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Coronavirus: Cartas desde París en cuarentena. Día 12

La gracia del mundo afuera es el cambio. Como no cambia nada, uno empieza a mirar hacia adentro. De la ventana para acá primero. Siempre me fascinó la idea (que no creo que tenga nada de original, seguro ya la tuvo Borges o alguno de esos manes) de que no nos alcanza una vida para descubrir los detalles que tiene una habitación. Agrego que por eso abandonamos el propósito. Tengo una biblioteca ordenada. Una pared pintada hace poco. Las manchas de las manos de Leonardo, cada vez más altas. Un techo blanco. Un piso imitación madera.

Luego uno mira más hacia adentro. De los ojos para dentro.

Uno encuentro de todo también. Un cuadro de El Bosco, lleno de detalles. No todo es agradable para ver. No todo es lindo.

Uno no puede saber lo que pasa detrás de las ventanas.

Uno no puede saber que pasa detrás de los ojos.

(Esta rara obsesión por las barreras transparentes, translucidas).

Una amiga que vivía en Escocia y pasó por acá huyendo hacia Colombia cuando todo esto estaba empezando dejó uno de esos calendarios magnéticos que se pegan en la nevera y se llenan con marcador borrable. La idea de marcar con X cada día que pasa me aterra, o más bien me parece desproporcionado porque no estamos en cautiverio, porque encierros también hay de todos tipos y a nosotros nos ha tocado un encierro con suerte. Intento también escribir lo que tengo que hacer en el día, en ese periodo desde que Leonardo se despierta y se para al lado de mi cama y el momento en el que lo duermo. Siempre tres historias y una canción

Entre un momento y otro a veces salimos.

Ahora hay que llevar, además de billetera, llaves, celular, cargador, batería de repuesto, bufanda y documentos, un tarro de gel para limpiarse las manos y una declaración, escrita según un formato del Ministerio del Interior. Uno escribe la hora de salida y tiene una hora para regresar a casa.

Preciso cuando uno sabe que tiene todo el tiempo para jugar, veinte minutos antes de que se acabe el tiempo empieza el estrés, porque Leonardo sabe que Macron hizo cerrar las escuelas y la universidad y la Torre Montparnasse y que hay mucha gente que estornuda y por eso los tapabocas.

Pero hay que ahorrarle los detalles.

Una de sus amiguitas vive en el edifico de enfrente. Leonardo la ve en el balcón.

Dice que mañana podemos traer una escalera para subir por el balcón a verla.

Romeo y Julieta se les quedan en nada.

No entendía desde antes el afán de disciplinar nuestros hijos para hacerlos ciudadanos ejemplares y ahora entiendo menos.

Lo que hay que hacer es darles alegría. Ese se ha ido volviendo un objetivo. Si no hay tiempo para escribir no importa mucho, porque escritores hay muchos (porque igual ya a Boulgakov o a Marguerite Duras uno no les va a hacer competencia), pero Leonardo tiene un solo papá.

Haré lo que se pueda.

En la calle hay tapabocas tirados. También guantes quirúrgicos.

Un gato se asolea en un balcón. Alguien detrás de una ventana toca la guitarra.

Hay gente que esquiva la mirada y no saluda. Creo que ya eran así antes.

Hay gente que sonríe, que hasta se levanta el tapabocas para sonreír y dice “Todo va a estar bien”.

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