República de colores

Publicado el colordecolombia

El mulato ilustrado Manuel E. Corrales, rector del Rosario, y versión de Rafael Núñez sobre polémica (1881)

Que el nombramiento de Manuel Ezequiel Corrales como rector del Colegio Mayor de Nuestra Señora del Rosario, en 1880, causó polémica es un hecho documentado.

Rafael Núñez, el presidente que lo designó, dio a entender claramente, en un escrito, que el motivo de la división fue la ‘raza’ de Corrales, que era cartagenero mulato.

Un siglo largo después, el insigne historiador cartagenero Alfonso Múnera reafirmó gráficamente el relato de Núñez en un perfil breve que hizo de “El ilustrado Corrales”.

Ofrecemos aquí ambos textos. El de Núñez, en la parte pertinente. Y la siguiente información, que complementa y matiza la impresión transmitida por Núñez y Múnera.

El escrito de Núñez, “El cisma”, describe las expresiones del recelo de los políticos de los “populosos Estados del centro de la República” frente un presidente oriundo de los “Estados de la costa”.

“Los intransigentes” del centro “llegaron con frecuencia a hacer designaciones odiosas de carácter personal, contraídas a la raza y a los hábitos industriales que predominaban en aquellos Estados” (de la Costa).

El contexto es un “cisma” entre cachacos y costeños. Y el presidente costeño les nombra de rector del Rosario, epicentro de cachacos, a un costeño. Y, además, “de color”.

Parece que basta para saber lo que pasó. Pero no. ¿Por qué Núñez nombró al rector si esta era una potestad que las “constituciones del colegio” daban a los colegiales?

Tampoco fue un zarpazo idea de Núñez. En 1879, el Estado Soberano de Cundinamarca, mediante ley, le había quitado esa potestad a los colegiales para ponerla en cabeza del gobernador del Estado.

Meses después, el Senado declaró nula aquella ley del Estado de Cundinamarca, pero aquí viene la sorpresa:

el 29 de mayo de 1880, el Poder Ejecutivo (Núñez) decide, citando hasta cédulas reales, que “el patronato del Colegio corresponde al presidente de la República” y que a éste le corresponde el nombramiento de rector y vicerrector.

Con fundamento en esta atribución, el presidente de la República designa a Manuel Ezequiel Corrales, que ejerce entre 1880 y 1882.

De la oposición al nombramiento dejó constancia el consiliario del Colegio Nicolás Esguerra, como aparece en Rectores y rectorías del Colegio Mayor de Nuestra Señora del Rosario, 1653-2003?, de María Clara Guillén de Iriarte.

“Protesto … contra todo lo que en relación con el Colegio emane de empleados o funcionarios que no sean nombrados de acuerdo con las constituciones del establecimiento”.

Sincero o no, Esguerra expresa “las consideraciones personales que tiene por el Sr. Dr. Corrales. Si el nombramiento tuviera un origen legal no podría ser más acertado”.

Esta consideración por el rector no es gratuita. Corrales era (o había sido) catedrático del Rosario, diputado, presidente del Estado de Bolívar. Era un reconocido “ilustrado”.

El siguiente rector, Manuel Ancízar, este sí cachaco, también fue designado por decreto por el presidente costeño.

Como Núñez en su escrito no cuenta el motivo jurídico que tenían los rosaristas para recibir mal su designación del paisano costeño, parece necesario constatar con otras fuentes la descripción general que da.

En beneficio de los rosaristas de la época, se recuerda que Luis Antonio ‘El negro’ Robles, guajiro, había sido colegial pocos años antes en el Claustro.

En cualquier caso, es llamativo que Núñez les recuerde a los del centro del país la “historia trágica de los plantadores del sur de los Estados Unidos”.

“La raza proscrita por ellos ha ascendido a las alturas de la ciudadanía”, dice, con un delicioso estilo que se adivina diestro en la polémica y de una medida retórica.

Imaginen los lectores, mientras se tiene más investigación de archivo, las variadas reacciones que pudo provocar en la capital el nombramiento presidencial “ilegal” del ilustrado cartagenero y mulato Corrales en el Claustro. Daniel Mera Villamizar

El ilustrado

Por Alfonso Múnera Cavadía*

Manuel Ezequiel Corrales nació en Cartagena en 1825 y murió en Bogotá en 1896. Fue uno de los políticos e intelectuales afrodescendientes distinguidos de la costa Caribe colombiana en la segunda mitad del siglo XIX.

Se graduó de abogado de la Universidad de Cartagena y fue elegido diputado a la Asamblea del Estado Soberano de Bolívar, representante al Parlamento y Senador de la República.

Bajo la Regeneración fue Magistrado de la Corte Suprema de Justicia y Rector del Colegio Mayor de Nuestra Señora del Rosario en Bogotá.

Con motivo de la anterior dignidad, cuenta el ex presidente Núñez en uno de sus artículos más conocidos, El cisma, que estuvo a punto de producirse una rebelión entre los colegiales del Rosario en protesta por haberse nombrado un mulato de la costa.

Más que desempeñarse como historiador, realizó la labor de recoger y compartir los documentos en los que se basarían los historiadores de la vieja provincia de Cartagena.

Para tener una medida del valor de las compilaciones de Corrales habría que imaginar lo que era la Cartagena de aquel entonces, con sus mansiones arruinadas, sus calles pantanosas y el terror de la peste recurrente que hacía que sus familias tradicionales abandonaran la ciudad, durante años sucia y de aspecto fantasmal.

“En estas viejas calles sin archivos y con un aire salitroso que lo corroía todo habría que imaginar a Manuel Ezequiel corriendo de un lado a otro, en furiosa lucha contra la indiferencia general, intentando derrotar la implacable labor destructora del tiempo para preservar de la muerte a una comunidad que hasta esos primeros años de 1880 había preferido vivir de la contemplación de su humillante y dura derrota.

Se trataba de recobrar un pasado que se escabullía para ponerlo de nuevo en el corazón de un pueblo que sufría la más mortal de sus enfermedades: la pérdida de su memoria, y con ella de su dignidad colectiva’’.

Los logros fueron sin duda grandes. Sus dos primeros tomos, Documentos para la historia de la provincia de Cartagena (1883), y luego sus cuatro volúmenes de Efemérides y anales del Estado de Bolívar (1889), contienen una privilegiada masa de datos pero aprovechada por los historiadores.

Allí hay para todo. No sólo para la historia tradicional (de la Independencia recogió Corrales documentos valiosos); también es probable encontrar, en el otro extremo, pistas para los ahora llamados estudios culturales, en temas sugestivos como las historias de género y de las relaciones étnicas.

Su interés por los asuntos de la provincia lo llevó a incorporar en su obra informaciones y documentos sobre la vida cotidiana de los pueblos de la costa Caribe colombiana.

Publicado en Rutas de libertad (R. Burgos Cantor, ed), Mincultura (2010).

El cisma

Por Rafael Núñez*

(…) El doctor Manuel E. Corrales fue nombrado rector del Colegio del Rosario, sin embargo de no tener muchas afinidades políticas con el presidente costeño.

Sabido es el particular desagrado con que fue vista desde el primer día esa designación de un sujeto notablemente meritorio.

Al reunirse la Convención de hijos del Colegio, la cual fue convocada para reformar los Estatutos, lo primero que se hizo fue buscar el camino para suprimir al doctor Corrales, invirtiendo el orden natural de los procedimientos.

Se habría podido pensar que aquellos señores convencionistas trataban de ejecutar un acto de purificación, en presencia del nombramiento herético de rector hecho por el señor Núñez.

Sería demasiado larga y por demás enojosa, la tarea de enumerar todo lo que ha pasado en los últimos diez y nueve meses respecto de la muy triste materia a que hemos, con profunda repugnancia, consagrado estas líneas.

Se ha olvidado la historia trágica de los plantadores del sur de los Estados Unidos.

¿Qué queda hoy a esos hombres infautados, de su dominación ominosa de otro tiempo? Ellos también sembraron imprudentemente la cizaña en el suelo americano. “Sembraron vientos y cosecharon tempestades”.

La raza proscrita por ellos ha ascendido a las alturas de la ciudadanía; y los cuatro mil millones de pesos que representaban el valor de los esclavos y la fortuna de los soberbios, quedaron reducidos a cero por un decreto inmortal del presidente Lincoln.

Pero la guerra fue inmensamente costosa en sacrificios de todo linaje. La lógica es ciertamente inexorable, pero no siempre incruenta. Aquí tampoco se ha cumplido sin dolores. (…)

*Publicado en Bogotá, el 15 de noviembre de 1881. Tomado de Rafael Núñez, La Reforma Política. Prólogo y selección de Alfonso Múnera. Universidad de Cartagena (1994).

[Transcripción: Minerva Asprilla]

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