Tejiendo Naufragios

Publicado el Diego Niño

Golpe de suerte

El 20 de julio de 1997 yo prestaba servicio en la PM15. En la madrugada el capitán Morales nos informó que él había recibido elogios del comandante del batallón. Estaba eufórico, prácticamente embriagado de las palabras de Murillo.

—Mi coronel me dijo que mi general Bedoya aseguró que nunca había visto soldados tan enérgicos como los soldados del parqueadero. Especialmente uno de ellos. Por eso ordenó una semana de descanso para el soldado Orozco Martínez, Carlos Andrés.

Maluquera hizo tronar las botas.

—Soldado, usted es el único que tiene permiso en acuartelamiento de primer grado —afirmó el capitán con una sonrisa enorme—. Tiene un minuto para cambiarse de civil.

Maluquera corrió al alojamiento.

—¿Quién era el otro soldado?

—Ley y orden, mi capitán. —Golpee mis talones.

—Usted no tiene permiso, pero se encargará del parqueadero del Simón Bolívar.

—Como ordene, mi capitán.

Por tanto, el 20 de julio no marcharía bajo el sol inclemente del 20 de julio por quién sabe cuántos kilómetros. Esa decisión también implicaba que no voltearía en la noche, como acostumbraba Morales para descargar su malhumor.

Al arribar al lugar, vi que todos los carros estaban estacionados, lo que significaba que mi trabajo se reducía a prestar seguridad perimétrica.

Llevaba más de dos horas cuando llegó la cabo primero Sandoval, una mujer atractiva y agreste, como un río caudaloso. Éramos de la misma estatura pero los tacones le daban cinco centímetros de ventaja. Tenía el cabello recogido en una moña que acomodó en una malla que emergía de una gorra cilíndrica.

Me miró de pies a cabeza antes de preguntarme si tenía cigarrillos.

—Tengo Mustang, mi cabo.

—¿Azul o rojo?

—Azul.

—Tocará.

Le ofrecí la cajetilla de la que sacó un cigarrillo. Su perfume me inundó el cuerpo cuando se inclinó para encenderlo con la llama del fósforo que protegí en el nido de mis manos. Aspiró con fuerza y expulsó el humo.

—¿Puedo fumar, mi cabo?

Levantó el hombro como si le fuera indiferente. Saqué un cigarrillo y lo encendí.

—¡Qué mierda tener que plantarse todo el día! —dijo Sandoval con una mezcla de rabia y fastidio.

—Bienvenida a mi mundo.

Contemplaba la calle Sesenta y tres, que se había transformado en un río de personas que caminaban hacia la avenida Sesenta y ocho. Sandoval fumaba como si le mordiera la misma pesadumbre que nos agobiaba a los soldados cuando arribaban las tres de la mañana y el frío y la soledad se hacían intensos, casi insoportables.

Di una vuelta por los parqueaderos y me acomodé en el costado sur-occidental, bajo un árbol. Los aviones sobrevolaban el parque con un rugido que vibraba en los intestinos.

Segundos después arribó Sandoval.

—Páseme otro cigarrillo —pidió con más rabia que cordialidad.

—Como ordene, mi cabo.

Fumaba con el brazo izquierdo rodeándole la cintura y el codo derecho apoyado sobre la muñeca izquierda. La mano derecha estaba inclinada como si le pesara el cigarrillo.

—Baje ese fusil, soldado. ¿No se cansa? —dijo contemplando el G3 que yo terciaba en alto.

—Ya estoy acostumbrado, mi cabo. Además que me voltean si lo bajo.

—No sea güevón: yo no lo voy a voltear.

Bajé el fusil y lo recosté contra el árbol. Me quité el casco que acomodé sobre la trompetilla del fusil.

—Ve que es mejor.

—Siempre lo he sabido, pero yo sólo cumplo órdenes.

Sus ojos se perdían en el horizonte de carros. Minutos después se fue con pasos indecisos.

Me acomodé el casco y tercié el fusil en alto. Le di tres vueltas al parqueadero y regresé al mismo lugar. Miré en todas las direcciones en busca de un oficial o suboficial. Sólo veía civiles que caminaban por la carrera Cincuenta. Bajé el fusil, me quité el casco y me recosté contra el árbol (otra cosa que estaba prohibida).

Imaginé al bloque marchando con pasos iguales mientras tocaba la banda de guerra. ¿Quién habrá tomado mi lugar? Seguramente uno de los soldados que están curtidos para marchar igual que yo estaba curtido en estar de pie con un fusil, cartucheras, pelo de burro, casco y prendas blancas. Contemplé la comba azul del cielo en la que no había nubes. Me alegré que la suerte me hubiera sonreído. Cruzaron tres aviones en formación de cuña. Segundos después pasó el estallido que opacó a la banda de guerra. Arribaron los aplausos y la algarabía de personas que no han vestido ni vestirán un uniforme militar, pero que hablan como Rambo cuando se toca el tema del ejército o la guerrilla. Personas que idolatran el ejército porque no les ha tocado comer mierda en sus filas.

Regresó Sandoval con dos bolsas (una en cada mano).

—¿Tiene hambre, soldado?

—Ley y orden, mi cabo.

—Le traje una empanada.

—Gracias, mi cabo.

Abrí la bolsa y encontré dos empanadas.

—Para solicitarle, mi cabo: ¿cuál es mi empanada?

—Las dos son suyas.

—¿En serio?

Me miró a los ojos como si estuviera frente al más idiota de los soldados.

—Gracias, mi cabo.

De la otra bolsa sacó media botella de aguardiente. La sacudió con fuerza. La destapó. Lanzó un sorbo sobre el pasto. Sirvió un trago en la copa transparente que cubría la tapa negra. Lo tomó de un golpe. Ni siquiera hizo gestos. Me ofreció la botella.

—¿Qué celebramos, mi cabo?

—Ni mierda, soldado. Es para capotear el aburrimiento tan hijueputa.

Me entregó la botella. Yo no sabía qué hacer con la bolsa de papel inundada en grasa.

—No se enrede soldado: bote la bolsa al piso.

Lancé la bolsa y serví media copa. Bebí. Me estremecí.

—Este soldado está muy cuquirrú —dijo Sandoval con una sonrisa—. Le falta área, mi soldado.

—Niño, mi cabo.

—¿Cómo dice?

—Mi apellido es Niño. —Señalé al tiempo que golpeaba el acrílico de letras blancas y fondo negro.

—De razón la cara de güeva.

Me incomodó el comentario.

—Ahora se delicó mi soldado Niño. Sé que soy una hijueputa, pero eso es lo que hay, así que váyase acostumbrando —dijo como si pensara en voz alta.

Llegaba el rumor de gritos y aplausos amortiguados por la distancia. Pasaron los mismos helicópteros que se veían en la serie La Misión del Deber.

—¿Guaro? —preguntó Sandoval.

—No mi cabo. Muchas gracias.

—Patricia.

—¿Cómo dice, mi cabo?

—Dígame Patricia. No es un nombre bonito, pero es el que me tocó.

—Está bien, mi cabo.

—Obviamente está bien, ¿no ve que es una orden?

—Me refiero a que le acepto el aguardiente.

—Ah.

Serví media copa y se la ofreció a Patricia que la bebió de un golpe. Me serví media copa y la tomé de dos sorbos.

—Usted es flojo para tomar.

—No me gusta el aguardiente mi —Sandoval me miró a los ojos—… Patricia.

—Ya quisiera que fuera suya, soldado comemierda. —sonrió como sonríen las personas que están cómodas.

—Su sonrisa es lo más bonito que me ha pasado en el ejército.

El rubor le enrojeció las orejas.

—Oigan a este poeta; guarde esa inspiración para las niñas de su edad.

—Prefiero a las mujeres mayores.

—¿Mayores?

—De su edad.

—¿Cuántos años cree que tengo?

—No sé… veinticinco

—No señor: veintidos…

No recuerdo los temas, pero sí recuerdo que hablamos hasta las cuatro de la tarde. A esa hora me puse el casco y tercié el fusil. Le di dos vueltas al parqueadero. No estaba borracho, pero me envolvía una felicidad tonta. Patricia me encontró en la puerta vecina a la carrera Cincuenta.

—Llegó la hora de regresar a la realidad —afirmó con una mueca—. ¿Quiere fumar?

Hice el ademán de sacar la cajetilla de cigarrillos, pero tomó la mano que iba camino del bolsillo.

—Fumemos algo decente —dijo al tiempo que sacaba la cajetilla de marlboro de su guerrera.

Le quitó el celofán y el papel aluminio y los arrojó al piso. Me ofreció la cajetilla. Tomé un cigarrillo y ella otro. Encendí un fósforo y lo acomodé en el cuenco de las dos manos. Se inclinó. Su perfume me estremeció.

—Quisiera besarla, Patricia.

Me miró con los ojos abiertos. Lanzó una carcajada de la que escapaba hebras de humo.

—Soldado, tenga cuidado con lo que dice… no se meta en problemas.

—No se preocupe mi cabo: yo sé cuál es mi lugar. Sólo quería decírselo.

Contemplamos las personas que avanzaban en un movimiento espeso. Los niños comían helado o tenían bombas amarradas a sus muñecas. Los papás hablaban a gritos, como si hubieran sido testigos de un milagro.

Arrojé mi colilla y la pisé con el tacón de la bota.

—Usted fuma muy rápido —dijo Patricia. Dio una calada corta. Me ofreció su cigarrillo—. Tenga, para que se le pase el antojo de un beso. —Sonrió.

Tomé el cigarrillo y apreté mis labios sobre la mancha de labial. Di una calada larga y placentera.

—¿Le gustó?

—Habría preferido sus labios, pero es lo que hay.

Me tomó el mentón con su mano derecha y me dio un pico en los labios. Dio media vuelta y se fue. Se detuvo al tercer paso. Me miró sobre su hombro derecho.

—Feliz noche, soldado.

—Feliz noche, mi cabo.

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