Umpalá

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Si yo fuera Petro….

A Gustavo Petro no se le acusó ni de corrupción, ni de tráfico de influencias, ni de clientelismo, ni de nepotismo, ni de favorecer terceros, ni de cambiar votos por puestos, ni de discriminación racial, ni de acoso sexual. De hecho nadie sabe muy bien de que se le acusó. La historia de las basuras, por supuesto, pero ya está largamente demostrado que tras la “inundación” de basuras que la ciudad vivió durante tres días, hubo un complot de los empresarios perjudicados con la decisión del alcalde de devolverle al público un servicio público que estaba costando demasiado y que sólo funcionaba bien en ciertos sectores de la ciudad. Hace unos meses, una amiga lo decía así “La gente del Norte no soporta tener que sacar la basura cada dos días, así esa la condición para que en el sur las puedan recoger cada cuatro y no cada semana”.
A Petro no lo sacaron por las basuras, lo sacaron porque les dio miedo que se creciera en la Alcaldía, porque Colombia es un país que se desgarra las vestiduras llorando la muerte de Mandela (quien fue condenado en su momento como guerrillero y terrorista) pero no admite que una persona que ha luchado con las armas cuando no había otra manera de hacerlo, entre en la política y menos que le vaya bien. En los años ochenta el método empleado con la Unión Patriótica fue la eliminación física, el mismo que se utilizó contra Carlos Pizarro y Bernardo Jaramillo. Los métodos actuales para sacar de la partida a los contrincantes son menos sanguinarios, pero igual de sucios.
Santos, que le teme a Uribe como a nadie en el mundo, dio el visto bueno a la destitución de Petro, para congraciarse con la derecha de la derecha, pero el cálculo es contraproducente, primero porque los uribistas radicales prefieren al original que a la copia, segundo porque demostrar que las garantías a una ex-izquierda armada para que participe en la política son una payasada, le da un golpe mortal al proceso de paz en La Habana.
Que era lo único que le quedaba a Santos, su gran apuesta.
Más decepcionante es la actitud de Rafael Pardo, uno de los últimos liberales demócratas (o el último), al aceptar (mermelada, sagrada mermelada)un gobierno encargado que lo llevara al Palacio Liévano contra la voluntad de sus administrados.

Sin duda Petro no fue un alcalde perfecto, sin duda no resolvió todos los problemas de una ciudad de diez millones de habitantes. Tampoco creo que los dejara empeorar. Bogotá ya era insegura cuando Petro fue elegido con una alta votación popular. Sigue siéndolo, pero la tasa de homicidios cayó como nunca en la historia. El Transmilenio no se convirtió en un sistema de lujo, pero tampoco era cómodo cuando Petro llegó (ni nunca lo ha sido, como la mayoría de sistemas de transporte masivo en el mundo) pero Petro dejó sentadas por fin las bases para la construcción del metro y montó un sistema integral que terminará por darle a Bogotá un transporte moderno.
Y sobre todo, Petro pero gobernó con sectores que nunca habían sido tenidos en cuenta, que ni siquiera sabían que eran dignos de hacer parte de la administración de la ciudad en la que viven. En un abuso de autoridad por el que tarde o temprano tendrá que responder, el Procurador, sin ni siquiera formular una acusación clara en su contra, hizo el trabajo sucio al servicio de una clase dirigente a la que él pertenece y para quien era preocupante la popularidad del alcalde entre los indígenas, los animalistas, los desplazados, las trabajadores sexuales, la población LBGTI, las madres comunitarias, los vendedores, los ex-zorreros, los estudiantes y toda esa Bogotá que vive de la 26 hacia el sur y de la séptima hacia el occidente.
Le tenían miedo porque en el resto de Colombia también hay gente así y esa gente también es la mayoría.
Ese era el tipo de personas que se reunía el 10 de enero en la Plaza de Bolívar.

Yo nunca había visto respaldar de esta manera, con el corazón, sin esperar puestos, sin el cerebro en modo “ya llega la Lechona”, a un político colombiano.
Lo que aquí decía Gustavo Petro ese día sigue teniendo toda su validez.
Si yo fuera él, no saldría. No saldría y así el Procurador en persona tendría que venir y se encontraría con un montón de gente que siente que en el país que se enorgullece diciendo que es la democracia más antigua de América, la democracia es esa comedia que vivimos hace dos semanas, cuando el congreso y la cámara quedaron mayoritariamente en manos de caciques, corruptos e incompetentes que saben que llegarán tranquilamente al final de su periodo.
Si yo fuera Petro me quedaría, y que vinieran a sacarme. Por las malas. Por encima de la gente que a esta hora está en la Plaza de Bolívar. A ver qué. A ver si en Colombia por fin pasa algo.

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