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    <title>Blogs El Espectador</title>
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    <description>Blogs gratis y diarios en El Espectador</description>
    <lastBuildDate>Sat, 04 Apr 2026 09:41:47 +0000</lastBuildDate>
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	<title>Ana Cristina Vélez, Bloguero de Blogs El Espectador</title>
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        <title>El grito silencioso de Sulawesi: el arte más antiguo de la humanidad desaparece</title>
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        <description><![CDATA[<p>Este es un artículo simplificado, modificado y basado en el artículo de Dyani Lewis para la revista Nature: El arte más antiguo de la humanidad se está desmoronando. ¿Podrán los científicos salvarlo?&nbsp; Del 6 de diciembre de 2023. La mayoría de las personas ignora que en Indonesia se resguardan los tesoros pictóricos más antiguos de [&hellip;]</p>
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        <content:encoded><![CDATA[
<p>Este es un artículo simplificado, modificado y basado en el artículo de Dyani Lewis para la revista Nature: <em>El arte más antiguo de la humanidad se está desmoronando. ¿Podrán los científicos salvarlo?</em>&nbsp; Del 6 de diciembre de 2023.</p>



<p>La mayoría de las personas ignora que en Indonesia se resguardan los tesoros pictóricos más antiguos de nuestra especie. En la península suroccidental de Sulawesi, existen representaciones figurativas con más de 45,000 años de antigüedad y plantillas de manos realizadas con la técnica del estarcido que alcanzan los 67,800 años. Sin embargo, mientras apenas comenzamos a comprender su importancia, la piedra caliza que les sirve de lienzo se desmorona, amenazando con borrar esta historia mural para siempre.</p>



<figure class="wp-block-embed is-type-video is-provider-youtube wp-block-embed-youtube wp-embed-aspect-9-16 wp-has-aspect-ratio"><div class="wp-block-embed__wrapper">
<iframe title="New discovery! 67,800-year-old rock art in Sulawesi, Indonesia" width="422" height="750" src="https://www.youtube.com/embed/PRNL329dZ9Y?feature=oembed" frameborder="0" allow="accelerometer; autoplay; clipboard-write; encrypted-media; gyroscope; picture-in-picture; web-share" referrerpolicy="strict-origin-when-cross-origin" allowfullscreen></iframe>
</div></figure>



<p>En la región montañosa de Sulawesi, siglos de filtraciones de agua han esculpido un vasto complejo de cuevas y refugios rocosos en la piedra caliza. Se registran alrededor de 654 cuevas dispersas por las regencias de Maros y Pangkep. Algunas se ocultan en la espesura de la selva tropical; otras conviven con asentamientos humanos actuales, donde los aldeanos las utilizan como templos o almacenes de grano, a menudo sin sospechar el tesoro que decoran sus muros.</p>



<p>Para poner esto en perspectiva, debemos observar el arte europeo:</p>



<ul class="wp-block-list">
<li>Altamira (España): Sus famosos bisontes tienen entre 14,000 y 15,000 años.</li>



<li>Lascaux (Francia): Sus pinturas datan de hace 17,000 a 20,000 años.</li>
</ul>



<p>Comparemos estos datos con los murales de Sulawesi (Indonesia). Estamos hablando de 45,000 años. Es una medida de tiempo difícil de procesar.</p>



<p>En 2011, el arqueólogo Adam Brumm y el geoquímico Maxime Aubert revolucionaron la prehistoria en la cueva <em>Leang Jarie</em> (<em>La cueva de los dedos</em>). Aubert, especialista en datación, identificó unos depósitos minerales llamados espeleotemas coraloides que crecían sobre las pinturas. Al datar estos &#8220;nódulos&#8221;, pudieron determinar la edad mínima de lo que había debajo: las huellas de manos y las figuras de cerdos verrugosos son, potencialmente, los ejemplos más antiguos de arte figurativo en el mundo.</p>



<p>En la cámara de Bulu’ Sipong 4, un espacio con la majestuosidad de una catedral, se extiende un mural de 4.5 metros. Allí se observa una escena de caza donde seis figuras esquemáticas acechan a un anoa (un búfalo enano nativo). Al mirar de cerca, se descubre algo asombroso: las figuras son teriántropos, híbridos con cuerpo humano y cabezas de aves o largas colas.</p>



<p>Esta escena, pintada hace al menos 43,900 años, es la obra de arte narrativa más antigua del mundo. Es el doble de vieja que la «Escena del pozo» en Lascaux y supera en antigüedad a la famosa figurilla del «Hombre león» de Alemania. No es solo un dibujo; es la evidencia más temprana de nuestra capacidad para crear mitos y narraciones.</p>



<p><strong>Una catástrofe inminente: ¿Por qué se caen las paredes?</strong></p>



<p>El panel de Bulu’ Sipong 4 y otros murales están sufriendo un proceso de exfoliación. La costra endurecida donde reside el pigmento se separa de la roca caliza blanca y pulverulenta. Aunque el deterioro ha existido por milenios, los custodios locales advierten que el ritmo se ha acelerado drásticamente en las últimas décadas.</p>



<p>Los investigadores barajan varias causas posibles para esta crisis:</p>



<ol start="1" class="wp-block-list">
<li><strong>Turismo y presencia humana:</strong> Al igual que ocurrió en Lascaux, la respiración de los visitantes altera el microclima, elevando la temperatura y la humedad, lo que favorece el crecimiento de hongos y bacterias.</li>



<li><strong>Contaminación y acidez:</strong> los gases del tráfico y la agricultura se combinan con la humedad para formar ácidos nítricos o sulfúricos que disuelven la roca.</li>



<li><strong>Industria minera:</strong> la región es un tesoro para las cementeras. La empresa Semen Tonasa, la mayor de Indonesia, opera en la zona. Las vibraciones de las detonaciones y el polvo en suspensión —que se adhiere a las paredes y añade peso a la costra pictórica— son factores críticos de riesgo.</li>



<li><strong>Cambio Climático:</strong> mediante microscopía electrónica, se han hallado cristales de sal detrás de las pinturas. Debido a las sequías más severas y a la humedad de los arrozales cercanos, estos cristales se expanden y contraen agresivamente, &#8220;empujando&#8221; la pintura hacia afuera hasta que se desprende.</li>
</ol>



<p>No existe una sola causa, sino una tormenta perfecta de factores. Los científicos sienten que el reloj corre en su contra. Sería una tragedia que estos murales, que han sobrevivido a glaciaciones y cambios geológicos durante 450 siglos, desaparezcan justo ahora que los hemos descubierto.</p>



<p>Cada trozo de piedra que cae es una página arrancada a la historia arqueológica de la humanidad; datos que se pierden sobre nuestros ancestros.</p>



<p>*Las montañas kársticas de Maros &#8211; Pangkep son un tesoro para las cementeras, pues son montañas enteras de piedra caliza de las que sacan las rocas para fabricar el cemento. En la sede de la cementera Semen Tonasa ubicada allí (la mayor empresa cementera de Indonesia) se descubrió en 2019 el arte rupestre del que estamos hablando. Semen Tonasa se convirtió, en uno de los lugares considerados tesoro de la humanidad.</p>



<p>el articulo original <a href="https://www.nature.com/immersive/d41586-023-03818-5/index.html?utm_source=Live+Audience&amp;utm_campaign=3627f7b91e-briefing-dy-20231206&amp;utm_medium=email&amp;utm_term=0_b27a691814-3627f7b91e-50023104">aquí.</a></p>



<p></p>
]]></content:encoded>
        <author>Ana Cristina Vélez</author>
                    <category>Catrecillo</category>
                <guid isPermaLink="false">https://blogs.elespectador.com/?p=127521</guid>
        <pubDate>Sun, 29 Mar 2026 11:58:24 +0000</pubDate>
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                <media:description type="plain"><![CDATA[El grito silencioso de Sulawesi: el arte más antiguo de la humanidad desaparece]]></media:description>
                <media:credit role="author" scheme="urn:ebu">Ana Cristina Vélez</media:credit>
            </media:content>
                            </item>
        <item>
        <title>La sinceridad en el arte</title>
        <link>https://blogs.elespectador.com/actualidad/catrecillo/la-sinceridad-en-el-arte/</link>
        <description><![CDATA[<p>“Todos los seres humanos sienten las mismas emociones; pero pocos saben exactamente lo que sienten, o pueden adivinar los sentimientos de los demás. La percepción psicológica es una facultad especial, como la facultad de comprender las matemáticas o la música. Y de los pocos que poseen esa facultad, sólo dos o tres de cada cien [&hellip;]</p>
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        <content:encoded><![CDATA[
<p>“Todos los seres humanos sienten las mismas emociones; pero pocos saben exactamente lo que sienten, o pueden adivinar los sentimientos de los demás. La percepción psicológica es una facultad especial, como la facultad de comprender las matemáticas o la música. Y de los pocos que poseen esa facultad, sólo dos o tres de cada cien nacen con el talento de expresar sus conocimientos en forma artística.”<a href="#_ftn1" id="_ftnref1">[1]</a></p>



<p>Esa reflexión sobre la inteligencia emocional y el arte pertenece al escritor británico W. Somerset Maugham, en su novela &#8220;Pasteles y cerveza&#8221; (<em>Cakes and Ale</em>), publicada originalmente en 1930. En este pasaje, el autor medita sobre la brecha que existe entre sentir una emoción y tener la capacidad técnica o artística para comunicarla de manera efectiva. Ser sincero se convierte en tener la capacidad sicológica tanto para leer las emociones como para reproducirlas o ser capaz de generarlas en otros a través del arte.</p>



<p>Hay allí algo de verdad. En la literatura —sea en la poesía, el drama, el ensayo o la novela—, al leer o ver la obra, cada individuo tiene la sensación de que lo leído es convincente o es falso. Cuando los libros nos parecen buenos es, en parte, porque nos sumergimos tanto en esa ficción que experimentamos la sensación de que lo que les ocurre a los protagonistas nos está pasando a nosotros; por eso lloramos y reímos.</p>



<p>Pero las obras que llamamos &#8220;obras de arte&#8221; no tienen que ser ni sinceras ni falsas. Ni en la literatura, el cine, la pintura, la danza o la música tiene sentido decir que un producto de estos es verdadero o falso, sincero o mentiroso. La idea misma carece de sentido: el arte es, muchas veces, producto de un artificio o de una fórmula que no es obvia ni fácil de copiar, y que ejerce un efecto emocional en el receptor (recordemos que un objeto empieza a ser arte cuando supera a los otros objetos de su misma categoría). Cuando nos convence nos sentimos encantados.</p>



<p>Cuando la fórmula, el truco o el artificio son visibles, sentimos desagrado. Incluso del <em>kitsch</em> se dice que es aquello que en un primer momento nos seduce, pero que nos defrauda cuando lo analizamos bien. Las pinturas de Alma Tadema<a href="#_ftn2" id="_ftnref2">[2]</a> describen escenas del mundo antiguo, muy bellas, con mujeres divinas y espacios perfectos luminosos y exquisitos. Uno se encanta con ellas; sin embargo, son consideradas <em>kitsch</em> por muchos. Se les critica que sus escenas del mundo antiguo (Roma, Grecia, Egipto) carecen de verdadera tragedia o peso histórico. En lugar de capturar la esencia de la antigüedad, son en realidad escenas domésticas victorianas disfrazadas. Muchos dicen que sus cuadros parecen &#8220;fotografías de estudio&#8221; de modelos ingleses de clase alta tomando el té, solo que con túnicas. Es un pasado higienizado, dulce y sin conflictos, las cuales son características que se le atribuyen al <em>kitsch</em>.</p>



<p>También reconocemos en las obras esos aspectos que están deliberadamente pensados para impresionarnos de una manera que llamamos “barata” (aunque muchas veces sean, precisamente, objetos caros). Una forma “barata” de darle valor a un objeto es adicionarle piezas costosas (como es frecuente en relojes y carteras). En el arte un buen ejemplo es la calavera de Damian Hirst llamada &#8220;For the Love of God&#8221; (<em>Por el amor de Dios</em>). Es una calavera como cualquier otra, pero Hirst, para convertirla en “arte”, le incrustó 8,601 diamantes. La estructura es un molde de platino, los dientes son reales y su fabricación costó unos 14 millones de libras.</p>



<p>Otra forma “barata” es hacer la obra inmensa. Los cuadros grandes de un mismo artista valen más que los cuadros pequeños, independientemente de su calidad. Las obras famosísimas de Christo y su mujer Jean Claude se derivan de una sola fórmula: empaquetar. Empacar un regalo es un asunto sencillo, pero no lo es empacar un edificio, como lo hicieron inicialmente con la Kunsthalle en Berna (Suiza, 1968). Allí emplearon 2,430 metros cuadrados de polietileno reforzado y 3 kilómetros de cuerda de nailon. ¿No es esto producir demasiada basura en un mundo ya contaminado por los plásticos? Ante la obra de este matrimonio siempre me he preguntado por sus repercusiones éticas, ya que todas sus intervenciones contaminan el planeta.</p>



<p>En la literatura hay muchos escritores cuya obra no es novedosa, profunda ni interesante, pero sí efectista. Son obras que buscan hacernos llorar o que nos atrapan mediante una trama construida al estilo de una telenovela, donde cada capítulo deja un asunto sin resolver para obligarnos a seguir leyendo. Cuando uno termina, siente el desagrado de haber sido un tonto que se prestó para perder el tiempo miserablemente. Es muy fácil impresionar con escenas de sexo explícito o violencia (sexo, drogas y rock and roll); estas son maneras fáciles de producir emociones y curiosidad. El buen espectador no cae en las trampas; su actitud es crítica y mantiene siempre una distancia para juzgar hasta qué punto el contenido es un asunto manido o meramente efectista.</p>



<p>Volvamos a la idea de ser sinceros o falsos en el arte. Aunque sea verdad que a veces nos parece que el escritor y el pintor han sido honestos en el uso de sus estrategias, es precisamente en esa contención equilibrada donde separamos al artista genial del mero escritor de <em>best Sellers </em>o del mero pintor que hace cuadros para decorar espacios. Es en la escritura sin efectismos donde sentimos que el autor ha sido honesto. En la obra de arte hecha con gran esfuerzo y maestría, sin trucos ni trampas, percibimos la sinceridad por parte del artista, aunque no de la obra en sí.</p>



<p>Ernst Gombrich, en su libro <em>Arte e ilusión</em>, explicó que no tiene sentido clasificar las obras como &#8220;verdaderas&#8221; o &#8220;falsas&#8221; en un sentido moral o científico, sino entenderlas como soluciones a problemas específicos. Las artes, dijo, dependen de convenciones culturales y de códigos compartidos donde la categoría de &#8220;verdad&#8221; es irrelevante. Lo que importa es si la obra “funciona” dentro de su propio contexto histórico, si convence y si puede ser correctamente interpretada por los espectadores; si la información que transmite se integra de forma importante en nuestra experiencia o si, por el contrario, se queda corta y resulta ser una experiencia irrelevante y superflua.</p>



<figure class="wp-block-image size-large"><img decoding="async" src="https://upload.wikimedia.org/wikipedia/commons/thumb/9/91/Favourite_Poet.jpg/960px-Favourite_Poet.jpg" alt="" /></figure>



<p><em>El poema favorito</em>, de Alma Tadema</p>



<p><a href="#_ftnref1" id="_ftn1">[1]</a> &#8220;All human beings feel the same emotions; but few know exactly what they feel or can guess the feelings of others. Psychological insight is a special faculty, like a faculty for mathematics or music. And of the few who possess it, only two or three in a hundred are born with the talent to express their knowledge in artistic form.&#8221;</p>



<p>Capítulo 1 de la novela &#8220;Cakes and Ale&#8221; (1930) de W. Somerset Maugham.</p>



<p><a href="#_ftnref2" id="_ftn2">[2]</a> Sir Lawrence Alma-Tadema fue, en su momento, uno de los pintores más exitosos y ricos de la era victoriana. Sin embargo, tras su muerte, su reputación cayó en picado, y gran parte de la crítica moderna utiliza el término kitsch para describir su obra. El argumento no es que fuera un &#8220;mal pintor&#8221; (técnicamente era un virtuoso), sino que su arte priorizaba el sentimentalismo y la decoración sobre la profundidad intelectual.</p>
]]></content:encoded>
        <author>Ana Cristina Vélez</author>
                    <category>Catrecillo</category>
                <guid isPermaLink="false">https://blogs.elespectador.com/?p=127269</guid>
        <pubDate>Sun, 22 Mar 2026 13:18:22 +0000</pubDate>
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                <media:description type="plain"><![CDATA[La sinceridad en el arte]]></media:description>
                <media:credit role="author" scheme="urn:ebu">Ana Cristina Vélez</media:credit>
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                            </item>
        <item>
        <title>Mi miedo a la muerte</title>
        <link>https://blogs.elespectador.com/actualidad/catrecillo/mi-miedo-a-la-muerte/</link>
        <description><![CDATA[<p>Le cedo la palabra a la médica, dermatóloga, Cristina Vélez Arroyave Mi papá cuenta dos chistes que siempre me han fascinado; me hacen reír más que a cualquiera. Uno es sobre la historia atribuida a Mark Twain, cuando un periódico publicó erróneamente que estaba muerto. Él respondió, con su humor característico: “las noticias sobre mi [&hellip;]</p>
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        <content:encoded><![CDATA[
<p>Le cedo la palabra a la médica, dermatóloga, Cristina Vélez Arroyave</p>



<p>Mi papá cuenta dos chistes que siempre me han fascinado; me hacen reír más que a cualquiera. Uno es sobre la historia atribuida a Mark Twain, cuando un periódico publicó erróneamente que estaba muerto. Él respondió, con su humor característico: “las noticias sobre mi muerte son un poco exageradas”. El otro es el de alguien muy elocuente que entra a un salón de clase y les dice a los estudiantes, con toda formalidad: “lamento informarles que su profesor no pudo venir, tuvo un inconveniente presentando fallecimiento”. Lo que me da risa de estos chistes es que ponen en evidencia lo definitiva que es la muerte: no se puede estar medio muerto, no se puede exagerar la muerte, y por eso resulta absurdo —y gracioso— intentar usarla como un adjetivo común.</p>



<figure class="wp-block-image size-full"><img fetchpriority="high" decoding="async" width="320" height="226" src="https://blogsnew.s3.amazonaws.com/wp-content/uploads/2026/03/19093344/El_cuerpo_de_Hector-J-luis-David.jpg" alt="" class="wp-image-127019" srcset="https://blogsnew.s3.amazonaws.com/wp-content/uploads/2026/03/19093344/El_cuerpo_de_Hector-J-luis-David.jpg 320w, https://blogsnew.s3.amazonaws.com/wp-content/uploads/2026/03/19093344/El_cuerpo_de_Hector-J-luis-David-300x212.jpg 300w" sizes="(max-width: 320px) 100vw, 320px" /></figure>



<p>Sin embargo, para mí la muerte siempre me ha producido un miedo profundo. Desde niña, mis pesadillas giraban alrededor de la posibilidad de que mis padres murieran. Mi película favorita era <em>Stand by Me</em>. Cuenta la historia de unos niños que van en busca del cadáver de otro niño de su edad. La película revela el miedo que rodea a la muerte: nadie lo dice abiertamente, pero todos sienten una mezcla de fascinación, curiosidad y temor.</p>



<p>He intentado ser racional frente a la muerte. Pensar que en el mundo mueren entre 150.000 y 175.000 personas al día y que nuestra vida es una porción ínfima en la escala evolutiva, debería, en teoría, tranquilizarme cuando alguien cercano muere. Pero no hay cifra capaz de llenar este vacío. No se me olvida la idea de Héctor Abad que dice algo como que la muerte hiere violentamente, que es incoherente y llega con una absurda falta de significado y sobre todo falta de estilo. Para mí, la muerte es eso: brutal, cruda, pecaminosa, casi vulgar. No hay nada hermoso en la muerte; su rostro es frío, asimétrico, amoratado e indiferente.</p>



<p>Ojalá fuera religiosa para encontrar algún consuelo en el cielo, en el Nirvana o en la reencarnación. Con la ausencia de Dios, la muerte solo es silencio, como aquel que existía antes de que naciéramos, el silencio de la nada.</p>



<p>Es curioso que, siendo médica y conviviendo más de cerca con la muerte, aún no logre entenderla. Aún no logro entender su carácter irreversible y rencoroso que no concede segundas oportunidades.</p>



<p>&nbsp;La muerte de mis seres queridos, sobre todo la de mis padres, me persigue. He imaginado innumerables escenas, posibles causas de muerte, he repasado sus funerales. Me he preguntado si haría una ceremonia, a quién invitaría, e incluso he sentido la tristeza anticipada de que tal vez nadie asistiera. Me he adelantado al dolor de tener que regalar las herramientas de mi padre, de intentar conservar el rastro del olor de mi madre en su ropa para que no desaparezca, de necesitarlos y que ya no estén. Por eso les tomo muchas fotos y grabo sus voces, para poder volver a ellos cuando me hagan falta.</p>



<figure class="wp-block-image size-full"><img decoding="async" width="960" height="960" src="https://blogsnew.s3.amazonaws.com/wp-content/uploads/2026/03/19093645/Katherine-Stone.-Vanitas.-2012-1.jpg" alt="" class="wp-image-127024" srcset="https://blogsnew.s3.amazonaws.com/wp-content/uploads/2026/03/19093645/Katherine-Stone.-Vanitas.-2012-1.jpg 960w, https://blogsnew.s3.amazonaws.com/wp-content/uploads/2026/03/19093645/Katherine-Stone.-Vanitas.-2012-1-300x300.jpg 300w, https://blogsnew.s3.amazonaws.com/wp-content/uploads/2026/03/19093645/Katherine-Stone.-Vanitas.-2012-1-150x150.jpg 150w, https://blogsnew.s3.amazonaws.com/wp-content/uploads/2026/03/19093645/Katherine-Stone.-Vanitas.-2012-1-768x768.jpg 768w" sizes="(max-width: 960px) 100vw, 960px" /></figure>



<p>Esa sensación ya la he vivido: la imposibilidad de volver a hablar, como un chat de WhatsApp que queda en silencio para siempre. Pienso en Juan Rulfo, en ese fragmento de Pedro Páramo donde Susana recuerda la muerte de su madre:&nbsp; la nostalgia de los gorriones riendo, el viento moviendo los jazmines que ella jamás volverá a ver. Y esa imagen devastadora de las sillas vacías en el funeral, nadie fue a verla, pues “nadie anda en busca de tristezas”. Cuando alguien cercano muere, el mundo cambia por completo, pero no para los demás: el cielo conserva sus tonos azules, las noches y las madrugadas siguen su ritmo. Pero para ti, nada vuelve a ser igual.</p>



<p>La muerte, además, es una visitante poco considerada: no anuncia su llegada. A menudo llega de sorpresa y arrasa con todo a su paso, como el tornado del <em>Mago de Oz</em>.</p>



<p>Y, sin embargo, la muerte es lo que le da sentido a la vida. Saber que vamos a morir es lo que hace que vivir sea importante. La muerte mueve las manecillas del reloj.</p>



<p>No me malinterpreten, yo no pienso que escoger la muerte sea un pecado, estoy completamente a favor de la eutanasia y de la muerte digna.&nbsp; Este texto es, en el fondo, un intento de poner en palabras mis miedos. Porque pienso que la racionalidad —aunque no cure— es como encender la luz en un cuarto oscuro para que los fantasmas desaparezcan.</p>



<p>Imágenes</p>



<p><em>Hector</em>, Jacques-Louis David, circa 1770</p>



<p> Vanitas, Katherine Stone, 2012 </p>



<p></p>
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        <author>Ana Cristina Vélez</author>
                    <category>Catrecillo</category>
                <guid isPermaLink="false">https://blogs.elespectador.com/?p=127016</guid>
        <pubDate>Thu, 19 Mar 2026 14:41:46 +0000</pubDate>
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                <media:credit role="author" scheme="urn:ebu">Ana Cristina Vélez</media:credit>
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                            </item>
        <item>
        <title>Una crítica a la película Cumbres borrascosas</title>
        <link>https://blogs.elespectador.com/actualidad/catrecillo/una-critica-a-la-pelicula-cumbres-borrascosas/</link>
        <description><![CDATA[<p>Las dos películas en cartelera, Hamnet y Cumbres borrascosas, tienen mucho en común: son dramáticas, sus escenarios son bellos y la ambientación está diseñada con profundidad. En Cumbres borrascosas, los espacios están tan cuidados que, por citar un solo ejemplo, el papel de colgadura del cuarto de la protagonista emula su piel, con el mismo [&hellip;]</p>
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        <content:encoded><![CDATA[
<p>Las dos películas en cartelera, <em>Hamnet</em> y <em>Cumbres borrascosas</em>, tienen mucho en común: son dramáticas, sus escenarios son bellos y la ambientación está diseñada con profundidad. En <em>Cumbres borrascosas</em>, los espacios están tan cuidados que, por citar un solo ejemplo, el papel de colgadura del cuarto de la protagonista emula su piel, con el mismo tono e incluso con sus lunares. El vestuario es verdaderamente excelso.</p>



<p>Lo sorprendente de ambos filmes es que parecen hechos para adolescentes; son planos, directos y de una sola capa. Fáciles de digerir, casi predecibles, carecen de personajes o emociones interesantes. Los protagonistas no tienen profundidad; son estereotipos que no permiten ir más allá de lo meramente narrado. Es un desperdicio en ambos casos, pues las historias daban para mucho más, sobre todo la de <em>Cumbres borrascosas</em>.</p>



<p>En el libro de Emily Brontë, los personajes son densos, contradictorios e impredecibles. Cada uno se mueve en su propia realidad y la autora expone al lector a esas distintas perspectivas. El lector se ve obligado a lidiar con la convicción y la capacidad de cada personaje de justificar su derecho a ser vengativo, odioso o injusto.</p>



<p><em>Cumbres borrascosas</em> es una película larga que, además, se siente larga. Al igual que en <em>Hamnet</em>, la narración es lineal y la historia muy sencilla: un niño de baja cuna, Heathcliff, es adoptado por un viudo jugador, borracho y maltratador. La hija del hombre crea con él una relación indeleble y oscura; crecen como hermanos, pero se aman como desconocidos. Es importante notar que ya son casi adolescentes cuando se conocen, pues biólogos y psicólogos saben que la cercanía física desde la infancia se interpreta (aunque sea inconscientemente) como hermandad, y el rechazo al incesto anula la atracción sexual (en temas sexuales, cabe recordar que Freud fue un fraude completo).</p>



<p>La hermosa joven, Catherine Earnshaw, decide casarse con el único vecino de los alrededores y su hermanastro adoptado, enfermo de celos, abandona el hogar y el lugar para volver un tiempo después transformado a recobrar a su amada. En la novela, la historia no es así, pero esta película se basa en la novela, pero solo como base; y no importa, pues los amores apasionados nos fascinan. ¿Quién no ha sentido un amor de esos que “matan y no mueren”? Se va al cine a revivir vicariamente esas emociones y se es capaz de soportar un &#8220;dramonón&#8221; si es necesario. Lo triste de la película es que las escenas sexuales, que deberían demostrar ese amor oscuro, no pasan de los besos; y lo peor es que siempre se trata del mismo beso, una y otra vez, bajo el sol o bajo la lluvia, solo cambia el vestuario. Curiosamente, la escena más erótica es la primera y, en ella, los protagonistas son otros.</p>



<p>La película sigue varias modas actuales: los espacios son &#8220;instalaciones&#8221; artísticas. Por ejemplo, la cámara se aleja del cuerpo muerto de Catherine para mostrar un charco de sangre perfecto sobre la cama y el piso; el conjunto es una composición diseñada al detalle con un colorido asombroso. Además, como hoy está de moda identificarse profundamente con las mascotas, aquí hay un personaje que se convierte en perro&#8230; bueno, en perra. La escena más larga de la &#8220;mujer perra&#8221; resulta graciosa, aunque a quien esté sumergido en la historia quizá le parezca simplemente trágica.</p>



<p>Los actores de esta cinta (dirigida por Emerald Fennell), Margot Robbie y Jacob Elordi, son apabullantemente hermosos. Las actuaciones en general son perfectas; en Hollywood se ha alcanzado un nivel insuperable en este arte. Hong Chau interpreta a la niñera Nelly, un personaje que daba para mucho más dada su importancia en esta versión; Shazad Latif como Edgar, Alison Oliver en el papel de Isabella (la &#8220;perra&#8221;) y Martin Clunes como el padre borracho (Mr. Earnshaw) están magníficos.</p>



<p>En definitiva, la película es visualmente atractiva y divertida en ciertos aspectos, pero resulta larga y tristemente simple. La crítica ha sido implacable pues la película se aleja mucho de la novela. Se pregunta uno por qué, mejor, no haber creado esa relación.</p>



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        <author>Ana Cristina Vélez</author>
                    <category>Catrecillo</category>
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        <pubDate>Sun, 15 Mar 2026 13:39:11 +0000</pubDate>
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                <media:description type="plain"><![CDATA[Una crítica a la película Cumbres borrascosas]]></media:description>
                <media:credit role="author" scheme="urn:ebu">Ana Cristina Vélez</media:credit>
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        <title>Sobre Hamnet</title>
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<p>No voy a mencionar los premios y las nominaciones al Oscar que la película <em>Hamnet</em> ha tenido este año (son muchos). Diré, en cambio, que la actuación de los dos protagonistas principales, Jessie Buckley y Paul Mescal, es fabulosa; y que, por el contrario, la actuación del niño que interpreta a Hamnet, el hijo de Shakespeare, no da la talla.</p>



<p>Es un drama histórico cuya veracidad queda en la nebulosa, pues poco se sabe del gran dramaturgo: no se conoce de qué murió su hijo y tampoco hay certezas sobre con quién se casó realmente el gran William. Antes que nada, hay que decir que la película se desarrolla de drama en drama. En la cinta, William Shakespeare es casi una figura secundaria. Ninguno de los personajes está definido por una personalidad compleja o interesante; Shakespeare es más un <em>partenaire</em> que está para servir de soporte a la bailarina principal, Agnes, su esposa, para que ella pueda expresar su propio drama.</p>



<p>Agnes es la protagonista de esta historia. Ella es adivina y yerbatera; se supone que lee la personalidad y el futuro de una persona al tocar su mano. El problema es que la premisa de que posee ese don queda falseada en la trama, ya que no ve lo que se avecina cuando realmente importa: se confundió con la enfermedad de su hija y no se dio cuenta de la de su hijo hasta que fue demasiado tarde.</p>



<p>Pero sigamos con ella: es el alma del bosque que corretea siempre vestida de rojo entre los verdes campos, siempre despeinada y sudando; machaca plantas curativas y es tan “silvestre” que pare en el bosque, contra la tierra húmeda. En el primer parto se retuerce sola en el pantano, enredada en su largo vestido, hasta que nace una niña. En el segundo parto los gritos no cesan: son mellizos. Su segunda hija nace “muerta”, pero finalmente revive entre sus brazos. Hasta ahí llega el personaje de la mujer; no hay más capas ni mayor densidad o complejidad. Es una mujer que ama y es purísima emoción.</p>



<p>En el drama del comienzo, la familia de su consorte la rechaza, pero él la deja embarazada y se casan contra viento y marea. Luego vienen el primer y el segundo parto, con demasiados enfoques de cámara sobre el rostro, la boca abierta en un grito y la expresión agonizante. Cuando han pasado dos tercios de la película, llega por fin el drama final. La hija cae enferma por la peste y, como el guion atrae o repele con su esoterismo, el muchacho de once años se acuesta al lado de su melliza para “llevarse la enfermedad”, para engañar a la Parca, distraerla y lograr que lo tome a él, en un acto de altruismo infantil.</p>



<p>Finalmente, ella viaja a Londres a ver el drama —no la comedia— que su marido ha escrito, y presencia la representación de <em>Hamlet</em>. La cámara, otra vez, se enfoca en sus expresiones, que transitan del rechazo y la ira a la comprensión y al perdón. Es un momento de revelación humana a través del arte sobre lo que significa decir adiós y lo que significa la posibilidad de la resignación. Esta es la gran escena de la película, una buena coreografía, y hay que resaltar que la banda sonora es hermosa; está hecha para hacer llorar hasta a los guaduales. Cuando uno no logra entrar en la historia debido a los clichés, es difícil resonar con ella, pero hay que admitir que la música es un acierto y resulta conmovedora. La película es simple, la trama es predecible y no hay un solo aspecto que sea inusitado; sí, tal vez uno: no hay atisbos de ideas religiosas ni de prácticas religiosas y, en la Inglaterra de esa época, las poblaciones estaban subyugadas al Anglicanismo. Era obligatorio asistir a los servicios y quienes incumplían debían pagar multas severas. En el otro extremo estaban los puritanos, protestantes radicales que pensaban que la Iglesia Anglicana todavía se parecía demasiado a la Iglesia Católica. </p>
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        <author>Ana Cristina Vélez</author>
                    <category>Catrecillo</category>
                <guid isPermaLink="false">https://blogs.elespectador.com/?p=126062</guid>
        <pubDate>Sun, 22 Feb 2026 12:50:26 +0000</pubDate>
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                <media:description type="plain"><![CDATA[Sobre Hamnet]]></media:description>
                <media:credit role="author" scheme="urn:ebu">Ana Cristina Vélez</media:credit>
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        <title>A la memoria de Antonio Vélez, en Historias de la ciencia</title>
        <link>https://blogs.elespectador.com/actualidad/catrecillo/a-la-memoria-de-antonio-velez-en-historias-de-la-ciencia/</link>
        <description><![CDATA[<p>Historias de la ciencia es el programa radial, de divulgación científica, que escribe y trasmite el físico Guillermo Pineda, para la emisora de la Universidad de Antioquia El capítulo 452, llamado “Divulgación” está dedicado al trabajo de mi padre. En días pasados coincidieron aquí en el Antiquarium la profesora Juanita y el profesor Fonseca, la [&hellip;]</p>
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<figure class="wp-block-image size-large"><img loading="lazy" decoding="async" width="576" height="1024" src="https://blogsnew.s3.amazonaws.com/wp-content/uploads/2026/01/29073637/cd2f0ed9-eb73-45ab-88c4-5a6b7fffad44-1-576x1024.jpg" alt="" class="wp-image-125252" srcset="https://blogsnew.s3.amazonaws.com/wp-content/uploads/2026/01/29073637/cd2f0ed9-eb73-45ab-88c4-5a6b7fffad44-1-576x1024.jpg 576w, https://blogsnew.s3.amazonaws.com/wp-content/uploads/2026/01/29073637/cd2f0ed9-eb73-45ab-88c4-5a6b7fffad44-1-169x300.jpg 169w, https://blogsnew.s3.amazonaws.com/wp-content/uploads/2026/01/29073637/cd2f0ed9-eb73-45ab-88c4-5a6b7fffad44-1-768x1365.jpg 768w, https://blogsnew.s3.amazonaws.com/wp-content/uploads/2026/01/29073637/cd2f0ed9-eb73-45ab-88c4-5a6b7fffad44-1-864x1536.jpg 864w, https://blogsnew.s3.amazonaws.com/wp-content/uploads/2026/01/29073637/cd2f0ed9-eb73-45ab-88c4-5a6b7fffad44-1.jpg 900w" sizes="auto, (max-width: 576px) 100vw, 576px" /></figure>



<p><em>Historias de la ciencia</em> es el programa radial, de divulgación científica, que escribe y trasmite el físico Guillermo Pineda, para la emisora de la Universidad de Antioquia</p>



<p>El capítulo 452, llamado “Divulgación” está dedicado al trabajo de mi padre.</p>



<p>En días pasados coincidieron aquí en el Antiquarium la profesora Juanita y el profesor Fonseca, la una buscando los libros del profesor Antonio Vélez, recientemente fallecido, y el otro buscando alguna curiosidad <em>vintage</em> para hacer un regalo. Cuando Juanita, que por ser muy joven no tuvo la oportunidad de conocer al profesor Antonio, comentó el motivo de su visita al Antiquarium, el profesor Fonseca manifestó ser conocedor de la obra de este distinguido ingeniero y matemático que con elocuencia y propiedad había divulgado en nuestro medio algunas de las tendencias más recientes de la sicología evolutiva, a la vez que se convirtió en un implacable crítico de las corrientes seudocientíficas que cautivan a los ilusos creyentes en curas milagrosas y eventos sobrenaturales, fieles seguidores de las autodenominadas medicinas alternativas y de la parasicología. &nbsp;</p>



<p>–Tuve el gusto –nos comentó el profesor Fonseca– de asistir a las excelentes conferencias que Antonio ofreció en los auditorios de la universidad sobre la teoría de la evolución, luego de la publicación de su libro <em>Del Big Bang al Homo Sapiens</em> a mediados de los años 90, conferencias que suscitaron intensos debates, puesto que algunas de las afirmaciones que contiene su texto chocan con las ideas y los rígidos principios que defienden, o defendían, algunos de los compañeros más ortodoxos de la corrección política.</p>



<p>–Tengo las mejores referencias de la obra del profesor Vélez –expresó la profesora Juanita– y por eso quiero conocerla mejor. Lo que no me deja de extrañar es que un ingeniero y matemático no solo se haya interesado en el tema de la evolución, sino que se haya dedicado de manera tan sistemática y rigurosa –según lo que me han dicho– a la divulgación de esta disciplina científica, y es por eso que quiero conocer sus textos de primera mano.</p>



<p>–Según me dijo el propio Antonio –anotó el profesor Fonseca– en una de las animadas tertulias que compartíamos con un grupo de amigos luego de sus conferencias, su interés por la teoría de la evolución surgió luego de la lectura del libro <em>La evolución en acción</em> de Julian Huxley, que cayó en sus manos de manera casual, cuando quiso mejorar su comprensión del inglés mientras hacía su posgrado en matemáticas en los Estados Unidos.</p>



<p>–Teniendo en cuenta –complementó la profesora Juanita– que muchas de las conclusiones a las que llega la teoría de la evolución son el resultado de un estudio estadístico de poblaciones, ya no resulta tan extraño que una persona como el profesor Vélez, con una rigurosa formación en matemáticas, haya encontrado particularmente atractivo este aspecto de la teoría y, por así decirlo, haya quedado enganchado en su estudio y divulgación.</p>



<p>–De hecho –asintió el profesor Fonseca– el argumento más contundente del que echaba mano Antonio cuando se trataba de refutar los reclamos de las curas cuasi milagrosas de las medicinas alternativas, o de los sucesos fantásticos que proclamaban los parasicólogos, era el análisis estadístico de los casos, la teoría de las probabilidades y la programación lineal, de la que era un experto, tal como se puede apreciar en su brillante crítica a los creacionistas y defensores del diseño inteligente que exhiben la complejidad del ojo como ejemplo de una entidad que no pudo haber aparecido por azar.</p>



<p>– ¡Ah, sí! –coincidió la profesora Juanita– Para ciertas personas es difícil entender que no es raro que aparezcan estructuras tan complejas como nosotros mismos luego de millones de años de mutaciones y de selección natural.</p>



<p>–Por otra parte –continuó Fonseca– dentro del 30 y algo por ciento de la supuesta efectividad de los placebos se puede camuflar la pretendida efectividad de las medicinas alternativas, y la credulidad de las gentes hace lo demás.</p>



<p>–Mi papá decía –corroboró la profesora Juanita– que la naturaleza obra y el médico cobra. Pero no se puede negar la posibilidad de que algunas terapias alternativas estimulen los mecanismos de auto sanación del organismo, lo difícil es saber cuáles y cómo lo hacen.</p>



<p>–Buen punto. En sus escritos y conferencias –continuó el profesor Fonseca– Antonio se apoyaba en la ciencia en términos de lo que Carl Sagan llamaba un detector de mentiras, porque, si bien es imposible alcanzar la certeza absoluta sobre las causas de un fenómeno natural, resulta relativamente fácil desenmascarar un fraude.</p>



<p>–Al fin y al cabo –dijo la profesora Juanita– la ciencia no es el repositorio de la verdad sino el sistema más eficiente y confiable del almacenamiento y procesamiento de la información objetiva que se tiene sobre los fenómenos naturales.</p>



<p>–Se dice –comentó el profesor Fonseca– que es en los costureros, y no en los círculos académicos o científicos, donde se decide quién es el mejor médico de la ciudad.</p>



<p>–Estoy completamente de acuerdo, –añadió la profesora Juanita– no sé cuántas veces le he oído decir a personas que no tienen ni la más mínima formación en medicina que el doctor fulanito es el mejor especialista de tal o cual rama de la medicina, porque los atendió y les fue muy bien con él, sin tener en cuenta que es el único que los ha tratado.</p>



<p>–Y a la visconversa –replicó el profesor Fonseca– porque por competente que sea un médico no se le perdona un solo error, o un resultado desfavorable, a pesar de que el tratamiento haya sido el adecuado según su criterio y experiencia.</p>



<p>–Por eso es tan importante – añadió la profesora Juanita– hacer una buena divulgación científica, para que la gente esté bien informada y tome decisiones de manera racional y objetiva, en circunstancias que pueden ser de vida o muerte.</p>



<p>–Comprendo tus buenas intenciones, mi querida Juanita –dijo el profesor Fonseca–, pero, teniendo en cuenta la fría estadística, una de las herramientas preferidas del profesor Vélez, es notorio que las actividades relacionadas con la divulgación científica tienen muy poca acogida por el público en general, y por esta razón, o por este motivo, los medios de comunicación le dedican una muy pequeña parte de sus publicaciones a cuestiones relacionadas con la ciencia, en comparación con lo que le dedican a la farándula, los deportes, el horóscopo, o a los demagogos y populistas.</p>



<p>–Sin embargo –insistió la profesora Juanita– es necesario tener en cuenta que la llamada educación informal, de la cual hace parte la divulgación científica, aporta el mayor porcentaje del conocimiento sobre la ciencia que adquiere la población después de haber terminado el ciclo de educación formal, independientemente del nivel que se haya alcanzado.</p>



<p>–Créeme, mi querida Juanita –respondió Fonseca– que no desdeño el tremendo esfuerzo que han hecho divulgadores como Carl Sagan, o el profesor Vélez del que estamos hablando, porque nos brindan, a quienes tenemos un interés genuino por los asuntos científicos que se salen de nuestra competencia, la posibilidad de acceder a una información básica sobre temas de relevancia.</p>



<p>–Recuerdo, profesor Fonseca –dijo la profesora Juanita–, haberle oído decir a usted que no hay que ser músico para apreciar la música clásica, pero que mientras más se conoce de la teoría musical, más gusto se puede sacar al escuchar un concierto, y que lo mismo aplica para la ciencia.</p>



<p>–Tiene usted muy buena memoria, mi querida profesora –dijo Fonseca–, en esa ocasión me refería al hecho de que mientras más información se tenga sobre la ciencia más fácil será comprender sus propuestas teóricas, sus predicciones y sus resultados prácticos.</p>



<p>–Pero hay algo más –continuó la profesora Juanita–, también le escuché a usted decir que algunos materiales de divulgación científica pueden ser usados con gran provecho en cursos regulares de ciencias, sobre todo en los que tienen un carácter introductorio. Le cuento que he seguido su consejo muy exitosamente.</p>



<p>–Eso es cierto –corroboró el profesor Fonseca–, y me complace escuchar lo que usted dice. A principios de los años ochenta, cuando yo iniciaba mi ejercicio docente apareció en televisión la serie Cosmos de Carl Sagan, y con un grupo de colegas nos pusimos la tarea de grabar los capítulos en videograbadoras domésticas para compartirlos con los estudiantes del curso de Introducción a la física que estábamos dictando, pues en ese entonces no existía la Internet ni se disponía de todos los recursos audiovisuales que se tienen en la actualidad.</p>



<p>–Lo difícil hoy en día –afirmó la profesora Juanita– es seleccionar dentro de la gran cantidad de material disponible el que sea más confiable y más apropiado para el curso en el que se quiera utilizar, porque, así como hay producciones de excelente calidad y rigor científico, la pseudociencia también pulula.</p>



<p>–Porque es lo que más se vende –añadió el profesor Fonseca–. Fue lamentable ver como algunos canales de televisión que inicialmente estaban dedicados a la divulgación científica seria empezaron a exhibir programas dedicados a los extraterrestres, los sucesos paranormales y las curaciones milagrosas.</p>



<p>–Es por la presión del rating –afirmó la profesora Juanita– que en la red se manifiesta en el número de visualizaciones y de “<em>likes</em>” que reciba una publicación.</p>



<p>–Pensando en eso –continuó el profesor Fonseca– se comprende la necesidad de enfocar la educación no tanto en los contenidos de los currículos sino en la capacidad de discernir y de identificar la información confiable referente a un tema específico y desechar la basura.</p>



<p>–O, como dice la Biblia –complementó la profesora Juanita– hay que separar la paja de la mies.</p>



<p>–Por eso –continuó Fonseca– resulta tan provechoso adentrarse en una obra tan extensa y rigurosa como la de Antonio Vélez, no precisamente con la intención de abarcarla, porque en ocasiones resulta casi enciclopédica, sino para apreciar su metodología, la forma como examina los diferentes casos, y las conclusiones a las que llega, siempre basado en la evidencia.</p>



<p>–Precisamente –respondió la profesora Juanita–, viendo todos los libros del profesor Vélez que tiene aquí don Tomás, y puesto que algunos son bastante voluminosos, no sabría con cuál empezar.</p>



<p>–El primer libro que yo le leí a Antonio –anotó el profesor Fonseca– fue <em>Del big bang al Homo sapiens</em> publicado por la editorial de la Universidad de Antioquia, y que dio lugar a la serie de conferencias de las que ya he comentado.</p>



<p>–Debo decir –respondió la profesora Juanita– que ese texto me resulta muy atractivo.</p>



<p>–Estos otros dos de menor extensión –siguió diciendo el profesor Fonseca–, sobre las medicinas alternativas y la parasicología, podrían ser un buen inicio de lectura, pero para una mejor comprensión de su obra hay que leer <em>Homo Sapiens</em>, que es el más voluminoso de todos, en el que se repasan varios de los temas tratados en libros anteriores y se llega a conclusiones muy interesantes, como la referente al asunto del libre albedrío que casi dos décadas más tarde retoma Robert Sapolsky en su libro “<em>Determined</em>” que fue traducido al español con el título de “<em>Decidido</em>”.</p>



<p>–¡Ah! Qué interesante –comentó la profesora Juanita– porque los planteamientos de Sapolsky sobre el libre albedrío, que es una pieza central de algunas confesiones religiosas y de los sistemas judiciales, suscitan fuertes controversias sobre cuestiones de responsabilidad e imputabilidad.</p>



<p>–Permítame, profesora –dijo Fonseca–, buscar un pasaje del libro de Antonio que tiene que ver con este tema… mire, aquí está, en la página 296, hace referencia a una serie de experimentos en los que se registra la actividad cerebral de un sujeto al cual se le han colocado una serie de electrodos, y se le pide que realice algún acto supuestamente voluntario, sin embargo el análisis posterior indica que antes de que el individuo hubiera manifestado su voluntad de realizar una acción específica el cerebro ya había decidido por él autónomamente, y que, por lo tanto, la volición es inconsciente y lo que se tomaba como causa es el efecto y viceversa.</p>



<p>–Sapolsky llega a conclusiones similares –afirmó la profesora Juanita– y sustenta sus afirmaciones con novedosos experimentos utilizando procesamiento de imágenes de resonancia nuclear magnética, que corroboran los hallazgos anteriores hechos con equipos más primitivos.</p>



<p>–Para una sociedad –concluyó Fonseca– que se fundamenta en los principios de virtud y pecado, inocencia y culpabilidad, premio y castigo, prescindir del libre albedrío supondría realizar una revisión a fondo de sus estructuras.</p>



<p>–Lo cual –comentó la profesora Juanita– parece ser muy poco probable, al menos en el corto y mediano plazo.</p>



<p>–Porque los prejuicios culturales –añadió Fonseca– son duros de matar. A pesar de todos los avances científicos y tecnológicos que ha experimentado la humanidad en los últimos doscientos años la credulidad de la población en cuestiones esotéricas y fenómenos paranormales no parece haber disminuido.</p>



<p>–Más aun –complementó la profesora Juanita–, a todas esas creencias de vieja data se han sumado el avistamiento de ovnis y las abducciones alienígenas, como resultado indirecto de la carrera especial que se inició luego de la Segunda Guerra Mundial, como parte de la Guerra Fría.</p>



<p>–Que nuevamente se está calentando –afirmó Fonseca.</p>



<p>–Siempre por las mismas razones –dijo la profesora Juanita–. Es como si la violencia y el ejercicio desaforado del poder fuera una impronta en el ADN de la humanidad que opaca o desconoce los principios éticos más fundamentales.</p>



<p>–A este respecto –comentó el profesor Fonseca– el libro de Antonio al que me he referido tiene un capítulo muy interesante sobre los orígenes de la ética y los estrechos vínculos que han existido entre el poder y la religión, cuya expansión ha estado fuertemente entrelazada.</p>



<p>–Sin embargo–apuntó la profesora Juanita– me da la impresión que actualmente las estructuras religiosas han perdido mucha de su antigua influencia para ser suplantadas por todo tipo de tendencias ideológicas y activismos sociales.</p>



<p>–Mirados en un plano estrictamente racional –dijo Fonseca– las religiones y las ideologías políticas comparten sus fundamentos y su visión del mundo cuando proclaman la existencia de una ley natural implantada en cada individuo, que se proyecta en los preceptos de la ética y sus consecuencias políticas, pero aun esto se fundamenta en los procesos evolutivos relacionados con el egoísmo genético.</p>



<p>–¿El egoísmo genético? –preguntó la profesora Juanita.</p>



<p>–El egoísmo genético –respondió Fonseca– es una manifestación de la tendencia a preservar la información genética que confiere ventajas evolutivas a una especie, siempre y cuando se transfiera de una generación a otra asegurando su supervivencia.</p>



<p>–La supervivencia del mejor adaptado –comentó la profesora Juanita.</p>



<p>–O del más oportunista –respondió Fonseca–. Porque el mecanismo básico de la teoría de la evolución es el oportunismo. Por más fuertes que hayan sido los dinosaurios no pudieron sobrevivir el impacto de un gran meteorito, suponiendo que esa haya sido la causa de su extinción.</p>



<p>–En su lugar –corroboró la profesora Juanita– los pequeños mamíferos empezaron a prosperar y a diversificarse hasta dar lugar a esta rama del árbol de la evolución en la que actualmente nos asentamos los seres humanos.</p>



<p>–La idea central que expone Antonio en su texto –continuó Fonseca– es que esos rasgos característicos que permitieron la evolución exitosa de algunas especies quedaron almacenados como información en sus genes, y se han manifestado de manera muy similar en el comportamiento de diversas especies y en la organización social de las más complejas, como, por ejemplo, en los primates, y, muy notablemente, en los seres humanos.</p>



<p>–Lo cierto es –comentó la profesora Juanita– que en ocasiones no deja de sorprender la tremenda similitud que hay entre el comportamiento de ciertas especies de animales y los humanos.</p>



<p>–Antonio destaca –reafirmó Fonseca– que en las más de diez mil religiones conocidas por los antropólogos se puede apreciar la influencia que ejercen los factores culturales en la determinación de los criterios éticos.</p>



<p>–Teniendo en cuenta –dijo la profesora Juanita– que la cultura de cada pueblo es, al menos inicialmente, el resultado de una diversidad de factores ambientales incluyendo la disponibilidad de recursos naturales.</p>



<p>–Por supuesto –asintió Fonseca–. Kant consideraba que existían juicios éticos a priori en el alma de los seres humanos, en tanto que los teólogos cristianos asumían que existe una ley natural de origen divino implantada en cada individuo.</p>



<p>–Independientemente de cuál sea su origen ––comentó la profesora Juanita– estos preceptos morales nos son implantados culturalmente durante la niñez.</p>



<p>–Así es –asintió Fonseca–, ante lo cual Antonio hace uno de sus comentarios sarcásticos afirmando que “la razón entre en acción cuando ya es demasiado tarde”.</p>



<p>–Pues no le faltaba razón al profesor Vélez –coincidió la profesora Juanita.</p>



<p>–Desde otra perspectiva –continuó Fonseca–, que prescinde de la intervención de entidades sobrenaturales, se puede pensar que los patrones de comportamiento tienen su origen en factores evolutivos que generan material genético hereditario que da prelación a la supervivencia de la especie.</p>



<p>–En lo cual –comentó la profesora Juanita– juega un papel muy importante la reproducción.</p>



<p>–Por supuesto –asintió Fonseca–, respecto a lo cual en el texto de Antonio se encuentran algunas consideraciones muy particulares respecto a la actividad reproductiva y al comportamiento sexual de diferentes especies.</p>



<p>–Y en el caso de los seres humanos –añadió la profesora Juanita– en el que se manifiesta una gran diversidad cultural.</p>



<p>–En los procesos reproductivos de las diferentes especies –continuó Fonseca– se pueden advertir factores evolutivos, como en la tendencia de los machos a tener una descendencia numerosa que garantice la máxima difusión de sus genes; y en la preferencia de las hembras por los machos de características superiores, que ofrezcan las mejores condiciones para la subsistencia.</p>



<p>–Todos los asuntos que tienen que ver con la moral –subrayó la profesora Juanita– tienden a generar fuertes discusiones entre personas con perspectivas diferentes de la misma situación, y los temas que hemos mencionados no son la excepción.</p>



<p>–En sus textos –continuó Fonseca– Antonio aborda cuestiones todavía más espinosas, como las que tienen que ver con las religiones y el papel que a lo largo de la historia han tenido en las expoliaciones y genocidios de unos pueblos por otros, siempre en el nombre de dios.</p>



<p>–O de las ideologías –intervino la profesora Juanita– que reemplazan a Dios por utopías más terrenales.</p>



<p>–Tu comentario –respondió Fonseca– me hace recordar un pasaje del libro de Antonio donde se refiere a la aparente necesidad de los seres humanos de creer en poderes sobrenaturales, y cómo en la China de Mao, en la que estaban prohibidos los cultos religiosos, muchos conductores ponían una foto de Mao en los retrovisores para que los protegiera de accidentes.</p>



<p>–No hay duda –comentó la profesora Juanita– de que, en su momento, y al igual que sucedió con otros líderes sanguinarios de la historia, Mao era un dios para sus seguidores.</p>



<p>–Curiosamente –dijo Fonseca–, Mao consideraba que la religión era el opio del pueblo, y puesto que los chinos tienen una trágica historia relacionada con el opio, prohibió las prácticas religiosas; pero el actual dirigente de China considera que las redes sociales son el nuevo opio del pueblo, y supongo que también las van a prohibir.</p>



<p>–Eso está por verse –comentó la profesora Juanita.</p>



<p>–En fin –dijo Fonseca– nos podríamos quedar mucho rato mencionando citas puntuales del texto de Antonio, de temas que encontraríamos a lo largo de sus más de seiscientas páginas, pero lo único que puedo decir es que sigue teniendo una gran actualidad, sobre todo en estos momentos tan críticos que atravesamos, y que su lectura reflexiva y juiciosa aporta elementos claves para entender de dónde venimos y para dónde vamos.</p>



<p>–Justamente –añadió la profesora Juanita– ese es uno de los grandes valores de la práctica de la divulgación científica: aportar elementos de juicio confiables para tener una opinión bien informada a la hora de tomar decisiones y poder rebatir las falacias con las que, desde diferentes sectores, pero siempre con los mismos intereses, se intenta subyugar a las sociedades.</p>



<p>–Debo confesar –reconoció Fonseca– que mi gran placer al debatir sobre estos temas con interlocutores tan lúcidos, honestos y bien informados como Antonio Vélez, es el mismo que experimentan los amantes de la música o de la literatura cuando comparten con quienes tienen &nbsp;sus mismos gustos y conocimientos de una u otra disciplina; pero no me hago la ilusión de que tales gustos o convicciones lleguen al gran público con los beneficios libertarios que usted señala, mi querida Juanita, porque, citando una expresión que con frecuencia le escuché al maestro Antonio: “primero se acaba el helecho que los marranos”.</p>



<p>En audio aquí <a href="https://drive.google.com/file/d/1pe_7DKc8iA5_MhmJ1fO5HJtY7-3mAtAG/view?usp=drive_link">https://drive.google.com/file/d/1pe_7DKc8iA5_MhmJ1fO5HJtY7-3mAtAG/view?usp=drive_link</a></p>



<p>Obras citadas de Antonio Vélez:</p>



<p><em>Del big bang al Homo sapiens</em>, Editorial Universidad de Antioquia, Medellín, 1994.</p>



<p><em>Medicinas alternativas</em>, Editorial Planeta, 1997.</p>



<p><em>Parasicología, </em>Taurus, Santa Fe de Bogotá, Santa Fe de Bogotá, 2000.</p>



<p><em>Homo Sapiens</em>, Villegas Editores, Bogotá, 2006.</p>
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        <author>Ana Cristina Vélez</author>
                    <category>Catrecillo</category>
                <guid isPermaLink="false">https://blogs.elespectador.com/?p=125249</guid>
        <pubDate>Thu, 29 Jan 2026 12:35:27 +0000</pubDate>
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                <media:description type="plain"><![CDATA[A la memoria de Antonio Vélez, en Historias de la ciencia]]></media:description>
                <media:credit role="author" scheme="urn:ebu">Ana Cristina Vélez</media:credit>
            </media:content>
                            </item>
        <item>
        <title>Obituarios de mi hija, mis sobrinas y primo sobre mi padre Antonio Vélez</title>
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        <description><![CDATA[<p>De Antonia Atocito lindo del jardín: fuiste la luz de nuestra familia, el cemento que nos ha mantenido unidos y fuertes, el hombre más bondadoso, amoroso e inteligente que conozco y conoceré. Tu partida se siente como si se hubiera desmoronado un pilar que nos mantenía erguidos y firmes. Fuiste más que un abuelo; fuiste [&hellip;]</p>
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        <content:encoded><![CDATA[
<p></p>



<p><strong>De Antonia</strong></p>



<figure class="wp-block-image size-large"><img loading="lazy" decoding="async" width="1024" height="683" src="https://blogsnew.s3.amazonaws.com/wp-content/uploads/2026/01/04094056/PHOTO-2025-12-30-14-08-44-1-1024x683.jpg" alt="" class="wp-image-124316" srcset="https://blogsnew.s3.amazonaws.com/wp-content/uploads/2026/01/04094056/PHOTO-2025-12-30-14-08-44-1-1024x683.jpg 1024w, https://blogsnew.s3.amazonaws.com/wp-content/uploads/2026/01/04094056/PHOTO-2025-12-30-14-08-44-1-300x200.jpg 300w, https://blogsnew.s3.amazonaws.com/wp-content/uploads/2026/01/04094056/PHOTO-2025-12-30-14-08-44-1-768x512.jpg 768w, https://blogsnew.s3.amazonaws.com/wp-content/uploads/2026/01/04094056/PHOTO-2025-12-30-14-08-44-1-1536x1025.jpg 1536w, https://blogsnew.s3.amazonaws.com/wp-content/uploads/2026/01/04094056/PHOTO-2025-12-30-14-08-44-1.jpg 2048w" sizes="auto, (max-width: 1024px) 100vw, 1024px" /></figure>



<p>Atocito lindo del jardín: fuiste la luz de nuestra familia, el cemento que nos ha mantenido unidos y fuertes, el hombre más bondadoso, amoroso e inteligente que conozco y conoceré. Tu partida se siente como si se hubiera desmoronado un pilar que nos mantenía erguidos y firmes.</p>



<p>Fuiste más que un abuelo; fuiste un papá: quien se sentó conmigo largas horas a explicarme la tarea de cálculo, quien me contaba cuentos inventados de gatitos y quien me dejaba jugar con tu computador, aunque lo llenara de virus. Nunca voy a olvidar que me dejabas dormir entre Titi y tú cuando era chiquita, en esa casa húmeda, en mi infancia.</p>



<p>Tuve la maravillosa oportunidad de ser la nieta de uno de los primeros divulgadores científicos de Colombia, de la persona que me enseñó a confiar solo en el método científico, a no creer en supersticiones, solo en la evidencia. Has influido en mi vida y en mi carrera; si no fuera por ti, no amaría la ciencia como la amo.</p>



<p>Me regalaste el mejor regalo del mundo: una familia increíble, un hogar caluroso, unos sábados llenos de felicidad. Nunca voy a olvidar nuestras salidas a tomar café, tu felicidad de poder compartir un pastel de guayaba, los diciembres cantando Adelita, los picados de fruta que nos hacías a las once de la mañana.</p>



<p>Estoy agradecida con la vida porque mi hija Alicia te pudo conocer, pudimos pasar la última Navidad contigo y decirte adiós. Yo sé que no estás en un mejor lugar, pues nos enseñaste a no creer en eso, pero sí estarás siempre en mi corazón, en mi memoria y, lo mejor de todo, en mi material genético.</p>



<p>Me siento orgullosa de ser tu nieta, de ser tu “bobita”. Tu legado vive en mí y en mi hija. Solo aspiro a tener un poco de tu brillantez, de tu bondad, de tu corazón tan cinco estrellas, y a que hoy, que ya no estás, solo queden buenos recuerdos de un hombre inigualable.</p>



<p>Las palabras se me quedarán cortas y nunca serán suficientes para describir lo que significas para mí. Te voy a extrañar horriblemente.</p>



<p><strong>De Cristina</strong></p>



<p>Ato. El fundador de la escuela de los escépticos.</p>



<p>Nos enseñaste a vivir la vida de una manera única, sin un dios, sin esoterismos ni romanticismo</p>



<p>De cerebro brillante, pragmático y noble. Sin esfuerzo ni vanidad, te ganaste la admiración de todo el que tuvo el placer de conocerte.</p>



<p>Fueron muchas preguntas las que te hice, pero ahora me surgen otras: ¿cómo debo llamarle ahora a la casa de Ato y Titi? ¿Cómo serán ahora los sábados por la tarde?</p>



<p>En mi cabeza tengo grabado ese gesto que hiciste hasta el último día: el de tirarme un besito.</p>



<p>Mis dedos conocen perfectamente la sensación de cuando te peinaba tu pelo blanco o te halaba los pelos de los brazos.</p>



<p>Te tendré siempre a mi lado; uno de tus libros está en mi mesa de noche. Cada que me hagas falta, voy a leer un fragmento de algo que escribiste.</p>



<p>El cuerpo no es eterno, pero las ideas sí, y esa será nuestra manera de inmortalizarte.</p>



<p><strong>De Juliana</strong></p>



<p>Le escribí esta carta a mi abuelo en abril 17 del 2022.</p>



<p>Mi atocito lindo del jardín:</p>



<p>Te escribo esta carta para agradecerte. Toda la vida me he sentido agradecida pero no</p>



<p>estoy muy segura si alguna vez te lo he dicho.</p>



<p>Quiero agradecerte por la lupa que me has regalado para ver el mundo. Tú se la diste a mi</p>



<p>papá, y él me la ha dio a mí antes de que tuviera memoria para recordarlo.</p>



<p>Esta lupa, hecha de ciencia, escepticismo y razonamiento lógico, me ha dejado ver el</p>



<p>mundo de una manera clara, limpia, descontaminada de toda superstición; y el mundo así</p>



<p>me ha parecido hermoso.</p>



<p>He crecido con muchos compañeros carentes de esta lupa, personas sin el menor deseo</p>



<p>de examinar el mundo de cerca, con la visión borrosa por la religión y la pseudociencia.</p>



<p>Tengo que confesarte que algunas veces he querido yo también creer en una que otra</p>



<p>fantasía, por mi tranquilidad y por comodidad, aunque casi siempre sin éxito.</p>



<p>Desde muy chiquitos nos has enseñado a todos en la familia a cuestionarnos la realidad, a</p>



<p>reflexionar sobre el mundo, la evolución y el comportamiento humano. Nos has llevado a</p>



<p>preguntarnos sobre el funcionamiento de las máquinas, desde la mecánica del timbre</p>



<p>hasta el misterio del cerebro y la consciencia. Es, en gran parte gracias a ti, que hoy</p>



<p>estudio con entusiasmo neurología, un tema por el que sé que tú y yo compartimos gran</p>



<p>interés.</p>



<p>He sido afortunada; sé que nuestra lupa no nos permite ver todavía la verdad del mundo y</p>



<p>que la gran mayoría del universo permanece un misterio, con lupa o a simple vista. Pero la</p>



<p>búsqueda de la verdad, así sea una minúscula verdad entre lo infinitamente desconocido,</p>



<p>me genera una cantidad enorme de felicidad. Es a ti a quien debo una gran parte de esa</p>



<p>felicidad, a ti y a esa lupa maravillosa que tuviste la valentía de construir.</p>



<p>Un besito y un abrazo grande,</p>



<p>Att: juli, tu bobita.</p>



<p><strong>De &nbsp;Juanes</strong></p>



<p>Recuerdo del tío Toño</p>



<p>Antes de ser Atocito lindo del jardín, para mí era el tío Toño.<br>Lo recuerdo en su gran biblioteca, sentado trabajando. Ese lugar, en el último piso de su casa, era un espacio amplio e iluminado, lleno de libros, enciclopedias y archivos. También tenía un equipo de sonido con grandes parlantes y muchísimos discos y casetes.</p>



<p>En el amplio balcón de la biblioteca, que daba hacia el jardín interno de la casa, siempre estaba la prima Anita trabajando.</p>



<p>Desde que yo llegaba, Antonio empezaba a decir:<br>“Huele a azufre… huele a azufre…”<br>Eso quería decir que su sobrino —o sea yo—, el diablo, el más esculcón y necio de todos, había llegado.</p>



<p>Me acuerdo perfectamente de que siempre le pedía que me pusiera el disco de Navidad de Raphael, un gran LP de portada roja y verde, con la palabra Paz, donde estaba la emblemática canción El tamborilero. &nbsp;Él me lo ponía una, dos y hasta cincuenta veces, hasta que yo me cansara. Todo con tal de hacerme feliz y de tenerme quieto, por lo menos, cinco minutos.</p>



<p>Una vez, en uno de nuestros viajes decembrinos a Tolú, decidí que quería vender panelitas en la playa y se lo conté. Posiblemente, lo único que yo quería era ponerme la ponchera en la cabeza y pretender ser una palanquera.<br><br></p>



<p>El tío Toño me vio coger todos los dulces de la despensa y meterlos en una olla. Ante mi determinado emprendimiento, Ató me dijo:<br>—¿A cómo las panelitas?</p>



<p>No recuerdo el precio, pero me las compró todas. Luego las volvió a guardar en la cocina, y yo terminé la jornada con ganancias.</p>



<p>El tío siempre estuvo presente en mi vida de forma constante. Me dio respuestas claras y concisas a todas mis dudas, miedos e incertidumbres durante la adolescencia. Me enseñó a hacerme preguntas, a dudar, a confiar en las certezas y no en las fantasías, a aferrarme a los hechos y no al esoterismo que tanto me atormentaba. Eso fue determinante en mi formación y rompió, de forma positiva, muchos paradigmas.</p>



<p>Ya de adulto, me invitaba por las tardes a su casa a tomar café y me decía:<br>—Juancho, tengo unos croissants buenísimos, vení un ratico.</p>



<p>Pasábamos la tarde conversando junto a la tía Titi. Él me hablaba de su juventud, de Genaro Salinas —uno de sus cantantes favoritos—, y yo le preguntaba por el Medellín antiguo, ese que yo no conocí: de su colegio, de su noviazgo con la tía… y nos moríamos de la risa.</p>



<p>Una vez alguien dijo que los hijos del tío Antonio eran como planetas que orbitaban a su alrededor sin luz propia. Yo creo que se equivocaba: sí tenían luz propia. No solo ellos gravitaban alrededor de ese sol; todos lo hacíamos, y con legítima satisfacción, porque ante una estrella tan fulgurante y tan cálida habría sido una necedad no dejarse iluminar.<br>Hoy recuerdo al tío y lo recordaré siempre como el centro, como la luz y como el origen de todo lo que somos.</p>
]]></content:encoded>
        <author>Ana Cristina Vélez</author>
                    <category>Catrecillo</category>
                <guid isPermaLink="false">https://blogs.elespectador.com/?p=124310</guid>
        <pubDate>Sun, 04 Jan 2026 14:41:15 +0000</pubDate>
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                <media:description type="plain"><![CDATA[Obituarios de mi hija, mis sobrinas y primo sobre mi padre Antonio Vélez]]></media:description>
                <media:credit role="author" scheme="urn:ebu">Ana Cristina Vélez</media:credit>
            </media:content>
                            </item>
        <item>
        <title>Obituario de Juan, mi hermano, sobre mi padre</title>
        <link>https://blogs.elespectador.com/actualidad/catrecillo/obituario-de-juan-mi-hermano-sobre-mi-padre/</link>
        <description><![CDATA[<p>Los abuelos se vuelven eternos en el nombre que les ponen sus nietos. Antonio, mi padre, recibió para la posteridad uno breve y hermoso: Ató. Y hoy, noventa y dos años después, estamos aquí para darle el adiós a nuestro Ató, quizá la persona que más quise y admiré. Pero digo “despedir” por costumbre, porque [&hellip;]</p>
]]></description>
        <content:encoded><![CDATA[
<p>Los abuelos se vuelven eternos en el nombre que les ponen sus nietos. Antonio, mi padre, recibió para la posteridad uno breve y hermoso: Ató. Y hoy, noventa y dos años después, estamos aquí para darle el adiós a nuestro Ató, quizá la persona que más quise y admiré.</p>



<p>Pero digo “despedir” por costumbre, porque la verdad es otra: pudimos decirle adiós con una calma extraña y misericordiosa. No fue un corte brusco, sino una despedida diluida en el tiempo, repartida en el transcurso de muchos años.</p>



<p>Su conciencia se fue desvaneciendo como una acuarela expuesta durante años a la luz del sol. Al principio, el verde de las hojas, a lo lejos, aún se distinguía, aunque por momentos se confundía con la hierba. Luego ese verde se volvió apenas una mancha, diluida en el paisaje. Con los años, su mundo fue perdiendo tonos y matices, como si un velo blanquecino lo cubriera de olvido. La enfermedad gastó su memoria con una constancia implacable, del mismo modo en que el agua pule una piedra: lentamente, sin pausa, hasta dejarla lisa…</p>



<p>Lo vimos alejarse de sí mismo. Vimos, con impotencia, cómo los recuerdos se fragmentaban en relatos inconexos: a veces apócrifos, a veces imperfectos, a veces soñados. Fuimos testigos de cómo su conciencia se apartaba de nuestra realidad para sumergirse en un mundo distante, extraño e incomprensible. Un universo donde los hechos ya no se suceden en la secuencia del tiempo; donde el tiempo deja de existir como reloj o calendario para convertirse en la eternidad de un instante.</p>



<p>Einstein llamó al tiempo “la más obstinada y persistente de nuestras ilusiones”. Y quizá sea solo eso: no una realidad exterior, sino un relato —una <em>qualia</em>— que la mente hilvana con memorias sucesivas hasta fabricar la apariencia de una continuidad, como en esos libritos que, al hojearlos soltando el pulgar con rapidez, nos provocan la ilusión de un caballo al galope. Pero, como en el cine, no hay movimiento: solo imágenes en secuencia, detenidas, estáticas.</p>



<p>Fue así como empezamos a despedirnos mientras él se alejaba: se alejaba, y se alejaba, y se alejaba… Y pasaron los años sin dolor, sin sufrimiento, con esa calma extraña que a veces trae la vida cuando decide ser piadosa. Es apenas hoy cuando entendemos de súbito que está ya tan lejos que no podemos alcanzarlo con la mirada. Por eso decir “adiós” es una metáfora. El adiós ocurrió con lentitud geológica: nos fuimos despidiendo durante años, paso a paso, hasta llegar a este día en que ya no podremos verlo nunca más.</p>



<p>Un día, cuando yo era niño, Ató me habló de un insecto diminuto, la efímera, cuya vida activa se reduce al espacio de unas pocas horas, a veces menos de un día. Yo me quedé pensando, con la lógica seria de los niños: si fuéramos efímeras, ¿para qué ir al colegio, para qué almorzar, para qué bañarse o ponerse los zapatos, si esa misma noche íbamos a estar todos muertos? Ató notó mi ansiedad y, con esa manera suya tan directa, me dijo: “La vida humana, medida a escala cósmica, es infinitamente corta”. Y en esa comparación estaba todo él: una lucidez que devolvía al mundo su proporción verdadera, y una serenidad rara que, al decir las cosas como son, les quitaba un poco de peso.</p>



<p>Mi papá tuvo el raro privilegio de nacer con una inteligencia excepcional, y dotado de una gran creatividad. Ya muy viejo, con Alzheimer avanzado, se quedó un momento frente a la placa de mi carro: BXQ221. Entonces, como un Ramanujan criollo, sonrió y me dijo: “Juan, el número de tu placa es fácil de memorizar: (10^2 + 11^2)”.</p>



<p>Y en cierta ocasión, después de estudiar la frecuencia de las letras en español, diseñó un teclado óptimo para el computador: en el centro puso las más utilizadas —E, A, O, S, N, R— y relegó a los extremos, en las otras filas, las más raras —K, W, X, Ñ, J, Z—. También inventó un mouse al que, con un humor muy propio, llamó el <em>paus</em>: se manejaba con el pie derecho, como el pedal de un órgano. Y no se detuvo ahí: ideó un espejo para verse por delante y por detrás, y hasta una parrilla de arepas “con tacones”, ocurrencias suyas que nos hacían reír sin parar.</p>



<p>Y también nos enseñó a perderle el miedo a zambullirnos en el agua con “flotadores inteligentes” de su propio diseño: un neumático delgado de bicicleta que iba desinflando a medida que ganábamos confianza en la piscina. Señalaba lo absurdo de los flotadores convencionales, enormes, que no permitían el más mínimo progreso y que, al final, ni siquiera dejaban mover los brazos con facilidad.</p>



<p>Y cuando yo era niño me enseñó un método para saber el día de la semana de cualquier fecha, en cualquier año. Ese “calendario universal” lo explica en uno de sus libros, y todavía hoy lo uso en mis clases de primer semestre para avivar la curiosidad de los estudiantes más interesados y atentos.</p>



<p>Y cuando esa inteligencia se encuentra con una personalidad implacablemente racional, el resultado es alguien capaz de liberarse del troquelado de la infancia —una de sus palabras favoritas—, de sacudirse el adoctrinamiento de las religiones y las ideologías, de mirar con sospecha las supersticiones, y de plantarse sin concesiones frente a esas fuerzas oscuras de la irracionalidad, que solo siembran sufrimiento y cosechan crueldad.</p>



<p>Diría que ese fue su mayor legado: una forma de pensar, una ética de la lucidez y de la razón. Eso es lo que dejó en quienes tuvieron la fortuna de conocerlo, y también en sus libros y ensayos. Y luchar por esa causa fue, sin duda, su batalla más constante.</p>



<h1 class="wp-block-heading">Recuerdos de adolescencia</h1>



<p>En mi casa se comía cheesecake y pie de manzana. También hacían una versión colombiana del pollo hindú, nasi goreng, del plato alemán con salchichas, chuletas de cerdo y repollo chucrut fermentado en sal, y del plato cubano con caraotas: rarezas culinarias que mi mamá preparaba y que dejaban a mis amigos entre asombrados y felices. Y también carne molida en sopa de arroz, un plato humilde al que llamaban “almuerzo de cura”. Y el famoso y vilipendiado “sudao de pollo”, la comida predilecta de Ató.</p>



<p>Pero el mayor orgullo culinario de la casa era el pollo mallorquín. No el original de Mallorca —el que un tío catalán nos enseñó a preparar—, sino el mestizo: con chicharrones y plátano maduro, cocinado a fuego lento en una olla de cerámica roja, esmaltada, hermosa, a la que llamaban la “greixonera”. Esa palabra la oí desde niño y todavía hoy no sé qué significa; ni siquiera sé si existe en algún diccionario. Pero en mi memoria quedó labrada con firmeza pétrea, como quedan las palabras que se aprenden en la infancia.</p>



<p>Para mi papá, la riqueza nunca tuvo un brillo especial. El dinero se trataba en casa con respeto práctico: útil para lo necesario y, a veces, capaz de comprar un pedazo de felicidad. Pero el poder que suele venir con él no despertaba reverencia; al contrario, parecía vulgar, casi indecente. El valor de la vida se medía en otra escala. Se respiraba una atmósfera intelectual única, libertaria y científica, donde se pensaba sin miedo y se desconfiaba de toda autoridad. Y esa manera de mirar el mundo —austera, libre— incomodaba a los conservadores y fascinaba a los jóvenes que empezaban a pensar por cuenta propia.</p>



<p>Había una biblioteca enorme, un altar laico custodiado por pequeños retratos que no eran del Sagrado Corazón ni de parientes, ni siquiera de sus hijos, sino de Darwin, Einstein, Newton, Dirac, von Neumann… y de otros nombres menos célebres, pero no menos venerados por él: Konrad Lorenz, Popper, Gödel, Ramanujan, y tantos más que, a su juicio, merecían un lugar en el panteón de los gigantes. En cambio, por los héroes de la historia oficial —Napoleón, Julio César, Alejandro Magno— sentía un desprecio sin límites, apenas superado por el que le inspiraban curas, obispos y papas, o cualquier otro líder religioso o político.</p>



<p>Y había un lugar que para mí era mágico, casi sagrado: el taller. Era un cuartito detrás de una puerta de bisagras, con un mesón de lámina de acero donde estaba empotrada una prensa pesada e imponente. De las paredes colgaban herramientas sujetas con tornillos, y sus siluetas estaban dibujadas sobre un tablón de madera pintado de blanco, como si cada una tuviera un sitio asignado desde siempre. Había cajones repletos de tuercas, tornillos, clavos, arandelas; estantes donde descansaban el soldador, el taladro, el amperímetro…; y cajitas con componentes electrónicos —pequeños capacitores, resistencias, dos o tres pares de transistores—, objetos de un valor inconmensurable en aquella época.</p>



<p>Los sábados por la mañana, como un ritual, hacíamos el mantenimiento de los carros. Yo lo imitaba con devoción: me enseñó a desmontar el distribuidor, a sacar los platinos, a limarlos y a calibrarlos con esas hojas finas de acero que miden en absurdas fracciones de pulgada. Luego venía, para mí, lo mejor: afinar la máquina con una lámpara estroboscópica que en Colombia no se conseguía, comprada en Sears en los años de mi primera infancia en Champaign, Illinois.</p>



<p>Para mí no había felicidad más grande que aprender esos secretos de la mecánica. Al terminar, nos lavábamos las manos con estopa y gasolina, y en la piel quedaba un olor indeleble, áspero y familiar. Luego él me enseñaba a sacar el combustible del tanque con un sifón, como quien comparte, sin alarde, uno de sus tantos trucos.</p>



<p>Pero la mañana del sábado —en el tiempo infinito de la infancia— todavía no se terminaba. Después nos íbamos a visitar a los abuelos, que vivían en una casa enorme: cuatro patios y un solar al fondo; pisos de baldosas con arabescos —como era costumbre en las viejas casas españolas—; y esa frescura de techos altos y puertas con arcos que aún perdura en mi memoria.</p>



<p>Y ese ser —que parecía hecho de razón pura— se convertía en humano cuando se trataba de su familia. La lógica, que en él era una armadura, se le ablandaba de golpe; bastaba con que algo rozara a sus hijos o a su esposa para que apareciera en él otra cara: la del miedo, la de la ternura, la de la urgencia, la de los celos…</p>



<p>También había en casa una colección de más de seiscientos casetes: un pequeño archivo doméstico que, sin que yo lo supiera entonces, revelaba uno de sus mayores gustos. Estaban las obras de Bach, Beethoven, Mozart y todos los grandes; y, al lado, grabaciones que hoy todavía me pregunto cómo habrá conseguido: Xenakis, Schönberg y otros contemporáneos que no sonaban en ninguna parte. Había, además, un casete de Manitas de Plata y de su primo José, esa música —desconocida entonces— que se llamaba flamenco, y una grabación completa del Martín Fierro: rarezas que ni siquiera se encontraban en la discoteca infinita del maestro De Greiff.</p>



<p>Cada casete venía numerado y rotulado con una pulcritud casi militar: título, compositor y, a veces, algún dato adicional. No era miedo al olvido; era su manera de poner orden en el mundo, de dejarlo todo en su sitio. Había, además, un catálogo, dispuesto alfabéticamente por títulos y composiciones, impreso en hojas anchas con perforaciones a un costado, salido del IBM de Coltejer —el único computador que existía entonces en Colombia, junto con el del Banco de la República—. Era el tipo de exceso organizado que lo retrataba: una mezcla de método, disciplina y cariño por lo que amaba.</p>



<p>Y recuerdo, sobre todo, su sentido del humor: se reía cada vez que contaba una anécdota mínima, pero perfecta. Una de sus secretarias, al rotular un casete, escribió “ayudante con moto” en lugar de “andante con moto”. Esa confusión lo divertía de una manera inagotable; la repetía una y otra vez, como quien vuelve a un chiste que nunca pierde gracia.</p>



<p>Y hablando de su sentido de justicia, nunca olvidaré aquella vez en que dos amigas muy cercanas de mis padres, Liliam y María Helena —rivales que no se soportaban—, ya con varios tragos encima, se desafiaron en un hotel de San Jerónimo. Liliam, en tono desafiante, retó a María Helena: si se tiraba a la piscina “en pelota”, le hacía allí mismo un cheque por un millón de pesos. María Helena, sin dudarlo un segundo —y a riesgo de que nos sacaran a patadas—, se quitó el traje de baño y se lanzó al agua. Lo difícil vino después: ¿debería cobrarse esa apuesta, producto del acaloramiento y el alcohol? Mi papá, con una sentencia tan salomónica como suya, dictaminó: “Yo creo que Liliam debe entregarle el cheque… y María Helena no debe cobrarlo”.</p>



<h1 class="wp-block-heading">Coda</h1>



<p>El viento de la tarde de este verano decembrino barre las hojas del parque, y en mi mente ese viento se vuelve una metáfora de la vida que se va: ligera, inevitable, sin preguntar. Ayer fui solo a visitar lo que queda del taller, el mismo de mi infancia, como quien regresa a un santuario, a ver si todavía estaba su navaja favorita. La encontré: intacta, silenciosa, como esperándolo.</p>



<p>Y por un momento me pareció sentirlo otra vez: el olor a herramientas, a madera, a hierro helado… y a él. Vi —o quise ver— el brazo fuerte que la movía; la mano masculina sosteniéndola con esa precisión tranquila que lo definía, y el reloj de pulsera metálica plateada temblando con el gesto, devolviendo un destello breve. Fue un segundo apenas, un relámpago: corrí el velo del pasado y alcancé a rescatar, por una fracción infinitesimal del tiempo, esas presencias ya ausentes. Y luego el velo cayó de nuevo, como cae siempre, y entendí con una claridad dolorosa que hay cosas que se pierden irremediablemente… y, sin embargo, a veces vuelven a rozarnos, antes de irse, como el viento.</p>



<p>29 de diciembre de 2025</p>
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        <author>Ana Cristina Vélez</author>
                    <category>Catrecillo</category>
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        <pubDate>Thu, 01 Jan 2026 20:17:17 +0000</pubDate>
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                <media:description type="plain"><![CDATA[Obituario de Juan, mi hermano, sobre mi padre]]></media:description>
                <media:credit role="author" scheme="urn:ebu">Ana Cristina Vélez</media:credit>
            </media:content>
                            </item>
        <item>
        <title>Antonio Vélez</title>
        <link>https://blogs.elespectador.com/actualidad/catrecillo/antonio-velez/</link>
        <description><![CDATA[<p>(1933- 2025) Ato Atocito lindo del jardín Esta es mi oración a la hora de tu muerte Padre nuestro que no estás ni en el cielo ni en la tierra, que jamás reclamaste el incienso de la santificación ni el tributo de la reverencia, lo digo entre paréntesis, fuiste un santo. En tu humildad excesiva, [&hellip;]</p>
]]></description>
        <content:encoded><![CDATA[
<p>(1933- 2025)</p>



<p>Ato</p>



<p>Atocito lindo del jardín</p>



<figure class="wp-block-image size-full"><img loading="lazy" decoding="async" width="434" height="705" src="https://blogsnew.s3.amazonaws.com/wp-content/uploads/2025/12/31081609/foto-linda-papi.jpg" alt="" class="wp-image-124244" srcset="https://blogsnew.s3.amazonaws.com/wp-content/uploads/2025/12/31081609/foto-linda-papi.jpg 434w, https://blogsnew.s3.amazonaws.com/wp-content/uploads/2025/12/31081609/foto-linda-papi-185x300.jpg 185w" sizes="auto, (max-width: 434px) 100vw, 434px" /></figure>



<p>Esta es mi oración a la hora de tu muerte</p>



<p><a></a>Padre nuestro que no estás ni en el cielo ni en la tierra,</p>



<p>que jamás reclamaste el incienso de la santificación ni el tributo de la reverencia, lo digo entre paréntesis, fuiste un santo.</p>



<p>En tu humildad excesiva, parte indeleble de tu ser, los asuntos del ego no fueron lo tuyo. No buscaste ser amado, pero eras amado.</p>



<p>Dichosos lo que disfrutamos de tu reino, porque tus intereses nos entusiasmaron, tu sabiduría nos iluminó, tu amor nos cobijaba, tu presencia fue calor y seguridad.</p>



<p>Que no se haga tu voluntad. Tu voluntad se hizo sin imposiciones; consecuencia de la admiración que sentían las personas por ti. Abominabas todo tipo de autoritarismo y amabas y respetabas la libertad personal. A tu lado, la libertad sí era una condición general que se expandía a los que te rodeábamos.</p>



<p>No sin compasión entendías las deficiencias humanas, porque conocías la naturaleza animal del hombre.</p>



<p>Nos diste el pan de cada día, con tu enorme generosidad y como sin nos lo mereciéramos.</p>



<p>Perdonaste nuestras ofensas y perdonaste las miserias humanas, porque sabías que la naturaleza no nos seleccionó para ser felices, ni para considerar la felicidad ajena, sino para sobrevivir y reproducirnos.</p>



<p>Sabías que caemos en la tentación a pesar de todo deseo de no hacerlo, pero el pecado no estaba en tu vocabulario, ni el concepto de salvación ni el de condena. Sabías que el mal y el bien son conceptos puramente humanos.</p>



<p>En una casa sin dioses, tú fuiste el nuestro, nuestro único dios.</p>



<p>Amén.</p>
]]></content:encoded>
        <author>Ana Cristina Vélez</author>
                    <category>Catrecillo</category>
                <guid isPermaLink="false">https://blogs.elespectador.com/?p=124243</guid>
        <pubDate>Wed, 31 Dec 2025 13:16:19 +0000</pubDate>
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                <media:description type="plain"><![CDATA[Antonio Vélez]]></media:description>
                <media:credit role="author" scheme="urn:ebu">Ana Cristina Vélez</media:credit>
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        <item>
        <title>El beso en la boca</title>
        <link>https://blogs.elespectador.com/actualidad/catrecillo/el-beso-en-la-boca/</link>
        <description><![CDATA[<p>¿Quién no recuerda la experiencia que fue su primer beso romántico? &nbsp;El recuerdo es importante, no lo olvidamos por tiempo que pase, y no importa si fue valioso o insignificante para el resto de nuestras vidas. El caso es que sentimos que cogíamos el mundo con las manos, porque el enamoramiento es la emoción más [&hellip;]</p>
]]></description>
        <content:encoded><![CDATA[
<p>¿Quién no recuerda la experiencia que fue su primer beso romántico? &nbsp;El recuerdo es importante, no lo olvidamos por tiempo que pase, y no importa si fue valioso o insignificante para el resto de nuestras vidas. El caso es que sentimos que cogíamos el mundo con las manos, porque el enamoramiento es la emoción más intensa que podemos experimentar los mamíferos. Los humanos matamos y nos hacemos quemar en la hoguera por amor, y sin importar lo viejos que estemos. Cuando alguien nos gusta, lo primero que deseamos es besarlo. Ese primer beso que nos dimos con cada nueva persona en el trascurso de nuestra vida fue intenso; se sintió en los labios, la lengua, los dientes, muy adentro, y la sensación bajó hasta los dedos de los pies. Su memoria se nos quedó en todo el cuerpo, como aleteos de mariposas. Y como esas postimágenes que vemos al cerrar los ojos, horas adelante, días adelante, después de haber mirado una luz intensa con color, así son los besos, días después cerramos los ojos y volvemos a sentir todo eso que sentimos durante esos minutos. &nbsp;</p>



<figure class="wp-block-image size-large"><img loading="lazy" decoding="async" width="1024" height="585" src="https://blogsnew.s3.amazonaws.com/wp-content/uploads/2025/12/16082758/Screenshot-2025-12-04-185701-1024x585.png" alt="" class="wp-image-123664" srcset="https://blogsnew.s3.amazonaws.com/wp-content/uploads/2025/12/16082758/Screenshot-2025-12-04-185701-1024x585.png 1024w, https://blogsnew.s3.amazonaws.com/wp-content/uploads/2025/12/16082758/Screenshot-2025-12-04-185701-300x171.png 300w, https://blogsnew.s3.amazonaws.com/wp-content/uploads/2025/12/16082758/Screenshot-2025-12-04-185701-768x438.png 768w, https://blogsnew.s3.amazonaws.com/wp-content/uploads/2025/12/16082758/Screenshot-2025-12-04-185701.png 1179w" sizes="auto, (max-width: 1024px) 100vw, 1024px" /></figure>



<p>Pero este acto tan excelso no es exclusivo de los seres humanos. El asunto es mucho más antiguo que nuestra existencia. Si bien el <em>homo sapiens</em> besa desde hace 200.000 o 300.000 años sobre este planeta, la antigüedad de la práctica remonta a seres que vivieron hace 21 millones de años. Bueno, eso dicen los científicos. Estos, además, se preguntan por qué existe el beso, ya que esta actividad no muestra una razón evolutiva que repercuta en la supervivencia o tenga beneficios reproductivos. Sigue siendo un misterio. El beso existe en el reino animal, ya que besan los grandes simios, los monos, los osos polares, los perros de pradera, los albatroces o pelícanos y otros.</p>



<figure class="wp-block-image size-full"><img loading="lazy" decoding="async" width="201" height="251" src="https://blogsnew.s3.amazonaws.com/wp-content/uploads/2025/12/16083220/image.png" alt="" class="wp-image-123668" /></figure>



<p>Existen teorías sin probar que proponen que es uno más de los comportamientos ligados al acicalamiento, del cual el más conocido es el de desparasitar. Entre los grandes simios, el beso es probablemente la etapa final de contacto bucal cuando se practica el acicalamiento. Quien lo realiza succiona con los labios salientes el pelaje o la piel del individuo acicalado, para atrapar restos o parásitos. La relevancia higiénica del acicalamiento disminuyó durante la evolución humana debido a la pérdida de pelaje, pero las sesiones más cortas habrían conservado previsiblemente la etapa final del &#8220;beso&#8221;, permaneciendo como el único vestigio de un comportamiento ritualista para señalar y fortalecer los lazos sociales y de parentesco.&nbsp;El acicalamiento libera endorfinas, lo que reduce el estrés y promueve la sensación de bienestar entre acicalador y acicalado, consolidando aún más los lazos sociales, sobre todo entre quienes ya tienen fuertes vínculos sociales o de parentesco.</p>



<figure class="wp-block-image size-full"><img loading="lazy" decoding="async" width="584" height="757" src="https://blogsnew.s3.amazonaws.com/wp-content/uploads/2025/12/16082835/Screenshot-2025-12-04-183715.png" alt="" class="wp-image-123665" srcset="https://blogsnew.s3.amazonaws.com/wp-content/uploads/2025/12/16082835/Screenshot-2025-12-04-183715.png 584w, https://blogsnew.s3.amazonaws.com/wp-content/uploads/2025/12/16082835/Screenshot-2025-12-04-183715-231x300.png 231w" sizes="auto, (max-width: 584px) 100vw, 584px" /></figure>



<p>Picasso</p>



<p>Se ha pensado también que fue en sus orígenes una manera directa e íntima de obtener información sobre la salud y la compatibilidad genética de potenciales parejas.</p>



<p>Se ha pensado también que fue en sus orígenes una manera directa e íntima de obtener información sobre la salud y la compatibilidad genética de potenciales parejas. Se sabe que besar entre los humanos excita y relaja, pues hace que bajen los niveles de cortisol, y que suban los de oxitocina, la hormona que crea el apego y otras sustancias ligadas a la felicidad y al bienestar. Los besos sirven como examen preliminar, de salud, de compatibilidad, para eliminar o adjuntar a alguien a nuestra vida.</p>



<figure class="wp-block-image size-large"><img loading="lazy" decoding="async" width="858" height="1024" src="https://blogsnew.s3.amazonaws.com/wp-content/uploads/2025/12/16082857/Screenshot-2025-12-04-185951-858x1024.png" alt="" class="wp-image-123666" srcset="https://blogsnew.s3.amazonaws.com/wp-content/uploads/2025/12/16082857/Screenshot-2025-12-04-185951-858x1024.png 858w, https://blogsnew.s3.amazonaws.com/wp-content/uploads/2025/12/16082857/Screenshot-2025-12-04-185951-251x300.png 251w, https://blogsnew.s3.amazonaws.com/wp-content/uploads/2025/12/16082857/Screenshot-2025-12-04-185951-768x917.png 768w, https://blogsnew.s3.amazonaws.com/wp-content/uploads/2025/12/16082857/Screenshot-2025-12-04-185951.png 1146w" sizes="auto, (max-width: 858px) 100vw, 858px" /></figure>



<p>En el <a href="https://www.sciencedirect.com/science/article/pii/S1090513825001370?ref=pdf_download&amp;fr=RR-2&amp;rr=9a0ef885ca797e7d">estudio publicado en la revista de <em>Evolución y comportamiento</em></a><em> humano</em>, los científicos definen el beso como un contacto oral con movimiento de labios, de tipo no agresivo y donde no hay intercambio de comida. La directora de la investigación, la bióloga evolutiva de la Universidad de Oxford, Matilda Brindle, dice que los ancestros humanos besaban como lo hacen hoy los chimpancés y los bonobos.</p>



<figure class="wp-block-image size-full"><img loading="lazy" decoding="async" width="419" height="684" src="https://blogsnew.s3.amazonaws.com/wp-content/uploads/2025/12/16082918/Screenshot-2025-12-04-183818.png" alt="" class="wp-image-123667" srcset="https://blogsnew.s3.amazonaws.com/wp-content/uploads/2025/12/16082918/Screenshot-2025-12-04-183818.png 419w, https://blogsnew.s3.amazonaws.com/wp-content/uploads/2025/12/16082918/Screenshot-2025-12-04-183818-184x300.png 184w" sizes="auto, (max-width: 419px) 100vw, 419px" /></figure>



<p>Como la cultura explora todas las posibilidades de las acciones humanas, con el beso también lo ha hecho: existen, que yo sepa dos tipos, el concurso de <em>la pareja que se besa por más tiempo</em> y <em>el reto de los besos por dinero</em>.</p>



<p>En el primero, el concurso exigía contacto constante de los labios de la pareja, estar de pie, ir al baño juntos, comer y beber por un pitillo la comida líquida. El matrimonio tailandés de la pareja Ekkachai y Laksana Tiranarat ganó el último concurso. Luego el Guinness World Records prohibió oficialmente el intento de batir este récord del beso ininterrumpido más largo por el peligro de desmayo y agotamiento que corrían las parejas inscritas. El récord mundial fue de 58 horas, 35 minutos y 58 segundos (más de dos días y medio). Esto ocurrió el 12-14 de febrero de 2013, en Pattaya, Tailandia. El concurso fue organizado por compañía que hacía el programa Ripley’s Believe It or Not (Aunque usted no lo crea).</p>



<p>El &#8220;reto de besos por dinero&#8221;, popular en TikTok y YouTube, y ha sido impulsado por varios <em>influencers</em>. El asunto es simple: se trata de besar a un desconocido o de besar la pareja de un desconocido. En el primer caso: el influencer se acerca a una persona en la calle (a menudo jóven) y le ofrece una suma de dinero a cambio de que bese a un amigo o amiga que lo acompaña, o al mismo influencer. La suma suele ser pequeña al principio, de $100, $200 —no sé en qué moneda— y va aumentando hasta que llega a los $5,000, $7,000. En el segundo caso, el de besar a la pareja de un desconocido, el influencer se acerca a una pareja y le pregunta a uno de los dos (generalmente a la mujer) si acepta que su pareja bese a un desconocido (la amiga del influencer) a cambio de dinero. Tiene espectadores porque el evento crea peleas y conflictos, que los influencer filman. La cultura le saca provecho a todos los asuntos humanos que se presten.</p>



<p>No sé quiénes recuerdan la campaña publicitaria de Benetton, del 2011,&#8221;Unhate&#8221; que utilizó el beso como emblema contra toda política de odio. En el arte, el beso no es fácil de representar, pues una parte de la cara de uno de los besadores esconde la del otro. Un buen equilibro de lo que se ve y de lo que queda oculto es difícil de conseguir. Miremos algunas representaciones y que juzgue el lector. En mi opinión los besos más logrados, como beso, no como obra de arte, son los representados por el artista del <em>Pop,</em> Roy Lichtenstein.</p>



<figure class="wp-block-image size-full"><img loading="lazy" decoding="async" width="401" height="321" src="https://blogsnew.s3.amazonaws.com/wp-content/uploads/2025/12/16082706/Screenshot-2025-12-04-184654.png" alt="" class="wp-image-123663" srcset="https://blogsnew.s3.amazonaws.com/wp-content/uploads/2025/12/16082706/Screenshot-2025-12-04-184654.png 401w, https://blogsnew.s3.amazonaws.com/wp-content/uploads/2025/12/16082706/Screenshot-2025-12-04-184654-300x240.png 300w" sizes="auto, (max-width: 401px) 100vw, 401px" /></figure>



<p>Roy Lichtenstein</p>
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        <author>Ana Cristina Vélez</author>
                    <category>Catrecillo</category>
                <guid isPermaLink="false">https://blogs.elespectador.com/?p=123662</guid>
        <pubDate>Tue, 16 Dec 2025 13:33:07 +0000</pubDate>
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                <media:description type="plain"><![CDATA[El beso en la boca]]></media:description>
                <media:credit role="author" scheme="urn:ebu">Ana Cristina Vélez</media:credit>
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