Tejiendo Naufragios

Publicado el Diego Niño

Esperanza

Su cara no es perfecta, pero atrae. Quizás es la sonrisa, los ojos o el tono de piel. Ella es ciento sesenta centímetros de buena energía a pesar de los kilómetros caminados, de la indiferencia de la gente. Vive entre expendios de droga, ladrones y habitantes de calle.

—El SanBer es horrible. Ni te imaginas.

Vende bolsas a pocas cuadras de Titán plaza, al final de una hilera de locales apretados entre un conjunto de apartamentos y una bomba de gasolina. Las vende entre risas y sonrisas. Habla con una alegría que desentona con su situación y con el barrio en el que vive. Su acento es suave, imperceptible. Un acento que se arrebata cuando entra en confianza.

—Vieras la cara que me hacían cuando pedía plata en los semáforos. Subían la ventana cuando me acercaba. —Ejecuta el movimiento circular de quien mueve la palanca. Me mira a los ojos con una mirada limpia y lanza una carcajada que le devuelve a sus veinte años.

Oprime las bolsas contra su pecho (un pie en el escalón de arriba y el otro en el de abajo). A su lado juegan dos niñas. La mayor no llega a los seis años y la menor ronda los cuatro. En la tarde las tres se sientan en los escalones vecinos al supermercado. Las niñas se aprietan contra la mamá para entregarse a una siesta profunda que no la altera el ruido de los carros, la lluvia que resbala por un paraguas viejo o la algarabía de la bomba de gasolina. Entretanto su mamá ofrece las bolsas de basura sin importarle el frío que taladra los huesos ni la lluvia que entristece el vuelo de las palomas. Ella se aferra a la esperanza con pies y manos. No deja de sonreír con una sonrisa capaz de derretir cualquier indiferencia, de rasguñar cualquier malhumor.

Comentarios