Si yo fuera

Publicado el José Ricardo Mejía Jaramillo

Carta a mi maestro

Carta a mi maestro

Por Gloria Bernal Acevedo

Abogada, catedrática y poétiza.

Estimado J. Guillermo: estás en mi corazón desde el día en que fuiste nuestro profesor de Ética en la Universidad de Medellín en el año 1984. Al escribir esta primera frase, llega a mi mente tu imagen ingresando al salón en el primer piso al fondo de la cafetería. El día estaba sombrío, así veo tu contextura en clase con tu tono de voz potente. Las primeras frases iluminaron tu rostro con aquellos ojos que buscaban gravitar en nuestro universo como aves de fuego. No alcanzo a recordarlas, pero jamás olvidaré ese sentimiento de humanismo por el prisionero. Seguíamos tus descripciones enlazadas con una retórica elocuente, depurada con tintes literarios que nos conducían por los pasillos de aquellas cárceles, y por los corredores del Palacio de Justicia, al cual comencé a asistir para escuchar tus «conceptos fiscales» en las audiencias. Ayacucho con Carabobo, se convirtió en mi segunda aula de clase.

Despertaste en mí ese entusiasmo para ser partícipe en los procesos de aprendizaje palpando la realidad, acercándome a ella como lo vivimos en la cárcel de Bellavista para acompañar tu labor de Derechos Humanos Penitenciarios. Me veo, al escribir esta carta, por los patios de aquella prisión, siguiéndote. Hablabas con los prisioneros, indagabas por cada detalle, les hacías peguntas que sólo un ser sensible como tú, podía imaginar. Recuerdo un patio con una especie de hueco en la pared como una sepultura, por momentos he pensado que es mi imaginación la que construyó esa fantasía de una celda de castigo. Seguro fue así.

Despertaste en mí el interés en observar más allá de lo obvio y ver donde otros no han fijado su mirada. Aún retumba en mi mente tu «súplica por los locos» llevados al anexo psiquiátrico. Tus descripciones alimentándose de ratas, la ignominia como eran tratados. Hablabas con lágrimas en tus ojos que se escapaban ante las imágenes de horror que llegaban a tu pensamiento cual film de terror. Esas imágenes me han acompañado durante toda mi vida como penalista. Tu súplica revivió en mi mente al visitar el panóptico en Quito hace unos años e indagar por el lugar donde estuvieron los prisioneros etiquetados como «locos». Seguimos al guía quien, extrañado por mi pregunta, nos condujo al pasillo más oscuro, sucio y tétrico de aquella cárcel que ahora es un museo. Los «locos» siguen siendo ignorados, inexistentes y son pocos los que se acuerdan de ellos.

«Las mujeres visitantes» fue el grupo que organizaste luego de una tarde cuando compartimos un café en el piso de abajo de tu oficina. En el «tintiadero», como le decíamos. Allí, en una mesa metálica frente a dos pocillos de café, un maestro escucha a la alumna con la inquietud sobre las mujeres que visitaban a los prisioneros. Te hablé de ello porque en mis cuestionamientos motivados por las clases de ética, pensaba que «el talón de Aquiles» del sistema penitenciario eran las mujeres visitantes. Luchar por sus derechos. Y gracias a que hiciste crecer esa semilla entre mis manos, lograste emprender una carrera por el respeto a la intimidad del cuerpo de la mujer y tras una ardua lucha que te costó, incluso, la suspensión del puesto en la judicatura, lograste se abolieran las requisas vaginales.

Tu voz vehemente, tu oratoria, no solo se quedaba en discursos. Esa es la mayor enseñanza ética que nos otorgaste. Tu pensamiento abriga cada una de tus acciones en la judicatura, en el ejercicio del derecho y del humanismo. Allí estás siempre activo, decidido a transformar normas, instituciones y prácticas que violenten los derechos humanos. A las palabras les das contextura sólida, para enraizar y volátil, para sobrevolar. El refinamiento con el simbolismo, irradia el cambio y otorga fortaleza para alcanzar la puerta de lo posible.

Las huellas de tus pisadas las hemos seguido miles de alumnos que fuimos tocados por el poder de la palabra, por el encantamiento de las descripciones y el realismo de la narrativa. En tu camino no has estado solo. Así como has seguido el rastro de tus maestros, yo he continuado tu andar y tus huellas. Otros siguen las mías para unirse a las tuyas y así, somos unos peregrinos por los senderos del humanismo. Cada uno tiene ropaje distinto y, en nuestras espaldas, llevamos a cuesta las vivencias que nos acompañan en el transitar para hacernos únicos e irrepetibles. Así como lo eres tú, querido J. Guillermo, maestro.

Los caminos se encuentran y también se bifurcan como riachuelos extendidos en las praderas y montañas, algunos son cascadas majestuosas que nos dejan perplejos al verlas y así sea sólo por breves momentos, permanece en nuestro pensamiento su fuerza. Y aún pase el tiempo sin volver a verla, nunca desaparecerá su efluvio de vida y de humanismo. No te he vuelto a encontrar (¿tropezar o topar?) hace tres décadas, pero bastó un breve encuentro de nuestros caminos, para que permanecieras en mi vida. Sigo tu legado querido maestro, percibo la frescura y el eco de tu vehemencia.

 

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