Hay días en los que uno se detiene a mirar el ritmo del mundo y no puede evitar preguntarse cómo funciona todo esto en lo que estamos metidos. Si en este preciso instante tuviéramos la oportunidad de encontrarnos cara a cara con Dios, con el creador o con quien sea que lleve las riendas del universo, y nos dieran el privilegio de hacer una única pregunta, ¿cuál sería?
Yo confieso que, si tuviera esa oportunidad frente a mí, le preguntaría algo muy concreto que ha sido tema de toda mi vida y es sobre el destino: si todo ya está escrito.
Lo pienso a diario. ¿A qué se deben esas casualidades de la vida que parecen sacadas de un libreto exacto? Esas conexiones instantáneas con alguien que apenas conocemos, los giros inesperados que nos llevan a un lugar en el que jamás pensamos estar, o los tropiezos y tragedias que, de un momento a otro, nos cambian el rumbo —para bien o para mal—. A veces siento que todo obedece a un mapa invisible, a un destino del que nadie puede escapar.
Hace poco hablaba de esto con una de mis hermanas, y ella me decía que si pudiera hacer esa pregunta, además de saber si el destino ya está trazado, le interesaría averiguar otra cosa igual de profunda: si rezar, si pedir, tiene el poder de cambiar algo de lo que ya está escrito. ¿Funciona la fe como una llave capaz de modificar el libreto de nuestras vidas?
Esta sensación de que las cosas simplemente pasan porque “tenían que pasar” me ha dado vueltas en la cabeza desde siempre, y con mucha más fuerza desde aquel terremoto del pasado 10 de agosto. Ver cómo la vida cambia en cuestión de segundos, cómo personas se quedaron únicamente con la ropa que llevaban puesta, o cómo un paso más adelante o más atrás en una escalera define quién sigue aquí y quién parte, te deja una mezcla de asombro y fragilidad. Las religiones suelen explicarnos que las tragedias naturales y los hechos más importantes del mundo, forman parte de un orden superior, de un destino inevitable.
Y es ahí donde uno se detiene a pensar a qué venimos realmente a este mundo.
A veces nos comportamos como si la vida fuera una competencia de acumular títulos, colgar diplomas en una pared, perseguir ascensos o correr detrás de un trabajo que nos consume los días. Pero, ¿es eso todo? Yo me niego a creer que nuestra única misión en la tierra sea la productividad. Tiene que haber algo mucho más hondo.
Para mí, lo verdaderamente importante —la razón más pura por la que respiramos y coincidimos en este tiempo— son las relaciones humanas. La manera como manejamos las situaciones de la vida que todo tiene que ver con otros… las huellas que dejamos en otros. Al final, lo único que nos llevamos es lo que vivimos a través de los demás.
Por eso, hoy quería dejarte esta inquietud: Si pudieras sentarte hoy frente a Dios (sea cual sea tu imagen de él) y te permitieran hacer una sola pregunta, una sola… Tú qué le preguntarías?
ANDREA VILLATE
Escribe acerca de la vida, la muerte y la salud tanto física como emocional. Todos los domingos. –
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