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    <title>Blogs El Espectador</title>
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    <description>Blogs gratis y diarios en El Espectador</description>
    <lastBuildDate>Fri, 23 Oct 2026 09:21:11 +0000</lastBuildDate>
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	<title>Diego Aretz, Author at Blogs El Espectador</title>
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        <title>Los peligros ocultos de la accidentalidad laboral</title>
        <link>https://blogs.elespectador.com/actualidad/las-palabras-y-las-cosas/los-peligros-ocultos-de-la-accidentalidad-laboral/</link>
        <description><![CDATA[<p>Colombia registró más de 128.000 accidentes de trabajo durante el primer trimestre de 2026. Las lesiones en la cabeza representan un riesgo importante para la salud de los trabajadores y plantean desafíos en materia de prevención y seguridad laboral. La seguridad en el trabajo no depende únicamente de evitar las grandes emergencias. También exige identificar [&hellip;]</p>
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        <content:encoded><![CDATA[
<p class="wp-block-paragraph"><strong>Colombia registró más de 128.000 accidentes de trabajo durante el primer trimestre de 2026. Las lesiones en la cabeza representan un riesgo importante para la salud de los trabajadores y plantean desafíos en materia de prevención y seguridad laboral.</strong></p>



<p class="wp-block-paragraph">La seguridad en el trabajo no depende únicamente de evitar las grandes emergencias. También exige identificar los riesgos cotidianos que pueden terminar en lesiones graves: una herramienta que cae desde una altura, un golpe contra una estructura metálica o una caída que provoca un impacto en la cabeza. En Colombia, donde la accidentalidad laboral continúa siendo un desafío para las empresas y sus trabajadores, la prevención de este tipo de situaciones ocupa un lugar relevante en la gestión de la seguridad y la salud en el trabajo.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Según el más reciente Informe de Siniestralidad Laboral del Consejo Colombiano de Seguridad (CCS), durante el primer trimestre de 2026 se registraron 128.288 accidentes de trabajo en el país, un promedio de 1.425 casos diarios. Las cifras dimensionan la frecuencia con la que ocurren estos episodios y la importancia de fortalecer las medidas para identificar los peligros, reducir la exposición a ellos y proteger a quienes desempeñan distintas actividades productivas.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Entre los riesgos que requieren atención están los traumatismos cerebrales relacionados con el trabajo. De acuerdo con el Instituto Nacional para la Seguridad y Salud Ocupacional de Estados Unidos (NIOSH, por sus siglas en inglés), estas lesiones representan entre el 20 % y el 25 % de los traumatismos laborales, una proporción que pone de relieve la importancia de prevenir los golpes en la cabeza y evaluar las condiciones en las que se desarrollan las labores.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Los accidentes pueden producirse de distintas maneras. La caída de herramientas, materiales y otros objetos constituye uno de los escenarios más evidentes, pero no es el único. También existen riesgos asociados a partículas o elementos proyectados durante una operación, golpes contra vigas, tuberías y equipos, y caídas del propio trabajador que terminan en impactos contra el suelo u otras superficies.</p>



<p class="wp-block-paragraph">“En los entornos de trabajo pueden presentarse diferentes situaciones capaces de generar impactos en la cabeza, desde objetos que caen hasta golpes contra estructuras o caídas. Por esto, Colombia cuenta con un marco normativo que exige a las organizaciones identificar, evaluar y controlar los riesgos laborales”, explicó Catalina Vejarano, líder del equipo comercial de Libus, empresa especializada en la fabricación de elementos de protección personal.</p>



<p class="wp-block-paragraph">La identificación de estos escenarios es un punto de partida para establecer medidas preventivas acordes con cada actividad. La evaluación de riesgos, la capacitación de los trabajadores, la organización de los espacios y la selección de equipos de protección adecuados forman parte de las acciones que pueden contribuir a reducir la probabilidad de accidentes y sus consecuencias.</p>



<h2 class="wp-block-heading">La importancia de proteger los costados de la cabeza</h2>



<p class="wp-block-paragraph">La protección de la cabeza no debería concentrarse exclusivamente en los impactos que se producen desde arriba. Un estudio del Biomechanics Laboratory del Legacy Research Institute, en Portland, Estados Unidos, sobre el desempeño de los cascos de seguridad industrial, encontró que los impactos laterales son aproximadamente tres veces más frecuentes que los impactos en la parte superior de la cabeza.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Este hallazgo llama la atención sobre la variedad de situaciones que pueden presentarse en un entorno laboral. Un trabajador puede golpearse contra una estructura fija, recibir el impacto de un objeto o sufrir una caída en la que la cabeza entre en contacto con una superficie desde diferentes ángulos. Por ello, las características de los elementos de protección deben evaluarse de acuerdo con los peligros específicos de cada labor.</p>



<p class="wp-block-paragraph">En ese contexto, los cascos de seguridad Tipo II están diseñados para brindar protección frente a impactos en la parte superior y en distintas zonas de la cabeza, incluidos los costados, la parte frontal y la posterior. Según Vejarano, estos equipos pueden resultar pertinentes en actividades en las que existe exposición a impactos desde varias direcciones, siempre que su selección corresponda a la evaluación de riesgos y a los requisitos técnicos aplicables.</p>



<p class="wp-block-paragraph">La elección del equipo, sin embargo, no sustituye la prevención en el origen del peligro. Un casco puede reducir determinados riesgos, pero no elimina la posibilidad de que ocurran accidentes. La protección requiere combinar los elementos adecuados con procedimientos seguros, controles sobre las condiciones de trabajo y formación para reconocer situaciones potencialmente peligrosas.</p>



<h2 class="wp-block-heading">El impacto también se refleja en los costos</h2>



<p class="wp-block-paragraph">Las consecuencias de un traumatismo cerebral pueden extenderse más allá de la lesión inicial. Además de la atención médica y los procesos de recuperación, estos accidentes pueden ocasionar ausencias laborales, pérdida de productividad y dificultades para retomar las actividades habituales.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Un estudio de los Centros para el Control y la Prevención de Enfermedades de Estados Unidos (CDC) estimó que, en ese país, los casos de traumatismo cerebral no fatal que requirieron hospitalización generaron costos promedio de US$51.241 en gastos médicos y US$6.110 en pérdidas laborales por persona.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Estas cifras corresponden al contexto estadounidense y no deben interpretarse como una estimación de los costos en Colombia. No obstante, ilustran la dimensión económica que pueden alcanzar las lesiones y la importancia de considerar la prevención como parte de la gestión empresarial, además de su papel central en la protección de la salud y la integridad de los trabajadores.</p>



<p class="wp-block-paragraph">En Colombia, la magnitud de la accidentalidad laboral registrada durante los primeros meses de 2026 plantea la necesidad de mantener la atención sobre los riesgos presentes en los distintos sectores productivos. La prevención de los traumatismos en la cabeza requiere reconocer cómo se producen los impactos, identificar las condiciones que pueden provocarlos y adoptar medidas de protección adecuadas para cada entorno.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Reducir estos accidentes no depende de una sola herramienta ni de una medida aislada. Exige una gestión que combine la evaluación de peligros, la implementación de controles, la capacitación y el uso apropiado de equipos de protección personal. En últimas, la seguridad laboral se construye al anticipar los riesgos antes de que se conviertan en lesiones, con medidas que protejan tanto la vida y la salud de los trabajadores como la continuidad de sus actividades.</p>



<p class="wp-block-paragraph"></p>
]]></content:encoded>
        <author>Diego Aretz</author>
                    <category>Las palabras y las cosas</category>
                <guid isPermaLink="false">https://blogs.elespectador.com/?p=134289</guid>
        <pubDate>Tue, 20 Oct 2026 15:29:58 +0000</pubDate>
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                <media:description type="plain"><![CDATA[Los peligros ocultos de la accidentalidad laboral]]></media:description>
                <media:credit role="author" scheme="urn:ebu">Diego Aretz</media:credit>
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        <title>Estulticia y poder</title>
        <link>https://blogs.elespectador.com/actualidad/las-palabras-y-las-cosas/estulticia-y-poder/</link>
        <description><![CDATA[<p>**Publicado originalmente en Le Monde Diplomatique Desde Erasmo hasta Kafka, desde los Médici hasta las democracias contemporáneas, la historia parece desafiar una convicción elemental: la inteligencia no suele gobernar el mundo. Con frecuencia, el poder termina en manos de quienes combinan una dosis suficiente de audacia, fortuna y una notable indiferencia frente a la complejidad. [&hellip;]</p>
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        <content:encoded><![CDATA[
<p class="wp-block-paragraph"><em><strong>**Publicado originalmente en Le Monde Diplomatique</strong></em> </p>



<p class="wp-block-paragraph"><em>Desde Erasmo hasta Kafka, desde los Médici hasta las democracias contemporáneas, la historia parece desafiar una convicción elemental: la inteligencia no suele gobernar el mundo. Con frecuencia, el poder termina en manos de quienes combinan una dosis suficiente de audacia, fortuna y una notable indiferencia frente a la complejidad.</em></p>



<p class="wp-block-paragraph">La palabra tiene algo de reliquia. Estulticia. Suena a monasterio medieval, a pergamino olvidado, a tratado escolástico. Sin embargo, pocas voces describen mejor una de las fuerzas más persistentes de la historia humana. Procede del latín&nbsp;<em>stultitia</em>, derivada de&nbsp;<em>stultus</em>, el necio, el torpe, el incapaz de aprender de sus propios errores. Ya en el siglo XIII aparecía en castellano para designar no solamente la falta de inteligencia sino una condición más inquietante: la obstinación en el error.</p>



<p class="wp-block-paragraph">La estupidez tiene un origen distinto. Su raíz se encuentra en el latín&nbsp;<em>stupidus</em>, emparentado con&nbsp;<em>stupere</em>: quedarse atónito, paralizado, golpeado por el asombro. El estúpido no era inicialmente un ignorante sino alguien incapaz de reaccionar ante lo evidente, una persona intelectualmente embotada.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Desde el Renacimiento ambas tradiciones se encontraron. En 1511, Erasmo de Rotterdam escribió el&nbsp;<em>Elogio de la locura</em>, una sátira inmortal en la que la Estulticia toma la palabra para explicar que ella, y no la razón, gobierna el mundo. Los sabios producen tratados, los filósofos sistemas, los teólogos disputas interminables. Pero quienes hacen funcionar la sociedad son los vanidosos, los aduladores, los confiados, los ambiciosos y los ilusos. Cinco siglos después, cuesta no sospechar que Erasmo observó algo fundamental.</p>



<p class="wp-block-paragraph">La historia está llena de personas brillantísimas que perdieron y de individuos manifiestamente mediocres que triunfaron.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Sócrates terminó condenado por la democracia ateniense. Séneca fue obligado a suicidarse por Nerón. Tomás Moro perdió la cabeza frente a Enrique VIII. Talleyrand sobrevivió a todos sus enemigos precisamente porque entendió que el talento político consiste menos en tener razón que en permanecer vivo.</p>



<p class="wp-block-paragraph">La intuición ilustrada,&nbsp;según la cual los más inteligentes acabarían gobernando,&nbsp;siempre tuvo un problema empírico: los hechos.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Napoleón observó una vez que la capacidad es importante, pero preguntaba primero si un general tenía suerte. La pregunta parece absurda hasta que se examina con atención la historia. Alejandro Magno estuvo a centímetros de morir varias veces antes de los treinta años. Julio César sobrevivió a campañas militares que habrían acabado con cualquier otro comandante. Churchill fue rescatado una y otra vez por circunstancias extraordinarias. La línea que separa al genio del cadáver suele ser mucho más delgada de lo que admiten las biografías.</p>



<p class="wp-block-paragraph">La posteridad tiene una tendencia inevitable a confundir éxito con inteligencia.&nbsp;Cuando alguien triunfa, asumimos que debía poseer virtudes excepcionales. Cuando fracasa, buscamos defectos ocultos que expliquen su derrota. Sin embargo, una parte considerable de la historia es producto del azar.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Dostoievski comprendió esto mejor que la mayoría. En sus novelas, los personajes toman decisiones racionales, irracionales, heroicas o miserables, pero constantemente chocan contra una fuerza impredecible: la contingencia. En&nbsp;<em>Crimen y castigo</em>, una serie de casualidades aparentemente insignificantes altera el destino de Raskólnikov. En&nbsp;<em>Memorias del subsuelo</em>, el protagonista se burla de quienes creen que la razón puede organizar perfectamente la sociedad. La vida humana, insiste Dostoievski, posee un elemento irreductible de arbitrariedad.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Quizá por eso las ideologías que prometen sistemas perfectos suelen fracasar. Presuponen un mundo gobernado por la racionalidad,&nbsp;cuando la experiencia cotidiana sugiere otra cosa. Las personas votan contra sus intereses materiales, los mercados reaccionan de manera irracional, los imperios colapsan por accidentes mínimos y líderes aparentemente invencibles desaparecen por una enfermedad, un atentado o una decisión desafortunada.</p>



<p class="wp-block-paragraph">La inteligencia ayuda. Pero no alcanza.&nbsp;De&nbsp;hecho, la relación entre inteligencia y poder es mucho más ambigua de lo que solemos creer.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Los individuos excepcionalmente inteligentes suelen tener un problema político. Ven demasiadas variables. Comprenden demasiados matices. Detectan demasiadas objeciones.</p>



<p class="wp-block-paragraph">El mediocre, en cambio, disfruta de una ventaja formidable: la simplicidad.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Mientras el intelectual duda, el simplificador avanza.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Mientras el experto explica por qué algo es difícil, el demagogo promete resolverlo en una semana.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Mientras el académico introduce matices, el agitador ofrece certezas.&nbsp;Y las certezas siempre han sido más populares que los matices.</p>



<p class="wp-block-paragraph">No es casualidad que las democracias modernas hayan desarrollado una relación tan conflictiva con el conocimiento especializado. Durante buena parte del siglo XX todavía existía cierto prestigio asociado al saber. Los grandes debates públicos involucraban escritores, economistas, historiadores, juristas y científicos. Podían equivocarse, desde luego, pero existía una presunción cultural de que el conocimiento merecía atención.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Ese prestigio se ha erosionado.&nbsp;La revolución&nbsp;digital democratizó la información, pero también democratizó la ignorancia. Nunca había sido tan fácil acceder al conocimiento y nunca había sido tan sencillo ignorarlo.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Las redes sociales introdujeron un principio nuevo en la historia de la comunicación: la visibilidad dejó de depender de la calidad y comenzó a depender de la capacidad de atraer atención.&nbsp;En&nbsp;ese ecosistema, la complejidad está condenada.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Un argumento elaborado pierde frente a una consigna.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Un análisis pierde frente a una indignación.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Un libro pierde frente a un video de treinta segundos.</p>



<p class="wp-block-paragraph"><strong> La política no podía permanecer inmune a esa transformación.</strong></p>



<p class="wp-block-paragraph">En Colombia el fenómeno resulta particularmente visible. Durante buena parte del siglo XX, con todas las limitaciones y exclusiones de la época, la política nacional produjo figuras que poseían una formación intelectual considerable. Conservadores y liberales podían enfrentarse con ferocidad, pero compartían una cultura letrada. Muchos eran abogados, historiadores, profesores, periodistas o ensayistas. Leían. Escribían. Citaban autores.</p>



<p class="wp-block-paragraph">No se trata de nostalgia. Tampoco de idealizar un pasado lleno de violencia, sectarismo y desigualdad.&nbsp;Se&nbsp;trata de observar un cambio cultural.</p>



<p class="wp-block-paragraph">La política dejó de premiar la elaboración intelectual y comenzó a recompensar la capacidad de producir impacto inmediato.</p>



<p class="wp-block-paragraph">El político contemporáneo no necesita demostrar que ha leído. Necesita demostrar que existe.</p>



<p class="wp-block-paragraph">No debe persuadir durante horas. Debe captar atención durante segundos.</p>



<p class="wp-block-paragraph">La lógica del espectáculo terminó colonizando la esfera pública.&nbsp;Y cuando&nbsp;el espectáculo se convierte en criterio de selección, la estulticia adquiere ventajas competitivas.</p>



<p class="wp-block-paragraph">El estulto moderno ya no es necesariamente ignorante. Puede tener títulos universitarios, asesores brillantes e incluso una formación sofisticada. Su rasgo distintivo es otro: la incapacidad para reconocer la complejidad de la realidad.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Confunde confianza con conocimiento.&nbsp;Popularidad con competencia.&nbsp;Visibilidad con autoridad.&nbsp;Opinión con evidencia.</p>



<p class="wp-block-paragraph">En eso consiste su poder.</p>



<p class="wp-block-paragraph">La historia ofrece incontables ejemplos de líderes cuya principal fortaleza fue una extraordinaria seguridad en sí mismos. Algunas veces triunfaron. Otras veces condujeron sociedades enteras al desastre. Pero casi siempre lograron algo que los inteligentes encuentran difícil: convencer a otros de que sabían exactamente lo que hacían.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Quizá por eso la estulticia suele ser tan seductora.</p>



<p class="wp-block-paragraph">La inteligencia convive con la duda.&nbsp;La&nbsp;estupidez convive con la certeza.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Y las masas suelen sentirse más cómodas con quien promete respuestas definitivas que con quien admite incertidumbres.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Kafka comprendió otra dimensión del problema. En sus novelas, los individuos quedan atrapados dentro de sistemas absurdos donde nadie parece entender realmente qué está ocurriendo. El mundo kafkiano no está gobernado por genios malignos. Está gobernado por burocracias confusas, funcionarios mediocres y mecanismos impersonales.</p>



<p class="wp-block-paragraph">No es el triunfo del mal.&nbsp;Es&nbsp;el triunfo de la incompetencia.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Woody Allen llevó esa intuición al terreno del humor judío. En sus películas y ensayos aparece una visión profundamente pesimista y cómica de la condición humana. Los seres humanos no controlan casi nada. El universo carece de interés por nuestros planes. El azar distribuye premios y castigos con una arbitrariedad ofensiva.</p>



<p class="wp-block-paragraph">La inteligencia puede ayudar a comprender el desastre.&nbsp;Perorara vez evita que ocurra.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Esa tradición intelectual, que atraviesa a Kafka, Freud, Allen y buena parte del pensamiento judío moderno, desconfía de las explicaciones grandiosas. Sospecha que detrás de muchos acontecimientos históricos no hay una racionalidad profunda sino una combinación más humilde y perturbadora: suerte y estupidez.</p>



<p class="wp-block-paragraph">La fórmula parece demasiado simple.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Sin embargo, explica bastante.</p>



<p class="wp-block-paragraph">La suerte abre puertas.&nbsp;La&nbsp;estulticia permite atravesarlas sin hacerse demasiadas preguntas.&nbsp;La&nbsp;inteligencia, mientras tanto, suele quedarse calculando probabilidades.</p>



<p class="wp-block-paragraph">¿Es entonces inútil la inteligencia?</p>



<p class="wp-block-paragraph">No.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Sería una conclusión tan estulta como aquello que pretende denunciar.</p>



<p class="wp-block-paragraph">La inteligencia no garantiza el éxito, pero sigue siendo una de las pocas herramientas que permiten comprender por qué el éxito y el mérito rara vez coinciden.</p>



<p class="wp-block-paragraph">La inteligencia no elimina el azar, pero ayuda a reconocerlo.</p>



<p class="wp-block-paragraph">La inteligencia no asegura el poder, pero permite observar sus mecanismos con cierta lucidez.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Quizá la lección más incómoda sea otra:&nbsp;La&nbsp;historia no recompensa necesariamente a los mejores.</p>



<p class="wp-block-paragraph">No existe una justicia automática que distribuya prestigio, riqueza o influencia de acuerdo con el talento.&nbsp;Los más inteligentes no siempre ganan.&nbsp;Los más preparados no siempre ascienden.&nbsp;Los&nbsp;más virtuosos no siempre son reconocidos.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Entre la capacidad y el triunfo se interpone una fuerza antigua y caprichosa llamada fortuna.&nbsp;Y&nbsp;junto a ella avanza, desde hace siglos, una compañera inseparable:&nbsp;la&nbsp;estulticia.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Hay además un fenómeno contemporáneo que habría fascinado a Erasmo. Nunca en la historia tantos líderes políticos habían dispuesto de tanta información, tantos asesores, tantos datos, tantas universidades, tantos centros de pensamiento y tantos expertos al alcance de la mano. Y, sin embargo, pocas épocas han parecido tan vulnerables a la simplificación, al impulso y a la consigna.&nbsp;Nunca antes se había invertida tanta inteligencia para ser estúpidos.</p>



<p class="wp-block-paragraph">La paradoja resulta evidente en distintos continentes. Gobiernos de izquierda y de derecha, líderes nacionalistas y cosmopolitas, figuras surgidas de partidos tradicionales y outsiders que prometían destruirlos, terminan enfrentándose al mismo problema: la complejidad del mundo moderno es tan abrumadora que la tentación de ignorarla se vuelve cada vez más fuerte. La política contemporánea recompensa con frecuencia al dirigente que parece seguro antes que al dirigente que realmente comprende.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Los grandes debates públicos de nuestro tiempo —la inteligencia artificial, el cambio climático, la transformación demográfica, la crisis de las democracias, la concentración económica o las migraciones masivas— son asuntos extraordinariamente complejos. Sin embargo, la discusión&nbsp;pública suele reducirlos a frases de diez palabras. Como si la dificultad misma de los problemas produjera una demanda social de respuestas cada vez más elementales.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Quizá por eso el siglo XXI parece oscilar constantemente entre la inteligencia más sofisticada y la estulticia más elemental. Nunca hubo tantos científicos brillantes, tantos desarrollos tecnológicos y tantos conocimientos disponibles. Tampoco hubo una capacidad tan grande para ignorarlos.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Y entonces aparece la pregunta más extraña de todas:&nbsp;¿Quéocurrirá con la inteligencia artificial?</p>



<p class="wp-block-paragraph">Escuchando a algunos de sus expertos más reconocidos, uno tiene la impresión de asistir simultáneamente a una revolución y a una tragedia. Para unos, la IA representa la culminación de siglos de conocimiento humano, el momento en que la inteligencia comienza a multiplicarse a una velocidad desconocida. Para otros, podría convertirse en el instrumento definitivo de nuestra propia degradación intelectual, una máquina capaz de pensar mientras nosotros dejamos de hacerlo.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Tal vez ambas cosas sean ciertas.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Tal vez la inteligencia artificial sea el triunfo de la inteligencia y de la estulticia al mismo tiempo.</p>



<p class="wp-block-paragraph">La inteligencia humana creando sistemas prodigiosos y la estulticia humana utilizándolos para evitar el esfuerzo de comprender.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Hay algo inquietante en esa posibilidad. Durante siglos imaginamos que el progreso técnico conduciría necesariamente a sociedades más racionales. La experiencia histórica no ofrece demasiadas razones para compartir ese optimismo. La imprenta produjo obras maestras y panfletos delirantes. La radio difundió conciertos y propaganda. Internet abrió bibliotecas infinitas y fábricas industriales de desinformación. Nada garantiza que la inteligencia artificial rompa ese patrón.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Hace algunos años me encontré solo en Madrid, descendiendo a uno de los espacios más sombríos del Museo del Prado. Los periodistas podían entrar gratuitamente y aproveché aquella pequeña fortuna burocrática para perderme durante horas entre las salas. Recuerdo especialmente una visita al&nbsp;<em>Jardín de las delicias</em>. Había poca gente. La luz parecía más tenue de lo habitual. El cuadro surgía desde la oscuridad como una aparición.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Los personajes de Bosch son imposibles de olvidar. Corren, tropiezan, celebran, pecan, juegan, se persiguen, se destruyen. Son grotescos y hermosos. Ridículos y conmovedores. Monstruosos y profundamente humanos.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Siempre he pensado que en aquella pintura existe una compasión extraordinaria por nuestra especie. No una compasión paternal ni condescendiente, sino una comprensión profunda de nuestras limitaciones. Bosch parecía saber que los seres humanos somos criaturas capaces de construir catedrales y cometer atrocidades, escribir sinfonías y perseguir fantasmas, descubrir continentes y arruinarlos después.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Contemplar ese cuadro es observar a la humanidad entera atrapada entre la imaginación, la locura, el deseo y la estupidez.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Y quizá esa sea la lección final de la estulticia.&nbsp;No&nbsp;consiste en burlarse de los necios.&nbsp;Consiste en reconocer que todos participamos de ella.</p>



<p class="wp-block-paragraph">No hay arrogancia en sentir compasión por la especie humana. Tampoco la hay en admitir nuestra monstruosidad ocasional o nuestra tendencia recurrente al error. Tener compasión por los seres humanos es, en última instancia, tener compasión por nosotros mismos. Porque la frontera que separa al sabio del estulto, al genio del necio, rara vez es tan sólida como nos gustaría creer.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Tal vez por eso la historia resulta tan imprevisible. Porque en el fondo todos llevamos algo de ambas cosas.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Erasmo tenía razón. Tal vez la Estulticia continúa gobernando buena parte del mundo. No porque sea más poderosa que la inteligencia, sino porque posee dos aliados formidables: la confianza ilimitada en sí misma y la ayuda ocasional del azar.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Cuando ambas coinciden, producen una fuerza difícil de derrotar.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Y cuando no coinciden, cuando faltan la suerte o la necedad, incluso las inteligencias más brillantes descubren una verdad amarga: comprender el mundo nunca ha sido lo mismo que gobernarlo.</p>



<p class="wp-block-paragraph"></p>
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        <author>Diego Aretz</author>
                    <category>Las palabras y las cosas</category>
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        <pubDate>Sun, 18 Oct 2026 01:43:07 +0000</pubDate>
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        <title>La tragedia feliz de Joyce Ventura</title>
        <link>https://blogs.elespectador.com/actualidad/las-palabras-y-las-cosas/la-tragedia-feliz-de-joyce-ventura/</link>
        <description><![CDATA[<p>Fui una noche a la Cinemateca de Bogotá a encontrarme con Joyce Ventura. Me había invitado a moderar una conversación con motivo del lanzamiento de Tres hermanas, su primer largometraje como directora, y salí de allí pensando en esa paradoja que algunas películas consiguen revelar sin proponérselo del todo: uno puede entrar a una sala [&hellip;]</p>
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        <content:encoded><![CDATA[
<p class="wp-block-paragraph">Fui una noche a la Cinemateca de Bogotá a encontrarme con Joyce Ventura. Me había invitado a moderar una conversación con motivo del lanzamiento de <em>Tres hermanas</em>, su primer largometraje como directora, y salí de allí pensando en esa paradoja que algunas películas consiguen revelar sin proponérselo del todo: uno puede entrar a una sala de cine dispuesto a contemplar la muerte y terminar encontrándose, de una manera inesperada, con la vida.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Joyce ha dedicado buena parte de su trayectoria al cine colombiano, aunque durante décadas lo hizo desde ese lugar menos visible, pero indispensable, de la producción y el montaje, acompañando películas, construyendo historias y haciendo posible que otros las contaran. Su nombre está ligado a una parte importante de nuestra cinematografía, desde <em>Gamín</em>, de Ciro Durán, hasta distintas producciones que contribuyeron a consolidar una industria cinematográfica en un país donde hacer cine nunca ha sido una tarea sencilla. Después de más de cincuenta años de oficio, decide ponerse delante de la cámara y convertir su propia vida, sus temores y sus afectos en materia cinematográfica. La decisión tiene algo de descubrimiento tardío, aunque en realidad parece la consecuencia natural de una vida dedicada a observar a los demás: llega un momento en que la cámara, después de haber mirado tantas historias, se vuelve hacia quien la sostiene.</p>



<p class="wp-block-paragraph">El punto de partida es aparentemente sencillo. Joyce y sus dos hermanas mayores, Ethy y Bella, se acercan a la vejez y empiezan a preguntarse qué significa envejecer, qué ocurre con el cuerpo cuando deja de responder como antes, cómo se transforma nuestra relación con el tiempo y de qué manera se aprende a convivir con la idea de que un día vamos a morir. Las tres están unidas por el afecto, pero sus personalidades y sus respuestas ante la existencia son distintas. Viven en lugares diferentes, han construido vidas propias y no necesitan pensar igual para quererse. En ese espacio de intimidad, donde las conversaciones familiares pueden pasar de la ternura a la incomodidad sin pedir permiso, Joyce encuentra una historia que termina por exceder los límites de su familia.</p>



<figure class="wp-block-image size-full"><img fetchpriority="high" decoding="async" width="735" height="781" src="https://blogs.elespectador.com/wp-content/uploads/sites/2/2026/10/02cad442-0202-4fc2-97d0-7cc13d470c66.jpg" alt="" class="wp-image-134186" srcset="https://blogs.elespectador.com/wp-content/uploads/sites/2/2026/10/02cad442-0202-4fc2-97d0-7cc13d470c66.jpg 735w, https://blogs.elespectador.com/wp-content/uploads/sites/2/2026/10/02cad442-0202-4fc2-97d0-7cc13d470c66.jpg?resize=282,300 282w" sizes="(max-width: 735px) 100vw, 735px" /></figure>



<p class="wp-block-paragraph">Porque la vejez es una experiencia universal, pero no existe una única manera de vivirla. Hay tantas formas de envejecer como historias, temperamentos, condiciones materiales y sociedades, y buena parte de las diferencias que encontramos entre las personas mayores tiene que ver con el mundo que las rodea, con las oportunidades que tuvieron, con los afectos que conservaron y con la posibilidad, tan decisiva como desigual, de seguir tomando decisiones sobre sus propias vidas.</p>



<p class="wp-block-paragraph">En algunas sociedades, la experiencia acumulada por los mayores todavía ocupa un lugar central en la transmisión de la memoria, las tradiciones y el conocimiento. En otras, donde la juventud se ha convertido en una especie de mercancía y la productividad parece ser la medida de todas las cosas, envejecer puede sentirse como una pérdida de valor social. No es que las primeras hayan resuelto el problema de la soledad ni que las segundas carezcan de vínculos familiares sólidos, pero sí existe una diferencia entre vivir en un entorno que reconoce la experiencia de los años y hacerlo en uno que parece pedir disculpas por ella. La modernidad nos ha ofrecido extraordinarias posibilidades para prolongar la vida, mientras nos cuesta cada vez más imaginar qué lugar queremos darle a esa vida prolongada.</p>



<p class="wp-block-paragraph">También importa la clase social. No envejece de la misma manera quien dispone de recursos para cuidar su salud, mantener su autonomía, viajar, cultivar amistades y organizar sus días que quien debe continuar trabajando porque no puede permitirse el descanso. Una cosa es temer la pérdida de independencia y otra, muy distinta, experimentar esa pérdida sin una red de apoyo, sin ingresos suficientes o sin acceso a cuidados. La vejez puede ser el tiempo de la contemplación, de los viajes y de una libertad conquistada después de décadas de obligaciones, pero también puede convertirse en una etapa de incertidumbre económica, aislamiento y dependencia. Entre ambas experiencias existe un mundo de diferencias que las sociedades suelen disimular cuando hablan de la tercera edad como si se tratara de una condición homogénea.</p>



<p class="wp-block-paragraph">En Colombia, donde tantas familias han tenido que asumir buena parte de las tareas del cuidado sin suficiente acompañamiento institucional, estas preguntas adquieren una dimensión particular. Envejecer no es solamente un asunto privado, ni debería ser una preocupación que cada familia resuelva puertas adentro. Tiene que ver con la salud pública, las pensiones, las ciudades que construimos, la arquitectura de nuestras viviendas, el transporte, la soledad y la posibilidad de seguir participando en la vida colectiva cuando dejamos de pertenecer al mundo laboral. Tiene que ver, también, con la manera en que tratamos a nuestros padres y abuelos, con la paciencia que estamos dispuestos a concederles y con la facilidad con que confundimos la pérdida de ciertas capacidades con la pérdida de dignidad.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Sin embargo, <em>Tres hermanas</em> no pretende convertirse en un tratado sobre el envejecimiento ni en una denuncia social disfrazada de documental. Su fuerza está, precisamente, en que llega a esas preguntas a través de la vida concreta, de los rostros, las conversaciones, las diferencias y los recuerdos de tres mujeres que no representan a nadie más que a sí mismas y que, por eso mismo, terminan representándonos a todos. Joyce no necesita construir personajes ejemplares ni encontrar una fórmula para aceptar el paso del tiempo. Le basta con filmar a sus hermanas y filmarse a sí misma, dejar que aparezcan sus contradicciones y permitir que la cámara registre aquello que en una conversación cotidiana quizá preferiríamos evitar.</p>



<p class="wp-block-paragraph">La película tiene, además, una pregunta íntima que la atraviesa desde el comienzo: ¿cómo se aprende a vivir cuando uno empieza a reconocer los límites del propio cuerpo? Joyce ha contado que su preocupación por la vejez viene de muchos años atrás, desde que empezó a necesitar gafas y comprendió que ella también estaba entrando en esa etapa que durante tanto tiempo había observado desde afuera. A esa inquietud se sumaron la muerte de su padre, el deterioro de su madre y el temor que le produjo conocer el diagnóstico de una enfermedad ocular degenerativa. La posibilidad de perder la visión introduce una dimensión especialmente conmovedora en su relación con el cine: una mujer que ha dedicado su vida a mirar comienza a preguntarse qué ocurriría si un día ya no pudiera hacerlo de la misma manera.</p>



<p class="wp-block-paragraph">La cámara se convierte entonces en una herramienta para conocer aquello que la asusta. Joyce ha explicado que investigar la vejez le permite acercarse a ella con curiosidad, como si comprender un poco mejor el miedo fuera una forma de hacerlo menos desconocido. Hay algo profundamente humano en esa decisión. No se trata de fingir que la muerte no existe, ni de convencerse de que todo puede resolverse mediante una actitud positiva, sino de observar, preguntar y conversar allí donde normalmente preferimos guardar silencio. La película no elimina la angustia, pero la transforma en una experiencia compartida, y quizá esa sea una de las funciones más antiguas y más necesarias del arte.</p>



<p class="wp-block-paragraph">En la historia de Joyce hay, además, otra pérdida que ilumina la película de una manera particular: la muerte de Ciro Durán, su compañero de vida y de trabajo, el cineasta que dejó una huella fundamental en el documental colombiano. Durán, director de <em>Gamín</em> y de películas como <em>La guerra del centavo</em>, murió en enero de 2022, después de una enfermedad prolongada. Joyce ha recordado cómo afrontó sus últimos años con valentía y autonomía, sin abandonar la escritura de guiones, incluso cuando sabía que quizá no llegaría a filmarlos. En un gesto de generosidad, aceptó conversar con ella para el documental, aunque hablar de sí mismo y de su propia vulnerabilidad no le resultara sencillo.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Es difícil no pensar en lo que significa compartir tantos años con alguien y descubrir, al final, que el amor no nos exime de acompañarlo hacia su desaparición. En la enfermedad, el tiempo adquiere otra densidad, las conversaciones cotidianas pueden convertirse en recuerdos y las cosas que antes parecían importantes pierden su urgencia frente a la evidencia de que la presencia del otro no es eterna. Pero también ocurre algo que solo se comprende desde la experiencia: incluso cuando el cuerpo se deteriora, una persona sigue siendo mucho más que su enfermedad, y la dignidad puede expresarse en la voluntad de conservar la autonomía, continuar escribiendo, pensar en proyectos que quizá no llegarán a realizarse y decidir de qué manera quiere vivir el tiempo que le queda.</p>



<p class="wp-block-paragraph">En ese sentido, la historia de Ciro no aparece como una explicación definitiva de la película, sino como parte de la experiencia desde la cual Joyce se aproxima a sus preguntas. La muerte de su compañero, la de su madre y el temor a su propio deterioro conforman un horizonte de pérdidas, pero también la obligan a mirar de frente aquello que durante años había intentado comprender. Hay una diferencia entre investigar la vejez y descubrir que uno mismo está envejeciendo, entre conversar sobre la muerte y reconocer que empieza a formar parte de nuestra biografía. Joyce atraviesa esa frontera con la cámara encendida.</p>



<p class="wp-block-paragraph">El archivo familiar adquiere entonces una importancia especial. Las fotografías, las grabaciones antiguas y las imágenes de celebraciones y encuentros permiten que las hermanas se observen en otros momentos de sus vidas, que comparen los rostros de entonces con los de ahora y que reconozcan, a veces con humor y otras con cierta melancolía, la distancia entre quienes fueron y quienes son. El pasado aparece fragmentado, pero no desaparecido. Las imágenes devuelven gestos, voces y maneras de estar en el mundo que el tiempo había transformado en recuerdos, y la cámara permite que esas imágenes vuelvan a entrar en conversación con el presente.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Filmar es también una manera de resistirse al olvido. No de derrotar a la muerte, porque el cine no tiene semejante poder, sino de conservar algo de aquello que inevitablemente se pierde. Una voz grabada, una mirada, una risa, una discusión entre hermanas pueden sobrevivir a la ocasión en que ocurrieron y adquirir una nueva vida frente a otros espectadores. El cine convierte lo efímero en memoria compartida, aunque esa memoria nunca sea completa ni pueda reemplazar a la persona que ya no está. Quizá por eso las imágenes familiares tienen una fuerza que a veces no encontramos en las grandes narraciones históricas: nos devuelven la conciencia de que la vida está hecha, en buena medida, de gestos pequeños cuya importancia solo descubrimos cuando el tiempo los ha convertido en pasado.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Hay algo especialmente valioso en que Joyce se permita mostrar las diferencias entre sus hermanas sin intentar resolverlas. En una época en que las conversaciones públicas suelen organizarse alrededor de identidades rígidas y posiciones irreconciliables, <em>Tres hermanas</em> recuerda que la intimidad no necesita uniformidad para existir. Podemos compartir una historia, querernos profundamente y, al mismo tiempo, tener ideas distintas sobre el envejecimiento, la muerte, la religión, el cuerpo o la posibilidad de una trascendencia. La familia no es necesariamente el lugar donde todos terminan pensando igual, sino aquel en el que, cuando los vínculos sobreviven a las diferencias, aprendemos a convivir con ellas.</p>



<p class="wp-block-paragraph">La vejez pone a prueba esa convivencia porque modifica las condiciones materiales y emocionales de las relaciones. Los papeles cambian, la independencia se vuelve más difícil de conservar y quienes durante años cuidaron de otros pueden necesitar ayuda. También aparecen los desacuerdos sobre cómo cuidar, hasta dónde intervenir y qué significa respetar la voluntad de una persona que empieza a perder algunas capacidades. Son conversaciones difíciles, precisamente porque el afecto no siempre nos enseña qué hacer. A veces queremos proteger a alguien y terminamos restringiendo su libertad, o insistimos en conservar una imagen de esa persona que ya no corresponde con su realidad. En la película, esas tensiones no necesitan convertirse en grandes conflictos para revelar su importancia.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Pero Joyce introduce el humor, y ese detalle cambia la naturaleza de la experiencia. Las hermanas se ríen, se contradicen, se observan y encuentran motivos para bromear en medio de conversaciones que podrían resultar demasiado dolorosas si fueran tratadas con solemnidad. La risa no niega el miedo ni convierte la pérdida en algo trivial; simplemente recuerda que la vida no deja de producir situaciones absurdas cuando empezamos a pensar en su final. Quizá una de las formas más sensatas de acercarse a la muerte sea aceptar que no todo lo que la rodea tiene que estar envuelto en gravedad, que podemos sentir angustia y reírnos en una misma tarde, que la conciencia de nuestra fragilidad no nos obliga a renunciar a la alegría.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Al salir de la Cinemateca pensé en esa costumbre que tenemos de aplazar ciertas conversaciones, como si hablar de la vejez pudiera acercarla o como si evitar la palabra muerte nos concediera alguna ventaja sobre ella. Nos preparamos para estudiar, trabajar, producir, viajar, formar una familia y construir una carrera, pero pocas veces nos preguntamos qué clase de vida queremos tener cuando todo eso empiece a cambiar, qué vínculos habremos cultivado para entonces o qué haremos con el tiempo cuando ya no esté organizado alrededor de nuestras obligaciones. Vivimos como si la vejez fuera una estación a la que llegarán otros, aunque cada día nos acerque un poco más a ella.</p>



<p class="wp-block-paragraph">La película de Joyce tampoco ofrece una respuesta sencilla a la pregunta de cómo deberíamos vivir esos años. Sería injusto pedirle que lo hiciera, porque cada experiencia tiene sus propias dificultades y porque no existe una fórmula capaz de reconciliar a todo el mundo con la pérdida, el dolor o la incertidumbre. Lo que propone es algo más modesto y, por eso mismo, más profundo: mirar, hablar, escuchar, reconocer las diferencias y aceptar que la vida puede conservar su riqueza incluso cuando deja de parecerse a la que imaginábamos. No se trata de romantizar la vejez, ni de convertirla en una etapa necesariamente sabia o feliz, sino de reconocer que sigue siendo vida, con sus conflictos, sus descubrimientos, sus alegrías y sus posibilidades.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Me alegra haber acompañado a Joyce en la conversación sobre su película. A veces uno acepta una invitación pensando que va a hablar de cine y termina hablando de asuntos para los que nunca encuentra el momento adecuado en la vida cotidiana. Esa noche, en la Cinemateca, la película nos llevó a conversar sobre el tiempo, la familia, las pérdidas y la posibilidad de seguir encontrando sentido en medio de la incertidumbre. Joyce, que durante décadas ayudó a contar las historias de otros, había encontrado en su propia experiencia una forma de acercarse a una pregunta universal.</p>



<p class="wp-block-paragraph">El título de esta reflexión podría ser, precisamente, la tragedia feliz de estar vivos. La tragedia consiste en que todo aquello que amamos está sometido al tiempo, en que ninguna forma de amor puede garantizar la permanencia de quien lo recibe y en que incluso las vidas más plenas terminan enfrentándose a la despedida. La felicidad no consiste en negar esa realidad, ni en fingir que la muerte nos resulta indiferente, sino en descubrir que la conciencia de nuestro final no anula el valor de lo vivido. A veces, por el contrario, nos permite reconocerlo con una claridad que antes no teníamos.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Qué curioso, entonces, salir de una película sobre la muerte con una sensación de gratitud por la vida. No porque el miedo haya desaparecido, ni porque las preguntas hayan encontrado respuesta, sino porque durante un par de horas hemos podido mirarlas de frente, acompañados por tres hermanas que, desde sus diferencias, nos recuerdan que todavía hay mucho por conversar. Y que mientras podamos hacerlo, mientras haya alguien a quien escuchar, una historia que contar, una imagen que rescatar del olvido o una razón para reírnos de nosotros mismos, la vida seguirá ofreciéndonos algo que no habíamos terminado de descubrir.</p>



<figure class="wp-block-image size-large"><img decoding="async" height="1024" width="722" src="https://blogs.elespectador.com/wp-content/uploads/sites/2/2026/10/joyce.jpg?quality=60&amp;w=650" alt="" class="wp-image-134187" srcset="https://blogs.elespectador.com/wp-content/uploads/sites/2/2026/10/joyce.jpg 1128w, https://blogs.elespectador.com/wp-content/uploads/sites/2/2026/10/joyce.jpg?resize=212,300 212w, https://blogs.elespectador.com/wp-content/uploads/sites/2/2026/10/joyce.jpg?resize=768,1089 768w, https://blogs.elespectador.com/wp-content/uploads/sites/2/2026/10/joyce.jpg?resize=722,1024 722w, https://blogs.elespectador.com/wp-content/uploads/sites/2/2026/10/joyce.jpg?resize=1083,1536 1083w" sizes="(max-width: 722px) 100vw, 722px" /></figure>
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        <author>Diego Aretz</author>
                    <category>Las palabras y las cosas</category>
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        <pubDate>Fri, 16 Oct 2026 23:22:57 +0000</pubDate>
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                <media:description type="plain"><![CDATA[La tragedia feliz de Joyce Ventura]]></media:description>
                <media:credit role="author" scheme="urn:ebu">Diego Aretz</media:credit>
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        <title>Guido Tamayo: «La conciencia del fracaso nos otorga una capacidad de humanidad»</title>
        <link>https://blogs.elespectador.com/actualidad/las-palabras-y-las-cosas/guido-tamayo-la-conciencia-del-fracaso-nos-otorga-una-capacidad-de-humanidad/</link>
        <description><![CDATA[<p>En La edad de la niebla, el escritor colombiano Guido Tamayo explora la vejez, la memoria, la muerte y las vidas que la sociedad relega. En conversación con Diego Aretz, habla de una cultura que se resiste a envejecer, de la dignidad de los derrotados y de la libertad que puede aparecer cuando dejamos de [&hellip;]</p>
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        <content:encoded><![CDATA[
<p class="wp-block-paragraph"><strong>En <em>La edad de la niebla</em>, el escritor colombiano Guido Tamayo explora la vejez, la memoria, la muerte y las vidas que la sociedad relega. En conversación con Diego Aretz, habla de una cultura que se resiste a envejecer, de la dignidad de los derrotados y de la libertad que puede aparecer cuando dejamos de vivir para complacer a los demás.</strong></p>



<p class="wp-block-paragraph">Hay una paradoja en las sociedades contemporáneas: mientras la población envejece, la cultura del consumo insiste en vendernos la juventud como una condición permanente. Envejecer se convierte en algo que debemos aplazar, ocultar o combatir, como si el paso del tiempo fuera una derrota personal y no una de las pocas certezas que compartimos. En ese paisaje aparece <em>La edad de la niebla</em>, el nuevo libro del escritor colombiano Guido Tamayo, una colección de relatos que se adentra en la vida de quienes han llegado a una edad en la que el pasado pesa, los recuerdos se vuelven inciertos y la muerte deja de ser una abstracción.</p>



<p class="wp-block-paragraph">La niebla de Tamayo no es solamente la pérdida de claridad. También puede ser una forma distinta de mirar, una lucidez que aparece cuando la vida ya no se mide exclusivamente por lo que falta por hacer, por los proyectos pendientes o por la promesa de un futuro interminable. Sus personajes habitan residencias para adultos mayores, habitaciones apartadas, recuerdos que no terminan de encajar y deseos que persisten incluso cuando el mundo parece haberlos declarado fuera de lugar.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Tamayo habla de la vejez como una experiencia que nos obliga a examinar lo vivido, de una sociedad que margina a quienes dejan de producir y de la posibilidad de encontrar en el fracaso una forma de dignidad. Porque, en sus relatos, perder no significa necesariamente quedar derrotado ante la vida. A veces, significa empezar a verla de otra manera.</p>



<p class="wp-block-paragraph"><strong>«La neblina también puede ser una forma de lucidez»</strong></p>



<p class="wp-block-paragraph"><strong>Diego Aretz:</strong> Guido, quisiera empezar por el título, <em>La edad de la niebla</em>. La niebla evoca lugares que no se ven del todo, la pérdida de la memoria, la incertidumbre. Sabemos que hay algo delante de nosotros, aunque no podamos distinguirlo con claridad. ¿Cómo nació el título y qué relación tiene con tu propia experiencia del envejecimiento?</p>



<p class="wp-block-paragraph"><strong>Guido Tamayo:</strong> Este libro nació después de un largo proceso de frustración con una novela que llevo más de diez años intentando escribir. La he ensayado tres veces y voy a intentarlo una cuarta. En ese proceso he terminado por aceptar una idea que considero fundamental: la escritura es, en buena medida, un fracaso. Una novela exige muchísimo trabajo y, a pesar de todo, puede no llegar a cuajar. Pero quizá eso también sea escribir.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Hay una frase que me interesa: uno no escribe bien cuando escribe bien, sino cuando escribe mal. En medio de esa frustración recordé que, años atrás, había escrito un par de cuentos que probablemente surgieron de la imagen de la muerte de mis dos abuelas. Eran relatos que tenía olvidados y que estaban relacionados con la vejez.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Entonces apareció el título, <em>La edad de la niebla</em>. Cuando esa frase empezó a resonar en mi cabeza, pensé que allí había un libro. El título merecía un libro, y yo tenía un material escrito que podía comenzar a organizarse alrededor de esa idea.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Además, mis contemporáneos están envejeciendo y nuestras conversaciones empiezan a girar cada vez más alrededor de esa experiencia. La niebla es un lugar extraño en el que las cosas se van oscureciendo, pero no desaparecen por completo. Hay una especie de lucidez final.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Durante toda la vida queremos estar bajo una luz intensa, tener las cosas claras, sentir que podemos verlo todo. Por eso nos cuesta aceptar la vejez, porque creemos que significa el final de esa claridad. Sin embargo, cuando empezamos a ser conscientes de que el tiempo que nos queda es limitado, miramos nuestra vida bajo otra luz. Ya no es una iluminación rotunda, sino algo que se difumina.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Y, precisamente en esa difuminación, puede aparecer cierta sabiduría. La vejez y la muerte no son opciones que podamos evitar indefinidamente. La conciencia de la mortalidad cambia nuestra manera de mirar el mundo.</p>



<p class="wp-block-paragraph"><strong>Diego Aretz:</strong> Hay algo cultural en esa dificultad para aceptar la vejez. No hemos hecho del todo las paces con envejecer ni con morir. Y quizá tampoco con vivir, porque aceptar la vida implica reconocer que tiene un recorrido, que no podemos detenerla en el momento que nos resulta más cómodo. ¿Cómo entiendes esa relación entre la experiencia personal y la manera en que una sociedad se enfrenta al paso del tiempo?</p>



<p class="wp-block-paragraph"><strong>Guido Tamayo:</strong> Durante buena parte de la vida eludimos la necesidad de interpretar lo que estamos viviendo. La inmediatez de la experiencia nos lleva a actuar, a resolver problemas, a hacer cosas. No siempre nos detenemos a preguntarnos qué significa nuestra vida.</p>



<p class="wp-block-paragraph">La vejez nos confronta de una manera particular con el pasado, con la memoria y con lo que hemos hecho. Las memorias siempre son parciales, pero en la vejez aparece una especie de exigencia de recordar, de pensar, de examinar lo vivido. Es un momento en el que nos preguntamos qué significan nuestras decisiones y qué hemos llegado a ser.</p>



<p class="wp-block-paragraph">La juventud está más asociada con la acción. Hay que moverse, hacer cosas, construir, producir. Y esta sociedad nos ha convencido de que debemos permanecer jóvenes indefinidamente. Queremos ser jóvenes para siempre, como si reconocer la vejez fuera aceptar una derrota.</p>



<p class="wp-block-paragraph">El problema es que no nos damos la oportunidad de pensar qué significa envejecer. La sociedad nos mantiene ocupados en la acción y nos aleja de esa reflexión, hasta que la vejez aparece y nos obliga a detenernos.</p>



<p class="wp-block-paragraph"><strong>«El fracaso es un lugar dolorosamente lúcido»</strong></p>



<p class="wp-block-paragraph"><strong>Diego Aretz:</strong> En tu obra hay una presencia recurrente de personajes que fracasan, que no terminan de encajar en el mundo o que se enfrentan a alguna forma de derrota. Pienso en <em>El inquilino</em>, en <em>Juego de niños</em> y ahora en <em>La edad de la niebla</em>. ¿Cómo dialoga este libro con tus trabajos anteriores?</p>



<p class="wp-block-paragraph"><strong>Guido Tamayo:</strong> Nunca he obedecido a un plan para construir una obra con una perspectiva determinada. Sin embargo, con el tiempo he descubierto que existen vínculos muy estrechos entre mis libros. Quizá el vínculo sea precisamente la derrota.</p>



<p class="wp-block-paragraph">En <em>El inquilino</em> aparece el escritor derrotado, alguien que fracasa. En <em>Juego de niños</em> está el niño diferente, el que tiene una dificultad para relacionarse con los demás y que, por esa diferencia, queda al margen de lo que se considera normal.</p>



<p class="wp-block-paragraph">En <em>La edad de la niebla</em> aparece la derrota definitiva: la mortalidad, la conciencia de que no podemos ser inmortales. En ese sentido, podría imaginar una trilogía que se llamara <em>La trilogía de la derrota</em>, con el niño, el adulto y el viejo como figuras centrales.</p>



<p class="wp-block-paragraph"><strong>Diego Aretz:</strong> Hay algo en esa idea que recuerda a Pasolini y a su manera de cuestionar una sociedad que celebra el triunfo, incluso cuando ese triunfo se consigue mediante la trampa, la usurpación o la falta de escrúpulos. En un mundo tan obsesionado con ganar, ¿qué dignidad puede haber en ser derrotado?</p>



<p class="wp-block-paragraph"><strong>Guido Tamayo:</strong> Pasolini, Borges y Beckett tienen reflexiones extraordinarias sobre el fracaso. Bastarían esos tres nombres para entender que el fracaso es un lugar muy especial, un lugar dolorosamente lúcido.</p>



<p class="wp-block-paragraph">La gente no suele preguntarse por el fracaso. Se duele de él, se angustia, se siente víctima. Pero lo interesante es que esos escritores encuentran en el fracaso una forma distinta de triunfo, algo mucho más digno, más brillante y más esforzado.</p>



<p class="wp-block-paragraph">El fracaso es profundamente humano. El triunfo, en cambio, puede resultar plano, insulso, poco revelador. No necesariamente nos enseña algo sobre nosotros mismos. Incluso puede conducir a comportamientos agresivos o violentos.</p>



<p class="wp-block-paragraph">La conciencia del fracaso nos otorga una capacidad de humanidad que no nos concede ninguna otra experiencia. Nos obliga a reconocernos vulnerables, a entender nuestros límites y a mirar de frente aquello que no hemos podido resolver. En ese sentido, la derrota puede enseñarnos mucho más que el triunfo.</p>



<p class="wp-block-paragraph"><strong>«La sociedad ha convertido a los viejos en seres marginales»</strong></p>



<p class="wp-block-paragraph"><strong>Diego Aretz:</strong> Hay algo inquietante en los personajes del libro porque resultan familiares, pero al mismo tiempo pertenecen a un universo del que preferimos no hablar. Vivimos en ciudades donde la población envejece, mientras la cultura sigue celebrando la juventud. ¿Qué lugar ocupa hoy la vejez en nuestra sociedad?</p>



<p class="wp-block-paragraph"><strong>Guido Tamayo:</strong> Existe una contradicción en el mundo contemporáneo. Por un lado, tenemos una cultura del consumo que celebra la juventud y nos invita permanentemente a comprar, a cambiar, a renovarnos, a no aceptar el envejecimiento. Por otro, la población está envejeciendo y la natalidad ha disminuido considerablemente.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Vivimos bajo la presión de una sociedad que nos dice que debemos ser jóvenes, que debemos seguir consumiendo y que no podemos admitir que vamos a envejecer. Sin embargo, la realidad demográfica nos muestra otra cosa.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Lo que hemos perdido es el respeto por la vejez como lugar de aprendizaje. Antes existía la idea de que los viejos conservaban una sabiduría que podían transmitir. Esa consideración se ha debilitado profundamente. Hoy muchas personas mayores son vistas como seres marginales, como si dejaran de tener un lugar cuando ya no participan de la vida productiva.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Pienso en los geriátricos como espacios en los que depositamos a los viejos para que no interfieran en nuestra cotidianidad. Hay instituciones lujosas y otras precarias, pero detrás de esa diferencia puede existir una misma lógica: apartar a quienes nos recuerdan algo que preferimos no mirar.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Esa exclusión también se reproduce en las casas. A veces, el adulto mayor termina en una habitación apartada, lejos de los espacios centrales de la vida familiar. No quiero generalizar, porque hay muchas excepciones, pero sí creo que existe un desplazamiento de la vejez.</p>



<p class="wp-block-paragraph">El problema es que esta sociedad mide a las personas por su capacidad de producir. Cuando alguien deja de ser productivo, parece que deja también de tener un lugar. Y hay otra cuestión: el viejo es memoria. Eliminar o marginar a quien recuerda es también una manera de perder la complejidad del pasado.</p>



<p class="wp-block-paragraph"><strong>Diego Aretz:</strong> Esa pérdida de la memoria tiene consecuencias que van más allá de la familia. Si una sociedad no escucha a sus mayores, también renuncia a una parte de su experiencia histórica. Sin embargo, propones algo que parece contradictorio: conservar a las personas mayores durante más tiempo en el mundo laboral, en lugar de pensionarlas. ¿Cómo entiendes esa tensión?</p>



<p class="wp-block-paragraph"><strong>Guido Tamayo:</strong> Si la población sigue envejeciendo, tendremos que pensar cómo queremos relacionarnos con las personas mayores y qué lugar les damos en la sociedad. Desde el punto de vista económico y productivo, habrá que examinar también cómo se organiza el trabajo y qué papel pueden seguir desempeñando.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Pero creo que hay una diferencia entre obligar a alguien a trabajar porque lo necesita y permitirle continuar haciendo aquello que le interesa. La vejez no debería significar que una persona tiene que desaparecer de la vida pública, ni que debe renunciar a sus deseos.</p>



<p class="wp-block-paragraph"><strong>«La verdadera conquista de la vejez es la libertad»</strong></p>



<p class="wp-block-paragraph"><strong>Diego Aretz:</strong> Quisiera llevar esa discusión a un terreno más personal. Existe una idea muy extendida de la jubilación como el momento en que uno deja de trabajar, recibe una pensión y finalmente puede descansar. Pero si alguien ha construido una vida alrededor de una actividad que le produce placer, dejarla puede significar renunciar a una parte fundamental de sí mismo. ¿No tendríamos que cambiar también nuestra manera de entender el retiro?</p>



<p class="wp-block-paragraph"><strong>Guido Tamayo:</strong> A pesar de todo lo que hemos dicho sobre las dificultades de la vejez, creo que una de sus grandes conquistas puede ser la impunidad.</p>



<p class="wp-block-paragraph">La sociedad empieza a concederle al viejo una especie de licencia. Le permite decir cosas o hacer cosas que quizá no le habría permitido en otras etapas de su vida. Hay algo de compasión en esa actitud, pero también puede convertirse en una oportunidad para ejercer la libertad.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Durante años hemos vivido respondiendo a las exigencias de la familia, del trabajo, de la sociedad y de la religión. Hemos asumido compromisos, obligaciones y deudas simbólicas. Constantemente tenemos que justificar lo que hacemos y ajustarnos a lo que los demás esperan de nosotros.</p>



<p class="wp-block-paragraph">En la vejez puede aparecer la posibilidad de abandonar esas obligaciones y preguntarnos qué queremos hacer con el tiempo que nos queda. Cuáles son nuestros placeres, qué deseamos experimentar, qué cosas ya no estamos dispuestos a hacer para complacer a los demás.</p>



<p class="wp-block-paragraph">El viejo puede decir: esta es mi vida y voy a vivirla como quiero. No tengo que disculparme por mis deseos ni justificar cada decisión. Esa libertad, ese ejercicio de la libertad, puede ser maravilloso.</p>



<p class="wp-block-paragraph"><strong>«Los personajes todavía tienen deseos, heridas y secretos»</strong></p>



<p class="wp-block-paragraph"><strong>Diego Aretz:</strong> Me gusta pedirles a los escritores que hablen de sus personajes con sus propias palabras, porque a veces esa explicación es distinta de lo que encontramos en el relato. ¿Cómo presentarías a los hombres y las mujeres que habitan <em>La edad de la niebla</em> a alguien que todavía no ha leído el libro?</p>



<p class="wp-block-paragraph"><strong>Guido Tamayo:</strong> Muchos de estos personajes nacen de experiencias cercanas, de mis abuelas, de mi madre, de mi padre, de amigos y de otras personas mayores. Empecé a preguntarme cuál podía ser la dignidad de alguien a quien la sociedad ha relegado.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Pienso, por ejemplo, en una anciana a la que han apartado en una habitación remota de la casa. Su último gesto de dignidad podría consistir en que, cuando la encuentren muerta, esté impecable. Que todo esté perfectamente ordenado y que ella esté arreglada, como si esa fuera su manera de responderle a un mundo que la ha despreciado.</p>



<p class="wp-block-paragraph">También aparecen personajes atormentados por dudas sobre su pasado, por heridas que nunca terminaron de aclararse. Una mujer le escribe a su hermana para preguntarle si realmente pertenece a esa familia, si es posible confirmar una sospecha que la ha perseguido durante años.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Hay un escritor enfermo, cada vez más convencido de que no tiene razones para seguir viviendo. Acaba de publicar un libro, pero la promesa de recibirlo nunca se cumple. Esa espera se convierte en otra frustración, en una decepción que se suma a las demás.</p>



<p class="wp-block-paragraph">También hay una mujer que vive en un geriátrico elegante, que parece haber olvidado sus placeres y que, de pronto, encuentra a un hombre con el que surge una relación erótica. Me interesaba explorar ese tabú de la sexualidad en la vejez, como si los besos, el deseo y el sexo dejaran de existir cuando una persona alcanza cierta edad.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Otra mujer, después de la muerte de su marido, descubre que puede volver a ser ella misma. Pone a todo volumen la música de jazz que le gusta y celebra la posibilidad de recuperar una libertad que había perdido. También están los personajes que viven entre el sueño y la vigilia, hasta que los recuerdos y la realidad empiezan a mezclarse y ya no es posible distinguirlos con claridad.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Hay escritores derrotados, personajes que se enfrentan a sus propios límites y personas que intentan encontrar una salida a la angustia. No quisiera contar todos los desenlaces, porque parte de la experiencia está en descubrirlos durante la lectura.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Al final, todas esas historias y esas voces nos conducen a una imagen más amplia: un mundo que está envejeciendo. Un mundo en el que todo parece viejo, incluso aquello que asociamos con el comienzo de la vida.</p>



<p class="wp-block-paragraph"><strong>Diego Aretz:</strong> Quizá esa sea una de las preguntas que quedan después de leer el libro: qué hacemos con la vejez cuando deja de ser una experiencia ajena y empezamos a reconocerla en nosotros mismos. Y qué hacemos con el tiempo que nos queda, con nuestros deseos, con las derrotas y con esa memoria que nunca es del todo completa.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Porque tal vez la niebla no sea únicamente aquello que nos impide ver el camino, sino también una invitación a mirar de otra manera lo que hemos vivido.</p>



<p class="wp-block-paragraph"><strong>Guido Tamayo:</strong> Creo que la vejez nos pone frente a esa necesidad de pensar, de recordar y de preguntarnos qué significa lo que hemos hecho. Y quizá, en esa conciencia de nuestros límites, podamos encontrar una forma distinta de libertad.</p>



<p class="wp-block-paragraph"></p>
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        <author>Diego Aretz</author>
                    <category>Las palabras y las cosas</category>
                <guid isPermaLink="false">https://blogs.elespectador.com/?p=134181</guid>
        <pubDate>Fri, 16 Oct 2026 22:32:22 +0000</pubDate>
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                <media:description type="plain"><![CDATA[Guido Tamayo: «La conciencia del fracaso nos otorga una capacidad de humanidad»]]></media:description>
                <media:credit role="author" scheme="urn:ebu">Diego Aretz</media:credit>
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        <item>
        <title>Mauricio Cárdenas: «Colombia tendrá que aceptar decisiones impopulares para evitar una crisis»</title>
        <link>https://blogs.elespectador.com/actualidad/las-palabras-y-las-cosas/mauricio-cardenas-colombia-tendra-que-aceptar-decisiones-impopulares-para-evitar-una-crisis/</link>
        <description><![CDATA[<p>Colombia se está quedando sin margen para aplazar decisiones económicas difíciles. Esa es la advertencia de Mauricio Cárdenas, exministro de Hacienda, economista y líder de Avanza Colombia, quien considera que el Gobierno debe actuar con rapidez frente al déficit fiscal, el endeudamiento y los problemas del sector eléctrico, aunque eso implique asumir costos políticos y [&hellip;]</p>
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        <content:encoded><![CDATA[
<p class="wp-block-paragraph"><strong>Colombia se está quedando sin margen para aplazar decisiones económicas difíciles. Esa es la advertencia de Mauricio Cárdenas, exministro de Hacienda, economista y líder de Avanza Colombia, quien considera que el Gobierno debe actuar con rapidez frente al déficit fiscal, el endeudamiento y los problemas del sector eléctrico, aunque eso implique asumir costos políticos y tomar medidas que no serán bien recibidas por los ciudadanos. Cárdenas defiende un ajuste del gasto público, cuestiona los subsidios a los combustibles y plantea una discusión de fondo sobre la desigualdad, la seguridad y la ausencia del Estado en buena parte del territorio nacional. Su diagnóstico tiene una premisa incómoda: gobernar no consiste en proteger la popularidad a cualquier precio, sino en tomar decisiones cuyos costos de aplazar pueden ser mucho mayores.</strong></p>



<p class="wp-block-paragraph"><strong>Diego Aretz:</strong> Usted viene de una trayectoria académica y de varios años en el servicio público, pero también pasó por la política electoral. ¿Cómo se define hoy Mauricio Cárdenas?</p>



<p class="wp-block-paragraph"><strong>Mauricio Cárdenas:</strong> Vengo de una experiencia muy importante en la política y creo que seguiré en ese mundo de las ideas, las propuestas y la búsqueda de soluciones para Colombia. Tengo una plataforma, Avanza Colombia, que es una forma de generar ideas, pero también de impulsar acciones. Me gustaría que me identificaran como el líder de Avanza Colombia, alguien que escucha lo que ocurre en la calle e intenta responder a los problemas de los colombianos.</p>



<figure class="wp-block-embed is-type-video is-provider-youtube wp-block-embed-youtube wp-embed-aspect-16-9 wp-has-aspect-ratio"><div class="wp-block-embed__wrapper">
<iframe title="Mauricio Cardenas en entrevista con Diego Aretz" width="500" height="281" src="https://www.youtube.com/embed/Fm3tfPrj9K0?feature=oembed" frameborder="0" allow="accelerometer; autoplay; clipboard-write; encrypted-media; gyroscope; picture-in-picture; web-share" referrerpolicy="strict-origin-when-cross-origin" allowfullscreen></iframe>
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<p class="wp-block-paragraph"><strong>Diego Aretz:</strong> Durante la campaña recorrió municipios y conversó con personas de distintas regiones. ¿Qué país encontró en esas caminatas?</p>



<p class="wp-block-paragraph"><strong>Mauricio Cárdenas:</strong> Encontré un país muy fracturado, muy dividido y con grandes dolores. Una cosa es preocuparse por los asuntos públicos desde la academia y otra es recorrer las calles, escuchar a las personas, pedirles un voto o una firma y conocer directamente sus problemas. El deterioro de la atención en salud era uno de los asuntos que más preocupaba a los colombianos, junto con la inseguridad. Son problemas que generan un sentimiento muy fuerte porque afectan directamente a las familias.</p>



<p class="wp-block-paragraph"><strong>Diego Aretz:</strong> ¿Cree que el Gobierno está respondiendo a esas preocupaciones?</p>



<p class="wp-block-paragraph"><strong>Mauricio Cárdenas:</strong> Hay que elevar el nivel de la conversación sobre salud y resolver los problemas, pero también reconocer que el Gobierno recibió dificultades muy graves. Gobernar no es fácil, porque muchas veces no se trata de escoger entre lo bueno y lo malo, sino entre lo malo y lo menos malo. Hay decisiones necesarias que pueden ser impopulares, pero que deben tomarse.</p>



<p class="wp-block-paragraph"><strong>Diego Aretz:</strong> Cuando habla de decisiones impopulares, ¿se refiere a medidas como recortar el gasto, congelar salarios o subir los precios de los combustibles?</p>



<p class="wp-block-paragraph"><strong>Mauricio Cárdenas:</strong> Para resolver el problema fiscal hay que tomar medidas difíciles. Puede ser necesario reducir el gasto, revisar entidades, ajustar determinados costos o modificar los precios de algunos combustibles. También hay un problema en el sector eléctrico: se les debe mucho dinero a los generadores y, si esas obligaciones no se pagan, se pone en riesgo la capacidad de generar energía en el futuro.</p>



<p class="wp-block-paragraph">El problema de fondo es que muchos gobiernos terminan pensando más en cómo proteger su popularidad que en cómo resolver los problemas. Para gobernar hay que estar dispuesto a sacrificar capital político. De lo contrario, no se toman las decisiones que el país necesita.</p>



<p class="wp-block-paragraph"><strong>Diego Aretz:</strong> ¿Qué le preocupa del gabinete y de la forma en que está empezando este Gobierno?</p>



<p class="wp-block-paragraph"><strong>Mauricio Cárdenas:</strong> Hay personas competentes en el gabinete y creo que algunos ministros pueden hacer una buena gestión. Pero la pregunta central no es si cada ministro es bueno o malo, sino si el presidente está dispuesto a tomar decisiones impopulares o si seguirá guiándose por las encuestas y la favorabilidad.</p>



<p class="wp-block-paragraph">En materia fiscal, ganar tiempo puede significar agrandar los problemas. Yo creo que se necesita una respuesta rápida, porque si las decisiones se aplazan durante uno o dos años, el costo político puede ser todavía mayor y la situación económica puede deteriorarse.</p>



<p class="wp-block-paragraph"><strong>Diego Aretz:</strong> Si tuviera que señalar tres decisiones urgentes, ¿cuáles serían?</p>



<p class="wp-block-paragraph"><strong>Mauricio Cárdenas:</strong> La primera es un ajuste fiscal que permita hacer sostenibles las finanzas públicas. Colombia se está endeudando a un ritmo acelerado y paga intereses elevados. Hoy, de cada tres pesos que recauda la DIAN en impuestos, uno se destina al pago de intereses. Si esa tendencia continúa, cada vez quedará menos dinero para educación, salud, infraestructura y vivienda. Hay que evitar que el país llegue a una situación en la que no pueda cumplir sus obligaciones.</p>



<p class="wp-block-paragraph">La segunda es evitar una crisis eléctrica. Se necesitan medidas que permitan atender las obligaciones del sector y promover un uso responsable de la energía. Son decisiones difíciles, especialmente cuando hay regiones donde las temperaturas son muy altas, pero hay que actuar.</p>



<p class="wp-block-paragraph">La tercera es revisar los subsidios a los combustibles, en particular al ACPM. Cuando el Estado cubre una parte importante de su precio, está utilizando recursos públicos para beneficiar un consumo que no necesariamente favorece a los sectores más vulnerables. Esos subsidios pueden ser regresivos y también tienen efectos ambientales.</p>



<p class="wp-block-paragraph"><strong>Diego Aretz:</strong> Usted propone un ajuste fiscal, pero Colombia también necesita crecimiento y reducción de la desigualdad. ¿Cómo se concilian esas dos prioridades?</p>



<p class="wp-block-paragraph"><strong>Mauricio Cárdenas:</strong> Hay que mirar tanto los impuestos como el gasto público. En Colombia se ha avanzado en progresividad tributaria, por ejemplo, con impuestos a los dividendos, que reciben principalmente las personas de mayores ingresos. Pero creo que el gasto público todavía puede ser mucho más efectivo para reducir la desigualdad.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Hay partidas del presupuesto que no necesariamente llegan a los más pobres. Las pensiones son un ejemplo de un gasto importante cuyos beneficios no se distribuyen de manera proporcional entre los sectores más vulnerables. Necesitamos revisar el presupuesto con un criterio de equidad y fortalecer los programas que han demostrado resultados.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Ser Pilo Paga, Familias en Acción y Mi Casa Ya son ejemplos de iniciativas que pueden contribuir a reducir la desigualdad. En el caso de Ser Pilo Paga, estudiantes de bajos ingresos con buenos resultados académicos podían acceder a oportunidades educativas que transformaban sus perspectivas y las de sus familias.</p>



<p class="wp-block-paragraph"><strong>Diego Aretz:</strong> En esa discusión sobre los impuestos, usted ha planteado ampliar la base de contribuyentes del impuesto de renta. ¿Qué significa eso y por qué considera que es necesario?</p>



<p class="wp-block-paragraph"><strong>Mauricio Cárdenas:</strong> En Colombia, el umbral para empezar a pagar impuesto de renta es relativamente alto frente al de otros países de la región. Considero que hay que ampliar la base gravable. Esa es una decisión técnicamente defendible, aunque políticamente difícil.</p>



<p class="wp-block-paragraph">En mi opinión, uno de los errores del gobierno de Gustavo Petro fue no aprovechar su capital político para tomar decisiones que podían ser necesarias, incluso si eran impopulares. Un gobierno de izquierda también podía haber impulsado una ampliación de la base del impuesto de renta. No hacerlo demuestra las dificultades que existen para gobernar cuando las decisiones se subordinan a consideraciones políticas inmediatas.</p>



<p class="wp-block-paragraph"><strong>Diego Aretz:</strong> Usted ha estudiado durante años el crecimiento económico y la desigualdad. ¿Qué le falta a Colombia después de tantas décadas sin conseguir que el crecimiento resuelva de manera suficiente la pobreza?</p>



<p class="wp-block-paragraph"><strong>Mauricio Cárdenas:</strong> No comparto la idea de que Colombia sea un país fracasado. Hemos avanzado en infraestructura, atención a la primera infancia, lucha contra la evasión y participación democrática. La diversidad política que hoy existe en el Congreso también es un avance.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Eso no significa que hayamos resuelto nuestros problemas. La desigualdad sigue siendo una tarea pendiente y debemos mejorar la manera en que utilizamos los recursos públicos. En algunos ámbitos hemos demostrado que podemos hacer las cosas bien, pero necesitamos sostener las políticas que funcionan.</p>



<p class="wp-block-paragraph">También creo que debemos recuperar el pragmatismo. Las concesiones en infraestructura, los programas de vivienda y otras iniciativas han producido resultados. Cuando las decisiones se toman por razones puramente ideológicas y se desconoce el papel del sector privado, se pueden perder instrumentos importantes para el desarrollo.</p>



<p class="wp-block-paragraph"><strong>Diego Aretz:</strong> Quiero entrar en un asunto por el que a usted no siempre le preguntan: su visión de la seguridad y de los grupos armados. Después de los acuerdos de paz y del intento de paz total, ¿cómo interpreta el momento que vive Colombia?</p>



<p class="wp-block-paragraph"><strong>Mauricio Cárdenas:</strong> Creo que el país tiene una tarea pendiente que consiste en llevar el Estado a regiones donde ha estado ausente, donde faltan agua potable, educación, salud y vías. Esa realidad existe independientemente de cómo se describa el conflicto.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Al mismo tiempo, hoy muchos de los grupos que ejercen violencia reciben recursos del narcotráfico y de la minería ilegal. Creo que hay que combatir esas economías ilegales y debilitar su capacidad de financiar a los grupos armados. No considero conveniente seguir abriendo negociaciones con organizaciones que ya tuvieron una oportunidad de alcanzar un acuerdo y después se apartaron de él.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Si alguien firma un acuerdo de paz, debe cumplirlo. De lo contrario, se envía el mensaje de que siempre habrá otra negociación disponible y que abandonar un compromiso puede resultar conveniente.</p>



<p class="wp-block-paragraph"><strong>Diego Aretz:</strong> Pero combatir a los grupos armados no basta. Las regiones más afectadas necesitan inversión pública, y usted mismo ha señalado que las finanzas del Estado están comprometidas. ¿Cómo se resuelve esa contradicción?</p>



<p class="wp-block-paragraph"><strong>Mauricio Cárdenas:</strong> Es una dificultad real. El Estado tiene recursos limitados y debe atender a millones de colombianos, pero hay regiones que necesitan una inversión mucho mayor para superar su rezago. La pregunta es cómo darles prioridad a esos territorios cuando una parte importante del electorado y de las necesidades del país se concentra en las grandes ciudades.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Mi respuesta es que debemos aceptar que, en algunos casos, será necesario redistribuir la inversión pública. Puede que haya que moderar determinadas inversiones en Bogotá, Medellín, Cali o Barranquilla para aumentar los recursos destinados a regiones como el Catatumbo, Tumaco, Putumayo o Cauca.</p>



<p class="wp-block-paragraph">La reconstrucción de las zonas afectadas por el terremoto también puede convertirse en una oportunidad para llevar infraestructura y servicios a territorios que históricamente han recibido menos atención. Es una tarea que requiere continuidad, porque los problemas estructurales no se resuelven en cuatro años.</p>



<p class="wp-block-paragraph"><strong>Diego Aretz:</strong> Usted ha defendido la necesidad de recuperar el pragmatismo y de construir acuerdos entre sectores políticos distintos. ¿Qué balance hace de su participación en la Gran Consulta?</p>



<p class="wp-block-paragraph"><strong>Mauricio Cárdenas:</strong> Una de las cosas que más me enorgullecen de ese proceso es haber contribuido a construir la Gran Consulta. Fue una alianza que nació desde abajo, a partir de conversaciones entre personas que venían de orillas políticas diferentes. No fue simplemente una decisión de los jefes políticos o de los expresidentes.</p>



<p class="wp-block-paragraph">No ganamos las elecciones y queda pendiente reflexionar sobre las razones por las que la candidatura perdió impulso al final. Pero creo que el concepto de reunir a personas distintas alrededor de propuestas comunes tiene futuro. Colombia necesita menos dogmatismo y más políticas públicas sustentadas en evidencia, conocimiento y resultados.</p>



<p class="wp-block-paragraph"><strong>Diego Aretz:</strong> ¿Qué le dejó a usted, personalmente, haber pasado de la academia y el servicio público a la competencia electoral?</p>



<p class="wp-block-paragraph"><strong>Mauricio Cárdenas:</strong> Yo veo mi trayectoria como un triángulo. Un lado es diseñar políticas públicas: estudiar los problemas y encontrar soluciones. Otro es ejecutar esas políticas desde el Estado, como funcionario público. Pero me faltaba un tercer lado, el de la política electoral, que permite escuchar directamente a la gente y definir las prioridades de una sociedad.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Un técnico o un funcionario responde a las prioridades que establece un jefe o un presidente. La política, en cambio, permite participar en las decisiones que determinan qué puede cambiar y cómo se transforma una sociedad. Por eso creo que quienes aspiran a trabajar en el Estado deberían considerar, en algún momento de su vida, la posibilidad de ser candidatos.</p>



<p class="wp-block-paragraph"><strong>Diego Aretz:</strong> ¿Va a seguir haciendo política a través de Avanza Colombia? ¿Y ya tiene algún candidato para la Alcaldía de Bogotá?</p>



<p class="wp-block-paragraph"><strong>Mauricio Cárdenas:</strong> Vamos a seguir trabajando a través de Avanza Colombia, que por ahora está dedicada a impulsar iniciativas y causas. Sobre las candidaturas, todavía es muy temprano para tomar decisiones.</p>



<p class="wp-block-paragraph"></p>
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        <author>Diego Aretz</author>
                    <category>Las palabras y las cosas</category>
                <guid isPermaLink="false">https://blogs.elespectador.com/?p=133913</guid>
        <pubDate>Sat, 10 Oct 2026 02:23:15 +0000</pubDate>
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        <title>Piero, sentado a la mesa de todos</title>
        <link>https://blogs.elespectador.com/actualidad/las-palabras-y-las-cosas/piero-sentado-a-la-mesa-de-todos/</link>
        <description><![CDATA[<p>Una canción puede convertir a un desconocido en parte de la familia. Piero lo descubrió a los 24 años, cuando escribió «Mi viejo», sin imaginar que aquella conversación entre amigos terminaría acompañando la vida de millones de personas. Cuando nos sentamos a conversar, mate de por medio, Piero acababa de cumplir 73 años. Mientras hablábamos, [&hellip;]</p>
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        <content:encoded><![CDATA[
<p class="wp-block-paragraph"><em>Una canción puede convertir a un desconocido en parte de la familia. Piero lo descubrió a los 24 años, cuando escribió «Mi viejo», sin imaginar que aquella conversación entre amigos terminaría acompañando la vida de millones de personas. Cuando nos sentamos a conversar, mate de por medio, Piero acababa de cumplir 73 años. Mientras hablábamos, tuve la impresión de que aquella canción había hecho algo extraordinario con su vida: le había permitido entrar en la intimidad de los demás sin tener que pedir permiso.</em></p>



<p class="wp-block-paragraph">Hay canciones que uno no recuerda cuándo escuchó por primera vez porque, de algún modo, siempre han estado ahí. Suenan en una reunión familiar, en la radio de un taxi, en la voz de alguien que no sabe cantar pero se atreve a hacerlo cuando llega el estribillo, y de pronto dejan de pertenecer al hombre que las escribió para convertirse en una pequeña propiedad sentimental de millones de desconocidos. «Mi viejo», la canción que Piero compuso cuando tenía apenas 24 años, es una de ellas. Uno podría haber crecido en Bogotá, Buenos Aires, Lima o un pueblo perdido entre las montañas, podría haber tenido una relación dulce o difícil con su padre, podría incluso haberlo perdido demasiado pronto, pero basta escuchar sus primeros acordes para que aparezca algo parecido a un recuerdo, una presencia, una conversación pendiente.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Ahora recuerdo esa conversación. Habíamos preparado mate, como quien dispone las cosas necesarias para que una charla entre amigos transcurra sin demasiadas ceremonias, y mientras hablábamos tuve la impresión de que aquella canción había hecho algo extraordinario con su vida: le había permitido entrar en la intimidad de los demás sin tener que pedir permiso. Él mismo lo explicaba con una sencillez que parecía contener toda una filosofía: «Mi viejo» le había permitido ser el tío de unos, el primo de otros, alguien que no estaba únicamente entre los fanáticos, sino también en las fotografías familiares, en los recuerdos de infancia, en esa zona de la existencia donde las personas dejan de ser figuras públicas y se convierten en parte de la casa.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Quizá por eso Piero podía hablar de una canción universal sin atribuirse del todo el mérito de haberla escrito. Cuando le pregunté cómo había nacido, no ofreció una teoría sobre la inspiración ni una explicación solemne sobre el poder de la música. Contó que se reunía todos los días con su amigo y compañero José, desde el mediodía hasta las ocho de la noche, en una casa cuya mujer salía a trabajar durante esas horas. Componían, probaban, buscaban canciones para completar un disco, y de aquellas jornadas surgieron títulos como «Juan Boliche» y «Pedro Nadie». Un día, hablando de las cosas que podían hacer, se les ocurrió que debían escribir algo para el viejo, un homenaje, una forma de agradecerle a ese hombre que había estado ahí, sosteniendo la vida de otros.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Durante unos diez días hablaron de ello sin tomar la guitarra ni buscar lápiz y papel. La canción estuvo primero en la conversación, en ese territorio todavía informe donde las cosas existen sin que nadie sepa muy bien cómo darles un cuerpo. Hasta que una mañana, según recordó Piero, se sentaron y, diez minutos después, ya había salido. El problema era que el padre de José había muerto y el suyo todavía no era un viejo: tenía apenas 48 años. Pero Piero quería cantársela. Llegó a su casa, lo encontró solo, cerró la puerta, lo sentó en el living y le dijo que escuchara aquella canción nueva.</p>



<figure class="wp-block-embed is-type-video is-provider-youtube wp-block-embed-youtube wp-embed-aspect-16-9 wp-has-aspect-ratio"><div class="wp-block-embed__wrapper">
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<p class="wp-block-paragraph">Entonces ocurrió algo que el tiempo no había borrado de su memoria. Piero comenzó a cantar y, cuando levantó la mirada del papel, encontró a su padre llorando. Él también empezó a llorar, no podía continuar, se ahogaba con las palabras, y la canción avanzó entre lágrimas hasta llegar al final. Después vino un silencio que debió de parecer interminable. Su padre se limpió los anteojos, se los puso de nuevo, miró a su hijo y, todavía conmovido, encontró la manera de responderle: «No a quien camina lento, la puta que te parió». Piero lo contaba riéndose, con esa alegría de quien comprende que la emoción más profunda no necesita solemnidad para ser verdadera. El viejo había recibido el homenaje, pero seguía siendo él mismo, incapaz de abandonar el humor ni siquiera ante una canción que acababa de desarmarlo.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Esa historia contiene algo de lo que Piero ha sido durante décadas: un hombre que se acerca a las emociones sin demasiados protocolos, que puede hablar de asuntos graves y terminar riéndose de sí mismo, que parece desconfiar de las explicaciones demasiado perfectas. A sus 73 años, la memoria no se le presentaba como un museo de acontecimientos ordenados, sino como una conversación abierta, llena de desvíos, personajes inesperados y episodios que todavía conservaban el asombro de la primera vez.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Su vida, de hecho, comenzó a torcerse por una equivocación. En su infancia, en Río Negro, al sur de Argentina, un amigo le contó que se iría al seminario. Piero escuchó que después de dos años en Viedma podría viajar a Buenos Aires y, fascinado por la posibilidad de conocer la gran ciudad, decidió acompañarlo. Fue a hablar con el cura, convenció a su padre y el lunes siguiente ya estaba instalado entre decenas de muchachos de toda la Patagonia. Durante la bienvenida, el rector habló de lo que ocurriría el día en que todos fueran sacerdotes. Fue entonces cuando Piero entendió que no había ingresado en un colegio cualquiera, sino en una institución destinada a formar curas.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Se acercó al rector para explicarle que había un error gravísimo. El hombre se echó a reír: había conocido ingenieros, abogados, profesionales y padres de familia que habían sentido una vocación religiosa, pero nunca a alguien que hubiera llegado por equivocación. Lo curioso es que Piero se quedó. Pasó dos años en el seminario y encontró allí algo que no había ido a buscar, una experiencia que lo acercó a personas y preguntas que seguirían acompañándolo mucho después de abandonar aquella ruta. Entre ellas estaban los sacerdotes del movimiento de curas del Tercer Mundo, a quienes recordaba con admiración por su coherencia, su conciencia social y su manera de vivir las convicciones. Nombraba al padre Carlos Mugica y a otros sacerdotes que, para él, habían encarnado una forma de compromiso que iba más allá de las palabras.</p>



<p class="wp-block-paragraph">La religión, en Piero, nunca terminó de convertirse en una frontera. Su búsqueda espiritual lo llevó también hacia Oriente, hacia la India y hacia Indra Devi, la maestra de yoga a quien llamaba Mataji y que murió a los 103 años. Durante años viajaron juntos a Egipto, la India y Sri Lanka, visitando lugares que para él tenían algo de revelación y algo de aventura. La recordaba como una mujer extraordinaria, capaz de hablar doce idiomas, cercana a figuras como Gandhi, Krishnamurti y Tagore, pero sobre todo como una presencia coherente, alguien cuya manera de vivir parecía prolongar sus ideas.</p>



<p class="wp-block-paragraph">De ella conservaba historias que contaba con la misma naturalidad con que hablaba de sus canciones. Una vez, una mujer que decía interpretar vidas pasadas le aseguró que él había sido escriba en el antiguo Egipto y que Indra Devi había sido su hija, una hija que no quería seguir el camino que su padre le imponía. Días después, en otro lugar y ante otra mujer que no conocía la primera historia, escuchó exactamente el mismo relato. Piero recordaba el escalofrío, la coincidencia y, sobre todo, la risa con que él y Mataji terminaron jugando a llamarse papá e hija. Cuando la segunda mujer le anunció que debía viajar a Egipto, él intentó explicar que tenía una gira de unos cuarenta conciertos. La respuesta fue terminante: a ella no le importaba su agenda, porque allí decía que se iba a Egipto. Poco después, una inundación obligó a cancelar la gira y Piero terminó viajando.</p>



<p class="wp-block-paragraph">No hace falta compartir sus creencias para entender lo que encontraba en esas historias. Piero parecía interesado menos en demostrar una verdad que en conservar la capacidad de asombro, en admitir que hay episodios cuya explicación no termina de agotarse cuando uno los cuenta. Cuando le pregunté si creía en Dios, respondió que sí, aunque no necesariamente de una forma determinada, que creía en la energía y se sentía acompañado por ella. No hablaba como un hombre empeñado en convencer a los demás, sino como alguien que había aprendido a convivir con sus preguntas.</p>



<p class="wp-block-paragraph">La política fue otra de esas preguntas que nunca abandonó. Piero conoció presidentes, se relacionó con dirigentes y participó en iniciativas sociales, pero mantuvo una distancia deliberada frente a los partidos. La política, decía, era una herramienta hermosa; el problema comenzaba cuando alguien intentaba ejecutarla. Su independencia no significaba indiferencia. Más bien parecía una forma de preservar la posibilidad de acercarse a las personas sin quedar atrapado en una obediencia partidista, de respaldar aquello que le parecía valioso y tomar distancia de lo que no.</p>



<p class="wp-block-paragraph">En Colombia, esa disposición encontró un lugar particularmente importante. Piero hablaba de su colombianidad con una emoción que no parecía ensayada. Había recorrido buena parte de América Latina y, sin embargo, con Colombia había experimentado una especie de amor a primera vista, un regalo inesperado que lo llevó a sentirse parte de un país que terminó incorporando a su propia historia. Su vínculo no se limitó a los escenarios ni al afecto del público. También lo llevó a involucrarse en iniciativas de paz, a visitar cárceles y a conversar con personas que, en medio de la guerra, buscaban una salida negociada.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Recordó especialmente una visita a la cárcel de Bellavista, donde habló con integrantes del ELN. Venía de conversar con el presidente Juan Manuel Santos y, al encontrarse frente a aquellos hombres, terminó preguntándoles por qué querían sentarse a una mesa de negociación sin decirlo con claridad. La respuesta lo hizo detenerse: eran, según le explicaron, muy malos comunicadores. Piero encontró allí una lección que parecía sencilla, pero que en un país acostumbrado a desconfiar de las palabras tenía una importancia particular. Si querían negociar la paz, debían comunicarlo, decirle a la sociedad que estaban dispuestos a dejar las armas y a buscar una salida distinta.</p>



<p class="wp-block-paragraph">La anécdota no lo convertía en un negociador ni pretendía resolver las complejidades de una guerra de décadas. Lo mostraba, más bien, en el lugar que había escogido ocupar: el de quien se acerca, pregunta, escucha e intenta encontrar una posibilidad de entendimiento donde otros ven únicamente posiciones irreconciliables. Cuando le pregunté por qué había sido tan difícil alcanzar la paz en Colombia, no ofreció una respuesta definitiva. Dijo que se lo preguntaba casi todos los días, y habló de la contradicción que le producía ver a un pueblo tan creativo, cálido e inteligente perder la vida en la violencia. Su desconcierto era también una forma de esperanza, porque seguía creyendo que aquel desperdicio de vidas no podía ser el destino inevitable de un país.</p>



<p class="wp-block-paragraph">En su historia había, además, una experiencia que ayudaba a entender su sensibilidad frente al desarraigo. Piero había sido expulsado de Argentina durante los años de la represión y enviado al exilio en España. Recordaba el momento en que las autoridades le ordenaron salir en el primer avión disponible, que iba hacia Tokio. Él intentó negociar otro destino, pidió ayuda a los periodistas que estaban allí y finalmente consiguió que lo enviaran a Lima. Lo acompañaron hasta su asiento con una ametralladora, mientras los pasajeros franceses observaban sin entender quién era aquel hombre al que sacaban de su país de semejante manera. Lo contaba sin convertir su propia vida en una epopeya, consciente de que eran otros tiempos y de que muchas cosas sucedieron sin que él las hubiera buscado.</p>



<p class="wp-block-paragraph">En esa conversación apareció también su hijo, al que dejó de once meses cuando se marchó al exilio y volvió a ver dos años después. Piero recordó las noches en que le contaba cuentos y se quedaba dormido antes que él, las mañanas en que lavaba pañales, las pequeñas tareas de una paternidad que había tenido que aprender mientras intentaba reconstruir su vida. Cuando hablaba de las mujeres, lo hacía desde esa experiencia concreta, sin teorías demasiado elaboradas, con la admiración de quien había descubierto cuánto trabajo cotidiano recae sobre ellas y cuánto de lo que sostiene una familia ocurre sin reconocimiento. Era un hombre que había pasado buena parte de su vida viajando, cantando y entrando en escenarios, pero que también había conocido la intimidad menos espectacular de cuidar a un hijo.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Al final, quizá lo que más me llamó la atención de Piero fue su manera de aceptar que la vida no siempre se deja organizar alrededor de un plan. Había entrado al seminario buscando Buenos Aires, había terminado convertido en uno de los cantautores más reconocibles de América Latina, había encontrado una segunda patria al otro lado de la frontera, había viajado por el mundo siguiendo intuiciones que no siempre podía explicar y había escrito una canción cuyo alcance seguía sorprendiéndolo décadas después. En todos esos episodios parecía haber una misma disposición: dejarse conducir por la experiencia sin renunciar a la posibilidad de intervenir en ella, acercarse a los demás sin pretender poseer sus historias, entender que una convicción puede ser profunda sin convertirse en dogma.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Piero no necesitaba proclamarse humanista para que la palabra apareciera en la conversación. Estaba en su manera de hablar de su padre, en el respeto con que recordaba a sus maestros, en su incomodidad ante la guerra, en la curiosidad con que se acercaba a las creencias ajenas y en esa voluntad de mantenerse independiente incluso cuando la política lo invitaba a tomar partido. También estaba en su humor, en su capacidad de contar una experiencia extraordinaria sin pedirle al interlocutor que la considerara extraordinaria, como si la vida tuviera derecho a conservar una zona de misterio.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Hay algo hermoso en que un hombre pueda pasar tantos años cantando una canción sobre un padre y descubrir que, con el tiempo, él mismo se ha convertido en una figura familiar para personas que nunca ha conocido. No es poca cosa entrar en la memoria de los otros, acompañarlos en la ausencia, prestarles una voz cuando no encuentran las palabras o recordarles, durante unos minutos, a alguien que ya no está. Quizá ese sea uno de los destinos más generosos de la música popular: hacer que la intimidad de una persona se vuelva compartida sin dejar de ser íntima.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Cuando nos despedimos, seguía presente aquella imagen inicial, la mesa, el mate, la conversación que avanzaba de una canción a la espiritualidad, del exilio a Colombia, de la política a las pequeñas tareas de la vida familiar. Piero había llegado a los 73 años sin haber perdido del todo la capacidad de sorprenderse por lo que le había ocurrido. Y mientras millones de personas seguían escuchando «Mi viejo» como si la canción hubiera sido escrita para cada una de ellas, él todavía podía contar cómo nació, cómo lloró al cantársela a su padre y cómo aquel hombre, después de secarse las lágrimas, encontró fuerzas para insultarlo cariñosamente.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Quizá celebrar la vida de Piero sea recordar precisamente eso: que detrás de una canción que parece pertenecerle a todo el mundo hay un hombre de carne y hueso, con sus errores, sus viajes, sus preguntas, sus afectos y sus contradicciones, alguien que no necesitó tener todas las respuestas para seguir andando. Y que, sin proponérselo demasiado, terminó sentado a la mesa de todos.</p>



<p class="wp-block-paragraph"></p>
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        <author>Diego Aretz</author>
                    <category>Las palabras y las cosas</category>
                <guid isPermaLink="false">https://blogs.elespectador.com/?p=133867</guid>
        <pubDate>Fri, 09 Oct 2026 14:07:37 +0000</pubDate>
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        <title>Un logro del CNMH y la FLIP</title>
        <link>https://blogs.elespectador.com/actualidad/las-palabras-y-las-cosas/un-logro-del-cnmh-y-la-flip/</link>
        <description><![CDATA[<p>Los periodistas pasamos buena parte de la vida escuchando historias ajenas. Preguntamos, tomamos notas, viajamos, entrevistamos, revisamos archivos y tratamos de reconstruir acontecimientos que consideramos más importantes que nosotros mismos. Tal vez por eso pocas veces nos detenemos a pensar qué ocurre cuando quienes terminan convertidos en noticia son los propios periodistas. En Colombia esa [&hellip;]</p>
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        <content:encoded><![CDATA[
<p class="wp-block-paragraph">Los periodistas pasamos buena parte de la vida escuchando historias ajenas. Preguntamos, tomamos notas, viajamos, entrevistamos, revisamos archivos y tratamos de reconstruir acontecimientos que consideramos más importantes que nosotros mismos. Tal vez por eso pocas veces nos detenemos a pensar qué ocurre cuando quienes terminan convertidos en noticia son los propios periodistas. En Colombia esa pregunta no es retórica. Durante décadas, informar significó asumir riesgos que en muchas democracias resultarían difíciles de imaginar y que dejaron una huella profunda en el oficio. Algunos colegas fueron amenazados, otros tuvieron que abandonar las regiones donde habían construido su vida profesional y muchos fueron asesinados por intentar contar aquello que distintos actores armados, políticos o criminales preferían mantener en silencio. Con ellos desaparecieron investigaciones, fuentes, archivos y preguntas que probablemente nadie volvió a formular, una pérdida que no afecta únicamente al periodismo sino a la capacidad de toda la sociedad para comprenderse a sí misma.</p>



<p class="wp-block-paragraph">El periodismo ocupa un lugar peculiar dentro de la historia. A diferencia de los políticos, los empresarios, los generales o los dirigentes sociales, los periodistas rara vez buscan convertirse en protagonistas de los acontecimientos. Su tarea consiste precisamente en observar, registrar y transmitir. Son intermediarios entre los hechos y la ciudadanía. Sin embargo, en países atravesados por conflictos prolongados, esa posición aparentemente secundaria puede transformarse en una actividad extraordinariamente peligrosa. Contar lo que ocurre, preguntar quién ejerce el poder, seguir el rastro de la corrupción, documentar violaciones de derechos humanos o simplemente describir la vida cotidiana de una comunidad puede convertir a un reportero en objetivo de quienes prefieren el silencio a la transparencia.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Por esa razón la historia del conflicto colombiano no puede entenderse únicamente a través de las experiencias de las víctimas directas, de los actores armados o de las instituciones que participaron en él. También debe incluir a quienes dedicaron años de su vida a documentarlo. Los periodistas fueron testigos de masacres, secuestros, desplazamientos, asesinatos selectivos, tomas guerrilleras, operaciones militares, negociaciones de paz y transformaciones sociales profundas. Gracias a ellos existen archivos, fotografías, grabaciones, investigaciones y crónicas que hoy permiten reconstruir una parte importante de la memoria nacional. Muchas de las cosas que sabemos sobre nuestro pasado reciente llegaron a la esfera pública porque alguien estuvo dispuesto a asumir el riesgo de contarlas.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Por eso resulta especialmente significativa la reciente reunión entre el Centro Nacional de Memoria Histórica y la Fundación para la Libertad de Prensa, un encuentro dedicado a reflexionar sobre la violencia ejercida contra periodistas en Colombia y sobre la necesidad de preservar la memoria de quienes fueron perseguidos, amenazados o asesinados por ejercer su oficio. Más allá de la agenda institucional, la conversación plantea una pregunta de enorme importancia para el país: ¿qué sucede con una democracia cuando quienes se encargan de informar son silenciados? La respuesta trasciende el ámbito periodístico y toca el corazón mismo de la vida pública, porque una sociedad incapaz de proteger a quienes investigan y cuentan su realidad termina debilitando sus propios mecanismos de conocimiento y deliberación.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Las cifras permiten aproximarse a la magnitud del problema. De acuerdo con los registros construidos a partir del informe <em>La palabra y el silencio. La violencia contra periodistas en Colombia (1977-2015)</em>, elaborado por el Centro Nacional de Memoria Histórica y complementado posteriormente por la FLIP, al menos 172 periodistas han sido asesinados en Colombia desde 1977 por razones asociadas a su trabajo. Sin embargo, incluso esa cifra podría ser insuficiente para reflejar la dimensión real de la tragedia, pues la propia organización advierte que existen enormes subregistros que dificultan establecer con precisión cuántos casos ocurrieron realmente y cuántos permanecen aún en la penumbra estadística.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Detrás de esos números aparecen historias individuales que rara vez ocupan un lugar destacado en los grandes relatos nacionales. Están los reporteros de radio que recorrían carreteras secundarias para recoger testimonios en municipios apartados. Están los periodistas de periódicos regionales que conocían de memoria las dinámicas de sus comunidades. Están quienes trabajaban prácticamente solos, sin grandes redacciones detrás, enfrentando presiones económicas, amenazas constantes y enormes dificultades logísticas. También están aquellos que comprendieron antes que muchos otros los cambios que se estaban produciendo en determinadas regiones del país y que intentaron explicarlos cuando todavía resultaban invisibles para la opinión pública nacional.</p>



<p class="wp-block-paragraph">La violencia contra periodistas posee una característica particularmente devastadora: sus efectos no terminan con la muerte o el desplazamiento de la víctima. Cuando asesinan a un periodista regional suele desaparecer también una red de conocimiento acumulada durante años. Las fuentes dejan de hablar, los colegas sienten miedo, las investigaciones se interrumpen y determinados temas dejan de ser cubiertos. En algunos casos, regiones enteras experimentan una especie de apagón informativo que puede prolongarse durante mucho tiempo. Durante la reunión, representantes de la FLIP insistieron precisamente en esta realidad, señalando que cuando un periodista es asesinado muchas veces nadie retoma su labor y las comunidades terminan enfrentando un vacío informativo que contribuye a perpetuar la impunidad.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Ese fenómeno ayuda a comprender por qué la libertad de prensa no puede reducirse a una reivindicación gremial. Durante años se ha repetido, con razón, que la libertad de prensa es un pilar de la democracia, pero con frecuencia esa afirmación se formula de manera abstracta. En realidad, la cuestión es mucho más concreta. La libertad de prensa significa que los ciudadanos puedan conocer lo que ocurre en los lugares donde viven, que tengan acceso a información relevante para tomar decisiones y que existan mecanismos para examinar críticamente el ejercicio del poder. Cuando esas condiciones desaparecen, quienes pierden no son únicamente los periodistas, sino todos aquellos que dependen de la circulación de información para participar plenamente en la vida democrática.</p>



<p class="wp-block-paragraph">En el caso colombiano, además, la violencia contra la prensa adquiere una dimensión adicional porque está estrechamente vinculada con la construcción de memoria. Las guerras no solo producen muertos, heridos y desplazados. También generan disputas por la interpretación de los hechos. Todos los actores buscan imponer sus versiones de la realidad, legitimar sus acciones y minimizar sus responsabilidades. En ese contexto, los periodistas desempeñan un papel fundamental porque documentan acontecimientos en tiempo real y crean registros que posteriormente permiten contrastar relatos, verificar versiones y reconstruir procesos históricos complejos.</p>



<p class="wp-block-paragraph">No es casual que numerosos periodistas hayan sido perseguidos precisamente por investigar asuntos incómodos. La información constituye una forma de poder y quienes intentan ocultar determinadas realidades suelen comprender muy bien la amenaza que representa una investigación rigurosa. De ahí que la violencia contra periodistas pueda entenderse también como un ataque contra la memoria futura. Cuando una historia deja de contarse, cuando una investigación queda inconclusa o cuando una comunidad pierde a quien registraba sus transformaciones, se produce una fractura que afecta la manera en que las generaciones posteriores comprenderán lo ocurrido.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Durante el encuentro, el director general del Centro Nacional de Memoria Histórica, D’Mar Córdoba Salamanca, recordó precisamente la importancia de preservar el trabajo que muchos periodistas dejaron inconcluso y destacó la necesidad de seguir documentando las experiencias de periodistas víctimas del conflicto armado. La observación resulta particularmente relevante porque invita a pensar la memoria más allá del homenaje. Recordar no consiste únicamente en pronunciar nombres o conmemorar fechas. También implica rescatar archivos, investigaciones, testimonios y preguntas que la violencia intentó borrar. En el caso del periodismo, significa reconocer que detrás de cada reportaje existe un esfuerzo por ampliar el conocimiento colectivo sobre la realidad.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Quizás por eso la conversación entre el CNMH y la FLIP tiene una importancia que va más allá de las organizaciones que la protagonizaron. Lo que allí se discutió forma parte de una reflexión más amplia sobre el tipo de sociedad que Colombia quiere construir después de décadas de violencia. Una democracia sólida necesita ciudadanos informados, instituciones transparentes y periodistas capaces de investigar sin miedo. También necesita memoria. Necesita comprender que las agresiones contra la prensa no constituyen episodios aislados, sino fenómenos que afectan la calidad misma del debate público y la capacidad de una comunidad para comprender su pasado y orientar su futuro.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Los periodistas solemos pasar la mayor parte de nuestra vida profesional contando las historias de otros. Es una condición inherente al oficio y probablemente una de sus mayores virtudes. Sin embargo, existen momentos en los que resulta necesario volver la mirada hacia quienes asumieron riesgos extraordinarios para que esas historias pudieran conocerse. No para situarlos en el centro del relato nacional ni para convertirlos en héroes, sino para reconocer que la memoria de Colombia también está escrita en sus cuadernos de notas, en sus grabadoras, en sus fotografías y en sus investigaciones.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Porque cuando un periodista es asesinado no desaparece únicamente una persona ni se interrumpe solamente una trayectoria profesional. También se pierde una mirada construida durante años sobre una región, una comunidad o un problema específico; se rompe una cadena de transmisión de conocimiento sobre el país y se extinguen preguntas que quizás nadie volverá a formular. Por eso recordar a quienes fueron asesinados por cumplir con el deber de informar no constituye únicamente un acto de reconocimiento hacia las víctimas y sus familias, sino también una defensa de la memoria colectiva y de la posibilidad misma de que una sociedad conozca su propia historia.</p>



<p class="wp-block-paragraph"></p>
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        <author>Diego Aretz</author>
                    <category>Las palabras y las cosas</category>
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        <pubDate>Fri, 02 Oct 2026 21:49:27 +0000</pubDate>
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        <title>¿Qué hace un inglés durante seis décadas intentando entender a Colombia?</title>
        <link>https://blogs.elespectador.com/actualidad/las-palabras-y-las-cosas/que-hace-un-ingles-durante-seis-decadas-intentando-entender-a-colombia/</link>
        <description><![CDATA[<p>Hay personajes que estudian un país y otros que, casi sin proponérselo, terminan formando parte de su historia. Malcolm Deas pertenece a una categoría más extraña. Llegó desde Oxford a Colombia cuando todavía era posible que un historiador extranjero se acercara a un país sin la ansiedad de explicarlo todo de inmediato y comenzó a [&hellip;]</p>
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        <content:encoded><![CDATA[
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<p class="wp-block-paragraph">Hay personajes que estudian un país y otros que, casi sin proponérselo, terminan formando parte de su historia. Malcolm Deas pertenece a una categoría más extraña. Llegó desde Oxford a Colombia cuando todavía era posible que un historiador extranjero se acercara a un país sin la ansiedad de explicarlo todo de inmediato y comenzó a estudiar sus guerras, sus partidos, sus presidentes, sus instituciones, sus élites y sus contradicciones. Lo que iba a ser, quizá, una estación intelectual terminó convirtiéndose en una relación de seis décadas con un país que nunca dejó de intentar comprender.</p>



<p class="wp-block-paragraph">¿Qué vio Malcolm Deas en Colombia? ¿Qué encontró aquí para quedarse durante tanto tiempo? ¿Y qué puede revelar la vida de un historiador inglés sobre la historia de los colombianos?</p>



<p class="wp-block-paragraph">Son preguntas que atraviesan <em>Malcolm Deas: retrato del inglés que hizo de Colombia su historia</em>, el libro que he escrito a partir de conversaciones con Deas, testimonios de familiares, amigos, colegas y discípulos, y una revisión de sus principales trabajos. El libro, publicado por Ediciones Uniandes, reconstruye una relación poco común entre un hombre y un país, pero también intenta hacer algo más ambicioso: utilizar la vida de un historiador como una forma de volver a recorrer la historia intelectual y política de Colombia.</p>



<p class="wp-block-paragraph">La historia de Deas tiene algo difícil de clasificar. No es exactamente la historia de un extranjero fascinado por un país exótico, ni la de un académico que encontró en Colombia un objeto de estudio conveniente. Tampoco es simplemente la biografía de un historiador. A medida que uno sigue sus pasos aparecen las guerras civiles, los partidos políticos, los presidentes, las universidades, los archivos, los periódicos, las conversaciones privadas, los debates intelectuales y varias generaciones de colombianos que terminaron cruzándose con él.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Ahí está quizá la particularidad de su historia: para entender a Malcolm Deas hay que terminar hablando de Colombia, y para entender algunas cosas de Colombia resulta inevitable encontrarse con Malcolm Deas.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Cuatro expresidentes de Colombia hacen parte del libro, junto con intelectuales, investigadores, escritores, profesores y discípulos que permiten reconstruir no solamente la trayectoria de un hombre, sino también una parte de la vida intelectual del país durante las últimas seis décadas. Deas aparece entonces como una especie de hilo secreto que conecta momentos y generaciones que normalmente estudiamos por separado.</p>



<figure class="wp-block-image size-full"><img loading="lazy" decoding="async" width="700" height="957" src="https://blogs.elespectador.com/wp-content/uploads/sites/2/2026/10/unnamed-5.jpg" alt="" class="wp-image-133703" srcset="https://blogs.elespectador.com/wp-content/uploads/sites/2/2026/10/unnamed-5.jpg 700w, https://blogs.elespectador.com/wp-content/uploads/sites/2/2026/10/unnamed-5.jpg?resize=219,300 219w" sizes="auto, (max-width: 700px) 100vw, 700px" /></figure>



<p class="wp-block-paragraph">Su mirada sobre Colombia tuvo, además, una característica poco frecuente. Deas nunca pareció interesado en fabricar una teoría total sobre el país. Su trabajo se detuvo muchas veces en aquello que otros consideraban demasiado particular: una elección, un presidente, una guerra, una estadística, una institución, una disputa entre partidos, una frase pronunciada en el momento preciso. Había en esa manera de mirar una desconfianza saludable frente a las grandes explicaciones que pretenden resolver un país entero con una sola idea.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Tal vez por eso su lectura de Colombia sigue siendo tan fértil. En un país acostumbrado a explicarse mediante grandes palabras —violencia, desigualdad, polarización, narcotráfico, conflicto— Deas obligaba a volver a los documentos, a los nombres propios, a las fechas, a los hechos y a las particularidades. Antes de explicar Colombia había que leerla.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Hay también algo casi novelesco en el punto de partida. Un joven historiador formado en Oxford llega a un país que, en principio, podría haber sido apenas un capítulo de su carrera y termina permaneciendo en él, intelectual y afectivamente, durante décadas. Conoce a presidentes, historiadores, políticos, escritores y profesores; atraviesa cambios profundos de la sociedad colombiana; forma nuevas generaciones de investigadores y construye, con paciencia, una biblioteca mental sobre el país que difícilmente otro extranjero haya levantado de la misma manera.</p>



<p class="wp-block-paragraph">El detalle importa porque la historia de Colombia también puede contarse desde quienes llegaron a ella sin pertenecer originalmente a sus disputas. Un extranjero puede tener una distancia que los colombianos perdemos precisamente porque vivimos dentro de nuestras propias explicaciones. Pero esa distancia, en el caso de Deas, nunca significó indiferencia. Con el paso de los años, el observador terminó convertido en una suerte de testigo íntimo.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Quizá esa sea una de las paradojas más interesantes de su trayectoria: cuanto más estudiaba Colombia, menos podía ser considerado simplemente un extranjero que estudiaba a Colombia.</p>



<p class="wp-block-paragraph">El prefacio del libro está escrito por James A. Robinson, premio Nobel de Economía, cuya obra sobre las instituciones y el desarrollo de las sociedades ha dialogado, desde otra perspectiva, con algunas de las preguntas que Deas formuló durante décadas sobre Colombia. Hay en ese encuentro intelectual una coincidencia interesante: tanto desde la historia como desde la economía institucional aparece la necesidad de mirar más allá de las explicaciones inmediatas y preguntarse por las instituciones, las decisiones, las circunstancias históricas y las personas que terminan moldeando el destino de una sociedad.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Pero el libro no pretende convertir a Deas en una estatua académica. Me interesaba más el hombre detrás del historiador, sus conversaciones, sus obsesiones, sus amistades, sus recuerdos, sus silencios y también las personas que fueron construyendo con él esa relación particular con Colombia. Por eso el libro se mueve entre el perfil periodístico, la investigación histórica y el ensayo, entre la memoria y los documentos, entre lo que Deas recuerda y lo que otros recuerdan de él.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Al final, la pregunta cambia. Ya no se trata solamente de quién fue Malcolm Deas. Se trata de qué Colombia aparece cuando uno decide mirar el país a través de los ojos de un inglés que pasó seis décadas intentando entenderlo.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Aparece una Colombia menos cómoda que la de nuestras explicaciones habituales: una Colombia hecha de instituciones frágiles y persistentes, de guerras que dejaron marcas profundas, de élites, partidos y universidades, pero también de individuos concretos que intentaron, a veces con éxito y otras sin él, comprender el lugar en el que estaban viviendo. Una Colombia que no cabe del todo en las categorías con las que solemos describirla.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Tal vez por eso la vida de Malcolm Deas termina siendo una manera inesperada de contar nuestra propia historia. El extranjero llegó buscando entender Colombia y, con el paso del tiempo, Colombia terminó formando parte de su propia biografía. La pregunta que queda para nosotros es quizá la inversa: después de seis décadas en las que Deas intentó descifrarnos, ¿qué hemos aprendido nosotros al mirarnos a través de sus ojos?</p>



<p class="wp-block-paragraph">El próximo 27 de octubre, a las 5:30 de la tarde, esa conversación llegará al Gimnasio Moderno, en Bogotá. El lanzamiento tendrá lugar en la Biblioteca del Gimnasio Moderno, en la carrera 9 #74-99, y contará con un panel que permite ampliar la conversación más allá de la figura de Deas. Participarán <strong>Paca Zuleta</strong>, profesional distinguida de la Escuela de Gobierno de la Universidad de los Andes; <strong>Gustavo Bell</strong>, historiador, periodista, abogado y exvicepresidente de Colombia; <strong>Alejandro Gaviria </strong>ex rector de la Universidad de los Andes  y yo, como autor del libro. La conversación será moderada por el periodista Alejandro Santos.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Es una mesa particularmente apropiada para un libro que cruza historia, instituciones, política, academia y memoria. Paca Zuleta aporta una mirada desde la reflexión sobre el gobierno y las instituciones; Gustavo Bell, desde la historia y su propia experiencia en la vida pública; Alejandro Gaviria, desde una trayectoria que también ha unido la academia, las políticas públicas y el debate intelectual. Y en el centro de la conversación estará Malcolm Deas, un historiador que llegó desde Oxford y terminó haciendo de Colombia una parte fundamental de su propia historia.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Quizá no haya mejor manera de presentar este libro que volver a la pregunta que lo atraviesa: <strong>¿qué hace un inglés durante seis décadas intentando entender a Colombia?</strong> La respuesta, después de todo, puede decir tanto sobre Malcolm Deas como sobre nosotros.</p>



<p class="wp-block-paragraph"></p>
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        <author>Diego Aretz</author>
                    <category>Las palabras y las cosas</category>
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        <pubDate>Thu, 01 Oct 2026 16:25:25 +0000</pubDate>
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        <title>La colección Pérez, la ciudad y el espejo latinoamericano</title>
        <link>https://blogs.elespectador.com/actualidad/las-palabras-y-las-cosas/la-coleccion-perez-la-ciudad-y-el-espejo-latinoamericano/</link>
        <description><![CDATA[<p>Una noche de septiembre, en medio de ArtBO, recibí una invitación para sostener una conversación con algunos de los responsables de una de las colecciones privadas de arte contemporáneo más importantes vinculadas a América Latina. Acepté por varias razones. La primera, porque mirar el arte latinoamericano sigue siendo una de las maneras más precisas de [&hellip;]</p>
]]></description>
        <content:encoded><![CDATA[
<p class="wp-block-paragraph">Una noche de septiembre, en medio de ArtBO, recibí una invitación para sostener una conversación con algunos de los responsables de una de las colecciones privadas de arte contemporáneo más importantes vinculadas a América Latina. Acepté por varias razones. La primera, porque mirar el arte latinoamericano sigue siendo una de las maneras más precisas de entender el estado de nuestras sociedades, sus tensiones, sus conflictos, sus transformaciones y sus contradicciones. La segunda, porque detrás de esa colección existe una historia que trasciende ampliamente el mundo del arte. Es una historia de migración, de construcción institucional, de movilidad social, de filantropía y de una región que todavía busca entenderse a sí misma. Y la tercera, porque la conversación ocurría en Bogotá, una ciudad clave para América Latina, un punto de encuentro donde convergen universidades, centros culturales, galerías, editoriales, artistas e investigadores. Pocas ciudades de la región reúnen hoy una infraestructura cultural de esta escala y una capacidad similar para conectar distintas conversaciones latinoamericanas.</p>



<p class="wp-block-paragraph">También me interesaba la conversación por una razón menos evidente: pocas veces hablamos en América Latina del papel que han desempeñado los privados en la construcción de cultura. Buena parte de las grandes instituciones culturales del mundo no existirían sin coleccionistas, empresarios, fundaciones, universidades, mecenas y ciudadanos que decidieron convertir parte de su patrimonio en patrimonio colectivo. Museos, bibliotecas, teatros, universidades, centros de investigación y colecciones que hoy consideramos parte natural de la historia cultural de una sociedad fueron, en muchos casos, el resultado de decisiones privadas que terminaron produciendo consecuencias públicas. La cultura no ha sido construida únicamente desde los Estados. También ha sido levantada durante siglos por personas y familias que entendieron que acumular capital podía tener una segunda consecuencia: crear instituciones capaces de sobrevivir a sus propios fundadores.</p>



<p class="wp-block-paragraph">La noche transcurría en Casa Riegner, en el corazón de Chapinero, un barrio que durante los últimos años ha aparecido recurrentemente en distintos listados internacionales como uno de los sectores urbanos más interesantes del mundo. Puede sonar exagerado para quien todavía conserva la imagen de una Bogotá gris y caótica, pero basta caminar unas pocas cuadras para entender por qué. Allí conviven casas republicanas recicladas, galerías de arte contemporáneo, estudios creativos, librerías independientes, restaurantes, cafés y una generación de emprendedores culturales que ha ido transformando el paisaje urbano de una ciudad históricamente más preocupada por sobrevivir que por proyectarse. Chapinero es hoy una especie de laboratorio donde se mezclan las virtudes y las contradicciones de la nueva Bogotá: creatividad y desigualdad, sofisticación y precariedad, cosmopolitismo y tensiones sociales. No deja de ser simbólico que una conversación sobre América Latina, migración, arte, arquitectura y cultura ocurra precisamente allí.</p>



<p class="wp-block-paragraph">En el preámbulo de ArtBO, Related Group —la firma fundada por el empresario y coleccionista colombo-argentino Jorge Pérez— ofrecía una mirada particularmente interesante sobre esa relación entre capital, ciudad y cultura. Pérez, reconocido por figurar en la lista Fortune 500, es el desarrollador inmobiliario más prolífico de Florida después de haber entregado más de 120.000 unidades de vivienda, pero su trayectoria también permite entender cómo una historia empresarial puede terminar convirtiéndose en una historia cultural.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Quizás por eso resultaba tan interesante escuchar sobre el sentido mismo de coleccionar. Cuando pensamos en una colección solemos imaginar una acumulación de objetos valiosos. Sin embargo, durante la conversación apareció otra definición. Una colección puede ser un organismo vivo, una búsqueda permanente, una manera de estudiar el mundo a través del arte y de mantener una curiosidad constante frente a nuevas voces y nuevas miradas. Lo interesante es que esa colección suele ser identificada como latinoamericana cuando en realidad funciona de una manera mucho más compleja. El objetivo no consiste únicamente en reunir artistas latinoamericanos sino en generar conversaciones entre experiencias humanas diversas, estableciendo vínculos entre artistas de América Latina, África, Estados Unidos y otras regiones del mundo.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Hay algo profundamente revelador en esa idea porque refleja una transformación más amplia de nuestra época. Durante décadas América Latina fue observada como una categoría relativamente homogénea, una región definida por ciertas experiencias históricas compartidas. Hoy esa mirada resulta insuficiente. Las migraciones, la globalización, las nuevas tecnologías y la circulación de personas e ideas han producido identidades mucho más complejas. Las experiencias de un artista afrobrasileño pueden dialogar con las de un creador caribeño o con las de un artista africano sin necesidad de pasar por los marcos tradicionales de interpretación nacional.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Quizás esa visión también tiene que ver con la propia historia de la familia Pérez. Cuba, Colombia y Estados Unidos aparecen como estaciones de una misma trayectoria. La familia abandonó Cuba después de la revolución, pasó por Colombia y terminó construyendo en Florida una de las historias empresariales y culturales más notables de las últimas décadas. En tiempos donde la migración suele aparecer asociada exclusivamente a crisis, conflictos o problemas fronterizos, conviene recordar que la historia latinoamericana está llena de procesos migratorios que han producido innovación, riqueza, instituciones y cultura.</p>



<p class="wp-block-paragraph">No deja de resultar llamativo que una familia marcada por la experiencia migrante haya terminado construyendo una de las plataformas culturales más influyentes vinculadas a América Latina en Estados Unidos. Hay una dimensión simbólica evidente en ello. Los latinos constituyen hoy una de las comunidades más numerosas e influyentes de Estados Unidos y, sin embargo, durante mucho tiempo su presencia cultural institucional fue menor de lo que sugería su peso demográfico. El Pérez Art Museum Miami constituye una excepción significativa dentro de ese panorama.</p>



<figure class="wp-block-image size-large"><img loading="lazy" decoding="async" height="614" width="1024" src="https://blogs.elespectador.com/wp-content/uploads/sites/2/2026/09/PAMM-Arquitectonica-GEO-Photo-by-Robin-Hill-5.jpg?quality=60&amp;w=650" alt="" class="wp-image-133697" srcset="https://blogs.elespectador.com/wp-content/uploads/sites/2/2026/09/PAMM-Arquitectonica-GEO-Photo-by-Robin-Hill-5.jpg 2362w, https://blogs.elespectador.com/wp-content/uploads/sites/2/2026/09/PAMM-Arquitectonica-GEO-Photo-by-Robin-Hill-5.jpg?resize=300,180 300w, https://blogs.elespectador.com/wp-content/uploads/sites/2/2026/09/PAMM-Arquitectonica-GEO-Photo-by-Robin-Hill-5.jpg?resize=768,461 768w, https://blogs.elespectador.com/wp-content/uploads/sites/2/2026/09/PAMM-Arquitectonica-GEO-Photo-by-Robin-Hill-5.jpg?resize=1024,614 1024w, https://blogs.elespectador.com/wp-content/uploads/sites/2/2026/09/PAMM-Arquitectonica-GEO-Photo-by-Robin-Hill-5.jpg?resize=1536,921 1536w, https://blogs.elespectador.com/wp-content/uploads/sites/2/2026/09/PAMM-Arquitectonica-GEO-Photo-by-Robin-Hill-5.jpg?resize=2048,1229 2048w" sizes="auto, (max-width: 1024px) 100vw, 1024px" /></figure>



<p class="wp-block-paragraph">Pero más allá de los símbolos existe una cuestión de fondo. América Latina es una región de cerca de 660 millones de habitantes. Más de 500 millones comparten el español como lengua materna, convirtiendo al idioma en una de las grandes comunidades lingüísticas del planeta. Si se suman Brasil, España y las comunidades latinoamericanas distribuidas por Estados Unidos y Europa, las cifras son aún más impresionantes. Sin embargo, pocas veces pensamos en nosotros mismos como una conversación cultural integrada. Un colombiano suele saber más sobre Nueva York que sobre Montevideo. Un argentino puede estar más familiarizado con los debates franceses que con los colombianos. Un mexicano consume con frecuencia más información estadounidense que sudamericana. Compartimos idiomas, procesos históricos, desafíos económicos y experiencias sociales, pero seguimos mirándonos menos de lo que probablemente deberíamos.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Por eso una colección como esta adquiere una dimensión que trasciende lo artístico. Funciona como una excusa para mirarnos. Para reconocer que existen artistas extraordinarios produciendo obra en distintos rincones del continente y que muchas veces desconocemos esas conversaciones porque seguimos observando la región desde fragmentos nacionales demasiado estrechos. La propia curadora señalaba una realidad incómoda: América Latina posee una enorme calidad artística, pero gran parte de sus creadores carece todavía de suficiente visibilidad internacional. La observación podría extenderse mucho más allá del arte. La región produce escritores, investigadores, científicos, empresarios, cineastas y músicos de enorme nivel, pero con frecuencia carece de las instituciones necesarias para proyectarlos globalmente. Esa es una de las grandes diferencias entre las regiones que generan talento y aquellas que además construyen sistemas capaces de amplificarlo.</p>



<p class="wp-block-paragraph">En ese punto la conversación inevitablemente conduce hacia Miami. Durante décadas la ciudad fue considerada una periferia cultural de Estados Unidos, un lugar asociado principalmente con turismo, bienes raíces y entretenimiento. Hoy esa imagen resulta insuficiente. Miami se ha convertido en una de las capitales culturales de América Latina precisamente porque ha logrado reunir aquello que muchas veces permanece disperso en el resto de la región: capital, instituciones, artistas, coleccionistas y redes internacionales. La ciudad funciona como una plataforma donde distintas historias latinoamericanas se encuentran y dialogan.</p>



<p class="wp-block-paragraph">La segunda conversación de la noche permitió observar otra dimensión de esa transformación. Nick Pérez, hijo de Jorge Pérez y responsable de algunos de los desarrollos inmobiliarios más importantes de Related Group, hablaba desde el mundo de la construcción, el urbanismo y los negocios. Sin embargo, las preguntas terminaron conduciendo hacia asuntos mucho más amplios. ¿Qué significa el lujo hoy? ¿Cómo cambia una ciudad? ¿Qué papel juegan la tecnología, la salud y el tiempo en las nuevas aspiraciones de las élites urbanas?</p>



<p class="wp-block-paragraph">Su respuesta resultó particularmente interesante porque se alejaba de la imagen tradicional del lujo asociada exclusivamente al consumo. Durante años el lujo estuvo vinculado a materiales costosos, ubicaciones privilegiadas y servicios exclusivos. Después de la pandemia, explicaba, comenzó a producirse una transformación. El espacio, el bienestar, la salud y la calidad de vida adquirieron una importancia creciente.</p>



<p class="wp-block-paragraph">En un momento de la conversación apareció una pregunta aparentemente sencilla: ¿cuál es el lujo supremo? La respuesta fue inmediata. Tiempo.</p>



<p class="wp-block-paragraph">La frase puede parecer obvia, pero contiene una observación profunda sobre nuestra época. Nunca habíamos contado con tantas tecnologías destinadas a ahorrar tiempo y, sin embargo, pocas generaciones han sentido una escasez tan intensa de él. La nueva obsesión de muchas élites globales ya no parece ser la acumulación de objetos sino la búsqueda de bienestar, longevidad y calidad de vida. Salud, tiempo y atención se han convertido en recursos tan escasos como valiosos.</p>



<figure class="wp-block-image size-large is-resized"><img loading="lazy" decoding="async" height="1024" width="668" src="https://blogs.elespectador.com/wp-content/uploads/sites/2/2026/09/unnamed-4.jpg?quality=60&amp;w=650" alt="" class="wp-image-133698" style="width:632px;height:auto" srcset="https://blogs.elespectador.com/wp-content/uploads/sites/2/2026/09/unnamed-4.jpg 835w, https://blogs.elespectador.com/wp-content/uploads/sites/2/2026/09/unnamed-4.jpg?resize=196,300 196w, https://blogs.elespectador.com/wp-content/uploads/sites/2/2026/09/unnamed-4.jpg?resize=768,1177 768w, https://blogs.elespectador.com/wp-content/uploads/sites/2/2026/09/unnamed-4.jpg?resize=668,1024 668w" sizes="auto, (max-width: 668px) 100vw, 668px" /></figure>



<p class="wp-block-paragraph">Lo curioso es que el arte comparte algo de esa lógica. Una gran obra exige tiempo. Una exposición exige tiempo. Una colección exige décadas. Tal vez por eso las grandes colecciones funcionan también como una forma de resistencia frente a la aceleración permanente del presente. Coleccionar arte implica apostar por conversaciones largas, por procesos que exceden los ciclos políticos, las modas económicas o las tendencias tecnológicas.</p>



<p class="wp-block-paragraph">La inteligencia artificial apareció inevitablemente en la entrevista. Nick Pérez explicaba cómo las nuevas herramientas están transformando procesos de coordinación, diseño y eficiencia dentro de la industria de la construcción. Sin embargo, más allá de la tecnología, lo que resultaba interesante era una idea recurrente: la innovación no consiste necesariamente en inventar algo completamente nuevo sino en encontrar mejores maneras de hacer las cosas. Una definición menos espectacular, quizás, pero probablemente más útil.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Al abandonar la galería y regresar a las calles de Chapinero pensé que, en realidad, las dos conversaciones habían girado alrededor de una misma pregunta. ¿Cómo se construye un legado? La curadora respondía a través del arte. Nick Pérez respondía a través de la ciudad. Jorge Pérez parece haber intentado hacerlo a través de ambos caminos.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Y tal vez esa sea la enseñanza más interesante de la noche. América Latina suele producir individuos extraordinarios, pero con demasiada frecuencia fracasa en la construcción de instituciones duraderas. Nos fascinan las biografías exitosas, pero prestamos menos atención a los museos, universidades, fundaciones, centros culturales y espacios de encuentro que permiten que aparezcan nuevas generaciones de artistas, investigadores y creadores.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Una colección de arte no resolverá los problemas estructurales de la región. Tampoco un museo. Ni una galería. Pero pueden contribuir a algo igualmente importante: ayudarnos a reconocernos. A entender que compartimos una conversación mucho más amplia de lo que solemos imaginar. A descubrir que detrás de nuestras diferencias nacionales existe una experiencia histórica común que todavía estamos aprendiendo a narrar.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Quizás por eso, más que una colección de arte, la colección Pérez termina funcionando como una colección de historias latinoamericanas. Historias de migración, de reconstrucción, de éxito, de memoria, de curiosidad intelectual y de construcción institucional. Y también una historia sobre una idea que convendría discutir mucho más en nuestra región: la cultura no es un adorno de la prosperidad, sino una de las formas más sofisticadas de construirla. El aporte de los privados, cuando se traduce en instituciones, colecciones, museos, fundaciones, espacios de encuentro y circulación de ideas, puede terminar formando parte de aquello que una sociedad considera su patrimonio común. En una región acostumbrada a observarse a través de los ojos de otros, todavía queda mucho por ganar cuando aprendemos a mirarnos, conocernos y valorarnos un poco más entre nosotros mismos.</p>



<p class="wp-block-paragraph"></p>
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        <author>Diego Aretz</author>
                    <category>Las palabras y las cosas</category>
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        <pubDate>Wed, 30 Sep 2026 17:09:39 +0000</pubDate>
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                <media:credit role="author" scheme="urn:ebu">Diego Aretz</media:credit>
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        <title>Los archivos que guardan la memoria de Colombia</title>
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        <description><![CDATA[<p>Una carpeta puede contener una historia que tardó décadas en ser escuchada. Un registro, una denuncia, una fotografía, el documento producido por una organización campesina o el testimonio de una comunidad pueden terminar siendo, con el paso del tiempo, mucho más que papeles: pueden convertirse en la evidencia de lo que ocurrió cuando el país [&hellip;]</p>
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<p class="wp-block-paragraph">Una carpeta puede contener una historia que tardó décadas en ser escuchada. Un registro, una denuncia, una fotografía, el documento producido por una organización campesina o el testimonio de una comunidad pueden terminar siendo, con el paso del tiempo, mucho más que papeles: pueden convertirse en la evidencia de lo que ocurrió cuando el país todavía no estaba preparado para mirar de frente su propia violencia.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Esa es la dimensión que tienen los archivos de derechos humanos que custodia el Centro Nacional de Memoria Histórica (CNMH), una colección documental construida durante décadas por víctimas, comunidades, organizaciones sociales y campesinas, entidades judiciales y académicas. El 29 de septiembre, el CNMH completó la entrega a la Jurisdicción Especial para la Paz (JEP) de una copia de respaldo de estos archivos, en cumplimiento de una orden judicial.</p>



<p class="wp-block-paragraph">La decisión está contenida en el Auto AT611 del 3 de agosto de 2026, proferido por la Sección de Primera Instancia para Casos de Ausencia de Reconocimiento de Verdad y Responsabilidad de la JEP, dentro de la Medida de Protección de Información MPI 001-18, vigente desde 2018. La orden dispuso que el CNMH remitiera una copia con el propósito de asegurar la conservación y preservación de la información. El cumplimiento de la decisión judicial era obligatorio para la entidad.</p>



<p class="wp-block-paragraph">La entrega se hizo en dos momentos. El primero ocurrió el 6 de agosto, con cuatro discos duros externos y sus respectivos inventarios documentales. El segundo, este 29 de septiembre, con otros dos discos duros, una vez terminado el procesamiento técnico de la información requerida. En total fueron remitidos 33 fondos documentales: 28 en la primera entrega y cinco en la segunda. Entre ellos se encuentran archivos de organizaciones sociales, campesinas y de derechos humanos, además de documentos de entidades judiciales y académicas.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Pero existe una diferencia fundamental que conviene subrayar: <strong>la JEP recibió una copia de respaldo, no los archivos originales</strong>. Los documentos permanecen bajo custodia del CNMH, que conserva su administración y la responsabilidad legal sobre su conservación, protección, organización y acceso.</p>



<p class="wp-block-paragraph">La magnitud de ese archivo permite entender mejor lo que está en juego. El Archivo y la Colección Bibliográfica de Derechos Humanos del CNMH hacen parte del Registro Memoria del Mundo para América Latina y el Caribe de la UNESCO. Actualmente reúnen 148 fondos documentales y más de 573.000 registros, con información que va de 1946 a 2024. Su protección está regulada por la Ley 1448 de 2011 y por el Protocolo de Gestión Documental expedido por el CNMH y el Archivo General de la Nación.</p>



<p class="wp-block-paragraph">La cifra impresiona, pero quizá no explica por sí sola lo que significa conservar estos documentos. Un archivo de derechos humanos es también la huella que dejaron quienes decidieron documentar lo ocurrido cuando hacerlo podía implicar riesgos; es el registro de comunidades que quisieron dejar constancia de una desaparición, un desplazamiento, una persecución o una forma de resistencia; es el trabajo de organizaciones que durante años recopilaron información mientras Colombia intentaba comprender una violencia que muchas veces parecía destinada a quedar sin testigos.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Por eso la protección de un archivo no consiste solamente en conservar unos documentos en condiciones adecuadas. Consiste en mantener abierta la posibilidad de que una sociedad pueda volver sobre su pasado. Un expediente puede servir para una investigación judicial, pero también para un historiador, un periodista, una víctima que intenta reconstruir su propia historia o una comunidad que necesita preservar la memoria de lo ocurrido en su territorio.</p>



<p class="wp-block-paragraph">La entrega a la JEP introduce justamente esa doble dimensión. Por un lado, está el cumplimiento de una decisión judicial orientada a garantizar la conservación y preservación de información relevante. Por otro, permanece el deber del CNMH de custodiar los originales y garantizar que esos documentos continúen protegidos y disponibles. La operación no significa, por tanto, que los archivos originales salgan del CNMH, sino que una copia de respaldo queda también en el marco de las medidas de protección de información ordenadas por la jurisdicción de paz.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Colombia ha pasado buena parte de su historia intentando reconstruir aquello que la violencia quiso borrar. Durante décadas fueron las víctimas, las comunidades, las organizaciones sociales, los investigadores y los periodistas quienes conservaron testimonios que podían haberse perdido para siempre. Hoy el país enfrenta otro desafío: proteger esa memoria acumulada y convertirla en un patrimonio que pueda ser consultado por las generaciones que todavía no han nacido.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Con la entrega de esta copia, el CNMH cumple la orden de la JEP sin renunciar a su responsabilidad sobre los archivos originales que le han sido confiados. Es una distinción jurídica, pero también una distinción histórica. Porque detrás de los 148 fondos, de los más de 573.000 registros y de las miles de cajas, páginas y documentos no existe solamente información: existe una parte de la historia de Colombia que alguien decidió conservar para que el tiempo, esta vez, no pudiera borrarla.</p>



<p class="wp-block-paragraph"></p>
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        <author>Diego Aretz</author>
                    <category>Las palabras y las cosas</category>
                <guid isPermaLink="false">https://blogs.elespectador.com/?p=133683</guid>
        <pubDate>Wed, 30 Sep 2026 03:52:16 +0000</pubDate>
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                <media:credit role="author" scheme="urn:ebu">Diego Aretz</media:credit>
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