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Cartas desde París en cuarentena: Día 40.

Tengo la esperanza de que muchos años después, Leonardo recordará la tarde en que su padre lo llevó a conocer el hielo. Era la época del confinamiento y bastaba abrir la nevera para sacar esa caja mágica de la que salían cubitos que uno podía utilizar como ladrillos para construir palacios de hielo que duraban lo que el sol quería dejarlos durar.

Día 40. – ABRIL 24

Si fuera cuarentena ya vendría siendo hora de salir. ¿De dónde vienen los legendarios cuarenta días de aislamiento si no sirven para los virus posmodernos?

Este diario en forma de cartas se ha convertido en mucho en una reflexión sobre la paternidad. Yo, que por razones filosóficas y hedonísticas nunca fui pro-hijos, yo que objetivamente creo que tener hijos no hace a nadie más feliz que no tenerlos, yo que si me lo preguntan no recomiendo la paternidad más que la no-paternidad.

(Alguna vez lo puse así. La paternidad es una fiesta, una rumbota, a la que sigue una resaca de proporciones correspondientes. Una resaca que uno no puede dormir tranquilo, porque hay que volver a levantarse a seguir la fiesta, y así por siempre)

[Aquí pausa: Leonardo viene a mostrarle que descubrió que puede cambiar los zapatos de sus muñecas de Elsa y Anna, las de Frozen. En mi humilde opinión a Elsa no le lucen las botas góticas de Anna]

Hay otra Ana, mi compañera, y si se trata de expandir al máximo el círculo de los adultos con los que he tenido conversaciones en persona más de una vez y de más de dos líneas en los últimos cuarenta días, hay que incluir también a Anne, Ana, la del balcón, que ahora que ha dejado atrás el Coronavirus, vuelve a fumar tranquila y a regar las plantas que, eso habla muy mal de ella, están más chamizudas que las mías.

Recientes estudios de los que habla en Francia sugieren que los fumadores podrían tener menos riesgo de sufrir complicaciones como consecuencia del Coronavirus.

Yo nunca supe fumar. Para trabarme con un porro me tocaba tragarme el humo.

Espero que eso haya servido.

Ana, Anne, Anna (la muñeca)

Pero sobre todo Leonardo, mundo mío, mundo que él arma con sus montañas.

[Aquí otra pausa. Leonardo quiere una historia. . Una historia “léida de la cabeza”. La busca en mi cabeza, con el amor con el que algún día le buscaré los piojos, agradecido porque esa será la única epidemia en el radar. Criado en la época de la interactividad, él cree que puede escoger los personajes.

Tata, que la historia tenga…”

Diga ‘por favor’, carajo!! ! (digo yo, ese pater familias, que le enseña los valores de la autoridad y el respeto a las jerarquías)

Tata POR – FA – VOR, que la historia tenga…

(aquí viene la lista)

Elsa, Anna, Sven, Kristoff, la Reina Iduma, Olaf, los monstruos de piedra, el dragón Zebulón, el dragón Toothless, el dragón Hakú, el dragó maaaas grande Berck, el inciendio de Notre Dame, Kurt, la bebé Matilde, Liliana, Valentina, Luisa y el gato Van Damme, Sofia y Jasmin, Sophie y Julia, Almamai, SChaplin, el hijo de Chaplin, los Beatles en el submarino, Amber, Nadia, Inna, Tata, Mama, Ica, Icu, Mami, Tía, Sobrino, Cenicienta, los pitufos, peppa Pig, papi Pig, Mama Pig, George Pig, Optimus Prime, Megatron, Windblade, ek tren Tomás, el el trén Gordon, el trén Emili, el tren Renbecca Macron, Trump y Natacha Butler, Sohrab, Guillaume, Morade y el carrito limosina de Morade.

Por Favor”

Yo (mentalmente) : Si quiera no le he presentado a Condorito,

¿Y a Condorito lo querés también?”

¿Quién es Condorito?”

A Leonardo no le gustan las historias cortas. Cada vez que le cuento “El Dinosaurio” de Augusto Monterroso, considero que lo estoy estafando y se pone a llorar.

]

En Francia la escuela empieza en el año en el que los niños cumplen tres años. Como Leonardo nació el 28 de diciembre, entró de dos años y ocho meses. Las clases comienzan a las 830 y terminan a las 430 de la tarde, pero uno puede dejarlo hasta las 630. Diez horas diarias de actividades escolares antes de cumplir los tres años. Cincuenta horas por semana, cuando el límite del trabajo legal para los adultos es de treinta y cinco. A lo largo del año, exceptuando el verano, hay cuatro periodos de vacaciones de dos semanas. En esos periodos, uno tiene la opción de dejar a los pela’os en un centro recreacional.

Y uno los deja.

Por supuesto, uno se autoconvence de que toca, de que uno tiene que trabajar y además vivir su vida. No hay de otra, en Francia las niñeras son carísimas y aunque podría pensarse que si uno no cuenta con los padres es porque los tiene lejos, tampoco las familias francesas cuentan con ellos. Si están felizmente pensionados gozan la vida, si no pueden gozarla más van a dar a un EHPAD.

Uno se autoconvence de que no hay de otra, pero hay de otra, hay que buscar ese otro camino. Leonardo tiene tres años y nunca habíamos pasado tanto tiempo juntos como ahora. Yo me digo que cuando las escuelas vuelvan a abrir lo recogeré a las cuatro cada vez que pueda y le daré mis fines de semana, que yo ya he gozado carajo.

Yo no sé hasta donde lleguen estas buenas intenciones.

Estamos sentados en nuestra montaña. Pusimos a su muñeca Elsa y a su muñeca Anna en una rama de árbol y desde allí nos miran mientras miramos flores con formas raras e insectos con formas simples, nos inventamos un mundo donde todo lo que hay de guerras y epidemias es un helicóptero que pasa y en él va Macron mirando quién estornuda para mandarle poner un tapabocas.

No habríamos tenido este reino entre las prisas del trabajo y de la escuela. Son datos y hay que darlos.

Esta mañana me levanté pensando lo contrario, que necesito conversaciones adultas, que ya es hora de una pausa de fantasía, que quiero levantarme a las nueve y no cuando sale el sol y volver a la guitarra y a las clases de Mapalé en serio en lugar de un yoga mal hecho porque de fondo están Peppa Pig y los Transformers, que sufro ante la perspectiva de un almuerzo al que no sigue un café sino horas de lego y de coloreado, que la cabeza no me da más para historias largas de reinos y luchas inverosimiles, que me hacen falta los desafíos intelectuales, digamos leer a Tolkien, que cuándo carajos es que empieza la escuela así sea de a poquitos.

Mañana tal vez me levante pensando lo mismo y luego el Leonardo no dará tiempo para escribir de corrido mis traumas y frustraciones de adulto.

Estos días los navegamos como se pueda. 

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