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    <title>Blogs El Espectador</title>
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    <description>Blogs gratis y diarios en El Espectador</description>
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	<title>Blogs de Las palabras y las cosas | Blogs El Espectador</title>
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        <title>Mañana seremos un solo país</title>
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        <description><![CDATA[<p>Hoy es día de elecciones. Mañana será otro día. Y ojalá sea el día en que recordemos que, más allá de las diferencias, nos toca seguir siendo un mismo país. Y esa no es una mala noticia. Colombia es una nación de innumerables riquezas, de enormes capacidades y de una resiliencia que pocas sociedades tienen. [&hellip;]</p>
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        <content:encoded><![CDATA[
<p class="wp-block-paragraph">Hoy es día de elecciones. Mañana será otro día. Y ojalá sea el día en que recordemos que, más allá de las diferencias, nos toca seguir siendo un mismo país. Y esa no es una mala noticia.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Colombia es una nación de innumerables riquezas, de enormes capacidades y de una resiliencia que pocas sociedades tienen. Hoy llegamos a una elección en la que Abelardo de la Espriella aparece como el candidato más opcionado. Sin embargo, estamos viendo una contienda extraordinariamente cerrada, cercana al empate técnico, algo que resulta significativo por muchas razones complejas. La izquierda llega a este momento con una posibilidad real de triunfo. Durante estos cuatro años tuvo una oportunidad única de gobernar y, más allá de los balances que cada ciudadano haga de ese periodo, hay algo que resulta evidente: logró conectar con una parte muy importante de la sociedad colombiana.</p>



<p class="wp-block-paragraph">En primera vuelta fueron cerca de diez millones de personas. Hoy, con seguridad, serán más. Alguna fibra profunda del pueblo colombiano tocó Gustavo Petro, el progresismo y, ahora, esa misma corriente encuentra continuidad en la figura de Cepeda, un hombre que además carga una historia profundamente ligada a la izquierda colombiana.</p>



<p class="wp-block-paragraph">A mí me produce una sensación de justicia histórica y humana que hoy Cepeda, hijo de un padre asesinado por hacer política, sea el candidato de un sector amplio del país. Eso es un triunfo de la democracia. Es la demostración de que las armas no lograron silenciar las ideas. Independientemente de si somos de izquierda, de centro o de derecha, eso es algo que deberíamos celebrar.</p>



<p class="wp-block-paragraph">En ciertos sectores de la izquierda persiste una idea antigua y compleja: la lucha de clases. Pero la Colombia de hoy no parece explicarse por esa lógica. Si los más de diez millones de votantes de Abelardo de la primera vuelta fueran ricos, seríamos Suiza. No lo somos. Con él votan hombres y mujeres de todos los sectores sociales, de todas las regiones, de todas las realidades económicas.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Nuestra división no es entre ricos y pobres. Es más profunda y más compleja. Cruza familias, amistades y generaciones. Está presente entre hermanos, compañeros de trabajo y vecinos. Pero quizás eso tampoco sea tan malo. Lo que demuestra es que nuestro viejo bipartidismo, transformado y reinventado, sigue vivo a través de nuevas identidades políticas, nuevas emociones colectivas y nuevos liderazgos.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Y precisamente porque la diferencia atraviesa a todos los colombianos, mañana tendremos que volver a encontrarnos.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Porque mañana seremos un solo país.</p>



<p class="wp-block-paragraph">No sabemos quién ganará hoy. Puede ser Cepeda. Puede ser Abelardo. Lo que sí sabemos es que mañana el reto será el mismo para cualquiera de los dos: gobernar una nación profundamente diversa, con enormes desafíos y también con oportunidades extraordinarias.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Tenemos cinco fortalezas macroeconómicas que deberían llenarnos de optimismo. La primera es nuestra diversidad productiva: pocas economías de la región cuentan con una combinación tan amplia de agricultura, servicios, industria, energía y recursos naturales. La segunda es nuestra ubicación estratégica, con acceso a dos océanos y una posición privilegiada para integrarnos a las cadenas globales de comercio. La tercera es la estabilidad institucional y macroeconómica que, con dificultades y errores, Colombia ha construido durante décadas. La cuarta es nuestro potencial energético y de transición hacia nuevas economías sostenibles. </p>



<p class="wp-block-paragraph">A todo esto se suma una oportunidad histórica que no durará para siempre: nuestro bono poblacional. Colombia todavía cuenta con una población mayoritariamente joven, con millones de personas en edad de trabajar, emprender, innovar y producir. Si somos capaces de ofrecer educación de calidad, empleo formal y oportunidades reales, podremos sacar a millones de colombianos de la pobreza y acelerar nuestro desarrollo durante las próximas décadas. Además, la reducción de la tasa de natalidad abre una ventana de oportunidad adicional: hogares con menos hijos pueden concentrar más recursos en educación, salud, nutrición y bienestar, generando mayores posibilidades de movilidad social y prosperidad para las nuevas generaciones.</p>



<p class="wp-block-paragraph">También tenemos una ventaja ambiental única. Somos uno de los países más biodiversos del planeta. En un mundo que busca soluciones sostenibles, Colombia puede convertirse en una potencia ambiental, científica y turística.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Y si algo logró posicionar el gobierno Petro fue una idea poderosa: Colombia como el país de la belleza. Más allá de los eslóganes, existe una realidad innegable. Tenemos montañas, selvas, mares, cultura, gastronomía, música y una diversidad humana extraordinaria. El turismo global apenas comienza a descubrir el potencial de Colombia. Allí existe una fuente inmensa de crecimiento económico, empleo y oportunidades para regiones históricamente olvidadas.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Pero quizá nuestra mayor riqueza no está en nuestros paisajes ni en nuestros recursos. Está en nuestra gente.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Basta observar cuántos colombianos, provenientes de todos los orígenes posibles, ocupan posiciones destacadas en universidades, empresas, centros de investigación, organizaciones internacionales y escenarios culturales alrededor del mundo. El talento colombiano es reconocido mucho más allá de nuestras fronteras.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Por eso hay razones para tener esperanza.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Y la esperanza somos nosotros.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Mañana volveremos a ser un solo país. Un país imperfecto, dividido, apasionado y muchas veces contradictorio. Pero también un país con todas las posibilidades de construir un mejor futuro.</p>



<p class="wp-block-paragraph">El verdadero llamado, gane Cepeda o gane Abelardo, es trabajar para que Colombia sea un lugar más justo, menos desigual, más plural, más democrático y más próspero.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Las elecciones terminan hoy. El país continúa mañana.</p>



<p class="wp-block-paragraph"></p>
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        <author>Diego Aretz</author>
                    <category>Las palabras y las cosas</category>
                <guid isPermaLink="false">https://blogs.elespectador.com/?p=130662</guid>
        <pubDate>Sun, 21 Jun 2026 18:00:14 +0000</pubDate>
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        <title>Xavier Kara y la paciencia de mirar</title>
        <link>https://blogs.elespectador.com/actualidad/las-palabras-y-las-cosas/xavier-kara-y-la-paciencia-de-mirar/</link>
        <description><![CDATA[<p>Conocí a Xavier Kara en medio de un río de Colombia, remo a remo, cruzando el cañón del Güejar. Durante horas avanzamos entre paredes de roca talladas por millones de años de agua y paciencia, mientras la conversación saltaba de libros a viajes, de historia a paisajes, de civilizaciones desaparecidas a los pequeños detalles que [&hellip;]</p>
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        <content:encoded><![CDATA[
<p class="wp-block-paragraph">Conocí a Xavier Kara en medio de un río de Colombia, remo a remo, cruzando el cañón del Güejar. Durante horas avanzamos entre paredes de roca talladas por millones de años de agua y paciencia, mientras la conversación saltaba de libros a viajes, de historia a paisajes, de civilizaciones desaparecidas a los pequeños detalles que sobreviven al paso del tiempo. Nos habíamos encontrado apenas unas horas antes, pero mi sensación fue que veníamos viajando desde mucho antes. Hay personas con las que uno comparte trayectos; hay otras con las que comparte preguntas. Xavier pertenecía a la segunda categoría.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Años después volví a encontrarlo en Villa de Leyva. Nos vimos en el marco del Festival de Letras, donde una selección de sus fotografías formaba parte de una exposición abierta al público. En una sala de piedra que mira las montañas que ascienden hacia el páramo, sus imágenes dialogaban con visitantes, lectores y curiosos que se detenían frente a escenas llegadas desde Etiopía, Myanmar o la Amazonía colombiana. Pero fue más tarde, lejos de la exposición y de las conversaciones propias de cualquier festival, cuando entendí mejor quién era el hombre detrás de aquellas fotografías.</p>



<figure class="wp-block-image size-large"><img fetchpriority="high" decoding="async" width="1024" height="519" src="https://blogsnew.s3.amazonaws.com/wp-content/uploads/2026/06/16001055/img57-1024x519.jpg" alt="" class="wp-image-130451" srcset="https://blogsnew.s3.amazonaws.com/wp-content/uploads/2026/06/16001055/img57-1024x519.jpg 1024w, https://blogsnew.s3.amazonaws.com/wp-content/uploads/2026/06/16001055/img57-300x152.jpg 300w, https://blogsnew.s3.amazonaws.com/wp-content/uploads/2026/06/16001055/img57-768x389.jpg 768w, https://blogsnew.s3.amazonaws.com/wp-content/uploads/2026/06/16001055/img57.jpg 1129w" sizes="(max-width: 1024px) 100vw, 1024px" /></figure>



<p class="wp-block-paragraph">Nos sentamos en su casa, también abierta hacia las montañas de Villa de Leyva. La luz de la tarde comenzaba a cambiar sobre los tejados del pueblo y la conversación regresó naturalmente a los temas de aquella travesía por el Güejar. Hablamos de viajes, de libros, de fotografía, de memoria y de las personas que uno encuentra en el camino. Mientras escuchaba sus historias y observaba algunas de sus imágenes fuera del contexto formal de la exposición, comprendí que ambas cosas —el hombre y la obra— estaban unidas por una misma búsqueda. Lo que Xavier Kara persigue con su cámara no son lugares extraordinarios. Lo que busca son momentos en los que el tiempo deja de correr y se vuelve visible.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Vivimos en una época obsesionada con la inmediatez. Nunca antes la humanidad había producido tantas imágenes y probablemente nunca antes las había olvidado con tanta rapidez. Fotografiamos todo: lo que comemos, lo que pensamos, los lugares que visitamos, las personas con las que compartimos una tarde. Millones de imágenes nacen cada día para desaparecer pocas horas después bajo el peso de nuevas imágenes. En medio de esa avalancha visual, encontrarse con la obra de Xavier Kara resulta una experiencia extraña porque sus fotografías parecen provenir de otro ritmo. Son imágenes que no exigen ser consumidas. Exigen ser contempladas.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Quizás por eso permanecí más tiempo del habitual frente a ellas. Algo en esas fotografías obligaba a desacelerar la mirada. No había espectacularidad ni artificio. No parecían concebidas para impresionar. Parecían concebidas para observar. Y existe una diferencia enorme entre ambas cosas. Impresionar es relativamente sencillo. Basta con sorprender. Observar, en cambio, requiere paciencia. Requiere atención. Requiere una disposición que se ha vuelto cada vez más escasa en un mundo gobernado por las distracciones.</p>



<p class="wp-block-paragraph">La exposición presentada durante el Festival de Letras ofrecía una magnífica puerta de entrada a ese universo. Sin embargo, las fotografías adquirían una dimensión diferente después de conversar con su autor. Lo que en las paredes parecía una colección de imágenes tomadas en distintos continentes revelaba, en la conversación, una coherencia mucho más profunda. Cada fotografía era una estación de un mismo viaje intelectual y humano. No importaba si el escenario era una iglesia excavada en la roca en Etiopía, una ciudad perdida entre la niebla de Myanmar o una montaña amazónica en Colombia. Todas parecían responder a una misma pregunta: ¿qué cosas merecen ser conservadas cuando el mundo cambia?</p>



<figure class="wp-block-image size-full"><img decoding="async" width="652" height="928" src="https://blogsnew.s3.amazonaws.com/wp-content/uploads/2026/06/16001126/img8.jpg" alt="" class="wp-image-130452" srcset="https://blogsnew.s3.amazonaws.com/wp-content/uploads/2026/06/16001126/img8.jpg 652w, https://blogsnew.s3.amazonaws.com/wp-content/uploads/2026/06/16001126/img8-211x300.jpg 211w" sizes="(max-width: 652px) 100vw, 652px" /></figure>



<p class="wp-block-paragraph">Más tarde, conversando con Kara, comprendí que esa impresión inicial no era accidental. Me dijo algo que terminó convirtiéndose en la clave para entender toda la exposición. “Me considero un humanista. La fotografía me da una forma de tender puentes entre culturas”. La frase podría pasar desapercibida en una conversación cualquiera, pero en realidad contiene una visión completa del mundo. Porque lo que aparece una y otra vez en sus fotografías no son las diferencias entre las personas sino aquello que comparten. No importa si la imagen fue tomada en Etiopía, Colombia o Myanmar. Lo que interesa no es el exotismo del lugar sino la humanidad de quienes lo habitan.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Eso es precisamente lo que distingue a los grandes viajeros de los simples coleccionistas de destinos. Hay quienes recorren el mundo acumulando fotografías como quien acumula estampillas. Regresan con miles de imágenes y muy pocas preguntas. Xavier Kara parece pertenecer a una tradición distinta. Después de haber viajado por cinco continentes, sus fotografías transmiten menos fascinación por la diferencia que curiosidad por los puntos de encuentro. Hay en ellas una búsqueda constante de aquello que une a los seres humanos más allá de la geografía, la religión o la historia.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Hay algo más que me llamó la atención al conversar con él. A diferencia de muchos fotógrafos contemporáneos, Xavier Kara no habla del viaje como una conquista. No hay en su discurso la épica del explorador ni la ansiedad de quien necesita coleccionar lugares para justificar una identidad. Más bien habla del viaje como una forma de aprendizaje. Como una manera de descentrarse. Como un ejercicio permanente de humildad. Tal vez por eso sus fotografías producen una sensación tan poco frecuente en nuestros días: la sensación de que quien sostiene la cámara está dispuesto a escuchar.</p>



<figure class="wp-block-image size-full"><img decoding="async" width="603" height="849" src="https://blogsnew.s3.amazonaws.com/wp-content/uploads/2026/06/16001153/img32.jpg" alt="" class="wp-image-130453" srcset="https://blogsnew.s3.amazonaws.com/wp-content/uploads/2026/06/16001153/img32.jpg 603w, https://blogsnew.s3.amazonaws.com/wp-content/uploads/2026/06/16001153/img32-213x300.jpg 213w" sizes="(max-width: 603px) 100vw, 603px" /></figure>



<p class="wp-block-paragraph">Escuchar es una palabra importante. Durante siglos los viajeros occidentales recorrieron el mundo convencidos de que su tarea consistía en describirlo. Eran observadores que llegaban con respuestas. Los mejores viajeros, sin embargo, han sido siempre aquellos que llegaban con preguntas. Pienso en Ibn Battuta recorriendo el mundo islámico durante casi treinta años. Pienso en Alexander von Humboldt intentando comprender las conexiones invisibles entre geografía, naturaleza y cultura. Pienso incluso en Bruce Chatwin, para quien viajar era una forma de interrogar el deseo humano de movimiento. Lo que une a esas figuras no son las distancias recorridas sino la curiosidad intelectual con la que enfrentaron el mundo.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Las fotografías de Kara parecen nacer de esa misma tradición. No intentan demostrar nada. No buscan confirmar teorías previas. Son el resultado de una atención sostenida hacia aquello que aparece delante de la cámara. Quizás por eso transmiten una serenidad poco habitual. Vivimos rodeados de imágenes que nos dicen qué debemos sentir. Imágenes que buscan indignarnos, emocionarnos o sorprendernos de manera inmediata. Las fotografías de Kara operan de otra forma. Nos ofrecen espacio para pensar. Nos permiten entrar en ellas sin imponernos una conclusión.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Mientras observaba sus retratos etíopes recordé una frase de Ryszard Kapuściński que siempre me ha acompañado. Decía que para ejercer cualquier oficio relacionado con las personas hay que ser, ante todo, buena persona. Puede sonar ingenuo en una época dominada por el cinismo, pero sigue siendo una observación extraordinariamente lúcida. Uno termina viendo el mundo según la calidad de su atención moral. Y la fotografía, como la literatura o el periodismo, termina revelando tanto sobre quien mira como sobre aquello que es mirado.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Quizás por eso la palabra humanismo aparece una y otra vez cuando uno intenta describir la obra de Xavier Kara. Un humanismo que no nace de los discursos sino de la observación. Que no consiste en proclamar principios abstractos sino en reconocer la dignidad de las personas, de las culturas y de los paisajes que aparecen frente al lente. En tiempos de polarización, de identidades enfrentadas y de relatos que insisten en subrayar aquello que nos separa, resulta refrescante encontrarse con una obra construida sobre la convicción opuesta: la idea de que el mundo es más grande que nuestras diferencias y de que todavía es posible encontrar puntos de encuentro entre seres humanos que nacieron a miles de kilómetros de distancia y bajo tradiciones completamente distintas.</p>



<figure class="wp-block-image size-full"><img loading="lazy" decoding="async" width="556" height="891" src="https://blogsnew.s3.amazonaws.com/wp-content/uploads/2026/06/16001222/img23.jpg" alt="" class="wp-image-130454" srcset="https://blogsnew.s3.amazonaws.com/wp-content/uploads/2026/06/16001222/img23.jpg 556w, https://blogsnew.s3.amazonaws.com/wp-content/uploads/2026/06/16001222/img23-187x300.jpg 187w" sizes="auto, (max-width: 556px) 100vw, 556px" /></figure>



<p class="wp-block-paragraph">Esa búsqueda aparece de manera particularmente poderosa en las imágenes tomadas en Lalibela, Etiopía. En una de ellas observamos las manos de un hombre sosteniendo un antiguo manuscrito escrito en ge&#8217;ez, la lengua sagrada de la Iglesia Ortodoxa Etíope. En otra, un anciano inclina el rostro sobre aquellas páginas desgastadas por siglos de uso. Lo interesante es que las fotografías nunca caen en la tentación de convertir la escena en una curiosidad antropológica. No estamos observando una rareza cultural. Estamos observando algo mucho más universal: la relación entre una persona y aquello que considera sagrado.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Mientras contemplaba esas imágenes pensé que las civilizaciones sobreviven gracias a personas como aquellas. No necesariamente gracias a los grandes conquistadores o a los protagonistas de los libros de historia, sino gracias a quienes dedican su vida a custodiar una tradición. Un monje copiando manuscritos medievales. Un bibliotecario protegiendo documentos durante una guerra. Un abuelo transmitiendo historias familiares a sus nietos. Un sacerdote etíope leyendo palabras escritas hace siglos. La historia humana es también la historia de quienes mantienen viva una llama para que otros puedan encontrarla después.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Algo parecido ocurre con la extraordinaria fotografía de una joven sosteniendo una vela durante la celebración del Genna, la Navidad etíope. La imagen está construida alrededor de una paradoja elemental: la oscuridad domina el encuadre, pero es la pequeña llama la que termina capturando toda nuestra atención. En tiempos donde la grandilocuencia suele imponerse sobre la sutileza, la fotografía parece recordarnos una verdad antigua: muchas veces basta una pequeña luz para desafiar a toda la noche. Las grandes tradiciones espirituales de la humanidad han comprendido siempre esa idea. También la literatura. También la filosofía.</p>



<p class="wp-block-paragraph">La misma sensibilidad aparece cuando Kara dirige la cámara hacia los Cerros de Mavecure. He visto muchas fotografías de ese lugar extraordinario en la Amazonía colombiana, pero pocas consiguen transmitir lo que realmente significa encontrarse frente a esas montañas. Sabemos que son algunas de las formaciones rocosas más antiguas del planeta. Sabemos que han permanecido allí durante más de mil millones de años. Sin embargo, conocer el dato geológico no equivale a comprenderlo. La fotografía de Kara logra algo más difícil. Nos hace sentir el peso del tiempo. Nos obliga a confrontar nuestra propia escala frente a una realidad infinitamente más antigua que nosotros.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Quizás por eso una de las frases de la muestra quedó resonando en mi memoria. Refiriéndose a Mavecure, Kara escribe que la naturaleza no aparece allí como telón de fondo sino como protagonista. La observación parece sencilla, pero en realidad cuestiona una de las ideas más arraigadas de la modernidad: la noción de que el ser humano ocupa siempre el centro de la historia. Frente a esas montañas comprendemos lo contrario. Somos apenas visitantes temporales en una historia mucho más larga que la nuestra.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Esa misma reflexión atraviesa sus imágenes de Mrauk-U, la antigua ciudad de Myanmar cuyos templos emergen entre la niebla como recuerdos materializados. Hay lugares que parecen existir simultáneamente en el pasado y en el presente. Lugares donde la historia no ha desaparecido sino que continúa respirando bajo distintas formas. Las fotografías de Kara capturan precisamente esa sensación. No muestran una ciudad despertando. Muestran una ciudad soñando.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Conversando con él descubrí que buena parte de su formación ocurrió en Londres, donde fue miembro de la Ealing Photographic Society, fundada en 1890 y considerada una de las sociedades fotográficas más antiguas del mundo. Allí desarrolló muchas de sus habilidades técnicas. Sin embargo, sería un error atribuir el valor de su obra únicamente al dominio del oficio. La técnica es indispensable, pero nunca suficiente. Lo que distingue a una fotografía memorable de una fotografía correcta es la mirada que existe detrás de la cámara.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Y la mirada de Xavier Kara está profundamente influenciada por una tradición que reconoce en Sebastião Salgado, Fan Ho, Henri Cartier-Bresson, Nereo López y Jimmy Nelson algunas de sus principales referencias. Hay algo que une a todos esos nombres. Ninguno utilizó la cámara únicamente para registrar lo que veía. Todos intentaron comprender algo sobre la condición humana. Todos entendieron que una fotografía podía ser también una forma de conocimiento. Una manera de interrogar el mundo.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Antes de despedirnos, Kara mencionó una frase de Marco Aurelio que considera una guía personal: “Recibe sin gloria. Pierde sin preocupación”. Pensé entonces que existe algo profundamente estoico en su trabajo. Sus imágenes no parecen desesperadas por llamar la atención. No buscan el aplauso inmediato ni el impacto efímero. Se limitan a permanecer. Como permanecen las montañas. Como permanecen los libros antiguos. Como permanecen las ciudades que sobreviven a los imperios y las tradiciones que sobreviven a los siglos.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Salí de su casa cuando comenzaba a caer la tarde sobre Villa de Leyva. Las montañas seguían allí, inmóviles, observando desde la distancia. Recordé entonces aquella travesía por el Güejar años atrás. Después de todo, quizás nunca dejamos de cruzar ese río. Algunos lo hacen con una cámara, otros con libros, otros simplemente conversando. Lo importante no es la orilla a la que se llega. Es la forma en que se recorre el camino. Porque viajar, en el fondo, es una manera de estar en el mundo. Una forma de vivir.</p>
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        <author>Diego Aretz</author>
                    <category>Las palabras y las cosas</category>
                <guid isPermaLink="false">https://blogs.elespectador.com/?p=130449</guid>
        <pubDate>Tue, 16 Jun 2026 05:12:42 +0000</pubDate>
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        <title>Extrañamos tanto a Antanas</title>
        <link>https://blogs.elespectador.com/actualidad/las-palabras-y-las-cosas/extranamos-tanto-a-antanas/</link>
        <description><![CDATA[<p>Hay días en que Colombia parece una discusión de vecinos transmitida por cadena nacional. Todos hablan al tiempo. Nadie escucha. Cada quien llega con su verdad empacada al vacío. Los insultos tienen más alcance que las ideas y las redes sociales han logrado el milagro de convertir a millones de personas en expertos constitucionalistas entre [&hellip;]</p>
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<p class="wp-block-paragraph">Hay días en que Colombia parece una discusión de vecinos transmitida por cadena nacional. Todos hablan al tiempo. Nadie escucha. Cada quien llega con su verdad empacada al vacío. Los insultos tienen más alcance que las ideas y las redes sociales han logrado el milagro de convertir a millones de personas en expertos constitucionalistas entre el desayuno y el almuerzo. Y entonces uno piensa en Antanas Mockus. No en el personaje folclórico que los caricaturistas resumieron durante años en una mímica o en unos pantalones bajados. No. Pienso en el profesor. En el tipo extraño que tuvo la osadía de creer que un país podía mejorar si sus ciudadanos aprendían a comportarse mejor. Pienso en el rector que terminó haciendo política sin dejar de ser maestro. Hoy esa idea parece casi revolucionaria. En una época donde todos querían conquistar el poder, él quería algo mucho más difícil: que los colombianos aprendieran a convivir. Y quizás por eso terminó siendo una rareza irrepetible.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Hay además una razón personal por la que escribo estas líneas. Hace años tuve la alegría de entrevistar a Antanas para un medio llamado&nbsp;<em>Contravía</em>. Recuerdo que salí de esa conversación con una sensación extraña: la de haber hablado con alguien que parecía estar jugando un juego distinto al del resto de la política colombiana. Mientras tantos dirigentes hablaban de encuestas, estrategias, enemigos y victorias, Mockus hablaba de cultura, de comportamientos, de educación, de símbolos y de ciudadanía. Parecía menos interesado en ganar una elección que en transformar una sociedad. En aquel momento confieso que algunas de sus respuestas me parecieron excesivamente idealistas. Hoy, después de años de polarización, agresividad digital y degradación del debate público, empiezo a sospechar que el idealista era el más realista de todos. Porque los problemas que él señalaba siguen ahí. Incluso son más grandes. Y las soluciones fáciles que nos prometieron desde distintos extremos siguen sin aparecer. Por eso, cuando pienso en él, no siento únicamente admiración. Siento una melancolía difícil de describir. La melancolía de quien entrevistó a un hombre que hablaba del futuro y descubre, años después, que el país decidió escuchar a quienes le prometían atajos.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Mientras el país se divide entre quienes creen que la salvación llegará por la izquierda y quienes creen que vendrá por la derecha, uno sospecha que Mockus volvería a hacer lo mismo que siempre hizo: decepcionar a los fanáticos. Porque nunca fue bueno para pertenecer a una tribu. Cuando todos gritaban, él preguntaba. Cuando todos señalaban culpables, él hablaba de responsabilidades. Cuando todos prometían cambiar el país, él insistía en cambiar comportamientos. Por eso, si hoy tuviera que imaginar una frase suya frente a la batalla política que se avecina, me atrevería a prestarle estas palabras:&nbsp;<em>&#8220;No me interesa quién grita más fuerte. Me interesa quién respeta mejor las reglas democráticas, quién dice la verdad con más rigor y quién contribuye a que los colombianos puedan convivir pese a sus diferencias.&#8221;</em>&nbsp;Y solo por escribirla siento que viene de otra época. Una época donde la política todavía aspiraba a educar.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Porque seamos sinceros: Colombia no solo perdió a Mockus. También perdió el ecosistema que hizo posible que existiera un Antanas. Y un ejemplo de ello, irónicamente, es el mismo Partido Verde. Aquella fuerza política que nació como una rebelión ética contra las costumbres de la política tradicional terminó pareciéndose demasiado a aquello que prometía transformar. Qué transformación tan extraña terminó viviendo. Nació para desafiar las costumbres del poder y acabó adquiriéndolas. Nació como una conversación sobre ciudadanía y terminó convertida en una disputa permanente por avales, burocracia y cuotas. El Verde se parece hoy a esos grupos de rock que comenzaron cantando contra el sistema y acabaron tocando en la fiesta de cumpleaños del sistema. Quizás sea injusto decirlo. Pero no tanto. Porque para muchos colombianos el Partido Verde ya no produce esperanza. Produce nostalgia. Nostalgia de cuando la política parecía una invitación a construir algo mejor y no simplemente a odiar al bando contrario. Nostalgia de aquella Ola Verde que llenó plazas enteras con una idea tan ingenua como poderosa: que la decencia podía ser competitiva electoralmente. Durante unas semanas Colombia creyó que sí. Después volvimos a ser Colombia.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Y aquí estamos otra vez. Observando cómo unos convierten cada elección en una cruzada moral y otros en una guerra de exterminio simbólico. Escuchando a los candidatos hablar más de sus enemigos que de sus propuestas. Confundiendo carácter con agresividad y liderazgo con volumen. Por eso me resulta casi imposible preguntarme si Mockus estaría con Iván Cepeda o con Abelardo de la Espriella. La pregunta correcta es otra. ¿Quién de los dos estaría dispuesto a soportar cinco minutos de conversación con Mockus sin sentirse incómodo? Porque el profesor tenía esa rara capacidad de incomodar a todos. A la izquierda cuando confundía ideales con excusas. A la derecha cuando confundía autoridad con arrogancia. A los políticos cuando confundían legalidad con astucia. Y a los ciudadanos cuando confundíamos derechos con privilegios.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Tal vez por eso nunca terminó de encajar. Era demasiado profesor para los políticos y demasiado político para los profesores. Demasiado serio para los cínicos y demasiado ingenuo para los pragmáticos. Pero mientras más envejece esta democracia fatigada, más evidente resulta el vacío que dejó. Porque el problema de Colombia no es que ya no tengamos héroes. El problema es que dejamos de admirar las virtudes que representaban. Nos acostumbramos a premiar la furia. A celebrar la humillación del adversario. A elegir al que mejor golpea y no al que mejor argumenta. Y después nos preguntamos por qué el país se parece tanto a una pelea. Quizás Mockus nunca fue el presidente que Colombia eligió. Pero fue, durante mucho tiempo, el ciudadano que Colombia necesitaba. Y viendo el espectáculo actual, uno no puede evitar pensar que también sigue siendo el ciudadano que más nos hace falta.</p>



<p class="wp-block-paragraph"><strong>Extrañamos tanto a Antanas.</strong></p>



<p class="wp-block-paragraph">Y sospecho que lo extrañamos porque, en el fondo, extrañamos una versión mejor de nosotros mismos.</p>
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        <author>Diego Aretz</author>
                    <category>Las palabras y las cosas</category>
                <guid isPermaLink="false">https://blogs.elespectador.com/?p=130312</guid>
        <pubDate>Sat, 13 Jun 2026 16:34:01 +0000</pubDate>
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                <media:description type="plain"><![CDATA[Extrañamos tanto a Antanas]]></media:description>
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        <item>
        <title>La mala hora</title>
        <link>https://blogs.elespectador.com/actualidad/las-palabras-y-las-cosas/la-mala-hora/</link>
        <description><![CDATA[<p>Gabriel García Márquez tituló una de sus novelas&nbsp;La mala hora. Era el tiempo de los rumores, de los mensajes anónimos, de las verdades a medias y de los fantasmas colectivos que terminaban contaminándolo todo. Hay algo de esa atmósfera en la política colombiana de hoy. Esta semana, Gustavo Petro decidió responderle a Felipe Zuleta con [&hellip;]</p>
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        <content:encoded><![CDATA[
<p class="wp-block-paragraph">Gabriel García Márquez tituló una de sus novelas&nbsp;<em>La mala hora</em>. Era el tiempo de los rumores, de los mensajes anónimos, de las verdades a medias y de los fantasmas colectivos que terminaban contaminándolo todo. Hay algo de esa atmósfera en la política colombiana de hoy.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Esta semana, Gustavo Petro decidió responderle a Felipe Zuleta con una expresión que incluía un &#8220;Heil Hitler&#8221;. Más allá de las explicaciones posteriores, de los contextos que algunos intentaron reconstruir y de las interpretaciones que inevitablemente siguieron, hay un hecho imposible de ignorar: millones de personas leyeron esas palabras sin contexto alguno.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Treinta y cuatro millones de usuarios en una plataforma donde los mensajes viajan más rápido que las aclaraciones. Treinta y cuatro millones de posibles lecturas de una referencia al nazismo en un momento histórico en el que el fascismo, bajo formas diversas y adaptadas al siglo XXI, ha dejado de ser una preocupación exclusiva de los historiadores para convertirse nuevamente en una amenaza política real.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Las palabras importan. Más aún cuando provienen de un jefe de Estado. Más aún cuando son pronunciadas en una época donde el algoritmo premia la indignación y castiga los matices.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Pero quizá el problema de fondo no es el trino. El problema es lo que el trino revela.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Petro parece cada vez más desconectado de la coyuntura política que él mismo ayudó a construir. Mientras el país discute el futuro, la sucesión, la seguridad, la economía o el rumbo de la izquierda después de su gobierno, el presidente insiste en convertir cada episodio en una disputa sobre sí mismo.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Paradójicamente, pocos han trabajado con más disciplina por la campaña de algunos de sus adversarios que el propio Petro. Lo acaba de hacer con Abelardo de la Espriella. Como ha ocurrido antes con otros personajes, el presidente parece incapaz de distinguir entre combatir una figura política y amplificarla. La consecuencia es evidente: termina regalándole centralidad a quienes dice combatir.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Esa necesidad permanente de ocupar el centro del escenario también ha dejado al descubierto una fractura cada vez más evidente con Iván Cepeda.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Cepeda parece atrapado en una situación casi hamletiana:&nbsp;<em>to Petro or not to Petro</em>. Debe representar una continuidad política sin convertirse en una prolongación personalista del presidente. Debe defender un proyecto sin cargar necesariamente con todos sus errores. Debe convencer a quienes apoyaron al gobierno sin espantar a quienes están cansados de él.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Hasta ahora, su estrategia ha consistido en hablar de los errores del petrismo en términos generales. Habla de la necesidad de corregir rumbos, de aprender lecciones y de construir una nueva etapa. Pero nunca señala con claridad cuáles fueron los errores concretos ni quiénes fueron sus responsables. Nunca menciona aquello que buena parte del país identifica como los problemas centrales de este gobierno, porque políticamente no puede hacerlo.</p>



<p class="wp-block-paragraph">No puede romper con Petro porque necesita una parte de su base electoral. Pero tampoco puede abrazarlo completamente porque sabe que buena parte del país está buscando precisamente una alternativa a esa forma de ejercer el poder.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Esa es la paradoja de su candidatura: necesita demostrar que no es Petro, sin poder decir exactamente qué fue lo que Petro hizo mal.</p>



<p class="wp-block-paragraph">El resultado es una ambigüedad que empieza a costarle claridad. Y en este momento Colombia parece estar pidiendo exactamente lo contrario: definiciones claras.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Pedro Adrián Zuluaga ha sugerido que sería más interesante escuchar las propuestas de Cepeda que verlo concentrado en oponerse personalmente a Abelardo de la Espriella. La observación es pertinente. La confrontación directa contra figuras de la derecha le produjo enormes dividendos políticos al petrismo durante años, especialmente en su antagonismo con Álvaro Uribe. Pero el contexto ha cambiado.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Cada vez que Cepeda convierte a Abelardo en el centro de su discurso corre el riesgo de repetir una fórmula agotada. La política de la próxima década difícilmente podrá construirse únicamente alrededor de la identificación de enemigos. Colombia parece estar demandando algo distinto: propuestas, horizontes y capacidad de convocatoria.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Porque la pregunta verdaderamente importante ya no es contra quién está Cepeda. La pregunta es para qué está Cepeda.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Y ahí aparece otro problema para el progresismo colombiano. Mientras buena parte de la conversación pública gira alrededor de las disputas dentro del petrismo, no ha existido un esfuerzo serio de convocatoria hacia el centro político, que hoy encuentra en Sergio Fajardo su principal referente.</p>



<p class="wp-block-paragraph">No ha habido una operación profunda de persuasión democrática. No ha habido una estrategia consistente para seducir a quienes podrían compartir algunas reformas sociales pero siguen desconfiando de los modos, los tonos y las prioridades del gobierno. No ha habido una conversación genuina con quienes no se sienten representados ni por el uribismo ni por el petrismo.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Esa ausencia resulta particularmente llamativa porque ninguna fuerza política puede aspirar a convertirse en mayoría nacional renunciando a convencer a quienes piensan distinto.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Por eso la verdadera oportunidad histórica de Cepeda podría ser mucho más importante que ganar una elección presidencial.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Podría consistir en convertirse en el líder de una izquierda capaz de existir más allá de Gustavo Petro.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Una izquierda menos dependiente del carisma de un individuo. Más plural. Más institucional. Más democrática en sus prácticas internas. Menos condenada a las frustraciones que producen inevitablemente los proyectos construidos alrededor de una sola figura.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Que ese proyecto guste o no guste es una discusión legítima. Pero toda democracia necesita fuerzas políticas capaces de sobrevivir a sus fundadores.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Y es ahí donde aparece una última paradoja.</p>



<p class="wp-block-paragraph">A veces da la impresión de que lo que más le duele hoy a Gustavo Petro es dejar de ser el centro de la coyuntura nacional. Como si la discusión pública hubiera comenzado a desplazarse hacia otros temas, hacia otros liderazgos y hacia el inevitable debate sobre lo que vendrá después de su gobierno.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Sin embargo, quizá el propio Petro sea consciente, en algún nivel, de que ese ciclo está llegando a su fin.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Hace poco pronunció una frase que sonó menos a consigna política que a confesión: &#8220;El día final de mi mandato saldré, no sé a dónde, y a qué&#8221;.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Hay algo profundamente humano y melancólico en esas palabras. También algo revelador. Parecen las palabras de un hombre que empieza a comprender que la historia no pertenece para siempre a quienes la protagonizan.</p>



<p class="wp-block-paragraph">La política colombiana lleva meses discutiendo qué vendrá después de Petro. Tal vez el único que todavía no termina de aceptar esa conversación sea el propio Petro.</p>



<p class="wp-block-paragraph">La madurez democrática consiste precisamente en eso: aceptar que nadie es indispensable, que nadie es un mesías y que ningún líder puede confundirse con el destino de una nación.</p>



<p class="wp-block-paragraph">La historia ya le dio a Gustavo Petro su oportunidad.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Ahora le corresponde al país decidir qué viene después.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Y será la historia, para bien o para mal, la que termine dictando el veredicto.</p>
]]></content:encoded>
        <author>Diego Aretz</author>
                    <category>Las palabras y las cosas</category>
                <guid isPermaLink="false">https://blogs.elespectador.com/?p=130276</guid>
        <pubDate>Thu, 11 Jun 2026 14:06:43 +0000</pubDate>
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                <media:description type="plain"><![CDATA[La mala hora]]></media:description>
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        <title>Si yo fuera Yerry Mina</title>
        <link>https://blogs.elespectador.com/actualidad/las-palabras-y-las-cosas/si-yo-fuera-yerry-mina/</link>
        <description><![CDATA[<p>Si yo fuera Yerry Mina, no volvería a representar a Colombia hasta que el presidente Gustavo Petro ofreciera una disculpa pública a él, a sus compañeros de la Selección Colombia y a los millones de hombres y mujeres afrodescendientes de este país que pudieron sentirse agraviados por sus palabras. Yerry Mina no es únicamente un [&hellip;]</p>
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<p class="wp-block-paragraph">Si yo fuera Yerry Mina, no volvería a representar a Colombia hasta que el presidente Gustavo Petro ofreciera una disculpa pública a él, a sus compañeros de la Selección Colombia y a los millones de hombres y mujeres afrodescendientes de este país que pudieron sentirse agraviados por sus palabras.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Yerry Mina no es únicamente un futbolista. Es hijo de Guachené, Cauca, una tierra donde la identidad afrocolombiana es parte esencial de su historia y de su cultura. Su vida es un ejemplo de esfuerzo, disciplina y superación. Desde una comunidad que durante décadas ha enfrentado profundas desigualdades, llegó a la élite del fútbol mundial y vistió la camiseta del Barcelona, un club que ha hecho de la inclusión y la diversidad parte de su identidad institucional.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Guachené es un pequeño municipio del norte del Cauca, ubicado estratégicamente entre Cali y Santander de Quilichao, en una región fértil atravesada por los cañaduzales del valle geográfico del río Cauca. Apenas supera los veinte mil habitantes y es una población con una profunda raíz afrocolombiana, donde la familia, la música, el deporte y la solidaridad comunitaria hacen parte de la vida cotidiana.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Sin embargo, el norte del Cauca también ha sido uno de los territorios más golpeados por la violencia colombiana. Durante décadas ha sufrido la presencia de grupos armados ilegales, el narcotráfico, el desplazamiento forzado y el abandono del Estado. Allí, para miles de niños, el fútbol no es solamente un juego: es una oportunidad para escapar de la guerra y construir un destino distinto.</p>



<p class="wp-block-paragraph">De ese contexto salió Yerry Mina. Un muchacho sencillo, profundamente unido a sus padres y orgulloso de sus raíces. Su sonrisa permanente, sus bailes después de los goles y su manera espontánea de celebrar la vida lo han convertido en una de las figuras más queridas del deporte colombiano. Quienes lo conocen destacan su humildad, su cercanía con la gente y el compromiso que siempre ha mantenido con su comunidad, sin olvidar jamás de dónde viene.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Por eso, el mensaje publicado por el presidente Petro junto a una fotografía con el jugador no puede despacharse simplemente como una ironía o un sarcasmo político. La frase&nbsp;<em>&#8220;Dignidad o nostalgias de hidalgos esclavistas&#8221;</em>&nbsp;proyecta una idea inquietante: que una persona afrodescendiente debería responder a un determinado molde ideológico para ser considerada digna.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Esa es una forma de violencia simbólica que una democracia no debería aceptar. Porque el racismo no consiste solamente en insultar por el color de la piel; también aparece cuando se pretende decirle a una comunidad cuál debe ser su lugar, con quién puede relacionarse o qué posición política debe asumir para ser aceptada.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Los afrocolombianos, los pueblos indígenas, las mujeres o las personas LGTBIQ+ no pertenecen a ningún proyecto político. No pueden ser celebrados cuando respaldan una causa y descalificados cuando piensan distinto. Convertir las identidades en patrimonio de una ideología es una forma de manipulación y, en el fondo, de desprecio por la libertad individual.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Las luchas por los derechos civiles y contra la discriminación nunca buscaron imponer una única manera de pensar. Buscaron exactamente lo contrario: que cada persona pudiera ejercer su libertad sin ser juzgada por su origen, su raza o sus convicciones.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Por eso creo que el presidente Gustavo Petro debería ofrecer una disculpa pública. No solo a Yerry Mina, sino a todos aquellos colombianos afrodescendientes que vieron en ese mensaje una insinuación injusta y dolorosa. Porque la dignidad no depende de la cercanía con una corriente política, sino del reconocimiento de que cada ciudadano es libre e igual en derechos.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Hay discursos que para construirse necesitan dividir, clasificar y señalar. Pero una democracia madura no se fortalece cuando les dice a las personas quiénes deben ser; se fortalece cuando defiende su derecho a decidirlo por sí mismas.</p>



<p class="wp-block-paragraph"><strong>Una democracia no se mide por cómo trata a quienes piensan igual, sino por el respeto que es capaz de brindar a quienes ejercen su libertad de pensar distinto. Y esa libertad también pertenece a Yerry Mina y a cada hombre y mujer afro de Colombia.</strong></p>
]]></content:encoded>
        <author>Diego Aretz</author>
                    <category>Las palabras y las cosas</category>
                <guid isPermaLink="false">https://blogs.elespectador.com/?p=130155</guid>
        <pubDate>Sun, 07 Jun 2026 17:08:16 +0000</pubDate>
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                <media:description type="plain"><![CDATA[Si yo fuera Yerry Mina]]></media:description>
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        <title>Entre las ruinas del teatro, Heiner Goebbels busca otra forma de mirar el mundo</title>
        <link>https://blogs.elespectador.com/actualidad/las-palabras-y-las-cosas/entre-las-ruinas-del-teatro-heiner-goebbels-busca-otra-forma-de-mirar-el-mundo/</link>
        <description><![CDATA[<p>&#8220;La historia es una ruina desde la que se puede mirar hacia adelante&#8221;. La frase del dramaturgo alemán Heiner Müller parece haber encontrado un hogar inesperado en el centro histórico de Bogotá. Entre las columnas y balcones del Teatro Colón, uno de los escenarios más emblemáticos del país, el compositor y director Heiner Goebbels presenta [&hellip;]</p>
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        <content:encoded><![CDATA[
<p class="wp-block-paragraph"><em>&#8220;La historia es una ruina desde la que se puede mirar hacia adelante&#8221;.</em> La frase del dramaturgo alemán Heiner Müller parece haber encontrado un hogar inesperado en el centro histórico de Bogotá. Entre las columnas y balcones del Teatro Colón, uno de los escenarios más emblemáticos del país, el compositor y director Heiner Goebbels presenta el estreno mundial de <em>Do You Remember Do You No I Don&#8217;t</em>, una obra creada especialmente para este espacio y para el contexto del festival <em>Lo Sagrado Universal</em>.</p>



<p class="wp-block-paragraph">La pieza tendrá únicamente dos funciones, el 4 y el 5 de junio de 2026, como una coproducción entre el Centro Nacional de las Artes y Nova et Vetera. No se trata de una gira internacional que hace escala en Colombia. Tampoco de un espectáculo importado que llega terminado. Es una creación construida durante semanas de ensayos en Bogotá, junto a ocho performers y seis músicos vinculados al país, en un proceso donde el director alemán decidió, una vez más, renunciar a las certezas.</p>



<p class="wp-block-paragraph">En tiempos donde todo parece exigir una opinión inmediata, Goebbels propone exactamente lo contrario.</p>



<p class="wp-block-paragraph">&#8220;No intento hacer un teatro que le diga a la gente qué pensar&#8221;, me dice durante una conversación realizada mientras el montaje entra en sus últimos ajustes. &#8220;Lo que me interesa es compartir preguntas.&#8221;</p>



<p class="wp-block-paragraph">A sus 74 años, Goebbels es una de las figuras más influyentes de las artes escénicas contemporáneas. Sus obras, presentadas en más de cincuenta países, han desmontado las fronteras entre música, teatro, instalación, literatura y performance. Producciones como <em>Stifters Dinge</em>, <em>Hashirigaki</em> o <em>Eraritjaritjaka</em> transformaron la escena internacional precisamente porque dejaron de entender el teatro como un lugar de representación para convertirlo en un espacio de pensamiento.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Cuando se le pregunta por el origen de esa búsqueda, vuelve a una imagen de juventud.</p>



<p class="wp-block-paragraph">&#8220;Desde el principio intenté construir un nombre diferente. Ya en la universidad, cuando estudiaba sociología, fundé mi primera orquesta y la llamé la banda de prensa radical de izquierda. Así no había malentendidos sobre quién eras.&#8221;</p>



<p class="wp-block-paragraph">La diferencia, para él, nunca fue una cuestión de estilo. Fue una necesidad política y existencial. Una forma de responder a la pregunta sobre cómo hacer arte en la Alemania de la posguerra, cuando el peso de la historia obligaba a desconfiar de los grandes relatos y de cualquier verdad demasiado cómoda.</p>



<p class="wp-block-paragraph">No sorprende entonces que el título de la nueva obra provenga de un texto de Heiner Müller, el dramaturgo con quien colaboró durante años y cuya influencia atraviesa todo el montaje.</p>



<p class="wp-block-paragraph">&#8220;Müller tenía una relación antididáctica con el teatro&#8221;, explica Goebbels. &#8220;Confiaba en el poder de la sintaxis, no de la semántica. Sus textos no te entregan un mensaje. Te obligan a pensar.&#8221;</p>



<p class="wp-block-paragraph">En <em>Do You Remember Do You No I Don&#8217;t</em> esa filosofía toma forma a través de una serie de acciones, imágenes, sonidos y objetos que nunca terminan de fijar un significado. El espectador no recibe una historia cerrada; debe construirla.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Quizás por eso uno de los comentarios que más le gusta escuchar después de una función es: &#8220;No entendí nada&#8221;.</p>



<p class="wp-block-paragraph">&#8220;Para mí eso es casi un cumplido&#8221;, admite. &#8220;La pieza no está hecha para ser entendida de la manera correcta, ni desde la izquierda ni desde la derecha. Intentamos plantear preguntas más allá de esas categorías.&#8221;</p>



<figure class="wp-block-image size-large"><img loading="lazy" decoding="async" width="773" height="1024" src="https://blogsnew.s3.amazonaws.com/wp-content/uploads/2026/06/04143953/gob-2-773x1024.jpg" alt="" class="wp-image-129967" srcset="https://blogsnew.s3.amazonaws.com/wp-content/uploads/2026/06/04143953/gob-2-773x1024.jpg 773w, https://blogsnew.s3.amazonaws.com/wp-content/uploads/2026/06/04143953/gob-2-227x300.jpg 227w, https://blogsnew.s3.amazonaws.com/wp-content/uploads/2026/06/04143953/gob-2-768x1017.jpg 768w, https://blogsnew.s3.amazonaws.com/wp-content/uploads/2026/06/04143953/gob-2-1160x1536.jpg 1160w, https://blogsnew.s3.amazonaws.com/wp-content/uploads/2026/06/04143953/gob-2.jpg 1208w" sizes="auto, (max-width: 773px) 100vw, 773px" /></figure>



<p class="wp-block-paragraph">El propio proceso de creación fue una apuesta por la incertidumbre. Goebbels no llegó a Bogotá con una partitura definitiva ni con una coreografía establecida. Trabajó con los intérpretes colombianos desde la improvisación y el diálogo.</p>



<p class="wp-block-paragraph">&#8220;No intento crear algo que responda a las expectativas habituales del teatro. Ellos traen su propia energía, sus sonidos, sus movimientos, y juntos aparece otra cosa.&#8221;</p>



<p class="wp-block-paragraph">Habla de los artistas colombianos con una mezcla de admiración y prudencia. Ha visitado el país varias veces desde los años ochenta, pero evita cualquier lectura simplista.</p>



<p class="wp-block-paragraph">&#8220;Sería extraño hacer afirmaciones generales sobre Colombia a partir de visitas cortas. Lo verdaderamente importante es la experiencia que estoy teniendo ahora con los bailarines y los músicos. Su humor, su creatividad y su energía me inspiran genuinamente.&#8221;</p>



<p class="wp-block-paragraph">Esa colaboración también se expresa en los materiales que ocupan el escenario. Toda la escenografía ha sido construida a partir de elementos reciclados: antiguos telones, fragmentos de vestuario, objetos provenientes de archivos teatrales y operísticos locales. Lo que alguna vez sirvió para representar héroes, princesas o paisajes europeos vuelve a escena convertido en otra cosa.</p>



<p class="wp-block-paragraph">&#8220;Esos objetos fueron creados para simbolizar algo&#8221;, dice Goebbels. &#8220;Nuestra tarea es permitirles otro valor. ¿Cómo conviertes un telón hecho para una ópera o un cuento infantil en una herramienta que active la imaginación hoy?&#8221;</p>



<p class="wp-block-paragraph">La pregunta tiene una dimensión ecológica, pero también una histórica. En lugar de ocultar las capas del pasado, la obra las expone. Las deja dialogar.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Hay una imagen que atraviesa silenciosamente toda la producción: la de un teatro que se mira a sí mismo. En lugar de construir una escenografía nueva, brillante y perfectamente acabada, Goebbels y su equipo decidieron trabajar con los restos. Telones olvidados, piezas de antiguas producciones, vestuarios descartados y objetos almacenados durante décadas reaparecen bajo otra luz. No son reliquias exhibidas con nostalgia, sino materiales vivos, capaces todavía de producir preguntas.</p>



<p class="wp-block-paragraph">La decisión tiene una resonancia particular en el Teatro Colón. Inaugurado en 1892, el edificio ha sobrevivido a cambios políticos, guerras, restauraciones y transformaciones culturales. Sus paredes han visto desfilar las grandes narrativas nacionales, desde las óperas europeas que marcaron la vida republicana hasta las búsquedas más experimentales del presente. En ese sentido, la nueva obra de Goebbels parece conversar con el propio edificio: ambos están hechos de capas de tiempo que nunca terminan de desaparecer.</p>



<p class="wp-block-paragraph">El director alemán habla de esas capas utilizando una palabra tomada de la historia del arte: &#8220;anacrónico&#8221;. No se trata de algo fuera de lugar, sino de la posibilidad de que distintas épocas se encuentren simultáneamente. Un texto de hace tres siglos puede dialogar con un músico colombiano de hoy; un viejo telón pintado para representar un bosque europeo puede convertirse en un paisaje completamente distinto cuando un performer lo desplaza sobre el escenario.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Quizá por eso la experiencia de asistir a <em>Do You Remember Do You No I Don&#8217;t</em> se parece menos a seguir una historia que a recorrer una excavación arqueológica. El espectador no recibe una narración lineal. Va encontrando fragmentos, voces, imágenes y sonidos que parecen venir de tiempos diferentes, y es él quien debe establecer relaciones entre ellos.</p>



<p class="wp-block-paragraph">En una época gobernada por algoritmos que prometen interpretar nuestros gustos, anticipar nuestras decisiones y entregarnos respuestas inmediatas, esa invitación a la incertidumbre adquiere una dimensión inesperadamente política. Goebbels no busca que el público salga pensando lo mismo. Aspira a que cada persona salga pensando por sí misma.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Tal vez ahí radique la importancia de que el estreno mundial ocurra en Bogotá. No como una escala periférica dentro del circuito internacional, sino como el lugar donde una obra sobre la memoria, el archivo y las ruinas encuentra una conversación urgente con un país que todavía discute qué hacer con su propio pasado.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Por eso las funciones del 4 y 5 de junio no son simplemente un acontecimiento para los aficionados al teatro contemporáneo. Son una oportunidad excepcional para encontrarse con uno de los artistas que más profundamente ha transformado la escena mundial y, al mismo tiempo, para experimentar una obra concebida desde Colombia y para Colombia, en el espacio simbólico del Teatro Colón, donde la historia y el presente parecen hablar el mismo idioma.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Santiago Gardeázabal, curador y productor artístico de la obra y director de Nova et Vetera, cree que allí reside una de las razones por las que este estreno adquiere un significado especial en Colombia.</p>



<p class="wp-block-paragraph">&#8220;En un país como Colombia, el olvido nunca es neutral. Cada vez que la memoria es reemplazada por el miedo, las simplificaciones radicales comienzan a volverse seductoras. Precisamente por eso Heiner Müller sigue importando. Para Müller, toda amnesia histórica es una preparación silenciosa para la repetición de aquello que una sociedad no quiso comprender.&#8221;</p>



<p class="wp-block-paragraph">La reflexión no se queda en el pasado europeo.</p>



<p class="wp-block-paragraph">&#8220;El auge de los imaginarios de derecha radical está siempre arraigado en una amnesia colectiva. Cuando las sociedades dejan de confrontar sus propias fracturas, se vuelven vulnerables a promesas autoritarias disfrazadas de orden. Para nosotros, estrenar esta obra en Colombia es un gesto político: defender la complejidad frente a la simplificación, la memoria y el archivo frente al olvido, y el pensamiento frente a la seducción de las certezas autoritarias.&#8221;</p>



<p class="wp-block-paragraph">No es casual que Goebbels hable de &#8220;anacronismo&#8221; para definir su trabajo. No como aquello que está fuera de época, sino como la posibilidad de que tiempos distintos convivan en un mismo presente.</p>



<p class="wp-block-paragraph">&#8220;En mis obras hay un diálogo entre temporalidades diferentes: un texto de hace trescientos años, un compositor que murió hace poco, una técnica instrumental contemporánea. Todo sucede como si fuera ahora.&#8221;</p>



<p class="wp-block-paragraph">La conversación deriva inevitablemente hacia la inteligencia artificial y el futuro del arte. Mientras muchos anuncian la desaparición del teatro, Goebbels parece pensar exactamente lo contrario.</p>



<p class="wp-block-paragraph">&#8220;El rol del individuo y su falta de conformismo se vuelve cada vez más crucial. La pregunta es cómo nos diferenciamos los unos de los otros, y también de aquello que los medios nos dicen que debemos ser.&#8221;</p>



<p class="wp-block-paragraph">Quizá esa sea, finalmente, la invitación de <em>Do You Remember Do You No I Don&#8217;t</em>: entrar a una sala de teatro sin esperar una respuesta definitiva, aceptar la incertidumbre y permitir que los objetos, los cuerpos y las memorias hagan preguntas que todavía no sabemos formular.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Bogotá tendrá apenas dos oportunidades para verlo, los días 4 y 5 de junio en el Teatro Colón. Tal vez esa brevedad sea parte de la experiencia. En una época saturada de explicaciones, Goebbels viene a recordar que el arte, a veces, sirve para algo mucho más difícil: conservar abierto el misterio.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Antes de despedirnos una mañana brumosa de Bogotá, surge una última pregunta, casi un juego.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Si la cultura contemporánea pudiera representarse con un único objeto encontrado entre los restos de un mundo viejo, ¿cuál sería?</p>



<p class="wp-block-paragraph">Goebbels guarda silencio apenas un instante, luego me dice algo simple, extraño y profundamente contemporáneo.</p>



<p class="wp-block-paragraph">—Agua.</p>
]]></content:encoded>
        <author>Diego Aretz</author>
                    <category>Las palabras y las cosas</category>
                <guid isPermaLink="false">https://blogs.elespectador.com/?p=129965</guid>
        <pubDate>Thu, 04 Jun 2026 19:40:44 +0000</pubDate>
                                <media:content url="https://blogsnew.s3.amazonaws.com/wp-content/uploads/2026/06/04143934/gob-1.jpg" type="image/jpeg">
                <media:description type="plain"><![CDATA[Entre las ruinas del teatro, Heiner Goebbels busca otra forma de mirar el mundo]]></media:description>
                <media:credit role="author" scheme="urn:ebu">Diego Aretz</media:credit>
            </media:content>
                            </item>
        <item>
        <title>Despegar busca transformar el negocio hotelero</title>
        <link>https://blogs.elespectador.com/actualidad/las-palabras-y-las-cosas/despegar-busca-transformar-el-negocio-hotelero/</link>
        <description><![CDATA[<p>La plataforma de viajes anunció una estrategia con la que espera triplicar su operación en América Latina, apostándole al fortalecimiento de hoteles medianos y pequeños a través de tecnología e inteligencia artificial. Colombia aparece como uno de los mercados con mayor potencial de crecimiento. En un mercado turístico cada vez más dominado por las plataformas [&hellip;]</p>
]]></description>
        <content:encoded><![CDATA[
<p class="wp-block-paragraph"><strong>La plataforma de viajes anunció una estrategia con la que espera triplicar su operación en América Latina, apostándole al fortalecimiento de hoteles medianos y pequeños a través de tecnología e inteligencia artificial. Colombia aparece como uno de los mercados con mayor potencial de crecimiento.</strong></p>



<p class="wp-block-paragraph">En un mercado turístico cada vez más dominado por las plataformas digitales, la competencia ya no depende únicamente de la ubicación o del servicio que ofrece un hotel. La visibilidad en línea, la capacidad de responder en tiempo real a la demanda y el acceso a herramientas tecnológicas se han convertido en factores determinantes para atraer viajeros.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Bajo esa lógica, Despegar presentó una nueva hoja de ruta para los próximos años con una meta ambiciosa: triplicar el tamaño de su negocio en términos de operaciones y volumen transaccional, teniendo como eje principal el fortalecimiento del segmento hotelero en América Latina, especialmente de los establecimientos medianos e independientes.</p>



<p class="wp-block-paragraph">La apuesta llega en un momento favorable para la industria. De acuerdo con cifras compartidas por la compañía, entre enero y marzo de 2026 la demanda de viajes en Colombia aumentó un 57 % frente al mismo periodo del año anterior. Entre los destinos con mayor dinamismo sobresalen Punta Cana, con un crecimiento del 126 %, seguido por Cartagena (73 %), Santa Marta (39 %) y Río de Janeiro, que registró un incremento del 127 % en las búsquedas y reservas de viajeros colombianos.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Para la empresa, este crecimiento abre una oportunidad para que hoteles boutique y alojamientos independientes accedan a una demanda regional que tradicionalmente ha estado concentrada en grandes cadenas. La estrategia contempla ofrecerles herramientas tecnológicas, mayor exposición comercial y procesos de integración simplificados.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Uno de los cambios más relevantes es la reducción del tiempo necesario para incorporar un nuevo alojamiento a la plataforma: ahora el proceso puede completarse en apenas 30 minutos, una medida con la que la compañía busca acelerar la digitalización de la oferta hotelera en la región.</p>



<p class="wp-block-paragraph">La inteligencia artificial también ocupa un lugar central en el plan de expansión. SOFIA, el asistente virtual de Despegar basado en IA generativa, ya supera el millón de conversaciones mensuales y acompaña a los usuarios desde la etapa de inspiración del viaje hasta la atención posventa. La herramienta busca ofrecer recomendaciones personalizadas y agilizar la interacción entre viajeros y la plataforma.</p>



<p class="wp-block-paragraph">&#8220;Hoy el crecimiento de la industria hotelera pasa cada vez más por la tecnología, la personalización y la capacidad de conectar con una demanda regional en tiempo real. En Despegar queremos ser el aliado que acerque esas herramientas a los hoteles medianos y pequeños de Latinoamérica para ayudarlos a crecer, ganar competitividad y potenciar su negocio&#8221;, afirmó Pablo Jaitman, country manager de Despegar Colombia.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Más allá del crecimiento corporativo, el anuncio refleja una tendencia más amplia en el sector turístico: la transformación digital ya no es una ventaja competitiva exclusiva de los grandes actores. En un entorno donde los viajeros toman decisiones a partir de algoritmos, recomendaciones automatizadas y experiencias personalizadas, el reto para los hoteles independientes será adaptarse a estas nuevas dinámicas sin perder el valor diferencial que los caracteriza.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Y en esa carrera, las plataformas tecnológicas parecen decididas a convertirse en socios estratégicos, más que en simples intermediarios.<audio autoplay=""></audio></p>
]]></content:encoded>
        <author>Diego Aretz</author>
                    <category>Las palabras y las cosas</category>
                <guid isPermaLink="false">https://blogs.elespectador.com/?p=129960</guid>
        <pubDate>Thu, 04 Jun 2026 16:44:25 +0000</pubDate>
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                <media:description type="plain"><![CDATA[Despegar busca transformar el negocio hotelero]]></media:description>
                <media:credit role="author" scheme="urn:ebu">Diego Aretz</media:credit>
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                            </item>
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        <title>Un millón de votos libres: la lección de Sergio Fajardo</title>
        <link>https://blogs.elespectador.com/actualidad/las-palabras-y-las-cosas/un-millon-de-votos-libres-la-leccion-de-sergio-fajardo/</link>
        <description><![CDATA[<p>En medio del ruido propio de una campaña presidencial, una frase de Sergio Fajardo pasó casi inadvertida, cuando quizás encierra uno de los mensajes más profundos y valiosos de esta coyuntura política: &#8220;Los votos no son de los dirigentes. Son de cada ciudadano y ciudadana.&#8221; Parece una obviedad, pero en Colombia es casi una revolución. [&hellip;]</p>
]]></description>
        <content:encoded><![CDATA[
<p class="wp-block-paragraph"></p>



<p class="wp-block-paragraph">En medio del ruido propio de una campaña presidencial, una frase de Sergio Fajardo pasó casi inadvertida, cuando quizás encierra uno de los mensajes más profundos y valiosos de esta coyuntura política:</p>



<p class="wp-block-paragraph"><strong>&#8220;Los votos no son de los dirigentes. Son de cada ciudadano y ciudadana.&#8221;</strong></p>



<p class="wp-block-paragraph">Parece una obviedad, pero en Colombia es casi una revolución.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Durante décadas hemos aceptado una práctica profundamente equivocada: creer que los dirigentes políticos son propietarios de sus electores. Como si los ciudadanos fueran un patrimonio transferible, una especie de activo electoral que puede ser entregado, negociado o trasladado de una campaña a otra mediante una adhesión o una fotografía.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Fajardo recordó algo esencial: los votos tienen dueño, y ese dueño es cada ciudadano.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Ese millón de colombianos que respaldó sus ideas no es un ejército esperando una orden. Son personas libres que tomaron una decisión política basada en unas convicciones, en una manera de entender el país y en una forma distinta de hacer política.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Ese es, probablemente, el mayor aporte de su reciente decálogo. Más allá de los diez puntos, hay un mensaje implícito de respeto por la inteligencia del elector.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Y es precisamente ese millón de ciudadanos el que hoy tiene una tarea: preguntarse cuál de las alternativas que quedan representa mejor esas ideas.</p>



<p class="wp-block-paragraph">No cuál candidato recibe una adhesión.</p>



<p class="wp-block-paragraph">No cuál logra una fotografía.</p>



<p class="wp-block-paragraph">No cuál suma un respaldo burocrático.</p>



<p class="wp-block-paragraph">La verdadera pregunta es cuál de los dos proyectos puede garantizar mejor la defensa de los principios que Fajardo puso sobre la mesa: el rechazo a una Asamblea Nacional Constituyente, la defensa de la Constitución de 1991, el respeto por las instituciones, la lucha contra la corrupción, la necesidad de superar el fracaso de la llamada Paz Total, la apuesta por la educación y la convicción de que los jóvenes deben estar en el centro del debate nacional.</p>



<p class="wp-block-paragraph">El decálogo de Fajardo y la profesora Edna Bonilla no fue una lista de instrucciones para votar. Fue una invitación a pensar.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Y sería una profunda contradicción, incluso un irrespeto con ese millón de ciudadanos, pretender que una adhesión política pueda sustituir ese ejercicio individual de reflexión.</p>



<p class="wp-block-paragraph">La democracia madura funciona justamente al contrario: los líderes exponen principios y los ciudadanos toman decisiones.</p>



<p class="wp-block-paragraph">En estos días he escuchado, una vez más, esa vieja afirmación según la cual &#8220;el centro político no existe&#8221;. Lo dicen algunos analistas y muchos militantes incapaces de comprender que el país no siempre cabe en los extremos.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Sin embargo, ahí está ese millón de votos.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Un millón de personas que decidió no dejarse arrastrar por la polarización ni por las falsas dicotomías. Un millón de colombianos que creyó que era posible hacer política desde el diálogo, la moderación y el respeto institucional.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Para tomar prestada una frase que otros sectores han convertido en bandera: <strong>&#8220;Soy porque somos.&#8221;</strong></p>



<p class="wp-block-paragraph">Pues bien, el centro existe porque somos. Somos, al menos, un millón.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Y ese millón merece respeto.</p>



<p class="wp-block-paragraph">No es un botín electoral. No es una mercancía política. No es una cifra para negociar en una mesa.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Es una comunidad de ciudadanos que comparte una manera de entender a Colombia.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Hay además una reflexión que trasciende esta coyuntura.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Creo que Sergio Fajardo debería seguir haciendo aquello para lo que nació: enseñar.</p>



<p class="wp-block-paragraph">No lo digo como una invitación al retiro. Todo lo contrario. En su propio decálogo hay una frase que resume una visión de país y, quizás, también una vocación de vida:</p>



<p class="wp-block-paragraph"><strong>&#8220;Necesitamos fortalecer a maestras y maestros, recuperar los aprendizajes y abrir más oportunidades para que las y los jóvenes puedan estudiar, graduarse, trabajar y construir su futuro en Colombia.&#8221;</strong></p>



<p class="wp-block-paragraph">Difícil encontrar una mejor definición de lo que Colombia necesita en este momento. Necesitamos más maestros, más ciudadanos capaces de formar nuevas generaciones de líderes, de transmitir valores democráticos y de demostrar que el respeto y el diálogo también pueden producir resultados.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Abandonar la política sería un error. Renunciar desde ahora a una eventual candidatura futura —si la vida se lo permite— también lo sería.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Las democracias no solo necesitan gobernantes; necesitan profesores.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Y quizás el papel más importante que Sergio Fajardo pueda desempeñar en los años que vienen sea precisamente ese: seguir formando una nueva generación de colombianos que entienda que la política no consiste en destruir al adversario, sino en construir un país entre diferentes.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Necesitamos menos gritos.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Necesitamos menos propietarios de votos.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Necesitamos más ciudadanos libres.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Y, sobre todo, necesitamos más profesoras y más profesores.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Porque, después de todo, sigue siendo la profesión más bella del mundo.</p>
]]></content:encoded>
        <author>Diego Aretz</author>
                    <category>Las palabras y las cosas</category>
                <guid isPermaLink="false">https://blogs.elespectador.com/?p=129920</guid>
        <pubDate>Wed, 03 Jun 2026 20:40:58 +0000</pubDate>
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                <media:description type="plain"><![CDATA[Un millón de votos libres: la lección de Sergio Fajardo]]></media:description>
                <media:credit role="author" scheme="urn:ebu">Diego Aretz</media:credit>
            </media:content>
                            </item>
        <item>
        <title>¿Colombia gira a la derecha?</title>
        <link>https://blogs.elespectador.com/actualidad/las-palabras-y-las-cosas/colombia-gira-a-la-derecha/</link>
        <description><![CDATA[<p>Las elecciones de este domingo dejaron algo más importante que un resultado electoral. Dejaron una fotografía política del país. Y esa fotografía muestra con bastante claridad una realidad que muchos analistas se resistían a aceptar hace apenas unos meses: Colombia, al menos en esta elección, gira hacia la derecha. No se trata simplemente de quién [&hellip;]</p>
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        <content:encoded><![CDATA[
<p class="wp-block-paragraph">Las elecciones de este domingo dejaron algo más importante que un resultado electoral. Dejaron una fotografía política del país. Y esa fotografía muestra con bastante claridad una realidad que muchos analistas se resistían a aceptar hace apenas unos meses: Colombia, al menos en esta elección, gira hacia la derecha.</p>



<p class="wp-block-paragraph">No se trata simplemente de quién obtuvo el primer lugar en la primera vuelta. Se trata de la dirección general del voto, de los traslados previsibles entre candidaturas y de un estado de ánimo colectivo que parece haber cambiado después de cuatro años de gobierno de Gustavo Petro.</p>



<p class="wp-block-paragraph">La primera gran conclusión es quizás la más sorprendente de todas: Abelardo de la Espriella, un hombre que jamás había participado en una elección popular, logró convertirse en la principal figura electoral de la derecha colombiana en cuestión de meses. Eso no es un accidente estadístico. Es un síntoma político.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Durante años se asumió que el uribismo era una estructura imposible de reemplazar. Que cualquier proyecto de derecha debía necesariamente pasar por los liderazgos tradicionales del Centro Democrático. Pero estas elecciones parecen demostrar exactamente lo contrario. El electorado conservador, cansado de las fórmulas conocidas, decidió migrar hacia una figura más emocional, más confrontacional y más cercana a los nuevos populismos de derecha que hoy triunfan en distintas partes del mundo.</p>



<p class="wp-block-paragraph">La derrota de Paloma Valencia representa precisamente ese fenómeno. Durante años fue presentada como la heredera natural de Álvaro Uribe. Tenía estructura, maquinaria, reconocimiento nacional y el respaldo del partido que dominó la política colombiana durante dos décadas. Sin embargo, terminó relegada a un papel secundario frente a una candidatura que entendió mejor el clima emocional del país.</p>



<p class="wp-block-paragraph">La pregunta ahora no es si esos votos migrarán hacia Abelardo. La pregunta es cuántos lo harán.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Y la respuesta parece bastante evidente.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Tanto Paloma Valencia como Álvaro Uribe han dejado claro que su prioridad es impedir la continuidad del proyecto político de Gustavo Petro. Ideológicamente existe una enorme proximidad entre sus electorados y el de Abelardo de la Espriella. Seguridad, orden público, endurecimiento frente a los grupos armados, defensa de la propiedad privada y oposición frontal al petrismo son puntos de encuentro demasiado evidentes como para ignorarlos.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Por eso resulta difícil imaginar otro destino para la inmensa mayoría de esos votos.</p>



<p class="wp-block-paragraph">La situación es completamente distinta en el centro político.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Los votos de Sergio Fajardo constituyen una incógnita mucho mayor. Pero precisamente porque Fajardo ha construido toda su carrera alrededor de la independencia política, parece prácticamente imposible imaginarlo invitando explícitamente a votar por alguno de los dos finalistas. Lo más coherente con su trayectoria es la neutralidad.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Algo similar ocurre con Claudia López.</p>



<p class="wp-block-paragraph">No parece probable que termine respaldando abiertamente a Iván Cepeda, ni tampoco que se convierta en una aliada de Abelardo de la Espriella. Su capital político siempre ha descansado sobre una posición independiente frente a los grandes bloques ideológicos. Entrar de lleno en una de las dos campañas significaría renunciar a buena parte de esa identidad.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Y aquí aparece un dato fundamental para entender lo que viene.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Aunque Claudia López representa una centroizquierda moderada y Sergio Fajardo un centro y centro derecha moderados, sus resultados permiten medir el verdadero tamaño electoral del centro político colombiano. Durante años se insistió en que el país estaba atrapado entre dos extremos. Estas elecciones muestran que existe un espacio de centro importante, pero también que sigue siendo insuficiente para disputar el poder cuando la elección se polariza.</p>



<p class="wp-block-paragraph">La gran pregunta es qué harán ahora esos votantes.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Y la respuesta más probable es que muchos no harán nada.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Una parte podría votar por Cepeda. Otra podría hacerlo por Abelardo. Pero una proporción considerable probablemente se abstendrá en segunda vuelta. Porque justamente llegaron a las urnas buscando una alternativa distinta a los dos proyectos que terminaron clasificando.</p>



<p class="wp-block-paragraph">La neutralidad de Fajardo y Claudia sería además coherente con esa realidad. Ninguno tiene incentivos políticos para entregarle su electorado a uno de los finalistas. Ninguno puede garantizar que sus votantes obedezcan una recomendación de ese tipo. Y ambos tienen más que perder que ganar comprometiéndose con cualquiera de los dos bloques.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Por eso la elección termina dependiendo principalmente de los votantes ideológicamente más definidos.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Y allí las cifras parecen favorecer claramente a Abelardo de la Espriella.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Si la inmensa mayoría de los votos de Paloma Valencia y del uribismo terminan respaldándolo, mientras una parte importante del electorado de Claudia López y Sergio Fajardo opta por la abstención, el escenario más probable de segunda vuelta podría ubicarse entre el 54 % y el 56 % para Abelardo de la Espriella y entre el 44 % y el 46 % para Iván Cepeda.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Por supuesto, las elecciones no se ganan sumando votos mecánicamente. La política siempre guarda espacio para las sorpresas. Pero cuando se observan los bloques electorales y las afinidades ideológicas, la tendencia parece bastante clara.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Y esa tendencia dice algo más profundo que quién puede ganar la Presidencia.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Dice que el gobierno Petro no logró consolidar una mayoría nacional para el continuismo.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Durante meses se discutió si Colombia avanzaba hacia una consolidación de la izquierda como nueva fuerza dominante. Las urnas parecen sugerir otra cosa. Lo que muestran es que existe un núcleo sólido de apoyo al petrismo, probablemente el más disciplinado y leal de todo el sistema político colombiano, pero también una mayoría igualmente sólida que busca una corrección de rumbo.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Esa es la paradoja de la democracia.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Muchas veces hablamos de la voluntad popular como si fuera una verdad moral absoluta. Pero las democracias funcionan bajo una lógica mucho más simple y mucho más dura: las mayorías deciden. No necesariamente porque tengan razón, sino porque son mayoría.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Las mayorías son cambiantes. Hace cuatro años la mayoría votó por una ruptura histórica representada por Gustavo Petro. Hoy parece inclinarse hacia una reacción frente a esa experiencia.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Ese movimiento pendular no es exclusivo de Colombia. Está ocurriendo en gran parte del mundo occidental. Gobiernos progresistas enfrentan electorados cansados de la inflación, de la inseguridad, del deterioro institucional y de la sensación de que los cambios prometidos nunca terminan de materializarse. Frente a ello emergen liderazgos que prometen orden, autoridad y soluciones rápidas.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Abelardo de la Espriella entendió mejor que nadie ese clima emocional.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Mientras buena parte de la derecha seguía discutiendo programas, coaliciones y matices ideológicos, él convirtió la campaña en una narrativa de confrontación directa. No ofreció una derecha tecnocrática. Ofreció una derecha emocional.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Y eso parece haber conectado con un país cansado.</p>



<p class="wp-block-paragraph">La primera vuelta dejó un mensaje claro: Colombia está agotada del experimento petrista y busca orden, seguridad y liderazgos que no pidan permiso.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Las cifras terminan dibujando un panorama difícil de ignorar. Si la mayor parte de los votos de Paloma Valencia y del uribismo terminan consolidándose detrás de De la Espriella, y si el centro permanece fragmentado o simplemente decide quedarse en casa, Colombia podría estar a pocas semanas de elegir el gobierno más claramente ubicado a la derecha desde la llegada de Álvaro Uribe al poder.</p>



<p class="wp-block-paragraph">La noticia de esta elección no es solamente quién pasó a la segunda vuelta.</p>



<p class="wp-block-paragraph">La noticia es que Colombia parece haber tomado una decisión política mucho más profunda.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Después de cuatro años girando hacia la izquierda, el país parece haber comenzado a girar de regreso.</p>
]]></content:encoded>
        <author>Diego Aretz</author>
                    <category>Las palabras y las cosas</category>
                <guid isPermaLink="false">https://blogs.elespectador.com/?p=129804</guid>
        <pubDate>Mon, 01 Jun 2026 00:41:05 +0000</pubDate>
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                            </item>
        <item>
        <title>Colombia ante el espejo: entre la nostalgia uribista, el populismo punitivo y la consolidación de la izquierda</title>
        <link>https://blogs.elespectador.com/actualidad/las-palabras-y-las-cosas/colombia-ante-el-espejo-entre-la-nostalgia-uribista-el-populismo-punitivo-y-la-consolidacion-de-la-izquierda/</link>
        <description><![CDATA[<p>Publicado originalmente en Latam 360 Este domingo, Colombia no solo vota un nuevo rumbo político: vota también una narrativa sobre sí misma. Las urnas serán el escenario de una disputa más profunda que la simple alternancia de poder. Lo que está en juego es la identidad política de un país que durante décadas giró alrededor [&hellip;]</p>
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<p class="wp-block-paragraph"><strong><em>Publicado originalmente en Latam 360</em></strong></p>



<p class="wp-block-paragraph">Este domingo, Colombia no solo vota un nuevo rumbo político: vota también una narrativa sobre sí misma. Las urnas serán el escenario de una disputa más profunda que la simple alternancia de poder. Lo que está en juego es la identidad política de un país que durante décadas giró alrededor del conflicto armado, el liderazgo de Álvaro Uribe Vélez y el miedo a los extremos, pero que ahora parece desplazarse hacia nuevas formas de polarización.</p>



<p class="wp-block-paragraph">La campaña presidencial revela una paradoja notable: mientras la derecha tradicional pierde capacidad de representación, emergen liderazgos más emocionales, personalistas y radicalizados. Y al mismo tiempo, la izquierda intenta dejar de ser oposición para convertirse en continuidad institucional.</p>



<p class="wp-block-paragraph">En ese mapa, la figura de Paloma Valencia sintetiza la crisis de la centro derecha colombiana. Nieta de Guillermo León Valencia, presidente conservador entre 1962 y 1966, representante de las élites terratenientes del Cauca y recordado por su ofensiva contra las primeras guerrillas campesinas que luego desembocarían en las FARC, Paloma encarna una tradición política profundamente conservadora. Su apellido pertenece a una genealogía del poder colombiano: latifundio, centralismo, orden público y defensa del establecimiento.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Pero el país de 2026 ya no parece responder con la misma intensidad a esa narrativa. Valencia, que durante años se presentó como “la hija política de Uribe”, intentó moderar su discurso y acercarse al centro en busca de una ampliación electoral. El resultado ha sido ambiguo: pierde parte de la fidelidad del uribismo duro sin conquistar plenamente a los votantes moderados. La paradoja de la centro derecha colombiana es precisamente esa: para sobrevivir necesita alejarse de Uribe, pero al hacerlo corre el riesgo de desaparecer como identidad política reconocible.</p>



<p class="wp-block-paragraph">El uribismo, que dominó Colombia durante dos décadas, enfrenta quizás por primera vez una crisis sucesoria real. Ningún heredero ha logrado reproducir el magnetismo político del expresidente ni su capacidad de convertir la seguridad en un relato nacional. La fragmentación de la derecha es consecuencia directa de ese vacío.</p>



<p class="wp-block-paragraph">En ese contexto aparece Abelardo de la Espriella, figura disruptiva y mediática, que parece comprender mejor el clima emocional de la región. Abogado de personajes tan diversos como polémicos —incluidos narcotraficantes, paramilitares y empresarios vinculados a grandes escándalos judiciales—, De la Espriella ha construido una imagen de outsider feroz, nacionalista y punitivista.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Su biografía política carga además sus propias contradicciones. Entre sus clientes estuvo Alex Saab, señalado como testaferro de Nicolás Maduro y pieza central de la arquitectura financiera del chavismo. Esa trayectoria le ha valido críticas constantes, especialmente porque hoy construye un discurso de ultraderecha ferozmente antichavista mientras intenta presentarse como cruzado moral contra la corrupción y el crimen. Pero justamente esa ambigüedad parece fortalecerlo ante una parte del electorado: más que un político tradicional, sus seguidores lo perciben como un operador capaz de moverse sin complejos en las zonas grises del poder colombiano y latinoamericano.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Su referencia implícita parece ser Nayib Bukele. No tanto por programa económico como por estilo político: desprecio por los consensos liberales, exaltación del liderazgo personal, promesa de orden inmediato y una comunicación basada en la confrontación permanente. Colombia, históricamente orgullosa de su institucionalidad comparada con otros países latinoamericanos, empieza a mostrar síntomas de cansancio con las formas tradicionales de la democracia representativa. El crecimiento de De la Espriella refleja precisamente esa ansiedad.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Del otro lado aparece Iván Cepeda, hoy el candidato con mayores posibilidades. Y ahí emerge otra de las ironías de esta elección. Cepeda proviene de una tradición ideológica que durante décadas fue marginal en la política colombiana. Hijo de una familia comunista, filósofo de formación y activista de derechos humanos, construyó su carrera enfrentando jurídica y políticamente a Álvaro Uribe Vélez, especialmente alrededor de los vínculos entre paramilitarismo y sectores del poder regional.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Hoy aparece como el heredero natural de Gustavo Petro. Pero no comparte el temperamento del presidente. Mientras Petro es improvisación, épica y confrontación verbal, Cepeda transmite calma, método y contención. Lee cuidadosamente sus discursos, evita la exaltación emocional y proyecta una imagen casi académica. Para algunos, eso representa seriedad institucional; para otros, evidencia una dificultad para conectar espontáneamente con las masas.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Sin embargo, la candidatura de Cepeda no puede separarse del balance de los cuatro años de gobierno de Petro. El presidente llegó al poder prometiendo reformas estructurales en salud, trabajo y pensiones, además de una transformación profunda del modelo económico y político colombiano. Pero gran parte de esas reformas quedaron atrapadas entre la resistencia institucional, las fracturas internas de la coalición oficialista y la dificultad del propio Petro para construir mayorías estables.</p>



<p class="wp-block-paragraph">A eso se suma una creciente percepción de deterioro en materia de seguridad. La expansión de grupos armados regionales, el fortalecimiento de economías ilegales y&nbsp;la sensación de pérdida de control territorial han golpeado una de las fibras más sensibles de la sociedad colombiana. Paradójicamente, el país vuelve a discutir temas que parecían relativamente estabilizados tras los años más duros del conflicto.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Y aun así, Petro conserva un núcleo electoral extraordinariamente sólido. Más que un simple apoyo partidario, existe un electorado cautivo de su discurso y de su personalidad política. Petro sigue siendo, para millones de colombianos, la representación de una ruptura histórica con las élites tradicionales y la posibilidad de una inclusión social largamente postergada. Esa fidelidad explica por qué el petrismo continúa siendo la fuerza más organizada del escenario político, incluso en medio del desgaste del gobierno.</p>



<p class="wp-block-paragraph">La elección entonces parece debatirse entre dos imaginarios latinoamericanos contemporáneos: el modelo Bukele y el modelo correísta. De un lado, una derecha emocional que promete orden y autoridad; del otro, una izquierda que busca consolidar un proyecto de transformación estatal bajo una narrativa de justicia social y reparación histórica.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Pero Colombia nunca ha encajado completamente en los moldes ideológicos regionales. Su sistema político sigue teniendo una enorme fragmentación territorial, clientelar y personalista. Por eso la pregunta central no es solo quién ganará, sino con qué legitimidad podrá gobernar un país exhausto por la polarización.</p>



<p class="wp-block-paragraph">En términos electorales, el panorama también favorece la incertidumbre. Aunque cerca de 41 millones de colombianos están habilitados para votar, las proyecciones indican que probablemente los votos válidos rondarán los 30 millones. Bajo ese escenario, un candidato necesitaría más de 15 millones de votos para superar el umbral del 50 % y ganar en primera vuelta, algo que hoy parece prácticamente imposible.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Históricamente, lograrlo ha sido excepcional. Solo Álvaro Uribe Vélez consiguió imponerse en primera vuelta bajo las reglas contemporáneas, tanto en 2002 como en 2006, gracias a un contexto marcado por la violencia guerrillera, el desgaste de los partidos tradicionales y una demanda social masiva de seguridad. Ese antecedente explica la dimensión histórica del uribismo: no fue solamente un liderazgo exitoso, sino un fenómeno político difícilmente repetible.</p>



<p class="wp-block-paragraph">El escenario más probable es, por tanto, una segunda vuelta profundamente polarizada. Y allí Colombia deberá decidir no solo entre nombres propios, sino entre&nbsp;dos maneras de entender el futuro: la autoridad vertical del populismo de derecha o la continuidad reformista de una izquierda que busca institucionalizarse.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Quizás la verdadera señal de esta elección sea otra. Durante décadas, la política colombiana giró alrededor de la guerra. Hoy gira alrededor del desencanto. Y ese tránsito puede resultar incluso más imprevisible.</p>
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        <author>Diego Aretz</author>
                    <category>Las palabras y las cosas</category>
                <guid isPermaLink="false">https://blogs.elespectador.com/?p=129786</guid>
        <pubDate>Sat, 30 May 2026 16:40:02 +0000</pubDate>
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                <media:credit role="author" scheme="urn:ebu">Diego Aretz</media:credit>
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