Vi una publicación en Instagram que me llamó la atención. Hacía una pregunta: Si mi vida fuera a terminar exactamente dentro de un año, ¿cuál de mis preocupaciones de hoy dejaría de importarme enseguida?
Es curioso cómo funciona nuestra mente. Pasamos los días atrapados en el mañana, esperando que algo llegue, que las cosas mejoren, que se resuelva aquello que nos inquieta. Vivimos como si tuviéramos la eternidad garantizada, corriendo detrás de un futuro que todavía no existe, mientras el presente se nos escurre entre los dedos.
Pero si el tiempo de pronto estuviera llegando a su fin y supiera que este es mi último año para ver un atardecer, mi último octubre, mi última Navidad, ¿qué cambiaría? ¿A qué le daría importancia? ¿Qué dejaría de quitarme la paz?
De repente, la prisa perdería sentido. Tal vez dejaría de preocuparme tanto por cosas que hoy parecen enormes y dedicaría más tiempo a aquello que realmente me hace bien, a lo que me da tranquilidad, a las personas y los momentos que hacen que la vida valga la pena.
¿No les ha pasado que, a veces, suceden cosas que nos cambian las rutinas y nos obligan a mirar los días de otra manera? De pronto, empezamos a vivir más despacio, a observar lo que antes pasaba inadvertido y a entender que no todo merece nuestra atención, mucho menos nuestra paz.
Últimamente, me han dejado de importar muchas cosas. Me he dado cuenta de cuánta energía valiosa gastamos en asuntos que, cuando los miramos con cierta distancia, no valen ni un segundo de nuestra tranquilidad. Cuántas veces nos desgastamos por lo que otros piensan, por situaciones que no podemos controlar o por problemas que, con el tiempo, quizá ni siquiera recordemos.
Sin embargo, también hay que reconocer que en esta vida terrenal no somos tan libres como quisiéramos. Tenemos responsabilidades, compromisos, necesidades y circunstancias que no siempre podemos cambiar. Entre lo que queremos y lo que nos toca, muchas veces no queda más remedio que buscar un equilibrio. Pero quizás ese equilibrio también consista en aprender qué merece nuestro esfuerzo y qué no deberíamos permitir que nos robe la paz.
Hay cosas que los seres humanos terminamos entendiendo demasiado tarde. Parece que necesitamos enfrentarnos a la posibilidad de perder algo para reconocer su verdadero valor.
Entendemos que el tiempo no se recupera. Que el reloj sigue corriendo y no se detiene por nada ni por nadie. Que podemos recuperar muchas cosas, pero no una tarde que dejamos pasar.
También entendemos que esperamos demasiado el momento perfecto. Esperamos tener todo resuelto, sentirnos preparados, contar con las condiciones ideales. Posponemos lo que queremos, como si la vida fuera a quedarse quieta mientras nosotros nos ponemos al día.
Pero la vida no va a esperar a que estemos listos. Sigue pasando mientras hacemos planes, mientras resolvemos problemas, mientras esperamos que llegue ese momento en el que, por fin, todo parezca estar en su lugar.
Y quizás una de las preguntas más difíciles que podemos hacernos sea esta: ¿cuántas cosas estamos dejando para después sin saber cuánto después nos queda?
Nos preocupamos tanto por construir un futuro, que a veces olvidamos que el único lugar donde podemos habitar es el presente.
Si tu vida fuera a terminar dentro de un año, ¿cuál de tus preocupaciones de hoy dejaría de importarte enseguida?
ANDREA VILLATE
ANDREA VILLATE
Escribe acerca de la vida, la muerte y la salud tanto física como emocional. Todos los domingos. –
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