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    <title>Blogs El Espectador</title>
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    <description>Blogs gratis y diarios en El Espectador</description>
    <lastBuildDate>Wed, 06 May 2026 16:36:33 +0000</lastBuildDate>
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	<title>Diego Aretz, Bloguero de Blogs El Espectador</title>
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        <title>Primera vuelta</title>
        <link>https://blogs.elespectador.com/actualidad/las-palabras-y-las-cosas/primera-vuelta/</link>
        <description><![CDATA[<p>Dos senadores Paloma y Cepeda, y un abogado Abelardo. Tres figuras que, sin necesidad de largos prontuarios, condensan trayectorias políticas distintas y formas de entender el poder que hoy convergen en un mismo punto: la primera vuelta de una elección que, más que definir nombres, está revelando estructuras de poder. Hay una tentación recurrente en [&hellip;]</p>
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        <content:encoded><![CDATA[
<p>Dos senadores Paloma y Cepeda, y un abogado Abelardo. Tres figuras que, sin necesidad de largos prontuarios, condensan trayectorias políticas distintas y formas de entender el poder que hoy convergen en un mismo punto: la primera vuelta de una elección que, más que definir nombres, está revelando estructuras de poder.</p>



<p>Hay una tentación recurrente en el análisis político: explicar los resultados como eventos aislados, casi accidentales. Bajo esa lógica, la victoria de Gustavo Petro hace cuatro años fue tratada por muchos como una anomalía. Pero esa lectura pasa por alto algo fundamental: los movimientos políticos no ganan por casualidad; ganan porque aprenden.</p>



<p>Lo que hoy enfrenta la derecha colombiana no es simplemente una candidatura de izquierda, sino algo más incómodo: una organización. Y ese matiz cambia el eje del debate. La verdadera división ya no es entre izquierda y derecha, sino entre quienes han logrado coordinarse y quienes siguen atrapados en la fragmentación.</p>



<p>Dicho sin rodeos: las elecciones ya no las gana quien tiene la mejor idea, sino quien logra que los suyos no compitan entre sí.</p>



<p>En ese terreno, el petrismo ha sido eficaz. Ha construido disciplina, ha reducido disidencias visibles y ha alineado candidaturas sin mayores fracturas. Gustavo Petro no solo lidera; también ordena. Y esa capacidad de coordinación, más que su ideología, es hoy su principal ventaja competitiva.</p>



<p>Aquí aparece un paralelo incómodo pero analíticamente inevitable. El liderazgo de Petro dentro de su movimiento comparte rasgos estructurales con el de Álvaro Uribe en el suyo. Ambos han construido sistemas donde la figura central no es fácilmente cuestionable, donde la cohesión interna pesa más que el debate abierto. No es una coincidencia ideológica; es una convergencia funcional. En contextos polarizados, los liderazgos fuertes reducen costos de coordinación.</p>



<p>Pero esa eficiencia tiene un precio.</p>



<p>Las democracias liberales no están diseñadas para maximizar la velocidad de decisión, sino para limitar el poder. Cuando los actores políticos empiezan a tratar la democracia como herramienta —útil cuando garantiza victorias, incómoda cuando impone límites— la erosión institucional deja de ser un riesgo abstracto y se convierte en una tendencia.</p>



<p>A eso se suma un deterioro más silencioso, pero igual de profundo: la degradación de los relatos colectivos. Durante años, el país —con todas sus fracturas— compartía ciertas narrativas básicas sobre lo que era deseable, posible o incluso legítimo. Hoy esas narrativas se han fragmentado. Ya no hay un “nosotros” reconocible, sino múltiples versiones incompatibles de país conviviendo en paralelo. Cada bando construye su propio relato, su propio diagnóstico y, sobre todo, su propio sistema de validación de la realidad. El resultado no es solo desacuerdo político, sino incomunicación social. Cuando no hay relato común, el adversario deja de ser alguien con quien se discrepa y pasa a ser alguien cuya visión resulta incomprensible. Y en ese terreno, la política deja de ser negociación para convertirse en confrontación permanente.</p>



<p>En ese contexto, hay otro síntoma que suele pasar desapercibido, pero que dice mucho del momento: el desprecio creciente por las ideas. No es que no existan buenas propuestas; es que han perdido centralidad. Las mejores ideas hoy circulan en márgenes cada vez más estrechos, mientras el debate público se organiza alrededor de identidades, lealtades y emociones. Y los candidatos, que no son ingenuos, leen ese clima con precisión: si el país no premia la complejidad, no hay incentivo para ofrecerla. ¿Para qué arriesgarse con propuestas sofisticadas si lo que moviliza es la adhesión emocional? Así, la política entra en un círculo vicioso donde la pobreza del debate no es solo responsabilidad de los líderes, sino también respuesta a lo que perciben como demanda ciudadana.</p>



<p>Y ahí entra un segundo fenómeno, menos visible pero más decisivo: el péndulo político ya no es solo electoral, es emocional.</p>



<p>Cada elección no solo redefine el poder; redefine el estado de ánimo del país. La esperanza de unos se convierte en la frustración de otros. La victoria no cierra conflictos: los reconfigura. Y cuando ese péndulo se carga de emociones —rabia, revancha, expectativa— deja de oscilar suavemente.</p>



<p>Empieza a rebotar.</p>



<p>Mientras más se empuja hacia un extremo, más energía acumula el regreso. Pero ese regreso no busca equilibrio; busca compensación.Y en ese movimiento, cada victoria está sembrando una derrota más intensa en la siguiente elección.</p>



<p>La primera vuelta, entonces, no es solo una competencia entre tres nombres. Es una medición de algo más profundo: qué tan organizada está cada fuerza y qué tan cargado emocionalmente está el país.</p>



<p>El resultado inmediato dirá quién avanza. Pero la pregunta relevante es otra: ¿qué tipo de dinámica política se está consolidando?</p>



<p>Porque si la competencia deja de ser entre ideas y pasa a ser entre niveles de coordinación, y si el péndulo deja de buscar el centro para amplificar los extremos, entonces el problema ya no es quién gana esta vez.</p>



<p>Es qué tipo de país nos queda después de que alguien gane.</p>
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        <author>Diego Aretz</author>
                    <category>Las palabras y las cosas</category>
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        <pubDate>Mon, 04 May 2026 20:04:16 +0000</pubDate>
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                <media:description type="plain"><![CDATA[Primera vuelta]]></media:description>
                <media:credit role="author" scheme="urn:ebu">Diego Aretz</media:credit>
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        <title>“Mama Coca”: un fotolibro que reescribe la memoria del territorio llega a la FILBo 2026</title>
        <link>https://blogs.elespectador.com/actualidad/las-palabras-y-las-cosas/mama-coca-un-fotolibro-que-reescribe-la-memoria-del-territorio-llega-a-la-filbo-2026/</link>
        <description><![CDATA[<p>En el marco de la&nbsp;Feria Internacional del Libro de Bogotá 2026, uno de los encuentros culturales más importantes de América Latina, se abre un espacio necesario para repensar las narrativas sobre América Latina, sus territorios y sus memorias. Se trata de la conversación alrededor de&nbsp;Mama Coca, el fotolibro publicado por Raya Editorial que propone una [&hellip;]</p>
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        <content:encoded><![CDATA[
<p>En el marco de la&nbsp;Feria Internacional del Libro de Bogotá 2026, uno de los encuentros culturales más importantes de América Latina, se abre un espacio necesario para repensar las narrativas sobre América Latina, sus territorios y sus memorias. Se trata de la conversación alrededor de&nbsp;<em>Mama Coca</em>, el fotolibro publicado por Raya Editorial que propone una mirada profunda, crítica y sensible sobre la hoja de coca, más allá de los estigmas que históricamente la han rodeado.</p>



<p>La cita será el domingo 3 de mayo, de 5:30 p. m. a 6:30 p. m., en Corferias, dentro de la programación de literatura para adultos. Un encuentro que no solo invita a ver imágenes, sino a cuestionarlas.</p>



<p>La autora,&nbsp;Nadege Mazars, construye en&nbsp;<em>Mama Coca</em>&nbsp;un tejido visual donde confluyen archivo, memoria e imagen contemporánea. Su trabajo se aleja de los discursos simplificados y se adentra en los significados ancestrales de la coca: planta sagrada, símbolo de resistencia indígena y elemento central en múltiples culturas andinas. El resultado es un fotolibro que interpela, incomoda y, sobre todo, amplía la conversación.</p>



<p>Más que un objeto editorial,&nbsp;<em>Mama Coca</em>&nbsp;es una invitación a mirar el territorio desde otras perspectivas. A entender que detrás de cada hoja hay historia, identidad y disputa simbólica.</p>



<p>“Un papel clave en esta conversación lo tendrá&nbsp;Diego Aretz, quien no solo moderará el encuentro, sino que aportará una lectura crítica desde el contexto local. Su experiencia como periodista e investigador le permite tender puentes entre la obra de Mazars y las complejas realidades del país, abriendo preguntas sobre representación, política de la imagen y los discursos que han marcado la percepción de la hoja de coca.”</p>



<p>En un momento en el que las discusiones sobre territorio, extractivismo y saberes ancestrales son más urgentes que nunca, este espacio en la FILBo se perfila como una oportunidad para detenerse, observar y escuchar.</p>



<p>La invitación está abierta. Bogotá será, una vez más, el escenario donde las historias encuentran nuevas formas de ser contadas.</p>



<p></p>
]]></content:encoded>
        <author>Diego Aretz</author>
                    <category>Las palabras y las cosas</category>
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        <pubDate>Sat, 02 May 2026 21:16:19 +0000</pubDate>
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                <media:credit role="author" scheme="urn:ebu">Diego Aretz</media:credit>
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        <item>
        <title>Colombia Global: diplomacia, consenso y el lugar del país en un mundo en transición</title>
        <link>https://blogs.elespectador.com/actualidad/las-palabras-y-las-cosas/colombia-global-diplomacia-consenso-y-el-lugar-del-pais-en-un-mundo-en-transicion/</link>
        <description><![CDATA[<p>Estamos en Bogotá en el marco del lanzamiento de Colombia Global: una política exterior para la seguridad y el desarrollo. El título ya plantea una tensión interesante: cómo se conectan seguridad y desarrollo en la inserción internacional de un país. En mi caso, me interesa particularmente el desarrollo: cómo Colombia se proyecta hacia el mundo, [&hellip;]</p>
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        <content:encoded><![CDATA[
<p>Estamos en Bogotá en el marco del lanzamiento de <em>Colombia Global: una política exterior para la seguridad y el desarrollo</em>. El título ya plantea una tensión interesante: cómo se conectan seguridad y desarrollo en la inserción internacional de un país. En mi caso, me interesa particularmente el desarrollo: cómo Colombia se proyecta hacia el mundo, cómo construye reputación y cómo puede recuperar respetabilidad global. No se trata solo de diplomacia, sino de reputación, de coherencia y de futuro. En ese cruce de caminos, la conversación se vuelve inevitable: ¿qué lugar ocupa hoy Colombia en el escenario global y qué tendría que cambiar para recuperarlo?</p>



<p>Quisiera empezar por lo esencial: ¿dónde estaba Colombia hace cuatro años y dónde está hoy en materia de política exterior?</p>



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<p><strong>Guillermo Fernández de Soto:</strong><br>Es una muy buena pregunta para empezar porque obliga a mirar continuidad y ruptura. Durante décadas, Colombia tuvo una política exterior que, con diferencias entre gobiernos, funcionaba como una política de Estado. Eso significa algo muy concreto: había consensos básicos sobre los intereses nacionales y sobre cómo defenderlos en el escenario internacional.</p>



<p>No era una política perfecta, pero sí tenía una característica fundamental: la estabilidad. Existían espacios institucionales —como la Comisión Asesora de Relaciones Exteriores— donde se discutían los temas estratégicos. Había diálogo entre distintos sectores, había consulta, había continuidad.</p>



<p>Ese modelo se fue erosionando, y en los últimos años lo que vemos es una ruptura más profunda. Se abandonó la práctica del consenso, se debilitó la institucionalidad y se optó por una política exterior mucho más personalista.</p>



<p>Y esto tiene consecuencias. En política internacional, la confianza no se decreta, se construye. Y se construye con coherencia, con previsibilidad, con seriedad. Cuando un país pierde esos atributos, pierde capacidad de influencia.</p>



<p>Colombia, que había logrado una presencia importante en organismos internacionales, hoy tiene una participación más débil. No es que haya desaparecido, pero claramente ha perdido peso relativo. Y eso impacta directamente la defensa de sus intereses.</p>



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<p><strong>Andrés Rugeles:</strong><br>Yo agregaría dos elementos clave para entender el momento actual. El primero es la trayectoria. Colombia había construido, a lo largo de décadas, una reputación internacional importante. Esa reputación no dependía de un gobierno en particular, sino de una acumulación de prácticas, decisiones y participación en escenarios multilaterales.</p>



<p>Esa trayectoria entró en crisis.</p>



<p>El segundo elemento es lo que denominamos en el libro la <em>pentacrisis</em>. Tradicionalmente se hablaba de cuatro crisis internas: fiscal, salud, energía y seguridad. Nosotros proponemos una quinta: la crisis internacional.</p>



<p>La política exterior también está en crisis. Perdió el consenso, dejó de ser una política de Estado, se debilitó la carrera diplomática y se redujo la capacidad de acción internacional.</p>



<p>Esto no ocurre en el vacío. Coincide con un deterioro en seguridad —con indicadores preocupantes— y con un desafío estructural en desarrollo. América Latina está rezagada frente a metas globales como los Objetivos de Desarrollo Sostenible, y Colombia no es la excepción.</p>



<p>Por eso proponemos una recalibración estratégica hacia 2050. Y en esa recalibración hay algo importante: recuperar la lógica de los consensos globales, como ocurrió con los ODS. Ese es un aprendizaje fundamental.</p>



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<p><strong>Diego:</strong><br>El libro tiene un tono crítico, pero también propone. No es un diagnóstico pesimista, sino una invitación a corregir el rumbo. Hay una idea de que Colombia sí puede hacerlo mejor.</p>



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<p><strong>Andrés Rugeles:</strong><br>Exactamente. El libro parte de un diagnóstico, pero no se queda ahí. Propone caminos. Y lo hace desde una combinación que consideramos valiosa: rigor académico y experiencia práctica.</p>



<p>Muchas veces los análisis se quedan en la teoría o, por el contrario, en la experiencia sin marco conceptual. Aquí tratamos de unir ambas dimensiones: entender y actuar.</p>



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<p><strong>Diego:</strong><br>Hay un tema central que atraviesa todo esto: la diferencia entre política de gobierno y política de Estado. Puede sonar técnico, pero es clave. ¿Cómo explicarlo de forma sencilla?</p>



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<p><strong>Guillermo Fernández de Soto:</strong><br>La diferencia es profunda, aunque puede explicarse de manera simple. Las políticas de gobierno responden al corto plazo, a las prioridades del gobierno de turno. Las políticas de Estado responden al largo plazo y al interés nacional.</p>



<p>En política exterior, esto es crucial porque los procesos internacionales son largos. Las relaciones entre países no se construyen ni se destruyen en cuatro años. Requieren continuidad, coherencia y acumulación de confianza.</p>



<p>Por eso también impulsamos la creación del Consejo Colombiano de Relaciones Internacionales (CORI). Surgió de una inquietud concreta: el creciente interés de los jóvenes por los temas internacionales y, al mismo tiempo, la falta de espacios accesibles para formarse y participar.</p>



<p>Encontramos algo interesante: sí hay conocimiento, sí hay bibliografía, pero no siempre está conectada con nuevas generaciones. El CORI busca precisamente eso: abrir espacios, generar discusión, producir contenido en un lenguaje claro.</p>



<p>Y hay un principio que defendemos con firmeza: la política exterior no puede ideologizarse. Cuando se convierte en un instrumento ideológico, pierde eficacia y credibilidad.</p>



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<p><strong>Andrés Rugeles:</strong><br>Si uno mira los países que han logrado avances sostenidos —en desarrollo, en inserción internacional— encuentra un patrón común: construyen políticas de Estado.</p>



<p>Son países que piensan en el largo plazo. Que se preguntan qué quieren ser en 2050, incluso más allá.</p>



<p>Además, el mundo actual exige entender las megatendencias. El ascenso de Asia, el cambio climático, la revolución tecnológica, las transformaciones demográficas. Son procesos estructurales, irreversibles.</p>



<p>Un país que no se prepara para esas dinámicas queda rezagado.</p>



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<p><strong>Diego:</strong><br>Vivimos un momento de desorden global. Tensiones geopolíticas, conflictos abiertos, cuestionamientos al sistema internacional. ¿Qué debería hacer Colombia en ese contexto?</p>



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<p><strong>Guillermo Fernández de Soto:</strong><br>Hay un concepto clave: el multilateralismo.</p>



<p>Colombia ha sido históricamente un actor activo en ese sistema. Ha participado en la construcción de soluciones colectivas y ha tenido presencia relevante en distintos escenarios.</p>



<p>El multilateralismo tiene limitaciones, por supuesto. Pero sigue siendo esencial. Sin él, el mundo sería mucho más inestable.</p>



<p>Incluso con sus fallas, ha permitido coordinar acciones, establecer reglas y evitar conflictos mayores. La alternativa —un mundo sin reglas— sería mucho más peligrosa.</p>



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<figure class="wp-block-image size-large"><img fetchpriority="high" decoding="async" width="1024" height="577" src="https://blogsnew.s3.amazonaws.com/wp-content/uploads/2026/04/30161007/cori-1024x577.jpg" alt="" class="wp-image-128558" srcset="https://blogsnew.s3.amazonaws.com/wp-content/uploads/2026/04/30161007/cori-1024x577.jpg 1024w, https://blogsnew.s3.amazonaws.com/wp-content/uploads/2026/04/30161007/cori-300x169.jpg 300w, https://blogsnew.s3.amazonaws.com/wp-content/uploads/2026/04/30161007/cori-768x433.jpg 768w, https://blogsnew.s3.amazonaws.com/wp-content/uploads/2026/04/30161007/cori.jpg 1536w" sizes="(max-width: 1024px) 100vw, 1024px" /></figure>



<p><strong>Andrés Rugeles:</strong><br>Hay una idea que resume bien esto: “Es mejor ir en convoy que solos”.</p>



<p>Para un país como Colombia, es fundamental actuar junto a otros. No tiene el peso suficiente para influir de manera aislada en las grandes dinámicas globales.</p>



<p>Y además estamos en una transición. No sabemos exactamente hacia qué tipo de orden mundial vamos, pero sí sabemos que hay tensiones claras entre visiones unilateralistas y multilateralistas.</p>



<p>El libro toma una posición clara: Colombia debe apostar por el multilateralismo. Porque en un escenario dominado por el unilateralismo, Colombia tiene mucho que perder.</p>



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<p><strong>Diego:</strong><br>Voy a plantear una pregunta directa: ¿cómo puede Colombia tener buenas relaciones con China sin afectar su relación con Estados Unidos?</p>



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<p><strong>Andrés Rugeles:</strong><br>Esa es una de las preguntas centrales de la política exterior contemporánea. Y la respuesta está en dos principios: visión global y autonomía estratégica.</p>



<p>Colombia debe tener relaciones constructivas con todos los actores relevantes, pero defendiendo sus propios intereses. Eso implica evitar alineamientos automáticos.</p>



<p>La historia demuestra que es posible. Colombia ha logrado, en distintos momentos, mantener relaciones positivas con países que tienen tensiones entre sí.</p>



<p>Ahora bien, también hay realidades que no se pueden ignorar. Estados Unidos es el principal socio de Colombia en múltiples dimensiones: comercio, inversión, seguridad, migración.</p>



<p>Esa relación es estratégica y debe ser cuidada. Pero eso no impide desarrollar otras relaciones. La clave es complementar, no sustituir.</p>



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<p><strong>Diego:</strong><br>En ese contexto, ustedes proponen un “Plan Colombia 2.0”. Es una idea potente y también polémica. ¿Qué significa hoy?</p>



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<p><strong>Guillermo Fernández de Soto:</strong><br>El Plan Colombia original fue un esfuerzo integral que combinó seguridad, fortalecimiento institucional y desarrollo social, con apoyo internacional.</p>



<p>Permitió modernizar capacidades del Estado, recuperar control territorial y generar confianza internacional. Fue posible gracias a un amplio consenso interno y respaldo externo.</p>



<p>Hoy el contexto es distinto, pero los desafíos son incluso más complejos. El crimen organizado transnacional se ha diversificado: narcotráfico, minería ilegal, trata de personas, delitos ambientales.</p>



<p>Un Plan Colombia 2.0 implicaría actualizar esa estrategia: cooperación internacional renovada, fortalecimiento institucional y un componente social sólido.</p>



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<p><strong>Andrés Rugeles:</strong><br>Y añadiría algo fundamental: dimensión regional.</p>



<p>Estos problemas no son exclusivamente colombianos. Son redes transnacionales. Por eso requieren respuestas coordinadas entre países.</p>



<p>Hablamos de corresponsabilidad. Todos los actores —productores, de tránsito, consumidores— tienen un rol en la solución.</p>



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<p><strong>Diego:</strong><br>Pasemos a la institucionalidad. ¿Qué ha pasado con la carrera diplomática y cómo se puede recuperar?</p>



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<p></p>



<p><strong>Andrés Rugeles:</strong><br>Hay un fenómeno que afecta a todo el Estado: la alta rotación de funcionarios. Eso debilita la capacidad institucional porque no hay continuidad.</p>



<p>En política exterior, eso tiene un impacto especialmente fuerte.</p>



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<p><strong>Guillermo Fernández de Soto:</strong><br>Además, ha habido un discurso que deslegitima el servicio exterior. Eso afecta la moral de quienes representan al país.</p>



<p>Y aun así, muchos funcionarios han seguido cumpliendo su labor con profesionalismo.</p>



<p>La recuperación pasa por fortalecer la institucionalidad: respetar la carrera diplomática, profesionalizarla, darle estabilidad y reconocimiento.</p>



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<p><strong>Andrés Rugeles:</strong><br>El libro propone varias acciones concretas: revitalizar el servicio exterior, reactivar la Comisión Asesora de Relaciones Exteriores y lanzar una nueva misión de política exterior.</p>



<p>El consenso no aparece por sí solo. Hay que construirlo deliberadamente.</p>



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<p><strong>Diego:</strong><br>Para cerrar, una pregunta necesaria: ¿hay algo positivo que reconocer del gobierno actual en política exterior?</p>



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<p><strong>Andrés Rugeles:</strong><br>Sí, y es importante decirlo. Hay un interés por ampliar la política exterior hacia el sur global.</p>



<p>Eso es valioso y debe mantenerse. Colombia tiene oportunidades importantes en ese espacio en términos de cooperación, intercambio y posicionamiento.</p>



<p>El punto es cómo se hace. No debe plantearse como una sustitución de relaciones tradicionales, sino como un complemento.</p>



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<p><strong>Diego:</strong><br>Entonces, ¿cuál sería la invitación final?</p>



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<p><strong>Andrés Rugeles:</strong><br>La invitación es a pensar globalmente y actuar estratégicamente. A construir una política exterior que sea verdaderamente de Estado: con visión de largo plazo, basada en consensos y orientada a defender los intereses nacionales.</p>



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<p><strong>Diego:</strong><br>Hay algo que atraviesa toda esta conversación y que me gustaría profundizar un poco más antes de cerrar, y es el tema de la credibilidad internacional. Porque más allá de los conceptos —multilateralismo, autonomía estratégica, política de Estado— al final todo se traduce en una pregunta muy concreta: ¿confían o no confían los demás países en Colombia?</p>



<p>Y ahí hay algo interesante, porque la credibilidad no es un discurso, es una acumulación de comportamientos. Es consistencia en el tiempo. Es previsibilidad. Es también la capacidad de cumplir lo que se promete.</p>



<p>¿Cómo se reconstruye esa credibilidad cuando se ha deteriorado?</p>



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<p><strong>Guillermo Fernández de Soto:</strong><br>Esa es una pregunta fundamental. La credibilidad, como usted bien lo dice, no se decreta. Se construye. Y toma tiempo.</p>



<p>Se construye a partir de decisiones coherentes, de mensajes claros, de una conducta internacional que sea predecible. Los países observan, comparan, evalúan. Y cuando perciben cambios abruptos, contradicciones o falta de continuidad, naturalmente se vuelven más cautelosos.</p>



<p>Recuperar la credibilidad implica volver a los principios básicos: seriedad, consistencia y respeto por los compromisos internacionales. Implica también reconstruir canales de diálogo que se han debilitado.</p>



<p>Y hay algo muy importante: la credibilidad no solo se construye hacia afuera, también se construye hacia adentro. Si no hay consenso interno, es muy difícil proyectar una imagen sólida hacia el exterior.</p>



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<p><strong>Andrés Rugeles:</strong><br>Yo añadiría un elemento adicional: la credibilidad hoy está profundamente conectada con la capacidad de ejecución. No basta con tener buenas ideas o buenos discursos. Lo que cuenta es la capacidad de implementar políticas, de mostrar resultados.</p>



<p>En el escenario internacional, los países valoran a aquellos socios que son confiables no solo en lo que dicen, sino en lo que hacen.</p>



<p>Por eso el libro insiste tanto en la institucionalidad. Sin instituciones fuertes, es muy difícil sostener una política exterior consistente en el tiempo.</p>



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<p><strong>Diego:</strong><br>Y ahí entra otro punto que me parece interesante: la relación entre política interna y política exterior. A veces se habla de ellas como si fueran mundos separados, pero claramente no lo son.</p>



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<p><strong>Andrés Rugeles:</strong><br>Totalmente. La política exterior es, en gran medida, una extensión de la política interna. Un país que tiene problemas estructurales no resueltos —en seguridad, en desarrollo, en gobernabilidad— va a reflejar esas tensiones en su acción internacional.</p>



<p>Por eso hablamos de la pentacrisis. No es posible aislar la política exterior de lo que ocurre internamente. Todo está conectado.</p>



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<p><strong>Guillermo Fernández de Soto:</strong><br>Y en ese sentido, la política exterior puede ser también una herramienta para apoyar soluciones internas. No es solo un reflejo, es también un instrumento.</p>



<p>Colombia ha tenido momentos en los que utilizó su política exterior de manera estratégica para fortalecer procesos internos, para atraer cooperación, para posicionar agendas.</p>



<p>Eso es algo que hay que recuperar: entender la política exterior no como un escenario de discurso, sino como un instrumento concreto al servicio del país.</p>



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<p><strong>Diego:</strong><br>Hay una última idea que me gustaría dejar sobre la mesa, y es la del tiempo. Porque muchas de las cosas que ustedes plantean —consenso, institucionalidad, reputación— no se construyen rápidamente.</p>



<p>En un entorno político donde todo es inmediato, donde todo se mide en ciclos cortos, ¿cómo se vuelve a introducir esa lógica de largo plazo?</p>



<hr class="wp-block-separator has-alpha-channel-opacity" />



<p><strong>Andrés Rugeles:</strong><br>Ese es uno de los grandes desafíos. Volver a introducir el largo plazo en la toma de decisiones.</p>



<p>Y eso requiere liderazgo, pero también requiere pedagogía. Explicar por qué ciertas decisiones no tienen resultados inmediatos, pero son necesarias.</p>



<p>Requiere también construir acuerdos amplios. Porque el largo plazo solo es posible si hay continuidad, y la continuidad solo es posible si hay consenso.</p>



<hr class="wp-block-separator has-alpha-channel-opacity" />



<p><strong>Guillermo Fernández de Soto:</strong><br>Al final, se trata de algo muy sencillo pero muy profundo: pensar en el país más allá del gobierno de turno.</p>



<p>Si logramos recuperar esa lógica, es posible reconstruir no solo la política exterior, sino también la confianza, la credibilidad y la capacidad de Colombia para actuar en el mundo con seriedad.</p>
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        <author>Diego Aretz</author>
                    <category>Las palabras y las cosas</category>
                <guid isPermaLink="false">https://blogs.elespectador.com/?p=128556</guid>
        <pubDate>Thu, 30 Apr 2026 21:10:46 +0000</pubDate>
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                <media:description type="plain"><![CDATA[Colombia Global: diplomacia, consenso y el lugar del país en un mundo en transición]]></media:description>
                <media:credit role="author" scheme="urn:ebu">Diego Aretz</media:credit>
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                            </item>
        <item>
        <title>“Guernica no fue un accidente: fue un experimento” Fermín Goñi</title>
        <link>https://blogs.elespectador.com/actualidad/las-palabras-y-las-cosas/guernica-no-fue-un-accidente-fue-un-experimento-fermin-goni/</link>
        <description><![CDATA[<p>En El hombre de la Leica, el autor Fermín Goñi se aleja de los relatos habituales sobre la Guerra Civil española para mirar donde menos se ha querido mirar: no tanto el dolor de las víctimas —ampliamente narrado—, sino los mecanismos que hicieron posible la violencia. El poder, el lenguaje, las decisiones frágiles y los [&hellip;]</p>
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        <content:encoded><![CDATA[
<p>En <em>El hombre de la Leica</em>, el autor Fermín Goñi se aleja de los relatos habituales sobre la Guerra Civil española para mirar donde menos se ha querido mirar: no tanto el dolor de las víctimas —ampliamente narrado—, sino los mecanismos que hicieron posible la violencia. El poder, el lenguaje, las decisiones frágiles y los azares que, acumulados, terminaron por romper un país.</p>



<p>Hay algo en esta conversación que dialoga con la historia de Colombia. Hay algo que conecta ambas experiencias: la violencia que deja huellas abiertas, los desaparecidos, las memorias en disputa y los relatos que intentan ordenar —o encubrir— lo ocurrido. Tal vez por eso esta conversación no ocurre desde la distancia, sino desde una cercanía inevitable. Nos sentamos en Bogotá como quien cruza dos historias que, sin ser iguales, se reconocen en sus preguntas.</p>



<p>Lejos de la idea de un plan perfecto o de una historia inevitable, Goñi propone una lectura incómoda: la guerra como una suma de improvisaciones y ambiciones, cuyo sentido fue ordenado después por el relato oficial. En esta conversación —realizada en el marco de la Feria Internacional del Libro de Bogotá—, el autor reflexiona sobre memoria, verdad y el papel de la literatura frente a un pasado que sigue en disputa.</p>



<p><strong>Diego: Este libro incomoda porque sugiere que la Guerra Civil no fue el resultado de un plan perfecto ni de un solo hombre, sino de una suma de decisiones frágiles, relatos interesados y azares que pudieron haber sido distintos. Al leerlo, uno siente que el foco no está tanto en las víctimas —cuyo dolor ya ha sido ampliamente retratado—, sino en los mecanismos que las producen. Como si te interesara menos el dolor conocido y más entender qué poder lo hizo posible, cómo se construyó y qué estructura permitió ese horror. ¿Qué permitió que todo esto sucediera a la vista de la República y de quienes querían una España distinta?</strong></p>



<p>Es una pregunta difícil de responder, pero hay una explicación clara: quienes dieron el golpe de Estado controlaban una parte decisiva del ejército, especialmente el que estaba en acción en el norte de África. Hay que recordar que en 1936 España tenía presencia allí, y esos militares —los africanistas— fueron los que se sumaron a la rebelión.</p>



<p>A ellos se unieron tropas marroquíes que actuaban con una violencia brutal. Llegaban a las poblaciones y no disparaban: estrangulaban o degollaban. Eso explica la enorme cantidad de muertos en pueblos pequeños. En las grandes ciudades, como Madrid, hubo resistencia hasta el final, pero a costa de una destrucción casi total.</p>



<p>Fue una guerra de exterminio. Franco tenía el control mucho antes de que terminara la guerra, pero no quería solo ganar: quería arrasar para construir, desde las ruinas, su idea de España, esa “una, grande y libre”. Y eso es importante entenderlo: no fue solo una guerra por el poder, fue una guerra para rehacer el país desde cero, eliminando al adversario.</p>



<p><strong>Y en esa línea, hay algo muy interesante en cómo retratas a los personajes, incluso a Franco. No los idealizas, pero tampoco los reduces a caricaturas. Los humanizas sin absolverlos. Por ejemplo, Mola dice en la novela: “Soy un muerto viviente”. ¿De dónde viene esa idea?</strong></p>



<p>Responde a una anécdota real. Mola era un gran aficionado a la fotografía, pero evitaba ser fotografiado porque creía que le traía mala suerte. Solo aceptó una vez, en el norte de África, y ese mismo día bombardearon el campamento español. Hubo muchos muertos y él sobrevivió. A partir de ahí decía que era un “muerto viviente”, alguien que ya debería haber muerto.</p>



<p>Ese tipo de detalles me interesa mucho porque rompe la imagen monolítica del personaje. No para justificarlo, sino para mostrarlo en su complejidad, en sus supersticiones, en sus miedos. Ahí también hay humanidad, aunque esa humanidad conviva con decisiones terribles.</p>



<p><strong>Quiero preguntarte algo más complejo, incluso incómodo: ¿cómo es, desde lo ético y lo emocional, humanizar a personajes que ejercieron tanta violencia, sobre todo cuando esta historia toca a tu propia familia?</strong></p>



<p>Yo no supe lo que había pasado en mi familia hasta que fui bastante mayor. Nadie nos dijo nada. Ni a mis hermanos ni a mí. Nos llamaba la atención, por ejemplo, tener familia en Venezuela y no entender por qué, o no haber conocido a nuestro abuelo.</p>



<p>Cuando empecé a pensar esta novela, desconocía la magnitud de lo ocurrido. Luego supimos que habíamos sido una de las familias más represaliadas: nos quitaron la casa, las tierras, todo.</p>



<p>Si lo hubiera sabido antes, no habría escrito esta novela. Y eso es importante decirlo con honestidad. Porque una cosa es mirar la historia con distancia y otra muy distinta escribir desde la herida directa. Podría contar esa historia —es profundamente desgarradora, con condenas a muerte y campos de concentración—, pero no quiero hacerlo. Prefiero pasar página, aunque eso no significa olvidar. Significa no quedar atrapado ahí.</p>



<p><strong>En la novela aparece una idea muy potente: el golpe no como un plan perfecto, sino como una suma de decisiones improvisadas, egos, dudas. Como si quisieras desmontar la idea de que la guerra era inevitable o que quienes la hicieron sabían exactamente lo que hacían.</strong></p>



<p>Exactamente. No sabían ni siquiera cuántos iban a estar con ellos. Pensaban que en siete días conquistarían España. Eso lo dijo Mola en repetidas ocasiones. Pero la guerra duró tres años, seguida de cuarenta de dictadura, y dejó a España como uno de los países más atrasados de Europa en 1975.</p>



<p>Ese contraste es clave: la idea de una operación rápida que se convierte en una tragedia prolongada. Ahí es donde el azar, la improvisación y también la ambición juegan un papel enorme. Nada estaba tan claro como después se quiso contar.</p>



<p><strong>Además, planteas que la Guerra Civil fue, en cierto modo, un laboratorio para la Segunda Guerra Mundial. ¿Qué implica pensarla así?</strong></p>



<p>Implica asumir que lo que ocurrió en España no fue solo un conflicto interno. Los alemanes y los italianos, sobre todo los alemanes, utilizaron el territorio español para ensayar su maquinaria de guerra contra población real. Guernica es el ejemplo más claro.</p>



<p>Era una ciudad sin valor estratégico, fuera del mapa militar, y la destruyeron completamente. Allí probaron bombas incendiarias, bombas en cadena, todo tipo de armamento para medir su capacidad destructiva. Eso lo reconoció Göring en el juicio de Núremberg: España fue un laboratorio.</p>



<p>Y eso cambia la perspectiva: ya no es solo una guerra civil, es también un anticipo de lo que vendría después en Europa.</p>



<p><strong>Uno siente también que hay un gesto político en la novela: desmontar ese relato posterior que ordena el caos y construye la figura de Franco como inevitable, casi como si la historia hubiera sido escrita a su medida.</strong></p>



<p>Sin duda, pero ese relato lo construyó él mismo. Franco se autoproclamó jefe del Estado modificando una ley que lo nombraba solo jefe de gobierno. Su entorno eliminó la figura de gobierno y dejó “Estado”, convirtiéndolo en algo parecido a un monarca.</p>



<p>Ahí se ve muy bien cómo el lenguaje no es neutro. Cambiar una palabra cambia toda la estructura del poder. Y ese tipo de operaciones son fundamentales en los regímenes autoritarios.</p>



<p><strong>Y ahí el lenguaje aparece como un arma: patria, orden, cruzada, “salvar a España”… pero nunca se aclara de qué.</strong></p>



<p>De “los otros”. Y “los otros” es cualquiera que no piense como tú. Es una categoría abierta, difusa, que permite incluir a quien convenga en cada momento. Eso es muy peligroso porque deshumaniza y legitima la violencia.</p>



<p>Antes de que haya violencia física, hay una violencia en el lenguaje. Se prepara el terreno. Se construye un enemigo. Y cuando ese enemigo ya no es una persona concreta, sino una idea, un grupo abstracto, entonces todo es posible.</p>



<p><strong>Eso resuena con discursos actuales, incluso fuera de España.</strong></p>



<p>Claro, porque esos mecanismos no han desaparecido. Afortunadamente, hoy no se dan las condiciones estructurales de entonces en España, pero el lenguaje sigue funcionando de formas muy parecidas. Y eso exige estar alerta.</p>



<p><strong>Hay momentos en los que incluso parece que te burlas de Franco, por ejemplo cuando reparte títulos nobiliarios a sus generales, como si intentara construir una aristocracia artificial.</strong></p>



<p>Es que es ridículo. Un dictador que no es rey otorgando títulos como si lo fuera. Era una nostalgia imperial, una fantasía de grandeza que no tenía sustento real. Pero al mismo tiempo es revelador: muestra hasta qué punto necesitaban construir una legitimidad simbólica.</p>



<p><strong>Eso conecta con algo más amplio: esa fascinación por lo monárquico, lo heráldico, que también existe en América Latina. ¿Crees que hay una dificultad cultural para habitar plenamente la democracia?</strong></p>



<p>No lo sé con certeza, pero sí veo una tendencia a crear mitos, a elevar figuras a una categoría casi intocable. Eso no es democracia, eso es otra cosa. Y muchas veces se hace desde la emoción, desde la necesidad de creer en alguien que resuelva todo.</p>



<p>El problema es que eso abre la puerta a la demagogia. A promesas simples para problemas complejos.</p>



<p><strong>Al final de la novela dejas al lector en un silencio incómodo. No juzgas explícitamente, no cierras el sentido. ¿Por qué esa decisión?</strong></p>



<p>Porque el rigor histórico es fundamental. Yo no puedo inventar nada ni imponer una interpretación. Vengo del periodismo: los hechos son los hechos. El narrador debe mantenerse al margen.</p>



<p>Además, creo que es más potente cuando el lector llega a sus propias conclusiones. Ese silencio final no es vacío, es un espacio para que el lector piense.</p>



<p><strong>Hay también una crítica muy fuerte a la manipulación: bombardear y luego culpar al enemigo.</strong></p>



<p>Sí, y eso no es una exageración literaria, es algo que ocurrió. El caso de Guernica es paradigmático. Fue un experimento militar y luego se intentó construir otro relato.</p>



<p>La manipulación de la información es una parte esencial de la guerra. No solo se combate con armas, también con relatos.</p>



<p><strong>También aparece una especie de fascinación de Franco por el modelo nazi, incluso cierta inferioridad frente a ellos.</strong></p>



<p>La había. Franco admiraba el aparato militar alemán. Era un militarista y pretendía gobernar un país como si fuera un cuartel. Pero un país no funciona así. Eso es una dictadura, y las consecuencias están a la vista.</p>



<p><strong>¿Qué dirías que aprendió España de todo esto?</strong></p>



<p>Dos cosas fundamentales: que nunca más una guerra y que el poder lo tiene quien gana las elecciones. Parece simple, pero es la base de todo. Sin eso, no hay democracia posible.</p>



<p><strong>Aquí en Colombia el tema de los desaparecidos sigue siendo central. ¿Cómo se ha abordado eso en España?</strong></p>



<p>Depende de las regiones, porque España es un Estado descentralizado. Hay comunidades que han trabajado mucho en la búsqueda y otras menos. Pero es una deuda moral: encontrar a quienes aún no han aparecido.</p>



<p><strong>Para cerrar: como escritor, ¿cómo imaginas al lector de este libro?</strong></p>



<p>Me gustaría que encuentre una novela que lo atrape, más allá del tema, y que se acerque a un momento clave de la historia con curiosidad y espíritu crítico. Que no lea solo para confirmar lo que ya piensa, sino para cuestionarse.</p>



<p><strong>Quisiera detenerme un momento en algo que atraviesa toda la novela y también esta conversación: la tensión entre memoria y relato. Porque una cosa es lo que ocurrió y otra cómo se cuenta. ¿Hasta qué punto escribir sobre la Guerra Civil es también disputar esa forma de contarla?</strong></p>



<p>Totalmente. La memoria no es algo fijo, es algo que se construye constantemente. Y en ese proceso intervienen los historiadores, los políticos, los medios de comunicación y, por supuesto, la literatura. Cada uno aporta una mirada distinta.</p>



<p>Lo que hace la novela, o al menos lo que intento hacer yo, es entrar en ese espacio sin imponer una verdad cerrada, pero sí con una exigencia de rigor. Porque claro, uno podría inventar mucho, pero entonces ya no está hablando de la historia, está hablando de otra cosa.</p>



<p>A mí me interesa esa frontera: contar con herramientas narrativas algo que está documentado. Y ahí hay una responsabilidad muy grande, porque el lector confía en que lo que está leyendo tiene un anclaje en lo real.</p>



<p><strong>En ese sentido, hay algo muy particular en tu escritura: no es una novela histórica tradicional, pero tampoco es periodismo. ¿Cómo trabajas esa zona intermedia?</strong></p>



<p>Con mucho cuidado. Yo vengo del periodismo, y eso marca una forma de trabajar: contrastar fuentes, verificar datos, no añadir nada que no esté respaldado. Pero la novela te permite otra cosa, que es construir una estructura narrativa, dar ritmo, trabajar las voces.</p>



<p>No se trata de inventar, sino de organizar. De decidir desde dónde se cuenta, qué se muestra y qué se deja fuera. Eso también es una forma de interpretación, aunque no sea explícita.</p>



<p>Y luego está el lenguaje. Cómo se dice algo cambia completamente cómo se percibe. Por eso vuelvo siempre a lo mismo: el lenguaje no es inocente.</p>



<p><strong>Y en esa construcción, ¿qué decides no contar? Porque tan importante como lo que está en la novela es lo que queda fuera.</strong></p>



<p>Claro. Hay muchas cosas que se quedan fuera. No por falta de interés, sino porque una novela necesita un foco. Si intentas contarlo todo, no cuentas nada.</p>



<p>En este caso, me interesaba centrarme en los mecanismos del poder, en cómo se articula, cómo se justifica, cómo se ejerce. Eso implica dejar en segundo plano otras historias que también son fundamentales, pero que ya han sido más narradas.</p>



<p>Es una decisión consciente, pero también es una forma de invitar a que el lector complete ese vacío con lo que ya sabe o con lo que quiera investigar después.</p>



<p><strong>Hay algo que mencionabas antes y que me parece clave: el lector como alguien activo, no pasivo. ¿Confías en ese lector incluso cuando el tema es tan duro?</strong></p>



<p>Sí, absolutamente. Creo que subestimar al lector es un error. El lector sabe leer entre líneas, sabe interpretar silencios, sabe incomodarse.</p>



<p>Y en una historia como esta, esa incomodidad es necesaria. Si el lector termina la novela completamente tranquilo, algo no ha funcionado. No se trata de provocar por provocar, pero sí de generar una reflexión.</p>



<p><strong>En ese sentido, ¿crees que esta novela dialoga con el presente más de lo que parece?</strong></p>



<p>Sí, inevitablemente. Aunque esté situada en un momento histórico concreto, habla de cosas que siguen ocurriendo: la construcción del enemigo, la manipulación del lenguaje, la concentración del poder, la creación de relatos oficiales.</p>



<p>No hace falta establecer paralelismos explícitos. El lector los encuentra solo. Y eso es lo interesante: que la novela no te diga “esto es igual a esto”, sino que te dé las herramientas para pensar.</p>



<p><strong>Y quizá ahí aparece algo que atraviesa toda la conversación: la idea de que entender el pasado no es un ejercicio académico, sino una forma de intervenir en el presente.</strong></p>



<p>Exactamente. La memoria no es un archivo muerto. Tiene consecuencias en cómo se vive hoy, en cómo se toman decisiones, en cómo se entiende la democracia.</p>



<p>Por eso es importante abordarla con rigor, pero también con responsabilidad. No se trata solo de recordar, sino de entender para no repetir.</p>



<p><strong>Y finalmente, sobre la memoria: ¿cómo deberían los países construirla?</strong></p>



<p>Con rigor, sin inventar nada, investigando a fondo y narrando de manera que llegue al mayor número de personas. La memoria no es solo pasado: es una advertencia. Nos recuerda hasta dónde puede llegar una sociedad cuando deja de cuestionarse.</p>
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        <author>Diego Aretz</author>
                    <category>Las palabras y las cosas</category>
                <guid isPermaLink="false">https://blogs.elespectador.com/?p=128458</guid>
        <pubDate>Mon, 27 Apr 2026 18:02:12 +0000</pubDate>
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        <title>Entre archivo y ficción: una mirada crítica al origen de la guerra civil española.</title>
        <link>https://blogs.elespectador.com/actualidad/las-palabras-y-las-cosas/entre-archivo-y-ficcion-una-mirada-critica-al-origen-de-la-guerra-civil-espanola/</link>
        <description><![CDATA[<p>En El hombre de la Leica, el autor español Fermín Goñi propone una relectura incisiva de los acontecimientos que condujeron al quiebre de la República española. A partir de una investigación rigurosa y una narración sostenida en el detalle, la obra cuestiona los relatos consolidados sobre el origen de la Guerra Civil Española. En el [&hellip;]</p>
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        <content:encoded><![CDATA[
<p>En <em>El hombre de la Leica</em>, el autor español Fermín Goñi propone una relectura incisiva de los acontecimientos que condujeron al quiebre de la República española. A partir de una investigación rigurosa y una narración sostenida en el detalle, la obra cuestiona los relatos consolidados sobre el origen de la Guerra Civil Española.</p>



<p>En el contexto de la Feria Internacional del Libro de Bogotá 2026, Goñi presenta este trabajo en diálogo con el periodista Diego Aretz, en una conversación que propone revisar críticamente los marcos tradicionales de interpretación histórica.</p>



<p>A medio siglo de la muerte de Francisco Franco, persiste una pregunta de fondo: ¿hasta qué punto conocemos realmente las dinámicas que condujeron al golpe de 1936? La historiografía ha tendido a situar a Franco como figura central, relegando a otros protagonistas a un segundo plano, entre ellos José Sanjurjo. Sin embargo, la investigación de Goñi propone una lectura distinta.</p>



<p>El foco se desplaza hacia Emilio Mola, el llamado “Director”, a quien el autor señala como pieza clave en la articulación de la insurrección. A partir de una reconstrucción documental minuciosa, el libro examina los meses previos al levantamiento militar, desentrañando redes de poder, decisiones estratégicas y tensiones internas que resultaron determinantes en el curso de los acontecimientos.</p>



<p>Uno de los aspectos más sugestivos de la obra radica en la revisión de la muerte de Mola, tradicionalmente atribuida a un accidente aéreo. Goñi introduce dudas razonadas sobre esa versión, abriendo un espacio de interrogación que interpela tanto al lector como a los marcos interpretativos establecidos.</p>



<p>Más allá de su valor narrativo, <em>El hombre de la Leica</em> se inscribe en una línea de trabajos que entienden la historia como un territorio en disputa, donde las versiones no son definitivas y la memoria permanece en constante revisión.</p>



<p>La cita tendrá lugar en Corferias, en el marco de la FILBo, espacio de encuentro para discusiones que trascienden lo literario.</p>



<p>Más información del evento:<br><a href="https://www.feriadellibro.com/es/descripcion-actividad/47230/presentaci%C3%B3n-del-libro-el-hombre-de-la-leica-conspiraci%C3%B3n-golpista-que-dio-origen-a-la-guerra-civil-espa%C3%B1ola-de-ferm%C3%ADn-go%C3%B1i">https://www.feriadellibro.com/es/descripcion-actividad/47230/presentación-del-libro-el-hombre-de-la-leica-conspiración-golpista-que-dio-origen-a-la-guerra-civil-española-de-fermín-goñi</a></p>
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        <author>Diego Aretz</author>
                    <category>Las palabras y las cosas</category>
                <guid isPermaLink="false">https://blogs.elespectador.com/?p=128185</guid>
        <pubDate>Wed, 22 Apr 2026 22:47:47 +0000</pubDate>
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        <title>Café kombi</title>
        <link>https://blogs.elespectador.com/actualidad/las-palabras-y-las-cosas/cafe-kombi/</link>
        <description><![CDATA[<p>En una ciudad que avanza al ritmo vertiginoso de la contemporaneidad, detenerse se convierte casi en un acto radical. Desde esa premisa nace Café Kombi, un proyecto que propuse como un espacio de reflexión sobre el tiempo y sobre la manera en que habitamos la cultura actual, invitando a reconectar con lo esencial a través [&hellip;]</p>
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        <content:encoded><![CDATA[
<p>En una ciudad que avanza al ritmo vertiginoso de la contemporaneidad, detenerse se convierte casi en un acto radical. Desde esa premisa nace Café Kombi, un proyecto que propuse como un espacio de reflexión sobre el tiempo y sobre la manera en que habitamos la cultura actual, invitando a reconectar con lo esencial a través del café.</p>



<p>El corazón del proyecto es un objeto cargado de memoria: una Volkswagen Kombi 1981 naranja, conectado a una historia familiar y a una relación intima con el país de casi medio siglo. Este modelo hace parte de la histórica línea Type 2 de Volkswagen, concebida bajo la visión de Ben Pon, quien imaginó un vehículo versátil a partir de la plataforma del Beetle. Con el tiempo, la Kombi se transformó en un ícono global, símbolo de libertad, viaje y contracultura, profundamente ligado a los movimientos juveniles de los años sesenta y setenta.</p>



<p>En Colombia, esta Kombi recorrió gran parte del territorio nacional, vinculada en su momento al Instituto Agustín Codazzi. Fue testigo de paisajes, historias y transformaciones, y hoy se resignifica como un dispositivo de memoria y encuentro: un objeto que no solo transporta cuerpos, sino también relatos. </p>



<p><br></p>



<figure class="wp-block-image size-large"><img decoding="async" width="1024" height="768" src="https://blogsnew.s3.amazonaws.com/wp-content/uploads/2026/04/17200526/IMG_2184-1024x768.jpeg" alt="" class="wp-image-128003" srcset="https://blogsnew.s3.amazonaws.com/wp-content/uploads/2026/04/17200526/IMG_2184-1024x768.jpeg 1024w, https://blogsnew.s3.amazonaws.com/wp-content/uploads/2026/04/17200526/IMG_2184-300x225.jpeg 300w, https://blogsnew.s3.amazonaws.com/wp-content/uploads/2026/04/17200526/IMG_2184-768x576.jpeg 768w, https://blogsnew.s3.amazonaws.com/wp-content/uploads/2026/04/17200526/IMG_2184.jpeg 1500w" sizes="(max-width: 1024px) 100vw, 1024px" /></figure>



<p>De manera paralela, se trabaja en asocio a Café Paz, una iniciativa que busca adquirir café directamente de comunidades ubicadas en zonas de conflicto en Colombia. Su primera línea, Paz Cauca, representa un café de especialidad que destaca tanto por su calidad como por su carga social, conectando el acto cotidiano de beber café con realidades territoriales más amplias y de mayor complejidad.</p>



<p>La sede principal de Café Kombi se encuentra en la Torre Atrio, un proyecto arquitectónico diseñado por Richard Rogers, cuya obra se caracteriza por hacer visible la estructura como parte del lenguaje arquitectónico. Este entorno refuerza el diálogo entre tradición y modernidad que define al proyecto: una práctica artesanal situada en medio de una de las arquitecturas más emblemáticas de Bogotá.</p>



<p>En esencia, Café Kombi es una apuesta por lo hecho a mano en un mundo acelerado. Reivindica las recetas tradicionales del café colombiano y la riqueza de su cultura: desde el significado cotidiano del “tinto” hasta la presencia de la panela en la taza, evocando saberes heredados. Al mismo tiempo, reconoce que Colombia es un país en transformación, abierto a nuevas formas, lenguajes y maneras de habitar lo cotidiano.</p>



<figure class="wp-block-image size-large"><img decoding="async" width="768" height="1024" src="https://blogsnew.s3.amazonaws.com/wp-content/uploads/2026/04/17200732/IMG_2218-768x1024.jpeg" alt="" class="wp-image-128004" srcset="https://blogsnew.s3.amazonaws.com/wp-content/uploads/2026/04/17200732/IMG_2218-768x1024.jpeg 768w, https://blogsnew.s3.amazonaws.com/wp-content/uploads/2026/04/17200732/IMG_2218-225x300.jpeg 225w, https://blogsnew.s3.amazonaws.com/wp-content/uploads/2026/04/17200732/IMG_2218.jpeg 1000w" sizes="(max-width: 768px) 100vw, 768px" /></figure>



<p>En coherencia con esta filosofía, el café se muele diariamente justo antes de su preparación, preservando al máximo sus cualidades aromáticas y sensoriales. La preparación principal se realiza en prensa francesa, un método de extracción manual que permite un contacto pleno entre el agua y el café, resaltando su cuerpo y complejidad. Aunque de origen europeo y perfeccionado en el siglo XX por Attilio Calimani, su uso en Café Kombi adquiere un sentido local: una práctica pausada que dialoga con el tiempo, el oficio y la experiencia.</p>



<p><strong>En el marco de ARTBO Fin de Semana, Café Kombi se integra al circuito artístico de la ciudad. La Galería León Tovar presentará una selección de obras de Emma Reyes, Santiago Cárdenas, Luis Hernando Giraldo, Álvaro Marín y Andrés Fernández, consolidando un cruce entre arte, memoria y territorio.</strong></p>



<figure class="wp-block-image size-full"><img loading="lazy" decoding="async" width="904" height="713" src="https://blogsnew.s3.amazonaws.com/wp-content/uploads/2026/04/17200032/94d7ba98-696f-4df3-bc72-e18b7694ca72.jpeg" alt="Diego Aretz y León Tovar" class="wp-image-128002" srcset="https://blogsnew.s3.amazonaws.com/wp-content/uploads/2026/04/17200032/94d7ba98-696f-4df3-bc72-e18b7694ca72.jpeg 904w, https://blogsnew.s3.amazonaws.com/wp-content/uploads/2026/04/17200032/94d7ba98-696f-4df3-bc72-e18b7694ca72-300x237.jpeg 300w, https://blogsnew.s3.amazonaws.com/wp-content/uploads/2026/04/17200032/94d7ba98-696f-4df3-bc72-e18b7694ca72-768x606.jpeg 768w" sizes="auto, (max-width: 904px) 100vw, 904px" /></figure>



<p>Fundada en Bogotá en 1991 y trasladada a Nueva York en 2002, León Tovar Gallery cuenta con más de 30 años de trayectoria especializada en arte moderno latinoamericano. Desde su espacio en el Upper East Side, la galería se ha consolidado como una autoridad en el campo, promoviendo tanto la investigación académica como la visibilidad de artistas fundamentales para comprender el modernismo en la región. A través de exposiciones, publicaciones, ferias y colaboraciones institucionales, ha contribuido a ampliar las narrativas del arte latinoamericano, respondiendo a la necesidad de construir historias más inclusivas y de mayor alcance.</p>



<p>Durante ARTBO Fin de Semana, Café Kombi estará presente en la Galería León Tovar el sábado de 12:00 p.m. a 7:00 p.m. y el domingo de 12:00 p.m. a 5:00 p.m., extendiendo una invitación a habitar el tiempo de otra manera dentro del circuito artístico.</p>



<p>De lunes a viernes, Café Kombi abre sus puertas en la Torre Atrio de 8:00 a.m. a 6:00 p.m., ofreciendo un espacio cotidiano donde el café se convierte en un acto de pausa, memoria y encuentro.</p>
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        <author>Diego Aretz</author>
                    <category>Las palabras y las cosas</category>
                <guid isPermaLink="false">https://blogs.elespectador.com/?p=127996</guid>
        <pubDate>Sat, 18 Apr 2026 01:11:19 +0000</pubDate>
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                <media:description type="plain"><![CDATA[Café kombi]]></media:description>
                <media:credit role="author" scheme="urn:ebu">Diego Aretz</media:credit>
            </media:content>
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        <item>
        <title>¿Dónde está Sergio Fajardo?</title>
        <link>https://blogs.elespectador.com/actualidad/las-palabras-y-las-cosas/donde-esta-sergio-fajardo/</link>
        <description><![CDATA[<p>Hay trayectorias políticas que, por insistencia, terminan siendo más una pregunta que una respuesta. La de Sergio Fajardo parece estar entrando en ese terreno. Varias campañas presidenciales después, el país aún no tiene claro si su apuesta es la de construir poder o la de preservar una identidad que, en su afán de no incomodar, [&hellip;]</p>
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        <content:encoded><![CDATA[
<p>Hay trayectorias políticas que, por insistencia, terminan siendo más una pregunta que una respuesta. La de Sergio Fajardo parece estar entrando en ese terreno. Varias campañas presidenciales después, el país aún no tiene claro si su apuesta es la de construir poder o la de preservar una identidad que, en su afán de no incomodar, termina diluyéndose. Vale la pena recordar que Belisario Betancur necesitó varias candidaturas antes de llegar a la Presidencia, pero también que en algún momento logró encarnar un proyecto político nítido, reconocible y, sobre todo, convocante.</p>



<p>Colombia sigue necesitando un centro político. Pero no cualquier centro: uno que no esté obsesionado con caerle bien a todos. El país requiere un centro que convoque desde la diversidad, que represente de verdad una pluralidad de voces y visiones, y que no tema enfrentarse —con la misma claridad— a los extremos. Porque hay un problema evidente en querer quedar bien con todo el mundo: en el intento de no perder un electorado, se puede terminar perdiéndolos todos. Experiencias internacionales del siglo XX lo muestran con claridad: liderazgos como el de Adolfo Suárez en la transición española o el de Helmut Kohl en la reunificación alemana consolidaron proyectos de centro con vocación de poder porque asumieron posiciones definidas, mientras otros intentos centristas naufragaron precisamente por su ambigüedad.</p>



<p>Convocar implica tomar riesgos. Implica medirse, pero también construir con los cercanos antes de intentar seducir a los lejanos. En ese sentido, la consulta con Claudia López no solo era conveniente: era necesaria. No únicamente para contar votos, sino para consolidar un liderazgo dentro de un sector que hoy luce disperso, casi huérfano. Ese liderazgo —claro, firme, reconocible— es precisamente lo que más urge.</p>



<p>Y entonces surge la pregunta inevitable: ¿dónde están los otros nombres? ¿Dónde está Alejandro Gaviria? ¿Dónde está Luis Gilberto Murillo? incluso en el centro izquierda ¿Dónde está Roy? ¿Dónde están quienes, en distintos momentos, parecían llamados a estructurar una alternativa de centro con vocación de poder? El vacío no es solo de candidaturas; es de dirección, de narrativa, de propósito.</p>



<p>Porque el centro que Colombia necesita no puede ser tímido. Tiene que ser intenso, incluso agresivo en términos electorales. Debe estar dispuesto a meterse en el fango de las preguntas difíciles: defender sin ambigüedades la Jurisdicción Especial para la Paz y el sistema integral de justicia, insistir en que la desigualdad y la falta de creación de riqueza son problemas estructurales —no narrativas ideológicas—, y rechazar la tentación de normalizar un país partido en dos. Ese tipo de firmeza, en contextos complejos, también se vio en liderazgos como los de Franklin D. Roosevelt, que enfrentó la desigualdad con reformas profundas, o Konrad Adenauer, que entendió que la reconstrucción exigía decisiones difíciles y sostenidas.</p>



<p>No hay excusas para que la mitad de Colombia siga atrapada en la pobreza y la informalidad. Y decir esto no es una consigna contra la riqueza; al contrario. Ojalá haya más riqueza y más ricos, más empresas, más inversión. Pero también más responsabilidad. Porque un país menos desigual no solo es éticamente superior: es, también, un mejor negocio para todos.</p>



<p>Ese centro debe ser capaz de sostener posiciones incómodas: enfrentarse a veces a los grandes capitales, a veces a los gremios, a veces a los sindicatos, y sí, también a ciertas demandas de las propias comunidades. No es una tarea sencilla, ni una sociedad fácil. Pero es precisamente ahí donde aparece la necesidad de un liderazgo con carácter, con método, con ética y con una comprensión clara de que el cambio es necesario, pero debe ser posible. Lo que el país necesita no es una gran sociabilidad ni una gran empatía; lo que se necesita es una enorme responsabilidad y la fuerza para enfrentar lo que se avecina.</p>



<p>Y ahí es donde surge la duda y la oportunidad de fondo de Fajardo. No sobre su integridad, ni sobre su discurso, sino sobre una virtud esencial para el momento político que vive Colombia: la capacidad de liderar y convocar su propio sector. De ordenar, de representar con claridad la pluralidad del centro, de construir una fuerza que no solo exista en el plano moral, sino también en el electoral.</p>



<p>Porque al final, un centro sin liderazgo no es un punto de equilibrio: es un espacio vacío.</p>
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        <author>Diego Aretz</author>
                    <category>Las palabras y las cosas</category>
                <guid isPermaLink="false">https://blogs.elespectador.com/?p=127863</guid>
        <pubDate>Mon, 13 Apr 2026 02:04:15 +0000</pubDate>
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                            </item>
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        <title>La noche de todas las memorias</title>
        <link>https://blogs.elespectador.com/actualidad/las-palabras-y-las-cosas/la-noche-de-todas-las-memorias/</link>
        <description><![CDATA[<p>Anoche, en el Teatro Jorge Eliécer Gaitán, el país hizo una pausa extraña y necesaria: se sentó a escucharse. No fue un público cualquiera. Había familias indígenas llegadas de territorios lejanos, madres buscadoras con la dignidad intacta, defensoras de derechos humanos, profesores, empresarios, jóvenes, incluso influenciadores. También había excombatientes que hoy le apuestan a algo [&hellip;]</p>
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        <content:encoded><![CDATA[
<p>Anoche, en el Teatro Jorge Eliécer Gaitán, el país hizo una pausa extraña y necesaria: se sentó a escucharse.</p>



<p>No fue un público cualquiera. Había familias indígenas llegadas de territorios lejanos, madres buscadoras con la dignidad intacta, defensoras de derechos humanos, profesores, empresarios, jóvenes, incluso influenciadores. También había excombatientes que hoy le apuestan a algo tan sencillo y tan poderoso como el café y la paz. Gente que probablemente no coincide casi nunca en un mismo lugar, pero que anoche compartió algo más profundo que una agenda: la memoria.</p>



<p>El evento, organizado por el Centro Nacional de Memoria Histórica, no fue solo una presentación institucional. Fue, como lo nombraron, un “Complejo de las memorias”: un intento por reunir lo disperso, por darle cuerpo a esas historias que han vivido fragmentadas en las casas, en los territorios, en los silencios.</p>



<p>Y es que la memoria nunca empieza en un escenario.</p>



<p>Empieza en la casa.</p>



<p>Empieza, por ejemplo, en la casa de mi abuelo durante el Bogotazo. En medio del caos, cuando todo parecía dividirse en bandos irreconciliables, él abría la puerta. Escondía liberales. No preguntaba demasiado. Solo entendía que había que proteger la vida. Esa fue su forma de estar en la historia: sin discursos, sin testigos, sin nombre en ninguna placa.</p>



<p>Años después, la violencia se volvió paisaje en los campos. Y mi familia, como tantas otras, entendió lo que era irse. La Guerra de Villarrica no es para nosotros un capítulo lejano: es el recuerdo de lo perdido, de lo que no se pudo cargar, de lo que quedó sembrado en otra tierra.</p>



<p>Luego vinieron otras violencias, otros lenguajes para el mismo dolor. Un tío, estudiante de periodismo en la Universidad Libre de Berlín, corresponsal de El Tiempo, había regresado al país semanas antes, después de entrevistar a Willy Brandt. Fue secuestrado y asesinado en Bogotá. Su historia quedó suspendida, no en el viaje, sino en esa promesa de regreso que apenas comenzaba. Y en otra orilla de la memoria familiar, alguien fue asesinado por militares en la toma del Palacio de Justicia, en medio de ese episodio donde el país entero pareció quebrarse.</p>



<p>Ninguna de esas historias estuvo anoche en el escenario. Pero todas estaban ahí.</p>



<p>Por eso lo de anoche importó.</p>



<p>Porque hubo muchas voces. Voces distintas que tomaron la palabra. Cantadoras del Pacífico que acompañaron y nos abrazaron en un latir de dignidad. Y quizá esa es la palabra que mejor atraviesa lo que ocurrió: dignidad.</p>



<p>Dignidad en cada relato. En cada silencio. En cada presencia.</p>



<p>Dignidad también en la apuesta enorme de todo el equipo del Centro Nacional de Memoria Histórica y en la visión de su directora, María Gaitán: entender que la memoria no es un lamento, sino un entramado de resistencia y esperanza.</p>



<p>Y también —hay que decirlo— un acierto enorme: poner en escena una realidad nacional que no aparece desdibujada en actores abstractos, sino encarnada en las personas que realmente han sufrido el conflicto en sus múltiples formas. No como cifras, no como categorías, sino como vidas atravesadas por la historia.</p>



<p>Vaya acierto.</p>



<p>Porque lo que ocurrió anoche no fue solo la presentación de un museo, ni el anuncio de un proyecto. Fue algo más ambicioso y más necesario: una puesta en escena de la memoria del país. Un intento —valiente, imperfecto, urgente— de hacer visible lo invisible, de darle forma a lo que durante tanto tiempo ha vivido disperso.</p>



<p>El “Espacio de luciérnagas”, el “Umbral de la memoria”, el “Fogón del ubuntu”: más que momentos, fueron gestos. Formas de decir que incluso en medio del dolor, este país sigue buscando cómo encontrarse.</p>



<p>Mi abuelo no estuvo ahí. Mi tío tampoco. Tampoco quienes se quedaron en esa otra historia rota del Palacio.</p>



<p>Pero de alguna manera, sí.</p>



<p>La memoria no necesita invitación formal. Se cuela. Se sienta. Escucha.</p>



<p>Y este encuentro —hay que decirlo con cuidado— no indulta el conflicto ni a sus perpetradores. No borra responsabilidades. No suaviza la violencia.</p>



<p>Pero sí hace algo profundamente necesario: dignifica a quienes han perdido algo en esta guerra.</p>



<p>Que es, al final, una guerra tan colombiana.</p>



<p>Tan nuestra.</p>



<p></p>
]]></content:encoded>
        <author>Diego Aretz</author>
                    <category>Las palabras y las cosas</category>
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        <pubDate>Fri, 10 Apr 2026 21:25:49 +0000</pubDate>
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                <media:description type="plain"><![CDATA[La noche de todas las memorias]]></media:description>
                <media:credit role="author" scheme="urn:ebu">Diego Aretz</media:credit>
            </media:content>
                            </item>
        <item>
        <title>&amp;#8220;Colombia tiene que aprender a escuchar&amp;#8221; María Gaitán.</title>
        <link>https://blogs.elespectador.com/actualidad/las-palabras-y-las-cosas/colombia-tiene-que-aprender-a-escuchar-maria-gaitan/</link>
        <description><![CDATA[<p>Ser la nieta de Jorge Eliécer Gaitán en Colombia no es solo una herencia: es una carga histórica, política y emocional. Este 9 de abril, Día de las Víctimas, quise hablar con María Gaitán, directora del Centro Nacional de Memoria Histórica, desde ese lugar, pero también desde otro más incómodo y urgente: el de quien [&hellip;]</p>
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        <content:encoded><![CDATA[
<p>Ser la nieta de Jorge Eliécer Gaitán en Colombia no es solo una herencia: es una carga histórica, política y emocional. Este 9 de abril, Día de las Víctimas, quise hablar con María Gaitán, directora del Centro Nacional de Memoria Histórica, desde ese lugar, pero también desde otro más incómodo y urgente: el de quien insiste en que la memoria no puede ser un relato cerrado, sino un ejercicio vivo de escucha. En esta conversación, su voz transita entre lo íntimo y lo público, entre el legado y el presente, para defender una idea tan simple como difícil: en un país atravesado por la violencia, entender empieza por escuchar, incluso aquello que no queremos oír.</p>



<p><strong>Bueno, muchas gracias por esta entrevista, yo quiero empezar hablando un poco de estos años, de ese reto de asumir la dirección del Centro Nacional de Memoria Histórica y quizás de todo lo que te ha tocado aquí, pero sobre todo ese reto más difícil. ¿Cuál es el reto más difícil de lo que te ha tocado, la complejidad más grande de haber asumido la dirección del Centro Nacional de Memoria?</strong></p>



<p>A ver, esa pregunta es sustancial para entender lo que hemos hecho en todos estos meses de gobierno. Al entrar al Centro, de las palabras más comunes que escuché fue producto. Y yo, fue una de las cosas que más me interpelaron, porque yo no considero que ni la verdad, ni la justicia, ni la reparación, ni las investigaciones, ni el conflicto sean un producto, sino que se necesita un proceso. Y si nosotros no entendemos la memoria histórica y el esclarecimiento de la verdad como un proceso y lo manejamos como un producto, no va a tener las consecuencias tan importantes que implican escuchar, y para escuchar se requiere un proceso, porque nosotros no estamos acostumbrados a escuchar, a nosotros no nos enseñan culturalmente a escuchar, ni en el colegio, ni en la casa, ni en la sociedad escuchamos. Entonces es quizás uno de los retos más significativos, y eso estamos aprendiendo, eso ha sido la fuerza de escuchar todas las memorias, todas. Me acuerdo en un territorio que me decían María, no señora, usted no puede escuchar a los paramilitares, usted no puede escuchar a los guerrilleros, usted no puede escuchar a los delincuentes, y yo les decía, pero si no escucho a los responsables, ¿cómo voy a entender sus acciones para poder explicar este conflicto? Tengo que escuchar, eso no quiere decir que sea empática con lo que hicieron, eso no quiere decir que justifique lo que hicieron, pero nosotros tenemos que escuchar, escuchar no implica aceptar lo que el otro está diciendo, y eso es dificilísimo. Porque nosotros, y eso me pasa, yo no quiero decir que yo soy la maestra de la escucha, lejos de ahí, pero estamos en un proceso absolutamente auténtico y veraz de aprender a escuchar, porque muchas veces uno está escuchando al otro ya con todo un universo cultural y personal que nos impide recibir lo que estamos escuchando, y estamos siempre en una escucha reactiva, no receptiva. Entonces, eso es lo que estamos haciendo en el Centro Nacional de Memoria Histórica, una escucha receptiva, y no solamente receptiva para recoger la memoria colectiva, que es lo que ha hecho el Centro Nacional de Memoria Histórica desde su primer día de nacimiento, y convertirla en memoria histórica, y memoria histórica es triangular la información, yo escucho a la víctima, o el hecho victimizante, al responsable, y también lo cotejo con archivos. Esa triangulación es la que le da fuerza al esclarecimiento de la verdad y a la memoria histórica, porque en Colombia la memoria colectiva es quizás de las expresiones también tan diversas como nuestra geografía, porque la memoria colectiva en Colombia se baila, se canta, se llora, se grita, se insulta, se pone en teatro, se escribe, se compone, se conversa, y esa diversidad es la que nos permite saber que como cantan en La Guajira, no cantan como en el Llano, y como cantan en el Llano, no cantan en el Chocó, y en el Chocó no cantan como en el Amazonas, y escuchar a todos esos cantos nos permite tener una sinfonía colectiva que nos permita construir el país que queremos, o el país que soñamos, y el país que sueña La Guajira no es el mismo país que sueña el Amazonas, ni que sueña el Chocó, ni que sueña Nariño, ni que sueño yo, porque yo qué país sueño, el de la restauración moral y democrática de la República que Jorge Eliécer Gaitán encarnó toda su vida, y por eso el 9 de abril no solamente les rindo homenaje a las víctimas del conflicto, que para mí, más allá de ser víctimas, que sí han habido un centenar de miles de víctimas del conflicto, les rindo homenaje a los líderes, lideresas y resistencias, que además han escuchado la palabra de Jorge Eliécer Gaitán, porque Jorge Eliécer Gaitán buscó ser asesinado, y claro, asesinaron su cuerpo, y eso deshizo una familia, violentó una esperanza que estaba surgiendo, pero sobre todo, destruyó una familia, una familia que tenía vocaciones distintas, y que muchos, o la gran mayoría, mujeres, hemos optado por mantener firme el legado de Jorge Eliécer Gaitán, porque es un legado que este país tiene que escuchar, entonces cuando digo que Gaitán está vivo es porque está en el territorio presente, como me dice un compañero que lo repito tantas veces, yo, María Gaitán, me convierto en el territorio en una rockstar, porque no soy yo, es Gaitán, y que Gaitán, como él decía, yo no soy yo, personalmente, yo soy un pueblo que me sigue porque lo he interpretado, y yo no soy yo, María Gaitán, yo soy Gaitán porque es un pueblo que se siente interpretado todavía por lo que dijo Gaitán hace más de 78 años, cuando fue asesinado.</p>



<p><strong>Me gustaría hablar de las acciones, porque las acciones siempre cuentan mucho, este 9 de abril, quizás, no sabemos si usted va a seguir al frente del Centro Nacional de Memoria el próximo año, pero por ahora sabemos que este 9 de abril es el último en este mandato, y usted está al frente, ¿qué va a pasar este 9 de abril?</strong></p>



<p>Este 9 de abril nos vamos a encontrar con más de 80 líderes y lideresas y resistencias de todo el país, que vienen a que conversemos, a que articulemos y tejamos las experiencias de los otros, a que escuchemos dolor, pero sobre todo lo más importante es a contarles que reanudamos la obra del Museo de Memoria de Colombia, y logramos reanudarla en esta administración, difícil, difícil, duro, duro, pero logramos limpiar todo un proceso administrativo que era tan complejo, que era muy difícil de darle ruta si no se hacía este trabajo metódico de ordenar la casa para poder empezar a pensar en la idea de retomar la obra. Y en este museo de más de 14.700 metros cuadrados, y con un espacio público que estamos buscando que se integre a Bogotá, que eso también lo estamos haciendo, integrar el museo a Bogotá, que no sea un edificio aislado, sino que sea un edificio que haga parte de la ciudad, de una ciudad además que tiene que escuchar el territorio, porque nosotros decimos en permanencia el territorio habla, que también Bogotá es territorio, pero es que a Bogotá le cuesta mucho escuchar al resto del país. Entonces, en este lugar es donde realmente el territorio va a hablar y el centro tiene que escuchar, y el centro es Bogotá, el centro es el Centro Nacional de Memoria Histórica. Y este 9 de abril en el Teatro Jorge Eliécer Gaitán vamos a escuchar el territorio, en el centro, y en un lugar muy emblemático de la ciudad que es el Teatro Jorge Eliécer Gaitán.</p>



<p><strong>Hay un tema sobre todas las memorias que a mí me fascina porque realmente creo que es lo que necesita el país, encontrarse, pero vemos la polarización, vemos que esto parece que somos descendientes de ese bipartidismo que tanto nos hizo daño y del que su abuelo tanto también le hizo daño a él, y tanto lo criticó también como esa falta de dignidad moral, que me parece muy interesante esa idea que usted está devolviendo, de devolverle dignidad al país, porque cuando se ven todas las memorias se devuelve dignidad a todas las memorias también, pero…¿por qué nos cuesta tanto?</strong></p>



<p>Porque yo creo que nosotros fuimos formados culturalmente y socialmente a mantener tres elementos de los cuales yo considero que son los combustibles más efervescentes para este conflicto, que son el racismo, el clasismo y la desigualdad, y eso no viene desde el bipartidismo, eso viene desde la ocupación colonial española, cuando vinieron aquí a arrebatar territorios que no les pertenecían con una arrogancia que todavía tenemos, porque los criollos recuperaron y mantuvieron la arrogancia española, y eso es lo que nos está también impidiendo escucharnos, y que todas las memorias sean tenidas en cuenta. Entonces, cuando se habla de polaridad, yo creo que esta polarización no es de ahora, sino de siempre, y como tú lo dices, Gaitán, esa polarización fue la que más atacó, pero la razón por la cual, o sea, la esencia que él atacó es por la cual a él lo atacan, Gaitán unió al país de todos los partidos, al país nacional de todos los partidos, y unió al país político de todos los partidos, y ahí sí crea una división, pero es una división distinta, es una claridad política, que es la que tenemos, pero que es súper confusa. Entonces, a partir de la Constitución del 91, ya no son liberales y conservadores esa polarización, pero sí unos totalmente polarizados, en una explosión de partidos que representan al país político y que siguen manipulando al país nacional. Pero yo creo que poco a poco ese país nacional se está despertando, y yo pienso en los jóvenes con el estallido social. El estallido social abrió un trecho y un sendero muy importante en Colombia. Y esos estallidos sociales, como el 9 de abril, fue un estallido social. El 9 de abril de 1948, que mal llaman Bogotazo, porque eso no fue en Bogotá, fue en toda Colombia. Y cuando hablan de Bogotazo es como si se limitaran para que la historia oficial piense en incendios, en asesinatos, en un país emborrachado. Sí, se emborracharon, incendiaron, pero hay que saber quiénes incendiaron también, quiénes emborracharon, porque yo sé que también el país político brindó y se emborrachó de la felicidad de haber asesinado a Jorge Eliécer Gaitán. Entonces, quiénes se emborracharon hay que saberlo, porque se emborracharon unos y otros. Entonces, la polaridad, yo creo que hay una frase de Gaitán que a mí, o un concepto de Gaitán que me parece muy importante. “Para que haya luz, tienen que existir dos polos, el negativo y el positivo.” De lo contrario no hay luz. Entonces, el problema no es que haya dos fuerzas polarizantes que permiten la luz, sino que esas dos fuerzas polarizantes no produzcan luz, que es lo que nos sucede. Por eso Gaitán decía tan sabiamente que existía un país político liberal y conservador, y un país nacional liberal y conservador, pero que si ese país político —el liberalismo y el conservatismo— no eran el polo positivo y negativo, lo que producía luz era que el pueblo fuera superior a sus dirigentes para poder nivelar y darle dignidad a este pueblo que históricamente ha sido destrozado, humillado, denigrado, convertido en miseria, por eso somos el tercer país más desigual del mundo.</p>



<p><strong>Hablemos de la administradora pública también, que le tocó llegar a administrar el CNMH después de Darío Acevedo y de todo el planteamiento, de una ruptura que venía del Centro, de una ruptura del Centro con muchos historiadores, con muchos sectores también del país, ¿cómo fue retomar eso desde la administración, desde darle una vuelta también a esta institución?</strong></p>



<p>Mira, yo voy a decir una frase que puede ser tomada de distintos ángulos dependiendo de quien la escuche. Cuando yo llegué a esta entidad, te digo sinceramente que yo nunca me había acercado a ella, porque inclusive en momentos en que fue muy importante en investigación, a mí la academia, como decía Jorge Eliécer Gaitán, la frialdad dolosa del académico me parece que no transforma. Da de pronto luces y claridades, pero no transforma. Por eso esos ocho años de investigaciones tan académicas, donde recogían la memoria colectiva, la convertían en memoria histórica y se quedaba enterrada en productos en bibliotecas, era algo que no me interesaba. Nunca me acerqué. Después entra ese momento con esta idea de que el conflicto no existe, sino una mano de bandoleros criminales terroristas, y que el Ejército y la Fuerza Pública eran los defensores de la patria, y eran defensores de la patria que estaban cometiendo falsos positivos. Entonces yo dije, bueno, esta institución no es ni de centro, ni de memoria, ni de historia, ni nacional. Entonces yo siempre estuve muy, muy alejada. Y cuando entré, ¿qué me pasó? Que la Fuerza Pública estaba muy empoderada de la entidad, siendo los “héroes de la patria”. Pero por el otro lado, yo había escuchado permanentemente, con gran admiración y respeto, a las madres buscadoras y a las madres de Soacha buscando a sus hijos, y donde el Ejército también cometió de las cosas más criminales que puede tener un país contra su mismo pueblo, que son los falsos positivos. Y además sabiendo que en la época de Gaitán existió la chulavita y que cuando vino el Ejército el 9 de abril, los curas les dieron aguardiente con pólvora para que asesinaran violentamente. Entonces, esta Fuerza Pública también tiene… sí, ha habido víctimas dentro del mismo Ejército, de la misma Fuerza Pública, y a ellos los escucho y avanzo con ellos. A la otra también. Pero lo que me ha parecido absolutamente fantástico es que las conversaciones iniciales que tuvimos con la Fuerza Pública, que llegaban uniformados y acartonados, pues en este momento nos estamos escuchando. Y eso para mí es un éxito y un agradecimiento infinito, porque realmente ha habido una transformación en el diálogo. Porque tanto ellos empezaron a escuchar como yo, porque esto no es de un solo lado. Yo tampoco los escuchaba porque culturalmente, históricamente, tengo mis diferencias. Pero al mismo tiempo, el último debate de Jorge Eliécer Gaitán en la madrugada del 8 de abril fue por el honor militar. Entonces traté de escuchar a Gaitán todavía y decir: quiero encontrar el honor militar de la Fuerza Pública.</p>



<p><strong>Hablando de un tema que es importante para la memoria ¿Qué hacer cuando un grupo paramilitar, un grupo narcotraficante como el Clan del Golfo quiere tomar el nombre de su abuelo?</strong></p>



<p>Mira, eso hace parte de lo que sí es realmente la polarización. Eso para mí sí es polarización, porque la polarización en Colombia está cargada de mentiras, está cargada de estigmatización y de tergiversación de la verdad. Y eso es lo que está haciendo este grupo criminal del Clan del Golfo, usurpando un nombre que no se le mide por ninguno de los ángulos que ellos buscan que les cuadre. El Clan del Golfo hace parte de esas pocas intenciones en este país de destruir un legado, porque lo que están buscando es destruir un legado. Pero este pueblo no es bobo. Este pueblo sabe perfectamente que Gaitán lo que buscó fue la restauración moral y democrática de la República, cosa que es absolutamente opuesta a lo que estos criminales están haciendo en este país, que es toda la falta de ética, la falta de moral, y todo por la plata, con una corrupción, con una violencia, una criminalidad que no roza a Gaitán. Yo sé que esta lucha la convertí sinceramente en algo personal, y recuerdo mucho frases que contaba mi abuela sobre su vida con mi abuelo. Cuando Gaitán había tenido un momento muy estelar en alguna parte de Colombia, los medios de comunicación, por lo general El Tiempo en ese momento, lo atacaban y decían que era un populista, negro, indio, lo insultaban utilizando además expresiones que para él eran un orgullo. Porque si uno va a la esencia misma del populismo, eso fue lo que fue Gaitán: el pueblo superior a sus dirigentes. Entonces mi abuelo leía siempre el periódico en el desayuno, y mi abuela se enfurecía, y Gaitán le decía: no te preocupes, no te preocupes. Yo sé que Gaitán me diría eso frente a lo del Clan del Golfo, que no me preocupe, pero a mí sí me toca, porque tengo una rebeldía que no me permite quedarme tranquila frente a la distorsión de un legado que fue una esperanza para Colombia. Entonces, lo que decía mi abuela, y es lo que yo le respondo a Gaitán cuando hablo de esta lucha, es: tú preocúpate por las cosas importantes que yo me preocupo por las pequeñas. Y mi abuela cogía el teléfono y llamaba al director de El Tiempo y le reclamaba. Yo tampoco permito que este grupo criminal y otros estén usurpando a Gaitán, como mi mamá siempre dice, muchos políticos hablan de Gaitán, pero al mismo tiempo la Casa Museo Jorge Eliécer Gaitán está en ruinas, se está cayendo, y el Exploratorio Nacional está abandonado hace más de 20 años, está en ruina, y el legado de Gaitán, el sitio donde está enterrado mi abuelo, se lo comió la maleza. Y la Universidad Nacional no hace nada y el gobierno tampoco hace nada. Entonces eso también es una agresión contra el legado gaitanista, no solamente la usurpación de su nombre.</p>



<p><strong>Bueno, vamos a hablar un poquito del gobierno porque finalmente toca hablar, no puedo dejar de hablar del gobierno al cual usted también pertenece.</strong></p>



<p><strong>¿El presidente Petro escucha? ¿O a usted la escucha?</strong></p>



<p>Mira, yo creo que en los pocos momentos que he tenido con Gustavo Petro han sido conversaciones muy afectuosas, muy fraternas y supremamente constructivas, porque independientemente de la cantidad de veces que haya o no haya hablado con el presidente, las veces que he logrado conversar con él, es un hombre audaz, tan creativo, que lo que uno conversa se convierte en mucho más poderoso y le abre, florecen nuevas ideas. Entonces esos momentos para mí son sagrados, son importantes.</p>



<p>&nbsp;<strong>¿Cuál es el legado de este gobierno frente a la memoria del país, en cabeza suya además?</strong></p>



<p>&nbsp;A ver, nosotros estamos dejando un Centro Nacional de Memoria Histórica con enorme sentido, y yo digo sinceramente que ese sentido no se lo pueden arrebatar, porque si se lo arrebatan pierde el Estado su deber con el país. Este Centro Nacional de Memoria Histórica no puede darle otra forma distinta a lo que hemos construido, porque lo que hemos construido es la escucha con el territorio. Eso es lo que se necesita. Hay todavía muchos procesos por afinar, porque construir y transformar en cuatro años es muy corto tiempo. Entonces, por ejemplo, ya se retomó la obra del museo, y el museo ya tiene sentido por dentro, pero ese sentido no se lo pueden transformar, porque si se transforma estamos haciendo una negación de lo que es un conflicto contado y escuchado desde el centro para el territorio. Yo creo que nosotros hemos dejado armado el Centro Nacional de Memoria Histórica, y lo más importante es la lucha de convertir esta entidad en una institución permanente, porque otra de las apuestas que consideré fundamentales era que no solamente Colombia tenía que escuchar, sino que el mundo tenía que escuchar a Colombia, y siempre uno vive que uno sale colombiano y le hablan de Escobar y se limitan a unas ignorancias informativas que son agotadoras. Lo otro es esa apuesta de contarle al mundo quiénes somos, y me encontré con una cosa maravillosa, y es que muchos museos del mundo lo que están buscando es crear en su interior centros de memoria, y nosotros hicimos al revés, pensado o no pensado, pero fue muy bien pensado en la Ley 1448 crear el Centro Nacional de Memoria Histórica, pero lo que no fue positivo es que le hubieran dado un tiempo limitado a esta entidad, primero además porque seguimos en conflicto, y segundo porque experiencias de otras latitudes han demostrado que la memoria es un proceso largo, largo, largo. Pero además, por algo que usted ha dicho en algún lado, y es que la memoria es necesaria para que un país encuentre constantemente un sentido, usted no puede prescindir de la memoria, y sobre todo que nosotros somos memoria, permanentemente somos resultado de unos ancestros también, que a su vez tenían memoria, y si nosotros escuchamos a científicos, sobre todo a neuro-científicos, hablan de la importancia de la memoria en las células. Entonces si estamos permanentemente bloqueando la posibilidad de la memoria, estamos bloqueando la posibilidad de construir ese después que tanto necesitamos, y no es solamente que queramos, es que necesitamos. ¿Qué hubiera pasado en una Colombia donde no hubieran asesinado a Gaitán? ¿Qué hubiera pasado con una Colombia donde no hubiera existido esa polarización de los privilegiados? Entonces eso es lo que el Centro Nacional de Memoria tiene que seguir construyendo.</p>



<p><strong>Voy a finalizar esta con una pregunta un poco psicoanalítica, me va a perdonar. ¿Qué le diría a su abuelo de eso que está haciendo usted? Si pudiera tenerlo hoy, ¿qué le diría de eso que ha hecho? De lo que está haciendo?</strong></p>



<p>Pues yo le diría que lo escucho mucho y lo escucho de verdad. Pongo mucho sus discursos, muchos.</p>
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        <author>Diego Aretz</author>
                    <category>Las palabras y las cosas</category>
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        <pubDate>Thu, 09 Apr 2026 15:21:09 +0000</pubDate>
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        <title>El silencio de Iván Cepeda</title>
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        <description><![CDATA[<p>Iván Cepeda Castro ha optado por una estrategia clara e &nbsp;inquietante: no debatir, no confrontar, no exponerse. En una democracia, la participación pública no es un accesorio; es el núcleo mismo del ejercicio político. Someterse al escrutinio, abrirse a la conversación y contrastar ideas no solo es deseable, es indispensable. Sin embargo, la apuesta parece [&hellip;]</p>
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        <content:encoded><![CDATA[
<p>Iván Cepeda Castro ha optado por una estrategia clara e &nbsp;inquietante: no debatir, no confrontar, no exponerse. En una democracia, la participación pública no es un accesorio; es el núcleo mismo del ejercicio político. Someterse al escrutinio, abrirse a la conversación y contrastar ideas no solo es deseable, es indispensable.</p>



<p>Sin embargo, la apuesta parece ser otra: no darle visibilidad a los contradictores, evitar las preguntas incómodas y, sobre todo, esquivar los cuestionamientos que inevitablemente lo conectan con el gobierno de Gustavo Petro y sobre los que obligatoriamente le pedirían explicaciones. El caso de la a corrupción en la UNGRD, las sombras sobre la llamada “paz total” —de la cual Cepeda ha sido uno de sus principales arquitectos— y una implementación errática que, tras años de anuncios, el país aún no logra comprender del todo, son temas que flotan sin respuesta.</p>



<p>A esto se suman señalamientos recientes que rozan estructuras sensibles del Estado con los computadores de alias Calarca. Frente a ese panorama, surge una pregunta inevitable: ¿tiene hoy el gobierno una incapacidad real de enfrentar el aparato mafioso que corroe al país?</p>



<p>La historia de Cepeda es particular. Su irrupción en la gran política llega a su clímax por su confrontación directa con Álvaro Uribe Vélez. Pero más allá de ese episodio, su trayectoria lo ubica en una tradición política e intelectual muy específica. Su formación, cercana a la academia, su estilo pausado y argumentativo, lo convierte en una figura atípica en una política dominada por el ruido y la consigna.</p>



<p>Por eso resulta aún más llamativo su silencio.</p>



<p>He tenido la oportunidad de entrevistarlo un par de veces. Es evidente su gusto por las palabras, por la construcción del argumento, por el debate sereno, por la decencia en las formas. Su oratoria no solo supera ampliamente la de Petro, sino que refleja una vocación auténtica por la conversación. En ese contexto, su decisión de no debatir sabemos que no es una limitación personal, sino una decisión estratégica.</p>



<p>La razón es evidente: mientras menos hable Cepeda, más se proyecta la continuidad de Petro. Pero esa es, precisamente, la paradoja. Porque en realidad son profundamente distintos. Quienes han seguido de cerca a la izquierda colombiana saben que sus estilos, sus formas y sus trayectorias difieren casi por completo. Cepeda no proviene de una guerrilla; su formación es más institucional, más académica. Es un profesor en un escenario que premia al agitador.</p>



<p>Incluso dentro de las tradiciones políticas que comparten, hay matices de élite. Cepeda es, en muchos sentidos, un producto de contextos más favorables, alguien que podría haber desarrollado su vida cómodamente en la academia colombiana o europea.</p>



<p>Y sin embargo, el país no sabe qué piensa sobre la economía. No hay claridad sobre su propuesta, sobre su modelo, sobre su visión de país. Ese vacío es, probablemente, su mayor debilidad y, al mismo tiempo, la fuente más real de incertidumbre que genera.</p>



<p>Las encuestas —que han fallado repetidamente— han contribuido a inflar su figura hasta ubicarlo como favorito en múltiples escenarios. Ese fenómeno ha creado una dinámica peligrosa: un candidato fuerte que no necesita explicar qué propone.</p>



<p>Mientras tanto, Petro conserva una fortaleza clave: el país no ha vivido el desastre que muchos de sus opositores pronosticaban. Ese error de cálculo de la extrema derecha terminó jugando a su favor. Bastaba con que el gobierno fuera modestamente mejor que el peor escenario imaginable para que el contraste lo beneficiara. Hoy, su sombra es enorme, incluso comparable —o superior— a la de Uribe, lo cual en Colombia es decir mucho, o todo.</p>



<p>Pero el problema de fondo es otro. La política actual parece atrapada en una pobreza de ideas alarmante. Hay escasez de propuestas, de imaginación, de visión. Los centros no están proponiendo un relato que enganche al país, no lo están interpretando, otra vez. El debate se ha reducido a un juego de personalismos donde todo gira, nuevamente, en torno a Uribe… o en torno a su contraparte…la mejor propuesta de un extremo es decir que no es Uribe y la mejor propuesta del otro extremo es decir que no son Petro.</p>



<p>Hay un detalle casi literario de esa matriz, una ironía incómoda y curiosa. La vida de Iván Cepeda Castro y la de Álvaro Uribe Vélez están marcadas por una herida idéntica: ambos son hijos de padres asesinados por las fuerzas más retardatarias, por esos extremos violentos que dicen combatir mientras lo devoran todo.</p>



<p>Dos tragedias casi calcadas. Antagónicos en todo: en el lenguaje, en la forma, en la idea de país, en la manera de ejercer el poder. Y, sin embargo, profundamente conectados por ese origen que los persigue como una sombra. Es casi una broma cruel de la historia: solo una prueba de como Colombia lleva décadas atrapada entre violencias que nunca acaban…entre oposiciones imposibles en las que tan difícil es construir un relato común.</p>



<p>Y aquí estamos otra vez.</p>



<p>Creo que una de las mayores pobrezas del momento político actual es la incapacidad —o la pereza— de construir algo distinto. No hay historias nuevas, no hay imaginación, no hay riesgo. Solo queda el personalismo, esa vieja adicción nacional que todo lo simplifica hasta volverlo caricatura.&nbsp;</p>



<p>En ese juego, Cepeda no aparece como una propuesta sino como un reflejo invertido. No sabemos qué piensa, no sabemos qué propone, no sabemos qué haría. Pero lidera, sin hablar, sin exponerse. Sin debatir.</p>



<p>Una hazaña, si no fuera un síntoma.</p>



<p>La ligereza del debate nos ha llevado a una paradoja casi obscena: un candidato fuerte que no necesita decir qué quiere hacer con el país, y una democracia que parece dispuesta a aceptarlo sin exigirle nada.</p>



<p>Gobernar sin explicar. Ganar sin debatir. Convencer sin hablar.</p>



<p>Qué tragedia.</p>
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        <author>Diego Aretz</author>
                    <category>Las palabras y las cosas</category>
                <guid isPermaLink="false">https://blogs.elespectador.com/?p=127688</guid>
        <pubDate>Sun, 05 Apr 2026 15:54:36 +0000</pubDate>
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