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    <title>Blogs El Espectador</title>
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    <description>Blogs gratis y diarios en El Espectador</description>
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	<title>Blogs de Las palabras y las cosas | Blogs El Espectador</title>
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        <title>Patria Milagro: los acuerdos que pueden cambiar el destino de Colombia</title>
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        <description><![CDATA[<p>Hay palabras que en política importan más por las imágenes que evocan que por las definiciones que contienen. &#8220;Cambio&#8221;, &#8220;esperanza&#8221;, &#8220;revolución&#8221;, &#8220;orden&#8221;. Ahora aparece otra: milagro. Abelardo de la Espriella y José Manuel Restrepo han puesto sobre la mesa la idea de una Patria Milagro. La expresión es poderosa porque conecta con una intuición profundamente [&hellip;]</p>
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        <content:encoded><![CDATA[
<p class="wp-block-paragraph">Hay palabras que en política importan más por las imágenes que evocan que por las definiciones que contienen. &#8220;Cambio&#8221;, &#8220;esperanza&#8221;, &#8220;revolución&#8221;, &#8220;orden&#8221;. Ahora aparece otra: <strong>milagro</strong>. Abelardo de la Espriella y José Manuel Restrepo han puesto sobre la mesa la idea de una <strong>Patria Milagro</strong>. La expresión es poderosa porque conecta con una intuición profundamente colombiana: la sensación de que el país necesita algo extraordinario para romper décadas de estancamiento.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Pero quizá el valor de esa palabra no reside únicamente en su dimensión espiritual. Tal vez su origen más interesante no sea la teología, sino la historia económica. El siglo XX conoció varios &#8220;milagros&#8221; nacionales, y ninguno fue producto de un acto sobrenatural.</p>



<p class="wp-block-paragraph">El milagro alemán, el milagro japonés, el milagro coreano describen procesos de transformación que parecían imposibles. Países devastados por la guerra, atrapados en la pobreza o relegados de la economía mundial lograron convertirse, en apenas una generación, en sociedades prósperas, innovadoras y competitivas. Lo extraordinario de esos casos no fue la buena fortuna. Lo extraordinario fue la capacidad de sostener durante décadas una estrategia nacional de crecimiento.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Alemania Occidental emergió de la Segunda Guerra Mundial con sus ciudades destruidas, millones de desplazados y una economía prácticamente colapsada. Corea del Sur, tras la guerra de Corea, era uno de los países más pobres del planeta. A comienzos de los años sesenta su ingreso por habitante era comparable al de muchas economías africanas y buena parte de su infraestructura había desaparecido.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Sin embargo, pocas décadas después Alemania se consolidó como la principal economía europea y Corea del Sur pasó a liderar industrias como la construcción naval, la electrónica, la producción de semiconductores y la innovación tecnológica.</p>



<p class="wp-block-paragraph">La explicación nunca fue un milagro entendido como un hecho sobrenatural. Detrás de ambos procesos existieron decisiones muy concretas: estabilidad macroeconómica, inversión masiva en educación, fortalecimiento institucional, desarrollo industrial, apertura a las exportaciones, disciplina fiscal y, sobre todo, una continuidad estratégica capaz de sobrevivir a los cambios de gobierno.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Ninguno de esos países encontró una fórmula mágica. Encontraron algo mucho más difícil: perseverancia.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Quizá ahí aparece una de las mayores diferencias entre los países que protagonizaron los llamados milagros económicos y Colombia. Alemania, Corea del Sur, Japón o Irlanda entendieron que existen objetivos nacionales que deben sobrevivir a los gobiernos. Las elecciones cambian los liderazgos, pero no alteran el rumbo estratégico del país. La alternancia política no significa empezar de cero cada cuatro años, sino corregir, perfeccionar y profundizar un proyecto compartido.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Precisamente por eso, la oposición casi trágica en la que está cayendo la política colombiana constituye uno de nuestros mayores fracasos y uno de nuestros mayores riesgos. Hemos convertido la democracia en una disputa permanente donde cada proyecto busca deshacer lo construido por el anterior y donde el éxito de un gobierno parece depender del fracaso del otro. Una nación no puede prosperar si cada elección implica volver a discutir sus fundamentos.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Lo que Colombia necesita por encima de todo no es unanimidad política —propia de los regímenes autoritarios—, sino acuerdos nacionales suficientemente sólidos para trascender las diferencias ideológicas. Necesitamos construir proyectos de país capaces de sobrevivir a los presidentes, a los partidos y a las coyunturas electorales. Porque los milagros económicos no son el resultado de un líder excepcional, sino de sociedades capaces de sostener un mismo horizonte durante décadas.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Nuestra propia historia demuestra que esos consensos son posibles. La Constitución de 1991 constituye, probablemente, el mayor acuerdo político alcanzado por Colombia en el último siglo. En medio de una crisis institucional profunda y de una violencia que parecía no tener salida, el país fue capaz de construir un nuevo pacto constitucional que amplió derechos, fortaleció las instituciones democráticas y redefinió las reglas de convivencia. Con todas sus limitaciones y debates posteriores, sigue siendo uno de los pocos relatos compartidos capaces de reunir a una sociedad profundamente diversa alrededor de unos principios comunes. Ese tipo de logros colectivos son los que construyen nación.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Tal vez el próximo gran acuerdo colombiano deba ser económico. Un consenso que reconozca que el crecimiento sostenido no pertenece a la derecha ni a la izquierda; pertenece a los ciudadanos que necesitan empleo, oportunidades y movilidad social. Un pacto que entienda que invertir en educación, fortalecer la productividad, promover la innovación, aumentar las exportaciones, cerrar las brechas regionales y consolidar instituciones confiables no debería depender del color político del gobierno de turno. Esas son decisiones de Estado, no de campaña.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Porque, al final, un país no se mantiene unido únicamente por una bandera o un territorio. También necesita un relato compartido sobre el futuro. Una idea de progreso que permita que quienes piensan distinto sigan sintiendo que caminan hacia un mismo destino. Sin ese relato común, la democracia corre el riesgo de convertirse en una sucesión de victorias parciales y derrotas colectivas. Ningún milagro económico ha nacido jamás de una sociedad incapaz de ponerse de acuerdo sobre lo esencial.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Esa reflexión resulta especialmente pertinente cuando observamos el comportamiento de la economía colombiana durante las últimas décadas. Nuestro problema no ha sido el colapso. Nuestro problema ha sido la incapacidad para despegar.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Colombia lleva demasiado tiempo creciendo por debajo de su potencial. Más grave aún, ha normalizado ese bajo crecimiento como si fuera una condición inevitable de nuestra historia.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Las cifras muestran esa realidad con claridad. Jorge Iván González, exdirector del Departamento Nacional de Planeación y una de las voces más respetadas de la economía colombiana, hace una observación que trasciende cualquier gobierno específico. Al evaluar los resultados recientes del país señala que &#8220;el Gobierno del Cambio no alteró sustancialmente la trayectoria de esos indicadores sociales y económicos&#8221;, y concluye que, pese a las enormes expectativas, &#8220;fue un gobierno normal&#8221;.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Más allá del debate político, esa afirmación revela un problema estructural: Colombia parece incapaz de modificar su trayectoria histórica. Según recuerda González, en 2014 existían alrededor de 16,4 millones de personas en condición de pobreza y una década después la cifra apenas se había reducido hasta 16,3 millones. La desigualdad prácticamente permaneció intacta. Incluso una reforma tributaria progresiva apenas consiguió mover el coeficiente de Gini en unas pocas milésimas.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Estas cifras obligan a una reflexión más profunda. El verdadero drama colombiano no es una crisis permanente, sino la ausencia de grandes transformaciones. No somos un país que se derrumba, pero tampoco uno que despega. Vivimos instalados en una especie de estabilidad mediocre que evita el colapso, pero también impide el desarrollo acelerado.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Tal vez por eso la palabra <strong>milagro</strong> resulte tan sugerente. No porque implique esperar un acto providencial, sino porque expresa el anhelo de romper esa inercia.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Los milagros económicos tienen una característica común: cambian la velocidad de la historia.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Una economía que crece al dos por ciento anual mejora lentamente las condiciones de vida de su población. Una economía que logra crecer al seis o siete por ciento durante varias décadas transforma completamente el destino de una generación. La diferencia parece pequeña cuando se observa un solo año, pero el crecimiento compuesto multiplica sus efectos. Un país que sostiene tasas altas de crecimiento durante treinta años no solo produce más riqueza: cambia su infraestructura, fortalece sus instituciones, mejora la educación, reduce la pobreza y amplía las oportunidades para millones de personas.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Ese fue el verdadero milagro alemán.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Ese fue el verdadero milagro coreano.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Y esa quizá sea la conversación pendiente en Colombia.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Durante años el debate nacional ha oscilado entre dos visiones aparentemente opuestas. Unos creen que el desarrollo llegará principalmente mediante una mayor redistribución de la riqueza. Otros confían casi exclusivamente en las fuerzas del mercado. Sin embargo, los países que protagonizaron los grandes milagros económicos hicieron algo distinto. Comprendieron que primero debían crear riqueza para después distribuirla. Entendieron que sin productividad no existe Estado de bienestar sostenible; sin empresas competitivas no hay recaudo suficiente; sin inversión no hay empleo; sin crecimiento prolongado cualquier política social termina enfrentándose al límite de los recursos disponibles.</p>



<p class="wp-block-paragraph">El verdadero milagro no consiste únicamente en aumentar el PIB. Consiste en construir capacidades nacionales. Significa educar mejor, innovar más, exportar productos de mayor valor agregado, fortalecer las instituciones, reducir los costos logísticos, recuperar la confianza inversionista, mejorar la infraestructura y convertir el conocimiento en motor del desarrollo. Significa pasar de discutir únicamente cómo repartir una economía pequeña a preguntarnos cómo construir una economía mucho más grande.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Quizá la mayor enseñanza de Alemania y Corea del Sur sea precisamente esa. Ninguna de las dos naciones esperó un líder providencial. Ambas construyeron proyectos nacionales capaces de sobrevivir a los gobiernos. Entendieron que las grandes transformaciones requieren décadas, no periodos presidenciales.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Y aquí aparece, quizá, el mayor desafío para quienes hoy proponen la idea de una <strong>Patria Milagro</strong>. Si Abelardo de la Espriella y José Manuel Restrepo aspiran a que esa expresión sea algo más que un lema de campaña, tendrán una responsabilidad histórica que trasciende cualquier elección: ayudar a construir los acuerdos nacionales que Colombia ha sido incapaz de consolidar durante décadas.</p>



<p class="wp-block-paragraph">La historia reciente ofrece una lección elocuente. Gustavo Petro llegó a la Presidencia con el mandato popular más importante que haya recibido la izquierda colombiana y con la promesa de un &#8220;Gobierno del Cambio&#8221;. Sin embargo, más allá de los debates sobre sus aciertos y errores, terminó enfrentando una realidad que ha acompañado a casi todos los gobiernos del país: la dificultad para convertir un proyecto político en un verdadero proyecto nacional. Incluso su propia coalición terminó fragmentándose, las alianzas se rompieron y muchas de las transformaciones prometidas quedaron atrapadas entre las tensiones del sistema político y las divisiones de quienes inicialmente lo acompañaban. Como escribió Jorge Iván González, quien dirigió el Departamento Nacional de Planeación durante ese gobierno, el resultado fue, en muchos aspectos, el de un &#8220;gobierno normal&#8221;, incapaz de alterar la trayectoria estructural del país.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Sería un error que quienes hoy hablan de una <strong>Patria Milagro</strong> repitieran esa misma lógica desde el extremo opuesto. Colombia no necesita reemplazar un proyecto excluyente por otro; necesita construir un proyecto suficientemente amplio para que quienes piensan distinto también puedan reconocer una parte de él como propia.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Los grandes milagros económicos nunca fueron patrimonio de una sola corriente ideológica. En Alemania, Corea del Sur, Irlanda o España hubo alternancia política, desacuerdos profundos y debates intensos. Lo que no cambió fue el compromiso con ciertos objetivos nacionales: crecer, educar, industrializar, exportar, fortalecer las instituciones y aumentar las oportunidades para las nuevas generaciones. Los gobiernos discutían el camino, pero compartían el destino.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Esa debería ser, quizá, la verdadera ambición de una <strong>Patria Milagro</strong>. No ganar una elección. No derrotar definitivamente a un adversario político. No imponer un relato sobre los demás. La verdadera ambición debería ser construir un relato nacional tan sólido que sobreviva a quienes hoy lo proponen.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Porque un milagro económico nunca comienza cuando un líder llega al poder. Comienza cuando una sociedad descubre que hay objetivos más importantes que la próxima elección. Cuando entiende que el crecimiento, la educación, la productividad, la ciencia, la seguridad jurídica, la infraestructura o la lucha contra la pobreza dejan de ser banderas de un partido para convertirse en causas de toda una nación.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Si la expresión <strong>Patria Milagro</strong> quiere tener un lugar en la historia, deberá significar precisamente eso: la voluntad de convocar, de escuchar, de integrar y de construir consensos. Los milagros no ocurren cuando una mitad del país derrota a la otra. Ocurren cuando un país consigue, por fin, ponerse de acuerdo sobre aquello que vale la pena construir juntos.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Porque la historia demuestra que los milagros existen. Pero también demuestra que nunca ocurren por casualidad. Son el nombre que damos, muchos años después, a la disciplina, la visión y la constancia de sociedades que decidieron cambiar su destino.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Quizá el verdadero milagro que necesita Colombia no sea extraordinario en el sentido religioso. Quizá sea, simplemente, el más difícil de todos: abandonar la improvisación, recuperar la confianza entre quienes piensan distinto y aprender, por fin, a crecer juntos.</p>
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        <author>Diego Aretz</author>
                    <category>Las palabras y las cosas</category>
                <guid isPermaLink="false">https://blogs.elespectador.com/?p=131024</guid>
        <pubDate>Thu, 09 Jul 2026 13:44:26 +0000</pubDate>
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        <title>Susana Muhamad: el balance del progresismo, la democracia y el futuro de Colombia</title>
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        <description><![CDATA[<p>En esta oportunidad invité a Susana Muhamad, una de las dirigentes más influyentes del progresismo colombiano y exministra de Ambiente, para conversar sobre el presente y el futuro de Colombia tras el cierre del gobierno de Gustavo Petro. Más allá del balance de una administración, esta entrevista explora algunas de las preguntas que marcarán el [&hellip;]</p>
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        <content:encoded><![CDATA[
<p class="wp-block-paragraph"></p>



<p class="wp-block-paragraph">En esta oportunidad invité a Susana Muhamad, una de las dirigentes más influyentes del progresismo colombiano y exministra de Ambiente, para conversar sobre el presente y el futuro de Colombia tras el cierre del gobierno de Gustavo Petro.</p>



<figure class="wp-block-embed is-type-video is-provider-youtube wp-block-embed-youtube wp-embed-aspect-16-9 wp-has-aspect-ratio"><div class="wp-block-embed__wrapper">
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<p class="wp-block-paragraph">Más allá del balance de una administración, esta entrevista explora algunas de las preguntas que marcarán el debate público en los próximos años: ¿qué explica la derrota del proyecto político del Pacto Histórico?, ¿qué autocríticas hace uno de sus liderazgos?, ¿cuál es el futuro de la izquierda colombiana?, ¿qué legado deja la agenda ambiental?, ¿cómo entiende el progresismo los desafíos de la democracia, la polarización? </p>



<p class="wp-block-paragraph">Durante más de una hora abordamos temas como la corrupción, la relación entre el Gobierno y las regiones, la transición energética, la protección de la biodiversidad, el papel de las comunidades en la conservación ambiental, el escenario internacional y el lugar que podría ocupar Colombia en un mundo cada vez más incierto.</p>



<p class="wp-block-paragraph">En tiempos en los que la discusión pública suele reducirse a titulares, fragmentos de video o mensajes de pocos caracteres, vale la pena detenerse en conversaciones que permiten desarrollar argumentos, contrastar posiciones y comprender las razones detrás de quienes han ejercido responsabilidades de gobierno.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Los invito a ver esta entrevista completa y a sacar sus propias conclusiones. Entender cómo piensan quienes han ocupado posiciones de liderazgo no implica compartir sus ideas; significa enriquecer el debate público con más información, contexto y argumentos.</p>



<p class="wp-block-paragraph">La entrevista completa está disponible aquí.</p>



<p class="wp-block-paragraph"></p>
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        <author>Diego Aretz</author>
                    <category>Las palabras y las cosas</category>
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        <pubDate>Wed, 08 Jul 2026 17:59:26 +0000</pubDate>
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        <title>Un colombiano en el corazón del diálogo regional: la apuesta de CAF por Andrés Rugeles</title>
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        <description><![CDATA[<p>En un momento en el que el sistema internacional atraviesa una de sus mayores transformaciones desde el final de la Guerra Fría, las instituciones multilaterales están llamadas a desempeñar un papel mucho más ambicioso que el de simples organismos de financiación. Hoy son escenarios donde se construyen consensos, se articulan alianzas y se define buena [&hellip;]</p>
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        <content:encoded><![CDATA[
<p class="wp-block-paragraph">En un momento en el que el sistema internacional atraviesa una de sus mayores transformaciones desde el final de la Guerra Fría, las instituciones multilaterales están llamadas a desempeñar un papel mucho más ambicioso que el de simples organismos de financiación. Hoy son escenarios donde se construyen consensos, se articulan alianzas y se define buena parte de la agenda económica y política del futuro.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Por eso, la llegada del colombiano Andrés Rugeles al equipo gerencial de CAF – Banco de Desarrollo de América Latina y el Caribe para liderar el Foro Económico Internacional trasciende el nombramiento de un alto funcionario. Es una señal sobre el tipo de conversación que América Latina necesita impulsar para enfrentar un mundo cada vez más fragmentado.</p>



<p class="wp-block-paragraph">CAF dejó hace tiempo de ser únicamente un banco de desarrollo. La entidad se ha convertido en uno de los principales articuladores de la integración regional, financiando infraestructura, transición energética, competitividad, innovación y resiliencia climática, mientras fortalece espacios de concertación entre gobiernos, empresarios, academia y organismos multilaterales.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Bajo esa lógica nació el Foro Económico Internacional de CAF, que en su más reciente edición reunió en Panamá a ocho jefes de Estado, cuatro premios Nobel y más de siete mil participantes. El objetivo es claro: crear un espacio permanente donde América Latina piense su futuro desde la cooperación y no desde la fragmentación.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Esa misión coincide plenamente con la visión que Rugeles ha defendido durante los últimos años desde el Consejo Colombiano de Relaciones Internacionales (CORI) y en sus publicaciones sobre política exterior.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Su tesis parte de un diagnóstico que hoy comparten numerosos analistas: el antiguo orden internacional está cambiando aceleradamente. La competencia entre grandes potencias, la reorganización de las cadenas globales de suministro, la transición energética, la revolución tecnológica y las nuevas tensiones geopolíticas obligan a países como Colombia a abandonar una política exterior reactiva para construir una estrategia de Estado, basada en el pragmatismo, el consenso y la defensa permanente de los intereses nacionales.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Rugeles ha insistido en que Colombia debe dejar de mirar la política exterior como un asunto exclusivo de cancillerías. La inserción internacional pasa hoy por integrar al sector privado, la academia, los gobiernos locales y la sociedad civil en una diplomacia económica capaz de atraer inversión, generar conocimiento, fortalecer el comercio y ampliar las oportunidades para el país.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Esa visión resulta particularmente pertinente para el momento que vive América Latina. Mientras otras regiones fortalecen bloques económicos y construyen estrategias comunes frente a la competencia global, América Latina continúa enfrentando enormes dificultades para coordinar posiciones y aprovechar su potencial colectivo.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Precisamente ahí adquiere relevancia el Foro Económico Internacional de CAF. No se trata únicamente de un encuentro anual de alto nivel. Su propósito es convertirse en el principal espacio regional donde confluyan gobiernos, empresarios, inversionistas, centros de pensamiento y líderes sociales para construir soluciones compartidas frente a desafíos que ningún país puede resolver en solitario.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Para Colombia, además, el nombramiento tiene una dimensión estratégica.</p>



<p class="wp-block-paragraph">El próximo gobierno encontrará un escenario internacional profundamente distinto al de hace apenas una década. La diversificación de mercados, la atracción de inversión, la transición energética, la seguridad regional, la transformación digital y la cooperación internacional exigirán una interlocución permanente con organismos multilaterales como CAF, cuya capacidad financiera y política será determinante para buena parte de los proyectos de desarrollo de la región.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Contar con un colombiano liderando el principal foro de diálogo económico impulsado por la institución no significa una representación nacional dentro del organismo. Significa algo quizás más importante: que una visión colombiana sobre la necesidad del consenso, el multilateralismo renovado y la integración regional tendrá un papel central en una conversación donde se discutirán las prioridades económicas de América Latina durante los próximos años.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Desde CORI hasta CAF, el recorrido de Andrés Rugeles refleja también la consolidación de una generación de internacionalistas colombianos que entiende que la política exterior ya no puede limitarse a administrar relaciones diplomáticas. Hoy se trata de conectar al país con los grandes debates globales, construir confianza, generar alianzas y convertir la diplomacia en un instrumento efectivo para el desarrollo.</p>



<p class="wp-block-paragraph">En tiempos de polarización y fragmentación internacional, esa puede ser, precisamente, la conversación que más necesita América Latina.</p>
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        <author>Diego Aretz</author>
                    <category>Las palabras y las cosas</category>
                <guid isPermaLink="false">https://blogs.elespectador.com/?p=130938</guid>
        <pubDate>Thu, 02 Jul 2026 19:37:29 +0000</pubDate>
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        <title>Contra la censura</title>
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        <description><![CDATA[<p>Hay una escena que se repite con una puntualidad admirable: alguien convencido de que un libro es demasiado peligroso para circular libremente. Cambian los imperios, las sotanas, los uniformes y los algoritmos. Cambia incluso el vocabulario. Ya casi nadie habla de herejías; ahora se habla de contenidos sensibles. Pero el impulso sigue siendo exactamente el [&hellip;]</p>
]]></description>
        <content:encoded><![CDATA[
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<p class="wp-block-paragraph">Hay una escena que se repite con una puntualidad admirable: alguien convencido de que un libro es demasiado peligroso para circular libremente. Cambian los imperios, las sotanas, los uniformes y los algoritmos. Cambia incluso el vocabulario. Ya casi nadie habla de herejías; ahora se habla de contenidos sensibles. Pero el impulso sigue siendo exactamente el mismo: administrar la imaginación ajena.</p>



<p class="wp-block-paragraph">El poder siempre ha sospechado de las bibliotecas. Y con razón. Una biblioteca es un lugar donde la autoridad pierde el monopolio de la conversación.</p>



<p class="wp-block-paragraph">La historia de la censura es, en el fondo, la historia de gobernantes que sobreestimaron el poder de prohibir y subestimaron el de la curiosidad.</p>



<p class="wp-block-paragraph">En 213 a. C., el primer emperador de China, Qin Shi Huang, ordenó quemar libros y enterrar vivos a centenares de eruditos confucianos. El objetivo era elegante en su brutalidad: si desaparecía el pasado, el presente sería incuestionable. Dos mil doscientos años después seguimos leyendo a Confucio. Del emperador apenas recordamos que le tenía miedo a los libros.</p>



<p class="wp-block-paragraph">En 1559, la Iglesia publicó el <em>Index Librorum Prohibitorum</em>, una lista de obras cuya lectura podía costarle a un católico algo más que una discusión familiar. Allí terminaron Copérnico, Galileo, Descartes, Voltaire, Rousseau, Kant y decenas de autores cuya mayor insolencia había sido pensar por cuenta propia. El índice sobrevivió más de cuatro siglos. Fue abolido en 1966. Los libros sobrevivieron bastante mejor.</p>



<p class="wp-block-paragraph">La obsesión nunca fue únicamente religiosa. Las llamadas brujas no sólo fueron víctimas del delirio sobrenatural. Muchas eran mujeres que conservaban conocimientos sobre medicina, botánica, partos o anticoncepción fuera del control de las universidades, casi exclusivamente masculinas, y fuera del monopolio eclesiástico. El problema no era la escoba; era la autonomía. Toda autoridad desconfía de quien sabe algo que ella no certificó.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Después llegó la Revolución Francesa y el miedo cruzó el Atlántico hablando francés.</p>



<p class="wp-block-paragraph">La Corona española comprendió muy temprano que una imprenta podía ser más subversiva que un cuartel. En la Nueva Granada, los funcionarios revisaban baúles, inspeccionaban cargamentos y perseguían traducciones. No era paranoia: Rousseau, Montesquieu, Voltaire, Diderot, Paine y los enciclopedistas estaban enseñando algo insoportable para cualquier imperio: que la autoridad también podía discutirse.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Mientras los barcos transportaban cacao, tabaco y oro, entre sus tablas viajaban ejemplares clandestinos de <em>El contrato social</em> o de <em>Los derechos del hombre</em>. La independencia latinoamericana no empezó con un grito. Empezó con una lectura.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Hay una ironía deliciosa en todo esto: España logró controlar puertos, aduanas y periódicos, pero nunca consiguió controlar el acto más peligroso de todos. Un lector solo con una vela encendida.</p>



<p class="wp-block-paragraph">La censura tiene además una virtud extraordinaria: envejece peor que aquello que intenta destruir.</p>



<p class="wp-block-paragraph"><em>Madame Bovary</em> fue llevada a juicio por inmoral. <em>Ulises</em> fue declarado obsceno. <em>Lolita</em> fue prohibida en varios países. <em>1984</em> ha sido censurada tanto por gobiernos comunistas como por gobiernos anticomunistas, un privilegio reservado únicamente para los grandes libros: incomodar a bandos enemigos al mismo tiempo.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Quizá por eso desconfío de quienes imaginan la censura como una reliquia del siglo XX.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Hoy casi nadie necesita una hoguera. Es mucho más eficiente fabricar consenso. No hace falta prohibir un libro si puede convencerse a una editorial de no reeditarlo, a una universidad de no enseñarlo, a una plataforma de no recomendarlo o a miles de personas de que leerlo constituye una falta moral.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Es una censura infinitamente más sofisticada porque, además, consigue que quienes la ejercen crean estar ampliando libertades.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Las últimas dos décadas han perfeccionado una forma particularmente moderna de inquisición. Ya no siempre se queman libros; se queman reputaciones. Autores como J. K. Rowling, Woody Allen o Junot Díaz han terminado atrapados, por razones muy distintas entre sí, en un tribunal permanente donde el veredicto suele anteceder al juicio y la condena casi nunca admite apelación. No estoy diciendo que las críticas sean ilegítimas. Al contrario: toda figura pública debe poder ser cuestionada. Lo inquietante es otra cosa. Que cada vez con más frecuencia el objetivo no sea debatir una obra, sino volverla ilegible; no sea refutar una idea, sino convertirla en un objeto tóxico.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Las tribus contemporáneas han heredado un viejo reflejo inquisitorial: ya no preguntan qué escribió alguien, sino si todavía está permitido leerlo. Cambian los dogmas, pero permanece intacto el placer de confeccionar listas de autores permitidos y autores prohibidos. Toda época fabrica su propio <em>Index</em>; la nuestra tiene mejor diseño gráfico y conexión a internet.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Pienso en Woody Allen. Recomendar <em>Cassandra&#8217;s Dream</em> no equivale a emitir un fallo judicial sobre su director. Del mismo modo que leer a Céline no convierte a nadie en antisemita ni admirar a Caravaggio obliga a defender que asesinara a un hombre. Si sólo aceptáramos obras producidas por seres moralmente impecables, nuestras bibliotecas cabrían en una servilleta.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Y, sin embargo, tampoco me convence esa consigna tan repetida de &#8220;separemos la obra del autor&#8221;. Nunca he sabido muy bien qué significa. Las obras no caen del cielo; las escriben personas, con todas sus contradicciones, miserias, virtudes y zonas oscuras. Quizá la propuesta deba ser otra: no separar la obra del sujeto, sino dejar de exigir sujetos perfectos para poder acercarnos a una obra. La literatura, el cine y el arte son, entre muchas cosas, registros de la complejidad humana. Si esperamos impecabilidad moral como requisito para leer, terminaremos leyendo muy poco y entendiendo todavía menos.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Sujetos perfectos, hasta donde sé, sólo los ángeles.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Y todavía no conozco al primero.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Hablando de política, siempre me ha parecido que nos preocupan demasiado los individuos y demasiado poco las ideas. Discutimos nombres propios como si fueran el centro de la historia, cuando casi siempre son las ideas las que sobreviven a quienes las encarnan. Los caudillos pasan. Las ideologías mutan. Los partidos cambian de color. Pero las ideas permanecen.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Y hay ideas que vale la pena defender incluso cuando resultan incómodas. No porque sean de izquierda o de derecha, sino porque hacen posible que existan todas las demás. La libertad de pensar. La libertad de leer. La libertad de amar. La libertad de sentir. La libertad de decir &#8220;no estoy de acuerdo&#8221;. Son ideas frágiles. La historia demuestra que nunca desaparecen de golpe; se erosionan lentamente, una concesión a la vez, una prohibición razonable a la vez, una excepción bien intencionada a la vez. Quizá por eso merecen ser defendidas con tanta convicción como se defendieron alguna vez las plazas o las fronteras.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Roberto Bolaño desconfiaba de las personas demasiado buenas. Siempre me pareció una intuición brillante. Los monstruos rara vez se presentan como monstruos; suelen llegar convencidos de ser la gente más decente de la habitación. Lo demasiado bueno termina siendo peligrosamente lejano de lo humano. Y cuando alguien cree representar el bien absoluto, la conversación deja de tener sentido. Sólo queda la pedagogía de la prohibición.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Por eso me resulta tan sugerente que Dua Lipa haya impulsado una biblioteca dedicada exclusivamente a libros censurados. El gesto importa porque recuerda algo elemental: una democracia no se mide por los libros que celebra, sino por los libros que tolera aunque le resulten incómodos.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Así que quisiera proponer un pequeño acto de desobediencia intelectual.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Leamos a los censurados. Leamos a los condenados.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Leamos a quienes una iglesia quiso esconder, a quienes un emperador quiso borrar, a quienes una dictadura prohibió y también a quienes una multitud decidió cancelar.</p>



<p class="wp-block-paragraph">No para darles la razón. No para absolverlos. Sino para conservar intacto el derecho más importante que tiene un lector: decidir por sí mismo.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Después de todo, la mejor reseña de un libro nunca ha sido una faja editorial ni un premio literario.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Es descubrir que, en algún momento de la historia, alguien con suficiente poder sintió la necesidad de esconderlo.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Porque toda censura termina siendo una confesión involuntaria.</p>



<p class="wp-block-paragraph">No habla de la peligrosidad de un libro.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Habla de la fragilidad de quien necesita prohibirlo.</p>



<p class="wp-block-paragraph"></p>
]]></content:encoded>
        <author>Diego Aretz</author>
                    <category>Las palabras y las cosas</category>
                <guid isPermaLink="false">https://blogs.elespectador.com/?p=130909</guid>
        <pubDate>Tue, 30 Jun 2026 19:28:34 +0000</pubDate>
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                <media:description type="plain"><![CDATA[Contra la censura]]></media:description>
                <media:credit role="author" scheme="urn:ebu">Diego Aretz</media:credit>
            </media:content>
                            </item>
        <item>
        <title>Los cuatro años del tigre</title>
        <link>https://blogs.elespectador.com/actualidad/las-palabras-y-las-cosas/los-cuatro-anos-del-tigre/</link>
        <description><![CDATA[<p>Abelardo de la Espriella llegó a la Presidencia. Con ello terminó la campaña y comenzó algo mucho más difícil: la realidad. Su principal desafío no será la izquierda, ni Iván Cepeda o Gustavo Petro, ni siquiera la oposición. Su verdadero reto será gobernar una Colombia que ya no se parece al país que conocieron los [&hellip;]</p>
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        <content:encoded><![CDATA[
<p class="wp-block-paragraph">Abelardo de la Espriella llegó a la Presidencia. Con ello terminó la campaña y comenzó algo mucho más difícil: la realidad.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Su principal desafío no será la izquierda, ni Iván Cepeda o Gustavo Petro, ni siquiera la oposición. Su verdadero reto será gobernar una Colombia que ya no se parece al país que conocieron los últimos gobiernos de derecha. Es tentador interpretar su llegada al poder como un regreso a fórmulas que parecían conocidas. Sin embargo, casi todas las condiciones materiales, sociales y culturales que definieron aquellas épocas han cambiado profundamente.</p>



<p class="wp-block-paragraph">También conviene entender quién es el hombre detrás del personaje. Aunque nació en Bogotá en 1978, Abelardo de la Espriella pertenece culturalmente a un sector privilegiado de la costa que mezcla el orgullo regional con una ambición desbordada. Creció en Montería, en una familia profundamente vinculada al derecho y al servicio público. Su padre fue magistrado y notario; el mundo de las leyes estuvo presente desde temprano en su formación. Estudió en La Salle de Montería y posteriormente se trasladó a Bogotá para estudiar Derecho. Mucho antes de imaginar una carrera política, ya parecía interesado en otra forma de poder: la capacidad de persuadir, de negociar y de imponerse mediante la palabra.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Antes de ser candidato, antes de convertirse en fenómeno político, construyó una reputación nacional como abogado litigante. Durante más de dos décadas cultivó una imagen poco habitual en las élites colombianas: la del abogado exitoso que no ocultaba el éxito. Mientras buena parte del establecimiento tradicional prefería la discreción, él convirtió la prosperidad en una marca personal. Trajes finos impecables, relojes visibles, automóviles exclusivos, ópera italiana, redes sociales y una narrativa permanente de triunfo individual. Para sus admiradores era la demostración de que en Colombia todavía era posible ascender; para sus detractores, una exhibición excesiva. En cualquier caso, logró algo poco frecuente: transformarse en personaje antes de convertirse en político.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Como ocurre con casi todos los abogados que alcanzan notoriedad pública, su trayectoria profesional también estuvo acompañada de controversias. A lo largo de los años representó a empresarios, dirigentes políticos y figuras envueltas en disputas judiciales de alto perfil, lo que alimentó tanto su fama como las críticas de sus adversarios. Sin embargo, conviene poner ese hecho en perspectiva. Los grandes abogados suelen encontrarse precisamente donde están los conflictos más complejos, los intereses más grandes y los casos más controvertidos. Ocurre en Colombia y ocurre en todas partes. Los despachos más prestigiosos de Nueva York, Washington, Londres o París han construido buena parte de su reputación defendiendo clientes polémicos, impopulares o sometidos al escrutinio público. El prestigio de un litigante rara vez se construye administrando asuntos sencillos; suele forjarse navegando las tormentas que otros prefieren evitar.</p>



<p class="wp-block-paragraph">De hecho, la paradoja de los abogados célebres es que su reputación suele depender menos de los clientes que generan consenso que de aquellos que dividen a la opinión pública. La historia de la profesión está llena de juristas admirados que defendieron causas impopulares. No porque compartieran necesariamente las ideas o conductas de sus representados, sino porque entendían que el derecho existe precisamente para operar donde las pasiones políticas, morales o sociales vuelven más difícil la defensa.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Pero hablemos de nuestro país; Colombia dejó de ser una sociedad predominantemente rural. La pobreza sigue siendo uno de los grandes desafíos nacionales, pero sus dimensiones y características son distintas a las de hace dos décadas. La natalidad se ha reducido de manera sostenida. Las ciudades concentran cada vez más las tensiones económicas, políticas y culturales. Y quizás el dato más importante de todos: las izquierdas nunca habían acumulado tanto poder institucional, burocrático, académico y cultural como el que poseen hoy.</p>



<p class="wp-block-paragraph">La victoria de Petro no fue una anomalía histórica. Fue la expresión de transformaciones profundas que continúan presentes en la sociedad colombiana. La salida de la izquierda del gobierno no implica su desaparición como fuerza política. Por el contrario, seguirá siendo un actor central en la disputa por el rumbo del país.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Por eso, los cuatro años del tigre no serán una restauración del pasado. Serán una prueba de adaptación al presente.</p>



<p class="wp-block-paragraph">En ese escenario aparece una figura fundamental: José Manuel Restrepo. Mientras el presidente encarna la visión política, Restrepo representa la capacidad de convertir las ideas en resultados. Su trayectoria académica, su experiencia administrativa y su conocimiento del Estado lo convierten en una de las piezas más importantes del nuevo gobierno.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Toda administración necesita un estadista capaz de conectar la ambición con la ejecución. Gobernar no consiste en ganar discusiones en redes sociales ni en acumular titulares. Gobernar consiste en lograr que las instituciones funcionen, que la economía crezca, que la seguridad mejore y que los ciudadanos perciban cambios concretos en su vida cotidiana.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Abelardo llega al poder con ventajas que pocos presidentes han tenido. Cuenta con un sector amplio de los gremios, del empresariado y de la economía formal dispuesto a colaborar con su administración. La tecnocracia colombiana, una de las más sólidas de América Latina, parece estar a la orden para acompañar la ejecución de su proyecto.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Sin embargo, ninguna de esas ventajas garantiza el éxito.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Porque el ingrediente más complejo de su presidencia es otro: tendrá que hacerlo mejor que Petro.</p>



<p class="wp-block-paragraph">En casi todo.</p>



<p class="wp-block-paragraph">La seguridad, el crecimiento económico, la inversión, el empleo, la confianza institucional y la gestión pública serán comparados permanentemente con el gobierno anterior. Esa será la verdadera medida de su éxito o de su fracaso.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Y la presión será enorme.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Una parte importante de la izquierda y también sectores del centro encontrarán razones políticas para desear que su administración no funcione. No necesariamente por animadversión personal, sino porque la política rara vez se organiza alrededor del bien común. Con frecuencia se mueve alrededor de intereses, incentivos y cálculos de poder.</p>



<p class="wp-block-paragraph">El fracaso del tigre podría convertirse en la principal plataforma electoral de sus adversarios dentro de cuatro años. El éxito del tigre, por el contrario, podría alterar profundamente el equilibrio político colombiano durante una generación.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Pero tampoco llegará con poder absoluto.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Hay instituciones que no puede desmontar, incluso si quisiera hacerlo. La Jurisdicción Especial para la Paz, la arquitectura jurídica derivada del proceso de paz y buena parte de las transformaciones institucionales de las últimas décadas forman parte de un entramado constitucional que no desaparece por decreto. Gobernar Colombia exige entender que existen límites. El poder presidencial sigue siendo enorme, pero ya no es omnipotente.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Y luego está Washington.</p>



<p class="wp-block-paragraph">La relación con Estados Unidos será uno de los aspectos más interesantes de observar durante estos años. Nunca antes Colombia había tenido un gobierno tan naturalmente alineado con las prioridades estratégicas de Washington. Esa cercanía puede traducirse en respaldo diplomático, inversión, cooperación y oportunidades económicas. Pero también implica asumir presiones y obligaciones que ningún aliado puede ignorar.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Las peticiones de Washington, especialmente bajo una administración republicana fuerte, no siempre se percibirán como simples sugerencias. Habrá asuntos comerciales, migratorios, energéticos, de seguridad y de política regional en los cuales la autonomía colombiana será puesta a prueba. La cercanía con la potencia más influyente del mundo tiene ventajas evidentes. También tiene costos.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Quizás una de las mayores fortalezas de Abelardo sea algo menos visible que sus discursos: su ausencia de ingenuidad. Se trata de un dirigente extraordinariamente audaz, con una inteligencia política poco común y una comprensión bastante precisa de cómo operan el poder y los incentivos. Rara vez subestima a sus adversarios y difícilmente confunde los deseos con la realidad.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Esa virtud podría ser decisiva en una época donde la política suele castigar a los ingenuos con especial severidad.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Pero incluso la inteligencia tiene límites frente a la magnitud del desafío colombiano.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Porque el país que recibe no es únicamente una economía, una burocracia o un territorio. Es una sociedad fragmentada, diversa y muchas veces desconfiada. Millones de colombianos no votaron por él. Otros lo hicieron con entusiasmo. Muchos simplemente esperan resultados.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Todos son ahora sus gobernados.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Si uno escucha atentamente la visión que propone el nuevo presidente, aparece una idea relativamente clara de país: una nación de emprendedores, capitalista, respetuosa de la ley, defensora de la propiedad privada y convencida de que la generación de riqueza es una condición indispensable para derrotar la pobreza.</p>



<p class="wp-block-paragraph">No es casualidad que la idea de la &#8220;Patria Milagro&#8221; venga de alguien que ha construido toda su narrativa pública alrededor del concepto de transformación personal. De la Espriella suele presentarse como un hombre que se hizo a sí mismo, un abogado que levantó una firma propia, diversificó negocios y convirtió su nombre en una marca. Su visión de país parece reflejar esa misma experiencia vital: una Colombia de propietarios, emprendedores y creadores de riqueza antes que una Colombia organizada alrededor del Estado.</p>



<p class="wp-block-paragraph">La llamada &#8220;Patria Milagro&#8221; es una idea poderosa. Como concepto político y de comunicación, resume una aspiración nacional de prosperidad, orden y confianza. Pero precisamente por eso representa un reto enorme. Las grandes promesas siempre generan grandes expectativas.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Y las expectativas son el terreno más peligroso para cualquier gobierno.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Porque los milagros, en política, no existen. Lo que existen son administraciones capaces o incapaces de producir resultados.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Los cuatro años del tigre ya comenzaron.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Todavía es demasiado pronto para saber si esta presidencia marcará un punto de inflexión en la historia nacional o si terminará convertida en una estación más dentro del largo ciclo de promesas y decepciones que caracteriza a la política colombiana.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Por ahora, el tigre ha llegado al poder.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Ahora Colombia empezará a descubrir el color de sus rayas.</p>
]]></content:encoded>
        <author>Diego Aretz</author>
                    <category>Las palabras y las cosas</category>
                <guid isPermaLink="false">https://blogs.elespectador.com/?p=130727</guid>
        <pubDate>Tue, 23 Jun 2026 21:33:22 +0000</pubDate>
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                <media:description type="plain"><![CDATA[Los cuatro años del tigre]]></media:description>
                <media:credit role="author" scheme="urn:ebu">Diego Aretz</media:credit>
            </media:content>
                            </item>
        <item>
        <title>Mañana seremos un solo país</title>
        <link>https://blogs.elespectador.com/actualidad/las-palabras-y-las-cosas/manana-seremos-un-solo-pais/</link>
        <description><![CDATA[<p>Hoy es día de elecciones. Mañana será otro día. Y ojalá sea el día en que recordemos que, más allá de las diferencias, nos toca seguir siendo un mismo país. Y esa no es una mala noticia. Colombia es una nación de innumerables riquezas, de enormes capacidades y de una resiliencia que pocas sociedades tienen. [&hellip;]</p>
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        <content:encoded><![CDATA[
<p class="wp-block-paragraph">Hoy es día de elecciones. Mañana será otro día. Y ojalá sea el día en que recordemos que, más allá de las diferencias, nos toca seguir siendo un mismo país. Y esa no es una mala noticia.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Colombia es una nación de innumerables riquezas, de enormes capacidades y de una resiliencia que pocas sociedades tienen. Hoy llegamos a una elección en la que Abelardo de la Espriella aparece como el candidato más opcionado. Sin embargo, estamos viendo una contienda extraordinariamente cerrada, cercana al empate técnico, algo que resulta significativo por muchas razones complejas. La izquierda llega a este momento con una posibilidad real de triunfo. Durante estos cuatro años tuvo una oportunidad única de gobernar y, más allá de los balances que cada ciudadano haga de ese periodo, hay algo que resulta evidente: logró conectar con una parte muy importante de la sociedad colombiana.</p>



<p class="wp-block-paragraph">En primera vuelta fueron cerca de diez millones de personas. Hoy, con seguridad, serán más. Alguna fibra profunda del pueblo colombiano tocó Gustavo Petro, el progresismo y, ahora, esa misma corriente encuentra continuidad en la figura de Cepeda, un hombre que además carga una historia profundamente ligada a la izquierda colombiana.</p>



<p class="wp-block-paragraph">A mí me produce una sensación de justicia histórica y humana que hoy Cepeda, hijo de un padre asesinado por hacer política, sea el candidato de un sector amplio del país. Eso es un triunfo de la democracia. Es la demostración de que las armas no lograron silenciar las ideas. Independientemente de si somos de izquierda, de centro o de derecha, eso es algo que deberíamos celebrar.</p>



<p class="wp-block-paragraph">En ciertos sectores de la izquierda persiste una idea antigua y compleja: la lucha de clases. Pero la Colombia de hoy no parece explicarse por esa lógica. Si los más de diez millones de votantes de Abelardo de la primera vuelta fueran ricos, seríamos Suiza. No lo somos. Con él votan hombres y mujeres de todos los sectores sociales, de todas las regiones, de todas las realidades económicas.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Nuestra división no es entre ricos y pobres. Es más profunda y más compleja. Cruza familias, amistades y generaciones. Está presente entre hermanos, compañeros de trabajo y vecinos. Pero quizás eso tampoco sea tan malo. Lo que demuestra es que nuestro viejo bipartidismo, transformado y reinventado, sigue vivo a través de nuevas identidades políticas, nuevas emociones colectivas y nuevos liderazgos.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Y precisamente porque la diferencia atraviesa a todos los colombianos, mañana tendremos que volver a encontrarnos.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Porque mañana seremos un solo país.</p>



<p class="wp-block-paragraph">No sabemos quién ganará hoy. Puede ser Cepeda. Puede ser Abelardo. Lo que sí sabemos es que mañana el reto será el mismo para cualquiera de los dos: gobernar una nación profundamente diversa, con enormes desafíos y también con oportunidades extraordinarias.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Tenemos cinco fortalezas macroeconómicas que deberían llenarnos de optimismo. La primera es nuestra diversidad productiva: pocas economías de la región cuentan con una combinación tan amplia de agricultura, servicios, industria, energía y recursos naturales. La segunda es nuestra ubicación estratégica, con acceso a dos océanos y una posición privilegiada para integrarnos a las cadenas globales de comercio. La tercera es la estabilidad institucional y macroeconómica que, con dificultades y errores, Colombia ha construido durante décadas. La cuarta es nuestro potencial energético y de transición hacia nuevas economías sostenibles. </p>



<p class="wp-block-paragraph">A todo esto se suma una oportunidad histórica que no durará para siempre: nuestro bono poblacional. Colombia todavía cuenta con una población mayoritariamente joven, con millones de personas en edad de trabajar, emprender, innovar y producir. Si somos capaces de ofrecer educación de calidad, empleo formal y oportunidades reales, podremos sacar a millones de colombianos de la pobreza y acelerar nuestro desarrollo durante las próximas décadas. Además, la reducción de la tasa de natalidad abre una ventana de oportunidad adicional: hogares con menos hijos pueden concentrar más recursos en educación, salud, nutrición y bienestar, generando mayores posibilidades de movilidad social y prosperidad para las nuevas generaciones.</p>



<p class="wp-block-paragraph">También tenemos una ventaja ambiental única. Somos uno de los países más biodiversos del planeta. En un mundo que busca soluciones sostenibles, Colombia puede convertirse en una potencia ambiental, científica y turística.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Y si algo logró posicionar el gobierno Petro fue una idea poderosa: Colombia como el país de la belleza. Más allá de los eslóganes, existe una realidad innegable. Tenemos montañas, selvas, mares, cultura, gastronomía, música y una diversidad humana extraordinaria. El turismo global apenas comienza a descubrir el potencial de Colombia. Allí existe una fuente inmensa de crecimiento económico, empleo y oportunidades para regiones históricamente olvidadas.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Pero quizá nuestra mayor riqueza no está en nuestros paisajes ni en nuestros recursos. Está en nuestra gente.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Basta observar cuántos colombianos, provenientes de todos los orígenes posibles, ocupan posiciones destacadas en universidades, empresas, centros de investigación, organizaciones internacionales y escenarios culturales alrededor del mundo. El talento colombiano es reconocido mucho más allá de nuestras fronteras.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Por eso hay razones para tener esperanza.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Y la esperanza somos nosotros.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Mañana volveremos a ser un solo país. Un país imperfecto, dividido, apasionado y muchas veces contradictorio. Pero también un país con todas las posibilidades de construir un mejor futuro.</p>



<p class="wp-block-paragraph">El verdadero llamado, gane Cepeda o gane Abelardo, es trabajar para que Colombia sea un lugar más justo, menos desigual, más plural, más democrático y más próspero.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Las elecciones terminan hoy. El país continúa mañana.</p>



<p class="wp-block-paragraph"></p>
]]></content:encoded>
        <author>Diego Aretz</author>
                    <category>Las palabras y las cosas</category>
                <guid isPermaLink="false">https://blogs.elespectador.com/?p=130662</guid>
        <pubDate>Sun, 21 Jun 2026 18:00:14 +0000</pubDate>
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                            </item>
        <item>
        <title>Xavier Kara y la paciencia de mirar</title>
        <link>https://blogs.elespectador.com/actualidad/las-palabras-y-las-cosas/xavier-kara-y-la-paciencia-de-mirar/</link>
        <description><![CDATA[<p>Conocí a Xavier Kara en medio de un río de Colombia, remo a remo, cruzando el cañón del Güejar. Durante horas avanzamos entre paredes de roca talladas por millones de años de agua y paciencia, mientras la conversación saltaba de libros a viajes, de historia a paisajes, de civilizaciones desaparecidas a los pequeños detalles que [&hellip;]</p>
]]></description>
        <content:encoded><![CDATA[
<p class="wp-block-paragraph">Conocí a Xavier Kara en medio de un río de Colombia, remo a remo, cruzando el cañón del Güejar. Durante horas avanzamos entre paredes de roca talladas por millones de años de agua y paciencia, mientras la conversación saltaba de libros a viajes, de historia a paisajes, de civilizaciones desaparecidas a los pequeños detalles que sobreviven al paso del tiempo. Nos habíamos encontrado apenas unas horas antes, pero mi sensación fue que veníamos viajando desde mucho antes. Hay personas con las que uno comparte trayectos; hay otras con las que comparte preguntas. Xavier pertenecía a la segunda categoría.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Años después volví a encontrarlo en Villa de Leyva. Nos vimos en el marco del Festival de Letras, donde una selección de sus fotografías formaba parte de una exposición abierta al público. En una sala de piedra que mira las montañas que ascienden hacia el páramo, sus imágenes dialogaban con visitantes, lectores y curiosos que se detenían frente a escenas llegadas desde Etiopía, Myanmar o la Amazonía colombiana. Pero fue más tarde, lejos de la exposición y de las conversaciones propias de cualquier festival, cuando entendí mejor quién era el hombre detrás de aquellas fotografías.</p>



<figure class="wp-block-image size-large"><img fetchpriority="high" decoding="async" width="1024" height="519" src="https://blogsnew.s3.amazonaws.com/wp-content/uploads/2026/06/16001055/img57-1024x519.jpg" alt="" class="wp-image-130451" srcset="https://blogsnew.s3.amazonaws.com/wp-content/uploads/2026/06/16001055/img57-1024x519.jpg 1024w, https://blogsnew.s3.amazonaws.com/wp-content/uploads/2026/06/16001055/img57-300x152.jpg 300w, https://blogsnew.s3.amazonaws.com/wp-content/uploads/2026/06/16001055/img57-768x389.jpg 768w, https://blogsnew.s3.amazonaws.com/wp-content/uploads/2026/06/16001055/img57.jpg 1129w" sizes="(max-width: 1024px) 100vw, 1024px" /></figure>



<p class="wp-block-paragraph">Nos sentamos en su casa, también abierta hacia las montañas de Villa de Leyva. La luz de la tarde comenzaba a cambiar sobre los tejados del pueblo y la conversación regresó naturalmente a los temas de aquella travesía por el Güejar. Hablamos de viajes, de libros, de fotografía, de memoria y de las personas que uno encuentra en el camino. Mientras escuchaba sus historias y observaba algunas de sus imágenes fuera del contexto formal de la exposición, comprendí que ambas cosas —el hombre y la obra— estaban unidas por una misma búsqueda. Lo que Xavier Kara persigue con su cámara no son lugares extraordinarios. Lo que busca son momentos en los que el tiempo deja de correr y se vuelve visible.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Vivimos en una época obsesionada con la inmediatez. Nunca antes la humanidad había producido tantas imágenes y probablemente nunca antes las había olvidado con tanta rapidez. Fotografiamos todo: lo que comemos, lo que pensamos, los lugares que visitamos, las personas con las que compartimos una tarde. Millones de imágenes nacen cada día para desaparecer pocas horas después bajo el peso de nuevas imágenes. En medio de esa avalancha visual, encontrarse con la obra de Xavier Kara resulta una experiencia extraña porque sus fotografías parecen provenir de otro ritmo. Son imágenes que no exigen ser consumidas. Exigen ser contempladas.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Quizás por eso permanecí más tiempo del habitual frente a ellas. Algo en esas fotografías obligaba a desacelerar la mirada. No había espectacularidad ni artificio. No parecían concebidas para impresionar. Parecían concebidas para observar. Y existe una diferencia enorme entre ambas cosas. Impresionar es relativamente sencillo. Basta con sorprender. Observar, en cambio, requiere paciencia. Requiere atención. Requiere una disposición que se ha vuelto cada vez más escasa en un mundo gobernado por las distracciones.</p>



<p class="wp-block-paragraph">La exposición presentada durante el Festival de Letras ofrecía una magnífica puerta de entrada a ese universo. Sin embargo, las fotografías adquirían una dimensión diferente después de conversar con su autor. Lo que en las paredes parecía una colección de imágenes tomadas en distintos continentes revelaba, en la conversación, una coherencia mucho más profunda. Cada fotografía era una estación de un mismo viaje intelectual y humano. No importaba si el escenario era una iglesia excavada en la roca en Etiopía, una ciudad perdida entre la niebla de Myanmar o una montaña amazónica en Colombia. Todas parecían responder a una misma pregunta: ¿qué cosas merecen ser conservadas cuando el mundo cambia?</p>



<figure class="wp-block-image size-full"><img decoding="async" width="652" height="928" src="https://blogsnew.s3.amazonaws.com/wp-content/uploads/2026/06/16001126/img8.jpg" alt="" class="wp-image-130452" srcset="https://blogsnew.s3.amazonaws.com/wp-content/uploads/2026/06/16001126/img8.jpg 652w, https://blogsnew.s3.amazonaws.com/wp-content/uploads/2026/06/16001126/img8-211x300.jpg 211w" sizes="(max-width: 652px) 100vw, 652px" /></figure>



<p class="wp-block-paragraph">Más tarde, conversando con Kara, comprendí que esa impresión inicial no era accidental. Me dijo algo que terminó convirtiéndose en la clave para entender toda la exposición. “Me considero un humanista. La fotografía me da una forma de tender puentes entre culturas”. La frase podría pasar desapercibida en una conversación cualquiera, pero en realidad contiene una visión completa del mundo. Porque lo que aparece una y otra vez en sus fotografías no son las diferencias entre las personas sino aquello que comparten. No importa si la imagen fue tomada en Etiopía, Colombia o Myanmar. Lo que interesa no es el exotismo del lugar sino la humanidad de quienes lo habitan.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Eso es precisamente lo que distingue a los grandes viajeros de los simples coleccionistas de destinos. Hay quienes recorren el mundo acumulando fotografías como quien acumula estampillas. Regresan con miles de imágenes y muy pocas preguntas. Xavier Kara parece pertenecer a una tradición distinta. Después de haber viajado por cinco continentes, sus fotografías transmiten menos fascinación por la diferencia que curiosidad por los puntos de encuentro. Hay en ellas una búsqueda constante de aquello que une a los seres humanos más allá de la geografía, la religión o la historia.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Hay algo más que me llamó la atención al conversar con él. A diferencia de muchos fotógrafos contemporáneos, Xavier Kara no habla del viaje como una conquista. No hay en su discurso la épica del explorador ni la ansiedad de quien necesita coleccionar lugares para justificar una identidad. Más bien habla del viaje como una forma de aprendizaje. Como una manera de descentrarse. Como un ejercicio permanente de humildad. Tal vez por eso sus fotografías producen una sensación tan poco frecuente en nuestros días: la sensación de que quien sostiene la cámara está dispuesto a escuchar.</p>



<figure class="wp-block-image size-full"><img loading="lazy" decoding="async" width="603" height="849" src="https://blogsnew.s3.amazonaws.com/wp-content/uploads/2026/06/16001153/img32.jpg" alt="" class="wp-image-130453" srcset="https://blogsnew.s3.amazonaws.com/wp-content/uploads/2026/06/16001153/img32.jpg 603w, https://blogsnew.s3.amazonaws.com/wp-content/uploads/2026/06/16001153/img32-213x300.jpg 213w" sizes="auto, (max-width: 603px) 100vw, 603px" /></figure>



<p class="wp-block-paragraph">Escuchar es una palabra importante. Durante siglos los viajeros occidentales recorrieron el mundo convencidos de que su tarea consistía en describirlo. Eran observadores que llegaban con respuestas. Los mejores viajeros, sin embargo, han sido siempre aquellos que llegaban con preguntas. Pienso en Ibn Battuta recorriendo el mundo islámico durante casi treinta años. Pienso en Alexander von Humboldt intentando comprender las conexiones invisibles entre geografía, naturaleza y cultura. Pienso incluso en Bruce Chatwin, para quien viajar era una forma de interrogar el deseo humano de movimiento. Lo que une a esas figuras no son las distancias recorridas sino la curiosidad intelectual con la que enfrentaron el mundo.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Las fotografías de Kara parecen nacer de esa misma tradición. No intentan demostrar nada. No buscan confirmar teorías previas. Son el resultado de una atención sostenida hacia aquello que aparece delante de la cámara. Quizás por eso transmiten una serenidad poco habitual. Vivimos rodeados de imágenes que nos dicen qué debemos sentir. Imágenes que buscan indignarnos, emocionarnos o sorprendernos de manera inmediata. Las fotografías de Kara operan de otra forma. Nos ofrecen espacio para pensar. Nos permiten entrar en ellas sin imponernos una conclusión.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Mientras observaba sus retratos etíopes recordé una frase de Ryszard Kapuściński que siempre me ha acompañado. Decía que para ejercer cualquier oficio relacionado con las personas hay que ser, ante todo, buena persona. Puede sonar ingenuo en una época dominada por el cinismo, pero sigue siendo una observación extraordinariamente lúcida. Uno termina viendo el mundo según la calidad de su atención moral. Y la fotografía, como la literatura o el periodismo, termina revelando tanto sobre quien mira como sobre aquello que es mirado.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Quizás por eso la palabra humanismo aparece una y otra vez cuando uno intenta describir la obra de Xavier Kara. Un humanismo que no nace de los discursos sino de la observación. Que no consiste en proclamar principios abstractos sino en reconocer la dignidad de las personas, de las culturas y de los paisajes que aparecen frente al lente. En tiempos de polarización, de identidades enfrentadas y de relatos que insisten en subrayar aquello que nos separa, resulta refrescante encontrarse con una obra construida sobre la convicción opuesta: la idea de que el mundo es más grande que nuestras diferencias y de que todavía es posible encontrar puntos de encuentro entre seres humanos que nacieron a miles de kilómetros de distancia y bajo tradiciones completamente distintas.</p>



<figure class="wp-block-image size-full"><img loading="lazy" decoding="async" width="556" height="891" src="https://blogsnew.s3.amazonaws.com/wp-content/uploads/2026/06/16001222/img23.jpg" alt="" class="wp-image-130454" srcset="https://blogsnew.s3.amazonaws.com/wp-content/uploads/2026/06/16001222/img23.jpg 556w, https://blogsnew.s3.amazonaws.com/wp-content/uploads/2026/06/16001222/img23-187x300.jpg 187w" sizes="auto, (max-width: 556px) 100vw, 556px" /></figure>



<p class="wp-block-paragraph">Esa búsqueda aparece de manera particularmente poderosa en las imágenes tomadas en Lalibela, Etiopía. En una de ellas observamos las manos de un hombre sosteniendo un antiguo manuscrito escrito en ge&#8217;ez, la lengua sagrada de la Iglesia Ortodoxa Etíope. En otra, un anciano inclina el rostro sobre aquellas páginas desgastadas por siglos de uso. Lo interesante es que las fotografías nunca caen en la tentación de convertir la escena en una curiosidad antropológica. No estamos observando una rareza cultural. Estamos observando algo mucho más universal: la relación entre una persona y aquello que considera sagrado.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Mientras contemplaba esas imágenes pensé que las civilizaciones sobreviven gracias a personas como aquellas. No necesariamente gracias a los grandes conquistadores o a los protagonistas de los libros de historia, sino gracias a quienes dedican su vida a custodiar una tradición. Un monje copiando manuscritos medievales. Un bibliotecario protegiendo documentos durante una guerra. Un abuelo transmitiendo historias familiares a sus nietos. Un sacerdote etíope leyendo palabras escritas hace siglos. La historia humana es también la historia de quienes mantienen viva una llama para que otros puedan encontrarla después.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Algo parecido ocurre con la extraordinaria fotografía de una joven sosteniendo una vela durante la celebración del Genna, la Navidad etíope. La imagen está construida alrededor de una paradoja elemental: la oscuridad domina el encuadre, pero es la pequeña llama la que termina capturando toda nuestra atención. En tiempos donde la grandilocuencia suele imponerse sobre la sutileza, la fotografía parece recordarnos una verdad antigua: muchas veces basta una pequeña luz para desafiar a toda la noche. Las grandes tradiciones espirituales de la humanidad han comprendido siempre esa idea. También la literatura. También la filosofía.</p>



<p class="wp-block-paragraph">La misma sensibilidad aparece cuando Kara dirige la cámara hacia los Cerros de Mavecure. He visto muchas fotografías de ese lugar extraordinario en la Amazonía colombiana, pero pocas consiguen transmitir lo que realmente significa encontrarse frente a esas montañas. Sabemos que son algunas de las formaciones rocosas más antiguas del planeta. Sabemos que han permanecido allí durante más de mil millones de años. Sin embargo, conocer el dato geológico no equivale a comprenderlo. La fotografía de Kara logra algo más difícil. Nos hace sentir el peso del tiempo. Nos obliga a confrontar nuestra propia escala frente a una realidad infinitamente más antigua que nosotros.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Quizás por eso una de las frases de la muestra quedó resonando en mi memoria. Refiriéndose a Mavecure, Kara escribe que la naturaleza no aparece allí como telón de fondo sino como protagonista. La observación parece sencilla, pero en realidad cuestiona una de las ideas más arraigadas de la modernidad: la noción de que el ser humano ocupa siempre el centro de la historia. Frente a esas montañas comprendemos lo contrario. Somos apenas visitantes temporales en una historia mucho más larga que la nuestra.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Esa misma reflexión atraviesa sus imágenes de Mrauk-U, la antigua ciudad de Myanmar cuyos templos emergen entre la niebla como recuerdos materializados. Hay lugares que parecen existir simultáneamente en el pasado y en el presente. Lugares donde la historia no ha desaparecido sino que continúa respirando bajo distintas formas. Las fotografías de Kara capturan precisamente esa sensación. No muestran una ciudad despertando. Muestran una ciudad soñando.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Conversando con él descubrí que buena parte de su formación ocurrió en Londres, donde fue miembro de la Ealing Photographic Society, fundada en 1890 y considerada una de las sociedades fotográficas más antiguas del mundo. Allí desarrolló muchas de sus habilidades técnicas. Sin embargo, sería un error atribuir el valor de su obra únicamente al dominio del oficio. La técnica es indispensable, pero nunca suficiente. Lo que distingue a una fotografía memorable de una fotografía correcta es la mirada que existe detrás de la cámara.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Y la mirada de Xavier Kara está profundamente influenciada por una tradición que reconoce en Sebastião Salgado, Fan Ho, Henri Cartier-Bresson, Nereo López y Jimmy Nelson algunas de sus principales referencias. Hay algo que une a todos esos nombres. Ninguno utilizó la cámara únicamente para registrar lo que veía. Todos intentaron comprender algo sobre la condición humana. Todos entendieron que una fotografía podía ser también una forma de conocimiento. Una manera de interrogar el mundo.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Antes de despedirnos, Kara mencionó una frase de Marco Aurelio que considera una guía personal: “Recibe sin gloria. Pierde sin preocupación”. Pensé entonces que existe algo profundamente estoico en su trabajo. Sus imágenes no parecen desesperadas por llamar la atención. No buscan el aplauso inmediato ni el impacto efímero. Se limitan a permanecer. Como permanecen las montañas. Como permanecen los libros antiguos. Como permanecen las ciudades que sobreviven a los imperios y las tradiciones que sobreviven a los siglos.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Salí de su casa cuando comenzaba a caer la tarde sobre Villa de Leyva. Las montañas seguían allí, inmóviles, observando desde la distancia. Recordé entonces aquella travesía por el Güejar años atrás. Después de todo, quizás nunca dejamos de cruzar ese río. Algunos lo hacen con una cámara, otros con libros, otros simplemente conversando. Lo importante no es la orilla a la que se llega. Es la forma en que se recorre el camino. Porque viajar, en el fondo, es una manera de estar en el mundo. Una forma de vivir.</p>
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        <author>Diego Aretz</author>
                    <category>Las palabras y las cosas</category>
                <guid isPermaLink="false">https://blogs.elespectador.com/?p=130449</guid>
        <pubDate>Tue, 16 Jun 2026 05:12:42 +0000</pubDate>
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        <title>Extrañamos tanto a Antanas</title>
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<p class="wp-block-paragraph"></p>



<p class="wp-block-paragraph">Hay días en que Colombia parece una discusión de vecinos transmitida por cadena nacional. Todos hablan al tiempo. Nadie escucha. Cada quien llega con su verdad empacada al vacío. Los insultos tienen más alcance que las ideas y las redes sociales han logrado el milagro de convertir a millones de personas en expertos constitucionalistas entre el desayuno y el almuerzo. Y entonces uno piensa en Antanas Mockus. No en el personaje folclórico que los caricaturistas resumieron durante años en una mímica o en unos pantalones bajados. No. Pienso en el profesor. En el tipo extraño que tuvo la osadía de creer que un país podía mejorar si sus ciudadanos aprendían a comportarse mejor. Pienso en el rector que terminó haciendo política sin dejar de ser maestro. Hoy esa idea parece casi revolucionaria. En una época donde todos querían conquistar el poder, él quería algo mucho más difícil: que los colombianos aprendieran a convivir. Y quizás por eso terminó siendo una rareza irrepetible.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Hay además una razón personal por la que escribo estas líneas. Hace años tuve la alegría de entrevistar a Antanas para un medio llamado&nbsp;<em>Contravía</em>. Recuerdo que salí de esa conversación con una sensación extraña: la de haber hablado con alguien que parecía estar jugando un juego distinto al del resto de la política colombiana. Mientras tantos dirigentes hablaban de encuestas, estrategias, enemigos y victorias, Mockus hablaba de cultura, de comportamientos, de educación, de símbolos y de ciudadanía. Parecía menos interesado en ganar una elección que en transformar una sociedad. En aquel momento confieso que algunas de sus respuestas me parecieron excesivamente idealistas. Hoy, después de años de polarización, agresividad digital y degradación del debate público, empiezo a sospechar que el idealista era el más realista de todos. Porque los problemas que él señalaba siguen ahí. Incluso son más grandes. Y las soluciones fáciles que nos prometieron desde distintos extremos siguen sin aparecer. Por eso, cuando pienso en él, no siento únicamente admiración. Siento una melancolía difícil de describir. La melancolía de quien entrevistó a un hombre que hablaba del futuro y descubre, años después, que el país decidió escuchar a quienes le prometían atajos.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Mientras el país se divide entre quienes creen que la salvación llegará por la izquierda y quienes creen que vendrá por la derecha, uno sospecha que Mockus volvería a hacer lo mismo que siempre hizo: decepcionar a los fanáticos. Porque nunca fue bueno para pertenecer a una tribu. Cuando todos gritaban, él preguntaba. Cuando todos señalaban culpables, él hablaba de responsabilidades. Cuando todos prometían cambiar el país, él insistía en cambiar comportamientos. Por eso, si hoy tuviera que imaginar una frase suya frente a la batalla política que se avecina, me atrevería a prestarle estas palabras:&nbsp;<em>&#8220;No me interesa quién grita más fuerte. Me interesa quién respeta mejor las reglas democráticas, quién dice la verdad con más rigor y quién contribuye a que los colombianos puedan convivir pese a sus diferencias.&#8221;</em>&nbsp;Y solo por escribirla siento que viene de otra época. Una época donde la política todavía aspiraba a educar.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Porque seamos sinceros: Colombia no solo perdió a Mockus. También perdió el ecosistema que hizo posible que existiera un Antanas. Y un ejemplo de ello, irónicamente, es el mismo Partido Verde. Aquella fuerza política que nació como una rebelión ética contra las costumbres de la política tradicional terminó pareciéndose demasiado a aquello que prometía transformar. Qué transformación tan extraña terminó viviendo. Nació para desafiar las costumbres del poder y acabó adquiriéndolas. Nació como una conversación sobre ciudadanía y terminó convertida en una disputa permanente por avales, burocracia y cuotas. El Verde se parece hoy a esos grupos de rock que comenzaron cantando contra el sistema y acabaron tocando en la fiesta de cumpleaños del sistema. Quizás sea injusto decirlo. Pero no tanto. Porque para muchos colombianos el Partido Verde ya no produce esperanza. Produce nostalgia. Nostalgia de cuando la política parecía una invitación a construir algo mejor y no simplemente a odiar al bando contrario. Nostalgia de aquella Ola Verde que llenó plazas enteras con una idea tan ingenua como poderosa: que la decencia podía ser competitiva electoralmente. Durante unas semanas Colombia creyó que sí. Después volvimos a ser Colombia.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Y aquí estamos otra vez. Observando cómo unos convierten cada elección en una cruzada moral y otros en una guerra de exterminio simbólico. Escuchando a los candidatos hablar más de sus enemigos que de sus propuestas. Confundiendo carácter con agresividad y liderazgo con volumen. Por eso me resulta casi imposible preguntarme si Mockus estaría con Iván Cepeda o con Abelardo de la Espriella. La pregunta correcta es otra. ¿Quién de los dos estaría dispuesto a soportar cinco minutos de conversación con Mockus sin sentirse incómodo? Porque el profesor tenía esa rara capacidad de incomodar a todos. A la izquierda cuando confundía ideales con excusas. A la derecha cuando confundía autoridad con arrogancia. A los políticos cuando confundían legalidad con astucia. Y a los ciudadanos cuando confundíamos derechos con privilegios.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Tal vez por eso nunca terminó de encajar. Era demasiado profesor para los políticos y demasiado político para los profesores. Demasiado serio para los cínicos y demasiado ingenuo para los pragmáticos. Pero mientras más envejece esta democracia fatigada, más evidente resulta el vacío que dejó. Porque el problema de Colombia no es que ya no tengamos héroes. El problema es que dejamos de admirar las virtudes que representaban. Nos acostumbramos a premiar la furia. A celebrar la humillación del adversario. A elegir al que mejor golpea y no al que mejor argumenta. Y después nos preguntamos por qué el país se parece tanto a una pelea. Quizás Mockus nunca fue el presidente que Colombia eligió. Pero fue, durante mucho tiempo, el ciudadano que Colombia necesitaba. Y viendo el espectáculo actual, uno no puede evitar pensar que también sigue siendo el ciudadano que más nos hace falta.</p>



<p class="wp-block-paragraph"><strong>Extrañamos tanto a Antanas.</strong></p>



<p class="wp-block-paragraph">Y sospecho que lo extrañamos porque, en el fondo, extrañamos una versión mejor de nosotros mismos.</p>
]]></content:encoded>
        <author>Diego Aretz</author>
                    <category>Las palabras y las cosas</category>
                <guid isPermaLink="false">https://blogs.elespectador.com/?p=130312</guid>
        <pubDate>Sat, 13 Jun 2026 16:34:01 +0000</pubDate>
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        <item>
        <title>La mala hora</title>
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        <description><![CDATA[<p>Gabriel García Márquez tituló una de sus novelas&nbsp;La mala hora. Era el tiempo de los rumores, de los mensajes anónimos, de las verdades a medias y de los fantasmas colectivos que terminaban contaminándolo todo. Hay algo de esa atmósfera en la política colombiana de hoy. Esta semana, Gustavo Petro decidió responderle a Felipe Zuleta con [&hellip;]</p>
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        <content:encoded><![CDATA[
<p class="wp-block-paragraph">Gabriel García Márquez tituló una de sus novelas&nbsp;<em>La mala hora</em>. Era el tiempo de los rumores, de los mensajes anónimos, de las verdades a medias y de los fantasmas colectivos que terminaban contaminándolo todo. Hay algo de esa atmósfera en la política colombiana de hoy.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Esta semana, Gustavo Petro decidió responderle a Felipe Zuleta con una expresión que incluía un &#8220;Heil Hitler&#8221;. Más allá de las explicaciones posteriores, de los contextos que algunos intentaron reconstruir y de las interpretaciones que inevitablemente siguieron, hay un hecho imposible de ignorar: millones de personas leyeron esas palabras sin contexto alguno.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Treinta y cuatro millones de usuarios en una plataforma donde los mensajes viajan más rápido que las aclaraciones. Treinta y cuatro millones de posibles lecturas de una referencia al nazismo en un momento histórico en el que el fascismo, bajo formas diversas y adaptadas al siglo XXI, ha dejado de ser una preocupación exclusiva de los historiadores para convertirse nuevamente en una amenaza política real.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Las palabras importan. Más aún cuando provienen de un jefe de Estado. Más aún cuando son pronunciadas en una época donde el algoritmo premia la indignación y castiga los matices.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Pero quizá el problema de fondo no es el trino. El problema es lo que el trino revela.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Petro parece cada vez más desconectado de la coyuntura política que él mismo ayudó a construir. Mientras el país discute el futuro, la sucesión, la seguridad, la economía o el rumbo de la izquierda después de su gobierno, el presidente insiste en convertir cada episodio en una disputa sobre sí mismo.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Paradójicamente, pocos han trabajado con más disciplina por la campaña de algunos de sus adversarios que el propio Petro. Lo acaba de hacer con Abelardo de la Espriella. Como ha ocurrido antes con otros personajes, el presidente parece incapaz de distinguir entre combatir una figura política y amplificarla. La consecuencia es evidente: termina regalándole centralidad a quienes dice combatir.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Esa necesidad permanente de ocupar el centro del escenario también ha dejado al descubierto una fractura cada vez más evidente con Iván Cepeda.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Cepeda parece atrapado en una situación casi hamletiana:&nbsp;<em>to Petro or not to Petro</em>. Debe representar una continuidad política sin convertirse en una prolongación personalista del presidente. Debe defender un proyecto sin cargar necesariamente con todos sus errores. Debe convencer a quienes apoyaron al gobierno sin espantar a quienes están cansados de él.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Hasta ahora, su estrategia ha consistido en hablar de los errores del petrismo en términos generales. Habla de la necesidad de corregir rumbos, de aprender lecciones y de construir una nueva etapa. Pero nunca señala con claridad cuáles fueron los errores concretos ni quiénes fueron sus responsables. Nunca menciona aquello que buena parte del país identifica como los problemas centrales de este gobierno, porque políticamente no puede hacerlo.</p>



<p class="wp-block-paragraph">No puede romper con Petro porque necesita una parte de su base electoral. Pero tampoco puede abrazarlo completamente porque sabe que buena parte del país está buscando precisamente una alternativa a esa forma de ejercer el poder.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Esa es la paradoja de su candidatura: necesita demostrar que no es Petro, sin poder decir exactamente qué fue lo que Petro hizo mal.</p>



<p class="wp-block-paragraph">El resultado es una ambigüedad que empieza a costarle claridad. Y en este momento Colombia parece estar pidiendo exactamente lo contrario: definiciones claras.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Pedro Adrián Zuluaga ha sugerido que sería más interesante escuchar las propuestas de Cepeda que verlo concentrado en oponerse personalmente a Abelardo de la Espriella. La observación es pertinente. La confrontación directa contra figuras de la derecha le produjo enormes dividendos políticos al petrismo durante años, especialmente en su antagonismo con Álvaro Uribe. Pero el contexto ha cambiado.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Cada vez que Cepeda convierte a Abelardo en el centro de su discurso corre el riesgo de repetir una fórmula agotada. La política de la próxima década difícilmente podrá construirse únicamente alrededor de la identificación de enemigos. Colombia parece estar demandando algo distinto: propuestas, horizontes y capacidad de convocatoria.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Porque la pregunta verdaderamente importante ya no es contra quién está Cepeda. La pregunta es para qué está Cepeda.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Y ahí aparece otro problema para el progresismo colombiano. Mientras buena parte de la conversación pública gira alrededor de las disputas dentro del petrismo, no ha existido un esfuerzo serio de convocatoria hacia el centro político, que hoy encuentra en Sergio Fajardo su principal referente.</p>



<p class="wp-block-paragraph">No ha habido una operación profunda de persuasión democrática. No ha habido una estrategia consistente para seducir a quienes podrían compartir algunas reformas sociales pero siguen desconfiando de los modos, los tonos y las prioridades del gobierno. No ha habido una conversación genuina con quienes no se sienten representados ni por el uribismo ni por el petrismo.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Esa ausencia resulta particularmente llamativa porque ninguna fuerza política puede aspirar a convertirse en mayoría nacional renunciando a convencer a quienes piensan distinto.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Por eso la verdadera oportunidad histórica de Cepeda podría ser mucho más importante que ganar una elección presidencial.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Podría consistir en convertirse en el líder de una izquierda capaz de existir más allá de Gustavo Petro.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Una izquierda menos dependiente del carisma de un individuo. Más plural. Más institucional. Más democrática en sus prácticas internas. Menos condenada a las frustraciones que producen inevitablemente los proyectos construidos alrededor de una sola figura.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Que ese proyecto guste o no guste es una discusión legítima. Pero toda democracia necesita fuerzas políticas capaces de sobrevivir a sus fundadores.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Y es ahí donde aparece una última paradoja.</p>



<p class="wp-block-paragraph">A veces da la impresión de que lo que más le duele hoy a Gustavo Petro es dejar de ser el centro de la coyuntura nacional. Como si la discusión pública hubiera comenzado a desplazarse hacia otros temas, hacia otros liderazgos y hacia el inevitable debate sobre lo que vendrá después de su gobierno.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Sin embargo, quizá el propio Petro sea consciente, en algún nivel, de que ese ciclo está llegando a su fin.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Hace poco pronunció una frase que sonó menos a consigna política que a confesión: &#8220;El día final de mi mandato saldré, no sé a dónde, y a qué&#8221;.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Hay algo profundamente humano y melancólico en esas palabras. También algo revelador. Parecen las palabras de un hombre que empieza a comprender que la historia no pertenece para siempre a quienes la protagonizan.</p>



<p class="wp-block-paragraph">La política colombiana lleva meses discutiendo qué vendrá después de Petro. Tal vez el único que todavía no termina de aceptar esa conversación sea el propio Petro.</p>



<p class="wp-block-paragraph">La madurez democrática consiste precisamente en eso: aceptar que nadie es indispensable, que nadie es un mesías y que ningún líder puede confundirse con el destino de una nación.</p>



<p class="wp-block-paragraph">La historia ya le dio a Gustavo Petro su oportunidad.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Ahora le corresponde al país decidir qué viene después.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Y será la historia, para bien o para mal, la que termine dictando el veredicto.</p>
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        <author>Diego Aretz</author>
                    <category>Las palabras y las cosas</category>
                <guid isPermaLink="false">https://blogs.elespectador.com/?p=130276</guid>
        <pubDate>Thu, 11 Jun 2026 14:06:43 +0000</pubDate>
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                <media:description type="plain"><![CDATA[La mala hora]]></media:description>
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        <title>Si yo fuera Yerry Mina</title>
        <link>https://blogs.elespectador.com/actualidad/las-palabras-y-las-cosas/si-yo-fuera-yerry-mina/</link>
        <description><![CDATA[<p>Si yo fuera Yerry Mina, no volvería a representar a Colombia hasta que el presidente Gustavo Petro ofreciera una disculpa pública a él, a sus compañeros de la Selección Colombia y a los millones de hombres y mujeres afrodescendientes de este país que pudieron sentirse agraviados por sus palabras. Yerry Mina no es únicamente un [&hellip;]</p>
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        <content:encoded><![CDATA[
<p class="wp-block-paragraph">Si yo fuera Yerry Mina, no volvería a representar a Colombia hasta que el presidente Gustavo Petro ofreciera una disculpa pública a él, a sus compañeros de la Selección Colombia y a los millones de hombres y mujeres afrodescendientes de este país que pudieron sentirse agraviados por sus palabras.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Yerry Mina no es únicamente un futbolista. Es hijo de Guachené, Cauca, una tierra donde la identidad afrocolombiana es parte esencial de su historia y de su cultura. Su vida es un ejemplo de esfuerzo, disciplina y superación. Desde una comunidad que durante décadas ha enfrentado profundas desigualdades, llegó a la élite del fútbol mundial y vistió la camiseta del Barcelona, un club que ha hecho de la inclusión y la diversidad parte de su identidad institucional.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Guachené es un pequeño municipio del norte del Cauca, ubicado estratégicamente entre Cali y Santander de Quilichao, en una región fértil atravesada por los cañaduzales del valle geográfico del río Cauca. Apenas supera los veinte mil habitantes y es una población con una profunda raíz afrocolombiana, donde la familia, la música, el deporte y la solidaridad comunitaria hacen parte de la vida cotidiana.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Sin embargo, el norte del Cauca también ha sido uno de los territorios más golpeados por la violencia colombiana. Durante décadas ha sufrido la presencia de grupos armados ilegales, el narcotráfico, el desplazamiento forzado y el abandono del Estado. Allí, para miles de niños, el fútbol no es solamente un juego: es una oportunidad para escapar de la guerra y construir un destino distinto.</p>



<p class="wp-block-paragraph">De ese contexto salió Yerry Mina. Un muchacho sencillo, profundamente unido a sus padres y orgulloso de sus raíces. Su sonrisa permanente, sus bailes después de los goles y su manera espontánea de celebrar la vida lo han convertido en una de las figuras más queridas del deporte colombiano. Quienes lo conocen destacan su humildad, su cercanía con la gente y el compromiso que siempre ha mantenido con su comunidad, sin olvidar jamás de dónde viene.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Por eso, el mensaje publicado por el presidente Petro junto a una fotografía con el jugador no puede despacharse simplemente como una ironía o un sarcasmo político. La frase&nbsp;<em>&#8220;Dignidad o nostalgias de hidalgos esclavistas&#8221;</em>&nbsp;proyecta una idea inquietante: que una persona afrodescendiente debería responder a un determinado molde ideológico para ser considerada digna.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Esa es una forma de violencia simbólica que una democracia no debería aceptar. Porque el racismo no consiste solamente en insultar por el color de la piel; también aparece cuando se pretende decirle a una comunidad cuál debe ser su lugar, con quién puede relacionarse o qué posición política debe asumir para ser aceptada.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Los afrocolombianos, los pueblos indígenas, las mujeres o las personas LGTBIQ+ no pertenecen a ningún proyecto político. No pueden ser celebrados cuando respaldan una causa y descalificados cuando piensan distinto. Convertir las identidades en patrimonio de una ideología es una forma de manipulación y, en el fondo, de desprecio por la libertad individual.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Las luchas por los derechos civiles y contra la discriminación nunca buscaron imponer una única manera de pensar. Buscaron exactamente lo contrario: que cada persona pudiera ejercer su libertad sin ser juzgada por su origen, su raza o sus convicciones.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Por eso creo que el presidente Gustavo Petro debería ofrecer una disculpa pública. No solo a Yerry Mina, sino a todos aquellos colombianos afrodescendientes que vieron en ese mensaje una insinuación injusta y dolorosa. Porque la dignidad no depende de la cercanía con una corriente política, sino del reconocimiento de que cada ciudadano es libre e igual en derechos.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Hay discursos que para construirse necesitan dividir, clasificar y señalar. Pero una democracia madura no se fortalece cuando les dice a las personas quiénes deben ser; se fortalece cuando defiende su derecho a decidirlo por sí mismas.</p>



<p class="wp-block-paragraph"><strong>Una democracia no se mide por cómo trata a quienes piensan igual, sino por el respeto que es capaz de brindar a quienes ejercen su libertad de pensar distinto. Y esa libertad también pertenece a Yerry Mina y a cada hombre y mujer afro de Colombia.</strong></p>
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        <author>Diego Aretz</author>
                    <category>Las palabras y las cosas</category>
                <guid isPermaLink="false">https://blogs.elespectador.com/?p=130155</guid>
        <pubDate>Sun, 07 Jun 2026 17:08:16 +0000</pubDate>
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