Norte de la Franja de Gaza, 22-4-2024 (Mahmoud Issa/Reuters)

Norte de la Franja de Gaza, 22-4-2024 (Mahmoud Issa/Reuters)

El analista chino-canadiense Jiang Xueqin ofrece una visión que podríamos denominar estructural-declivista. Su punto de partida es que Estados Unidos se embarcó en una guerra de desgaste que acelera tensiones acumuladas por una suerte de “sobrecalentamiento imperial”, el cual erosiona la base económica de su hegemonía.

El Marco de Jiang Xueqin: la guerra como acelerador del declive sistémico

Jiang sostiene que esta es una guerra asimétrica en la que la ventaja tecnológica se convierte en una desventaja financiera. Irán emplea drones de bajo costo (decenas de miles de dólares) para obligar a Israel y Estados Unidos a utilizar misiles que cuestan millones de dólares. Esto crea un diferencial de gasto insostenible en el marco de un conflicto prolongado.

En segundo lugar, el verdadero campo de batalla no es militar sino económico-global. Jiang postula que Irán apunta a la infraestructura de los países del Golfo para golpear el corazón del sistema que sostiene la hegemonía estadounidense.

El tercer pilar es la tesis de una arquitectura financiera altamente dependiente de flujos externos. Jiang argumenta que un porcentaje significativo de la economía estadounidense —incluida la burbuja de la inteligencia artificial y la sobrevaloración bursátil— depende del reciclaje constante de petrodólares y capital global. Un shock prolongado en el estrecho de Ormuz tensionaría el equilibrio de flujos y lo expondría a vulnerabilidades estructurales.

De esta manera, Jiang anticipa que Estados Unidos tenderá a “perder” esta guerra en un sentido sistémico más que militar. No por una derrota en el campo de batalla, sino porque el conflicto que aceleraría un declive hegemónico al exponer sus vulnerabilidades estructurales. Esto forzará a sus socios a buscar alternativas al dólar y a la seguridad estadounidense.

La guerra como oportunidad estratégica para China

Frente a la visión de Jiang, aparece un marco geopolítico, representado por analistas chinos como Qin Tian y Ren Hanjun. Para ellos el conflicto debe leerse como un realineamiento estratégico y no como un colapso.

Su premisa básica es que, independientemente de quién “gane”, China emerge como la beneficiaria de un orden regional más fragmentado. Washington queda atado a un teatro de operaciones complejo, mientras Pekín amplía su margen de maniobra en el ámbito económico y diplomático.

El argumento se despliega en varios niveles. Por un lado, incluso si Estados Unidos lograra una victoria táctica contra Irán, el costo político y diplomático sería enorme. Los estados del Golfo diversificarán sus alianzas de seguridad, consternados por una guerra que no buscaron. En ese escenario, China se presenta como alternativa lógica, al combinar inversión, compras de energía y ausencia de condicionamientos.

Por otro lado, la guerra impulsa a los socios de China. Un cierre parcial o selectivo del estrecho de Ormuz refuerza la interdependencia energética entre Teherán y Pekín. Asimismo, el aumento del precio del petróleo aliviaría las presiones sobre Rusia, socio estratégico de China.

Este marco no predice un colapso estadounidense inmediato, sino una reconfiguración en el que China gana influencia, acceso energético y contratos para su industria de defensa.

Factores de erosión política para Trump

En el frente interno, la gestión de la guerra abre grietas para Trump. Las declaraciones de Rubio, quien reconoció que Estados Unidos atacó para “proteger” a Israel, han generado indignación bipartidista. Figuras demócratas han acusado a la administración de poner en peligro a las fuerzas estadounidenses. Este malestar es especialmente delicado en la base MAGA, quien votó por Trump gracias a la promesa de que no habría conflictos en Oriente Medio.

En paralelo, las relaciones entre élites israelíes y Epstein alimenta narrativas sobre influencia extranjera en la política estadounidense. Para demócratas y republicanos críticos de Trump, este contexto refuerza la sospecha de que la decisión estuvo atravesada por lealtades externas y circuitos de poder oscuros.

En esta configuración, una resolución bipartidista en la Cámara de Representantes para forzar el debate sobre la retirada de fuerzas estadounidenses obliga a cada congresista a fijar una posición pública. Ese registro se utilizará en campañas en las elecciones de medio término.

Factores de Control y Permanencia

A pesar de estas grietas, los mecanismos formales para una salida anticipada de Trump siguen siendo altamente improbables. El impeachment requeriría dos tercios del Senado, algo inverosímil en un Congreso donde los republicanos no dan señales de una ruptura masiva. Por su parte, la Enmienda Veinticinco exigiría que el vicepresidente y la mayoría del gabinete declararan a Trump incapacitado.

Pero no es necesario recurrir a estos escenarios. Finalmente, la guerra contra Irán es “propiedad política” de Trump, lo que implicará un desgaste en las urnas de los republicanos y del gobierno.

Posibles escenarios

La evolución del conflicto dependerá de la interacción entre la dinámica militar, la economía global y las presiones políticas internas. En el corto plazo, la estrategia de Washington y Tel Aviv buscará maximizar el impacto de ataques aéreos, evitando enfrentamientos terrestres.

Sin embargo, las declaraciones de Trump de que enviará tropas por tierra, demuestra que la administración contempla ese escenario. Este hecho encaja con la tesis de Jiang de “sobrecalentamiento imperial”: el uso de la fuerza terrestre es el síntoma de un poder que ya no puede alcanzar sus objetivos por otros medios. Una escalada de este tipo intensificaría las tensiones con el Congreso y con la opinión pública.

En el frente económico, el conflicto ya está produciendo efectos globales: ha subido el precio del petróleo, los mercados asiáticos muestran volatilidad y sectores como el transporte aéreo sufren pérdidas por rutas más largas y primas de riesgo más costosas.

El desenlace más probable no es el colapso fulminante que proyecta la lectura más apocalíptica de Jiang, ni la victoria limpia que desearía Trump para exhibir liderazgo y fortaleza. Lo que se vislumbra es un prolongado atolladero de desgaste mutuo.

Estados Unidos podrá reclamar éxitos tácticos, pero se verá obligado a gestionar las consecuencias imprevistas de un Irán que, incluso derrotado tácticamente, proyectará su influencia en diásporas radicalizadas y en el fortalecimiento de sus aliados.

Para Trump, el legado de esta guerra será profundamente negativo. Aunque se sostenga en el cargo —algo para lo que el sistema institucional sigue jugando a su favor—, lo hará como un presidente políticamente erosionado, gobernando sobre un país y un partido divididos por la guerra, mientras las elecciones de medio término se convertirán en un referéndum sobre su aventura iraní.

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