Umpalá

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Cartas desde París en Cincuentena. Día 54

Siete de Mayo.

 

Vengo a contarles tres encuentros. Uno en el que no estuve, uno virtual que fue un fracaso.

Y uno en el que sí estuve.

Una de las cosas de las que estoy orgulloso en mi vida es mi relación con L.

L. y yo nos conocimos en marzo de 1997. En esa época el mundo era tan nuevo que aún muchas cosas no tenían nombre y para señalarlas había que apuntarlas, como hacemos la gente de Colombia, con la punta de los labios estirados.

Más aún, internet era tan nuevo que cuando a uno le decían “arroba” uno escribía “A R R O B A” y pensaba en esas balanzas con la que se pesaba la papa sabanera en la plaza de mercado.

L. y yo comenzamos a salir en octubre de ese año y entre otros varios amores pasamos los siguientes once años de la vida juntos. Nos fuimos a Bogotá y nos fuimos del país. Nos casamos, cada uno por su lado, y desde hace 4 años vivimos a 830 metros de distancia.

O eso dice Google Maps.

L y yo tuvimos hijos, cada uno por su lado, y creo que cada uno fue el primero en saber que el otro los tendría.

El mío se llama Leonardo.

El martes pasado, cuando mi compañera lo llevó a uno de los raros pedacitos de parque que están abiertos en la ciudad, Leonardo completaba ocho semanas sin haber jugado con otros niños.

En Francia nunca se llegó a prohibir la salida de los niños y en esa hora robada cada día o cada dos, se había cruzado de lejos alguna vez con un compañero o amiguita. Cuando se acercaba a ellos siempre había algún padre con un prudente “Acuérdense que no hay que tocarse”.

Yo nunca fui capaz de decirlo. Si me aguantado las ganas de andar tocando y besuqueando a mucha de la gente que quiero es porque he estado encerrado.

No es sino que se acabe esto y…

En fin.

La hija y el hijo de L. estaban en el pedacito de parque. Son un poco mayores que Leo. Cuando mi compañera los vio no supo si acercarse, pero ellos vinieron corriendo y empezaron a corretearse y nadie dijo NO.

Y jugaron.

A las escondidas. A la lleva. A los policías y ladrones. A los policías y los chalecos amarillos. A los policías y el pobre desempleado que roba un pan porque tiene hambre.

Y en la noche Leonardo se durmió hablando de haber jugado.

Ese fue el feliz encuentro en el que no estuve.

Al día siguiente, Leonardo se levantó diciendo que quihubo a ver que si lo iba a llevar al parque a ver al hijo y la hija de L.

No señor, hoy tiene clase virtual”

Leonardo me miró como cuando yo en 1997 escuchaba la palabra “A R R O B A”.

Las escuelas abrirán el lunes, pero lo harán bajo estrictas condiciones de distancia social. Los niños no podrán tocarse. No habrá juegos en el patio. No podrán compartirse los juguetes. El protocolo es tan riguroso que la escuela pública del barrio, donde Leo va, apenas recibirá diez de los doscientos estudiantes. Para los otros 190, entre ellos él, la “continuidad pedagógica”, esa distopía imaginada por tecnócratas que no han puesto un pie en una escuela primaria desde que se graduaron de ella, debe alcanzarse gracias a plataformas virtuales.

Yo me vestí sin bañarme y con mi compañera arreglamos la habitación para que vean que somos una familia decente y con valores. Instalamos el computador en el rincón más luminoso de la casa. Mi compañera dijo que definitivamente el 12 tengo que ir a un peluquero.

A las diez en punto nos conectamos.

Intentamos.

El computador quería instalar actualizaciones.

Y luego Firefox quería instalar actualizaciones.

Y luego no funcionaban la cámara ni el micrófono y muy probablemente lo mismo pasaba con todas las familias de bien y la pobre maestra que se había amanecido entre tutoriales de la plataforma que usábamos, y que como toda plataforma estatal de cualquier estado el mundo, tenía la accesibilidad y ergonomía de un cajero electrónico de los años setenta.

Los sesenta minutos que siguieron, en los que el tiempo máximo de atención de los niños fue de 25,3 segundos, transcurrieron entre problemas de conexión, videos congelados, y un ruido estático que todavía me zumba en las orejas.

Ese fue el encuentro virtual que fue un fracaso.

Así que salimos hacia el pedacito de parque buscando encontrarnos por casualidad con los hijos de L.

Pero apenas al pasar la puerta nos encontramos con S. y J.

S. y J. son dos compañeras de Leo. Viven en el edificio de enfrente, pero por la extraña geometría de estas construcciones no podemos verlas sino desde abajo.

Cuando Leonardo las ve en la ventana, se va a hablarles. No creo que su voz llegue hasta el cuarto piso pero les habla.

Esta vez los tres se quedaron quietos. Inmóviles así como la gente de ese edad nunca puede quedarse para dolor y fatiga de sus progenitores.

Y progenitoras.

Leonardo tenía sus cinco muñecos favoritos. Anna de Arendelle. Optimus Prime, Peppa Pig, Emmanuel Macron y Donald Trump. Cuando sale por todos, parece que lleva en sus dos bracitos una cumbre de jefes de estado y de gobierno en la cual la tierra de sus ancestros está representada.

Leonardo empezó a mostrar sus muñecos. Me quedé esperando el regaño del padre de las niñas.

Pero no llegó.

El padre se sentó a mi lado en un andén. Hablamos del Coronavirus y del Libano donde él nació y donde tal vez nació mi tatarabulo.

Leo y las niñas salieron corriendo.

Y jugaron.

Y jugaron.

Y jugaron.

Y jugaron a la Reina de Las Nieves y a Macron que cierra las escuelas y a lanzar a Trump y Peppa Pig desde un árbol y yo me decía “Algún día estos muchachos hasta yermis jugarán y tintín corre corre”

Y llegada la hora de las onces, el padre llamó por el celular a su esposa que le tiró por la ventana cinco compotas, cinco galletas de chocolate y un mantel de día de campo.

Y fue eso: un día de campo entre edificios.

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