República de colores

Publicado el colordecolombia

Pablo Caballero: pintor pardo del siglo XVIII

El historiador Sergio Solano rescata la historia del pintor al que no le permitieron crear una academia de pintura por su color de piel, antes de la independencia. Serie de tres artículos sobre este personaje*.


Por Sergio Paolo Solano, profesor de la Universidad de Cartagena

La vida de Pablo Caballero Pimientel (1732-1796), pintor, pardo de condición socio-racial y natural de Cartagena de Indias es prácticamente desconocida tanto en la historia de su ciudad natal como en la del arte colombiano de origen colonial.

Entre las razones que explican ese desconocimiento quiero destacar tres:

1) La inexistencia de fuentes documentales locales que nos permitan indagar sobre su vida.

2) Hasta el momento conocemos pocas obras de su autoría, y es de suponer que en su ciudad natal pocas lograron sobrevivir a la acción del tiempo, del clima y a la desidia de sus habitantes.

Quizá esto también sea lo que explique el que las referencias sobre su existencia las hayan escrito historiadores e intelectuales del área andina, en especial de Bogotá, ciudad en la que sí han perdurado algunas de sus pinturas en el Museo Nacional de Colombia y en varias iglesias de Bogotá, en lienzos en el monasterio del Desierto de la Candelaria (Boyacá), como también el retrato del obispo de Cartagena José Fernández Díaz de la Madrid pintado en 1790, el que reposa en la galería de la Catedral de esta ciudad, y en algunos cuadros de propiedad particular.

3) Porque es generalizada la idea de que las gentes libres de color estaban relegadas solo a realizar los oficios rudos, y como contrapartida, quedaban excluidas del ejercicio de las bellas artes, asociadas a las personas blancas y que demostraran limpieza de sangre.

Esta última idea descansa sobre una imagen rígida de la sociedad colonial que dificulta entender la dinámica social urbana del siglo XVIII, promovida tanto por el mestizaje, por los procesos de redistribución de los mecanismos que generaban la prestancia social, y por la formación de unos sectores medios en los que participaban los artesanos de color.

Se trata, y quiero insistir en este aspecto, de una idea que hace daño en razón de que deja a un lado las acciones individuales y colectivas emprendidas por las gentes libres de color para labrarse el reconocimiento positivo de la sociedad.

Una idea que desconoce la existencia de sectores medios y la inclusión de artesanos y artistas de color en ellos; y origina una imagen bipolar del orden social, solo escindido a partir de la raza.

Una idea que dificulta entender lo que sucedió a lo largo del primer siglo de vida republicana, en lo que tiene que ver con la movilidad social y política de las gentes de color.

Con base en esos presupuestos es obvio que las investigaciones hayan tenido cierta fortaleza en los temas de la esclavitud y de las formas de resistencia desde la otra orilla (cimarronaje, palenques), mientras que no se le presta atención a los muchos hombres de color y libres que desde adentro de la sociedad colonial urbana del siglo XVIII luchaban por construirse espacios de reconocimiento y de respeto.

En palabras de Eduardo Lemaitre, en su influyente Historia General de Cartagena:

“Pintor y notable fue el cartagenero Pablo Caballero, indiscutiblemente el primero de nuestros artistas del pincel en el siglo XVIII. Caballero actuó en Bogotá, donde se conservan obras suyas en la Catedral Primada y otros templos (…) Mutis quiso incorporarlo al cuerpo de dibujantes de la Expedición Botánica, que el artista consideró inferior a sus capacidades y talentos, y posición en la que duró muy poco. Después quiso fundar en esta ciudad una academia de pintura, sin lograr el permiso oficial para hacerlo, negativa fundada en la condición de pardo del peticionario”.

 

*El presente artículo corresponde a la presentación de un artículo académico del autor, que resumiremos en dos entregas más.

Comentarios