Tejiendo Naufragios

Publicado el Diego Niño

Sueños y batallas

Magoma

Debo ponerme gorro, zapatones, bata. Entro a la planta de producción de Magoma. Enorme, blanca, organizada. En los primeros estantes hay gomas para surtir un barrio. Después están los compuestos químicos, más allá las estufas, al frente el congelador y a su izquierda una máquina con perillas y switch para dos juegos de llaves, como las que se ven en las películas. Sobre la banda se deslizan serpientes en degradé, elefantes con la trompa enroscada, ositos de todos los tamaños.

De nuevo contemplo los estantes. Me siento tentado de tomar una bolsa de gomas en cuya portada van en un bus un elefante morado, un oso naranja, un león y una ballena. El conductor lleva un sombrero de copa y una capa. Como un mago. Mago. Ma-Go. Ma-Go-Ma.

Empiezo entender el nombre de la fábrica.

Después recuerdo que quiero robar el paquete de gomitas. Miro de reojo a Esperanza, la atractiva joven que me recibió en la mañana.

—Cógelas, —dice.

Las mujeres siempre se enternecen cuando los hombres regresamos a la infancia. Tomo una bolsa. En la esquina hay un círculo verde que me alegra la mañana: bajo en calorías (sonríe el adulto que trota para combatir el golpe de los años).

Como. Degusto. Devoro. Repito. Saboreo. No puedo creer que algo tan rico sea bajo en calorías.

—¿Qué tal?, —pregunta Esperanza.

Levanto el pulgar porque la boca está atiborrada de animalitos de goma.

—¿De verdad son baja en calorías?

—Mira atrás.

Giro el paquete. Veo la tabla.

—¿Quién las hace?, —pregunto mientras intento leer.

—Ya la conocerás.

Salimos.

—Ella es, —dice mientras me señala a doña Rosario, una mujer tímida que comparte la alegría de Esperanza. A su lado está don Rafael, un señor de cabello blanco con una energía de un hombre de treinta. Me da la mano y después sale a la calle. A los pocos segundos se escucha un silbido suave, menudo, como de canción vieja.

Imagino silbaba igual la noche del setenta y nueve, mientras iba camino a una fiesta de grado. Él no sabía, no podía saber, que esa noche, entre risas y bailes, entre cantos y chistes, se enamoraría de Rosario, la festejada. Tampoco sabía que ese sería un amor para toda la vida.

Minutos después llega Angélica, una mujer igual de atractiva que Esperanza (la belleza es el denominador común de las mujeres de la familia). Es la gerente de Magoma. O lo sería si fuera una empresa vertical, en la que las ideas bajan en cascada sin que haya manera de contradecirlas o atajarlas. Pero este no es el caso. No podría serlo. Es una empresa familiar en la que no hay jerarquías. Sólo hay tareas por cumplir.

Esperanza es matemática de la Universidad Nacional con maestría en Lógica de la Universidad de Barcelona. Sus funciones están más cerca al periodismo que de las matemáticas. Pero eso no le preocupa. Le está apostando a un proyecto con raíces firmes.

—No puede haber estabilidad ni futuro en contratos a dieciséis semanas, —dice cuando le pregunto por la carrera de matemáticas.

Contratos por prestación de servicios cuyo dinero se desaparece entre el pago de salud, pensión y retención en la fuente. Contratos que no se sabe si serán renovados el siguiente semestre. Contratos con los que sobreviven miles de profesores universitarios.

—Además se trata de salario emocional, —apunta Angélica con una sonrisa que reafirma sus palabras.

Angélica sabe de lo que habla. Después de estudiar Economía en la Universidad Nacional entró a un banco. Simultáneamente inició una maestría Mercadeo en los Andes. Mientras avanzaba la maestría, ascendió en el banco. Al final de la maestría estaba en la punta del organigrama.

Pero renunció meses después.

—¿Qué va a hacer mañana cuando abra los ojos?, —le preguntó el jefe después de leer la carta de renuncia.

—Sacarme las cordales.

—¿Y después?

—Quejarme del dolor.

Su objetivo era hacer crecer la empresa que habían formado sus papás para afrontar una crisis económica.

—Hicieron empanadas, camisas, sacos, corbatas. Después decidieron probar con las gomas. Necesitaban una inversión de $35.000 para iniciar con el negocio. La  verdad no sé de dónde los sacaron porque no había plata para nada, —dice Esperanza.

Un vecino les enseñó lo básico para hacer gomitas. Doña Rosario, con la pericia de cocinera y el amor de madre, fue subiendo y bajando las dosis que le enseñó el vecino hasta obtener gomas que le parecieron perfectas. Don Rafael las empacó, se echó la bendición y se fue.

—Las ofreció de local en local por todo el barrio, —dice Esperanza con orgullo.

Así trabajaron diez años hasta que Angélica renunció al banco. Compró una pequeña Van, hizo los trámites de Invima y Cámara y Comercio.

—Una tarde nos sentamos a pensar en el nombre de la empresa. Hicimos una lista en un cuaderno. BuDi, DizBu, uniendo Buitrago y Díaz. Y un montón de cosas. Al siguiente día se lo envíe a una amiga para que me diera su opinión y me dijo. “Angélica, ¿en serio? ¿Acabas de terminar una maestría en Mercadeo y no sabes que existen especialistas en poner nombres?” Ella me consiguió al muchacho que le puso el nombre de la empresa.

Después vino el diseño de los empaques. La tecnificación. Distribución. Buscar otros clientes.

—Actualmente podemos producir una tonelada de gomitas al mes, —dice Angélica.

¿Cuánto me habré comido en el transcurso de la charla? Contemplo tres paquetes desocupados. En mi defensa puedo decir que cada uno fue puesto sin que me diera cuenta.

—¿Cuántas calorías dice que tienen? —pregunto asustado.

—Atrás dice.

—Es que no soy bueno para las tablas.

—40 calorías por cada 15 gramos.

Giro el paquete. Intento encontrar la información.

—No tiene grasa ni sodio, —digo orgulloso de mi hallazgo.

—Algunas tienen vitamina C. Esas las producimos para Biochem, —dice Angélica.

—Tienen siete sabores, —acota Esperanza.

Siete sabores repito mentalmente con el mismo tono de Homero Simpson cuando habla de rosquillas. Segundos después llega Esperanza con un paquete abierto. Tomo un osito de goma, lo contemplo con curiosidad. Mastico sin remordimientos porque sé que tiene vitamina C (y menos de 40 calorías).

—El pedido de ese laboratorio es grande. Nos toca trabajar duro, —dice Esperanza.

—Acá me ves con mi uniforme de gerente. Pero normalmente estoy produciendo con mi mamá. Igual que Esperanza y mi papi. A todos nos toca meterle el hombro.

Las dos sonríen como si un recuerdo se les hubiera filtrado por las grietas del alma.

—Imagino que la competencia es dura. Los grandes. Los pequeños. Todos, —digo mientras saco el último osito del paquete.

—Los pequeños tiran a matar. Por ejemplo ese tarro se vende a $7.500 y ellos lo ofrecen a $6.000, —dice Angélica señalando una urna de plástico en la que hay gomas cilíndricas. Siento el impulso de levantarme y sacar una, pero no lo hago. Esperanza, como si leyera mis pensamientos, trae la urna, la abre y me mira a los ojos. Sonrió. Tomo un cilindro verde.

—A mi papi le dicen que no vuelva, —continúa Angélica. —Yo le digo que no se preocupe, que la competencia no van a aguantar porque los costos no dan. A los tres meses lo llaman para que les venda nuevamente.

—¿Cuáles son las expectativas a futuro?

—Son muchas. Pero vamos paso a paso. No queremos saltarnos el aprendizaje de cada proceso.

La tarde empieza a entrar por la ventana. La urna va por mitad. Me despido de las hermanas Buitrago y de doña Rosario. Esperanza silba con torpeza. Don Rafael deja de cantar. Esperanza de nuevo silba bajito y él asoma la cabeza por el portón.

—¿Lo acerco a algún lado?, —me pregunta.

—No señor, gracias, —respondo al tiempo que estrecho su mano.

Me voy caminando mientras pienso que si los Buitrago-Díaz tuvieran que elegir entre los sueños que se desbordan hasta inundar el planeta, los que encharcan un par de generaciones o los sueños que bañan los corazones de una familia, no dudarían en elegir los últimos. De hecho, pienso mientras escribo estas palabras, esa siempre ha sido su apuesta. Y después de conocerlos a ellos y a su empresa, no me cabe duda que es el sueño Magoma siempre será la mejor apuesta.

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