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    <title>Blogs El Espectador</title>
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    <description>Blogs gratis y diarios en El Espectador</description>
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	<title>Blogs de Hypomnémata | Blogs El Espectador</title>
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        <title>La carne deletrea</title>
        <link>https://blogs.elespectador.com/actualidad/hypomnemata/carnedeletrea/</link>
        <description><![CDATA[<p>Cuento navideño</p>
]]></description>
        <content:encoded><![CDATA[
<p>Si me permiten, quiero examinar el odio, o mejor, la aversión que le tengo a las navidades pasadas. Además de la tontería que se percibe por todos lados, y que las canciones pregonan con: <em>“Año nuevo vida nueva”, “Son para gozarlas estas navidades, que el año que viene se acaban los pesares” </em>y las lucecitas monótonas que intentan abstraernos de la realidad con sus movimientos que acortan la vida de los ojos, puedo decir que mi antipatía se debe a tres acontecimientos que, aunque similares, sucedieron en diferentes momentos de mi vida</p>



<p>Recuerdo cuando, aún niño, bailaba con mi tía. Quizá la canción que intentábamos seguir sea la misma que suena ahora. La bailábamos y sonaron disparos. <em>Vampiro, vampiro, te chupa el vampiro.</em> Todos los que bailaban se metieron como hormiguitas oliendo lluvia. Sonó otro disparo y, mientras yo pretendía abrir la puerta, un cuerpo cayó a mis pies. Me fije en el hombre, era verde. <em>Para aquellos que nos contaminan, ¡buá!</em> Intentó subir por mi cuerpo, y cuando se dio cuenta de que no podía, me pidió ayuda. Yo sólo lo miraba. Tosió, y su boca arrojó una sanguinolenta bola de carne que, supongo ahora, era parte de su garganta. Poco después supimos que había sido una equivocación. No era él quien debía morir&nbsp;</p>



<p>¿Para quién iba la bala entonces? Las mujeres de mi familia lloraban pensando que podría haber sido para nosotros.</p>



<p>Algunos recordarán la fiesta de diciembre de 2003, con tamales, arbolito de navidad <em>que me vas a dar, </em>buñuelos y pesebre. Bailábamos frente a la casa, como siempre. Estábamos felices. Había trago, podíamos cambiar de parejas y quería bailar con la vecina nueva. Esta vez, no se escuchó ningún disparo, pero me di cuenta de que las mujeres abrían la boca aterrorizadas. Creo que gritaban, pero no pude escucharlas, era muy alto el volumen de la música. Todas miraban algo detrás de mí y, <em>al que se duerma lo motilamos</em>, volteé y vi la espalda de un hombre acercándose, su dueño intentaba detener a otro hombre con cuchillo. <em>Las campanas de la iglesia están sonando.</em> La espalda cayó y el cuchillo me cercó. Uno, dos, tres tajos en el hombro izquierdo me derribaron y<em> </em>en el suelo recibí miles, millones de patadas. Yo apretaba la boca para franquearle el paso a la carne de mi garganta.&nbsp;</p>



<p>Tardé tres semanas en recuperarme y, aunque me visitó la vecina, fue lo más doloroso que me ha pasado. Nunca me he lastimado, o me han lastimado, de esta manera; no me había roto ni un hueso cuando era niño.&nbsp;</p>



<p>El último evento fue hace poco. Aún recuerdo con pavor el arma apuntándome a la cabeza, el volumen de la música al extremo y yo esperando que el tiempo se termine. Vaya que fue larga la espera. A veces pienso que fui afortunado al no ser atacado con chuchillo. Conozco el dolor que produce. La bala entra y sale del cuerpo dejando solamente un pequeño orificio. No dudo de que cause dolor; pero imagino que no es tan traumático como recibir un millar de puñaladas en el mismo sitio.&nbsp;</p>



<p>Cuando el hombre apretó el gatillo, juro que vi, en cámara lenta, el trayecto de la bala. La imaginé desde todos los ángulos e intenté suponer cómo sería el dolor al entrar a mi cuerpo. No lo logré. La bala entró por el ojo y salió por la oreja. Mientras viajaba por mi cerebro comprendí, o quise comprender, que mi muerte había sido postergada inútilmente. Yo tenía que haber sido el hombre sin garganta que cayó a mis pies cuando era niño. Pienso que viví de más. Y por eso este odio. Siempre en estas fechas me entrego a reflexionar sobre el tema de mi muerte y me hago un desastre.&nbsp;</p>



<p>No si ustedes lo notan, pero a los lejos escucho música; no veo a la gente, pero escucho música. El volumen está más bajo pero las canciones decembrinas son reconocibles. ¿Por qué parar la fiesta? Me pregunto. Son tonterías mías. Dejen que me amargue sólo. Un muerto es un muerto. Que lo llore la familia, si le queda. Ella es quien debe llorarlo. El resto debe celebrar, o ¿Creen que todos los días se tiene la oportunidad de iniciar un nuevo año?&nbsp;</p>



<p>Publicado originalmente el El magazín de El Espectador el 24 de enero de 2012.</p>
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        <author>Jorge Eliécer Pacheco Gualdrón</author>
                    <category>Actualidad</category>
                    <category>El Magazín</category>
                    <category>Hypomnémata</category>
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        <pubDate>Mon, 08 Dec 2025 12:51:57 +0000</pubDate>
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                <media:description type="plain"><![CDATA[La carne deletrea]]></media:description>
                <media:credit role="author" scheme="urn:ebu">Jorge Eliécer Pacheco Gualdrón</media:credit>
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                            </item>
        <item>
        <title>Mi esposa y la dictadura</title>
        <link>https://blogs.elespectador.com/actualidad/hypomnemata/esposadictadura/</link>
        <description><![CDATA[<p>Cansada de mis quejas, mi esposa tomó el poder e instauró una Dictadura. Mi inutilidad para escribir una pieza literaria de prestigio y riqueza estética ocasionó este grave impase que aún no he podido resolver.</p>
]]></description>
        <content:encoded><![CDATA[
<p></p>



<p>Al principio creí que era buena idea. Para nadie es un secreto que la democracia le hace mal a la literatura. La libertad no nos ha dado buenas obras y, como lo dice la historia, los libros más profundos y famosos son las que se producen en un régimen totalitario.</p>



<p>La literatura latinoamericana se burla demasiado de esos nobles hombres, padrastros de la buena escritura, los Dictadores. No podemos cuantificar cuánto se les debe. Si viviéramos en dictadura no existiría el “agotamiento” al que se refirió <a href="https://www.eltiempo.com/archivo/documento/CMS-12191993">María Kodama en Manizales</a>. Y bajo esta premisa empezaron los cambios en casa.</p>



<p>Primero, se me advirtió que todas mis conversaciones serían monitoreadas y grabadas, únicamente podía hablar sobre algunos temas literarios escogidos con anterioridad. Por cuestiones de gobierno, los poetas Románticos hacían parte del índice prohibido. Su idealismo los hacía detestables. Debía leer un libro diario, sin importar el número de clases al día, y presentar un informe que analizara (en algunos casos semióticamente) el estilo y el lenguaje que utilizaba. Fueron noches aterradoras. Debía ponerme en pie, la espalda rígida y empezar a recitar pasajes de memoria con su respectivo comentario. Ante mis infructuosos intentos, tuve que ayudarme de papelitos que me ayudaban a recordar los números de página y algunas palabras desconocidas, generosidades de la Dictadora.</p>



<p>Sólo podía ver Señal Colombia, comer carnes rojas y jugar Dicciorama. En la guitarra sólo podía usar notas mayores y cuidar de que no sonara por equivocación una nota mal puesta. No podía mirar por la ventana, ni mucho menos intentar abrir la puerta sin permiso. Tomaba Ginkgo Biloba con cada comida.</p>



<p>Se desterraron a Chopin y Schubert; en su lugar se escuchaba un Bach bastante matemático que exigía concentración máxima en las tareas de escritura. Mi Dictadora repetía todos los días la noticia de Kodama y, alentándome, me gritaba al oído que teníamos que trabajar.</p>



<p>Mi Dictadora, consiente del “mens sana in corpore sano”, sabía que no sólo de largas lecturas vive el hombre; así que introdujo a su forma de gobierno ejercicios corporales que pretendían mejorar mi acondicionamiento físico y que me facilitarían el trabajo de escritura. Empecé a relajar mis falanges lavando los platos, inicié una terapia que aliviara los dolores de hombro barriendo y&nbsp; trapeando los pisos, incluso, bondades de los Dictadores, los dolores de muñeca que me atormentaban desde hacía días, fueron desapareciendo paulatinamente después de empezar a&nbsp; lavar la ropa de los dos.</p>



<p>Todo estaba bien. No podía quejarme (los castigos eran bastante molestos). Era obediente y seguía los lineamientos al pie de la letra. Sin embargo, los resultados eran pésimos. Lo que escribí esos días no era más que basura. Yo lo sabía. Mi Dictadora, en cambio, me elogiaba. Eso sí era literatura, decía, ya verá esa tal Kodama&#8230; Intenté persuadirla, pero no me escuchaba. Estaba ocupada inventando nuevos ejercicios para aliviarme unos dolores de rodillas que no me dejaban permanecer sentado frente a la pantalla del computador.</p>



<p>Al final, me sorprendí levantándome en las noches, a eso de las once, a escondidas, para escribir en una libretita que tengo escondida debajo de la nevera. Ella no debe darse cuenta. Allí garabateo mis tormentos, mis sueños de abrir la puerta, describo el sabor horrible del Ginkgo Biloba y lo detestable que es la dictadura. ¿Estaré escribiendo allí la verdadera literatura?</p>



<p>Publicado originalmente el 08 de septiembre de 2012 en El Espectador.</p>



<p></p>
]]></content:encoded>
        <author>Jorge Eliécer Pacheco Gualdrón</author>
                    <category>Actualidad</category>
                    <category>Hypomnémata</category>
                <guid isPermaLink="false">https://blogs.elespectador.com/?p=120984</guid>
        <pubDate>Mon, 01 Dec 2025 12:24:50 +0000</pubDate>
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                <media:description type="plain"><![CDATA[Mi esposa y la dictadura]]></media:description>
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                            </item>
        <item>
        <title>Viaje al fin del mundo</title>
        <link>https://blogs.elespectador.com/actualidad/hypomnemata/viajealfin/</link>
        <description><![CDATA[<p>Me compadezco de Metrolínea.</p>
]]></description>
        <content:encoded><![CDATA[
<p>Debe ser muy duro tener que aguantar la competencia desleal y tiránica de los medios de transporte formal e informal de la ciudad. Motos, buses y busetas que se creen dueñas de las vías. ¡Ni el carril especial para el Metrolínea respetan!, y tan caro que costó.</p>



<p>Sin embargo, ¿Qué se puede hacer con el transporte informal (pirata) que con sevicia se esconde, espera, y se aprovecha para movilizar, con engaños, a los ciudadanos que deberían estar usando el servicio legal? Nada. Los hemos visto por allí disfrazados de buenos samaritanos invitando a los inocentes usuarios a subirse a buses escolares, carros particulares, y hasta motocicletas.</p>



<p>Ayer, inclusive, esperando a mi querido P3, caí en la trampa. Llevaba 30 minutos esperando y tenía una cita importante. Odio aceptarlo y pido perdón, pero el motociclista me convenció: llegaría más rápido, iría más cómodo, más seguro, me dijo. Se detuvo frente a mí. Acepté su servicio. Me pasó el chaleco y el casco, y me preguntó a dónde íbamos exactamente. Le di la dirección y antes de avanzar noté que recubría con una pequeña bolsa la parte interior del casco. Es por higiene, precisó.</p>



<p>Mientras conducía, se presentó: Manuel, gritó con el casco puesto. Preguntó dos o tres veces si la velocidad estaba bien, si tenía mucho afán, si me molestaba el brillo del sol, etc. Unos kilómetros más adelante preguntó qué clase de música me gustaba. Yo, desconfiado, le nombré uno de los álbumes de The Kinks, Sleepwalker. A continuación, aprovechó un semáforo en rojo y sacó de su chaleco unos audífonos blancos, me los ofreció. Los pasó por debajo del brazo y escuché pista tras pista mientras dejábamos atrás a los demás automóviles.</p>



<p>Llegué con tiempo de sobra. Descendí de la motocicleta y Manuel sacó un frasquito de aromatizante de su chaleco. A veces queda un olor a humo en la ropa, dijo. Lo tomé y lo oprimí cerca de la camisa. Luego, me cobró y se despidió: Espero que haya tenido buen viaje. Cualquier cosa aquí tiene mi tarjeta. Adiós.</p>



<p>Confieso que no pude disfrutar del bistec de esa tarde. Me sentía avergonzado. Sacrificar el trabajo de los empleados de Metrolínea únicamente por mis deseos de llegar puntual, seguro y cómodo. Por esa razón, decidí que, de vuelta, tomaría el P3, como debe ser. Salí del restaurante y lo esperé 45 minutos. No me importó, estaba haciendo lo correcto. Cuándo llegó a la estación, estaba repleto de pasajeros, pero afronté las condiciones y tuve la paciencia de aguantar los apretones, pellizcos y empujones. Revisé el bolsillo de la billetera cada dos minutos. Te vuelve más cauteloso, Metrolínea ¿no? Hasta que finalmente llegué a casa. Seguro que después de más de una hora de trayecto y espera había hecho lo correcto. No como lo hice en la tarde cuando me subí, por error, a esa cómoda, perfumada y rápida motocicleta.</p>



<p>Publicado originalmente el 20 de diciembre de 2012 en El Espectador.</p>



<p></p>
]]></content:encoded>
        <author>Jorge Eliécer Pacheco Gualdrón</author>
                    <category>Actualidad</category>
                    <category>Hypomnémata</category>
                <guid isPermaLink="false">https://blogs.elespectador.com/?p=120978</guid>
        <pubDate>Sat, 01 Nov 2025 12:14:15 +0000</pubDate>
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                            </item>
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        <title>6025</title>
        <link>https://blogs.elespectador.com/actualidad/hypomnemata/seiscerodoscinco/</link>
        <description><![CDATA[<p>Cuento.</p>
]]></description>
        <content:encoded><![CDATA[
<p>Quizá se dio cuenta, como el general Aranda, de que sus manos podían igualar su espíritu; de que no eran una simple herramienta sino parte imprescindible de su ser. ¿Acaso leería la historia de Aranda? Prefiero pensar que sí; prefiero imaginar que la leyó antes de verlo en las calles intentando tocar las manos de los otros. Porque fue así como lo conocí. Lo sorprendí correteando a las jovencitas por el parque después de haberlas obligado a tomarle de las manos. Por qué me las quita si ahora son mías, gritaba mientras la joven desaparecía por la carretera. Después, casi lloraba. Lo encontré en el autobús intentando ayudar a los pasajeros a bajar del vehículo (hombres y mujeres), tomándolos de las manos, por el simple placer que esto le producía. Cuando alguno se negaba o las manos irremediablemente abandonaban las suyas, casi lloraba. Lo vi de lejos estrechar la mano a un desconocido arguyendo que se conocían; cuando el hombre notó su locura, él —casi lloraba.&nbsp;</p>



<p>Y así se pasaba todo el día, coleccionando roces de manos y aguantando las ganas de llorar. Hasta que un día, lluvioso por cierto aunque nada tenga que ver, lo hallaron muerto.</p>



<p>Después de hablarlo con mi amigo Navidad y de recibir su reprimenda por no haberme interesado en el tema desde el principio, al menos por simple provecho literario, decidí iniciar la investigación del hecho. Y a estas consideraciones me ha llevado.</p>



<p>Lo llamaré José, pues nunca supimos su nombre. Fue encontrado entre bolsas de basura. Muerto por estrangulamiento, con fuertes golpes en la cabeza y totalmente desnudo. Como es habitual no hay testigos. Lo encontraron los barrenderos del lugar, pero aseguran no haber visto nada. Acostumbrado a esto ni siquiera insistí. Revisé el cuerpo. Parecía estar vivo, sus ojos aun brillaban. Le miré las manos, los pies. Busqué heridas con objetos contundentes: nada. Sólo hallé golpes en la cabeza, cuello destrozado y un número escrito en su pierna derecha: seis mil veinticinco. Esto último me dio en qué pensar.&nbsp;</p>



<p>Los análisis fueron sorprendentes. Al parecer José se había asfixiado así mismo: se encontraron indicios en sus manos. ¿Había podido mantener su fuerza aún estando sin aire? Sin embargo, los signos de estrangulamiento encajaban perfectamente con el ángulo, la altura y muchas otras cosas que no es menester mencionar aquí. Pero esto poco me importó (con el perdón de Navidad). Seguía pensando en el misterioso número en el que, creía, se encontraba la explicación del misterio, que entre otras cosas ya se había resuelto.&nbsp;</p>



<p>Aunque me lo explicaran desde el principio, que mira las marcas del cuello, que los golpes se deben a la caída que siguió al estrangulamiento, que la ropa se la habrían robado… yo decía: ¿Y el número? Y ellos callaban un momento antes de volver a repetir la misma historia.&nbsp;</p>



<p>Esa noche, mientras salía del trabajo caminando, no sobre el suelo sino sobre mis furtivos pensamientos, me cruce con un compañero. Este se despidió estrechándome la mano y yo, sin razón, pensé en un número. Luego, llegando a casa, sin quererlo en verdad, toqué violentamente la mano de un desconocido que se disponía llamar al ascensor, me disculpé y pensé en otro número. Ya solo, comprendí cual era el significado de aquella cifra que José llevaba; y escribí en mi pierna, donde sabia que nadie lo iba a notar, el número dos, iniciando así mi propia cuenta.</p>



<p>Publicado origninalmente el 03 de octubre de 2010 en El Magazín de El Espectador</p>
]]></content:encoded>
        <author>Jorge Eliécer Pacheco Gualdrón</author>
                    <category>Actualidad</category>
                    <category>Cultura</category>
                    <category>El Magazín</category>
                    <category>Hypomnémata</category>
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        <pubDate>Fri, 31 Oct 2025 13:00:07 +0000</pubDate>
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                            </item>
        <item>
        <title>Los minutos no se venden solos</title>
        <link>https://blogs.elespectador.com/actualidad/hypomnemata/los-minutos-no-se-venden-solos/</link>
        <description><![CDATA[<p>Es mejor que no trabaje más —Apenas fueron tres meses —me dijo por teléfono—. La vieja me dijo que ya casi daba a luz y que trabajar me adelantaría el parto. Entonces, dijo que ya no más. ¿Puede creerlo? Me puso reemplazo. Le pedí que nos viéramos y me dijo que era imposible. Estaba en [&hellip;]</p>
]]></description>
        <content:encoded><![CDATA[
<p><strong>Es mejor que no trabaje más</strong></p>



<p>—Apenas fueron tres meses —me dijo por teléfono—. La vieja me dijo que ya casi daba a luz y que trabajar me adelantaría el parto. Entonces, dijo que ya no más. ¿Puede creerlo? Me puso reemplazo.</p>



<p>Le pedí que nos viéramos y me dijo que era imposible. Estaba en su casa, con su esposo, y no quería darle razones para que sospechara algo que no existía. Hablaba en serio. Accedí a contarle al hombre sobre el texto que estaba escribiendo. No tenía por qué ser un secreto. Al final dijo que sí. Nos veríamos al día siguiente en la dirección que me había dado. Colgamos.</p>



<p>El día acordado, me recibieron con un acalorado tinto y una galletas saltinas con mantequilla. Humilde manjar que comí encantado. El esposo de Cecilia estaba usando camisa manga larga y le bajaban, por el rostro, sucesivas líneas de sudor.</p>



<p>—Buenas tardes, señor periodista. Mi esposa me lo contó todo y le agradezco que haga una investigación sobre los problemas del transporte público en Bucaramanga. Ese es un tema de interés para todos. —Dijo sentándose frente a mí.</p>



<p>Después, Cecilia me contaría que tuvo que inventar todo eso para que pudiéramos encontrarnos ese día. Yo no era periodista y no me interesaba, en ese momento, el caos del transporte público.</p>



<p>—Mi mujer —continuó diciendo— sabe mucho de esas cosas. El trabajo que tenía, como usted sabe, le permitía estar pendiente de las rutas que pasaban por la carretera. Le puedo asegurar que conoce todas las rutas y los tiempos que debe llevar cada una. De todas formas, si usted necesita otra entrevista yo estoy a la orden. ¿Va a tomar fotos?</p>



<p>Le dije que sí; lo entrevistaría después de hablar con su esposa. Las fotos, las tomaría otro periodista. Me agradeció y fue a llamar a Cecilia.</p>



<p>—Ya llegó el señor —gritó mientras subía por las escaleras.</p>



<p>Tres meses antes, al lado de la parada de bus frente a la autopista que une Piedecuesta con Bucaramanga, se estacionó una motocicleta. La mujer que la conducía bajó una mesa pequeña; las que usaban antes para vender lotería, y esperó. Al rato llegó Cecilia. Una mujer joven, delgada, de baja estatura, mestiza, de cabello negro y ojos grandes. Caminaba despacio por la acera contraria, cruzó la calle y saludó.</p>



<p>—Buenas días, mi señora.</p>



<p>—Buenos días. Hay que llegar temprano.</p>



<p>—Es que había trancón.</p>



<p>Entre las dos ubicaron la mesita en la acera, debajo de la sombra de los bambúes.</p>



<p>—Espéreme un rato —le dijo a Cecilia.</p>



<p>Cecilia esperó junto a la mesa y se cruzó de brazos. Parecía nerviosa. Era su primer día de trabajo vendiendo minutos a celular.</p>



<p>—No era mi primera vez —me diría más tarde—. En mi barrio yo vendía. Y me iba muy bien. Pero cuando el negocio dejó de ser exclusivo, empezó a generar pérdida. En todos lados se encontraban minutos a celular, y baratos. Yo vendía cuando eran a doscientos. Yo era muy buena en eso. Las matemáticas son mi fuerte. Después, doña Cira me ofreció trabajar acá. Y aquí estoy.</p>



<p>Doña Cira llegó cargando una sombrilla, una escoba y dos bolsas negras. Primero sacó el chaleco verde que Cecilia debía llevar puesto todo el día. A él, le siguieron cigarrillos y celulares atados con cadenas, chicles y dulces, dos termos de café y un taburete azul tan incómodo que Cecilia tendría que sentarse cruzando las piernas. Después traería un cojín.</p>



<p>—Veinte bombones, —Doña Cira empezó a contar mientras escribía en una libreta— siete cajas de cigarrillos, treinta chicles y cincuenta mentas. El vaso de café lo llena hasta acá. Esta es la medida. No lo llene. Por ahora, eso. Si usted ve que se vende más me dice y mañana traemos más. Mucho cuidado. Usted sabe cómo es.</p>



<p>— Sí señora —dice Cecilia mientras instala la sombrilla.</p>



<p>Hecho el inventario, Doña Cira le dice los precios de cada cosa y se va.</p>



<p>—El mejor consejo que me han dado —recuerda Cecilia mientras estoy en su casa— me lo dio la vieja ese día: Si se ve más pudiente, el cliente puede pagar cincuenta pesitos más. ¿No le parece? —sonríe.</p>



<p>Su esposo nos trae más galletas con café. Felizmente, esta vez está frío. Mido el calor que hace por la humedad que se expande, cada vez más, por la camisa del aquel.</p>



<p>Cecilia sigue contando su experiencia en el trabajo que acaba de perder. Y dice que todo es culpa del embarazo. Miro de reojo a su esposo y no se inmuta. Él quizá piense lo mismo: el embarazo fue el problema.</p>



<p>Es inusual escucharle esa palabra a Cecilia: embarazo. Meses antes, no se atrevía a pronunciarla y esquivaba cualquier pregunta sobre su condición. Nunca creyó que se le notaría tanto, rezaba para que el niño no creciera mucho y la dejara trabajar. Pero faltando tres meses para nacer era imposible no verle la panza.</p>



<p>—Es mejor que ya no trabaje más —le dijo Doña Cira mientras hacían cuentas.</p>



<p>—Usted sabe por qué lo hago. Con el sueldo de repartidor no alcanza.</p>



<p>—Es mejor, Cecilia, es lo mejor. —Después la llamaría por teléfono para decirle que no fuera al día siguiente.</p>



<p>—Cuando le preguntaba, por qué no dejaba ir a trabajar —recuerda Cecilia— me decía que ya habíamos hablado sobre eso y que habíamos quedado las dos, imagínese las dos, en que ya no volvería más. Já. Me tocó aceptarlo total ni qué contrato ¿no?</p>



<p><strong>Cecilia se aburre mucho</strong></p>



<p>Habían horas del día&nbsp; en que parecía ser la única habitante de la ciudad. Ni siquiera los buses llevaban gente. Sus &nbsp;conductores parecían fantasmas. A veces llevaba una revista y un crucigrama. Otras, antes de que se lo prohibiesen, escuchaba vallenato por unos audífonos prestados.</p>



<p>— Incluso llegue a contar los pasos que había de aquí a aquella piedra que está allá —decía mientras vendía un café—. Noventa y ocho pasos si se es mayor. Sesenta si se es joven. Si va de afán son menos.</p>



<p>Sin embargo, en su segundo mes de trabajo encontró una manera divertida de pasar el tiempo: haciéndole bromas a sus clientes.</p>



<p>—Me da pena decirlo —dice sonriendo— a veces, entregaba los cigarrillos al revés para que los encendieran por el&nbsp; filtro. La gente se daba cuenta del error pero se iban disimulando. Les daba pena. Caminaban, con el cigarrillo en la boca, como si nadie los hubiera visto. Cuando estaban lejos yo soltaba la carcajada. Y eso no es nada —Se acomoda en la silla— una vez, juro que fue una sola vez, le hice un huequito a un vaso, serví el café y la señora se fue como si no pasara nada mientras que, gota a gota, el café le manchaba la blusa. —Carcajea— Qué pecado.</p>



<p>Cecilia le pide a su esposo que haga más café. Ella está embarazada. Él se levanta, va a la cocina y desde allá le grita que mejor me cuente cuando la atracaron.</p>



<p>—Uy, sí —dice— ese sería un buen final para su artículo. Imagínese que estaba yo esperando a Cira para entregarle la producción del día, más o menos a las cinco de la tarde. Ella acostumbra llegar a esa hora, hacemos cuentas y nos vamos. Cuando, de sopetón, salieron dos tipos por atrás de los bambúes. Uno de ellos me empujó, me caí de la silla y grité. El otro sacó el cajón de la plata. Me imagino que lo desocupó en una bolsa. Al estilo de las películas. No pude verlo. Cuando me levanté ya se habían ido. No se llevaron ningún celular. Nadie me asistió, y eso que grité duro. Ese día fue muy feo. Doña Cifra no me cobró la plata que se perdió, pero me regañó una semana entera; que tenía que estar atenta, que tenía que cuidarme. Después se me pasó el susto.</p>



<p>El esposo de Cecilia llega con más café. Está hirviendo. Entonces, pregunta: ¿Y todo esto qué tiene que ver con el transporte público? Nos miramos y, cómplices, reímos. Le contamos la verdad y, en buen tono, sermonea a su mujer diciéndole que no sea tan desconfiada, que ni porque él fuera tan celoso y la besa.</p>



<p>Llega la hora de irme. Agradezco los tintos y las galletas y me pongo en pie.</p>



<p>— No vaya a poner mi nombre de verdad —me dice.</p>



<p>—Si usted me lo permite —digo.</p>



<p>Le pregunta a su esposo un nombre. Él se encoge de hombros. Se le ocurren tres: Cecilia, Carolina y Liseth.</p>



<p>—Ponga Cecilia —sentencia— Ese me gusta más.</p>



<p>Publicado originalmente el 17 de noviembre de 2012 en El Espectador.</p>
]]></content:encoded>
        <author>Jorge Eliécer Pacheco Gualdrón</author>
                    <category>Actualidad</category>
                    <category>Hypomnémata</category>
                <guid isPermaLink="false">https://blogs.elespectador.com/?p=120945</guid>
        <pubDate>Thu, 02 Oct 2025 00:05:24 +0000</pubDate>
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                <media:description type="plain"><![CDATA[Los minutos no se venden solos]]></media:description>
                <media:credit role="author" scheme="urn:ebu">Jorge Eliécer Pacheco Gualdrón</media:credit>
            </media:content>
                            </item>
        <item>
        <title>El maestro como guía: el poder transformador de la pedagogía</title>
        <link>https://blogs.elespectador.com/actualidad/hypomnemata/el-maestro-como-guia-el-poder-transformador-de-la-pedagogia/</link>
        <description><![CDATA[<p>Tómese un niño cualquiera, digo, tómese desde su estado embrionario, aplíquesele la pedagogía sociológica y saldrá un genio. El genio se hace, diga el refrán lo que quiera; [&#8230;] y lo demostraré.</p>
<p>~Miguel de Unamuno. Amor y pedagogía</p>
]]></description>
        <content:encoded><![CDATA[
<p>Estas palabras, dichas por don Avito Carrascal, antes de salir a buscar a la futura madre de su hijo-genio, pone en evidencia el problema pedagógico al que este  ensayo  pretende  aproximarse  ¿Qué  es  educar?  ¿Cuáles son sus finalidades? ¿Cuáles son sus estrategias?  El  personaje  de  Unamuno  se  empeña  en  crear  un ser superior y genial a quien la sociedad tendrá que alabar por su capacidad intelectual. Para lograrlo, le reprime de toda clase de afectos y le impone el conocimiento  científico.  Riñe  con  su  esposa  cuando  lo  mima y no le tiene permitido leer poesía. Su experimento es un fracaso. El joven crece, pero de nada le sirve el saber enciclopédico que ha adquirido; queda incapacitado para la vida.</p>



<p>Se  cree  que  la  educación  corresponde  a  inventar un hombre nuevo que incremente sus competencias, que mejore individualmente, sin tener en cuenta que el sujeto es educable por, y para ser parte de una sociedad, como dice Vigotski (22). Educar, desde este punto de vista, se refiere a lo que menciona Domingo Bazán:  “Dotar  de  personalidad  social  a  los  actores,  transmitir saberes y conocimientos considerados culturalmente legítimos, preparar para el mundo laboral,  formar  a  los  futuros  líderes  y  ciudadanos,  entre  otras” (55).</p>



<p>El sujeto al ser educado se le otorgan las herramientas de orden instrumental y de valor, que le ayudan a vivir en sociedad. Estos conocimientos, como se ve, no son meramente prácticos sino que tienen que ver con el desempeño social que el estudiante hará de ellos. De nada sirve saber historia si no se reflexiona e  interpretan  los  cambios  culturales  que  subyacen  de los momentos históricos. La matemática no cumple  su  labor  si  no  se  la  relaciona  con  las  otras  áreas  del  conocimiento.  Delors  lo  explicita  diciendo:  “Se  puede, en mi opinión, afirmar que el futuro pertenecerá a los que mejor sepan crear, transmitir, absorber y aplicar los conocimientos”. (45)</p>



<p>Este   autor   cita   a   la   Comisión   Internacional   sobre  Educación  para  el  siglo  xxi  cuando  nombra  los cuatro pilares de la educación: enseñar a conocer, enseñar a hacer, enseñar a ser y enseñar a convivir. En estos  cuatro  preceptos  se  centra  la  tarea  y  el  reto  de  la educación en la actualidad. Formar un ciudadano que quiera aprender y se sienta complacido al hacerlo, que aprenda algún oficio sobre un área específica que lo ayude a ser exitoso profesionalmente, que desarrolle  sus  atributos  a  través  de  la  responsabilidad  y  del  conocimiento  de  sí  mismo  y,  por  último,  que  sepa  vivir en sociedad, que comprenda a los demás como seres distintos y a la vez complementarios.</p>



<p>El concepto de individualidad que malentiende don Carrascal al pensar que su hijo debe ser egoísta: “Sé ilógico a sus ojos, le dice, hasta que renunciando a clasificarte se digan: es él, Apolodoro Carrascal, espe-cie única”, tiene que ver con lo que plantea el m.e.n: “La  subjetividad,  en  consecuencia,  se  abre  a  las  dos  dimensiones  antes  señaladas:  la  subjetividad  individual o el autoconocimiento, y la autoestima personal y  la  subjetividad  colectiva,  como  parte  de  un  todo,  desde  los  diferentes  niveles  de  interacción  social”.  (56 -57)</p>



<p>Entonces,  si  la  educación  tiene  como  propósito  esencial  formar  al  ciudadano  en  todos  los  aspectos,  es  innegable  que  esta  debe  corresponder  a  las  necesidades individuales y sociales que correspondan a la cultura en que está inmerso. El fin de educar debería ser: “Añadir una segunda naturaleza que concilie las necesidades  y  aspiraciones  individuales  con  el  bienestar de la sociedad”. (Franco 152)</p>



<p>Esta responsabilidad social le permitirá al sujeto transformar  su  entorno.  Bazán  dice  que  “la  escuela  es vista como el lugar donde se hereda la sociedad y donde se construye una sociedad mejor” (60). Quiere decir  que  el  saber  instrumental  no  es  suficiente  y  si  ese fuera el objetivo de la educación, la tarea del educando consistiría en repetir fechas y datos históricos sin relación con el presente. La educación intenta perfeccionar intencionalmente las facultades humanas a favor de la comunidad. </p>



<p>Para  llevar  a  cabo  esta  tarea,  es  necesaria  una  reflexión sobre el desarrollo del pensamiento crítico y creativo del estudiante. Pues, es mediante éste que el sujeto reconstruirá la sociedad. Los alumnos, dice José Manuel Franco: </p>



<blockquote class="wp-block-quote is-layout-flow wp-block-quote-is-layout-flow">
<p>Tienen  el  deber  no  sólo  de  reproducirla  [su  cultura],  sino  de  mejorarla.  Eso  dependerá,  en  parte,  de  la  creatividad  del  maestro  para  generar  espacios  de  aprendizaje que le permitan al joven [&#8230;] usar el entendimiento o la inteligencia sin la dirección o tutela de otro. (151)</p>
</blockquote>



<p>De  esta  manera,  se  ve  cómo  los  fundamentos  pedagógicos  tratados  encaminan  a  los  conceptos  de  autonomía  y  solidaridad  como  lineamientos  necesarios para que el alumno, por medio de la crítica y la creatividad, proponga un nuevo orden social más equitativo, justo y democrático. En esta característica se centra su responsabilidad social. </p>



<p>Sin  embargo,  surge  la  pregunta  sobre  el  papel  que desempeña el maestro en el desarrollo de la creatividad  de  sus  alumnos.  Don  Carrascal  impone  sus  decisiones a la fuerza, educa a su hijo a partir de un capricho y cree tener poder total sobre él. Su poder se basa en la autoridad de padre y científico. Su hijo es su conejillo de indias. Sin embargo, no es consecuente con  lo  que  enseña.  Le  impide  a  su  hijo  enamorarse,  pero él ama a su esposa. Le prohíbe la religión, pero él sigue algunas convicciones religiosas “por costumbre”. Esto hace que su hijo, en la madurez, le pierda el respeto e intente enfrentársele; cuando le dice que se ha enamorado el padre le contesta:</p>



<blockquote class="wp-block-quote is-layout-flow wp-block-quote-is-layout-flow">
<p>&#8211; ¿Y quién te ha mandado enamorarte &#8211;</p>



<p>-¿Quién? El amor, o si quieres el determinismo psíquico, ese que me has enseñado. </p>



<p>El padre,  tocado  en  lo  vivo  por  este  argumento,  ex-clama:</p>



<p>-¡El  amor!,  siempre  el  amor  atravesándose  en  las  grandes empresas&#8230; El amor es anti-pedagógico, an-ti-sociológico, anticientífico anti&#8230; todo. (152)</p>
</blockquote>



<p>Esto  lleva  a  reflexionar  sobre  cómo  la  imagen  del maestro influye en la formación de sus alumnos. El docente no debería tener un perfil autoritario que se  base  únicamente  en  las  relaciones  de  poder.  Esta  coerción no sería consecuente con la función educadora  de  la  que  se  ha  hablado  anteriormente,  puesto  que, la opresión no generaría el pensamiento crítico y creativo, y mucho menos educaría en valores a la persona. Los Lineamientos Curriculares de la Educación Ética y Valores Humanos problematizan esta práctica diciendo que:</p>



<blockquote class="wp-block-quote is-layout-flow wp-block-quote-is-layout-flow">
<p>El  autoritarismo,  el  trato  irrespetuoso,  las  prácticas  pedagógicas pasivas, la ausencia de un espíritu investigativo y científico, continúan siendo preocupación de todos los que estamos deseosos de lograr para el país una educación a tono con el espíritu de la época. (M.E.N. 61-62)</p>
</blockquote>



<p>La solución es clara: el maestro debe imponerse sobre sus estudiantes de una forma más significativa y acorde con los objetivos que plantea la reflexión sobre el quehacer pedagógico. A este respecto, José Manuel Franco, citando a Hinchey, dice:</p>



<blockquote class="wp-block-quote is-layout-flow wp-block-quote-is-layout-flow">
<p>Dos ideas claves para la enseñanza se han ido afianzando  desde  algún  tiempo:  la  primera  es  que  los  maestros  necesitan  asumir  su  liderazgo  si  se  quiere  que  los  esfuerzos  para  mejorar  la  educación  tengan  éxito;  la  segunda  es  que  los  maestros  deben  asumir  su liderazgo si la docencia aspira a ser aceptada como una profesión. (83-84)</p>
</blockquote>



<p>La  nueva  idea  de  sociedad  posmoderna  exige  una nueva manera de acercarse al alumno. La autoridad en el docente debilita; el liderazgo, por el contrario, fortalece los actos pedagógicos que se emprenden. Los  docentes  que  reflexionan  acerca  de  su  liderazgo  en la institución y en el aula con sus alumnos, además de ser creativos, inspiran, motivan, promueven el trabajo en equipo, etcétera. Todo esto desde la confianza y la credibilidad. La práctica pedagógica debería ejercerse desde el respeto y la credibilidad que el maestro les despierte a sus alumnos, y no desde la imposición tenaz de una calificación o una reprimenda. </p>



<p>Miguel de Unamuno se encargó de mostrarnos que  don  Avito  Carrascal  se  equivocó  al  querer  educar  a  su  hijo  sin  objetivos  sociales  específicos,  con  una  autoridad  sin  sentido,  sin  valores  comunitarios  e intentando separarlo de las emociones inherentes a la persona. Fracasa. </p>



<p>Hay  que  reflexionar  la  labor  docente  constantemente,  nutrirse  experiencias,  equivocarse,  estudiar,  investigar  para  que  no  tengamos  de  escuchar  la  lamentable  respuesta  de  Apolodoro,  hijo  de  don  Carrascal, cuando le dicen:</p>



<blockquote class="wp-block-quote is-layout-flow wp-block-quote-is-layout-flow">
<p>-Mira, Apolodoro, tú no estás bueno, tú tienes algo, algún mal interior del que ni tú mismo sospechas, y es menester que el médico te examine.</p>



<p>-Sí, ya te entiendo y sé lo que crees que tengo, pero es otra cosa; conozco mi enfermedad.</p>



<p>-Sí, el amor.</p>



<p>-No, la pedagogía. (154)</p>
</blockquote>



<p></p>



<p><strong>Referencias</strong></p>



<p>Bazán,  Domingo.  El  oficio  del  pedagogo.  Argentina:  Homo  Sapiens Ediciones Rosario, 2008. Impreso.</p>



<p>Delors, Jacques. “Hacia la educación para todos a los largo de toda la vida”. Hacia dónde se dirigen los valores. Ed. Jérôme Bindé. México: Fondo de Cultura Económica, 2010. Impreso.</p>



<p>Franco, José. “Habilidades de liderazgo de docentes de 11° de  un  Colegio  Privado  de  Bucaramanga,  Colombia,  medidas  por  el  inventario  de  prácticas  de  liderazgo  (lpi)”. Temas III.2 (2008). Web. 7 de enero de 2017.</p>



<p>&#8212;. “El saber pedagógico del maestro como fundamento de la acción creativa y formativa en el aula de clase”. Docencia universitaria II (2010). Web. 7 de enero de 2017.</p>



<p>M.E.N. Lineamientos  curriculares.  Educación  ética  y  valores  humanos. Bogotá: M.E.N, 1998. Impreso.</p>



<p>De Unamuno, Miguel. Amor y pedagogía. España: Vincens Vives, 2008. Impreso.</p>



<p>Vigotski, Lev. El desarrollo de los procesos psicológicos superiores. Barcelona: Editorial Crítica, 1999. Impreso.</p>



<p></p>
]]></content:encoded>
        <author>Jorge Eliécer Pacheco Gualdrón</author>
                    <category>Actualidad</category>
                    <category>Cultura</category>
                    <category>Hypomnémata</category>
                <guid isPermaLink="false">https://blogs.elespectador.com/?p=100819</guid>
        <pubDate>Wed, 15 May 2024 14:24:32 +0000</pubDate>
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                <media:description type="plain"><![CDATA[El maestro como guía: el poder transformador de la pedagogía]]></media:description>
                <media:credit role="author" scheme="urn:ebu">Jorge Eliécer Pacheco Gualdrón</media:credit>
            </media:content>
                            </item>
        <item>
        <title>100 años de La Vorágine: Las mentiras de Arturo Cova</title>
        <link>https://blogs.elespectador.com/actualidad/hypomnemata/100-anos-de-la-voragine-las-mentiras-de-arturo-cova/</link>
        <description><![CDATA[<p>Cómo leer una obra de la que, en apariencia, se ha dicho todo? ¿Cómo abordar una novela que ha madurado en cada nueva lectura desde la fecha de su publicación (1924)?</p>
]]></description>
        <content:encoded><![CDATA[
<blockquote class="wp-block-quote is-layout-flow wp-block-quote-is-layout-flow">
<p>La palabra ha sido concedida al hombre para que éste disfrace con ella su pensamiento.</p>
<cite><em>Malagrida</em><sup data-fn="06a4a0a3-664a-4ccf-b22a-03a3c36fc4e5" class="fn"><a id="06a4a0a3-664a-4ccf-b22a-03a3c36fc4e5-link" href="#06a4a0a3-664a-4ccf-b22a-03a3c36fc4e5">1</a></sup></cite></blockquote>



<p>Cómo leer una obra de la que, en apariencia, se ha dicho todo? ¿Cómo abordar una novela que ha madurado en cada nueva lectura desde la fecha de su publicación (1924)?<sup data-fn="f4762269-d312-4505-a72b-7478887aa830" class="fn"><a id="f4762269-d312-4505-a72b-7478887aa830-link" href="#f4762269-d312-4505-a72b-7478887aa830">2</a></sup> Desde esta perspectiva la lectura de la vorágine en el siglo XXI no es una tarea sencilla. Se corre el riesgo de no ahondar en su complejidad artística y seguir repitiendo las valoraciones de los críticos que nos preceden. Y desde luego empobrecer nuestra lectura.</p>



<p>Sin embargo, cuando se lee atentamente y se toman todas las consideraciones necesarias para comprenderla, es decir, analizando, en un primer momento, la novela sin necesidad de apreciaciones ajenas y comparando después nuestras reflexiones con las de los críticos; La vorágine del colombiano José Eustasio Rivera se convierte en una obra completa, brillante, llena de símbolos y de claves que la enriquecen y hacen que el lector formule infinidad de hipótesis a partir de cada elemento, por insignificante que parezca, que la novela le ofrezca.</p>



<p>Así pues, por ejemplo, no podría entenderse La vorágine sin saber cuáles son la razones por las que Arturo Cova, su narrador y escritor ficcional, la escribe, a quién, y cuándo. Esta clave la conoceremos ya terminando la historia: Arturo Cova escribe su texto para relatarle a su amigo Ramiro Estévanez su «Odisea» mientras están en las barracas del Guaracú, y es fundamental para entender a Cova como personaje, ya que podemos comprender el tono que usa y su intención primordial al escribir:</p>



<blockquote class="wp-block-quote is-layout-flow wp-block-quote-is-layout-flow">
<p>No ambiciono otro fin que el de emocionar a Ramiro Estévanez con el breviario de mis aventuras, confesándole por escrito el curso de mis pasiones y defectos, a ver si aprende a apreciar en mí lo que en él regateó el destino.</p>
</blockquote>



<p>A partir de esta afirmación que hace Arturo Cova es indiscutible que el interlocutor de su relato es Ramiro; es a él, en principio, a quien quiere relatarle sus vicisitudes, sorprendiéndolo con su relato. Pero no nos detengamos, podemos examinar más y descubrir cuál es la relación psicológica que Cova tiene con este personaje. Arturo Cova cuando lo ve recuerda el afecto que siente por él, manifiesta querer ser su hermano menor y muestra la importancia que Estévanez tiene en sus actos: </p>



<blockquote class="wp-block-quote is-layout-flow wp-block-quote-is-layout-flow">
<p>De tal suerte llegue a habituarme a comparar nuestros pareceres, que ya en todos mis actos me preocupaba una reflexión: ¿Qué pensará de esto mi amigo mental?</p>
</blockquote>



<p>Ahora bien, este sentimiento que une a Arturo Cova con Ramiro Estévanez se hace más significativo para entender la obra cuando, este último, en un primer momento se muestra «incólume ante la seducción de mis aventuras» (192) ante esto, Cova, para demostrar que lo que le ha pasado es aún más importante que el desamor y la pérdida de la mujer de Estévanez, afirma: </p>



<blockquote class="wp-block-quote is-layout-flow wp-block-quote-is-layout-flow">
<p>Quise tratarlo como a pupilo, desconociéndolo como a mentor, para demostrarle que los trabajos y decepciones me dieron más ciencia que los preceptores de filosofismo, y que las asperezas de mi carácter eran más a propósito para la lucha que la prudencia débil, la mansedumbre utópica y la bondad inane. </p>
</blockquote>



<p>Y más tarde:</p>



<blockquote class="wp-block-quote is-layout-flow wp-block-quote-is-layout-flow">
<p>Viéndolo inerme, inepto, desventurado, le esbocé con cierta insolencia mi situación para deslumbrarlo con mi audacia: –Hola, ¿no me preguntas qué vientos me empujan por estas selvas? –La energía sobrante, la búsqueda del Dorado, el atavismo de algún abuelo conquistador&#8230; –¡Me robé una mujer y me la robaron! ¡Vengo a matar al que la tenga!</p>
</blockquote>



<p>Cova menosprecia las circunstancias de la vida de su amigo para resaltar el valor de las propias, dándonos una vez más la clave para descifrar los excesos en su narración: </p>



<blockquote class="wp-block-quote is-layout-flow wp-block-quote-is-layout-flow">
<p>Su vida de comerciante en Ciudad Bolívar, de minero en no sé qué afluente del Caroní, de curandero en San Fernando del Atabapo, carece de relieve y de fascinación (…) En cambio, yo sí puedo enseñarle mis huellas en el camino, porque si son efímeras, al menos no se confunden con las demás. Y tras de mostrarlas quiero describirlas, con jactancia o con amargura, según la reacción que producen en mis recuerdos, ahora que las evoco bajo las barracas del Guaracú.</p>
</blockquote>



<p>Esta búsqueda de atención que busca Arturo Cova en Ramiro Estévanez, y la ostensible alabanza propia supeditan toda la narración de sus aventuras. El narrador en su afán de dar a su historia un tinte de majestuosidad y originalidad exagera los sucesos que acontecieron. Quizá la historia fue relatada para complacer a su amigo, lo que explicaría lo que dice Cova en la última parte de la novela, cuando la narración se lo peones, donde no nos conozcan ni persigan! ¡Con Alicia y nuestros amigos! ¡Esa varona es buena y yo la perdí! ¡Yo la salvaré! ¡No me reproches este propósito, este anhelo, esta decisión!</p>



<p>La única razón del posible reproche de Estévanez serían las incoherencias entre lo que narró Cova y lo que va a hacer ahora. Recuérdese que en el desarrollo de la historia Alicia era menospreciada, echada a menos. «Alicia me estorbaba como un grillete», dice Cova en las primeras páginas de su relato. Pero ahora, Arturo se decide a ir por ella asegurando que «Esa varona es buena».</p>



<p>¿Podríamos pensar, entonces, que Cova ha estado mintiendo y encareciendo su relato todo este tiempo? ¿Cómo podríamos averiguarlo si conocemos la historia únicamente por medio de su relato? Estos son algunos de los retos que propone Eustasio Rivera en su obra y que quedan a consideración del lector. El lector es aquí puesto a prueba: puede quedarse con la historia tal como la relata Arturo Cova, o puede pasearse, incrédulo, por la selva espesa, sopesando cada palabra, cada silencio y escudriñar qué hay más allá.</p>



<p>Esta reflexión, que no pasa de ser un primer acercamiento, es muy importante para comprender la obra. La vorágine aún despierta el interés en sus lectores y estoy seguro de que será analizada cada vez más desde diferentes puntos de vista. Es una novela completa, original y sugerente que debe ser leída y apreciada como el clásico que es</p>


<ol class="wp-block-footnotes"><li id="06a4a0a3-664a-4ccf-b22a-03a3c36fc4e5">Citado por Stendhal en <em>Rojo y Negro.</em> Libro I, capítulo XXII <a href="#06a4a0a3-664a-4ccf-b22a-03a3c36fc4e5-link" aria-label="Saltar a la referencia de la nota al pie 1">↩︎</a></li><li id="f4762269-d312-4505-a72b-7478887aa830">Su éxito fue instantáneo y ascendente. El New York Times la comentó con grandes elogios es su<br>sección de libros. Las ediciones se sucedieron incesantes y cuando Rivera murió en 1928, La<br>Vorágine ya había sido traducida a cerca de diez idiomas. Su aliento poético, el fuerte carácter de sus personajes, el halo de tragedia que los rodea y los consume, la perfección de la trama, hicieron de La Vorágine un hito literario y la situaron como una de las grandes novelas mundiales del Siglo XX.<br>SANTOS MOLANO, Enrique. La novela y los novelistas. En: Revista Credencial Historia. Bogotá. No. 31, Edición 203. (nov. 2006); p. 5 <a href="#f4762269-d312-4505-a72b-7478887aa830-link" aria-label="Saltar a la referencia de la nota al pie 2">↩︎</a></li></ol>]]></content:encoded>
        <author>Jorge Eliécer Pacheco Gualdrón</author>
                    <category>Cultura</category>
                    <category>El Magazín</category>
                    <category>Hypomnémata</category>
                <guid isPermaLink="false">https://blogs.elespectador.com/?p=100396</guid>
        <pubDate>Sat, 04 May 2024 18:00:40 +0000</pubDate>
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                <media:description type="plain"><![CDATA[100 años de La Vorágine: Las mentiras de Arturo Cova]]></media:description>
                <media:credit role="author" scheme="urn:ebu">Jorge Eliécer Pacheco Gualdrón</media:credit>
            </media:content>
                            </item>
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