Ventiundedos

Publicado el Andrey Porras Montejo

Venezuela: la burra de las palabras

IMG_0389Las palabras son la primera herramienta con la que se comunica una intención, por eso, ellas involucran significados más allá de su sentido. Pero esta misma magia puede convertirse en su antítesis cuando las palabras se ponen al servicio de las ideologías; allí, generan cayos mentales, que preconizan la actitud de justificar cualquier acto de violencia, gracias al daño que se ha sufrido.

La charlatanería de Maduro y su recua de funcionarios públicos, a partir de las medidas diplomáticas tomadas por Colombia, no sólo demuestra un pataleo y una verborrea, propias de la ignorancia, sino que es reflejo de un dinosaurio en decadencia: la angustia por mantener ciegamente un ideal que ya no existe.

Y es que, en tal proceso, el cerebro pierde la capacidad de argumentar y las neuronas parecieran evitar todo tipo de sinapsis, a gusto se solazan con repetir lo mismo que ha funcionado en versiones anteriores, pero sin el más mínimo rezago de realidad.

Circulan así peligrosas mentiras, palabras malhumoradas, que dañan la conciencia de los desinformados: “es un complot de la oligarquía”, “es una campaña de desprestigio, motivada por los mentirosos medios de comunicación”, “todo es un plan del régimen aristócrata para derrocar al presidente”. Y como si fuera actitud de un reflejo, en plena paradoja irresoluta, las palabras disecadas también se refieren a las expresiones a favor de la armonía: “busquemos el diálogo porque somos naciones hermanas”, “cumplamos el designio de nuestro libertador”, “somos naciones unidas en el tiempo, que han superado infinidad de conflictos”. Palabras huecas y vacías, pronunciadas desde un telepronter oxidado, con la pantalla fracturada.

Porque esa polarización del discurso es muestra de debilidad, hace parte de un inciso frágil que, urgentemente, le pide a los otros, a los países que hemos tocado tangencialmente la modernidad, una razón más para existir, pues, como todo proceso histórico, la socavación, el minado, el veneno destructor, ocurre desde dentro, nace desde las entrañas. El fin del régimen chavista está cerca y sus gestores son los mismos que lo representan.

Mario Vargas Llosa, en su fragmentado relato de técnica impecable, La Fiesta del Chivo, hace un fiel retrato de esos “inicios del fin”, destapando el inconsciente sucio de 35 años de dictadura en República Dominicana, y enalteciendo la ruina deplorable, más que depravada, de su dictador, Trujillo.

Una novela como esas, producto de una reflexión moderna, permite anticipar la catástrofe de toda ideología a ultranza, pues, a pesar de ser ficción, revive los cimientos del inconsciente humano, y entre naturalezas y roles definidos, abre la herida de la historia.

En ese orden de ideas, a los Bolivarianos, destructores de su propia ideología, es preciso decirles que el drama de los deportados no es un montaje de los medios de comunicación; que el hacer diplomacia no hace parte de un juego televisivo de franja triple A; que su régimen no es Chavista sino una mala adaptación del socialismo; que solicitar un corredor humanitario no hace parte de una jerga bélica; que sus medidas soberanas atentan contra la integridad de las personas (marcajes de ganado en las puertas, encapuchados como en la época de las desapariciones, incineraciones como en los mejores acontecimientos de gueto); que su liberación de delitos criminales paramilitares contrabandistas puede hacerse utilizando las vías constitucionales de derecho; que el paramilitarismo no es una dictadura sino una organización que se puede combatir; y que la hemorragia de la frontera es una contaminación mutua, de la cual beben los dos países.

¿Cómo sentarse a negociar con la burra de las palabras?

Ese es el misterio que nuestra diplomacia deberá resolver.

@exaudiocerros

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