La cosa más peligrosa que podemos hacer

es simplemente mantener el status quo.

BOB IGER (Consejero delegado de Walt Disney Company)

En una reciente entrevista un analista hizo dos afirmaciones que cobran mucho sentido en este momento político del país. La primera, que es positiva la alternancia en el poder. La segunda, que una premisa del Acuerdo Nacional propuesto por el presidente debería ser «no hacer invivible la república». 

Tengo la impresión de que tomándolas en serio podríamos domesticar los sentimientos salvajes que nos agobian: el negativismo (que nada estuvo ni está bien), el apocalipsismo (que estamos al borde del precipicio como sociedad) y el conspiracionismo (que no sería mala idea un golpe blando). También el gatopardismo: que todo cambie para que todo siga igual.

Con respecto a la primera, la rotación en el poder de diferentes vertientes del espectro político es un signo de vida de la democracia. Y es pertinente en una sociedad pluralista como la colombiana, que por primera vez en su historia tiene un gobierno de izquierda. Ya retornarán al poder el centro o la derecha, si logran seducir al electorado de buena manera y si la izquierda no hace bien su trabajo. En su turno, cada gobierno, según su orientación, resuelve algunos problemas, ignora otros y crea nuevos. Esa es la vida política siempre y cuando, como hasta ahora ha sucedido, se preserve la conversación democrática.

Así como cada torero trae su cuadrilla, cada presidente viene con sus preferencias. Este gobierno ha puesto en la agenda pública nuevas miradas a viejos problemas (cambio climático, desigualdad, narcotráfico, violencia, etc); pero sobre todo ha promovido una toma de conciencia frente a las angustias que vive una parte de la población (indígenas, negros, jóvenes, campesinos, pobres, etc). Otras administraciones, en sus periodos, hicieron igual con sus convicciones: pusieron énfasis en la derrota de la guerrilla, en la firma de un acuerdo de paz, en la infraestructura física y en la economía naranja. Cada una llegó hasta donde las circunstancias y su eficacia en la gestión se lo permitieron. La actual, para no ir muy lejos, no ha podido lograr hasta la fecha que su intención de impulsar la justicia social esté libre de una sobredosis de populismo (promesas sin posibilidades, propuestas sin método). Pero es su apuesta y los ciudadanos más adelante darán su veredicto.

Por otra parte, se ha impuesto objetivos interesantes. Creo que el país no había tomado tan en serio como ahora la necesidad de adelantar una transición energética y de superar la dependencia de la economía extractivista. Pocos han planteado tan radicalmente como éste la urgencia de buscar fuentes de divisas diferentes a las generadas por el petróleo y el carbón. Así es como tiene puestas las esperanzas en la industria turística. Obviamente, como es su estilo, sin tener a la mano un plan; solo amparado en el lema «Colombia, el país de la belleza». Y desdeñando de paso el hecho de que los turistas son una plaga para muchas regiones del mundo porque el turismo masivo es un sector que no está libre de graves pecados ambientales de todo tipo. Y además exige condiciones de seguridad e infraestructura de las que no se ha hecho cargo. Pero es su legítima decisión para cumplir un propósito que el país debería asumir sin más tardanza: modernizar la canasta exportadora.

Ya lo sucederán otros gobiernos que podrían darle continuidad al objetivo de promover exportaciones con estrategias más pragmáticas e innovadoras.

Ese es el juego de una sociedad que busca vivir en democracia. Facilitar sin traumatismos el recambio en el aparato estatal. Cada Jefe de gobierno y su partido dan pasos en la promoción del progreso de la sociedad: en ese proceso, aciertan y yerran como es natural. No obstante, la alternancia ofrece una oportunidad para cambiar de focos de desarrollo, ensayar nuevas estrategias, actualizar el aparato institucional y sus normas, formar otros cuadros directivos para la administración pública con un criterio de mayor diversidad e inclusión (educativa, étnica, regional, género, creencias).

Con relación a la segunda afirmación, no hacer invivible la república es una invocación a los sentimientos más tranquilos de los dirigentes y activistas políticos de todos los pelajes. Hay que disuadir o neutralizar a los extremistas de la derecha (que quieren tumbar al gobierno mediante cualquier recurso) y de la izquierda (que quieren incendiar y refundar el país). Es pertinente un centramiento emocional y político que permita que la institucionalidad funcione, bien sea para tramitar reformas necesarias o mejorar aquellas mal diseñadas. La obstrucción total de los planes de cualquier gobierno es un disparo al pie. Recordemos que «hacer invivible la república» fue la consigna del conservador Laureano Gómez para combatir el gobierno liberal de López Pumarejo en 1940, y quizás se constituyó en uno de los tantos disparadores de La Violencia de la que aún no salimos del todo.

La democracia es un modo de construcción de consensos alrededor de grandes temas en medio de conflictos de intereses. Y el ejercicio del poder es la búsqueda de soluciones efectivas, parciales y quizás temporales a los problemas de la gente. Si la izquierda en la cancha y el centro y la derecha en la banca aceptaran esos mínimos, tendríamos una conversación pública más civilizada y los buenos proyectos aglutinarían voluntades. 

Nada es seguro, pero a mi juicio, esta experiencia de un gobierno de izquierda en Colombia podría erigirse como un elemento transformador de nuestra deteriorada cultura política. Aprender que es saludable la alternancia en el poder y  evitar hacernos la vida imposible. 

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