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Hace dos semanas recibí esa llamada telefónica que siempre había esperado y en la que me preguntaba cuál iba a ser mi reacción.
-¿Hablo con Edgar Alvarez?
-¿Sí?
– Es para contarle que su papá murió ayer y queremos saber si desea a ir al velorio o a su entierro.

Ir o no ir he aquí el dilema. Se me vinieron a la cabeza cuatro décadas de recuerdos y de ausencias.

Fui el hijo ilegítimo de mi padre y muy legítimo de mi querida madre. De niño siempre inventaba alguna historia para no caer en la famosa palabra “bastardo” y es que esa palabrita cuando uno es niño o adolescente duele. Ya la palabra ha cambiado y tenemos películas como Bastardos sin gloria, cervezas como la Arrogant Bastard (una de mis favoritas) y bastardos famosos como Jon Snow… Momento, Jon Snow no es bastardo según la temporada 7 de Game of Thrones, ¡ups! sigue el karma.

¿Qué recuerdo de mi padre? Mmm creo que más fantasías que realidades, pues nuestras pocas charlas no pasaron de un saludo, una despedida y un cómo le ha ido. Tan es así que no tengo ni una sola foto con mi progenitor y eso es mucho que decir.

Desde pequeño siempre me preguntaba quién era ese señor que a los cuatro años me había enviado unos carros de lata marca Búfalo como regalo de navidad. No era papá Noel, era mi papá mandando sus únicos obsequios de toda la vida.

Recuerdo a mis cinco años la emoción previa a mi primer encuentro con él. Mi papá iba a ir en la noche y me quería llevar a dar una vuelta en su carro, ¡mi papá tenía carro! ¡era rico! Estaba feliz, esa noche salí corriendo para subir a su Renault 4 y ¡Oh sorpresa! en el pequeño recorrido de mi casa a su carro, pise accidentalmente una mierda de perro. ¡Qué cagada! él no me vio o no me olfateó con buenos ojos o narices, fue una vuelta a la manzana y un hasta luego. Un adiós a mis fantasías paternas de por vida.

Mi madre hablaba poco de él, una de las cosas gratas que contaba era que la había conquistado a punta de tangos que él cantaba y acompañaba con su bandoneón. De allí nací yo, era hijo del amor fugaz entre ellos dos. Este relato se me volvió toda una fantasía y escuchar tangos era una forma de evocar a mi padre inventado.

Durante mucho tiempo quise inconsciente o muy conscientemente ser como él, un hombre de esos que lucían trajes formales, corbata, que tomaban café en alguna de esas cafeterías cercanas a la plaza de Bolívar, saber de negocios, de política, de su profesión que era la contabilidad, pero no, lo mío era el arte y mi madre siempre me apoyo en la idea. De trajes formales creo que me he puesto uno de ellos dos veces en los últimos diez años y la contabilidad me ha dado muchos dolores de cabeza en la vida.

En mi escuela siempre estaba la famosa pregunta de quién era mi papá y el rumor de mis compañeros de que no tenía papá. Yo orgulloso contaba que él trabajaba en el Ministerio de Relaciones Exteriores, lo cual era cierto, esto al menos me servía para chicanear, se me convirtió en un problema el día en que le llego a mi madre la cuenta del pago de mi libreta militar, por decir en qué y donde trabajaba mi papá la libreta costó unas diez veces más de lo que debería costar.

Mi padre tenía cierto parecido con Robin Williams y cada vez que veía sus películas sentía que lo estaba viendo a él, era el hombre que se disfrazaba por estar con sus hijos en Mrs. Doubtfire, el hombre que luchaba por recuperar a su hijo en Hook, el médico heróico de Despertares, el genio de la lámpara en Aladino y especialmente el maestro de la sociedad de los poetas muertos, era verlo allí con elocuentes frases, con comprensión absoluta, me sentía orgulloso de él, pero no, ese no era mi papá, ese era un invento enrevesado de mi imaginación.

La última vez que vi a mi progenitor fue hace unos 30 años, era uno de esos encuentros obligados y casi escondidos que teníamos cada mes para recibir el dinero que debía darme por ley. Un formalismo entre cajero automático y cliente.

No fui a su velorio ni a su entierro, pero hoy estoy frente a su tumba ubicada en lo alto del mausoleo familiar,allá inalcanzable, está completamente tapado su nombre por flores blancas como si la vida definitivamente quisiera evitar un encuentro entre los dos.

Estar aquí para mí es como saldar una deuda entre dos personas que jamás cruzaron una palabra de afecto pero que tenían un apellido, un gusto por la música, cálculos renales, ambos hinchas del Santa Fe y quién sabe que más cosas en común. Le dejé una flor de plastilina.

¿Qué le hubiera dicho a mi papá si lo hubiera vuelto a ver en vida? ¿Qué me habría dicho él? No sé, es una situación incómoda pues somos y no somos. Simplemente pensar en un saludo entre un hijo que no fue hijo y un papá que no fue papá es algo complicado e incómodo de iniciar. ¿Hablaríamos de qué? Tenemos tanto en común pero a la vez tan poco que somos menos que extraños.

¿Que si lo perdono? No tengo nada qué perdonarle, realmente le debo unas cuantas cosas, existo gracias a su microscópico aporte, probablemente me identifico con los rechazados por su rechazo y esto ha sido fundamental en mi vida, las falencias lo hacen a uno ser lo que es. Nunca recibí palabras de odio contra él por parte de mi madre, cosa que le agradezco mucho y por esto jamás le tuve ningún tipo de resentimiento, simplemente no tenía papá.

¿Que si me duele su muerte? Honestamente no. Es una sensación rara, no lo niego, es un vacío pero no de ahorita es de siempre, él no existía hace mucho tiempo para mí y yo probablemente para él solo existí hasta los 18 años cuando dejo de darme su obligatoria cuota. Lo lamento por mis hermanos.

Tal vez si aquel primer encuentro de niño con mi padre no hubiera estado marcado por la mierda, nuestra historia sería distinta, tal vez no…

Hoy quisiera volver a mi niñez y responder aquellas preguntas insistentes de mis compañeros de colegio sobre mi padre:
¿Y su papá dónde está? ¿Por qué no viene?
La respuesta sería simple: El está muerto.

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