Umpalá

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Cartas desde París en Cincuentena. Día 55

En la época en la que se podía beber y viajar me prometí un montón de veces que pasaría un Mayo en Moscú.

Primero por el Primero de Mayo y segundo por el 8 y el 9.

Parece que en ninguna parte celebran esas vainas tan bien como en Rusia.

El 8 y 9 de Mayo se conmemora la derrota del fascismo y el nazismo en Europa.

Escribir juntas las palabras “derrota” “fascismo” y “nazismo” da un gusto enorme.

Así con el tiempo uno venga a darse cuenta que la derrota no fue definitiva.

Que nos tomaron del pelo con que esa guerra sería la última, y desde entonces nos dedicaríamos a echar para adelante.

Ese fue el Sueño de la Posguerra.

En 1983, Roger Waters, el bajista de Pink Floyd, cogió un montón de material que le había sobrado de The Wall y compuso un requiem para ese sueño.

Lo llamó “The Final Cut”

Eso es lo que escucho en este momento. Una y otra vez. Lo comencé a escuchar al levantarme. Lo seguí escuchando en la ducha (mentiras, todavía no me he bañado). Lo pongo en mi teléfono mientras finjo jugar con Leonardo y esta noche qué no venga a decirme que le ponga “Libre Soy/Suéltalo” porque vamos a escuchar THE FINAL CUT.

No es esté el momento para decirlo. Estamos aquí hablando de cosas serias.

Pero sea este el momento para decirlo: The Final Cut fue el último álbum de Pink Floyd antes de que la banda, ya sin Waters, se dedicara a grabar música para ascensores y salas de espera de consultorios odontológicos.

No es este el momento para decirlo. Estamos aquí hablando de cosas serias.

Pero sea este el momento para decirlo. David Gilmour siempre fue un excelente guitarrista de sesión para el maestro Waters.

El personaje principal del álbum, en el que cada canción funciona como el capítulo de una novela, es un veterano de guerra convertido en profesor tras su regreso a la vida civil. Para quienes conocen The Wall, ese profesor es el mismo que, obsesionado con las reglas y la disciplina, tortura a sus estudiantes para convertirlos en ciudadanos modelos, es decir en ladrillos que encajen en el muro que es la sociedad.

En The Wall es un monstruo.

En The Final Cut entendemos por qué y llegamos a simpatizar con él: El profesor es un héroe de guerra, traicionado y olvidado por su país, que no logra comunicarle ni siquiera a su esposa el trauma que le dejó escuchar en la radio los gritos de sus compañeros agonizantes. Alcohólico y amargado, es incapaz de entender de qué se quejan los jóvenes cuando la vida a ellos les ha tocado tan fácil.

Pero tampoco entiende por qué, a pesar de todas las celebraciones y discursos de paz tras la victoria, los líderes mundiales nunca dejaron de lanzarse a nuevas guerras.

Como el álbum está ambientado en la Gran Bretaña de Margaret Thatcher, muchas de esas guerras son contra sus propios pueblos, a los que les van quitando los derechos y beneficios, y sobre todo la libertad por la que se supone lucharon sus compañeros.

Así que mientras la pesadilla liberal Thatcherista, remplaza al sueño de fraternidad de la Posguerra, el Profesor tiene fantasías con un asilo en el que “Maggie” estaría encerrada con Nixon, McCarthy, Breznev, Menájem Beguíny un par de tiranillos latinoamericanos. En el video clip aparecen también Hitler, Churchill y Napoleón.

Y en el que ahí, mientras pasan los días mirando sus propios discursos en la tele, les podrían aplicar la “solución final”.

El álbum concluye con una explosión nuclear, como todo mundo imaginaba que terminaría la vida humana antes de que nos diéramos cuenta del calentamiento global y de que los virus se pusieran como tan de moda.

Si los años ochenta sonaron el requiem del sueño de la posguerra, esta vez mi sueño nos han prometido. Tanto así que casi todo lo que no sea pesadilla es ganancia.

Esta vez ni sueño tenemos. Al contrario, nos prometen desde ya una pesadilla con un montón de caras: la distopía de la familia nuclear como único espacio de vida, la vigilancia de masa con la excusa de la salud pública y la desaparición de los derechos laborales para recuperar una economía a la que no pudo salvar la mano invisible del mercado.

Y volveremos a abandonar a los héroes.

En estos días el artista (ex-callejero) José Adalberto Banksy donó a un hospital británico su más reciente producción: un dibujo en el que un niño ha tirado a la basura dos de sus superhéroes para jugar con la super-heroína de moda: una enfermera.

Es lo que todos han dicho, que esos son ahora los héroes, pero en el dibujo de Banksy falta la segunda parte, el momento en el que el niño, arroja la enfermera al cesto y la remplaza por un nuevo juguete.

 

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