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La noche en que me enamoré del bullerengue

Recordando el Carnaval de Barranquilla del año 2016, reviví uno de tantos lunes de carnaval, pero no cualquier lunes. Este en particular hizo que el bullerengue retumbara en mis adentros.

Por Melanie Sofía Quiroz Pinto*

Un lunes de carnaval, el ayer 

En Barranquilla, los populares «bazares» son el recuerdo del ayer. Ya la fiesta quizá no se vive como antes, pero aún quedan algunos destellos de la esencia sencilla y jocosa de los primeros carnavales.

Aquel lunes fui invitada a uno de estos escenarios, con un grupo de amigos de cuadra. Lo que no sabía en ese momento era que esa noche me enamoraría del que hoy es uno de los géneros que más me apasiona.

A eso de las ocho de la noche, llegué a «El callejón de la cumbia», exactamente en el barrio Altos de los Robles, ubicado en el municipio de Soledad.

Pedro «Ramayá» Beltrán llegó esa noche al Callejón de la cumbia como ícono del millo.

Para iniciar, con solo leer el nombre del evento pensé que este no sería un baile desviado de las raíces que heredamos de nuestros ancestros.

Así fue, no me equivoqué porque en cuestión de segundos, polleras, sombreros y coloridos turbantes se apoderaron del lugar. Al igual que múltiples instrumentos que armonizaron al instante con música exclusivamente folclórica.

En mis adentros más que la emoción, era un sentimiento indescriptible. Hasta este momento estaba por conocer que en mí había un lugar reservado musicalmente para la cumbia y en especial para el bullerengue.

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Cada agrupación marcó esa noche una zona de partida, que hoy día sigue un camino enriquecedor, lleno de saberes que pertenecen a cada pequeño lugar de mi país. Donde particularmente para expresarnos utilizamos los bailes cantados, bien sea para desdichas o celebraciones, lo importante es que siempre habrá un buen bullerengue para describir el momento.

Al no conocer a profundidad del género, me tarareé una canción todo el camino de regreso, era algo como:

«Tengo mi mata de ruda,
Yerbabuena y manzanilla,
pero la que yo más quiero, ombe
Mata de Azahar de la India…»

Entre cada casa que pasaba, el golpe del tambor se marcaba en mi cabeza y luego la voz del cantador fue la que al llegar protagonizó la primera canción que meses después, se convirtió en uno de mis primeros peldaños para vivenciar el mágico folclor del que me había estado enamorando esa noche.

Con el pasar del tiempo, hoy 

Para recordar aquel lunes, tengo toda una lista de canciones que se han convertido en mi repertorio musical para inspirarme.

Regresé a ese evento los años siguientes y a otros escenarios enriquecedores que también gozan de ese sentimiento en común. He estudiado la historia, su procedencia y hasta impulsado a uno que otro a vivenciar este tipo de música.

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Si en este momento de mi vida, me preguntan cuál sería uno de mis futuros propósitos es realizar un buen material documental en lugares tan mágicos como seguramente lo son María La Baja, Urabá, Puerto Escondido, entre otros.

Las razones son muchas, pero principalmente no quiero guardar toda esa riqueza cultural solamente para mí. Cada rincón de Colombia merece visibilizar las grandes voces de hombres y mujeres que han estado contando con alegrías y tristezas nuestra verdadera historia.

Reflexionando más allá de aquella noche y todas las venideras experiencias de lo que he denominado mi género musical favorito, este ha dejado una huella particular en visión cultural y la transformación de un mundo mejor.

He conocido la historia de mi país, me he personado con situaciones que nos han desgarrado el corazón y me siento cada vez más orgullosa de haber nacido en este específico lugar, aparentemente con un corazón bastante folclórico y cultural.

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* Escuela de entrenamiento en periodismo para estudiantes, convocatoria 2021-1, de Fundación Color de Colombia, y Línea estratégica 4Cultura, identidad y comunicacionesIniciativa 1: Periodismo cultural. Proyecto: Bullerengue nacional.

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