Umpalá

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Cartas de París en cincuentena. Día 51.

Mayo 4

Durante los dos últimos meses (¿Han notado que sólo llevamos dos meses en esto?) el debate sobre el confinamiento ha rondado en torno a dos prioridades. Por un lado la salud pública y por otro la economía. Con los elementos que tenemos a la mano, las dos parecen excluirse: para salvar vidas, hay que limitar al mínimo las actividades de producción y comercio. Para salvar los beneficios de los dueños de las empresas (difícil creer que una clase a la que nunca le ha temblado la mano para despedir y explotar trabajadores venga a preocuparse ahora por “los empleos) hay que sacrificar vidas.

En general las vidas de quienes, por su edad, cuestan más de lo que aportan a un sistema en el que el valor de una persona se mide aún en términos de su productividad monetaria.

Todas las estrategias de los gobiernos, y todas las proposiciones de las oposiciones, se han basado esa disyuntiva, en cómo buscar un imposible balance entre la plata y los muertos.

Pero a esa ecuación le falta un tercer factor, que sólo parece hacerse notorio ahora que los primeros desconfinamientos se ponen en práctica: Los seres humanos somos más que organismos vivos y más que elementos en un sistema de producción.

Los seres humanos somos también, y quizás sobre todo, seres comunitarios y culturales.

Y nadie parece haber pensado en ello.

Tal vez porque todos, a diferencia de los empresarios, que lloraron desde el principio, aceptamos suspender la vida en comunidad cuando se necesitó. Con los datos que se tenían en ese momento el confinamiento parecía, y probablemente fue, la mejor medida para minimizar las perdidas humanas.

Nadie, habría que ser muy cínico para hacerlo, salió a pedir festivales de música y finales de fútbol. La mayoría de los líderes religiosos fueron sensatos, los sindicatos renunciaron a tomarse la calle, los amantes dejaron de verse, los cumpleaños se aplazaron, los karaokés cantando baladas de los ochenta se pusieron en stand-by. 

Queremos suponer que evitamos lo peor. Que el esfuerzo sirvió para algo. Que los nuevos brotes serán menos terribles, que sabemos más sobre la enfermedad.

Y aún así sin duda volveríamos a encerrarnos si la violencia de una nueva o  un nuevo virus así lo requiriera.

Pero los responsables políticos, a quienes, siempre es bueno decirlo, pagamos para entre otras cosas para que coordinen las respuestas a una crisis, tomen nuestra solidaridad  y nuestro civismo como un cheque en blanco para convertir la vida comunitaria y cultural en una prioridad por debajo de las ganancias de los empresarios.

Porque, nos lo están repitiendo tanto que casi quiero creer que quieren que lo creamos, “la vida no será la misma de antes”, pero lo cierto es que en muchos aspectos lo será: aún una buena parte de la humanidad tendrá que madrugar para contribuir con su fuerza de trabajo al aumento de una riqueza de la que no disfrutarán. Los que tengan suerte lo harán desde “su casa”, que será convertida en una oficina a distancia, con la ventaja de ahorrarle a los empleadores hasta el café, pero el principio será el mismo.

Excepto que los días laborales no tendrán final. Los “freelances” lo saben bien: trabajar sin horario es trabajar siempre.

Estamos, aquí y ahora, desconfinando para que la gente produzca y consuma, Los muertos que vendrán se nos presentan como un sacrificio inevitable porque hay que mover las industrias.

Y ese sacrificio nos lo piden a cambio de nada. Porque, con la vida cultural y la vida comunitaria canceladas, la “recompensa” del trabajo será el techo y la comida: el sueño perdido de los esclavistas, rehabilitado gracias a un golpe de suerte por los capitalistas liberales.

Ese es el segundo gran sacrificio:  como salvar la economía va a causar muertos, tenemos que renunciar a lo que somos como seres humanos para que los muertos sean menos.

Las fábricas y los supermercados estarán abiertos, pero no tendremos museos, conciertos y bibliotecas ( lo pongo así para cultivar mi imagen de intelectual de izquierda, yo en lo que estoy penando es en tragos con la gente que quiero y fiestas fetichistas) , ni cines ni teatros, ni niños ni  perros en los parques, ni jornadas culturales en las universidades, ni marchas para exigir lo que nos han quitado, nos están quitando y nos van a quitar, ni  fiestas electrónicas, ni  fiestas de pueblo, ni carnavales, ni partidos de barrio, ni tejo, ni petanca, ni celebraciones religiosas, ni pascua, ni ramadán, ni halloween, ni día de la madre, ni del padre , ni de la familia, ni bodas ni bautizos.

Ni funerales de quienes van a morir dando su vida por la economía, ya que la “mano invisible del mercado” con la que nos han engañado no apareció para salvarla.

¿Y si hiciéramos al revés? ¿Si decidiéramos que para limitar la tragedia desconfinamos el gozo y confinamos la productividad?

Todos los seres humanos estamos a bordo de este barco. Si tenemos que seguir encerrados seguimos con todo el dolor que esto implique. Si podemos salir tranquilamente, salimos todos, guepa jé. Si el riesgo sigue ahí, tomamos las precauciones para poder VIVIR y no sólo producir. Si estamos condenados, no moriremos ni encerrados ni en el trabajo.

Salud pública, bienestar económico y vida cultural y comunitaria, son tres ejes que no pueden separarse y es inaceptable que el último, el que en últimas justifica nuestra existencia, se convierta en el ángulo muerto de unos planes de desconfinamiento imaginados como una balanza de medidas costo/beneficio en la que para mantener a flote las grandes empresas (para que entre otras cosas sigan tragándose las microempresas como lo han hecho desde siempre) habrá que sacrificar a los más frágiles, mientras la cultura, la militancia, el ocio y la vida en comunidad son relegadas a lo prescindible, a una suspensión sin final que durará hasta que el virus desaparezca porque se aburrió de nosotros, o lo que es peor, hasta que nos hayamos acostumbrado.

 

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