<?xml version="1.0" encoding="UTF-8"?>
<rss version="2.0"
    xmlns:content="http://purl.org/rss/1.0/modules/content/"
    xmlns:wfw="http://wellformedweb.org/CommentAPI/"
    xmlns:dc="http://purl.org/dc/elements/1.1/"
    xmlns:atom="http://www.w3.org/2005/Atom"
    xmlns:sy="http://purl.org/rss/1.0/modules/syndication/"
    xmlns:slash="http://purl.org/rss/1.0/modules/slash/"
    xmlns:media="http://search.yahoo.com/mrss/"
    >

<channel>
    <title>Blogs El Espectador</title>
    <link></link>
    <atom:link href="https://blogs.elespectador.com/author/elmagazin/feed/" rel="self" type="application/rss+xml" />
    <description>Blogs gratis y diarios en El Espectador</description>
    <lastBuildDate>Mon, 13 Apr 2026 16:29:31 +0000</lastBuildDate>
    <language>es-CO</language>
    <sy:updatePeriod>hourly</sy:updatePeriod>
    <sy:updateFrequency>1</sy:updateFrequency>
    <generator>https://wordpress.org/?v=6.9.4</generator>

<image>
	<url>https://blogsnew.s3.amazonaws.com/wp-content/uploads/2024/09/11163253/cropped-favicon-96-32x32.png</url>
	<title>elmagazin, Bloguero de Blogs El Espectador</title>
	<link></link>
	<width>32</width>
	<height>32</height>
</image> 
        <item>
        <title>El (sin) sentido de la vida</title>
        <link>https://blogs.elespectador.com/cultura/el-magazin/sin-sentido-la-vida/</link>
        <description><![CDATA[<p>  Laura Pereira Seguro, en uno de esos días amargos en que ha caído en picada al hoyo negro que llamamos fracaso, en una de esas horas en que se siente miserable, se ha preguntado: ¿por qué vine al mundo?, ¿por qué yo y no otro?, ¿cuál es mi sentido? Y para impulsarse a la [&hellip;]</p>
]]></description>
        <content:encoded><![CDATA[<p><strong> </strong></p>
<p><img fetchpriority="high" decoding="async" class="aligncenter size-medium wp-image-61481" src="https://blogs.elespectador.com/wp-content/uploads/2018/02/truman6-300x187.jpeg" alt="truman6" width="300" height="187" /></p>
<p><strong>Laura Pereira</strong></p>
<p>Seguro, en uno de esos días amargos en que ha caído en picada al hoyo<br />
negro que llamamos fracaso, en una de esas horas en que se siente miserable, se ha preguntado: ¿por qué vine al mundo?, ¿por qué yo y no otro?, ¿cuál es mi sentido? Y para impulsarse a la luz y seguir caminando, simplemente se ha inventado un motivo idealista, esotérico, altruista o materialista; o tal vez, ha llegado a la conclusión general de que su vida debe tener un sentido importantísimo, pero que aún no lo conoce o no lo alcanza…  Cambiar el mundo, llegar a la cima, crear un invento inolvidable, dejar de sentir un vacío.</p>
<p>Como humanos, es inaceptable pensar que no vinimos a nada más que a andar a la deriva y a morir.  Por eso filósofos, religiosos, antropólogos y pensadores llevan siglos intentando hallar el sentido de la humanidad, de la vida propia. Es tan importante para muchos encontrarlo, que todavía en 2018 se pronuncian estas preguntas en las clases de los colegios y las universidades, mientras otros revisan su Facebook.</p>
<p>Pero ¿qué tal si el sentido de la vida, que pensamos tan importante, no es más que miedo al absurdo?  ¿Ha pensado, alguna vez, que simplemente vino a nacer, comer, reproducirse, envejecer y morir, como cualquier otro animal?  Obvio, no quiero crear un debate filosófico ni insultar a los intelectuales con mi ignorancia y vacío existencial.  Pero, sí quiero plantearle que, quizás, las ansias que usted siente por encontrar un sentido a su propia vida no son más que una invención necesaria para no desvanecerse al obligarse a asimilar el sinsentido. Una salida para no restarle importancia a su devenir y por lo tanto, a su propio ser.</p>
<p>Somos una especie que razona, por eso no admitimos como una posibilidad que seamos iguales a otras especies y que, como ellas no tengamos un motivo único de existencia. Sería el fin. Imagínese descubrir que es una simple coincidencia de la evolución o el resultado de la unión de un cromosoma y un espermatozoide cualquiera. Que no tiene más sentido que ser parte de un ecosistema y que sus acciones no afectan tanto como podría pensarlo.  Aceptarlo significaría que el hombre no es superior, ni tiene un fin único impuesto por el destino o su Dios. Que usted no es diferente al resto de los humanos, que no tiene una meta impuesta desde su nacimiento, que no es el rey de la tierra, que el camino es recto del parto, a la reproducción y la tumba, aunque tome decisiones diferentes, que no tiene poderes para cambiar el mundo, que no tiene que esforzarse porque no es su destino. Pero, que por miedo a aceptarlo continúa buscando una razón.</p>
<p>¿Si no tiene sentido la vida, vale la pena vivirla?  Por temor a responderse no, deja abierta la pregunta, y decide mentirse asignándose un sentido, un fin personal y uno a su raza, para continuar, una meta que busca cada día para que lo llene y que seguramente, morirá sin hallar. Por ésta vive agotándose, pensando que al ser impuesta por algo más fuerte que usted, es irrompible.  Eso nos pasa a todos, que volvemos la búsqueda de sentido, el sentido mismo de la vida. Por eso mentimos, por eso creamos el pajazo del fin, del tengo que vivir por algo, de la unicidad, que nos obliga a buscar una meta y a trabajar para alcanzarla, a auto-explotarnos. Mentimos para tener un por qué levantarnos cada día.</p>
<p>Quizá solo los llamados flojos, sin metas o incrédulos, descubrieron que su día a día no debería ser más que cumplir sus necesidades físicas y morir, haciendo las paces con el sinsentido que es su existencia, dejándose llevar por el tiempo hasta la muerte, evitando el sinsabor y la angustia que genera no tener respuesta, pero abrazando el golpe de no significar nada, de no buscar nada. Quizá ellos son los únicos valientes que entendieron que vivir sólo es ir dando pasos sin razón, adaptándose, siguiendo los instintos, reptando, esperando el final.</p>
<p>El lado amable de todo este planteamiento es que puede elegir entre la búsqueda de sentido como salvavidas, como impulso para luchar por metas y ganar alegrías (a pesar de saber que el vacío continuará hasta su muerte), o abrazar el sinsentido y descubrir que, aunque venimos al mundo sin un fin, la búsqueda de éste y los sentimientos de vacío, desperdicio propio y de estancamiento que vienen con él, son necesarios para que vivir merezca la pena.</p>
]]></content:encoded>
        <author>elmagazin</author>
                    <category>El Magazín</category>
                <guid isPermaLink="false">http://blogs.elespectador.com/?p=61480</guid>
        <pubDate>Thu, 22 Feb 2018 22:42:00 +0000</pubDate>
                                <media:content url="https://blogs.elespectador.com/wp-content/uploads/2024/04/DefaultPostImage-3.jpg" type="image/jpeg">
                <media:description type="plain"><![CDATA[El (sin) sentido de la vida]]></media:description>
                <media:credit role="author" scheme="urn:ebu">elmagazin</media:credit>
            </media:content>
                            </item>
        <item>
        <title>Ese gol de cabeza fue de mi papá</title>
        <link>https://blogs.elespectador.com/cultura/el-magazin/ese-gol-cabeza-fue-papa/</link>
        <description><![CDATA[<p>Carlos Joaquin Silva Alvarez Eso fue ya hace varios años. Yo tenía por ahí unos ocho añitos. Todavía no me recupero del impacto. Y creo que no me recuperaré nunca. Es que fue un golazo. Un gol brutal. Un golazo que me golpeó en el alma, en el corazón y en la mente. Y se [&hellip;]</p>
]]></description>
        <content:encoded><![CDATA[<p><img decoding="async" class="aligncenter size-medium wp-image-60859" src="https://blogs.elespectador.com/wp-content/uploads/2018/01/futbol-cuento-300x225.jpg" alt="Partido de fútbol" width="300" height="225" /></p>
<p><strong>Carlos Joaquin Silva Alvarez</strong></p>
<p>Eso fue ya hace varios años. Yo tenía por ahí unos ocho añitos. Todavía no me recupero del impacto. Y creo que no me recuperaré nunca. Es que fue un golazo. Un gol brutal. Un golazo que me golpeó en el alma, en el corazón y en la mente. Y se quedó incrustado en la valla de mi mente de niño de ocho añitos.</p>
<p>Usted seguramente se acuerda del gol de Zinadine Zidane en la final de la Champion league a los cuarenta y cinco minutos… ese fue un golecito sin gracia frente al que tuvo que meter mi papá, yo sé por qué se lo digo.</p>
<p>Todavía me sueño con ese gol –el de Zidane, no, el de mi papá- y me gambetean sus imágenes como si fuera hoy mismo. Mis hermanos menores, que no vieron el espectáculo esa tarde y los “psicólogos” que me tratan hoy día me dicen que ya debería olvidar esa experiencia y no insistir en recordar semejante golazo. Pero yo no puedo. Aún recuerdo a mi papá cuando yo tenía ocho años. Aunque hoy él sea puros huesos, para mí serán los más valiosos del mundo. Son para mí como huesos de oro o de plata. Porque son los huesitos de mi papá con quien también yo jugaba fútbol. Yo siempre le ganaba porque él jugaba era tejo y billar. En eso sí era un duro.</p>
<p>Ese día era sábado y yo me había escapado de la preparación de la primera comunión y no fui porque me dejé convencer de un amigo del grupo que me dijo que nos fuéramos a matar pájaros y a cazar mariposas y cucarrones para quitarles a éstos las alas y ver cómo se las arreglaban para volar. Así somos los niños.</p>
<p>Y llegamos a la cancha de fútbol del pueblo en donde iba a presenciar el inolvidable gol de cabeza de mi papá. Un cabezazo brutal, no como el golecito ese que metió de cabeza y mano Maradona en México ochenta y seis frente a la selección de Inglaterra. Yo sé por qué se lo digo de esta manera.</p>
<p>Como a eso de las dos llegaron los organizadores del tremendo espectáculo. Estaban en sus camionetas esperando a la entrada del pueblo desde muy temprano a que fueran llegando los campesinos de las veredas con el mercado para vender y volver con algo de plata a sus casas.</p>
<p>Papa, panela, carne de marrano, de cordero, gallos, gallinas, huevos campesinos de los de la yema roja, rojisa, rojosa, rojuda, queso, mantequilla, cuajada, papayas, ahuyama. Unas ahuyamas así de grandes.</p>
<p>Al comienzo los señores esos empezaron a ofender a nuestros paisanos diciéndoles que les jugaban un partido entre el equipo Vencedores versus Los Sapos. Que ellos serían los vencedores y nuestros papás eran los sapos. Uno de ellos cogió sin permiso una ahuyama de las que vendía mi tío Aristóbulo, la más grande, la metió en una lona, la amarró bien redonda y en medio de la cancha que en ese momento era puro barro seco, la puso en la mitad y gritaba que el espectáculo iba a comenzar – Sapos hijue… la pe, la u, la te, la a y la ese… o sea, ¿usted me entiende, cierto? Es que como yo me estaba preparando para la primera comunión, pues no podía decir esa palabra.</p>
<p>Y mi papá, mi tío Aristóbulo, el viejito don Aníbal, don Ismael, y todos los demás les decían – Vean, señores, tranquilos, llévense todas las ahuyamas que quieran pero no nos metan en sus asuntos, nosotros no tenemos nada que ver ahí. – Pero ellos insistían en que tenían que jugar fútbol ya mismo.</p>
<p>Mi papá les dijo en un arranque de valentía, tratando de congraciarse con ellos y llevarles la corriente; que si jugaban billar, buchácara o tejo que listo. Pero ellos insistían en que era lo que ellos dijeran y punto. Que salieran a ver, equipo de Sapos hijue… la pe, la u, la te, la a y la ese… o sea, ¿usted me entiende, cierto? Es que, como ya le dije, yo me estaba preparando para la primera comunión, pues no podía decir esa palabra.</p>
<p>Entonces como nadie quería por las buenas, así dijeron, el espectáculo no se iba a aplazar. Y trajeron sus camionetas y las pusieron alrededor de la cancha. En ese momento empezó a caer un aguacero el verraco –esa sí la podía decir aunque estuviera preparándome para la primera comunión – y se nos empezaron a mojar nuestras caritas de niños y las carpas del mercado y las vacas y los marranos y las ahuyamas de mi tío Aristóbulo.</p>
<p>La gente creyó que, con el aguacero, esos señores se iban a ir, pero nada. Con sus camionetas rodearon a toda la gente. Uno de ellos sacó un pito y dijo que el partido no lo iban a perder por doble u.</p>
<p>Y nos sonsacaron a nuestros papás, tíos, hermanos mayores y niños de doce años en adelante para un equipo, el de los sapos mojados, como nos decían ahora y el de ellos, los vencedores. Empezaron con la ahuyama que le habían quitado a mi tío Aristóbulo. Nuestros familiares, vecinos y amigos, o sea el equipo de los sapos, jugaban de mala gana y no lograban ningún pase. Ellos se los bamboleaban y cada vez que le quitaban la ahuyama se la pasaba uno a otro de los vencedores mientras les gritaban a los nuestros: &#8211; ¡ole!, ¡ole!, -¡ole!, ¡ole! como en la época de las corralejas.</p>
<p>Mi tío Aristóbulo, que era el más rabón hasta jugando en el tejo y en el billar, y se emberracaba por todo, cogió en un tiro esa ahuyama y se los bailó a toditos y les metió tremendo golazo. Parecido al que metió Messi ante el Getafe en la copa del rey.</p>
<p>–Un verraco ese man, decían los de los vencedores. Un sapo, re-sapo, contestaron los otros y de una le sacaron tarjeta roja. ¿Quién? Uno de ellos, de los vencedores, que dijo que él era también el árbitro.</p>
<p>Y él mismo se lo llevó fuera de la cancha, hacia la quebrada en donde los niños nos bañábamos y las mamás y las abuelas y las bisabuelas lavaban la ropa. El jugador y juez a la vez regresó solo del rio, mi papá se quedó mirando hacia la quebrada y el agua de lluvia y las lágrimas se le revolvieron en su cara de campesino verraco para el trabajo. Luego volteó a mirar a mi tía Rita, mi tía política o sea la esposa de mi tío Aristóbulo, que también era mi madrina y le sonrió triste, pero le dijo –Un verraco, un verraco mi hermano Aristóbulo, les hizo tremendo gol, ¿no, comadre?</p>
<p>Mi tía madrina se cogió la cara con las dos manos y se agachó pero los niños no entendíamos por qué lloraba, si mi papá le estaba celebrando tremendo golazo. Mi mamá le dijo, camine comadre vamos a buscarlo a la quebrada. Y mi tía madrina como con una pequeña ahuyama atorada en la garganta le dijo, será quebrada abajo, comadre. Y se fueron las dos entre el barro que servía de alfombra a la cancha.</p>
<p>Uno cero, ganando el equipo de los Sapos hijue… la pe, la u, la te, la a y la ese… o sea, ¿usted me entiende, cierto? Es que como, le repito, yo me estaba preparando para la primera comunión, pues no podía decir esa palabra. – dijo uno de ellos y continuó: &#8211; pero Vencedores son vencedores. Nos toca sacar a nosotros.</p>
<p>Y desde donde estaba, sin esperara a llegar al centro de la cancha, le dio un patadón a la ahuyama que servía de balón y con grandes zancadas se los fue sacando a todos los del equipo de nosotros o sea el equipo de los sapos, le dio luego con sus botas de comandante un canillazo a don Ismael lo dejó tirado en el barro en mitad de la cancha y siguió hasta el arco donde lo esperaba nuestro amigo “pate-cumbia” que también se estaba preparando para la primera comunión con nosotros y que lo pusieron a jugar porque ya tenía doce años. Y le decíamos así porque caminaba cojeando desde que una mina quiebrapatas casi le mocha el pié izquierdo.</p>
<p>“Patecumbia” quiso quitarle el balón, mejor dicho, se lo quitó pero el de las botas brillantes y embarradas se lo volvió a quitar con la mano rápida y después de hacerle zancadilla le hizo un gol que todos los de los vencedores celebraron con gritos y con una descarga de metralleta que hizo uno de los pelados que cuidaba las camionetas alrededor de la cancha.</p>
<p>Este vale por dos, gritó el Maradona éste. Se quitó su chaqueta de camuflado y le daba vueltas al aire mientras saltaba como un orangután furioso, gritando goooooooooooooooolllllllll!!!!!!!!!!! –Hijuep… la u, la te y la a, como ya le dije. Mientras tanto los niños desde el cercado de la cancha dentro de nuestra ingenuidad gritábamos que eso era mano, y llamábamos al juez, juez, mano, eso fue mano. Y el que hacía de árbitro, o sea el mismo jugador que había metido el gol se nos reía en nuestras caritas con su voz ronca y olorosa a aguardiente. Aguardiente del de verdad, no como el que preparaba mi tío Aristóbulo en la casa.</p>
<p>Cuando mi papá vio que otro de ellos que tenía bigote como de fique nos gritaba hijos de sapos hijuep… – usted ya sabe, lo de mi primera comunión – entonces se le vino con toda su furia y le dijo que con nosotros no se metiera. Que las criaturitas no teníamos la culpa tampoco; y para acabar, le rompió el balón de ahuyama en las botas. Entonces el otro se le encaró y le dijo que a él nadie lo mandaba porque él era de los altos mandos. Y que menos lo iba a mandar nada un sapo hij… la palabra esa. Y le dio un rodillazo a mi papá en el estómago que lo dejó tirado entre el barro revolcándose del dolor.</p>
<p>Y ahí sí se me olvidó lo de mi primera comunión y con mi vocecita de ocho años le dije más hijueputa será usted y todos sus vencedores. Y le escupí en su bigotico de fique. Entonces me alzó con sus tenazas como las de las maquinarias del municipio intentando lanzarme lejos, pero los otros de los vencedores le decían que se calmara, que si le hacía algo al chino éste, lo podían joder por la maricada esa de los derechos de la infancia. Ahí fue cuando el mismo bigotón cogió a mi papá del suelo y le dijo que el partido continuaba, que &#8211; y se reía – le tenía que responder por el balón. Que con qué iban a seguir jugando &#8211; y se reía – y mi papá trató de recomponer el balón que estaba a los pies del bigotón pero el jugo de la ahuyama junto con el barro se deshacía inmediatamente.</p>
<p>A una orden del bigotón otros de los vencedores cogieron a mi papá y se lo llevaron hacia la quebrada, cerquitica de la cancha y no dejaron pasar a nadie. Al ratico regresaron sin mi papá y con un nuevo balón envuelto en una lona. Tomaban aguardiente y gritaban sin darse cuenta que ahora estaban en la cancha jugando entre ellos mismos, porque nadie quería patear más ese balón.</p>
<p>El padre de la iglesia nos miraba a los niños con seriedad y nos decía que todo era por nuestra culpa, por no asistir a la preparación de nuestra primera comunión este sábado. Y que yo debía empezar nuevamente todo el curso por haber insultado a ese señor con semejante palabrota.</p>
<p>Mientras escuchábamos los reclamos del padre los vencedores seguían jugando con su balón de ahuyama nuevo, mientras seguían bebiendo y bailando, pues el de la ametralladora hacía sonar la música desde la camioneta que cuidaba, la del bigotón, que en ese momento tenía el balón de ahuyama &#8211; y se reía – en sus manos, sobre su cabeza para hacer un saque de banda &#8211; y se reía –.</p>
<p>Mire el gol que le manda dedicar su papá, chino – Y con toda su fuerza de vencedor ebrio, presuntuoso, ofendido y brutal, lanzó el balón encajándolo preciso en su propio arco, dejando manchadas las cabuyas de la valla de la sanguaza que soltaba el balón que aún creíamos era una ahuyama. Ese fue el golazo brutal e inolvidable de aquella tarde, fue de cabeza, me acuerdo tanto y era de mi papá.</p>
]]></content:encoded>
        <author>elmagazin</author>
                    <category>El Magazín</category>
                <guid isPermaLink="false">http://blogs.elespectador.com/?p=60858</guid>
        <pubDate>Tue, 16 Jan 2018 20:47:46 +0000</pubDate>
                                <media:content url="https://blogs.elespectador.com/wp-content/uploads/2024/04/DefaultPostImage-1-1.jpg" type="image/jpeg">
                <media:description type="plain"><![CDATA[Ese gol de cabeza fue de mi papá]]></media:description>
                <media:credit role="author" scheme="urn:ebu">elmagazin</media:credit>
            </media:content>
                            </item>
        <item>
        <title>Albert Camus y Jean Paul Sartre: la confrontación existencialista del siglo</title>
        <link>https://blogs.elespectador.com/cultura/el-magazin/albert-camus-jean-paul-sartre-la-confrontacion-existencialista-del-siglo/</link>
        <description><![CDATA[<p>María Paula Lizarazo Cañón “Un hombre es lo que hace con lo que hicieron de él”. Jean Paul Sartre. Albert Camus (1913-1960) y Jean Paul Sartre (1905-1980), dos franceses cuyas publicaciones los convirtieron en autoridades de la corriente filosófica existencialista, así mismo como en autoridades del pensamiento político de izquierda francés, protagonizaron una confrontación intelectual [&hellip;]</p>
]]></description>
        <content:encoded><![CDATA[<p><img decoding="async" class="size-medium wp-image-52670 aligncenter" src="https://blogs.elespectador.com/wp-content/uploads/2016/11/Camus-Sartre-300x262.jpg" alt="camus-sartre" width="300" height="262" /></p>
<p><strong>María Paula Lizarazo Cañón</strong></p>
<p style="text-align: right;"><em>“Un hombre es lo que hace con lo que hicieron de él”. Jean Paul Sartre.</em></p>
<p>Albert Camus (1913-1960) y Jean Paul Sartre (1905-1980), dos franceses cuyas publicaciones los convirtieron en autoridades de la corriente filosófica existencialista, así mismo como en autoridades del pensamiento político de izquierda francés, protagonizaron una confrontación intelectual mediante cartas que Jean Paul Sartre publicó en su revista <em>Temps Modernes</em>(fundada en 1945), luego de que  Albert Camus publicara su libro <em>“El hombre rebelde”</em> en 1951, donde rechaza el régimen stalinista y lo compara con el Nazismo, afirmando que así como se criticaron las atrocidades del Nazismo, también son criticables las atrocidades que consigo trajo el régimen comunista de Stalin. Esta postura lo torna inmediatamente como un enemigo para los intelectuales de izquierda, principalmente para Jean Paul Sartre, quien no sólo cuestiona dicho libro de Albert Camus sino que también ofende y cuestiona su inteligencia y su filosofía.</p>
<p>A continuación se hará una  contextualización  sobre el pensamiento filosófico de cada autor (que involucra sus posturas políticas y literarias, y la relación existente entre ellas dos), para así comprender la trascendencia de la confrontación mencionada en el párrafo anterior, teniendo en cuenta que ambos fueron existencialistas ateos, es decir, afirmaban que la existencia precede la esencia…</p>
<p><em>“No creo en Dios, me aburre”. Albert C.</em></p>
<p>Y luego, a modo de conclusión, se profundizará en cada postura según su forma de adoptar a la literatura, teniendo en cuenta que el rol que ella cumple es diferente y fundamental en cada filósofo.</p>
<p>[I]</p>
<p>Jean Paul Sartre, el hombre del compromiso político del ser y el arte, fue un hombre que pasó por el Lycée Henry IV  de París y  la École Normale Supérieure de la misma ciudad. Planteaba en sus libros <em>La trascendencia del ego </em>(1938) y <em>El ser y la nada </em>(1943), que hay dos tipos de seres: los seres en sí y los seres para sí. Los seres en sí, son siempre lo mismo (por ejemplo una roca, una mesa, un árbol). Mientras que los seres para sí no son estáticos, son proyecto, son una proyección hacia el futuro. La relación entre ambos es que el ser para sí proviene de un ser que dejó de ser en sí para empezar a elegir, es decir, el ser para sí se construye de elecciones pasadas que hizo libremente.</p>
<p><em>“El hombre está condenado a la libertad” Jean Paul S.</em></p>
<p>No obstante, el Ser es <em>nada, </em>pues en el presente aún no es el proyecto futuro satisfecho y ya dejó de ser las elecciones de su pasado. Esto se correlaciona con que sólo eligiendo es que un hombre se da un ser, es decir que cuando un hombre elige, está eligiéndose a sí mismo y volviéndose un ser para sí, pues el hombre es libre y no tiene otra opción que hacer elecciones: el hombre es siendo libre.</p>
<p><em> </em>Para Sartre (según su discurso <em>El existencialismo es un humanismo), </em>un hombre está comprometido políticamente, puesto que cada elección que haga afectará a los demás hombres. Por más de que se nazca en un mundo que enajena a las personas, Sartre afirma que hay un punto en el cual el hombre debe elegir bajo un compromiso político para con los demás; entonces, así como cada hombre está comprometido con el resto de hombres y al mismo tiempo es responsable de ellos, cada época está comprometida con la humanidad y es responsable de ella; la literatura también debe estar comprometida políticamente con los hombres y la filosofía debe estarlo con el barro de la historia pues esta  no existe para apoltronarse en las bibliotecas sino para sacarla a la calle.</p>
<p>Según Sartre, las ideas bajo las cuales cada hombre elige libremente pero comprometido políticamente, son primordiales a la vida humana. Por ejemplo, Sartre y Simone de Beauvoir, viajaron a Cuba con el fin de aprender cómo se estaba formando la revolución; ellos dos consideraban primordial la unión del pueblo cubano para alcanzar el comunismo  antes que el hecho de que la revolución traería violencia y asesinato entre las gentes.</p>
<p>[II]</p>
<p>Por su parte, Albert Camus, el hombre del absurdo que consideraba la libertad y la vida humana superiores a cualquier radicalismo e/o ideología, fue un argelino nacido en el seno de una familia de emigrantes franceses. Tuvo su formación académica en la Universidad de Argel, pero después llegaría a Francia y se haría amigo de Jean Paul Sartre en 1943, entre otros pensadores de la época. Su corriente filosófica también fue el existencialismo ateo, tal y como lo reflejó en su novela <em>El extranjero </em>(1942).</p>
<p>Esta novela es una narración en primera persona de un hombre condenado a prisión, cuya condena, absurdamente, fue a causa de la retroalimentación de algunos sucesos de su vida (tales como el hecho de no haber llorado en el funeral de la madre y sí haber tomado tinto y el hecho de no conmoverse ante la imagen que el juez católico le mostró de Cristo ensangrentado)  y no propiamente del crimen (haber asesinado a un árabe en medio de un ataque en la playa, nada planeado). Pero, en medio de lo absurdo de la situación y del pensamiento pesimista del personaje, dominado por el sinsentido de la cotidianidad, Camus, maravillosamente, plantea en este libro que la verdadera libertad se halla en el pensamiento y no en otra parte, por este motivo Meursault no se aburre estando en prisión: se dedica a recordar y reflexionar.</p>
<p><em>“Así, cuanto más reflexionaba, más cosas desconocidas u olvidadas extraía de la memoria. Comprendí entonces que un hombre que no hubiera vivido más que un solo día podía vivir fácilmente cien años en una cárcel. Tendría bastantes recuerdos para no aburrirse”. </em></p>
<p><em>Albert C.</em></p>
<p><em><strong>[III]</strong></em></p>
<p>Hasta el momento, se podría concluir que ambos filósofos coincidían en corrientes como el existencialismo ateo, su interés por la condición de libertad humana, además defendían las ideas políticas de izquierda (como la Unión Soviética ) y rechazaban el nazismo.</p>
<p>Solo hay una diferencia visible: para Sartre, la relación entre libertad y literatura, es que la literatura es un medio de compromiso político para con la sociedad (tal y como la existencia de cada hombre y su libertad). Para Camus, la literatura iría mucho más allá de un compromiso político y llegaría a un ámbito plenamente correlacionado con el cuestionamiento del humano en su ser y su pensar, tal como Meursault que encontró la libertad a través del pensamiento, por ejemplo, cuando se imaginó una mujer y se masturbó tras haber pensado que la cárcel le prohibiría placeres e instantes como las relaciones sexuales.</p>
<p>Sin embargo, la amistad entre Camus y Sartre estaría marcada por una diferencia importante a causa de la reflexión justa de Camus en la que juzgaba tanto la derecha como la izquierda, acto que para Sartre fue tomado como una ofensa y una traición hacia los ideales de izquierda que Camus también defendía, y no como una crítica política contra la violencia y el menosprecio de la vida humana por parte de los radicalismos. En 1951, Camus publicó <em>El hombre rebelde</em>: el resultado de una investigación; la reflexión del autor en este libro lo condenó como enemigo de la izquierda intelectual de París. En el libro, se presenta un recorrido histórico de la noción de <em>revolución </em>y de la noción antitética de <em>rebeldía, </em>llegando así Camus a rechazar la revolución relacionándola con la violencia, pues, por ejemplo, considera que el régimen de Stalin, comparado con el régimen Nazi, también se apoya en una idea de absolutismos que engendra terror y violencia entre las personas.</p>
<p>Tras la publicación de dicho libro, Sartre y otros intelectuales de la izquierda publican artículos contra Camus; mientras que intelectuales de la derecha, repentinamente, publican elogios que el mismo Camus rechaza. Tras una publicación en <em>Temps Modernes</em> en su contra y en contra de su libro, Camus dirige una carta en su defensa a la revista. Sartre publica esa carta y en seguida le responde; luego, los dos examigos, inician una contienda mediada por letras.</p>
<p>Aquí la transcripción de la contienda (a partir de la respuesta de Sartre, cuando Camus ya escribió tras el artículo publicado en la revista):</p>
<p>Sartre: Yo condeno los campos de concentración. Pero condeno igualmente la explotación que los capitalistas y los burgueses procuran hacer con ello,</p>
<p>Camus: Señor Director, no se decide sobre la verdad de un pensamiento según si es de derechas o de izquierdas. Y menos aún según lo que la derecha y la izquierda deciden hacer con ello. Si finalmente la verdad estuviera en la derecha, yo estaré ahí.</p>
<p>Sartre: Mi querido Camus, nuestra amistad no era fácil, pero la echaré de menos. Dígame, Camus, ¿qué misterio hace que no se puedan discutir sus obras sin quitarle las razones para vivir a la humanidad?</p>
<p>Camus: Digo textualmente que Marx ha mezclado en su doctrina el método crítico más válido con el mesianismo utópico más contestable.</p>
<p>Sartre: Puede que haya sido usted pobre. Pero ya no lo es. Usted es un burgués como Jeanson y como yo. Le queda lejos su parecido con San Vicente de Paúl o con una hermanita de los pobres. Y la miseria no le ha hecho ningún encargo. ¿Y si su libro sólo fuera testimonio de su incompetencia filosófica? No me atrevo a recomendarle “El ser y la nada”. Leerlo le parecería inútilmente arduo.</p>
<p>Camus: Estoy un poco cansado, como los viejos militantes que nunca se amedrentaron ante las luchas de su tiempo, de tener que recibir sin tregua, lecciones de eficacia por parte de censores que nunca hicieron otra cosa que colocar sus sillones en el sentido de la historia.</p>
<p>Sartre: Era usted la admirable conjunción entre un hombre, una acción y una obra. En 1944, su personalidad fue el porvenir, en 1952, es el pasado. Ya sólo vive a medias entre nosotros. Espero que nuestro silencio haga olvidar esta polémica.</p>
<p>Estas contra respuestas entre Jean Paul y Albert, finalmente, demuestran una gran diferencia, aparentemente escondida, entre el pensamiento del uno y del otro: Sartre consideraba que las ideas son más valiosas que la vida misma, pues sólo se es cuando se elige, es decir, que la libertad del hombre está en sus decisiones y esta libertad es la que lo lleva a ser,  no obstante, cada quien es responsable del resto de personas en tanto que cada elección que toma cobra valor si solo si se opta por ideas comprometidas políticamente con la humanidad entera, por ello rechaza <em>El hombre rebelde</em>, pues cree más importante la instauración del comunismo (idea comprometida con la humanidad) que las vidas que se pierdan para lograrlo; así pues, para Sartre, la literatura configura un rol en el que está comprometida políticamente de forma exclusiva. En cambio, para Camus, prima la vida humana sobre las ideas, sean ideas burguesas o sean ideas comunistas, Camus considera  inaceptable e injustificable la violencia contra la vida humana por una ideología, por eso mismo no adopta que el rol de la literatura sea para un fin político, sino que más bien esta debe englobar aspectos humanos que involucren el ser y el pensamiento (donde está la verdadera libertad) y todo aquello que la literatura dice pero no dice y que sólo cada lector sabe descubrir, precisamente, desde su existencia y su pensamiento.</p>
<p>Nota final: quizás no sea tarde para que los seres humanos comprendan la trascendencia de las discusiones entre Albert Camus y Jean Paul Sartre: la personificación misma de las diferencias existenciales entre el ser y las ideas. Esta discusión es un ejercicio para cuestionar si las ideas  triunfan sobre la vida y se justifican para  que sigamos matándonos, como ha ocurrido a lo largo de la historia de la humanidad, o si tal vez sea mejor que entendamos que la vida debe triunfar sobre las ideas y así darle un <em>sí</em> a quienes no han tenido más opción que combatir guerras de ideologías representadas por armas.</p>
<p><em>Bibliografía</em></p>
<p><em>Jean Paul Sartre. (1938). La trascendencia del ego. París: Editorial no encontrada.</em></p>
<p><em>Jean Paul Sartre. (1943). El ser y la nada. París: Editorial no encontrada.</em></p>
<p><em>Jean Paul Sartre. (1946). El existencialismo es un humanismo. París: Editorial no encontrada.</em></p>
<p><em>Albert Camus. (1942). El extranjero. París: Editorial no encontrada.</em></p>
<p><em>Albert Camus. (1951). El hombre rebelde. París: Editorial no encontrada.</em></p>
<p><em>Datos bibliográficos de los filósofos</em></p>
<p><em><a href="http://www.biografiasyvidas.com/" data-saferedirecturl="https://www.google.com/url?hl=es-419&amp;q=http://www.biografiasyvidas.com/&amp;source=gmail&amp;ust=1480195513194000&amp;usg=AFQjCNGrpBQZj7-berUxdY9RUEnz2h_OeA">www.biografiasyvidas.com</a></em></p>
<p><em><a href="https://www.youtube.com/channel/UCdkRPVgFToZolkvuTIULk0g" data-saferedirecturl="https://www.google.com/url?hl=es-419&amp;q=https://www.youtube.com/channel/UCdkRPVgFToZolkvuTIULk0g&amp;source=gmail&amp;ust=1480195513194000&amp;usg=AFQjCNGhUzmksLHfYVRoBipnTrdYhq1v9A">https://www.youtube.com/channel/UCdkRPVgFToZolkvuTIULk0g</a></em></p>
]]></content:encoded>
        <author>elmagazin</author>
                    <category>El Magazín</category>
                <guid isPermaLink="false">http://blogs.elespectador.com/?p=52668</guid>
        <pubDate>Fri, 25 Nov 2016 21:34:03 +0000</pubDate>
                                <media:content url="https://blogs.elespectador.com/wp-content/uploads/2024/04/DefaultPostImage-2.jpg" type="image/jpeg">
                <media:description type="plain"><![CDATA[Albert Camus y Jean Paul Sartre: la confrontación existencialista del siglo]]></media:description>
                <media:credit role="author" scheme="urn:ebu">elmagazin</media:credit>
            </media:content>
                            </item>
        <item>
        <title>Tres cuentos colombianos</title>
        <link>https://blogs.elespectador.com/cultura/el-magazin/tres-cuentos-colombianos/</link>
        <description><![CDATA[<p>Luis Carlos Muñoz Sarmiento* &#8211; Especial para El Magazín de El Espectador I – La desaparición Ese día, como siempre en los últimos nueve años, él se había levantado muy temprano, afeitado y bañado gracias a la colaboración de su hija menor y de su hijo preferido, desayunado y salido a la calle. Solo. Se [&hellip;]</p>
]]></description>
        <content:encoded><![CDATA[<p style="text-align: center" align="center"><img loading="lazy" decoding="async" class="aligncenter  wp-image-8043" alt="123" src="https://blogs.elespectador.com/wp-content/uploads/2016/08/123.jpg" width="470" height="300" /></a></p>
<p style="text-align: left" align="center"><b>Luis Carlos Muñoz Sarmiento* &#8211; Especial para El Magazín de El Espectador</b></p>
<p style="text-align: left" align="center"><b>I – La desaparición</b></p>
<p style="text-align: left" align="center">Ese día, como siempre en los últimos nueve años, él se había levantado muy temprano, afeitado y bañado gracias a la colaboración de su hija menor y de su hijo preferido, desayunado y salido a la calle. Solo. Se había dirigido a la tienda, donde le había pedido a don Jorge, ya que no cargaba dinero en sus bolsillos, que le fiara unos pielroja sin filtro, los únicos que fumaba desde que lo había perdido todo, desde aquellos lejanos días en los que podía escoger entre chester, picadilly, camel, todos también sin filtro. Cogió sus cigarrillos con la misma felicidad con que su nieta recibía un chocolate del papá o su nieto un favor de la mamá. Prendió un cigarro y echó a andar… Cogió por donde siempre lo hacía, por costumbre, es decir, por la carrera 13, desde la calle 45, hacia el sur. Su hijo, que a menudo lo acompañaba, esta vez no pudo hacerlo pues tenía que atender unos asuntos personales urgentes relacionados con su ingreso a la universidad. De manera que esta vez, solo, él, un hombre de 61 años que por un accidente automovilístico había pasado los últimos nueve enfermo, se dirigía ahora sin saber muy bien adónde pero, eso sí, seguro de que no había un camino sino de que se hace camino al andar, de que al andar se hace camino y al volver la vista atrás se ve la senda que nunca se ha de volver a pisar… Lo que en este caso se habría de cumplir con estricto rigor, no a causa de la simple retórica poética. Que, a decir verdad, también en este caso, no era simple retórica poética pues se trataba de la del inmortal y bienamado por él, don Antonio Machado, a quien tanto debía… Pues como don Antonio, él podía decir que a su trabajo acudía, con su dinero pagaba, excepto esta vez, sí, que no había tenido para los cigarrillos, pero de todas formas con su dinero pagaba el traje que lo cubría y la casa que habitaba, el pan que lo nutría y el lecho donde descansaba. Como don Antonio había creado un mundo de poesía con sus manos, él había trabajado la tierra con las suyas. Como don Antonio, él tampoco sabía si era un clásico o un romántico aunque igual hubiera querido dejar sus versos como el capitán deja su espada: famosa por la mano viril que la blandiera, no preciada por el docto oficio del forjador. Igual que don Antonio conversaba con el hombre que siempre iba con él y cuyo soliloquio era charla con ese buen amigo que le enseñó el secreto de la filantropía. Eso sí, no de la que tanto se publicita y detrás de la cual se esconde el crimen, se agazapa la traición, se confiesa la carencia. Carencia de la que él, como don Antonio, valga la tautología, carecía… Todas sus carencias, mientras caminaba, se reducían a una, la falta de dinero. El que en otras épocas había tenido de sobra, pero de las cuales era mejor no acordarse, como se aconseja no acordarse de la juventud cuando se es ya viejo. Y aunque él no se consideraba viejo pues bien sabía que la edad no está en el cuerpo sino en la cabeza, de todas maneras no era tonto para no darse cuenta, como tantas veces se lo dijo a su vástago predilecto, que por su enfermedad ya era un viejo. Un viejo que caminaba por las calles de la ciudad que lo había acogido hacía muchos años y en la que había gozado y sufrido, levantado del suelo y caído al piso, forjado una familia de ocho hijos de los cuales a la postre le quedaron siete, todo, claro, gracias a la complicidad de una mujer fiel y leal que lo admiraba tanto como él a ella. Ciudad en la que muy bien sabía que cuando llegara el día del último viaje y estuviera presta a partir la nave que nunca ha de volver, se le encontraría a bordo ligero de equipaje, tal cual había venido al mundo, despojado de ropas, casi desnudo, como los hijos de la mar.<span id="more-8042"></span></p>
<p>	&nbsp;</p>
<p>	Tan ligero como iba ese día que se había levantado temprano, como siempre, para ir en busca de su destino, destino que sólo él conocía. Caminó y caminó sin tregua ni pausa hasta que ya cansado se detuvo… cogió el camino de regreso a casa pero al llegar nuevamente a la 13 con 45, antes de cruzar la calle, decidió subirse a una buseta de la ruta 127 y cuyo pasaje no se sabe cómo canceló pues ya se dijo que no llevaba dinero consigo. Atravesó en ella la ciudad, se bajó en el paradero de Boita, lugar al que por primera vez en la vida iba y, como es lógico, se perdió allí… Mientras tanto, al otro extremo de la ciudad y dado que no había vuelto a su casa, la familia en pleno se preguntaba dónde podría estar él. Luego de averiguar en todas partes por si alguien sabía dónde estaba, un hermano del hijo amado con voluntad honesta, salió a la calle, dispuesto a ir en su búsqueda. Cogió un taxi y lo primero que hizo al subirse al vehículo fue mostrarle la foto de él al conductor y preguntarle si lo conocía… lo que viene bien podría hacer parte del catálogo fantástico, aunque en la práctica sólo pertenezca al territorio de lo posible, no necesariamente de lo divino como tanta gente para su infortunio cree: el señor del taxi, luego de hacer una carrera en el sur, había visto en el parque de Boita al señor de la foto que el hermano del hijo dilecto le acababa de mostrar… “¿Qué hacer?”, se preguntó éste como tantos años antes lo había hecho Lenin con otros fines, no se sabe si más o menos altruistas. Pero, la cosa era más simple que política, así que rápidamente el chofer del taxi y el otro hijo de él se dirigieron al único objetivo no sólo posible sino probable de hallarlo. El trayecto, como podrá imaginarse cualquiera, fue tan tedioso como desgraciado a causa de los problemas de desplazamiento. Lo difícil no fue llegar a la carrera décima, vía obligada de acceso al lugar de destino, sino avanzar por ella… sobre todo a partir del momento en que el chofer del vehículo de servicio público perdió sus gafas a manos de un raponero. En medio de la barahúnda el señor persistía en continuar al volante, pero cuando se convenció del peligro, entonces decidió cederle su puesto al otro hijo del señor que buscaban. Sin embargo, aunque éste último era lo que se podría considerar un as del volante, las circunstancias no permitían demostrarlo. El taxi avanzaba a un promedio de diez minutos por cuadra, si es que existe una medida tal para vislumbrar lo que pasaba… De manera que para no darle largas al asunto el trayecto se cubrió en poco más de dos horas. Dos horas que dadas las circunstancias equivalían a una eternidad para los tres: para el taxista, para el hermano del hijo preferido y para…</p>
<p>	&nbsp;</p>
<p>	Al llegar al sitio, el hermano del hijo predilecto agradeció a la vida que no fuera él quien hubiera perdido las gafas a manos de los ladrones, aunque al verlo ya no estaba seguro de si él era su padre. Y no estaba seguro pues éste se encontraba calcinado por el sol, sin el saco de paño con el que había salido y que no se sabe cómo había perdido, en definitiva, casi desnudo, como los hijos de la mar. Perplejo por la conciencia de saberse perdido, al encontrarse con uno de sus otros hijos, él, que era tan locuaz, no pronunció palabra alguna, aunque pudiera decirse que en ese momento, más que nunca, adquirían inusitada vigencia las palabras del poeta según las cuales qué bueno es estar triste y no decir nada… Aunque bien podría decirse que para entonces decir algo tampoco serviría de mucho. En ese instante, las palabras sobraban, como sobraron para explicar los pormenores del “milagroso” evento cuando él regresó a casa. Pormenores que, no obstante, debido a la elocuencia implícita del relato hecho por el taxista a los familiares del protagonista, terminaron por convencer a todos de que, en efecto, se había tratado de un milagro, un milagro, eso sí, causado por las leyes de probabilidad de Hume, según las cuales todo es posible por el cruce de múltiples variables que al cabo determinan el cumplimiento de un hecho, o por la ley del azar de Buñuel, según la cual primero está eso, el azar, luego viene la necesidad. Y la posibilidad de recuperarlo a él, dependía del azar más que de aquella. Tras su muerte el 20 de junio de 1999 en la ciudad que lo había acogido, en la que había sufrido, gozado y se había reproducido, a la vez empezaba a dormir un sueño profundo, tranquilo y verdadero. Larga paz a sus huesos. No obstante, el día que el hermano de su hijo dilecto lo había encontrado, había comenzado la desaparición del padre del autor de este relato…</p>
<p>	&nbsp;</p>
<p>	<b>Bogotá, 13 de mayo de 2009</b></p>
<p align="right"><b><i> </i></b></p>
<p align="right"><b><i>A mi padre, como siempre, no a su memoria…</i></b></p>
<p align="right"><b><i>A mi madre, su Chatita, por su lealtad hacia él.</i></b></p>
<p align="right"><b><i>A mis hijos, Santiago &amp; Valentina, dignos herederos de las virtudes de aquéllos…</i></b></p>
<p align="right"><b><i>Y a Lisandro Duque, por su lealtad hacia Fernando, su hermano.</i></b></p>
<p align="right"><b><i> </i></b></p>
<p align="center"><b>II – El juego del olvido</b></p>
<p>	&nbsp;</p>
<p>	Todavía recuerdo el día, y no solo porque fuera mi cumpleaños, en que la Viejita se desgonzó en mis manos, mientras desayunábamos con placidez junto a la bella, lúcida e inteligente Marthica. La cosa venía de tiempo atrás, de cuando empezó el juego del olvido, el que por fortuna se prolonga hasta hoy. Al principio, para tratar de recordar, ella armaba todos los días sopas de letras que su hija le compraba. Cuando empezó a olvidar las letras, recursiva, se inventó su propio alfabeto, porque había olvidado el otro, el de siempre: volvió a coger una por una de las 28 letras y las guardó de nuevo en su cabeza. Pero, como nadie recuerda a voluntad y todo el mundo es esclavo de su memoria, cada una de esas letras se le iba disolviendo cual solución, en este caso problema, en su mente. Aun así, la Viejita no se daba por derrotada y, decía, tengo que <i>volver a empezar</i>, sin acordarse, desde luego, del melodramático y oscarizado filme español. En efecto, cada mañana, cual Sísifa, por aquello del género, del que tampoco es que se acordara mucho, arrancaba desde cero y esto era terriblemente cierto porque tenía que reconocer que, pese al esfuerzo, no daba con ninguna de las 28… ¿qué? Bueno, no importaba, porque al tener uno de los libros de sopa de letras entre sus manos, al instante volvía a recordar las letras aunque no pudiera, de momento, precisar el número. Y, entonces, descubría que el lugar donde venden drogas es “droguería” y no “drogueríayperfumería”, como cuando le preguntaban a Turbay por un sinónimo del prefijo <i>hiper</i>. Y perdonarán Ustedes, pero la Viejita, al recordar el chiste, naufragaba de nuevo entre aquellas pequeñas cosas de las que hablaba Serrat y se perdía de cabeza entre Turbay y Serrat y decía chistosa “no más turbay, voy a cerrat este libro, jodet”. Y lo cerraba y agregaba “me voy pa’ la calle”, pero olvidaba que su hija le había tenido que secuestrar la llave (sí, porque hoy se secuestra cualquier cosa, ya ni siquiera cualquier persona…) porque, recordaba, que un día que se había salido sola a Carulla, casi no regresa a casa. Y mientras olvidaba el secuestro de la llave seguía vistiéndose como quien se alista para casarse, porque quién quita que en la calle me encuentre un galán y me vaya con él y así no tengo que volver a esta casa donde aunque no me canse empiezo a sentirme un poco restringida y con principios de estreñimiento, jaja, no, más bien, de diarrea… así que salió directo pa’l baño sin haber terminado de vestirse, pero por el camino ya no sabía si estaba vistiéndose, si iba a salir o si iba para el baño. Entonces, de repente, por el esfuerzo, se dio cuenta de que se había cagado en los pantalones, como solía hacerlo a menudo, pero a ella no le importaba porque estaba convencida de que el mundo no valía la pena, pero tampoco era una mierda, como su hija y su querido yerno decían no sin razones desde su punto de vista. A causa de las circunstancias, se quitó los calzones, los pantalones, todo, pero tuvo la suficiente lucidez de no seguir al notar que si seguía quedaba empelota y de pronto la vería alguien, máxime si tenía que bajar a depositar la ropa en la canasta, así que con todo pudor se tapó con la toalla y, de paso, olvidó que tenía que vestirse de nuevo si quería salir a la calle. Pero, eso no ocurrió porque de pronto la asaltó un ataque de memoria y recordó que no podía salir a la calle porque su llave seguía… ¿qué? Y se le olvidó el participio del verbo que más usan los medios cuando se refieren a la guerrilla y el que jamás utilizan al referirse al Gobierno, pese a que este le tiene al pueblo secuestrada toda su capacidad de disentir, de organizarse, de luchar, a punta de física represión por vía del Esmad y sus <i>robocops</i>. Palabra que en ese momento se le aparecía en la sopa de letras y con la cual daba por terminada, de momento, su tarea de engañar a la cabeza y continuar en el juego del olvido. El que no termina aún y eso que han pasado 15 años, con lo cual ya a la Viejita sólo le faltan tres para llegar a los 103 años, edad que desde hace rato, aunque no recuerde el tiempo exacto, fijó para su muerte. Pero, esto último la tiene sin cuidado porque hace rato que olvidó del todo el juego del olvido y ahora sólo se acuerda de que no puede bañarse sola, vestirse o salir a la calle. “¡Puf, qué nos importa!”, dice, como cada vez que un destello de memoria alumbra su sendero de la rutina por el que cada día aún se desplaza esperanzada en seguir el juego del olvido. El que, eso sí, no se olvida de contraponer a la implacable seriedad del recuerdo que se les impone cada día a su querida hija Marthica y a su siempre agradecido yerno, el autor de este relato que jamás sufrirá de <i>alpiste</i>, entre Alzheimer y despiste, felizmente condenado como está a recordar a las dos personas que siempre estuvieron ahí cuando más lo necesitó para poder seguir haciendo parte del doble juego del olvido y de la memoria, de Sísifo y Sísifa, de Caín y Abel. Pareja que recuerda otra sopa de letras, muy difícil, en la que preguntaban por Caín como “homo faber, herrero que castiga a su hermano con el arma que él mismo elabora”, y la Viejita casi desfallece pronunciando el enunciado, y por Abel como “homo ludens, pastor que vive tranquilo en el campo y muere al recibir el golpe de su hermano”, lo que ya no pudo seguir leyendo la Viejita, al entrar en ese terrible fin del juego del olvido que es la siempre indeseada parca.</p>
<p>	&nbsp;</p>
<p>	<b>Bogotá, 5 abril 2016 (2:59 p. m.)</b></p>
<p align="center"><b> </b></p>
<p align="center"><b>III – Del campo a la mayor fosa urbana</b></p>
<p align="center"><b> </b></p>
<p>	Salí de la ciudad al campo y no como es habitual del campo a la ciudad con lo que de hecho me convertí en un desplazado al revés pero no por haber salido de nalgas sino porque adquirí al instante la figura de desplazado y de contra-desplazado después cuando en realidad mi único propósito era recuperar la libertad esa que me habían confiscado en la ciudad la misma en que resultaba ya imposible vivir perdón qué digo sobrevivir y por eso había vuelto a mi casita de campo a la que denominé con el nombre de mi hijita de mi bella hija Valentina con el fin de encerrarme primero a terminar de escribir mis libros también dedicados a mi otro hijo el gran Santiago y luego intentar publicarlos con el anhelo de empezar a recuperarme económicamente para poder llevar una vida digna como todos deseamos en cuanto seres humanos pero no tardé en darme cuenta que estaba no sólo fijándome en el horizonte ese punto que se nos corre a medida que avanzamos hacia él sino que al tiempo me planteaba una de las más inalcanzables utopías si consideramos la calidad de país que tenemos en el que no se respeta la vida humana mejor dicho en el que no se respeta porque como dijo Mayolo seis meses antes de morir Colombia es un país de muertos y en el que la vida es un hecho excepcional aunque más excepcional quizás sea seguir con vida mientras se escribe una historia en la que la mayoría no reparará en lo más mínimo quizás porque lo más mínimo es el sueldo entonces no hay lugar para maricadas para quejas para lamentos sólo para seguir peleando así nada se resuelva pronto ni a mediano plazo ni tal vez nunca pero no importa porque mientras haya vida hay esperanza decía Esperanza delante de todos sus muertos y su marido mientras tanto apenas pensaba en cómo se deshacía de la Esperanza para ir a echarse un polvito por ahí con cualquier otra campesina a la que ya le había puesto el ojo mientras las autoridades empezaban a realizar las exhaustivas investigaciones de siempre para saber por qué en ese día de elecciones habían aparecido tantos cadáveres en la cabecera del municipio vallecaucano que quedaba como por fuera del país de lo lejos que estaba aunque no era que estuviera lejos sino que dada la desidia del gobierno todo parecía no quedar en ninguna parte todo parecía un simple <i>no man’s land</i> un territorio de nadie en el que nadie era el rey porque nadie no es nadie así alguna vez hubiera tenido el atrevimiento de firmar un grafiti en el que afirmaba que nadie es perfecto y lo firmaba él mismo es decir nadie pero a nadie le importaba esto porque al fin y al cabo nadie es nadie y al mismo tiempo es todos de manera que no hay por qué preocuparse con estos detalles semánticos sino más bien poner de nuevo la atención en lo fundamental es decir lo que no hacen los medios jamás ocupados como están no en divulgar noticias sino en encubrirlas para que todo el mundo pueda seguir tranquilo pensando en que estamos en el segundo país más feliz de la tierra y ahora para colmos en el primero así digan que este es el tercer mundo y que ahora vamos para el primero por los caprichos del presidente de turno de presentarnos a la OTAN/OCDE para darle contentillo al pueblo y hacerle creer que estamos en un país poderoso económicamente mientras lo que sucede es que cada día estamos más mal y como prueba de ello bastaría pensar en esos catorce mil niños que han muerto en La Guajira por falta de agua y de comida pero a través de los medios nos dicen que no hay que alarmarse porque lo que nos tiene jodidos no es la injusticia ni el despilfarro ni la corrupción sino el fenómeno del niño cuando la verdad es que el problema es el fenómeno de los niños grandes políticos pero también de los pequeños que mueren en Chocó lo mismo que los indios en Cauca o Putumayo y a nadie le importa que la verdadera razón estribe en el desvío del río Ranchería por cuenta del Gobierno y los políticos y sus socios los paracos así como tampoco importa a nadie que el IVA haya subido al diecinueve por ciento porque entretanto la desgracia mediática es que nuestra reina fue miss universo por tres minutos y luego el negro ese que fue puesto a propósito para que dijera que se había equivocado agregara que qué pena la reina es la de Filipinas ese país tropical asiático que no se sabe si ha tenido más desgracias naturales que desgraciados y naturales hijos de la chingada que lo han gobernado casi peor que los políticos a Colombia así que nada ha pasado ciudadanos a guardar compostura y nada de tirarle tomates ni huevos ni limones al negrito que fue puesto a propósito en vez de un blanquito para así confirmar que los de su color son brutos y estúpidos y casi seres humanos cuando para nadie es un secreto que la peor peste es la alta suciedad blanca la misma que ha armado todas las guerras desde un solo país ese en el que muchos aún tienen la pretensión infundada de poder realizar su sueño pero donde como se ve en ese bello filme titulado Nebraska el campo está tan muerto como si se tratara de cualquier Colombia país que ya no necesita descertificación porque mientras tanto sus políticos lo han convertido en un desierto y al mismo tiempo en un campo abonado para la locomotora energético-minera y para los muertos que brotan silvestres de la tierra en cada remoción de escombros como en La Escombrera, de Medellín, lugar donde está el siniestro record Guinness de la mayor fosa común urbana de la historia de Colombia.</p>
<p>	&nbsp;</p>
<p>	<b>Bogotá, 15 marzo 2016</b></p>
<p>	<b><i> </i></b></p>
<p>	<b>*(Bogotá, Colombia, 1957) Escritor, periodista, crítico literario, de cine y de jazz, catedrático, conferencista, corrector de estilo, traductor y, por encima de todo, lector.  E-mail: </b><a href="mailto:lucasmusar@yahoo.com"><b>lucasmusar@yahoo.com</b></a></p>
<p>	<b> </b></p>
]]></content:encoded>
        <author>elmagazin</author>
                    <category>El Magazín</category>
                <guid isPermaLink="false">http://blogs.elespectador.com/elmagazin/?p=8042</guid>
        <pubDate>Tue, 02 Aug 2016 19:54:08 +0000</pubDate>
                                <media:content url="https://blogs.elespectador.com/wp-content/uploads/2024/04/DefaultPostImage-1-1.jpg" type="image/jpeg">
                <media:description type="plain"><![CDATA[Tres cuentos colombianos]]></media:description>
                <media:credit role="author" scheme="urn:ebu">elmagazin</media:credit>
            </media:content>
                            </item>
        <item>
        <title>Cómo suicidarse un lunes festivo</title>
        <link>https://blogs.elespectador.com/cultura/el-magazin/como-suicidarse-un-lunes-festivo/</link>
        <description><![CDATA[<p>Jessica Leguizamón Si está pensando en suicidarse, los lunes festivos definitivamente son los días apropiados, ya que son el reemplazo de los domingos y recordemos la mala reputación que tienen los domingos, como decía Benedetti en la Tregua: “Si alguna vez me suicido, será en domingo. Es el día más desalentador, el más insulso”. Y [&hellip;]</p>
]]></description>
        <content:encoded><![CDATA[<p style="text-align: center" align="center"><b><img loading="lazy" decoding="async" class="aligncenter  wp-image-6731" alt="suic" src="https://blogs.elespectador.com/wp-content/uploads/2015/02/suic.jpg" width="454" height="302" /></a></b></p>
<p style="text-align: left" align="center"><b>Jessica Leguizamón</b></p>
<p>	Si está pensando en suicidarse, los lunes festivos definitivamente son los días apropiados, ya que son el reemplazo de los domingos y recordemos la mala reputación que tienen los domingos, como decía Benedetti en la Tregua: “Si alguna vez me suicido, será en domingo. Es el día más desalentador, el más insulso”. Y es que los lunes festivos son días en los que uno recuerda todo lo que quiere olvidar, como por ejemplo, que se encuentra completamente solo, que no tiene con quién compartir un día más de descanso y que al otro día es el desalentador inicio de semana, en donde comienza la eterna rutina y en donde, probablemente, usted debe levantarse a asistir a primera hora a un lugar que no le gusta, a hacer un trabajo que detesta, a ver gente que odia, a sonreír por cortesía y a hacer lo mismo que ha hecho quién sabe hace cuántos millones de años; años en los cuales la rutina ha acabado con su juventud y sus sueños.<span id="more-6730"></span></p>
<p>	Entonces ahora que ya sabemos el por qué es adecuado suicidarse un lunes festivo, empecemos a buscar la forma.</p>
<p>	El tema de la cuerda, aunque es un cliché, tiene su ciencia, pues hay que conseguir una cuerda resistente capaz de soportar su peso, saber hacer el nudo que cegara su miserable vida, pero ¿cómo se hace un nudo de esos? o ¿en dónde va a colgar la cuerda? En mi casa, por ejemplo, no encuentro en dónde colgar la cuerda. Entonces, opción descartada.</p>
<p>	El tema de los venenos siempre me ha generado desconfianza, porque y ¿si uno no muere? y ¿si queda mal? Es mucho el riesgo, porque si es difícil vivir con toda la salud, imagínese sin ella, y peor aún, probablemente sin la posibilidad de poder intentar de nuevo suicidarse. Descartado también.</p>
<p>	Otro cliché bastante hollywoodense y muy de moda es la  sobredosis de tranquilizantes, a lo Marilyn Monroe, Amy Winehouse o Whitney Houston, entre otras luminarias. Tendría que hacerse en una bañera para darle dramatismo al asunto, esta opción no está del todo mal, porque si hablamos de las escenas sangrientas, habría que tener una dosis extra de valentía, aun más de la que se necesita para suicidarse, y dejar el reguero como cual escena de un crimen. ¡No es demasiado!.</p>
<p>	En lo personal, he pensado que la mejor forma sería la famosa muerte dulce, abrir la llave del gas, los fogones, cerrar en su mayoría las ventilas, acostarse cómodamente en su cama y morir mientras entra en un profundo, aunque no sé qué tan placentero sueño, y es que, ¿A quién no se le ha pasado por la cabeza, aunque fuese una vez en la vida, la idea de suicidarse? Por lo menos a mi sí. Otra cosa que debe tener en cuenta es estar plenamente arreglado para su muerte, no podemos dejar al azar ningún detalle, hay que arreglarse como para ir a una cita, de hecho es una de las citas más importantes de su vida, la última, y hay que estar a la altura, entonces asegúrese de estar bañado, bien depilado, con ropa interior bonita, lo mismo la exterior. Si es mujer, bien maquillada, y si es hombre y se maquilla también, piel hidratada, accesorios adecuados, que las medias no estén rotas, manicure, pedicure, etc. Recuerde que van a revisar su cadáver y lo mejor será dejar una buena impresión, que digan que usted fue una persona pulcra y dejó un hermoso cuerpo.</p>
<p>	Bueno, para darle orden al asunto, hagámoslo por pasos.</p>
<p>	1. Escoja la forma que más se adapte a su personalidad a la hora del suicidio: pastillas, muerte dulce, tranquilizantes, veneno, etc.</p>
<p>	2. Consiga todos los implementos necesarios.</p>
<p>	3. ¡Prepárese! Baño, maquillaje, ropa, etc.</p>
<p>	4. Asegúrese de que no haya nadie en su casa. Si vive con alguien, espere a que todos salgan a almorzar o algo así y se demoren. Invéntense  una excusa creíble para quedarse solo en casa.</p>
<p>	5. Asegúrese, antes del deceso, de haber hecho por última vez la cosa que lo haga más feliz en el mundo.</p>
<p>	6. Elabore una carta de despedida, si así lo desea.</p>
<p>	7. Piense bien, por última vez, si está seguro de dejar de vivir.</p>
<p>	Y es que uno se pone a pensar ¿por qué se quiere suicidar? y entonces aparece una lista interminable de cosas, mala situación económica, falta de empleo, de oportunidades, amores no correspondidos, decepciones de todo tipo, etc. Pero en realidad la gente se suicida porque no es feliz, y es que estamos tan ocupados buscando ser “exitosos” y en tener todo lo que requiere el “éxito” en nuestra sociedad, como las cuentas bancarias llenas de billetes, que no nos damos cuenta de que lo que hay que tener lleno es el corazón y el alma, eso es lo que es prioridad enriquecer, o entonces ¿por qué creen que se suicidan las estrellas?, si al parecer tienen todo lo que se necesita para ser feliz, dinero, talento, fama, reconocimiento, ropa de diseñador, el último carro, las joyas más brillantes. Uno debería todos los días levantarse preguntándose si realmente es feliz, y si no lo es, sentarse dos minutos en la cama, lo mismo que hace a diario, pero no para lamentarse, no, si no para responderse esa sencilla pregunta. Entonces, encuentre lo que lo hace feliz, un jardín con flores, un helado, un color, caminar bajo la lluvia, ver a alguien sonreír, y hágalo, así sea una vez en el día o en la semana, o mínimo en el mes, o si es un proyecto, dedíquese a trabajar en el. Por ejemplo, a mí me gusta escribir banalidades. ¿Qué le gusta a usted? Sepa y entienda, que si uno no es feliz, no puede hacer feliz a nadie y la vida entera se le va haciendo cosas que lo envejecen sin sentido, y cuando llegan las canas y las arrugas también llegarán los remordimientos.</p>
<p>	Es decir, para nadie es un secreto que la vida es dura, y sí que es dura y hay momentos difíciles y a veces uno piensa que puede llorar noches enteras y aún así no secar toda el alma, como dicen por ahí. Pero vivir es un complemento de todas las increíbles sensaciones que uno es capaz de percibir. Amor, odio, rencor, esperanza, ilusión, nostalgia, llorar de tristeza y de alegría también y entonces uno se tiene que dar cuenta de que vivir es un regalo, y que no tiene propósito, tan solo vivir. El propósito se lo da uno cada día al despertar. Vivir no tiene que ser tan complicado como parece, el que se complica es uno mismo. Tan solo hay que aprender a disfrutarlo y llenarse de las mejores cosas que uno puede recolectar por el camino.</p>
<p>	8. Haga caso omiso a todos los pasos anteriores y viva muy feliz.</p>
]]></content:encoded>
        <author>elmagazin</author>
                    <category>El Magazín</category>
                <guid isPermaLink="false">http://blogs.elespectador.com/elmagazin/?p=6730</guid>
        <pubDate>Thu, 19 Feb 2015 18:01:49 +0000</pubDate>
                                <media:content url="https://blogs.elespectador.com/wp-content/uploads/2024/04/DefaultPostImage-1-1.jpg" type="image/jpeg">
                <media:description type="plain"><![CDATA[Cómo suicidarse un lunes festivo]]></media:description>
                <media:credit role="author" scheme="urn:ebu">elmagazin</media:credit>
            </media:content>
                            </item>
        <item>
        <title>Signos y símbolos en la pintura de Manuel Hernández</title>
        <link>https://blogs.elespectador.com/cultura/el-magazin/signos-y-simbolos-en-la-pintura-de-manuel-hernandez/</link>
        <description><![CDATA[<p>Por Eduardo Márceles Daconte* eduardomarceles@yahoo.com Así como Marino Marini, el pintor y escultor italiano, dedicó un buen trecho de su vida al tema del jinete sobre su caballo, de igual modo Manuel Hernández (Bogotá, 1928-2014), después de una primera etapa figurativa, hacia la década del 60 se dedicó a investigar las ilimitadas posibilidades visuales de [&hellip;]</p>
]]></description>
        <content:encoded><![CDATA[<figure id="attachment_6392" aria-describedby="caption-attachment-6392" style="width: 573px" class="wp-caption aligncenter"><img loading="lazy" decoding="async" class=" wp-image-6392 " alt="Manuel hernández" src="https://blogs.elespectador.com/wp-content/uploads/2014/10/Manuel-hernández.jpg" width="573" height="384" /></a><figcaption id="caption-attachment-6392" class="wp-caption-text">&#8216;Piña cortada&#8217; (1960) por Manuel Hernández. Colección del Banco de la República.</figcaption></figure>
<p>	<strong>Por Eduardo Márceles Daconte*</strong></p>
<p>	<a href="mailto:eduardomarceles@yahoo.com" target="_blank">eduardomarceles@yahoo.com</a></p>
<p>	Así como Marino Marini, el pintor y escultor italiano, dedicó un buen trecho de su vida al tema del jinete sobre su caballo, de igual modo Manuel Hernández (Bogotá, 1928-2014), después de una primera etapa figurativa, hacia la década del 60 se dedicó a investigar las ilimitadas posibilidades visuales de sus signos y símbolos personales.</p>
<p>	La aparente simplicidad de sus formas y grafismos son en realidad el fruto de una larga meditación sobre los valores del silencio, la quietud o el equilibrio, con los que propone una simplificación o depuración de sus enunciados visuales exentos de cualquier alusión naturalista.</p>
<p>	Su obra resume una experiencia que se alimenta de numerosas fuentes —conscientes o inconscientes— que remiten a las pictografías indígenas, la caligrafía ideográfica oriental con sus numerosos estilos en China y Japón, el grafiti de los artistas vanguardistas en las principales ciudades del mundo e incluso el expresionismo abstracto de pintores como Mark Rothko y sus campos de color o las manchas contrastantes de Robert Motherwell en su Elegía a la guerra civil española. De primera impresión, su pintura parecería monótona; sólo introduciéndose en sus connotaciones técnicas y conceptuales puede el observador llegar a una comprensión más acertada de su propuesta visual.</p>
<p>	Su pintura se construye con base en capas superpuestas de acrílico o técnicas mixtas aprovechando todo tipo de medios, sobre papel o lienzo, de colores mesurados que saturan la superficie hasta conseguir esa profundidad atmosférica y monocromática sobre la cual imprime esas familiares formas de bordes difusos como si flotaran sobre la tela. Hernández prefería las combinaciones de figuras ovaladas y rectangulares para proyectar una energía de relajada consistencia que recuerda la obra del italiano Giorgio Morandi, el pintor que a través de su vida se dedicó, como Marini, de manera casi exclusiva, a pintar bodegones intimistas despojados de contenidos literarios o simbólicos, con una calidad poética derivada de su reducida gama de tonos. La pintura de Hernández reúne esas cualidades para catalogarla entre las más sobrias y líricas de la pintura abstracta del siglo XX en Colombia.</p>
<p>	*Escritor e investigador cultural, licenciado en humanidades de la Universidad de Nueva York.</p>
]]></content:encoded>
        <author>elmagazin</author>
                    <category>El Magazín</category>
                <guid isPermaLink="false">http://blogs.elespectador.com/elmagazin/?p=6391</guid>
        <pubDate>Tue, 07 Oct 2014 21:04:33 +0000</pubDate>
                                <media:content url="https://blogs.elespectador.com/wp-content/uploads/2024/04/DefaultPostImage-1-1.jpg" type="image/jpeg">
                <media:description type="plain"><![CDATA[Signos y símbolos en la pintura de Manuel Hernández]]></media:description>
                <media:credit role="author" scheme="urn:ebu">elmagazin</media:credit>
            </media:content>
                            </item>
        <item>
        <title>Alfredo Molano Bravo: Palabras Honoris Causa</title>
        <link>https://blogs.elespectador.com/cultura/el-magazin/alfredo-molano-bravo-palabras-honoris-causa/</link>
        <description><![CDATA[<p>Palabras de Alfredo Molano Bravo en el acto de entrega del título Doctor Honoris Causa que la Universidad Nacional de Colombia le otorgó el pasado jueves 25 de septiembre. &nbsp; Vaya, mire y me cuenta &nbsp; Señor Rector de la UN Miembros del Consejo Académico, Profesoras y profesoras Señoras y señores Compañeros de Sociología. 500 [&hellip;]</p>
]]></description>
        <content:encoded><![CDATA[<p>Palabras de Alfredo Molano Bravo en el acto de entrega del título Doctor Honoris Causa que la Universidad Nacional de Colombia le otorgó el pasado jueves 25 de septiembre.</p>
<p>	&nbsp;</p>
<figure id="attachment_6329" aria-describedby="caption-attachment-6329" style="width: 448px" class="wp-caption aligncenter"><img loading="lazy" decoding="async" class=" wp-image-6329 " alt="Alfredo Molano Bravo. /Archivo" src="https://blogs.elespectador.com/wp-content/uploads/2014/09/MOlano-foto-2.jpg" width="448" height="298" /></a><figcaption id="caption-attachment-6329" class="wp-caption-text">Alfredo Molano Bravo. /Archivo</figcaption></figure>
<p style="text-align: center"><strong>Vaya, mire y me cuenta</strong></p>
<p>	&nbsp;</p>
<p>	<i>Señor Rector de la UN<br />
	</i><i>Miembros del Consejo Académico,<br />
	</i><i>Profesoras y profesoras<br />
	</i><i>Señoras y señores<br />
	</i><i>Compañeros de Sociología.<br />
	</i><i>500 palabras un minuto</i></p>
<p>	&nbsp;</p>
<p style="text-align: left"><span id="more-6328"></span>La distinción académica que recibimos de la Universidad Nacional nos llena de una sincera y profunda alegría. Aquí nos formamos, aquí se caldearon nuestros sueños, aquí aprendimos a encarar el futuro. Estamos agradecidos con la universidad por lo que nos dio y por lo que hoy nos otorga. Volver a estar aquí es revivir aquellos días en los que el hoy estaba tan lejos.</p>
<p>	Permítanme hablar ahora en primera persona porque es en ella en la que yo he contado lo que me cuentan.</p>
<p>	No es, claro está, de mi vida de lo que quiero hablar, es la historia personal de una mirada.</p>
<p>	No puedo evitar –aunque lo intente– recordar mi primer día de universidad, quizás un 8 de febrero. Lo viví como entrando al panteón de los héroes porque había ganado una gran batalla: estudiar sociología en lugar de cursar derecho, la profesión de mis tíos y de mis abuelos, y porque había aprobado los exámenes de admisión sobre bases académicas muy endebles habiendo hecho, como hice, mi bachillerato entre mesas de billar y salas de cine. Había, además, pasado la entrevista con Orlando Fals Borda, Camilo Torres Restrepo y Eduardo Umaña Luna, tres de las personas que más han influido en mi vida y en mi generación. Orlando nos abrió la puerta al país real; Camilo, al país posible, y Umaña Luna, al mundo de la ética. Materias todas que seguiríamos cursando en la facultad con otros profesores y bajo distintas cátedras: Tomás Dukay, republicano exiliado; Chucho Arango, torrente de historia; Juan Friede, estricto, exacto, crítico; Virginia Gutiérrez, Ernesto Guhl, Enrique Valencia, sólo para nombrar aquellos que recupera esta memoria que ya comienza a hacer aguas. Lo que en las aulas oíamos, en los prados digeríamos y en la 26 o en la 45, a piedra, defendimos. Teníamos que entregar intacto el legado de las luchas estudiantiles del 28 contra la Hegemonía conservadora; las del 54 contra la dictadura de Rojas Pinilla, y afirmar la nuestra contra el Frente Nacional, contra la agresión norteamericana a Cuba, contra el asalto a Marquetalia. Para ninguno fue fácil dejar la universidad. Se sale del campus, pero no muy lejos; la vida real da miedo. Me desprendí de la Nacional a duras penas.</p>
<p>	Héctor Abad Gómez, el mártir, nos llevó a varios de los nuevos sociólogos a trabajar en la reforma agraria. Me mandó sin preámbulo al alto Sinú: “Vaya, mire y me cuenta”, me dijo. Córdoba andaba revuelta: los campesinos pedían las tierras que los terratenientes les quitaban desecando las ciénagas, corriendo cercas, quemando escrituras. El Incora se entretenía construyendo un distrito de riego que con el tiempo terminaría fertilizando las tierras de los grandes hacendados. En la cabecera del río Sinú, que es también la del San Jorge, había colonos arrinconados por el Ejército. Se trataba de poner en práctica el operativo norteamericano en Vietnam de las Aldeas estratégicas. O mejor dicho, de sacar a los colonos de sus tierras para concentrarlos en sitios determinados y poder bombardear las nacientes guerrillas. Yo regresé a Bogotá con el credo en la boca: el gerente habló con el presidente; el presidente, con el general, y la operación se suspendió. Fue en Juan José, un pueblo donde después entregaría armas el EPL, donde yo oí por boca de un campesino hablar por primera vez de los “años del tropel”, años de sangre.</p>
<p>	No me era extraña la violencia, a pesar de haber nacido en un área rural donde no la hubo. Sin embargo, el 9 de abril Bogotá ardía y desde mi casa veíamos el resplandor de las llamas que consumían la ciudad. Tres días después la Policía se llevó a unos forasteros que, se dijo, habían dejado salir de La Picota, y el general Amadeo Rodríguez, jefe civil y militar de La Calera, los fusiló, sin juicio, en el alto de las Tres cruces. Según él, “eran nueveabrileños”. Mi casa quedaba en un páramo apacible desde donde se oía pitar el tren de la sabana a las 5 de la tarde, hora en que los trabajadores alzaban la mano de obra y llegaban a mi casa a comer: entonces hablaban, contaban su día, su historia, se reían, se burlaban unos de otros y a veces hasta tocaban tiple. Yo los oía embelesado, eran mis héroes.</p>
<p>	En algún veraneo en Chicoral, en la plaza del pueblo vi descargar dos cadáveres que traían a caballo; les vi los ojos horrorizados y secos. El alcalde dijo que eran bandoleros. En Tocaima, en otro veraneo, vi las calles de la plaza llenas de mujeres y de niños durmiendo en las aceras. Oí decir que eran gente que no quería trabajar.</p>
<p>	Cuando leí <i>La Violencia en Colombia</i>, el libro de monseñor Guzmán, Fals y Umaña, supe que se trataba de esas historias que quedaron grabadas en mi alma. La facultad de Sociología era un hervidero de ideas. Los periódicos hablaban mal de ella y nosotros, de ellos. Buscábamos la verdad en algún barrio del sur de Bogotá y en alguna vereda de Boyacá donde hacíamos prácticas de campo para contrastar las tesis de la sociología académica, un poco densa, a decir verdad. Una distancia que fue aumentando al ritmo en que me reencontré con la mirada campesina, ese agujero por donde sigo mirando el país.</p>
<p>	Al regresar de estudiar en París –donde aprendí poco y divagué mucho–, quise hacer mi tesis de grado sobre la renta de la tierra, un tema de moda entre los intelectuales. Opté por hacer el trabajo de campo en Granada, un pueblo lejano en el río Ariari que yo había conocido de niño con el nombre de Boca de Monte y donde me habían mostrado de lejos al temible “Tuerto” Giraldo, un guerrillero liberal. El Ariari era una tierra arrancada a la selva por colonos de Tolima y de Cundinamarca. Busqué ansioso información para mi tesis. La gente me respondía con una mezcla de generosidad y desconfianza, hasta que, viendo mi torpeza, la primera le ganó la partida a la segunda y entonces me contaban su vida: Unos habían llegado de la guerra remontando la Cordillera Oriental con sus hijos y sus corotos a cuestas, otros habían llegado en bus con el “solo encapullado”. Todos huyendo, todos buscando tierras nuevas. Sus historias apasionadas, enriquecidas con sueños, adoloridas por la persecución, me hicieron olvidar la tesis y las caras doctorales de mis calificadores franceses. Fue en Bogotá donde, a cambio de una historia, cedí a la tentación de tener un cartón. No me cupo duda, era demasiado lo que me habían contado los colonos, era muy grande mi compromiso. Opté a conciencia por contar lo que me habían contado, diría mejor, lo que me habían confiado. Lo escribí en primera persona como si ellos, los colonos, lo hubieran escrito. Tal subjetividad –dictaminó la doctrina– reñía con la naturaleza objetiva y aséptica de la ciencia. No se podía distinguir entre la verdad y la fantasía. Para mí, la cuestión no era de método sino de ética. Se produjo entonces un rompimiento a ciencia y conciencia, una “ruptura epistemológica” con lo que parecía más un juez que un maestro.</p>
<p>	Y sobre este rompimiento eché a andar.</p>
<p>	Los colonos de El Pato, que se habían tomado Neiva después de un bombardeo infame, me enseñaron a oír sus reclamos históricos; en el Valle del Cauca, en Caldas, en Tolima, las víctimas de los pájaros en Ceylán y de los chulavitas en Sevilla, y los huérfanos de los crucificados en Rovira, me hicieron arte y parte de su tragedia. Seguí las huellas de los levantamientos de Guadalupe Salcedo y del Tuerto Giraldo en el Llano; de Isauro Yosa y de Charro Negro en Tolima. Pero, sobre todo, recogí el eco del dolor de hombres y mujeres que una mina de oro en el Naquén, en un manglar del Pacífico, en un río de Chocó rebuscaban lo que la selva les diera, lo que las aguas les llevaran, ante la indiferencia suprema del Estado. Así, de costa a costa, de río en río, de camino en camino, hice lo que un negro viejo en el Charco, Nariño, me dijo: “Para conocer, señor, hay que andar”. Un consejo que ha sido el itinerario de mi vida.</p>
<p>	Oír las voces de las gentes no fue suficiente. Para no usurparlas, había que escribirlas en el mismo tono y el mismo lenguaje en que habían sido escuchadas. No fue fácil desembarazarme del idioma conceptual que me impedía ver y hablar. Un afortunado día escribir se me volvió obligatorio, incluso apasionante. Pero todavía faltaba saber si sería útil. Poco a poco esta condición abrió camino al constatar que la gente llana entendía lo que yo escribía con su voz. Los colonos, los aventureros, los guerrilleros, los despojados y hasta los desaparecidos adquirían así vida textual. Entendí que los relatos podían servirles de espejo para que se reconocieran y recabaran en la fuerza que, sin saberlo, cargaban. Comprendí que la aceptación de los textos –mi aspiración más secreta– me satisfacía no porque me justificaran, sino porque por ahí el conocimiento encontraba objeto, cumplía su razón de ser. Oír a la gente reírse de sí misma, discutir sus propios testimonios, volver a sufrir sus dolores, interrogarse, aceptarse, era el sentido vital que yo podía reclamarle al conocimiento. Ya no era la curiosidad de oírlos y de gozar su lenguaje y sus maneras particulares de entender el mundo, ahora era la gratísima sensación de que lo que uno había hecho era acogido. El conocimiento es una especie de hijo pródigo que sólo encuentra suspiro cuando regresa a su fuente. Escuchar –perdónenme el tono– es ante todo una actitud humilde que permite poner al otro por delante de mí, o mejor, reconocer que estoy frente al otro. Escuchar es limpiar lo que me distancia del vecino o del afuerano, que es lo mismo que me distancia de mí. El camino, pues, da la vuelta.</p>
<p>	Escuchar es casi escribir. Pero pregunto: ¿Cómo puede uno guardar lo que ha encontrado cuando ese hallazgo es un instante de plenitud? La verdadera relación con otro ser humano es jubilosa porque ha logrado romper la trinchera del miedo. Pienso que guardar esa emoción podría ser dañino. No es sólo una responsabilidad, sino también un asunto de vida o muerte. ¿Cómo seguir viviendo aislado cuando uno conoce al vecino y sabe, además, que vive tan solo como uno? Más aún: ¿Cómo no comunicarle que uno existe? ¿Cómo no mandarle un papelito diciéndole: “aquí estoy”? Eso es escribir. Se tiene miedo de escribir porque se tiene miedo de escuchar, porque se tiene miedo de vivir. Quizá por eso son más seguros los conceptos y los prejuicios.</p>
<p>	Escuchar y escribir son actos gemelos que conducen a la creación. El conocimiento no es el resultado de la aplicación de unas reglas científicas sino un acto de inspiración cuyo origen me es vedado pero cuya responsabilidad me es exigida. Uno no escoge los temas, dice Sábato, los temas lo escogen a uno. La creación esconde la utopía, la aspiración a un mundo nuevo y distinto que puede ser tanto más real cuanto más simple. Las cosas suelen no estar más allá sino más acá.</p>
<p>	Permítanme terminar diciendo que la creación es el movimiento de la vida. Por eso todo esfuerzo encaminado a conocer debe aspirar a crear, no a descubrir. Crear es, al fin y al cabo, un acto ético. Por eso, entre otras cosas, me honra recibir este doctorado Honoris Causa en compañía de ustedes y sobre todo, del poeta Juan Manuel Roca, quien sin saber para quien escribe, sabe que lo hace en la madrugada:</p>
<p style="text-align: center">“<em>Desde una nación donde alguien proscribe el sueño,</em></p>
<p style="text-align: center"><em>donde gotea el tiempo como lluvia envilecida</em></p>
<p style="text-align: center"><em>y la risa es condenada por traición a los espejos</em>”.</p>
]]></content:encoded>
        <author>elmagazin</author>
                    <category>El Magazín</category>
                <guid isPermaLink="false">http://blogs.elespectador.com/elmagazin/?p=6328</guid>
        <pubDate>Mon, 29 Sep 2014 17:12:07 +0000</pubDate>
                                <media:content url="https://blogs.elespectador.com/wp-content/uploads/2024/04/DefaultPostImage-3.jpg" type="image/jpeg">
                <media:description type="plain"><![CDATA[Alfredo Molano Bravo: Palabras Honoris Causa]]></media:description>
                <media:credit role="author" scheme="urn:ebu">elmagazin</media:credit>
            </media:content>
                            </item>
        <item>
        <title>La alcaldía de Jorge Eliécer Gaitán</title>
        <link>https://blogs.elespectador.com/cultura/el-magazin/la-alcaldia-de-jorge-eliecer-gaitan/</link>
        <description><![CDATA[<p>Nicolás Pernett Mucho antes de su famosa candidatura a la Presidencia durante la que fue asesinado en 1948, Jorge Eliécer Gaitán alcanzó a ocupar diversos cargos públicos durante su larga vida política: fue representante a la Cámara, concejal, segundo designado a la Presidencia, senador y ministro de Educación y de Trabajo. También fue alcalde de [&hellip;]</p>
]]></description>
        <content:encoded><![CDATA[<p><strong><img loading="lazy" decoding="async" class="aligncenter  wp-image-4979" alt="Gaitán foto" src="https://blogs.elespectador.com/wp-content/uploads/2013/12/Gaitán-foto.jpg" width="336" height="224" /></strong></p>
<p style="text-align: left"><strong>Nicolás Pernett</strong></p>
<p style="text-align: left"><span id="more-4978"></span>Mucho antes de su famosa candidatura a la Presidencia durante la que fue asesinado en 1948, Jorge Eliécer Gaitán alcanzó a ocupar diversos cargos públicos durante su larga vida política: fue representante a la Cámara, concejal, segundo designado a la Presidencia, senador y ministro de Educación y de Trabajo. También fue alcalde de Bogotá durante un corto período entre 1936 y 1937, y su salida fue una de las más controversiales y recordadas en la capital.</p>
<p style="text-align: left">Después de haberse hecho un nombre como abogado y joven dirigente del Partido Liberal, denunciando la masacre de las bananeras en 1929 y tras varios años de trabajo en el Concejo de Bogotá, Gaitán fue nombrado alcalde de Bogotá –era la época anterior a la elección popular de alcaldes– por el gobernador de Cundinamarca, Parminio Cárdenas, el 20 de mayo de 1936 y tomó posesión del cargo el 8 de junio de ese mismo año. En ese momento Colombia estaba bajo el gobierno de Alfonso López Pumarejo, cuya programa de “Revolución en marcha” pretendía modernizar el país e insertarlo de lleno en el siglo XX después de varias décadas de gobierno conservador.</p>
<p style="text-align: left">Una vez al frente de la Alcaldía de Bogotá, Gaitán emprendió cambios acelerados para mejorar la ciudad. Una de las preocupaciones más recurrentes de la ciudadanía era la fea apariencia de la capital, sobre todo cuando se avecinaba el cuarto centenario de fundación de Bogotá, que se celebraría en 1938. Para afrontar el problema, Gaitán tomó una serie de medidas en las que se compelía a los mismos habitantes a asumir las labores de embellecimiento de las calles. Varios decretos fueron emitidos obligando a los propietarios a pintar sus fachadas –de acuerdo a una paleta de colores predeterminada por la misma Alcaldía– y a hacer reparaciones en sus edificios. Los argumentos del alcalde para estas medidas eran la necesidad de usar el presupuesto para inversiones en cultura y educación, en lugar de invertirlos en grandes trabajos de embellecimiento, así como un cierto afán pedagógico por parte de Gaitán por educar a la ciudadanía en la acción colectiva que los hiciera enfrentar y resolver ellos mismos los problemas de su ciudad.</p>
<p style="text-align: left">Otra de las banderas de la alcaldía de Gaitán fue la cultura, y en ella enfocó buena parte de sus esfuerzos. No solo instauró en la ciudad la costumbre de los conciertos gratuitos para la población, sino que tuvo la ocasión de inaugurar la primera Feria del Libro en Bogotá, el 10 de octubre de 1936. Igualmente populares fueron sus medidas para crear bibliotecas móviles, la “semana de los niños”, las películas y conferencias gratuitas, así como el “día de los deportes”, pensado para estimular la educación física en la ciudad. Con este programa de gobierno Gaitán pareció entrar en concordancia con el espíritu modernizador del Gobierno liberal, aunque de un modo mucho más enfocado en los más desvalidos de la sociedad. Para Gaitán, un país moderno no solo debía contar con mecanismos democráticos de participación política sino tener una población bien alimentada (también impulsó los comedores estudiantiles cuando fue ministro de Educación), bien formada física y mentalmente, e instruida en higiene y otros asuntos prácticos.</p>
<p style="text-align: left">Sin embargo, estas medidas resultaron intrusivas y de tendencias fascistas para algunos, pues parecían imitar los programas de mejoramiento físico e ingeniería social en que se embarcaron varias potencias europeas después de la Primera Guerra Mundial. Gaitán siempre negó sus relaciones con el fascismo y defendió sus medidas como una manera de dignificar al habitante bogotano. Sin embargo, muchas veces esta dignificación se dio por decreto y con la abierta oposición incluso de los mismos beneficiados. Decretos como los tendientes a hacer obligatorios el uso del calzado y el baño cotidiano, y a proscribir las alpargatas y la ruana, fueron recibidos con resistencias por parte de la población y le dieron la excusa perfecta a sus opositores para tildarlo de dictador e intransigente.</p>
<p style="text-align: left">Pero sin duda las medidas que precipitarían el final de su alcaldía fueron los decretos que expidió para regular el trasporte público en la ciudad y que obligaban a los taxistas a usar uniformes “presentables” y a instalar taxímetros regulados por el Gobierno Municipal en sus automóviles. Estas medidas exaltaron los ánimos de los conductores, que se fueron al paro el 8 de febrero de 1937, aduciendo especialmente su negativa a usar los trajes impuestos por la Alcaldía. Diversas movilizaciones fueron organizadas en la ciudad, tanto en pro como en contra de la gestión del alcalde. Una de las más recordadas fue la del 11 de febrero, cuando veinte mil bogotanos salieron a respaldar a Gaitán. Sin embargo, las tensiones del paro se agudizaron hasta que fue destituido por el mismo gobernador Cárdenas el 13 de febrero de 1937.</p>
<p style="text-align: left">Las razones de su destitución han sido interpretadas de diversas maneras desde entonces. Algunos aseguran que los huelguistas estuvieron impulsados por el Partido Conservador y otros, como la propia familia del caudillo, han afirmado que su salida fue fraguada por sectores dirigentes del Partido Liberal, con Alfonso López a la cabeza, para detener su inatajable ascenso dentro de la política nacional. En el libro <i>Gaitán, el alcalde del pueblo, </i>recientemente publicado por el Archivo de Bogotá, la historiadora norteamericana Ruth Ann Updegraff asegura que la reacción de los habitantes de la capital fue producto de la misma educación política que el propio Gaitán les había dado, pues al enseñarles a esperar y a exigir respuestas por parte de sus gobernantes, los preparó para ser los actores principales de sus propia salida del poder.</p>
<p style="text-align: left">A pesar del corto tiempo en que Gaitán estuvo al frente de la capital del país, su paso por la Alcaldía alcanzó a movilizar los sentimientos de la ciudadanía capitalina de un modo nunca antes visto y a cambiar el enfoque de la administración distrital. Su interrumpida administración en el segundo cargo más importante del país fue la única ocasión en que se pudo experimentar cómo hubiera sido una posible presidencia del “caudillo del pueblo”.</p>
]]></content:encoded>
        <author>elmagazin</author>
                    <category>El Magazín</category>
                <guid isPermaLink="false">http://blogs.elespectador.com/elmagazin/?p=4978</guid>
        <pubDate>Fri, 13 Dec 2013 23:40:39 +0000</pubDate>
                                <media:content url="https://blogs.elespectador.com/wp-content/uploads/2024/04/DefaultPostImage-2.jpg" type="image/jpeg">
                <media:description type="plain"><![CDATA[La alcaldía de Jorge Eliécer Gaitán]]></media:description>
                <media:credit role="author" scheme="urn:ebu">elmagazin</media:credit>
            </media:content>
                            </item>
        <item>
        <title>La autobiografía artística de Picasso</title>
        <link>https://blogs.elespectador.com/cultura/el-magazin/la-autobiografia-artistica-de-picasso/</link>
        <description><![CDATA[<p>  Beatriz Dávila Reyes* “El arte es esa mentira que nos hace darnos cuenta de la verdad”, dijo Picasso alguna vez. Cómo era el mundo a través de los ojos de este genio, qué verdades nos hizo ver el artista más importante del siglo XX, está registrado en miles de obras. Porque el arte era [&hellip;]</p>
]]></description>
        <content:encoded><![CDATA[<p><b> <img loading="lazy" decoding="async" class="aligncenter size-full wp-image-4303" alt="" src="https://blogs.elespectador.com/wp-content/uploads/2013/02/Picasso.jpg" width="267" height="189" /></a></b></p>
<p style="text-align: left"><b>Beatriz Dávila Reyes*</b></p>
<p style="text-align: left">“El arte es esa mentira que nos hace darnos cuenta de la verdad”, dijo Picasso alguna vez. Cómo era el mundo a través de los ojos de este genio, qué verdades nos hizo ver el artista más importante del siglo XX, está registrado en miles de obras. Porque el arte era su forma de hablar, y como decía la escritora norteamericana Gertrude Stein, quien fue su amiga y lo acompañó en sus búsquedas, Picasso era un hombre de ideas. Un artista literario y filosófico que escribía con arte las complejidades de su pensamiento. Fue quien regresó a la pura forma, a los objetos vistos por primera vez, a las imágenes de la Modernidad y eso fue el Cubismo y por eso también dejó atrás el Cubismo. Porque no buscaba un estilo pictórico sino su propia lucidez, y por eso su lucha fue tan dura y solitaria y su éxito tan contundente.<span id="more-7338"></span></p>
<p>	¿Con qué criterios Picasso conservaría algunas de sus creaciones como su autobiografía artística, a sabiendas de que éstas serían exhibidas luego de su muerte como un testimonio de su vida personal, sus procesos y evolución irrefrenable, su relación con España y su temperamento español, la movida intelectual parisina, los otros grandes maestros, las mujeres, la política, las angustias de la guerra, los estilos de los que fue pionero, los movimientos que influyó y lo influyeron? ¿Qué obsesionó, inspiró y marcó al más famoso artista del siglo XX?</p>
<p>	La respuesta la sugiere la exposición “Picasso: obras maestras del Museé National Picasso, de París”, que visita por estos días la Galería de Arte de Ontario, en Toronto, y que ha pasado por Sydney, Tokio, Madrid, Moscú, San Petersburgo, Helsinki, San Francisco. Se trata de una amplia y diversa muestra de dibujos, grabados, <i>collages</i>, ensamblajes, pinturas y esculturas de todas sus etapas, experimentos, propuestas y periodos artísticos. Son 147 en total, entre obras que Picasso no quiso vender y otras tantas que decidió recuperar, presumiblemente, porque consideraba que contenían piezas claves en su proceso creativo y desarrollo de su siempre cambiante y arriesgada visión artística.</p>
<p>	“Pinto de la misma manera que algunas personas escriben una autobiografía. Las pinturas, terminadas o no, son las páginas de mi diario y como tales, son válidas. El futuro elegirá las páginas que prefiera”, dijo Picasso a una de sus musas y la última de sus amantes conocidas, la también artista Françoise Girot. Genera fascinación pensar cuáles son las obras específicas que elegiría el artista malagueño, cuidadosamente, durante 75 años de carrera, para escribir con los diversos e innovadores lenguajes que creó con la plástica, la biografía de su vida artística. Es decir, su vida: una dedicada con pasión, obsesión y tenacidad a la creación, y a reinventar los principios de la pintura misma y a hacer evidente que es eso: un artificio, un objeto plano, una mentira que nos puede dar una luz sobre verdades muy profundas.</p>
<p>	La exposición se presenta orgullosamente, ni más ni menos, que como los Picassos de Picasso. El testimonio pictórico de la figura más comentada, famosa y emblemática del arte moderno. Con ella tenemos el privilegio de conocer la versión de Picasso por el propio Picasso, quien decía que cuando pintaba sentía que todos los artistas del pasado estaban detrás de él. Porque Picasso se sabía genio, más que por vanidad, porque sabía que tenía una lucidez única que le daba una responsabilidad ineludible de comunicar lo que veía, las formas puras de su tiempo. Con esta exposición se conoce cómo Pablo Ruiz Picasso quiso dar forma a su legado y la manera como quería que se contara su historia, la del artista moderno por excelencia que transformó el quehacer artístico de forma definitiva.</p>
<p>	Anne Baldasari, curadora del Museé National Picasso, ha querido que haya poco texto para no condicionar la libre lectura que debe tener el arte. Tampoco ha querido ser reiterativa en los periodos de Picasso que los historiadores del arte han definido, mezclando así piezas de diferentes estilos y lenguajes en un mismo espacio y agrupándolas por momentos artísticos o biográficos que irremediablemente van de la mano. Fiel a su espíritu, ha querido que la mediación entre la obra y el espectador sea mínima. Es decir, que estemos más cerca de la intención del mismo Picasso y nos enfrentemos a la lectura del artista como una narrativa abierta.</p>
<p>	El español siempre buscó la libertad en el arte, incluyendo su reticencia con respecto a las clasificaciones artísticas, los membretes de los movimientos o limitaciones de cualquier índole, así como la ambigüedad: tanto en los medios que utilizaba (la “impureza de su técnica”, diría Bassari), como en la diversidad de lecturas. En efecto, hay obras de los que han sido llamados su periodo azul, periodo rosa, su faceta expresionista, cubista, su nuevo periodo rosa, su etapa neoclásica, surrealista. Pero se mezclan un poco y solapan, de la manera como Picasso trabajaba y consolidaba varios estilos de forma simultánea, de la misma manera que podía volver libremente a sus diversos lenguajes.</p>
<p>	<b>Picasso, por él mismo</b></p>
<p>	Presentada como una suerte de colección autobiográfica, la exposición es un registro cronológico que da cuenta de las transformaciones, radicalismo y diversidad de la obra, ligada a sus reflexiones, encuentros fortuitos, experimentos, desde comienzos del siglo XX hasta 1972, el año anterior a su muerte. Comienza con algunas obras juveniles del artista malagueño, de padre también pintor, cuya primera palabra fue “piz” para pedir un lápiz y que a los doce años, decían, pintaba ya como los más grandes maestros del Renacimiento.</p>
<p>	Vemos algo del conocido período azul: el momento en que Picasso, de 19 años, regresa de París a Barcelona, alucinado, más que por sus contemporáneos, por la generación anterior, y notablemente influenciado por Lautrec en su paleta, trazos y temas; e impactado por la falta de colorido de España en contraste con la seducción de los países latinos, y -a lo mejor por el suicidio de su amigo, el poeta Carlos Casagemas-, comienza un período algo triste, dominado por los tonos azules y la representación de los marginados sociales de la Modernidad.</p>
<p>	Por fin, en 1904, cuando pudo reunir suficiente dinero para instalarse en París, inspirado por el colorido del barrio Montmartre y la amistad con Guilleume Apollinaire y Max Jacob, y por el encanto de la Ciudad Luz, se vuelca hacia la vitalidad del circo y la escena teatral: su famosa época rosa. En su interés de pintar lo que ve, se inspira en la escultura: empieza a engruesar las líneas y hacer más pesadas las formas. A esta época pertenece su autorretrato de 1906, ruptura con la pintura académica, y que es su época negra y sus experimentos con verdes, paisajes y que retoman un lenguaje escultórico.</p>
<p>	Las búsquedas estéticas de Gauguin en el primitivismo, los planteamientos de Cezanne sobre las percepciones visuales simultáneas y el análisis geométrico de las formas, además de una exposición de máscaras de arte africano y oceánico, dan un giro total al lenguaje de Picasso. Cabe destacar dentro de la muestra <i>Tres figuras bajo un árbol</i> y los estudios para <i>Las señoritas de Avignon</i>: pintura que se aleja del realismo, carente de profundidad espacial, que rompe con la representación clásica del cuerpo femenino con cinco prostitutas de cuerpo angulares y planos y caras que recuerdan las máscaras africanas. Obra que no sólo sentó las bases para el Cubismo, sino que es emblemática del arte Moderno y que, se dice, marcó el inicio de éste.</p>
<p>	<img loading="lazy" decoding="async" class="aligncenter size-full wp-image-4305" alt="" src="https://blogs.elespectador.com/wp-content/uploads/2013/02/Picassodos.jpg" width="213" height="236" /></a></p>
<p>	La colección nos deja entrever su evolución pictórica y sus procesos. Somos testigos de la manera como el artista pasa de una etapa artística a otra, generando ruptura tras ruptura. Cómo dialogaba con el pasado y se nutría de otros creadores, siempre queriendo ir más allá. Cómo reflexionaba sobre los medios y desdibujaba las fronteras entre cada uno o sugería la superficie plana y el carácter de objeto, de artificio de la pintura que sus antecesores trataban de disimular.</p>
<p>	Cómo el Cubismo del cual fue pionero (aunque parte del crédito lo tenga también Braque) fue surgiendo a través de la confluencia de su encuentro con el arte primitivo y el análisis de las formas, y cómo sugería una multiplicidad de perspectivas; y cómo fue desplazándose hacia otra forma de Cubismo, el sintético, más limpio y menos cúbico, donde deconstruía la forma, la temporalidad y el color, combinaba la imagen, palabras, fragmentaba y reensamblaba. Vemos algunos de los primeros <i>collages,</i> sus experimentos con formas geométricas, recortes, construcciones y una suerte de ensamblajes que desdibujaban los límites entre la pintura y la escultura.</p>
<p>	El auge del Cubismo, cuando ya había sido aceptado y se formaba un movimiento cubista, es sucedido por un clasicismo en Picasso, de formas redondas, que da paso a un período alegre y nuevamente realista. Giros que se explican por un viaje a Italia para diseñar el montaje y el vestuario del ballet Parade, de Jean Cocteau y música de Erik Satie. Vemos también cómo se aproxima por momentos a los surrealistas y de estos diálogos crea esculturas y pinturas cercanas al movimiento, con figuras eróticas, algunas alegres y ambiguas, como los grandes desnudos inspirados por Marie Therese Walter; otras más fantásticas y perturbadoras.</p>
<p>	Dicha visión se transforma a mediados de 1930 con la guerra civil española, y la presencia de la poeta y fotógrafa surrealista Dora Maar, cuyo carácter trágico se refleja con rostros trágicos y angulosos. En este momento crea su obra maestra, Guernica, cuyo proceso es fotografiado como una suerte de reportaje gráfico por Maar y en el cual ella participa activamente. La ocupación nazi de París trae colores lúgubres, calaveras, oscuridad en su obra e impulsado por la visión política de Maar, se une al partido comunista francés. En 1951 crea la pieza <i>Masacre en Korea</i>, una de las pocas abiertamente políticas, que denunciaba la intervención estadounidense en el país asiático.</p>
<p>	La última etapa exhibe piezas más juguetonas y coloridas, la <i>joie de vivre</i> y los años con Françoise Girot, la luz cálida del sur de Francia, su vida al lado de su segunda esposa, Jacqueline Roque, y la influencia de su amigo Henri Matisse: el único de sus contemporáneos que Picasso consideraba su par. Reprodujo con su lenguaje grandes obras de creadores clásicos y retomó los motivos que habían representado Rembrandt, Velázques, Delacroix. Continuó trabajando sin descanso. Declaraba que se le agotaba el tiempo y cada vez tenía más que expresar: “Lo que tengo para decir es, cada vez más, algo sobre el movimiento de mi pensamiento. He alcanzado el momento, sabe, en el que el movimiento del pensamiento me interesa más que el pensamiento en sí mismo”.</p>
<p>	<b>El siglo XX y sus formas</b></p>
<p>	Este registro artístico hace evidente la influencia que ejerció cada una de las seis mujeres más importantes de su vida y cómo Picasso creó todo un nuevo lenguaje en torno a cada una de ellas. Destacan la escultura de su novia de juventud, Fernande Olivier, formada de cortes verticales sin volumen, antecedentes del cubismo; el Retrato de Olga Khokhlova, su primera esposa, de estilo realista y que haría parte de su segundo período rosa; <i>El Beso,</i> de carácter francamente sexual y ambiguo y que coincide con el momento de vigor, sensualidad, formas redondas y colores pasteles, manifiestos también en sus pinturas surrealistas, que trajo consigo la aparición de la rubia de 17 años Marie-Therese Walter.</p>
<p>	El bellísimo Retrato de Dora Maar, (uno de los pocos en los que no la presenta de forma trágica como la mujer que llora y que capta en su inquietante belleza y complejidad), la pintura <i>Françoise con manos cruzadas</i>, donde expresa toda la fuerza y el temperamento artístico de la pintora; y otro con el mismo nombre, tierno y juguetón, de 1969, inspirado por su segunda esposa, Jaqueline Roque.</p>
<p>	Nos da luces sobre cómo Picasso se alejó de la representación naturalista y de la búsqueda de la belleza clásica para proponer otras formas estéticas y también otras formas de hacer arte. Absorbió los íconos de su tierra de nacimiento, pintó y esculpió a sus mujeres y con cada una de ellas creó nuevos lenguajes, plasmó los temores y conquistas de su tiempo, pensó en la muerte, en la belleza, en el amor, en sus propios demonios, en la sensualidad, en el arte, en la vida, en la política, en la guerra y nuevamente en la muerte, en la suya propia.</p>
<p>	Stein, con gran lucidez, nos explicó la genialidad de un español que en parte por su origen, por su identidad entre árabe y europea, tenía la capacidad de ver la realidad de las formas y las rupturas de su propio tiempo. Fue el primero de su generación en describir con arte la realidad del siglo XX, mientras todos los demás creían ver todavía el siglo anterior. Creían estar visualmente en una realidad continua desde el siglo XIX, cuando absolutamente todo había cambiado y eso lo hizo evidente la guerra, cuando las dinámicas del mundo habían vivido cambios radicales que transformaban el espíritu y las formas.</p>
<p>	Nunca supo cómo iba a hacer las cosas, “cuál sería el punto de hacerlas”, decía. Pero siempre las emprendía, aquí con la influencia de París, de Rusia, del arte africano, de la caligrafía, allá de los surrealistas, pero tampoco era surrealista porque no era fantástico. Él no pintaba lo que imaginaba o soñaba, sino lo que veía. Por el contrario, lo que buscaba era ser totalmente realista, poner cada vez menos de él en sus obras y encontrar la forma pura. Y siempre, sacudiéndose de influencias y volviendo a ser Picasso. Picasso era, ante todo, un creador que, como lo definía Stein, no necesariamente estaba delante de su generación, pero sí fue el primero de su generación en tener la conciencia de lo que sucedía con su generación.</p>
<p>	Por eso Picasso fue tantos Picassos, porque devoraba y asimilaba influencias con un manejo perfecto de la técnica, y siempre se vaciaba de aquello que no era él mismo y volvía a empezar, siempre limpiando su visión nuevamente y alejándose de lo que todos veían, que trataban de representar con sentimiento, agudeza o expresividad, pero más o menos lo mismo, y que no era la realidad que él veía, porque él tenía una mirada fresca: sin interpretaciones, conocimiento ni memoria. Por eso, hasta un poco antes de morir decía que buscaba poner cada vez menos de sí mismo en el lienzo.</p>
<p>	Ella sostuvo que fue el primero de su generación que podía ver realmente lo que le estaba pasando a sus contemporáneos, y que decirlo implicaba un poco de fealdad. Que tanto antes del éxito como ahora, siempre han sido pocos los que realmente lo han entendido. Pero Picasso, como creador, tenía que hacer lo que tenía que hacer (“La pintura es más fuerte que yo. Puede forzarme a hacer lo que ella quiera”) y era en parte destruir la pintura como se conocía hasta ahora y que era también lo que estaba pasando en el siglo XX. Un momento de ruptura total. Picasso nos enseñó que todo acto de creación es también un acto de destrucción.</p>
<p>	<b>Nota al pie</b></p>
<p>	Hay algo que no deja de inquietarme, y es si esta es una suerte de autobiografía artística que Picasso quería, en efecto, conservar para narrar su historia, porque la consideraba una muestra completa de su prolífica trayectoria, lenguajes, transiciones de manera consistente. ¿O se trata de una colección seleccionada algo más azarosamente, en la que podía haber tanto obras que registran su evolución pictórica, otras decisivas dentro de esta, otras algo menos valiosas artísticamente pero de índole más personal, como otras que en su momento era preferible no dar a conocer?</p>
<p>	La colección contiene varias piezas de contenido erótico o abiertamente sexual, sin sutilezas. No es secreto que una fuerza creativa muy poderosa para Picasso fuera el sexo. Para él, el arte estaba necesariamente relacionado con el erotismo: “no hay arte casto”, declaró. Aunque la curaduría no hace demasiado énfasis en esto, pueda estar relacionado con aquello que Mario Vargas Llosa explicó en el artículo publicado en El País, titulado <i>El pintor en el burdel</i>, publicado en El País en abril de 2001 y que retoma en su más reciente libro <i>La civilización del espectáculo</i>: como una omisión que evitaba herir la sensibilidad moral puritana de sus clientes norteamericanos, temiendo que esto pudiera afectar su éxito comercial. “Debilidades humanas de las que no están exentos los genios”, anotó el nobel, no sin gracia, sobre la “excitante muestra”.</p>
<p>	Parte de la colección, que en 2001 se exhibió en el Jeu de Paume de París por primera vez, son algunas piezas como la serie de pinturas surrealistas <i>Figuras a la orilla del mar</i>, de 1931, o los dibujos eróticos de 1945. Vargas Llosa señala también los nexos de Picasso con el Partido Comunista, que delimitó temporalmente los motivos de sus cuadros: el arte debía privilegiar la estética realista socialista. De ser este el caso, la muestra es doblemente interesante, no sólo porque nos revelaría algunas piezas claves en la vida de Picasso y en la evolución de su arte: también un Picasso censurado por sí mismo, que, además, hoy se exhibe en Norteamérica.</p>
<p>	<strong>*Periodista cultural e investigadora en historia y teoría del arte.</strong></p>
<p>	&nbsp;</p>
]]></content:encoded>
        <author>elmagazin</author>
                    <category>El Magazín</category>
                <guid isPermaLink="false">http://blogs.elespectador.com/elmagazin/?p=4302</guid>
        <pubDate>Thu, 07 Feb 2013 22:04:50 +0000</pubDate>
                                <media:content url="https://blogs.elespectador.com/wp-content/uploads/2024/04/DefaultPostImage-1-1.jpg" type="image/jpeg">
                <media:description type="plain"><![CDATA[La autobiografía artística de Picasso]]></media:description>
                <media:credit role="author" scheme="urn:ebu">elmagazin</media:credit>
            </media:content>
                            </item>
        <item>
        <title>Roberto Arlt: La palabra como recurso ante la impotencia*</title>
        <link>https://blogs.elespectador.com/cultura/el-magazin/roberto-arlt-la-palabra-como-recurso-ante-la-impotencia/</link>
        <description><![CDATA[<p>Luis Carlos Muñoz Sarmiento** Dedicado a mi padre, más que a su memoria; a mis hijos Santiago &amp; Valentina, libres para hablar y libres de impotencia; a su madre Ma. del Rosario, y a la mía, por su valor; a Marthica, por mil razones que sólo a ella interesan… a Augusto Pinilla y a Óscar [&hellip;]</p>
]]></description>
        <content:encoded><![CDATA[<p><img loading="lazy" decoding="async" class="recurso_post aligncenter size-full wp-image-4093" src="https://blogs.elespectador.com/wp-content/uploads/2012/11/arlt.jpg" alt="arlt" width="226" height="223" /></p>
<p style="text-align: left"><strong>Luis Carlos Muñoz Sarmiento**</strong></p>
<p>	<strong> </strong></p>
<p style="text-align: right"><strong><em>Dedicado a mi padre, más que a su memoria; </em></strong></p>
<p style="text-align: right"><strong><em>a mis hijos Santiago &amp; Valentina, libres para hablar y libres de impotencia; </em></strong></p>
<p style="text-align: right"><strong><em>a su madre Ma. del Rosario, y a la mía, por su valor; a Marthica, por mil razones que sólo a ella interesan… </em></strong></p>
<p style="text-align: right"><strong><em>a Augusto Pinilla y a Óscar Adán, merecedores de lo que les llega con este ensayo. </em></strong></p>
<p align="right"><strong><em> </em></strong></p>
<p align="right">
<p style="text-align: right"><strong><em>Tragedia y humor no son opuestos o, mejor dicho,</em></strong></p>
<p style="text-align: right"><strong><em>son opuestos precisamente por exigir tan inexorablemente </em></strong></p>
<p style="text-align: right"><strong><em>cada uno de ellos la existencia del otro.</em></strong><strong> </strong></p>
<p style="text-align: right"><strong>Hermann Hesse<br />
	</strong></p>
<p align="right"><strong> </strong></p>
<p style="text-align: right"><strong><em>Es posible que mañana muera y en la tierra no quedará nadie</em></strong></p>
<p style="text-align: right"><strong><em>que me haya comprendido por completo. Unos me considerarán mejor</em></strong></p>
<p style="text-align: right"><strong><em>y otros peor de lo que soy. Algunos dirán que era una buena persona;</em></strong></p>
<p style="text-align: right"><strong><em>otros, que era un canalla. Pero las dos opiniones serán igualmente equivocadas</em></strong><strong>.</strong></p>
<p style="text-align: right"><strong>Mijail Lermontov<br />
	</strong></p>
<p align="right"><strong> </strong></p>
<p style="text-align: right"><strong><em>Uno no se desarrolla verdaderamente y a su manera sino después de muerto</em></strong><strong>.</strong></p>
<p style="text-align: right"><strong>Franz Kafka </strong></p>
<p align="right"><strong> </strong></p>
<p align="center"><strong>I &#8211; Introducción impostergable e ineludible<br />
	</strong></p>
<p align="center"><strong> </strong></p>
<p>	En 1900 nació el escritor argentino Roberto Arlt. En 1942 murió. En 2010, cuando se cumplían 110 años de su nacimiento, ninguna publicación, suplemento literario, revista o periódico le dedicó un mínimo espacio… al menos en Colombia. En lo sucesivo, se espera no pase lo mismo. Aunque, en caso contrario, mejor: así sigue siendo anónimo, anti-best-seller, casi clandestino. Renuente a la fama, además. Muy pocos se acordaron de él. Mejor, así nunca será <em>kitsch</em>, es decir, no necesitará confirmar lo que todos quieran escuchar, sino que siempre se sentirá raro entre los lugares comunes. Y, ¿por eso será que casi nadie lo ha leído y, por ende, muy pocos se han acordado de él…? Podría preguntarse: ¿Sabe usted quién fue Roberto Arlt? Es factible que algunos lo sepan… y se dice apenas con razón. Es más bien probable, la mayoría lo desconozca.<span id="more-7308"></span></p>
<p>	Este ensayo propone un esbozo bio-literario de Roberto Arlt; reflexiones sobre su obra narrativa (el teatro apenas…); vigencia de la misma; refutación de conceptos críticos: los de Stasys Gostautas, Noé Jitrik, Julio Cortázar y Adolfo Prieto; Arlt: novelista <em>urbano </em>y <em>pintor </em>e involuntario arquitecto de Buenos Aires; comparación entre la obra de Arlt y la de Dostoievski, Kafka, Baudelaire; desmitificación de Boedo y Florida; Arlt y su influencia sobre Borges, no al revés; primer escritor moderno de la literatura argentina; destructor de las bases de la moral burguesa; ironista de la familia nuclear y monogámica; precursor del existencialismo y adelantado a Orwell; simpatizante del socialismo y del comunismo y aun así crítico de ambos así como del capitalismo y de los militares; Arlt y el cine como un elemento de ruptura frente a los prejuicios de su época; Arlt, pionero de la <em>novela real</em> y, breve antología de textos arltianos.</p>
<p>	Antes de entrar en materia, resulta conveniente dar a conocer los criterios a refutar:</p>
<p>	“Y Roberto Arlt (1900-1942) cuyas faltas de ortografía y gramática eran proverbiales.” (1) “Creo que no se puede entender la obra de Roberto Arlt si, al mismo tiempo, no se hacen otras lecturas: la primera es la del contexto político social argentino; (…) la segunda invita a una diversificación textual: el sainete y el teatro culto, el lunfardo y los intentos de una literatura popular, la poesía de vanguardia, el tango, la arquitectura, el cine, la radio, la industria, la comicidad, el fútbol y el box, la delincuencia y otros.” (2)  “La perceptible falta de humor en Roberto Arlt traduce un resentimiento que él no alcanzó a superar dentro de condiciones de vida y de trabajo que sólo al final cambiaron un tanto, cuando ya era tarde para abrirle una visión más comprensiva e incluso más generosa.” (3) y “… su instalación en una franja social y cultural sacudida por códigos fuertemente contradictorios, le retaceó el manejo lúcido de sus propios recursos y le impuso un escenario en el que debía representar una inacabable batalla con fantasmas. El fantasma de la escritura artística, del estilo, fue, probablemente, el que lo acosó con mayor asiduidad y malicia; el que lo obligó a desarrollar el más enérgico espíritu de defensa; y el que lo distrajo, por último, de las reflexiones que mejor convenían a su proyecto de narrador.” (4)</p>
<p>	¿Por qué <em>audición</em>? Para nadie es un secreto… lo que en Colombia A. Caicedo es a Cali, en Argentina R. Arlt es a Buenos Aires: alguien que intuyó como nadie el alma de su ciudad. Si Cali es sinónimo de salsa, Buenos Aires lo es de tango. La relación entre música y literatura en ambos autores no admite discusión. En cuanto a la relación Arlt-Buenos Aires-literatura-tango, en <em>Tango: Discusión y Clave</em>, de Sábato, Alejandro Álvarez señala dos asuntos comunes a los famosos, aunque mal llamados, movimientos de Boedo y Florida: “La enemistad con el modernismo y la preocupación por el tema ‘Buenos Aires’ en el poema, el cuento y la novela.” Tema al cual no es ajeno Arlt, como lo demuestra desde su primera novela publicada (5), <em>El juguete rabioso </em>(1926), en la que no faltan alusiones al tango, al conventillo, al compadrito, ni podría obviarse la primera inclusión de un homosexual en la literatura argentina, afirma el sitio web <em>Noticias Alternativas: Roberto Arlt, obrero de la  literatura:</em> <em>“…por lo que la obra de Arlt adquiere un carácter trasgresor y revolucionario para la década de 1930.” Sin embargo, esto parece no ser cierto, como me informa Fernando Sorrentino desde Buenos Aires: </em></p>
<p>	<em> </em></p>
<p>	<em>“Bazán se equivoca con lo de ‘por primera vez se incluye un homosexual en la historia de la literatura argentina’, pues mucho antes, en 1914, José González Castillo había hecho lo mismo, y con mayor desparpajo, en su obra teatral </em><em>Los invertidos</em><em>. Y no sé si no habrá otros textos anteriores…” (3.X.12).</em><em> </em></p>
<p>	A propósito del compadrito, no otra cosa que sinónimo de resentimiento (voz peyorativa para lo que simplemente es volver a sentir…), cabe señalar lo que cuenta Onetti cuando aún no conocía a Arlt: “Lo imaginé como un compadrito porteño, definición que no puede ser traducida, que llevaría horas para ser explicada y tal vez sin acierto posible.” No obstante, en la siguiente definición sobre el compadrito, hecha por Fdo. Guibert, se puede constatar que parece una del propio Arlt, de acuerdo con lo que aquí se dirá…:</p>
<p>	“El compadrito quería ser el hombre que no podía alcanzar porque sabía que no lo era, eso lo angustiaba y cuando más crecía su sombra entre los otros, más ganas le entraban de ser aún más compadre. Así, desesperado, probándose a sí mismo, amontonaba hazañas tras hazañas, es que asistía al drama de su impotencia vital a pesar de la hombría paciente y estudiada, asistía al drama de su inferioridad pese al inmoderado levantar de sus hombros y su mirar al costado, su frase o su silencio perdonando. Era inferior y lo entendía, y entendía también que su suerte estaba echada, por eso su resentimiento ya le había dado la primera puñalada por la espalda. Era el actor y el público, hablaba siempre de enfrentarse declamando, siempre escupía eso del enfrentarse, pero a pesar de enfrentar con su corazón desnudo, era sólo la cáscara del corazón, porque por dentro, en ocasiones, estaba encogido como un ovillo, de temor, de cansancio o de asco a sí mismo”, concluye Guibert.</p>
<p>	El sentido de esta definición es procurar dilucidar la relación entre Arlt y el tango y la cuestión sobre Arlt y su resentimiento (tan cacareado por los críticos), que es el de todos los argentinos… de acuerdo con la opinión de Ernesto Sábato (1911-2011):</p>
<p>	“Negar el resentimiento en la  Argentina puede ser lindo, pero tiene el pequeño defecto de ser totalmente falso. Y también en esto nuestra mejor literatura nos da irrefutable testimonio: desde el <em>Martín Fierro </em>hasta los monólogos de Erdosain, pasando por los feroces diálogos de <em>La Gringa</em>. El resentimiento viene de muy lejos y ha tenido complicado desarrollo. Cuando en 1873 apareció el <em>Martín Fierro </em>cobra ya forma el justificado rencor del gaucho contra la oligarquía extranjerizante de Buenos Aires, que, con razón histórica o sin ella, lo condena a la miseria, a la delincuencia y al exilio en su propia patria; corrido por el gringo agricultor, por el alambrado y por los ferrocarriles.”</p>
<p>	Se aclara: Erdosain, de nombre Augusto Remo (por el primer <em>César </em>y por uno de los fundadores de Roma) es el protagonista del díptico narrativo <em>Los siete locos </em>y <em>Los lanzallamas</em>; el <em>Martín Fierro</em>, de José Hernández, y <em>La Gringa</em>, del anarquista, dramaturgo y periodista uruguayo Florencio Sánchez, son en su orden una novela costumbrista y una comedia en cuatro actos; cuando Sábato habla del gringo, se refiere al extranjero en general, no al oriundo de EE.UU. Más adelante, anota Sábato:</p>
<p>	“En tales condiciones, entre 1853 y 1910, se forma la nueva Argentina de la inmigración. Inmigración que va a proveer de material humano tanto a las chacras del litoral como a las fábricas de Buenos Aires, a sus prostíbulos y a sus sainetes. Así surge a la existencia ese nuevo argentino de barrio, cruza de gringos pobres con criollos arrabaleros (rencorosos gauchos vueltos del exilio pampeano); un tipo inédito hasta ese momento, proclive al amor prostibulario y a la canción sentimental, extraño híbrido de exuberante napolitano y de reservado ‘hijo del páis’, cuya máxima y más original creación fue ese tango que recuerda a la música pampeana como el compadrito al criollo viejo, pero que secretamente siente la nostalgia de su patria europea a través de los sones de su bandoneón. Y mientras Enrique Santos Discépolo iba arrastrando por la calle Corrientes su infinito desprecio por la raza humana, y su infinito amor —esa contradictoria mezcla de desprecio y amor que sólo puede encontrarse en cierta clase de santos—, Roberto Arlt escribía sus novelas que algunos creen costumbristas, pero que en realidad son mágicas y desaforadas fantasías de un ser desgarrado por el mal metafísico.”</p>
<p>	De esto se desprende no sólo la plena justificación para hablar de Arlt y el tango, comprender su re-sentimiento y aceptar su condición metafísica, sino la posibilidad de incluir tangos que guardan estrecha relación con el mundo arltiano, si se consideran los temas comunes a ambos. Pero, aparte de un compadrito, ¿quién fue Roberto Arlt?</p>
<p align="center"><strong>II &#8211; Roberto Arlt: Una autobiografía literaria<br />
	</strong></p>
<p align="center"><strong> </strong></p>
<p>	“Desafío a que haya alguien que sepa sacar mejor partido que yo de las intenciones abortadas, de los ensayos manidos y de las cegueras y cojeras de sus prójimos.</p>
<p>	Observo entonces, con placer, que aquéllos que me suponían agriado se retiran consternados, sin saber cómo clasificarme.</p>
<p>	Y así pasan los años. De mi ineptitud se desprende una filosofía implacable, serena, destructiva:</p>
<p>	— ¿Para qué afanarse en estériles luchas, si al final del camino se encuentra como todo premio un sepulcro profundo y una nada infinita?</p>
<p>	Y yo sé que tengo razón.”</p>
<p>	Con estas palabras, Roberto Arlt concluye uno de sus mejores cuentos, <em>Escritor fracasado</em>… uno de los nueve que integran <em>El jorobadito</em>, libro publicado en 1933. La obra del escritor Roberto Arlt es inseparable del hombre y del nombre Roberto Arlt.</p>
<p>	Roberto Arlt o, mejor, Roberto Godofredo Christophersen Arlt, nació en Buenos Aires el 7 de abril de 1900, según documentos que lo prueban, pero él y su madre aseguraban que el 26, por el día en que fue anotado en el Registro Civil de la ciudad: hecho que nunca se aclaró. Fueron sus padres Karl Arlt, oriundo de Posen, norte de Prusia, hoy Alemania, oficial del ejército de Bismarck, de ahí su carácter autoritario y punitivo; y Catherina Iobstraibizer (firma en carta a su hijo, 2000: lámina p. 161), natural de la región italiana de Trieste, de extracción campesina, y quien inculcó en Arlt el amor por la literatura junto con el gusto por el espiritismo. Así, mientras su padre hablaba alemán y su madre, italiano, Arlt balbuceaba el español y dominaba el lunfardo, lenguaje vivo absurda y únicamente vinculado con el hampa y los bajos fondos. De su nombre, siempre se burló: “Mi madre, que leía novelas romanticonas, me agregó al de Roberto el de Godofredo, que no uso ni en broma, y todo por leer <em>La   Jerusalén</em><em> Libertada</em>, de Torcuato Tasso”, según reza una <em>aguafuerte </em>o<em> </em>crónica<em> </em>publicada en el diario <em>El Mundo</em>, 8 enero 1930. Falta saber qué más leyó su madre para añadir al de Godofredo el de Christophersen. De todas maneras, en otra <em>aguafuerte</em>, expresó: “Yo no tengo la culpa”, básicamente por su complicado apellido, que despertaba constantes burlas entre sus allegados y que lo hacían sentir extranjero en su propio país. Caso análogo al de su admirado Conrad, quien nunca se pudo sentir inglés pese al cambio de nombre…</p>
<p>	Creció en el popular barrio de Flores, entonces un suburbio bonaerense, entre la extrema pobreza y la resistencia a un despótico padre. Así, en estrecha relación con un espacio de humildad y trabajo (explotación) y una dura y hostil realidad social (que lo seguirá hasta su muerte, en 1942) aunque, por contraste, en medio de un rico universo literario donde convivían Conrad, Kipling, Salgari, Stevenson y, entre otros, Ponson du Terrail con su bandido Rocambole, Arlt va integrando en él, al decir de Goloboff, la vocación de un Dostoievski con la terrible dictadura filial de un Kafka. Aquí comienza a revelarse su autobiografía con base en la ficción: entonces, su <em>alter ego </em>Erdosain —uno de los que tuvo— en un desgarrador capítulo de <em>Los siete locos </em>(1929), su segunda novela, <em>El humillado</em>, traduce claramente tal fatalidad —ya no sólo había leído <em>Los demonios</em> e incorporado a su visión sino que lo había traducido al lunfardo, la jerga porteña mezcla de gallego, italiano, alemán y demás ingredientes del habla inmigrante:</p>
<p>	“Sí, mi vida ha sido horriblemente ofendida… humillada. Créalo, Capitán. No se impaciente. Le voy a contar algo. Quien comenzó este feroz trabajo de humillación fue mi padre. Cuando yo tenía diez años y había cometido alguna falta, me decía: ‘Mañana te pegaré’. Siempre era así, mañana… ¿Se dan cuenta? (…) Y cuando al fin me había dormido para mucho tiempo, una mano me sacudía la cabeza en la almohada. Era él que me decía con una voz áspera: ‘Vamos, es hora’. Y mientras yo me vestía lentamente, sentía que en el patio ese hombre movía la silla. ‘Vamos’, me gritaba otra vez, y yo, hipnotizado, iba en línea recta hacia él: quería hablar, pero eso era imposible ante su espantosa mirada. Caía su mano sobre mi hombro obligándome a arrodillarme, yo apoyaba el pecho en el asiento de la silla, tomaba mi cabeza entre sus rodillas y, de pronto, crueles latigazos me cruzaban las nalgas. Cuando me soltaba, corría llorando a mi cuarto. Una vergüenza enorme me hundía el alma en las tinieblas. Porque las tinieblas existen aunque usted no lo crea.” (6)</p>
<p>	Hasta aquí el desahogo de Arlt… perdón, de Erdosain. Muy precozmente comienza Arlt a escribir. Dos años antes de ese “feroz trabajo de humillación” que comenzó su padre y que él sublima al escribir, se hace dueño de una anécdota entre complaciente y chistosa:</p>
<p>	“Yo soy el primer escritor argentino que a los ocho años de edad ha vendido los cuentos que escribió. En aquella época visitaba, en Flores, dos librerías, la de los hermanos Pellerano y la de José Prata. Allí conocí entre otros a don Joaquín Costa, distinguido vecino del barrio. El señor Costa, que conocía mis aficiones estrambóticas, me dijo cierto día: ‘Si traes un cuento te lo pago’. Al domingo siguiente fui a verlo a don Joaquín. ¡Y con un cuento! (…) A don Joaquín le impresionó de tal forma mi cuento, que, emocionado, me lo arrebató y, prometiendo leerlo después, me regaló cinco pesos. Ese fue el primer dinero que gané con la literatura.” (7)</p>
<p>	La mala situación económica familiar y su desinterés por la escuela hicieron que nadie se molestara por su educación: “He cursado las escuelas primarias hasta el tercer grado. Luego me echaron por inútil. Fui alumno de la  Escuela de Mecánica de la Armada. Me echaron por inútil…” (8) Su desdén por el estudio se tradujo ya adolescente en obsesión por la literatura y por el aprendizaje de matemáticas, física y química (y aun ocultismo), materias vinculadas a su afán por inventar, pasión que irrigará su vida y su literatura. A los 14 años escribe sus primeros cuentos. Y en 1915, o 1916 según diversos textos, publica por primera vez un cuento, <em>Jehová</em>, y un artículo, <em>Prosas Modernas y Ultramodernas</em>, en la <em>Revista</em><em> Popular</em>, que dirige Juan J. de Soiza Reilly, al decir de Arlt “el primer hombre que me tendió una mano cordial.” Colabora en periódicos de barrio, mientras frecuenta una biblioteca pública en Terrero; allí, en su primer contacto serio con los libros, recibe la influencia anarquista y descubre a Gorki, Tólstoi y Andreiev. “A Dostoievski va a descubrirlo más tarde” (Raúl Larra, crítico autorizado). Ese año 1916, por continuar empeñado en el descubrimiento de universos subjetivos, indiferente al idioma alemán, radicalizado en su rebeldía y constituido en una carga para la familia, Arlt es echado de la casa por su padre, hecho que a la postre y por contraste se convertirá en germen indirecto de su personal, patética y portentosa actividad literaria. El lamentable episodio quedaría registrado cuatro años después en <em>Las ciencias ocultas en la ciudad de Buenos Aires</em>, su primer ensayo, publicado en <em>Tribuna Libre </em>(28.I.1920); en la <em>Introducción</em> confiesa:</p>
<p>	“¿Cómo he conocido un centro de estudios de ocultismo? Lo recuerdo. Entre los múltiples momentos críticos que he pasado, el más amargo fue encontrarme a los 16 años sin hogar. (…) Había motivado tal aventura la influencia literaria de Baudelaire y Verlaine, Carrère y Murger. Principalmente Baudelaire, las poesías y bibliografía de aquél gran doloroso poeta me habían alucinado al punto que, puedo decir, era mi padre espiritual, mi socrático demonio, que recitaba continuamente a mis oídos, las desoladoras estrofas de sus <em>Flores del mal</em>. (…) Y receptivo a la áspera tristeza de aquel periodo que llamaría leopardiano, me dije: vámonos. Encontremos como De Quincey la piadosa y joven vagabunda que estreche contra su seno impuro nuestra extraviada cabeza, seamos los místicos caballeros de la gran Flor Azul de Novalis.” (9)</p>
<p>	Aquí, un paréntesis para desmentir una afirmación de su gran admirador y heredero espiritual, Ernesto Sábato, quien en <em>La cultura en la encrucijada nacional</em> anota:</p>
<p>	“La superposición de una Argentina inmigratoria a la vieja nación semifeudal se manifiesta, después de la I guerra mundial, en dos grandes corrientes literarias: la aristocrática y la plebeya. De un lado, escritores como Güiraldes y Oliverio Girondo, cuya cultura es a menudo la de un escritor francés. Del otro, escritores surgidos del pueblo como R. Arlt, influidos por grandes narradores rusos del siglo pasado y por los doctrinarios de la revolución ya que nuestra inmigración fue pobre y proveniente de países con fuerte tradición anarquista y socialista; hijos de obreros extranjeros, esos futuros artistas de la calle aprendieron a escribir leyendo traducciones baratas de Gorki y Zolá, de Marx y Bakunin; en lugar de los textos de Baudelaire o de H. James que paralelamente leían sus compatriotas privilegiados. Esta división se manifestaría, literariamente, hacia 1920, en los grupos de Florida y Boedo. Y daría dos arquetipos: Jorge Luis Borges y Roberto Arlt.”</p>
<p>	Sobre lo anterior: la lectura de determinados autores no se puede reducir, por fuerza, a privilegios económicos o de clase (Arlt leyó a Baudelaire); la famosa polémica Florida (corriente aristocrática y <em>estetizante</em>) y Boedo (tendencia plebeya y <em>social</em>) fue sólo un invento de un par de críticos, envidiosos de que hubiera grupos literarios en Francia, mientras en Argentina no… según diálogo sostenido por uno de los dos arquetipos, Borges, con el propio divulgador de la falsa polémica, Sábato. He aquí lo que dicen en <em>Diálogos Borges-Sábato</em>, de Orlando Barone (Emecé, 1976 y 1997). Borges:</p>
<p>	“Recuerdo la polémica Boedo-Florida, por ejemplo, tan célebre hoy. Y sin embargo fue una broma tramada por Roberto Mariani y Ernesto Palacio.” Sábato: “Bueno, Borges, pero aquel tiempo no fue el mío. (Lo dice con sarcasmo)” (…) Y con esa fina ironía que siempre lo caracterizó, Borges destruye el mito Boedo-Florida: “Ahora hay profesores universitarios que estudian eso en serio. Si todo fue un invento para justificar la polémica. Ernesto Palacio argumentaba que en Francia había grupos literarios y entonces, para no ser menos, acá había que hacer lo mismo. Una broma que se convirtió en programa de la literatura argentina.”</p>
<p>	La otra broma, que Borges no refirió, fue que Arlt tampoco perteneció a ambos grupos: su acendrado egoísmo, su insobornable y beatífica misantropía literaria no le permitía más que escribir <em>libros en orgullosa soledad</em>. Como deja entrever cuando, decepcionado por el alejamiento involuntario de la familia, empieza a rondar el ambiente periodístico e intelectual: “Ya en mis vagancias había tenido ocasión de conocer muchas vilezas; conocía el hastío y la maledicencia que rumia en las reuniones de los periodiquines de parroquia, donde al decir de Lorrain se presencia la ‘ignominia de los queridos compañeros’.” A partir de aquel alejamiento, “Nada raro será —dice Mirta Arlt—, la enemistad imborrable entre el padre prusiano y el hijo rebelde y descreído. Ese muchacho que no se acepta como los demás y que provoca conflictos, no estará nunca a la altura de lo que se espera de él, primero, ni de lo que se le exige, después.”</p>
<p>	Como sostienen los biógrafos de Arlt y lo demuestra su literatura, la pésima relación con su padre y la consecuente lucha para conseguir dinero, lo empujan a ejercer diversos oficios (“dependiente de librería, aprendiz de hojalatero, aprendiz de pintor, mecánico y vulcanizador. He dirigido una fábrica de ladrillos; después fui, corredor, director de un periodicucho y trabajador en el puerto”), en los que quiere ser-en-el-mundo-con-los-demás en algo, para superar al menos en parte su carácter de (concreto) huérfano y su culpa, así como conformar un espíritu rebelde, independiente y resuelto a conseguir logros en su arte a fin de abofetear literalmente al padre; y, en los que mantiene viva su pasión por la literatura: según quienes lo conocieron, confirmados por quienes lo han leído, no es difícil rastrear su infancia y adolescencia en sus tres novelas, en sus <em>Aguafuertes Porteñas</em>, casi 1.500 crónicas que publicó como periodista y eso sin hablar de las <em>Españolas </em>ni de los cables de <em>El paisaje en las nubes</em>, libro póstumo. En dichas <em>Aguafuertes</em>, de las que Piglia dice “Arlt ha titulado la mayoría de sus crónicas usando el modelo de una técnica gráfica (las aguafuertes, el ácido que fija la imagen) porque quiere fijar una imagen, registrar un modo de ver” (2009:12), desarrolló lo que ya temprano había adquirido: la destreza necesaria para, a través de la curiosidad y de su relación con un mundo hostil, manejar con maestría aquellos personajes que creó, mitad extensión de su propio yo, mitad personajes que <em>proporcionan sorpresas de seres vivientes</em>, como le ocurre al <em>novelista instintivo</em>, al que <em>en vez de autor, debía denominársele secretario de personajes invisibles</em> porque <em>hace lo que ellos le mandan</em>.</p>
<p>	En 1920, Roberto Arlt se traslada a Córdoba conducido por el amor, desempeña distintas labores y presta el servicio militar; además, allí habría publicado una novela que después olvidó y que nunca se recuperó: <em>Diario de un morfinómano</em>. Concluido el servicio militar, trabaja en el semanario <em>Patria</em>. Al año siguiente se casa con Carmen Antinucci, la razón de su viaje, y se instala en las sierras de aquella provincia, donde también, en distinta época, van a estar su esposa y su hermana Lila a causa de la tuberculosis. “El día de su matrimonio, Roberto Arlt lava su rostro en la fuente de una plaza. Unos puños cosidos a las mangas de la camiseta y una pechera postiza adecentan su porte y ocultan su infinita pobreza”, cuenta Raúl Larra. (10). Allí mismo, en Cosquín, en 1922 nace su hija Electra Mirta, crítica y prologuista de casi toda su obra, posterior a su muerte. No podrían ignorarse las palabras con que, precisamente, Mirta Arlt confirma las razones que, motivadas por su mismo padre, lo llevan a abandonar el hogar, así como confirma la autenticidad autobiográfica de su saga literaria:</p>
<p>	“Su fracaso, sin embargo, lo hará sentirse Caín frente a esa hermana (se refiere a la menor, la citada Lila) que, a pesar de su tuberculosis, estudia, y frente a la madre que, frágil y desposeída, ejerce la tiranía de los débiles, hasta que por fin, harto de ser testigo de cuanto su modo de ser en buena medida provoca, y marcado por el odio contra el padre, se marcha definitivamente de la casa. Hasta aquí buena parte de su vida está en <em>El juguete rabioso</em>.” (11)</p>
<p>	Aquí, señala Mirta, en sus inventos reales que el autor adjudica al protagonista, un crítico freudiano “podría ver el deseo sublimado del artista en el fantasma expresado mediante la obra de arte.” Esto podría redondearse: en su obra está omnipresente la sublimación de la angustia del autor mediante su <em>propia potencia</em> para crear universos fictivos, no sólo reflejos de la realidad, sino exploración de la existencia. 1924: a la tuberculosis de su hermana, se suma la de su esposa. Tal razón lleva a la pareja a instalarse en Cosquín, sanatorio pulmonar de la época. Es probable que de allí surja <em>Esther Primavera</em>, uno de sus cuentos… el más desolador. A mediados del mismo año termina <em>El juguete…</em>, novela escrita en diversas etapas y publicada en 1926: el primer capítulo en 1919 y el último en 1924, cuando una editorial organizó un concurso. En 1925, Arlt publicó dos capítulos en la revista <em>Proa</em>, a instancias de Güiraldes, de quien fue secretario: <em>El poeta parroquial</em>, excluido al final, y <em>El rengo</em>, título cambiado por el de <em>Judas Iscariote</em>. En <em>Borges y Arlt: las paralelas que se tocan… </em>Fernando Sorrentino escribe:</p>
<p>	“En el número 8 (marzo de 1925) de la revista <em>Proa, </em>dirigida a la sazón por Ricardo Güiraldes, Jorge Luis Borges, Pablo Rojas Paz y Alfredo Brandán Caraffa, se publica <em>El Rengo</em>, relato de Roberto Arlt que un año más tarde pasaría a formar parte de <em>Judas Iscariote</em>, cuarto y último capítulo de <em>El juguete rabioso. </em>No es fácil imaginar a una personalidad literariamente tan fuerte como Borges resignándose a publicar un texto que le desagradara. Y, en efecto, en 1968 el mismo episodio es reproducido en la segunda edición de <em>El compadrito: su destino, sus barrios, su música, </em>antología que Borges compila con la colaboración de Silvina Bullrich. Es evidente que a Borges el texto lo había impresionado.”</p>
<p>	Más adelante, Sorrentino anota algo de lo cual ya se puede inferir la influencia del <em>social </em>Arlt sobre el <em>estetizante </em>Borges, nunca al contrario, y para ello compara <em>Judas Iscariote </em>con <em>El indigno</em>, cuento escrito por Borges 44 años después del anterior y publicado en <em>El informe de Brodie</em> y cuyo tema en ambos, es el mismo: la delación que una persona, poco o nada familiarizada con el delito, hace de quien la ha iniciado en él:</p>
<p>	“Cuarenta y cuatro años más tarde de la aparición de <em>El juguete rabioso </em>(1926), Borges publica <em>El informe de Brodie </em>(1970). En el <em>Prólogo</em> nombra —que yo sepa, por primera, última y única vez a lo largo de toda su extensa obra— a Roberto Arlt: (…) Recuerdo a este propósito que a Roberto Arlt le echaron en cara su desconocimiento del lunfardo y que replicó: ‘Me he criado en Villa Luro, entre gente pobre y malevos, y realmente no he tenido tiempo de estudiar esas cosas’. Invocado por el tema de las hablas regionales o especiales, o por las causas que fueren, lo cierto es que, al escribir <em>El informe de Brodie, </em>el recuerdo de Arlt andaba por la cabeza de Borges.”</p>
<p>	Esto ocurrió cuando, tras la recuperación momentánea de su esposa, Arlt regresa a Buenos Aires para vincularse al periodismo. Trabaja en el diario <em>La Hora</em>, donde conoce al autor de <em>Don Segundo Sombra</em>. Güiraldes se interesa no sólo por la novela, sino por el mismo Arlt, lo hace su secretario, lo presenta a otros escritores y le publica en <em>Proa </em>los dos capítulos ya citados. Los cuatro en que se divide <em>El juguete… </em>corresponden a los distintos años de su elaboración. Según César Tiempo, “Ricardo Güiraldes y Roberto Mariani eran las dos únicas devociones vivas de Roberto Arlt”. Pero, es apenas hasta 1926 cuando Enrique Méndez Calzada, miembro del jurado del concurso abierto por la <em>Editorial</em><em> Latina</em><em> </em>recomienda publicar <em>El juguete..</em>. Así ocurre y de acuerdo con Arlt mismo, en el Prólogo a la 2ª edición (1931), la obra “pasó sin dejar mayores rastros en los anales de la crítica, aun cuando entre la juventud <em>El juguete rabioso</em>, invocara apasionados comentarios”. En dicho prólogo expresó algo que hasta su muerte jamás traicionó: “Sobre todas las cosas deseaba ser escritor”. Una de las escasas notas críticas fue escrita por el fundador del <em>Teatro del Pueblo</em>, Barletta, luego entrañable amigo de Arlt, cuando éste se vinculó al teatro, hasta llegar a ser el corrector de su estilo <em>descuidado </em>aunque de un sentido muy eficaz: “<em>El juguete… </em>de R. Arlt es una buena novela. Aquí un seguro instinto guía al autor por el intrincado campo de la novela. Su libro es por este modo espontáneo y extraordinariamente interesante”. (12)</p>
<p>	En este periodo, la voracidad lecto-escritural, amén de la capacidad creativa en Arlt, no decae un ápice, como atestigua el director del periódico <em>Don Goyo</em>, con quien Arlt colabora en 1926 y a quien conocía desde 1923, Conrado Nalé Roxlo, en <em>Borrador de memorias</em>, texto suyo: “… Arlt escribía en aquel tiempo con letra pequeña y apretada y a una velocidad casi mecánica. A nadie he conocido que escribiera y leyera tan rápido como Arlt” (13). No se puede discutir el cuidado puesto por Arlt en la evolución literaria de su tiempo; sin embargo, cabe reflexionar sobre la función que tal bagaje tuvo en su obra, así como los factores que contribuyeron a crearla. La mayoría de autores leída por Arlt era de origen extranjero y, por ende, traducida de múltiples idiomas: traducciones, pésimas. La imagen que sobre él proyectó la literatura, dejándole profundas cicatrices en la sintaxis, gramática, ortografía, estuvo intervenida por esa <em>otra lectura-escritura impuesta </em>entre autor y lector. Lo que viene no es una coyuntura para disculpar a Arlt, sino un certificado de sus carencias que paradójicamente es útil para dilucidar el juicio de Gostautas sobre las “faltas de gramática y ortografía proverbiales” de Arlt:</p>
<p>	“El modelo de la lengua que se practicaba en la sobremesa de su hogar está viciado de deformaciones sintácticas, de declinaciones defectuosas propias del alemán y del italiano que hablaban sus padres. Literariamente tiene la influencia de las malas traducciones españolas en ediciones baratas que llegaban al país. Por lo tanto, su uso de la materia literaria, su idioma, es el producto de una improvisada artesanía individual, elaborada en el vagabundeo de sus años juveniles” (14).</p>
<p>	De acuerdo con esto, el lector arltiano se puede anexar a la idea de Mirta, quien a partir de <em>El desierto entra en la ciudad</em>, último drama de su padre, corregiría “sus graciosos errores de ortografía”. Si esto no convence, quizás la magia verbal de Onetti ayude:</p>
<p>	“Dedicado a catequizar, distribuí libros de Roberto Arlt. Alguno fue devuelto después de haber señalado con lápiz, sin distracciones, todos los errores ortográficos, todos los torbellinos de la sintaxis. Quien cumplió la tarea tiene razón. Pero siempre hay compensaciones; no nos escribirá nunca nada equivalente a <em>La</em> <em>agonía del Rufián Melancólico</em>, a <em>El Humillado </em>o a <em>Haffner cae</em>. (…) No nos dirá nunca, de manera torpe, genial y convincente, que nacer significa la aceptación de un pacto monstruoso y que, sin embargo, estar vivo es la única verdadera maravilla posible. Y tampoco nos dirá que, absurdamente, más vale persistir. (…) Y en otro plano del arltismo: ¿quién nos va a reproducir la mejilla pensativa, el perfil desgraciado y cínico de Roberto Arlt en el sucio boliche bonaerense de Río de Janeiro y Rivadavia, cuando se llamaba Erdosain?”</p>
<p>	El mismo episodio que refiere Elsa, su esposa, en el desgarrado intertítulo <em>El poder de las tinieblas</em>, parte de <em>Tarde y noche del día sábado </em>de <em>Los lanzallamas</em>:</p>
<p>	“Un día recibí una sorpresa extraña, que me dejó mucho tiempo preocupada. Era domingo. Yo iba por la calle Rivera, cuando de pronto me detuve asombrada. Junto al vidrio de un café de cocheros, un vidrio lleno de polvo iluminado por el sol, estaba él, tristemente apoyada la mejilla en la palma de la mano. (…) Yo me detuve para observarlo. Era mi esposo. ¿Qué hacía allí, en ese lugar repugnante, con la mejilla casi apoyada en el vidrio sucio, y una franja de sol iluminando la galera de los cocheros que hacían círculo en torno de las mesas?” (271-272).</p>
<p>	He ahí por qué la obra del autor Roberto Arlt es inseparable del hombre que la creó. En 1927, comienza una regular actividad periodística en el diario <em>Crítica</em>, a petición de Natalio Botana, su director: por primera vez gana un salario fijo, como cronista policial. Y aunque era un periódico amarillo, al estilo Hearst, al estilo de cualquiera que domina <em>el espacio, el tiempo </em>y <em>el espectador </em>colombianos… Adolfo Prieto sostiene que “por la redacción de este diario (<em>Crítica</em>) <em>sensacionalista, pero inteligentemente programado</em>, pasaron muchos de los mejores escritores de esa generación”. Pregunta: ¿fue Arlt menos lúcido por habitar esa franja social y cultural de códigos contradictorios y no más bien, por contraste, mucho más lúcido al ser parte de una mixtura cultural como la de Boedo? ¿Incluye Prieto entre los mejores escritores o, al menos, entre los escritores de esa generación a Arlt? De incluirlo, queda sin piso su tesis sobre Arlt, quien es grande por ser fruto de la contradicción, del mestizaje cultural, del coro idiomático y quien gracias a su lucidez pudo escribir esas desquiciadas páginas, esos intertítulos de antología, <em>El Humillado, </em>Ser<em> a través de un crimen, La casa negra, Discurso del Astrólogo, La Farsa, </em>de <em>Los siete locos</em>, y, de <em>Los lanzallamas</em>, <em>La cortina de angustia, El Abogado y el Astrólogo, Bajo la cúpula de cemento, El pecado que no se puede nombrar, El homicidio</em>, incluyendo, claro, los citados por Onetti. Ahora, cuando Prieto dice: “El fantasma de la escritura artística, del estilo, fue, probablemente, el que lo acosó con mayor asiduidad y malicia; el que lo obligó a desarrollar el más enérgico espíritu de defensa; y el que lo distrajo, por último, de las reflexiones que mejor convenían a su proyecto de narrador”, hay que señalar, quien se distrajo fue él en su lectura: con Arlt queda atrás el clásico <em>el estilo es el hombre</em>; poco importa para él la escritura si carece de sentido o se desconecta de la realidad inmediata: la que convierte en una 2ª realidad, más inquietante que la 1ª; más que el estilo, fue la adversidad del medio, la intolerancia frente a un ser distinto, lo que forjó en Arlt su rebeldía; ninguna reflexión de un escritor, más o menos conviene a su proyecto: el arte es la suma de demonios y abismos de ese <em>secretario de seres invisibles</em> que termina por ser más invisible que estos… Por algo, hoy Arlt es considerado <em>el primer escritor moderno de la literatura argentina</em>. (15)</p>
<p>	Nadie podría negar que uno de los prólogos más lúcidos a cualquier obra de Arlt es el de Adolfo Prieto: pero, esa lucidez se extravía cuando pretende negar la de Arlt. A guisa de ejemplo, va sin comentarios un fragmento de <em>Los lanzallamas </em>cuando en <em>Discurso del Astrólogo </em>(91-102) éste opina sobre la <em>actual</em> (1927) pérdida de la religión, como si hablara hoy, y sobre la peste del suicidio que sucederá a la pérdida de interés por la vida, dada la deshumanización de la especie y, de paso, su negativa a engendrar hijos:</p>
<p>	“Lo enorme es esto. La humanidad, las multitudes de las enormes tierras han perdido la religión. No me refiero a la católica. Me refiero a todo credo teológico. Entonces los hombres van a decir: ‘¿Para qué queremos la vida?&#8230;’ Nadie tendrá interés en conservar una existencia de carácter mecánico, porque la ciencia ha cercenado toda fe. Y en el momento que se produzca tal fenómeno, reaparecerá sobre la tierra una peste incurable… la peste del suicidio… ¿Se imagina usted un mundo de gentes furiosas, de cráneo seco, moviéndose en los subterráneos de las gigantescas ciudades y aullando a las paredes de cemento armado: ‘¿Qué han hecho de nuestro dios?&#8230;’ ¿Y las muchachitas y los escolares organizando sociedades secretas para dedicarse al sport del suicidio? ¿Y los hombres negándose a engendrar hijos que el iluso Berthelot creía que se alimentarían con pastillas sintéticas?&#8230;” (1978: 92).</p>
<p>	O cuando en <em>Bajo la cúpula de cemento</em> Arlt… perdón… Erdosain, reflexiona sobre la muerte, lo que para nosotros es la vida cotidiana, y sobre el hastío de las relaciones:</p>
<p>	“Aguza el mirar y se dice: — ¿Es posible que se tema tanto a la muerte? ¿Que la muerte preocupe tanto a los hombres, si es su descanso? Mas en cuanto ha pensado de esta manera, se dice: — La realidad mecánica ensordece la noche de los hombres con tal balumba de mecanismos que el hombre se ha convertido en un simio triste. A veces los cuerpos, a tres pasos de las máquinas, refugiados en una bohardilla (por buhardilla), se inclinan; las manos despojan los pies de las botas, luego caen los vestidos, después los cuerpos se acercan a los espejos, se miran un instante, luego levantan un lienzo, se cubren, cierran los ojos y duermen. A veces un miembro entra en un orificio, vuelca su esperma, los dos cuerpos se separan hartados, y cada uno por su lado duerme sudoroso. Y despacio crecerá el vientre… y eso es todo.” (…) (16)</p>
<p>	Toda grandeza viene de una pérdida, sostenía Alejandro Magno: los hombres se hacen grandes en la adversidad, no con el viento a favor: a Arlt se le puede atribuir que escribe mal, pero nunca que carece de claridad: “Se dice de mí que escribo mal. Es posible. De cualquier manera, no tendría dificultad en citar a numerosa gente que escribe bien y a quienes únicamente leen correctos miembros de sus familias.” (17) Desde cuando trabaja en <em>Crítica</em>, recibe ofertas del director de <em>El Mundo </em>para integrar el equipo de redactores, al que pertenecerá hasta su muerte. Allí publica unas 1.500 crónicas sobre su ciudad y quienes la habitan, agrupadas y publicadas bajo el título <em>Aguafuertes Porteñas</em> (1933). Con agudo humor, negro, ácido e hiriente, panea sobre los caracteres urbanos, para así componer uno de los frescos periodísticos más ambiciosos y acabados de que se tenga noticia y donde coexisten la idiosincrasia, la bondad y la maldad populares: cada lector puede toparse consigo mismo, con su propio lenguaje y con una ciudad compleja y extrovertida, descrita al detalle. Unas pocas <em>Aguafuertes </em>y anécdotas, ilustran sobre la supuesta falta de humor de Arlt, su pretendido analfabetismo y su verdadera dimensión humana. Sobre su <em>analfabetismo</em> quizás baste señalar que estudió por su cuenta piano, inglés, fue corresponsal de varios diarios argentinos; también, estudió física y química, materias que puso al servicio de su oficio de inventor… Con dicho oficio rebasó el plano real para llegar al de la ficción con Silvio y Erdosain. Personaje, éste, que, contra lo que se pueda creer, es real… como cuenta Borré en su biografía sobre Roberto Arlt:</p>
<p>	“Cuando el verdadero Erdosain lee acerca de las monstruosas aventuras en las que Arlt lo ha implicado está dispuesto a darle un par de trompadas. Sujetado y disuadido por sus amigos, el verdadero Erdosain abandona la plaza gritando e insultando a Roberto Arlt. — Pero este tipo es una bestia — dijo Arlt. Es tan bestia que no se da cuenta de que acaba de entrar a la inmortalidad gracias a mi novela.” (2000: 212-213)</p>
<p>	También vale la pena referir una anécdota que reafirma “la ignominia de los queridos compañeros” en la actividad periodística y que de un tajo corta la posibilidad de que Arlt haya pertenecido a Boedo o a Florida o a los dos; la referente al humor, contada por Onetti, va luego. En <em>El Cementerio del Estómago </em>(29.I.29), Arlt declara sin ambages:</p>
<p>	“Yo he leído muchas novelas. He empezado a leerlas a los doce años; tengo veinte y ocho (no dice veintiocho…). Así que hace diez y seis que leo a un término medio de cincuenta libros al año, lo cual significa seiscientas novelas.”</p>
<p>	Para apreciar su magnitud humana, dos anécdotas: 1ª) Para todos sus biógrafos es clara la afinidad de Arlt con el anarquismo. Así, cuando después del golpe de 1930 (que Arlt previó) en que el general Uriburu derroca al reelegido Yrigoyen, es fusilado el anarquista Severino di Giovanni (1901-1931, quien voló la embajada gringa en Buenos Aires a raíz del asesinato de Sacco y Vanzetti, voló el consulado italiano en que cayeron siete de los <em>mejores </em>fascistas de Mussolini en la capital argentina y quien en su último panfleto escribió: “Sepan Uriburu y su horda fusiladora que nuestras balas buscarán sus cuerpos. Sepan el comercio, la industria, la banca, los terratenientes y hacendados que sus vidas y posesiones serán quemadas y destruidas.”), se cuenta que vuelve al diario <em>El Mundo </em>“destrozado, deshecho”… Arlt le dice a un linotipista: “Yo no me explico que haya gente que se ponga guantes blancos para ver matar a un hombre.” (Raúl Larra, <em>Cuadernos de Cultura</em>, en Goloboff: 47); 2ª) Referida una vez más por ese testigo de excepción llamado Onetti y que muestra a un <em>rosántico </em>de tiempo completo:</p>
<p>	“Una mañana sus compañeros de trabajo lo encontraron en la redacción (era otro diario, <em>Crítica</em>, donde Arlt estaba encargado de la sección <em>Policiales</em>) con los pies sin zapatos sobre la mesa, llorando, los calcetines rotos. Tenía enfrente un vaso con una rosa mustia. A las preguntas, a las angustias, contestó: ¿Pero no ven la flor? ¿No se dan cuenta que se está muriendo?” (Prólogo de Onetti en <em>El juguete rabioso</em>)</p>
<p>	Las siguientes dos anécdotas se prestan para sepultar lo relativo a la no pertenencia de Arlt a Boedo-Florida y a la tesis de Cortázar sobre la carencia de humor en aquél, de quien no obstante aseguraba: “Si de alguien me siento cerca en mi país es de Roberto Arlt”… Raimundo Calcagno, compañero de labores en <em>El Mundo</em>, describe a aquél:</p>
<p>	“Golpeaba las teclas de la máquina de escribir como si esta fuera un <em>puching ball </em>o lo hacía con la desesperación de que el tiempo le resultara corto… No tenía muchos amigos en la redacción, no tenía tiempo para tener muchos amigos, ni para vestirse con aliño; estaba muy afanado en su obra. No podía uno llegar a ser su amigo, porque no se puede ser amigo de una catarata.” (18)</p>
<p>	Onetti ataca de nuevo:</p>
<p>	“Cuando yo era secretario de redacción de <em>Reuter </em>en Buenos Aires y visitaba a los clientes, uno de ellos era el diario <em>El Mundo</em>. Y allí conocí a Arlt, que, por último, no digo que se suicidó, pero algo así; andaba mal del corazón, y el médico le dijo que no comiera ni tomara mucho, que no hiciera mucho esfuerzo, y él la segunda vez que vio al médico, se hizo los diez pisos hasta el consultorio a pie, y le dijo: ‘Vio que no me pasó nada en el <em>cuore</em>?’ Era un desafío. Bueno: las diferentes interpretaciones de la gente sobre un mismo acto de Roberto Arlt. Algunos opinaban que una actitud suya demostraba que era angélico; la misma actitud, para otros, probaba que era un farsante; y había quienes aseguraban que, con esa actitud, Arlt había sacado patente de hijo de puta. Yo no sé si era angélico, farsante o hijo de puta, posiblemente las tres cosas a la vez. Era un loco. El libro que yo quería hacer era de testimonio de quienes lo conocieron. Pero ahora es tarde para hacer ese libro, muchos testigos se murieron.” (1978: 438)</p>
<p>	Este ensayo pretende ser una mínima aproximación a la intención abortada de Onetti… otro angélico-farsante-loco-hijo de puta. Por fortuna. Y para desgracia de quienes no son ninguna de las tres primeras cosas, salvo la cuarta. Todo el mundo conoce la calle Corrientes por la descripción que se hace de ella en el tango <em>A media luz</em>. Y es que el tango no sólo le ha cantado a Buenos Aires, también a la calle que la simboliza… Roberto Arlt sostiene en una <em>aguafuerte porteña </em>que <em>El espíritu de la calle Corrientes no cambiará con el ensanche </em>(aquí, el último fragmento):</p>
<p>	“<em>Calle única</em>. — Calle única, calle absurda, calle linda. Calle para soñar, para perderse, para ir de allí a todos los éxitos y a todos los fracasos; calle de alegría, calle que las vuelve más gauchas y compadritas a las mujeres; calle donde los sastres le(s) dan consejos a los autores y donde los polizontes confraternizan con los turros; calle de olvido, de locura, de milonga, de amor. Calle de las rusas, de las francesas, de las criollas, que dejan demasiado pronto el hogar para ir a correr la juerga tras de un malevito; calle de tango, de ensueño; calle que recuerdan los presos en el cuadro quinto; calle que al amanecer se azulea y obscurece, porque su vida sólo es posible al resplandor artificial de los azules de metileno, de los verdes de sulfato de cobre, de los amarillos de ácido pícrico que le inyectan una locura de pirotecnia y celos”. (…)</p>
<p>	<em>A media luz</em>: “Corrientes 3-4-8/ segundo piso, ascensor/…” <em>Muchacha </em>es un tango que tiene mucho que ver con la literatura de Arlt y con él, que siempre se sintió culpable de haber asesinado la inocencia de una de doce o trece años como se comprueba al leer <em>El poder de las tinieblas</em>, cuando Elsa se confiesa en el Convento:</p>
<p>	“Iba y venía como de costumbre, observando una conducta hermética, hasta que descubrí algo repugnante. Era en el fondo de un parque. Sentada a su lado, con una cartera de colegiala, estaba una criatura de trece años a lo sumo, el cabello en rizos escapándose de un gorrito de paja, y el delantal plegado sobre la cartera. ¿Quién es esa criatura con la que te has retratado? Sin enojarse, con una sonrisa cándida me contestó: —Una chica que está en tercer grado y hacemos el amor. Esa mañana se hizo la rabona. — ¿Cuántos años tiene? — Va a cumplir doce el mes de agosto.</p>
<p>	Con esta historia, Arlt buscará destruir las bases de la moral burguesa y poner de manifiesto <em>las represiones en el plano de las vivencias sexuales dentro del matrimonio que lleva a destruir el propio vínculo</em>, hasta llegar con <em>El amor brujo</em> a <em>subvertir el pensamiento de época</em> ironizando sobre <em>valores centrales de la sociedad: la familia nuclear y monogámica</em>. (19) Tras su salida de <em>Crítica </em>y antes de ingresar a <em>El Mundo</em>, Arlt adelanta un capítulo de <em>Los siete locos</em>, en preparación, en la revista <em>Pulso </em>(1928) que dirige Alberto Hidalgo (el 9.IX publica en <em>La Nación</em><em> Esther</em><em> Primavera</em>, obra maestra). El capítulo es <em>La sociedad secreta</em>, finalmente <em>La farsa</em>, otra obra maestra, como se verá al final cuando el Mayor hace arqueología de los gobiernos corruptos, los partidos políticos <em>informes</em>, los políticos deformes que venden su país al mejor postor, como quien sin pensar obedece la  Ley de Herodes: “O te chingas o te jodes”: gracias Luis Estrada por su radiografía de un descompuesto PRI. <em>Los siete locos</em>, aparece al año siguiente por Editorial Latina. En nota publicada el 27 de noviembre de 1929 en su personal e intransferible página seis de <em>El Mundo</em>, Arlt definió así a sus personajes:</p>
<p>	“Estos individuos, canallas y tristes, viles y soñadores simultáneamente están atados o ligados entre sí por la desesperación. La desesperación en ellos está originada, más que por la pobreza material, por otro factor: la desorientación que, después de la gran guerra, ha revolucionado la conciencia de los hombres, dejándolos vacíos de ideales y esperanzas. Hombres y mujeres en la novela rechazan el presente y la civilización, tal cual está organizada”.</p>
<p>	Para esta época, había leído con pasión <em>Crimen y castigo</em>: se diría, era el octavo loco del octavo infierno de Dante, adonde el autor de <em>La comedia </em>confinó a los culpables de <em>los pecados del lobo</em>: hipócritas, seductores, nigromantes, ladrones y mentirosos. Una <em>fauna </em>parecida a la de Arlt, en la que no faltan seres <em>pérfidos como hienas</em>: basta pensar en Erdosain. En 1930, el 8 de mayo, Arlt se hace acreedor al único galardón literario de su vida, por <em>Los siete locos</em>: Tercer Premio, Concurso Municipal de Literatura. A partir de ese momento ganan popularidad paralela sus <em>Aguafuertes Porteñas</em>. Misma época que L. Barletta, en su afán por renovar el lenguaje dramático que se halla dominado por la comedia chabacana y facilista, crea el <em>Teatro del Pueblo </em>y pone en escena <em>El humillado</em>, capítulo de <em>Los siete locos</em>. Novela sobre la que aquél dejó sentada su protesta al no serle concedido a Arlt el máximo Premio. En <em>La   Literatura</em><em> Argentina</em>, Barletta dice:</p>
<p>	“Hace pocos día terminé de leer <em>Los siete locos</em>, de Arlt, novela que conceptúo como muy buena. Sabía yo, por <em>El juguete rabioso</em>, que en Arlt había un excelente novelista, pero en el presente libro se ha superado. Un libro como el de Arlt, a quien el jurado debe otorgarle el Primer Premio Municipal da por tierra con todos los <em>Zogoibi </em>y <em>Don Segundo Sombra </em>de los éxitos fáciles.” (2000: 203) <em> </em></p>
<p>	Al enterarse del Tercer Premio, Arlt contesta con gracia sobre los “terceros premios” algo que ayuda a entender a quiénes se les dan los primeros; lo hace desde Río de Janeiro adonde ha llegado como enviado del diario <em>El Mundo</em>:</p>
<p>	“…estoy sumamente extrañado de que me hayan premiado. En nuestra ciudad siempre los terceros premios han sido reservados para los mejores prosistas; ejemplos: Elías Castelnuovo, 3er premio; González Tuñón, 3er premio; Álvaro Yunque, 3er premio. El tercer premio es la comida de las fieras, no hay candidato a premio que no diga: me conformo con el tercer premio y al final de cuentas son tales los líos que se arman para repartir el tercer premio&#8230;” (2000: 204)</p>
<p>	El poeta y guionista Ulises Petit de Murat redimensiona la literatura arltiana en 1931, al señalar la dicotomía entre literatura rural y urbana. Ubica el nombre de Güiraldes (<em>Don Segundo Sombra</em>) junto a los de Hernández (<em>Martín Fierro</em>) y Lynch (<em>El romance de un gaucho</em>), representantes de la <em>literatura gauchesca</em>, y los contrapone al <em>surgimiento de la antítesis ciudadana</em> que es la obra de Arlt, cuya irrupción está centrada en el “frenesí por contar en donde algunas influencias de origen ruso y germano han tenido mucho que ver con la obra de este autor.” (2000: 205) Pero, como en esto de la literatura seria, no mediática, no faltan los aguafiestas ni menos los jueces sesgados por su situación económica o por su posición intelectual, un crítico universitario, Antonio Aíta, “ve a Roberto Arlt como un hombre de imaginación desordenada y sórdido, al que sólo le interesa lo prostibulario, lo humillante y el crimen, e invita a Arlt a no alucinarse con escritores rusos” (2000: 205). Aíta le saca como defecto a Arlt lo que ve en sí mismo; olvida que la sordidez está en la realidad antes que en quien escribe; pretende ignorar que en el arte el artista sublima lo que descubre en su sociedad; pide lo que le está vedado: invitar o prohibir a un autor a tomar o a dejar sus gustos literarios. Algo así como pedirles a los políticos que cumplan a los votantes, desistan de la demagogia, hagan democracia…</p>
<p>	Aparece en la revista <em>S.O.S.</em> un fragmento de <em>Los lanzallamas</em>, que en 1931 publica la editorial <em>Claridad </em>y en cuyo prólogo responde a los que le han censurado su <em>mal gusto y estilo deficiente</em>. También reclama los derechos de la creación solitaria. Constituye la continuación de <em>Los siete locos </em>y su título original, <em>Los monstruos</em>, se sustituyó por sugerencia de Carlos A. Leumann que el autor aceptó. Según Mirta, era más apropiado por “el juicio de valor de Arlt sobre sus propios personajes”:</p>
<p>	“Odian esta civilización. Quisieran creer en algo, arrodillarse ante algo, amar algo; pero, para ellos, ese don de fe, la ‘gracia’ como dicen los católicos, les está negada. Aunque quieren creer, no pueden. Como se ve, la angustia de estos hombres nace de su esterilidad interior. Son individuos y mujeres de esta ciudad, a quienes yo he conocido. (…) En síntesis: estos demonios no son ni locos ni cuerdos. Se mueven como fantasmas en un mundo de tinieblas y problemas morales y crueles. Si fueran menos cobardes se suicidarían; si tuvieran un poco más de carácter serían santos. En verdad, buscan la luz. Pero la buscan completamente sumergidos en el barro. Y ensucian lo que tocan. A mí, como autor, estos individuos no me son simpáticos. Pero los he tratado. Y todo autor es esclavo durante un momento de sus personajes, porque ellos llevaban en sí verdades atroces que merecían ser conocidas. En definitiva: en esta obra no hay ningún casamiento, ni baile, ni declaración de amor. Al sexo femenino no le puede interesar”. (<em>Aguafuertes Porteñas</em>, en Obra Completa, Tomo 2: 253-204 y 255).</p>
<p>	Aunque Arlt crea eso, podría decirse que con <em>Los siete locos </em>ocurre lo mismo que con el filme <em>Al filo del tiempo</em>, de Wenders: es la historia de la ausencia del amor (representado por la mujer) que es, al mismo tiempo, la historia de la nostalgia de su presencia. Al fundar Barletta el <em>Teatro del Pueblo </em>con el propósito de “realizar experiencias de teatro moderno para salvar el envilecido arte teatral y llevar a las masas el arte general, con el objeto de propender por la elevación espiritual de nuestro pueblo”, no se imaginó que apenas dos años más tarde Arlt sería “por antonomasia, el autor del movimiento independiente”, por esa necesidad recurrente y profunda que tenía de expulsar sus conflictos y desdoblamientos de conciencia. Así, en 1932, escribe su primer drama: <em>300 millones</em>, estrenada en el <em>Teatro del Pueblo</em> el 17 de junio. La historia surgió de una crónica policial que aquél había realizado en Crítica hacia 1927. Onetti recuerda:</p>
<p>	“Otra mañana estaba calzado pero semimuerto, el mechón de pelo en la cara, negándose a conversar. Acababa de ver el cuerpo de una muchacha, sirvienta, que se había tirado a la calle desde un quinto o séptimo piso. Fue mudo y grosero durante varios días. Después escribió su primera y mejor obra de teatro, <em>300 millones</em> o cifra parecida, basado en la supuesta historia de la muchacha muerta.” (Prólogo a <em>El juguete rabioso</em>)</p>
<p>	<em> </em></p>
<p>	En paralelo al drama precitado, Arlt publica la que será su última novela, <em>El amor brujo</em>. Sin embargo, contra quienes afirman que con dicha obra abandona la narrativa, al terminarla asegura que una próxima novela, <em>El pájaro de fuego </em>(por Stravinski) o <em>La muralla de arena</em>, se publicará enseguida y que escribe otra, <em>El emboscado rojo</em>. No obstante, Arlt ya ha descubierto el teatro y sus posibilidades, lo mismo que una serie de temas fundamentales: un mayor <em>pathos</em>, en tanto pasión; una mejor reunión de las tensiones; y una utilización más <em>profesional </em>de los conflictos, que originará un vuelco radical en su concepción del mundo y en la actividad literaria. A partir de su incursión en la dramaturgia, impulsado por Barletta, Arlt escribirá, inicialmente, ocho obras teatrales, de las cuales verá montadas cinco. Ellas son: <em>300 millones </em>y <em>Prueba de amor </em>(subtítulo: <em>Boceto teatral irrepresentable ante personas honestas</em>), ambas de 1932; <em>Saverio el cruel </em>y <em>El fabricante de fantasmas</em>, 1936; <em>África</em>, 1938; <em>La isla desierta</em>, 1937; <em>La fiesta del hierro</em>, 1940; y <em>El desierto entra en la ciudad</em>, 1942. Raúl Castagnino en <em>El Teatro de Roberto Arlt</em>, cita dos más: <em>Escenas de un grotesco</em>, publicada en <em>La Gaceta</em><em> de Buenos Aires No 2, </em>4.VIII.1934<em> </em>y <em>Separación feroz</em>, aparecida en <em>El Litoral,</em> <em>Santa Fe, </em>1º.I.1938. Finalmente, otras dos burlerías, reproducidas originalmente en <em>La Nación</em><em>: La juerga de los polichinelas </em>y <em>Un hombre sensible</em>, recopiladas luego en <em>Regreso </em>(Bs. Aires, <em>Ediciones Corregidor</em>, 1972), texto en el que también aparece su <em>Primera Autobiografía </em>(25-29).</p>
<p>	Antes de publicarse <em>El amor brujo </em>(1932), Arlt viaja a Brasil (país al que ya soñaba ir desde <em>Los siete locos</em>: 228), a Río y a otras ciudades: de allí envía sus ya famosas <em>Aguafuertes</em>, las que en 1935 lo harán pasar a España y a África, desde donde mandará las <em>Aguafuertes Españolas</em>, que reúnen distintas y extensas impresiones de su estadía en la  Península y en el Marruecos español; en simultánea, redacta <em>El criador de Gorilas</em>, 15 cuentos injustamente desdeñados por la crítica y aun por Julio Cortázar, quien los califica como “mediocres cuentos exóticos”, cuando tras su aparente “color local africano” hay una violenta crítica al racismo, a la explotación, al colonialismo e imperialismo occidentales y a la avaricia de la pequeña y de la alta burguesía. <em>El criador de gorilas</em>, publicado en Santiago en 1941, es una muestra de la capacidad para narrar, contar historias con economía de medios, por más ridículas o folclóricas que puedan parecer. Ya en 1933 había publicado <em>El jorobadito</em>, su obra mayor dentro del género, que proyecta no sólo cuentos magistrales como el que da título al volumen, amén de <em>Escritor fracasado, Esther Primavera, Las fieras, Noche terrible</em>, sino también una imagen transparente del autor, con base en los temas que han hecho perdurar su trabajo: la iniquidad en <em>El jorobadito</em>, cuya estructura, al decir de Mirta, “complacería a Poe en su teoría de la composición”; lo autobiográfico, escudado en un supuesto yo subjetivo, en <em>Escritor fracasado</em>; el prurito por hacerse entrañable mediante el daño en <em>Esther Primavera</em>, cuento en el que alterna recuerdo, realidad e imaginación y en el que, al leerlo, no deja de sentirse “una ráfaga de viento caliente que golpea el rostro”; la complicidad con seres marginales, su ternura hacia ellos y el guiño al lector en <em>Las fieras</em>, uno de los tantos relatos cuya fuente está en las <em>Aguafuertes Porteñas </em>(<em>Conversación entre ladrones</em>) y que será a su vez semilla de próximas novelas; en igual sentido, no se puede olvidar el cuento <em>Pequeños propietarios</em> cuyas raíces están en <em>Filosofía del hombre que necesita ladrillos</em>; y la reiterativa reflexión sobre el matrimonio, la convivencia y la separación en <em>Noche terrible</em>, también desarrollado a partir de una <em>aguafuerte: Yo no hablo mal del matrimonio</em>, en la que replica a un padre de familia que amenaza con dejar de leer sus crónicas porque “Usted con sus artículos puede ahuyentar los novios que necesito para mis cuatro hijas”. Arlt contesta: “No tenga miedo, querido señor, sus cuatro hijas mozas no se quedarán solteras”. Al final, después de burlarse un poco de él, intenta tranquilizarlo: “Lo esencial es que se case una, que lista la primera ya caerá otro zonzo”. Otros relatos como <em>La luna roja </em>y <em>El traje del fantasma</em>, abren un proyecto distinto: en ellos se refleja el gusto de Arlt por lo fantástico, así como revelan la influencia de su precoz inmersión en aguas del ocultismo, patentizada en el ensayo <em>Las ciencias ocultas en la ciudad de Bs. Aires</em>.</p>
<p>	Proyecto que alcanzará su máxima perfección en el cuento largo <em>Viaje terrible </em>(1941) o <em>Viajes terribles </em>(1978: 438), del que Prieto expresa: “Tal vez no pueda citarse otro texto de Arlt en el que aparezca el funcionamiento del mecanismo fantasioso tan nítidamente como en su último invento novelístico”. Ese mismo año, enviado por <em>El Mundo</em> viaja a Chile en una de sus últimas experiencias periodísticas. Muere Carmen, su primera esposa, tras penosa estancia en el sanatorio <em>Santa María</em>; aunque ya casi no había trato entre ellos, cuenta su hija que “esa muerte lo afectó tanto o más que la de su hermana Lila en Cosquín en 1937”. Para que no quede duda de su amor por ella, va la dedicatoria de <em>El jorobadito</em> que afirma dialécticamente la negación en torno a una eventual misoginia de que hablan desvirtuadores de la obra arltiana (y del propio Arlt) y a través de la cual se vislumbra su decisión de no complacer a nadie, sino de vaciarse él mismo:</p>
<p>	“A mi esposa Carmen Antinucci: Me hubiera agradado ofrecerte una novela amable como una nube sonrosada, pero quizá nunca escribiré obra semejante. De allí que te dedique este libro, trabajando por calles oscuras y parajes taciturnos, en contacto con gente terrestre, triste y somnolienta. Te ruego lo recibas como una prueba del grande amor que te tengo. No repares en sus palabras duras. Los seres humanos son más parecidos a monstruos chapoteando en las tinieblas que a los luminosos ángeles de las historias antiguas. Por eso no encontrarás aquí doradas palabras mentirosas, ni verás asomar el pie de plata de la felicidad, pero tú, que eres comprensiva y tan amiga mía, recíbelo como recibiste mis otros libros, escritos bajo tu mirada pensativa. Tu agrado será mi mejor premio.”</p>
<p>	A la muerte de su esposa surge una crisis de salud, ya presentida, que según Mirta “parece no exhibir los síntomas de esa especie de estrangulación de las coronarias que lo atacaba con puñaladas en el pecho”. En 1941, se casa en Montevideo con Elizabeth Mary Shine, de cuya unión queda su hijo Roberto Patricio (¿otra evocación romana… de su esposa?). El 12 de enero de 1942 patenta un invento para vulcanizar medias de mujer. La patente reza: “Medias con puntera y talón reforzado con caucho o derivados”.</p>
<p>	Su último viaje a Cosquín lo realizó quince días antes de morir, en julio de 1942. Arribó con <em>El desierto entra en la ciudad</em>, su último drama, en la maleta; pieza que quedó en manos de su hija, que la llevaría a escena diez años después. Pocos días más tarde, el 26 de julio, tras asistir a un acto eleccionario en el Círculo de Periodistas, muere víctima de un ataque cardiaco. He ahí por qué tragedia y humor no son opuestos: ese mal fue el mismo del que tanto se burló, el que le adjudicó a ciertos personajes para sacarlos de la ficción, el que lo sacaría de la supuesta realidad. En todo caso, sin desconocer tal patetismo, Arlt muere cuando se le agota el misterio de la vida, no importándole si era loco, angélico, farsante o hijo de puta o todo a la vez…</p>
<p>	Contra el virus anti-arltiano, el mejor remedio: el del alquimista verbal Borges, consignado en el prólogo a esa balada, por su lirismo, a ese tango, por su angustia metafísica, <em>Bartleby, el escribiente</em>: “La vasta población, las altas ciudades, la errónea y clamorosa publicidad, han conspirado para que el gran hombre secreto sea una de las tradiciones de América. E. A. Poe fue uno de ellos; Melville, también.” A la lista se suma ahora Arlt: anónimo, casi clandestino. Tanto que Borges olvidó incluirlo entre los olvidados, olvidando incluso que lo hubiera influido, al sentenciar: “La mejor manera de no pasar de moda es esforzándose por no estarlo nunca, por eludir el éxito”<em>, </em>porque Arlt jamás cambió decoro, dignidad, discreción por publicidad, vanidad, mediocridad.</p>
<p>	Arlt dijo sobre él en sus ficciones muchas más verdades que en cualquier autobiografía, lo que significa que la autoconfesión es el sucedáneo perfecto de la creatividad. No es improbable que al final de su vida haya sentido que el goce del arte nunca es para quien lo concibe con extrema paciencia y profundo desgarramiento, sino para quien se acerca con desprevenida actitud; que el hombre jamás será modelo de nada… o a duras penas de la contradicción; y que aun con la sensación de inutilidad que suscita el haberlo realizado, siempre tuvo validez el esfuerzo: así el placer haya sido para otros. Incluso para quienes no lo merezcan. Entonces, poco importa que las luchas en apariencia sean estériles y que al final del camino no haya más premio que un profundo sepulcro y una nada infinita… Y yo sé que tengo razón: mejor dicho, ambos, tenemos razón, querido R. Arlt.</p>
<p align="center"><strong>III – Roberto Arlt: El inventor de los juguetes rabiosos<br />
	</strong></p>
<p align="center"><strong> </strong></p>
<p>	La primera novela publicada conocida (<em>La vida puerca </em>desapareció; <em>El diario de un morfinómano</em>, 1921, no se recuperó) de Arlt fue <em>El juguete rabioso</em> (1926), obra que se ha considerado menor dentro de su apreciable producción literaria. Narrada en primera persona, marca un nuevo capítulo en la historia novelada de una ciudad que ya no es <em>La gran aldea </em>(novela publicada en 1884) de que habla su autor, Lucio V. López (1848-1894), sino una impersonal selva de hierro y <em>portland </em>(Arlt nunca dirá <em>cemento</em>) que le hizo exclamar al arquitecto Le Corbusier, en 1929, en una conferencia dictada allí: “Buenos Aires es la ciudad más inhumana que he conocido; en verdad, el corazón se encuentra allí martirizado”. Así la verá siempre Arlt, desde <em>El juguete… </em>hasta la última de sus <em>Aguafuertes Porteñas</em>. Él hizo suyas las palabras de Carpentier: para entender una ciudad no basta con pasear por ella, sino vivirla, tratar día a día durante años con sus profesionales, negociantes y tenderos, millonarios y miserables… Arlt mismo decía:</p>
<p>	“Cada vez me convenzo más de que la única forma de conocer un país, aunque sea un cachito, es conviviendo con sus habitantes; pero no como escritor sino como si uno fuera tendero, empleado o cualquier cosa. Vivir… vivir por completo al margen de la literatura y de los literatos.”</p>
<p>	Además de lo que hace y piensa el protagonista, Silvio Astier, el lector conoce las calles que aquél frecuenta, los <em>conventillos </em>(inquilinatos) en que vive, las pensiones que le sirven de refugio, el pésimo café que toma y la temperatura que se percibe al sentarse en una <em>vereda </em>(andén). Lo mismo que ocurrirá después con los protagonistas de sus otras dos novelas, Augusto Remo Erdosain y Estanislao Balder. Arlt no hace sociología o psicología sobre la ciudad: simplemente, allí nace, convive y conversa con toda los alienados que están, no que viven, en todas aquellas prisiones de hoy llamadas ciudades.</p>
<p>	“El alma” de estas fue definido por Arlt como el depósito de sucios comerciantes (suerte de pleonasmo), anónimos empleados e insensibles burgueses “que se pasaban la vida escudriñando con goces malvados la intimidad de sus vecinos, tan canallas como ellos, regocijándose con palabras de falsa compasión de las desgracias que les ocurrían a éstos, chismorreando a diestra y siniestra de aburridos que estaban… bajo cuyas cataduras enfáticas veía alzarse <em>el alma de la ciudad</em>, encanallada, implacable y feroz como ellos”.</p>
<p>	La ciudad de <em>El juguete… </em>que al comienzo atrae y seduce por lo inexplorada y misteriosa, donde aún se puede ser un bandido de alta escuela como Rocambole, un poeta genial como Baudelaire, un ingeniero como Edison o un general como Napoleón, pronto es motivo de angustia y de humillación. En uno de sus cuatro capítulos, <em>Los trabajos y los días</em>, el más desesperanzador, Silvio se ve obligado a acarrear los trastos de la mujer de su patrón, don Gaetano. E. Martínez Estrada, autor de <em>Radiografía de la pampa </em>y <em>La cabeza de Goliath</em>, sintetiza la tragedia del citadino cual si fuera Arlt:</p>
<p>	“Me es fácil pensar que todos estamos presos, aunque el guardián haya desaparecido hace años o siglos. Nos encerró a todos y se fue o se murió. Hizo la ciudad y nos metió dentro con la consigna de que no nos marchásemos hasta que volviese. Después se olvidó de volver y nosotros de irnos.”</p>
<p>	Los personajes de Arlt intentarán romper los barrotes de la cárcel de hierro y <em>portland</em>, fugándose al campo (como Onetti en <em>Tiempo de abrazar</em>), soñando la evasión, destruyendo la sociedad y finalmente suicidándose, como lo hará Erdosain (1978: 390). Como se ha visto, el ingreso de Arlt a la literatura fue difícil: el dolor y la incertidumbre fueron las constantes compañías hasta su definitiva afirmación en dicho terreno. Su inmensa valía aún no se reconoce… y se le estigmatiza por “escribir mal”. Sábato:</p>
<p>	“Es que para admirar se necesita grandeza, aunque parezca paradójico. Y por eso tan pocas veces el creador es reconocido por sus contemporáneos: lo hace casi siempre la posteridad o, al menos, esa especie de posteridad contemporánea que es el extranjero. La gente que está lejos. La que no ve cómo tomás el café o te vestís.”</p>
<p>	A la que no le importa, agrego, si escribís con mala gramática… porque si no el genio del cine y de la vida A. Tarkovski, de una vez por todas zanja el lío a favor de R. Arlt:</p>
<p>	“… mi experiencia de entonces probó una vez más la imposibilidad de aprender en una universidad cómo se llega a ser artista. Porque para ser un artista no basta con aprender algo, con llegar a dominar unas técnicas profesionales, unos procedimientos. Aún se puede ir más lejos: para escribir bien —como dijo alguien— hay que olvidar la gramática.” (20)</p>
<p>	De tales vicisitudes dio testimonio el propio Arlt, con esa mixtura de lucidez y desgarramiento que gobernó la mayoría de sus actos:</p>
<p>	“He llorado hasta por las calles al pensar en el desastre que era mi vida cuando todos los acontecimientos exteriores sólo debían proporcionarme felicidad, orgullo y alegría. Soy el mejor escritor de mi generación y el más desgraciado. Quizá por eso sea el mejor escritor.” (Carta a su hermana y a su madre, c. 1929, citada por Mirta Arlt y Omar Borré).</p>
<p>	Así, no pueden desconocerse ciertos aspectos autobiográficos, por ejemplo, los sueños de inventor de Arlt, que guardan estrecha relación con Astier, luego con Erdosain: inventos que encierran la ilusión de ser admirado, elogiado, de no morir y eternizarse:</p>
<p>	“No me importa no tener traje, ni plata ni nada —y casi con vergüenza me confesé: lo que yo quiero es ser admirado de los demás, elogiado por los demás. (…) ¡Ah, si se pudiera descubrir algo para no morir nunca; vivir aunque fuera quinientos años!”, exclama Astier en el tercer capítulo, titulado <em>El juguete rabioso</em>, el súmmum de la reflexión, de la inacción (Bruguera: 134).</p>
<p>	Luego vendrá <em>Judas Iscariote</em>, el capítulo de la iniquidad, la traición, que sucede, tratándose de hombres, invariablemente a la amistad de Silvio y el Rengo, otro de los tantos <em>señalados de Dios</em> arltianos. Distintos hechos se presentan en <em>El juguete…</em>: la mención de una sociedad para delinquir, el <em>Club de los Caballeros de la Media Noche</em>; el imaginario incendio de la librería; el robo a la biblioteca; la disolución del Club; el constante cambio de oficio por Silvio, malestar que rebasa lo físico; su cambiante visión del mundo y de los que lo pueblan; su fallido ingreso a la Escuela Militar de Aviación, de donde lo echan porque, dice un oficial, “aquí no necesitamos gente inteligente sino brutos para el trabajo”; y, sobre todo, el diálogo entre Silvio y un travesti que algún crítico vio como “una forma de cópula y así parece comprenderlo Arlt, que (sic) coloca la relación en una hermosa filiación poética”. Hay filiación poética pero nunca una… apenas la tolerancia de Arlt hacia el Otro, inusual para la época, como lo dice cualquier tango: una de las primeras inclusiones de un homosexual en la historia de la literatura argentina.</p>
<p>	<em>El juguete… </em>no encierra toda la problemática socio-económica, política ni cultural de su época (no es tratado de sociología), tampoco <em>Los siete…-Los lanza… </em>ni <em>El amor brujo</em>: aspirar a tal despropósito sería negar de plano su autonomía literaria, su carácter artístico. <em>El juguete… </em>es la patética e injusta historia del hombre que ante la prueba constante de que su lucha no es un arma efectiva para cambiar el mundo, se pasa la vida pensando vivir, rumiando el descontento, exorcizando fantasmas y demonios al escribir y tratando de volver sus obras acción, para al final comprobar que no se avanzó, que se patina y a la postre, no se es más que un simple juguete: rabioso y todo, pero juguete al fin… “Somos juguetes de poderes extraños”, dijo Marx.</p>
<p>	<strong>IV &#8211; La balada de los siete locos&#8230; El tango de los lanzallamas&#8230;</strong></p>
<p>	En la <em>aguafuerte Los siete locos</em>, Arlt describe la necedad de un lector que le escribe, ya enterado de la publicación de su novela: “Como dispongo de poco dinero para invertir en libros, le agradecería me diera algunos datos respecto a ella, para saber si vale o no la pena de gastarse el tiempo y unos pesos en su lectura”, expone el atrevido personaje. Y Arlt con transparente honestidad (la que no tuvo cuando le regaló la novela a su esposa y le arrancó la primera página… dedicada a Maruja Romero: 2000: 199) le replica:</p>
<p>	“Dudé un momento. Luego me dije que, habiendo hablado de tantas obras ajenas, bien tenía el derecho de explicar lo que era lo mío. Además, si hay gente que se conforma con conocer el argumento de una novela, sin tomarse el trabajo de leerla, ni gastar unos centavos en adquirirla, les regalaré a mis lectores ese argumento que va franco de porte. El plazo de acción de mi novela es reducido. Abarca tres días con sus tres noches, se mueven, aproximadamente, veinte personajes. De estos veinte, siete son centrales, es decir, constituyen el eje del relato. Siete ejes, mejor dicho, que culminan en un protagonista, Erdosain, verdadero nudo de la novela.”</p>
<p>	Y enseguida hace la descripción de los personajes, ya adelantada aquí: individuos canallas, tristes y viles soñadores unidos entre sí por la desesperación. Y cita como origen de esta a la   I Guerra Mundial, hecho que ha ocasionado un vuelco en sus conciencias y los ha dejado vacíos, sin ideales ni esperanzas. Refiere luego la trama:</p>
<p>	“El argumento es simple. Uno de los personajes, llamado el Astrólogo, quiere organizar una sociedad secreta para revolucionar y quebrantar el presente estado de cosas. Para llevar a cabo su proyecto necesita dinero. En estas circunstancias, Erdosain le ofrece el medio de adquirirlo. Se trata de secuestrar a un pariente que lo ha abofeteado.” (Aquí se refiere a Barsut, primo de Elsa, esposa de Erdosain). “Lo narrado abarca la primera jornada de la novela. En la segunda jornada se lleva a cabo el secuestro del personaje, y la tercera parte, o la última noche y su día, abarcan la vida interior del personaje antes de cometer el crimen, o de permitir que se cometa.”</p>
<p>	Lo que Arlt sí se cuidó de contar al osado lector fue que la revolución se financiaría a través de prostíbulos en todo el país, hecho de por sí genial en la obra. Esta, está contada siempre en tercera persona pero el narrador, aun omnipotente, no maneja a su antojo a los personajes. Al contrario, Arlt se vale de un truco para concederles mayor independencia, potencia y verosimilitud frente al lector: el narrador que al comienzo no tiene credencial específica, más tarde se presenta como <em>comentador,</em> <em>autor, cronista,</em> <em>comentarista</em>. Arlt proyecta un doble efecto de ensimismamiento y enajenación: por un lado, se aleja de la materia narrada, en una suerte de distanciamiento pre-brechtiano y a la vez de búsqueda interior; por otro, busca en el exterior, de ahí enajenado, e involucra al lector en una historia digna de aceptación o de rechazo total, no de tratos a medias (así aquí no piense para nada en la actitud que no prospera: “Los tratos a medias son la antesala de la traición”, señala el Che). Como decía Arlt: “Entre los ruidos de un edificio social que se desmorona inevitablemente, no se puede pensar en bordados.”</p>
<p>	Considerando al ser la materia básica de la narrativa arltiana, su máxima preocupación, al personaje la pieza fundamental del engranaje fictivo (relativo a la ficción, no ficticio) que presenta a las claras dos aspectos inherentes a él, el asunto del desdoblamiento o del doble (<em>döppelganger </em>dice Cortázar) y las particulares exigencias relativas a los nombres propios, resulta válido citar un par de textos que viene a reforzar la tantas veces aludida correspondencia autor-personajes, para después referir la singular elección de sus nombres. En <em>Estados de conciencia</em>, intertítulo del capítulo 1º de <em>Los siete locos</em>, tan pronto se menciona a Erdosain y a su <em>zona de angustia</em>, él mismo se cuestiona:</p>
<p>	“¿Qué es lo que hago con mi vida?, decíase entonces, queriendo quizás aclarar con esta pregunta los orígenes de la ansiedad que le hacía apetecer una existencia en la cual el mañana no fuera la continuación del hoy con su medida de tiempo, sino algo distinto y siempre inesperado, como en los desenvolvimientos de las películas norteamericanas, donde el pordiosero de ayer es el jefe de una sociedad secreta de hoy, y la dactilógrafa aventurera, una multimillonaria de incógnito.” (Obra Completa: 121)</p>
<p>	Y casi enseguida, obligándolo a reflexionar sobre la estafa a la Compañía Azucarera, el narrador señala: “Y lo asombroso para Erdosain no consistirá en el robo sino que no se revelara en su semblante que era un ladrón”. De igual manera, en <em>El humillado</em>, después de los comienzos del “trabajo de humillación” de Erdosain por parte de su padre, se lee:</p>
<p>	“Y ahora —repuso el capitán— ¿yo también lo hundo? — No hombre, usted no. Naturalmente, he sufrido tanto, que ahora el coraje está en mí encogido, escondido. Yo soy mi espectador y me pregunto: ¿Cuándo saltará mi coraje? Y ese es el acontecimiento que espero. Algún día algo monstruosamente estallará en mí y yo me convertiré en otro hombre. Entonces, si usted vive, iré a buscarle y le escupiré en la cara.”</p>
<p>	En una carta a su hermana Lila, Arlt pone en evidencia los ecos autobiográficos que subrayan el impacto del fragmento anterior:</p>
<p>	“Yo no puedo vivir así. Yo tengo que realizar una gran obra, tengo que vivir tranquilo, necesito a mi lado alguien que me quiera… No hay un solo crítico de mi libro que no haya escrito: lo grande de ese libro es el dolor que hay en Erdosain. Pensá que yo puedo ser Erdosain, pensá que ese dolor no se inventa ni tampoco es literatura. Roberto, 1930. (2000: 206)</p>
<p>	El tema del desdoblamiento se extenderá a <em>Los lanzallamas</em>: cuando Erdosain piensa en sus <em>amores</em>, se lee: “A momentos un suspiro ensancha su pecho. Vive simultáneamente dos existencias”… “una espectral”… “y después otra, la de sí mismo”… una vez más, sólo que a la inversa, enajenación y ensimismamiento. En cuanto a los nombres, puede decirse que, a diferencia de <em>El amor brujo </em>(reminiscencia del ballet y/o suite de M. de Falla, deja adivinar una <em>aguafuerte española</em>), mas no de <em>El juguete,</em> a todas luces un hombre no un objeto, las dos partes de la novela llevan títulos abiertamente alusivos a personajes: <em>Los siete locos </em>y <em>Los lanzallamas</em>. En todos los casos se confirma la tendencia, propia del oficio periodístico, de calificar desde el título para que el lector sepa en qué terreno pisa. Con este anuncio, puede entrarse en contacto con quienes llaman mucho la atención no sólo por la rareza de sus nombres sino por su misma composición: Erdosain, Ergueta, Haffner, Bromberg y, antes, en <em>El juguete…</em>, Astier, así como, después, en <em>El amor brujo</em>, Balder, seis personajes en los cuales es notoria la repetición del segmento ER que, cómo no, corresponde a Roberto, nombre del autor.</p>
<p>	Ahora, Barsut tiene tres de las cuatro letras del apellido Arlt mientras el Astrólogo, sólo llamado así, las tiene todas. Por último, el <em>verdadero nudo de la novela</em>, Erdosain, cuyos nombres de pila son Augusto, por el primer <em>César </em>(no nombre sino título honorífico) y su más célebre Emperador; y Remo, por uno de los fundadores de Roma según la leyenda, aunque hoy se diga que sólo Rómulo la fundó. No constituye novedad, pues, que en un desdoblamiento Erdosain se autodenomine <em>Emperador</em> (21); así como es bien significativo que en él, que viene de un asesinato y va hacia otro, se reúnan el verdugo y la víctima. Todo lo anterior cobra sentido si se revisa su apellido: la terminación <em>sain</em>, francesa, significa <em>sano</em>, otro desdoblamiento, ligado a cuerdo, queriendo expresar para el solitario, el angustiado, el criminal, aquello que Arlt mismo expone con tanta precisión y seguridad: “… estos demonios no son ni locos ni cuerdos. Se mueven como fantasmas en un mundo de tinieblas y problemas morales y crueles.”</p>
<p>	De los citados, los que menos se prestan a la manipulación de la crítica, por su sólida presencia, por anti-héroes, son Astier y Erdosain. Ambos esgrimen la espada de la imaginación para rechazar los signos de la realidad que les son impuestos; descubren mediante el robo, la significación del dinero (a la vez que, con los actos de ellos, Arlt devela el valor de la escritura auto-consciente), Silvio, en el robo a la biblioteca, Remo, en la estafa a la Compañía; a través de su oficio de inventores, expresan el asco por la estrangulación de las coronarias sociales que les dan puñaladas en el pecho. Nacidos en estratos similares, frecuentan espacios ídem, dibujan iguales cuadros de costumbres, son parte involuntaria de la misma ciudad, comparten sus principios, se comunican en la misma jerga, practican actos gratuitos parecidos. Por último, Erdosain siente la amenaza y la condena de una soledad ya presentida por Silvio. Que es la misma del autor. Entonces, en <em>Los lanzallamas</em>, texto que ya desde las Palabras del Autor simboliza el resentimiento, el rencor, de Arlt, la respuesta natural a tanto atropello… ya no sólo <em>privilegio</em> de los argentinos, Erdosain, en charla con Luciana, la <em>linda doncella</em> a la que se da el lujo de rechazar en <em>El pecado que no se puede nombrar</em>, llega a una conclusión:</p>
<p>	“— El alma de nuestros semejantes es más dura que una plancha de acero endurecido. Cuando alguien te diga: he entendido lo que usted me dice, no te ha entendido. Esa persona confunde lo que en la superficie de su alma se refleja con la penetración de la imagen en el alma. Es lo mismo que una plancha de acero endurecida. Espeja en su superficie pulimentada las cosas que la rodean, pero la sustancia de las cosas no penetra en ella… Y nosotros, que estamos afuera, lo vemos.” Obra Completa: 451; 1978: 323)</p>
<p align="center"><strong>V &#8211; El amor brujo o la suite de la queja&#8230;</strong></p>
<p align="center"><strong> </strong></p>
<p>	La tercera, entre cuatro títulos, y última novela de Arlt, publicada en 1932, ha corrido la misma suerte de <em>El juguete…</em>: el desdén de la crítica. Algunos la quieren ver como un simple y estúpido alegato contra la moral burguesa; otros, como un inofensivo dardo lanzado a la arquitectura de Buenos Aires. Sobre lo primero, Arlt ironiza sobre la familia nuclear y monogámica de la época, con lo que de paso desafía la rigidez de la estructura eclesial. Sobre lo segundo, lo que interesa es modernizar, transformar la ciudad. Eso es lo que busca Estanislao Balder, ingeniero de 30 años, casado con una mujer a la que no quiere, Elena, inventor a medias, “de aspecto derrotado”, perdido en medio de la ciudad y de sus habitantes. Balder conoce a Irene, colegiala de 18 años, estudiante de piano del conservatorio, en la estación férrea de Retiro. Luego de acompañarla adonde vive, Tigre, así como de otro furtivo y apresurado encuentro y cuando siente que ha encontrado un amor único, pierde todo contacto con ella. No se anima o no desea volver a verla. Renuncia a hacer algo por ubicarla y simplemente espera que <em>un acontecimiento extraordinario se produzca</em> y cambie su existencia.</p>
<p>	Más o menos dos años después, una amiga de Irene, Zulema, lo telefonea para decirle que han dado con él por azar, gracias a un reportaje que publicó un diario… diario en el que venía envuelto el pan a la casa de Irene. Vuelven, entonces, los reencuentros aunque esta vez más sensuales. Irene asegura que es virgen y Balder, por ende, se cuestiona si confesarle o no que es casado. A la postre, se lo dice: luego de una corta escena, Irene lo acepta así… y hasta con un hijo de seis años. Comienza pues una etapa en la que el romance se ajusta a la situación, lo mismo que la madre de Irene, la señora Loayza. Pero, para esa época, ya está clara la política de la familia, lo que haría cualquiera de hoy: conseguir que Balder abandone a su esposa, se divorcie y se case con Irene. Así pasa el tiempo, mientras ésta no resuelve, ya no como hoy, entregarse sexualmente a Balder y éste no se decide a pedir el divorcio. Finalmente, y argumentando como excusa que Irene se le ha entregado y que él pudo así comprobar que ella no era virgen, rompe la relación. No obstante, el final de la novela… Aunque algunos críticos digan que la historia es simple, ingenua y hasta soporífera, pocas veces se puede encontrar una crítica más abierta y mordaz a la institución familiar y a la vida y a la moral burguesas. No en vano, <em>El amor brujo </em>fue escrita dentro del régimen castrense del general Uriburu que tumbó a Yrigoyen, circunstancia que Arlt aprovecha para exaltar irónica y ferozmente los valores tradicionales del militarismo, al que repudiaba con odio jarocho.</p>
<p>	En 1932 el problema de la ciudad se había vuelto una obsesión para Arlt y por eso no es gratuito que el protagonista sea ingeniero con ínfulas de arquitecto. Cabe recordar que Erdosain también había soñado en construir ciudades fantásticas, pero esos sueños son de un aficionado, mientras Balder es un… La diferencia esencial entre uno y otro es que éste no desea destruir la ciudad sino que busca la mejor vía para “transformarla, modernizarla”. Se enoja más contra “los arquitectos de esta ciudad sin personalidad” que contra la urbe, porque, insiste, “en este país no existían arquitectos”. Y luego dirá: “Oh, ya lo verían, cuando entrara en acción. Su proyecto consistía en una red de rascacielos en forma de H, en cuyo tramo transversal se pudieran colgar los rieles de un tranvía aéreo. Los ingenieros de Buenos Aires eran unos bestias. Él estaba de acuerdo con Wright”. Pero, el valor de la novela no reside en sus teorías arquitectónicas, quiméricas por cierto, sino en cómo es la ciudad que <em>martiriza </em>a sus habitantes. Esperando el <em>suceso extraordinario</em>, Balder, <em>magíster</em> en pereza e inacción, casi termina por rendirse al hechizo de la vida burguesa que tanto detesta, casi es víctima del síndrome de esto-es-el-colmo. Balder no buscará solucionar nada: se contentará con escribir en el aire la suite de la queja y el ensueño. Al final, se halla donde había comenzado y sin salida. <em>El amor brujo </em>podría interpretarse como la triste constatación de que el hombre se puede pasar la vida entera haciendo exactamente todo lo contrario de lo que le gustaría hacer… pero, lo hace a gusto, abrigando la eterna esperanza de que lo que está haciendo es realmente lo que siempre quiso hacer…</p>
<p>	<strong>VI – R. Arlt: El drama del escritor y de la literatura moderna… </strong></p>
<p>	Al igual que en la de su “socrático demonio” Baudelaire, ya en la cruel y desdichada vida de Arlt se acentúan el drama del escritor y de la literatura moderna: hecho que se refleja en la carencia económica, el despotismo del padre, el filisteísmo social reinante y, desde luego, la enfermedad: Arlt, por bronco-neumonía, también estuvo un tiempo en el sanatorio de Cosquín, llamado, curioso, <em>Santa María</em> (22), como Onetti bautizó a su ciudad literaria: algo que no se puede despachar así nomás dada la presencia de la enfermedad tanto en la vida real de Arlt como en la literaria de Onetti (<em>El Astillero</em> y <em>Juntacadáveres</em>). Al igual que los personajes de Kafka, los de Arlt encarnan a individuos radicalmente diferentes del común, a los que apenas se considera como semejantes e intentan, fracasando, integrarse a una sociedad excluyente, judeo-cristiana y más que eso despiadada, satisfecha, cerrada. El padre de Arlt, Karl, sucumbe en su intento de educarlo bajo el molde germano aunque pueda tener claro que en su medio nadie triunfa si no habla la lengua <em>padre</em>, que quizás considera de las clases dirigentes, la única que permite el acceso a las carreras liberales o administrativas o determina posiciones y jerarquías. No obstante, como dijo mi hija Valentina en sentido y elocuente texto dedicado a su querida madre, Mª del Rosario: “Pero todos ya sabemos/ que de los hijos no somos dueños/ y debemos dejarlos adquirir/ experiencia con sus esfuerzos.” En tal sentido, Arlt le recordó a su padre el préstamo filial y se fue por la vía del arte y de la literatura en particular. Como buen observador, fue también un avezado <em>pintor</em> y un arquitecto aficionado que reflejó como nadie a su ciudad por medio de esos sucedáneos del diseño-plano-arquitectura que son las palabras. En respuesta a su medio familiar, navegará en las torrentosas e inciertas aguas de la indeterminación entre vertientes culturales: la alemana del padre bismarckiano; la italiana de la madre semi-campesina-citadina; la local bonaerense, con su jerga multiorigen y en la que manda sobre el mal español el buen lunfardo. Arlt, termina siendo un escritor que re-crea el lenguaje vivo, que es acción como reflejo inmediato de la realidad circundante. Lo que se puede inferir de quien dijo: “Se puede deducir todo el estado mental de una época por ciertos giros del idioma.” Siempre se le endilgó su falta de estilo; empero, sostiene Rose Corral (23):</p>
<p>	“Su defensa de lo que concibe como ‘estilo’, en contra del lugar común, es en el fondo otra forma de defender lo que entiende por una literatura nueva, acorde con los tiempos, una literatura viva que choca ‘con la estupidez ambiente’ y que hace que ese escritor se sienta incluso como un ‘extranjero en su propia patria’.” Y cita a Arlt: “La mayoría de los hombres llevan en su interior monstruosas arquitecturas de juicios, construidas con ladrillos amasados de barro de lugares comunes, y la grosera fábrica en la cual habitan intelectualmente se les antoja lujoso palacio. Cuando otro hombre cuyo idioma no está ensamblado de lugares comunes les expresa realidades espirituales o psicológicas diferentes a las que ellos están acostumbrados a reverenciar, se les antoja que están escuchando a un ladrador de injurias y entonces odian atrozmente al hombre que, por no expresarse con frases hechas, ofende sus convicciones con la <em>fortaleza del estilo</em>.” (Subrayado de Rose Corral).</p>
<p>	Y en cuestiones de religión… ante la falta de un credo, Arlt optará por la, para él, clara y evidente, no clarividente, salida del ocultismo. Es decir, a la ceguera de la fe (“Fe es una creencia en la falta de evidencias”, Carl Sagan) opone la fe de lo que nunca se sabrá… Por momentos debió sentirse tan diferente a los de su comunidad como Kafka de la suya: “Qué tengo en común con los judíos. Apenas si tengo algo en común conmigo mismo, y debería meterme en un rincón, en completo silencio, contento de poder respirar.” (24) De modo parecido a Kafka, que no pudiendo asimilarse a los alemanes ni a los checos tampoco puede sentirse judío, Arlt, en su condición de no creyente, no ateo, salvo en causas anarquistas y socialistas, como Kafka, será siempre arquetipo de la inconformidad. Una versión anticipada del cinematográfico <em>hombre que no estuvo allí</em>… ni en ningún otro lugar. Ni alemán ni italiano, ni judío ni católico, ni creyente ni ateo, Arlt será, en últimas, un inconforme por la impotencia, un hombre que extrae su fuerza de la debilidad, que en el poder de la palabra ve reflejado el poder del dinero, pero que ante la falta de este sólo puede ver en la palabra el recurso ante la impotencia… Como deja claro, en esa suerte de intertextualidad vital, Estanislao Balder en <em>El amor brujo</em>: “Mi propósito es evidenciar de qué manera busqué el conocimiento a través de una avalancha de tinieblas y mi propia potencia en la infinita debilidad que me acompañó hora tras hora.” Frase con la que deja sentada su condición de escritor metafísico, de hombre inconforme, de artista descolocado, aunque por lo mismo consciente tanto de su debilidad, de su fortaleza, como de su auto-referencia literaria. Se ha dejado para esta parte, de manera deliberada, el criterio de Noé Jitrik a refutar:</p>
<p>	“Creo que no se puede entender la obra de Roberto Arlt si, al mismo tiempo, no se hacen otras lecturas: la primera es la del contexto político-social argentino; (…) la segunda, invita a una diversificación textual: el sainete y el teatro culto, el lunfardo y los intentos de una literatura popular, la poesía de vanguardia, el tango, la arquitectura, el cine, la radio, la industria, la comicidad, el fútbol y el box, la delincuencia y otros”.</p>
<p>	Respondiendo a Jitrik, la literatura no tiene objeto concreto, propósito definido. La literatura ya creada no obedece a intenciones sino produce efectos: el escritor debe prescindir del ánimo de persuasión. Su única seguridad debe ser la de vivir anclado en la duda pues lo que es o puede ser <em>verdad</em>, brota de la escritura antes que de querer sembrarlo en ella. Así, el escritor jamás escribe para probar algo; narra o cuenta historias pero no hace Historia; antes que reflejar la realidad, explora la existencia. Su obra trasciende el mundo de las ideas para llevar al lector hacia el lugar de la verdad. Una, más perceptible que demostrable. Esta, se le deja a jueces, abogados, políticos. Por eso, poco importa que para Cortázar, Arlt tuviera <em>escasas ideas</em>. Al cabo, ellas no están donde reposan las verdades fundamentales: entre poetas, escritores, artistas.</p>
<p>	Ahora, la cita a las distintas disciplinas es circunstancial: a Arlt no le interesaba alardear de su <em>weltanschauung </em>(diría Cortázar): estaba en otras cosas… Sin olvidar a Rulfo, Onetti, Marechal, Di Benedetto, Miller, Camus, Svevo, Hesse, Dostoievski, Melville, Kafka, Conrad, Baudelaire, De Quincey, Ellison, Kúndera, pocas veces en la literatura problemática, que hace énfasis en la dificultad y no en el juego sin olvidarse del juego, en la existencia y no en las palabras sin olvidarse de las voces, en la preocupación y no en la indiferencia sin olvidarse de las diferencias, en la desnudez y no en el artificio sin olvidarse de la fantasía y cuyo acento es metafísico antes que estético, al contrario de la gratuita, pocas veces se encuentra un autor de la talla de Arlt, Padre no sólo de la Generación Intermedia sino de la moderna literatura argentina.</p>
<p>	Si acaso Arlt buscó algo con su literatura, no fue llenar a nadie ni complacerlo, sino desocuparse él mismo. Tampoco, congraciarse… apenas expresarse. Y a través de ello evitar hundirse en la amargura, zona de pestilencia en la que su padre lo hundió desde la infancia. Su obra, por contraste, ha quedado como una de las experiencias literarias más reveladoras, honestas e inquietantes. Una obra directa, sin afeites, desgarradora, la de un gran hombre que escribe, no un simple malabarista de la palabra. La que para Arlt fue siempre el recurso ante la impotencia… Esto fue escrito inicialmente en 1991. 20 años después, en <em>El paisaje en las nubes</em>,<em> </em>una coincidencia me sacudió. Rose Corral anota:</p>
<p>	“Y Arlt agrega: ‘Y la palabra se descubre tartamuda, impotente’. El nazismo establece entonces una línea divisoria, una frontera, y funciona como un parteaguas que congela la palabra, la silencia. Arlt anticipa en 1940 ideas que aparecen después del final de la guerra, cuando se mida la magnitud del horror. Su nota concluye insistiendo en la impotencia de la palabra para aludir al momento presente: ‘Para este momento de vida que ya no es vida, sólo agonía, ¿qué estilo, qué palabra, qué matiz, qué elocuencia, qué facundia, qué inspiración dará el ajustado color? No sé, creo que en la misma tintorería del infierno, donde un diablo pintor combina los colores que con más precisión expresan la máxima crueldad del hombre, el matiz que puede expresar este momento aún no ha sido hallado. Tan lejos él avanzó en el crimen’. (2009: 32-33).</p>
<p align="center"><strong> </strong></p>
<p>	<strong>VII &#8211; A manera de epílogo&#8230;</strong></p>
<p>	En conclusión, Arlt termina encarnando, sin querer, a la manera de sus ídolos Conrad, Baudelaire, Dostoievski, Kafka, De Quincey, la palabra como recurso ante la impotencia… Arlt podría suscribir las palabras de Baudelaire: “Las naciones tiene grandes hombres a su pesar. De modo que el gran hombre es vencedor de toda su nación.” Y eso es cierto de cara al Arlt de <em>El juguete… Los siete locos </em>y <em>Los lanza…, El amor brujo</em>; de algunos dramas: <em>La isla desierta, Prueba de amor,</em> <em>300 millones</em>; de los cables intervenidos de <em>El paisaje en las nubes</em>. Como señala Eduardo Mallea el día 27 en <em>La Nación</em>, al partir el 26 julio 1942: “Muere con Roberto Arlt uno de los auténticos escritores que nuestra tierra literaria ha suscitado, uno —pese a su juventud— de los verdaderos eminentes.” También muere con él el afán de conocer los alcances de la destrucción y el exterminio de ese que llamó <em>crepúsculo del siglo XX</em>, aunque nadie podría negar su, ahora sí, clarividencia para proyectar la crueldad, la perversión de los elementos del crimen y no tanto <em>de las fuerzas en juego</em>. Aunque sostenga: “Crearemos nuestra literatura, no conversando continuamente de literatura, sino escribiendo en orgullosa soledad libros que encierran la violencia de un ‘cross’ a la mandíbula”, una literatura que penetra sin titubeos las mazmorras del mal, las fuerzas negativas de su época, ante la Europa devastada que ve hundir, Arlt “inicia una reflexión sobre la escritura y sus límites, y esboza una imposibilidad, la de decir”, dice Corral (2009: 33).</p>
<p>	No obstante, tal imposibilidad ya la había esbozado cuando escribió esa novela-sismo <em>Los siete locos</em>, en la que como en ninguna otra tiene un poder de adivinación tan aplastante, para prever el golpe del 30, que derribó a Yrigoyen y subió a Uriburu, y exhibe una capacidad inusual de análisis socio-político para mostrar a las lacras que junto a los milicos han corroído las bases de la sociedad, los políticos, siempre subordinados a los zarpazos de los gringos y a los de los partidos, tal como el Mayor dice en <em>La farsa</em>, con lo cual se evidencia que Arlt no ha terminado de desarrollarse:</p>
<p>	“— El ejército es un estado superior dentro de una sociedad inferior, ya que nosotros somos la fuerza específica del país. Y sin embargo, estamos sometidos a las resoluciones del gobierno… Y el gobierno, ¿quién lo constituye?&#8230; el poder legislativo y el ejecutivo… hombres elegidos por partidos políticos informes… ¡y qué representantes, señores! Ustedes saben mejor que yo que para ser diputado hay que haber tenido una carrera de mentiras, comenzando como vago de comité; transando y haciendo vida común con perdularios de todas las calañas, en fin, una vida al margen del código y de la verdad. No sé si esto ocurre en países más civilizados que los nuestros, pero aquí es así. En nuestra cámara de diputados y de senadores, hay sujetos acusados de usura y homicidio, bandidos vendidos a empresas extranjeras, individuos de una ignorancia tan crasa, que el parlamentarismo resulta aquí la comedia más grotesca que haya podido envilecer a un país. Las elecciones presidenciales se hacen con capitales norteamericanos, previa promesa de otorgar concesiones a una empresa interesada en explotar nuestras riquezas nacionales. No exagero cuando digo que la lucha de los partidos políticos en nuestra patria no es nada más que una riña entre comerciantes que quieren vender el país al mejor postor.”</p>
<p>	Y luego de este que parece un retrato de Colombia o México, la <em>Nota</em><em> del comentador</em>:</p>
<p>	“Esta novela fue escrita entre los años 28 y 29 y editada por la editorial Rosso en el mes de octubre de 1929. Sería irrisorio entonces creer que las manifestaciones del Mayor hayan sido sugeridas por el movimiento revolucionario del 6 de setiembre (sic) de 1930. Indudablemente, resulta curioso que las declaraciones de los revolucionarios del 6 de setiembre coincidan con tanta exactitud con aquellas que hace el Mayor y cuyo desarrollo confirma numerosos sucesos acaecidos después del 6 de setiembre.” (1978: 105)</p>
<p>	Si Arlt hubiera conocido el Congreso de Colombia tal vez hubiera muerto a futuro, como en un cuento fantástico pero real, entre 2002 y 2010… porque pese a los perdularios de todas las calañas que trató… Mancuso, <em>Jorge 40, Macaco, El Alemán</em>, C. Castaño, <em>H. H.</em>, <em>Don Berna, Don Diego, El Iguano</em>,<em> </em>Hernán Giraldo y por ahí ultra-derecho Á. Uribe, S. Pretelt, D. Palacios, C. M. Velásquez, B. Moreno, L. C. Osorio, J. Noguera, R. A. del Río, José M. Narváez, lo hubieran eliminado. Así que, menos mal, por no haber caído en las garras de semejantes <em>para-tesoros</em>… Con lo cual, de paso, no pudo ser echado al <em>Absolvedor</em>, a una jaula de leones, a un horno crematorio. Se les fue antes, muerto de risa por el mismo mal que sacó a sus criaturas: infarto fulminante. Como es su literatura, la que jamás va a morir, ni siquiera de infarto… Aún Arlt sigue desarrollándose, pese a todo y todos, incluidos militares: anarquistas, socialistas, comunistas y, ante todo, capitalistas. A cuyo sistema se remite en <em>Los lanzallamas</em>:</p>
<p>	“Ningún sistema de gobierno capitalista puede resolver los problemas económicos que cada año aumentan de gravedad. El capitalismo de estos países es tan ingenuo que cree poder hacerlo… Fracasará. Ha fracasado con la democracia; ahora tiene que fracasar con la dictadura. Es lo mismo que pretender curar la sífilis con agua destilada.” (1978: 244)</p>
<p>	Arlt ya en 1928 había previsto la burla de Estados Unidos en torno a los procesos democráticos, sin que el godito Borges hubiera formulado aún su hilarante, irónica e irrefutable definición de democracia: “Democracia: es una superstición muy difundida, un abuso de la estadística.” Y Arlt lo hace refiriéndose a los casos de Panamá y México:</p>
<p>	“¿Usted cree todavía en la democracia? Escúcheme. Cuando los norteamericanos provocaron la independencia de Panamá para apoderarse del territorio en el que iban a trazar su canal, años más tarde dijo Roosevelt, en un discurso que pronunció en Berkeley, California: ‘Si yo hubiera sometido mis planes a los métodos conservadores (es decir, democráticos), hubiera presentado al Congreso un solemne documento oficial, probablemente de doscientas páginas, y el debate no habría terminado todavía. Pero adquirí la zona del canal y dejé al Congreso discutir mis procedimientos, y mientras el debate sigue su curso, el canal también lo sigue’. Estimado doctor, si esto no es burlarse cínicamente de los procedimientos democráticos y de la ingenuidad de los papanatas que creen en el parlamentarismo, que lo diga Dios. — No se puede generalizar sobre un solo hecho. — Magnífico. Usted quiere una colección de hechos que le demuestre que EE.UU (nos referiremos a EE.UU porque estamos en América) es el país más antidemocrático que existe. Bien… ¿Puede decirme, querido amigo, qué calificativo merece la conducta yanqui o la de los bandidos capitalistas yanquis en la América Central? Ríase, ríase usted de los bandidajes de Pancho Villa. Todos esos granujas son unos tiernos infantes junto a las empresas que han provocado la revolución de Panamá. Si pasamos de Panamá a México, encontramos una serie de revoluciones provocadas por la presión del señor Doheney, representante del grupo capitalista en México. Al señor Doheney lo apoyaba el evangélico Wilson. Como los ingleses tenían intereses petrolíferos y apoyaban a Huerta, enemigo de los capitales yanquis, ¿qué hizo el gobierno? Obligó a los ingleses a retirarle su apoyo económico a Huerta. Concedió a las naves inglesas derecho de tránsito sin pago de intereses por el canal de Panamá, compraron las acciones petrolíferas inglesas y se derrotó a Huerta con una revolución que se hizo con la ayuda de Carranza, que recibió armas y dinero norteamericanos.” (1978: 244-245)</p>
<p>	Los ejemplos podrían ampliarse a Rep. Dominicana, con el <em>sátrapa de sátrapas</em> Trujillo; a Guatemala, con la caída de Arbenz por invasión del Imperio; a Panamá, con la <em>muerte</em> <em>accidental </em>de<em> </em>Torrijos y el secuestro oficial-clandestino del doble agente la <em>Piña</em><em> </em>Noriega, hasta su posterior reclusión durante años en la tierra de esa otra <em>perrita faldera </em>de EE.UU, conocida con el castizo nombre de Francia. Pero, sería un asunto inacabable. Luego, Arlt vuelve sobre la táctica del capitalismo para que “el elemento ingenuo de población” agradezca al gobierno haberlo librado del “peligro comunista” gracias a la policía y demás fuerzas armadas, haciendo de paso una denuncia sobre la tortura y un balance sobre la prensa como cohonestadora del <em>statu quo</em>:</p>
<p>	“— Piense usted, querido amigo, que en los tiempos de inquietud las autoridades de los gobiernos capitalistas, para justificar las iniquidades que cometen en nombre del Capital, persiguen a todos los elementos de oposición, tachándolos de comunistas y perturbadores. De tal manera, que puede establecerse como ley de sintomatología social que en los períodos de inquietud económico-política los gobiernos desvían la atención del pueblo del examen de sus actos, inventando con auxilio de la policía y demás fuerzas armadas, complots comunistas. Los periódicos, presionados por los gobiernos de anormalidad, deben responder a tal campaña de mentiras engañando a la población de los grandes centros, y presentando los sucesos de tal manera desfigurados que el elemento ingenuo de población se sienta agradecido al gobierno de haberlo librado de lo que las fuerzas capitalistas denominan ‘peligro comunista’.” “Como le decía, la táctica del capitalismo mundial consiste en corromper la ideología proletaria de los estados diversos. Los cabecillas que no se dejen corromper son perseguidos y castigados. Las penas más leves consisten en el destierro para los inculpados, y las más graves, la cárcel, con el corolario de los tormentos policiales más extraordinarios, como ser retorcimiento de testículos, quemaduras, encierro de los inculpados en invierno en calabozos a los que se les arroja agua, quemaduras. A las mujeres de filiación comunista se les retuercen los senos, se les arroja pimienta en los órganos genitales; todos los martirios que pueda inventar la imaginación policial son puestos al servicio del capitalismo por los empleados de investigaciones de todos los países de Sudamérica.” (1978: 246-247)</p>
<p>	Pero, pese a su simpatía por ellos, ni el comunismo ni el socialismo, mucho menos los militares, salen bien librados de los juicios críticos, ecuánimes y objetivos del genio-farsante-loco-hijodeputa de Roberto Arlt; así, cuando los siete locos pretenden formar un ejército revolucionario, el Astrólogo lee un libelo:</p>
<p>	“Lo importante para nosotros es formar comunistas con práctica positiva de infantería, artillería y guerra química. Nosotros tendemos a la eliminación absoluta del revolucionario sentimental. El sentimentalismo no nos interesa. Se lo dejamos a los socialistas que son tan bestias que aún después de la experiencia de la Guerra Europea siguen creyendo en la democracia y la evolución. Esto sólo se puede llevar a cabo en el campo. Por eso me gusta el Sur. Nos disfrazaremos de chacareros, instalaremos alguna chacra colectiva, pero nuestros trabajos y nuestros alumnos se encaminarán hacia las especializaciones de guerra.” (…) “— ¿Y el dinero? — Ahí está. El dinero lo proporcionarán los prostíbulos. — Es una barbaridad.” (249)</p>
<p>	Con la idea de financiar la revolución a base en prostíbulos, Arlt pensaba trasladar a los políticos la función de putas, dejando en claro la inocencia de éstas: las que, además, se niegan a ser madres de quienes son prueba adicional de que la razón produce monstruos. Razón que, en otro sentido, tenía Kafka al decir que a partir de cierto punto no hay retorno posible: lo hecho, hecho está. En el caso de Arlt, sin que importe la gramática, con mayor razón si quedó bien escrito. Para la posteridad y para todos, fin del gran arte. El que, sin descuidar la forma, hace énfasis en el sentido. Si con esto no queda claro, a la vez, que Arlt es precursor del existencialismo, quizás deba saberse que en la década de 1970, la editorial francesa <em>Seuil </em>intentó publicar su obra completa, pero desistió al advertir que podría aparecer como antecedente del existencialismo (2000: 207): actitud vuelta ismo para que cierta nación pueda presumir de arribismo sin que nadie lo note…</p>
<p>	Pero, Arlt no fue sólo alguien que se le adelantó al existencialismo: también, a Orwell en su prefiguración del devenir mundial, del papel de los capitalistas e incluso de la Guerra Fría. Aquél no hizo futurismo en <em>1984</em> sino que retomó la historia del pasado reciente de Inglaterra para, escudándose en un hipotético futuro, desnudar la intromisión del Estado en la vida privada del individuo. Para ello habló del <em>Gran Hermano </em>(el más sin-sangre de todos) y, ahí sí, predijo el advenimiento de la sociedad de control y del bio-poder. No obstante, Arlt lo precedió en lo relativo a lo que Orwell señala sobre el papel de los capitalistas como los dueños de la tierra; todo para ellos con base en la plusvalía; la gente común, trabajadora, su esclava (<em>1984</em>, Círculo de Lectores, 1984: 85):</p>
<p>	“El pueblo vive sumergido en la más absoluta ignorancia. Se asusta de los millones de hombres destrozados por la última guerra, y a nadie se le ocurre hacer el cálculo de los millones de obreros, de mujeres y de niños que año tras año destruyen las fundiciones, los talleres, las minas, las profesiones antihigiénicas, las explotaciones de productos, las enfermedades sociales como el cáncer, la sífilis, la tuberculosis. Si se hiciera una estadística universal de todos los hombres que mueren anualmente al servicio del capitalismo, y el capitalismo lo constituye un millar de multimillonarios, si se hiciera una estadística, se comprobaría que sin guerra de cañones mueren en los hospitales, cárceles, y en los talleres, tantos hombres como en las trincheras, bajo las granadas y los gases” (1978: 246)</p>
<p>	Con lo cual Arlt se adelantó también al concepto de Guerra Fría entendida, más bien, como III Guerra Mundial: así la califica el profesor español Juan C. Monedero pues dejó más muertos que las dos primeras; según se puede inferir de la cita, Arlt coincide con el profesor en el tiempo y eso que el escritor argentino asistió, cronológicamente, sólo a parte de la II Guerra, entre 1939 y 42, lo que no obstante fue suficiente para convertirse en el Kubrick de su tiempo: lo que éste en cine con <em>Senderos de gloria</em>… aquél lo hizo a su manera en literatura: el más radical y lúcido anti-belicismo…</p>
<p>	Como lo deja ver Pablo Castriota, reseñando <em>Arlt va al cine</em>, de Patricio Fontana (25), habiendo ejercido brevemente la crítica en su fugaz paso por la sección <em>Actualidad Cinematográfica</em> de <em>El Mundo</em>, Arlt fue uno de los escritores que mejor supo observar el desarrollo del séptimo arte en la primera mitad del siglo veinte, partiendo de su interés por la diva italiana Lyda Borelli, de quien se enamoró con nueve años, hecho que el escritor proyecta en Lucio (<em>El juguete…</em>), quien tiene un afiche de la sufrida actriz en su cuarto. La postura de Arlt frente al cine como elemento de ruptura con los prejuicios de su época lo arrastró a un conflicto con el comunismo de los años 30 con el que colaboró en <em>Bandera Roja</em>, donde lo tildaban de individualista por su reivindicación del cine, <em>arte burgués</em>, desde la óptica de la izquierda argentina. Arlt cimentó esta teoría propia sobre el cine como arte revolucionario en varias <em>aguafuertes</em>, en las que observa costumbres arraigadas en los pueblos del interior, donde el cine desafía la rigidez y los prejuicios de los que los pobladores eran víctimas. No alude al potencial revolucionario de un cine político (cine de propaganda soviético o documental de Grierson) sino justo al del <em>star system</em>, el cine gringo que tanto aborrecían vanguardias e izquierda latinoamericana.</p>
<p>	Aquí Arlt coincide con E. Gómez (26), quien alude al mismo prejuicio de la RDA respecto a eliminar la lucha de clases, en un país que seguía nombrando al proletariado como clase; igual, la idealización del proletariado sirvió para reprimir intelectuales y artistas rebeldes, de estrato medio, tildados de <em>pequeñoburgueses</em> desde un supuesto <em>poder proletario</em> utilizado para reforzar su poder por una burocracia con alto nivel de vida y comportamiento similar al <em>pequeñoburgués</em>. Luego, argumenta cómo los comunistas no supieron valorar los aportes de la cultura occidental:</p>
<p>	“… el socialismo existente subestimó (y sigue… cuando no rechazando) la gran cultura occidental, pero hoy sabemos con certeza que lo mejor de esa cultura es profundamente crítico respecto a las sociedades capitalistas en las que ha surgido; más aún, esa gran cultura es, con mucha frecuencia prosocialista.” “Ese hecho está mostrando con más claridad la necesidad en que están el socialismo existente y los partidos comunistas, a escala mundial, de aprender, sin exigencias sectarias, de toda esa ilustración y creatividad independientes y fecundas.” La conclusión, no puede ser más lúcida: “Las exigencias de apertura al Occidente implicaban, por parte de la RDA, una selección crítica, desde el punto de vista de una auténtica vanguardia, es decir, implicaban el comprender que se trataba de amigos difíciles, precisamente por ser innovadores.” (2011: 59-60-65)</p>
<p>	Una cultura <em>proletaria </em>ni <em>pequeñoburguesa</em> o <em>burguesa</em> es posible, porque la cultura es universal de por sí y aunque pueda singularizarse por su estrato social, va más allá de toda mezquindad de clase. Entonces, como se puede inferir de la visión de Arlt sobre el cine gringo del <em>star system</em>, ¿por qué negar (pese, sí, al Código Hays y su doble moral) el desborde de sensualidad que moja las pantallas del mundo, para goce de quienes no aceptan la represión del deseo? De ahí que Arlt terminara cimentando su teoría propia sobre el cine como arte revolucionario donde este ocupa, desde los afiches con parejas entregadas a la acción del deseo (= libertad), un sitial de desafío contra la rigidez y los prejuicios de los que las/los gringos eran víctimas. Esta visión anarquista y celebratoria del cine en el seno de la industria más poderosa del mundo, dotada de una dosis de feminismo casi militante, es lo que hace de su punto de vista algo mucho más apasionante que el rastro estético que el séptimo arte dejara en sus ficciones porteñas y en sus relatos de viajes, algo que el libro también se encarga de destacar con mucho interés. Visión que, como bien señala Fontana en un tramo, contribuye, según Castriota, a la idea del cine como arranque de una rebelión imprecisa, pero posible.</p>
<p>	Al final de su vida, R. Arlt pudo haber sido L. Cohen y su simpatía por la izquierda así como su carácter de autor disidente podría definirse con la ecuación poético-matemática del canadiense: “¿Por qué tengo que permanecer solo si cuanto digo es cierto? Confieso que pretendo hallar un camino o falsificar un pasaporte o hablar un nuevo idioma.” Y aunque Arlt nunca terminó de aprender inglés, sigue teniendo razón: para qué afanarse en estériles luchas, si al final del camino se encuentra como todo… Y aun así, insistió siempre en escribir quizás pensando en que, aparte de que no sabía hacer otra cosa, lo único que nos salva es la mentira del arte. Por la que siempre se entera uno de la verdad… La que en este caso no duele ni entristece sino que calma y enaltece.</p>
<p>	Si lo anterior no basta para ilustrar la conexión Arlt-Cohen, viene un trozo de <em>Los lanzallamas </em>en el que la ficción supera a la realidad en cuanto a hallar una nueva identidad al falsificar un pasaporte: “¿El Rufián no dijo lo que habría hecho si el otro se hubiera negado? — Lo mataba… tal es así que en previsión de ello tenía, desde hacía diez días, preparado un pasaporte con nombre falso.” Lo que Arlt no logró jamás fue <em>hacer estilo</em> pues para ello <em>son necesarias comodidades, rentas, vida holgada</em>. Y añade: “Pero, por lo general, la gente que disfruta tales beneficios se evita siempre la molestia de la literatura”. Con lo cual permite, de nuevo, la intromisión de la vida en la escritura, en este caso, de la de su admirado Di Giovanni. El último mensaje escrito en su celda poco antes de caer asesinado puede homologarse a la obra de Arlt:</p>
<p>	“[&#8230;] No busqué afirmación social, ni una vida acomodada, ni tampoco una vida tranquila. Para mí elegí la lucha. Vivir en monotonía las horas mohosas de lo adocenado, de los resignados, de los acomodados, de las conveniencias, no es vivir, es solamente vegetar y transportar en forma ambulante una masa de carne y de huesos. A la vida es necesario brindarle la elevación exquisita, la rebelión del brazo y de la mente. Enfrenté a la sociedad con sus mismas armas, sin inclinar la cabeza, por eso me consideran, y soy, un hombre peligroso.”</p>
<p>	Arlt pareciera responderle a Di Giovanni cuando expresa todo lo que tiene por decir:</p>
<p>	“Tengo tantas y tantas cosas que escribir y que contar, a favor y en contra mío, que ahora sé que todo lo que se ha escrito y vale, vale porque ha sido escrito con sangre.” (Epígrafe, 2000).</p>
<p>	Si se intentara un retrato hablado de Roberto Arlt, no podría dejar de citarse a quien, como Balder, estuvo siempre esperando <em>un suceso extraordinario </em>para darle un vuelco a su vida. La de un hombre que no podía ser feliz por los daños que había causado. La pasión alimentada por la idea balderiana de buscar su propia potencia en la infinita debilidad es la que lo lleva a estudiar inglés, a ser un viajero incansable, a tocar piano, diseñar medias de eterna duración, escribir miles de <em>aguafuertes</em>, intervenir cientos de cables, refugiarse en los cafés para hablar con sus amigos, internarse en los bajos fondos para extraer de perdularios de la peor calaña la sustancia de sus textos, periodísticos y literarios: lo que, de por sí, lo hace pionero de lo que a partir de Walsh con <em>Operación masacre </em>(1957) (27), quien se adelantó nueve años a Capote con <em>A sangre fría </em>(1966) (28) se llamó <em>Ficción periodística</em> o <em>Novela testimonio </em>o <em>Periodismo Literario </em>o <em>Novela real </em>o de <em>No</em>&#8211;<em>ficción.</em> Como intuye, a la manera de A. Caicedo, la brevedad de su vida, Arlt sigue siendo hasta el final de la suya esa <em>catarata </em>de que habló Calcagno y en cuyo torrente no había espacio para lo gratuito. En él la sinceridad descubre toda deslealtad, entonces se propone una sin límites: conocida entre sus enemigos como la grosería de un ser conflictivo. Como ya nada le parece cierto, de todo desconfía. Gracias a su voz potente dice lo que le da la gana, como siente, ve y cree, sin detenerse a reflexionar, ayudado por su velocidad de pensamiento. Pero, sostiene Borré, la sinceridad de Arlt era peligrosa para sus allegados y angustiosa para él, quien no podía dejar de ver el otro lado de las cosas. Si bien en <em>El amor brujo </em>dijo: “¿Por qué anhelo la pureza y me revuelco en la porquería?”, había comenzado a andar en la dirección opuesta: por una inexorable y desesperada necesidad ética eludía cada vez más la porquería para entrar en el camino del ascetismo. Y aunque, en el terreno religioso, quiso creer y no podía, en el práctico, creía como pocos… Eso sí, ya no en su literatura: algún día comentó a sus amigos, “no podía volver sobre nada de lo que había escrito porque tenía la sensación de leer ruinas y ciudades destruidas”. (2000: 225) Al cabo, para él la palabra no dejó de ser nunca otra cosa que el más terrible y desolador recurso ante la impotencia: por contraste y por esas paradojas de la vida, en su caso también las del arte, potente recurso, así en él viniera de la infinita debilidad que lo acompañó hora tras hora…</p>
<p>	<strong> </strong></p>
<p>	<strong>Bogotá D. C., 26 de julio-27 de agosto de 2012</strong></p>
<p>	<strong> </strong></p>
<p>	<strong>NOTAS: </strong></p>
<ol>
<li><strong>1. </strong><strong>Stasys Gostautas en revista <em>Eco, enero-febrero de 1972</em>.</strong></li>
<li><strong>2. </strong><strong>Jitrik, Noé. <em>Roberto Arlt, Antología</em>. Siglo XXI Editores, 1ª edición, 1980: 9.</strong></li>
<li><strong>3. </strong><strong>Julio Cortázar en <em>Obra Completa de Roberto Arlt </em>(Dos Tomos, Prefacio). Ediciones Carlos Lohlé, Tomo 1, Buenos Aires, 1981.</strong></li>
<li><strong>4. </strong><strong>Arlt, Roberto. <em>Los siete locos </em>y <em>Los lanzallamas</em>. Adolfo Prieto en el Prólogo: Biblioteca Ayacucho No 27, Caracas, 1978: XXIV.</strong></li>
<li><strong>5. </strong><strong>Borré, Omar. <em>Roberto Arlt: su vida y su obra</em>. Planeta, Buenos Aires, 2000, 298 pp: 91.</strong></li>
<li><strong>6. </strong><strong>Arlt, Roberto. 1978: 39.</strong></li>
<li><strong>7. </strong><strong>Goloboff, Gerardo M. <em>Genio y figura de Roberto Arlt</em>. Eudeba, Bs. Aires, 1989: 13. Y en Omar Borré, 2000: 31-32.</strong></li>
<li><strong>8. </strong><strong>Mirta Arlt, Prólogo, en <em>Los siete locos/ Los lanzallamas</em>, Biblioteca Ayacucho: 416.</strong></li>
<li><strong>9. </strong><strong><em>La Flor</em></strong><strong><em> Azul</em></strong><strong>,<em> </em>en alemán <em>Die Blaue Blume</em>, es símbolo del romanticismo: representa el amor, el anhelo, el afán metafísico por lo infinito. Inspirado por una pintura de su amigo Friedrich Schwedenstein, Novalis fue el primero en usarlo en su novela <em>Heinrich von Ofterdingen</em>. Aparte de unir naturaleza, hombre y espíritu humano, simboliza tanto el afán por el conocimiento de la primera y de uno mismo, como la esencia del arte en tanto reconcilia el mundo interior y exterior, es decir, realiza el concepto en lo concreto. </strong></li>
<li><strong>10. </strong><strong>Larra, Raúl. <em>Roberto Arlt, el torturado</em> (Buenos Aires, <em>Futuro</em>, 1950).</strong></li>
<li><strong>11. </strong><strong>Autosemblanza en <em>Cuentistas Argentinos de Hoy</em>, 1929, Miranda Klix, G. y Yunque, Álvaro. </strong></li>
<li><strong>12. </strong><strong>Tomado de <em>Nosotros, No 211</em>, 1926, en <em>Los siete locos</em>, 1978: 424.</strong></li>
<li><strong>13. </strong><strong>Nalé Roxlo, Conrado. <em>Borrador de memorias</em>. Plus Ultra, Buenos Aires, 1981: en 1989: 14.</strong></li>
<li><strong>14. </strong><strong>Arlt, M. y Borré, O. <em>Para leer a Roberto Arlt</em>. Torres Agüero Editor, Bs. Aires, 1984: 20.</strong></li>
<li><strong>15. </strong><em><a href="http://noticiasalternativas.blogspot.com/2008/08/roberto-arlt-obrero-de-la-literatura.html">http://noticiasalternativas.blogspot.com/2008/08/roberto-arlt-obrero-de-la-literatura.html</a></em><strong> </strong></li>
<li><strong>16. </strong><strong><em>Roberto Arlt &#8211; Obra Completa </em></strong><strong>(Dos Tomos, Prefacio de Julio Cortázar). Ediciones Carlos Lohlé, Buenos Aires, 1981, Tomo 1: 434.</strong></li>
<li><strong>17. </strong><strong>Ibídem: 309.</strong></li>
<li><strong>18. </strong><strong>Calcagno, Raimundo (Calki): <em>Una larga incursión en el Olimpo</em>, <em>La Opinión</em><em> Cultural</em>, Buenos Aires, 7.XI.76: tomado de <em>Los siete locos</em>, 1978: 428.</strong></li>
<li><em><strong>19. </strong></em><em><a href="http://noticiasalternativas.blogspot.com/2008/08/roberto-arlt-obrero-de-la-literatura.html">http://noticiasalternativas.blogspot.com/2008/08/roberto-arlt-obrero-de-la-literatura.html</a></em><em><strong> </strong></em></li>
<li><strong>20. </strong><strong>Tarkovski, Andrei. <em>Esculpir en el tiempo</em>. Rialp, Madrid, 2005, 273 pp: 113.</strong></li>
<li><strong>21. </strong><strong>Arlt Roberto. Obra Completa. Ediciones Carlos Lohlé, Bs. Aires, 1981, Tomo 1: 346-347. </strong></li>
<li><strong>22. </strong><strong>Borré, Omar. <em>Roberto Arlt: su vida y su obra</em>. Planeta, Buenos Aires, 2000, 298 pp.: 75.</strong></li>
<li><strong>23. </strong><strong>Arlt, Roberto. <em>El paisaje en las nubes – Crónicas en </em>El Mundo <em>1937-1942</em>. FCE, Buenos Aires, abril de 2009, Primera edición, 766 pp: 31.</strong></li>
<li><strong>24. </strong><strong>Kafka, Franz. <em>Diarios, 1914-1923 </em>(Lumen, Barcelona, 1975: 11)</strong></li>
<li><strong>25. </strong><strong>Fontana, Patricio. <em>Arlt va al cine</em>, Ediciones Libraria, 2009, en <em>El espectador imaginario</em>, Pablo Castriota, noviembre 2011.</strong></li>
<li><strong>26. </strong><strong>Gómez, Eduardo. <em>Memorias críticas de un estudiante de humanidades en la Alemania socialista</em>.<em> Ediciones Uniandes</em>, Bogotá, 2011, 140 pp.: 59-60-65.</strong></li>
<li><strong>27. </strong><strong>Sobre ella se basó el filme homónimo, <em>Operación masacre </em>(1972/73), de Jorge Cedrón, con guión suyo y del propio Rodolfo Walsh.</strong></li>
<li><strong>28. </strong><strong>Richard Brooks dirige el filme homónimo, <em>In Cold Blood </em>(1967).</strong></li>
</ol>
<p>	<strong> </strong></p>
<p>	*Ensayo inédito presentado en el marco del V Congreso Internacional de REIAL, realizado en Nahuatzén, Michoacán, México, entre el 22 y el 25 de octubre de 2012.</p>
<p>	<span>** Colaborador de El  Magazín, escritor, periodista, crítico de cine y de jazz. En la  actualidad Director del Cine-Club &amp; Tertulias Culturales U. Los  Libertadores.</span></p>
]]></content:encoded>
        <author>elmagazin</author>
                    <category>El Magazín</category>
                <guid isPermaLink="false">http://blogs.elespectador.com/elmagazin/?p=4092</guid>
        <pubDate>Wed, 21 Nov 2012 21:10:13 +0000</pubDate>
                                <media:content url="https://blogs.elespectador.com/wp-content/uploads/2024/04/DefaultPostImage-1-1.jpg" type="image/jpeg">
                <media:description type="plain"><![CDATA[Roberto Arlt: La palabra como recurso ante la impotencia*]]></media:description>
                <media:credit role="author" scheme="urn:ebu">elmagazin</media:credit>
            </media:content>
                            </item>
    </channel>
</rss>