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Cartas desde París en Cuarentena. Día 46

Abril 29

Hasta hace unos meses, la decisión más difícil que debían tomar las madres y padres de familia privilegiados en Francia respecto a la educación de sus hijos era si mantenerlos en la educación pública en la que todos empiezan o pasarlos a la privada para que no se junten con tanto pobre y desfavorecido.

O escoger si colegio del normalito, o bilingüe o Montessori

Desde ayer la decisión más difícil es si seguir con ellos en la casa o enviarlos a la escuela donde pueden atrapar un virus del que todavía queda mucho por saber.

Los tiempos han cambiado rápido en estos tiempos.

El Consejo Científico nombrado por el presidente Emmanuel Macron había recomendado cancelar lo que quedaba del año lectivo y prepararse para un regreso a clases en septiembre como en Italia y el Reino Unido. La decisión fue sin embargo que las escuelas, como todo el comercio excepto cines, grandes museos, centros comerciales y restaurantes, recibirán de nuevo estudiantes a partir del 11 de mayo. No es un secreto, pero tampoco esas cosas se pueden decir, que la razón principal para abrir las instituciones educativas es permitir el regreso en masa de los trabajadores a sus puestos.

La versión oficial, que habla de los problemas sociales y sicológicos de la falta de continuidad pedagógica sobre todo para los alumnos de clases populares parece poco creíble al considerar que el gobierno había ignorado a los profesores a la hora de diseñar una reforma educativa y reducido los auxiliares para los alumnos con dificultades y que en la época pre-peste, eran numerosos los reportes de colegios públicos en Francia donde no había jabón.

El mayor problema sin embargo es que, en el plan del gobierno, el regreso a la escuela será “voluntario”. Allí donde debería haber una respuesta clara a si los niños pueden o no transmitir el virus, la responsabilidad se traslada a los padres y madres, que no tienen los elementos para saberlo, que ignoran cómo se organizarán los espacios y tiempos escolares y que además asumirán el peso de una decisión que puede ser, literalmente, de vida o muerte, sino para sus niños, para ellos mismos o sus abuelos.

En esas condiciones las escuelas no funcionarán como escuelas sino como guarderías. Como parqueaderos donde se deja el niño mientras se trabaja.

Once de mayo, ocho de la mañana. Es el momento de la decisión final. Pataleta posible de un niño que durante dos meses ha tenido mamá y papá en casa.

El momento de volverse a preguntar las preguntas que uno lleva dos semanas haciéndose.

Si lo sobreprotege o infraprotege. Si sus compañeros estarán o no. Si pesa más la necesidad de socialización inmediata o igual todo se arreglará en septiembre. Si su escuela se parece a la que dejó antes o todo mundo va a comportarse como si un virus mortal estuviera dando vueltas por ahí.

Si traumatiza más el aislamiento o un mundo donde los adultos llevan escafandras y los niños NO NO NO se pueden tocar entre ellos.

Si uno está haciendo demasiado. Si está haciendo demasiado poco.

Si hay que creer en las informaciones positivas que dicen que los niños no se enfermen y no transmiten el COVID.

Si hay que creer en las informaciones negativas que dicen que hay casos de niños con síntomas graves que podría estar asociados al COVID.

Si hay que pensar en uno mismo también. En la libertad de los adultos. En la necesidad de tiempo y aire, de descanso.

Si es que esas razones que uno exhibía con gusto hace unos meses siguen siendo válidas.

Si uno va a tener la fuerza de aguantarse la falta esa risa de todo el día.

Si uno le está poniendo más carga a los profesores y aumentando globalmente el riesgo de una segunda ola y al mismo tiempo jugando el juego de un gobierno para el que cuenta la productividad por encima de todo.

Si uno va a decirle que todo va a estar bien, que no se asuste, cuando uno estará muerto del susto.

Todo esto vale para los padres y madres que porque tienen profesiones bien pagas o medio bien pagas o intelectuales o calificadas o creativas tienen la opción de escoger. Para los dueños de las empresas, los accionistas, los que pueden pagar una casa grande donde confinarse, para esa gente con suerte para quien la idea de “escuela voluntaria” de las autoridades tiene sentido.

Para el resto no habrá de otra. Llevarán a sus hijos y a sus hijas a las escuelas y se irán a sus trabajos, esos que vinimos ahora a enterarnos que son imprescindibles, con la esperanza de que al final de la tarde todo siga estando bien.

Y no tendrán manera de saberlo.

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