Umpalá

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Cartas desde París en Cuarentena: Día 39

Abril 23

Se llama la pantera… rosa. No tiene mucha gracia porque todas las panteras son rosas”.

La pantera de Cristian no es rosa, pero tampoco tiene el color de las panteras. El sol la ha decolorado. La pantera de Cristian usa tapabocas. Cristian está sentado en una silla portátil y se apoya en un bastón. A dos pasos está Daniel, recostado bajo una sombrilla como si hubiera manera de protegerse del sol de un final de abril más caliente que de costumbre.

Los dos son rumanos, Cristian de la región moldava y Daniel de Oltenia.

Cristian lleva once años en los andenes de París. Daniel no recuerda, pero termina por aceptar que pueden ser once. Cuando pueden duermen en refugios; en invierno en las estaciones de metro. La policía no los saca por que afuera se morirían de frío. Tampoco en estos días  les ha pedido el papelito con el que se supone uno debe justificarse cada vez que sale de la casa.

La casa es está” dice Cristian y señala alrededor con el brazo.

“Los primeros días eran duros. Ahora no es que haya tanta gente como antes, pero son un poco más generosos entonces la diferencia no se siente” dice Cristian antes de interrumpirse para espantar con la mano tal vez una mosca imaginaria, tal vez una ola de calor.

Desde antes del confinamiento, Cristian y Daniel parchaban en esa esquina, no lejos de una estatua de Juana de Arco. Hay un supermercado en frente. Como le sonríen a la gente que entra, los clientes les dejan algo a la salida. Pan tajado. Sandwiches. Enlatados.

El problema no es el hambre, pero sólo de pan vive el hombre (el hambre, sí, pero no la gente).

No hay ninguna prueba de que el Coronavirus pueda transmitirse por el dinero en efectivo, pero los comerciantes, siguiendo las recomendaciones del gobierno, insisten en los pagos con tarjeta.

No hay ninguna prueba de que el Coronavirus no se transmita con el dinero plástico.

«Yo que he visto tantas cosas jamás pensé que vería a la gente teniéndole miedo al dinero”

Cristian señala el vasito metálico bajo el hocico de la pantera. Puras monedas color cobre. De uno o dos centavos.

Uno puede ponerle mil reparos a la desaparición del efectivo, el primero que los pagos con tarjeta facilitan los estudios de consumo y aceleran la progresiva conversión de los ciudadanos en consumidores, pero en términos prácticos, menos metálico circulando quiere decir eso, menos monedas en el vasito de la pantera.

Y es que traguito no nos da nadie. La gente es de buenos sentimientos pero no se les ocurre y a uno también le da pena pedir alcohol”

Cristian rie, pero no es un chiste. Luego empezará a hablar del temblor en la manos.

Y mostrará sus manos, llenas de llagas, que tiemblan.

Una cervecita o un chorrito de vino me calman. No crea. Yo soy juicioso. Si tengo una botella me la tomo de a poquitos para que me dure”

Cristian dice que no regresara a Rumania, aunque allá tenga familia.

Dice que en todo caso ahora es imposible y que después, cuando vuelvan a abrir las fronteras, la cosa aunque empeore en Francia seguirá mejor que en su país.

No sólo los rumanos se vienen para acá. También los españoles, los árabes y los negros” dice Cristian “Hasta el virus se vino para acá, porque sabe que la vida es muy dura en los países empobrecidos”

Otra vez se ríe y otra vez no es un chiste. Un transeúnte deja caer dos monedas en el vasito de la pantera y otra vez son apenas centavos.

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