Si yo fuera

Publicado el José Ricardo Mejía Jaramillo

Homenaje al doctor Guillermo Escobar

Por Jorge Arenas Salazar

Cuando tuve el privilegio de conocer al maestro J. GUILLERMO ESCOBAR MEJÍA ya se le conocía una larga y brillante trayectoria de grandes luchas desiguales en contra de las injusticias aberrantes que eran sistemáticas en juzgados y tribunales y en general en toda la sociedad colombiana.

Y, como ha ocurrido siempre, el arrojo y la valentía de estos líderes que se atreven a criticar y a denunciar abiertamente, sin miedos y sin disimulos, generan respeto y admiración en los espíritus libres y malquerencias abiertas por parte de los detentadores del poder que terminan en descaradas persecuciones y hostigamientos que muchas veces llegan hasta la trágica eliminación física. Lo que primero sacrifica un líder aguerrido es su propia paz y tranquilidad tanto personal como en el ámbito familiar. Y es admirable que a pesar de esta sabida verdad amarga estas personas se atrevan a disentir y a denunciar. Y más todavía, que persistan en este compromiso por cierto tiempo. Pero lo que hace heróico el compromiso del maestro J. GUILLERMO ESCOBAR MEJÍA es que lo ha sostenido de manera indeclinable, sin dudas y sin vacilaciones, durante toda su vida.

He podido presenciar el milagro dialéctico del crecimiento espiritual sin límites de quien sin límites ha entregado todo a los demás. No se ha guardado nada para sí. Desde siempre y especialmente desde cuando inició su apostolado como abogado, todos hemos sido testigos admirados de la forma ejemplar como ha construido su vida a partir del más absoluto y generoso desprendimiento.

Es evidente que desde muy temprano inició esa conversión hacia la transformación luminosa de ser para los demás, precisamente para los que no tenían nada y lo necesitaban todo. Para los más vulnerables, para los más débiles. Esta es su grandeza.

Dar fe de lo que ha sido su vida es decir que cuando entrega su voz a los que están siendo silenciados por el poder oprobioso, sus palabras retumban aún en quienes pretenden escudarse en la más sorda indiferencia.

Cuando entrega su vista para que el invidente vea, sus ojos se iluminan para penetrar hasta las más oscuras profundidades donde se estuviere cometiendo injusticia, para traerla a la superficie y denunciarla y ponerla en flagrante desnudez y ante todo para combatirla con su extraordinaria fuerza inagotable.

Cuando entrega su corazón, cuando lo acompasa con el de los seres sufrientes y se funde con ellos en un solo ritmo compasivo, presenciamos la más honda transformación de un ser humano para, de esta manera, encarnar la bondad como la expresión más elevada de la más alta espiritualidad.

Larga vida al hombre que ha entregado todo y por eso lo tiene todo.

Mi admiración por siempre,

 

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