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    <title>Blogs El Espectador</title>
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    <description>Blogs gratis y diarios en El Espectador</description>
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	<title>Eduardo Perafán, Author at Blogs El Espectador</title>
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        <title>La historia que incomoda</title>
        <link>https://blogs.elespectador.com/actualidad/la-historia-que-incomoda/</link>
        <description><![CDATA[<p>La memoria de una nación no pertenece a quienes administran temporalmente sus instituciones.</p>
]]></description>
        <content:encoded><![CDATA[
<p class="wp-block-paragraph">Un museo es, entre muchas otras cosas, una manera de contar quiénes somos y hemos sido. A través de sus objetos, sus imágenes y las historias que decide poner en relación, una sociedad construye una representación de sí misma. Allí conviven episodios que despiertan orgullo con otros que preferiríamos olvidar; acontecimientos que forman parte de nuestra identidad y testimonios que contradicen la imagen que hemos aprendido a tener de nuestro país. Tal vez por eso los museos tienen una importancia política mucho mayor de la que habitualmente les reconocemos. No se limitan a conservar el pasado. Participan, también, en la forma como aprendemos a comprenderlo.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Lo ocurrido hace algunos días en el Museo Nacional de Colombia obliga a volver sobre esa relación. Por instrucción del Ministerio de Cultura fueron retiradas decenas de piezas relacionadas con los movimientos feministas, la diversidad sexual, la violencia política, la Constitución de 1991 y el Acuerdo de Paz de 2016. Entre ellas se encontraban una bandera del movimiento LGBTIQ+, afiches de candidatos presidenciales asesinados, documentos sobre las luchas por los derechos de las mujeres y objetos que daban cuenta de algunos de los momentos más significativos de nuestra historia reciente. En varias salas quedaron paredes vacías, mientras el Gobierno anunciaba el comienzo de una denominada contrarrevolución cultural.</p>



<p class="wp-block-paragraph">La ministra Paola Holguín ha defendido estas decisiones bajo el argumento de que el Museo Nacional no puede convertirse en un instrumento de adoctrinamiento político, ni en un espacio de apología al delito o de difusión de versiones sesgadas de nuestra historia. Su planteamiento contiene una preocupación que no debería descartarse de antemano. Las instituciones culturales financiadas con recursos públicos no están llamadas a reproducir las preferencias ideológicas de quienes las administran, y mucho menos a presentar como verdades indiscutibles interpretaciones que pertenecen al terreno de la controversia política.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Sin embargo, reconocer esa preocupación no resuelve el problema. Más bien obliga a examinar con mayor detenimiento la naturaleza de las decisiones adoptadas. Porque si algo deberíamos tener claro es que ninguna exposición museográfica constituye una representación completa, definitiva y absolutamente neutral de la realidad. Toda curaduría implica seleccionar. Al escoger una pieza y no otra, al relacionar determinados acontecimientos y construir un recorrido, los museos producen interpretaciones. Esa condición no representa necesariamente una deformación de su misión. Es parte de ella.</p>



<p class="wp-block-paragraph">La cuestión verdaderamente importante aparece cuando intentamos comprender quién ejerce esa facultad de selección, bajo qué criterios y con qué límites. Una cosa es que un equipo de historiadores, conservadores y curadores decida modificar una exposición a partir de nuevas investigaciones, discusiones académicas o transformaciones en la comprensión de un acontecimiento. Otra, sustancialmente distinta, es que una autoridad política determine qué expresiones deben desaparecer de las salas porque resultan incompatibles con su interpretación de la historia.</p>



<p class="wp-block-paragraph">En ese punto, el debate deja de ser exclusivamente cultural y adquiere una dimensión institucional. El Museo Nacional no es una dependencia destinada a ilustrar el programa político de cada administración. Su responsabilidad consiste en conservar, investigar e interpretar un patrimonio que pertenece a la sociedad y cuya complejidad difícilmente puede reducirse a las convicciones de un gobierno. Esa responsabilidad exige independencia profesional, sin que ello signifique inmunidad frente al escrutinio público ni resistencia automática a cualquier transformación.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Hay, además, una dimensión del problema que suele pasar inadvertida. La relación entre arte y política no comienza cuando una obra transmite un mensaje partidista. También se expresa en las decisiones que organizan aquello que una sociedad puede ver, reconocer y considerar parte de su experiencia colectiva. El espacio de un museo tiene, en ese sentido, una capacidad particular para otorgar visibilidad. Cuando un objeto ingresa a una exposición pública adquiere la posibilidad de participar en una conversación social más amplia. Cuando desaparece, esa posibilidad se reduce, aunque el objeto permanezca perfectamente conservado en un depósito.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Por eso resulta insuficiente afirmar que no existe censura porque las piezas no han sido destruidas ni se ha prohibido su circulación. La censura puede adoptar expresiones menos evidentes que una prohibición formal. También puede manifestarse cuando una institución utiliza su autoridad para sustraer de la mirada pública determinadas experiencias por razones ideológicas. No toda retirada constituye censura, naturalmente. Pero tampoco basta con denominarla &#8220;revisión curatorial&#8221; para eliminar las preguntas sobre su propósito.</p>



<p class="wp-block-paragraph">El caso colombiano resulta especialmente inquietante por la naturaleza de algunos de los objetos retirados. Exhibir un afiche de Carlos Pizarro no significa reivindicar la lucha armada del M-19. Mostrar la campaña presidencial de Bernardo Jaramillo Ossa tampoco obliga a compartir las posiciones de la Unión Patriótica. Del mismo modo, incorporar testimonios de las luchas feministas o de la diversidad sexual no equivale a exigir que todos los visitantes adopten una determinada concepción moral de la sociedad. Estos materiales permiten conocer acontecimientos, reconocer trayectorias históricas y comprender conflictos que efectivamente formaron parte de nuestra construcción nacional.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Confundir la exposición de un acontecimiento con su aprobación política introduce una dificultad enorme para cualquier institución dedicada a preservar la historia. Bajo ese razonamiento, buena parte de los episodios más dolorosos de Colombia terminaría siendo imposible de representar. La memoria de la violencia, las guerrillas, el narcotráfico, las dictaduras o los enfrentamientos ideológicos tendría que someterse permanentemente a un juicio sobre la conveniencia de mostrar aquello que incomoda a quienes gobiernan. Y un país que solo puede exhibir los acontecimientos moralmente aceptables para sus autoridades termina construyendo una versión extraordinariamente limitada de sí mismo.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Esto tampoco significa que las exposiciones existentes sean intocables. Es legítimo revisar los relatos sobre el conflicto armado, discutir si determinadas piezas reciben una contextualización suficiente o incorporar perspectivas que hayan quedado marginadas. Incluso sería saludable preguntarnos si nuestros museos han sabido representar adecuadamente otras tradiciones políticas, religiosas y culturales cuya importancia histórica merece reconocimiento. El pluralismo exige precisamente esa disposición a ampliar las narraciones disponibles, sin reemplazar una interpretación dominante por otra igualmente excluyente.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Aquí el problema está en el método. Las salas intervenidas fueron el resultado de procesos de investigación y renovación que se extendieron durante diferentes administraciones, no únicamente durante el pasado periodo presidencial. Alterar esos contenidos sin presentar previamente un nuevo planteamiento curatorial, sin explicar las razones particulares de cada retiro y sin permitir una deliberación profesional suficientemente transparente difícilmente contribuye a fortalecer la confianza en las instituciones culturales. Por el contrario, instala la sospecha de que el criterio decisivo no fue el conocimiento histórico, sino la afinidad política.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Y sería un error pensar que esta exigencia de independencia debe aplicarse únicamente al gobierno actual. En administraciones anteriores también hemos visto cómo los símbolos patrimoniales adquirieron protagonismo dentro de las disputas políticas, como ocurrió con la espada de Bolívar y su utilización en la escenificación del poder presidencial. Aunque se trate de situaciones diferentes, ambas recuerdan la facilidad con que los bienes culturales pueden terminar convertidos en instrumentos de legitimación política. La defensa de la autonomía institucional pierde buena parte de su sentido cuando depende de nuestras simpatías por quien ocupa transitoriamente la Presidencia.</p>



<p class="wp-block-paragraph">La Constitución de 1991 reconoció a Colombia como una nación pluralista y diversa. Esa definición no puede quedar reducida a una declaración jurídica sin consecuencias para la manera en que nuestras instituciones representan la sociedad. Precisamente porque existen interpretaciones contradictorias de la historia necesitamos lugares capaces de hacerlas visibles, contrastarlas y someterlas a discusión. La función de un museo público no consiste en resolver definitivamente esas contradicciones, sino en ofrecer las condiciones para comprenderlas.</p>



<p class="wp-block-paragraph">El Estado tiene, por supuesto, la responsabilidad de orientar la política cultural, asignar recursos y garantizar que las instituciones cumplan su misión. Pero esa facultad no debería confundirse con el derecho a determinar qué versiones del pasado merecen permanecer ante los ojos de los ciudadanos. Gobernar implica tomar decisiones políticas; ejercer responsablemente el poder también exige reconocer los ámbitos en los que la autoridad debe encontrar límites.</p>



<p class="wp-block-paragraph">De ahí que la discusión sobre el Museo Nacional no pueda agotarse en la pregunta de si fueron retiradas treinta o cincuenta piezas, ni siquiera en determinar si estamos ante un episodio de censura. Lo que está en juego es la capacidad de nuestras instituciones culturales para preservar una relación crítica con el poder que las financia. Una democracia necesita museos que puedan revisar sus propios relatos, reconocer sus omisiones y confrontar nuestras certezas, incluso cuando hacerlo resulte incómodo para el gobierno de turno.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Quizá esa sea la responsabilidad más difícil del Estado frente a la cultura: comprender que proteger el patrimonio también significa aceptar que su interpretación nunca estará completamente bajo su control. Porque la memoria de una nación no pertenece a quienes administran temporalmente sus instituciones. Pertenece a una sociedad cuya historia, afortunadamente, siempre será más extensa, contradictoria y compleja que cualquier proyecto político.</p>
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        <author>Eduardo Perafán</author>
                    <category>Actualidad</category>
                <guid isPermaLink="false">https://blogs.elespectador.com/?p=134274</guid>
        <pubDate>Mon, 19 Oct 2026 15:20:32 +0000</pubDate>
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                <media:description type="plain"><![CDATA[La historia que incomoda]]></media:description>
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        <title>La universidad después de la inteligencia artificial</title>
        <link>https://blogs.elespectador.com/actualidad/la-universidad-despues-de-la-inteligencia-artificial/</link>
        <description><![CDATA[<p>No estamos hablando únicamente de cómo incorporar una tecnología a la universidad. Estamos discutiendo qué universidad queremos construir en una sociedad crecientemente mediada por sistemas artificiales.</p>
]]></description>
        <content:encoded><![CDATA[
<p class="wp-block-paragraph">La inteligencia artificial no está tocando la puerta de la universidad; hace tiempo que está adentro. Pero tampoco se trata simplemente de una nueva herramienta que hemos incorporado a nuestras aulas, laboratorios u oficinas. Estamos ante una transformación mucho más profunda: una tecnología que empieza a intervenir en la forma en que pensamos, producimos conocimiento, nos comunicamos, tomamos decisiones y nos relacionamos con los demás y con nosotros mismos.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Por primera vez convivimos cotidianamente con sistemas capaces de intervenir en actividades que durante mucho tiempo asociamos casi exclusivamente con capacidades humanas: escribir, argumentar, interpretar, crear, programar, analizar grandes volúmenes de información, proponer soluciones o sostener una conversación. Su presencia empieza a modificar no solamente aquello que hacemos, sino la manera en que lo hacemos y, potencialmente, la forma en que comprendemos nuestras propias capacidades.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Quizás por eso resulta paradójico que hablemos tanto de inteligencia artificial y todavía sepamos relativamente poco sobre el alcance de la transformación que tenemos enfrente. Hemos reducido buena parte de la conversación a los chatbots con los que interactuamos y a una discusión, cada vez menos fértil, sobre si los estudiantes deberían utilizarlos o no. Pero la IA es mucho más que aquello que ocurre cuando alguien abre una ventana de conversación y escribe una pregunta.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Lo que está cambiando es nuestra relación con el conocimiento y con el trabajo intelectual. Y eso sitúa inevitablemente a la universidad en el centro de la discusión. No solamente porque allí enseñamos, aprendemos e investigamos, sino porque es uno de los espacios en los que una sociedad decide qué conocimientos considera valiosos, cómo los produce, cómo los transmite y qué capacidades quiere desarrollar en las nuevas generaciones.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Si un sistema puede escribir, traducir, programar, argumentar, analizar información o intervenir en distintas etapas de una investigación, la pregunta ya no puede limitarse a qué herramientas permitimos utilizar. Tendremos que preguntarnos qué debemos seguir sabiendo por nosotros mismos, qué capacidades humanas queremos preservar y fortalecer, qué tareas podemos delegar y qué decisiones nunca deberíamos entregar por completo a un sistema automatizado.</p>



<p class="wp-block-paragraph">No somos los únicos haciéndonos esas preguntas. La UNESCO ha situado la agencia humana en el centro de sus marcos recientes sobre inteligencia artificial y educación. La OCDE ha llamado la atención sobre una distinción aparentemente sencilla, pero fundamental: hacer mejor una tarea utilizando IA no significa necesariamente aprender más. La evidencia que comienza a acumularse muestra que las herramientas de propósito general pueden mejorar el resultado inmediato de un estudiante sin producir necesariamente un aprendizaje equivalente.</p>



<p class="wp-block-paragraph">La tecnología, entonces, no vuelve irrelevante la pedagogía. Por el contrario, obliga a volver sobre algunas de sus preguntas fundamentales: para qué enseñamos, qué vale la pena aprender y cómo sabemos que alguien realmente aprendió. En una época en la que obtener una respuesta es cada vez más sencillo, quizás el verdadero desafío educativo empiece a desplazarse hacia la capacidad de formular buenas preguntas, contrastar información, construir criterio, crear y comprender aquello que no deberíamos delegar.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Ahora, Colombia no parte de cero. El CONPES 4144 estableció en 2025 una Política Nacional de Inteligencia Artificial que contempla, entre otros frentes, gobernanza y ética, infraestructura tecnológica, investigación e innovación, formación de talento, gestión de riesgos y adopción de estos sistemas. Las instituciones de educación superior aparecen allí como actores relevantes para formar capacidades, producir conocimiento, desarrollar soluciones y participar en la construcción del ecosistema nacional de IA.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Ese punto de partida es importante. Pero una política nacional no resuelve por sí sola un fenómeno que está entrando en las universidades a una velocidad considerablemente mayor que aquella con la que cambian sus estructuras, sus capacidades y sus formas de gobierno.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Una investigación reciente de UNESCO IESALC, realizada entre 200 instituciones de educación superior de 19 países de América Latina y el Caribe, permite dimensionar esa distancia. El 87 % reportó utilizar inteligencia artificial en al menos algún ámbito de su actividad. Sin embargo, solo el 26 % contaba con una estrategia formal, apenas el 8 % disponía de un presupuesto específico y únicamente el 9 % tenía mecanismos formales para evaluar su implementación.</p>



<p class="wp-block-paragraph">La distancia, entonces, es reveladora. Estamos aprendiendo a utilizar inteligencia artificial mucho más rápido de lo que estamos aprendiendo a comprenderla, evaluarla y gobernarla.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Y esa brecha puede convertirse también en una nueva forma de desigualdad entre universidades. No solamente entre quienes usan IA y quienes no, sino entre instituciones capaces de acceder a mejores herramientas, proteger sus datos, evaluar proveedores, formar a sus comunidades, investigar estas tecnologías y desarrollar soluciones propias, y aquellas que simplemente reciben lo que el mercado pone a su alcance. Ese debería ser uno de los grandes debates de la educación superior colombiana.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Una universidad pequeña no debería tener que resolver sola qué soluciones contratar, cómo proteger sus datos, cómo evaluar los riesgos de un proveedor, cómo formar a sus profesores o cómo determinar si una herramienta realmente contribuye al aprendizaje. Tampoco deberíamos asumir como inevitable que las instituciones con mayores recursos accedan a capacidades cada vez más sofisticadas mientras otras dependen de versiones gratuitas, limitadas o diseñadas para contextos muy diferentes de los nuestros.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Colombia podría avanzar hacia una infraestructura compartida que facilite a sus universidades el acceso a herramientas de IA seguras y pertinentes; permita experimentar antes de adoptar soluciones de manera generalizada; comparta capacidades tecnológicas y conocimiento; establezca criterios comunes sobre datos, privacidad y contratación; facilite la evaluación conjunta de sistemas y proveedores; fortalezca las capacidades de docentes, investigadores y equipos administrativos; y estimule el desarrollo de soluciones creadas desde nuestras propias universidades para responder a problemas de nuestra educación superior.</p>



<p class="wp-block-paragraph">No se trata necesariamente de construir desde cero un gran modelo colombiano que pretenda competir con los desarrollados por las mayores compañías tecnológicas del mundo. Se trata de algo probablemente más importante: contar con capacidad propia para decidir qué tecnologías necesitamos, para qué queremos utilizarlas, bajo qué condiciones debemos hacerlo y qué problemas vale realmente la pena resolver con ellas.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Y para lograrlo tendremos que aprender a mirar mucho más allá del chatbot. La inteligencia artificial puede estar presente sin que necesariamente conversemos con ella. Puede intervenir en sistemas para identificar estudiantes en riesgo de deserción, orientar trayectorias académicas, analizar información institucional, gestionar documentos, apoyar procesos de investigación, distribuir recursos o asistir decisiones administrativas. Mañana aparecerá probablemente en muchos otros espacios que hoy ni siquiera asociamos con ella.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Allí las preguntas serán distintas. No solamente si una herramienta funciona, sino quién responde cuando falla; con qué datos fue desarrollada; qué sesgos puede reproducir; qué información de estudiantes, profesores o investigadores estamos dispuestos a entregarle; quién controla esa información; qué decisiones pueden recibir asistencia algorítmica y cuáles deben permanecer inequívocamente bajo responsabilidad humana.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Ahí aparece quizá uno de los asuntos más importantes de esta discusión. No estamos hablando únicamente de cómo incorporar una tecnología a la universidad. Estamos discutiendo qué universidad queremos construir en una sociedad crecientemente mediada por sistemas artificiales.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Qué significa enseñar cuando acceder a una respuesta deja de ser difícil. Qué significa aprender cuando una parte del esfuerzo intelectual puede delegarse. Qué significa investigar cuando contamos con sistemas capaces de intervenir en tareas que hasta hace muy poco estaban reservadas a personas. Y qué capacidades necesitaremos para conservar autonomía, criterio, creatividad y responsabilidad en ese nuevo entorno.</p>



<p class="wp-block-paragraph">También tendremos que decidir qué lugar queremos ocupar en él. Porque existe una diferencia enorme entre utilizar tecnologías desarrolladas en otros lugares y construir capacidades para comprenderlas, cuestionarlas, adaptarlas, evaluarlas y crear a partir de ellas.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Las universidades no deberían limitarse a formar buenos usuarios de inteligencia artificial. Pueden y deben ser también espacios desde los cuales se investiguen sus efectos, se formulen preguntas que el mercado probablemente nunca formulará y se desarrollen soluciones capaces de responder a nuestras propias realidades sociales, educativas y territoriales.</p>



<p class="wp-block-paragraph">La inteligencia artificial seguirá avanzando, independientemente de que nuestros currículos, regulaciones y estructuras administrativas consigan hacerlo al mismo ritmo. La decisión que tenemos delante es otra: si las universidades colombianas serán simplemente usuarias de una transformación concebida en otra parte o si seremos capaces de participar también en su comprensión, orientación y diseño.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Para eso no basta con aprender a utilizar inteligencia artificial. Necesitamos construir colectivamente la capacidad de comprenderla, gobernarla y crear con ella. Y procurar que esa capacidad no sea un privilegio de unas pocas instituciones, sino un activo compartido por el sistema universitario colombiano. Ese es el ecosistema que todavía nos falta.</p>
]]></content:encoded>
        <author>Eduardo Perafán</author>
                    <category>Actualidad</category>
                <guid isPermaLink="false">https://blogs.elespectador.com/?p=133628</guid>
        <pubDate>Sun, 27 Sep 2026 21:26:26 +0000</pubDate>
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        <title>La educación superior en medio de la tragedia</title>
        <link>https://blogs.elespectador.com/actualidad/la-educacion-superior-en-medio-de-la-tragedia/</link>
        <description><![CDATA[<p>La solidaridad entre instituciones no puede convertirse en el mecanismo permanente de financiación de una reconstrucción de la que el Estado es corresponsable.</p>
]]></description>
        <content:encoded><![CDATA[
<p class="wp-block-paragraph">El tiempo tiene una extraña capacidad para desdibujar las tragedias. En un primer momento, el dolor colectivo parece indeleble: se multiplican los gestos de solidaridad, las donaciones, las campañas, los titulares que no dejan de nombrar a las víctimas y la movilización, maravillosa y orgullosa, de todo un país que quiere ayudar. Pero, poco a poco, ese impulso inicial se diluye. El transcurrir normal de los días, las múltiples ocupaciones de cada quien y un mundo que produce, a diario, nuevos titulares —muchas veces más inquietantes y generadores de mayor ansiedad colectiva— van desplazando la memoria reciente hacia un segundo plano. Así ha empezado a ocurrir con el terremoto de magnitud 7,4 que, hace exactamente un mes, sacudió buena parte del occidente del país.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Y es precisamente en medio de esa tragedia que comienza a desvanecerse de la conversación pública donde se libra otra, todavía menos visible: la de la educación superior en las regiones golpeadas por el sismo. Mientras la atención se concentró inmediatamente —con toda razón— en las viviendas destruidas, en las víctimas, en la recuperación de la infraestructura, del comercio y de la actividad económica, el daño sufrido por las universidades corre el riesgo de convertirse en una simple nota al pie. Sería un error de fondo dejar que así ocurra.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Porque en departamentos como el Quindío la educación superior no es un servicio más entre muchos: es uno de los motores capaces de modificar el destino de miles de familias. Instituciones como la Universidad del Quindío abren posibilidades de movilidad social para jóvenes que difícilmente encontrarían otra vía semejante para transformar sus trayectorias de vida. En 2024, el departamento registró una tasa de cobertura bruta en educación superior del 68,72 %, frente al 57,53 % nacional. A ello se suma el efecto que ha tenido la política de gratuidad en las instituciones públicas. Son cifras que recuerdan algo esencial: nuestras universidades cumplen una función social que no cabe entera en las matrículas, los edificios o los presupuestos.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Sobre ese tejido fundamental para el desarrollo de la región cayó el terremoto. En la Universidad del Quindío, cerca del 60 % de las edificaciones presentó algún tipo de afectación, principalmente en elementos no estructurales, y las estimaciones preliminares sitúan en unos $120.000 millones los recursos que podría demandar la recuperación de la infraestructura, sin incluir todavía equipos, mobiliario y otros bienes afectados.</p>



<p class="wp-block-paragraph">El daño no se detuvo en el Quindío. En la Universidad Tecnológica de Pereira, un balance técnico determinó que el 63 % del área construida del campus —65.965 metros cuadrados— quedó fuera de servicio, aunque ello no equivalía necesariamente a daño estructural. A escala regional, ASCUN ha identificado 21 instituciones con sedes afectadas y cerca de 121.500 estudiantes cuyas actividades se alteraron por cierres o migración a la virtualidad. No estamos, entonces, ante el problema particular de una o dos universidades.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Pero incluso esa medición se queda corta si entendemos la afectación apenas como suspensión de clases. Pasar de la presencialidad a la virtualidad salva parte de la actividad académica, pero la presta en otras condiciones. La universidad es también conectividad, computadores, bibliotecas, laboratorios, talleres, escenarios de práctica, espacios de estudio y redes de apoyo. Para muchos estudiantes, buena parte de esa infraestructura solo está disponible cuando llegan al campus.</p>



<p class="wp-block-paragraph">La brecha digital lo hace todavía más evidente. En 2024, apenas el 41,9 % de los hogares de centros poblados y zonas rurales dispersas tenía conexión a internet. En Chocó, uno de los departamentos más golpeados por el sismo, la proporción era del 28,7 %; en Quindío, del 63,4 %. Y aun esas cifras incluyen conexiones mediante planes de datos móviles o recargas, que rara vez soportan varias horas diarias de clase. La continuidad formal del calendario académico, por tanto, no siempre equivale a continuidad efectiva del derecho a estudiar.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Detrás de esas cifras hay historias que rara vez caben en un balance oficial. Para una familia campesina o de un barrio popular que ha hecho de la universidad uno de los principales caminos de ascenso social, un semestre alterado es mucho más que un contratiempo administrativo. Puede significar asumir el costo de una conexión que antes no se necesitaba, conseguir un computador que no existe en casa o seguir desde un teléfono celular una clase pensada para un aula. A ello se suman un ingreso que se demora, un empleo que se posterga, una beca que entra en incertidumbre.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Para un joven cuya permanencia depende de un equilibrio económico siempre frágil, una alteración prolongada de esas condiciones puede terminar en abandono definitivo. Y cuando eso ocurre entre cientos o miles de estudiantes, lo que se interrumpe no es únicamente una trayectoria individual: se afecta la capacidad futura de una región para formar a sus propios médicos, maestros, ingenieros y servidores públicos. La reconstrucción física, por urgente que sea, no bastará si esas trayectorias no logran retomar su curso.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Ahí aparece el contraste que merece mayor atención pública. No existe todavía una política integral y financiada de recuperación de la educación superior. No ha habido anuncios de una bolsa extraordinaria de recursos destinada a reconstruir las instituciones afectadas, ni un mecanismo nacional de financiación con criterios públicos de priorización, cronograma y responsables definidos. Tampoco una estrategia para hacer seguimiento al riesgo de deserción universitaria asociado a la emergencia.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Para la educación preescolar, básica y media, en cambio, el Ministerio cuenta con recursos identificados, diagnósticos, una estructura de ejecución y fechas. Para la educación superior no hay instrumentos equivalentes. De ahí que valga la pena insistir en tres frentes.</p>



<p class="wp-block-paragraph">El primero es financiero. La reconstrucción de la infraestructura universitaria no puede quedar librada a las pólizas de cada institución, a sus recursos propios o a su capacidad individual para buscar cooperación. Se necesita un mecanismo extraordinario de financiación nacional, con criterios transparentes de asignación, cronogramas verificables y rendición pública de cuentas.</p>



<p class="wp-block-paragraph">El segundo es la permanencia estudiantil. Los alivios del ICETEX son importantes, pero solo alcanzan a quienes tienen obligaciones con esa entidad. Y garantizar la permanencia exige mucho más que dejar abierta una matrícula: implica asegurar condiciones reales para continuar —conectividad, equipos, apoyos económicos y psicosociales— y, cuando la naturaleza de la formación lo demanda, acceso a laboratorios, talleres y prácticas que difícilmente se sustituyen desde una pantalla. La emergencia afecta también a estudiantes cuyas familias perdieron vivienda, ingresos o estabilidad, y el acompañamiento debe sostenerse el tiempo suficiente para que una afectación temporal no se vuelva definitiva.</p>



<p class="wp-block-paragraph">El tercero es el seguimiento. La educación superior necesita una hoja de ruta tan concreta como la que ya empieza a existir para las escuelas. Saber cuántos edificios resultaron afectados o cuántos estudiantes reciben alguna forma de clase es apenas el comienzo. Hay que saber en qué condiciones están estudiando, cuántos no regresaron, cuántos aplazaron su semestre, cuántos perdieron sus medios de sostenimiento y qué se está haciendo para que no desaparezcan del sistema.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Debemos evitar, además, otra forma de olvido: creer que la solidaridad inicial puede sustituir una política pública. La respuesta del propio sistema universitario ha sido extraordinaria. Universidades públicas y privadas han puesto a disposición capacidades técnicas, espacios y alternativas de continuidad académica. Pero la solidaridad entre instituciones no puede convertirse en el mecanismo permanente de financiación de una reconstrucción de la que el Estado es corresponsable, sobre todo en lo relativo a las instituciones de carácter público.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Reconstruir las universidades y el delicado tejido social que sostienen —con la misma urgencia y el mismo criterio de gestión del riesgo con que se reconstruyen las viviendas y las escuelas— es evitar que al terremoto físico del 10 de agosto se sume otro, más lento y silencioso: el de una generación de estudiantes que terminó quedándose en el olvido.</p>



<p class="wp-block-paragraph"></p>
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        <author>Eduardo Perafán</author>
                    <category>Actualidad</category>
                <guid isPermaLink="false">https://blogs.elespectador.com/?p=132763</guid>
        <pubDate>Thu, 10 Sep 2026 13:09:17 +0000</pubDate>
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        <title>Una brújula antes de mover el mapa</title>
        <link>https://blogs.elespectador.com/actualidad/una-brujula-antes-de-mover-el-mapa/</link>
        <description><![CDATA[<p>Si algo queda claro, es que Colombia no puede seguir reinventando su rumbo en el mundo cada cuatro años.</p>
]]></description>
        <content:encoded><![CDATA[
<p class="wp-block-paragraph">Los mapas políticos suelen transmitir una engañosa sensación de permanencia. Allí están las fronteras, las capitales y las rutas, aparentemente inmóviles, como si el mundo pudiera observarse desde la distancia y comprenderse de una sola mirada. Pero debajo de esas líneas existe una realidad mucho más dinámica: intereses que cambian, alianzas que se transforman, mercados que emergen, amenazas que se desplazan y centros de poder que aparecen allí donde antes apenas advertíamos espacios periféricos.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Las embajadas forman parte de ese mapa en movimiento. Vistas desde lejos, pueden parecer simples oficinas administrativas en otras capitales. Sin embargo, estas constituyen los puntos desde los cuales un Estado representa sus intereses, interpreta el entorno, construye confianza, negocia, anticipa riesgos y abre oportunidades. Por ello, decidir dónde debe estar Colombia no es una tarea burocrática menor, sino uno de los ejercicios más complejos de planeación estratégica.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Es por ello que el reciente anuncio del gobierno electo sobre el cierre de catorce embajadas, acompañado de la revisión de consulados y otras representaciones, ha abierto una discusión necesaria. Después de varios años en los que la política exterior colombiana estuvo excesivamente condicionada por afinidades ideológicas y decisiones de dudoso respaldo técnico, resulta legítimo examinar la estructura heredada, corregir desequilibrios, eliminar duplicidades y preguntarse si cada misión responde verdaderamente a las prioridades nacionales.</p>



<p class="wp-block-paragraph">El gobierno del presidente Abelardo de la Espriella tiene, en este sentido, una oportunidad significativa. No solo puede reorganizar la presencia internacional de Colombia, sino también sentar las bases de una política exterior más coherente, profesional y orientada al largo plazo. La revisión anunciada puede convertirse en el punto de partida de una transformación institucional importante, siempre que el nuevo mapa se trace con una brújula suficientemente bien calibrada.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Porque el debate de fondo no consiste en determinar si Colombia debe tener muchas o pocas embajadas. Tampoco debería reducirse a una confrontación entre quienes defienden cada apertura realizada por el gobierno anterior y quienes consideran necesario desmontarlas. La pregunta verdaderamente importante es otra: ¿qué red diplomática necesita el país para defender sus intereses en las próximas décadas?</p>



<p class="wp-block-paragraph">Abrir, cerrar, fusionar o transformar una embajada son decisiones igualmente válidas cuando obedecen a una estrategia nacional. Ninguna representación debería mantenerse únicamente por costumbre, ni debería desaparecer por el solo hecho de haber sido creada por una administración distinta. Las embajadas son herramientas del Estado, no trofeos políticos ni símbolos ideológicos.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Precisamente por eso, la reorganización anunciada debería superar la lógica de una simple corrección administrativa. No se trata únicamente de identificar cuánto cuesta una sede, cuántos funcionarios trabajan allí o cuántas reuniones se realizan al año. Esos datos son importantes, pero resultan insuficientes para comprender el valor real de una representación diplomática.</p>



<p class="wp-block-paragraph">El primer criterio de la revisión debería ser geopolítico. Colombia necesita identificar con claridad los países y regiones decisivos para su seguridad, su estabilidad democrática, su inserción económica y su influencia internacional. Nuestra ubicación convierte a América Latina, el Caribe y Estados Unidos en espacios naturalmente prioritarios; la geografía impone realidades que ningún gobierno debería ignorar.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Sin embargo, la geografía inmediata no puede ser el único horizonte de nuestra acción exterior. El desplazamiento progresivo del poder económico hacia Asia, la creciente relevancia de África, la importancia estratégica del Golfo Pérsico, la transformación energética y la competencia global por tecnología, minerales y cadenas de suministro obligan a mirar más allá de nuestras relaciones tradicionales.</p>



<p class="wp-block-paragraph">La política exterior, además, debe anticipar el mundo que viene. Una embajada en un país con un intercambio comercial reducido puede ser una apuesta acertada si ese territorio se proyecta como un centro económico de importancia regional. Del mismo modo, una misión históricamente estratégica puede requerir una estructura más pequeña si las condiciones que justificaron su apertura han cambiado.</p>



<p class="wp-block-paragraph">La permanencia no constituye un argumento suficiente, pero ni siquiera la austeridad puede sustituir la lectura geopolítica. En diplomacia, reducir costos sin comprender el entorno puede terminar generando pérdidas mayores que el ahorro inicial.</p>



<p class="wp-block-paragraph">A esta dimensión debe sumarse un criterio económico. Las representaciones diplomáticas deben contribuir a abrir mercados, atraer inversión, promover el turismo y acompañar la internacionalización de las empresas colombianas. Esto no significa reducir la diplomacia a un simple instrumento comercial, sino comprender que, en el mundo contemporáneo, es una herramienta para el desarrollo.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Para ello, los objetivos de cada misión deberían articularse con el Ministerio de Comercio, ProColombia, gremios, universidades y gobiernos territoriales. Una embajada puede ser clave para la agroindustria; otra para la transferencia tecnológica, la cooperación científica o la transición energética. Lo fundamental es que cada representación tenga un propósito claro y la capacidad institucional para cumplirlo.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Asimismo, la revisión de embajadas no puede confundirse con el análisis de la red consular. Mientras las embajadas representan políticamente al Estado, los consulados se concentran en la atención directa a los ciudadanos, respondiendo a los flujos migratorios y a los riesgos territoriales. Hay países con los que Colombia necesita interlocución política de alto nivel pese a tener una comunidad pequeña; en otros, requerirá una estructura consular robusta sin necesidad de embajada. Diferenciar estas funciones permite asignar mejor los recursos.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Junto con estas variables tangibles existen intangibles invaluables: la diplomacia produce confianza, acceso y capacidad de anticipación. Un canal político construido discretamente durante años puede ser determinante en medio de una crisis. Una alerta recibida a tiempo puede permitirle al Estado anticipar una decisión desfavorable.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Por eso, evaluar una embajada no puede reducirse a contar eventos o acuerdos firmados. En política exterior, algunos de los resultados más importantes consisten precisamente en evitar una crisis o impedir que una oportunidad desaparezca. Una misión puede parecer poco productiva y, en cuestión de días, convertirse en una infraestructura crítica para los intereses de Colombia.</p>



<p class="wp-block-paragraph">De ahí que la auditoría anunciada deba ser la ocasión para construir una política exterior de largo aliento. Un documento que identifique los intereses permanentes de Colombia, establezca prioridades regionales y defina los criterios con los que el país decide abrir, fortalecer o cerrar una representación.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Si algo queda claro, es que Colombia no puede seguir reinventando su rumbo en el mundo cada cuatro años. Cada presidente tiene derecho a imprimirle prioridades a la acción internacional, pero esa conducción debe inscribirse en una visión de Estado que preserve la continuidad institucional frente a los ánimos cambiantes de la política doméstica. A partir de esa hoja de ruta, cada embajada debería contar con un mandato específico y evaluaciones periódicas diferenciadas. Algunas tendrían que fortalecerse; otras podrían asumir funciones regionales, y aquellas que ya no respondieran a un interés nacional identificable podrían cerrarse de manera ordenada.</p>



<p class="wp-block-paragraph">En este empeño, el país no parte de cero. En el Ministerio de Relaciones Exteriores permanece una carrera diplomática con conocimientos técnicos, experiencia y memoria institucional. Aprovechar ese capital no limita la capacidad del gobierno; por el contrario, proporciona las herramientas necesarias para convertir sus orientaciones políticas en decisiones sostenibles.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Colombia podría avanzar, entonces, hacia una red más flexible: misiones integrales en países estratégicos; representaciones regionales; oficinas especializadas; y estructuras austeras donde sea necesario conservar presencia y observación. La eficiencia no es sinónimo de recorte. En algunos frentes habrá que reducir costos y revisar las estructuras. En otros, seguramente será necesario invertir más. La planeación consiste en distinguir unos casos de otros y asignar recursos con prioridades claras.</p>



<p class="wp-block-paragraph">En este orden de ideas, el anuncio del rediseño diplomático puede convertirse en una oportunidad para ordenar la casa, corregir los excesos del pasado y construir una política exterior más profesional y previsora. Porque mover los puntos en el mapa es relativamente sencillo. Lo verdaderamente complejo es saber hacia dónde quiere dirigirse Colombia y qué instrumentos necesita para llegar allí. Y para eso no basta con tener un mapa. Se necesita, ante todo, una brújula construida con planeación, conocimiento y sentido de Estado.</p>



<p class="wp-block-paragraph"></p>
]]></content:encoded>
        <author>Eduardo Perafán</author>
                    <category>Actualidad</category>
                <guid isPermaLink="false">https://blogs.elespectador.com/?p=131796</guid>
        <pubDate>Mon, 03 Aug 2026 02:09:17 +0000</pubDate>
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                <media:description type="plain"><![CDATA[Una brújula antes de mover el mapa]]></media:description>
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        <title>La verdadera deuda territorial</title>
        <link>https://blogs.elespectador.com/actualidad/la-verdadera-deuda-territorial/</link>
        <description><![CDATA[<p>Colombia no necesita más poemas políticos sobre el territorio. Necesita una administración pública situada, rigor presupuestal, mérito técnico y poder efectivo instalado en las regiones.</p>
]]></description>
        <content:encoded><![CDATA[
<p class="wp-block-paragraph">La política contemporánea desgasta con facilidad las palabras más nobles. Casi todo poder aprende, tarde o temprano, a pronunciar los vocablos correctos para encubrir sus insuficiencias. En Colombia, en los últimos años, pocas palabras han sufrido tanto desgaste como “territorio”. Esa categoría que debería nombrar una realidad geográfica, histórica, social y productiva, terminó convirtiéndose en una figura retórica: una forma de hablar en nombre de las regiones sin transferirles, de manera suficiente y verificable, poder, presupuesto ni capacidad de decisión.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Ese fue, quizá, uno de los mayores fracasos del gobierno saliente. Habló del país profundo con una intensidad inédita, convirtió el enfoque territorial en bandera discursiva y multiplicó escenarios de diálogo, asambleas y gestos de cercanía simbólica. Pero al examinar la ejecución pública, el resultado es menos épico: las obras estructurales avanzaron con dificultad, la seguridad confirmó una grave fractura institucional en amplias zonas del país y una parte sustancial de los recursos destinados a transformar las regiones terminó en baja ejecución y rezago presupuestal.</p>



<p class="wp-block-paragraph">La verdadera deuda territorial de Colombia no consiste en haber hablado poco de las regiones. Consiste en haberles negado, de manera persistente, las tres condiciones mínimas del poder público moderno: decisión, presupuesto y capacidad técnica. Sin esas tres dimensiones, el territorio se convierte en una escenografía. Puede aparecer en discursos, planes de desarrollo y fotografías oficiales, pero no se convierte en un gobierno efectivo.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Los datos fiscales ayudan a descorrer el telón de esa narrativa. Según el Observatorio Fiscal de la Universidad Javeriana, la ejecución del Presupuesto General de la Nación en 2024 cerró en 83%, pero al excluir el servicio de la deuda, se redujo a 81,9%, el nivel más bajo en veinticinco años. La inversión pública fue el rubro más golpeado: de una apropiación vigente de $90,6 billones, solo se ejecutaron $51,6 billones, equivalentes al 57%. Sectores directamente vinculados con la transformación regional, como Agricultura y Desarrollo Rural y Transporte, registraron rezagos especialmente graves. Mientras el discurso oficial prometía rescatar a la Colombia olvidada, una parte considerable de los recursos destinados a financiar vías, proyectos productivos, conectividad e infraestructura social no se tradujo en bienes públicos concretos.</p>



<p class="wp-block-paragraph">La seguridad confirma, desde otra orilla, la misma fractura. La Defensoría del Pueblo ha advertido que en 790 municipios del país hay presencia de grupos armados y que el 71% de los municipios colombianos se encuentra bajo alertas tempranas por la amenaza o expansión de estos actores. Esa realidad no puede leerse como un simple problema de orden público. Es, ante todo, una señal de desinstitucionalización territorial. Allí donde el Estado no llega con justicia, infraestructura, inteligencia, oportunidades y autoridad legítima, otros poderes ocupan el vacío.</p>



<p class="wp-block-paragraph">La paradoja es profunda. El gobierno que más invocó el territorio terminó reproduciendo una de las patologías más antiguas del centralismo colombiano: creer que las regiones son destinatarias de decisiones, no productoras de inteligencia pública. Bajo esa mirada, el país regional aparece como un espacio administrable desde Bogotá. Rara vez se le reconoce como una trama viva de conocimiento, instituciones, actores económicos, universidades, comunidades, gobiernos locales y capacidades instaladas.</p>



<p class="wp-block-paragraph">La reforma al Sistema General de Participaciones, aprobada mediante el Acto Legislativo 03 de 2024, confirma, más que resuelve, la ambigüedad del debate territorial colombiano. Fue presentada como un avance hacia la autonomía regional y, en efecto, puede abrir una necesaria discusión sobre la distribución del poder fiscal en Colombia. Sin embargo, dejó planteada una preocupación de fondo: si se aumentan las transferencias sin definir con precisión las competencias, los costos reales, las fuentes de financiación sostenibles y las capacidades institucionales, se corre el riesgo de una descentralización fiscalmente riesgosa y administrativamente frágil. El punto de la política pública debe quedar más claro: no basta con mover porcentajes del centro hacia la periferia. La verdadera descentralización no consiste simplemente en reasignar recursos, sino en fortalecer un poder público responsable, capaz y verificable en las regiones.</p>



<p class="wp-block-paragraph">El próximo gobierno tendrá, por tanto, un desafío mayor: corregir esa fractura con una política territorial precisa, sin caer en la tentación de reemplazar la territorialidad retórica por un centralismo de escritorio, más sobrio en el tono, pero igualmente incapaz de comprender la complejidad regional.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Colombia necesita una autoridad estatal situada: firme en el propósito, rigurosa en la ejecución y descentralizada en la construcción de capacidades. La respuesta al desorden no puede ser únicamente recentralizar, recortar o imponer disciplina desde Bogotá. Tampoco puede ser repartir competencias y recursos sin método. La política territorial debe orientarse hacia una descentralización por capacidades: gradual, diferenciada, fiscalmente responsable y atada a resultados.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Saldar la deuda territorial implica asumir que las regiones no requieren más homenajes verbales, sino instrumentos concretos de poder público. El primer momento de dicha política, entonces, no debería ser inventar una nueva entidad ni sumar otra sigla al laberinto institucional, sino articular una verdadera plataforma nacional de preinversión y de estructuración territorial. Colombia ya cuenta con herramientas dispersas —metodologías de formulación, bancos de proyectos, proyectos tipo, banca de desarrollo, asistencia técnica, regalías, estructuradores públicos y capacidades universitarias—, pero todavía no ha logrado convertirlas en una respuesta ágil, coordinada y orientada a cerrar la principal brecha territorial: la dificultad de transformar necesidades en proyectos maduros, financiables y ejecutables.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Muchas de las apuestas locales no fracasan por carecer de necesidades o de visión, sino porque no cuentan con equipos suficientes para convertir esas necesidades en estudios, diseños, estructuración jurídica, análisis financiero y cierre técnico. Entonces, la preinversión continúa siendo una de las fronteras silenciosa del desarrollo territorial. Allí donde no hay proyectos bien formulados, la promesa territorial muere antes de convertirse en obra.</p>



<p class="wp-block-paragraph">La segunda fase de la política debería ser avanzar hacia una bolsa complementaria de financiación territorial asociada a capacidades, a la mejora relativa y a un desempeño verificable. No se trata de premiar únicamente a los territorios que ya tienen mejores condiciones, ni de castigar a los municipios más débiles. Se trata de combinar una base de financiación orientada por criterios de equidad con incentivos adicionales para quienes mejoren respecto de su propio punto de partida y de los territorios comparables. La asignación de recursos públicos debe depender más de la calidad en la estructuración de proyectos, la ejecución oportuna, la transparencia contractual, el fortalecimiento catastral, la generación de ingresos propios, la rendición de cuentas y el cumplimiento de metas sectoriales.</p>



<p class="wp-block-paragraph">La descentralización responsable no puede limitarse a girar más dinero. Debe crear incentivos para que las entidades territoriales fortalezcan su músculo institucional y respondan por los resultados que generan. De lo contrario, más recursos pueden terminar financiando las mismas debilidades que se pretendía superar.</p>



<p class="wp-block-paragraph">El tercer momento de la política consiste en fortalecer los nodos institucionales que ya habitan el territorio. En este punto, las universidades públicas regionales deberían ocupar un lugar estratégico. Bajo estándares de mérito, transparencia y capacidad demostrada, pueden convertirse en aliadas técnicas del Estado territorial: para estructurar proyectos, producir datos, formular políticas públicas, evaluar el impacto, formar funcionarios locales, acompañar procesos de innovación productiva y atraer cooperación internacional.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Pero esa posibilidad exige cuidado. Las universidades no pueden utilizarse como simples intermediarias administrativas ni como atajos para eludir las reglas de contratación. Su papel debe estar asociado a capacidades verificables, equipos técnicos idóneos, datos abiertos, evaluación de resultados y rendición pública de cuentas. Solo así podrán contribuir a cerrar brechas sin convertirse en otra expresión de la intermediación burocrática.</p>



<p class="wp-block-paragraph">A su vez, nada de esto funcionará si no se recupera una palabra que la política suele sacrificar en nombre de la conveniencia: el mérito. Descentralizar no puede significar entregar recursos a redes clientelares locales ni reemplazar las burocracias nacionales por burocracias territoriales igualmente ineficientes. Más autonomía debe implicar más responsabilidad. Más recursos deben ir acompañados de mejores capacidades. Más confianza en las regiones debe traducirse en indicadores claros, transparencia contractual, rendición de cuentas y evaluación de resultados.</p>



<p class="wp-block-paragraph">La verdadera discusión territorial, por tanto, no es sentimental. Es institucional. No se trata de idealizar lo local ni de asumir que todo lo que allí ocurre es virtuoso por definición. Pero tampoco se trata de suplantar a las regiones desde el centro. Se trata de ayudarlas a construir músculo público propio. El Estado debe aprender a gobernar con los territorios, no apenas sobre ellos.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Gobernar a Colombia desde sus realidades profundas exigirá, entonces, desmontar el eufemismo. El territorio no es una palabra para adornar los programas de gobierno. Es el lugar donde la autoridad del Estado se vuelve real o se desvanece; donde una carretera cambia la economía de una vereda, un acueducto redefine la dignidad de una comunidad, una universidad abre una puerta al mundo y la seguridad deja de ser consigna para convertirse en presencia institucional cotidiana. Colombia no necesita más poemas políticos sobre el territorio. Necesita una administración pública situada, rigor presupuestal, mérito técnico y poder efectivo instalado en las regiones.</p>



<p class="wp-block-paragraph"></p>
]]></content:encoded>
        <author>Eduardo Perafán</author>
                    <category>Actualidad</category>
                <guid isPermaLink="false">https://blogs.elespectador.com/?p=131003</guid>
        <pubDate>Mon, 06 Jul 2026 19:02:59 +0000</pubDate>
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        <title>Un nuevo rumbo para Colombia</title>
        <link>https://blogs.elespectador.com/actualidad/un-nuevo-rumbo-para-colombia/</link>
        <description><![CDATA[<p>El presidente tendrá que ser fiel a su palabra, y la ciudadanía tendrá derecho a exigir correspondencia entre lo anunciado durante la campaña y lo ejecutado desde el Gobierno</p>
]]></description>
        <content:encoded><![CDATA[
<p class="wp-block-paragraph">La reciente jornada electoral para escoger al próximo presidente de Colombia ha hablado con claridad y ha entregado la conducción del Estado a Abelardo de la Espriella. Se abre así un nuevo capítulo en nuestra historia republicana, que exige transitar sin demora de la efervescencia electoral a la rigurosidad, la prudencia y la madurez institucional que demanda el ejercicio del poder.</p>



<p class="wp-block-paragraph">En este momento conviene recordar que la grandeza de una democracia se mide tanto por la conducta de quienes asumen el triunfo como por la manera en que los demás asimilan la derrota. El escrutinio y los recursos electorales forman parte, por supuesto, de las garantías del sistema y deben ejercerse plenamente. Sin embargo, existe una diferencia sustancial entre acudir a las instituciones con evidencias concretas y sembrar, como estrategia política, una sospecha generalizada sobre la legitimidad de todo el proceso. Las autoridades electorales, los testigos de las campañas y las misiones nacionales e internacionales de observación acompañaron la elección y ofrecieron un parte general de tranquilidad. Sería, por tanto, gravísimo sentar el precedente de que un resultado solo se reconoce cuando favorece a un determinado sector.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Reconocer un resultado adverso no significa abandonar las convicciones ni renunciar al control político, sino aceptar que las diferencias se tramitan mediante el derecho, la oposición y el debate público. Quienes no obtuvieron el respaldo mayoritario tienen ahora el deber de ocupar un espacio esencial: el del contrapeso democrático. Este será un paso necesario para avanzar hacia la estabilidad democrática del país.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Sin embargo, la responsabilidad principal ante el país recaerá en quien gobernará durante los próximos cuatro años. El estrecho resultado electoral demuestra que, junto al país que respaldó el nuevo rumbo, existe otro, prácticamente equivalente en número de votos, que expresó una visión distinta sobre el futuro de Colombia. Reconocer su existencia, sus preocupaciones y sus expectativas será fundamental.</p>



<p class="wp-block-paragraph">El nuevo presidente electo tendrá que gobernar para quienes celebran su victoria, para quienes la observan con expectativa y también para quienes votaron en su contra. Así como los derrotados deben reconocer la voluntad expresada en las urnas, el vencedor tendrá la obligación de no interpretar el resultado como un cheque en blanco, menos aún en las profundas tensiones políticas que atraviesa actualmente el país.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Esa responsabilidad se hará especialmente visible en el Congreso. La composición del Senado y la Cámara de Representantes no le otorgará automáticamente una mayoría al nuevo Gobierno. Cada reforma relevante exigirá diálogo y la construcción de acuerdos. La gobernabilidad será uno de los mayores desafíos del próximo cuatrienio y no podrá sostenerse exclusivamente en negociaciones burocráticas ni en coaliciones improvisadas en torno a cada votación.</p>



<p class="wp-block-paragraph">El país necesitará, entonces, consensos programáticos y amplios sobre asuntos esenciales como la seguridad, el crecimiento económico, la estabilidad fiscal, la reducción de la pobreza, el fortalecimiento institucional, la educación, la ciencia y el desarrollo territorial. Construir esos acuerdos no significará renunciar al programa elegido por la ciudadanía, sino comprender que las transformaciones duraderas, en una sociedad pluralista y profundamente dividida, rara vez pueden imponerse desde una sola orilla.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Esa voluntad de concertación deberá estar acompañada por una administración capaz de convertir las decisiones políticas en resultados concretos. El nuevo Gobierno llega con un mensaje contundente y una oportunidad invaluable para recuperar la confianza ciudadana, restablecer el orden y devolverle a la administración pública su capacidad de ejecución. Para que esa visión trascienda el discurso y se convierta en realidad, la arquitectura gubernamental deberá sustentarse en un equipo excepcional.</p>



<p class="wp-block-paragraph">La conformación del gabinete será una de sus primeras y más reveladoras decisiones. Colombia necesitará ministros y altos funcionarios con las más altas calidades académicas, técnicas, profesionales y éticas. No bastará con premiar la lealtad. El momento histórico exigirá conocimiento sectorial, experiencia administrativa, independencia de criterio, integridad comprobada y capacidad para generar resultados.</p>



<p class="wp-block-paragraph">En esa arquitectura, el vicepresidente electo, José Manuel Restrepo, podrá desempeñar un papel fundamental. Su trayectoria académica, su conocimiento de la economía y su experiencia en la administración pública pueden contribuir a traducir las prioridades políticas en decisiones técnicamente responsables. Una Presidencia impulsada por el liderazgo y la autoridad, acompañada por el rigor técnico y la capacidad gerencial, puede constituir una fórmula prometedora.</p>



<p class="wp-block-paragraph">No obstante, el éxito del Gobierno no dependerá de una sola figura. Ese estándar de idoneidad deberá extenderse a todo el gabinete, a las entidades descentralizadas, a las superintendencias y a la representación diplomática. Colombia no necesita sustituir una improvisación por otra, sino construir un Estado que combine orientación política con evidencia, capacidad de ejecución con responsabilidad fiscal y autoridad con respeto por los procedimientos.</p>



<p class="wp-block-paragraph">A esa exigencia de idoneidad deberá sumarse la coherencia. El presidente tendrá que ser fiel a su palabra, y la ciudadanía tendrá derecho a exigir correspondencia entre lo anunciado durante la campaña y lo ejecutado desde el Gobierno. Cuando alguna propuesta deba modificarse por razones fiscales, jurídicas o institucionales, será indispensable explicarlo con transparencia.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Sobre esa base, uno de los frentes prioritarios será la recuperación de la seguridad. El país espera resultados frente al fortalecimiento de los grupos armados, la expansión de las economías ilegales, la extorsión y la pérdida de control territorial. Recuperar la autoridad estatal requerirá inteligencia, coordinación institucional, presencia efectiva en los territorios y una estrategia que articule seguridad, justicia y oportunidades económicas.</p>



<p class="wp-block-paragraph">De manera paralela, será urgente recuperar la confianza en la economía. El nuevo Gobierno deberá generar condiciones para la inversión, proteger la estabilidad fiscal, impulsar la productividad y reconstruir una relación de confianza entre el Estado, el sector privado y los territorios. El crecimiento no podrá concebirse como una simple abstracción estadística: deberá traducirse en empleo formal, movilidad social y oportunidades reales para las regiones históricamente más rezagadas.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Tanto en materia de seguridad como en la conducción económica, el ejercicio del poder requerirá una profunda sabiduría republicana. Recuperar la autoridad no implica desconocer la crítica, debilitar el pluralismo ni ignorar que, en la orilla contraria, existen preocupaciones legítimas sobre el futuro de la nación. Gobernar con sentido de Estado supone ejercer el poder con firmeza, pero también con límites claros, respeto institucional y conciencia de la diversidad del país.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Esa misma madurez deberá reflejarse tempranamente en la política exterior. La intención manifestada por el presidente electo de sanar y fortalecer la relación bilateral con Estados Unidos constituye un punto de partida pragmático y necesario, dada la importancia de ese país para el comercio, la seguridad, la inversión y buena parte de la cooperación internacional de Colombia.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Al mismo tiempo, el país necesitará una política exterior profesional, diversificada y estable, capaz de defender el interés nacional, reconstruir alianzas y ampliar su presencia en otras regiones. Las relaciones internacionales no pueden seguir dependiendo de afinidades ideológicas, impulsos personales ni de controversias dirimidas en redes sociales. Para avanzar en esa dirección será indispensable reconstruir las capacidades del Ministerio de Relaciones Exteriores. Colombia no puede seguir desmantelando su servicio exterior en nombre de las ideologías de turno y crear condiciones para que los mejores talentos de las regiones puedan formarse, ingresar a la carrera diplomática y representar al país con excelencia, nivelando por lo alto y no por lo bajo el servicio exterior.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Pero la proyección internacional de Colombia no dependerá únicamente del cuidado de sus relaciones exteriores. También estará determinada por su capacidad para educar, producir conocimiento, innovar y formar el talento que las transformaciones productivas y científicas contemporáneas demandan. Por ello, la recuperación del país deberá sustentarse en una gran apuesta nacional por la educación, la ciencia y el conocimiento.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Colombia no podrá resolver sus problemas de productividad, desigualdad, violencia y debilidad institucional mientras la educación continúe tratándose como un sector aislado y no como el fundamento de su desarrollo. El nuevo Gobierno tendrá que reducir las profundas brechas entre territorios, mejorar la calidad en todos los niveles y garantizar que el origen social o el lugar de nacimiento no sigan determinando las posibilidades de cada ciudadano.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Esta apuesta exigirá dignificar la profesión docente, fortalecer las instituciones educativas y construir una formación que responda a los grandes desafíos sociales, culturales, científicos y productivos del país. Colombia necesita una educación que no solo prepare para el trabajo, sino que forme ciudadanos capaces de comprender su realidad, participar en la vida democrática, convivir con la diferencia y contribuir a la transformación de sus comunidades.</p>



<p class="wp-block-paragraph">En ese horizonte, la ciencia, la tecnología y la innovación deberán dejar de ocupar un lugar periférico en las decisiones del Estado. Un país que no produce conocimiento queda condenado a depender de las soluciones, tecnologías y prioridades definidas por otros. Fortalecer la investigación, respaldar el talento nacional y articular las capacidades de las universidades, las empresas, el Estado y los territorios será indispensable para diversificar la economía, enfrentar los cambios tecnológicos y construir una verdadera sociedad del conocimiento.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Todas las universidades, en el marco de un sistema mixto de educación superior revitalizado, deberán desempeñar un papel central en este propósito. Estas no son únicamente espacios de formación profesional, sino instituciones capaces de generar conocimiento, impulsar la innovación, fortalecer la cultura democrática y conectar los territorios con oportunidades nacionales e internacionales. Convertirlas en aliadas estratégicas permitirá que la transformación del país no se concentre en unas pocas ciudades, sino que nazca también de las capacidades, los saberes y las aspiraciones de sus regiones.</p>



<p class="wp-block-paragraph">El Gobierno electo tiene, en suma, una oportunidad excepcional para corregir el rumbo, recuperar la confianza y fortalecer el Estado. Pero recibe también un país dividido, con enormes desafíos en materia de seguridad, productividad, desigualdad, conocimiento y presencia territorial. Su éxito no dependerá únicamente de la firmeza de sus decisiones, sino de su capacidad para construir consensos, conformar un equipo de las más altas capacidades y gobernar más allá de quienes depositaron su voto en él.</p>



<p class="wp-block-paragraph">En este orden de ideas, el nuevo rumbo de Colombia deberá sostenerse en la autoridad, pero también en la sensatez; en la técnica, pero también en la sensibilidad social; en la convicción, pero también en el respeto por la diferencia. Solo así será posible consolidar instituciones sólidas y resguardar ese delicado y complejo sistema que sostiene nuestra democracia.</p>



<p class="wp-block-paragraph"></p>
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        <author>Eduardo Perafán</author>
                    <category>Actualidad</category>
                <guid isPermaLink="false">https://blogs.elespectador.com/?p=130672</guid>
        <pubDate>Mon, 22 Jun 2026 19:48:03 +0000</pubDate>
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                <media:description type="plain"><![CDATA[Un nuevo rumbo para Colombia]]></media:description>
                <media:credit role="author" scheme="urn:ebu">Eduardo Perafán</media:credit>
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        <title>Reconstruir la Cancillería colombiana: una tarea necesaria</title>
        <link>https://blogs.elespectador.com/actualidad/reconstruir-la-cancilleria-colombiana-una-tarea-necesaria/</link>
        <description><![CDATA[<p>Solo sobre la base del mérito, de la experiencia técnica y de una orientación internacional seria, Colombia podrá dejar atrás la improvisación y recuperar una voz respetada, confiable y protagónica en el escenario global.</p>
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        <content:encoded><![CDATA[
<p class="wp-block-paragraph">Hace un tiempo advertí en este mismo espacio —en mi entrada titulada <em>&#8216;<a href="https://blogs.elespectador.com/actualidad/desprofesionalizar-la-cancilleria-un-riesgo-inminente-para-colombia/">Desprofesionalizar la Cancillería: un riesgo inminente para Colombia&#8217;</a></em>— sobre el peligro de sustituir el mérito diplomático por el populismo ideológico y la improvisación. Hoy, lamentablemente, esa advertencia ha mutado en un crudo diagnóstico de nuestra realidad. Hemos asistido en los años recientes a un desmantelamiento técnico del Ministerio de Relaciones Exteriores; una desprofesionalización sistemática que ha barrido desde sus cabezas visibles hasta la base misma de su operación.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Aunque es pertinente señalar que este marchitamiento institucional no es exclusivo de los escenarios diplomáticos —pues hemos visto cómo otras carteras han sufrido una alarmante fuga de capacidades técnicas, una realidad de la que me ocuparé en futuras entradas—, hoy resulta imperativo poner la lupa exclusivamente sobre el Palacio de San Carlos. Allí ha primado una diplomacia de micrófono, dominada por discursos altamente ideologizados que se agotan en su propia retórica y han dejado a la deriva a una de las instituciones más críticas para la proyección y la seguridad de la nación.</p>



<p class="wp-block-paragraph">La política exterior colombiana ha caído en la trampa del activismo gubernamental, sacrificando en el camino la institucionalidad y la visión de Estado y el respeto por el mérito. Allí, hemos visto cómo, de manera sistemática, embajadas y consulados se han convertido en moneda de cambio para llegar a acuerdos políticos, ignorando la necesidad de privilegiar trayectorias diplomáticas y capacidades técnicas y profesionales. Esta es, particularmente, &nbsp;una realidad que ha encendido las alarmas de los propios expertos y de quienes sostienen el ministerio por dentro.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Desde la Unión de Funcionarios de Carrera Diplomática y Consular (UNIDIPLO), su dirigencia ha tenido que salir al paso no solo para rechazar los proyectos que buscan reducir los requisitos para nombrar diplomáticos, sino para exigir que se detengan las insubsistencias masivas de personal capacitado. Como bien lo ha señalado el sindicato ante las afirmaciones estigmatizantes del Ejecutivo: la carrera diplomática no se hereda ni es de una rosca, se gana por concurso público. A esto se suman los constantes y vergonzosos fallos del Consejo de Estado, que ha tenido que anular un sinnúmero de nombramientos por la flagrante ausencia de los requisitos mínimos exigidos por la ley.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Cuando la dirección de una entidad se enfoca casi exclusivamente en sostener una narrativa ideológica, la base operativa, por supuesto, colapsa. Uno de los ejemplos de esta parálisis administrativa ha sido la crisis de los pasaportes. Más allá de si la expedición de las libretas logra estabilizarse a tropezones, lo que durante años operó como un modelo de eficiencia estatal fue sometido a un nudo ciego de improvisación jurídica, advertido repetidamente por la Contraloría y la Procuraduría. El país presenció una escena, a todas luces, preocupante: la enorme exposición a demandas millonarias derivadas de la accidentada salida de Thomas Greg &amp; Sons, el letargo de la Imprenta Nacional para asumir un proceso técnico complejo y la limitada capacidad de maniobra internacional en la coyuntura. Esta debacle es la radiografía perfecta de lo que ocurre cuando se subordina el rigor técnico y la planeación al capricho político de turno.</p>



<p class="wp-block-paragraph">A nivel internacional, el costo de esta improvisación es incalculable. Al supeditar nuestras relaciones internacionales a las afinidades ideológicas de turno, Colombia ha ido cediendo aceleradamente en su estatus histórico de país serio y líder en los escenarios multilaterales. Una Cancillería desprovista de su cuerpo técnico pierde la memoria institucional necesaria para navegar crisis complejas. Por ello, el diagnóstico del desastre debe dar paso urgente a la hoja de ruta de la reconstrucción. El próximo presidente heredará un ministerio profundamente golpeado y la política exterior del próximo cuatrienio requerirá una agenda de choque, contundente y audaz, para devolverle a la diplomacia su carácter de Estado.</p>



<p class="wp-block-paragraph">El pilar fundacional de esta hoja de ruta debe ser la consagración de la política exterior colombiana como una verdadera política de Estado, completamente blindada ante los ánimos y vaivenes del gobierno de turno. Aunque la Cancillería cuenta en su base con un cuerpo de planta sumamente capaz, riguroso y preparado, la ausencia histórica de un marco inviolable a largo plazo fue la grieta que permitió el preocupante escenario actual. Fue precisamente esa falta de lineamientos estrictos lo que permitió que la diplomacia cediera en su operatividad técnica y tomara cada vez más espacio la legitimación ideológica de las erráticas decisiones internacionales del Ejecutivo. Esa vulnerabilidad institucional debe cerrarse definitivamente. Colombia no puede seguir reinventando su rumbo en el mundo con cada ciclo electoral; se requiere un consenso que fije líneas rojas que ningún mandatario pueda cruzar.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Con ese blindaje institucional como base, la primera tarea es rectificar de inmediato del rumbo geopolítico, empezando por recomponer y <a href="https://blogs.elespectador.com/actualidad/todos-los-caminos-conducen-a-washington/">madurar nuestra relación con los Estados Unidos</a>. La próxima administración debe desterrar la retórica anacrónica que reduce nuestro vínculo con Washington a un antagonismo ideológico. Necesitamos una diplomacia pragmática que reconozca a Estados Unidos como nuestro principal socio comercial y aliado estratégico, elevando la agenda a temas de transición energética real, transferencia tecnológica y seguridad transnacional, sin complejos, pero, a la vez, &nbsp;sin sumisiones. En esa misma línea, Colombia debe recuperar su vocación de liderazgo en América Latina. En este contexto, el próximo gobierno tendrá que retomar un rol de estabilización que impulse una integración basada en intereses comerciales, de infraestructura y de defensa democrática, y no en clubes políticos que se desmoronan con cada elección vecinal.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Pero la transformación más profunda debe darse, será, seguramente, de puertas para adentro: la política exterior colombiana tiene que dejar de ser un monopolio exclusivo de los pasillos diplomáticos en Bogotá. El próximo presidente debe apostar por una verdadera descentralización de la cooperación internacional y la interacción diplomática, instalando capacidades de base en los territorios. No se trata de permitir una diplomacia fragmentada, sino de dotar a las regiones de herramientas técnicas y de negociación para que asuman un rol protagónico en la diplomacia pública. Los territorios deben ser capaces de salir al mundo para gestionar recursos, buscar mercados y forjar alianzas directas.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Ya existen ejemplos tangibles de esta visión que demuestran que no es una utopía académica. Un caso verdaderamente emblemático y cercano es el de la Universidad del Quindío, que ha asumido con éxito un rol inédito como agencia de diplomacia pública. Al conectar el conocimiento con las necesidades de su entorno territorial, la institución se ha convertido en uno de los principales puntos de conexión entre el mundo y la región. A través de la gestión de proyectos de cooperación internacional, dicha institución ha demostrado que cuando se instalan capacidades técnicas a nivel local, se abren puertas de desarrollo que la burocracia centralizada suele ignorar. Este modelo de articulación, en el que <a href="https://blogs.elespectador.com/educacion/la-internacionalizacion-mal-entendida/">la academia se convierte en el motor de la internacionalización regional</a>, es una fórmula que el Estado podría replicar en todo el país.</p>



<p class="wp-block-paragraph">El desafío que enfrentará quien llegue a la Casa de Nariño es enorme, pero la reconstrucción es posible porque no se parte de cero. En la Cancillería permanece una base profesional seria, rigurosa y comprometida: diplomáticos de carrera que, incluso en medio de la incertidumbre institucional, han contribuido a sostener la continuidad del servicio exterior colombiano. Ese capital humano debe ser el punto de partida para reconstruir la entidad. Recomponer la Cancillería no significa únicamente restituir el valor de la carrera diplomática y consular —aunque ello es indispensable y debe contar con garantías estatutarias sólidas—. También implica recuperar una visión de Estado que entienda la diplomacia como una herramienta estratégica para el desarrollo nacional, capaz de proyectar al país con coherencia, previsibilidad y sentido territorial. Solo sobre la base del mérito, de la experiencia técnica y de una orientación internacional seria, Colombia podrá dejar atrás la improvisación y recuperar una voz respetada, confiable y protagónica en el escenario global.</p>



<p class="wp-block-paragraph"></p>
]]></content:encoded>
        <author>Eduardo Perafán</author>
                    <category>Actualidad</category>
                <guid isPermaLink="false">https://blogs.elespectador.com/?p=130101</guid>
        <pubDate>Sat, 06 Jun 2026 18:26:12 +0000</pubDate>
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                <media:description type="plain"><![CDATA[Reconstruir la Cancillería colombiana: una tarea necesaria]]></media:description>
                <media:credit role="author" scheme="urn:ebu">Eduardo Perafán</media:credit>
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        <item>
        <title>Entre la ética y la estética política</title>
        <link>https://blogs.elespectador.com/actualidad/entre-la-etica-y-la-estetica-politica/</link>
        <description><![CDATA[<p>En tiempos de profundo escepticismo y desencanto político, la ciudadanía debe aprender a leer los lenguajes sensibles del poder.</p>
]]></description>
        <content:encoded><![CDATA[
<p class="wp-block-paragraph">La política contemporánea ha aprendido a hablar el lenguaje de las buenas causas; casi todo poder sabe cómo pronunciar las palabras correctas. Se declara democrático, popular, incluyente, austero o moderno. Se rodea de vocablos nobles que, sin embargo, rara vez revelan su verdadera relación con la ciudadanía, con las instituciones o con lo común. El discurso político ya no comparece desnudo: llega corregido por asesores, blindado por fórmulas morales y vestido con promesas de virtud.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Por ello, para desenmascarar la ética del poder es imperativo descifrar su estética. Y no me refiero a la estética como gusto personal, ornamento o cálculo publicitario de la imagen. Hablo de la estética como la forma sensible de la política: el modo en que el poder decide aparecer, organizar sus escenas e interactuar con la sensibilidad ciudadana. Es, entonces, la manera en que erige los símbolos sobre los cuales descansa el poder y encuadra aquello digno de verse y relega a la sombra lo que prefiere ocultar.</p>



<p class="wp-block-paragraph">La estética política permite leer lo que el discurso calla, ignora o disimula. Porque un gobernante puede hablar de inclusión mientras reproduce, en sus actos, una estética de la distancia. Puede invocar la austeridad rodeado de signos de privilegio. Puede apelar al pueblo mientras lo reduce a mero decorado escénico. Puede proclamar la democracia mientras rige sus apariciones bajo una gramática vertical, vigilada y clausurada a la irrupción de lo común. En estos casos, la estética no contradice accidentalmente al discurso: lo delata. Revela sus verdaderos compromisos éticos.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Aquí reside el valor crítico de esta mirada: la ética política no vive únicamente en los principios que declama, sino en las formas que produce. Así, una ética de lo público se reconoce en cómo organiza y faculta la aparición del otro. Una ética autoritaria se advierte en su obsesión por controlar rígidamente la escena. Una ética patrimonialista se evidencia al confundir la institución con la figura personal. Una ética democrática, por el contrario, respira cuando el poder no necesita acaparar toda la luz para permitir que lo común exista.</p>



<p class="wp-block-paragraph">A partir de mis investigaciones he llegado a entender que la estética no es un maquillaje posterior a la política, sino la gramática misma que ordena lo visible y orienta lo invisible. Los espacios, las imágenes, la gestualidad de los cuerpos y los dispositivos de representación expresan creencias que buscan imponerse como símbolos. Desde aquí, entonces, la pregunta habitual debe invertirse: ya no se trata de indagar cuál es la estética de una política determinada, sino qué ética se vuelve legible a través de ella. El diseño de una plaza, la inauguración de una obra o el abandono de un edificio público hablan con la misma fuerza que un ferviente grito político. La elección de una fotografía oficial, la manera de interactuar con una multitud, o la elocuencia visual de quien, por ejemplo, condena la cultura mafiosa en el atril pero es recordado por la imagen de acariciar fajos de dinero en la penumbra, revelan la verdadera naturaleza de ese poder, sus lealtades ocultas y cómo concibe realmente a la ciudadanía.</p>



<p class="wp-block-paragraph">En este orden de ideas, la ética política necesita una forma para existir públicamente; de lo contrario, se desvanece en la abstracción de la promesa. Si la forma que adopta contradice el verbo que proclama, la estética expone la impostura. De poco sirve un discurso sobre la dignidad si los espacios del poder humillan o reducen ciertos cuerpos a condición de paisaje. De poco sirve pregonar la participación si la escena está diseñada para que solo unos cuantos tengan voz y rostro. De nada sirve invocar lo común si la luz pública siempre ilumina a los mismos.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Cuidar la estética política no es, por tanto, una simple frivolidad: es una exigencia. En tiempos de profundo escepticismo y desencanto político, la ciudadanía debe aprender a leer los lenguajes sensibles del poder: sus rituales, monumentos, arquitecturas y silencios visuales. La política no solo se disputa en los programas o en las instituciones; se libra en el terreno de lo sensible. Una sensibilidad que nunca es neutral y fabrica legitimidades, naturaliza jerarquías y convierte los valores en realidades tangibles para todos.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Por ello, una de las tareas más urgentes de la ciudadanía contemporánea es aprender a mirar políticamente. No podemos conformarnos con consumir pasivamente la imagen que el poder nos proyecta; hay que develarla. Observar no solo a quién ocupa el centro del recuadro, sino a quiénes se empujan hacia los márgenes. Evaluar qué espacios se dignifican, cuáles se dejan marchitar, y qué tipo de país se está construyendo realmente detrás del telón de sus discursos</p>



<p class="wp-block-paragraph">La ética política se proclama en el discurso, pero se sostiene —o se desmiente— en la estética. Allí donde el lenguaje finge, la forma deja rastros. Allí donde la palabra se acomoda, la escena revela. Allí donde la promesa se vuelve abstracta, el espacio y el acto nos permiten volver a cuestionar el ethos real del poder. Por eso, si queremos recuperar la ética política, debemos empezar por tomar su estética con absoluta seriedad: no como ornamento, sino como evidencia empírica; no como un asunto menor, sino como el campo definitivo de la verificación democrática. Porque el poder revela lo que verdaderamente es no solo en lo que dice, sino también en la forma en que decide presentarse ante los demás.</p>
]]></content:encoded>
        <author>Eduardo Perafán</author>
                    <category>Actualidad</category>
                <guid isPermaLink="false">https://blogs.elespectador.com/?p=129418</guid>
        <pubDate>Sat, 23 May 2026 02:01:33 +0000</pubDate>
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                <media:description type="plain"><![CDATA[Entre la ética y la estética política]]></media:description>
                <media:credit role="author" scheme="urn:ebu">Eduardo Perafán</media:credit>
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        <item>
        <title>Todos los caminos conducen a Washington</title>
        <link>https://blogs.elespectador.com/actualidad/todos-los-caminos-conducen-a-washington/</link>
        <description><![CDATA[<p>Y es que una relación madura, como la que Colombia ha construido históricamente con Estados Unidos, no debe ser ni sumisa ni hostil. Debe tramitar desacuerdos sin romper la comunicación, cooperar sin perder el centro y negociar con una idea clara de país. </p>
]]></description>
        <content:encoded><![CDATA[
<p class="wp-block-paragraph">En la vida, casi nunca podemos elegir a nuestros vecinos. Nos gusten o no, tengamos o no una buena relación con ellos, siempre terminan incidiendo en nuestra vida cotidiana. Por tanto, es ingenuo —y a veces peligroso— pensar que, si un vecino no me agrada, dejará de afectar mi entorno inmediato o que, por simple deseo, podré “adoptar” vecinos de otros lugares.</p>



<p class="wp-block-paragraph">En política exterior ocurre algo parecido. Además de vecinos, existen rutas. La geografía nos ubica en un lugar, pero la economía, la seguridad, las reglas internacionales y la historia diplomática van trazando caminos que los países recorren una y otra vez, quieran o no. Por eso, el antiquísimo adagio de que “todos los caminos conducen a Roma” sigue teniendo vigencia: nos recuerda que hay centros de gravedad que ordenan el mapa, condicionan las prioridades y obligan a tomar decisiones con sentido de realidad.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Así, en la Colombia de hoy, muchos caminos conducen —inevitablemente— a Washington. No por simpatía ideológica, ni por nostalgia de viejas alianzas, ni por simple costumbre diplomática. Conducen allí porque hay realidades estructurales que ningún gobierno puede borrar con discursos. Como muestra de ello, en 2024, Estados Unidos siguió siendo el principal destino de las exportaciones colombianas: US$14.337 millones FOB, equivalentes al 28,9% del total exportado, según cifras de la DIAN. También fue el principal país de origen de las importaciones colombianas, con US$16.465 millones CIF, equivalentes al 25,7% del total importado.</p>



<p class="wp-block-paragraph">A esa dimensión económica se suma otra igual de decisiva: la cooperación en materia de seguridad, lucha contra las drogas, migración, justicia, inteligencia y fortalecimiento institucional. Durante décadas, Colombia ha sido una pieza central en la arquitectura de Washington para América Latina. Por eso, cuando en la relación emergen tensiones, el impacto no se queda simplemente en los comunicados diplomáticos ni en el peligroso alcance de &nbsp;los micrófonos . Se siente en la cooperación judicial, en el intercambio de inteligencia, en las métricas antidrogas, en las visas, en la movilidad, en la confianza para la inversión, en la asistencia externa y en la coordinación regional.</p>



<p class="wp-block-paragraph">El momento reciente, además, hace que esa realidad sea aún más delicada. La política exterior estadounidense frente al hemisferio occidental ha entrado en una fase más dura, más transaccional y más securitizada. Drogas, migración, crimen organizado y competencia geopolítica pesan hoy con fuerza particular en la agenda de Washington. La relación con Colombia ya no se mueve únicamente en el lenguaje tradicional de la “alianza histórica”, sino también en el de los costos, las certificaciones, las sanciones, las visas, los aranceles, la presión pública y los resultados medibles.</p>



<p class="wp-block-paragraph">En otras palabras, Estados Unidos sigue siendo un socio fundamental, pero también un actor más impaciente, más pragmático y más dispuesto a recurrir a herramientas de presión. Esa combinación obliga a Colombia a actuar con mayor precisión. Ya no basta con repetir que somos aliados estratégicos. Tampoco sirve convertir cada desacuerdo en una batalla mediática. La relación bilateral exige algo más difícil: saber cuándo marcar límites, cuándo construir acuerdos y cuándo reconocer que la autonomía también requiere sentido de la realidad.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Todo esto no significa que Colombia no pueda —o incluso no deba— diversificar sus relaciones internacionales. Claro que debe hacerlo. Un país serio tiene que ampliar su red de socios, explorar nuevos mercados, fortalecer vínculos con Europa, Asia, América Latina, África y el mundo árabe, y construir una política exterior menos dependiente de una sola relación. Pero diversificar no es fantasear con que Estados Unidos deje de importar. Diversificar no puede ser una excusa para negar la realidad.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Hay un corredor que, una y otra vez, termina desembocando en Washington. Por eso, a pocas semanas de los comicios presidenciales, quien llegue a la Casa de Nariño tendrá que tener plena conciencia de dicha relación indisoluble y saberla manejar con sabiduría, disciplina y serenidad; con un sentido claro de lo negociable y lo no negociable; y, sobre todo, con cuidado institucional. En pocas palabras: el próximo gobierno no puede permitirse improvisar con Estados Unidos.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Ese será un desafío común para los tres nombres que hoy aparecen con mayor fuerza en el escenario electoral: Iván Cepeda, Paloma Valencia y Abelardo de la Espriella. Cada uno representa un tono distinto, una lectura diferente del país y una manera particular de aproximarse al poder. Pero, más allá de lo que se diga en campaña, los tres tendrán que enfrentar la misma pregunta: ¿cómo convertir la relación con Washington en una oportunidad y no en un problema con el cual lidiar constantemente?</p>



<p class="wp-block-paragraph">En este orden de ideas, si Iván Cepeda fuera electo presidente, su mayor reto sería evitar que la relación con Estados Unidos quedara atrapada en el reflejo de la confrontación. Cepeda ha construido buena parte de su trayectoria política en torno al discurso de la defensa de la paz, los derechos humanos, la soberanía y la crítica a cualquier forma de subordinación externa. Esa posición puede tener legitimidad en el debate democrático colombiano, pero exigiría una diplomacia particularmente fina para que la “dignidad” no termine convirtiéndose en aislamiento o, peor aún, en un conflicto interminable que deprede la economía y la estabilidad general del país.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Su prioridad, entonces, en el supuesto de que fuera electo presidente, debería ser construir una agenda de altísimo nivel técnico con Washington en oposición al cisma ideológico casi garantizado.  Y es que, aunque  para  algunos, tal vez aquellos más ideológicamente influenciados, pueda parecer paradójico, la cooperación bien negociada con Estados Unidos puede reforzar la soberanía. No porque Colombia entregue su agenda, sino porque fortalece las capacidades estatales en territorios donde hoy hay vacíos que suelen ser ocupados por actores armados, economías ilegales y redes transnacionales. En un eventual gobierno Cepeda, la cooperación con Estados Unidos no debería ser sinónimo de obediencia, sino una herramienta estratégica para sostener la seguridad, la justicia, el desarrollo rural, la sustitución productiva, la inteligencia financiera y la presencia institucional.</p>



<p class="wp-block-paragraph">El riesgo, en su caso, sería convertir la relación bilateral en una secuencia de gestos simbólicos, respuestas emocionales y discursos de resistencia que pueden funcionar ante ciertos sectores de la opinión pública interna, pero que reducen la capacidad real de gobernar los desacuerdos. Washington no desaparece porque se le critique. Y, en el contexto actual, la confrontación pública puede acarrear graves costos. Un gobierno Cepeda necesitaría un canal directo, de las más altas capacidades técnicas y permanente entre la Casa Blanca y el Palacio de Nariño: no para ceder, sino para evitar que cada diferencia se transforme en crisis.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Ahora, si Paloma Valencia fuera presidenta, el punto de partida sería distinto. Su cercanía con el Centro Democrático y con el legado político de Álvaro Uribe le permitiría enviar a Washington un mensaje inicial de recomposición, continuidad en materia de seguridad, cooperación antidrogas y alineación democrática frente a los regímenes autoritarios de la región.</p>



<p class="wp-block-paragraph">En política exterior, su prioridad debería ser recuperar la confianza sin caer en la nostalgia automática del pasado. No basta con decir que Colombia “vuelve a ser aliada” de Estados Unidos. La alianza debe actualizarse. Los Estados Unidos &nbsp;de hoy no son exactamente los de Plan Colombia ni los de hace veinte años. Es un actor más polarizado, más impaciente y más dispuesto a medir sus relaciones por resultados concretos. Por eso, Valencia tendría que hablar el lenguaje de la seguridad, sí, pero también el de la institucionalidad democrática, de los derechos humanos, de la corresponsabilidad antidrogas y del desarrollo territorial.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Su oportunidad estaría en establecer una agenda creíble de cooperación: lucha contra organizaciones criminales, extradición, inteligencia financiera, control de fronteras, protección de líderes sociales, estabilización territorial, migración ordenada, inversión, transición energética pragmática y fortalecimiento de las capacidades estatales. Su riesgo sería confundir la cercanía ideológica con un cheque en blanco. Estados Unidos no tiene &nbsp;necesariamente amigos permanentes; tiene intereses permanentes. Incluso con gobiernos afines, Washington exige resultados, métricas y coherencia práctica con sus prioridades estratégicas</p>



<p class="wp-block-paragraph">Por último, si Abelardo de la Espriella fuera presidente, su punto de partida sería todavía más marcado: buscaría seguramente “sanar” la relación con Estados Unidos mediante un discurso fuerte de alineación en materia de seguridad, lucha contra el crimen, confrontación al narcotráfico y oposición frontal a los gobiernos autoritarios de la región. En un momento en el que Washington privilegia respuestas duras frente al crimen transnacional, ese estilo podría encontrar receptividad inicial y abrir algunos canales de diálogo.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Pero ahí estaría precisamente el mayor cuidado. Una cosa es recomponer la relación y otra, muy distinta, convertir la cercanía en una suerte de subordinación. Una cosa es cooperar con Estados Unidos y otra gobernar como si la agenda nacional pudiera tercerizarse. La relación bilateral no se administra con gestos, frases virales ni afinidades personales. Se administra con equipos técnicos, instituciones y una estrategia de cuidado absoluto y de rigor diplomático.</p>



<p class="wp-block-paragraph">La prioridad de De la Espriella debería ser profesionalizar la relación y protegerla de la volatilidad mediática. Si un eventual gobierno suyo dependiera demasiado del tono personal, podría terminar atrapado en una diplomacia de adhesiones, aplausos y sobreactuaciones. Estados Unidos puede coincidir con un gobierno colombiano en materia de seguridad y, aun así, presionar con fuerza si considera que sus intereses no están suficientemente protegidos.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Su no negociable tendría que ser claro: la autoridad del Estado colombiano sobre su agenda interna. Cooperar con Estados Unidos tampoco puede significar renunciar a una lectura propia del interés nacional. El riesgo, en su caso, sería proyectar la imagen de un gobierno demasiado dispuesto a aceptar la agenda estadounidense sin procesarla institucionalmente a partir de las necesidades reales de Colombia.</p>



<p class="wp-block-paragraph">En los tres escenarios, el mapa de fondo es similar: todos los caminos conducen a Washington. La diferencia está en cómo se recorre ese camino. Esto puede hacerse con una buena brújula —instituciones, agenda, métricas, límites, estrategia y rigor diplomático— o a la deriva, entre impulsos ideológicos, nostalgias, gestos mediáticos o cálculos coyunturales.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Y es que una relación madura, como la que Colombia ha construido históricamente con Estados Unidos, no debe ser ni sumisa ni hostil. Debe tramitar desacuerdos sin romper la comunicación, cooperar sin perder el centro y negociar con una idea clara de país. </p>



<p class="wp-block-paragraph">Al final, el verdadero riesgo no es tener un vecino poderoso. El riesgo es creer que se puede gobernar ignorándolo. O, peor aún, improvisando frente a él. En política exterior, las crisis surgen cuando la diplomacia se subestima, la técnica cede ante el espectáculo y la estrategia se reemplaza por el impulso. Y entonces, como pasa con los vecinos, el conflicto termina por surgir tarde o temprano.</p>
]]></content:encoded>
        <author>Eduardo Perafán</author>
                    <category>Actualidad</category>
                <guid isPermaLink="false">https://blogs.elespectador.com/?p=128866</guid>
        <pubDate>Sat, 09 May 2026 09:08:56 +0000</pubDate>
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        <title>En defensa de la democracia</title>
        <link>https://blogs.elespectador.com/sin-categoria/en-defensa-de-la-democracia/</link>
        <description><![CDATA[<p>Gobernar democráticamente no significa fundirse simbólicamente con el pueblo; significa, por el contrario, ser consciente de las líneas rojas, honrar las instituciones y orientar la autoridad hacia el bien común.</p>
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<p class="wp-block-paragraph">Una frágil y delgada línea azul envuelve la Tierra que habitamos. Apenas visible desde el espacio, casi imperceptible frente a la inmensidad que la rodea, esa finísima capa —su atmósfera— es, sin embargo, la condición misma que hace posible nuestra vida. Desde aquí abajo, cuando levantamos la vista, solemos creer que ese azul lo cubre todo, que es vasto, inagotable, eterno. Pero la verdad es otra: se trata de una tenue envoltura, vulnerable y apenas suficiente para separarnos de la letalidad del espacio exterior, del vacío y de la inmensa oscuridad.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Con la democracia ocurre algo semejante. Nos hemos acostumbrado tanto a ella que, peligrosamente, la damos por sentada. Nos parece natural elegir, disentir, criticar al poder, exigir la rendición de cuentas, movilizarnos, confiar en garantías legales y suponer que ese paisaje estará siempre ahí, como si formara parte de una escena inmutable. Sin embargo, esto no es así. La democracia también es una frágil y delgada línea: un entramado de instituciones, pesos y contrapesos, de relaciones cuidadosamente entretejidas y sostenidas por la norma y un andamiaje que la cuida como un hilo de oro y hace posible la vida humana en común.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Y conviene recordarlo: sin democracia tampoco hay vida. No hay derechos civiles efectivos, ni libertades públicas garantizadas, ni ciudadanía protegida frente al abuso. No hay, en sentido estricto, un espacio compartido donde la diferencia pueda existir sin convertirse en una amenaza. También por eso, las grandes victorias de una sociedad no son, en rigor, las victorias de una facción política que, como suele ocurrir y más en tiempos electorales, se arroga, de manera conveniente, los sentimientos dispersos de la ciudadanía. Son, más bien, victorias de la democracia. Porque es ese sistema, con todas sus imperfecciones, el que permite pensar en la libertad; el que hace posible la deliberación, la búsqueda de consensos, el intercambio de ideas y la coexistencia del desacuerdo.</p>



<p class="wp-block-paragraph">De ahí que convenga desconfiar de ciertos discursos que dicen hablar en nombre de la democracia mientras invitan, de manera abierta o velada, a la confrontación irrestricta, a <a href="https://blogs.elespectador.com/actualidad/la-derrota-del-otro/">la eliminación del otro</a> o a la erosión de la institucionalidad. Allí hay una trampa. Los derechos civiles no son salvaguardados por el fervor político, ni por el carisma de un líder, ni por la exaltación emocional de las masas. Solo encuentran resguardo real en instituciones democráticas sólidas, en reglas compartidas, en jueces independientes, en pesos y contrapesos, en libertades protegidas y en la convicción de que nadie —por popular que sea, por mayoritario que se crea, por histórica que considere su causa— puede situarse por encima de los límites institucionales.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Por todo ello, y a pocas semanas de los comicios presidenciales, resulta imperativo recordar que el próximo presidente o presidenta de Colombia deberá ser, ante todo, un demócrata, como garantía mínima para la preservación de nuestra vida común. Porque no basta con llegar al poder por medio del voto; también los autoritarios saben servirse de las urnas. Lo decisivo, como casi siempre ocurre, será la manera en que se ejerza el poder una vez conquistado. Es allí, precisamente, donde se revela la diferencia entre quien comprende la complejidad de la república y quien no ve en ella más que un instrumento al servicio de su propia voluntad.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Pero ¿qué significa, en realidad, ser un demócrata? En ese punto, resultan especialmente pertinentes las reflexiones del doctor Hernando Roa Suárez, ilustre académico colombiano que ha iluminado algunas de las más importantes discusiones sobre el liderazgo político democrático y la necesidad de estadistas. Una democracia, entonces, no necesita improvisadores, ni redentores, ni intérpretes excluyentes de la voluntad popular. Necesita dirigentes con preparación, con sentido de Estado, con ética pública, con responsabilidad histórica, con capacidad de diálogo y, sobre todo, con la lucidez necesaria para comprender que el poder no les pertenece. Gobernar democráticamente no significa fundirse simbólicamente con el pueblo; significa, por el contrario, ser consciente de las líneas rojas, honrar las instituciones y orientar la autoridad hacia el bien común.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Es por ello que una de las virtudes más difíciles —y, por lo tanto, más decisivas— del verdadero demócrata es la autocontención. Saber que no todo lo que puede hacerse debe hacerse. Entender que la legitimidad electoral no autoriza a debilitar los pesos y contrapesos. Comprender que la mayoría no sustituye a la Constitución, ni el entusiasmo popular reemplaza a la institucionalidad, ni el mandato recibido equivale a un cheque en blanco. Porque, precisamente, cuando desaparece esa ética de los límites, la delgada línea de la democracia comienza a difuminarse.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Frente a ello, América Latina conoce bastante bien los riesgos de olvidar esta lección. Su historia política reciente ha estado marcada, una y otra vez, por la tentación del caudillismo, por proyectos que se presentan como emancipadores o refundacionales y que, en no pocos casos, terminan debilitando la separación de poderes, reduciendo el pluralismo y sometiendo las instituciones a la voluntad del gobernante. El peligro no radica en la transformación política en sí misma, sino en esa deriva que convierte al líder en intérprete exclusivo del pueblo, a la crítica en traición y, finalmente, a la institucionalidad democrática en un obstáculo legítimo de superar. No hay amenaza más sutil para la democracia que la que se presenta revestida de legitimidad popular y, en nombre de su supuesta profundización, altera para siempre la frágil relación de elementos que la hacen posible.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Colombia, pese a su historia de violencia, fracturas y exclusiones, ha sostenido una tradición institucional que no debe ser menospreciada. Una tradición imperfecta, desde luego, pero también una estructura republicana que, a pesar de todo, ha demostrado su capacidad de persistir. Precisamente por eso, defender la democracia no significa desconocer sus posibles limitaciones. Significa reconocer que sus imperfecciones no se corrigen demoliendo sus fundamentos, sino fortaleciéndolos. La respuesta a una democracia insuficiente no puede ser menos democracia, sino más y mejor democracia: más institucionalidad, más deliberación pública, más ciudadanía, más legitimidad, más ética frente al poder.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Ser demócrata, entonces, no es simplemente proclamarse defensor del pueblo. Es asumir, con convicción y con límite, las exigencias más altas de la vida republicana: respetar la Constitución incluso cuando incomoda; reconocer la independencia de los poderes públicos; comprender que el pluralismo no debilita la nación, sino que la hace posible; ejercer el poder con vocación de diálogo, capacidad de escucha y sentido del bien común. Ser demócrata es no necesitar la anulación física o simbólica del otro para afirmarse a sí mismo.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Por eso resulta tan peligroso banalizar la democracia y convertirla en una palabra de uso ornamental. No toda movilización emocional es democrática. No todo liderazgo popular es republicano. No toda apelación al pueblo fortalece la libertad. La democracia exige mucho más que entusiasmo: exige templanza, criterio, límites y una ética pública capaz de recordar que todo poder legítimo comienza, precisamente, donde acepta contenerse.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Es por ello que defender la democracia no es una opción retórica, sino una necesidad vital. Defenderla implica, en últimas, resguardar esa delgada línea azul que hace posible nuestra vida en común. Y hacerlo, además, con plena conciencia de su fragilidad: porque no está garantizada para siempre, porque no es infinita y porque, sin ella, no nos espera una forma superior de poder, sino el vacío y la oscuridad.</p>



<p class="wp-block-paragraph"></p>
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        <author>Eduardo Perafán</author>
                    <category>Sin categoría</category>
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        <pubDate>Sat, 25 Apr 2026 04:31:49 +0000</pubDate>
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