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Cartas desde París en cuarentena. Día 41

Cartas desde Paris en cuarentena. Día 41

Abril 25

Cuando era pequeño y estaba de vacaciones en Pasto, me quedaba dormido mirando la estatua fosforescente de un San Antonio que estaba pegada en una esquina de la cabecera de mi cama. Lo miraba, cerraba los ojos, volvía a abrirlos y seguía ahí, entonces los volvía a cerrar con la esperanza de que se hubiera ido. Así llegaba el sueño. Como todo mundo había escuchado de lo de contar ovejas, corriendo en círculos o saltando cercas, pero jamás me funcionó. Después, cuando quería dormir, me ponía a pensar en las estatuas de accidentes automovilísticos que había visto en un museo de cera junto al Parque Centenario. Luego en Indiana Jones. Hubo una época en la que para quedarme dormido me repetía una y otra vez las imágenes inventadas de las FARC que secuestraban un avión y lo estrellaban contra el centro Cosmos 64 en Chapinero. Eso era mucho antes del 9/11, lo que hace de mí un visionario como todas esas personas en las enciclopedias de misterios no resueltos, que soñaron con lujo de detalles la muerte de JFK y el hundimiento del Titanic.

Luego , para tratar de dormir, imaginaba besos, “rumbeos” cuando estaba en Bogotá y “marques” en Bucaramanga. Llamaba el sueño pensando en los besos no dados y que daría. Después del primer beso creo que volví a pensar en películas de Indiana Jones.

Hubo una época en la que para dormirme pensaba en gente muerta. Famosos, porque nadie cercano se murió hasta que yo ya no estaba grande.

Después pensaba en sexo, por supuesto, cuando el sexo era una posibilidad aún lejana. Imaginaba gente desnuda y gente que me desnudaba.

Después de que conocí el sexo creo que volví a pensar en Indiana Jones, pero lo del sexo, pensar en cuerpos, en pieles que se suceden, ha vuelto de vez en cuando.

(Lo de Indiana Jones, no. La cuarta parte fue malísima y mató el encanto )

En estas noches, esas que se arruinan porque la alergia vuelve y se alborota, porque alguien comparte un artículo alarmista y con pocas fuentes o alarmista y con razón, porque más que neumonía el COVID resultó trombosis, porque mañana otra vez hay que levantarse y jugar a Frozen, porque para recuperar la plata que perdieron, que de todas maneras era robada y les sobraba los ricos preparan una brutal echada pa’ atrás de los derechos sociales, porque por primera vez estamos en una situación de mierda en la que ni siquiera podemos culpar a alguna de nuestras decisiones pasadas y cuya solución no depende de ninguna de nuestras decisiones futuras.

En estas noches, yo debería llamar al sueño poniéndome a pensar en lo que haré cuando esto termine.

Lo que es una vaga suposición. No hay manera de saber qué podrá hacerse. Qué será sensato hacer.

Y eso no deja dormir y después de años vuelve a ganar el insomnio, ese que antes era tan raro, tan irrelevanete como pueden ser los insomnios causados por las penas administrativas y financieras de los freelances.

No sé a dónde iría si mañana todo volviera a la normalidad. No sé si quisiera esa normalidad. Entre más pasan los días, más esa normalidad, como toda época de mi pasado, me parece ajena, como si la hubiera leído en un libro o visto en una película, no en cine, sino en la tele, como si el personaje principal hubiera sido otra persona. Cuando yo tenía veinte años, mi mamá decía “Quieren hacerlo todo ahora y ya, a los treinta ya estarán cansados, ya nada les va a gustar”.

Como en todo, tuvo razón con ciertas imprecisiones temporales. Tengo cuarenta. Tengo la impresión de haber estado en todos los lugares que hubiera querido, de haber visto todos los conciertos – esa era la prioridad a los veinte- de haber andado caminos y contado las historias de la gente con la que me cruce , tengo la impreisón de haber amado y sido amado un montón, severa suerte.

Y me digo “Se ha hecho tanto que tal vez me quede aquí. Tal vez me dediqué a cuidar las plantas del balcón y a reaprender la guitarra, aunque soy tan mal músico que sólo sé tocar las de Nirvana y tan mal jardinero que lo único que logro que crezca son papas rescatadas, ya con hojitas, de los cajones de la cocina.

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