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    <title>Blogs El Espectador</title>
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    <description>Blogs gratis y diarios en El Espectador</description>
    <lastBuildDate>Fri, 25 Sep 2026 20:39:10 +0000</lastBuildDate>
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	<title>Ana Cristina Vélez Caicedo, Author at Blogs El Espectador</title>
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        <title>La danza del cisne del sommelier</title>
        <link>https://blogs.elespectador.com/actualidad/catrecillo/la-danza-del-cisne-del-sommelier/</link>
        <description><![CDATA[<p>Este artículo está enlazado con el anterior. Se basa enel libro que escribió la periodista y sommelier Bianca Bosker, traducido al español como El vino. Un viaje irreverente por la subcultura de sommeliers, enólogos y bebedores (Editorial Océano, 2017). Bosker se certificó como sommelier, y en su libro explica lo difícil o casi imposible que [&hellip;]</p>
]]></description>
        <content:encoded><![CDATA[
<p class="wp-block-paragraph">Este artículo está enlazado con el anterior. Se basa enel libro que escribió la periodista y sommelier Bianca Bosker, traducido al español como <em>El vino. Un viaje irreverente por la subcultura de sommeliers, enólogos y bebedores</em> (Editorial Océano, 2017).</p>



<p class="wp-block-paragraph">Bosker se certificó como sommelier, y en su libro explica lo difícil o casi imposible que es obtener el certificado. A ella la guiaron los maestros sommeliers a través de lo que no se debe hacer al servir el vino.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Reglas del NO, para el aspirante a sommelier:</p>



<ul class="wp-block-list">
<li>No te inclines, no te encorves y ni se te ocurra parecer tenso. (Básicamente, actúa como un cyborg relajado).</li>



<li>No cruces los brazos, no señales y jamás de los jamases menciones tu nombre.</li>



<li>No toques la mesa, tu cara, tu cabello, ni por equivocación a un comensal (a menos que quieras terminar en una demanda por acoso o en la calle).</li>



<li>No dejes que las copas tintineen, no dejes que tus manos tiemblen y olvídate de quitar el pulgar del corcho de la champaña (a menos que quieras dejar tuerto al encopetado de la esquina).</li>
</ul>



<p class="wp-block-paragraph">La lista sigue: no pongas la hielera en la mesa, ofrece el corcho con la solemne devoción de una reliquia papal, lleva dos portavasos (uno para el vino, otro para el corcho), no sirvas primero a los hombres, no derrames ni una maldita gota —ni de licor ni de agua de la hielera—, no levantes las copas para servir, calcula el nivel milimétricamente, no vacíes la botella en la primera ronda, no mires con cara de impaciente y, sobre todo, luce como un cisne: elegante y tranquilo en la superficie, aunque pataleando frenéticamente por debajo, para que todo salga bien.</p>



<p class="wp-block-paragraph">¿Quieres abrir una botella de champaña sin ser despedido? Presta atención:</p>



<p class="wp-block-paragraph">Quita la lámina y coloca una servilleta en el cuello de la botella como si fuera una bufanda elegante.&nbsp; Pon la mano izquierda sobre la servilleta y clava tu pulgar firmemente en el corcho. No lo sueltes ni aunque haya un temblor de tierra como el del otro día. Con la mano derecha, desenrosca con la paciencia de un desactivador de bombas el alambre (el muselet). Como el corcho puede salir disparado a 40 kilómetros por hora, aflójalo con lentitud mística. Los pulgares nunca van debajo del corcho, y este jamás debe apuntar a una persona o a las copas del mostrador. El corcho debe salir con un suave <em>&#8220;pfff&#8221;</em>, descrito poéticamente como <em>“no más fuerte que un peo de monja o de la reina Isabel”</em>. Si suena como un disparo de cañón, prepárate para ser desterrado.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Los aspirantes a sommelier suelen fallar porque la &#8220;danza del servicio&#8221; es un campo minado. Un mal paso, una sonrisa demasiado sincera, una gota traicionera o dejar la huella de tu dedo en el cristal y ¡pum!, reprobado. Todo esto nos recuerda que los seres humanos somos capaces de inventar ridiculeces monumentales con tal de hacer sentir especiales a los que ya se sienten así, los <em>Very Important Persons</em> (VIP).</p>



<p class="wp-block-paragraph">A estas alturas, cuando pensamos en el protocolo corporativo o de la alta cocina, nos sentimos menos descendientes de Einstein y más animales de granja. Pienso en los lobos enseñando el cuello para que el macho alfa no los devore; bueno, exactamente igual, pero con corbata de seda y entre copas Riedel.</p>



<p class="wp-block-paragraph">De hecho, la historia está llena de estas pruebas de sumisión que hoy nos harían reír si no dieran vergüenza ajena:</p>



<ul class="wp-block-list">
<li>El baile del sombrero español (Siglo de Oro al XVIII): los nobles debían dar tres pasos firmes, doblar la rodilla izquierda, retirar el sombrero haciendo un arco dramático hacia el suelo e inclinarse sin perder el contacto visual con el rey, esperando a que el monarca les dijera un paternal <em>&#8220;Cubríos&#8221;</em> para volver a ponerse el sombrero. ¡Y uno quejándose de tener que saludar de beso a todos los integrantes de una fiesta familiar!</li>



<li>El <em>osculum pedis</em> al Papa: hasta bien entrado el siglo XX, los diplomáticos y gobernantes tenían que avanzar por la sala dando tres genuflexiones fijas para terminar arrodillándose y besando la cruz bordada en la chinela del pie derecho del Pontífice.</li>



<li>El <em>Ojigi</em> en el Shogunato Tokugawa: En Japón, la inclinación podía llegar al <em>Saikeirei</em> (doblarse entre 45 y 90 grados sentado sobre los talones en posición <em>seiza</em> y aguantar la tortura durante minutos que se van eternos). Eso sí: mirar a los ojos al superior mientras bajabas la cabeza era considerado un desafío tan grave que probablemente terminabas cosechando arroz en campos ajenos. ¡Menos mal que el mundo se ha ido civilizando!</li>



<li><img decoding="async" src="https://blogs.elespectador.com/wp-content/uploads/sites/2/2026/09/Screenshot-2026-09-17-172931.png?w=650" alt=""></li>
</ul>



<p class="wp-block-paragraph">Posición <em>seiza</em></p>



<p class="wp-block-paragraph">Al final, la &#8220;danza del sommelier&#8221; no es más que la elaborada coreografía de un empleado de un restaurante carísimo, diseñada para crear una atmósfera donde el comensal se sienta el rey del mundo&#8230; mientras el sommelier encuentra la manera de persuadirlo de que pida la botella más cara de la carta. &#8220;Hip&#8221;.</p>
]]></content:encoded>
        <author>Ana Cristina Vélez Caicedo</author>
                    <category>Catrecillo</category>
                <guid isPermaLink="false">https://blogs.elespectador.com/?p=133317</guid>
        <pubDate>Sun, 20 Sep 2026 14:22:20 +0000</pubDate>
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                <media:description type="plain"><![CDATA[La danza del cisne del sommelier]]></media:description>
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        <item>
        <title>El olfato, el vino y los nerdos del corcho</title>
        <link>https://blogs.elespectador.com/actualidad/catrecillo/el-olfato-el-vino-y-los-nerdos-del-corcho/</link>
        <description><![CDATA[<p>Cork Dork se traduciría como Nerdos del corcho, pero el libro que escribió la periodista y sommelier Bianca Bosker fue traducido al español como El vino. Un viaje irreverente por la subcultura de sommeliers, enólogos y bebedores (Editorial Océano, 2017). El libro cuenta la experiencia de Bosker al tratar de convertirse en sommelier. Su entrenamiento [&hellip;]</p>
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        <content:encoded><![CDATA[
<p class="wp-block-paragraph"><em>Cork Dork</em> se traduciría como <em>Nerdos del corcho</em>, pero el libro que escribió la periodista y sommelier Bianca Bosker fue traducido al español como <em>El vino. Un viaje irreverente por la subcultura de sommeliers, enólogos y bebedores</em> (Editorial Océano, 2017).</p>



<figure class="wp-block-image size-full"><img fetchpriority="high" decoding="async" width="450" height="850" src="https://blogs.elespectador.com/wp-content/uploads/sites/2/2026/09/image.png" alt="" class="wp-image-133010" srcset="https://blogs.elespectador.com/wp-content/uploads/sites/2/2026/09/image.png 450w, https://blogs.elespectador.com/wp-content/uploads/sites/2/2026/09/image.png?resize=159,300 159w" sizes="(max-width: 450px) 100vw, 450px" /></figure>



<p class="wp-block-paragraph">El libro cuenta la experiencia de Bosker al tratar de convertirse en sommelier. Su entrenamiento duró 18 meses hasta pasar el examen de certificación. Pero no voy a hablar sobre las aventuras y desventuras de esta mujer; voy a hablar sobre el olfato y el vino. En los blogs anteriores me he enfocado en el olfato, en los aromas y en los perfumes; me faltaba el mundo del vino pues, en este, el olfato también juega un papel preponderante.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Los aspirantes a sommeliers deben reconocer los vinos, discernir sus cualidades, ser capaces de clasificarlos y de determinar su exquisitez. Esto significa probar una gran variedad de vinos cada día, y muchas veces al día. Algunos viven medio borrachos; otros lo escupen. ¿Por qué querría uno ser sommelier? El escritor Robert Louis Stevenson llamó al vino “poesía embotellada”; sin embargo, después de leer el libro me quedaría difícil responder.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Los atributos que conforman la estructura del vino son: azúcar, acidez, alcohol, taninos y textura (llamada también cuerpo). Y los pasos ordenados para catar el vino son los siguientes:</p>



<p class="wp-block-paragraph">Observarlo antes de involucrar la nariz o la lengua, para obtener pistas sobre su estructura y sabor. Tomar el tallo de la copa con los dedos, rotar la muñeca en círculos veloces, agitando el vino para que moje los lados del cáliz. Observar la velocidad con la que las gotas o “lágrimas” se escurren al detener el movimiento. Las lágrimas que lucen espesas y se escurren lenta y definidamente sugieren que el vino tiene niveles de alcohol más altos; mientras que las lágrimas finas y rápidas, o si el líquido cae a manera de cortina, indican un nivel de alcohol más bajo.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Siguiente: oler siempre, y no solo en un punto. Olerlo moviendo la nariz, como persignando la copa, con esta paralela al piso, y percibir los aromas desde cada ángulo. Preferiblemente, dejando la boca abierta, como jadeando. Y ahora sí, probar: menear el vino en la boca, fruncir los labios como si se fuera a decir “oh, no”, y succionar aire sobre el vino en la boca y sentir que burbujea en la lengua. Esto es orear el vino (sorber), y ayuda a liberar las moléculas del aroma. Olfato y gusto se combinan para dar el sabor. Después, escupir o tragar.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Siguiente: poner la punta de la lengua en el paladar para ver cuánto se saliva. Si no se está seguro, poner la cara hacia el piso y abrir la boca. Si uno se babea es porque está salivando mucho, y si es así, es porque el vino tiene una acidez alta; de lo contrario, es porque su acidez es baja. La acidez baja tiene que ver usualmente con uvas de regiones cálidas, y la acidez alta, con uvas de regiones frías.</p>



<p class="wp-block-paragraph">El alcohol en los vinos va del 9% al 16%. El alcohol indica dónde se cultivaron las uvas y la temperatura durante la estación de cultivo. El mosto es la fermentación del jugo de uva que se machaca con semillas, cáscaras, tallos y pulpa de las uvas (ella cuenta que a veces se van arañas, ratones y culebras). La fermentación es detonada por la levadura si surge naturalmente; de otra manera, esta se le agrega. Los climas más cálidos dan uvas más dulces, con niveles de alcohol más altos. Para saber el grado de alcohol, se debe tomar un sorbo y exhalar como si uno se estuviera chequeando el aliento. Se debe hacer consciente de qué tan adentro de la boca y la garganta se puede sentir el calor del alcohol. Si se siente en la parte trasera de la lengua es porque el nivel de alcohol es bajo; si se siente al fondo de la garganta, por la mandíbula, es porque su nivel es medio; si el calor se siente en el esternón es porque el nivel es alto. Recuerda lo que produce un trago de tequila, que incluso es de nivel mucho más alto.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Hacer otro sorbo más para juzgar los taninos o polifenoles, que provienen de la cáscara, los tallos, las semillas y las barricas de madera en las que pudo haber envejecido el vino. Los taninos son más una textura que un sabor. Si el vino se siente seco es que no es dulce. Pero los taninos dejan la boca seca y apretada, como una lija, con los vinos tánicos, como un Nebbiolo joven; o como seda, con los vinos menos tánicos, como el Pinot Noir. Los taninos del roble secan los labios y las encías.</p>



<p class="wp-block-paragraph">El llamado cuerpo del vino es más una sensación que un sabor; se deriva del contenido de alcohol y azúcar. Se puede equiparar con la diferencia que hay entre la leche entera y la descremada.</p>



<p class="wp-block-paragraph">La dulzura puede ir desde alta hasta nula. A veces las vinícolas detienen la fermentación para que toda el azúcar no se convierta en alcohol y quede algo de dulce en el vino. Si la acidez de un vino es muy alta sentimos que tiene menos azúcar. Esto puede ser una mera impresión: recordemos la limonada; si le ponemos mucha azúcar, sentimos que es menos ácida. Los vinos blancos como el Riesling presentan una tensión muy estimulante entre azúcar y acidez.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Dar pocos sorbos permite saber mejor cómo es el vino. Tomar muchos sorbos anula el olfato, pues el olor prolongado se deja de percibir. A esto se le llama fatiga olfativa. También nos adaptamos a la salinidad de nuestra saliva, lo cual también influye en la percepción.</p>



<p class="wp-block-paragraph">El sommelier debe oler todo lo que se encuentre a su alcance y ponerle nombre. Dice Bosker que: “El lenguaje nos ayuda a jerarquizar y recordar experiencias pasadas (…). Unir nombres a un olor hace que ese aroma sea más intenso, reconocible y con una carga emocional. ‘Ancla la memoria’, me dijo un investigador. Si no tenemos el vocabulario para describir una experiencia, nuestra lucha para expresar ese encuentro en palabras corrompe nuestra impresión de la misma, fenómeno que se conoce como ensombrecimiento verbal”. (p. 151)</p>



<p class="wp-block-paragraph">Los sommeliers necesitan un vocabulario amplio, metafórico y referencial: frutas, flores, especias, minerales, madera, tierra, situaciones, etc. Necesitan reconocer los olores del mundo en el buqué del vino. Poner un nombre a una sensación puede hacer que esa sensación se vuelva perceptivamente más accesible. Ellos deben aprender a prestar atención y desarrollar un vocabulario sensorial para establecer asociaciones entre sensaciones, olores y recuerdos.</p>



<p class="wp-block-paragraph">En el libro, Bosker dice que oyó a un sommelier decir: “Creo que en este vino hay un poco de Brett, un carácter animal, de establo, terroso. Esa frase gritaba Burdeos, donde Brett (abreviatura de la levadura <em>Brettanomyces</em>) con frecuencia le da al vino el perfume del sudor de los caballos pura sangre, que puede ser tanto un sabor como un defecto”. (p. 58)</p>



<p class="wp-block-paragraph">Y en otra página dice: “El gusto y el olfato son experiencias subjetivas, y usar la metáfora y la poesía a menudo daba más justicia a mi experiencia personal con los vinos. Técnicamente hablando, un Chenin Blanc a menudo olía a manzana asada, melaza, jengibre y paja húmeda. En lo personal, siempre lo reconocí porque un olfateo me hizo pensar en una oveja mojada sosteniendo una piña. El olor de un hombre francés sudoroso en el aeropuerto significaba que tal vez estaba olfateando un Burdeos. El aroma de la colonia de mi abuelo —ácido, un poco mentolado— me indicaba un Cabernet Franc. Mi recreo en la infancia, el otoño, las hojas húmedas, la suciedad, era un Pinot Noir”. (p. 166)</p>



<p class="wp-block-paragraph">Para ir a catar vinos nadie se debe perfumar, dice Bosker. Tampoco para ir a comer a un restaurante, digo yo (o hacerlo con tal moderación que solo se perciba al acercarse a la piel). El perfume interfiere con el olor del vino y de la comida.</p>



<p class="wp-block-paragraph">En el proceso de juzgar el vino intervienen fuertemente otras variables:</p>



<ul class="wp-block-list">
<li><strong>El costo del vino:</strong> lo que pagaste por la botella.</li>



<li><strong>La expectativa:</strong> o sea, lo que esperas según lo que te han hablado y lo que sabes sobre el vino que vas a probar. Dice Bosker que al interactuar en nuestro círculo social, absorbemos señales sobre cosas que debemos celebrar con el fin de ganar la aceptación de nuestros pares. Tratamos de admirar lo que nos hace admirables.</li>



<li><strong>La comida:</strong> con la que estamos acompañando el vino (esa palabra, <em>maridaje</em>, que indica que hay sabores que combinan mejor que otros, como el bocadillo con el quesito, digo yo).</li>



<li><strong>Las personas presentes:</strong> que pueden hacer del momento una gran fiesta o un momento romántico y memorable.</li>



<li><strong>El estado mental y las contingencias:</strong> tener sed, estar llenos, estar nerviosos y relajarse con la primera copa de vino, estar triste y ponerse más triste, haberse tomado una limonada antes.</li>



<li><strong>Los gustos personales:</strong> pues no a todo el mundo le gustan los mismos olores ni los mismos sabores.</li>



<li><strong>La genética:</strong> hay personas que no huelen el queso azul o la malta, mientras que otras, con unas pocas moléculas en el aire, arrugan la nariz.</li>



<li><strong>El lugar, el entorno:</strong> estar frente al mar o frente a unas montañas enormes, el cielo azul, la luz brillante o un día de lluvia. La comida bien servida, en vajilla hermosa, cubiertos perfectos, mantel impecable, sabe mejor. Esto todos lo hemos experimentado.</li>



<li><strong>La jerarquía del sommelier:</strong> es algo muy influyente. Si una persona experta nos dice que vamos a probar el mejor vino de nuestra vida, eso va a influenciar nuestra percepción. Se han hecho experimentos que muestran que las personas aprecian de una manera notablemente diferente la Coca-Cola de la Pepsi si la beben de los frascos originales con la marca. Imaginemos ahora que estamos en el desierto con mucha sed: esta es la circunstancia personal.</li>
</ul>



<p class="wp-block-paragraph">Esto de que las variables pueden influir en la percepción va más lejos: “Charles Spence, psicólogo de la Universidad de Oxford, ha demostrado que los colores afectan los sabores, los sonidos afectan los olores y las miradas afectan las sensaciones táctiles que registramos. El sabor no solo está determinado por lo que saboreamos y olemos, sino también por lo que escuchamos y sentimos”. (p. 126)</p>



<p class="wp-block-paragraph">Cuando el color del vino tinto es más rojo, la gente cree que sabe más que si el tono es claro.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Aplicado al mundo en general, al mundo del arte, al mundo de las sensaciones, tenemos una capacidad biológica para percibir colores, formas, sonidos, olores, ritmos, simetrías, etc., pero no vemos simplemente lo que está delante de nosotros; vemos en un contexto, con unas expectativas y una experiencia que varían de una persona a otra. Así que la capacidad de apreciar no es completamente innata ni completamente cultural: se construye mediante la interacción entre nuestro aparato perceptivo, el aprendizaje, la atención, el lenguaje y la experiencia. La cultura adiestra de una manera especial el aparato perceptivo, hasta producir diferencias grandes entre los individuos. Hay expertos en cada campo de la cultura humana. Ellos se equivocan, sí; se equivocan en sus apreciaciones y con el vino, pues es muy difícil de apreciar, pero de que saben más y de que aprecian mejor, no hay duda.</p>



<p class="wp-block-paragraph"></p>
]]></content:encoded>
        <author>Ana Cristina Vélez Caicedo</author>
                    <category>Catrecillo</category>
                <guid isPermaLink="false">https://blogs.elespectador.com/?p=133009</guid>
        <pubDate>Sun, 13 Sep 2026 13:48:05 +0000</pubDate>
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        <title>Perfumes como arte</title>
        <link>https://blogs.elespectador.com/actualidad/catrecillo/perfumes-como-arte/</link>
        <description><![CDATA[<p>La memoria olfativa es profunda y de una intensidad innegable. Nos permite evocar el pasado con mayor precisión que una imagen o una canción, y muestra una destacada resistencia al olvido. Quizá esto responda a que el olfato humano es un sentido relativamente débil que no se contamina con «ruido», lo que evita que el [&hellip;]</p>
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<p class="wp-block-paragraph">La memoria olfativa es profunda y de una intensidad innegable. Nos permite evocar el pasado con mayor precisión que una imagen o una canción, y muestra una destacada resistencia al olvido. Quizá esto responda a que el olfato humano es un sentido relativamente débil que no se contamina con «ruido», lo que evita que el recuerdo se distorsione. Aunque el universo de los aromas posee un enorme poder emocional, su valor y significado dependen de las experiencias personales de cada individuo.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Edmond Roudnitska (1905–1996), uno de los grandes perfumistas del siglo XX, creador de las fragancias famosas, <em>Eau Sauvage</em> y <em>Diorissimo</em>, escribió un libro <em>La estética en cuestión: una introducción a la estética del olfato</em> (1977) en el cual defiende la tesis de que el arte de la perfumería es una disciplina estética del mismo nivel de cualquier otra. Para Roudnitska el olfato procesa la información detectando armonías y composiciones en las fragancias, y la meta de un creador de perfumes, además de gustar, es evocar emociones, provocar el intelecto y perdurar en la memoria. El perfumista francés estaba convencido de que los perfumes, así como las obras de arte, deberían tener derechos de autor o propiedad intelectual artística.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Su tesis se apoya en ideas que van en paralelo con los criterios que menciono en mi libro <em>El arte al desnudo.</em> Estoy de acuerdo con él, y vale anotar que si no todos los reinos entran en el mundo del arte se debe la definición del arte mismo y a que hay reinos donde muy pocas personas están en la capacidad de valorar sus objetos. Estas son sus ideas:</p>



<p class="wp-block-paragraph">Cada perfume es una obra. El creador debe producir un objeto nuevo, una forma olfativa inédita. Los perfumes no son la mera suma de ingredientes olorosos. El artefacto, producto de la habilidad humana, requiere conocimiento técnico, destreza, creatividad, gusto y un evaluador experto. La forma final no reside en los ingredientes de manera independiente.</p>



<p class="wp-block-paragraph">El perfume es arte abstracto. No representa objetos visuales, sino sensaciones y emociones; como disciplina artística, guarda mayor semejanza con la música.</p>



<p class="wp-block-paragraph">El perfumista es un compositor. No es simplemente alguien dotado de una nariz excepcional. La creación implica el uso de la imaginación, la intuición, el conocimiento técnico (el cual no es simple ni fácil), la memoria olfativa, la capacidad de establecer relaciones y proporciones, y un juicio basado en el gusto olfativo. El perfumista es quien diseña una experiencia sensorial.</p>



<p class="wp-block-paragraph">La estética del perfume está en la relación y en las proporciones de los ingredientes. Un componente puede ser magnífico de forma aislada y, sin embargo, resultar deficiente dentro de una composición determinada. La estética no radica necesariamente en las cualidades sensoriales individuales, sino en la organización y calibración de esas cualidades.</p>



<p class="wp-block-paragraph">La obra es algo nuevo y único. Un perfume no tiene por qué aludir al olor de la rosa o del eucalipto; puede evocar la idea del mar, del cielo o del color rojo. Su aroma puede no haber existido jamás.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Para apreciar un perfume se necesita conocimiento. Al igual que ocurre con las artes plásticas, la información percibida varía según quien la contemple. Un experto en pintura abstracta ve en un lienzo de Mark Rothko lo que un lego no logra percibir. En perfumería, el experto debe ser capaz de notar la aparición y desaparición de notas, los contrastes, la continuidad, la transformación, el equilibrio, la intensidad, el ritmo temporal y la relación entre las partes y el todo. Las fragancias se despliegan en el tiempo, cambian a medida que sufren una secuencia de reacciones químicas en el aire y sobre la piel.</p>



<p class="wp-block-paragraph">En consecuencia, los perfumes no solo producen placer: en ellos existe una organización intencional de cualidades capaz de alcanzar originalidad, capacidad de persuasión, coherencia, extravagancia, improbabilidad y asombro. Para experimentar una composición olfativa como obra de arte necesitamos reconocer las relaciones entre sus componentes, y eso exige entrenamiento. Esto explica por qué pocos han escuchado a Roudnitska: no existe una comunidad especializada lo suficientemente amplia como para consolidar esta nueva rama del arte. Quienes están entrenados son muy pocos; este es un mundo en el que los legos apenas asomamos la nariz, cuando deberíamos involucrar el intelecto, dado que el olfato es educable. Los perfumistas y los <em>sommeliers</em> no tienen necesariamente un epitelio nasal distinto, sino una corteza cerebral más desarrollada que les permite categorizar, mapear e identificar olores (memoria olfativa).</p>



<p class="wp-block-paragraph"><strong>Anexo</strong></p>



<p class="wp-block-paragraph">Existen varios sitios en internet que venden perfumes de sello independiente, y algunos de los vendedores se identifican como artistas y su producto como “arte olfativo”. Véase, por ejemplo, el sitio de Lynne M. Zaun en <a href="http://www.FragranceBySesso.com">www.FragranceBySesso.com</a>. Nobi Shioya, dicho sea de paso, vende algunas de las fragancias de su serie 7S en el sitio web de la pequeña empresa de fragancias que cofundó en Brooklyn, Nueva York, llamada S-Perfume. La página de inicio de esta casa de perfumes se titula “Mind-blowing scents and Olfactory Art” y presenta obras antiguas y nuevas de varios de los perfumistas que trabajaron en el 7S de Shioya.</p>
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        <author>Ana Cristina Vélez Caicedo</author>
                    <category>Catrecillo</category>
                <guid isPermaLink="false">https://blogs.elespectador.com/?p=132570</guid>
        <pubDate>Sun, 30 Aug 2026 14:26:27 +0000</pubDate>
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                <media:description type="plain"><![CDATA[Perfumes como arte]]></media:description>
                <media:credit role="author" scheme="urn:ebu">Ana Cristina Vélez Caicedo</media:credit>
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        <title>Breve alquimia de las fragancias</title>
        <link>https://blogs.elespectador.com/actualidad/catrecillo/breve-alquimia-de-las-fragancias/</link>
        <description><![CDATA[<p>Cuando los humanos descubrimos el fuego, descubrimos el perfume, porque al quemar ciertas maderas, resinas y hojas se libera un delicioso olor. La palabra «perfume» proviene del latín per fumum, que significa «a través del humo». Que sepamos, en el antiguo Egipto y en Mesopotamia, en el 3000 a.C., ya se hacían perfumes mediante destilación [&hellip;]</p>
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        <content:encoded><![CDATA[
<p class="wp-block-paragraph">Cuando los humanos descubrimos el fuego, descubrimos el perfume, porque al quemar ciertas maderas, resinas y hojas se libera un delicioso olor. La palabra «perfume» proviene del latín <em>per fumum</em>, que significa «a través del humo». Que sepamos, en el antiguo Egipto y en Mesopotamia, en el 3000 a.C., ya se hacían perfumes mediante destilación y maceración de flores mezcladas con bálsamos, canela, y aceites. Las fragancias provenían de las resinas quemadas, los aceites impregnados, las pomadas y las grasas perfumadas.</p>



<p class="wp-block-paragraph">En la Antigüedad, perfumar el espacio era tan importante como perfumar la piel. Hoy, hasta cierto punto, deseamos espacios más desodorizados. Se imagina uno que el espacio doméstico en el mundo antiguo olía fuertemente a animales domésticos, a olores corporales humanos y a restos de comida. El interés por mejorar el olor debía ser imperativo.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Para ambientar un lugar con aroma, lo más sencillo es quemar hojas, como las del eucalipto, o maderas que huelan bien, como el palo santo o <em>Bursera graveolens</em>. El incienso es una forma menos elemental, pero todavía rudimentaria. Es muy sencillo de hacer: con goma arábiga se aglutina una resina, usualmente la resina del árbol Boswellia u olíbano, se mezcla con maderas y plantas secas que posean un buen aroma, como el sándalo o el pachulí, entre otros, y se arman palitos o esferas para quemarlos en un sahumerio o incensario.&nbsp;</p>



<p class="wp-block-paragraph">Destilar al vapor fue un tarea que llegó más tarde en la historia de los perfumes, y la mezcla de destilados y alcohol es un descubrimiento o invento aún más reciente. El <em>agua de rosas</em>, —un destilado de los aceites esenciales de los pétalos de la flor— fue un invento persa del siglo X d. C.</p>



<p class="wp-block-paragraph">El proceso de destilación tiene varios pasos. El primero consiste en utilizar el vapor de agua a presión para que atraviese las plantas o maderas y rompa las membranas celulares sin degradar la estructura química de los productos aromáticos; luego se condensa la mezcla de vapor y aceites, y finalmente se decanta, aprovechando que el agua es más densa que el aceite. Por último, se añaden fijadores y alcohol. El papel del alcohol es lograr que la sustancia se evapore rápidamente al entrar en contacto con la piel, proyectando las moléculas hacia el aire para que, ¡olé!, se esparza el aroma.</p>



<p class="wp-block-paragraph">En Europa, alrededor de 1370 d.C., se elaboró el primer perfume moderno a base de alcohol. Se llamó Agua de la Reina de Hungría. No era denso ni resinoso, como los perfumes orientales; poseía un olor nuevo, fresco y herbal.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Hoy, la industria del perfume es exitosa y millonaria, se valora en 57.000 millones de dólares. Francia es el mayor productor y exportador de perfumes del mundo, seguido de España. Sus laboratorios de química fina son ultramodernos y sus campos de jazmín, rosa centifolia y lavanda abastecen la producción de alta gama. No es coincidencia que el centro de la moda este allí también.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Son tres los ingredientes básicos de los perfumes: los concentrados aromáticos, que son el alma de la fragancia; el medio en el que se diluyen, usualmente el alcohol; y los estabilizadores, que son antioxidantes y filtros UV para que la luz no los degrade.&nbsp;</p>



<p class="wp-block-paragraph">Veamos las esencias y concentrados aromáticos. En la actualidad no es necesario que su origen sea natural, pues también se producen sintéticamente.</p>



<ul class="wp-block-list">
<li><strong>Los naturales:</strong>
<ul class="wp-block-list">
<li>De las flores: rosa, jazmín, tuberosa (nardo), lavanda, ylang-ylang.</li>



<li>De maderas y cortezas: sándalo, cedro, pachulí, vetiver, agarwood (oud).</li>



<li>De frutos y cítricos: bergamota, limón, mandarina, pomelo, naranja.</li>



<li>De resinas y bálsamos: mirra, incienso, benzoin, ládano.</li>



<li>De especias y semillas: pimienta, canela, cardamomo, vainilla, haba tonka.</li>



<li>De hojas y hierbas: menta, romero, tomillo, violeta.</li>
</ul>
</li>



<li><strong>Los sintéticos:</strong>
<ul class="wp-block-list">
<li>Aldehídos: Compuestos orgánicos sintéticos que aportan frescura, sensación &#8220;jabonosa&#8221; o chispeante (lo posee el famoso <em>Chanel N°5</em>).</li>



<li>Fijadores sintéticos: como los almizcles sintéticos (galaxolide, habanolide) o el <em>ambroxan</em>, que reemplazan a los antiguos ingredientes de origen animal (como el almizcle de ciervo o el ámbar gris de ballena, que hoy están prohibidos o en desuso por razones éticas).</li>



<li>Aromas abstractos: olores inventados que recuerdan situaciones como el olor a lluvia/mar, lirio de los valles, la lila. Se crean en laboratorio, escogiendo, mezclando y descartando.</li>
</ul>
</li>
</ul>



<p class="wp-block-paragraph">La diferencia en la categoría y el costo de los perfumes y sus derivados —suponiendo que se trate de la misma cantidad— depende de su concentración. Del más costoso al menos están el extracto de perfume, que posee una concentración máxima del 40 % y el aroma dura en el cuerpo 8 horas o más; el <em>eau de Parfum</em> o agua de perfume, con un máximo del 20 % de concentración y dura entre 5 y 8 horas; el <em>eau de Toilette</em> con un máximo de concentración del 15 % y dura entre 3 y 5 horas; y por último, el <em>eau de Cologne</em>, con un máximo del 4 % de concentración y su duración es de 1 a 2 horas.</p>



<figure class="wp-block-image size-full"><img decoding="async" width="405" height="539" src="https://blogs.elespectador.com/wp-content/uploads/2026/08/image-2.png" alt="" class="wp-image-132406" srcset="https://blogs.elespectador.com/wp-content/uploads/sites/2/2026/08/image-2.png 405w, https://blogs.elespectador.com/wp-content/uploads/sites/2/2026/08/image-2.png?resize=225,300 225w" sizes="(max-width: 405px) 100vw, 405px" /></figure>



<p class="wp-block-paragraph">Los grandes clásicos de la perfumería femenina son: Chanel Nº 5 (Chanel, 1921), Shalimar (Guerlain, 1925), L’Air du Temps (Nina Ricci, 1948), Opium (Yves Saint Laurent, 1977), Poison (Dior, 1985), Angel (Mugler, 1992), L’Eau d’Issey (Issey Miyake, 1992), J’adore (Dior, 1999), Coco Mademoiselle (Chanel, 2001), Light Blue (Dolce &amp; Gabbana, 2001), La Vie Est Belle (Lancôme, 2012) y Black Opium (Yves Saint Laurent, 2014).</p>



<p class="wp-block-paragraph">Los grandes clásicos de la perfumería masculina son: Pour Un Homme (Caron, 1934), Vetiver (Guerlain, 1959), Habit Rouge (Guerlain, 1965), Eau Sauvage (Dior, 1966), Pour Homme (Paco Rabanne, 1973), Kouros (Yves Saint Laurent, 1981), Polo Green (Ralph Lauren, 1978), Fahrenheit (Dior, 1988), Cool Water (Davidoff, 1988), Le Male (Jean Paul Gaultier, 1995), Acqua di Giò (Giorgio Armani, 1996), Homme (Dior, 2005) y Terre d&#8217;Hermès (Hermès, 2006).</p>



<p class="wp-block-paragraph">Cuando compras un perfume estás comprando el sueño de ser irresistiblemente atractivo. La fragancia encarna atributos como la sofisticación, el misterio, la sensualidad o el poder. El aroma se convierte en un catalizador del &#8220;yo ideal&#8221;. La promesa oculta es la inmortalidad en la memoria del otro: el deseo de que tu ausencia siga oliendo a ti.</p>
]]></content:encoded>
        <author>Ana Cristina Vélez Caicedo</author>
                    <category>Catrecillo</category>
                <guid isPermaLink="false">https://blogs.elespectador.com/?p=132405</guid>
        <pubDate>Sun, 23 Aug 2026 15:50:48 +0000</pubDate>
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                <media:description type="plain"><![CDATA[Breve alquimia de las fragancias]]></media:description>
                <media:credit role="author" scheme="urn:ebu">Ana Cristina Vélez Caicedo</media:credit>
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        <item>
        <title>Oler el mundo y pertenecer al mundo</title>
        <link>https://blogs.elespectador.com/actualidad/catrecillo/oler-el-mundo-y-pertenecer-al-mundo/</link>
        <description><![CDATA[<p>Es muy poca la atención que le prestamos al sentido del olfato. El COVID nos dejó una lección y ahora lo apreciamos de otra manera. Vivir sin él es deprimente, pues se pierde en gran medida el contacto con la realidad, además del placer de comer. Sin el olfato, los alimentos se vuelven insípidos, como [&hellip;]</p>
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        <content:encoded><![CDATA[
<p class="wp-block-paragraph">Es muy poca la atención que le prestamos al sentido del olfato. El COVID nos dejó una lección y ahora lo apreciamos de otra manera. Vivir sin él es deprimente, pues se pierde en gran medida el contacto con la realidad, además del placer de comer. Sin el olfato, los alimentos se vuelven insípidos, como si comiéramos agua o cartón. Si bien la lengua sigue aportando información —nos dice si algo es salado, dulce, amargo o ácido— y en la boca experimentamos lo frío, helado, caliente, tibio, seco, astringente, crujiente, polvoroso, arenoso, pegajoso o chicloso, nos quedamos sin el verdadero matiz de los sabores.</p>



<figure class="wp-block-image size-full"><img decoding="async" width="640" height="480" src="https://blogs.elespectador.com/wp-content/uploads/2026/08/image-1.png" alt="rosas olorosas" class="wp-image-132194" srcset="https://blogs.elespectador.com/wp-content/uploads/sites/2/2026/08/image-1.png 640w, https://blogs.elespectador.com/wp-content/uploads/sites/2/2026/08/image-1.png?resize=300,225 300w" sizes="(max-width: 640px) 100vw, 640px" /></figure>



<p class="wp-block-paragraph">También se pierde una dimensión fundamental de la relación con nuestro propio cuerpo: desconocemos si estamos sudados, si olemos a pecueca, si tenemos buen aliento, si el cabello huele a grasa o la ropa mal. En consecuencia, ignoramos si resultamos agradables o no para los demás. Preferimos la compañía de alguien que huele bien y rechazamos a quien apesta. Cuando no olemos a nuestra pareja, se esfuma una parte del placer que produce su cercanía. Una amiga mía dice que se casó con su marido porque le olía a albahaca, y a un amigo lo conquistó su novia gracias a su irresistible aroma de «ropita recién planchada». Los bebés, por su parte, despiden un aroma inefable que nos impide desampararlos.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Estar privado del olfato es estar verdaderamente alienado: el mundo se aleja y dejamos de formar parte de él. Ni siquiera nos poseemos a nosotros mismos.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Si pensamos en los placeres olfativos, a muchos se nos vienen a la mente el aroma del café, de las tostadas, del pan caliente, del hogao, de la arepa, del huevo frito en cacerola o de la mantequilla derretida. Más tarde o temprano, según el momento del baño, aparecen las fragancias del jabón, del champú, del talco para los pies o del perfume (al cual le dedicaré una entrada completa en este blog). También está el olor a cuero de los zapatos o del bolso; y, al mirar hacia el suelo, el aroma del Sampic o del limpiador&#8230; aunque si la trapeadora no se secó bien, surge ese tufo asqueroso a trapo podrido.</p>



<p class="wp-block-paragraph">En los hoteles aromatizan el <em>hall</em> de entrada para transmitir tranquilidad y lograr que los clientes sean más benevolentes en sus juicios. Asimismo, hay quienes hornean galletas cuando van a mostrar un apartamento o la casa que desean vender.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Pensemos ahora en lo que nos brinda la naturaleza: siento dicha al recordar el indescriptible olor salado a brisa marina o el del pasto recien cortado; o, en la noche, el aroma del jazmín, los azahares del naranjo y la tierra húmeda al llover. Durante el día nos acompañan las rosas, el eucalipto, la canela, el romero y el pino. Algunas frutas son tan aromáticas que perfuman literalmente una casa entera: el melón floreado (muy común hace 40 años en Santa Fe de Antioquia), la guayaba (que evoca olor a mujer) y los duraznos maduros.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Por otro lado, el asco que provocan los malos olores es contagioso. Cuando alguien a nuestro lado lo exterioriza, puede transmitírnoslo o generarnos inquietud antes de que lo experimentemos por cuenta propia. Los aromas desagradables provocan náuseas y se fijan en la memoria durante un buen rato. Nos provocan tal aversión que, incluso tras alejarnos de una mortecina, sentimos horas más tarde que seguimos oliéndola. Lo mismo ocurre con el formol o con la mierda de perro en el tacón del zapato; de estos últimos se llega a pensar que es mejor botarlos, pues creemos detectar las moléculas del mal olor días después, a pesar de haberlos lavado muy bien.</p>



<p class="wp-block-paragraph">El sistema límbico profundo procesa directamente el olfato. De hecho, es el único de los cinco sistemas sensoriales que conecta la vía receptora sin intermediarios con la zona de procesamiento cerebral. Los mensajes de los demás sentidos (vista, oído, tacto y gusto) deben pasar por una «estación de relevo» antes de ser enviados a su destino final. Por esta razón, los olores generan un impacto tan inmediato en nuestras emociones: nos atraen (mente y cuerpo) o nos repelen de un golpe.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Es un placer hacer una lista de los olores buenos que reconocemos, hasta pensar en ellos da dicha. Las multimillonarias industrias de la perfumería y los desodorantes basan todo su éxito en esta capacidad del olfato para evocar sentimientos placenteros y sentirnos atraídos por ellos.</p>
]]></content:encoded>
        <author>Ana Cristina Vélez Caicedo</author>
                    <category>Catrecillo</category>
                <guid isPermaLink="false">https://blogs.elespectador.com/?p=132190</guid>
        <pubDate>Sun, 16 Aug 2026 15:36:12 +0000</pubDate>
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                <media:credit role="author" scheme="urn:ebu">Ana Cristina Vélez Caicedo</media:credit>
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        <item>
        <title>Larry Shiner y la invención del arte</title>
        <link>https://blogs.elespectador.com/actualidad/catrecillo/larry-shiner-y-la-invencion-del-arte/</link>
        <description><![CDATA[<p>Larry Shiner es un filósofo del arte de la Universidad de Illinois, en Springfield. Desde 1980, sus intereses se han centrado en cuestiones de filosofía del arte y la estética. Su enfoque es interdisciplinario, en lugar de puramente filosófico, y hace énfasis en una perspectiva analítica influenciada por el pragmatismo. Shiner escribió un libro extraordinario, [&hellip;]</p>
]]></description>
        <content:encoded><![CDATA[
<p class="wp-block-paragraph">Larry Shiner es un filósofo del arte de la Universidad de Illinois, en Springfield. Desde 1980, sus intereses se han centrado en cuestiones de filosofía del arte y la estética. Su enfoque es interdisciplinario, en lugar de puramente filosófico, y hace énfasis en una perspectiva analítica influenciada por el pragmatismo. Shiner escribió un libro extraordinario, en el que trabajó más de diez años, titulado <em>La invención del arte: Una historia cultural</em> (<em>The Invention of Art: A Cultural History</em>, Chicago: University of Chicago Press, 2001)<a href="#_edn1" id="_ednref1">[i]</a>. En este libro hace un recuento de cómo se ha entendido en distintas épocas el concepto de «arte» para llegar a varias conclusiones. Comparto con él la siguiente: la «idea de arte» que tenemos cada uno de nosotros <strong>es otra invención más</strong>, probablemente equivocada, porque la idea que prevalece en la cultura occidental es la que nos dejaron los filósofos occidentales del siglo XVIII; una definición caprichosa —tan caprichosa como lo han sido las anteriores—.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Aclaro que mis ideas alrededor del tema del arte (su definición, razón de ser y sentido) —aunque consideran seriamente algunas propuestas del libro se Shiner— son distintas de las suyas. Aquí, en este texto, hablaré de las ideas de Shiner. Haré una lista de supuestos sobre el arte que la mayoría de la gente da por ciertos, pero que no son verdad en todos los casos y, a veces, en ninguno (y en los que coincido con él):</p>



<ol start="1" class="wp-block-list">
<li>Que el arte es una esencia que poseen algunos objetos y no otros.</li>



<li>Que el arte se encuentra en cierto tipo de actividades, pero no en otras; por ejemplo: bailar, cantar, esculpir, pintar o tocar un instrumento, pero no jugar yoyó, saltar la cuerda, hacer zapatos, la jardinería, la cerámica o la física y las matemáticas.</li>



<li>Que el arte demanda una contemplación desinteresada.</li>



<li>Que el arte no debe tener ninguna función; o sea, que no debe servir para nada.</li>



<li>Que el arte debe estar relacionado con la belleza.</li>



<li>Que es normal que el arte exista en un mundo elitista.</li>
</ol>



<p class="wp-block-paragraph">En su libro, Shiner dice que la definición del arte y lo que esto implica ha variado en el tiempo y en las culturas; nunca ha sido un concepto universal. Sostiene que se trata de un concepto en constante transformación, pues cada momento histórico específico lo ha definido según sus necesidades y convenciones y, por lo tanto, debe ser reinventado para ajustarse a nuevos contextos, inventos y necesidades. Según él, el «sistema moderno del arte» es una construcción histórica.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Menciona que los museos y las élites del arte (como galerías, revistas y marchantes) han mantenido los productos artísticos fuera del alcance de la gente común, y se han encargado de que las personas sientan que «no lo entienden»; y, añado yo, de hacer que los precios sean tan astronómicos que solo los ricos los puedan adquirir. El mundo del comercio ha influenciado muchísimo el cómo se ven y cómo se manejan las artes para sacarles el máximo provecho económico posible.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Shiner muestra que la separación entre arte, artesanía y artes populares solo existe desde hace doscientos años. Nos presenta registros históricos que demuestran cómo antes del siglo XVIII el arte y la artesanía estaban unidos en un solo concepto: el del saber hacer (<em>ars</em> / <em>techné</em>), orientado al uso, la devoción o el ritual.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Dice que a pesar de que movimientos como el Dadaísmo, el <em>Pop Art</em> o el Arte Conceptual intentaron disolver la frontera entre el arte y la vida cotidiana, el mercado del arte, los museos y la crítica profesional terminaron absorbiendo e institucionalizando estas rupturas, convirtiendo la mismísima rebelión contra el «objeto de arte» en nuevas mercancías y piezas de exhibición.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Así que Shiner nos propone romper con las falsas dicotomías: la de artista y artesano; la de contemplación desinteresada versus utilidad o funcionalidad; y la de arte culto versus arte popular. Sobre todo, a Shiner le molesta que las artes domésticas, las músicas populares y los oficios tradicionales sean relegados a categorías de «artes inferiores» (su sueño de que cambien de estatus se está haciendo realidad en Instagram, en mi opinión).</p>



<p class="wp-block-paragraph">Comparto con Shiner la idea de que la categoría de arte, tal como la entendemos hoy, es una invención cultural. No obstante, hay algo que nos ocurre a todos los humanos, lo nombremos o no: nos sorprendemos, encantamos, apegamos y exaltamos frente a cualquier objeto o comportamiento que alcance un óptimo dirigido hacia una función o característica, o un óptimo respecto a otros elementos de su misma categoría (no comparamos una sonata con un edificio). Esto no es cultural; todos los humanos —del pasado y del presente— estamos programados para sentir dicha, asombro y apego ante las cosas excelsas.</p>



<p class="wp-block-paragraph">El techo de la mezquita Isfahan, en Irán.</p>



<figure class="wp-block-image size-full"><img loading="lazy" decoding="async" width="640" height="780" src="https://blogs.elespectador.com/wp-content/uploads/2026/08/image.png" alt="" class="wp-image-131996" srcset="https://blogs.elespectador.com/wp-content/uploads/sites/2/2026/08/image.png 640w, https://blogs.elespectador.com/wp-content/uploads/sites/2/2026/08/image.png?resize=246,300 246w" sizes="auto, (max-width: 640px) 100vw, 640px" /></figure>



<hr class="wp-block-separator has-alpha-channel-opacity" />



<p class="wp-block-paragraph"><a href="#_ednref1" id="_edn1">[i]</a>En un segundo libro escrito por Shiner, <em>Art Scents: Exploring the Aesthetics of Smell and the Olfactory Arts</em>, él explica a profundidad por qué debe existir un arte para apreciar con el sentido del olfato y no solo con la vista y el oído. Shiner abre aún más las puertas del mundo del arte, lo cual es interesante.</p>
]]></content:encoded>
        <author>Ana Cristina Vélez Caicedo</author>
                    <category>Catrecillo</category>
                <guid isPermaLink="false">https://blogs.elespectador.com/?p=131995</guid>
        <pubDate>Sun, 09 Aug 2026 15:37:42 +0000</pubDate>
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                <media:description type="plain"><![CDATA[Larry Shiner y la invención del arte]]></media:description>
                <media:credit role="author" scheme="urn:ebu">Ana Cristina Vélez Caicedo</media:credit>
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        <item>
        <title>A Gentle Counterpoint Between the Books: *What Art Does: An Unfinished Theory* and *Undressing the Arts* </title>
        <link>https://blogs.elespectador.com/actualidad/catrecillo/a-gentle-counterpoint-between-the-books-what-art-does-an-unfinished-theory-and-undressing-the-arts-2/</link>
        <description><![CDATA[<p>Part Two The authors Brian Eno and Bette A. say in their book titled *What Art Does: An Unfinished Theory* that what happens in your mind when you see a piece of art has to do with your experiences and with the culture in which you live. Without a doubt, art happens depending on knowledge, [&hellip;]</p>
]]></description>
        <content:encoded><![CDATA[
<p class="wp-block-paragraph">Part Two</p>



<p class="wp-block-paragraph">The authors Brian Eno and Bette A. say in their book titled *What Art Does: An Unfinished Theory* that what happens in your mind when you see a piece of art has to do with your experiences and with the culture in which you live. Without a doubt, art happens depending on knowledge, life experiences, and what we call judgment, which is affected by the two factors mentioned above.</p>



<p class="wp-block-paragraph">The meanings of art, they say, do not remain fixed: they are fluid, not eternal, and vary across time and space. Yes, that is so, for the reasons just mentioned; except that, sometimes, the piece categorized as art is so extraordinary, so far outside the norm, that centuries pass and all human beings—or almost all of us—remain perplexed when looking at, listening to, or contemplating the work. Examples of this include the pyramids of Egypt, Michelangelo’s *David*, Johann Sebastian Bach’s *Partita for Solo Violin No. 2 in D Minor, BWV 1004*, or *The Odyssey*. There are arts that are art only for a particular group, such as the tea ceremony in Japan; there are arts that last a day, such as mandalas made with colored sands, and arts that last for centuries, such as the bisons in the Altamira Cave. Living beings are like art: there are insects that live for only a few hours, animals such as tortoises that live for 200 years, and trees that last 3,000 years or more.</p>



<p class="wp-block-paragraph">At no point do they claim that, because of this, one can conclude that art has no essence. There is no such thing. Art is a category that arises from the judgment we human beings make and that varies over time and across cultures; what it has of permanence depends on the structure of our brains and on the fact that there are objects that have reached such a high level of perfection that they are difficult to surpass.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Where does art begin? They believe it begins in play. Children play, and in their minds reality and fiction intermingle. All young animals play, and human beings are the ones who play most of all animals. To play is to make an imaginary world part of one’s own reality; for a while, it allows us to devise a plan, such as embodying others: being villains or charitable people, kings or slaves. For Eno and Bette A., art is the continuation of play, but in adult life.</p>



<p class="wp-block-paragraph">I disagree with them. Although there is an aspect of play in all creation and it is impossible to define precisely where one begins and the other ends, it is not because we play that we arrive at works of art. In my book, I explain it this way: “The human brain is equipped with adaptations for understanding, learning, carrying out actions of various kinds, optimizing what has been learned, and making judgments. When we have optimized an object or a behavior, and in judging it we realize that we have achieved something above the norm, the category of art emerges. When this happens, we experience a visceral sensation of wonder, perplexity, attachment, aesthetic emotion, joy, passion, certainty—a great variety of positive emotions that we correlate with everything we call artistic.”</p>



<p class="wp-block-paragraph">On the other hand, they propose that the reader engage in an exercise of introspection and “catch themselves feeling,” in order to discover what moves them, what surprises them, or what overwhelms them in a piece of music, or what unsettles them in a novel. One should stop and think about why sometimes one does not want to leave the world existing in a novel or a film; ask oneself what causes that moment when one feels that a flame burns or ignites inside. Through the different art forms, one can investigate the emotions we like and how to produce them in ourselves. That is not art, but it is useful.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Art is like a cloud, they say: a reservoir of shared experiences that offers us ways to transmit complex sensations and ideas to one another; it is the blood, the life, the lubricant of the community’s circulatory system. Civilization is shared imagination. Art allows us to open ourselves to others and feel in unison. Art builds communities.</p>



<p class="wp-block-paragraph">I maintain that music at concerts, theater, cinema, popular television series, sports such as soccer, or religions may or may not be art, but, in the same way, every shared activity serves to build community, and art becomes important if the community endorses it.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Ultimately, they propose playing and feeling in order to realize that what we need is within us, and that by using the arts we open paths to discover it. I do not dispute it: it is also a beautiful possibility!</p>



<p class="wp-block-paragraph">Eno, Brian, and Bette A. *What Art Does: An Unfinished Theory*. Faber. March 2025.&nbsp;</p>



<p class="wp-block-paragraph">Velez Caicedo, Ana Cristina. *Undressing the Arts*. Amazon 2005.</p>



<p class="wp-block-paragraph"></p>
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        <author>Ana Cristina Vélez Caicedo</author>
                    <category>Catrecillo</category>
                <guid isPermaLink="false">https://blogs.elespectador.com/?p=131811</guid>
        <pubDate>Mon, 03 Aug 2026 23:58:50 +0000</pubDate>
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                <media:description type="plain"><![CDATA[A Gentle Counterpoint Between the Books: *What Art Does: An Unfinished Theory* and *Undressing the Arts* ]]></media:description>
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        <title>Un suave contrapunto entre los libros: Qué hace el arte. Una teoría en proceso y El arte al desnudo</title>
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        <content:encoded><![CDATA[
<p class="wp-block-paragraph"><strong>Parte dos</strong></p>



<figure class="wp-block-image size-full"><img loading="lazy" decoding="async" width="606" height="811" src="https://blogs.elespectador.com/wp-content/uploads/2026/08/Screenshot-2026-07-26-113231.png" alt="" class="wp-image-131766" srcset="https://blogs.elespectador.com/wp-content/uploads/sites/2/2026/08/Screenshot-2026-07-26-113231.png 606w, https://blogs.elespectador.com/wp-content/uploads/sites/2/2026/08/Screenshot-2026-07-26-113231.png?resize=224,300 224w" sizes="auto, (max-width: 606px) 100vw, 606px" /></figure>



<p class="wp-block-paragraph">Dicen los autores Brian Eno y Bette A.<a href="#_edn1" id="_ednref1">[i]</a> &nbsp;en su libro titulado <em>Qué hace el arte. Una teoría inacabada</em> (<em>What art does. An unfinished Theory</em>) que lo que ocurre en tu mente cuando ves una pieza de arte tiene que ver con tus experiencias y con la cultura en la cual vives. Sin duda alguna; el arte ocurre dependiendo del conocimiento, de las vivencias y de lo que llamamos criterio, el cual se ve afectado por los dos factores anteriores.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Los significados del arte dicen ellos, no se mantienen: son fluidos, no son eternos y varían en el tiempo y en el espacio. Sí, así es, por lo acabado de mencionar; solo que, algunas veces, la pieza catalogada como arte es tan extraordinaria, tan fuera de lo normal, que pasan los siglos y todos los seres humanos —o casi todos— nos quedamos perplejos viendo, oyendo o contemplando la obra. Como ejemplo de ello están las pirámides de Egipto, el <em>David</em> de Miguel Ángel, la <em>Partita para violín n.º 2 en re menor, BWV 1004</em> de Johann Sebastian Bach o <em>La odisea</em>. Hay artes que solo lo son para un grupo, como la ceremonia del té en Japón; hay artes que duran un día, como los mandalas hechos con arenas de colores, y artes que duran siglos, como los bisontes en la cueva de Altamira. Los seres vivos son como el arte: hay insectos que viven unas pocas horas, animales como las tortugas que viven 200 años y árboles que duran 3000 años o más.</p>



<p class="wp-block-paragraph">En ningún momento afirman que, a raíz de esto, se pueda concluir que el arte no posee una esencia. No existe tal cosa. El arte es una categoría que surge del juicio que emitimos los seres humanos y que varía en el tiempo y en las culturas; lo que tiene de permanente depende de la estructura de nuestro cerebro y de que existen objetos que han llegado a un nivel de perfección tan alto que son difíciles de superar.</p>



<p class="wp-block-paragraph">¿Dónde empieza el arte? Ellos creen que empieza en el juego. Los niños juegan y en sus mentes se mezclan la realidad y la ficción. Todos los animales jóvenes juegan, y los seres humanos somos los que más jugamos entre todos los animales. Jugar es hacer que un mundo imaginario forme parte de la propia realidad; por un rato, nos permite trazar un plan, como el de encarnar a otros: ser villanos o caritativos, reyes o esclavos. Para Eno y Bette A., el arte es la continuación del juego, pero en la vida adulta.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Yo discrepo de ellos. Si bien hay un aspecto de juego en toda creación y no se puede definir con precisión dónde empieza uno y termina el otro, no es porque jugamos que llegamos a los objetos de arte. En mi libro lo explico así: «El cerebro humano está dotado de las adaptaciones para comprender, aprender, ejecutar acciones de diversa índole, <strong>optimizar lo aprendido y hacer juicios</strong>. Cuando hemos optimizado un objeto o un comportamiento, y al juzgarlo nos damos cuenta de que hemos logrado algo por encima de la norma, surge la categoría <em>arte</em>. Cuando esto ocurre, tenemos una sensación visceral de asombro, perplejidad, apego, emoción estética, dicha, pasión, certeza, una gran variedad de emociones positivas que correlacionamos con todo lo que llamamos artístico».</p>



<p class="wp-block-paragraph">Por otra parte, ellos le proponen al lector hacer un ejercicio de introspección y «pescarse sintiendo», para descubrir qué lo conmueve, qué lo sorprende o qué lo sobrecoge en una pieza de música, o qué lo trastorna en una novela. Uno debería detenerse a pensar el porqué a veces no quiere salirse del mundo existente en una novela o en una película; preguntarse qué hace que se produzca ese momento en el que uno siente que una llama arde o se enciende por dentro. A través de las distintas formas artísticas se puede investigar sobre las emociones que nos gustan y cómo producírnoslas. Eso no es arte, pero es útil.</p>



<p class="wp-block-paragraph">El arte es como una nube, dicen ellos: una reserva de experiencias compartidas que nos ofrece maneras de transmitir sensaciones complejas e ideas de los unos a los otros; es la sangre, la vida, el lubricante del sistema circulatorio de la comunidad. La civilización es imaginación compartida. El arte permite abrirse con otros y sentir al unísono. El arte construye comunidades.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Yo sostengo que la música en los conciertos, el teatro, el cine, las series de moda, los deportes como el fútbol o las religiones pueden o no ser arte, pero, de igual manera, toda actividad compartida sirve para hacer comunidad, y el arte se vuelve importante si la comunidad lo avala.</p>



<p class="wp-block-paragraph">En últimas, ellos proponen jugar y sentir para darnos cuenta de que lo que necesitamos está dentro de nosotros, y que usando las artes abrimos caminos para descubrirlo. No lo discuto: ¡es una bella posibilidad!</p>



<p class="wp-block-paragraph">Eno Brian y A Bette. <em>What art does. An unfinished Theory. </em><em>Faber.</em> Marzo de 2025.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Velez Caicedo Ana Cristina. <em>El arte al desnudo.</em> En ebook, Amazon. Julio de 2006.</p>



<figure class="wp-block-image size-large"><img loading="lazy" decoding="async" height="1024" width="698" src="https://blogs.elespectador.com/wp-content/uploads/2026/08/caratula-arte-al-desnudo-DEFINITIVA-698x1024.jpg" alt="" class="wp-image-131767" srcset="https://blogs.elespectador.com/wp-content/uploads/sites/2/2026/08/caratula-arte-al-desnudo-DEFINITIVA-698x1024.jpg 698w, https://blogs.elespectador.com/wp-content/uploads/sites/2/2026/08/caratula-arte-al-desnudo-DEFINITIVA-205x300.jpg 205w, https://blogs.elespectador.com/wp-content/uploads/sites/2/2026/08/caratula-arte-al-desnudo-DEFINITIVA-768x1126.jpg 768w, https://blogs.elespectador.com/wp-content/uploads/sites/2/2026/08/caratula-arte-al-desnudo-DEFINITIVA-1048x1536.jpg 1048w, https://blogs.elespectador.com/wp-content/uploads/sites/2/2026/08/caratula-arte-al-desnudo-DEFINITIVA-1397x2048.jpg 1397w, https://blogs.elespectador.com/wp-content/uploads/sites/2/2026/08/caratula-arte-al-desnudo-DEFINITIVA-scaled.jpg 1746w" sizes="auto, (max-width: 698px) 100vw, 698px" /></figure>



<hr class="wp-block-separator has-alpha-channel-opacity" />



<p class="wp-block-paragraph"><a href="#_ednref1" id="_edn1">[i]</a> Bette A<strong>:</strong> además de su faceta como novelista y creadora de instalaciones artísticas, enseña escritura creativa y es cofundadora de proyectos con impacto social, como la Fundación TRQSE (que vincula a artistas y científicos) y el movimiento global de narrativas <em>¡Heroínas!</em></p>
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        <author>Ana Cristina Vélez Caicedo</author>
                    <category>Catrecillo</category>
                <guid isPermaLink="false">https://blogs.elespectador.com/?p=131765</guid>
        <pubDate>Sun, 02 Aug 2026 14:50:19 +0000</pubDate>
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                <media:description type="plain"><![CDATA[Un suave contrapunto entre los libros: Qué hace el arte. Una teoría en proceso y El arte al desnudo]]></media:description>
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        <item>
        <title>A Gentle Counterpoint Between the Books: “What Art Does. An Unfinished Theory”, and “Undressing the Arts” </title>
        <link>https://blogs.elespectador.com/actualidad/catrecillo/a-gentle-counterpoint-between-the-books-what-art-does-an-unfinished-theory-and-undressing-the-arts/</link>
        <description><![CDATA[<p>Part I of II The famous musician Brian Eno (b. 1948), together with Bette Adriaanse (better known as Bette A.), a Dutch writer and visual artist (b. 1984), jointly published a book in 2005 titled What Art Does. An Unfinished Theory. In 2005, I published Undressing the Arts (Amazon). Both authors suspect that art is [&hellip;]</p>
]]></description>
        <content:encoded><![CDATA[
<p class="wp-block-paragraph">Part I of II</p>



<p class="wp-block-paragraph">The famous musician Brian Eno (b. 1948), together with Bette Adriaanse (better known as Bette A.), a Dutch writer and visual artist (b. 1984), jointly published a book in 2005 titled <em>What Art Does. An Unfinished Theory</em>. In 2005, I published <em>Undressing the Arts</em> (Amazon).</p>



<p class="wp-block-paragraph">Both authors suspect that art is an instinct because of its universality, since forms of art exist in every culture. For my part, I believe it is not an instinct, as I explain in my book <em>Undressing the Arts</em>: “The universality of some artistic practices does not imply that they are genetically programmed, since they may be by-products of other instincts we have. However universal music may be, there is no gene responsible for our making it. Neurologically, the skills needed for music are different from those required to draw, sculpt, act, or tell stories; and all these skills, which operate in different modules in the brain, belong to the realm of the arts. Therefore, there is not one adaptation, but a large set of adaptations responsible for our engaging in the activities that fall within this realm.”</p>



<p class="wp-block-paragraph">Eno and A. also claim that we spend a great deal of time on activities that are not “useful” or “functional.” To this I reply that they are, although not in an obvious way. For example, in their origins, creating pictorial representations must have been highly valuable. Although the act of painting later became an apparently functionless undertaking, that was not the case in its beginnings; and there are very good reasons to believe this, even if it cannot be proven. Let us remember that “art for art’s sake” is a very recent phenomenon. In more peripheral cultures, art is not made for art’s sake, but people dance, sing, weave, and tell stories for very clear purposes, often to enhance important moments in social life such as birth, death, the transition to adulthood, or marriage. My theory, which can be read about in detail in <em>Undressing the Arts</em>, explains why we spend so many hours perfecting the activities we engage in. That is why we find experts and virtuosos in each of them, and why doing things increasingly better brings with it many evolutionary advantages.</p>



<p class="wp-block-paragraph">The authors offer a gigantic list of products that can become artistic (in fact, the book is full of these extensive and amusing lists, which is one of its characteristics, along with a beautiful, youthful, and cheerful design). The list includes mirrors, skulls, anecdotes, macramé, frescoes, necklaces, magic tricks, vampires, corsets, patchwork quilts, and a hundred other things.</p>



<p class="wp-block-paragraph">In my book, I show that any human activity can be transformed into an artistic one and that its products can become art (their lists confirm this). What turns something into art is our judgment: the judgment we make when we notice that certain behaviors and objects surpass the standards of normality. It is at that moment that we use the term “art.” That is why one drawing can be a work of art, while another can be a scribble and yet another merely informative. The same happens with any other form of expression: one person may sing a Christmas carol extraordinarily well and move us to tears, while another may make us cover our ears, run away, or die laughing.</p>



<p class="wp-block-paragraph">On the other hand, they maintain that we spend a great deal of time on these activities because they help us relax, see the world in a better light, imagine new worlds, escape, endure, remember, evoke, recognize, forgive, change, and accept.</p>



<p class="wp-block-paragraph">My response is that, although we engage in many activities to escape, imagine, remember, forgive, involve others, or share experiences, we do so using the tools in our brain’s toolkit, because the human brain recreates the world—and creates fictional worlds—as well in order to think, understand, have fun, or feel emotions and sensations. The brain is a simulation machine. All of this can be done through artistic resources or by other means: sex, rock and roll, alcohol, or videos. The activities we now call artistic, before they became so, were tools for recreating fictional worlds because doing so is very useful to us: it allows us to view the situation from a distance and rehearse what might happen without directly carrying it out or paying the price. The fact that they are artistic—or not—comes later.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Finally, the authors point out that through art we can come to experience fear, happiness, sadness, or desolation in fictional form, and then leave that place simply by closing the book or turning off the series; in other words, it costs us nothing because the recreations are safe. I do not know how safe they are. It is inevitable to remember what happened in Germany in 1774 following the publication of <em>The Sorrows of Young Werther</em> by Johann Wolfgang von Goethe. This work not only turned the 24-year-old author into an international celebrity but also unleashed a tragedy in the real world: several young men were found dead by suicide with Goethe’s book in their pockets or open on their desks.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Art is simulation or simulacrum, they say; I say: we create simulations and, sometimes, they are so wonderful that we call them art; other times, they are simply simulations. Art is also found in objects that simulate nothing.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Eno and Adriaanse state that when you are looking at something, you are appreciating differences. I completely agree with them. Without appreciating differences, without establishing categories, and without feeling that one thing is better than the others, there would be no progress and actions and objects would not be perfected. For art to emerge, those differences need to be important.</p>



<p class="wp-block-paragraph">In the book <em>What Art Does,</em> they use earrings as an example to make us reflect on this issue, because whenever you choose a pair of earrings, you mentally evaluate and compare many aspects. To illustrate this, I will mention some of the examples they give. You compare whether they are longer or shorter than average; whether they hang or not; whether they sway; whether they are symmetrical or asymmetrical; whether they have a figurative or geometric shape; whether they are shiny or matte; whether they are made of acrylic, plastic, or metal; whether they look ordinary or fine; whether they reveal the ear or cover it; whether they are angular or curved. You also evaluate whether they have a romantic association; whether they contain a symbolic element; whether they look comfortable, dangerous, or aggressive; whether they are delicate or robust; whether they convey a message; whether they belonged to your mother, your grandmother, or a queen from the past (or whether they are copies of the latter); whether they have emotional significance; whether they resemble a friend’s; whether they are inherited or purchased; whether they cost a lot or a little. You consider whether they can be worn while swimming or running; whether they are characteristic of a group or an ethnic group; whether they are for anyone or only for a certain age; whether they are youthful, stately, amusing, serious, or elegant; whether they absorb light or reflect it. You analyze whether they could be mistaken for food or something else (such as a sweet or candy); whether they look like glass or stone; whether they are made up of several elements or are a single piece; whether they have hidden elements or open and close. You wonder whether they are the kind of object that can spark a conversation with a stranger, whether they put you in danger, whether they are environmentally friendly or polluting, whether they will give you an allergy, or whether they are appropriate for a job interview. And so, we come up against infinitely many questions…</p>



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        <author>Ana Cristina Vélez Caicedo</author>
                    <category>Catrecillo</category>
                <guid isPermaLink="false">https://blogs.elespectador.com/?p=131592</guid>
        <pubDate>Mon, 27 Jul 2026 16:06:27 +0000</pubDate>
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        <title>Un suave contrapunto entre los libros: Qué hace el arte. Una teoría en proceso y El arte al desnudo</title>
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        <description><![CDATA[<p>Parte I de II El famoso músico Brian Eno (n. 1948), en compañía de Bette Adriaanse[i] (más conocida como Bette A.), escritora y artista visual holandesa (n. 1984), publicaron conjuntamente en 2005 un libro titulado Qué hace el arte. Una teoría inacabada (What art does. An unfinished Theory). En el 2005 P&amp;P Editores me publicó [&hellip;]</p>
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        <content:encoded><![CDATA[
<p class="wp-block-paragraph">Parte I de II</p>



<p class="wp-block-paragraph">El famoso músico Brian Eno (n. 1948), en compañía de Bette Adriaanse<a href="#_edn1" id="_ednref1">[i]</a> (más conocida como Bette A.), escritora y artista visual holandesa (n. 1984), publicaron conjuntamente en 2005 un libro titulado <em>Qué hace el arte. Una teoría inacabada</em> (<em>What art does. An unfinished Theory</em>). En el 2005 P&amp;P Editores me publicó <em>El arte al desnudo</em>.</p>



<figure class="wp-block-image size-full"><img loading="lazy" decoding="async" width="606" height="811" src="https://blogs.elespectador.com/wp-content/uploads/2026/07/Screenshot-2026-07-26-113231.png" alt="" class="wp-image-131586" srcset="https://blogs.elespectador.com/wp-content/uploads/sites/2/2026/07/Screenshot-2026-07-26-113231.png 606w, https://blogs.elespectador.com/wp-content/uploads/sites/2/2026/07/Screenshot-2026-07-26-113231.png?resize=224,300 224w" sizes="auto, (max-width: 606px) 100vw, 606px" /></figure>



<p class="wp-block-paragraph">Ambos autores sospechan que el arte es un instinto debido a su universalidad, ya que existen formas de arte en todas las culturas. Por mi parte, creo que no se trata de un instinto, tal como lo explico en mi libro <em>El arte al desnudo</em>: «La universalidad de algunas prácticas artísticas no implica que estén programadas genéticamente, ya que pueden ser subproducto de otros instintos que tenemos. Por universal que sea la música, no hay un gen responsable de que la hagamos. Neurológicamente, las habilidades que se necesitan para la música son distintas de las que se requieren para dibujar, esculpir, actuar o contar historias; y todas estas habilidades, que funcionan en módulos distintos en el cerebro, están en el reino de las artes. Por tanto, no hay una adaptación, sino un conjunto grande de adaptaciones responsables de que hagamos las actividades que entran en este reino».</p>



<p class="wp-block-paragraph">Eno y A. afirman también que gastamos mucho tiempo en actividades que no son «útiles» o «funcionales». A esto les contesto que sí lo son, aunque no de forma evidente. Por ejemplo, en sus orígenes, realizar representaciones pictóricas debió de ser muy valioso. Si bien el acto de pintar se convirtió después en un asunto aparentemente sin función, no fue así en sus inicios; y existen muy buenas razones para creerlo, aunque no se pueda demostrar. Recordemos que «el arte por el arte» es un fenómeno muy reciente. En las culturas más periféricas no se hace arte por el arte, pero se baila, se canta, se teje y se cuentan historias con finalidades muy claras, muchas veces para realzar situaciones importantes de la vida social como el nacimiento, la muerte, el paso a la adultez o los enlaces matrimoniales. Mi teoría —que se puede leer en detalle en <em>El arte al desnudo</em>— explica el porqué gastamos tantas horas perfeccionando las actividades que hacemos. Por eso en cada una de ellas encontramos expertos y virtuosos y, además, por qué hacer las cosas cada vez mejor trae consigo muchas ventajas evolutivas.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Los autores ofrecen una lista gigantesca de productos que son susceptibles de convertirse en artísticos (de hecho, el libro está lleno de estas listas extensas y divertidas, lo cual es una de sus características, sumado a un diseño bello, juvenil y alegre). En dicha lista aparecen: espejos, calaveras, anécdotas, macramé, frescos, collares, trucos de magia, vampiros, corsés, colchas de retazos y cien cosas más.</p>



<p class="wp-block-paragraph">En mi libro muestro que toda actividad humana puede transformarse en artística y sus productos pueden llegar a ser arte (ellos con sus listas lo confirman). Lo que convierte algo en arte es nuestro juicio: aquel que formulamos cuando notamos que ciertos comportamientos y objetos sobrepasan los estándares de la normalidad. Es en ese momento cuando usamos el calificativo de «arte». Por eso, un dibujo puede ser una obra de arte, mientras que otro puede ser un mamarracho y uno más resultar meramente informativo. Lo mismo ocurre con cualquier otra manifestación: una persona puede cantar un villancico de manera extraordinaria y conmovernos hasta las lágrimas, mientras que otra puede hacer que nos tapemos los oídos, salgamos corriendo o nos muramos de risa.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Por otro lado, ellos sostienen que invertimos mucho tiempo en estas actividades porque nos ayudan a relajarnos, a ver el mundo con mejores ojos, a imaginar mundos nuevos, a escapar, a resistir, a recordar, a evocar, a reconocer, a perdonar, a cambiar y a aceptar.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Mi respuesta es que, aunque realizamos muchas actividades para escapar, imaginar, recordar, perdonar, involucrar a otros o compartir experiencias, lo hacemos usando las herramientas de nuestro equipaje cerebral, porque el cerebro humano recrea el mundo —y crea mundos ficticios— también para pensar, entender, divertirse o sentir emociones y sensaciones. El cerebro es una máquina de simulación. Todo esto puede hacerse mediante recursos artísticos o a través de otros medios: el sexo, el rock and roll, el alcohol o los videos. Las actividades que hoy llamamos artísticas, antes de serlo, fueron herramientas para recrear mundos ficticios porque nos es muy útil hacerlo: nos permite ver el panorama con distancia y ensayar lo que puede pasar sin ejecutarlo directamente ni pagar el precio. El hecho de ser artísticas -o no- ocurre después.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Finalmente, los autores señalan que a través del arte podemos llegar a experimentar miedo, felicidad, tristeza o desolación de forma ficticia, y que luego podemos salir de ahí simplemente cerrando el libro o apagando la serie; es decir, que no nos cuesta nada porque las recreaciones son seguras. Yo no sé qué tan seguras sean. Es inevitable recordar lo que ocurrió en Alemania en 1774 tras la publicación de <em>Las desventuras del joven Werther</em> de Johann Wolfgang von Goethe. Esta obra no solo convirtió al autor de 24 años en una celebridad internacional, sino que también desató una tragedia en el mundo real: se encontraron varios muchachos muertos por suicidio con el libro de Goethe en sus bolsillos o abierto sobre sus escritorios.</p>



<p class="wp-block-paragraph">El arte es simulación o simulacro, dicen ellos; yo digo: hacemos simulaciones y, a veces, son tan maravillosas que las llamamos arte; otras veces, son solo simulaciones. El arte está también en objetos que no simulan nada.</p>



<p class="wp-block-paragraph">Eno y Adriaanse afirman que cuando estás mirando algo, estás apreciando diferencias. Estoy totalmente de acuerdo con ellos. Sin apreciar diferencias, sin establecer categorías y sin sentir que una cosa es mejor que las otras, no habría progreso ni se perfeccionarían las acciones y los objetos. Para que el arte se dé necesitamos que esas diferencias sean importantes.</p>



<p class="wp-block-paragraph">En el libro <em>Qué hace el arte</em>, usan las aretas como ejemplo para hacernos reflexionar sobre este asunto, porque siempre que escoges unas aretas, evalúas y comparas muchos aspectos mentalmente. Para ilustrarlo, mencionaré algunos de los ejemplos que ellos dan. Uno compara si son más largas o más cortas que el promedio; si cuelgan o no; si se bambolean; si son simétricas o asimétricas; si tienen forma figurativa o geométrica; si son brillantes u opacas; si están hechas de acrílico, plástico o metal; si se ven ordinarias o finas; si muestran la oreja o la tapan; si son angulares o curvas. También evalúas si poseen una asociación romántica; si tienen algún elemento simbólico; si lucen cómodas, peligrosas o agresivas; si son delicadas o robustas; si transmiten un mensaje; si pertenecieron a tu madre, a tu abuela o a una reina del pasado (o si son copias de estas últimas); si tienen un significado emocional; si se parecen a las de una amiga; si son heredadas o compradas; si costaron mucho o poco. Consideras si se pueden usar mientras nadas o corres; si son propias de un grupo o de una etnia; si son para cualquiera o solo para cierta edad; si son juveniles, señoriales, graciosas, serias o elegantes; si absorben la luz o la rebotan. Analizas si se pueden confundir con un alimento u otra cosa (como un confite o un caramelo); si parecen de cristal o de piedra; si están compuestas por varios elementos o son de una sola pieza; si tienen elementos escondidos o si se abren y se cierran. Te preguntas si son el tipo de objeto que puede despertar una conversación con un extraño, si te ponen en peligro, si son amistosas con el medio ambiente o contaminantes, si te darán alergia o si son apropiadas para una entrevista de trabajo. Y así, nos topamos con infinitas preguntas…</p>



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<p class="wp-block-paragraph"><a href="#_ednref1" id="_edn1">[i]</a> Bette A<strong>:</strong> además de su faceta como novelista y creadora de instalaciones artísticas, enseña escritura creativa y es cofundadora de proyectos con impacto social, como la Fundación TRQSE (que vincula a artistas y científicos) y el movimiento global de narrativas <em>¡Heroínas!</em></p>
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        <author>Ana Cristina Vélez Caicedo</author>
                    <category>Catrecillo</category>
                <guid isPermaLink="false">https://blogs.elespectador.com/?p=131585</guid>
        <pubDate>Sun, 26 Jul 2026 16:34:05 +0000</pubDate>
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                <media:description type="plain"><![CDATA[Un suave contrapunto entre los libros: Qué hace el arte. Una teoría en proceso y El arte al desnudo]]></media:description>
                <media:credit role="author" scheme="urn:ebu">Ana Cristina Vélez Caicedo</media:credit>
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