Unidad Investigativa

Publicado el Alberto Donadio

Recuerdo de Julio Daniel Chaparro

Lo que fuiste para el periodismo… y para mí

 

Por: Claudia Julieta Duque

En el marco de la décima versión del Festival de Literatura de Bogotá, El Espectador presenta la introducción periodística del libro “Inquieta Certidumbre”, publicación antológica elaborada por la Fundación Fahrenheit 451 que pretende difundir el legado de la obra poética y periodística de Julio Daniel Chaparro, al cumplirse 30 años de su asesinato.

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No eran aún las siete de la mañana. Mis compañeros de universidad y yo estábamos haciendo fila para bajarnos de la flota en frente de la entrada de la recién estrenada sede de la Universidad de La Sabana en Chía, cuando la emisora que se oía en el bus interrumpió la transmisión con esa música preocupante que vaticinaba malas noticias, y la expresión “extra, la siguiente es una noticia extraordinaria de última hora”. Todos callamos para atender. Aún recuerdo el shock que me produjo escuchar tu nombre, Julio Daniel Chaparro, junto a las palabras “asesinado”, “desconocidos”, “cerca del cementerio”, “Segovia, Antioquia” y el nombre del fotógrafo Jorge Torres Navas.

No lo creerás, o tal vez sí, por tu esencia de cronista de historias y casualidades cotidianas, pero minutos antes de escuchar ese “extra”, yo acababa de tener una conversación sobre la importancia de tu pluma para el periodismo colombiano con mi amigo Álvaro Duque, también alumno de séptimo semestre, en aquella época depositante principal de mis tristezas, alegrías, análisis y peleas sobre la realidad política y convulsa de esa Colombia que nos tocó vivir en los años mozos.

Hablábamos de ti a propósito de Lo que la Violencia se llevó, la serie que venías escribiendo desde hacía varias semanas, y en particular de Tacueyó en silencio, publicada una semana antes, que se convertiría en el último de tus artículos. En ella, una vez más lograste contar de esa manera tan tuya lo que otros no supieron: que allá, en ese pueblo desangrado desde siempre, las palabras habían sido desaparecidas, como suelen desaparecer en Colombia a los testigos incómodos de todas las violencias.

Álvaro se reía de mi manía de recortar tus artículos del diario El Espectador que llegaba a la Agencia de Noticias Colprensa -donde los dos hacíamos nuestra práctica profesional- y el consecuente reclamo del director, Óscar Domínguez, quien nunca pudo establecer quién era el autor material de la mutilación del periódico antes de que todos pudieran leerlo.

Era yo, enamorada de ti, de tu literatura transgresora en medio de las noticias secas y vacías de sentimientos con las que nos enseñaron a hacer periodismo, de la poesía convertida en prosa, de la prosa convertida en denuncia, de la denuncia convertida en testigo, del testigo hecho periodista.

Nuestra charla se truncó con la noticia, seca y vacía de sentimientos, que anunció tu muerte. Tres disparos en la cara, dijo el locutor con la misma voz que podría haber anunciado la venta de un producto o el veredicto de un reinado de belleza. Era a todas luces injusto, primero por el crimen en sí y segundo porque tú no merecías esa frialdad de un periodismo que tú transformaste durante los pocos años que te dejaron ser.

Me bajé del bus pensando que esa mañana del 25 de abril de 1991 la vida no podría continuar su curso normal, que alguien en la Universidad tendría que modificar sus planes, que nuestro profesor de Opinión Pública -la primera clase de ese día- tendría que decir o hacer algo. Que yo tenía que decir o hacer algo. Pero no. La vida siguió como si nada, y mientras a mi alrededor eso era lo único que pasaba, en mí el shock inicial fue reemplazado por una terrible sensación de orfandad, de luto, de dolor inexorable que solo tú podrías haber descrito con palabras. Dime, Julio Daniel, ¿cómo explicar esa sensación de pérdida si jamás te conocí?

Ya en el salón de las máquinas de escribir -en aquella época el computador era un lujo de empresas y corporaciones- el profesor nos dio la instrucción de escribir una columna de opinión sobre algún tema insulso que no recuerdo ni quiero recordar. Entonces el luto se convirtió en indignación. A nadie a mi alrededor parecía importarle que, menos de veinticuatro horas atrás, había sido asesinada la crónica periodística en Colombia.

 

Decidí no obedecer (¿acaso las columnas no son para decir lo que uno quiere decir?), y empecé a escribir sobre ti, Julio Daniel. Escribí con desazón sobre tu asesinato, sobre tu brillantez literaria, sobre el país que nos enseñaste a recorrer a través de tus palabras, desde el Llano de tus amores hasta el Eje Cafetero de los míos, yendo y viniendo de las dos Costas, de las montañas de Cauca, de la Boyacá en sus campos y lagunas, y de tus charlas con el portero de la Constituyente en Bogotá, el policía objetivo militar de Pablo Escobar en Medellín, o el caficultor al que poco le importaban los indicadores económicos.

“Colombia: la antítesis de Descartes”, titulé. Cerré el artículo con la frase “en Colombia no se existe si se piensa: se muere”. Llegaron las lágrimas y con ellas el profesor, a quien le entregué mi hoja con un desafío en el rostro que tú hubieras traducido como una pequeña muestra de rebeldía de una joven de 20 años a quien, parafraseando a Borges, le empezaba a doler un país en todo el cuerpo.

El profesor quiso hablarme, pero yo me salí antes de que tuviera el chance. En lugar de seguir en clase, me fui a Colprensa. Una vez allí me di cuenta de que el país, o mejor, el país que mostraba el periodismo, no había seguido su curso normal. Todo el mundo hablaba y se dolía de tu muerte y la de Jorge Torres. Estabas en las noticias y en la redacción. Y Óscar Domínguez ya no preguntaba sino que vociferaba por el recorte de tus crónicas en los periódicos de los meses y años anteriores. Estabas en la promesa del presidente César Gaviria de una investigación exhaustiva, que ya sabíamos sería exhaustivamente impune. Estabas en las charlas de la cafetería de la agencia, en las anécdotas compartidas con quienes sí te conocieron. Estabas, y mi dolor fue colectivo.

Pero ya no estabas. Te mataron en Segovia, el pueblo minero al que viajaste para hacer una crónica sobre la masacre, dos años antes, de más de 40 personas a manos de paramilitares. Te mataron minutos después de que una patrulla con cuatro soldados del Ejército Nacional te interceptara a ti y a Jorge para preguntar quiénes eran y qué hacían en aquel pueblo enclavado en las montañas de la Cordillera Central a donde un par de turistas difícilmente llega. Ustedes se identificaron e informaron que iban para el cementerio. Eran casi las 6 de la tarde, y a los soldados se les hizo sospechoso el asunto, pero los dejaron ir.

Esos detalles, como muchos otros que nunca fueron investigados, los conocí años después en el expediente abierto en la Fiscalía General de la Nación luego de tu muerte. Esa entidad culpa al Ejército de Liberación Nacional (ELN) de los crímenes, sin que haya una sola prueba para afirmarlo. En ninguna parte de esos anaqueles hay un solo cuestionamiento al ejército sobre el encuentro contigo, nada. Todo parece indicar que, pese a la declaratoria del caso como crimen de guerra en diciembre del 2018, nadie más que ustedes dos sabrá a ciencia cierta quiénes les dispararon.

Hoy me duele no haber hecho más que aquella columna y aquel documental, también universitario, que me llevó hasta tu esposa, amigos y cercanos para reconstruir tu vida meses después de tu asesinato. Recuerdo que mientras la entrevistaba a ella, a Piedad, el llanto volvió a brotar, esta vez incontenible, y ella suspendió la entrevista para preguntar si yo, que no te conocí, era tu amante.

Fue difícil explicarle, como lo es aún hoy, que mi amor hacia ti era exclusivamente platónico y periodístico, porque lo que yo amo y amaba de ti es ese periodismo de a pie que en épocas recientes parece volver a relucir en José Guarnizo, un joven colega que ha empezado a recorrer el país con esa mirada que sólo tu tenías, la del inquieto interrogante a la espera de que las respuestas lleguen tras el café, la caminata o la sonrisa de quien se acerca como ser humano antes que como periodista.

Durante estos 30 años sin ti, el periodismo ha involucionado. Tal vez porque después de ti siguieron otros periodistas, muchos más de los que podríamos haber tolerado, asesinados, exiliados, amenazados, amedrentados… Las regiones más apartadas se quedaron sin quién las contara, y quienes lo hicieron terminaron recurriendo a la escueta noticia vacía y seca de sentimientos o a la crónica de lugares comunes de la que tú supiste alejarte.

Por mi parte, me convertí en periodista dos años después, y me especialicé en la investigación de crímenes y graves violaciones a los derechos humanos sin olvidarme de coquetear de vez en cuando con la narrativa que nos legaste.

Hace unos años conocí a tu hijo, Daniel, a quien le conté todo esto, así como el triste final que tuvo mi colección de recortes de tus artículos. La noche del 25 de abril de 1991, un día después de tu asesinato, los quemé en una mezcla de dolor y estupidez de la que aún me arrepiento.

Hoy me hace feliz poder escribir estas líneas a manera de prefacio de tus artículos, recopilados por Javier Osuna y la Fundación Fahrenheit 451 en homenaje al gran escritor que fuiste. Al releerte he vuelto a llorar. Lo hice con esa dolorosa certidumbre de la herencia interrumpida, de tantos relatos que no te dejaron contar, de tantas historias que permanecerán ocultas porque no estuviste allí para buscarlas.

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Espero que este libro se convierta en lectura obligada en todas las facultades de Periodismo y Literatura en Colombia. Sin duda, tu legado es el de un escritor disfrazado de periodista, de un hombre convertido en narrativa perenne de las culturas, dolores, costumbres y sobrevivencias que conforman este país.

Tu enamorada por siempre,

Claudia Julieta Duque

13 de noviembre de 2019

Claudia Julieta Duque. Periodista que ha investigado sobre temas de desaparición forzada, reclutamiento de niños por parte de actores armados legales e ilegales y la infiltración de grupos paramilitares en entidades gubernamentales, entre otros. Ganadora de los Premios a la Libertad de Prensa de Reporteros sin Fronteras y el premio Ilaria Alpi al periodismo investigativo. En Colombia recibió un reconocimiento de la Fundación para la Libertad de prensa, la Oficina del Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Derechos Humanos y el Centro de Memoria Histórica por su labor investigativa sobre el asesinato del periodista Jaime Garzón. @JulieDuque1

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