Reventó esplendorosa al golpe de la luz matinal, esa flor útil y radiante, la nueva ciudadela universitaria El Ensueño, en Ciudad Bolívar, dos magníficos edificios; el uno de tres pisos, el otro de nueve; destinados ambos a la Facultad Tecnológica de la Universidad Distrital Francisco José de Caldas.

Sucede con algunos rosales, que ven alzarse sus tallos, junto con las hojas verdes y las espinas como lanzas de defensa, sin que por otra parte la rosa germine, sin que un capullo anticipe la flor completa, con sus pétalos armoniosos.

Algo parecido aconteció con estos edificios: en el año 2015 se puso la primera piedra para iniciar su construcción y luego comenzó a levantarse, prometedor, su esqueleto de hormigón y hierro.

Solo que muy pronto comenzaron los obstáculos para el buen suceso de la obra, efecto todo ello de las dificultades surgidas en la ejecución del contrato, pues el constructor alegaba agotamiento de sus anticipos y reservas, mientras el contratante patentaba sus limitaciones financieras, lo que era seguido por la negativa a realizar nuevas erogaciones, renovadas adiciones.

La obra civil estaba representada por el levantamiento de dos edificios, acción que debía llevarse a cabo, al amparo de un contrato firmado por el Fondo Local de Ciudad Bolívar, esto es, la Alcaldía Menor de esa localidad, y una empresa particular de ingenieros. Se trataba de una modalidad de cooperación entre lo público y lo privado, estimulante hay que reconocerlo, pero que entrañaba los riesgos de un bajo respaldo financiero por ambas partes. Unas deficiencias económicas que obligaban a la universidad, la principal perjudicada, a estar siempre vigilante, como lo estuvo, y a hacer todo tipo de gestiones para evitar que los faltantes financieros de los contratantes paralizasen definitivamente la obra.

Después de que surgieran estos obstáculos a los que vino a agregarse la crisis de la pandemia que terminó por retrasar aún más los trabajos sobre el terreno, la ejecución de la obra, aunque demorada, salió adelante. La Alcaldía Mayor finalmente cubrió por fortuna un faltante de 20 mil millones, al tiempo que procedía a las correspondientes demandas contra el contratista original por causa de los incumplimientos en las fases del proyecto.

Por su parte, la Universidad Distrital que no era parte del contrato, pero sí la entidad beneficiada, aportó la dotación interna de los inmuebles, la convencional y la especializada, más el data center, lo que exigía de su parte una contribución de 14 mil millones, salidos orgullosamente de su propio presupuesto. Ya el alma mater había comprado el predio para la ciudadela, acudiendo a sus fondos de inversión.

Se trata de un conjunto de 12 mil metros cuadrados de construcción y 8 mil para los espacios libres con diseños y acondicionamientos especiales, de los que se servirá para su disfrute la comunidad estudiantil. Consta de los edificios Lectus y Techné, el primero para los servicios de Bienestar, el segundo para los 52 laboratorios dedicados a la investigación y la enseñanza, en programas como mecatrónica, sistemas, datos, electrónica y obras civiles.

La ciudadela ensancha la infraestructura para el crecimiento de la cobertura en la sede de las tecnologías de una universidad que por otra parte se ha hecho acreedora a una acreditación institucional de alta calidad, por 8 años, un pergamino oficial que es particularmente significativo. Además, consolida un polo educativo de desarrollo urbano, de esos puntos en la gramática urbana que, poseyendo tanto sentido, galvanizan los sentimientos de pertenencia, esos lazos de unión del ciudadano con respecto a la órbita pública, la de la ciudad incluyente, obvio; no la de sus facetas excluyentes.

Es la manifiesta contribución del Distrito y de la Universidad, al desarrollo de una educación superior de alta calidad; eso sí, muy en la línea de corregir las deficiencias denunciadas por Rodolfo Llinás en una de las tantas comisiones de sabios, convocadas para descifrar el secreto de nuestros males. Hablaba el estudioso en el sentido de que “las carencias en capital humano capacitado, en sistemas educativos de calidad con amplia cobertura y la inadecuada educación científica para el desarrollo, no permiten asumir los retos organizativos y culturales del presente y del futuro en Colombia”.

La superación paulatina pero consistente de tan calamitosos rezagos, es el horizonte en el que ha trabajado la Universidad Distrital durante los últimos años, un horizonte de crecimiento en todos los indicadores sensibles del desarrollo académico y material. De lo cual es un retrato hablado el recientemente inaugurado edificio de unos laboratorios, en los cuales el estudiante fortalece ese vínculo misterioso entre el pensamiento abstracto y sus aplicaciones prácticas.

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