República de colores

Publicado el colordecolombia

“Somos colombianos como los demás”: Diego Luis Córdoba (en 1961).

Transcribimos entrevista donde hace un recuento de los colombianos negros destacados de la época y de algunos del pasado.

En enero de 1961, el semanario Política y algo más, fundado por Carlos Lleras Restrepo, publicó el informe “Los negros en Colombia”. “Lucharon por la independencia, recibieron la libertad, pero aún esperan la igualdad”, decía la entrada.

El informe incluía una conversación con el senador liberal Diego Luis Córdoba, bajo el título “Un líder de color», y notas sobre el antropólogo Rogerio Velásquez (“La vida de los estudiosos») y la folclorista Delia Zapata Olivella (“La magia de la cumbia»).

Para esta republicación, 51 años después, hemos cambiado el título por una frase de Diego Luis Córdoba en la entrevista. El motivo: nos identificamos con ella.

Este testimonio de Córdoba en su madurez, en el cenit de su carrera, y a tres años de su repentina muerte, muestra que históricamente ha existido un discurso ligado a la población negra distinto del que se ha promovido en las últimas dos décadas.

En toda la entrevista, por ejemplo, Diego Luis no usa ni una vez la palabra “afrocolombiano”. La diferencia desde la cual habla es “racial”, no cultural. Se regodea hablando de los negros que han sobresalido en los distintos campos.

Reconoce el prejuicio racial, también la evolución cultural, y está lejos de culpar exclusivamente al racismo por la situación de los negros. Su punto es claro: “buscamos la igualdad”.

En lugar de atribuir ideas propias del presente a los líderes del pasado, aquí se puede leer directamente a un líder del pasado, y disfrutar, además, su fino humor.

En la Fundación Color de Colombia no conocemos a los descendientes de muchos de los que aquí son mencionados. A ellos los invitamos a establecer contacto con nosotros, pues nos interesa recuperar esa memoria social y política. DMV.

“Somos colombianos como los demás”: Diego Luis Córdoba (en 1961).

Queda un rescoldo de prejuicio racial. Usted lo observa en el habla de las señoras cursis. En el Oriente colombiano, indio es mala palabra; en el Occidente, mala palabra es negro. Pero admito que, en los últimos treinta años, el prejuicio ha retrocedido en una forma que apenas nos atrevíamos a soñar los que nos lanzamos a combatirlo.

Habla Diego Luis Córdoba, senador de la República, vicepresidente de la sala general de la Universidad Libre, y sin duda la personalidad más fuerte que su raza puede exhibir actualmente en la escena política. (…)

Nuestra lucha tiende a lograr la igualdad. Cuando hablamos de la inteligencia del negro no es para sostener que sea mayor que la del blanco. Es igual. No queremos un tratamiento de excepción. Somos colombianos como los demás. Sólo que pretendemos hacer respetar esa igualdad.

Así, por ejemplo, no se sabe de un solo negro que haya ingresado al servicio diplomático ni al ejército. Si los Estados Unidos, país racista por excelencia, ha tenido en su servicio exterior al señor Ralph Bunche, ¿qué hay de indecoroso en que un hombre de mi raza represente a Colombia en el exterior?

Si el almirante Padilla, mulato, o el general Infante, negro puro, fueron bastante buenos para servir a su patria en la milicia, ¿por qué no lo somos también para lucir entorchados en la actualidad? (…)

Simplemente, se debe reconocer a la mía como una de las razas fundadoras de este país. Los europeos se engastaron sobre una base indígena, a la que consiguieron exterminar, y otra negra, que desde los socavones de las minas formó, con su trabajo, el capital primitivo de nuestra economía.

A la negra no la pudieron acabar, y su sangre forma parte inseparable de la nacionalidad colombiana. El senador Córdoba, pionero de la educación del negro colombiano, habla con gusto de la reconocida afición de su raza por las profesiones liberales.

Entre los médicos se destacan los hermanos Martínez (Nicolás y Guillermo) y los Zapata Olivella (Juan y Manuel). Demetrio Valdés Ortiz, Roque del Río, Ramón Mosquera Rivas son ingenieros de sólido prestigio.

En la abogacía descuellan Adán Arriaga Andrade, hijo de padres mulatos, miembro hasta hace poco de la dirección liberal, ex-ministro de Trabajo, eminente jurista, y Daniel Valois Arce, que fue habilísimo defensor de Rojas Pinilla, como Juan Esteban Zumárraga, un negro antioqueño había patrocinado al general Mosquera. (…)

Abundan los artistas y literatos negros. Entre los primeros, los más conocidos son el pintor José Laó Moreno y las folcloristas Delia Zapata Olivella y Francia Oliva Vega.

De los poetas, “Jorge Artel” (Agapito de Arcos, por su verdadero nombre), cuya obra deleita a los refinados, pero también anda en coplas, propagadas por el pueblo.

La misma noble calidad tiene la poesía de Hugo Salazar Valdez, la de Nathanael Díaz. Uno de los mejores novelistas de Colombia es, sin duda, Arnoldo Palacios, autor de “Las estrellas son negras” y “Selva y lluvia”.

Palacios, paralítico, se fue hace años a París; un gran especialista francés lo libró de las muletas y ahora anda por sus propios medios. Las últimas noticias lo hacen en Praga y todo invita a creer que milita en el comunismo.

Otras novelas de valía, las que escribieran Manuel Zapata Olivella y Teresa de Jesús Varela.

¿Y la política? Bueno, ya se sabe que el negro es politiquero hasta la médula. Diego Luis recuerda con fruición al “negro Brito”, celebérrimo en la época nuñista, a Manuel Saturio Valencia y a Luis A. Robles.

Valencia era organista en la iglesia de Quibdó, pero escribía en los periódicos y distribuía volantes que preconizaban ideas socialistas.

Le aterraba la corrupción de la burguesía, a tal punto que decidió incendiar la ciudad. Se pudo demostrar que el incendiario era él y le correspondía pena de muerte.

La agitación del pueblo negro fue tremenda; se acusaba a los blancos de no haberlo defendido con fervor y sinceridad, y hasta de esconder el telegrama de Bogotá que le conmutaba la pena.

Lo velaron vivo. El lloriqueo inundó a Quibdó. El día de la ejecución lo pasearon por toda la ciudad, amarrado, con fuerte escolta y al son de los tambores.

Llegando al patíbulo, el reo pidió permiso para despedirse del pueblo y pronunció una feroz arenga revolucionaria. “El hombre en pos de su destino ciego avanza…” Hasta hoy repiten los bogas sus palabras.

Robles ha sido, acaso, el más recio compañero del general Uribe como parlamentario. Ambos fueron miembros de la cámara al mismo tiempo. Mas tarde, Robles vino a ser el único liberal y fue entonces cuando, vejado de palabra por un conservador, replicó con aquella frase: “Negro sí, pero los huesos de mis antepasados blanquean sobre las murallas de Cartagena”.

Diego Luis recuerda a otros parlamentarios notables. Sofonías Yacup era de Timbiquí, población situada en el vértice de tres departamentos; él usufructuaba las curules de los tres, según sus intereses del momento.

Antonio José Camacho fue en su juventud tan pobre que no tenía donde dormir. ¡Qué elocuencia la suya! En una ocasión, un sastre y un zapatero, para demostrarle su entusiasmo, lo vistieron gratis de pies a cabeza, incluído un par de zapatos amarillos con los que el negro era un verdadero espectáculo.

Otro abogado y orador brillantísimo fue Eleazar Flórez Vergara, que representó al Valle en el Congreso.

Actualmente, además de Córdoba y de Arriaga –chocoanos ambos- se sientan en el Senado el bolivarense José Santos Cabrera, negro puro, y dos de filiación laureanista: el arquitecto Ricardo Eleázar Valbuena y el abogado Osías Lozano Quintana. Ambos son hijos de padre y madre mulatos.

La Cámara de Representantes está engolosinada con las artes oratorias de sus miembros de color, como Nathanael Díaz, lopista de Cauca; Néstor Urbano Tenorio, liberal del Valle; Ramón Lozano Garcés, liberal del Choco; Julio Escallón, liberal de Nariño; Libardo Arriaga Copete, laureanista chocoano, Isaac Sánchez Palau, también laureanista, y Leopoldino Machado, liberal.

Pero no hay duda de que Diego Luis Córdoba es el parlamentario más hábil cuando se trata de hacer pasar una ley. Su experiencia de cerca de treinta años en los escaños de ambas cámaras ha hecho de él un maestro del parlamento.

Siempre lo ha elegido el liberalismo, pero él tiene su propia fórmula de juramento: “Juro que soy liberal para estos efectos”. (…)

Diego Luis Córdoba en semanario Política y algo más (1961)

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