Tareas no hechas

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KIKO

(De los cuadernos de Manuel, el mensajero)

Fue cuando llegaron al barrio con el cuento (lo empezaron a decir en la misa y luego en el programa de radio de Baltazar Botero y luego en la televisión) de que lo más importante en la vida no era lo que uno tuviera sino lo que supiera; venir a decirnos eso cuando ya no era hora, cuando la vida de todos los días llevaba años diciéndonos lo contrario con su manera de decir las verdades verdaderas sin palabras bonitas, cuando ya teníamos retequesabido que lo que valía era tener, así no tuviéramos nada, y nos habíamos acostumbrado a pararle bolas al que tuviera así fuera un poquitico más que nosotros, como Kiko, al que la mamá le compraba pelotas grandes de colores y los últimos carros de colección y que se ponía pantalones levis y baboo y zapatos florchein de cuero voltiado, todo original, traído de la USA o comprado aquí pero original, y todo era bonito en él y era como que él fuera mejor persona, ¿por qué?: por algo que no sabíamos, algo que le daba el tener esas cosas, por merecerlas, tal vez, sentíamos, sin saber que lo sentíamos, y eso era lo que hacía tan así es porque es así su superioridad; digo superioridad por ponerle un nombre ahora, pero era otra cosa, aunque por ese mismo lado y aunque así no lo hablábamos en esos días, mejor dicho no lo hablábamos, sólo estaba en el modo de pensar sin palabras, y sin que supiéramos que así pensábamos; no es que uno dijera en voz alta Kiko es superior o más mejor o algo, ni nada, porque Kiko de todas manera era uno de los nuestros, no como los niños de El Poblado o de Laureles a los que veíamos pasar en sus motos o carros y que nos encontrábamos cuando ahorrábamos o nos pagaban buena plata de algún trabajo como repartir directorio telefónicos y nos íbamos para Oviedo a comer hamburguesas del Oeste y allá estábamos un rato y nos devolvíamos a pie para la casa, contentos, un poco superiorizados sin que tampoco lo dijéramos, pero se sentía, eso era un ambiente que se hacía alrededor de uno mientras uno estaba allá en Oviedo y después uno decía o se decía: fui a Oviedo; pero Kiko era como nosotros, vivía en la esquina en una casa de material de dos pisos, más grande y bonita que las de los demás nosotros, pero una casa del barrio de nosotros, y con Kiko uno peleaba, mientras que a los niños de Oviedo ni nos les arrimábamos, aunque nadie nunca nos dijo que no nos les podíamos arrimar, pero había una cosa que no dejaba que lo hiciéramos, ni ellos a nosotros, un ambiente, en cambio Kiko sí era nuestro, incluso yo lo casqué una vez que peleamos y le pegué con una rabia que no sabía yo que era tanta porque me acuerdo que le pegué con mucha más rabia que la que usaba para otras cosas, como respondiéndole, ahora que lo pienso, a como él se sentía con respecto a nosotros, algo de distinto maluco, no un distinto de ser diferente sino un distinto que chuzaba en el pecho con puyita puntuda de desprecio escondida entre la risa querida mientras nos mostraba el atari que me mandó mi tío de la USA y la pista de seis carriles que me compró mi mamá, y no sé por qué esa manera de decirlo que no era tranquila como decir vení miremos ésto que tan bacano, era como explayando una mejoridad maluca que nos empeorizaba, y que así todos estuviéramos recién bañados era como si estuviéramos más sucios, algo de separado por encima tenía él aunque estuviera siempre al lado de nosotros; el caso es que cuando empezaron con el cuento de que uno era lo que sabía y no lo que tenía, que lo que uno sabía no iba a desaparecer, que el verdadero hombre superior era el que sabía más y esas cosas… eso era como que todos éramos iguales otra vez y que volviéramos a arrancar desde el principio. Pero qué va.

Entonces fue cuando Kiko dejó de salir o mejor dicho no estaba tanto en la calle y se encerraba a leer revistas y libros de comics y hasta de los otros que no tenían dibujos, que la mamá le compraba y a ver películas interesantes en el betamax y a oír música sin letra que se demoraba mucho, pudiendo no tener que gastarle pensadera a la comida de mañana y al arriendo del otro mes y el tío le mandó tremendo walkman con una colección de cassettes de salsa y de rock y se aprendía los nombres de los cantantes de todos los grupos y los de todas las canciones de todos los longplays y por las noches llegaba a la esquina y se nos paraba a pivotear sus saberes en el pavimento y no nos dejaba decir ni mú, hable y hable y cuente cosas importantes de países y músicas y gustos lejísimos de nosotros, haciendo maromas con la tremenda pelota nueva que sólo él podía tener, un juguete, este sí, que no teníamos ni la más remota esperanza de acariciar algún día porque exigía algo mucho más imposible de conseguir que la plata: tiempo tranquilo, mucho tiempo tranquilo, la cabeza sin el afán de resolver el día y sin el muro de siempre del no hay y sin el dedo de la necesidad chuzando puntudo a toda hora en el hombro del corazón, había que estar sin el gusano de la poquitez carcomiendo hondo pecho adentro hasta donde uno ya no se da ni cuenta de que lo tiene para toda la vida y que así llegue a conseguir billete ya no se le desenquista su voz gusana diciendo para qué esas cosas, usted dedíquese a lo suyo no se las dé de lo que no es, y de pronto uno se le revelaba al gusano y usted que no está haciendo nada, decía la mamá viéndolo a uno sentado con un libro en la sala, porque no mejor va a la tienda y le dice a don Roberto que me mande un libra de panela y la anote en el cuaderno que el fin de semana le cancelo, y así uno estuviera vagando en la esquina una voz mandaba que eso era más trabajo que estar pendejiando con las pendejadas inútiles de nada concreto; y Kiko seguía hablando de sus cosas y fue aprendiendo inglés y decía muchas palabras, rebotando su gran pelota frente a nuestras caras y se fue alejando, superiorizándose más, ahora sí haciéndose más distinto de verdad y cada vez en lo que hablaba, en lo que le interesaba, en la manera de mirarnos era como si se hubiera ido a vivir a otro barrio, como si los muchachitos de El Poblado y de Laureles no se hubieran quedado en su cuadra compitiendo entre ellos con la pelota de colores que todos podían tener y se nos hubieran metido en nuestra propio barrio a refregárnosla; y no solo Kiko nos cogió pereza y nosotros le cogimos pereza a él sino que le cogimos todavía más pereza a sus juguetes ajenos que nos achiquitaban y fue por esa época que yo no podía ver un libro porque me daba rabia ni oír por ahí en la calle algún pedazo de esas músicas largas sin cantantes porque sentía que me estaban insultando los que la oían con su yo sé yo vi yo sí yo oí yo fui yo entendí; y todos nosotros respondimos con el desprecio, achiquitando también eso con lo que nos querían achiquitar más y que dizque era lo que nos iba a agrandar según el cura y la televisión y Baltazar Botero.

Eso es lo que nunca le perdoné a Kiko, que al tiempo se fue del barrio y entró a la universidad y hoy como que es todo un doctor y que tales, porque con los años vi lo chévere de los juguetes enchiquitadores, y me dio por pensar que el problema no eran esas cosas sino Kiko y que tampoco era Kiko sino otra cosa y que en verdad el más mejor sí es el que más sabe y no el que más tiene, sólo que el que más tiene es el que más puede saber; nosotros con los años nos convertimos en las cosas concretas que podíamos ser de acuerdo a cada uno: obreros y tenderos y sicarios y técnicos de computadores y vendedores puerta a puerta y albañiles y mandaderos de mafiosos y borrachos y testigos de jehová y bazuqueros y empleados de los que habían sido los niños de El poblado y Laureles; de eso no me quejo, eso somos, así vivimos a nuestra manera y en medio de todo a veces no la pasamos tan mal.

En estos días Lucho, que es el de oficios varios en un almacén de computadores del centro, se pilló al doctor Kiko en el facebook y le pidió la amistad, y después hizo un video y se lo mandó; estábamos en la tienda de Roberto cuando Lucho nos mostró en su celular el video en que le dice quiubo mijo Kiko tiempo sin pillarlo, me acuerdo mucho de usted, le voy a mostrar mi biblioteca y le da la espalda a la cámara se baja los pantalones y se tira un pedo sonoro: todos largamos la carcajada, algunos se doblaban de la risa. Yo reí hasta que se me salieron las lágrimas y seguí soltando lágrimas y lágrimas un rato largo, haciéndome el que me seguía riendo.

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