Unidad Investigativa

Publicado el Alberto Donadio

Un ejemplo de buen periodismo

El artículo que escribió el excorresponsal del New York Times en Colombia sobre su padre, es ejemplo de buen periodismo. ¿Cuándo leeremos en la prensa colombiana artículos como este, que no solamente están bien escritos sino que cuentan una historia de la cual uno no se puede despegar?

Mi padre desapareció cuando yo tenía 7 años. Ese misterio me

convirtió en quien soy

Mi padre era un enigma para mí. Después de su desaparición pasé años creyendo
que jamás resolvería el rompecabezas sobre su identidad y, por ende, la mía.

Por Nicholas Casey
20 de junio de 2021
The New York Times Magazine
Cuando él llamaba, por alguna razón, siempre era mi madre quien respondía al
teléfono. Recuerdo la voz de él al otro lado de la línea, amortiguada en el auricular
contra la oreja de ella. Sus ojos, que empezaban a mostrar sus arrugas en aquellos
días, se llenaban de los recuerdos que compartía con este hombre. Apagaba el
cigarrillo, tomaba una hoja de papel y garabateaba la dirección. Colgaba el auricular
y me miraba.
“Es tu papá”, decía.
Yo dormía en una cama de una plaza en la sala y me ponía a saltar sobre ella para
ver si podía alcanzar el techo de nuestra casa rodante con mis pequeños dedos. Mi
madre se maquillaba y pescaba un par de pendientes de entre la maraña en la cesta
que había junto al lavamanos. Momentos después, íbamos a toda velocidad por la
autopista con las ventanillas abajo. Recuerdo el aire salado que llegaba a través de
la bahía de San Francisco, los interminables cables de los puentes colgantes en el
calor. En algún lugar —fuera de un astillero o en un estacionamiento cerca de un
muelle—, habría un punto de encuentro.
Y luego vería a mi papá.
Estaría de visita otra vez, procedente de algún lugar lejano al que lo habían llevado
los barcos en los que trabajaba. Podía ser Alaska; a veces era Seúl o Manila. Sus
historias eran interminables, su voz estruendosa. Pero yo solo quería verlo, quería
que me levantara con sus grandes y gruesas manos, que estaban tapizadas de
callos por los años en la sala de máquinas, y que me pusiera sobre sus hombros
para que pudiera mirar el agua con él. Desde esa altura, podía pasar mis dedos por

su pelo, negro y rizado como el mío. Tenía la barba que yo me dejaría crecer algún
día. Su piel oscura tenía olor a sudor y a colonia.
Recuerdo un día en que nos encontramos con él en el astillero de Oakland. Se
subió a nuestro viejo escarabajo Volkswagen y pronto íbamos por la autopista a
nuestra casa. Rebuscaba en su bolso para sacar algo: una pequeña botella de
cristal.
“¿Qué es eso?”, le pregunté.
“Es mi medicina, mijo”, dijo.
“No le hagas caso, Nico”, dijo mi madre. “Esa no es su medicina”.
Sonrió. Todo se sintió bien ese día.
Mi padre nunca se quedaba más de unos días. Al poco tiempo, yo empezaba a
echarlo de menos, y me parecía que mi madre también. Para ella, él representaba
toda una vida a la que había renunciado para criarme. Se subía a mi colchón y se
acercaba a una estantería para sacar un álbum de fotos en espiral de color amarillo
que tenía fotos de cuando ella también trabajaba en los barcos. Contaba la historia
de cómo se conocieron.
El álbum abría con una postal de una imagen de satélite tomada desde kilómetros
de altura sobre un mar de tinta. Había mechones de nubes y largas estelas de
barcos que se dirigían hacia algo grande en el centro. Mi madre me dijo que se
trataba de un atolón, una especie de isla hecha de coral. “Diego García”, dijo. “El
lugar donde te hicimos”.
En 1983, cuando mi madre llegó a Diego García, ya había vivido muchas vidas.
Había estado casada durante un par de años —“con lo único que me quedé de ese
matrimonio fue con el apellido”, decía—, trabajó en una línea de montaje, vendió
pinturas al óleo, pasó un tiempo como contadora y atendió bares en lugares como
Puerto Rico, donde vivió durante un tiempo en la década de 1970. Luego, en algún
momento, decidió hacerse a la mar. Se afilió al Sindicato Marítimo Nacional, que
representaba a los trabajadores de los buques de carga. Al final, firmó un contrato
de seis meses como marinera en un barco llamado Bay, que tenía como destino
Diego García, una isla del océano Índico con una gran base militar.

La siguiente foto del álbum la muestra en la cubierta del Bay poco antes de conocer
a mi padre. Tiene 37 años, la piel blanca y pecosa y lleva una gorra de marinero y
un gran pez que ha sacado del agua. Hay hileras de palmeras torcidas, pájaros
tropicales nadando sobre las olas. Ese paisaje acuático era justo el tipo de lugar que
uno se imaginaría como escenario de un tórrido romance. Pero resultó que mis
padres solo pasaron una noche juntos, y no tenían precisamente la intención de
hacerlo. Mi padre había estado trabajando en otro barco atracado frente a la isla.
Una tarde, antes de que mi madre volviera a casa, se desató una tormenta cuando
ambos estaban en tierra. Los llevaron a su barco, pero el mar estaba demasiado
agitado y ella no consiguió llegar hasta el Bay. Pasó la noche con él.

Nicholas Casey, a los 4 años, sostiene un pez que pescó con su madre. Su madre en un barco cerca de Diego
García, en el Océano Índico.
Kelsey McClellan para The New York Times. Fotos originales del autor

Cuando terminó el trabajo en la isla, mi mamá tomó su vuelo de regreso a Estados
Unidos. Mi padre enfiló hacia Filipinas. Nueve meses después, cuando yo nací, él
seguía en el mar. Ella metió un anuncio de nacimiento en un sobre y lo envió al
sindicato de San Pedro, pidiendo que se lo guardaran. Un día, tres meses después,
sonó el teléfono. Su barco acababa de atracar en el puerto de Oakland.

Según lo cuenta mi mamá, él llegó al restaurante antes que ella y pidió un café.
Entonces se dio la vuelta y la vio abrazándome y se dio cuenta de que era mi padre.
Al parecer, aún no había recogido el sobre en el sindicato del sur de California.
Sostenía una taza. Abrió bien grandes los ojos y sus manos empezaron a temblar y
el café caliente se derramó en el suelo. “Nunca he visto a un negro ponerse tan
blanco”, me decía ella.
Le contó que había llamado a su hijo Nicholas, como él, e incluso añadió su inusual
segundo nombre, Wimberley, al mío. Luego me entregó a él y se fue al baño.
Recuerda que cuando volvió, mi padre me había desvestido. Dijo que buscaba una
marca de nacimiento que, según él, tenían todos sus hijos. Allí estaba, una mancha
diminuta y azul cerca de mi coxis.
Es difícil explicar la sensación que sentía al ver a este hombre a las personas cuyos
padres eran un elemento fijo de su vida cotidiana. Yo apenas sabía lo que era un
“padre”. Pero cada vez que él venía, se sentía como si fuera Navidad. Él y mi madre
volvían de repente a ser una pareja. Me sentaba en el asiento trasero de nuestro
viejo VW observando sus siluetas y me sentía completo.
Sin embargo, la presencia de este hombre también venía acompañada de
momentos de temor. En cada encuentro parecía haber algo más en él que no había
visto antes. Recuerdo una de sus visitas cuando yo tenía 5 o 6 años y nos dirigimos
al arroyo que había detrás de la casa rodante, el lugar donde pasé muchas tardes
de mi infancia cazando cangrejos, plumas de pato y pececitos. Hacía calor y era
casi verano, y el hinojo silvestre había crecido más que yo y florecía en grandes
racimos amarillos, la cabeza de mi padre arriba, donde estaban las flores, la mía
varios centímetros más abajo, mientras yo guiaba el camino entre los tallos.
Recuerdo que salté al arroyo cuando apareció un gran cangrejo azul, con las pinzas
levantadas para pelear.
Me quedé helado. Mi padre gritó: “¡Eres un mariquita, mijo! ¿Tienes miedo?”.
Sus palabras me atravesaron; me olvidé del cangrejo. Había una ira en su voz que
nunca había oído en la de mi madre. Empecé a escapar, abriéndome camino de
vuelta a través del hinojo mientras su voz se hacía más fuerte. Intentó atraparme,
pero tropezó. Una furiosa mirada de dolor se apoderó de su rostro —entonces yo
estaba aterrorizado— y lo dejé atrás, corriendo hacia mi madre.

Cuando llegó a la casa, tenía el pie abierto por un trozo de vidrio que había pisado.
Pero, extrañamente, su rostro estaba tranquilo. Le pregunté si iba a morir. Se rio. Le
dijo a mi madre que buscara el costurero y sacó un trozo de hilo y lo que parecía la
aguja más larga que jamás había visto. Nunca olvidaré ver a mi padre remendar
pacientemente su pie, puntada tras puntada, y las palabras que dijo después: “Un
hombre remienda su propio pie”.
Cuando terminó, sonrió y pidió su medicina. Tomó un gran trago de su botella antes
de volver a su pie y lavarlo con el ron sobrante.
Luego volvió a desaparecer. La añoranza volvió a instalarse en mi madre, y
comencé a comprender que no era exactamente por él, sino por la vida que había
tenido. En la estantería encima de mi cama había un cesto de monedas que ella
había recolectado en sus viajes. Las poníamos juntas sobre la mesa: las monedas
japonesas de 5 yenes con agujeros en el centro; medio dólar australiano de plata
con un canguro y un emú junto a un escudo. El dinero canadiense tenía el perfil de
la reina.
Poco después de mi séptimo cumpleaños, el teléfono volvió a sonar y fuimos al
puerto. Desde el principio nos dimos cuenta de que algo andaba mal. Mi padre nos
llevó a comer y empezó a explicarnos. Le había disparado a alguien. El hombre
estaba muerto. Iba a ser juzgado. Sonaba mal, dijo, pero no era “gran cosa”. No
quiso hablar mucho más del asunto, pero dijo que estaba seguro de que podría
conseguir un acuerdo. Mi madre y yo nos miramos el uno al otro por encima de la
mesa. Algo nos decía que esta situación, como el ron, no era lo que él decía que
era.
Me subí al asiento de atrás del VW y mis padres al frente. Condujimos hacia el
norte, hacia San Francisco, y luego pasamos el agua y finalmente al puerto de
Crockett.
“Treinta días y volveré”, nos dijo varias veces. La niebla entraba por los muelles
como en una de esas viejas películas. “Te quiero, mijo”, dijo.
Desapareció en la niebla, y luego esta se disipó por un instante, y pude ver su
silueta de nuevo caminando hacia el barco. Me pareció oírle tararear algo como
para sí mismo.

Pasaron treinta días y el teléfono no sonó. Era un otoño caluroso en California, y yo
seguía a la caza de vida silvestre en el arroyo, mientras mi madre estaba ocupada
tejiendo las mantas que le gustaba hacer antes de que empezara a bajar la
temperatura. Siempre habían pasado meses entre una visita y otra de mi padre, así
que cuando pasó un año, supusimos que después de la cárcel había vuelto al mar.
Cuando pasaron dos años, mi mamá modificó la teoría: seguía encarcelado, solo
que por más tiempo del previsto.
Pero mi mamá parecía decidida a que dejara su huella en mi infancia, estuviera o no
con nosotros. En una de sus últimas visitas, pidió ver a qué escuela iba yo. Ella trajo
una foto de la clase tomada frente al patio del recreo. “En esta foto no hay niños
negros, salvo Nicholas”, dijo y soltó la foto. “Si lo mandas a esta escuela
presuntuosa se le olvidará quién es y le va a tener miedo a su gente”.
Mi madre le recordó que era ella quien había elegido criarme mientras él pasaba el
tiempo en lugares como Papúa Nueva Guinea y Manila. Pero otra parte de ella
pensaba que él podía tener razón. A pesar de que me había criado una mujer
blanca y asistía a una escuela de niños blancos, en los ojos de mi país yo nunca
sería blanco. Aquella tarde, las palabras de mi padre parecieron haber abierto una
minúscula grieta en su confianza maternal. Un día, poco después de que su
hermana muriera de una sobredosis, mi madre anunció que nunca volvería a
mandarme a esa escuela.

El autor y su madre a mediados de los años ochenta
Kelsey McClellan para The New York Times. Foto original del autor
Nos acercamos a mi siguiente escuela en el VW y la encontramos protegida por una
alta cerca de alambre. Los alumnos eran negros como yo, al igual que los
profesores. Pero la escuela venía con la dura realidad que significaba ser negro en
Estados Unidos: estaba ubicada en un distrito con sede en East Palo Alto,
California, una ciudad que ese año —1992— fue noticia en todo el país por tener la
mayor tasa de asesinatos per cápita de Estados Unidos. Un niño flacucho de cuarto
grado con una gran sonrisa se acercó a nosotros y dijo que se llamaba Princeton.
“No se preocupe, lo vamos a cuidar”, dijo. Mi mamá me dio un beso y se alejó.
Muchos de los otros estudiantes tenían padres desaparecidos, y se habían
resignado a no encontrarlos. Era la presencia de mi madre lo que me hacía distinto
de mis compañeros. Una niña, repitiendo una frase que había aprendido en casa,

me dijo que mi madre tenía “fiebre de selva”, porque era de las señoras blancas a
las que les gustaban los hombres negros. “¿Por qué hablas como blanco?”, me
preguntaban. Puede parecer que no fueran otra cosa que rencillas en un patio de
recreo, pero en ese entonces se sentían como batallas interminables, y mis
constantes retrocesos iban delineando las fronteras de la persona en quien iba a
convertirme. En la escuela blanca me encantaba jugar al fútbol y era un buen atleta.
Pero ahora solo había canchas de baloncesto, y yo no sabía lanzar. Las pocas
veces que lo intenté provoqué aullidos y, una vez más, me dijeron que era
“demasiado blanco”. No volví a hacer deporte en mi vida. Etiquetado como nerd, me
retiré a un mundo de libros.
El día en que se supo que mi segundo nombre era Wimberley las cosas ciertamente
no mejoraron. “Es un nombre estúpido”, dijo un bravucón mayor que yo, cuyos
padres lo golpeaban. “¿Quién diablos le pondría así a alguien?”. Wimberley venía
de la familia de mi padre, y por muy extraño que fuera el nombre, mi madre quería
que yo también lo tuviera. Pero, ¿dónde estaba él ahora? Ni siquiera nos había
escrito. Si pudiera venir a visitarme, a recogerme un día de la escuela una tarde,
pensaba, tal vez los otros niños podrían ver que yo era como ellos y no un impostor.
Un día, cuando intentaba recoger un libro de astronomía que se me había escapado
de la mochila, el bully me golpeó la cabeza contra los azulejos de un baño. Mi
madre se puso muy seria cuando se lo conté y me pidió que le dijera quién era. Al
día siguiente lo halló junto a un bebedero, lo arrastró a un rincón apartado y le dijo
que si volvía a tocarme lo buscaría otra vez y le pegaría cuando nadie la viera, para
que no hubiera moretones y ningún adulto creyera que lo había tocado. A partir de
entonces me dejó en paz.
Pero la imagen de una mujer blanca amedrentando a un niño negro que no el suyo
no pasó desapercibida para nadie, menos para mis compañeros de clase, que ahora
también mantenían las distancias. Una monja que dirigía un programa en la escuela
se dio cuenta de que las cosas no funcionaban. Había pasado tanto tiempo solo
metido en los libros de matemáticas e historia del curso superior al mío que la
escuela me adelantó de año. Ahora los profesores hablaban de hacerme saltar otro
grado, lo que me llevaría a la secundaria. Tenía apenas 12 años. Sor Georgi
propuso otra solución: un colegio privado llamado Menlo, donde pensaba que podría
conseguir una beca. Me advirtió que podría ser difícil encajar; y por lo que parecía,
la escuela sería aún más blanca y adinerada de la que mi madre me había sacado.
Pero no me importaba: en aquel momento, no podía imaginar nada peor que este
experimento fallido para enseñarme lo que significaba ser negro.

Habían pasado cinco años desde la partida de mi padre. A mediados de la década
de los noventa California había aprobado la “ley de los tres strikes”, que daba
cadena perpetua en la tercera condena por un delito grave. Mi madre, que se había
capacitado en contabilidad informática, empezó a usar su tiempo libre para buscar el
nombre de él en las bases de datos de las prisiones.
Fue la primera vez que la vi referirse a él por su nombre completo, Nicholas
Wimberley-Ortega. Yo sabía que Ortega era un apellido hispano. Lo veía en los
anuncios de televisión, donde aparecía en una marca de salsa mexicana. Parecía
tener poca relación conmigo. Pero mi madre también había dejado entrever que yo
podría ser latino. Me apodaba Nico y —para sorpresa de la familia mexicana que
vivía en la casa rodante de al lado—, le había dado por llamarme mijo. Un día le
pregunté por qué. Me explicó que echaba de menos los días en Puerto Rico cuando
tenía 30 años. Pero que también era por la familia de mi padre que, según
recordaba, él le había contado que llegó a Estados Unidos desde Cuba. En Cuba,
dijo, se podía ser latino y negro.
La escuela Menlo se convirtió en mi primer refugio intelectual, donde de repente leía
a Shakespeare y llevaba a la escuela una viola que estaba aprendiendo a tocar. Se
ofrecían cuatro lenguas extranjeras, pero no había duda de cuál elegiría: me inscribí
a la clase de español en mi primer año, guiado por la revelación sobre el origen de
mi padre. Pasamos las tardes en clase cautivados por aparatosos verbos
irregulares, como tener, o por el hecho de que el castellano consideraba que todos
los objetos del universo eran masculinos o femeninos. Un amigo me enseñó los
poemas de Pablo Neruda.
Un día, empezó a correr el rumor en el campus de que el coro de Menlo había
recibido permiso para volar a Cuba para cantar en una serie de conciertos esa
primavera. Poco después, la directora del coro, la señora Jordan, me llamó a su
oficina. Había asistido a su clase de teoría musical y estaba
aprendiendo a escribir música de cámara con ella y un pequeño grupo de
estudiantes. En los recitales de ese año, me ayudó a grabar algunas de las piezas
que compuse. Pensé que su llamada tenía que ver con eso.
“¿Eres tenor?”, me preguntó. Le dije que no sabía cantar. Todo el mundo puede
cantar, contestó. Hubo una pausa. Pensé que solo mis amigos más cercanos sabían
algo sobre mi padre; las familias de todos en esta escuela parecían casi perfectas,

así que rara vez mencionaba la mía. La señora Jordan levantó la vista. Señaló que
yo tenía ascendencia cubana y hablaba español; merecía ir al viaje. Con el embargo
de Estados Unidos contra Cuba todavía en vigor, ¿quién sabe cuándo tendría otra
oportunidad? “Y no tienes que preocuparte por el costo del viaje”, dijo. “Puedes ser
nuestro traductor”.
Viajamos de La Habana a Bahía de Cochinos y luego a Trinidad, una antigua ciudad
colonial al pie de una cordillera, con adoquines y un campanario. Me senté adelante
en el autobús, tarareando un CD de cuartetos de cuerda de Beethoven que había
traído y viendo pasar el paisaje, mientras el coro ensayaba en la parte trasera.
Mi español era vacilante en aquellos días y constaba solo de palabras y frases
hilvanadas de un libro de texto. El acento cubano bien podía haber sido francés por
aquel entonces. Pero el público para el que cantaba el coro rugía cuando se
enteraba de que uno de los estadounidenses presentaría al grupo en español. La
sala de conciertos de la ciudad de Cienfuegos estaba repleta de cubanos y de aire
húmedo. Salí y saludé a todos. “¡Es de los nuestros!”, gritó alguien en español.
“¡Nada más miren a este chico!”.

Nicholas Casey, jefe de la oficina del Times en Madrid
Djeneba Aduayom para The New York Times

En los días siguientes a mi regreso a casa, empecé a darme cuenta de lo mucho
que había perdido con la desaparición de mi padre. En las calles de La Habana
había hombres tan negros como mi padre, adolescentes con la misma piel marrón

claro que yo. Hasta donde sabía, podrían ser parientes lejanos. Pero sin ningún
rastro de mi padre excepto por un apellido, nunca sería capaz de distinguirlos de
cualquier otro extraño en el Caribe. Mi madre había comentado que el día que me
conoció, mi padre había buscado en mí una marca de nacimiento que “todos sus
hijos tenían”. ¿Dónde estaban esos hermanos? ¿Qué edad tenían ahora?
“A todo esto, ¿cuántos años tiene mi padre?”, pregunté.
Mi madre dijo que no estaba segura. Él era mayor que ella.
¿Cómo había estado buscando a este hombre en los registros penitenciarios sin
contar con una fecha de nacimiento? Insistí pidiendo más detalles. Pero hacía
mucho que el asombro de los días en los que escuchaba sobre sus aventuras se
había desvanecido: tenía 16 años y el hombre ya había estado ausente la mitad de
mi vida.
Mi madre intentó contarme, lo mejor que pudo, las cosas que recordaba que él
había mencionado durante sus visitas. Todo parecía brotar de pronto, de forma
apurada y poco fiable. Tampoco ayudaba que los detalles que recordó primero
fueran los que resultaban más difíciles de creer. Creció en algún lugar de Arizona,
me dijo ella, pero lo criaron en tierra navajo. Se lió con una pandilla. Ya antes había
escuchado muchas de estas anécdotas y las aceptaba principalmente por un asunto
de fe. Pero ahora me creía capaz de distinguir los hechos de la ficción. Y los hechos
eran que había desaparecido y que mi madre no tenía respuestas. ¿Era yo el único
que no se tomaba esto con indiferencia? Mi madre empezó a decir algo más y la
interrumpí.
“¿Sabes siquiera su nombre?”, le pregunté.
“Nicholas Wimberley-Ortega”. Estaba al borde de las lágrimas.
“¿Wimberley?”, dije, pronunciando el nombre con lentitud y enojo. “Me pregunto si lo
es. Jamás conocí a alguien más que yo con un nombre tan ridículo”.
Sé que no era justo descargar mi enojo en la mujer que me crio en lugar de dirigirlo
hacia el hombre que había desaparecido. Pero pronto también se presentó otra
oportunidad de enfrentar a mi padre. Aunque su vida en el mar rara vez atravesaba
mis pensamientos, para cuando entré a la universidad la vela era parte de mi vida,
de otro modo. En mi tercer año en Stanford asistí a una conferencia dictada por un

antropólogo sobre el wayfinding, un sistema de orientación espacial en la Polinesia.
Casi todas las islas del Pacífico, explicó el profesor, habían sido descubiertas por
hombres que navegaban sin brújula, guiados por las estrellas. El profesor mostró
una imagen de la Hokule‘a, una canoa moderna basada en los viejos modelos. Dijo
que aún había polinesios que conocían las tradiciones antiguas.
Meses después de la conferencia había leído todo lo que pude sobre ellas. La
búsqueda me llevó a inclinarme por la antropología y luego hacia el Pacífico —a
Guam y a Yap, una isla de las Carolinas en el Pacífico—, donde conseguí una beca
de investigación. Trabajaba en una tesis con matrícula de honor sobre los
navegantes vivos. Los hombres usaban canoas de madera con batangas para sus
viajes e intercambiaban grandes monedas de piedra como dinero. Pero sus bromas
y dipsomanía me remitieron inmediatamente a mi padre.

El padre de Casey frente a la roca de Gibraltar en 1998.
Carlos Luján para The New York Times. Foto original del autor
Una noche, luego de volver de un viaje de investigación, me quedé dormido en la
habitación universitaria que compartía con otros dos compañeros. Casi nunca veía a
mi padre en sueños, pero había jurado que la próxima vez que sucediera, le echaría
la bronca ahí mismo en el sueño. Y de pronto, esa noche, de súbito estaba ahí. No
recuerdo qué fue lo que le dije, pero me desperté perturbado. Recuerdo que no

tenía rostro. Después de tantos años era incapaz de acordarme de él. Estaba
gritándole a un hombre anónimo.
Al graduarme, decidí trabajar como reportero. No estoy seguro de que mi decisión
haya sido la que mi madre anticipaba: los únicos periódicos que recuerdo haber
visto de niño eran las ediciones del domingo de The San Francisco Chronicle, que
ella compraba para consultar la programación televisiva y cosechar cupones de
descuento. Pero en los diarios había páginas internacionales y corresponsales
extranjeros que escribían para ellas. Parecía una forma de empezar a conocer el
mundo. Ella comprendía que yo necesitaba irme. Pero también sabía que eso
significaría que ya no solo estaría sentada junto al teléfono esperando a escuchar la
voz de mi padre del otro lado del auricular. Ahora también estaría esperando a
escuchar la mía.
A los 23 años me contrató The Wall Street Journal y dos años más tarde me
enviaron a la oficina de Ciudad de México. Para ese entonces América Latina ya no
era solo el lugar donde se hablaba mi segunda lengua: después de la música
clásica, la región se había vuelto una obsesión para mí. El Caribe formaba parte del
alcance de la corresponsalía y yo encontraba cualquier excusa para trabajar allá.
Fue en la oficina de México que conocí por primera vez a un
cubanoestadounidense, un reportero veterano llamado José de Córdoba cuyo
escritorio estaba frente al mío en el ático donde se ubicaban nuestras oficinas. De
Córdoba era una leyenda en el diario, una suerte de Graham Greene latino que
había crecido en las calles de Nueva York. Había huido de Cuba con su familia
durante la revolución.
Yo tenía un solo apellido que me conectaba a la isla, pero eso no parecía importarle
a él y, para el caso, a nadie más. En Estados Unidos, donde tu identidad siempre es
tu piel, nunca había encajado ni como un hombre blanco ni tampoco como uno
negro. Pero aquí empezaba a sentirme como en casa.
Siempre había tenido dificultad para contarle a otros mi historia. Me avergonzaba la
pobreza, el papá ausente, el hecho de que nada parecía seguir un hilo ni llegar a
una conclusión. Era más fácil contar las historias de los demás. Me encantaba la
temporada de lluvias, cuando se amontonaban los nubarrones sobre Ciudad de
México que se derramaban a raudales por la tarde, limpiando la capital.
Me sentaba en el altillo, intentando condensar la vida de alguien para un perfil del
diario. De Córdoba trabajaba en su obituario de Fidel Castro, una obra de amor que

había empezado en los noventa y que con los años iba llenando de todo tipo de
anécdotas.
Sobre mi escritorio colgué un gran mapa del Caribe de National Geographic y al
levantar la vista lo miraba, con Cuba cerca del centro. El cartógrafo no solo había
delineado las bahías y capitales, sino también algunos de los sucesos que habían
ocurrido en el mar, como el sitio en el que había caído la cápsula Apolo 9 o el lugar
donde Colón había avistado tierra. Eso me gustaba. Mi yo romántico deseaba
también un mapa que delineara los sucesos de mi propia vida. Ahí estaba Haití,
donde cubrí un terremoto que arrasó gran parte del país, y Jamaica, donde fui
testigo del asedio de Kingston en un intento del gobierno por capturar a un capo de
la droga. En las olas de Vieques, una isla de Puerto Rico, pasé una larga tarde
compartiendo una botella tibia de ron con tres amigos.
El ron me hacía recordar a mi padre. La playa estaba cerca de donde mi madre
había atendido un bar años antes de conocerlo. Durante mi viaje la había llamado,
medio borracho, para contarle dónde estaba. Casi no había señal de celular y se
cortó varias veces. Pero logré escuchar que la invadía la añoranza por aquella parte
de su juventud. Ahora, de pronto, habían transcurrido décadas. Tenía casi 70 años y
ambos reconocíamos el paso del tiempo.

La madre de Casey, Kaye, en su casa al norte de California en mayo
Kelsey McClellan para The New York Times
Para cuando concluí mi paso por México había ahorrado suficiente dinero para
comprarle una casa a mi madre. Ambos sabíamos que no podía pasar el resto de
sus días en la casa rodante. Mi abuela había muerto el año anterior. La única familia
que nos quedaba eran dos sobrinas y un sobrino de mi madre con quienes

habíamos perdido prácticamente cualquier contacto después de la muerte de su
hermana.
Encontramos un lugar en venta cerca de la ciudad donde vivían mis primos en las
faldas de la Sierra Nevada. Era una casa verde y blanca con tres habitaciones y un
porche alrededor que el dueño dijo que había sido construida después de la Fiebre
del Oro. Una parte de mí deseaba que ahí, en las montañas, mi madre y mis primos
encontraran algo de la vida familiar que yo nunca había conocido. Vendimos la casa
rodante por 16.000 dólares a una familia de cuatro que había estado viviendo en un
una furgoneta en la calle frente a mi madre. Empacamos todas sus pertenencias en
un camión de U-Haul y emprendimos el camino por la bahía hacia las montañas.
Nuestro número telefónico siempre había sido el mismo. Siempre vivimos en el
mismo parque de casas rodantes, junto a la misma autopista, en el mismo espacio
detrás del arroyo, el número 35. Ahí habíamos esperado durante 20 años.
“Sabes que si él viene ya no sabrá dónde encontrarnos”, me dijo ella.
Para cuando tenía treinta y tantos era el jefe de la corresponsalía de los Andes de
The New York Times y cubría una extensa parte de Sudamérica. Una vez, en
marzo, viajé a un campamento guerrillero en la selva colombiana para entrevistar a
un grupo de rebeldes en guerra con el gobierno. Era un día caluroso y seco.
Algunos combatientes habían sacrificado una vaca y la preparaban para el
almuerzo.
Teófilo Panclasta, uno de los viejos guerrilleros, me había estado hablando por casi
una hora, pero no fue sino hasta que mencioné que mi padre era cubano que le
brillaron los ojos. Señaló a una estrella roja en su boina e intentó recordar una
canción de la Revolución Cubana.
“¿Dónde anda tu padre ahora?”, me preguntó Panclasta.
Me sorprendió la respuesta que le di.
“Estoy casi seguro de que está muerto”.
Sabía que mi padre era mayor que mi madre, tal vez por una década, pero jamás
había dicho en realidad lo que durante tanto tiempo supuse. Me imaginaba que

ningún hombre habría resistido al sistema penitenciario hasta esa edad y, que si
hubiera conseguido salir, nos habría ubicado hace años.
La revelación de que no iba a volver tensó la relación con mi madre, incluso cuando
ella estaba empezando una nueva vida. Veía a mis amigos publicar fotos de sus
nuevos sobrinos y sobrinas. Iban a reuniones familiares. Mi madre parecía no
comprender por qué estas cosas me alteraban. Solo se quedaba sentada, tejiendo.
Una gran parte de mí la culpaba por la ausencia de mi padre y sentía que era
obligación de ella hacer que volviera.
El día que cumplí 33 años sonó el teléfono. Era mi madre, que me deseaba feliz
cumpleaños. Había pensado en qué regalarme y se decidió por una prueba genética
que me estaba enviando a mi dirección en Colombia. Le apenaba no saber más
sobre mi padre. Pero con esto al menos podría darme algo de información sobre
quién era yo.
La prueba se quedó un tiempo en mi escritorio. Yo no estaba seguro que un informe
que dijera que yo era mitad negro y mitad blanco fuera a aclararme algo que no
supiera ya. Pero mi madre siguió llamando y preguntando si había “mandado ya tus
genes a los mormones” (la empresa tiene sede en Lehi, Utah) y al final cedí. Me
hisopé la boca y envié de regreso el tubo de ensayo plástico.
El mapa que recibí a cambio no contenía sorpresas. Había marquitas por toda
Europa, donde posiblemente habían nacido mis tatarabuelas. También aparecía
África Occidental como parte de mi linaje.
La sorpresa se encontraba en la sección inferior al mapa.
En el pie de la pantalla, la página indicaba que tenía un “pariente potencial”. Se
trataba de una mujer de nombre Kyra, que tenía unos 30 y tantos años. La única
familia que había conocido era toda del lado de mi madre y blanca. Sin embargo,
Kyra, veía en su foto, era negra.
Di click y apareció una pantalla para escribir un mensaje.
No tuve que pensar en lo que iba a decirle a esta persona: le conté que mi padre
había estado ausente casi toda mi vida y que casi me había resignado a no
encontrarlo. Pero esta prueba decía que éramos parientes y ella lucía como alguien
que podría ser familiar de él. No sabía si él seguía vivo, escribí. Era marinero. Me

disculpaba por molestarla, sabía que era una remota posibilidad, pero la prueba
indicaba que ella podía ser mi prima y, si quería escribirme, ahí estaba mi dirección
de email.
Pulsé enviar. Llegó un mensaje.
“¿Sabes cómo se llamaba tu papá?”, escribió. “Mi papá es un Wimberly”.
No escribía el nombre como nosotros, pero no había duda del nombre. Kyra me dijo
que aguardara, quería averiguar y me escribiría cuando supiera más.
Luego llegó otro mensaje: “Bueno, luego de leer tu mail y hacer aritmética simple,
supondría que eres el tío del que me han contado”, escribió.
Yo era el tío de alguien.
“Nick Wimberly… ”
Dejé de leer cuando vi el nombre de mi padre. Transcurrieron algunos segundos.
“Nick Wimberly es mi abuelo (le decimos Papo)”, escribió. “Mi papá (Chris) tiene 1
hermano y 1 hermana (Teri). Nick está muy viejo. 70 y largos o principios de los 80.
¿Sabes si tendría esa edad? Este año vi a Papo (Nick) y dijo que planeaba mudarse
a Guam a finales de año”.
Mi padre estaba vivo.
Kyra escribió que, si yo quería, le enviaría unos mensajes de texto para ver si podía
contactarlo.
A la laptop se le estaba acabando la batería y di tumbos por la casa en busca de un
cable hasta sentarme en el sillón. Pensé en que, al final, la labor de detective había
resultado extrañamente sencilla: estas dudas me habían afligido la mayor parte de
mi vida y, sin embargo, heme aquí, sentado ociosamente en casa mientras de
pronto aparecían los nombres de hermanos y hermanas.
Mi teléfono vibró con un mensaje de texto.
“Soy tu hermano Chris”, decía. “Aquí estoy con tu papá y quiere hablar”.

El sol se había puesto hacía unos minutos, pero no hay atardecer en los trópicos: el
día se convierte en noche como si alguien presionara un interruptor. Levanté el
teléfono en Colombia y marqué un número en Los Ángeles. Primero escuché a
Chris del otro lado de la línea, luego un susurro en el fondo y oí otra voz que se
acercaba al auricular.
Hablé yo primero: “Papá”.
No lo dije como una pregunta. Sabía que él estaba ahí. Solo había tenido ganas de
decir “Papá”.
“¡Mijo!”, dijo.
Su voz irrumpió en la línea, más queda y grave de lo que yo recordaba. A veces me
costaba entender lo que decía; había demasiado y sin pausas entre las ideas.
Intentaba escribirlas, grabar todo lo que pudiera. Muchas veces, a lo largo de mi
vida, —de niño, de adolescente, de adulto— había reproducido esta escena en mi
mente y con cada una la solemnidad de ese momento imaginado parecía aumentar.
Sin embargo, ahora había un desparpajo en sus palabras que recordé al instante:
hablaba como si solo hubieran pasado unos meses desde la última vez que lo vi.
“Yo dije, mijo, que un día de estos todo se iba a arreglar, y que me encontrarías. Es
el apellido Wimberly. Puedes huir de la ley, pero no puedes escapar de ese
apellido”, dijo.
“¿Entonces Wimberly es real?”, le pregunté. Sí, dijo, Wimberly es real.
“¿Y Nicholas?”, pregunté. Nicholas no era su nombre, dijo, pero siempre se había
hecho llamar Nick. Su verdadero nombre era Novert.
“¿Y Ortega?”.
Se rio cuando dije Ortega. Era un apellido inventado, dijo. En los años setenta
empezó a usarlo “porque sonaba cool”.
Contó su historia desde el principio.

Nació en Oklahoma City en 1940. Nunca conoció a otro Novert que no fuera su
padre, por quien le habían puesto así, pero creía que podría ser un nombre
choctaw. Su apellido, Wimberly, también venía de su padre, que había muerto de
una enfermedad en 1944, cuando mi padre tenía 4 años. Fue criado por dos
mujeres: su madre, Connie, y su abuela, la imperiosa ancla de la familia que se
hacía llamar Honey Mom. Las mujeres querían irse de Oklahoma, y mi padre decía
que incluso él veía que no era un lugar seguro para un niño negro. Con el final de la
Segunda Guerra Mundial llegó la oportunidad —“el mundo entero era como una
matriz, todo se movía en todas las direcciones”, dijo— de marcharse con una oleada
de familias negras que se trasladaron al oeste para poner distancia entre ellos y los
fantasmas de la esclavitud.
Hay veces en que un padre no puede explicar por qué

abandonó a su hijo.

El trayecto en tren a Phoenix fue su primer viaje. Se instalaron en casa de la tía de
Honey Mom. Mi padre alcanzó la mayoría de edad en las calles de Arizona, entre
niños que hablaban español, navajo y pima, en los que decía que aún podía
defenderse. A los 16 años, se alistó en el Cuerpo de Marines, mintiendo sobre su
edad. “Siempre tuve en el alma esta pasión por los viajes”, dijo.
Sí, tenía mucha más familia, dijo; había tenido lo que él llamaba con orgullo una
ajetreada “vida de hacer bebés”, engendrando seis hijos que tenían cuatro madres
diferentes. Mi hermano mayor, Chris, llegó en 1960, cuando mi padre apenas tenía
20 años. Mi hermana Teri nació en 1965, Tosha en 1966, Rodrigo en 1967. Antes
de mí llegó Dakota en 1983. Yo era el menor. Tenía muchos nietos: más de una
decena, decía. Toda la familia —todos los medios hermanos, los sobrinos— se
conocían entre sí, dijo, todos se llevaban bien. “Todo el mundo se conoce, excepto
Nick”, dijo. “No pudimos encontrar a Nick”.
Yo estaba justo aquí, pensé.
Debió de percibir el silencio en mi extremo de la línea, porque volvió a contar su
historia sobre aquella noche en el puerto de Crockett, la última que lo habíamos
visto. El problema había surgido unos meses antes, dijo, cuando estaba a la espera
de un trabajo en los barcos. Una mujer en la puerta de su apartamento le preguntó
si tenía un cigarrillo y, de repente, salió corriendo. Apareció un hombre —un marido
o amante despreciado, sospechaba mi padre, que pensó que había algo entre ella y

mi padre—y entonces lo atacó. Mi padre sacó una pistola que traía. El hombre
retrocedió y mi padre cerró la puerta, pero el hombre intentó derribarla. “Le dije: ‘Si
vuelves a golpear esta puerta, te reviento el trasero’”, recuerda mi padre. Luego
apretó el gatillo.
Mi padre dijo que llegó a un acuerdo de culpabilidad por homicidio y cumplió 30 días
tras las rejas y tres años de libertad condicional.
“¿Y después?”, pregunté.
Hasta ese momento estaba lleno de respuestas, pero ahora se quedó callado. Dijo
que había pasado por nuestro camino varias veces en los barcos e incluso había
conducido hasta la hilera de parques de casas rodantes junto a la autopista. Pero no
recordaba cuál era la nuestra, dijo. Sentía que lo había estropeado todo. Mi padre
no quería que haber matado a alguien me persiguiera. Mi madre realmente no había
querido que estuviera cerca, dijo. Se quedó callado. Parecía haberse quedado sin
razones.
“Nunca llegué a conocer a mi papá”, dijo.
Hay veces en que un padre no puede explicar por qué abandonó a su hijo. Parecía
demasiado tarde para confrontarlo. Se acercaba la medianoche. Tenía 77 años.
“Nunca olvidaré, Nicholas, la última noche que te vi, mijo”, dijo. “Era una noche de
niebla cuando regresamos, y tuve que volver caminando al barco. Y te di un gran
abrazo, y le di a tu madre un gran abrazo. Y era una noche de niebla, y estaba
caminando de regreso, y apenas podía ver los rastros de ti y de tu madre”.
Él y yo nos despedimos y colgué el teléfono. De repente fui consciente de lo solo
que me hallaba en el apartamento, del sonido del reloj que sonaba en la pared.
Me levanté del escritorio y durante unos minutos me quedé de pie. No podía creer lo
rápido que había sucedido todo. Durante décadas, este hombre había sido el gran
misterio de mi vida. Había pasado años tratando de resolver el enigma, y luego
había pasado años tratando de aceptar que el enigma no podía resolverse. Y ahora,
con lo que me parecía un esfuerzo casi nulo, lo había conjurado con una llamada
telefónica. Estaba mirando las notas que había tomado, repitiendo algunas cosas en
voz alta. Un vago esbozo de la vida de este hombre a partir de 1940, media docena
de fechas y ciudades, algunos nombres de calles. Mi padre había matado a alguien,

había escrito. Esa parte era cierta. Dijo que vino a buscar nuestra casa. Pero había
algo en el tono de su voz que me hizo dudar de ello.
Y luego estaba el apellido Ortega, que había subrayado varias veces. Ortega no era
su apellido. Me tomé un momento para asimilarlo. De adolescente había seguido
ese apellido hasta La Habana y, de adulto, hasta un campamento guerrillero en las
montañas de Colombia. Les había dicho a viejas amigas que la razón por la que
bailaba salsa era porque era latino, y si ellas lo creían, era porque yo también lo
hacía. Al final, el destino tenía sentido del humor: finalmente había seguido el
apellido Ortega hasta su origen, que para nada era Cuba, sino el capricho de un
joven, en los años setenta, que solo quería parecer chévere.
Cuatro semanas después de aquella llamada, me encontraba en las afueras de Los
Ángeles, esperando ver a mi padre. Nuestro punto de encuentro era un
estacionamiento del restaurante Jack in the Box. Esta vez no hubo prisa por llegar a
un puerto, y era yo, y no él, quien llegaba del extranjero, en un turbulento vuelo de
Avianca desde Medellín. Habían pasado 26 años desde la última vez que lo vi.
Un auto de cuatro puertas se detuvo, una ventanilla se bajó. Y, de repente, mi padre
volvió a ser real, apretujado en el asiento delantero del carro con un largo brazo
asomando por la ventanilla mientras sostenía un cigarrillo. Alguien hizo sonar su
bocina, en su intento de entrar en el carril de entrada al autoservicio. Apenas
registré la bocina. La cara de mi padre, que había olvidado hacía años, quedó
restaurada. Tenía una nariz rechoncha y orejas grandes. Tenía el pelo blanco y
tieso, que relajaba y peinaba hacia atrás hasta que volvía a llegarle a la nuca. Los
años lo habían puesto increíblemente delgado. Ahora llevaba dentadura postiza.
“Sube, mijo”, gritó cuando salió y me abrazó.

Padre e hijo se reunieron el mes pasado.
Djeneba Aduayom para The New York Times
Subimos al auto y Chris, mi hermano, nos llevó a su casa, donde mi papá había
estado viviendo las últimas semanas mientras planeaba su próximo viaje a Guam.

La mañana siguiente, encontré a mi padre en el sofá de Chris. La vida en el mar
hizo que no le gustaran las camas normales, explicó. Junto a él, en dos maletas sin
cerrar, estaba lo que parecía ser la suma total de sus posesiones, que incluían un
kimono de Japón, dos dientes de cachalote que compró en Singapur y un álbum de
fotos que incluía imágenes de sus viajes durante los últimos 40 años y que
terminaba en una carrera a la estación McMurdo en Antártica en los años anteriores
a su jubilación en 2009. Estaba empacando el kimono y me entregó el álbum. Fue a
un armario cerca del sofá y sacó una botella de ron, tomó un largo trago y la
sacudió. Eran las 9 a.m.
“Buenos días, mijo”, dijo.
Había sacado una pila de antiguas partidas de nacimiento de nuestros antepasados,
fotos familiares y registros que guardaba de los puertos que visitaba y que quería
enseñarme. Pasamos la mañana en el patio trasero, hojeando la historia familiar
que llevaba en su maleta.
Ahora mi padre y yo hablamos cada semana o cada dos semanas, como supongo
que hacen la mayoría de los padres e hijos. Las llamadas no siempre han sido
fáciles. Hay veces que veo su número en mi teléfono y no contesto. Sé que debería
hacerlo. Pero hubo muchos momentos de niño en los que cogí el teléfono
esperando que fuera mi padre. No hace mucho, su número apareció en mi pantalla.
De repente me di cuenta de que el prefijo era el mismo que yo tenía cuando vivía en
Los Ángeles después de la universidad. Él también había estado allí esos años, dijo.
No tenía ni idea de lo destruido que quedé al saberlo: durante dos años, su casa
había estado a solo media hora.
Y si soy sincero, no sé qué pensar del hecho de que este hombre estuviera presente
en la vida de sus otros cinco hijos pero no en la mía. Parte de mí quisiera
confrontarlo, tener un gran enfrentamiento con el viejo como el que intenté en mi
sueño hace años.
Pero tampoco sé qué pasaría si me enfrentara a él. “Es un pirata moderno”, le gusta
decir a mi hermano Chris, lo que suena como una de esas frases que se repiten
desde hace décadas en una familia. Una vez, después de que me encontré con mi
hermana Tosha para cenar con mi padre, él salió a fumar y ella empezó a contarme
lo que recordaba de él en la infancia.
Aparecía una y otra vez en casa de su madre entre sus aventuras en el mar.
Recordaba mágicos paseos con él por los parques de Pasadena y que buscaban

vainas de eucalipto en las que él le decía que se escondían las hadas. Luego, un
día dijo que se iba a un barco pero no volvió. Se parecía mucho a la historia de mi
infancia, con una gran diferencia: Tosha se enteró unos años después de que había
estado viviendo en casa de la madre de Chris, con la que seguía casado. Después
de todo, nunca se embarcó, o lo hizo, pero no se molestó en volver con Tosha
después. La verdad la sorprendió al principio, pero luego se dio cuenta de que no
debería haberlo hecho: coincidía con lo que había llegado a esperar de él.
Pasé gran parte de mi vida imaginando quién era yo a través de vagas pistas sobre
quién era mi padre, y luego convirtiéndome en esa persona. Estas sospechas me
llevaron a las clases de español de la secundaria y a aquella excursión escolar a
Cuba; me habían hecho viajar a Latinoamérica y forjarme una vida y una carrera allí.
Durante un tiempo, después de conocer la verdad sobre quién era mi padre —un
hombre negro de Oklahoma— me pregunté si eso cambiaba algo esencial en mí.
Parte de mí quiere pensar que no tiene por qué hacerlo. Es la parte de mí a la que
secretamente le gustaba ser hijo único porque pensaba que eso me hacía único en
el mundo. Y aunque ahora tengo cinco hermanos, a esa parte de mí le sigue
gustando creer que cada uno de nosotros determina quiénes somos por las
decisiones que tomamos y las vidas que elegimos vivir.
Pero, ¿y si no es así? Ahora me pregunto a menudo si este largo viaje que me ha
llevado a tantos rincones del mundo no se debe a que yo lo buscaba a él, sino a que
yo soy él: si la parte de mi padre que le impulsó a pasar su vida en el mar es la parte
de mí que me llevó a una vida itinerante como corresponsal en el extranjero.
Es extraño escuchar la voz de mi padre por teléfono, porque puede sonar como una
versión mayor de la mía, y no solo por el tono, sino por las pausas y la forma en que
salta de una historia a otra sin previo aviso. Hemos pasado toda una vida separados
y, sin embargo, de alguna manera nuestros gustos han convergido en los
sándwiches de pastrami y los camarones fritos, alimentos que nunca habíamos
comido juntos hasta ahora.
Una noche me sorprendió cuando mencionó la Hokule’a, la canoa construida en
Hawái, que había figurado en mi tesis universitaria sobre los navegantes modernos.
Yo lo consideraba una obsesión poco conocida y absolutamente solitaria. Sin
embargo, él parecía saber tanto como yo.

“Lleva tu bitácora”, me dice a menudo al final de nuestras llamadas, recordándome
que escriba adónde me han llevado mis viajes.
Ahora vivo en España, como jefe de la oficina de The New York Times en Madrid.
Pero en mayo volví a California para ver a mi padre. Se había ido a vivir a Guam,
luego se mudó a las Bahamas y a Florida y volvió a California, al sofá de Chris. Su
afán viajero parece no tener límites, incluso cuando tiene más de 80 años.
Íbamos por la autopista en un coche alquilado cuando puse el concierto
“Emperador” de Beethoven en Spotify. Empecé a tararear la parte de la orquesta; he
escuchado la pieza durante años. Entonces me di cuenta de que mi padre también
tarareaba, recreando el famoso crescendo del movimiento lento con sus dedos en el
tablero. Cuando la música se detuvo, puse otra de mis favoritas, una sinfonía
concertante.
“Mozart”, dijo, tarareando la línea de la viola.
Entonces encontré una pieza musical que guardaba en mi teléfono y que sabía que
no podía nombrar.
“¿Sabes quién compuso esta, papá?”, le pregunté.
Escuchó la línea del violonchelo y luego la del piano.
“No sé”, dijo. “Pero puedo decirte que el compositor tenía un alma melancólica.
¿Quién la escribió?”.
“Lo estás viendo”, dije, sonriendo.
Escribí la música en la clase de teoría musical de la señora Jordan en la secundaria.
Mi padre parecía realmente impresionado por aquello. Y aquí estaba yo, con 36
años, tratando de impresionar a mi padre.
Llegamos al final de la autopista en el puerto de San Pedro, a los astilleros donde él
había pasado tanto tiempo durante sus 43 años de carrera. Desde que se jubiló, le
gusta ir allí a ver los barcos que zarpan. Nos detuvimos y caminamos hasta un faro
que se encuentra en una arboleda de higueras en un acantilado sobre el puerto. Se
veía una hilera de buques petroleros que se perdía en el horizonte. Pensé en mis
recuerdos de ese océano. Él pensó en los suyos.

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Djeneba Aduayom es una fotógrafa en Los Ángeles. Su trabajo se exhibirá este
verano como parte de la Nueva Vanguardia Negra en el festival de fotografía Les
Rencontres d’Arles.
Nicholas Casey es el jefe de la oficina de Madrid, que cubre España, Portugal y
Marruecos. Pasó una década como corresponsal en América Latina y Medio Oriente
y escribió sobre política estadounidense durante la campaña presidencial de
Estados Unidos de 2020. @caseysjournal

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