Nala murió. Su cáncer era demasiado agresivo y acabó con ella en muy poco tiempo. Fue necesaria la eutanasia y tuve que ser yo el que me encargara de todos los trámites. Fui yo quien estuvo con ella en sus últimos momentos en los que ya no era ni la sombra de lo que fue. Y fui yo quien me equivoqué.

Me equivoqué. Debo reconocerlo.

Romanticé la enfermedad de Nala y creí que el hecho de que siguiera viva era prueba de que ella tenía un propósito más grande. Pero no. Su único propósito era descansar y yo pospuse su descanso creyendo que Nala quería ver a mi mamá, su verdadera dueña, antes de morir. Pero no. Mi mamá no alcanzó a llegar antes de que su compañera de siestas muriera. Y luego, hablando con ella, entendí que ella tampoco quería verla en ese estado. Y yo, sin embargo, estaba empecinado en que se vieran por última vez.

Eso nos pasa con los propósitos: los confundimos y nos engañamos a la hora de entender las motivaciones ajenas. Es en ese momento en el que caemos en espejismos. A veces el verdadero propósito del otro es no hacer nada y ya.

Quería entonces hablarles del arte de no hacer nada. Si en la entrada anterior – la del 25 de marzo- les hablé de la importancia de tener un propósito, en esta ocasión quisiera reivindicar que no hacer nada también es un propósito loable. Valga recordar la definición que da la RAE de propósito como “ánimo o intención de hacer o de no hacer algo”.

Pero ¿cómo hacer para no hacer nada?

Varios autores se han quejado del afán productivista de nuestros tiempos. Byung-Chul Han, por ejemplo, nos habla de cómo este afán de autoexplotarnos nos ha llevado al cansancio. Somos la sociedad del cansancio.

No obstante, no hay tanta literatura sobre el arte de no hacer nada, más allá de algunos textos sueltos. Hay uno maravilloso al que su autor, Paul Lafargue, le puso el sugerente título de Elogio de la pereza. En él se da una de las primeras defensas de una sociedad postrabajo en la que la gente trabaje tan poco como sea necesario y, en cambio, dedique su vida a cosas que le apasionen más que el estar en una oficina cumpliendo órdenes.

A Lafargue le han seguido otros autores que han puesto en el centro del debate al trabajo como una imposición cruel. Les recomiendo, sobre todo, a David Graeber. Pero no necesitamos de autores para comprender, como lo dice la canción, que el trabajo lo hizo dios como castigo.

Sin embargo, estos autores no llegan hasta el punto de decirnos qué hacer con nuestro tiempo libre cuando dejemos de trabajar. Es decir: una suerte de estrategia para lo que llamo el síndrome del pensionado, que es lo que le pasa a las personas que llevan 20, 30, 40 años trabajando en una misma empresa y, al jubilarse, no saben qué hacer con sus vidas y entran en depresión.

Yo a mi corta edad, y gracias a la divina providencia, tengo algunos consejos sobre qué hacer cuando el tiempo libre es excesivo; es decir: el arte de no hacer nada.

Primero les explico mi situación. Por cosas del destino llevo tres años trabajando apenas 4 horas a la semana y ni siquiera trabajo los 12 meses del año. Apenas trabajo 8. En total, trabajo 128 horas al año. Eso es tanto como si trabajara solo 16 días de 8 horas de trabajo cada uno. O como si trabajara apenas 25 minutos al día durante todo el año. En resumen: trabajo muy poco.

Y aunque eso es una bendición, y es algo que agradezco a diario, llega un punto en que me enloquece. No tener ni jefe ni oficina ni un horario esclavizante me ha expuesto a mucho aburrimiento. Pero el aburrimiento es la clave de la creatividad. Es la llave de la cerradura.

Por lo menos, eso ha sido para mí.

Tanto tiempo libre me ha permitido explorar otros propósitos no productivos, aunque determinantes. Y creo que esos elementos me han permitido entender qué debería tener un propósito para que sea tan efectivo como sea posible.

Lo primero que todo es que un propósito no se satisface consumiendo bienes. No es lo mismo comprarse una cicla a usarla. Por ello no es ciclista quien paga $20, $30, $40 millones por su Specialized; es ciclista quien usa la cicla, sin importar su costo.

Esto lo digo porque vivimos en una época en la que confundimos pagar el gimnasio con ir al gimnasio. Y eso ha hecho que nos quedemos en la primera parte del propósito que es adquirir los elementos que necesitamos para cumplirlo.

Yo abogo en ese sentido por propósitos que se satisfagan sin mayores costos.

El ejercicio es maravilloso en ese sentido. Por ejemplo: para correr una media maratón solo se necesita mucha disciplina y unos buenos tenis -que no tienen que ser de $900.000, unos de $300.000 son más que suficientes.

Acá en La Soledad son muchas las personas que salen a trotar y se ha ido generando una suerte de comunidad, que es otro rasgo de los propósitos bien encaminados: la capacidad de unir gente.

Pensando en esa idea de comunidad. La segunda recomendación es esa: que al elegir un propósito se piense en objetivos que me unan a otras personas. Ojo, no se trata de que el objetivo dependa exclusivamente de la otra persona -casarse, por ejemplo-, sino de que al cumplir el objetivo pueda compartir con otras personas que estén en un camino similar.

Y hago hincapié en la palabra camino porque en ella se basa mi tercera recomendación: que el propósito que elijamos constituya un camino. “Amar la trama más que el desenlace”, diría Jorge Drexler.

Ahora, pueden estas recomendaciones ayudarnos también a no hacer nada. Sí, por supuesto que sí. A hacer nada lo hemos confundido con la total quietud, con sentarse y nada más. No significa que sentarse y ya no sea hacer nada, significa que hacer nada puede tener otras muchas presentaciones. A mí la que más me gusta es caminar.

Evaluémoslo:

Caminar es una actividad barata. Claro, esta ciudad ha cercenado el espacio público, hasta el punto de que hay lugares por donde no se puede transitar. Pero hay que agradecer que todos los males de esta ciudad no han acabado con el Septimazo: el plan de caminar por la Séptima sin mayores pretensiones.

Puede parecer que es algo que solo hacemos en Bogotá. Pero esa misma actividad la he visto en la Ciudad de México, donde en vez de 7a tienen el Paseo de la Reforma. O en Buenos Aires, donde tienen la Avenida Corrientes.

Ahora, caminar es algo que podemos hacer con otras personas. El adagio dice que si quieres llegar rápido es mejor ir solo, pero si quieres llegar lejos es mejor ir acompañado. Ojalá lleguemos muy lejos porque de esa forma cumplimos con el tercer indicador: que el propósito que estemos tratando de cumplir nos lleve por un camino, por una senda.

Pero caminar es apenas uno de los ejemplos. Hay muchos otros. Hablar, por ejemplo, no requiere de mayores costos, lo podemos hacer con otros y nos plantea caminos. Como nos han enseñado las comunidades indígenas: la palabra también se camina.

Aunque yo, en mi caso, estoy un poco harto de las palabras. Estas a veces son innecesarias. Escribo esto mientas escucho Enjoy the silence. Ese va a ser mi propósito de hoy: escuchar Depeche Mode y no hacer nada más. Sin embargo, no quisiera irme sin antes dejarles un abrebocas de mi próxima entrada a publicar el 8 de abril.

Ese día les hablaré sobre la importancia del autoconocimiento a la hora de establecer propósitos. En mi caso, mi autoconocimiento me dice que no escriba más por hoy. Y eso haré.

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