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    <title>Blogs El Espectador</title>
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    <description>Blogs gratis y diarios en El Espectador</description>
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	<title>Juan Sebastián Jiménez, Bloguero de Blogs El Espectador</title>
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        <title>Minoría de edad</title>
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        <description><![CDATA[<p>Vivimos en una constante minoría de edad en la que actuamos como niños y tratamos al resto como a niños. Con la particularidad de que en cada caso tomamos de la infancia los aspectos que más nos convienen . Es decir: al actuar como niños, tomamos rasgos como el egocentrismo y la falta de responsabilidades; [&hellip;]</p>
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<p>Vivimos en una constante minoría de edad en la que actuamos como niños y tratamos al resto como a niños. Con la particularidad de que en cada caso tomamos de la infancia los aspectos que más nos convienen . Es decir: al actuar como niños, tomamos rasgos como el egocentrismo y la falta de responsabilidades; mientras que, al tratar al resto como a niños, nos enfocamos en infantilizar al otro. Es decir, actuamos como niños, pero, al tratar al resto, creemos ser los adultos de la relación. </p>



<p>Vivimos en un mundo en el que todo el mundo cree tener derecho a que se satisfagan todos sus deseos, pero sin un compromiso a cambio. Es lo que Anthony Giddens, en La Tercera Vía, llama derechos sin responsabilidades. Hablamos de un mundo en el que, por ejemplo, luchamos por el derecho a la educación, pero no nos educamos. Todo porque hemos asumido que los derechos no vienen con sus respectivos deberes y que, por eso, nadie nos puede decir qué hacer. Somos tan enteramente libres que, de nuevo, hemos caído en un infantilismo en el que nadie nos puede pedir contención porque a quien lo haga lo tildaremos de fascista. </p>



<p>Algo de eso se vio durante la pandemia. Sociedades como la colombiana se rajaron a la hora de quedarse en casa. Todo porque cada cual se sintió con el derecho de hacer lo que le diera la gana; porque las reglas eran para todos, excepto para uno mismo. Algo similar vemos con el cambio climático. Todos abogan por cambios para hacerle frente a la emergencia climática, pero nadie quiere tomar medidas por sí mismo. Que lo haga el resto. </p>



<p>Esta actitud se ha visto alimentada por un egocentrismo exacerbado, tan propio de un mundo colonizado por las redes sociales. Cada cual cree que es el centro del universo, porque su algoritmo así se lo dice. Entonces vamos por el mundo creyendo que este nos pertenece a nosotros y a nadie más y que, de nuevo, las reglas son para el resto y no para mí. </p>



<p>El problema es que, al darnos cuenta de nuestro error, preferimos la respuesta infantil a la respuesta adulta. Es decir, cuando nos damos cuenta de que no somos el centro del universo, tomamos el camino del ostracismo: huimos a nuestras responsabilidades y bloqueamos a todo aquel que ose recordárnoslas. O, en concordancia con los tiempos actuales, nos inventamos nuestro propio ismo en el que solo quepamos nosotros y todo aquel que piense igual que nosotros.</p>



<p>La explosión de ismos del siglo XXI no es sino la materialización de esa pretensión tan divina de hacer el mundo a nuestra imagen y semejanza. Jugamos a ser dioses, pero tarde que temprano nos damos cuenta de que es imposible. Ahí es que viene la segunda parte de la ecuación y es nuestra tendencia a tratar al resto como a niños. </p>



<p>Lo primero es que les negamos su derecho a hablar. Este siglo XXI es el siglo de los monólogos, sea reales o virtuales. Solo nos escuchamos a nosotros mismos, porque a los otros los invalidamos; los cancelamos, para usar un verbo más de esta época. </p>



<p>Luego viene la satanización. Para quitarle la palabra al otro, tenemos que primero despojarlo de su humanidad: el otro es malo, es cruel, es ignorante. Y, por ello, no solo hacemos bien negándole la palabra sino que debemos, además, negarle otros espacios, rechazar su existencia. </p>



<p>El problema es que, sin el otro, nos quedamos solos. Y ahí viene el malestar. Porque, como seres gregarios, tememos más a nuestra propia soledad que al otro. No obstante, el siglo XXI ha encontrado su propia solución: la inteligencia artificial. Es decir: una voz que nos complazca nuestros caprichos y nos haga sentir, de nuevo, que somos el centro del universo. No estamos muy lejos de un mundo en el que todos tengan una pareja artificial que les evite las dificultades de una pareja real; como en Her, la película en la que Joaquin Phoenix encarna a un escritor que se enamora perdidamente de una inteligencia artificial. </p>



<p>La inteligencia artificial es nuestro camino a una interminable minoría de edad, como la que Aldous Huxley denunciaba en Un Mundo Feliz. Todo porque no somos capaces de aceptar que madurar es, como diría Nicolás Gómez Dávila, &#8220;admitir que el mundo no está obligado a colmar nuestros anhelos&#8221;. </p>



<p></p>
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        <author>Juan Sebastián Jiménez</author>
                    <category>Sobrevivir a la Edad Media</category>
                <guid isPermaLink="false">https://blogs.elespectador.com/?p=100835</guid>
        <pubDate>Wed, 15 May 2024 15:38:26 +0000</pubDate>
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                <media:description type="plain"><![CDATA[Minoría de edad]]></media:description>
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        <item>
        <title>Temo a Temu</title>
        <link>https://blogs.elespectador.com/actualidad/sobrevivir-a-la-edad-media/temo-a-temu/</link>
        <description><![CDATA[<p>Una nueva integrante se ha sumado recientemente a la larga lista de empresas que llenan mis correos y mis redes sociales de spam -es decir: de contenido basura. Se trata de Temu, una firma de propiedad china, pero con sedes en Boston -Estados Unidos- y Dublín -Irlanda-. Temu, creada en 2022, vende productos de todo [&hellip;]</p>
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        <content:encoded><![CDATA[
<p>Una nueva integrante se ha sumado recientemente a la larga lista de empresas que llenan mis correos y mis redes sociales de spam -es decir: de contenido basura. Se trata de Temu, una firma de propiedad china, pero con sedes en Boston -Estados Unidos- y Dublín -Irlanda-. </p>



<p>Temu, creada en 2022, vende productos de todo tipo con precios cercanos al dumping. Su eslogan es diciente: &#8220;compra como un billonario&#8221;. Esto ha hecho de ella una digna rival de otras empresas de lo que podemos denominar el capitalismo basura. Como la también china Shein. </p>



<p>Se trata de un capitalismo en el que se produce de manera irracional y sin recabar en los costos medioambientales que esto conlleva. Shein, por ejemplo, ha inundado el mundo de prendas que van a terminar tarde que temprano en un mar ya terriblemente contaminado. Respecto a Temu, digamos que es muy temprano para dar un dictamen, pero todo apunta a un destino similar. </p>



<p>No obstante, de fondo, lo que más temo de empresas como Temu es que vende una idea nefasta y es la de &#8220;comprar como un billonario&#8221;. Vender una aspiración como esa es condenar a la tierra, ya que si todos actuáramos como los multimillonarios, el cambio climático sería aún peor de lo que ya es. </p>



<p>Los multimillonarios son los grandes protagonistas de la debacle climática. Claro, hay empresas que contaminan más que ellos. Lo obsceno es que haya personas que contaminen tanto ellas solas. En 2022 la cantante Taylor Swift contaminó -ella sola- tanto como 1.184 personas. Esto debido a un uso irracional de su avión privado, privilegio que habría que regular prontamente. </p>



<p>Y el problema es que, en vez de corregir a los multimillonarios, queremos ser como ellos. No se trata, por supuesto, de que una persona no pueda tener lujos. Pero es necesario poner en la balanza los derechos de las personas con los deberes que tenemos todos con el medioambiente. </p>



<p>Todo el mundo pareciera estar de acuerdo en que hay que tomar medidas ante el cambio climático, pero nadie está dispuesto a dar el primer paso. Nadie está dispuesto a renunciar a su hamburguesa, a su carro o a sus plásticos de un solo uso. Y el argumento facilista es que, al final, los cambios individuales no ayudan. Eso es cierto solo en la medida en la que nadie cambie, pero si muchos cambian sus hábitos, el cambio es más que posible. Si no fuera así, el cambio climático tampoco existiría. </p>



<p>Hay que empezar a controvertir esa filosofía tan propia del mundo actual en la que si usted le dice a una persona que no haga algo la persona le va a responder que es su plata y ella hace lo que quiera con su plata. La premisa puede ser cierta, pero, de nuevo, las consecuencias son nefastas. Eso sin mencionar lo que implicaría para la salud mental que todos terminemos convertidos en acumuladores compulsivos. </p>



<p>Sin embargo, soy incrédulo y pesimista. El ser humano ha llegado a una etapa casi infantil en la que lo quiere todo, de inmediato y barato. Y olvidamos que todo tiene una consecuencia medioambiental. Hasta este blog que escribo. Y, en ese sentido, el mundo tras la pandemia de Covid-19 se ha vuelto uno mucho más irracional, una suerte de apocalipsis en el que cada cual, llevado por el egocentrismo, trata de imponerle al resto su forma de vivir. </p>



<p>Si seguimos así, tendremos un mundo de multimillonarios con una salud desastrosa y una calidad de vida paupérrima. Sigo creyendo, no obstante, que eso es lo que quiere la mayoría de la gente: es su manera de evitar lo inevitable. Porque millonarios o no, al final, todos morimos. No hay dinero que prevenga la muerte. </p>



<p></p>
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        <author>Juan Sebastián Jiménez</author>
                    <category>Sobrevivir a la Edad Media</category>
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        <pubDate>Mon, 06 May 2024 22:20:26 +0000</pubDate>
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        <item>
        <title>Reinventarse</title>
        <link>https://blogs.elespectador.com/actualidad/sobrevivir-a-la-edad-media/reinventarse/</link>
        <description><![CDATA[<p>Decía Mario Mendoza que a veces nos parecemos demasiado a nosotros mismos y que, en esos momentos, era necesario reinventarse, &#8220;dejarse morir&#8221;. Hay reinvenciones afortunadas: Ernesto Sábato, por ejemplo, fue un reputado físico hasta que a los 32 años, producto de una crisis existencial tan propia de esa edad, decidió dedicarse a la escritura con [&hellip;]</p>
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        <content:encoded><![CDATA[
<p> </p>



<p>Decía Mario Mendoza que a veces nos parecemos demasiado a nosotros mismos y que, en esos momentos, era necesario reinventarse, &#8220;dejarse morir&#8221;. </p>



<p>Hay reinvenciones afortunadas: Ernesto Sábato, por ejemplo, fue un reputado físico hasta que a los 32 años, producto de una crisis existencial tan propia de esa edad, decidió dedicarse a la escritura con maravillosos resultados. </p>



<p>Su coterránea Juana Molina es otro ejemplo. Molina fue durante muchos años una afamada humorista hasta que decidió dedicarse a la música, campo en el que ha sido tanto o más exitosa. </p>



<p>Hay, en cambio, reinvenciones desastrosas. En Colombia tenemos varios casos.</p>



<p>María Isabel Urrutia, por ejemplo, pasó de ser la primera medalla de oro en la historia de Colombia a convertirse en una cuestionada ministra, más cerca de la pena que de la gloria. </p>



<p>Sea como sea, la historia está plagada de personas que se han reinventado. Y hablo de esto porque yo mismo siento que ha llegado mi momento de reinventarme. Me explico:</p>



<p>Desde hace 10 años soy profesor. Mi carrera como docente se inició, precisamente, como producto de una reinvención y es que a los 25 años -y tras haber obtenido el Premio Nacional de Periodismo Simón Bolívar por un trabajo que hicimos con las insuperables Diana Durán y Viviana Londoño- sentí que era el momento de hacer algo más y así se lo expresé a mi querida Silvia Montaña, quien había sido mi profesora en la Universidad Javeriana. </p>



<p>Fue ella quien me incentivó a entrar a la academia y así lo hice en enero de 2014, cuando fui contratado como profesor en la Universidad Externado de Colombia. Allí pasé años irreemplazables. Años de muchas alegrías y unas cuantas tristezas. Tres años después ingresé a la que ha sido mi casa desde entonces: la Pontificia Universidad Javeriana. </p>



<p>Sin embargo, este año, al cumplir una década como profesor, he sentido que es necesario un cambio. Ya dictar clase no es lo mismo. Los mismos problemas de hace 10 años empiezan a agravarse. Cada vez es más difícil lograr que los estudiantes se concentren y ni qué decir de hacer que se comprometan. El nivel, en general, es cada vez peor y yo mismo ya no soy feliz. </p>



<p>Por ello he decidido que el próximo semestre será mi último semestre como profesor de pregrado. Esto no significa que me desligue de la academia. Se trata únicamente de un viraje. Pero en el horizonte se avizoran nuevos caminos, nuevas oportunidades para reinventarme.  </p>



<p>Aprovechando este momento, voy a darles en esta entrada consejos sobre cómo reinventarse. </p>



<p>Lo primero es el momento. No se trata solamente de reinventarse en el momento en que uno ya no es feliz. Esto porque muchas veces tenemos malos días sin que ello implique un desasosiego, digamos, estructural. La reinvención no es una decisión impulsiva. No podemos ir renunciando por el simple hecho de una molestia temporal. </p>



<p>De hecho, si la infelicidad fuera el único criterio, perderíamos de vista que a veces la necesidad de reinventarse surge, precisamente, de que hemos llegado a tal confort que nos hemos estancado. </p>



<p>Digo, entonces, que la reinvención ha de sentirse, literalmente, como un cambio de época; se trata de dejar una etapa atrás y, para saber cuándo hacerlo, hay que estar muy atentos a las señales que la vida nos da. Un buen indicador, por ejemplo, es si sentimos que el lugar en el que estamos empieza a quedarnos chiquito. </p>



<p>La vida se trata, inevitablemente, de crecer. Querámoslo o no, estamos constantemente evolucionando -o involucionando- y esos cambios nos hacen sentir que estamos en el lugar correcto o en el equivocado. No hay que tenerle miedo a reconocer que es necesario cambiar. De nuevo, la vida misma se trata de quemar etapas: nos graduamos del colegio y ya luego no volvemos a él y así pasa luego con la universidad o con algunos trabajos. Es natural.</p>



<p>Otro buen indicador es la gente que nos rodea. A veces no es solo que el lugar en el que estamos empieza a quedarnos chiquito. Pasa también que las personas a nuestro alrededor no están en sintonía con el momento que estamos viviendo y eso nos indica que, quizás, debemos dejarlas atrás. Reinventarse es también renovar amistades. </p>



<p>En mi caso, ha habido momentos en los que he sentido la necesidad de renunciar a un trabajo, cuando, al levantar la cabeza, no veo a nadie con quien me sienta cómodo. </p>



<p>Y el último indicador de que las condiciones están dadas para reinventarse es el tiempo. Personalmente, no me gusta durar en un trabajo más de 7 años; en El Espectador duré 6 años; en el Externado otros 7 años, y ahora en la Universidad Javeriana estoy cerca de cumplir 7 años. Soy un fiel creyente de que los tiempos de dios son perfectos y de que, en ese sentido, las etapas también sus tiempos. </p>



<p>De las pocas cosas buenas de estas nuevas generaciones es que no se casan con un mismo trabajo como lo hacían sus padres y abuelos. El problema es que han caído en el exceso de no durar en ningún trabajo. </p>



<p>Ahora, ya identificado el momento adecuado, viene la reinvención.</p>



<p>Lo primero es no improvisar. No se trata de dar saltos al vacío. Es como con el desempleo. Cuando no se tiene empleo, conseguir uno debe verse como un trabajo en sí mismo. En ese mismo sentido, reinventarse no es igual a empezar de cero. Ese es un error común. Lo que hay que hacer es planear muy bien la reinvención. ¿En quién me quiero convertir? ¿A dónde quiero llegar? De nuevo: cerrar una etapa no es igual a abrir una nueva. </p>



<p>Una buena idea es hacer un plan a corto, mediano y largo plazo; es decir: a un semestre, a un año y a cinco años. Y ese plan debe incluir los mismos elementos que nos llevaron a reinventarnos: el lugar donde quiero estar, las personas con las que quiero estar y el tiempo que quiero durar en esa nueva etapa. Puede que ninguno de estos ítems se cumpla a cabalidad, pero visualizarnos nos ayuda a ubicarnos y nos permite replantearnos en el camino. Sin un norte, corremos el riesgo de perdernos irremediablemente. </p>



<p>Ahora, un buen plan debe funcionar, precisamente, como una solución a lo que nos hizo plantearnos la necesidad de reinventarnos. De nada sirve volver a cometer los mismos errores. En ese sentido, vale la pena preguntarnos ¿qué no nos gustaba de nuestra vida anterior? pero, también, ¿qué sí nos gustaba? No se trata, de nuevo, de hacer borrón y cuenta nueva. Así no funciona. </p>



<p>Pero, aún más importante, vale la pena preguntarse qué dejé de hacer en esa vida anterior que hubiese querido hacer. Una reinvención es también una forma de volver a los orígenes a recuperar las ilusiones que hemos engavetado. Reinventarnos es darnos una nueva oportunidad.</p>



<p>Finalmente, para que una reinvención sea lo mejor posible, debemos tener mucha paciencia y mucha autocompasión. No se trata de juzgarnos porque, al juzgarnos, podemos caer en la tentación de querer volver atrás en el tiempo, creyendo esa gran mentira de que todo tiempo pasado fue mejor. </p>



<p></p>



<p></p>



<p></p>



<p> </p>



<p></p>
]]></content:encoded>
        <author>Juan Sebastián Jiménez</author>
                    <category>Sobrevivir a la Edad Media</category>
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        <pubDate>Wed, 01 May 2024 00:25:28 +0000</pubDate>
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        <item>
        <title>El cuerpo no miente</title>
        <link>https://blogs.elespectador.com/actualidad/sobrevivir-a-la-edad-media/el-cuerpo-no-miente/</link>
        <description><![CDATA[<p>Nos gusta mentir y nos gusta que nos mientan. Pero hay, al final, alguien a quien no podemos mentirle: a nuestro propio cuerpo. En otras entradas he hablado sobre la importancia de tenerse a uno mismo como maestro, en vez de descargar esa responsabilidad en los libros de autoayuda. Ahora, en esta entrada, hablaré de [&hellip;]</p>
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        <content:encoded><![CDATA[
<p>Nos gusta mentir y nos gusta que nos mientan. Pero hay, al final, alguien a quien no podemos mentirle: a nuestro propio cuerpo. En otras entradas he hablado sobre la importancia de tenerse a uno mismo como maestro, en vez de descargar esa responsabilidad en los libros de autoayuda. Ahora, en esta entrada, hablaré de la importancia de escucharnos a nosotros mismos. </p>



<p>Lo primero es que escucharnos es una tarea complicada, aunque pareciera fácil. Vivimos en un mundo lleno de ruido; caminar por Bogotá, por ejemplo, es exponerse a una contaminación auditiva impresionante; eso sin mencionar nuestro ruido interno, las fluctuaciones de la mente. Todo esto hace que escucharnos a nosotros mismos sea tan difícil. Pero hay formas, digamos, sencillas de escucharnos.  </p>



<p>Una de ellas, quizás la más clara, es el dolor. El dolor es un recordatorio constante; es un mensaje que no necesariamente pasa por las palabras (a veces uno ni siquiera es capaz de explicar lo que le duele) y que normalmente es cierto; es decir, no encubre una mentira, como puede ocurrir con las palabras. Recordemos a Umberto Eco para quien el lenguaje es todo aquello que nos permite mentir. En ese sentido, aunque podemos mentir con el cuerpo, no es tan fácil mentirle al cuerpo. </p>



<p>El dolor es una señal de alerta que no podemos desatender porque -valga la tautología- nos va a doler más. Claro, podemos hacer el intento; podemos engañarnos a nosotros mismos. Y a veces es hasta necesario hacerlo. Piénsese, por ejemplo, en los pacientes terminales que recurren al cannabis para enmascarar su dolor; otros, en cambio, recurren a otras sustancias -como el alcohol- para enfrentarse a otro tipo de dolores. Pero, querámoslo o no, el dolor siempre va a estar ahí.</p>



<p>Hay que lamentar en ese sentido que vivamos en una época tan obsesionada con negar el dolor. Hacemos todo para que la vida no duela; como si pudiéramos hacer de ella una suerte de leche deslactosada o de café descafeinado. Perdemos de vista que, sin dolor, no tendríamos cómo identificar lo que es bueno y lo que es malo para nuestro propio cuerpo. </p>



<p>Y en ese camino para negar el dolor hemos llegado a causarnos más dolor. Piensen, por ejemplo, en la crisis de los opiáceos en los Estados Unidos, causada por el afán de las farmacéuticas de que el mundo entero se atiborrara con sus pastillas para el dolor. </p>



<p>El dolor -hay que recordarlo- es parte esencial de lo que somos. De hecho, no sentir dolor es más bien producto de mutaciones genéticas; como, por ejemplo, la de Jo Cameron, una escocesa que no siente dolor ni ansiedad debido a una mutación y cuyo caso abre las puertas a un futuro mundo sin dolor. Uno que, de nuevo, nos llevaría rápidamente a los excesos y a una mayor degradación. No es descabellado, por ejemplo, ver al calentamiento global como un caso de dolor a nivel planetario. Uno al que nos empecinamos en negar. </p>



<p>Al final, un mundo sin dolor no es algo deseable. En mi propio caso, ha sido el dolor el que me ha permitido transformarme. Me explico:</p>



<p>Después de la pandemia empecé a tener problemas de sueño: me levantaba temprano en la mañana y ya no me podía dormir. Hice de todo -yoga, ejercicio, más ejercicio, ir al siquiatra, etcétera- y aunque en un momento lamenté mi suerte -el típico por qué me pasa esto a mí-, llegué a entender que ese dolor me había obligado a dejar atrás mi zona de confort y a embarcarme en prácticas mucho más sanas.</p>



<p>Ahora cada que duermo mal, siento que es el cuerpo avisándome que me estoy desviando del camino y que debo volver. Es decir, podría lamentarme de mi cuerpo que ya no es el de un veinteañero, pero he optado por escucharlo; ojo: eso no significa acolitarle todo lo que me dice; es ahí donde entra la conciencia, que es la que puede discriminar qué tomar del mensaje que me está dando mi cuerpo y qué no. Por eso mismo, no se trata de romantizar el dolor o de volverse adicto al dolor, que es algo cada vez más común. No. Se trata, de nuevo, de escuchar lo que este nos quiere decir.</p>



<p>En este momento, el dolor ha aparecido una vez más para decirme fuerte y claro que debo enfocarme. Me han empezado a doler los dedos y otras partes del cuerpo y temo que pueda ser una hipertensión. No he ido al médico -debería, yo sé- porque no he tenido el tiempo suficiente. (Por eso mismo publico esta entrada un miércoles y no un lunes, como es habitual). </p>



<p>Sin embargo, sin ser yo un médico, hay partes del mensaje que puedo entender. Por ejemplo: que estoy fumando mucho, que estoy comiendo mal y que soy presa del sedentarismo. Todos esos son comportamientos que debo cambiar y que no cambiaría si no fuera por el dolor que siento. Porque, como se lo escuché alguna vez a alguien, las drogas son drogas porque son ricas; de la misma forma, los comportamientos poco saludables son comunes porque tienen una cierta carga de placer. </p>



<p>Hay que agradecer, entonces, que tenemos un cuerpo que puede sentir dolor y una conciencia que sabe qué hacer cuando el dolor aparece. Debemos dejar de quejarnos de que nuestros cuerpos ya no sean tan capaces; el tiempo pasa para todos. Pero lo peor que podemos hacer es seguir por la vida como si ese dolor no existiera. No, ahí está, míralo y escúchalo: tiene algo que decirte. </p>



<p> </p>
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        <author>Juan Sebastián Jiménez</author>
                    <category>Sobrevivir a la Edad Media</category>
                <guid isPermaLink="false">https://blogs.elespectador.com/?p=99892</guid>
        <pubDate>Wed, 24 Apr 2024 15:53:37 +0000</pubDate>
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                <media:credit role="author" scheme="urn:ebu">Juan Sebastián Jiménez</media:credit>
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        <title>Confusión floral</title>
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        <description><![CDATA[<p>A veces confundimos margaritas y girasoles. Me explico: a las primeras las asociamos con la inseguridad. Las deshojamos para que sean ellas las que nos digan qué hacer -o para saber si la persona amada nos quiere o no nos quiere-.  Los girasoles, en cambio, representan la concentración: la habilidad de enfocarnos en un solo [&hellip;]</p>
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        <content:encoded><![CDATA[<p>A veces confundimos margaritas y girasoles. Me explico: a las primeras las asociamos con la inseguridad. Las deshojamos para que sean ellas las que nos digan qué hacer -o para saber si la persona amada nos quiere o no nos quiere-.  Los girasoles, en cambio, representan la concentración: la habilidad de enfocarnos en un solo punto; en su caso, en el más brillante; sea este el sol u otros girasoles.</p>
<p>Y digo que confundimos margaritas y girasoles porque vivimos en una época en la que hemos romantizado a la ansiedad, a tal punto que nos identificamos con ella. Como si la ansiedad fuera una parte esencial de la naturaleza humana, cuando no es así.</p>
<p>Antes de desarrollar mi tesis, explico el origen de la metáfora que, por supuesto, no es mía. Se la debo a la Irepelusa, una cantante venezolana que se ha convertido en mi guía espiritual. En una de sus canciones, de nombre Girasoles, Irepelusa nos invita a que, entre margaritas, busquemos girasoles, &#8220;que mantengan encendidos los faroles&#8221;. Aunque en su caso hace referencia a la inseguridad que viene tras un rompimiento amoroso, me parece un mensaje perfecto para que dejemos de romantizar la ansiedad.</p>
<p>Desde una perspectiva mucho más filosófica, se trata de dejar de identificarnos con las fluctuaciones de la mente. Ese es el mensaje que nos da Patanjali, autor de los yoga sutras, una de las primeras obras sobre el yoga. Las fluctuaciones de la mente son, hasta cierto punto, inevitables. No obstante, no tenemos que identificarnos con ellas; en ese sentido, no somos las dudas que albergamos; estas no nos representan.</p>
<p>Ahora, desde un punto de vista científico, el cerebro no está diseñado para lo que hemos llamado -pomposamente- <em>multitasking</em>.</p>
<p>De hecho, el <em>multitasking &#8211;</em>la supuesta habilidad de hacer varias cosas a la vez- afecta al cerebro de distintas maneras. La primera es obvia: al realizar varias tareas a la vez, el cerebro se estresa y, al final, no hace ninguna bien. Hay estudios que muestran, por ejemplo, el riesgo de conducir un auto y chatear a la vez.  El problema es que confundimos la capacidad que tiene el cerebro de pasar de una tarea a otra -su habilidad para cambiar de foco- con el multitasking, cuando ambas habilidades no son iguales.</p>
<p>Al final, el cerebro solo puede enfocarse en una tarea. Sobre todo, porque, al realizar varias tareas a la vez, estas compiten entre sí por la atención de una misma región del cerebro: la corteza prefrontal anterior. Y esto hace que, en el mejor de los casos, hagamos todas las tareas a medias. Es decir: entre más tareas hagamos, menos eficientes seremos.</p>
<p>Una segunda consecuencia tiene que ver con la memoria. Cada tarea deja una huella en nuestra memoria y esta se almacena en distintas partes del cerebro, dependiendo de su naturaleza. Cuando hacemos varias tareas a la vez, confundimos al cerebro, lo que dificulta que recordemos apropiadamente. Esto redunda, a su vez, en un aprendizaje menos eficiente y en confusiones.</p>
<p>Y, finalmente, el <em>multitasking</em> agota al cerebro y, por eso mismo, nos deja extenuados. Valga la pena recordar que aunque el cerebro representa apenas una pequeña parte de nuestro peso corporal, es uno de los órganos que más energía consume, llevándose hasta una cuarta parte de nuestro combustible. No es gratuito que en este mundo obsesionado con la productividad nos hayamos convertido en la sociedad del cansancio, como la bautizara el filósofo Byung-Chul Han. Como diría Facundo Cabral, &#8220;no estás deprimido, estás distraído&#8221;.</p>
<p>Hay que lamentar, en ese sentido, que a las nuevas generaciones les estemos transmitiendo nuestra ansiedad, inculcándoles ese afán por producir, esa idea de que &#8220;el tiempo perdido los santos lo lloran&#8221;. ¿Qué es, a fin de cuentas, perder el tiempo? ¿Acaso no dormir por andar pensando en el trabajo es una forma adecuada de pasar el tiempo?</p>
<p>Quizás valga la pena dejar de pasarnos la vida deshojando margaritas -las margaritas que cada uno tenga: laborales, familiares, amorosas- y tratar de ser como los girasoles: concentrados en un único punto.</p>
<p>Desde una perspectiva religiosa -aclaro que soy ateo, como si fuera necesario aclararlo-, dejarle nuestras preocupaciones a la divinidad, ser como los girasoles y voltear nuestra cara al sol, es entender que hay algo superior a nosotros, algo más sabio, y que, como diría Gustavo Cerati, saber decir adiós -es decir: dejar de identificarnos con nuestras fluctuaciones y dejárselas, en cambio, a dios, a lo que uno entienda por dios- &#8220;es crecer&#8221;.</p>
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        <author>Juan Sebastián Jiménez</author>
                    <category>Sobrevivir a la Edad Media</category>
                <guid isPermaLink="false">https://blogs.elespectador.com/?p=99051</guid>
        <pubDate>Mon, 15 Apr 2024 18:13:06 +0000</pubDate>
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                <media:description type="plain"><![CDATA[Confusión floral]]></media:description>
                <media:credit role="author" scheme="urn:ebu">Juan Sebastián Jiménez</media:credit>
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        <item>
        <title>Nos amamos demasiado</title>
        <link>https://blogs.elespectador.com/actualidad/sobrevivir-a-la-edad-media/nos-amamos-demasiado/</link>
        <description><![CDATA[<p>En Simbología del Espíritu el psiquiatra austriaco Carl Gustav Jung nos presenta a Satanás como la sombra de Dios. Antes que su enemigo, Satanás es el lado oscuro de Dios, quien lo tienta a hacer el mal. Esto es evidente, por ejemplo, en Job. En este libro Dios pone a prueba la fe de Job [&hellip;]</p>
]]></description>
        <content:encoded><![CDATA[<p>En <em>Simbología del Espíritu</em> el psiquiatra austriaco Carl Gustav Jung nos presenta a Satanás como la sombra de Dios. Antes que su enemigo, Satanás es el lado oscuro de Dios, quien lo tienta a hacer el mal. Esto es evidente, por ejemplo, en Job. En este libro Dios pone a prueba la fe de Job haciendo su vida imposible. Luego, al comprobar que esta es inquebrantable, Dios justifica su arbitrariedad culpando a Satanás por haberlo tentado. Como quien culpa al alcohol de su mal comportamiento.</p>
<p>En momentos en los que nos amamos demasiado, en los que nos dedicamos a construir altares para nosotros mismos, vale la pena abrazar nuestro Satanás. Es decir: reconocernos como humanos nos lleva a reconocernos como seres falibles. En <em>El Señor Pip</em>, de Lloyd Jones, uno de los personajes lo resume de la siguiente manera: &#8220;Conocemos al demonio porque nos conocemos a nosotros mismos ¿Y cómo conocemos a Dios? Conocemos a Dios porque nos conocemos a nosotros mismos?&#8221;.</p>
<p>El autoconocimiento es esencial para el crecimiento personal. Fundamentalmente porque el autoconocimiento nos permite abrazar nuestros errores. Esto es algo en lo que muchos han hecho énfasis. El anarquismo, por ejemplo, al no reconocer ni súbditos ni soberanos, plantea que es el individuo el que debe guiarse a sí mismo -su propio gurú, para usar un término del hinduismo, tan en boga hoy en día.</p>
<p>Uno de los grandes problemas de los libros de autoayuda es que plantean una serie de recetas que, en teoría, sirven a todos por igual. Pero he ahí el equívoco: que no somos iguales y que lo que sirve para uno no necesariamente sirve para el otro. La mejor forma de enfrentarse a esta maraña de recomendaciones es, de nuevo, mediante el autoconocimiento.</p>
<p>Porque al conocerse a uno mismo uno sabe lo que le funciona y lo que no y deja de copiar a otros -lo que lo lleva de manera inevitable al fracaso. Pero, de la misma forma, al verse a uno mismo como su maestro, puede convertirse, a su vez, en su propio juez.</p>
<p>No se trata, por supuesto, de hacer de uno mismo un juez autocomplaciente que aplauda todo lo que uno hace. Todo lo contrario: al escapar del escrutinio público para abrazar, en cambio, el juicio propio, huimos, a su vez, del comité de aplausos en el que se ha convertido la sociedad.</p>
<p>A nosotros no podemos mentirnos. Y, si lo intentáramos, sabríamos que nos estamos mintiendo. Porque uno puede mentirle a todo el mundo: a su pareja, a su familia, a todo el mundo. Pero si hay una verdad, esa es la verdad del cuerpo. El cuerpo, en su sabiduría, nos dice sin aspavientos lo que está bien y lo que está mal. El cuerpo no nos miente.</p>
<p>Es por ello que hoy en día es tan difícil estar solo: porque sabemos que no podemos mentirnos y somos incapaces de asumir la verdad. Lo que hacemos entonces es pagarle a otros -amigos, siquiatras, terapeutas, instructores de yoga- para que nos digan la verdad que no queremos escuchar.</p>
<p>Pero el autoconocimiento, aunque difícil, tiene muchos beneficios. Al conocernos y al escucharnos con juicio, renunciamos a la autocomplacencia. Y este, además, hace mucho más eficientes nuestras vidas ya que perdemos mucho menos tiempo en hacer cosas que sabemos que no queremos hacer y que hacemos por el hecho de agradar a otros.</p>
<p>Si queremos entender el autoconocimiento desde una visión científica, podemos hablar de la propiocepción: la capacidad de percibirnos a nosotros mismos. He ahí un ejercicio que les dejo: escuchar su corazón. No se trata, por supuesto, de un ejercicio espiritual -aunque pudiera serlo.</p>
<p>Se trata de un reto real que parte, a su vez, de un hecho comprobable: que, en el día a día, somos incapaces de escuchar los latidos de nuestro corazón. Solo lo hacemos cuando estos son demasiado evidentes. Por ejemplo: al correr por un largo tiempo.</p>
<p>Pero, en reposo, somos incapaces de escucharnos. Quizás valga la pena intentarlo. Este puede ser, en ese sentido, un primer paso hacia el autoconocimiento.</p>
<p>Luego podemos seguir con nuestra respiración -respirando de manera consciente- o con nuestros músculos -tensándolos y distendiéndolos a voluntad.</p>
<p>En el mundo hay mucho ruido. Yo, por ejemplo, escucho <em>Vampire Weekend</em>, una de mis bandas preferidas, mientras escribo esta entrada. Voy a parar la reproducción y a escucharme a mí mismo, sin importar qué tan difícil sea la conversación que entable conmigo mismo.</p>
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        <author>Juan Sebastián Jiménez</author>
                    <category>Sobrevivir a la Edad Media</category>
                <guid isPermaLink="false">https://blogs.elespectador.com/?p=98980</guid>
        <pubDate>Mon, 08 Apr 2024 19:08:33 +0000</pubDate>
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                <media:description type="plain"><![CDATA[Nos amamos demasiado]]></media:description>
                <media:credit role="author" scheme="urn:ebu">Juan Sebastián Jiménez</media:credit>
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        <title>El arte de no hacer nada</title>
        <link>https://blogs.elespectador.com/actualidad/sobrevivir-a-la-edad-media/arte-no-nada/</link>
        <description><![CDATA[<p>Nala murió. Su cáncer era demasiado agresivo y acabó con ella en muy poco tiempo. Fue necesaria la eutanasia y tuve que ser yo el que me encargara de todos los trámites. Fui yo quien estuvo con ella en sus últimos momentos en los que ya no era ni la sombra de lo que fue. [&hellip;]</p>
]]></description>
        <content:encoded><![CDATA[<p>Nala murió. Su cáncer era demasiado agresivo y acabó con ella en muy poco tiempo. Fue necesaria la eutanasia y tuve que ser yo el que me encargara de todos los trámites. Fui yo quien estuvo con ella en sus últimos momentos en los que ya no era ni la sombra de lo que fue. Y fui yo quien me equivoqué.</p>
<p>Me equivoqué. Debo reconocerlo.</p>
<p>Romanticé la enfermedad de Nala y creí que el hecho de que siguiera viva era prueba de que ella tenía un propósito más grande. Pero no. Su único propósito era descansar y yo pospuse su descanso creyendo que Nala quería ver a mi mamá, su verdadera dueña, antes de morir. Pero no. Mi mamá no alcanzó a llegar antes de que su compañera de siestas muriera. Y luego, hablando con ella, entendí que ella tampoco quería verla en ese estado. Y yo, sin embargo, estaba empecinado en que se vieran por última vez.</p>
<p>Eso nos pasa con los propósitos: los confundimos y nos engañamos a la hora de entender las motivaciones ajenas. Es en ese momento en el que caemos en espejismos. A veces el verdadero propósito del otro es no hacer nada y ya.</p>
<p>Quería entonces hablarles del arte de no hacer nada. Si en la entrada anterior &#8211; la del 25 de marzo- les hablé de la importancia de tener un propósito, en esta ocasión quisiera reivindicar que no hacer nada también es un propósito loable. Valga recordar la definición que da la RAE de propósito como &#8220;ánimo o intención de hacer o de no hacer algo&#8221;.</p>
<p>Pero ¿cómo hacer para no hacer nada?</p>
<p>Varios autores se han quejado del afán productivista de nuestros tiempos. Byung-Chul Han, por ejemplo, nos habla de cómo este afán de autoexplotarnos nos ha llevado al cansancio. Somos la sociedad del cansancio.</p>
<p>No obstante, no hay tanta literatura sobre el arte de no hacer nada, más allá de algunos textos sueltos. Hay uno maravilloso al que su autor, Paul Lafargue, le puso el sugerente título de Elogio de la pereza. En él se da una de las primeras defensas de una sociedad postrabajo en la que la gente trabaje tan poco como sea necesario y, en cambio, dedique su vida a cosas que le apasionen más que el estar en una oficina cumpliendo órdenes.</p>
<p>A Lafargue le han seguido otros autores que han puesto en el centro del debate al trabajo como una imposición cruel. Les recomiendo, sobre todo, a David Graeber. Pero no necesitamos de autores para comprender, como lo dice la canción, que el trabajo lo hizo dios como castigo.</p>
<p>Sin embargo, estos autores no llegan hasta el punto de decirnos qué hacer con nuestro tiempo libre cuando dejemos de trabajar. Es decir: una suerte de estrategia para lo que llamo el síndrome del pensionado, que es lo que le pasa a las personas que llevan 20, 30, 40 años trabajando en una misma empresa y, al jubilarse, no saben qué hacer con sus vidas y entran en depresión.</p>
<p>Yo a mi corta edad, y gracias a la divina providencia, tengo algunos consejos sobre qué hacer cuando el tiempo libre es excesivo; es decir: el arte de no hacer nada.</p>
<p>Primero les explico mi situación. Por cosas del destino llevo tres años trabajando apenas 4 horas a la semana y ni siquiera trabajo los 12 meses del año. Apenas trabajo 8. En total, trabajo 128 horas al año. Eso es tanto como si trabajara solo 16 días de 8 horas de trabajo cada uno. O como si trabajara apenas 25 minutos al día durante todo el año. En resumen: trabajo muy poco.</p>
<p>Y aunque eso es una bendición, y es algo que agradezco a diario, llega un punto en que me enloquece. No tener ni jefe ni oficina ni un horario esclavizante me ha expuesto a mucho aburrimiento. Pero el aburrimiento es la clave de la creatividad. Es la llave de la cerradura.</p>
<p>Por lo menos, eso ha sido para mí.</p>
<p>Tanto tiempo libre me ha permitido explorar otros propósitos no productivos, aunque determinantes. Y creo que esos elementos me han permitido entender qué debería tener un propósito para que sea tan efectivo como sea posible.</p>
<p>Lo primero que todo es que un propósito no se satisface consumiendo bienes. No es lo mismo comprarse una cicla a usarla. Por ello no es ciclista quien paga $20, $30, $40 millones por su Specialized; es ciclista quien usa la cicla, sin importar su costo.</p>
<p>Esto lo digo porque vivimos en una época en la que confundimos pagar el gimnasio con ir al gimnasio. Y eso ha hecho que nos quedemos en la primera parte del propósito que es adquirir los elementos que necesitamos para cumplirlo.</p>
<p>Yo abogo en ese sentido por propósitos que se satisfagan sin mayores costos.</p>
<p>El ejercicio es maravilloso en ese sentido. Por ejemplo: para correr una media maratón solo se necesita mucha disciplina y unos buenos tenis -que no tienen que ser de $900.000, unos de $300.000 son más que suficientes.</p>
<p>Acá en La Soledad son muchas las personas que salen a trotar y se ha ido generando una suerte de comunidad, que es otro rasgo de los propósitos bien encaminados: la capacidad de unir gente.</p>
<p>Pensando en esa idea de comunidad. La segunda recomendación es esa: que al elegir un propósito se piense en objetivos que me unan a otras personas. Ojo, no se trata de que el objetivo dependa exclusivamente de la otra persona -casarse, por ejemplo-, sino de que al cumplir el objetivo pueda compartir con otras personas que estén en un camino similar.</p>
<p>Y hago hincapié en la palabra camino porque en ella se basa mi tercera recomendación: que el propósito que elijamos constituya un camino. &#8220;Amar la trama más que el desenlace&#8221;, diría Jorge Drexler.</p>
<p>Ahora, pueden estas recomendaciones ayudarnos también a no hacer nada. Sí, por supuesto que sí. A hacer nada lo hemos confundido con la total quietud, con sentarse y nada más. No significa que sentarse y ya no sea hacer nada, significa que hacer nada puede tener otras muchas presentaciones. A mí la que más me gusta es caminar.</p>
<p>Evaluémoslo:</p>
<p>Caminar es una actividad barata. Claro, esta ciudad ha cercenado el espacio público, hasta el punto de que hay lugares por donde no se puede transitar. Pero hay que agradecer que todos los males de esta ciudad no han acabado con el Septimazo: el plan de caminar por la Séptima sin mayores pretensiones.</p>
<p>Puede parecer que es algo que solo hacemos en Bogotá. Pero esa misma actividad la he visto en la Ciudad de México, donde en vez de 7a tienen el Paseo de la Reforma. O en Buenos Aires, donde tienen la Avenida Corrientes.</p>
<p>Ahora, caminar es algo que podemos hacer con otras personas. El adagio dice que si quieres llegar rápido es mejor ir solo, pero si quieres llegar lejos es mejor ir acompañado. Ojalá lleguemos muy lejos porque de esa forma cumplimos con el tercer indicador: que el propósito que estemos tratando de cumplir nos lleve por un camino, por una senda.</p>
<p>Pero caminar es apenas uno de los ejemplos. Hay muchos otros. Hablar, por ejemplo, no requiere de mayores costos, lo podemos hacer con otros y nos plantea caminos. Como nos han enseñado las comunidades indígenas: la palabra también se camina.</p>
<p>Aunque yo, en mi caso, estoy un poco harto de las palabras. Estas a veces son innecesarias. Escribo esto mientas escucho Enjoy the silence. Ese va a ser mi propósito de hoy: escuchar Depeche Mode y no hacer nada más. Sin embargo, no quisiera irme sin antes dejarles un abrebocas de mi próxima entrada a publicar el 8 de abril.</p>
<p>Ese día les hablaré sobre la importancia del autoconocimiento a la hora de establecer propósitos. En mi caso, mi autoconocimiento me dice que no escriba más por hoy. Y eso haré.</p>
]]></content:encoded>
        <author>Juan Sebastián Jiménez</author>
                    <category>Sobrevivir a la Edad Media</category>
                <guid isPermaLink="false">https://blogs.elespectador.com/?p=98882</guid>
        <pubDate>Mon, 01 Apr 2024 17:45:42 +0000</pubDate>
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                <media:description type="plain"><![CDATA[El arte de no hacer nada]]></media:description>
                <media:credit role="author" scheme="urn:ebu">Juan Sebastián Jiménez</media:credit>
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        <title>Tener un propósito</title>
        <link>https://blogs.elespectador.com/actualidad/sobrevivir-a-la-edad-media/tener-un-proposito/</link>
        <description><![CDATA[<p>Tener un propósito es confundir la vida con la muerte y viceversa. Me explico: cuando nos hacemos un propósito asumimos que viviremos lo suficiente como para cumplirlo; es decir: le damos vida a esa incertidumbre que es el futuro. Igual y sí podríamos morir mañana; un propósito no es una forma de evitarlo, pero nos [&hellip;]</p>
]]></description>
        <content:encoded><![CDATA[<p>Tener un propósito es confundir la vida con la muerte y viceversa.</p>
<p>Me explico: cuando nos hacemos un propósito asumimos que viviremos lo suficiente como para cumplirlo; es decir: le damos vida a esa incertidumbre que es el futuro. Igual y sí podríamos morir mañana; un propósito no es una forma de evitarlo, pero nos da la esperanza de que sí. De que habrá un mañana.</p>
<p>Por otro lado, al proponernos algo también confundimos la muerte con la vida. Uno de los propósitos de un propósito -valga la redundancia- es dejar huella, dejar un legado; es decir, que nuestros actos trasciendan a nuestra inevitable muerte. Que no seamos olvidados. No es gratuito que muchas culturas relacionen la muerte con el olvido. Hasta Disney ha jugado con esta premisa en películas como Coco, donde vemos a la muerte más allá de la muerte como el momento en el que la persona es olvidada por sus seres queridos.</p>
<p>Tener un propósito es -entonces- una forma de asumir que moriremos algún día, pero que no necesariamente tiene que ser hoy.</p>
<p>Eso me lo enseñó Nala: una shih tzu de 12 años, crespa y de unos 6,4 kilogramos de peso. Mi mamá la adoptó ya hace mucho tiempo e hizo de Nala una versión de ella misma en miniatura; ambas son como dos pensionadas que se hacen compañía.</p>
<p>El problema es que a Nala se le empezó a hinchar el vientre.</p>
<p>Yo, quien estoy a su cuidado en este momento, la llevé al médico con sospecha de timpanismo, que es cuando a los perros se les hincha el estómago por culpa de los gases, y le di medicamentos.</p>
<p>Estos no funcionaron, así que la llevé a la veterinaria una vez más; ésta vez, para una ecografía. El examen reveló lo peor: Nala tiene un cáncer de hígado muy severo. Y -palabras de la veterinaria- es un milagro que esté viva.</p>
<p>La posible causa de tal milagro: que Nala esté esperando al regreso de mi mamá que está fuera del país. La veterinaria me dijo que Nala pareciera tener un propósito porque no sólo está con vida, sino que tiene un buen apetito -cada vez más selecto- y no refiere dolor. Durante la ecografía, por ejemplo, nunca se quejó. Estuvo estoica.</p>
<p>Nala está -en ese sentido- confundiendo a la muerte con la vida al tener un propósito para estar en mejores condiciones de las que debería estar ante tal diagnóstico. Acá está a mis pies descansando sobre la cobija gris con la que antes me cubría mientras leía. Sigue confundiendo a la vida con la muerte, aunque temo que no será por mucho. A veces el propósito es descansar y ya. A veces la vida y la muerte dejan de confundirse.</p>
<p>Por ahora mi propósito es cuidar de ella tanto como sea posible. Ya, después, mi propósito cambiará.</p>
<p>Igual, eso lo decidirá mi lóbulo frontal.</p>
<p>¿Qué es el lóbulo frontal? Primero que todo, es exclusivo de especies complejas. Nala tiene uno, por ejemplo; pero en su caso este representa menos de una tercera parte de lo que el lóbulo frontal representa para el cerebro humano. Y eso que decir una tercera parte es quedarse corto. Porque en el lóbulo frontal se encuentra algo aún más importante: nuestra razón. El lóbulo frontal es nuestra cabina de mando y -por eso mismo- es en esta parte del cerebro donde se generan nuestras motivaciones. Valga la pena otra referencia de Disney: Intensamente.</p>
<p>Al acto salvaje de cortar los nexos entre el lóbulo frontal y el resto del cerebro lo llaman lobotomía y hubo un tiempo en el decían que servía para curar enfermedades mentales. Hicieron miles. Hasta que se dieron cuenta de su propia locura.</p>
<p>Se ensañaron sobre todo con las mujeres: el 85% de las personas a las que se les hizo una lobotomía eran mujeres. Hay un hermoso documental colombiano al respecto que -hasta donde sé- está en cartelera: Ana Rosa.</p>
<p>Se trata de un largometraje en el que la cineasta Catalina Villar reconstruye la historia de su abuela, Ana Rosa, una de las miles de mujeres a las que se les realizó una lobotomía, quitándoles el nido de sus propósitos; ya que, sin lóbulo frontal, no tendríamos mayores propósitos.</p>
<p>Me aturde pensar en una vida sin propósitos.</p>
<p>Los propósitos no sólo son parte de lo que somos. También nos dan felicidad.</p>
<p>En 2005, Sonja Lyubomirsky (Universidad de California-Riverside), David Schkade (Universidad de California-San Diego) y Kennon M. Sheldon (Universidad de Missouri-Columbia) publicaron un artículo en el que, con base en varios estudios, dividían las fuentes de la felicidad en tres.</p>
<p>Un 50% de la felicidad se debía a una suerte de predisposición genética. Había, en ese sentido, personalidades más melancólicas y otras más alegres. Algo similar a los tipos sicológicos de Carl Gustav Jung.</p>
<p>Otro 10% se debía a cambios en nuestras circunstancias. Es decir: a cambios en nuestras condiciones de vida. Esto sin importar si estos cambios eran dolorosos -la muerte de nuestra mascota- o alegres -el nacimiento de un hijo.</p>
<p>En el estudio se hace referencia a lo que los autores denominan adaptación hedónica. Este concepto hace referencia a la resiliencia que tiene nuestro cerebro para asumir tanto lo malo como lo bueno y volver a los mismos niveles de felicidad de antes del evento. Es decir: su capacidad para seguir.</p>
<p>Es un concepto válido tanto para eventos catastróficos -como perder la movilidad- como para eventos alegres -ganarse la lotería. Lo que han demostrado los estudios es que después de un tiempo las personas vuelven al mismo nivel de felicidad en el que se encontraban antes del evento. Es decir: ganarse la lotería lo puede hacer a uno feliz, pero no por toda la vida; y, en viceversa, perder la movilidad lo puede hacer a uno infeliz, pero no por toda la vida. &#8220;Todo pasa&#8221;, dirían las abuelas.</p>
<p>Esto explica, por ejemplo, la capacidad que tenemos los humanos de seguir con vida tras experiencias tan impactantes como el haber sobrevivido a un campo de concentración. Si quieren ahondar en esto, les recomiendo la obra del siquiatra austriaco Viktor Frankl, él mismo superviviente del holocausto y quien, con su experiencia, se inspiró para escribir <em>El hombre en busca de sentido</em>.</p>
<p>Pero, volviendo al estudio de Lyubomirsky, Schkade y Sheldon  ¿qué pasa con el 40% restante de lo que nos hace felices? Según los autores, ese 40% son los propósitos. ¿Por qué?</p>
<p>¿Por qué? Volviendo a Frankl, los propósitos le dan un sentido a nuestra vida, incluso cuando esta se enfrenta a tragedias como una Guerra Mundial. Los propósitos nos dan una razón para vivir. Por eso mismo, nos dan una identidad: nos convertimos en nuestros propósitos. Hasta el punto de que estos determinan nuestro aspecto. Tener un propósito es, en ese sentido, adquirir una nueva piel.</p>
<p>Pero, sobre todo, tener un propósito nos hace movernos. &#8220;Si quieres que algo se muera, déjalo quieto&#8221;, dice el cantautor uruguayo Jorge Drexler en alguna de sus canciones.</p>
<p>Los propósitos son como la utopía. &#8220;La utopía está en el horizonte. Camino dos pasos, ella se aleja dos pasos y el horizonte se corre diez pasos más allá. Entonces ¿para qué sirve la utopía? Para eso: sirve para caminar&#8221;, nos dice otro uruguayo: Eduardo Galeano.</p>
<p>La existencia es movimiento. Las huellas son -a su vez- huellas del movimiento. Algo dejó huella porque se movió. Por eso Nagarjuna no juzga la existencia: porque las cosas, al moverse, tienen un propósito. Entender que nos movemos nos permite conectarnos con el movimiento ajeno. Hasta que llega un punto en el que no nos novemos más. ¿Y el resto del mundo? El resto del mundo sigue en movimientos. Hay propósitos que son trascendentes.</p>
<p>A inicios de este año viajé a Vichada. Lo hice cumpliendo con un propósito: el de conocer todos los departamentos de Colombia. Solo me faltaba Vichada. Estando allí -a orillas del Orinoco- leí el estudio de Lyubomirsky, Schkade y Sheldon. No tenía nada más que leer porque habían apagado la luz y no pude seguir leyendo los libros que llevaba. Igual y no me quejo.</p>
<p>Este estudio fue como una epifanía para mí. En ese momento pensaba en que, al regresar del viaje, volvería a mi trabajo como profesor y que no sabía qué trabajo les iba a poner a mis nuevos estudiantes. Leyendo este estudio lo decidí. Les puse de tarea ponerse tres propósitos y que, al final del semestre, me contaran cómo les había ido tratando de cumplir con ellos.</p>
<p>Ojo que les dije que tratando porque, a fin de cuentas, no me interesaba saber si habían o no habían cumplido con su propósito. Lo que quería entender era el proceso, sin importar si fracasaban en el intento.</p>
<p>Ahora, yo sé que yo no soy el profesor de mis lectores, pero si quisieran seguirme el juego, les propongo el mismo ejercicio: piensen en tres propósitos y me pueden contar en los comentarios o por redes sociales sobre cómo les va con eso. (Como ya les he dicho, este blog es una de mis propósitos).</p>
<p>La próxima entrada será el 1 de abril y en ella me referiré a cómo escoger un propósito. No quiero irme, no obstante, sin recordarles que, según la RAE, un propósito  es el &#8220;animo o intención de hacer o de no hacer algo&#8221;. Quiero reiterarlo: un propósito puede ser, también, no hacer nada.</p>
<p>Por eso es que en la próxima entrada les contaré sobre un maravilloso libro con un título soñador: El elogio de la pereza, de Paul Lafargue, quien, valga el dato, fue el yerno de Carlos Marx.</p>
<p>Para no perder la referencia a Marx, vale la pena preguntarse si podemos considerar el trabajo como un propósito. Cuéntenme qué piensan al respecto. Yo mientras tanto estaré enfocado en mi propósito de Semana Santa: consentir a Nala tanto como pueda.</p>
<p>El propósito de Nala no lo sé, quizás lo averigüe para la próxima entrada.</p>
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        <author>Juan Sebastián Jiménez</author>
                    <category>Sobrevivir a la Edad Media</category>
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        <pubDate>Mon, 25 Mar 2024 17:21:34 +0000</pubDate>
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                <media:description type="plain"><![CDATA[Tener un propósito]]></media:description>
                <media:credit role="author" scheme="urn:ebu">Juan Sebastián Jiménez</media:credit>
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        <title>Sobrevivir a la Edad Media</title>
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        <description><![CDATA[<p>No hay peor forma de perderse que en lugares conocidos. Es como estar en casa, en la misma casa en la que uno ha vivido durante tantos años, y sin embargo sentirse perdido. Es como verse en el espejo y no reconocerse. Hay quienes dicen que la crisis de la mediana edad no existe. Que [&hellip;]</p>
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        <content:encoded><![CDATA[<p>No hay peor forma de perderse que en lugares conocidos. Es como estar en casa, en la misma casa en la que uno ha vivido durante tantos años, y sin embargo sentirse perdido. Es como verse en el espejo y no reconocerse.</p>
<p>Hay quienes dicen que la crisis de la mediana edad no existe. Que es un invento. Para mí es como si hubieran prendido la luz. Como si de las sombras hubiera surgido un mundo nuevo y atemorizante. Uno que, no obstante, siempre estuvo ahí.</p>
<p>Me siento como Dante en esa selva en la que se extravió a mitad de camino. Aunque en mi caso no es una selva sino un barrio con un nombre sugerente: La Soledad.</p>
<p>Desde La Soledad les escribo. Lo hago con el único propósito de volver a escribir. Hace siete años que no lo hago y ya me hace falta (para entender, para entenderme). Es por eso que he creado este blog al que le he puesto el nombre de Sobrevivir A La Edad Media.</p>
<p>Pero no quisiera solo escribir y ya. El objetivo es que SALEM se convierta en un espacio con el que pueda dialogar con otros que se encuentren igual de perdidos que yo. Fidel Cano, director de El Espectador, me puso dos condiciones para que SALEM viera la luz: que fuera constante y que construyera una comunidad alrededor de este blog.</p>
<p>De la primera tarea me encargo yo. Para la segunda, espero contar con la ayuda de lectores que encuentren en este un espacio para resolver -y para formular- dudas. Por eso mismo, he creado una cuenta en X -@Yotambientuve20- para que con la ayuda de esta red social dialoguemos y, entre todos, construyamos conocimiento colectivo.</p>
<p>Es de lamentar que una plataforma como X, con todas sus posibilidades, haya sido usada para dividir y no para unir. Pero ese es tema para otra entrada. Valga, no obstante, la aclaración: para SALEM no hay prerrequisitos etarios. Es decir: no hay que estar en medio de la crisis de la mediana edad para hacer parte de la conversación. De alguna forma todos estamos en crisis.</p>
<p>En este blog compartiré lecciones que me han permitido llegar hasta acá junto con argumentos científicos que las respalden. No tengo nada en contra de los libros de autoayuda, pero siento que estos han hecho que la gente crea en recetas sospechosamente fáciles. Hasta pareciera que basta con comprar un libro para que todo se resuelva. Eso sin mencionar que muchos libros de autoayuda se quedan en el individuo, olvidando la importancia que tiene la comunidad en el bienestar general.</p>
<p>Ya para terminar con esta bienvenida, los invito a leer la primera entrada, que publicaré el próximo 25 de marzo. En ella hablaré sobre la importancia de tener un propósito en la vida. Por ejemplo: publicar un blog. Me despido no sin antes recordarles que este es un espacio para todos, todas, todes. Y que la idea no es otra que encontrar todos juntos la mejor forma de Sobrevivir A La Edad Media.</p>
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        <author>Juan Sebastián Jiménez</author>
                    <category>Sobrevivir a la Edad Media</category>
                <guid isPermaLink="false">https://blogs.elespectador.com/?p=98665</guid>
        <pubDate>Mon, 18 Mar 2024 22:01:59 +0000</pubDate>
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                <media:description type="plain"><![CDATA[Sobrevivir a la Edad Media]]></media:description>
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