Si yo fuera

Publicado el José Ricardo Mejía Jaramillo

Un regalo del universo: mi abuelo.

Por Laura Andrea Mejía Escobar

 Al despertar, cada mañana recibo de mi abuelito los buenos días, llenos de amor y alegría. Le doy un beso en la frente y él me aprieta la mano con energía, mientras me pregunta: “¿Qué soñaste?”. Luego, se sienta en la sala, en su silla favorita, acompañado de su café oscuro y sin azúcar, y de un periódico o en su defecto de un gran libro de portada antigua y hojas amarillentas. Y en sus pausas, disfruta ver los pájaros que llegan al balcón, atraídos por los bananos y el agua azucarada; siempre acompañado de los cuidados y el incondicional amor de mi abuela y de la familia y sus amigos. Esta es la vida tranquila de mi abuelito; aquella que disfrutan quienes han vivido de forma honorable.

Este hombre, sentado en su entorno lleno de paz, es el regalo más grande que el universo y Dios me han podido dar; mi abuelo, quien ha sido mi maestro, mi padre, mi amigo y mi inspiración.

Desde que soy una niña se dedicó con esmero a mi crianza y gracias a él tuve una infancia llena de enseñanzas cargadas de metáforas y magia que marcarían mi vida para siempre. Todas las noches, antes de irme a dormir, me narraba con su voz cálida y potente un cuento inventado por él, en el cual me contaba la historia de un conejito llamado “Tristín del llanto y las Tristezas”, cuyas maravillosas aventuras siempre estaban orientadas a encontrar la alegría, dejando atrás las tristezas y los miedos, para descubrir el valor de la amistad, así como la belleza y la energía de la naturaleza y de la vida.

Cuando llegaba del colegio siempre me recibía con eufóricos aplausos, como quien recibe a su artista favorito, para luego dedicarse enteramente a su misión formadora en el diario acompañamiento de las tareas escolares. Las de historia eran su especialidad, durante las cuales se sentaba a mi lado con una gran torre de libros cuidadosamente seleccionados, que previamente había consultado, para luego enseñarme con tanta pasión, que incluso, en ocasiones, al dictarme las tareas, se extendía tanto que mis manos quedaban adoloridas.

Recuerdo pasar horas junto a mi abuelo contemplando un árbol, una flor o un insecto. Y esa remembranza me recuerda cuánto ama él los colores y los aromas de los árboles y las frutas, especialmente si son ácidas; y cómo en esas jornadas que compartí con él, siempre me inculcaba el respeto por todas las formas de vida, así como la compasión y la empatía. Todas esas enseñanzas que recibí de este hombre conciliador, que siempre ha promovido la paz y la unión familiar. Ese hombre cuya vida ha sido una poesía y un ejemplo.

Cuando me siento, lo observo y acaricio sus manos blancas, suaves, llenas de pecas e historia, sé que nuestro amor y conexión trascenderán la eternidad. Por eso, hoy espero, abuelito, que tu legado sea transmitido de generación en generación, pues hoy, más que nunca, el planeta necesita de personas valientes, defensoras de los derechos humanos, del medio ambiente y de los animales. Hoy, más que nunca, necesitamos honrar con nuestras acciones el nombre y vida de este gran maestro, a quien jamás se le quebró la voz ni se le arqueó la moral para defender la justicia.

 

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