Umpalá

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No me jodan con SU fútbol

En general no tengo de que quejarme con respecto a Twitter: uno escoge a quién quiere seguir, y no tiene que ver ni ecografías ni fotos de bodas con maridos extranjeros. Sin embargo de vez en cuando, a mí me parece que es tres veces por semana pero no tengo el dato exacto ni ganas de buscarlo en Google, lo que hasta entonces es una colección de noticias de última hora, opiniones valiosas y frases construidas con la belleza de lo breve se convierte en un flujo de comentarios superficiales e intrascendentes que no interesan a nadie, donde había periodistas, líderes de opinión, artistas y aforistas de la estirpe de Cioran, ahora hay «hinchas».
Madrid juega contra Barcelona.
Al comentario pensado y al trabajo de síntesis que se requiere para encajar una idea en 140 caractéres lo remplaza el grito de estadio: básico, corto ya no porque resume bien sino porque la única manera de hablar de un gol en más de tres letras es agregando oes o eles o signos de admiración. Donde se escribía para informar o para hacer literatura se trina con las tripas.
Habrá quien diga que es con el alma.
No, es con las tripas.
Madrid juega contra Barcelona.
Mi experiencia como jugador es corta. Siempre me pedían de último luego del pica y pala y en caso de número impar de jugadores me dejaban al gol. Cuando el partido no terminaba 0-0, mis pies (calzados con tenis, nunca tuve guayos, nunca quise) se posaban sobre el terreno y se movían de un lado para otro en general hacia lados diferentes. Tocaba pocas veces el balón. La última cuando hice el autogol que hizo que en las interclases del Colegio Bachillerato Patria el equipo de Décimo perdiera la final frente al de Undécimo.
Volví a las canchas dos veces en la universidad, una con el equipo de Ingeniería Electrónica frente al de Eléctrica de la UIS. Otra en el de narradores frente al de poetas en un partido del Taller de Literatura Umpalá. Mi desempeño en esa segunda ocasión no fue tan lamentable. Pero era un partido entre poetas y narradores, lo que ya habla mal de su nivel.
Mi tercer partido luego de terminar el colegio fue el primero de mi vida digamos-que-profesional y el último que he jugado hasta ahora. Lo jugué en el 2007 cuando en una cancha cerrada del norte de Bogotá se enfrentaron los combinados de la revistas Soho y Rolling Stone. Si los de Soho llegaron trotando y en forma como las modelos que aparecen en sus páginas, los de la Rolling estaban trasnochados y borrachos como estrellas de rock. Cuando el partido iba 23 a 1, todo mundo se aburrió de contar.

Digamos entonces que conozco la experiencia de jugador y que, cortísima como queda dicho, ella me da para decir que alguna gracia puede tener correr de un lado para otro para demostrar, a estas alturas de la evolución, una superioridad en la que el intelecto y el espíritu no tienen mayor peso; pero si puedo llegar a entender el placer de la competencia ( o de la canasta de cerveza que puede ganarse el equipo que corra más rápido y patee más centrado) no alcanzo a entender el interés de quien se emociona con el esfuerzo ajeno, el hincha propiamente dicho, que es capaz de pagar una boleta y hacer una fila de horas con requisa incluida no para ver un concierto, que es para lo que deberían servir los estadios, sino para saltar, gritar y dado el caso hacerse matar en la celebración del esfuerzo ajeno que ni siquiera opone individuos sino “equipos” construcciones de mentiras con las que el paisano que salta no tiene nada que ver. Salvo pocas excepciones, quienes juegan en los equipos de una ciudad no nacieron en ella, ni la mayoría de los jugadores del Junior-tu-papá son costeños, ni quienes integran el santafecitolindo son rolos de verdad. Al festejar un gol del equipo-del-alma lo que se celebra es el éxito de una empresa, la empresa que tiene más plata y puede pagar los mejores jugadores.

Por ejemplo, una vez yo quise celebrar la victoria de Freska Leche.
Si los recuerdos no me fallan.
Pero me fallan mucho.
Fue la única vez en mi vida que entré a un estadio para ver un partido, jugaba el Atlético Bucaramanga, patrocinado por Freska Leche, frente al Barcelona (de Ecuador). Fue el único partido de Copa Libertadores jugado en el Estadio Alfonso López.
Perdimos.
Digamos entonces, como última concesión, que entiendo a los hinchas de los equipos de barrio, de los “rodillones” de los de la B y hasta de los de la A, nacional. O de la Selección, digamos que por ese patriotismo que a muchos hinchas furibundos les parece ridículo en cualquier otro contexto.
Alborotarse cada vez que juegan Madrid y Barcelona es otra cosa, una pasión que no entiendo y que pone a gente a la que admiro a decir “Es bueno Messi” cuando Messi juega bien o “Gol” cuando alguien hace gol; a decir groserías como “Cule”; a llamar “Barça” al Barcelona con el mismo cariño confianzudo-snob de quien llama “Gabo” a García Márquez; a insultar al árbitro cuando él hombre de negro (Ya no se visten de negro ¿Cierto?) se equivoca ante la presión del que debe decidir lo que vio de lejos y sabe que enfrentará millones de insultos
Sobre todo a hablar de un partido de fútbol como si tuviera importancia, como si fuera arte y no deporte, cosa que a un aficionado al baloncesto o al tejo o al golf no se le oye decir nunca, como si los jugadores, y sobre todo los jugadores de equipos como el Barcelona y el Madrid, fueran algo más que millonarios de revista de farándula que ni siquiera tienen el encanto de tener una relación tormentosa con las drogas que hizo tan divertidos como Diego Armándo(lo) “El Perico” Maradona y “Viagra” Pelé.
Qué juegue el que quiera jugar (y no se queje si le rompen un pie de una patada), qué vaya a la cancha de barrio el que sabe que se puede emborrachar con los ganadores. Qué vivan mis Bu-ca-ros, pero ahí paro yo, porque más allá el fútbol no es deporte sino un desfile de marcas y patrocinios. No me jodan otra vez con su “Barça-Madrid”. O al menos vívanlo en privado. Que a lo mejor así es más rico y no me amargan y no curten el Twitter, que termina pareciendo un baño de estadio.

O Facebook.

En Twitter @r_abdahllah

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