Sapere Aude

Publicado el Daniel Cartagena

La tesis de los polos opuestos

De Murphy, el atraer cosas buenas y las recetas para ser feliz.

Olía a café. Eran las 7 de la mañana. Yo estaba atento a la arepa en el fogón, que como substancia singular y de alta complejidad tiene momentos que es más sensible al calor y entonces pequeñas manchas cafés que transitan al negro color aparecen y crecen; como en los hombres la envidia o el ánimo de guerra perpetua.

Voltearla cada dos o tres minutos es suficiente para evitar las malévolas apariciones oscuras.

Lo que dificulta esta simple solución es ejecutarla mientras otras labores culinarias no menos importantes como untar la mantequilla a una tostada son hechas. Consecuencia de la vida moderna con millares de actividades por ser hechas, pero sin tiempo para disfrutarlas. Hay que hacer lo que más se pueda, en el menor tiempo y en paralelo. Ese es el pregón.

Fue  rápido,  imprevisto,  sorpresivo,  agresivo,  instantáneo,  conmovedor,  fulminante,  rapaz, violento.  No  fue  culpa  de  mi  habilidad  manual,  fue  mucho  más  culpable  la  alta  temperatura alcanzada por la arepa. Mi crocante tostada cayó.

Cayó por el lado suave de la mantequilla.

Es la paradoja habitual que ilustra y resalta la penosa sentencia del ingeniero Murphy: “Cualquier cosa que pueda empeorar, ira peor”. Con una interpretación dañina y amañada, los buitres de la superación personal, eternos consejeros de las personas desvalidas de seguridad y aprecio propio, que confían su bienestar a los recetarios de felicidad, muestran una viciada luz de esperanza en la búsqueda de ser feliz fundándose en la forma positiva de aquella sentencia.

Esta nueva fórmula la prescriben en sus recetarios de autoayuda –Que otro nombre no se les puede dar, mucho menos el de libros-. Textos que cifran la vida en un listado de consejos, técnicas y tips. Suponen la vida simple, tanto como para condensarla en una ecuación de sonrisas y miel, un instructivo, una guía del usuario.

Aun  con  lo  atractivo  que  parece  ser  Murphy,  con  el  consuelo  que  daría  a  nuestras vidas  pensar  “positivo  para  atraer  cosas  positivas”,  la  naturaleza  tiene  comportamientos contrarios a este enunciado. Por ejemplo, una carga eléctrica positiva se siente más cómoda, en su zona  de  confort  (o  como  los  físicos  lo  llaman,  presenta  su  estado  de  menor  energía  potencial) cuando  la  carga  que  se  le  acerca  a  conquistarla,  es  una  carga  negativa.  Ambas  se  empiezan  a atraer, y entre más cerca, mayor es la fuerza entre ellas, la fuerza que las llama a estar juntas (Que la da el señor Coulomb, que sería el cupido en esta electrizante historia).

En la vida cotidiana, los pesimistas creemos que el mundo se debe cambiar, recibimos cada noticia de él con la convicción de que su cambio es necesario. Los optimistas solo tratan de acomodar su sonrisa para cada circunstancia. Ver el lado amable del asunto. ¿Qué lado amable puede tener las masacres en Siria?, ¿Qué segmento positivo tiene cada una de las minas mutilantes de sueños, esperanzas  y  piernas?  El  cambio  es  una  necesidad  positiva,  un  requerimiento  imperante  y punzante de la sociedad que no puede venir por las tintas melosas de los recetarios de felicidad.

Ya decía el maestro Saramago: «Los únicos interesados en cambiar el mundo son los pesimistas, porque los optimistas están encantados con lo que hay»  (EL TIEMPO, 2004). Y yo creo eso con fuerza, además tengo la convicción de…

¡Carajo! Se quemó la arepa…

Comentarios