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La noche de los incomprendidos: Aprobación del matrimonio homosexual en Argentina

Como estaba pasando por unos de esos días en que uno no es capaz de que le importe nada de nada en el mundo, no me había interesado por un tema que me interesa bastante y que ha ocupado la atención de todos los argentinos durante la última semana: El debate en el Congreso sobre la legalización del matrimonio entre homosexuales. Eran las diez de la noche del 14 de julio y yo iba sin ganas de nada, pateando papeles, por la Avenida Callao y al llegar a la Plaza de Congreso escuché que sonaba una canción de Kevin Johansen, un cantante argentino que he visto mil veces en videos y que he escuchado un millón de veces en la soledad, en la compañía, en la fiesta, en el recogimiento, en la contentura, en la tristeza, en la indignación, en la ilusión y en la decepción. Chuté una botella de Coca Cola y caminé en dirección a la fuente del sonido.

Llegué a la Plaza y al gentío y antes de preguntarme porqué ya no me interesaban las cosas que me importaban, recordé que en ese momento, ahí al lado, en el interior del Congreso, los parlamentarios argentinos estaban decidiendo la aprobación del matrimonio entre gente del mismo sexo. El día anterior una multitudinaria marcha en contra, apoyada por los poderosos medios de comunicación propiedad de los poderosos y por la poderosa iglesia católica apostólica y romana, había llegado hasta esa Plaza para decir que los niños merecían un papá y una mamá y otras cosas por estilo. Esta noche los congregados eran los que estaban a favor. Yo había escuchado algo acerca de ambas manifestaciones, pero andaba tan aburrido que ni ganas de ir a marchas tenía. Cómo sería la aburrición.

Seguí oyendo la voz de Kevin Johansen y me acerqué a la muchedumbre. Lo vi allá al fondo chiquito, el mismo de los videos y las fotos, en carne y hueso. El gentío no era demasiado y sobre todo no era muy abigarrado, así que me fui metiendo para acercarme lo más posible a la tarima, hasta que quedé casi frente a él. Estaba igualito a como es, en un escenario pequeño, con sus músicos y con el dibujante Liniers, quien a menudo hace parte de sus conciertos, ilustrando y pintando las canciones, mientras Kevin Johansen las canta.

El público estaba formado por gente de todas las edades, aunque en su mayoría jóvenes, entendiendo por jóvenes todos los que son menores que yo. Estudiantes, empleados, desocupados, intelectuales, artistas, obreros, académicos, profesionales. Gente tranquila, vital, contenta, entendiendo por contento a cualquiera que tuviera un poco más de entusiasmo por cualquier cosa que yo. Así que todos estaban contentos. Aptos para amar y sufrir y gozar al vaivén de los movimientos ingobernables del corazón, merecedores, listicos para quererse, casarse, adoptar hijos sanos y para ser incluso más felices que una gran cantidad de matrimonios heterosexuales que conozco.

Muchos se veían enamorados, tomados de la mano, reafirmando su sentimiento ante ellos mismos y ante una sociedad que decidía en ese instante si su amor era o no digno de respeto para la Ley de los hombres. En el ambiente había esa animosidad contenida, esa complicidad, esa energía picante que tienen los incomprendidos cuando se juntan. Nadie me miró, nadie me preguntó qué te pasa porqué estás aburrido, y eso me permitió sentirme en una agradable soledad acompañada. Kevin Johansen empezó a cantar “La cumbiera intelectual” una cumbia gozona que habla de una mujer que le hizo mal y que se ponía a hablarle de Miller, Anais Nin y Picasso cuando él la iba a abrazar. La gente empezó a bailar a mi alrededor. Kevin Johansen cantaba con una sonrisa sincera y reposada de budista rockero; Liniers, sentado como frente a un instrumento musical, dibujaba, manchaba y escribía, moviendo las manos como un baterista, sobre una gran cartulina blanca proyectada por una pantalla gigante; los músicos estaban felices como si tocaran por primera vez esa canción contenta que deben haber tocado millones de veces. Me pregunté cómo harían.

Cuando terminó “La cumbiera intelectual” sonó un aplauzo que sentí como la carcajada de un bonachón al que quisieran excluir de una fiesta y contestara: “me cago en todo con mi alegría”. Entonces Kevin Johansen anunció la próxima canción: “El incomprendido” y dijo que nos abrazáramos todos para cantarla. En realidad no me esperaba esa salida de recreacionista por parte de Kevin Johansen, pero se la perdoné. Mi solidaridad con el género humano en ese momento era abstracta y no quería tener contacto físico con ningún desconocido o desconocida. Temí el final del comienzo de mi precaria contentura. Pero la gente sólo se abrazó entre quienes tenían la actitud de estar de acuerdo con el abrazo masivo. Nadie me dijo porqué no quieres que te abracen. Y empezó el incomprendido:

“El es… el incomprendido, es lo que le ha sucedido
Y aunque haya padecido, es lo que ha elegido…

Delante de mí una fila extensa de abrazados se balanceaba y se inclinaba como haciendo cuclillas al ritmo lento y caricaturezco del comienzo de la canción.

…Riega con sus escritos boliches y garitos
Y alguien lo ha convencido que es un poeta maldito…

Miré a un lado y una chica de pelo rubio ensortijado me miró con cierta sonrisa abierta y sincera que parecía invitarme a hacer parte de su felicidad. Pero en ese instante de la vida yo no era heterosexual, ni homosexual, ni asexual, sino simplemente “el incomprendido” que empezaba a tener a hacia sí mismo no compasión, ni orgullo, ni vergüenza, sino simplemente una ternura ecuánime. Y seguía el coro:

…De bar en bar, café en café
Cree que lo observan
Nadie lo ve…

Y era un coro multitudinario de gente sobria que se movía como borracha. La felicidad de los que se identifican con la esencia de algo con lo que no se identifican literalmente. Y la canción avanzaba:

Cree que por ser bohemio, le van a dar un premio
Pero se ha vuelto abstemio y el mozo frunce el ceño
Cansado de ser pobre y de tantos engaños
Su madre no le da un cobre a sus 40 años…

Aquí no me sentí ofendido por una alusión directa y personal por parte de Kevin Johansen y lo perdoné de nuevo. Además yo estaba demasiado sintonizado con la esencia del momento, con esa epifanía polifónica, con ese chispazo de verdadera comunión, como para ponerme con susceptibilidades personales. Y la canción y el momento crecían:

Podría ser vos, podría ser yo
Incomprendidos somos todos

Aquí Kevin Johansen señaló al frente, a la sede del Congreso, donde transcurrían las deliberaciones, y la gente empezó a brincar mientras cantaba, apuntando con el dedo hacia el edifico del parlamento y luego hacia la Avenida Rivadavia y después hacia todas partes, como locos, gritándole al mundo entero:

Podría ser él o aquellos dos
Incomprendidos somos todos…

Y luego esos últimos dos versos se repitieron cada vez más y más rápido al ritmo de una guitarra que se aceleraba acelerando los movimientos ondulantes de los cientos de abrazados que en cierto momento dejaron de ser los ciudadanos que se habían levantado esa mañana y habían tomado el colectivo para ir cumplir los deberes rutinarios en las oficinas y las fábricas y verle la cara a los que no los comprenden, a esos otros que a su vez también son incomprendidos por sus jefes, por sus padres, por sus hijos, por sus amigos o por las mujeres y hombres que les han tocado en gracia en sus matrimonios heterosexuales.

Podría ser él o aquellos dos
Incomprendidos somos todos…

Y con la repetición frenética y alegre de esos dos versos, como un mantra, empecé a brincar: yo que no brinco; a soltarme: yo que no me suelto; sin darme cuenta, con ganas de abrazar a todo el mundo sin razón alguna, como despojado de mí, liberado de un tipo que anda conmigo para donde voy y que nunca se ha puesto en la tarea sincera de comprenderme. Brinqué hasta que se acabó el concierto. Y luego seguí caminando a mi casa sin ganas ni fuerzas para patear papeles.

PD: Para quienes deseen tener una experiencia más vivencial de esta crónica, adjunto la dirección en youtube de «El incomprendido» cantada por Kevin Johansen, aclarando que no recibo ningún tipo de comisión por la difusión de la obra de este cantante y que mi propósito se circunscribe a darle un caracter más interactivo al texto:

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