamo-Suleima╠un-01-1.jpg?resize=1536,864 1536w" sizes="auto, (max-width: 1024px) 100vw, 1024px" /></figure>



<p class="wp-block-paragraph">Y es justamente esa historia la que llegará a Bogotá. <em>Me llamo Suleimán</em> se presentará el <strong>2 de octubre de 2026, a las 7:30 de la noche, en la Sala Delia Zapata del Centro Nacional de las Artes Delia Zapata Olivella</strong>, un escenario que, por unas horas, permitirá que esa travesía que comienza en Malí y atraviesa el Sahara, las fronteras y finalmente el mar encuentre otro territorio desde el cual ser contada. La llegada de la obra a Bogotá tiene algo particularmente sugestivo: una historia sobre alguien que atraviesa territorios para intentar encontrar un lugar donde construir su futuro será representada en una ciudad que también conoce, de distintas maneras, las historias de quienes han tenido que abandonar un lugar para comenzar de nuevo. Más que una coincidencia geográfica, es una oportunidad para que el teatro vuelva a hacer aquello que mejor sabe hacer: poner una vida concreta frente a otras vidas y obligarnos, durante el tiempo que dura una función, a mirar el mundo desde una perspectiva que no es la nuestra.</p>



<p class="wp-block-paragraph">En una época en la que buena parte de nuestras conversaciones sobre migración se producen a partir de imágenes de multitudes, estadísticas y mapas, esa individualidad adquiere una importancia política y humana que el teatro puede expresar mejor que muchas explicaciones. Las cifras son necesarias, por supuesto, pero una cifra no permite saber qué pensaba la persona que representa. No sabemos qué dejó atrás, qué conversación tuvo antes de partir, qué le prometió a su familia o qué imaginaba encontrar al otro lado del mar. Sabemos solamente que cruzó, que intentó cruzar o que murió intentando hacerlo. La obra parte de una operación mucho más sencilla: darle voz a uno de ellos y permitir que el espectador conozca la historia antes de formular el juicio. ACNUR y la Organización Internacional para las Migraciones han insistido en la importancia de comprender las dimensiones humanas que existen detrás de los datos sobre desplazamiento y migración. El material de la obra recoge esa idea para explicar por qué Suleimán no funciona como un símbolo abstracto, sino como un personaje capaz de despertar identificación en quien lo observa.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Existe una frase en el material de la obra que resume buena parte de esa intención. Suleimán dice que le gusta contar de qué familia y de qué país viene porque así siente que es un hombre y no una sombra perdida entre blancos. La frase resulta poderosa porque introduce una diferencia fundamental entre ser visto y ser reconocido. Una sombra puede estar delante de nosotros sin que sepamos absolutamente nada de ella; podemos verla atravesar una frontera, aparecer en una fotografía o convertirse en una noticia y, sin embargo, seguir sin conocerla. Contar una historia es una manera de romper esa distancia. Cuando sabemos que quien viaja tiene un nombre, una familia y un proyecto de vida, la palabra migrante empieza a resultar insuficiente para describirlo.</p>



<p class="wp-block-paragraph">También por eso Colombia puede escuchar esta historia desde una experiencia propia. Quizá uno de los rasgos más profundos de nuestra historia reciente sea precisamente que hemos aprendido a vivir en movimiento. Familias que llegaron a las ciudades, campesinos que abandonaron sus tierras, jóvenes que viajaron a otros países, personas que regresaron después de décadas, comunidades enteras que tuvieron que reconstruir su vida lejos de donde nacieron. La historia colombiana está llena de desplazamientos, algunos buscados y otros impuestos. El país que recibe a Suleimán en el escenario es, al mismo tiempo, un país que ha enviado millones de personas al exterior y que ha visto a millones de sus propios ciudadanos cambiar de municipio, de región o de vida.</p>



<p class="wp-block-paragraph">La trayectoria de la obra también dice algo sobre la capacidad del teatro para permanecer alrededor de un asunto incluso cuando cambian las noticias que lo rodean. <em>Me llamo Suleimán</em> nació de la novela homónima de Antonio Lozano, publicada en 2014, y fue llevada al escenario bajo la dirección de Mario Vega. En 2015 recibió reconocimientos para el espectáculo, la dirección, la autoría, la interpretación y la escenografía, además del Premio del Público. La compañía unahoramenos ha desarrollado posteriormente otros proyectos relacionados con asuntos contemporáneos, entre ellos <em>Moria</em>, una pieza de teatro documental surgida de una visita al campo de refugiados de Lesbos y reconocida con el Premio Max a la Mejor Labor de Producción en 2022.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Lo que queda después de conocer a Suleimán no es necesariamente una respuesta sobre qué debería hacer Europa, ni una conclusión sencilla sobre las fronteras o sobre las políticas migratorias. Queda algo más incómodo: la obligación de imaginar durante unos minutos la escena desde el otro lado. Pensar en un joven que observa su país, mira a su familia, calcula las posibilidades que tiene y termina concluyendo que un viaje incierto puede ofrecerle más futuro que permanecer en casa. Desde nuestra comodidad, esa decisión puede parecer temeraria; desde la suya, puede ser simplemente la consecuencia de haber agotado otras posibilidades. La obra no necesita resolver esa contradicción. Le basta con ponerla delante de nosotros y dejar que el espectador descubra que, antes de preguntarse quién llega, convendría preguntarse qué tuvo que ocurrir para que alguien decidiera irse.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Porque quizá esa sea una de las cosas que la migración revela con mayor claridad: que ningún lugar es completamente definitivo. Las personas se mueven. Cambian de ciudad, de región, de país. Se marchan, regresan, vuelven a marcharse. Llevan consigo fotografías, acentos, recetas, recuerdos, idiomas y una idea del lugar al que algún día quisieran regresar. Algunas migraciones son una elección; otras son una huida; muchas son una mezcla de necesidad y esperanza. Pero casi todas contienen, de una manera u otra, la misma pregunta que acompaña a Suleimán: ¿qué podría encontrar al otro lado que todavía no puedo encontrar aquí?</p>



<p class="wp-block-paragraph">Suleimán emprende un viaje hacia Europa, pero el verdadero viaje de la historia ocurre en otra dirección: va desde la distancia hacia el reconocimiento. En algún momento dejamos de mirar a un grupo de personas que intenta atravesar una frontera y empezamos a mirar a un muchacho que quiere trabajar, volver a su casa y ayudar a los suyos. La diferencia puede parecer pequeña, pero cambia completamente aquello que estamos viendo. Quizá el teatro tenga, entre otras, esa capacidad extraña de convertir un problema del que creemos saberlo todo en una historia que todavía necesitamos escuchar. Y quizá por eso, cuando se apagan las luces y Suleimán empieza a contar su viaje, la pregunta ya no sea solamente por qué alguien decide irse de un país, sino cuánto de nuestras propias vidas ha sido también, de una manera u otra, un viaje hacia otro lugar.</p>



<p class="wp-block-paragraph"></p>
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        <author>Diego Aretz</author>
                    <category>Las palabras y las cosas</category>
                <guid isPermaLink="false">https://blogs.elespectador.com/?p=133410</guid>
        <pubDate>Tue, 22 Sep 2026 16:17:25 +0000</pubDate>
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                <media:description type="plain"><![CDATA[El viaje de Suleimán]]></media:description>
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        <title>Ángel Beccasino, detrás de la próxima curva</title>
        <link>https://blogs.elespectador.com/actualidad/las-palabras-y-las-cosas/el-hombre-que-siempre-quiso-ver-que-habia-detras-de-la-proxima-curva/</link>
        <description><![CDATA[<p>Hay hombres que construyen una vida y hay otros que parecen dedicarse, durante su existencia, a desarmarla para volver a construirla. Ángel Beccassino pertenece a los segundos. Uno puede intentar definirlo como publicista, escritor, periodista, fotógrafo, músico, cineasta, entrevistador, estratega político o viajero, pero cada definición se queda corta, porque cada oficio parece haber sido [&hellip;]</p>
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        <content:encoded><![CDATA[
<p class="wp-block-paragraph">Hay hombres que construyen una vida y hay otros que parecen dedicarse, durante su existencia, a desarmarla para volver a construirla. Ángel Beccassino pertenece a los segundos. Uno puede intentar definirlo como publicista, escritor, periodista, fotógrafo, músico, cineasta, entrevistador, estratega político o viajero, pero cada definición se queda corta, porque cada oficio parece haber sido una estación de un viaje más largo: el de alguien empeñado en entender qué hay detrás de las cosas. Ahora ha hecho una película sobre el fin. Se llama <em>Fin</em> y, paradójicamente, no parece una película sobre terminar sino sobre mirar: mirar mientras todavía estamos aquí, mirar el mundo antes de que desaparezca, mirar a los otros, los paisajes, las ciudades, los cuerpos, los rostros, las ruinas y esas pequeñas cosas que normalmente pasan frente a nosotros sin que tengamos tiempo de detenernos.</p>



<p class="wp-block-paragraph">La película está construida con imágenes recogidas durante viajes por países y paisajes muy distintos, de Europa a América Latina, África y otras geografías que Beccassino ha atravesado durante décadas. Quien la ha visto encuentra en ella una mezcla difícil de clasificar de filosofía, poesía, música e imágenes. Pero quizá se entienda mejor si uno mira al hombre que la hizo. Beccassino nació en 1948 en San Antonio Oeste, en la Patagonia argentina. Estudió filosofía y economía sin terminar ninguna de las dos carreras. Después vino una sucesión de desplazamientos: India, Brasil, México, España, Ecuador. Colombia apareció primero como un lugar de paso y terminó convirtiéndose en casa. Llegó por primera vez en los años setenta y desde 1986 vive aquí. Hay una frase suya que ayuda a entenderlo: siempre lo tentó “la próxima curva del camino”. Tal vez ahí esté buena parte de Beccassino: no en la política, la publicidad, la fotografía o los libros, sino en lo que viene después.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Su trayectoria está marcada por esa necesidad de cambiar de lenguaje. Fue publicista y creó, entre otras cosas, aquella frase que convirtió la altura de Bogotá en una virtud: “2.600 metros más cerca de las estrellas”. Fue periodista y entrevistó a escritores como Jorge Luis Borges y Juan Rulfo. Fue fotógrafo y músico, tocó el piano y el acordeón y participó en proyectos de música experimental. Escribió sobre política, poder, comunicación, paz, crisis y personajes públicos. Hizo cine y durante décadas se convirtió también en uno de los estrategas políticos reconocibles de Colombia y América Latina. Todas esas actividades parecen distintas, pero tienen un punto de encuentro: la necesidad de interpretar lo que ocurre alrededor.</p>



<p class="wp-block-paragraph">El publicista necesita entender cómo funciona la atención. El periodista quiere saber qué piensa el otro. El fotógrafo necesita detener el tiempo. El músico trabaja con ritmo. El escritor busca palabras. El político intenta leer el estado emocional de una sociedad. El cineasta junta imágenes para producir una experiencia. En el fondo, todos trabajan sobre una misma materia: la interpretación del mundo. Por eso resulta difícil hablar de Beccassino solamente como un hombre de publicidad o de política. Su relación con la política, además, ha tenido algo de laboratorio de ideas. Ha asesorado campañas y gobiernos de orientaciones diversas, ha trabajado con figuras de centro y de izquierda y, en años recientes, tuvo un papel visible en la campaña de Rodolfo Hernández. Incluso cuando habla de política, suele terminar hablando de emociones, lenguaje, atención, comportamiento y de la manera en que una sociedad se cuenta a sí misma.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Hace años definía la política como la capacidad de conciliar inteligentemente elementos en función de una idea de bien común, y distinguía esa tarea de la comunicación política, que entendía como una operación de seducción orientada a conseguir un propósito. La diferencia importa porque detrás del estratega hay una pregunta más antigua que el marketing político: ¿por qué las personas creen en lo que creen? ¿Qué hace que una palabra movilice a una multitud? ¿Por qué una imagen permanece? ¿Por qué una persona consigue nuestra atención y otra no? ¿Por qué una idea fracasa? Y, finalmente, ¿qué queda de nosotros cuando ya no estamos?</p>



<p class="wp-block-paragraph">A Ángel lo conocí hace unos años y, desde entonces, nuestra relación fue convirtiéndose en una amistad de esas que no necesitan demasiadas explicaciones. Hemos dado batallas juntos, participado en proyectos, discutido ideas, compartido entusiasmos y desencantos, y hablado de política, Colombia, libros, personas, campañas, cine y de ese extraño oficio de intentar entender el mundo mientras cambia debajo de nuestros pies. A veces hemos estado de acuerdo y otras veces no, pero incluso el desacuerdo ha sido parte de la amistad, porque con Beccassino la conversación no termina cuando aparece una diferencia: muchas veces es ahí cuando empieza lo interesante. Hay amigos con los que uno comparte recuerdos y otros con los que comparte preguntas. Ángel pertenece para mí a esa segunda categoría.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Nos une una complicidad por la duda, por las ideas y por esa disposición a imaginar que todavía puede haber algo al otro lado. Hemos dado algunas batallas juntos, pero quizá lo que más recuerdo no sean las batallas sino las conversaciones antes y después: el análisis de lo que estaba ocurriendo, la sospecha de que las cosas podían ser distintas de como parecían, la búsqueda de una palabra mejor, de una estrategia diferente o de una manera más inteligente de contar una historia. Su capacidad quizás de mover una conversación cuando parece que ya está resuelta. </p>



<p class="wp-block-paragraph">Por eso, cuando veo <em>Fin</em>, la veo también como una especie de autorretrato involuntario, como si décadas de viajes, libros, fotografías, campañas, conversaciones, ideas y músicas hubieran terminado encontrándose en una misma pregunta. Después de tantos años tratando de comprender cómo capturar la atención de los vivos, Beccassino se enfrenta al asunto definitivo: la desaparición. La película reúne imágenes de sus viajes y las convierte en una meditación sobre la muerte, el tiempo, la memoria y nuestra necesidad de trascender. La muerte tiene una particularidad democrática que probablemente resulte interesante para alguien como él: no necesita estrategia, publicidad, discurso ni campaña. Llega. Y frente a ella todos los lenguajes se vuelven insuficientes.</p>



<p class="wp-block-paragraph">La película funciona como una metáfora de la vida: un viaje que emprendemos sin haber visto el mapa completo, convencidos de que sabemos hacia dónde vamos mientras el paisaje nos recuerda que todo es provisional. En <em>Fin</em>, la muerte no aparece solamente como una puerta que se cierra sino como una presencia que viaja con nosotros desde el principio. Cada paisaje puede ser el último, cada encuentro la última conversación, cada fotografía una manera de decirle al tiempo que estuvimos aquí. La vida se parece a una película que solo podemos ver mientras se está proyectando y cuya última escena conocemos de antemano, aunque ignoremos cuándo llegará. Quizá por eso seguimos haciendo libros, canciones, fotografías, películas y pequeñas revoluciones, como si crear fuera una manera humana de negociar con la muerte. Ahí está parte del interés de <em>Fin</em>: recordar que saber que todo termina no vuelve inútil el viaje, sino que puede darle sentido a lo que hacemos mientras estamos aquí.</p>



<p class="wp-block-paragraph"><em>Fin</em> puede leerse también como una película sobre la necesidad de dejar algo atrás: una fotografía, una canción, un libro, una conversación, una idea, un recuerdo. Beccassino lleva décadas haciendo precisamente eso. Una frase publicitaria, una fotografía, un libro, una canción, una entrevista, una campaña, una película. Quizás esa sea una de las contradicciones de <em>Fin</em>: hacer una película sobre el final es también una manera de resistirse a él. Filmar es conservar. Es decirle al tiempo: esto ocurrió, este rostro estuvo aquí, este lugar existió, esta persona estuvo viva.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Y, sin embargo no parece interesado en quedarse quieto contemplando su propio archivo. Su biografía está marcada por el movimiento. Es un viajero persistente, alguien que entendió que viajar no consiste solamente en cambiar de paisaje sino también de preguntas. En una entrevista reciente recordaba que siempre quiso saber qué había más allá de la próxima curva. Esa frase explica mejor su trayectoria que la lista de oficios que ha ejercido. Porque quizá viajar sea aceptar que todavía no sabemos. También nuestra amistad tiene algo de ese movimiento: no se trata solamente de haber estado juntos en determinadas batallas, sino de seguir preguntándonos qué viene después, qué otra posibilidad existe y qué conversación falta.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Hay algo contemporáneo y, al mismo tiempo, antiguo en esa actitud. En una época que obliga a escoger una identidad, una profesión, una especialización, una marca personal y hasta una manera de hablar, Beccassino parece haber hecho lo contrario. Se ha negado a reducirse. En un perfil de la Universidad del Rosario decía que todos tenemos “un montón de posibilidades” y que especializarse podía ser una forma de mutilación. Es una idea poco cómoda en tiempos de hojas de vida perfectas, porque una hoja de vida quiere orden y una vida verdadera casi nunca lo tiene. La de Beccassino está hecha de desvíos: de libros que conducen a fotografías, de fotografías que conducen a cine, del cine a la música, de la música a la publicidad, de la publicidad a la política, de la política al periodismo y de los viajes, ahora, a una película sobre la muerte.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Como si después de haber pasado buena parte de su vida tratando de descifrar a los vivos hubiera llegado finalmente al misterio que nadie consigue descifrar. El fin. Pero tal vez <em>Fin</em> no sea realmente una película sobre la muerte. Tal vez sea una película sobre la necesidad de seguir mirando, de preguntarse qué hay detrás de la puerta, qué hay después de la frontera, qué hay detrás del discurso de un político, debajo de una palabra o después de la próxima curva.  Ahí está quien puede pasar de una discusión política a una reflexión sobre una película, de una idea sobre Colombia a una historia de un viaje, sin que para él exista una frontera clara entre unas cosas y otras.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Beccasino, es antes que cualquier otra cosa, un viajero. No necesariamente porque haya recorrido tantos países, sino porque todavía no parece haber llegado a ninguna parte definitiva. Y mientras siga buscando, escribiendo, fotografiando, filmando, conversando, haciendo música, pensando sobre política o intentando entender por qué una sociedad se comporta como se comporta, seguirá ocurriendo algo que atraviesa toda su trayectoria: el hombre que hizo una película sobre el fin continuará buscando la próxima curva y eso finalmente ha sido buena parte de su vida.</p>



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        <author>Diego Aretz</author>
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        <pubDate>Mon, 21 Sep 2026 20:43:24 +0000</pubDate>
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        <title>James Robinson: “No veo a nadie, ni en la izquierda ni en la derecha, con una estrategia real para crear una sociedad diferente en Colombia”</title>
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        <description><![CDATA[<p>James Robinson lleva décadas estudiando una pregunta que parece perseguir a las sociedades modernas: ¿por qué algunos países logran construir prosperidad, instituciones sólidas y estabilidad política, mientras otros permanecen atrapados en ciclos de violencia, desigualdad y frustración? Su trabajo, desarrollado junto con Daron Acemoglu y reconocido con el Premio Nobel de Economía, ha influido en [&hellip;]</p>
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        <content:encoded><![CDATA[
<p class="wp-block-paragraph"></p>



<p class="wp-block-paragraph">James Robinson lleva décadas estudiando una pregunta que parece perseguir a las sociedades modernas: ¿por qué algunos países logran construir prosperidad, instituciones sólidas y estabilidad política, mientras otros permanecen atrapados en ciclos de violencia, desigualdad y frustración? Su trabajo, desarrollado junto con Daron Acemoglu y reconocido con el Premio Nobel de Economía, ha influido en presidentes, académicos y líderes de todo el mundo.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Pero más allá de las teorías sobre instituciones inclusivas y extractivas, Robinson se ha convertido en un observador privilegiado de América Latina y, particularmente, de Colombia. Ha recorrido el país durante años, ha estudiado sus regiones y ha seguido de cerca sus transformaciones políticas. Desde esa perspectiva ofrece una mirada incómoda: considera que buena parte de los problemas colombianos siguen sin comprenderse adecuadamente, que ni la derecha ni la izquierda han logrado construir una estrategia duradera para transformar el país y que el acuerdo de paz, aunque histórico, fue tratado como si fuera el final de una historia cuando apenas representaba el comienzo.</p>



<p class="wp-block-paragraph">En esta conversación habla sobre Colombia, la crisis de la democracia liberal, el ascenso de liderazgos autoritarios, la influencia de la cultura política en el desarrollo y los riesgos que plantea la inteligencia artificial. También reflexiona sobre la pregunta que hoy más le interesa: por qué las sociedades persisten en determinados equilibrios institucionales incluso cuando esos equilibrios parecen perjudicar a la mayoría de sus ciudadanos.</p>



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<p class="wp-block-paragraph"><strong>“Las élites cambian; las instituciones son las que permanecen”</strong></p>



<p class="wp-block-paragraph"><strong>Diego Aretz:</strong> Gran parte de su trabajo ha explorado por qué algunas sociedades construyen instituciones inclusivas mientras otras permanecen atrapadas en sistemas extractivos. Después de décadas estudiando estos procesos, ¿qué es lo más difícil de cambiar: las instituciones, las élites o la imaginación colectiva?</p>



<p class="wp-block-paragraph"><strong>James Robinson:</strong> Los datos sugieren que lo más difícil de transformar son las instituciones. Si observamos América Latina vemos que las élites sí cambian. Los grandes grupos económicos de hoy no son necesariamente los mismos de hace siglos. Hay rotación de élites, aparecen nuevas familias empresariales, inmigrantes que ascienden económicamente y nuevos actores con poder.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Sin embargo, las instituciones permanecen. Las reglas fundamentales del juego, las formas de organización del Estado y las relaciones entre poder político y poder económico suelen ser mucho más resistentes al cambio. Por eso las sociedades pueden experimentar transformaciones importantes en sus élites sin modificar realmente los resultados que producen sus instituciones.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Sobre la imaginación colectiva soy más cauteloso. No estoy seguro de tener una respuesta clara sobre ese tema.</p>



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<p class="wp-block-paragraph"><strong>“Colombia ha vuelto al punto donde estaba hace 25 años”</strong></p>



<p class="wp-block-paragraph"><strong>Diego Aretz:</strong> Colombia acaba de atravesar una transición política significativa. Pasó de Gustavo Petro, el primer presidente de izquierda de su historia reciente, a un liderazgo que reivindica más el orden, la seguridad y la autoridad. ¿Qué nos dice este cambio sobre la democracia colombiana?</p>



<p class="wp-block-paragraph"><strong>James Robinson:</strong> No estoy seguro de que sea un cambio tan dramático como suele presentarse. Veo más continuidades que rupturas.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Si pensamos en Álvaro Uribe, gran parte de su proyecto político estaba centrado en el orden, la seguridad y la disciplina. Hay diferencias evidentes entre los distintos liderazgos, pero también existen similitudes importantes que a veces se ignoran.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Los colombianos llevan décadas buscando una salida a problemas estructurales muy profundos. El problema es que ninguna de las alternativas ofrecidas ha logrado consolidarse plenamente. Uribe tuvo una característica particular: hizo buena parte de lo que prometió. Eso generó resultados concretos y abrió la posibilidad de que la sociedad explorara otros caminos.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Después vino la expectativa de transformaciones profundas con Petro. Sin embargo, muchas de las promesas que hizo no se tradujeron en resultados. Y cuando eso ocurre, la ciudadanía suele volver a buscar respuestas en proyectos políticos anteriores o en propuestas que le resultan familiares.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Pero el asunto central es otro. Lo que se logró mediante la estrategia militar fue transitorio. Lo que se logró mediante el acuerdo de paz también fue transitorio. Ninguna de las dos experiencias se convirtió en un proyecto social de largo plazo. Y por eso tengo la impresión de que Colombia ha terminado regresando al punto donde estaba hace 25 años.</p>



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<p class="wp-block-paragraph"><strong>“Las FARC nunca fueron el problema central”</strong></p>



<p class="wp-block-paragraph"><strong>Diego Aretz:</strong> Usted ha estudiado Colombia durante mucho tiempo. ¿Qué determina que el uso de la fuerza por parte del Estado construya capacidades institucionales y no simplemente produzca otro ciclo de violencia?</p>



<p class="wp-block-paragraph"><strong>James Robinson:</strong> Colombia sigue enfrentando un problema fundamental: amplias zonas del territorio continúan sin estar gobernadas efectivamente por el Estado.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Durante años se pensó que el problema central eran las FARC. Yo nunca compartí esa visión. Las FARC eran un síntoma de problemas más profundos. Por supuesto que su desmovilización fue positiva. Fue un logro político enorme y muy importante para el país. Pero representaba apenas el comienzo de una solución, no el final.</p>



<p class="wp-block-paragraph">La idea de que bastaba con negociar con las FARC para resolver los problemas históricos de Colombia me parecía equivocada. Los problemas estructurales estaban allí antes de las FARC y continúan después de ellas.</p>



<p class="wp-block-paragraph">El acuerdo de paz incluía algunos elementos muy importantes relacionados con la transformación territorial y la presencia estatal. Pero esas dimensiones nunca fueron implementadas de manera suficiente. Y sin esa transformación institucional más profunda, los problemas tienden a reproducirse.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Por eso seguimos viendo ciclos de violencia. Cambian los actores, cambian los nombres de los grupos armados, pero persisten las condiciones que permiten su aparición.</p>



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<p class="wp-block-paragraph"><strong>“Ni la izquierda ni la derecha entienden completamente el problema”</strong></p>



<p class="wp-block-paragraph"><strong>Diego Aretz:</strong> Usted parece sugerir que distintos gobiernos terminan repitiendo errores similares.</p>



<p class="wp-block-paragraph"><strong>James Robinson:</strong> Sí, creo que existe un patrón recurrente.</p>



<p class="wp-block-paragraph">No creo que los distintos gobiernos hayan comprendido plenamente la naturaleza del problema colombiano. Se concentran en síntomas específicos y no en las estructuras que producen esos síntomas.</p>



<p class="wp-block-paragraph">En algunos casos se piensa que el problema es exclusivamente militar. En otros, que puede resolverse mediante una reforma específica o una negociación determinada. Pero los problemas colombianos tienen raíces mucho más profundas.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Además, existe una tendencia hacia las grandes promesas y las soluciones grandilocuentes. Hay un componente teatral en la política colombiana. Se anuncian transformaciones enormes, pero luego resulta muy difícil construir las capacidades estatales necesarias para implementarlas.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Eso no significa que las personas carezcan de buenas intenciones. Al contrario. Muchas veces hay líderes sinceramente comprometidos con el cambio. El problema es que las instituciones necesarias para materializar esas transformaciones no existen o son demasiado débiles.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Por eso no veo actualmente una estrategia clara para sacar a Colombia del equilibrio en el que se encuentra.</p>



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<p class="wp-block-paragraph"><strong>“Hay personas que se benefician del equilibrio actual”</strong></p>



<p class="wp-block-paragraph"><strong>Diego Aretz:</strong> ¿Qué ha aprendido sobre la naturaleza humana estudiando el ascenso y la caída de las naciones?</p>



<p class="wp-block-paragraph"><strong>James Robinson:</strong> No creo que las diferencias fundamentales entre sociedades se expliquen por una naturaleza humana distinta.</p>



<p class="wp-block-paragraph">No pienso que los seres humanos en América Latina sean esencialmente diferentes de los estadounidenses o los europeos. Lo que cambia son las instituciones, las relaciones de poder y las trayectorias históricas.</p>



<p class="wp-block-paragraph">En Colombia, por ejemplo, algunas personas obtienen enormes beneficios del equilibrio existente. Hay sectores que pueden protegerse de muchos de los problemas que afectan al resto de la población. Pueden acceder a seguridad privada, mejores sistemas educativos, mejores servicios de salud y múltiples mecanismos de protección.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Cuando eso ocurre, la presión para transformar el sistema disminuye. Quienes se benefician del equilibrio existente tienen pocos incentivos para modificarlo.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Esa dimensión del poder es fundamental para comprender por qué ciertas instituciones persisten incluso cuando generan resultados insatisfactorios para la mayoría.</p>



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<p class="wp-block-paragraph"><strong>La crisis de la democracia liberal</strong></p>



<p class="wp-block-paragraph"><strong>Diego Aretz:</strong> Hoy muchas personas sienten que las instituciones democráticas continúan funcionando formalmente, pero ya no las representan. ¿Puede sobrevivir una democracia cuando sus ciudadanos pierden la confianza en ella?</p>



<p class="wp-block-paragraph"><strong>James Robinson:</strong> Estamos viviendo precisamente ese fenómeno.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Samuel Huntington hablaba de olas de democratización y de olas inversas. Durante las décadas de 1980 y 1990 vimos una gran expansión democrática en América Latina, África y otras regiones.</p>



<p class="wp-block-paragraph">La democracia prometía transformar la vida de las personas. Pero cuando opera en contextos donde existen instituciones débiles, clientelismo y baja capacidad estatal, sus resultados suelen ser más limitados de lo que la ciudadanía espera.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Entonces aparece la decepción.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Las personas comienzan a buscar alternativas porque sienten que las instituciones democráticas no resolvieron sus problemas. Eso es visible en muchos países.</p>



<p class="wp-block-paragraph">En Estados Unidos, por ejemplo, la prosperidad dejó de distribuirse de manera amplia. Aunque la economía siguió creciendo, los beneficios se concentraron cada vez más en sectores específicos. Muchas personas sienten que trabajaron durante décadas sin experimentar mejoras significativas en sus condiciones de vida.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Esa frustración acumulada erosiona la confianza en las instituciones democráticas.</p>



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<p class="wp-block-paragraph"><strong>“La gente está buscando algo que funcione”</strong></p>



<p class="wp-block-paragraph"><strong>Diego Aretz:</strong> ¿Por eso vemos el auge de liderazgos fuertes o autoritarios?</p>



<p class="wp-block-paragraph"><strong>James Robinson:</strong> Exactamente.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Si observamos casos como El Salvador, encontramos ciudadanos que experimentaron durante años niveles extremos de inseguridad. En ese contexto, muchos terminan apoyando soluciones que les ofrecen resultados inmediatos.</p>



<p class="wp-block-paragraph">La gente está buscando algo que funcione.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Eso no significa necesariamente que esas soluciones vayan a resolver los problemas de fondo. Pero sí explica por qué resultan políticamente atractivas.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Cuando las instituciones tradicionales dejan de generar confianza, aumenta la disposición de los ciudadanos a experimentar con alternativas que anteriormente habrían considerado inaceptables.</p>



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<p class="wp-block-paragraph"><strong>“No creo que estos modelos tengan soluciones duraderas”</strong></p>



<p class="wp-block-paragraph"><strong>Diego Aretz:</strong> ¿Este ciclo puede revertirse?</p>



<p class="wp-block-paragraph"><strong>James Robinson:</strong> Claro que puede. La historia muestra que estos procesos suelen desarrollarse en oleadas.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Sin embargo, no creo que los modelos más autoritarios tengan respuestas duraderas para los problemas que enfrentan las sociedades contemporáneas.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Pueden producir resultados temporales. Pueden generar estabilidad durante ciertos períodos. Pero eso es diferente a construir soluciones sostenibles.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Lo que ocurre hoy es que muchas personas están desencantadas con aspectos importantes del modelo liberal. Cuestionan la meritocracia, cuestionan el funcionamiento del Estado y cuestionan los beneficios distribuidos por la globalización.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Estamos viviendo un período de búsqueda. Todavía no está claro qué tipo de equilibrio político surgirá de esta etapa.</p>



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<p class="wp-block-paragraph"><strong>América Latina y la obsesión con las utopías</strong></p>



<p class="wp-block-paragraph"><strong>Diego Aretz:</strong> ¿Qué contradicción explica que América Latina siga siendo una región de enorme potencial y frustración permanente?</p>



<p class="wp-block-paragraph"><strong>James Robinson:</strong> Cada vez me interesa más explorar una explicación cultural.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Existe una tendencia persistente al idealismo y al utopismo. Con frecuencia aparecen propuestas extraordinariamente ambiciosas para resolver problemas complejos, pero esas propuestas suelen estar desconectadas de las capacidades reales de implementación.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Hay una tensión permanente entre lo ideal y lo posible.</p>



<p class="wp-block-paragraph">El intelectual uruguayo Ángel Rama reflexionó sobre esta distancia entre la ciudad ideal y la ciudad real. Creo que esa tensión sigue presente en buena parte de América Latina.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Existe una confianza recurrente en soluciones grandiosas y una menor valoración del pragmatismo institucional.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Un ejemplo evidente es la tendencia a reescribir constituciones. A menudo se actúa como si una nueva constitución pudiera resolver problemas históricos profundamente arraigados, a pesar de que la evidencia acumulada durante dos siglos sugiere que las transformaciones son mucho más complejas.</p>



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<p class="wp-block-paragraph"><strong>“La inteligencia artificial me parece aterradora”</strong></p>



<p class="wp-block-paragraph"><strong>Diego Aretz:</strong> Quisiera preguntarle por la inteligencia artificial.</p>



<p class="wp-block-paragraph"><strong>James Robinson:</strong> Me parece profundamente preocupante.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Estamos entrando en una transformación tecnológica gigantesca sin comprender plenamente sus consecuencias.</p>



<p class="wp-block-paragraph">La humanidad ya ha vivido procesos similares. Ocurrió con la agricultura, ocurrió con la Revolución Industrial y ahora está ocurriendo con la inteligencia artificial.</p>



<p class="wp-block-paragraph">La diferencia es que hoy sí contamos con instituciones capaces de regular estos cambios. Sin embargo, esas instituciones parecen incapaces o poco dispuestas a actuar.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Ya observamos efectos importantes en los mercados laborales. La automatización ha contribuido durante décadas al desplazamiento de trabajadores y al aumento de la desigualdad. Y ahora nos dirigimos hacia una transformación aún más profunda.</p>



<p class="wp-block-paragraph">No hemos resuelto las consecuencias sociales de la revolución tecnológica anterior y ya estamos entrando en una nueva.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Eso me parece aterrador.</p>



<p class="wp-block-paragraph"><strong>“La democracia decepciona cuando promete más de lo que puede cumplir”</strong></p>



<p class="wp-block-paragraph"><strong>Diego Aretz:</strong> Cuando uno escucha sus respuestas sobre Colombia, América Latina y Estados Unidos, parece haber una preocupación común: la distancia entre las expectativas que generan los sistemas políticos y los resultados que finalmente entregan. ¿Es esa una de las razones por las cuales estamos viendo tanta desconfianza hacia las instituciones?</p>



<p class="wp-block-paragraph"><strong>James Robinson:</strong> Sí, creo que esa es una parte importante de la explicación. Si pensamos en las grandes olas de democratización de las décadas de 1980 y 1990, mucha gente vio la democracia como una solución transformadora. La democracia prometía cambiar la vida de las personas, prometía prosperidad, representación y mejores oportunidades.</p>



<p class="wp-block-paragraph">El problema es que en sociedades donde las instituciones estatales son débiles o donde la política funciona a través de mecanismos clientelistas, la democracia tiene una capacidad limitada para producir transformaciones profundas. Entonces surge una brecha entre las expectativas y la realidad.</p>



<p class="wp-block-paragraph">La gente esperaba cambios mucho más grandes de los que realmente ocurrieron. Y cuando esa decepción se acumula durante décadas, las personas empiezan a buscar alternativas.</p>



<p class="wp-block-paragraph"><strong>Diego Aretz:</strong> ¿Esa decepción ayuda a explicar fenómenos tan distintos como Trump en Estados Unidos, Bukele en El Salvador o el crecimiento de movimientos antisistema en otras partes del mundo?</p>



<p class="wp-block-paragraph"><strong>James Robinson:</strong> Sí, creo que existe una conexión. Las personas están buscando algo que funcione. En muchos países la sensación es que las instituciones tradicionales ya no están resolviendo los problemas que preocupan a los ciudadanos.</p>



<p class="wp-block-paragraph">En Estados Unidos, por ejemplo, durante décadas hubo crecimiento económico, pero los beneficios se concentraron cada vez más en los sectores más ricos. Para muchas personas la experiencia cotidiana fue completamente distinta a la narrativa del éxito económico nacional.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Si uno no tiene educación universitaria, los salarios reales son inferiores a los que existían hace varias décadas. Ese fenómeno tiene múltiples causas: cambios tecnológicos, automatización, debilitamiento de los sindicatos y transformaciones profundas en el mercado laboral.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Todo eso genera frustración y termina erosionando la confianza en las instituciones democráticas.</p>



<p class="wp-block-paragraph"><strong>Diego Aretz:</strong> Sin embargo, tampoco parece convencido de que los modelos más autoritarios tengan respuestas duraderas.</p>



<p class="wp-block-paragraph"><strong>James Robinson:</strong> No, no lo estoy. Creo que algunas de estas experiencias pueden producir resultados temporales. Pueden generar una sensación de eficacia durante un período determinado. Pero eso es diferente a construir soluciones sostenibles.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Lo que estamos viendo es una búsqueda de nuevas fórmulas políticas. Hay mucha desilusión con aspectos importantes del modelo liberal contemporáneo, pero todavía no está claro qué alternativa va a surgir.</p>



<p class="wp-block-paragraph">En Estados Unidos, por ejemplo, distintos sectores políticos están tratando de reconstruir coaliciones sociales capaces de volver a conectar con amplios grupos de la población. Pero creo que todavía estamos en una etapa de experimentación.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Y en Colombia veo algo parecido. Hay muchas propuestas, pero sigo sin ver una agenda práctica y coherente capaz de construir una salida duradera para los problemas estructurales del país.</p>



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<p class="wp-block-paragraph"><strong>La lección de toda una vida</strong></p>



<p class="wp-block-paragraph"><strong>Diego Aretz:</strong> Si pudiera dejar una sola lección a los líderes políticos del mundo, ¿cuál sería?</p>



<p class="wp-block-paragraph"><strong>James Robinson:</strong> Que comprendan la importancia de las instituciones.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Cuando viajo y hablo con personas de distintos países encuentro una fascinación enorme por los líderes individuales. Existe la idea de que los problemas pueden resolverse simplemente encontrando al dirigente adecuado.</p>



<p class="wp-block-paragraph">La evidencia no apunta en esa dirección.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Las sociedades prosperan cuando construyen instituciones capaces de generar oportunidades amplias, distribuir poder y sostener reglas estables.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Las instituciones son mucho más importantes que cualquier individuo.</p>



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<p class="wp-block-paragraph"><strong>“Todavía no entendemos el papel de las ideas”</strong></p>



<p class="wp-block-paragraph"><strong>Diego Aretz:</strong> ¿Y cuál es la gran pregunta que todavía no sabe responder?</p>



<p class="wp-block-paragraph"><strong>James Robinson:</strong> Creo que las ciencias sociales siguen siendo demasiado materialistas.</p>



<p class="wp-block-paragraph">La economía, la ciencia política y muchas disciplinas han puesto un enorme énfasis en los incentivos materiales. Pero los seres humanos también se mueven por ideas, valores, creencias y aspiraciones.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Todavía comprendemos muy poco sobre los fundamentos culturales de las instituciones.</p>



<p class="wp-block-paragraph">¿Por qué determinadas sociedades desarrollan ciertas formas de organización política y otras no? ¿Por qué algunas ideas persisten durante siglos? ¿Cómo influyen las creencias colectivas en la construcción institucional?</p>



<p class="wp-block-paragraph">Esas son preguntas extraordinariamente difíciles.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Y sospecho que allí están algunas de las respuestas más importantes para comprender el desarrollo y la democracia.</p>



<p class="wp-block-paragraph"></p>
]]></content:encoded>
        <author>Diego Aretz</author>
                    <category>Las palabras y las cosas</category>
                <guid isPermaLink="false">https://blogs.elespectador.com/?p=133238</guid>
        <pubDate>Fri, 18 Sep 2026 21:12:03 +0000</pubDate>
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                <media:description type="plain"><![CDATA[James Robinson: “No veo a nadie, ni en la izquierda ni en la derecha, con una estrategia real para crear una sociedad diferente en Colombia”]]></media:description>
                <media:credit role="author" scheme="urn:ebu">Diego Aretz</media:credit>
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        <item>
        <title>La Memoria toma Medellín</title>
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        <description><![CDATA[<p>Hay ciudades que terminan convirtiéndose en escenarios inevitables para ciertas conversaciones. Medellín es una de ellas cuando se habla de memoria. Pocas ciudades colombianas condensan de manera tan visible las contradicciones del país: violencia y resistencia, dolor y transformación, miedo y esperanza. Quizás por eso resulta especialmente significativa la presencia que tendrá el Centro Nacional [&hellip;]</p>
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        <content:encoded><![CDATA[
<p class="wp-block-paragraph">Hay ciudades que terminan convirtiéndose en escenarios inevitables para ciertas conversaciones. Medellín es una de ellas cuando se habla de memoria. Pocas ciudades colombianas condensan de manera tan visible las contradicciones del país: violencia y resistencia, dolor y transformación, miedo y esperanza. Quizás por eso resulta especialmente significativa la presencia que tendrá el Centro Nacional de Memoria Histórica (CNMH) en la vigésima edición de la Fiesta del Libro y la Cultura, que se realizará entre el 11 y el 20 de septiembre en el Jardín Botánico y el Parque Explora. Bajo el lema “Voz para los que no tenían voz”, la entidad llegará con una programación que incluye conversatorios, talleres, investigaciones, lanzamientos editoriales, actividades artísticas y espacios de encuentro con comunidades, víctimas, investigadores, estudiantes y ciudadanos interesados en comprender mejor la historia reciente del país.</p>



<p class="wp-block-paragraph">La agenda es amplia, pero más allá de la cantidad de actividades, lo que llama la atención es la visión que parece atravesarla. Durante años, la memoria en Colombia estuvo asociada principalmente a la reconstrucción de hechos violentos, a la elaboración de informes y a la preservación de archivos. Todas esas tareas siguen siendo indispensables. Sin verdad documentada no existe posibilidad de comprensión ni de justicia. Sin embargo, la programación que el Centro llevará a Medellín sugiere una apuesta más amplia: convertir la memoria en una conversación pública capaz de involucrar a sectores de la sociedad que tradicionalmente no participan de estos debates.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Esa intención aparece desde el primer día. El viernes 11 de septiembre se abrirán espacios como “Cartografía por la memoria”, un taller dirigido a jóvenes que propone explorar cómo los lugares guardan historias, emociones y recuerdos a través del dibujo y la construcción colectiva de mapas. Ese mismo día se presentará el pódcast <em>Lenguajes de la memoria: afectaciones a metaleros en el marco del conflicto armado en Medellín (1990-2000)</em>, una propuesta que recupera testimonios de quienes encontraron en la música una forma de resistencia frente a las distintas expresiones de violencia que marcaron la ciudad durante las últimas décadas.<br><br></p>



<p class="wp-block-paragraph">La elección de Medellín para este tipo de reflexiones no es casual. La ciudad ha sido protagonista de algunos de los capítulos más complejos de la historia contemporánea colombiana. Ha conocido el impacto del narcotráfico, la confrontación armada, las violencias urbanas y las fracturas sociales que dejaron profundas huellas en miles de familias. Pero también ha sido un laboratorio de iniciativas comunitarias, procesos culturales y apuestas educativas que han demostrado que la memoria puede convertirse en una herramienta para reconstruir tejido social. Hablar de memoria en Medellín implica necesariamente hablar de las heridas que dejó la violencia, pero también de las múltiples formas de resistencia que surgieron para enfrentarla.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Uno de los ejes centrales de la programación será el ciclo de conversaciones denominado “El valor de las voces”, en el que participará el director general del Centro Nacional de Memoria Histórica, D&#8217;Mar Córdoba Salamanca. Los encuentros reunirán a víctimas de distintas experiencias, desde mujeres afectadas por el reclutamiento y la violencia sexual hasta Sofía Gaviria Correa y representantes de la fuerza pública.<br><br></p>



<figure class="wp-block-image size-large"><img loading="lazy" decoding="async" height="768" width="1024" src="https://blogs.elespectador.com/wp-content/uploads/sites/2/2026/09/unnamed-1-1.jpg?w=650" alt="" class="wp-image-133037" srcset="https://blogs.elespectador.com/wp-content/uploads/sites/2/2026/09/unnamed-1-1.jpg 1280w, https://blogs.elespectador.com/wp-content/uploads/sites/2/2026/09/unnamed-1-1.jpg?resize=300,225 300w, https://blogs.elespectador.com/wp-content/uploads/sites/2/2026/09/unnamed-1-1.jpg?resize=768,576 768w, https://blogs.elespectador.com/wp-content/uploads/sites/2/2026/09/unnamed-1-1.jpg?resize=1024,768 1024w" sizes="auto, (max-width: 1024px) 100vw, 1024px" /></figure>



<p class="wp-block-paragraph">Más allá de los nombres propios, estos espacios reflejan una idea fundamental: la memoria colombiana no puede construirse desde una sola experiencia ni desde una única mirada. La historia reciente del país está compuesta por relatos diversos, a veces dolorosamente distintos entre sí, que exigen ser escuchados con la misma disposición para comprender. En una época donde la polarización suele empujar a los ciudadanos a escuchar únicamente aquello que confirma sus propias convicciones, la apuesta por reunir voces diferentes adquiere un valor especial.</p>



<p class="wp-block-paragraph">En ese contexto también puede leerse el trabajo que viene impulsando D&#8217;Mar Córdoba al frente del CNMH. Más allá de las responsabilidades administrativas propias de cualquier dirección institucional, la programación de Medellín deja ver una intención clara de acercar el Centro a públicos más amplios y de fortalecer su presencia en espacios donde la memoria dialoga con la cultura, la educación y la ciudadanía. No se trata únicamente de presentar investigaciones o publicar informes. Se trata de lograr que esos contenidos encuentren nuevos interlocutores y que la conversación sobre el pasado llegue a escenarios donde normalmente no se produce.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Quizás uno de los ejemplos más interesantes de esa visión sea el lanzamiento de <em>La naturaleza y el territorio como víctimas: relatos de memoria histórica ambiental</em>, programado para el sábado 12 de septiembre. La investigación inaugura una nueva línea de trabajo que invita a reflexionar sobre los impactos del conflicto armado en los ecosistemas y en las comunidades que dependen de ellos. Durante años, las discusiones sobre memoria se concentraron principalmente en las afectaciones humanas, algo completamente comprensible dada la magnitud del sufrimiento causado por la violencia. Sin embargo, cada vez resulta más evidente que la guerra también transformó ríos, bosques, montañas y formas de vida enteras. Reconocer esas afectaciones permite ampliar nuestra comprensión de lo ocurrido y conectar la memoria con desafíos contemporáneos como la protección ambiental y los derechos de las comunidades rurales.</p>



<p class="wp-block-paragraph">La programación también dedica una atención especial a los niños, niñas y jóvenes. Habrá talleres como <em>Fotovoces</em>, <em>El jardín de la memoria</em>, <em>Exploradores de la memoria</em>, <em>Los viajes del colibrí</em> y <em>Mi memoria, mi museo</em>, actividades que buscan acercar la reflexión sobre el pasado a nuevas generaciones mediante herramientas creativas y participativas.<br>Y quizás allí se encuentre una de las preguntas más importantes para cualquier política pública de memoria en la actualidad. ¿Cómo transmitir la historia de la violencia a quienes no la vivieron directamente? Millones de colombianos nacieron después de algunos de los episodios más intensos del conflicto armado y observan esos acontecimientos desde una distancia temporal cada vez mayor. Para ellos, la memoria no puede limitarse a una colección de fechas o acontecimientos. Necesita encontrar nuevos lenguajes, nuevas formas de narración y nuevas experiencias que permitan comprender por qué recordar sigue siendo relevante.</p>



<figure class="wp-block-image size-large"><img loading="lazy" decoding="async" height="683" width="1024" src="https://blogs.elespectador.com/wp-content/uploads/sites/2/2026/09/unnamed_17f2e3.jpg?w=650" alt="" class="wp-image-133038" srcset="https://blogs.elespectador.com/wp-content/uploads/sites/2/2026/09/unnamed_17f2e3.jpg 1280w, https://blogs.elespectador.com/wp-content/uploads/sites/2/2026/09/unnamed_17f2e3.jpg?resize=300,200 300w, https://blogs.elespectador.com/wp-content/uploads/sites/2/2026/09/unnamed_17f2e3.jpg?resize=768,512 768w, https://blogs.elespectador.com/wp-content/uploads/sites/2/2026/09/unnamed_17f2e3.jpg?resize=1024,683 1024w" sizes="auto, (max-width: 1024px) 100vw, 1024px" /></figure>



<p class="wp-block-paragraph">La agenda de Medellín parece consciente de ese desafío. Por eso incorpora actividades que exploran la memoria desde la fotografía, la música, la literatura, la educación, los archivos comunitarios e incluso la gastronomía. Uno de los conversatorios más llamativos lleva por título <em>¿A qué sabe la memoria?</em>, una invitación a reflexionar sobre cómo los alimentos, las recetas y los espacios compartidos alrededor de la mesa también forman parte de las historias que una comunidad decide preservar.</p>



<p class="wp-block-paragraph">De igual manera, la programación incluye espacios sobre museos escolares, archivos de derechos humanos, bibliotecas, centros de documentación y experiencias barriales de construcción de memoria. Todos ellos comparten una misma convicción: la memoria no pertenece exclusivamente a las instituciones. También pertenece a las comunidades, a los barrios, a las escuelas y a las organizaciones que durante años han trabajado para preservar sus propias historias.<br>Uno de los momentos más esperados llegará el 19 de septiembre con el lanzamiento de <em>Verdades pendientes. Paz urbana en Medellín y el Valle de Aburrá</em>, una investigación que analiza cinco décadas de violencia en la región y pone en el centro las voces, los daños y las demandas de las víctimas. La elección de este escenario para presentar el informe tiene una fuerza simbólica evidente. Medellín sigue siendo un territorio donde la discusión sobre la paz urbana continúa abierta y donde las preguntas sobre las causas, consecuencias y transformaciones de la violencia mantienen plena vigencia.</p>



<p class="wp-block-paragraph">El título del informe resume bien uno de los grandes desafíos de la memoria colombiana: todavía existen verdades pendientes. Persisten preguntas sobre responsabilidades, impactos, silencios y consecuencias que siguen reclamando atención. La memoria no existe para ofrecer respuestas definitivas a todos esos interrogantes, pero sí para evitar que desaparezcan de la conversación pública.</p>



<p class="wp-block-paragraph">La elección de Medellín para presentar este informe también invita a una reflexión más amplia sobre la relación entre memoria y ciudad. Durante mucho tiempo, buena parte de los debates sobre el conflicto armado colombiano se concentraron en los territorios rurales, donde ocurrieron algunas de las mayores tragedias de la guerra. Sin embargo, las ciudades también cargan memorias profundas de la violencia. Medellín es quizás el mejor ejemplo de ello. Aquí confluyeron fenómenos asociados al narcotráfico, al conflicto armado, al desplazamiento forzado y a las distintas expresiones de criminalidad urbana que transformaron barrios enteros y marcaron la vida de varias generaciones.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Hablar de paz urbana en Medellín no significa únicamente analizar cifras de violencia o estudiar la presencia de actores armados. Significa escuchar las historias de quienes han vivido esas transformaciones desde sus comunidades, comprender cómo las dinámicas de la violencia afectaron la vida cotidiana y reconocer los esfuerzos colectivos que permitieron resistir en medio de circunstancias extremadamente difíciles. En ese sentido, la memoria se convierte en una herramienta para leer la ciudad desde abajo, desde las experiencias de sus habitantes y no solamente desde las decisiones institucionales o los grandes acontecimientos que suelen ocupar los titulares.</p>



<p class="wp-block-paragraph">La programación del Centro Nacional de Memoria Histórica parece entender esa necesidad de conectar los grandes relatos nacionales con las historias locales. Por eso resulta significativo que varios de los eventos programados incluyan experiencias comunitarias, archivos barriales, iniciativas educativas y procesos culturales surgidos en los propios territorios. Más que presentar una memoria cerrada o definitiva, la agenda propone un diálogo permanente entre las investigaciones del Centro y las memorias construidas por las comunidades.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Algo similar ocurre con los lanzamientos editoriales previstos para los últimos días de la feria. Obras como <em>¿Quiénes son las verdaderas heroínas y los verdaderos héroes en el Oriente antioqueño?</em> o la colección <em>Relatos pal desolvido</em> reflejan un esfuerzo por acercar los hallazgos de la investigación histórica a públicos más amplios mediante formatos narrativos accesibles. No es una apuesta menor. Uno de los grandes desafíos de cualquier institución dedicada a la memoria consiste precisamente en encontrar formas de comunicar conocimientos complejos sin perder rigor, pero también sin quedar encerrados en círculos académicos o especializados.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Al revisar el conjunto de actividades, aparece una idea que atraviesa toda la programación: la memoria no es solamente una tarea de preservación del pasado. También es una forma de construir ciudadanía. Recordar implica reconocer experiencias diversas, escuchar voces que históricamente han permanecido al margen de las grandes narrativas y fortalecer la capacidad de una sociedad para comprenderse a sí misma. Esa parece ser, en última instancia, la conversación que el CNMH quiere llevar a Medellín durante estos diez días.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Quizás por eso la presencia del Centro Nacional de Memoria Histórica en la Fiesta del Libro trasciende el ámbito cultural. Lo que está en juego no es únicamente la difusión de investigaciones o publicaciones. Lo que está en juego es la posibilidad de seguir construyendo espacios donde el país pueda escucharse a sí mismo, reconocer la diversidad de sus experiencias y reflexionar sobre las lecciones que deja su historia reciente.</p>



<p class="wp-block-paragraph">En tiempos marcados por la inmediatez, las redes sociales y la fragmentación de los debates públicos, resulta valioso que una institución pública insista en la importancia de escuchar, dialogar y comprender. Esa parece ser la apuesta que recorre la programación del CNMH en Medellín y, al mismo tiempo, una de las características más visibles del momento que vive la entidad bajo la dirección de D&#8217;Mar Córdoba.</p>



<p class="wp-block-paragraph">La memoria, al fin y al cabo, no es un ejercicio destinado a inmovilizar a una sociedad en el pasado. Es una herramienta para comprender el presente y pensar el futuro. Y si algo deja claro esta programación es que el Centro Nacional de Memoria Histórica quiere que esa conversación ocurra cada vez más allá de los archivos, más allá de los expertos y más cerca de los ciudadanos.</p>



<p class="wp-block-paragraph"></p>
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        <author>Diego Aretz</author>
                    <category>Las palabras y las cosas</category>
                <guid isPermaLink="false">https://blogs.elespectador.com/?p=133033</guid>
        <pubDate>Mon, 14 Sep 2026 16:32:20 +0000</pubDate>
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                <media:description type="plain"><![CDATA[La Memoria toma Medellín]]></media:description>
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        <title>La encrucijada de Abelardo</title>
        <link>https://blogs.elespectador.com/actualidad/las-palabras-y-las-cosas/la-encrucijada-de-abelardo/</link>
        <description><![CDATA[<p>Hay una tentación muy grande, casi inevitable, cuando un país cambia de gobierno: explicar el resultado electoral como si una mitad de la sociedad hubiera derrotado definitivamente a la otra. Colombia debería cuidarse de esa tentación. Abelardo de la Espriella ganó las elecciones presidenciales y tiene, por supuesto, la legitimidad democrática para gobernar. Pero convendría [&hellip;]</p>
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<h1 class="wp-block-heading">Hay una tentación muy grande, casi inevitable, cuando un país cambia de gobierno: explicar el resultado electoral como si una mitad de la sociedad hubiera derrotado definitivamente a la otra. Colombia debería cuidarse de esa tentación.</h1>



<p class="wp-block-paragraph">Abelardo de la Espriella ganó las elecciones presidenciales y tiene, por supuesto, la legitimidad democrática para gobernar. Pero convendría mirar con un poco más de detenimiento qué fue exactamente lo que lo llevó hasta la Casa de Nariño. Porque acaso allí se encuentre también la pregunta más importante de su gobierno.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Abelardo no llegó al poder solamente por la extrema derecha. Llegó, en buena medida, porque una parte considerable del país estaba cansada. Cansada de la improvisación, de la confrontación permanente, de la sensación de que gobernar consistía muchas veces en producir una nueva controversia antes de haber resuelto la anterior. Cansada también de un gobierno que, en distintos momentos, pareció mirar con desconfianza o desprecio a sectores enteros de la sociedad que no compartían su proyecto político.</p>



<p class="wp-block-paragraph">La elección fue, en ese sentido, algo más complejo que un simple giro ideológico.</p>



<p class="wp-block-paragraph">La primera vuelta había dejado a Abelardo y a Iván Cepeda separados por poco más de 660.000 votos. En la segunda, la distancia terminó reduciéndose a 251.854. De la Espriella obtuvo 12.960.166 votos y Cepeda 12.708.312. No estamos, por tanto, frente a una revolución electoral de una mayoría aplastante. Estamos frente a un país prácticamente dividido en dos.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Y esa diferencia importa.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Porque una cosa es ganar una elección y otra, bastante más difícil, interpretar un país.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Tal vez Abelardo debería preguntarse si su triunfo fue exclusivamente el resultado de una adhesión profunda a la derecha que él representa o si también fue consecuencia de una circunstancia histórica mucho más amplia: el cansancio con el gobierno anterior, el rechazo a ciertas formas de ejercer el poder, la preocupación por la seguridad, la economía y el rumbo institucional, y la incapacidad de la izquierda para convocar a los sectores del centro político que necesitaba para convertirse en una mayoría nacional.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Incluso la presencia de José Manuel Restrepo en la fórmula presidencial decía algo que no debería pasar inadvertido. Para muchos votantes, Restrepo representaba una señal de moderación, de experiencia administrativa, de diálogo con sectores empresariales y académicos, y de una derecha que podía conversar con el centro. No era un detalle menor. Era una forma de decirle a un país que había alternativas distintas a la confrontación permanente.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Quizás por eso la historia de este gobierno no debería escribirse simplemente como la historia de la llegada de la derecha al poder.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Hay algo más interesante.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Hay una casualidad histórica entre Abelardo y la derecha colombiana que todavía está por convertirse en un vínculo profundo. Su triunfo puede ser leído como la convergencia de varias circunstancias, más que como la culminación de un largo proceso de construcción ideológica de una nueva mayoría conservadora. Las elecciones producen esas paradojas: a veces llevan al poder a una persona por razones que exceden ampliamente su propia biografía política.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Y allí comienza la verdadera encrucijada.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Porque Abelardo ya no es el candidato que podía representar la indignación de una parte del país. Es el presidente de todos.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Eso cambia el lenguaje, cambia la responsabilidad y debería cambiar incluso la idea de victoria.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Un candidato puede vivir de la diferencia. Un presidente necesita construir sobre aquello que comparte la sociedad.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Esta es quizá una de las pruebas más difíciles para un gobernante con una personalidad política tan marcada como la de Abelardo. La misma energía que puede servir para ganar una elección puede convertirse en un obstáculo para gobernar. La confrontación moviliza. El gobierno, en cambio, exige administrar diferencias.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Y Colombia está llena de diferencias.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Cada decisión de este gobierno será observada por un país especialmente sensible. La izquierda sospechará de la derecha. La derecha exigirá que el gobierno cumpla sus promesas. El centro estará atento a cualquier señal de radicalización. Los empresarios mirarán las reglas del juego. Los trabajadores, los jóvenes, las regiones, las víctimas, los militares, los campesinos y las universidades tendrán sus propias expectativas.</p>



<p class="wp-block-paragraph">No hay, en este momento, un sector de Colombia que pueda decir que el país le pertenece.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Quizás esa sea precisamente la oportunidad histórica de Abelardo.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Los grandes estadistas no suelen ser recordados solamente por las batallas que ganaron contra sus adversarios. Son recordados por las fronteras que consiguieron mover. Por la capacidad de hacer que quienes no pensaban como ellos pudieran reconocerse, al menos parcialmente, en una obra común.</p>



<p class="wp-block-paragraph">La historia suele ser más generosa con quienes construyen que con quienes simplemente vencen.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Hay, además, una idea que me gustaría pedirle prestada al propio presidente. Si Abelardo se reconoce en la tradición del hombre del Renacimiento, tendría allí una extraordinaria oportunidad para pensar su propia presidencia. Porque si algo hizo grande al Renacimiento no fue solamente la aparición de artistas geniales, sino la capacidad de mirar más allá de los límites conocidos, de cruzar disciplinas, de aprender del otro, de encontrar horizontes mayores que las circunstancias más íntimas o los círculos más limitados.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Leonardo podía ser pintor, anatomista, ingeniero y arquitecto. Maquiavelo podía estudiar a los antiguos para comprender a los modernos. Y Lorenzo de Médici entendió que la grandeza política de Florencia no consistía únicamente en acumular poder, sino también en convertirla en un centro de cultura, diplomacia y creación.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Lorenzo es, quizás, una figura especialmente sugestiva para un presidente que acaba de llegar al poder en un país dividido. Después de la conspiración de los Pazzi y de una guerra que puso a Florencia en una situación crítica, Lorenzo viajó personalmente a Nápoles y negoció la paz. Después construyó una política de alianzas y equilibrios que hizo de Florencia una pieza decisiva de la política italiana. Al mismo tiempo, alrededor suyo se reunieron artistas, poetas, filósofos y arquitectos. Su grandeza no estuvo solamente en mandar, sino en comprender que el poder podía ser también una forma de ampliar el horizonte de una sociedad.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Quizás esa sea una de las preguntas más interesantes que podría hacerse Abelardo: ¿puede un hombre que llegó al poder desde una identidad política tan fuerte ampliar su propio horizonte hasta convertirse en algo más grande que esa identidad? ¿Puede escuchar voces que no pertenecen a su mundo, incorporar ideas que no nacieron en su círculo, reconocer que incluso sus adversarios pueden tener algo que enseñarle?</p>



<p class="wp-block-paragraph">Porque allí está, en últimas, la diferencia entre un gobernante que administra una victoria y un estadista que comprende una época.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Por eso sería un error que el nuevo gobierno confundiera el mandato electoral con un mandato para profundizar las divisiones culturales del país. Colombia no necesita que el presidente demuestre cada mañana que derrotó a la izquierda. Necesita que demuestre que puede gobernar mejor que ella.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Gobernar mejor significa recuperar la capacidad del Estado para hacer cosas concretas. Mejorar la seguridad sin abandonar las garantías institucionales. Hacer crecer la economía sin olvidar la desigualdad. Construir infraestructura. Mejorar la educación. Reducir la pobreza. Fortalecer las regiones. Defender las instituciones. Hacer que la administración pública funcione. Y, sobre todo, devolverle al ciudadano una sensación elemental que se ha ido perdiendo: que el Estado existe para resolver problemas y no para producir permanentemente nuevos enemigos.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Abelardo tiene además una ventaja que quizá todavía no alcanza a dimensionar: no necesita convencer a quienes ya lo votaron de que él tiene razón. Ellos ya lo hicieron.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Su desafío está en convencer a quienes no lo votaron de que también puede gobernarlos.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Ahí está la diferencia entre un presidente de partido y un presidente de país.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Colombia no eligió a Abelardo con una mayoría abrumadora. Lo eligió en una segunda vuelta extraordinariamente estrecha, en la que apenas unos cientos de miles de votos separaron dos proyectos de país. A Cepeda le faltó poco para ganar. A Abelardo le faltó poco para perder.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Esa cifra debería ser más que una estadística electoral: debería ser una lección política. El riesgo de no comprenderla es enorme. Un gobierno que no consiga construir consensos puede terminar alimentando el péndulo que lo llevó al poder. Si una parte del país siente que durante cuatro años fue ignorada, despreciada o excluida, la próxima elección puede convertirse, otra vez, en una oportunidad para llevar el péndulo hacia el otro extremo.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Eso ya lo hemos visto en Colombia.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Por eso construir consensos no es un gesto de debilidad ni una concesión ideológica. Es, incluso, una forma de proteger el propio proyecto político. Un gobierno que logra que una parte importante de quienes no lo votaron se sientan representados tiene más posibilidades de dejar una obra duradera que uno que simplemente satisface a sus seguidores.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Esta puede ser la gran oportunidad de Abelardo de la Espriella. No convertirse simplemente en el presidente que llevó a la derecha al poder, sino en el presidente que entendió que Colombia necesitaba salir de la lógica de los bloques.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Incluso podría hacer algo todavía más difícil: construir un gobierno que no tenga como principal propósito representar a la derecha, sino representar aquello que puede convertirse en lo colectivo.</p>



<p class="wp-block-paragraph">No sería renunciar a sus ideas. Al contrario. Los estadistas no dejan de tener convicciones cuando construyen consensos. Lo que hacen es entender que una convicción política adquiere verdadera grandeza cuando consigue convertirse en una política pública que puede ser aceptada incluso por quienes no comparten su origen ideológico.</p>



<p class="wp-block-paragraph">La historia está llena de gobiernos que ganaron con una bandera y terminaron siendo recordados por algo mucho más grande que esa bandera.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Ese debería ser el reto de Abelardo.</p>



<p class="wp-block-paragraph">No gobernar para demostrar que una mitad del país tenía razón.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Gobernar para que, dentro de cuatro años, una mayoría de colombianos pueda decir que el país está un poco menos dividido, que las instituciones son un poco más fuertes, que el Estado funciona un poco mejor y que, incluso en medio de nuestras diferencias, todavía somos capaces de construir algo juntos.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Quizás esa sea la verdadera encrucijada de Abelardo.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Seguir siendo el hombre que ganó una elección contra una época que muchos colombianos querían dejar atrás, o convertirse en el presidente capaz de inaugurar otra.</p>



<p class="wp-block-paragraph">La primera opción le pertenece a la política.</p>



<p class="wp-block-paragraph">La segunda, a la historia.</p>



<p class="wp-block-paragraph"></p>
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        <author>Diego Aretz</author>
                    <category>Las palabras y las cosas</category>
                <guid isPermaLink="false">https://blogs.elespectador.com/?p=133026</guid>
        <pubDate>Sun, 13 Sep 2026 17:31:27 +0000</pubDate>
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