Tejiendo Naufragios

Publicado el Diego Niño

Discurso

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Monserrate se escondía bajo un manto de nubes densas y malhumoradas. Caía una descarga de gotas enclenques que no humedecían el pavimento. Los vendedores ambulantes empacaban libros mirando hacia la montaña como si le pidieran permiso. Entre ellos había una muchacha de no más de veinte años, cabello ondulado y mirada oscura. Se le cayó Asuntos Familiares, el libro de cuentos de Julio Paredes. Lo tomé del piso, lo golpee contra la palma de mi mano para quitarle el polvo de la calle, contemplé la carátula en la que sonríen siete niños, pasé el dedo por su lomo y olfatee sus hojas como si fueran la piel de una mujer.

—¿Cuánto? —pregunté.

—Cinco mil.

Era evidente que el precio lo imponía el afán. Le di un billete y me llevé el libro bajo el brazo.

En el bus lo miré con detenimiento. En una página encontré una factura pequeña. Decía CAFÉ / REPUBLICANO y arriba el logotipo que había visto cientos de veces durante el primer semestre del 2013, periodo en el que viví en Tunja. Llegó el recuerdo de las tardes en las que esperaba que el azar condujera los pasos de Carolina hacia ese Café.

No sólo compro libros de segunda por el precio, que es opción razonable para las épocas de escasez, sino que lo hago, principalmente, porque cada libro trae historia de sus anteriores dueños: dedicatorias de comienzos de los ochenta, fotos de muchachas que juegan al borde de la piscina, frases subrayadas que hablan de esperanza o desilusión.

En el caso de Asuntos Familiares, cabía preguntarse por cuántas manos tuvo que pasar para recorrer los ciento treinta kilómetros que separan a Tunja de Bogotá. ¿Con quién estaría la dueña o el dueño cuando estaba en el Café Republicano? ¿Tomaría gaseosa o café, que son los productos marcados en la factura? ¿Estaría enamorada o enamorado de quien tomaba la otra bebida?

En las páginas en la que estaba la factura (86 y 87) encontré elementos para resolver mis dudas. Hay dos frases resaltadas. La primera dice: “Más de una vez la creí víctima de un desvío indolente, de algún desorden en la pasión, inmovilizada en la pose sumisa de los que tienen el corazón embalsamado”. La segunda afirma: “así fuera ilusorio, en mi corazón se esconde una voracidad obscena, un enceguecimiento peligroso”.

Sospecho que el dueño del libro era una mujer. La imagino tomando café mientras su compañero hablaba sin importarle
que lo escuchara. Afuera, en la Plaza de Bolívar, caminaban centenares de personas con los pasos de quien no tiene afanes ni preocupaciones. Quizás ella sonreía. Lo miraba con atención mientras él continuaba hablando. Probablemente deseaba apropiarse de cada palabra, de cada pausa, de cada gesto al tiempo que jugaba con las bolsas de azúcar. Él le sonreiría mientras removía la gaseosa con el pitillo, transformando la bebida en una marea oscura.

¿Qué pensará él de ella?

Los boyacenses son impenetrables. Difícilmente se sabrá lo que piensan. Las tunjanas, como Carolina, que era de quien hablaba antes de abrir el paréntesis, son más reservadas.
Sin embargo el amor las transforma en seres de luz. Lamentablemente ese no fue el caso de Carolina. La esperé durante seis meses. Debo decir, en aras de la claridad y de la justicia, que nunca le puse una cita en ese lugar. Confiaba que el encuentro estuviera escrito en las líneas de nuestros destinos. Creía, tontamente, que llegaría por su propia cuenta. Que sonreiría cuando me viera sentado con los exámenes sobre la mesa. Me contemplaría con sus enormes ojos verdes, hablaría con frases cortas, me acariciaría la mejilla con el torso de su mano y al final, cuando nos cansáramos de las palabras, caminaríamos bajo noche que parecería hecha de esquirla.

Regresé a Bogotá después de ese semestre en Tunja. Semestre, sea dicho al margen, en el que no apareció Carolina por el café.

En la Calle 170, después de un viaje que se me hizo eterno, me estrellé con la realidad: en febrero Marjorie, mi esposa, se había ido para Barranquilla agobiada por las la enfermedad de su mamá y por mi incapacidad de llevar una economía saludable. Sólo entonces fui consciente de que mi semestre en Tunja, mi enamoramiento de Carolina (que quizás no era enamoramiento), las caminatas sin dios ni ley, eran la forma de escapar de mi condición de hombre en bancarrota.

En Bogotá tuve que decidir sobre mi futuro en la universidad de la que me habían echado meses atrás y de la que nunca me gradué. Debía buscar trabajo en algún colegio o en un preicfes, porque sólo sabía trazar triángulos y ecuaciones en los tableros. Mi vida parecía una galería de puertas cerradas. De todo lado me habían echado. Sin embargo, días después El Espectador me dio la oportunidad de alojar un blog en su página web, me aceptaron como asistente del taller de la localidad de Barrios Unidos y me comunicaron que era el ganador del Primer concurso de cuento Guillermo Meneses.

No todas las puertas están cerradas, pensé entonces.

La literatura me esperaba como esperé a Carolina en el Café Republicano, con la diferencia que llegué puntual. Fue un encuentro grato. Me invitó a su mesa. La literatura jugaba con la bolsa de azúcar mientras yo le narraba historias de hombres despechados. Yo sonreía como no lo había hecho en los últimos meses. Y no era para menos: sabía que saldríamos a caminar al final de la conversación.

Afortunadamente no me equivoqué: en la noche salimos a caminar bajo un cielo que parecía desplomarse sobre las calles. En cada esquina nos hemos encontrado con hombres o mujeres que sugieren historias abarrotadas de silencio y melancolía (mis compañeras de aquel semestre del 2013).

El Premio Jorge Gaitán Durán da fe de que faltan kilómetros y años para que arribe el amanecer en el que la literatura y yo que tomaremos caminos divergentes. Espero, ruego, que esa separación llegue el día de mi muerte.

Pero ese momento, como muchas cosas, aún no se ha escrito.

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