Viviendo por fuera

Publicado el @karlalarcn

PERDIDO EN FRANCIA

Por: @karalarcn

El amanecer, el océano, el vino, la azafata que me atendió, no sabía con qué recuerdo quedarme de ese viaje en avión. Ya sobrevolando tierra firme, yo seguía como perrito que lo sacan a dar en una vuelta en carro: pegado a la ventana y batiendo cola.

Faltando 10 minutos para llegar, empiezo a planear todo. Me bajo del avión rápido, debo pasar el control de llegadas, conseguir maleta, cambiarme de terminal, hacer checking del otro vuelo y listo, todo perfecto.

El avión empieza a descender, sobrevuelo Paris pero no alcanzo a ver nada por la nubosidad y después pasamos por un rio que me imagino era el Sena. Unos minutos después suenan las llantas contra el asfalto y una mole de cemento llamada aeropuerto Charles de Gaulle se ve por la ventana. Primera escala completada pero había un problema: el vuelo llego con retraso.

Paso el control de llegadas sin problemas, recojo mi maleta y me voy a buscar cómo cambiar de terminal con la noción del tiempo totalmente perdida.

Paris tiene una peculiaridad en cuanto a aeropuertos, el Charles de Gaulle es diferente a otro que se llama Orly. La señorita que me vendió el pasaje no tenía ni idea. Me dio a entender que en el mismo aeropuerto se tomaba la conexión.

De repente me veo en un sitio inmenso donde gente corre sin parar, cada uno buscando literalmente su destino y yo sin saber que puerta me podría llevar al mío. En ese momento alzo la mirada y caigo en cuenta que estoy a 30 minutos de perder mi conexión. Solo queda una cosa: CORRER.

No tenía moneditas para conseguir un carrito para cargar la maleta. Ensaye con una de 500 pesos que se parecía a la de un euro pero no funciono. Corro lo más que puedo. Llego donde supuestamente es la conexión pero me doy cuenta que es una parada de bus. Lo que pensé que era un numero de mostrador para hacer el checking era el numero de un bus que debería tomar para poder llegar a otro aeropuerto llamado Orly.

El sentir en ese momento que se estaba perdido en un lugar, en otro país es la situación más aterradora que he sentido. Las manos me temblaban, estaba en esa parada de bus sin saber qué hacer, me intento sentar en la maleta y descubro también que lo barato sale caro. En la carrera que tuve que hacer, las ruedas de la maleta salieron a volar y en la parte de abajo ya se podía ver un hueco donde el plástico cedió. Un estado de shock e impotencia me poseía al no saber ni tener a quien recurrir.

Después de 10 minutos de espera llega un bus con la palabra Orly titilando en la parte frontal. Subo al bus confiando que me llevara al otro aeropuerto. Cuando el nerviosismo se apodera de la mente solo queda la intuición. La distancia que tenía que recorrer eran 42 kilómetros, el bus tardo aproximadamente una hora y media. Se abre la puerta del bus y salgo corriendo a buscar el lugar donde sale mi vuelo. Al llegar encuentro el mostrador de checking cerrado. El avión había salido 40 minutos antes.

Solo me queda ir a buscar cuando saldrá el próximo vuelo y pagar lo que sea. No dejo de correr y correr. Encuentro una oficina de Air France pequeña, donde una señorita me saluda en francés, me ve agitado y me pide que me siente, me relaje y le cuente lo sucedido. El francés se me enreda de la angustia y la señorita de la aerolínea no habla muy bien inglés. Saco un diccionario e intento hacer una frase mientras siento una voz en mi cabeza diciéndome: ¡esto se convirtió de sueño a pesadilla!

Un imprevisto como este puede salir caro, muy caro cuando se tiene el dinero contado y no se tiene experiencia. La persona que me atiende escribe la cifra 325 con un signo de euros al final. No me queda de otra, esa es la cifra a pagar por una hora y 20 de vuelo. Saldré a Perpiñán a las 6:30 de la tarde.

En una sala de espera, con un ventanal inmenso que deja ver todos los vuelos que salen y llegan al aeropuerto, había una fila de sillas mirando hacia el ventanal y en la mitad de ellas, un colombiano recién llegado estaba intentando tapar las desgracias de su maleta mientras se lamenta por su suerte pero el día desgraciadamente aún no termina.

Después de hora y algo de vuelo, donde no veo absolutamente nada por la nubosidad, llego a Perpiñán. El aeropuerto es pequeño, cualquier parecido al aeropuerto de Montería en Colombia no parece para nada coincidencia. Me bajo del avión en la misma pista de aterrizaje y me da la bienvenida un aguacero, parece que el mal tiempo le dice bienvenido a mi sueño.

Dentro de lo que pague, estaba la recogida por parte de alguien que me llevaría a donde iría a vivir: Una pensión de estudiantes. Los 20 pasajeros que venían conmigo se van y me quedo sin ver a la persona que tendría el cartelito con mi apellido. Me dejo caer quedando sentado en la maleta lanzando un “jueputa” lastimero al aire.

30 minutos, 45, una hora pasaron sin ver a alguien preguntando por mí. Saco de mi típico canguro de colombiano un papelito donde estaba la dirección del lugar donde tenía que llegar. Alguien del aeropuerto me ve y me dice que si me pasa algo, le hablo en ingles pidiéndole ayuda de cómo puedo llegar a la dirección que tenía anotada. La persona me dice que el problema es que ya no hay servicio de bus y el de taxis hace una hora que termino su turno, es pésimo y no paran en cualquier lugar. Me dice que lo mejor es que me vaya a pie.

-¿A pie, y cuanto es eso? –le pregunto.

-Son 10 kilómetros, ósea 2 horas aproximadamente –dijo él.

Me regala un mapa de la ruta que debo hacer. No sin antes regalarme unas palabras con una sonrisa que parecía irónica.

-Mucha suerte y bienvenido a Perpiñán. Tenga cuidado con su maleta, se abrió por debajo. Buenas noches –dijo el con su sonrisa socarrona viéndome si era capaz de arrastrar mi maleta.

Llovía y llovía. Una lluvia que se mezclaba con la humedad del ambiente. Creo que soy fuerte en los momentos difíciles pero nada ni nadie me preparo para esto. Camino por una auto-ruta totalmente mojado, con una maleta que se abrió llenándose de agua. Miro hacia adelante y los focos de los carros viniendo me dejan ver como la lluvia sigue cayendo y la rabia, la impotencia se apoderan de mí.

Todo un día viajando sin probar más que un poco del menú del avión me pasa factura al cuerpo. El afán y el estrés me hicieron olvidar que debía comer algo.  El esfuerzo me marea y tengo que sentarme en la maleta, mientras veo como los carros que pasan chapotean el agua, sin esperar que alguien me recoja. Hago autostop y nadie se detiene. De repente la maleta cede y se rompe. No puedo más que dejar que las lágrimas se confundan con la lluvia mientras arrastro lo que queda de maleta.

Después de 2 horas de caminar, aparece la calle Theodore Guiter que coincide con el nombre que tengo en el papel mientras la tinta se empieza a perder con la lluvia. Me queda buscar la casa número 1 de la misma calle. En frente del número uno de la calle Thedore Guiter veo un letrero hecho en un pedazo desgastado de metal que deja ver unas letras perdidas en rojo.

“Hôtel de la Folie”, en español “Hotel de la locura”

Golpeo la puerta esperando que alguien me abra. Pasan los minutos y nada. Golpeo varias veces seguidas hasta que un hombre de unos 65 años, con una linterna en la mano, barba de varios días, pelo desordenado y descalzo me abre la puerta. Me pregunta en francés algo:

-¿Usted es el estudiante colombiano verdad? –dijo él.

-Sí, soy yo.

-Lo estábamos esperando desde temprano, siga y bienvenido. Dijo el francés reparando en mi aspecto pero viendo en mi cara que era mejor no hacer preguntas sobre qué había pasado.

La puerta daba paso a una casa de tres pisos. Era como ver la pensión donde grabaron la película colombiana la Estrategia del Caracol. Parecía que la película la hubieran grabado ahí. No sabía en qué manicomio me metí.

-Sigamos al segundo piso y le muestro su habitación. Usted es el primer estudiante que llega, los demás llegaran en el transcurso de la semana. Me decía el francés sin que yo le objetara nada.

La habitación era de unos 2 metros de ancho por 4 de largo donde tenía ducha, baño, una base de cama con un colchón raído y con manchas. Había también una cómoda desvencijada para la ropa con olor a viejo que lo penetraba todo, hasta el mal genio.

La cocina era comunal, solo 6 puestos para preparar alimentos, varias ollas viejas y dos neveras vacías. Por ahora no quería ver ni saber que más tenía la casa.

No puedo más del hambre, le pido al señor que me diga dónde comer algo. Según él era ya muy tarde y ya no había nada abierto. Me ofrece solamente agua de la llave.

De un momento a otro, el francés se acomoda el pelo, se pone unas sandalias y una chaqueta para la lluvia, me da una llave y me dice que quedo en mi casa. Se tiene que ir a la suya y en la mañana vendrá a ver si todo está bien. Me da la linterna que tenía en la mano ya que una falla por la lluvia hizo que no hubiera electricidad en la casa. Dicho esto abre la pesada puerta de madera y se va.

Quedo solo en esa inmensa casa, con toda mi ropa mojada, sin electricidad y sin nada que comer. Minutos después una ulcera gástrica que ha sido uno de mis problemas graves de salud me hace retorcer en la cama.

Solo me quedaba pensar en algo para olvidarme de todo lo que paso y del dolor que estaba sintiendo. Me quedo viendo como la luz de la linterna juega con las sombras en el techo, las sombras de la cómoda desvencijada se vuelven alargadas. Reflexiono en que no quería sentirme culpable por mi decisión o pensar que sería mejor estar en mi casa,  era mi consuelo pensar que lo peor me pudo haber pasado y que efectivamente paso.

La vida me daba en principio esta prueba para hacerme reflexionar, que el camino no sería fácil y que debería ser muy fuerte.

Existen personas que aun teniéndolo todo son desdichados ya que son esclavos de una mala decisión que los llevo a no querer o no poder cambiar su realidad. Yo tome una decisión para cambiar mi vida, tenía que asumirla, afrontarla y empezar a entender que todo lo que había en ese cuarto era mi nueva realidad. En una sola frase: ¡debía tener cojones!

Las tensiones de todo lo que pase en el día se alivian, el cuerpo se relaja, es fácil dejarme llevar por el sueño mirando la luz en el techo con la fe renovada que mañana será otro día. Empieza otra parte de mi nueva vida donde hasta lo más básico se convertirá en toda una estrategia.

P.D. Cuando viaje no compre maletas baratas. Salen malas.

Twitter @karlalarcn

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