Ventiundedos

Publicado el Andrey Porras Montejo

Cantando bajo el sol

Despiértame cuando pase el temblor” – Gustavo Cerati

La corteza cerebral del profesor Noreña está reventada por escuchar, todos los días, cifras y datos sobre infectados, decaimientos económicos, crisis estelares, estadísticas sin precedentes, en fin, colorarios del fin del mundo.

Pero nuestro personaje está muy lejos de sentir las abominaciones del fin, por eso se levanta a realizar algo que, a falta de denominación, y por carecer de un espíritu filosófico, él ha dado a llamar micro-revoluciones personales… porque es muy cierto que los desempleados crecen a millones; que las denominaciones económicas pierden cada día su valor; que el número de infectados por covid, por sin sentido, por corrupción, por violencia, crece incontrolablemente; pero su flamante terquedad por continuar respirando lo pone a inventarse pequeñas torpezas con el fin de poder seguir cantando bajo el sol.

Como por ejemplo, leer al revés los títulos de los libros de su biblioteca, con el fin de encontrar palíndromos misteriosos, o por lo menos, confabulaciones imaginadas en los derroteros de algunas personalidades literarias; o extasiarse, a ritmo de circulación nerviosa y reproducción infinita, con la repetición permanente de una misma canción, una y otra vez, música y más música sobre el tímpano, los audífonos y el cuerpo; o contar, con el beneplácito del insomnio, las arritmias cardiovasculares que lo despiertan en la noche y relacionarlas con alguna historia imposible de escribir en un libro.

Esas pequeñas micro-revoluciones personales le permiten decir con voz ronca:

“A pesar de la torpeza que nos reviste, en alguna palpitación se encuentra la curva ascendente del día”.

Y después de aclararse la garganta:

“No como las curvas descendentes de la realidad, representadas en quienes adulan o defienden lo que más adelante se vuelve carroña… como esos presidentes que aman instituciones castrenses llenos de inestables servidores, quienes cometen violaciones y atropellos insanos… o como aquellos fiscales que salen de vacaciones en cuarentena, perdón, que aprovechan un viaje oficial para hacerle vacaciones a su hija y a una amiga de ella, en virtud de ser el mejor padre del mundo… o aquellos famosos que, a destajo de su aburrimiento, organizan sus antidepresivos celebrando fiestas en tiempos donde los conjuntos cerrados no permiten visitas…”

Para luego repetirse mentalmente:

“Mis micro-revoluciones no facilitan un desenlace de boñiga, pueden ser ridículas, pueden solo servir a un espíritu indomable como el mío, pero con toda seguridad no se convierten en un bodrio al final del día, pues en el encanto de la relectura se encuentra una nueva bisagra de la historia; o en el elixir de la música aparece una fibra humana desintoxicada y pura; o en las volteretas del insomnio/vigilia nacen ideas que le imprimen emoción al camino”.

Sin embargo, al punto de esta tranquilidad, una voz punitiva crece como ahogo en los pulmones del profesor Noreña:

“Pero ni la lectura, ni la música, ni las ideas acaban con la inestabilidad del mundo contemporáneo”.

Cierto, eso es profundamente cierto:

“¿Cierto?”

Se pregunta el profesor Noreña, acercando una ramita de eucalipto a la nariz para limpiar mejor sus vías respiratorias:

“No del todo, pues… ¿acaso la simétrica perfección de la tabla periódica no fue revelada a Mendeléiev a partir de un sueño, en perfecta sincronía con la escala de las notas musicales? ¿Acaso Verne, Huxley y Orwel no inventaron capsulitas exactas de lo que vendría 100 años después, gracias a sus aventuras lectoras? ¿Acaso no encontró Nietzche en Wagner, por lo menos desde los inicios de su formación filosófica, al mejor aliado de sus ideales artísticos? Mundo onírico, erudición lectora y maestría musical al servicio de las grandes transformaciones sociales”.

El olor profundo y amarillo del eucalipto le permitió seguir con su perorata:

“Y si me apuran, ninguno de ellos estaba viviendo en el mejor de los tiempos: Mendeléiev soportaba la discriminación ortodoxa rusa por haber nacido en Siberia, lo cual le impidió, al principio, entrar al círculo científico de San Petesburgo y Moscú; Verne, Huxley y Orwel consignaron sus obras entre la incertidumbre del ocaso del proyecto de la razón del siglo XIX y el vacío del periodo entreguerras europeo; Nietzche y Wagner batallaban contra la idea de automatizar el mundo a partir de los principios de la primera revolución industrial…”

Y con los pulmones ya limpios, terminó:

“Todos ellos vivieron en crisis y ninguno lloró frente al derrumbe, en otras palabras, a pesar de tanta estupidez, en medio de una hecatombe profunda que amagaba con acabar el mundo, ellos le encontraron al día una nueva curva ascendente”.

El profesor Noreña sabe que sus micro-revoluciones personales no van a cambiar el mundo, pero está seguro que, mientras existan, tendrá un motivo para reírse de sus colorarios apocalípticos.

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