Unidad Investigativa

Publicado el Alberto Donadio

Así el Bayern Munich prestó al Tren Valencia

Publicamos del diplomático José Joaquín Gori Cabrera:

DUCIT AMOR PATRIAE
Me lleva el amor por la patria
La actitud retrechera de algunas ligas europeas que quieren negarle a jugadores latinoamericanos el sagrado derecho de representar a sus países en una jornada decisiva de las eliminatorias a Qatar 2022 constituye una bofetada directa a los pueblos y naciones que luego de esta nueva especie de oscurantismo provocado por la pandemia necesitan un respiro, un desahogo, un retorno al descargo de alegría y desborde de pasiones y emociones que se logra en torno al fútbol, la única religión universal que une las almas con sus ídolos deportivos.
En diplomacia aquello se conoce como una actitud inamistosa, y son bien conocidas las implicaciones de que en la arena internacional una actitud se considere inamistosa. No hay justificación alguna para chantajear a los jugadores que quieren venir a cumplir con su país y con su gente, su máxima y más sublime aspiración. Los egocéntricos gobiernos europeos pretenden que es asunto de sus respectivas ligas; y, a su turno, los prepotentes directivos de las opulentas ligas nos tratan como a peones de finca, olvidando que es la sangre latina la que le da brillo y billete a sus contiendas. Nada sería la Champions sin toda esa constelación de rutilantes estrellas que el dinero ha sabido llevar a las canchas europeas para gozo de sus aficiones y llenado de las arcas de sus ligas. Sin Messi, Marcelo, Suárez, Di María, Neymar, James, Firmino, Cuadrado, Cavani, Mina, La Celso, Bravo, Casemiro, Gabriel Jesús, Almirón, Vidal y el resto de esa pléyade de jugadores formados en nuestras playas y potreros, la Champions League sería más aburrida que el World Cricket Championship. Con perdón de los cricketeros.
La diplomacia es un arte con todo rango de manifestaciones y campos de acción. Es el modo pacífico de ingeniar resultados constructivos, diseñar avenidas de entendimiento, batir intereses en procura de un licuado de posiciones que corren por distintas vías. Los dignatarios del Continente están en mora de iniciar una acción fina, firme y coordinada, para hacerle entender a los gobiernos europeos que se ha afectado la dignidad de nuestros pueblos. El mensaje tiene que ser corto y amistoso, bueno y saludable, pero más que nada, contundente: nuestros gobiernos pueden entender con reticencia que se trata de decisiones adoptadas en forma independiente por las respectivas ligas, por motivos económicos o supuestamente sanitarios. Pero esta medida no la entienden los aficionados de nuestros países. La afrenta podría ocasionar todo tipo de reacciones desfavorables. Revivirían causas que están apaciguadas, reclamaciones territoriales, reivindicaciones históricas, retaliaciones comerciales, un estallido de indignación que puede ser una bola de nieve que inicia la avalancha. Nada más indeseable en estos momentos de crisis que una nueva sublevación popular.
Está en manos de los gobiernos europeos ilustrar a sus respectivas ligas sobre la conveniencia y necesidad de que faciliten la presencia de los jugadores latinoamericanos para los partidos de la próxima fecha FIFA. Se harán acreedores al eterno agradecimiento de todo el Continente, y estarán adoptando el único curso de acción disponible en el marco de la buena voluntad y la amistad entre las naciones. Es sabido que bajo la reglamentación FIFA cada país puede exigir la venida de sus jugadores, con o sin la venia del respectivo club o liga a la que tal club se encuentre afiliado. ¿Para qué forzar esa situación, que de llegar a producirse llevaría a los jugadores a enfrentarse a dilemas insolubles: ¿¡cumplir su deseo y sufrir las retaliaciones económicas y profesionales; o aceptar el chantaje y traicionar a la afición que los reclama!?
Sobra agregar que el pretexto sanitario no es admisible. Todos están cubiertos por el mismo paraguas de las vacunas y las precauciones médicas. Si es de Bayer es bueno, y si es Pfizer, o cualquier otro biológico, también. No vamos a contaminar a los europeos. El virus chino pasó por Europa y llegó a nuestras tierras; no al revés.
La acción diplomática debe ser ciclónica, inmediata, colectiva. Recuerdo que en las eliminatorias para el Mundial EE.UU. 94 se dio el caso de que Colombia jugaba su último partido en Buenos Aires y se volvió causa nacional que Adolfo “el Tren” Valencia, que jugaba en el Bayern Munich, acudiera a ese enfrentamiento decisivo. El contrato de fichaje establecía que el Bayern lo prestaría para dos partidos de las eliminatorias, y ya se habían jugado los dos, uno contra Argentina, en Barranquilla- ¡y el Tren anotó un gol de locomotora!- y el segundo contra el Perú. Si empatábamos en Buenos Aires clasificábamos directo para el Mundial. La presión de los medios fue tanta que la canciller Noemí Sanín decidió llamar personalmente a su colega y homólogo alemán. Como cónsul general en Munich recibí una llamada del embajador en Bonn, quien con claridad y simpleza me transmitió que mi misión era conseguir que el Tren Valencia jugara ese partido.
Entendí que se trataba de una especie de Misión Imposible, tómela o déjela, en la que me iba el cargo. Un amigo futbolista radicado en Alemania, José Iver Grueso, ex jugador del Santa Fe, me pasó el teléfono privado de Joseph Blatter, en ese entonces Secretario General de la FIFA, en Suiza. Blatter fue muy amable. Me soltó que en últimas la Federación podía exigir al jugador. Solicité que enviaran un emisario y vino el Secretario Ejecutivo de la Federación Colombiana de Fútbol. La gestión la teníamos que adelantar ante el imponente Uli Hoeness, presidente y gerente/manager del Bayern Munich, una leyenda viva como futbolista y directivo, hombre duro y no muy fácil de tratar. Llegamos con regalitos, a la colombiana. Nos trató con mucha frialdad y nos adelantó que no tenían intención de prestar al jugador, que el contrato tenía un valor de 3 millones de dólares, que ellos habían pagado, y que además sabían que íbamos a perder y luego vendríamos a rogar que prestaran a Valencia para el repechaje con Australia.
A los pocos días Colombia le ganó al Perú y todo quedó para definirse en ese partido en Buenos Aires. Le pedí a la Federación que me situaran dos pasajes en primera clase, y me le volví a presentar al hosco Hoeness. Le comenté el resultado con el Perú, le ofrecí de inmediato el apoyo para que Alemania celebrara el próximo Mundial, y finalicé con franqueza: mi cargo estaba en juego por lo que le rogaba que el Bayern accediera como gesto de buena voluntad, o de lo contrario, al termino de un partido que se jugaba esa noche, tendríamos que reclamar al jugador. Deseché su advertencia de que el Santa Fe comprometería sus 3 millones de dólares, respondiéndole que mi problema era conseguir al Tren, no defender los intereses económicos del Santa Fe, o mejor, de César Villegas, quien parecía el dueño del equipo.
En verdad, yo no podía ofrecer el apoyo para el próximo Mundial y tampoco había sido autorizado para insinuar que con o sin permiso nos llevaríamos a Valencia. Pero apliqué un criterio de autonomía de mando, en el entendido de que si la canciller Sanín se había interesado personalmente en el caso era apropiado deducir que mi encargo debía cumplirlo a mi leal saber y entender, usando las armas que tenía. Apretando donde había que apretar y ofreciendo lo que pudiera ofrecer.
Esa noche me hice acompañar al estadio de un vicecónsul argentino oriundo de Ulm, en donde había nacido Hoeness. Fue un valiosísimo intérprete, porque era además admirador de Hoeness y fanático del buen fútbol. Respetaba a nuestra Selección y tenia la mejor voluntad de ayuda. Al término del primer tiempo iniciamos una discusión entre nosotros, simulando que estábamos por arrancar para formalizar la petición del jugador. Entonces, a mitad del segundo tiempo apareció un joven muy cordial, agente de prensa del Bayern Munich, para comunicarme que Herr Hoeness, en gesto de la mejor buena voluntad, nos prestaba al Tren Valencia, que esperaba que nos fuera muy bien y pudiéramos celebrar al regreso, y que se aceptaba el pasaje de primera clase para un acompañante, que se encargaría de asegurarse que el jugador regresara de inmediato.
Y así fue. El agente de prensa del Bayern fue designado acompañante y muy previsivamente se compró un aparato traductor para entenderse con el Tren durante el viaje. Colombia ganó 5-0 y clasificó. Valencia metió el quinto gol. Al término del partido una despampanante vicecónsul argentina en Frankfurt, que estaba de vacaciones en Buenos Aires, esperaba al agregado de prensa para llevarlo a probar bife de chorizo con papas fritas y cerveza Quilmes. A su regreso, el hombre me dijo que ese partido nunca lo olvidará, y que tampoco olvidará la generosidad con que los argentinos lo atendieron ni la delicia del bife de chorizo. Todo había sido espectacular y lo que más agradecía fue la oportunidad de deleitarse con ese partido, en el que todo nos salió bien. Al Tren lo esperaba a la salida de inmigración una traductora española muy agraciada, y el transporte directo para el entrenamiento. Estaba un poco amargado porque no pudo participar en la celebración posterior, que no quiero mencionar a cargo de quién corrió.
Yo me sentía como Montgomery luego de el Alamein. Metternich y Talleyrand nunca habían logrado algo así. Para celebrar, hice una ronda por algunos bares que aseguran que ahí estuvo Hemingway. Ese hombre tiene que poseer el récord mundial, porque todo bar que se precie tiene que exhibir una leyenda de que ahí estuvo. Le pedí al barman que agregara «Y aquí estuvo también Gori». «¿Quien es?». » El inspector de bares en los que se supone que estuvo Hemingway».
(firmado digitalmente)
JOSÉ JOAQUÍN GORI CABRERA

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