Umpalá

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Cartas desde París en Cuarentena. Día 15

Hay una chiste que da vueltas por ahí y como la mayoría de los chistes que dan vueltas es pésimo. Dice algo así como “A mí no me importa la cuarentena, yo apenas tengo 38”.

Es una de las cosas que llegan, varias veces, en varios idiomas. Consejos sobre cómo la mejor manera de matar el virus es provocarse quemaduras de tercer grado en la laringe tomando té en el punto de ebullición, fotos de nubes en las que se ve a Dios Padre sobre una iglesia, rumores de que en China apareció una nueva epidemia que hará que el Corona pase de moda.

Pero también llegan canciones, de Bob Dylan, de Iggy Pop, de Pearl Jam.

Uno escucha música cuando se puede, pero ya no en la calle.  Hay todavía mucho ruido aunque no hayan carros.

Uno quisiera quedarse afuera.

Nunca fui bueno para entrarme a la casa. Cuando vivía en la Ciudadela Colsubsidio temía a esa hora fatídica en la que mi mamá salía a la ventana del quinto piso para gritar que había que subirse. Luego en Bucaramanga, cuando tuve una novia en el Barrio San Alonso, había que entrarse con el último bus.

Después, otra vez en Bogotá, las calles eran peligrosas, no había que tardar.

Y así fui llegando a la vida adulta, me fui del país, vivo en una ciudad en la que “El último Metro” (como referencia a una película sobre la Ocupación Alemana en la que no sale ningún metro) es el momento en el que hay que decidir si uno se va de la fiesta o se queda hasta que pase el primero del día siguiente.

Nunca fui bueno para entrarme, no entendí por qué entrarse si el mundo estaba afuera.

Ahora salgo con un papel firmado que me da una hora exacta.

No me quejo. Una hora es una hora.

Siempre prolongo los últimos minutos.

A mediados de los años noventa, por culpa de las malas políticas energéticas en Colombia que se parecen en mucho a las actuales malas políticas sanitarias, vivimos un periodo en el que todas las noches cortaban la luz por una hora. Sin televisión y sin posibilidad de hacer las tareas, no había otra opción que la de dejar a los niños jugar afuera. Conforme pasaron las semanas también los padres terminaron por salir.

Y por hablar entre ellos.

Y por volver a las historias narradas, a la palabra.

En las ciudades se vivió con el campo, pero hagan de cuenta, sin el susto de que en la noche pasaran los paras o el Ejército o al guerrilla.

La mejor manera como esa historia ha sido dicha es un cuento de Jesús Álvarez, pero el final es triste. Superada la crisis, la gente volvió a encerrarse, a ver la televisión en lugar de hablarse entre ellos.

Y los niños tuvieron otra vez que entrarse temprano.

Los niños salen una hora.

Entienden mejor que los adultos, son (somos) los adultos los que no quieren (queremos) entrarse/nos.

El Ministerio de Educación ha enviado una cartilla realizada a las carreras para explicarle a los niños qué es el Coronavirus, se nota que quién la hizo desconoce dos cosas:

-Los Niños

-El Coronavirus

Aquí y ahora (que es lo mismo que decir en cualquier parte del mundo ayer o en cualquier parte del mundo mañana. Toda la humanidad vive el mismo día) Los niños terminan por cruzarse en las calles y los patios y nadie tiene corazón para decirles que no se acerquen entre ellos.

Y los adultos hablan, también, así de lejos (porque son adultos) y se sientan en los andenes y desde los andenes hablan a los de las ventanas y de ventana a ventana y de ventana a balcón. Han venido de todas partes del mundo (es tan notorio) y este final de tarde los reúne, antes de que haya que entrarse, porque siempre una hora es poquito y pasa rápido

Hace mucho no leo cuentos. Novelas como puedo. Tal vez me abra un Rulfo o un Poe, como quien destapa un Moscatel, porque sabe que fueron tragos de épocas mejores

(He tomado la decisión de no tomar sino día de por medio. Esa decisión no tiene ninguna lógica en estas circunstancias).

La decisión dura menos de venticuatro horas. De verdad que necesito un trago.

Tal vez destape una Pizarnik:

“Afuera hay sol, yo me visto de cenizas”

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