Unidad Investigativa

Publicado el Alberto Donadio

La monarquía británica

Publicamos, del doctor José Joaquín Gori Cabrera:

LA MONARQUIA BRITÁNICA

 

Como columnista invitado, El Espectador le da cabida en su edición dominical a un escrito de Hamilton Nolan en la prensa de los Estados Unidos, que pretende tener humor y se titula “ABAJO LA MONARQUÍA BRITÁNICA”. Toda la familia real británica, “los royals”, son presentados como una partida de vagos abusivos, que viven rodeados de lujos y a los que los contribuyentes deben hacerles reverencias. No es tan cierto. Lo primero, deben trabajar, y duro. Desde la niñez reciben una educación rígida, y no pueden gozar de la infancia. Todos sus actos son públicos y sujetos a escrutinio. Sus agendas son impuestas, y tienen que ver con el cúmulo de acciones que la institución considera que no deben realizar los políticos sino quieres representan al reino, y el reino es simplemente el país de los británicos, que se llama unido, aunque sea desunido en sus gentes, tradiciones, creencias, preferencias, regionalismos y hasta en el uso del idioma; pero que es unido en el respeto a la democracia,  al derecho ajeno y a las instituciones.

 

Una de las facetas que hace tan peculiares a los británicos es su capacidad para burlarse de si mismos. Sus instituciones son las más respetadas del mundo, y al mismo tiempo destilan humor e ironía. ¿Quién no quisiera tener título de “sir” de alguna orden de caballería? Sin embargo, no parece tan honorífico que a uno le otorguen una jarretera, o lo manden al baño, o lo sienten en un cardo. Y esas órdenes son grandes honores que otorga Su Majestad: “The Garther”, “The Bath”,  “The Thistle”. Cuando a Churchill le ofrecieron  “The Most Noble Order of the Garter” (la Nobilísima Orden de la Jarretera) la más importante y antigua del Reino Unido, fundada en 1348 por el rey Eduardo III,  el Rolls Royce de la quincallería, declinó el homenaje, respondiendo con sorna que ya le habían dado la de la bota, pues pese a su épica victoria contra las hordas nazis los británicos le habían corrido el butaco en las elecciones de 1945,  al votar por el Partido Laborista liderado por Clement Attlee.

 

Las monarquías siempre serán objeto de burlas y críticas mordaces. Cuando son constitucionales eso es parte de la institucionalidad. Pero algo incuestionable es que la británica produce dividendos, atrae, es un verdadero imán. El señor Nolan se burla de que tengan que hacerle reverencias a la familia real. Las hacen según lo estipulado en el protocolo, por cierto muy flexible,  pero esas tradiciones  no significan sumisión a la persona sino a la institución que encarnan. Cuando en el año 2014 el príncipe Carlos vino en una corta visita a Colombia el alboroto fue monumental. La colombian socialité Pilar Castaño vivió su mejor momento, impartiendo instrucciones en TV y por cuanto  medio a su alcance  sobre la forma en que debían inclinar la cabeza los manes y hacer una media genuflexión las damas para saludar a Camila Parker, convertida por matrimonio en “Su Alteza Real, duquesa de Cornualles”. Se le olvidó a nuestra chambelana criolla que esos ceremoniales son para los súbditos británicos y para extranjeros que eventualmente tienen contacto con la Corona en condición particular, no como dignatarios o representantes de otra nación. En un país sin vínculo político alguno con el Reino Unido lo único que aconseja el protocolo es respetarle los títulos al invitado en las ceremonias públicas, y nada más. Aquí el único que tiene que hacer reverencias es el Senador Macías: al Eterno, pero eso por voluntad propia, no por Carta Magna.

 

Paradójicamente, entre los británicos la institución que representa la democracia es la Corona. Cuando la reina sanciona una ley, designa un obispo “recomendado”, refrenda algún acto del Legislativo o algún fallo judicial por “sugerencia”, concede honores y condecoraciones o invita a banquetes de Estado, está cumpliendo un ritual y una función que para los británicos es la esencia de la democracia. El acto que glorificó al presidente Santos y su proceso de paz fue un banquete de Estado ofrecido por la reina Isabel con toda la circunspección y pompa de la Corona, al que nuestro mandatario se presentó con la banda e insignia de una condecoración que de alguna forma lo ponía en condición de súbdito británico, pues colombiana no era. ¿Será que a esa misma edad de la soberana británica cualquier jubilado se aviene a someterse a la tensión de un evento tan pomposo? La reina estaba cumpliendo lo que de ella se espera; algo que no está escrito en codificación alguna. Para los británicos es el orden de las cosas, sin más.

 

Los royals le producen al Reino Unido más de dos billones de libras anuales en ingresos. Sus castillos, propiedades, joyas, hasta sus vestimentas de lujo, no son propias. Son de la Corona. Sus vidas pertenecen a la Corona. Todo produce dividendos, réditos y ganancias tangenciales. Hasta los escándalos reales. Las dramáticas situaciones personales que han vivido quienes terminan involucrados con la familia real son válidas, muy válidas; tanto las de Lady Diana como las de los duques de Sussex, en especial la de Meghan Markle. La respuesta de la reina Isabel a la entrevista reciente de Meghan fue soberbia, y mostró extraordinaria capacidad de adaptación. Se limitó a manifestar su preocupación y a indicar que se considerará la situación, dando a entender con simpleza que pueden existir distintos puntos de vista. Luego el príncipe William agregó que la familia real no es racista. Y creo que en eso vale la sutileza. Desde My Fair Lady pudimos conocer cómo el lenguaje, la forma de hablar, la entonación y las expresiones, hasta los más mínimos gestos de expresión corporal pueden ser el vehículo clasista para discriminar, muchas veces involuntariamente. No es por el color de la piel. Es por la forma de hablar, los modales, los gestos, hasta los gustos. Eso no es propiedad exclusiva de la familia real británica. Hasta hace muy poco en Bogotá los que se creían cachacos querían discriminar con su habla a los de la provincia, y todavía hoy en día los chiquimiquis de las universidades y colegios más caros, los hijos de papi, usan la jerga, el acento y los modismos del idioma para mostrar su clase aparte.

 

En ejercicio de su peculiar democracia, los británicos pueden decidir emigrar de la Unión Europea o acabar la monarquía. Pero yo, si fuera británico, me consideraría mejor representado por una figura como Isabel II que por un primer ministro de los que van y vienen al vaivén de la política o por un atarván misógino y patán, como Trump. Como dicen en La W, cada loro en su estaca.

 

 

JOSÉ JOAQUÍN GORI CABRERA

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