<?xml version="1.0" encoding="UTF-8"?>
<rss version="2.0"
    xmlns:content="http://purl.org/rss/1.0/modules/content/"
    xmlns:wfw="http://wellformedweb.org/CommentAPI/"
    xmlns:dc="http://purl.org/dc/elements/1.1/"
    xmlns:atom="http://www.w3.org/2005/Atom"
    xmlns:sy="http://purl.org/rss/1.0/modules/syndication/"
    xmlns:slash="http://purl.org/rss/1.0/modules/slash/"
    xmlns:media="http://search.yahoo.com/mrss/"
    >

<channel>
    <title>Blogs El Espectador</title>
    <link></link>
    <atom:link href="https://blogs.elespectador.com/author/direccionunica/feed/" rel="self" type="application/rss+xml" />
    <description>Blogs gratis y diarios en El Espectador</description>
    <lastBuildDate>Mon, 13 Apr 2026 16:29:31 +0000</lastBuildDate>
    <language>es-CO</language>
    <sy:updatePeriod>hourly</sy:updatePeriod>
    <sy:updateFrequency>1</sy:updateFrequency>
    <generator>https://wordpress.org/?v=6.9.4</generator>

<image>
	<url>https://blogsnew.s3.amazonaws.com/wp-content/uploads/2024/09/11163253/cropped-favicon-96-32x32.png</url>
	<title>Carlos Andrés Almeyda Gómez, Bloguero de Blogs El Espectador</title>
	<link></link>
	<width>32</width>
	<height>32</height>
</image> 
        <item>
        <title>“La memoria, si veraz y violenta, es una materia exquisita”[*]</title>
        <link>https://blogs.elespectador.com/cultura/direccion-unica/la-memoria-si-veraz-y-violenta-es-una-materia-exquisita/</link>
        <description><![CDATA[<p>A propósito del nacimiento de Oswaldo Soriano, un seis de enero de 1943 en Mar del Plata, Argentina, comparto aquí una reseña  que escribí en 2001 sobre su novela &#8220;El ojo de la patria&#8221;.  54 años después, Soriano fallecería a causa de un cáncer de pulmón. </p>
]]></description>
        <content:encoded><![CDATA[
<hr class="wp-block-separator has-alpha-channel-opacity" />



<p><em>El ojo de la patria</em><br>Oswaldo Soriano<br>Norma, la otra orilla<br>Bogotá 1997<br>228 páginas.</p>



<p></p>



<p>Oswaldo Soriano (Mar del Plata, 1943, Buenos Aires, 1997) es a la literatura y el periodismo argentinos lo que sin duda fue para el tango, Horacio Malvicino improvisando con su guitarra eléctrica en aquel ya legendario Octeto Buenos Aires de Astor Piazzolla. Un elemento tan extraño y poco convencional que, a la sazón del viejo blasón popular, resultaba dar un tono hilarante a la configuración de la realidad porteña. Visto desde sus inicios como periodista, primero a bordo del diario <em>La Opinión</em> y más adelante en la fundación de Página/ 12, Soriano ha cautivado por su cínico, aunque solemne, sentido de lo nacional. La mayor parte de sus novelas, al igual que sus cuentos y sus crónicas –que comprenden desde polémicas dictatoriales en la Argentina hasta grescas de tono futbolístico–, confrontan la ligereza de una prosa sin pretextos con el discurso social, no del todo político, tejido tras la puesta en escena de bizarros objetos de cinematografía. Soriano, tildado por algunos de frívolo reducto de la izquierda poco acomedida de entonces y llamado por otros, con justicia, “el equivalente literario de un Buster Keaton combinado con Emilio Salgari”<a id="_ftnref1" href="#_ftn1">[1]</a>, revela en <em>El ojo de la patria</em> (1992) algo parecido a una visión simiesca y sincrética de la realidad: A simple vista menos directa en su tratamiento de los galimatías argentinos, la narración va desarrollando una parodia “patética” del pasado casi desde los mismos albores de la compleja independencia del país, permitiéndose cuestionar con aire de caricatura el destino de una República en cuya formación parecen esconderse las causas de todos sus males.</p>



<div class="wp-block-columns is-layout-flex wp-container-core-columns-is-layout-28f84493 wp-block-columns-is-layout-flex">
<div class="wp-block-column is-layout-flow wp-block-column-is-layout-flow" style="flex-basis:100%">
<figure class="wp-block-image size-full is-resized"><img fetchpriority="high" decoding="async" width="215" height="320" src="https://blogsnew.s3.amazonaws.com/wp-content/uploads/2026/01/06212435/D_NQ_NP_2X_961570-MLV73190101202.jpg" alt="" class="wp-image-124387" style="aspect-ratio:0.6718732852909975;width:380px;height:auto" srcset="https://blogsnew.s3.amazonaws.com/wp-content/uploads/2026/01/06212435/D_NQ_NP_2X_961570-MLV73190101202.jpg 215w, https://blogsnew.s3.amazonaws.com/wp-content/uploads/2026/01/06212435/D_NQ_NP_2X_961570-MLV73190101202-202x300.jpg 202w" sizes="(max-width: 215px) 100vw, 215px" /></figure>
</div>
</div>



<p>Al partir de la <em>paranoia</em> de “un espía muerto de un país que no existe”, al que le han encomendado el cuidado de un celebre cadáver de la historia argentina, la novela desciende y asciende por persecuciones y absurdos juegos de máscaras, de la mano de los devaneos psicológicos de su protagonista, un pobre infeliz desterrado por los suyos –tal y como su nada vital acompañante fue confinado por largo tiempo a la inmemoria del pueblo que ayudó a erigir– y llevado finalmente, en sus quehaceres detectivescos, a cargar a cuestas con el secreto de su terruño: “El milagro argentino”, una especie de salvaguarda de la ciencia tras la que el saber de lo argentino podrá hallar el descanso que le vindicará de la desidia colectiva, en una prosa que logra sopesar aquella imaginación tan desbordada junto a un ejercicio discreto de recuperación histórica y social, propiedades que Soriano fusiona en su literatura con el esmero y la gracia de un alquimista. Osvaldo Soriano, siempre del lado del sustrato social, amparaba su narrativa en asuntos tan simples como la página en blanco o los enredos editoriales –a los que constantemente hacía alusión siguiendo un poco lo que Salgari escribiera a propósito de tan “innoble oficio”-, y sobre otras cuestiones de público ejercicio como el fútbol –Soriano fue un furibundo hincha del Boca Juniors– o esa política de cafetín en la que se discutía sobre desfalcos o torceduras del gobierno.</p>



<p>Fumador empedernido, tenía una norma parecida a la de Mark Twain –“no fumar más de un puro a la vez”­–, Soriano pasó sus últimos días sumergido en la internet y sin mostrar su ya avanzado padecimiento de cáncer, visible tras las quimioterapias en las que perdió por completo su cabello y que lo arrancaron de su rutina de “gato” el 29 de enero de 1997 en Buenos Aires. “Con la quimio uno anda como paseando en un mundo medio irreal”; “Tengo fecha de operación para el 20 –de enero, por supuesto–. El alíen se achicó lo suficiente para hacerla posible”<a id="_ftnref2" href="#_ftn2">[2]</a>. Tal es el <em>leitmotiv</em> en la literatura de Osvaldo Soriano, un estilo estrechamente emparentado con la necesidad de denuncia a la que ha dedicado su vida, dejando al descubierto, a partir del carácter <em>sui generis</em> de su ficción y del cinismo sin igual que poseen sus obras, problemáticas como la del peronismo de izquierda y de derecha en los años 70, las aberraciones de los militares, la mediocridad del alfonsinismo o los apagones, la privatización y el crecimiento de la economía informal en los años 90. La complejidad de la novela y su irreverente manejo, llevan al lector a ser cómplice de una deformación metahistórica en la que, no teniendo pretensiones manifiestas, se dice más de lo que parece y en la que se ve escindido el discurso beligerante sobre el destino de un país.</p>



<p>Queriendo dilucidar un momento clave en la formación de la República Argentina, Soriano pone en acción el cadáver de un prócer de la independencia –que no parece ser otro que el General San Martín, olvidado por Bolívar ya hacia el final de la campaña libertadora y cuya función en su país no fue enteramente cumplida– al que, provisto de un chip que le permite decir dos o tres cosas como a una muñeca de juguete, han de sucederle tantas cosas como pasajes extraños cabe anunciar en un <em>film noir</em> o en una escena de comedia de los años treinta. Las cosas que el infortunado cadáver reniega y de las que hace eco su protector –que termina por vindicar las tesis revolucionarias que el prócer en vida defendió–, no son otras que las pataletas que el destierro hasta ahora le permite inquirir. Improperios contra el triunvirato, Rivadavia, Belgrano o simples fraseos confusos tras los que el prócer debe ser atendido con baterías nuevas y con gotas oftálmicas que le ayudarán a conservar una apariencia vital.</p>



<figure class="wp-block-image size-large"><img decoding="async" width="1024" height="603" src="https://blogsnew.s3.amazonaws.com/wp-content/uploads/2026/01/06212705/0000020764-1024x603.jpg" alt="" class="wp-image-124388" srcset="https://blogsnew.s3.amazonaws.com/wp-content/uploads/2026/01/06212705/0000020764-1024x603.jpg 1024w, https://blogsnew.s3.amazonaws.com/wp-content/uploads/2026/01/06212705/0000020764-300x177.jpg 300w, https://blogsnew.s3.amazonaws.com/wp-content/uploads/2026/01/06212705/0000020764-768x452.jpg 768w, https://blogsnew.s3.amazonaws.com/wp-content/uploads/2026/01/06212705/0000020764.jpg 1147w" sizes="(max-width: 1024px) 100vw, 1024px" /></figure>



<p>En ello, Juan Carré, llamado por la celebridad, pero víctima de su mal estilo y de una serie de infortunios que le llevarán a estar muerto sin realmente estarlo –con una flamante tumba en el <em>Pere Lachaise</em> junto a otros tan celebres como Oscar Wilde o Jim Morrison–, construye en su cabeza un sin fin de teorías y supuestos que llevan a peligrar la “existencia” de ese otro difunto. El estilo altisonante y siempre ocurrente de Soriano pone en movimiento cosas tan dispares como lo son un cantante de Rock –máscaras de Sting o de Clapton que encubren como si fuesen cirugías el desarrollo de una aventura policiaca– buscando mercancía en un tren en marcha, construido casi como una escena de <em>Aventuras de un cadáver</em> de R.L. Stevenson. A partir de unos versos de Verlaine: “Les sanglots longs / des violons de l&#8217;automme/ blessent mon coeur/ d&#8217;une langueur monotone…”<a id="_ftnref3" href="#_ftn3">[3]</a>, que sirven de escaramuza ante otro <em>confidencial</em> que Carré llama insistentemente Pavarotti, pese a su extremo parecido con el conocido tenor, la historia se muestra como una espiral vertiginosa que esconde la trama de una operación de inteligencia sobre la que el desteñido agente teje la propia: “El hombre que volvió de dos muertes”, “Confesiones de un agente confidencial”, o talvez, como dictamina a Carré un escritor de un hotelucho en París para tranquilizarle, “un relato de suspenso que pasa en un tren nocturno. Los personajes son un agente secreto, un muerto que habla y una banda de escritores que se han juramentado para no publicar nunca”.</p>



<p><em>El ojo de la patria</em> es, en definitiva, una novela de tintes contrautópicos, sardónica y chaplinesca –con todas las licencias que puedan tener lugar en una ficción– y donde, a fin de cuentas, ambos, el cadáver alentado por la ingeniería moderna y su nada suspicaz guardián, viven en el exilio, “el prócer, acá –en París– pasó la vida en cafetines de mala muerte, comiendo porquerías y tragando bilis por la revolución&#8221;, y Carré, como una sombra de algo que en su fuero interno solo atina a cantar –errando entre la tumba de Chopin, Balzac, Wilde y Morrison–: &#8220;This is the end, beautiful fríend (&#8230;)The end of laughter and soft lies, / The end of nights we tried to die”<a id="_ftnref4" href="#_ftn4">[4]</a>.</p>



<hr class="wp-block-separator has-alpha-channel-opacity" />



<p><a href="#_ftnref1" id="_ftn1">[1]</a> Forn, J. (1997). Sin aliento no habrá más penas.</p>



<p><a href="#_ftnref2" id="_ftn2">[2]</a> &nbsp;Últimos correos electrónicos de Soriano.</p>



<p><a href="#_ftnref3" id="_ftn3">[3]</a> “Las largas banderas / de los violines del otoño / hieren mi corazón de una lánguida monotonía…”.</p>



<p><a id="_ftn4" href="#_ftnref4">[4]</a> “Este es el fin, hermoso amigo (…). El fin de la risa y de las dulces mentiras. / El fin de las noches en las que habíamos querido morir…”. Entrada y&nbsp; fin de “The end”, tema de The Doors citado varias veces en el libro de Soriano.</p>



<p><a id="_ftn1" href="#_ftnref1">[*]</a> Soriano, O.(1996). <em>Fantasmas y dinosaurios.</em> Bogotá: Editorial Norma.</p>



<p></p>
]]></content:encoded>
        <author>Carlos Andrés Almeyda Gómez</author>
                    <category>Dirección única</category>
                <guid isPermaLink="false">https://blogs.elespectador.com/?p=124385</guid>
        <pubDate>Wed, 07 Jan 2026 02:29:04 +0000</pubDate>
                                <media:content url="https://blogsnew.s3.amazonaws.com/wp-content/uploads/2026/01/06211757/QJQJOR2UKRFH7JEZRZSDSUSZIU.jpg" type="image/jpeg">
                <media:description type="plain"><![CDATA[“La memoria, si veraz y violenta, es una materia exquisita”[*]]]></media:description>
                <media:credit role="author" scheme="urn:ebu">Carlos Andrés Almeyda Gómez</media:credit>
            </media:content>
                            </item>
        <item>
        <title>De la poesía como un río de fronteras infranqueables</title>
        <link>https://blogs.elespectador.com/cultura/direccion-unica/de-la-poesia-como-un-rio-de-fronteras-infranqueables/</link>
        <description><![CDATA[<p>En una muy particular edición facsimilar y en formato de cara y cruz, el proyecto editorial Funescuela de Barranquilla entregó el septiembre pasado la reedición del poemario Estereotipografía / El poeta de Federico Santodomingo Zárate (Orihueca, Magdalena).</p>
]]></description>
        <content:encoded><![CDATA[
<p></p>



<p><em>Estereotipografía / El poeta</em><br>Federico Santodomingo Zárate<br>Edición Cara y cruz<br>Funescuela<br>Barranquilla, 2025<br>80 páginas</p>



<p>En una muy particular edición facsimilar y en formato de cara y cruz, el proyecto editorial Funescuela de Barranquilla entregó el septiembre pasado la reedición del poemario <em>Estereotipografía</em> / <em>El poeta</em> de Federico Santodomingo Zárate (Orihueca, Magdalena), quizá como una necesaria forma de hacer contrapeso al silencio que pesa en muchos ámbitos culturales del país frente a la producción literaria no cobijada por la bendicion de los gremios, los grandes grupos editoriales, los premios institucionales, la prensa nacional y, en buena medida, por la crítica y la difusión regional. De alguna forma, muchos autores se abren camino a partir de la buena fe de lectores entusiasmados por escarbar más allá lo que venden las estanterías; en otros casos, seguimos viviendo en pequeños feudos o parroquias donde autores y lectores se acomodan a su realidad, a veces no parece necesario ceñirse al criterio editorial o trasponer las murallas regionales para sentirse a salvo entre lo familiar y esa cotidiana resistencia que no necesita de la bendición del canon o de la crítica de bolsillo. A veces los libros –como el patito feo– brillan a pesar de su precariedad estética o de su ausencia de apellidos.</p>



<p>La labor editorial en el país supone una suma de buenas y malas decisiones, sobre todo en lo referente a proyectos emergentes, regionales, edición de autor y libros venidos a este mundo sin un intermediario real entre el autor y el impresor. Uno de los problemas propios a la edición en Colombia, por lo menos a aquella que no alcanza a sumarse al lobby cultural o a ser siquiera parte de la recientemente inaugurada familia de “los independientes” en el país<a href="#_ftn1" id="_ftnref1">[1]</a> ­–aparte de la falta de apoyo institucional, así como de programas de formación editorial a nivel nacional–, reside en la ausencia de una figura que convenga en materializar un libro como un todo orgánico, esto tanto en lo estético como en lo literario: hace falta la presencia de un editor.</p>



<figure class="wp-block-image size-large"><img decoding="async" width="1024" height="694" src="https://blogsnew.s3.amazonaws.com/wp-content/uploads/2025/12/09113906/Captura-de-pantalla-2025-12-09-a-las-11.35.31-a.m.-1-1024x694.png" alt="" class="wp-image-123507" srcset="https://blogsnew.s3.amazonaws.com/wp-content/uploads/2025/12/09113906/Captura-de-pantalla-2025-12-09-a-las-11.35.31-a.m.-1-1024x694.png 1024w, https://blogsnew.s3.amazonaws.com/wp-content/uploads/2025/12/09113906/Captura-de-pantalla-2025-12-09-a-las-11.35.31-a.m.-1-300x203.png 300w, https://blogsnew.s3.amazonaws.com/wp-content/uploads/2025/12/09113906/Captura-de-pantalla-2025-12-09-a-las-11.35.31-a.m.-1-768x521.png 768w, https://blogsnew.s3.amazonaws.com/wp-content/uploads/2025/12/09113906/Captura-de-pantalla-2025-12-09-a-las-11.35.31-a.m.-1-1536x1042.png 1536w, https://blogsnew.s3.amazonaws.com/wp-content/uploads/2025/12/09113906/Captura-de-pantalla-2025-12-09-a-las-11.35.31-a.m.-1.png 1634w" sizes="(max-width: 1024px) 100vw, 1024px" /></figure>



<p>Salidos de este primer llamado de atención, vamos al libro. <em>Estereotipografía / El poeta </em>comporta como obra una lectura paralela, una película con comentarios del director, un ejercicio necesario en la revisión crítica de las nuevas literaturas por alguna razón aisladas dentro de los feudos literarios en Colombia<a id="_ftnref2" href="#_ftn2">[2]</a>. <em>Estereotipografía / El poeta</em> es un libro que debe ser leído en este contexto. Hay una deuda con la literatura escrita desde los márgenes y un libro a varias voces como este lo demuestra. Por un lado, se incluyen –en <em>El poeta</em>– voces de autores, periodistas, críticos y amigos alrededor de Santodomingo Zárate. Empresa interesante, cuando se revisa la lista de llamados a hablar del autor y llegamos a algo que me recordó una colección adelantada desde la Editorial de la Universidad Nacional, &#8220;Valoración múltiple&#8221;, colección de libros dedicados a autores colombianos como Germán Espinosa o R.H. Moreno Durán. Dicha colección recogía crítica académica y ensayos sobre los autores homenajeados. Aquí, en el caso de Santodomingo Zárate, algo similar sucede en ese tenor, aunque estas sean notas breves y un poco personales, amistosas si se quiere, notas que dan cuenta de los ires y venires de la obra de Santodomingo Zárate en el boca a boca de contemporáneos y amigos. Ejemplo de ello, el texto de David Sánchez Juliao donde se lee, en un simpático relato en el que al poeta se le confunde en una reunión en las instalaciones de Caracol Televisión con algún millonario apóstata –claro, a cuenta de su apellido Santodomingo–:</p>



<blockquote class="wp-block-quote is-layout-flow wp-block-quote-is-layout-flow">
<p>“Claro que a todos extrañó la pinta de excéntrico millonario. Pantalón azul desteñido, sandalias con calcetines, una chaqueta de cuero raído, el cabello alborotado como nido de oropéndola, y lo que más denunciaba su exótica bohemia, una mochila Arahuak repleta de papeles, lápices y libros”.</p>
</blockquote>



<p>A la anécdota le sigue esta declaración: “Es poeta, ¡cómo te parece ala!, murmuraban las secretarias en el claro oscuro de los pasillos”. A modo de cortas crónicas, el libro se abre camino con notas como la escrita por el poeta samario José Luis Díaz-Granados. Se trata de un perfil biográfico del poeta amigo, una semblanza: “Este hombre sensible y recreador de la vida –escribe Díaz-Granados–, que cuando niño soñaba con ir a Santa Marta o a Fundación en tren, que casi no puede creer que de pronto se encontraba en la cosmopolita Bogotá, obtuvo (…) el gordo de la lotería en un viaje a la legendaria Rusia…”. Luego otros como Simón Orozco, Guillermo Luis Nieto Molina o la propia hija del poeta Santodomingo aunarán a este libro su propia experiencia junto a él, sea desde la idiosincrasia que se sabe alimenta el carisma del poeta así como desde la cercanía, “este es mi padre, el poeta…”, sentencia Trilce Santodomingo Payeras.</p>



<p>Interesa entonces los saltos que presenta esta parte del libro, no se sabe su jerarquía pues puede o no ser la cara y el otro la cruz o viceversa; hallamos así cartas, como la que le escribe el padre arzobispo de Barranquilla o el padre Rivas –huelga decir que del otro lado del libro se incluye un saludo del presbítero Bernardo Hoyos Montoya–, perfiles de cercanos y otros un poco más protocolarios, poemas en su honor, notas breves, saludos y recortes de prensa, hasta fotografías o textos como el referido a un premio que se le dio en 1984 por su escrito “La sala limpia del olor a rancio de una vieja”. Allí, Amaury Díaz Romero escribe:</p>



<blockquote class="wp-block-quote is-layout-flow wp-block-quote-is-layout-flow">
<p>“Como así todos los vales, Santodomingo es un profundo soñador pero duerme poco. Su mujer le dice que tiene vocación de celador pues le gusta esperar los amaneceres con los ojos abiertos. Sin embargo, se considera un bohemio disciplinado”.</p>
</blockquote>



<p>Dentro de este apartado, se cuentan además algunas notas sobre sus libros. Breves reseñas como la de Oscar Santodomingo Payeras, otro de sus hijos, sobre el libro <em>Herejes</em>. Entonces subraya: “Federico Santodomingo es un hombre criado y formado por exigentes censores, tal vez a ellos les debe ser un gran hereje&#8221;. Otro poco agrega Luis Armando Mola a este respecto: “Pero el alcance de su herejía en su trabajo poético, es solo el manifiesto humanista de su íntimo sentir (…), poeta en franca rebeldía…”. Ahora, vamos a los poemas: el otro lado de esta dupleta.</p>



<p>“Despreocupado y latente en el arte de vivir”, como lo dice por allí Oscar Flores Tamara en su texto homenaje, Federico Santodomingo Zárate recoge en su <em>Estereotipografía</em> –poemario aquí reeditado y que incluye además una nota de presentación de Milcíades Arévalo– poemas “sin pretensiones esteticistas” que se abren desde la sinceridad para allanar varios temas muy suyos, esto a manera de educación sentimental. Cada texto surge como expectación de una poética individual: escribir textos de largo aliento que encarnan su puesta en escena para que allí confluya la confesión personal –en la que parece hablarle a sus hijos y amigos– frente a ese nombrarse mientras va haciéndose a una piel. La voz del yo busca madurar un arte poética. Al no estar decorada de arabescos estilísticos o nombrar lecturas o engendrar cadáveres cifrados –como parece en estos días estar tan de moda–, estos versos bien podrían madurar en forma de canciones o simplemente quedarse en el papel como momentos que Santodomingo recoge como su propia <em>Ética para Amador.</em> Lo digo por el recurso que sostiene buena parte de estos poemas donde Federico le habla a ese alguien aprendiz con quien compartirá su gusto por Neruda –por allí escuché voces del <em>Canto general–, </em>hasta hablar desde la segunda persona de un juglar, libertador, vengador o gurú: “Mi condición de guerrero de esta tierra / le da a mi espada filo / para proferir las palabras / acusadoras… (…) el privilegio de los mares. / expansionistas. Mercantilistas. / Usurpadores de la tenencia colectiva de la tierra…”.</p>



<p>Hay aquí una pieza en actos en la que se va de lo general, en un sentido reivindicador, a lo particular. En su contexto más “beligerante”, por ejemplo, el poema se convierte en consigna, a ratos se desprende de lo local para acercarnos a las voces de la Plaza de Mayo en la Argentina o el Apartheid en Sudáfrica. Al tiempo que se nos ofrece el cuadro de costumbres Caribe, el amor o el mito de un relato ancestral, la raza se abre como un signo perpetuo para seguir remarcando atmósferas comunes a otros libros de Federico Santodomingo, caso de sus cuentos y relatos.</p>



<p>Se trata en suma de un poemario breve, sincero y directo, hecho con la materia de la sangre. Y digo sangre por sentirlo precisamente como algo sanguíneo e íntimo, familiar. Un solo canto que Federico escribe a modo de catecismo, que huele a esa búsqueda nacida por allá en 1981 cuando se publicara la primera edición de este <em>Estereotipografía. </em>Creo que es precisamente allí donde reside su valor y donde se entiende también el por qué se le reedita bajo esta interesante treta/colección de un cara y cruz hecho de memoria y de afectos, de recuperación. Un proyecto que, como colección, está llamado a crear vasos comunicantes en tanto obra y vida de autores necesitados de un diálogo abierto con el ejercicio y el oficio de la literatura.</p>



<p><strong>Coda</strong></p>



<p>Hay, finalmente, rarezas en este libro que no le perdono. Primero, en su maquetación. Está impreso solo en los tiros y la fuente es muy pequeña (cosa que pudo haberse solucionado en manos de un diagramador más recursivo pues tanto cornisas como folios yacen en la caja como líneas huérfanas muy hacia los bordes). Lo segundo deviene de los males que pesan sobre esta clase de aventuras editoriales. Si por un lado a los autores sin apellidos no les pone mucha atención la prensa, por el otro también es bueno recordarle a entusiastas y promotores de kermeses, clubes de lectura, rincones literarios, grupos culturales, así como concursos regionales y municipales en el país que siempre es más importante la figura del editor que la del impresor. No solo se trata de maquetar e imprimir. No se puede cruzar el Aqueronte o el río Estigia sin su barquero.</p>



<hr class="wp-block-separator has-alpha-channel-opacity" />



<p><a href="#_ftnref1" id="_ftn1">[1]</a> &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; Hay que ver, sin embargo, cuánto se ha ganado en materia de diseño editorial en Colombia a través de los últimos veinte años si se ha de revisar la buena salud de la que goza parte de la edición independiente, véase el caso de editoriales como las que ahora agrupa la joven Cámara Colombiana de la Edición Independiente. Pero ahora quedan los otros independientes, los no agrupados, los que se mantienen a la sombra o que vienen publicando sin demasiada atención de la prensa o del ecosistema cultural y su intrínseca jerarquía en la que siempre existirán ciudadanos de primer y de segundo nivel, y por ciudadanos léase autores/obras/editoriales, etc.</p>



<p><a href="#_ftnref2" id="_ftn2">[2]</a> &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; Hablo de pequeños sellos editoriales y autores-editores que publican sin pausa toda clase de libros pero que viven inmersos en un ralentizado proceso de divulgación y de formación. O bien se mantienen como islas, obligados al onanismo cultural, o se ven damnificados por la burocracia: del presupuesto diezmado en el camino solo quedó para una centena de libros mal diagramados e impresos y apenas revisados por algún mal pago corrector miope.</p>
]]></content:encoded>
        <author>Carlos Andrés Almeyda Gómez</author>
                    <category>Dirección única</category>
                <guid isPermaLink="false">https://blogs.elespectador.com/?p=123504</guid>
        <pubDate>Tue, 09 Dec 2025 16:39:35 +0000</pubDate>
                                <media:content url="https://blogsnew.s3.amazonaws.com/wp-content/uploads/2025/12/09110156/poetaa.jpg" type="image/jpeg">
                <media:description type="plain"><![CDATA[De la poesía como un río de fronteras infranqueables]]></media:description>
                <media:credit role="author" scheme="urn:ebu">Carlos Andrés Almeyda Gómez</media:credit>
            </media:content>
                            </item>
        <item>
        <title>Humo en los ojos</title>
        <link>https://blogs.elespectador.com/cultura/direccion-unica/humo-en-los-ojos/</link>
        <description><![CDATA[<p>Publicado originalmente en la revista Hojas Universitarias de la Universidad Central (2009) y finalista de un concurso convocado por la Fundación Gilberto Alzate Avendaño y la desaparecida Revista Número, comparto este cuento de mi autoría alrededor de la figura de Agustín Lara, a propósito de los 55 años de fallecimiento del cantante, compositor<br />
y actor mexicano, un día como hoy:<br />
6 de noviembre de 1970.</p>
]]></description>
        <content:encoded><![CDATA[
<h2 class="wp-block-heading has-text-align-center has-large-font-size">Publicado originalmente en la revista <br><em>Hojas Universitarias</em> de la Universidad Central (2009) y finalista de un concurso convocado <br>por la Fundación Gilberto Alzate Avendaño <br>y la desaparecida <em>Revista Número</em>, comparto <br>este cuento de mi autoría alrededor de la figura <br>de Agustín Lara, a propósito de los 55 años <br>de fallecimiento del cantante, compositor <br>y actor mexicano, un día como hoy: <br>6 de noviembre de 1970.</h2>



<p>Permanezco de este lado de la realidad. Sin embargo, hay llamas que se alzan en las paredes de la habitación y por las cuales no puedo hacer a un lado la figura de ultratumba de aquel hombre ni sus largas falanges gravitando sobre las teclas del piano. Al fondo de esa visión, las cortinas de terciopelo y el halo de luz que se filtra por las vidrieras esmeriladas me llevan a reparar en ella. Es, sin duda, una escena conocida. Parece esperar a que me acerque y tase sus servicios o a que levante mi mano para llamar su atención. Me abstengo de hacer cualquiera de esas cosas mientras que un olor a madera consumida sube por las escaleras y se cuela entre el humo del tabaco y el hedor del mezcal y la champaña barata. Sin que hayan transcurrido siquiera unos minutos, veo que viene hacia mí moviéndose lo suficiente para no perder la simetría de su postura inicial, reclinada groseramente sobre el piano y fumando con una de esas pitilleras que solía reconocer con gran curiosidad en las viejas películas italianas. Lejos de percatarme de lo que ello significa, giro la mirada hacia el vestíbulo en donde el fuego consume la alfombra y las lozas, trepando hasta la cornisa de las habitaciones adyacentes y creando una humareda que de seguro no tardará en entrar al salón principal. </p>



<p>Nada parece cambiar. Ni siquiera el estrépito de las vigas y los candelabros logra perturbar el raro aire que envuelve el recinto. Casi en perfecta armonía, los hechos transcurren como en una tela de cinematógrafo. Consiente de ello, avanzo un poco para tratar de descubrir el hechizo, chocar con una pared en la que mi sombra impide una fracción de la imagen: quizá la figura del pianista de cara cortada que desfallece mientras canta, acaso la mujer que segundos antes caminaba decididamente hacia mí sosteniendo entre sus dedos la colilla de un cigarrillo apagado. Puede que sólo logre tapar con mi cuerpo una fracción de escenografía o una de esas ventanas enmarcadas por el desenfado de las damas que permanecen junto a las cortinas. Me acerco a la escena con la certeza del choque, pero nada ocurre. Avanzo un poco&nbsp; más y no descubro a mi paso más que restos de colillas y botellas vacías. Evito levantar la mirada, en tanto presiento la inminencia del encuentro con la mujer a quien segundos antes no creí más que un fotograma y que pronto se encontrará frente a mí en espera de que haga lo que corresponde.</p>



<blockquote class="wp-block-quote is-layout-flow wp-block-quote-is-layout-flow">
<p>–No puedo explicarlo muy bien. Tropezar con ella en cada nueva visión ha representado la causa de mis males. Abrir la caja de Pandora fue jamás dejar de ver ese rostro que el fuego no pudo consumir del todo. Fue mirarme cada día al espejo y ver su marca repetida en mi mejilla y escuchar ese estribillo incomprensible &#8211;<em>Me has dejado en la cara, marcada como un epitafio efímero y doloroso, la seña de tu eterno amor-,</em> fue no pasar un sólo día en el cual no percibiera su cercanía y el olor de su piel y su perfume a ratos trastornado por el vaho de la nicotina y el rancio olor de un vestido alquilado.</p>
</blockquote>



<p>La escena empieza a espantarme. El hombre ha dejado de tocar y como si me instase a marcharme de allí, retira sus manos de las teclas para llevárselas a los bolsillos del frac. Saca un cigarrillo y lo pone en su boca sin encenderlo. Me acerco y le ofrezco fuego. Asiente displicente y levanta la mirada justo cuando logro encender el mechero. Iluminado de súbito por la combustión, el primer plano de su rostro me ofrece una imagen de otro mundo. Noto que me observa con cautela mientras aspira la primera bocanada, luego revisa sus partituras y se pone en pie. Me aparto de su lado ofreciéndole una venia y vuelvo a mi lugar. Su delgada silueta me lleva a recordar aquellos espantajos de otro mundo que solían verse en los cinematógrafos veracruzanos, fantasmas sanguinolentos que al despuntar la noche arribaban al puerto y se instalaban en las pantallas y los carteles jarochos. Procuro buscar alguna seña en su rostro en tanto se desplaza por el salón hasta un tapete que se impone en mitad del lugar, bajo una lámpara cuya luz no permite siquiera descifrar. Los gestos se acomodan en su semblante con la candidez de un ebrio circunspecto, con ese raro aire que se dan los melancólicos cada vez que un pensamiento turbio sustrae conformismo. Sin moverme de mi sitio, persigo sus movimientos y el notorio temblor de sus dedos que parecen estar aún tocando aquel bolero o acariciando las mejillas burdamente pintadas de la mujer que le escucha mientras su cantinela la nombra.</p>



<blockquote class="wp-block-quote is-layout-flow wp-block-quote-is-layout-flow">
<p>–Un envenenamiento, eso precisamente, un trastorno etílico, un paisaje alucinado que me mantiene ante una película que se va convirtiendo en ceniza, quizá tendido en una camilla mientras una serie de bombillas se suceden sobre mí y alguien me espera tras un par de puertas de quirófano. <em>¿Por qué te hizo el destino pecadora&#8230; si no sabes vender el corazón?</em> Quizá sólo sea una resaca en un burdel y yo siga creyendo en su llamado mientras un acorde de piano martillea mi cabeza con dolorosa persistencia.</p>
</blockquote>



<p>Dubitando unos segundos bajo la luz, aquel espectro parece examinar los dibujos enrevesados que el tapete forma a sus pies. Sin permitir que la ceniza de su cigarrillo llegue a manchar la pulcritud del único objeto que permanece a salvo del desaseo, se retira hacia una mesa para arrojar la colilla y servir algo de licor. Me veo expuesto a sus miradas cada vez que gira su cuerpo en dirección a las mujeres que vacilan entre las columnas y mantienen su atención en mí sin que yo acceda siquiera a salir de mi turbación, estado que de seguro les atrae ya que no dejan de cuchichear entre ellas cada vez que alguna pone al descubierto algo de su comprometedora anatomía. El humo que se expande sobre mi cabeza me recuerda la realidad, o al menos aquella realidad que me lleva a pensar en esos gritos, voces y llamados en off y en ese fuego que resplandece agazapado en las columnas y los dinteles que rodean la sala de estar. Tras unos segundos de sofocante calor, una suerte de placidez narcótica se apodera de mi cuerpo alejándome de cualquier brote de razón que pudiese llevarme de vuelta a la realidad, incluso el traje que llevo y la manguera que permanece en el suelo dejando escapar unas pocas gotas de agua, han dejado de colmar mi interés para sentirme empujado, y sin remedio alguno, al rol dramático que se me ofrece.</p>



<blockquote class="wp-block-quote is-layout-flow wp-block-quote-is-layout-flow">
<p>–¿Pero, qué sucedió? Ah, sí. Las imágenes que van y vienen. El cuerpo sin forma de una mujer que añoré en las noches y un fuego consumiéndome sin prisa. Este fuego de años postreros, este estúpido spleen. La daga en el pecho, la marca en la piel como un blasón hecho de mujeres siniestras. La infame música, <em>Y aquel que de tus labios la miel quiera, que pague con brillantes tu pecado, que pague con brillantes tu pecado.</em></p>
</blockquote>



<p>De improviso, y pasando por alto el peso de los atavíos que me acompañan, abandono mi postura y voy hacía una de ellas. La tomo de las muñecas obligándola a trastabillar y sin mediar palabra le llevo a una de las habitaciones. La noto conforme y presta al destino que le he planeado y no hace siquiera el ademán de resistirse por mi repentina empresa. Al ver la cama cubierta por una sabana desteñida y un viejo cuadro impresionista sobre su cabecera, me figuro uno de aquellos hostales de paso que suelen encontrarse en las afueras de la ciudad. La empujo a la cama y ella, gobernada por un brusco ataque de risa, empieza a despojarse de lo poco que lleva encima.</p>



<blockquote class="wp-block-quote is-layout-flow wp-block-quote-is-layout-flow">
<p>–Una maquina de deseo, un hijo del tiempo recobrado, una llama. Al olvidarlo todo, las marcas se fueron acentuando en mi mejilla. <em>Un solo beso que tanto esperaba me hizo creer en ti. </em>Siempre voy y luego retrocedo, me desvanezco. Me pongo en píe, recaigo, <em>Y fue su lumbre como la del sol que hiere la dorada espina, y enciende un himno que canta a la sangre cuando se es feliz.</em> Veo mis manos y un río bermejo que corre a través de sus líneas me hace perder la compostura. Alzo la mirada, todo se detiene.</p>
</blockquote>



<p>Sentí que su cuerpo desaparecía. Manteniendo mis ojos en una pequeña ventana sometida por las llamas, advierto que alguien permanece en la puerta, observándome. Levanto con suavidad la cabeza, evito virar para verle, justo cuando un intenso resplandor se abalanza sobre mí. Poseído ya por la fuerza de aquella presencia, empiezo a padecer un dolor abdominal que me obliga a recobrar mi postura horizontal sin poder siquiera levantar los brazos para defenderme. El humo y el sopor me cubren por completo, trato de moverme hacia un lado para caer de la cama, pero algo junto a mí me impide cualquier salida. Parece el cuerpo desmembrado de un maniquí, uno de esos aparejos inservibles que el calor ha empezado a corroer emanando una extraña fetidez. Reparo un poco más en él intentando moverle, hasta que una sensación de horror, la certeza de hallarme ante otra macabra jugada de la muerte, me llega al cuello atragantándome.</p>



<blockquote class="wp-block-quote is-layout-flow wp-block-quote-is-layout-flow">
<p>–Pude ver su desfigurada mueca, el canotier rosa sobre su cuerpo y un par de billetes hechos trizas entre sus dedos. El mundo volvió de repente. Fuego replegado en las paredes y en los cuadros. Fuego revolviéndolo todo, fuego acezando, fuego corroyendo, fuego devorando la carne que minutos antes había tomado entre mis manos. Fuego, fuego y más fuego. <em>Si fue limosna nada me importa, sé que su fuego puede hacer que nunca te olvides de mí.</em></p>
</blockquote>



<p>Recobro de lleno la conciencia luego de que alguien me arrastra al salón principal, mientras percibo otras voces que recorren el lugar yendo de un lado para otro. Como si el azar me jugase una mala pasada, consigo reconocer el rostro de quien segundos antes me auxiliara y que ahora me examina con pasmosa tranquilidad. Su risa, rasposa y lentamente prolongada en un gesto de agonía, me altera de tal modo que logro incorporarme de un solo intento y me retiro de su lado algo atontado por el humo que empieza a colmar el recinto. Nadie en el lugar parece preocuparse, me dirijo con precaución hacia una de las salidas hasta que un grupo de mujeres sale al paso halándome cada una hacía una dirección distinta. Finalmente, y habiéndome librado de una veintena de manos que me apresaban, la mujer del pianista me toma con fuerza del brazo y murmura algo a las demás, mirándoles con desden mientras se apartan refunfuñando hacia las ventanas. Sin siquiera buscar mi afirmativa, me hala detrás de una columna y me aprieta contra la pared acercando sus labios a los míos sin besarme. De repente el fuego está en todas partes, un beso apaciguado me inunda y el humo que va borrando su rostro me hace caer al suelo con una breve escalera de mármol ante mis ojos.</p>



<blockquote class="wp-block-quote is-layout-flow wp-block-quote-is-layout-flow">
<p>–<em>Vende caro tu amor, aventurera. Dale el precio del dolor, a tu pasado. Tus labios al besarme, impregnados dejaron los míos de un suave olor a incienso&#8230;.</em></p>
</blockquote>



<p>Escucho muy de cerca la voz del pianista, y la sensación de verme sumergido en sus palabras, me lleva a implorar su ayuda. Siento, sin embargo, que he perdido ya todas mis fuerzas y sólo llego a escuchar su canturreo mientras el mundo a mí alrededor termina por derrumbarse. Una densa niebla me envuelve y los últimos acordes alcanzan a retumbar en mis oídos como un viejo gramófono que se extingue:</p>



<p class="has-text-align-center"><em>Humo en los ojos, cuando te fuiste,</em><br><em>cuando dijiste llena de angustia ya volveré.</em><br><em>Humo en los ojos cuando partiste,</em><br><em>cuando me viste antes que a nadie, no sé porqué.</em><br><em>Humo en los ojos, al encontrarnos,</em><br><em>al abrazarnos el mismo cielo se estremeció,</em><br><em>humo en los ojos, niebla de ausencia</em><br><em>que con la magia de tu presencia se disipó.</em></p>



<blockquote class="wp-block-quote is-layout-flow wp-block-quote-is-layout-flow">
<p>–Bien, eso es todo. La pequeña caja musical me mantiene de este lado de la realidad. Qué más puedo agregar. Sí, desde luego, recuerdo mi nombre, cómo decirlo… Sólo tome nota, Ángel Agustín María Carlos Fausto Mariano Alfonso del Sagrado Corazón Lara y Aguirre del Pinto. El resto, si acaso importa, ya lo he olvidado.</p>
</blockquote>
]]></content:encoded>
        <author>Carlos Andrés Almeyda Gómez</author>
                    <category>Dirección única</category>
                <guid isPermaLink="false">https://blogs.elespectador.com/?p=122117</guid>
        <pubDate>Fri, 07 Nov 2025 05:19:46 +0000</pubDate>
                                <media:content url="https://blogsnew.s3.amazonaws.com/wp-content/uploads/2025/11/06235359/YGO7HHCYRFGUFA5OFGWWD53COE.jpg" type="image/jpeg">
                <media:description type="plain"><![CDATA[Humo en los ojos]]></media:description>
                <media:credit role="author" scheme="urn:ebu">Carlos Andrés Almeyda Gómez</media:credit>
            </media:content>
                            </item>
        <item>
        <title>Moscas en la casa</title>
        <link>https://blogs.elespectador.com/cultura/direccion-unica/moscas-en-la-casa/</link>
        <description><![CDATA[<p>Lo primero, la muerte del padre de Lina y la narración en primera persona que nos habla en confianza del duelo a partir de un ejercicio de memoria. Luego, moscas en la casa y la sensación de ser amedrentada por una sombra. Reseña de La mano que cura.</p>
]]></description>
        <content:encoded><![CDATA[
<blockquote class="wp-block-quote is-layout-flow wp-block-quote-is-layout-flow">
<figure class="wp-block-pullquote"><blockquote><p>&#8220;Soledad aprendió a identificar las señales, sobre todo por las moscas negras que precedían a los visitantes con su vuelo insistente. Las moscas anuncian cosas (&#8230;), acompañan la enfermedad, acompañan la muerte o la desgracia porque son sabias, el problema es de la gente, que no sabe entenderlas&#8221; (p. 68).</p></blockquote></figure>
</blockquote>



<figure class="wp-block-pullquote"><blockquote><p><br><em>La mano que cura</em><br>Lina María Parra Ochoa<br>Alfaguara<br>Bogotá, 2024<br>208 páginas</p></blockquote></figure>



<p>Lo primero, la muerte del padre de Lina y la narración en primera persona que nos habla en confianza del duelo a partir de un ejercicio de memoria. Luego, moscas en la casa y la sensación de ser amedrentada por una sombra, “un animal que se esconde y que parece existir” siempre agazapado en los rincones de su apartamento. &#8220;Me parece que los pasos del animal se me acercan desde el corredor”. Junto a esta presencia, más y más moscas, negras y gordas. Lina carga con una certeza: “cuando las moscas rondan, siempre traen consigo un mensaje” (p. 17).</p>



<figure class="wp-block-image aligncenter size-full is-resized"><img loading="lazy" decoding="async" width="177" height="284" src="https://blogsnew.s3.amazonaws.com/wp-content/uploads/2025/01/15175618/images-1.jpg" alt="" class="wp-image-110419" style="width:352px;height:auto" /></figure>



<p>Publicada en principio por la editorial española Tránsito dentro de su “catálogo de autoras diversas”, <em>La mano que cura </em>se alimenta de ese halo entre tenebroso y cultural donde emergen –entre rezos, violencia simbólica y hechicería–, toda clase de rituales producto de una cultura de hibridaciones y realidades ocultas. A medio camino entre la parroquia de los abuelos y los amarres, entierros, limpias y amuletos, los personajes de <em>La mano que cura</em> hacen frente a sus demonios desde dos relatos paralelos: el relato de Lina y la historia de juventud de su Moscas en la casa madre Soledad y la maestra Ana Gregoria, “una señora negra, con el pelo muy cortito, casi rapada” y con quien inicia el trasunto de toda la novela, “los poderes”.</p>



<p>Como tocada por una fuerza exterior a ella, la niña Sole heredará a la que será en unos años su hija, Lina, la capacidad de ver y hacer lo que otros no, esto desde las prácticas –en algo tenebrosas– sobre las que Ana Gregoria instruirá a su joven estudiante de quinto de primaria. Y es aquí donde nace la idea del experto curandero, el sanador, aquel que detenta los poderes, aquellos que:</p>



<blockquote class="wp-block-quote is-layout-flow wp-block-quote-is-layout-flow">
<p>&#8220;..están en todas partes y no eran nada o eran todo y eran la tierra y las raíces y los tallos y las hojas y las flores y las frutas y las semillas y lo que se pudre en la tierra y los pelos de los animales y los animales con su carne y sus huesos y su sangre y las piedras que van por el río&#8230;&#8221; (p. 28)</p>
</blockquote>



<p>Ana Gregoria y Sole, “ahí sentadas sobre la tierra, sobre los poderes, siendo los poderes” encarnarán en ellas aquel papel sanador al tiempo que la una enseñará a la otra en el arte de la brujería. <em>La mano que cura </em>irá entonces de la tercera persona de Soledad a la vida de Lina, encargada ahora de decidir qué suerte ha de tener la biblioteca de su padre muerto, y a la vez espantar moscas mientras intenta hallar alguna forma para acabar con esa sombra que la persigue. Ambas relatan su vida en los entresijos del tema principal.</p>



<p>Entonces descubrimos la postal familiar junto a la hermana de Lina, Estefanía –dedicada al cuidado animal–; la historia de amor de sus padres –ya signada como se verá por la presencia de Ana Gregoria– y los devaneos psicológicos de cada cual, fantasmas que rondan en la vigilia o el sueño para conducir la lectura al mismo punto sobre el plano.</p>



<p>Temerosa de la desgracia, Lina a menudo sobrepiensa los acontecimientos, persigue las moscas con un frasco de Raid, tal será el clima que ronda en su casa que hasta las plantas mueren de repente entre el descuido y la superstición. Al otro lado, Sole continúa en su salto en el tiempo. Las lecciones con la maestra se llenan de hierbas curativas, personas posesas y hasta brebajes de amor: “las personas buscaban a Ana Gregoria por que estaban enfermas y los médicos no podían ayudarlas” (p. 69), conflictos sin solución aparente, embarazos no deseados, otras que desean hijos pero no pueden, o madres de “niños medio estúpidos o descontrolados” por obra del diablo. Encomiada a su papel como sanadora, aparece en escena una Lina pequeña que Sole pone en manos de Ana Gregoria, “la niña nació apestada”, le dice. El juego temporal conduce la novela en una interesante espiral con la que regresaremos a algunos lugares para hallar las piezas sueltas del relato. Cementerios, un geriátrico y una Lina perseguida da a menudo por el asma, una Lina pálida “como si estuviera siempre al borde de la enfermedad”.</p>



<p>En esta búsqueda de los poderes, una Lina adulta emprende su camino hacia el quid de la novela. Aquí su reencuentro con Ana Gregoria:</p>



<blockquote class="wp-block-quote is-layout-flow wp-block-quote-is-layout-flow">
<p>&#8220;Frente a la puerta del geriátrico, siendo ya una adulta, le parece que esa infancia es cada vez más distante y gaseosa. Siente nostalgia de esa niña, como si fuera otra; quiere abrazarla cuidarla. Lleva más de diez minutos frente a la puerta sin tocar el timbre. Con la mano izquierda se agarra la medallita&#8221; (p. 86).</p>
</blockquote>



<p>Tras narrarle a Ana Gregoria de su situación,“de las moscas, de las matas del apartamento que amanecieron todas muertas, de una gotera en la canilla, del olor a humedad, de las capas de polvo (&#8230;), del raspar de uñas como de perro, siempre a sus espaldas” (p. 90), Lina inicia su proceso de limpieza, ella misma es el problema según parece, solo le queda tomar consciencia sobre sus poderes En ese proceso de cura mental, recoge algunos de sus pasos, duerme aquella noche en casa de su madre,</p>



<blockquote class="wp-block-quote is-layout-flow wp-block-quote-is-layout-flow">
<p>&#8220;&#8230;se acuesta en su cama de la infancia e inmediatamente vuelve a encontrar sus formas en el colchón viejo. En la mano tiene una piedra que le dio Ana Gregoria antes de despedirse. Piedra del fondo del río, le dijo&#8221; (p. 91).</p>
</blockquote>



<p>De regreso al paisaje truculento que rodea a Ana Gregoria, la novela salta a los años de juventud de Soledad. Aquí como la inmersión en otro capítulo intermedio plagado de amuletos, patas de gallo y la escena nocturna del campo en donde Parra Ochoa revitaliza su relato desde lo macabro del personaje transversal de la novela. Allí decide trazar una línea para marcar un antes y un después en la vida de Soledad y su instructora de brujería. Esto también como la despedida de Soledad, quien parte de su pueblo, Heliconia, mientras se aleja “sentada en la chiva, cuñada entre Esperanza [hermana suya] y un costal de café&#8230;” (p. 107).</p>



<p>Sin entrar en el spoiler, baste con decir que es precisamente en esta brecha del libro donde se conectan algunos detalles dejados entre las páginas anteriores y la imagen de Ana Gregoria cobra su mayor protagonismo, en medio de muerte, redención y venganza, “con los ojos blancos de los poderes encima de los suyos propios”. De vuelta al principio, Soledad vela junto a sus hijas a un moribundo padre. Como forma de justificar la interrelación de sus personajes, La mano que cura aborda ahora la vida de un Iván que al morir puso en situación el duelo como detonante.</p>



<p>Entonces nos hallamos frente a un nuevo tema: la telepatía. De un padre que confiesa sentirse perdido hace tiempo, enfermo y encerrado en un laberinto sin salida, Lina, de nuevo relatora en primera persona, nos pone al tanto de lo que ocurre:</p>



<blockquote class="wp-block-quote is-layout-flow wp-block-quote-is-layout-flow">
<p>&#8220;Supe entonces que me estaba pidiendo ayuda. Nunca lo dijo, no le salió de la boca, pero solo allí, al borde del abismo, me di cuenta de que el papá sabía más de lo que revelaba. Sabía de los poderes en la mamá, en mí, incluso en Estefanía. Sabía de los poderes en las manos, en la tierra. Sabía que esas cosas raras que hacía la mamá también estaban de cierta manera en él, en todo&#8221; (p. 113).</p>
</blockquote>



<p>Iván confiesa ser también un mago, y lo hace desde un lenguaje propio que nos lleva incluso a hurgar en expedientes de la Segunda Guerra o en la historia de Isaac Newton y sus estudios secretos sobre lo oculto y sus textos sacrílegos. Lina, víctima en ese instante de unos cólicos terribles, descubre en su padre los poderes: “Y solo hasta esa noche en el hospital entendí que el dolor me lo había quitado la mano que cura, la mano del papá, no las pastillas ni la aguadepanela” (p. 118).</p>



<p>La narración, que pasa ahora a los episodios librescos y el amor de Iván por el conocimiento, queda de alguna forma en manos de Estefanía, la hermana menor, amante de la ciencia como su padre. Luego, del relato constreñido a arrojar luz y pruebas sobre el pasado de Ana Gregoria junto a Sole, Lina emprende su sanación, con otro personaje que la acompaña, Babalú, una cachorrita que aparece para apaciguar el desenlace de La mano que cura. Ana Gregoria permanece recluida y Lina la visita con frecuencia para aprovechar que aún está de cuerpo presente y para que le hable de los poderes. “Solo la maestra Ana Gregoria, la perra Babalú y yo existimos en este jardín secreto”. Ana Gregoria imparte entonces su lección central:</p>



<blockquote class="wp-block-quote is-layout-flow wp-block-quote-is-layout-flow">
<p>&#8220;Una mano cura y la otra mano mata, dice. Las dos juntas son los poderes, los invocan, los contienen, los moldean como barro, ninguna es buena ni mala, por que a veces la cura es una maldición y a veces la muerte es bienvenida&#8221; (p. 163).</p>
</blockquote>



<p>Para la anhelada limpieza de Lina, aparece el momento de Estefanía. Al ponerle al tanto de lo que ocurre en la vida de su madre y hermana, inician juntas ese último ritual tras el que las cosas estarán mejor. Ana Gregoria se “desbarranca” por el abismo del olvido. Lina conserva consigo algunos amuletos y su vida junto a Sole, Estefanía y Babalú sigue su camino.</p>
]]></content:encoded>
        <author>Carlos Andrés Almeyda Gómez</author>
                    <category>Dirección única</category>
                <guid isPermaLink="false">https://blogs.elespectador.com/?p=110416</guid>
        <pubDate>Wed, 15 Jan 2025 23:03:08 +0000</pubDate>
                                <media:content url="https://blogsnew.s3.amazonaws.com/wp-content/uploads/2025/01/15175556/lina-maria.jpg" type="image/jpeg">
                <media:description type="plain"><![CDATA[Moscas en la casa]]></media:description>
                <media:credit role="author" scheme="urn:ebu">Carlos Andrés Almeyda Gómez</media:credit>
            </media:content>
                            </item>
        <item>
        <title>Ateismo y revolución: la novela como memoria y recuperación</title>
        <link>https://blogs.elespectador.com/cultura/direccion-unica/ateismo-y-revolucion-la-novela-como-memoria-y-recuperacion/</link>
        <description><![CDATA[<p>De los temas que subyacen a la vida de un profesor de sociología y política criminal, Nicolás de La Cruz Picalúa nos entrega en esta novela, algo más que un libro con un trasfondo histórico. Libro personalísimo y de género híbrido, sirve como punto de partida para hablarnos de toda una generación.</p>
]]></description>
        <content:encoded><![CDATA[
<p></p>



<p><em>Sin rumbo</em><br>Nicolás De La Cruz Picalúa<br>Edición de autor<br>200 páginas<br>Barranquilla, 2022</p>



<p>De los temas que subyacen a la vida de un profesor de sociología y política criminal, Nicolás de La Cruz Picalúa parece querer entregar en <em>Sin rumbo</em> algo más que una novela con un trasfondo histórico o el retrato de una época. Se trata más bien de una concisa y novelada crónica personal como pretexto para un libro que, desde la erudición, da cuenta de todas aquellas cuestiones tangenciales al pensamiento de izquierda y las juventudes que en sus años de universidad, aquí a través de la historia no tan reciente de Colombia, la violencia política y la vida desde la postal revolucionaria de 1979, sirven como punto de partida para hablarnos de los corrillos intelectuales y socioculturales de toda una generación. </p>



<figure class="wp-block-image size-full is-resized"><img loading="lazy" decoding="async" width="220" height="314" src="https://blogsnew.s3.amazonaws.com/wp-content/uploads/2024/07/15155419/Captura-de-Pantalla-2024-07-15-a-las-3.53.43-p.-m.png" alt="" class="wp-image-103186" style="width:650px;height:auto" srcset="https://blogsnew.s3.amazonaws.com/wp-content/uploads/2024/07/15155419/Captura-de-Pantalla-2024-07-15-a-las-3.53.43-p.-m.png 220w, https://blogsnew.s3.amazonaws.com/wp-content/uploads/2024/07/15155419/Captura-de-Pantalla-2024-07-15-a-las-3.53.43-p.-m-210x300.png 210w" sizes="auto, (max-width: 220px) 100vw, 220px" /></figure>



<p>De La Cruz, barranquillero de cuna y abogado de profesión, es también criminólogo y Especialista en Derecho Penal. Concejal y presidente del Cabildo Municipal de Sabanagrande, Atlántico, a mediados de los años setenta, además de secretario de Fomento y Desarrollo de la Gobernación del mismo departamento, ha querido desarrollar en esta novela un férreo ejercicio de memoria para, en sus propias palabras, mantener “una actitud frente a la realidad”, un poco bajo la sombra del realismo mágico, ello sin dejar de lado su intención primera, retratar un momento de su historia personal desde la ficción y la reconstrucción de un momento político específico. Vamos a la novela.</p>



<p>A partir de una narración en primera persona que funda desde el primer capitulo una postura frente a la realidad, los personajes que visitan cada momento de <em>Sin rumbo</em> arengan, se cuestionan constantemente, y revelan sus secretos a la vez que la novela se abre paso entre salones de clase, “cuadros” revolucionarios que incitan sin pausa a la beligerancia. Y inicio así esta reseña subrayando parte de la formación de De La Cruz Picalúa por cuanto <em>Sin rumbo</em> constituye, a la vez que una novela, un rastreo de los pasos de su autor: su paso por las aulas de derecho, su viaje a Italia para obtener su grado de especialización y, en suma, su permanencia en las lides de la política. Dicha intención le da a este libro su tinte tan <em>sui generis</em> por tratarse además de un libro atravesado por el ensayo, por la cátedra sucinta y la reflexión constante. Entonces leemos apartes como este: “El problema de la esencia de la vida es abordado por el materialismo, para el cual la vida, como todo el mundo restante, es de naturaleza material y no necesita para su explicación el reconocimiento de ningún principio espiritual supra material”. O “Casi todos los profesores nos repetían la misma cantaleta; y aun cuando hacían miles de giros, las ideas de fondo se podían resumir en dos palabras: Ateísmo y revolución”. Esta declaración recibe a quienes serán los personajes principales en <em>Sin rumbo</em>, cómplices y amigos que aparecen y desaparecen de escena, aquellos que configuran su relato, bien sea desde Italia o Colombia.</p>



<p>Para empezar, Isabel, candidata a la representación estudiantil, abogada e integrante del Partido Comunista; Patricia Rodríguez, estudiante de arte dramático y teatro en Roma, “encantadora criatura de finos ademanes y con unos deseos inmensos de ser actriz”; o Ana, otra amiga psicóloga. Aparecen personajes determinantes en la concreción del relato como Gloria, camarada socióloga a quien le asesinarían a su esposo, Joel. También Álvaro, Margot y otros tantos de este y del otro lado del mar; ya en Italia, De La Cruz Picalúa ingenia una interesante <em>vuelta de tuerca</em>, cambio de atmosfera fruto de su crisis de identidad ­­–como se verá–, con lo que empieza por delimitar esa <em>ars poética</em> escrita aquí a medio camino entre lo autobiográfico, el manifiesto intelectual de un estudiante y la ficción convertida al final –y que se me perdone el spoiler– en novela negra. Es así que <em>Sin rumbo</em> tiene a bien alternar el relato académico con la anécdota personal, aquí a manera de catalizador y a menudo para acotar en los pliegues de la narración principal:</p>



<p><strong>“Durante mi vida de estudiante universitario, los sábados y domingos me iba para Villa Grande, allí si, que el ron era &#8216;corrido&#8221;; desde cuando llegaba hasta cuando partía, no aflojaba la botella. Huía de la realidad por medio del alcohol, pero ni en medio de mis ensueños encontraba satisfacción. Ingería licor con los amigos para no aburrirme; sentía un vacío interior; ya bajo los efectos del licor fantaseaba en el vacío de las horas muertas”.</strong></p>



<p>Reflexiones embebidas de preguntas existenciales, de búsqueda. Algo así como quien busca un rumbo hasta conseguirlo. Entonces De La Cruz Picalúa se pregunta: “¿Cómo hablarle a estas gentes de salud, de bienestar, de vida plena, de deseo de trabajar, de progreso&#8230; si no existían para muchos de ellos las más mínimas condiciones de comodidad y desarrollo?” De alguna manera, lo que en principio se muestra bajo el cristales de la lucha y los ideales de cambio y revolución, lleva al autor a poner en duda el tinglado de toda una epistemología. Quien narra se reprende a través de la crítica, a quien “enseñaron a tenerle pena al comercio”, al capitalismo, habituado como afirma al ocio y la holgazanería, “en una palabra, me educaron para ser un mediocre, un subdesarrollado”. </p>



<p>Como en una especie de educación sentimental hecha a manera de road movie, nuestro protagonista persigue algo al parecer etéreo, aquello que lo llevará a Italia, esto es, el cambiar de escenografía y renovar sus búsquedas. Se trata de un narrador que increpa sin pausa desde el análisis sociológico o poniendo en tela de juicio la entelequia de sus ideas y nociones de historia, de arte, incluso de filosofía; su relación con los preceptos políticos y sociales, con la guerra, con la religión; de alguna manera, mantiene el paralelismo entre aquella vida en Bogotá o Sabanagrande con la vida en Roma, en Florencia, con el viejo continente que se le ofrece en todo su esplendor y decadencia. De nuevo aparecen las reflexiones como detonantes en el relato:</p>



<p><strong>“Comparaba, su ingenio con el de mis antiguos amigos colombianos y en verdad que era una lástima saber que en muchos pueblos retirados y en recónditos lugares, vegetaran tristemente y languidecieran en desilusión y abandono, hombres inteligentísimos que, de haberse desarrollado en otro ambiente social, hubieran dado frutos regalados y dulces a la humanidad. Esa era una consecuencia nefasta de las desigualdades sociales”.</strong></p>



<p>Luego de seguirse martillando la cabeza sobre el destino que ha tomado su vida, aquel recién llegado a Italia, siente que a pesar de haber cruzado el océano, el problema persistía, “ por lo tanto tendría que enfrentarme a los reproches que me hacia mi conciencia. Me reprochaba, haber dejado pasar el tiempo y no haber logrado los objetivos que me había propuesto”. Entonces se cuestiona sobre su periplo intelectual al haber empleado su tiempo “en informarme, educarme, culturizarme lo que me había impedido obtener riquezas materiales. Tenía el defecto de tomar como punto de referencia de mi progreso material, el avance que habían tenido las personas de mi edad…” En este trecho de Sin rumbo, De La Cruz Picalúa decide darle otro ritmo al relato. De diálogos sostenidos con sus nuevos amigos alrededor del sentido de la vida o inmerso en discusiones alrededor de su crisis vocacional, la novela trasciende su género y se convierte de nuevo en ensayo, en novela histórica; nace el relato dentro de otro relato y acudimos al salón de clases como al inicio de la novela. Aquí la historia del Papa Alejandro VI, junto a sus hijos Alejandro y Lucrecia, y el diálogo del príncipe Pico della Mirandola. Luego entramos al relato de la viuda Gloria, interesante salto en el relato en su juego de máscaras y su carácter híbrido. De tal forma, algunas páginas adelante, nuestro protagonista decide afincarse en Roma y el relato estático y de diálogos retoma el movimiento. Se inaugura así un nuevo episodio de esta novela como respuesta a esos devaneos psicológicos constantes. En su hibridación, de repente pasamos del discurso a la acción. Junto a un par de amigos, anota el orden del día en su nueva empresa:</p>



<p><strong>“1. Informe de comisiones: análisis económico, análisis cultural y análisis político. 2. Discusión sobre la línea a seguir frente a la situación social actual. 3. Toma de decisiones: a) Toma del poder del Estado b) Medidas para lograrlo, toma de posición. 4. Formación de la junta directiva: a) Elección b) Instalación”.</strong></p>



<p>En una suerte de nuevo relato, asistimos a reuniones, revisamos informes, actas. Seguimos al pie de la letra cada parágrafo, cada nueva acotación. De repente, la historia parece cruzarse de manera anacrónica con un narrador de vuelta a Bogotá. Un narrador inmerso en la convulsión social de un reencauchado “bogotazo”. Se trata de una campaña a la presidencia y de la muerte de un prócer: “Llegado el día de la entrevista me dirigí hacia el sitio convenido, pero, nunca podré olvidar la cara de angustia con la que un embolador bastante joven, me dio la fatal noticia”. Habían asesinado a Eliécer “¿Quién? Un hombrecito; yo lo vi; lo llevaban arrastrando la multitud y estaba ensangrentado”. La escena es caótica, vívida. La genialidad en este sentido reside en los saltos que la novela propone en su desenlace. Un proceso kafkiano para el narrador y sus compañeros de lucha. Ruido de máquinas de escribir y juzgados. Penalistas de traje desgastado, gente yendo y viniendo bajo una luz amarillenta. Carpetas del caso regadas por todas partes. De los trechos que suponíamos autobiográficos pasamos pronto a entender otra cosa. Los nombres y los hechos están de tal manera traspuestos que entendemos todo el simulacro que significaría echar mano de un personaje que finalmente descubrimos ajeno al Nicolás De La Cruz Picalúa autor, al De La Cruz estudiante de una universidad bogotana, al De La Cruz, especialista en Italia. La escena final: Hombres sentenciados injustamente. Una cárcel y un indulto. La fecha: Diciembre de 1992.</p>
]]></content:encoded>
        <author>Carlos Andrés Almeyda Gómez</author>
                    <category>Dirección única</category>
                <guid isPermaLink="false">https://blogs.elespectador.com/?p=103184</guid>
        <pubDate>Mon, 15 Jul 2024 20:57:03 +0000</pubDate>
                                <media:content url="https://blogsnew.s3.amazonaws.com/wp-content/uploads/2024/07/15154729/Nicolas-de-la-Cruz.jpg" type="image/jpeg">
                <media:description type="plain"><![CDATA[Ateismo y revolución: la novela como memoria y recuperación]]></media:description>
                <media:credit role="author" scheme="urn:ebu">Carlos Andrés Almeyda Gómez</media:credit>
            </media:content>
                            </item>
        <item>
        <title>Lo que tiene que decir un autor, lo dice en la reescritura de su memoria</title>
        <link>https://blogs.elespectador.com/cultura/direccion-unica/lo-que-tiene-que-decir-un-autor-lo-dice-en-la-reescritura-de-su-memoria/</link>
        <description><![CDATA[<p>La frase que da título a esta reseña, la tomo parafraseando el epígrafe de Patrick Suskind que abre este compilado de cuentos del escritor colombiano Federico Santodomingo Zárate (Riofrío, Magdalena, 1950), “Lo que tiene que decir un escritor lo dice en sus libros”.</p>
]]></description>
        <content:encoded><![CDATA[
<p></p>



<p><em>El tictac de las zapatilla de doña Pau</em><br><em>8 relatos densos</em><br>Federico Santodomingo Zárate<br>Edición de autor<br>60 páginas<br>Barranquilla, 2023</p>



<p>La frase que da título a esta reseña, la tomo parafraseando el epígrafe de Patrick Suskind que abre este compilado de cuentos del escritor colombiano Federico Santodomingo Zárate (Riofrío, Magdalena, 1950), “Lo que tiene que decir un escritor lo dice en sus libros”. Y es que precisamente la memoria es el detonante en estos ocho relatos breves en el ejercicio de la autoficción con acierto mediado por la reelaboración de un entorno en movimiento, desde el dejo coloquial, la cultura como escenario y toda una serie de personajes entrañables que nos cuentan de sus vidas con la secreta intención de poner el dedo sobre la yaga en lo que a idiosincrasia y realidad se refiere. Esta dicotomía funciona a manera de catalizador y es allí donde reside el principal encanto de cada lectura. Por esta razón, aparte del cuadro de costumbres, encontramos una cartografía detallada de lugares y rumbos que nos ponen en el contexto adecuado. No se puede hablar del Caribe sin su geografía. </p>



<p>Filólogo en idiomas, garciamarquiano y profeta de la novela de no ficción acuñada alguna vez por Truman Capote, a Santodomingo puede vérsele desde su imaginario atravesado por la aldea como paradigma, toda vez que su idea de la literatura acude a la realidad como representación del territorio, como testimonio de un realismo mágico en donde estos cuentos en particular cumplen un papel secular: partir de la autoficción hasta llegar al absurdo como bastión de la cultura y el sentir caribes. Es en ese entorno en el que abren paso relatos como aquel que abre y da nombre al libro, “El tictac de las zapatillas de Doña Pau”, relato alrededor de don Eduar y su doble vida, a ratos disoluta, a ratos rutinaria, aquel hombre de buenos modos que ya carnavaleado sale a muchachear los domingos, comer “donde el chino del Paseo Bolívar”. </p>



<p>En el ir y venir de la anécdota cotidiana, aparece la idea de lo que significa ser un individuo de la costa, sobrepuesto de alguna forma a cachacos y otros personajes altisonantes con los que cada cuento se abre camino entre la resaca y las canciones que aparecen a cada rato en medio de lo narrado. Es por ese rumbo que asistimos al recuerdo pregonado de afán, así, en medio de copas y risotadas. Esos tragos que luego habrán de convertirse “en tremendas trifulcas en las cuales pegaba, gritaba y echaba a todo mundo no rea􀏐irmaban el alto origen social pregonado Sin hablar de los abultados vales en la tienda. En 􀏐in, la gente se lo soportaba y sabían que con trago se habla mierda”. Y al decir mierda, creo que habría la necesidad de subrayar un elemento transversal en este libro de Federico Santodomingo, las licencias semánticas con las que, sin llegar a lo coloquial o a la caricatura, sentimos que esta suma narrativa resuma de energía. Me refiero a expresiones como “Pero el vacile estaba en el movimiento de las nalgas y el tictac de las zapatillas de Pau para darle elegancia señorial y aires de putona”; “Aunque al otro día saliese como todo un gentleman a pedir excusas…”; “Se enorgullecía como el pavo real, pecheando una inusitada trascendentalidad cachaca”; “Este es el castigo coreano. Qué rinoceronte ni que mondá”; “Ahí concluía en la tienda del cachaco, tomando Coca-Cola con pan y fumando más cada día. Tiraba varillazos aquí y acullá”; “No se te olvide –le recordé—soy de Ciénaga, tierra de putas y policías”; “Paliquear con un exalcalde conminado al presidio por paraco”. Me quedan, eso sí, un sinfín de etcéteras.</p>



<figure class="wp-block-image size-large"><img loading="lazy" decoding="async" width="652" height="1024" src="https://blogsnew.s3.amazonaws.com/wp-content/uploads/2024/07/14181023/caratula-Fede_Pagina_01-652x1024.jpg" alt="" class="wp-image-103176" srcset="https://blogsnew.s3.amazonaws.com/wp-content/uploads/2024/07/14181023/caratula-Fede_Pagina_01-652x1024.jpg 652w, https://blogsnew.s3.amazonaws.com/wp-content/uploads/2024/07/14181023/caratula-Fede_Pagina_01-191x300.jpg 191w, https://blogsnew.s3.amazonaws.com/wp-content/uploads/2024/07/14181023/caratula-Fede_Pagina_01-768x1207.jpg 768w, https://blogsnew.s3.amazonaws.com/wp-content/uploads/2024/07/14181023/caratula-Fede_Pagina_01-978x1536.jpg 978w, https://blogsnew.s3.amazonaws.com/wp-content/uploads/2024/07/14181023/caratula-Fede_Pagina_01-1303x2048.jpg 1303w, https://blogsnew.s3.amazonaws.com/wp-content/uploads/2024/07/14181023/caratula-Fede_Pagina_01-scaled.jpg 1629w" sizes="auto, (max-width: 652px) 100vw, 652px" /></figure>



<p>Del relato personal, la anécdota cómica y la idiosincrasia, pasamos sin pausa a la escenografía: las calles, los lugares conocidos, por conocer; los recuerdos enmarcados dentro de la “aldea”, o en una “ciudad donde sólo crecían las iglesias y los supermercados”. Lugares cruzados por las culturas del atlántico colombiano, caso de aquel personaje cuya intuición de sus antepasados árabes, lo llevó a esconder su dinero, acaso desde la idea de lo transcultural, lo foráneo, desde lo próximo hasta lo medianamente lejano: Combita, Bogotá, Boston o New Jersey. Es aquí donde la postal se nos muestra de manera más general: poetas, policías, estafadores, putas, proxenetas, curas y señoras en iglesia de domingo.</p>



<p>Al caso viene, por ejemplo, el cuento “Percances de un poeta en un mundo brutal”, precisamente por configurar un texto que abreva de todos los elementos centrales en la cuentistica de Santodomingo, esto es, la historia, la memoria próxima, la algarabía discursiva, los lugares y espacios del Caribe y la revelación de lo cotidiano como contexto o forma de relacionarse con el lector ajeno a esta especie de cosmogonía o ritual que supone la identidad caribe. En el entretanto, el decir constituye además una identidad. La velocidad de las palabras, los anglicismos, los términos y referencias. Esto sumado a lo que el autor cuenta entre los pliegues de cada relato:</p>



<p><strong>“Las demás parejas se entretenían con sus blackberry de todos los colores. Hay un break que me sirve para dialogar con un pariente del político anapista, el finado Musa Tarud. Allí estuvimos varias veces dialogando con él. Nunca me imaginé que esta capilla política se iba a transformar en un sitio tan in, en la ciudad”.</strong></p>



<figure class="wp-block-image size-full is-resized"><img loading="lazy" decoding="async" width="206" height="206" src="https://blogsnew.s3.amazonaws.com/wp-content/uploads/2024/07/14181221/fede2.jpg" alt="" class="wp-image-103177" style="width:649px;height:auto" srcset="https://blogsnew.s3.amazonaws.com/wp-content/uploads/2024/07/14181221/fede2.jpg 206w, https://blogsnew.s3.amazonaws.com/wp-content/uploads/2024/07/14181221/fede2-150x150.jpg 150w" sizes="auto, (max-width: 206px) 100vw, 206px" /></figure>



<p>No se cuida Santodomingo en llamar las cosas por su nombre, incluso con algunos nombres propios, universidades o momentos de nuestra permanente violencia. Desde la Uninorte hasta la cartera marca Vélez robada en un atraco masivo. Para rematar, este cuento lo hace hábilmente en una mezcla de nostalgia y borrachera: “Y Yo el iconoclasta, el irreverente, doblegado en una catedral del placer por el único pastor que siempre he reconocido, en mis mamaderas de gallo, el grand Old Parr que mis hijos, sin proponérselo, guardan ahora como una reliquia más de la violencia que nos rodea por todos los flancos a los colombianos”.</p>



<p>Es en este orbe donde cada cuento tiene a bien trasladar el resorte de la risa y la narración fluida y cómplice al terreno de lo solemne, de las tristes glorias de un país plagado de sin razón: la historia reciente y no tan reciente con la que Santodomingo remarca temas como la política y la guerra. es aquí donde el lector podrá llegar a fraternizar, eso sí, en medio de la guacherna y el calor, con personas de carne y hueso golpeadas por el absurdo. Para el caso, bien vale el cuento “Primero muerto que mamerto”:</p>



<p><strong>–Los cambios que da la luna los da la mujer también –parloteaba José Navarro, en medio de las algarabías de parranda en que todo borracho se cree cantante y solo escucha el mundo de las confesiones personales de las frustraciones del pasado.</strong></p>



<p>La lengua profana, así como el constante pulso al temperamento festivo y directo de una región, resultan aquí factores determinantes. El ridículo, la borrachera, la entelequia, la música como detonante o como testimonio, la ciudad como espejo, como puesta en escena y, sobre todo, la proeza del humor y la crítica soterrada en medio de militares, traquetos, muchachas prepago y ladrones que a menudo se preguntan: “En fin, uno nunca sabe cuándo comienza a aparecer el alma del traqueto”.</p>
]]></content:encoded>
        <author>Carlos Andrés Almeyda Gómez</author>
                    <category>Dirección única</category>
                <guid isPermaLink="false">https://blogs.elespectador.com/?p=103174</guid>
        <pubDate>Sun, 14 Jul 2024 23:12:56 +0000</pubDate>
                                <media:content url="https://blogsnew.s3.amazonaws.com/wp-content/uploads/2024/07/14180910/Captura-de-Pantalla-2024-07-14-a-las-6.08.37-p.-m.png" type="image/png">
                <media:description type="plain"><![CDATA[Lo que tiene que decir un autor, lo dice en la reescritura de su memoria]]></media:description>
                <media:credit role="author" scheme="urn:ebu">Carlos Andrés Almeyda Gómez</media:credit>
            </media:content>
                            </item>
        <item>
        <title>El cuerpo como lugar de la batalla</title>
        <link>https://blogs.elespectador.com/cultura/direccion-unica/el-cuerpo-como-lugar-de-la-batalla/</link>
        <description><![CDATA[<p>Merecedora en 2021 del Portafolio de Estímulos “Germán Vargas Cantillo” de Barranquilla, esta novela de Ibaldo Elías Fandiño propone una historia que se mueve en dos canales narrativos, a la vez que desarrolla un ejercicio metahistórico en el diario de andanzas  de un español venido a estas tierras en el año de 1568. </p>
]]></description>
        <content:encoded><![CDATA[
<p><strong>El cuerpo como lugar de la batalla</strong><br><em>Un amor imposible</em><br>Ibaldo E. Fandiño Gámez<br>Collage editores, 2021<br>Portafolio de Estímulos “Germán Vargas Cantillo”<br>Bogotá, 192 páginas</p>



<p></p>



<p><em>(…)«imaginar que el espíritu de la cacica Tahana está siempre en vela para mantener a sus amadas tierras alejadas de las influencias externas»</em></p>



<p></p>



<p>Merecedora en 2021 del Portafolio de Estímulos “Germán Vargas Cantillo” de la ciudad de Barranquilla, <em>Un amor imposible</em> del administrador de empresas y Doctor en educación Ibaldo Elías Fandiño (Barranquilla, 1969) propone una historia que se mueve en dos canales narrativos, a la vez que desarrolla un ejercicio meta histórico desde la ficción hecha diario de andanzas eróticas de un español venido a estas tierras de dios por allá en el año de 1568. Desde el relato de indias como trasunto, dos personajes transversales y omnipresentes, el clérigo Fray Luis Beltrán y el escocés John Schaw, escuchan de boca de su protagonista, la cacica Tahana, objeto y víctima del amor del sargento mayor don Juan de Salazar –y cuya esposa padece en la novela su propio viacrucis–, una historia que se va abriendo en dos vías: un narrador en tercera persona que sustenta el decurso de esta particular novela y una primera persona que hace las veces de relato tras bambalinas de lo que se construye aquí como recuperación histórica. Entre el devaneo por parajes y detalles de esa época como escenografía, el ejercicio que la narración propone es el de una novela de cariz erótico, no obstante la carga simbólica que la lleva por las truculencias del ejercicio de poder que esa relación esclavo/amo supone, pretextando su empresa al poner de manifiesto una crítica de doble sentido ante las buenas costumbres del decoro monacal, la iglesia, el status quo invasor y la religión, blasones del discurso que mantiene a flote este <em>Un amor imposible</em>.</p>



<figure class="wp-block-image size-large"><img loading="lazy" decoding="async" width="576" height="1024" src="https://blogsnew.s3.amazonaws.com/wp-content/uploads/2024/06/22145522/un-amor-imposible-576x1024.jpeg" alt="" class="wp-image-102253" srcset="https://blogsnew.s3.amazonaws.com/wp-content/uploads/2024/06/22145522/un-amor-imposible-576x1024.jpeg 576w, https://blogsnew.s3.amazonaws.com/wp-content/uploads/2024/06/22145522/un-amor-imposible-169x300.jpeg 169w, https://blogsnew.s3.amazonaws.com/wp-content/uploads/2024/06/22145522/un-amor-imposible-768x1366.jpeg 768w, https://blogsnew.s3.amazonaws.com/wp-content/uploads/2024/06/22145522/un-amor-imposible-864x1536.jpeg 864w, https://blogsnew.s3.amazonaws.com/wp-content/uploads/2024/06/22145522/un-amor-imposible.jpeg 899w" sizes="auto, (max-width: 576px) 100vw, 576px" /></figure>



<p>Al libro, publicado por Collage editores, lo inauguran dos escritos a modo de prólogo que no dudan en resaltar el talante&nbsp; sexual que mueve esta “relación” prohibida;&nbsp; por un lado lo hace Leonardo Di Mare Pareja al puntualizar: “No podía ser una obra complaciente, los pasajes heroicos no disfrazan todo el caleidoscopio de pasiones que constituyen a los hombres de carne y hueso que forjaron esta nueva tierra”, algo para decir entre pliegues que lo vivido en aquellos tiempos, más allá de una violenta invasión, cerca está de imitar una postal de Boccaccio dados aquellos pasajes non santos en los que vemos desacralizada la idea del celibato, la sodomía, la zoofilia y otra suerte de prácticas que la conjunción entre pecado y salvajismo a la vez que se relatan sin eufemismos significan también un cuestionamiento que, como se verá, llevarán la novela a escudriñar en otros temas como la libertad, la resistencia y la sublevación ante el colonizador. Di Mare pone algunos calificativos al estilo de la novela en cuanto a su apuesta amatoria: entre faenas desmesuradas o esta perla: “carácter colosal de este choque de civilizaciones” en lo que engendra algo soterradamente antropológico y político como estructura profunda de lo abiertamente sexual. Por su parte, Luis Roncallo Fandiño anota: “Esta novela tiene un estilo atrevido, desvergonzado, desmitificador, en el que sus personales dejan la piel de manera desgarradora en los actos libidinosos de los encuentros…”, y por ahí sigue la cosa hasta que, se me perdona el spoiler, toda esta incorrección llena de imágenes lúbricas y de juegos de rol vira constantemente –digamos que en espiral– hacia un terreno liberador que pone a la mujer en un lugar distinto al del objeto del deseo, la cacica asume su lugar como protagonista al deliberar sobre lo humano, con lo que pone en evidencia los vacíos morales y éticos de la corona y su séquito de usurpadores venidos al nuevo mundo para destruirlo.</p>



<p>Como sorpresa, el experimento que va del exotismo y las abluciones del cuerpo, a la guerra de castas y el halito decolonial de una pugna por el rescate de la libertad y la expulsión del hombre blanco, da a esta novela una fortaleza que en el camino convierte la postal del trópico y la animalidad imperantes –huelga decir, animalidad protagonizada sobre todo por el invasor– en una interesante apuesta, si se ve hasta qué grado empezamos como lectores a hacernos partícipes del relato y su doble lubricidad como médula del libro. Entonces concluye en su texto Roncallo Fandiño algo que entenderemos al llegar a la última parte de <em>Un amor imposible</em>: “Del final ni hablar, mejor guardar silencio”.</p>



<p>Y es esta quizá la característica principal del libro. El asistir a un relato pretextado en un tema a la sazón pintoresco e irlo descubriendo como lo que es: la postal de la naturaleza de nuestra especie. En este irse preguntando por el valor de la guerra y la campaña colonizadora, el propio Juan de Salazar llega a preguntarse por sus actos: “don Juan de Salazar empezó a cuestionarse si verdaderamente estaban librando una guerra justa. Venir a usurpar tierras ajenas ¿era compatible con los principios religiosos o, realmente, era producto de la ambición de algunos hombres, que se creían superiores sobre otros?” (p. 42). Aquí, sin embargo, los vejámenes de la confrontación son cometidos por ambos lados. De alguna manera el violentar, violar o masacrar al otro significaba vengar a los suyos. En este ritual de sangre y líquidos seminales la carga semiótica del acto parece mezclarse con premeditado efectismo con el descubrimiento continental a manera de analogía “la civilización necesitaba abrirse campo dentro de la selva”.</p>



<p>He de confesar que en lo personal suelo ser algo conservador al enfrentar episodios sexuales en la novela, por ello quizá no cito aquí las mil y una escenas que en este tenor proliferan en el libro, aunque sí doy crédito a ellas en la medida que el autor ha querido poner de relieve la relación que estas tienen con su progresivo proceso antropofágico – por llamarlo de alguna manera– en tanto el cautivo se rebela contra su opresor y en ello cualquier manifestación o juego de poder está directamente ligado a esa primera noción de violencia, derivada de la penetración y la posesión del cuerpo ajeno como propiedad y síntoma patriarcal. Por ello, la cacica resurge en este sentido para mostrarnos el trasunto de <em>Un amor imposible,</em> por lo demás un título algo engañoso, otra facultad del autor para no develarnos de entrada el desenlace de su libro. De alguna manera, la sexualidad aquí empieza a mostrarnos otra de sus facetas en cuanto el cuerpo pasivo que es mancillado se ha de convertir en un instrumento de manipulación, en una presencia que –al transformarse en arma–arrasa la proclividad masculina para llevarla al borde y erradicarla.</p>



<p>Esa es una de mis lecturas, ya sacará el lector sus propias conclusiones. Por otro lado, el exotismo, como ya fue dicho al principio, se extralimita hasta el grado de perder su aparatosa luminosidad y pronto vemos más allá de este para entender la Pacha mama y al hombre original y prehispánico, esto un poco de manera general pues Fandiño no ha querido entrar de fondo en un examen de estas características. Transcribo las últimas líneas del libro: “Fray Luis… ¿cuántos años más tenemos que esperar?… Pregunta sin respuesta. Al final, lo único que me toca hacer es contemplar la majestad del río, e imaginar que el espíritu de la cacica Tahana está siempre en vela para mantener a sus amadas tierras alejadas de la influencia externa”. Aquí Tahana es Lilith, es el pecado original, es la cautiva recuperada. El primerísimo plano sobre lo sexual ya corresponde a una discusión semántica. Lo pornográfico y lo erótico están separados por una delgada línea. Lo que debemos hacer es mirar alrededor, como lo había dicho Gesualdo Bufalino al describir a los sociólogos, aquellos que van al estadio de fútbol para mirar hacia las tribunas.</p>
]]></content:encoded>
        <author>Carlos Andrés Almeyda Gómez</author>
                    <category>Dirección única</category>
                <guid isPermaLink="false">https://blogs.elespectador.com/?p=102251</guid>
        <pubDate>Sat, 22 Jun 2024 19:55:37 +0000</pubDate>
                                <media:content url="https://blogsnew.s3.amazonaws.com/wp-content/uploads/2024/06/22145453/Sin-titulo-1-scaled.jpg" type="image/jpeg">
                <media:description type="plain"><![CDATA[El cuerpo como lugar de la batalla]]></media:description>
                <media:credit role="author" scheme="urn:ebu">Carlos Andrés Almeyda Gómez</media:credit>
            </media:content>
                            </item>
        <item>
        <title>De la crónica personal al cuento como revelación</title>
        <link>https://blogs.elespectador.com/cultura/direccion-unica/de-la-cronica-personal-al-cuento-como-revelacion/</link>
        <description><![CDATA[<p>Conviene a estos dos compilados de cuentos del escritor barranquillero Ibaldo Fandiño (1969), el mantener cierto indiscutible equilibrio entre la narración como crónica reconfigurada de ciertas idiosincrasias –en las que hábilmente se detiene para crear una ficción propia– y la necesidad de la memoria como reflexión sobre la cultura y raíces del Caribe. </p>
]]></description>
        <content:encoded><![CDATA[
<p></p>



<p style="line-height:0.2"><strong>Juventud, tesoro y promesa</strong></p>



<p style="line-height:0.2">Ibaldo Fandiño</p>



<p style="line-height:0.2">Santa Bárbara editores</p>



<p style="line-height:0.2">Barranquilla, 2019</p>



<p style="line-height:0.2">112 páginas</p>



<p style="line-height:0.2"><strong>Por el camino de los recuerdos</strong></p>



<p style="line-height:0.2">Ibaldo Fandiño</p>



<p style="line-height:0.2">Ediciones Grainart</p>



<p style="line-height:0.2">Bogotá, 2023</p>



<p style="line-height:0.2">130 páginas</p>



<p style="line-height:0.2">­</p>



<p>Conviene a estos dos compilados de cuentos del escritor barranquillero Ibaldo Fandiño (1969), el mantener cierto indiscutible equilibrio entre la narración como crónica reconfigurada de ciertas idiosincrasias –en las que hábilmente se detiene para crear una ficción propia y de un tono personal– y la necesidad de la memoria subcontinental como pretexto para seguir examinando la historia desde su propio y a ratos pintoresco punto de vista. Se trata de ir hilvanando una obra narrativa con un color único a la vez que el autor no pierde la oportunidad para llegar al precipicio de la autoficción, cuidándose sin embargo del endiosamiento o de la empalagosa primera persona con la que asistiéramos a un monólogo interminable.</p>



<p>Es en este sentido en el que se llega a su libro <em>Juventud, tesoro y promesa </em>(2019) en el que Fandiño, a la vez que crea la crónica alrededor de algunos trechos de su vida, va escribiendo su arte poética, esto es, revelando el cómo ha llegado a encontrar en la literatura una suerte de manual para su educación sentimental: rostros de infancia, de juventud, rostros familiares y ajenos, rostros ficticios, de papel, de cinematógrafo; un libro “producto de la imaginación febril que se le presenta a uno como escritor” -dice Fandiño&nbsp; por allí en la nota que abre el libro– en una “colcha de retazos cuentísticos” con la que anuncia sus amores y desamores desde el quehacer diario de la literatura, una literatura asumida como catarsis o escape, aunque siempre sumergida en el “yo” de un autor marcado por la multiplicidad de los oficios (Ibaldo es docente, escritor e investigador). Habría que hacer aquí un parangón inevitable entre este libro de relatos con su posterior libro de cuentos, publicado en 2023, <em>Por el camino de los recuerdos, </em>de alguna manera continuación de esa metamorfosis entre lo personal y el cuento como invención exterior a la experiencia propia. Nombro aquí lo personal por que en la lectura de estos o los otros relatos, sentimos una familiaridad particular en tanto se nos narra la vida de todos los días de personas comunes a nosotros, se narran así desde la naturalidad –habrá quien a ratos juzgue como vulgar el lenguaje de las conversaciones– y en ese devenir de hechos se visita un álbum familiar de repente convertido en titular de prensa roja, en esquela de colegio o en relato de tienda a media tarde de domingo junto a los amigos. Creo que aquí radica el sentido de estos relatos que deambulan por un camino distinto al de otros de los libros de Fandiño, ejemplo de <em>Un amor imposible </em>(Collage editores)<em>, </em>novela cruzada por la metaficción y la historia de la Conquista, acaso por el erotismo como pulsión, pretexto para una novela narrada desde el constante experimento de lenguaje que significa acometer una historia de choques culturales y marcados y complejos ejercicios de poder.</p>



<figure class="wp-block-image size-full"><img loading="lazy" decoding="async" width="791" height="451" src="https://blogsnew.s3.amazonaws.com/wp-content/uploads/2024/06/11162408/Captura-de-Pantalla-2024-06-11-a-las-4.23.35-p.-m.png" alt="" class="wp-image-101826" srcset="https://blogsnew.s3.amazonaws.com/wp-content/uploads/2024/06/11162408/Captura-de-Pantalla-2024-06-11-a-las-4.23.35-p.-m.png 791w, https://blogsnew.s3.amazonaws.com/wp-content/uploads/2024/06/11162408/Captura-de-Pantalla-2024-06-11-a-las-4.23.35-p.-m-300x171.png 300w, https://blogsnew.s3.amazonaws.com/wp-content/uploads/2024/06/11162408/Captura-de-Pantalla-2024-06-11-a-las-4.23.35-p.-m-768x438.png 768w" sizes="auto, (max-width: 791px) 100vw, 791px" /></figure>



<p>De vuelta a <em>Juventud, tesoro y promesa, </em>me detendré por el momento en el relato “Una extraña noche de Halloween”. Se revela quién habla al contarnos sobre su reciente libro publicado<em>, Reflexiones de ultratumba –</em>en el cuento que le sigue nos habla en cambio de <em>Entre la soledad y el olvido, </em>otro de sus libros– y se nos cuenta sobre una anécdota cuyos rasgos de crónica crean una historia paralela. En el entre tanto, mientras se nos habla de disfraces y de un rencuentro con un amigo de infancia, encontramos al escritor en vera de presentar y vender sus libros. Como pretexto, la vida simple o cotidiana de Ibaldo Fandiño entremezcla el relato entre absurdo, otras veces cómico y algunas veces metafísico –o cargado de simbologías e idiosincrasia–, de un imaginario cruzado por personajes y situaciones que nutren la anécdota de sentido. Son en su mayoría relatos breves signados por este ejercicio de mutación con el que de repente nos hallamos con Fandiño, cara a cara, o perdemos el rumbo como es debido dentro del juego de <em>knock out,</em> recurriendo aquí al término cortazariano en el que el cuento nos recibe con un derechazo cuando íbamos de la mano del autor entre la algarabía y el chisme.</p>



<p>Y hablo de hilaridad en algo ya muy usual en Fandiño en su manejo del lenguaje. A ratos andamos sobre las palabras con la afectación rigurosa de una prosa solemne hasta que de un momento a otro aparece lo gráfico, en este caso desde ese regusto que deja el erotismo cuando menos nos lo esperamos. De lo barroco llegamos sin aviso al horario para adultos y es en este tipo de esferas en las que el autor cuenta ya con un sello distintivo. Aquí la lubricidad no crea apetitos, se muestras más bien sin filtros, sin sordina (Véase su cuento “Mujer vampiro”). Resulta un asunto de semántica, ya se verá hasta qué grado sigue estando satanizado el uso del lenguaje coloquial en los asuntos de cama. Cuarenta y cinco relatos-crónica-cuentos que sirven como línea de tiempo más bien regulada por la necesidad de renombrar el entorno sin la caperuza deformante de los modales y la adultez. Creo que es por eso que los textos de este libro tienen como común denominador la palabra juventud.</p>



<p>Presentado hace apenas un año, <em>Por el camino de los recuerdos</em> retoma los elementos constitutivos de <em>Juventud, tesoro y promesa, </em>en la medida en que se escribe desde la familiaridad y logra extender sus tentáculos al terreno de la ficción pura. Por lo demás, me parece importante subrayar el aspecto Caribe, rótulo que igual sirve a la colección de relatos liderada desde la editorial Grainart para hablar de la literatura que se escribe desde el Caribe colombiano, donde –fuera del estereotipo o el sesgo regional– se profundiza en un sentir con una personalidad propia. De entrada al libro, como ocurre en cuentos como “Es mi hermana”, aparece esa fruición seminal que aborda la genitalidad en primer plano y desecha lo políticamente correcto, como viene siendo moda y ley en estos días. Algo de esto lo pude hallar como lector con la novela <em>Un amor imposible </em>en la manera en que la sexualidad se desborda y sigue manteniéndose desde unos ejercicios de poder que, en este caso, en los relatos, no esperan franquear territorios de análisis social o cultural, más que como espejo de una realidad, de una lengua franca, directa, alejada del eufemismo y la pacatería. No es mi responsabilidad analizar el uso de lo sexual como diafragma social o síntoma, por lo que es menester entender estos relatos como lo que son, relato o espejo de una sociedad en un contexto y momento específicos, embebidos, eso sí, en una variopinta baraja de problemáticas, fenómenos y estigmas socioculturales. Digamos que Fandiño, como cronista, da cuenta de lo que ve. Como autor, podrá juzgar el lector el cómo el lenguaje surge en él como revisión de un escenario cercano, tan verosímil es aquí lo que narra como la forma de nombrarlo.</p>



<p>Interesa al decurso de la narración el ver a un Fandiño que reescribe y evoca elementos de la vida de cualquier colombiano, la de cualquier otro adulto en cuya juventud existieron los Beatles o Mike Tyson. Y seguimos encontrando al Fandiño-autor en brega con ejemplares sin vender; pensando en voz alta sobre sus proyectos acabados o inacabados y trayendo a cuento sus recuerdos de infancia, su lugar de estudio, su primaria, su bachillerato, su música predilecta y sus equivocaciones. He querido entender este libro como otro momento en la línea de tiempo atras nombrada, puesto que profundiza un poco más en lo simbólico como parte de una rara “autopsicografía” en la que Fandiño es médico y paciente, algo que le da un plus al relato como psicoanálisis. De allí que asistamos como fisgones a escenas en las que se nos pone de manifiesto que estamos por enterarnos de su vida privada, de su vida puertas adentro, en casa, en el trabajo, recorriendo largos trayectos para ir al trabajo, para vacacionar. El juego sigue siendo el confundir lo cierto con lo inventado y es en este ir y venir de suposiciones donde encontramos la chispa del relato.</p>



<p>De vuelta a <em>Juventud, tesoro y promesa</em> podrá el lector encontrar un ejemplo de lo que quiero puntualizar. En su cuento “Habla con los niños” se nos revela a ratos como una discusión familiar, otras como la ensoñación de un esquizofrénico, otras como el viaje subjetivo de las especulaciones que todos hacemos cuando nos quedamos largo rato pensando en nuestra vida. Entonces encontramos la segunda persona como una aparición, acaso como si el lector tuviera el don de la omnisciencia: </p>



<p><mark class="has-inline-color has-contrast-color">“Debes hablar con los niños” (…) “Ellos dicen que tú no hablas con ellos” (…) “No te quedes anclado en el tiempo, aquellas eran otras épocas”. </mark></p>



<p><mark class="has-inline-color has-contrast-color">Creo que aquí queda al descubierto la treta que mueve y sostiene estos dos libros aquí reseñados.</mark></p>



<p>De nuevo ubicados en 2023 y en su libro <em>Por el camino de los recuerdos,</em> encuentro un poco más catalizado el entresijo de la autoficción dado que por ratos se abandona esa primera persona confesional para que el relato y la anécdota crucen esa invisible frontera y alimenten el imaginario de una suma de cuentos que también podrían verse como una larga novela constituida por breves y escarolados capítulos. En “El peor día de tu vida” encontramos ahora una tercera persona que quiere deslindar la idea del autor-protagonista. A su vez, los diálogos cobran una importancia mayor pues no están hilados a lo que se cuenta desenfadadamente en primera persona y devuelven a los personajes secundarios un lugar preponderante frente al narrador principal, aquí deslindado al parecer de lo que narra. De corrido, parece mantenerse esa tercera persona desvinculante aunque ya estemos familiarizados con un imaginario Caribe y, más que en términos generales, con Fandiño y su suspicacia para contarnos las cuestiones más simples de la forma más exagerada –y que se me perdone la ambivalencia del adjetivo– donde un exiguo hiperrealismo suele servir de atmósfera al Fandiño cuentista que narra las crónicas del Caribe. Léase su cuento “El turco Ahmed”:</p>



<p><mark class="has-inline-color has-contrast-color">“Ante esta situación, los amigos del barrio decidimos reunir la plata e invitarlo, y apenas supo que no estaba en la obligación de sacar dinero, aceptó ir. Estando allá resolvimos comer algunos fritos en las afueras de la “Ciudad de Hierro” y como era gratis, el turco completó las carimañolas y empanadas con unas butifarras, añadiendo un par de huevos que llevaba el vendedor”.</mark></p>



<figure class="wp-block-image aligncenter size-full is-resized"><img loading="lazy" decoding="async" width="258" height="374" src="https://blogsnew.s3.amazonaws.com/wp-content/uploads/2024/06/11161444/Captura-de-Pantalla-2024-06-11-a-las-4.14.17-p.-m.png" alt="" class="wp-image-101821" style="width:245px;height:auto" srcset="https://blogsnew.s3.amazonaws.com/wp-content/uploads/2024/06/11161444/Captura-de-Pantalla-2024-06-11-a-las-4.14.17-p.-m.png 258w, https://blogsnew.s3.amazonaws.com/wp-content/uploads/2024/06/11161444/Captura-de-Pantalla-2024-06-11-a-las-4.14.17-p.-m-207x300.png 207w" sizes="auto, (max-width: 258px) 100vw, 258px" /></figure>



<p>Este relato de costumbres mueve en general <em>Por el camino de los recuerdos, </em>con una mesura mayor frente a la juventud manifiesta del compilado de 2019, se hallan como huella digital las sinuosidades de quien narra, las atmósferas llenas de elementos simbólicos, el sexo como campo de batalla y la vida de cada quien como pretexto para seguirnos hablando de su vida, fingida, ficcionada o no, como una manía muy suya de quedarse anclado en el tiempo, esto para usar una de las expresiones usadas por la esposa del cuento.</p>
]]></content:encoded>
        <author>Carlos Andrés Almeyda Gómez</author>
                    <category>Dirección única</category>
                <guid isPermaLink="false">https://blogs.elespectador.com/?p=101819</guid>
        <pubDate>Tue, 11 Jun 2024 21:16:55 +0000</pubDate>
                                <media:content url="https://blogsnew.s3.amazonaws.com/wp-content/uploads/2024/06/11154857/El-escritor-Ibaldo-Fandino-prese.jpeg" type="image/jpeg">
                <media:description type="plain"><![CDATA[De la crónica personal al cuento como revelación]]></media:description>
                <media:credit role="author" scheme="urn:ebu">Carlos Andrés Almeyda Gómez</media:credit>
            </media:content>
                            </item>
        <item>
        <title>Eduardo Escobar: abordar la vida desde la experiencia literaria</title>
        <link>https://blogs.elespectador.com/cultura/direccion-unica/eduardo-escobar-abordar-la-vida-desde-la-experiencia-literaria/</link>
        <description><![CDATA[<p>Una declaración de amor por la lectura y un vertiginoso canto a sí mismo resulta ser, en esencia, este libro de ensayos de Eduardo Escobar (Envigado, Colombia, 1943, Ibidem, 2024). Cabos sueltos, la lectura como pecado original, se suma a un volumen anterior de similar factura, Cuando nada concuerda, publicado por Siglo del Hombre Editores en 2013.</p>
]]></description>
        <content:encoded><![CDATA[
<p><em>Cabos sueltos</em><br>La lectura como pecado capital<br>Eduardo Escobar<br>Editorial Eafit<br>Colección Letra x letra<br>Medellín, 2017<br>453 páginas</p>



<p>Una declaración de amor por la lectura y un vertiginoso canto a sí mismo resulta ser, en esencia, este libro de ensayos de Eduardo Escobar (Envigado, Colombia, 1943, Ibidem, 2024). <em>Cabos sueltos, la lectura como pecado original</em>, se suma a un volumen anterior de similar factura, <em>Cuando nada concuerda,</em> publicado por Siglo del Hombre Editores en 2013. Para este volumen, el autor ha reunido catorce capítulos concebidos como ensayos independientes junto a otro texto suyo al que se ha titulado, con algo de error, como prólogo. Dicho prólogo configura más bien un capítulo esencial en el derrotero de esta obra en concreto: conecta lo suscrito por el autor en su anterior obra y sirve de puente para las nuevas reflexiones que el presente volumen trae consigo, uniendo de una manera fluida el relato de su generación con el denso ensayo que se lee a través de estos dos títulos. En el volumen anterior, su editor, Ángel Nogueira Dobarro, hablaba de dicho ejercicio como un medio para “abordar su vida desde una experiencia literaria”, este segundo tomo va por el mismo camino. En <em>Cabos sueltos</em> convergen toda clase de reflexiones personales vistas desde el lente de la lectura, una lectura vívida que trashuma desde la transversalidad y la erudición, lo mismo que desde el relato de su juventud o su experiencia en el movimiento nadaísta de los años sesenta. En este sentido, bien vale una afirmación para abrir la nota. En realidad, este no es un compendio de ensayos, es más bien un gran libro personal de reflexión cuyo objeto es el de ir escribiendo un no tan temprano testamento intelectual, esto a los setenta y tantos años de edad.</p>



<figure class="wp-block-image size-full"><img loading="lazy" decoding="async" width="300" height="441" src="https://blogsnew.s3.amazonaws.com/wp-content/uploads/2024/05/07184639/Cabos-sueltos.jpeg" alt="" class="wp-image-100539" srcset="https://blogsnew.s3.amazonaws.com/wp-content/uploads/2024/05/07184639/Cabos-sueltos.jpeg 300w, https://blogsnew.s3.amazonaws.com/wp-content/uploads/2024/05/07184639/Cabos-sueltos-204x300.jpeg 204w" sizes="auto, (max-width: 300px) 100vw, 300px" /></figure>



<p>La excusa más o menos entendible para capitular este libro a manera de corpulentos ensayos, parece ser la de actuar con algo de heterodoxia y evitar la saturación pues la lista de referencias, citas y anécdotas del orden intelectual contenidas en este son en realidad apabullantes, en todo caso no parece justa esta caprichosa división pues cada apartado no constituye en sí mismo una isla. Me explico. El tono de cada uno de los quince textos que constituyen este <em>Cabos sueltos</em> es precisamente uno que no permite ni mucho menos vérseles independientemente los unos de los otros pues están conectados por el flujo de la memoria y, sobre todo, por la necesidad que llama a Eduardo Escobar a no intelectualizar más de la cuenta sobre una materia en específico sino más bien a tejer un rico anecdotario en el que obras, autores, episodios librescos o históricos, de la farándula intelectual o de la ficción enciclopédica vayan construyendo un corpus que conforme, ahora sí, su <em>ars poetica</em>: una compuesta de más personajes y actores de reparto que <em>Los Hermanos Karamazov</em> y la <em>Biblia</em> narrados al tiempo. Se trata sobre todo de nombrar a su familia literaria.</p>



<p>En el texto que Escobar ha tomado por prólogo, se revela de primera mano mucho de lo que constituyen las entrañas del nadaísmo, por lo menos de aquello que ideológicamente significara para Escobar el romper con buena parte de la literatura parroquial de aquellos años y tirarse a la calle e “instaurar una nueva barbarie atendiendo al llamado del demonio”. Bromas aparte, y volviendo siempre a la experiencia personal empiezan a dibujarse para el lector una lista de referencias y anécdotas familiares que apoyan la penitente declaración de amor de Escobar (al pasar las hojas vamos anotando un sinnúmero de autores y a la vez abriendo eventualmente un álbum fotográfico de familia), desde la relación con su padre y sus charlas sobre escritores, su desdén mutuo por la literatura que consideran “ponzoñosa” o los “libros inmundos que colman el asco”; pasando por poetas “artificiosos” como Guillermo Valencia, “señor feudal y amo de indios”, o el chiquinquireño Julio Flores, “borracho, liberal y necrófago”, hasta llegar a T.S. Eliot o Pessoa y la heteronimia, “un poeta es muchas personas al mismo tiempo cuando es auténticamente bueno”.&nbsp; De pronto en una página cualquiera encontramos una veintena de referentes con los que el lector novato deberá tener un posterior encuentro a solas. Para dar un leve ejemplo, tomo una página al azar: en su orden leo Borges, Shakespeare, Kipling, Charlie Mears, Bécquer, Flannery O’Connor, Papini, Unamuno. El libro sirve de paso para encontrar una lista de recomendados excepcionales. De la pasión de estas páginas nos queda esta oración: “Un poeta, no sé si falso o inventado, cantó que todas las mujeres son la misma mujer y que todos los poetas le escriben el mismo poema”, por ejemplo.</p>



<p>La frase que sirve como subtítulo de este <em>Cabos sueltos</em> es a su vez el título del ensayo que abre el libro tras su emocionado y vital prólogo. “La lectura como pecado capital” entraña el sentido de este libro: “Vivir es leer, es desentrañar un sistema en el abigarramiento del mundo, hallar un código que imponga un orden en la espantosa multiplicidad de los seres, la multitud de las arenas y el tumulto de las estrellas” (p. 67). La frase entera es de Escobar, y lo digo porque muchas de las grandes frases que aquí aparecen son prestadas, aparte de aquellos sendos episodios en los que el autor acomete la descripción de su vida de juventud en Antioquia, como lo hace en algunos trechos que suenan a narrativa, por ejemplo, en el ensayo “Encuentro evangélico con la novela policiaca” en donde Eduardo Escobar sale de su erudición para narrarnos en clave de novelista. De esa descripción de lo que constituye la lectura, acaso como “Paraíso artificial” muy a la usanza de Baudelaire, Escobar puede ir a cualquier cosa, aquí lo hace yendo al tema de Dios, tema que ya abordó más a fondo en su <em>Cuando nada concuerda</em>, o a la cocaína, aquella droga “nos pone en contacto con la animalidad cruda. Es una droga para la acción, para el movimiento, un ámbito propio de una sociedad de sadomasoquistas del trabajo. De gente que no sabe quedarse quieta leyendo en su casa”. Al igual lo hace al hablar sobre el alcohol, la sobriedad o la embriaguez del <em>Spleen de París.</em> La crítica soterrada ya no lo es tanto cuando quien habla no tiene empachos para decir lo que piensa, ahora parapetado tras un longevo discurso que le permite ser, junto al también nadaísta Jaime Jaramillo Escobar, la voz cantante de su generación. Ambos son los sobrevivientes más notorios y activos intelectualmente del movimiento nadaísta.</p>



<p>Dentro del libro de Escobar cabe por igual la crítica literaria, continuada tras sus primeros embates contra grupos literarios como el de “Piedra y cielo” o el llamado “Parnaso colombiano” (desde el mismo manifiesto nadaísta leído por Arango por allá en 1958 en el Café Automático de Bogotá hasta las primerísimas páginas de este libro donde Escobar da cuenta de sus desafectos hacia estas corrientes), hasta su lectura de la actual novelística de mafiosos y violencia o la sospechosa moda editorial de los relatos de guerra y secuestro&nbsp; que tanto dinero dejan en las arcas corporativas: “Entre las peores desgracias del siglo en Colombia, con los sicarios, versión moderna de los antiguos cazadores de cabezas (…) debe contar la proliferación de una escritura biliosa cuyos autores recuerdan a los basuriegos” (p. 139). Libros “perniciosos” que deben ser reemplazados por otros que eviten las palabras manidas de cada día e inauguren “otro lenguaje por inventar entre nosotros”, aquí el momento para hablar de Lous-Ferdinand Céline, de Faulkner, de Nabokov, san Agustín, Benvenuto Cellini, Santa Teresa de Ávila hasta Franck Mc Court y sus Cenizas de Ángela, relato autobiográfico cargado de tragedia pero narrado con una belleza que envidiarían aquellos productores de chatarra de los que habla Escobar en este apartado. Por allí, vuelve el crítico de poesía y el nadaísta de antaño a “tirar cagajones contra los escritores del canon”, aparecen en sus vestiduras arcaicas la figura de Eduardo Carranza, la de Eduardo Caballero Calderón, una vez más la de Julio Flores (esto en el ensayo “Escritura y desafueros”).</p>



<p>En el curso de este libro personal de Escobar, a su vez guía y manifiesto para la lectura, el autor relata episodios de su vida relacionando procesos de lectura que lo han llevado de las novelas de aventuras hasta el cómic o que lo han traído de vuelta a novelas de juventud o lecturas del colegio y lo hace desde el relato personal de una vida marcada juiciosamente por la curiosidad intelectual. En otros momentos del libro, dedica apartes más extensos a autores como Fernando González o incluso hace una interesante aproximación a los colombianos Carrasquilla, Isaacs, Jorge Zalamea o José Eustasio Rivera; rememora ya con humor cómo en Colombia “se mezclaban en la misma sopa de la sensibilidad de la casa que era la de la nación” la lectura de Rubén Darío con la de Flores. Habla de temas actuales como la guerra entre la tecnología y el soporte impreso; de García Márquez, de Lawrence Durrell, incluso dedica unas cuantas páginas a Fernando Vallejo. Como es obvio cuando se habla de escritores, habla de los libreros, dedicándole unas páginas al conocido editor medellinense Alberto Aguirre. Yendo muy de prisa, me queda por mencionar su texto sobre los compromisos de los escritores en una esfera ya más política, desde dedicarle unas líneas a William Ospina, a Eduardo Galeano o a Abad Faciolince, siempre regresando a los autores clásicos y creando ramificaciones y volviendo a referentes de toda índole. Junto a los textos de más largo aliento, aparecen tres que tienen toda la pinta de haber sido encargados como notas de diario, precisamente aquellos que cierran este <em>Cabos sueltos</em>, “Falsas identidades”, “¿Es posible traducir el Tao Te Ching?” y “Las palabras de diario”, breves, aunque igualmente llenos de bibliografía. Sobre este particular, queda por pedir a los encargados de esta cuidadosa segunda edición de Eafit, impresa en Bogotá por Javegraf (la editorial de la Universidad Javeriana), un índice onomástico. A Eduardo Escobar, quizá el jerarquizar más sus ideas en esta clase de obras reunidas o compendios, digamos que para aprovechar más todo lo que aún le queda por decir.</p>
]]></content:encoded>
        <author>Carlos Andrés Almeyda Gómez</author>
                    <category>Dirección única</category>
                <guid isPermaLink="false">https://blogs.elespectador.com/?p=100537</guid>
        <pubDate>Tue, 07 May 2024 23:46:56 +0000</pubDate>
                                <media:content url="https://blogsnew.s3.amazonaws.com/wp-content/uploads/2024/05/07184550/escobar-eduado.jpeg" type="image/jpeg">
                <media:description type="plain"><![CDATA[Eduardo Escobar: abordar la vida desde la experiencia literaria]]></media:description>
                <media:credit role="author" scheme="urn:ebu">Carlos Andrés Almeyda Gómez</media:credit>
            </media:content>
                            </item>
        <item>
        <title>Narrar es jugar sin pelota, un poco del universo Cees Nooteboom</title>
        <link>https://blogs.elespectador.com/cultura/direccion-unica/narrar-jugar-sin-pelota-poco-del-universo-cees-nooteboom/</link>
        <description><![CDATA[<p>Publicado en 2013 por la editorial española Candaya, Universo Nooteboom recoge ensayos y crítica alrededor de la obra del escritor holandés Cornelius Johannes Jacobus María Nooteboom (La Haya, 1933), como parte de una colección de homenajes a escritores contemporáneos. Juan Villoro, Roberto Bolaño, Ricardo Piglia o Enrique Vila-Matas, por ejemplo. El libro compila de esta [&hellip;]</p>
]]></description>
        <content:encoded><![CDATA[
<p>Publicado en 2013 por la editorial española Candaya, <em>Universo Nooteboom</em> recoge ensayos y crítica alrededor de la obra del escritor holandés Cornelius Johannes Jacobus María Nooteboom (La Haya, 1933), como parte de una colección de homenajes a escritores contemporáneos. Juan Villoro, Roberto Bolaño, Ricardo Piglia o Enrique Vila-Matas, por ejemplo.</p>



<span id="more-97945"></span>



<p>El libro compila de esta manera un total de 30 textos críticos sobre su trabajo literario, divididos de manera capitular para contener géneros como la crítica, la crónica, el ensayo, la poesía, la novela y la literatura de viajes, tema este que lo ha llevado de la fotografía al relato personal desde un aprendizaje secular en ocasiones dotado de tintes metafísicos.</p>



<p>Es aquí precisamente donde se nos revela el núcleo mismo de toda su obra, la búsqueda incesante de imágenes y rostros que permitan delinear una idea del hombre contemporáneo como construcción eidética de su pasado y su devenir, el Nooteboom que sirve de médium a las voces de una humanidad en tránsito permanente, un Nooteboom en estado de latencia y transformación.</p>



<p>En la práctica de lo transdisciplinar, esta treintena de poetas, novelistas, ensayistas, filósofos, académicos, traductores, críticos literarios y periodistas culturales, acercan al lector a las múltiples vidas de un viajero impenitente, un autor de naturaleza convulsa y testigo oidor de la identidad como hallazgo y conmoción. Aunque en un sentido estricto no estemos ante un autor dedicado puntualmente a hablar de nuestras debacles históricas o a condonar deudas morales o políticas desde el periodismo de guerra o la novela histórica, su interés se centra en mantener la vista puesta en las cuestiones primordiales, el hombre como víctima de su interminable búsqueda de sentido, un poco lo que en algún momento mencionara este alrededor de Borges, quien, en tiempos de la Segunda Guerra Mundial, en lugar de leer los diarios, releía a Tácito. “En ese caso él no seguía una guerra, pero pensaba sobre lo que es la guerra en general. Creó distancia, pero sin olvidar la realidad”.</p>



<figure class="wp-block-image aligncenter"><img loading="lazy" decoding="async" width="824" height="1250" src="https://blogs.elespectador.com/wp-content/uploads/2024/01/7znilxdatdqkvgjbgyfh.jpeg" alt="" class="wp-image-97948" srcset="https://blogs.elespectador.com/wp-content/uploads/2024/01/7znilxdatdqkvgjbgyfh.jpeg 824w, https://blogs.elespectador.com/wp-content/uploads/2024/01/7znilxdatdqkvgjbgyfh-99x150.jpeg 99w, https://blogs.elespectador.com/wp-content/uploads/2024/01/7znilxdatdqkvgjbgyfh-198x300.jpeg 198w, https://blogs.elespectador.com/wp-content/uploads/2024/01/7znilxdatdqkvgjbgyfh-768x1165.jpeg 768w, https://blogs.elespectador.com/wp-content/uploads/2024/01/7znilxdatdqkvgjbgyfh-675x1024.jpeg 675w" sizes="auto, (max-width: 824px) 100vw, 824px" /></figure>



<p>Así, alejado de la literatura realista, en boga para entonces en la tradición literaria holandesa, Nooteboom sale de casa a sus dieciséis años con una mochila a sus espaldas. Apenas unos años después, aparecería su novela <em>Philip y los otros,</em> de alguna manera inicio de su inacabable itinerancia. “Un día me despedí de mi madre, tomé el tren hacia Breda y una hora después me encontraba en la carretera cerca de la frontera belga con la mano alzada, y en realidad esto es lo que he venido haciendo desde entonces”, nos dice en Hotel Nómada, su libro más citado y su crónica más personal.</p>



<p><em>Universo Nooteboom</em> se abre con un apartado dedicado al Nooteboom filósofo. Primero, desde su pregunta por la realidad y el sentido de la invención, forma de errancia en la que le es posible reconocerse en el <em>otro; </em>&nbsp;luego, a través de su oficio principal: la poesía.&nbsp; “Ante todo, Nooteboom se considera poeta”, afirman Erik Haasnot y Astrid Roig en las palabras liminares del libro. “La poesía es la sede de mi empresa; el resto de mi obra son sucursales. En el centro que soy yo, está el poeta”, responde Nooteboom.</p>



<figure class="wp-block-image aligncenter is-resized"><img loading="lazy" decoding="async" width="177" height="284" src="https://blogs.elespectador.com/wp-content/uploads/2024/01/philip.jpeg" alt="" class="wp-image-97949" style="width:322px;height:auto" srcset="https://blogs.elespectador.com/wp-content/uploads/2024/01/philip.jpeg 177w, https://blogs.elespectador.com/wp-content/uploads/2024/01/philip-93x150.jpeg 93w" sizes="auto, (max-width: 177px) 100vw, 177px" /></figure>



<p>“Narrar es jugar sin pelota”, nos dice Rüdiger Safranski en su texto alrededor del autor y la filosofía, precisamente ahondando en el ejercicio de la escritura como invención. Desde la aparición de su opera prima, <em>Philip y los otros,</em> Nooteboom funda una sobreescritura de la realidad desde el ejercicio mismo de la empatía, de la conversación sostenida con el entorno como una labor de encantamiento en la que este lleva a sus creyentes a acompañarle en su cartografía móvil, a jugar en su cancha. “Quien se implica en el juego sin pelota, quizá llega a descubrir que la pelota, que no está, se vuelve cada vez más real, precisamente por su implicación en el juego. Eso mismo sirve para la narración y su magia poética”, concluye el ensayista.</p>



<p>El hechizo del juego se funda así desde una fórmula bastante singular, el paisaje y la otredad como imaginarios categóricos. En este apartado, Rüdiger lo enfatiza, sobre todo desde la <em>novela Una canción del ser y la apariencia</em>:</p>



<blockquote class="wp-block-quote is-layout-flow wp-block-quote-is-layout-flow">
<p><strong>“La constante presencia de los otros tres en su habitación, demasiado pequeña para tanta gente, le había angustiado toda la tarde antes de irse a dormir, y a eso se añadía el terrible vacío succionador del siglo que había entre su vida y la de ellos”. </strong></p>
</blockquote>



<p>Expuestos a la velocidad de la urbe y al sinsentido de su tránsito inacabable, los personajes que hablan a través de Nooteboom apuntalan –por lo general– una arquitectura bifurcada en donde la creación superará a su creador para nombrarse a sí misma. Dulcinea más que Cervantes, Hamlet por encima del dramaturgo, Fausto por encima de Goethe. El afán por dar sentido a la existencia de la que hablara Fontane. La filosofía atraviesa libros de Nooteboom como <em>Rituales</em> o <em>Desvío a Santiago.</em> Adorno, Novalis, Schopenhauer, Nietzsche, autores que aparecen y desaparecen al solaz del poeta hortónimo que presta su voz a lo largo de toda su poesía.</p>



<p>Artículo de largo aliento, el ensayo de Safranski trae a cuento un poema central en la estética del autor, “Escolástica”:</p>



<blockquote class="wp-block-quote is-layout-flow wp-block-quote-is-layout-flow">
<p><strong>&#8220;Éste es el diálogo más antiguo de la tierra.<br></strong><strong>La retórica del agua<br></strong><strong>estalla sobre el dogma de piedra.<br></strong><strong>Pero en el final invisible<br></strong><strong>solo el poeta sabe cómo acaba….&#8221;</strong></p>
</blockquote>



<p>Sigue a este primer acercamiento, el escrito por la filóloga y traductora inglesa Isabel-Clara Lorda Vidal, quien se detiene un poco en otro aspecto central en la obra del autor. Esto es, la idea de la divinidad, del ángel. El mismo ángel que podrá verse en su novela<em> Perdido el paraíso</em> y donde la estampa del <em>Ángelus novus</em> de Paul Klee revela, aparte del profundo afecto del autor por la pintura, su interés en hurgar en los entresijos de la espiritualidad como “encarnación simbólica del misterio”, aquí de la mano de <em>El paraíso perdido</em> de John Milton.</p>



<p>El siguiente apartado, la poesía, se abre con el prólogo que Pedro Alejo Gómez, escritor y director de la Casa de Poesía Silva en Bogotá, escribiera en 2012 para la antología de la obra del autor holandés, recogida bajo el nombre <em>Luz por todas partes.</em> Recuerda Pedro Alejo la relación que Nooteboom tiene con la imagen y con la idea de la vida y de la muerte. Aquí los hombres, como las ciudades son habitados infatigablemente por esta simbiosis. Reflexiona desde el paraíso de Dante para entrever esos elementos propios a la poesía de Nooteboom en los que conviven en peligrosa armonía el dios de Spinoza o el viaje como encuentro con esos otros que, a su vez, hablan del silencio, de la peregrinación a un lejano y escondido monasterio, aspectos del yo perdido en brega por constatar el sentido de la existencia. Aquí el viaje subyace a toda una poética variopinta. Pedro Alejo lo entiende de la mano de Goethe. “Nada habría más insoportable que una indefinida sucesión de días azules”. En este sentido, García de la Banda recuerda lo expresado por Safranski cuando afirma: el autor es un romántico con ironía y sin ella, un poeta filósofo, un poeta que no se deja cegar por las ideologías, que evita las abstracciones, atesora ideas, ideas que tienen un rostro, un lugar…”</p>



<figure class="wp-block-image aligncenter"><img loading="lazy" decoding="async" width="1280" height="720" src="https://blogs.elespectador.com/wp-content/uploads/2024/01/FH73BKJYGVHPDOPSOHJFZOGEBQ.jpeg" alt="" class="wp-image-97950" srcset="https://blogs.elespectador.com/wp-content/uploads/2024/01/FH73BKJYGVHPDOPSOHJFZOGEBQ.jpeg 1280w, https://blogs.elespectador.com/wp-content/uploads/2024/01/FH73BKJYGVHPDOPSOHJFZOGEBQ-150x84.jpeg 150w, https://blogs.elespectador.com/wp-content/uploads/2024/01/FH73BKJYGVHPDOPSOHJFZOGEBQ-300x169.jpeg 300w, https://blogs.elespectador.com/wp-content/uploads/2024/01/FH73BKJYGVHPDOPSOHJFZOGEBQ-768x432.jpeg 768w, https://blogs.elespectador.com/wp-content/uploads/2024/01/FH73BKJYGVHPDOPSOHJFZOGEBQ-1024x576.jpeg 1024w, https://blogs.elespectador.com/wp-content/uploads/2024/01/FH73BKJYGVHPDOPSOHJFZOGEBQ-1200x675.jpeg 1200w" sizes="auto, (max-width: 1280px) 100vw, 1280px" /></figure>



<p>De la Banda nos pone al tanto de las cuestiones primordiales en la poética de Nooteboom, una poesía muy suya y que –sin embargo– pertenece a todos, dada la contención de su escritura en tanto realidad hecha desde una voz plural, poesía cuya libertad formal le permite austeridad y que el ensayista resume en un conjunto puntual de características: “sobriedad expresiva, creatividad, musicalidad, lirismo, referencias culturales y reflexión”. De la Banda se detiene luego en otro de los libros traducidos por él, y que también fuera publicado en Colombia para esa misma época en coedición de la Casa de Poesía Silva y la Universidad de Los Andes, <em>Autorretrato de otro,</em> este, un diálogo entre la pintura y la prosa poética como ejercicio visceral en donde el autor se propone deconstruir una escena en principio turbia hasta convertirla en poema móvil, casi prosa conmovida a manera de una serie de instantáneas: “El cuchillo que lo había acompañado al bucear está junto a él en la ardiente roca, un simple objeto. A través de las gafas de buceo había visto un banco de peces verdes moviéndose como si fueran un solo cuerpo”. Se trata de una conversación que el autor mantiene con el pintor Max Neumann, “una voz sombría, aunque contenida de un realismo meticuloso, que ilumina de forma exacerbada el lado oscuro de la realidad”, agrega De la Banda a la vez que concluye, de vuelta a <em>Luz por todas partes,</em> “en este poemario, encontramos una voz que oscila entre lo lúdico y lo dramático, sin olvidar su proverbial ironía”.</p>



<figure class="wp-block-image aligncenter"><img loading="lazy" decoding="async" width="800" height="669" src="https://blogs.elespectador.com/wp-content/uploads/2024/01/noteboom_800x669.jpeg" alt="" class="wp-image-97951" srcset="https://blogs.elespectador.com/wp-content/uploads/2024/01/noteboom_800x669.jpeg 800w, https://blogs.elespectador.com/wp-content/uploads/2024/01/noteboom_800x669-150x125.jpeg 150w, https://blogs.elespectador.com/wp-content/uploads/2024/01/noteboom_800x669-300x251.jpeg 300w, https://blogs.elespectador.com/wp-content/uploads/2024/01/noteboom_800x669-768x642.jpeg 768w" sizes="auto, (max-width: 800px) 100vw, 800px" /></figure>



<p>Clara Janes, Tomás Albarejo y Santos Domínguez suman su voz a este apartado sobre la poesía de Nooteboom, ahondando de paso en aspectos como su conocimiento intrínseco en temas científicos, su amor por la pintura, la música, y sobre todo por la literatura. Clara Janes nos dice en este sentido: “Por estas páginas vemos pasar a Roberto Juarroz, Ungaretti, Rilke o Basho y Lo Ho. Pero en la trama de estos poemas hay también los hilos de una poética propia”.</p>



<p>Cierro esta rápida lectura con algunas palabras de Alberto Manguel sobre su poesía:</p>



<blockquote class="wp-block-quote is-layout-flow wp-block-quote-is-layout-flow">
<p><strong>&#8220;Los textos que específicamente llamas poemas comparten con tu prosa la constante presencia de temas preferidos y una calidad talmúdica de comentario suscitado (&#8230;) Insistes en señalarnos nuestra mortalidad&#8221;.</strong></p>
</blockquote>



<p>Obra de carácter poliédrico, cualquier disertación alrededor de la obra de Nooteboom nos llevará de vuelta a su trasunto poético, al viaje como mística catalizadora. Atrás de ello, permea la otredad a manera de formulación de su ars poética, así como la creación, siempre en forma de pregunta sobre la distancia entre la realidad y lo que para él constituye la literatura.</p>



<p>En el apartado alrededor de su novelística, Laszlo Fondenyi pone como paradigma de esta correlación un breve pasaje de la teología alemana en la que se sabe que el alma posee dos ojos, uno centrado en la eternidad y la esencia divina, mientras el oro permanece atento al paso del tiempo y las criaturas a su alrededor, aferrado también al mundo del dolor, el sufrimiento y el miedo. La referencia se centra en este aspecto, mientras el ensayista atiende algunos aspectos generales de la novela de Nooteboom, <em>Rituales,</em> hasta encontrar en sus novelas elementos que alimentan una sinergia constante entre la iluminación –como estado de gracia– y la condición humana como equipaje. De los textos del místico Johannes Tauler sobre los ojos y el alma, llegamos a la poesía. Aquí un poema sobre el también místico Angelus Silesius. Dice el poema: “Los sueños son verdad por que suceden, mentira por que nadie los ve, excepto el soñador solitario, en sus ojos tan solo de él”. Es así que los ensayos recogidos en este libro, subrayan los temas y guiños que fundamentan una obra que le mantiene como tema el precario equilibrio que significa de alguna forma la existencia, armonía que transcurre como en una pieza orquestal y en diferentes tempos, Nooteboom representa aquí diversos papeles, observa, encarna, se acomide a ser el otro o el figurante menor, “me dilato con aquello que absorbo, veo, recopilo”, declara en su Desvío a Santiago, de nuevo junto a Baruch Spinoza en su bu´squeda de la serenidad contemplativa.</p>



<p>Acompaña esta revisión, una selección de artículos breves, entre los escritos por Juan Villoro, Jesús Ferrero, Connie Palmen y otros tantos, junto a notas de prensa y otro par de escritos de Alberto Manguel, Jesús Aguado y Glenn Most. En suma, aparecen como señales de ruta para quien espere profundizar un poco más en las novelas de Nooteboom, de camino al siguiente examen, el de sus ensayos y crónicas, un apartado dedicado a breves relatos de su autoría, y un capítulo final llamado La última palabra, apartado que incluye dos entrevistas con el autor y que se abre con una de sus máximas: “Escribir es posponer la muerte”. Se trata de una conversación con Piet Piryns sobre los temas que llenan el universo particular y plural de Nooteboom: el viaje, el pasado, la memoria, los cementerios -una afortunada obsesión del autor y sobre la que ha escrito, caso del libro<em> Tumbas: De Poetas y Pensadores,</em> junto al trabajo fotográfico de su esposa Simone Sassen, la religiosidad, la arquitectura, la ciudad como epidermis y sustancia misma del caos y la multiplicidad, la filosofía como tema ulterior a sus personajes y su poesía, y, por supuesto, la creación hecha pregunta sobre el ejercicio de la existencia como dilatación del tiempo y de la muerte. Seguido de este texto, el libro cierra con una especie de conversación íntima, fraternal, y que a su vez remite un poco, huelga decir, al material audiovisual en formato DVD que acompaña este libro, “Desvío Nooteboom”, documental de Erik Haasnoot.</p>



<p>En el texto final, Alberto Manguel y Cees Nooteboom conversan sobre una y otra cosa. De las preguntas por la literatura y sus fuentes, por el cómo se escribe y qué musas o artilugios acompañan al artista, hablan de Borges, del viaje como talismán, de política, de historia, hablan del Nooteboom cardinal, nodriza de todos los personajes que se trasladan en un instante de Ámsterdam a Lisboa, historias que transcurren en São Paulo, Santiago de Compostela, Bangkok, o de personajes que se pasean conflictuados por los atascos vehiculares en una avenida de Tokio o visitan lejanas pagodas y templos, el Noteboom que visitara Colombia poco antes de esta charla con Manguel. “¿Sabes? –inquiere Manguel a Nooteboom–, es fácil encontrar símbolos en todo, pero tiene que ver con la relación que tienes con los viajes: qué es el viaje en el cual te desplazas. Tú dices en alguna parte, me parece que en <em>Hotel Nómada,</em> que te hace sentir a ti mismo en un lugar, que te encuentras en ti mismo. Están los dos sentidos, desplazarse y encontrarse a sí mismo, que es, claro, lo que hace una concha: se desplaza lentamente, pero es la casa que se mueve”. A la pregunta por su sentido de viaje, Nooteboom responde. “Otros escritores hubieran vuelto a casa, pero yo no. Visité Amazonas y Cartagena de Indias y después los volcanes de Ecuador. Bueno, es mi vida, ser en otra parte”.</p>
]]></content:encoded>
        <author>Carlos Andrés Almeyda Gómez</author>
                    <category>Dirección única</category>
                <guid isPermaLink="false">https://blogs.elespectador.com/?p=97945</guid>
        <pubDate>Mon, 22 Jan 2024 12:00:36 +0000</pubDate>
                                <media:content url="https://blogs.elespectador.com/wp-content/uploads/2024/01/Captura-de-Pantalla-2024-01-22-a-las-6.46.58-a.-m.-1.png" type="image/png">
                <media:description type="plain"><![CDATA[Narrar es jugar sin pelota, un poco del universo Cees Nooteboom]]></media:description>
                <media:credit role="author" scheme="urn:ebu">Carlos Andrés Almeyda Gómez</media:credit>
            </media:content>
                            </item>
    </channel>
</rss>